Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio
La diferencia entre los dos Testamentos
«¿Entonces —dirá alguno— no hay ninguna diferencia entre el Antiguo Testamento y el Nuevo? ¿Y qué diremos de tantos pasajes de la Escritura en que se contraponen los dos como cosas muy distintas?». Yo admito con mucho gusto todas las diferencias que menciona la Escritura, pero con la condición de que no menoscaben la unidad que ya hemos establecido, como podrá verse cuando las tratemos por orden. Las diferencias principales (según lo que he podido observar en la Escritura y lo que puedo recordar) son cuatro; y si alguien quiere añadir una quinta, no me opondré. Digo que son diferencias, y me dispongo a tratarlas, en el sentido de que pertenecen más al modo diverso en que Dios ha administrado su doctrina que a la sustancia. Así, nada impedirá que las promesas del Nuevo y del Antiguo Testamento sean las mismas, y que Cristo sea el único fundamento de unas y otras. La primera diferencia será esta: aunque el Señor quiso que el pueblo del Antiguo Testamento elevara su entendimiento a la herencia celestial y tuviera el corazón en lo alto, para mantenerlos mejor en la esperanza de las cosas celestiales se las hacía contemplar bajo estos beneficios terrenos y en cierto modo les daba a probarlas; en cambio ahora, habiendo revelado mucho más claramente por el evangelio la gracia de la vida venidera, guía y encamina nuestro entendimiento directamente a meditar en ella, sin ocuparnos en estas cosas bajas como hacía con los israelitas. Los que no consideran este designio de Dios piensan que el pueblo del Antiguo Testamento no subió más alto que a esperar los bienes temporales que se le prometían. Ven que la tierra de Canaán se nombra tantas veces como un premio admirable y único para recompensar a los que guardan la ley de Dios; ven también, por otra parte, que las mayores y más severas amenazas que el Señor hace a los judíos son que los expulsará de la tierra que les había dado en posesión y que los dispersará por tierras extrañas; ven, en fin, que casi todas las bendiciones y maldiciones que refiere Moisés apuntan a esto. De ahí concluyen, sin la menor duda, que Dios separó a los judíos de las demás gentes y naciones no para provecho de ellos, sino de otros: para que la Iglesia cristiana tuviera una imagen externa en la que pudiera contemplar los bienes espirituales. Pero, como la Escritura muestra en algunos lugares que Dios, con todos los beneficios temporales que les hacía, pretendía llevarlos como de la mano a esperar los celestiales, no considerar este modo de administración que Dios empleó fue ciertamente una gran ignorancia, y aun una gran necedad. He aquí, pues, el punto principal de la controversia que sostenemos con esta clase de gente: ellos dicen que la posesión de la tierra de Canaán, que el pueblo de Israel tenía por su suprema felicidad, nos figuraba y representaba a nosotros, que vivimos después de la manifestación de Cristo, la herencia celestial. Nosotros, en cambio, decimos que el pueblo de Israel, en esta posesión terrena de que disfrutaba, contempló como en un espejo la herencia de que había de disfrutar después, la cual le estaba preparada en los cielos.
Esto se verá mucho más claro por la comparación que usa san Pablo en la carta que escribió a los gálatas. Compara al pueblo judío con un heredero menor de edad, todavía niño, que, como aún no es capaz de gobernarse, tiene un tutor o ayo que lo dirige (Gá 4:1-2). Es verdad que en este lugar trata principalmente de las ceremonias, pero eso no impide que pueda aplicarse muy bien a nuestro propósito. Así pues, a ellos se les asignó la misma herencia que a nosotros, pero no eran aptos para tomar posesión de ella y disfrutarla, porque todavía no tenían edad. Pertenecen a la misma Iglesia que nosotros, pero en su tiempo la Iglesia empezaba a crecer y era aún una niña. El Señor los mantuvo, pues, bajo esta pedagogía, dándoles las promesas espirituales no tan claras ni tan manifiestas, sino en cierto modo cubiertas y figuradas en las promesas terrenas. Queriendo, pues, Dios admitir a Abraham, Isaac y Jacob, y a toda su descendencia, a la esperanza de la inmortalidad, les prometió en herencia la tierra de Canaán; y no para que se detuvieran allí y no desearan otra cosa, sino para que, al contemplarla, se