Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio

La semejanza entre el Antiguo y el Nuevo Testamento

Por lo que hemos tratado hasta aquí, ya puede verse con claridad que todos los hombres que Dios ha querido, desde el principio del mundo, incorporar y unir a la compañía de su pueblo han estado unidos a él en alianza con la misma condición, con el mismo vínculo y con la misma clase de doctrina con que nosotros lo estamos hoy. Pero, como importa mucho que este punto quede bien confirmado, añadiré a modo de complemento cómo es que los padres fueron partícipes con nosotros de una misma herencia y esperaron la misma salvación que nosotros por la gracia de un mismo Mediador, y cómo, sin embargo, dentro de esa misma comunión su condición y su estado fueron muy diferentes de los nuestros. Los testimonios que hemos reunido de la ley y de los profetas para confirmar esto muestran claramente que nunca hubo en el pueblo de Dios otra regla de religión y de piedad que la que nosotros tenemos. Pero, como entre los doctores de la Iglesia se trata muchas veces de la diferencia que hay entre el Nuevo Testamento y el Antiguo (lo cual podría causar inquietud a los lectores poco advertidos), me pareció muy conveniente dedicar a esto un tratado particular para exponerlo con más detalle. Además, lo que sin ninguna otra consideración ya sería utilísimo se nos ha vuelto necesario por la insistencia, tanto de aquel monstruo que es Servet como de algunos anabaptistas furiosos, que no hacen más caso del pueblo de Israel que de una manada de cerdos, pues creen que el Señor solo quiso engordarlo en la tierra, sin ninguna esperanza de la inmortalidad celestial. Así pues, para arrancar este error pestilente del corazón de los fieles, y también para resolver todas las dificultades que podrían surgir al oír hablar de la diferencia que hay entre el Nuevo y el Antiguo Testamento, consideremos brevemente en qué coinciden y en qué difieren la alianza que Dios hizo con el pueblo de Israel antes de la venida de Cristo al mundo y la alianza que ha hecho ahora con nosotros, después de que Cristo se manifestó en la carne.

Ambas cosas pueden resolverse en una sola palabra. La alianza que se hizo con los padres del Antiguo Testamento, en cuanto a su sustancia y su verdad real, es tan semejante a la que se ha hecho con nosotros y concuerda tanto con ella, que en realidad es una sola; solo difiere en el orden y en el modo de su administración. Pero, como nadie podría sacar de tanta brevedad una comprensión segura, será necesario desarrollar esto con más amplitud si queremos que sirva de algo. En cuanto a mostrar su semejanza, o mejor dicho su unidad, sería superfluo volver a tratar cada una de las partes que ya hemos expuesto; y también estaría fuera de lugar mezclar aquí lo que debe tratarse más adelante en otro lugar. Por tanto, en esta materia tendremos que insistir sobre todo en tres puntos principales. El primero, que entendamos que el Señor no propuso a los judíos la abundancia o la felicidad terrenas como meta y fin al que debieran aspirar y dirigirse, sino que los adoptó en la esperanza de la inmortalidad, y que les reveló esta adopción tanto en oráculos como en la ley y los profetas. El segundo, que la alianza por la que quedaron unidos a Dios no se basó en sus propios méritos, sino únicamente en la misericordia de aquel que los llamó. El tercero, que tuvieron y conocieron a Cristo como Mediador, por medio del cual serían reconciliados con Dios y participarían de sus promesas. El segundo de estos puntos, como quizá todavía no está bien explicado, se tratará con más amplitud en su lugar; porque probaremos con muchísimos y clarísimos testimonios de los profetas que todo el bien que el Señor ha hecho o prometido jamás a su pueblo ha procedido de su pura bondad y clemencia. El tercero también lo hemos confirmado en varios lugares; y ni siquiera hemos dejado de tocar de pasada el primero.