ejercitaran y confirmaran en la esperanza de aquella herencia verdadera que todavía no se veía. Y para que no pudieran vacilar, Dios les daba también una promesa mucho más alta, que les aseguraba que la tierra de Canaán no era la suprema bienaventuranza y felicidad que quería darles. Por eso Abraham, cuando recibe la promesa de que poseería la tierra de Canaán, no se detiene en la promesa externa de la tierra, sino que, por la promesa mayor que iba unida a ella, eleva su entendimiento a Dios, pues se le dijo: «No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande» (Gn 15:1). Vemos que el fin de la recompensa de Abraham se pone en el Señor, para que no busque en este mundo un premio pasajero y caduco, sino que piense que es incorruptible en el cielo. Después de esto le promete la tierra de Canaán, no con otra intención que la de que le sea una marca y señal de la buena voluntad que Dios le tiene, y una figura de la herencia celestial. Y ciertamente las palabras de los padres del Antiguo Testamento muestran que lo entendieron así. De este modo David, a partir de las bendiciones temporales, va subiendo hasta aquella bendición suprema y última: «Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre» (Sal 73:26; 84:2). Asimismo: «Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; tú sustentas mi suerte» (Sal 16:5). Asimismo: «Clamé a ti, oh Jehová; dije: Tú eres mi esperanza, y mi porción en la tierra de los vivientes» (Sal 142:5). Los que se atreven a hablar así confiesan ciertamente que con su esperanza traspasan el mundo y todos los bienes que hay en él. Sin embargo, la mayoría de las veces los profetas describen la bienaventuranza del siglo venidero bajo la imagen y figura que habían recibido del Señor. Así deben entenderse estas sentencias: los piadosos heredarán la tierra, pero los malvados serán arrancados de ella (Job 18:17; Sal 37:9; Pr 2:21-22); Jerusalén tendrá gran abundancia de toda clase de riquezas, y Sion gozará de gran prosperidad (en Isaías, en muchos lugares). Vemos muy bien que todas estas cosas no corresponden a esta vida mortal, en la que somos peregrinos, ni tampoco propiamente a la Jerusalén terrena, sino que convienen a aquella verdadera patria de los fieles y a aquella ciudad celestial donde el Señor ha enviado bendición y vida eterna (Sal 133:3).
Esta es la razón por la que los santos del Antiguo Testamento hicieron mucho más caso de esta vida mortal y de sus bendiciones del que nosotros debemos hacer hoy. Porque, aunque entendían muy bien que no debían tener esta vida presente por su meta y su fin, como sabían por otra parte que Dios les figuraba en ella su gracia para confirmarlos en la esperanza conforme a su limitada capacidad de entender, le tenían mucho más apego que si la hubieran considerado en sí misma. Y así como el Señor, al atestiguar a sus fieles su buena voluntad con beneficios temporales, les figuraba la bienaventuranza que debían esperar, así, por el contrario, las penas temporales que enviaba sobre los réprobos eran indicios y comienzos ciertos de su juicio venidero contra ellos. De modo que, así como los beneficios de Dios eran más notorios y manifiestos en las cosas temporales, lo mismo sucedía con los castigos. Los ignorantes, al no considerar esta correspondencia entre los castigos y los premios de la vida presente con que era retribuido el pueblo de Israel, se asombran de que en Dios pueda haber tanta variación. La variación consiste en que antiguamente Dios estaba tan pronto y dispuesto a castigar de inmediato con castigos horrendos cualquier delito que cometieran los hombres, mientras que ahora, como si hubiera moderado su ira, castiga con mucha más suavidad y con menos frecuencia. De ahí que poco les falte para pensar que el Dios del Antiguo Testamento y el del Nuevo no son uno mismo, sino distintos, como imaginaron los maniqueos. Pero nos libraremos fácilmente de estas dudas si tenemos presente este modo de administración que Dios emplea y que ya hemos señalado: que, en el tiempo en que Dios dio su testamento y alianza al pueblo de Israel de manera en cierto modo velada, quiso significar y figurar, por una parte, la bienaventuranza eterna que les prometía bajo estos beneficios terrenos, y, por otra, la horrible condenación que los impíos debían esperar bajo las penas y castigos corporales.
La segunda diferencia entre el Nuevo y el Antiguo Testamento está en las figuras: el Antiguo, mientras la verdad no se manifestaba claramente, solo la representaba y mostraba la sombra en lugar del cuerpo; el Nuevo, en cambio, pone ante los ojos la verdad y el cuerpo mismo. Esta diferencia se menciona casi en todos los lugares en que se contrapone el Nuevo Testamento al Antiguo, pero en ninguna parte se trata tan extensamente como en la Carta a los Hebreos. Allí el apóstol discute contra los que pensaban que no era posible abolir las observancias y ceremonias de la ley de Moisés sin que se viniera abajo toda la religión. Para refutar este error, toma lo que el profeta había dicho mucho antes del sacerdocio de Cristo (Sal 110:4). Porque, puesto que el Padre lo constituyó sacerdote eterno, es certísimo que queda abolido el sacerdocio levítico, en el que unos sucedían a otros (Heb 7:11, 19; 9:9; 10:1). Y prueba que esta nueva institución del sacerdocio es mucho más excelente que la otra porque, dice, fue confirmada con juramento. Añade luego que, al cambiar el sacerdocio, era necesario que cambiara también el testamento o alianza. Y prueba que era necesario con esta razón: la debilidad de la ley era tal que no podía llevar nada a la perfección. Después explica en qué consistía esta debilidad de la ley: en que tenía justicias exteriores de la carne, que no podían hacer interiormente perfectos, en cuanto a la conciencia, a los que las observaban, porque con los sacrificios de animales no podía borrar los pecados ni conseguir la verdadera santidad. Concluye, por tanto, que en la ley hubo una sombra de los bienes venideros y no su presencia viva, y que por eso su oficio no fue otro que ser la introducción de una esperanza mejor, que se comunica por el evangelio. Aquí debe notarse en qué sentido se compara la alianza legal con la evangélica, y el ministerio de Cristo con el de Moisés. Porque, si la comparación se refiriera a la sustancia de las promesas, habría ciertamente una grandísima diferencia entre un testamento y otro. Pero, como la intención del apóstol es muy distinta, para seguir la verdad es necesario saber qué pretende. Pongamos, pues, en el centro la alianza que Dios hizo una vez para siempre. Su cumplimiento, para que fuera estable y firme, es Cristo; mientras hubo que esperarlo, el Señor ordenó por medio de Moisés ceremonias que fueran como marcas y señales solemnes de la confirmación. La controversia era si convenía que las ceremonias ordenadas por la ley cesaran para dar lugar a Jesucristo. Y aunque no eran más que accidentes, o cosas accesorias y añadidas a la ley, como eran los instrumentos con que Dios mantenía a su pueblo en su doctrina, llevaban el nombre de testamento, así como la Escritura suele dar a los sacramentos el nombre de las cosas que representan. En conclusión, en este lugar se llama Antiguo Testamento a la forma o manera solemne con que se confirmaba a los judíos la alianza del Señor, la cual estaba comprendida en las ceremonias y los sacrificios. Pero, como en ellas no hay nada sólido si no se pasa más allá, el apóstol prueba que debían tener fin y ser abolidas para dar lugar a Jesucristo, que es fiador y Mediador de otro testamento mucho más excelente, por el cual se ha obtenido de una vez la salvación eterna para los elegidos y se han borrado las transgresiones que había bajo la ley. Y si alguien no se contenta con esto, tome esta definición: el Antiguo Testamento fue una doctrina que el Señor dio a su pueblo judío envuelta en observancias y ceremonias que no tenían eficacia ni firmeza; y por eso se dio para cierto tiempo, porque era como algo en suspenso hasta que se apoyara en una confirmación firme y sustancial. Pero se hizo nuevo y eterno cuando fue consagrado y establecido con la sangre de Jesucristo. Por eso Cristo llama a la copa que da a sus apóstoles en la cena la copa del nuevo pacto en su sangre (Mt 26:28), para significar que, cuando el testamento de Dios queda sellado con su sangre, entonces la verdad se cumple plenamente, y así se convierte en un testamento nuevo y eterno.
De aquí se ve claramente en qué sentido dijo el apóstol que los judíos fueron conducidos a Cristo por la enseñanza elemental de la ley, antes de que él se manifestara en la carne (Gá 3:24; 4:1-2). Reconoce también que fueron hijos y herederos de Dios, pero dice que, por ser todavía niños, estaban bajo la tutela del ayo. Porque convenía que, no habiendo salido aún el Sol de justicia, no hubiera tanta claridad de revelación ni una comprensión tan clara de las cosas. El Señor les dispensó, pues, la luz de su palabra de tal manera que la veían de lejos y oscuramente. Por eso san Pablo, queriendo señalar esa debilidad de entendimiento, usó la palabra «niñez»: el Señor quiso ejercitarla en ceremonias y observancias, como en los primeros rudimentos y principios propios de la edad infantil, hasta que se manifestara Jesucristo, por quien convenía que el conocimiento de los fieles creciera de día en día, de modo que ya no fueran niños. El mismo Jesucristo señaló esta distinción cuando dijo: «La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado» (Mt 11:13; Lc 16:16). ¿Qué enseñaron la ley y los profetas a los que vivieron en su tiempo? Ciertamente daban a probar aquella sabiduría que había de manifestarse plenamente en los tiempos venideros, y la mostraban de lejos; pero, cuando Cristo pudo ser señalado con el dedo, entonces se abrió el reino de Dios. Porque en él están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento para subir casi hasta lo más alto del cielo (Col 2:3, 9).