Pero, como este primer punto es muy importante para lo que ahora tratamos, y como hay muchísimas controversias sobre él, tendremos que poner mucha más diligencia en explicarlo. Sin embargo, nos detendremos en él de tal manera que, si todavía falta algo para la explicación completa de los otros dos, no dejaremos de señalarlo brevemente, o lo añadiremos después cuando se presente la ocasión oportuna. En cuanto a estos tres puntos, el apóstol nos quita ciertamente toda duda cuando dice que Dios Padre, mucho tiempo antes, había prometido por medio de sus profetas en las santas Escrituras el evangelio de su Hijo, que ahora ha publicado en el tiempo que había determinado (Ro 1:2). Asimismo, que la justicia de la fe que se enseña en el evangelio tiene el testimonio de la ley y de los profetas (Ro 3:21). Porque el evangelio no detiene el corazón de los hombres en la alegría de la vida presente, sino que lo levanta a la esperanza de la inmortalidad; no lo ata a los placeres terrenos, sino que, al anunciarle que su esperanza está puesta en el cielo, en cierto modo lo traslada allá. Por eso en otro lugar lo define así: «habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia» (Ef 1:13-14). Asimismo: «habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis a todos los santos, a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio» (Col 1:4-5). Y también: nos llamó mediante el evangelio para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo (2 Ts 2:14). De ahí que se le llame palabra de salvación, poder de Dios para salvación de los creyentes y reino de los cielos. Y si la doctrina del evangelio es espiritual y abre la puerta para entrar a poseer la vida incorruptible, no pensemos que aquellos a quienes fue prometido y anunciado se embrutecieron como animales, entregados a sus placeres corporales, sin tener en cuenta sus almas ni hacer ningún caso de ellas. Y que nadie argumente aquí que las promesas del evangelio que se encuentran en la ley y en los profetas estaban destinadas al pueblo del Nuevo Testamento; porque el apóstol, poco después de haber dicho que el evangelio había sido prometido en la ley, añade que todo lo que la ley contiene se dirige sin ninguna duda propiamente a los que están bajo la ley (Ro 3:19). Reconozco que esto lo dice con otro propósito; pero el apóstol no era tan olvidadizo que, al decir que todo lo que la ley enseña pertenece realmente a los judíos, no se acordara de lo que había dicho pocos versículos antes acerca del evangelio prometido en la ley. Así pues, el apóstol muestra con toda claridad que el Antiguo Testamento miraba principalmente a la vida venidera, puesto que dice que las promesas del evangelio están contenidas en él.

Por la misma razón se sigue que el Antiguo Testamento se basaba en la misericordia gratuita de Dios y que era confirmado por la intercesión de Jesucristo. Porque la predicación del evangelio no proclama otra cosa sino que los pobres pecadores son justificados por la sola clemencia paternal de Dios, sin haberla merecido, y que toda su suma está comprendida en Cristo. ¿Quién, pues, se atreverá a separar a los israelitas de Cristo, cuando oímos que con ellos se hizo la alianza del evangelio, cuyo único fundamento es Cristo? ¿Quién se atreverá a privar del beneficio de la salvación gratuita a aquellos a quienes, según oímos, se les administró la doctrina de la justicia de la fe? Y para no discutir mucho tiempo sobre algo tan claro, tenemos una sentencia admirable del Señor: «Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó» (Jn 8:56). Y lo que Cristo afirma aquí de Abraham, el apóstol muestra que fue común a todo el pueblo fiel, cuando dice: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Heb 13:8). Porque en este lugar no habla solamente de la divinidad eterna de Cristo, sino de su virtud y su poder, que siempre se manifestaron a los fieles. Por eso la bienaventurada Virgen y Zacarías, en sus cánticos, llaman a la salvación revelada en Cristo cumplimiento de las promesas que Dios había hecho a Abraham y a los patriarcas (Lc 1:54-55, 72-73). Si Dios, al manifestar a su Cristo, cumplió el juramento que había hecho antes, de ningún modo podrá decirse que el fin del Antiguo Testamento no estuvo siempre en Cristo y en la vida eterna.

Más aún: el apóstol no solo iguala a los israelitas con nosotros en la gracia de la alianza, sino también en el significado de los sacramentos. Queriendo atemorizar a los corintios con los ejemplos de los castigos que, según cuenta la Escritura, sufrieron antiguamente los israelitas, para que no cometieran abominaciones semejantes, comienza con este preámbulo: no hay razón para atribuirnos ninguna prerrogativa ni privilegio que nos libre de la ira de Dios que cayó sobre ellos, pues el Señor no solo les hizo los mismos beneficios que a nosotros, sino que además hizo resplandecer su gracia entre ellos con los mismos símbolos, señales y sacramentos (1 Co 10:1-5). Es como si dijera: si confiáis y os parece que estáis fuera de todo peligro porque el bautismo con que habéis sido marcados y la Cena que recibís cada día tienen promesas admirables, mientras vosotros, menospreciando la bondad de Dios, vivís de manera muy disoluta, sabed que tampoco los judíos carecieron de estos símbolos, y aun así el Señor ejecutó contra ellos sus juicios con la mayor severidad. Fueron bautizados al atravesar el mar y en la nube que los protegía del ardor del sol. Los que se oponen a esta doctrina dicen que aquel paso fue un bautismo carnal que correspondía, por cierta semejanza, a nuestro bautismo espiritual. Pero, si se les concede esto, el argumento del apóstol no valdría nada, porque lo que pretende es quitar a los cristianos la vana confianza de creerse muy superiores a los judíos a causa del bautismo, por estar ellos bautizados y los judíos no. Y lo que sigue inmediatamente no admite de ningún modo esa sutileza: que ellos comieron con nosotros el mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida espiritual; y declara que esa comida y esa bebida eran Cristo.