Y no se opone a esto que apenas se encuentre entre los cristianos alguien comparable a Abraham en la firmeza de la fe, ni que los profetas tuvieran un don de entendimiento tan grande que aun hoy basta para iluminar a todo el mundo, y lo ilumina. Porque no tratamos aquí de las gracias que el Señor haya repartido a algunos, sino del orden que siguió comúnmente para enseñar al pueblo, el cual se ve en esos mismos profetas, que recibieron un don de entendimiento peculiar y extraordinario en comparación con los demás hombres. Porque su predicación es oscura, como de cosas muy lejanas, y está cubierta de figuras. Además, por admirable que fuera el entendimiento que tenían, como estaban obligados a someterse a la pedagogía común del pueblo, también se cuentan entre los niños como los demás. En fin, nadie en aquellos tiempos tuvo tanta perspicacia que no se resintiera en alguna medida de la oscuridad de su época. Por eso decía Cristo: «Muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron». Por tanto, bienaventurados vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen (Mt 13:16-17; Lc 10:23-24). Y ciertamente era justo que la presencia de Cristo tuviera esta prerrogativa: traer consigo una manifestación de los misterios celestiales más clara que la que había antes. A esto se refiere lo que ya hemos citado de san Pedro: que les fue revelado que el trabajo y el esfuerzo de su ministerio habían de servir principalmente a nuestros tiempos (1 P 1:12).
Pasemos ahora a la tercera diferencia, que se toma de Jeremías, cuyas palabras son estas: «He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado» (Jer 31:31-34). De este lugar tomó ocasión el apóstol para establecer su comparación entre la ley y el evangelio: llama a la ley doctrina de la letra, y al evangelio, doctrina espiritual; llama a la ley doctrina escrita en tablas de piedra, y al evangelio, escrita en los corazones; llama a la ley predicación de muerte y de condenación, y al evangelio, predicación de vida y de justicia; dice que la ley es abolida, pero que el evangelio permanece para siempre (2 Co 3:6-11). Como la intención del apóstol fue exponer el sentido del profeta, nos bastará considerar las palabras de uno para entender a ambos. Aunque es verdad que hay alguna diferencia entre ellos, porque el apóstol habla de la ley con mucha más aspereza que el profeta. Y no lo hace considerando simplemente la naturaleza de la ley, sino a causa de ciertos hombres perdidos que, con el celo perverso que tenían por la ley, oscurecían la luz del evangelio. Discute sobre la naturaleza de la ley según el error y el afecto insensato que ellos tenían. Por eso es necesario tener esto especialmente en cuenta en san Pablo. Pero ni el uno ni el otro (ya que ambos contraponen deliberadamente el Nuevo Testamento al Antiguo) consideran en la ley otra cosa que lo que le es propio. Pongamos un ejemplo: la ley contiene a cada paso promesas de misericordia, pero, como están tomadas de otra parte, no deben entrar en cuenta cuando se trata de la naturaleza de la ley. Solo le atribuyen esto: que manda lo bueno y prohíbe lo malo, que promete recompensa a los que viven justamente y amenaza con castigo a los que quebrantan la justicia, pero que, con todo ello, no puede corregir ni enmendar la maldad y perversidad del corazón, que es natural en todos los hombres.
Expliquemos ahora parte por parte la comparación que hace el apóstol. El Antiguo Testamento, dice, es de la letra, porque fue publicado sin la eficacia del Espíritu Santo; el Nuevo es espiritual, porque el Señor lo ha grabado espiritualmente en los corazones de los hombres. Por eso la segunda contraposición es como una explicación de la primera. El Antiguo es mortífero, porque no puede hacer otra cosa que envolver en maldición a todo el género humano; el Nuevo es instrumento de vida, porque, librándonos de la maldición, nos devuelve a la gracia y al favor de Dios. El Antiguo es ministerio de condenación, porque muestra que todos los hijos de Adán son culpables de injusticia; el Nuevo, en cambio, es ministerio de justicia, porque nos revela la justicia de Dios por la cual somos justificados. La última contraposición debe referirse a las ceremonias de la ley: como eran una imagen y representación de cosas ausentes, era necesario que con el tiempo desaparecieran; el evangelio, como presenta el cuerpo mismo, es firme y estable para siempre. Es verdad que Jeremías llama también a la ley moral alianza débil y frágil, pero lo hace en otro sentido: porque fue enseguida quebrantada y deshecha por la ingratitud del pueblo; y, como esa violación procedió de la culpa del pueblo y no del testamento, no debe imputarse propiamente al testamento. En cambio, las ceremonias, como fueron abolidas por su propia debilidad con la venida de Cristo, contenían en sí mismas la causa de su impotencia. Y esta diferencia que hemos puesto entre la letra y el espíritu no debe entenderse como si el Señor hubiera dado su ley a los judíos sin ningún provecho y sin convertir a ninguno de ellos a él; se establece por comparación, para ensalzar más la abundancia de la gracia con que el mismo Legislador, como si representara un nuevo papel, quiso honrar la predicación del evangelio. Porque, si consideramos la multitud que ha reunido de diversas naciones por la predicación del evangelio, regenerándolos por su Espíritu Santo, veremos que fueron poquísimos, o casi ninguno, los que antiguamente en el pueblo de Israel recibieron de corazón y voluntariamente la doctrina de la ley; aunque, si consideramos al pueblo de Israel en sí mismo, sin compararlo con la Iglesia cristiana, sin duda hubo en él muchísimos fieles.
De la tercera diferencia sale la cuarta. La Escritura llama al Antiguo Testamento alianza de servidumbre porque engendra temor en el corazón de los hombres, y al Nuevo, alianza de libertad, porque los afirma en la confianza y la seguridad. Así dice san Pablo en la Carta a los Romanos: «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» (Ro 8:15). Con esto concuerda lo que está escrito en la Carta a los Hebreos: que los fieles no se han acercado ahora al monte visible del Sinaí, al fuego encendido, al torbellino, a la oscuridad y a la tempestad, donde no se oía ni se veía otra cosa que lo que causa espanto y horror, hasta el punto de que el mismo Moisés quedó aterrado cuando resonó aquella voz terrible que todo el pueblo rogaba no oír, sino que se han acercado al monte celestial de Sion, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, etc. (Heb 12:18-22). Lo que el apóstol toca brevemente en el lugar citado de la Carta a los Romanos, lo explica con mucha más amplitud en la Carta a los Gálatas, cuando hace una alegoría sobre los dos hijos de Abraham: Agar, la esclava, era figura del monte Sinaí, donde el pueblo de Israel recibió la ley; y Sara, la libre, era figura de la Jerusalén celestial, de donde procedió el evangelio; y así como la descendencia de Agar nace esclava y nunca puede llegar a heredar, mientras que la de Sara es libre y a ella se debe la herencia, del mismo modo por la ley somos puestos en servidumbre, y solo por el evangelio somos regenerados para la libertad (Gá 4:22-31). En suma: el Antiguo Testamento produjo en las conciencias temor y horror, mientras que por el Nuevo se les da gozo y alegría; el primero tuvo las conciencias oprimidas bajo el yugo de la servidumbre, el segundo las pone en libertad y las hace libres. Y si alguien nos objeta el caso de los padres del Antiguo Testamento, alegando que, puesto que tuvieron el mismo espíritu de fe que nosotros, se sigue que también participaron de la misma libertad y alegría que nosotros, respondemos que no tuvieron ni lo uno ni lo otro por medio de la ley, sino que, sintiéndose oprimidos por ella, retenidos en cautiverio y fatigados por la inquietud de la conciencia, se refugiaron en el evangelio. De donde se ve claramente que fue un beneficio propio del Nuevo Testamento que quedaran libres de estas miserias. Además, negaremos que tuvieran tanta libertad y seguridad que no sintieran en alguna medida el temor y la servidumbre que causaba la ley. Porque, aunque disfrutaran del privilegio que habían alcanzado por el evangelio, estaban obligados, como el resto del pueblo, a las mismas observancias, ceremonias y cargas de entonces. Así pues, como estaban obligados a guardar con todo cuidado las ceremonias, que eran como marcas de aquella pedagogía que san Pablo compara con la servidumbre, y que eran además como documentos por los que se reconocían culpables delante de Dios sin saldar lo que debían, con muchísima razón se dice que, en comparación con nosotros, estuvieron bajo el testamento de temor y de servidumbre, si se considera el orden y el modo que el Señor seguía comúnmente en aquel tiempo con el pueblo de Israel.
Las tres últimas comparaciones que hemos mencionado son entre la ley y el evangelio. Por eso, en ellas entenderemos por Antiguo Testamento la ley, y por Nuevo Testamento el evangelio. La primera que pusimos tiene un alcance mucho más amplio, porque comprende incluso las promesas que se hicieron a los padres que vivieron antes de que se diera la ley. En cuanto a que san Agustín niega que estas promesas estén comprendidas bajo el nombre de Antiguo Testamento (Contra dos cartas de los pelagianos, a Bonifacio, libro III, cap. 4), ciertamente en esto tiene toda la razón. Y no quiso decir otra cosa que lo mismo que nosotros decimos. Porque tenía puestos los ojos en los textos ya citados de Jeremías y de san Pablo, donde se distingue entre el Antiguo Testamento y la doctrina de la gracia y la misericordia. También observa muy acertadamente que los hijos de la promesa, que desde el principio del mundo han sido regenerados por Dios y han obedecido a los mandamientos por la fe que obra por el amor, pertenecen al Nuevo Testamento; que tuvieron su esperanza puesta no en los bienes carnales, terrenos y temporales, sino en los espirituales, celestiales y eternos; y que creyeron particularmente en el Mediador, por quien no dudaron que se les daba el Espíritu Santo para vivir rectamente, y que alcanzaban el perdón de sus pecados cada vez que pecaban. Esto mismo es lo que yo quería probar: que todos los santos que, según leemos en la Escritura, fueron elegidos por Dios desde el principio del mundo participaron junto con nosotros de la misma bendición que se nos da para salvación eterna. Solo hay esta diferencia entre la división que yo he establecido y la de san Agustín: yo he querido distinguir entre la claridad del evangelio y la oscuridad que había antes de él, conforme a la sentencia de Cristo que dice: la ley y los profetas llegaron hasta Juan el Bautista, y desde entonces ha comenzado a predicarse el reino de Dios (Mt 11:13); san Agustín, en cambio, se contenta con distinguir entre la debilidad de la ley y la firmeza del evangelio. Debemos notar también, respecto de los padres antiguos, que vivieron bajo el Antiguo Testamento de tal manera que no se detuvieron en él, sino que siempre tuvieron la mirada puesta en el Nuevo y mantuvieron cierta comunión con él. Porque a los que, contentándose con las sombras externas, no elevaron su entendimiento a Cristo, el apóstol los condena como ciegos y malditos. Y ciertamente, aunque calle otras cosas, ¿qué mayor ceguera puede imaginarse que esperar la purificación de los pecados de la muerte de un animal? ¿Que buscar el lavamiento del alma en la aspersión externa del agua? ¿Que querer aplacar a Dios con ceremonias de poca importancia, como si se deleitara mucho en ellas? Ciertamente, todos los que, sin tener en cuenta a Cristo, se embeben en las observancias externas de la ley caen en tales absurdos.
La quinta diferencia, que dijimos que podía añadirse, consiste en que, hasta la venida de Jesucristo, el Señor había apartado un pueblo al que había confiado la alianza de su gracia. «Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones, cuando hizo dividir a los hijos de los hombres, [...] la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó», dice Moisés (Dt 32:8-9). Y en otro lugar habla así a su pueblo: «He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella. Solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos» (Dt 10:14-15). Así, el Señor concedió solo a aquel pueblo la gracia de darse a conocer, como si solo él, y ningún otro en todo el mundo, le perteneciera. Solo con él hizo su alianza; a él le manifestó la presencia de su divinidad, y lo honró y ensalzó con grandes privilegios. Pero, dejando los demás beneficios que le hizo, contentémonos con el único que ahora tratamos: que Dios se unió a él por la comunicación de su palabra de tal manera que fue llamado y tenido por su Dios. Mientras tanto dejaba a todas las demás naciones andar en vanidad y error, como si no tuviera nada que ver con ellas, y no les daba el único remedio con que podía remediar tanto mal, que es la predicación de su palabra (Hch 14:16). Así, Israel era entonces el pueblo muy amado de Dios, y todos los demás eran tenidos por extranjeros. Él era el conocido por Dios, el defendido y amparado por Dios; todos los demás quedaban en sus tinieblas. Él era el santificado por Dios; todos los demás eran profanos. Él era el honrado con la presencia de Dios; todos los demás eran excluidos y apartados. Pero, cuando llegó el cumplimiento del tiempo, ordenado para la restauración de todas las cosas, y se manifestó aquel reconciliador entre Dios y los hombres, se derribó la pared que durante tanto tiempo había tenido encerrada la misericordia de Dios dentro de las fronteras de Israel, y se anunció la paz tanto a los que estaban lejos como a los que estaban cerca, para que, reconciliados todos juntos con Dios, formaran todos un solo pueblo (Gá 4:4; Ef 2:14-17). Por eso ya no hay distinción entre griego y judío, entre circuncisión e incircuncisión, sino que Cristo es el todo en todos (Gá 6:15; Col 3:11); a él le han sido dados por herencia todos los pueblos de la tierra, y por posesión los confines del mundo, para que, sin hacer ninguna diferencia, domine de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra (Sal 2:8; 72:8, y en otros lugares).
Así pues, el llamamiento de los gentiles es una señal admirable en la que se ve claramente la superioridad del Nuevo Testamento sobre el Antiguo. Fue atestiguado antiguamente en muchísimos y clarísimos oráculos de los profetas, pero de tal manera que remitían su cumplimiento al reino del Mesías. Ni siquiera Jesucristo quiso abrir la puerta a los gentiles al comienzo de su predicación, sino que aplazó su llamamiento hasta que, cumplido todo lo que pertenecía a nuestra redención y pasado todo el tiempo de su humillación, recibió del Padre el nombre que es sobre todo nombre, para que ante él se doble toda rodilla (Flp 2:9-10). Por eso decía a la mujer cananea: «No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15:24); y por eso no permitió que los apóstoles, la primera vez que los envió, pasaran de esos límites: «Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10:5-6); porque aún no había llegado el tiempo oportuno. Y hay que notar muy especialmente que, aunque el llamamiento de los gentiles había sido atestiguado por tantos testimonios, cuando llegó el momento de comenzar a llamarlos resultó tan nuevo y extraño para los apóstoles que lo tenían por algo monstruoso. Ciertamente comenzaron con gran dificultad, y no sin antes presentar sus excusas. Y no hay por qué asombrarse, porque parecía del todo contrario a la razón que el Señor, que tanto tiempo antes había escogido a Israel entre todas las naciones del mundo, cambiara súbitamente de propósito, como de repente, y suprimiera aquella distinción. Es verdad que los profetas lo habían anunciado, pero ellos no podían atender a las profecías de tal modo que la novedad de la cosa no los asombrara muchísimo. Las muestras y testimonios que Dios había dado antes del llamamiento de los gentiles no bastaban para quitarles todas las dudas. Porque, además de que había llamado a muy pocos gentiles a su Iglesia, a los que llamó los incorporó por la circuncisión al pueblo de Israel, para que fueran como de la familia de Abraham; pero con este llamamiento público, que se hizo después de la ascensión de Jesucristo, no solo se igualaba a los gentiles con los judíos, sino que parecía que se los ponía en lugar de los judíos, como si estos ya no hubieran de contar. Más aún: los extranjeros que habían sido incorporados a la Iglesia de Dios nunca habían sido igualados con los judíos. Por eso el apóstol, no sin razón, engrandece tanto este misterio, que según dice había estado oculto desde todos los siglos y generaciones, y que es motivo de gran admiración aun para los ángeles (Col 1:26).
Pienso que en estos cuatro o cinco puntos he resumido bien y fielmente toda la diferencia que hay entre el Antiguo Testamento y el Nuevo, en la medida en que basta para una enseñanza sencilla y pura. Pero, como hay algunos que consideran un gran absurdo esta diversidad entre el gobierno de la Iglesia cristiana y el de la Iglesia israelita, el modo distinto de enseñar de una y otra y el gran cambio de ritos y ceremonias, será necesario responderles antes de seguir adelante. Esto podrá hacerse en muy pocas palabras, porque sus objeciones no son tan fuertes ni tan apremiantes que haya que gastar mucho tiempo en refutarlas. «No es razonable —dicen— que Dios, que jamás cambia de parecer, permita un cambio tan grande que repruebe después lo que él mismo había mandado y encargado una vez». Respondo que no por eso debe tenerse a Dios por mudable, por haber dispuesto diversas maneras de gobernar según la diversidad de los tiempos y según lo que sabía que convenía más. Si un labrador asigna a sus jornaleros trabajos distintos en invierno y en verano, no por eso lo acusaremos de inconstancia ni pensaremos que se aparta de la recta regla de la agricultura, que depende siempre del orden perpetuo de la naturaleza. Del mismo modo, si un padre de familia instruye, dirige y trata a sus hijos de una manera en la juventud y de otra en la niñez, no diremos por ello que es voluble o que cambia de parecer. ¿Por qué, pues, acusaremos a Dios de inconstancia por haber distinguido la diversidad de los tiempos con ciertas señales que él sabe que son convenientes y apropiadas? La segunda comparación debe satisfacernos plenamente. San Pablo compara a los judíos con niños y a los cristianos con jóvenes. ¿Qué inconveniente o desorden hay en este gobierno, en que Dios mantuvo a los judíos en rudimentos adecuados a su edad y a nosotros nos ha enseñado una doctrina más elevada y, por así decir, más adulta? Así pues, en esto se muestra la constancia de Dios: en que ha establecido una misma doctrina para todos los tiempos y persevera en exigir de los hombres el mismo culto y la misma manera de servirle que instituyó desde el principio. Y en cuanto a haber cambiado la forma y la manera externas, no se muestra en ello sujeto a cambio, sino que ha querido acomodarse a la capacidad de los hombres, que es mudable y variable.
Pero ellos replican todavía: ¿de dónde viene esta diversidad, sino de que Dios quiso que fuera así? ¿No pudo revelar la vida eterna en palabras claras y sin ninguna figura tanto antes de la venida de Cristo como después? ¿No pudo enseñar a los suyos con pocos y manifiestos sacramentos? ¿No pudo enviar su Espíritu Santo y derramar su gracia por todo el mundo? Ciertamente, esto es como si discutieran con Dios porque creó el mundo tan tarde y no antes, pudiendo haberlo creado desde el principio; o porque ha hecho diferencia entre las estaciones del año, como entre el invierno y el verano, o entre el día y la noche. En lo que a nosotros toca, hagamos lo que deben hacer los verdaderamente piadosos: no dudemos de que todo lo que Dios ha hecho lo ha hecho sabia y justamente, aunque muchísimas veces no entendamos por qué conviene que sea así. Porque sería atribuirnos demasiado no conceder a Dios que conozca las razones de sus obras que nosotros no entendemos. «Pero es extraño —dicen— que Dios rechace y aborrezca hoy los sacrificios de animales, con todo aquel aparato y pompa del sacerdocio levítico, en los que tanto se deleitaba en tiempos pasados». ¡Como si estas cosas externas y caducas dieran contento a Dios, o como si él les tuviera algún apego! Ya hemos dicho que Dios no creó ninguna de estas cosas por causa de sí mismo, sino que lo ordenó todo para el bien y la salvación de los hombres. Si un médico usa cierto remedio para curar a un joven, y después, cuando el mismo paciente es viejo, usa otro, ¿diremos acaso que ese médico ha repudiado el método y el arte de curar que antes había empleado, o que le ha desagradado? Al contrario, responderá que siempre siguió una misma regla, pero que tuvo en cuenta la edad. Del mismo modo convino que Cristo, estando todavía ausente, fuera figurado con señales distintas para anunciar su venida de las que ahora nos representan que ya ha venido. En cuanto al llamamiento de Dios, que con la venida de Cristo se ha derramado sobre todos los pueblos con mucha más amplitud que antes, y en cuanto a las gracias del Espíritu Santo, repartidas con mucha más abundancia, ¿quién, os ruego, negará que es justo que Dios dispense libremente sus gracias y dones conforme a su buena voluntad, de modo que ilumine a las naciones y pueblos que quiera? ¿Que haga predicar su palabra donde le parezca bien? ¿Que haga que produzca el fruto grande o pequeño que quiera? ¿Que, cuando le plazca, pueda darse a conocer al mundo por su misericordia y retirar, por la ingratitud de los hombres, el conocimiento que había dado de sí mismo? Vemos, pues, cuán indignas son las calumnias con que los impíos pretenden turbar el corazón de la gente sencilla para poner en duda la justicia de Dios o la verdad de la Escritura.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.