Para menoscabar la autoridad del apóstol, estos replican además con lo que dice Cristo: «Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron»; el que come mi carne no morirá para siempre (Jn 6:49-51). Pero es fácil conciliar una cosa con la otra. El Señor, como dirigía su discurso a hombres que solo buscaban llenar el vientre y no se preocupaban mucho del alimento espiritual del alma, acomoda en cierto modo su lenguaje a la capacidad de ellos, y sobre todo hace esta comparación entre el maná y su cuerpo tal como ellos podían entenderla. Le exigían que, para ganarse su crédito, confirmara su poder haciendo algún milagro como el que había hecho Moisés en el desierto, cuando hizo llover maná del cielo. Y en el maná ellos no veían otra cosa que un remedio para el hambre que entonces afligía al pueblo; no llegaban tan alto como para considerar el misterio que considera san Pablo. Así que Cristo, para mostrar cuánto más excelente era el beneficio que debían esperar de él que aquel que, según ellos proclamaban, Moisés había hecho a sus padres, hace esta comparación: si, como vosotros pensáis, fue un milagro grande y admirable que el Señor enviara por mano de Moisés alimento a su pueblo para que no muriera de hambre en el desierto, y lo sustentara con él por un poco de tiempo, deducid de ahí cuánto más excelente es el alimento que da la inmortalidad. Ya vemos por qué el Señor pasó por alto lo que era principal en el maná y solo señaló su utilidad menor: porque los judíos, como queriendo reprocharle, le habían echado en cara a Moisés, que había remediado con el maná la necesidad del pueblo; y él responde que es administrador de una gracia mucho más admirable, en comparación con la cual lo que había hecho Moisés, que era alimentar al pueblo corporalmente (lo único que ellos tanto estimaban), era casi nada. San Pablo, en cambio, como sabía que el Señor, al hacer llover maná del cielo, no había querido solo alimentar los cuerpos, sino también comunicarles un misterio espiritual para representarles la vida espiritual que debían esperar de Cristo, no dejó de señalar este aspecto, que era dignísimo de consideración. Por tanto, podemos concluir sin ninguna duda que a los judíos no solo se les comunicaron las mismas promesas de vida eterna y celestial que hoy tenemos presentes por la misericordia del Señor, sino que además fueron selladas y confirmadas con sacramentos verdaderamente espirituales. San Agustín trata esto con mucha amplitud contra Fausto el maniqueo.

Y si los lectores prefieren todavía que se les citen testimonios de la ley y de los profetas en los que vean claramente que la alianza espiritual de la que hoy disfrutamos se comunicó también a los padres, como nos lo han declarado Cristo y los apóstoles, procuraré también complacerlos; y lo haré con tanta más gana cuanto más seguro estoy de que los adversarios quedarán confundidos, de modo que después no puedan tergiversar. Comenzaré con un argumento que, bien lo sé, a juicio de los anabaptistas será débil y casi ridículo, pero que tendrá gran peso entre los que sean dóciles y tengan algo de entendimiento. Doy por cosa resuelta que la palabra de Dios tiene en sí tal eficacia que vivifica las almas de todos aquellos a quienes Dios concede la gracia de comunicársela. Porque siempre fue verdad lo que dice san Pedro: que la palabra de Dios es una simiente incorruptible que permanece para siempre (1 P 1:23), como él mismo lo confirma con la autoridad de Isaías (Is 40:6-8). Y puesto que Dios ató en otro tiempo a los judíos con este lazo santo, no hay duda de que los apartó para hacerles esperar la vida eterna. Porque, cuando digo que abrazaron la palabra por la cual se acercaban más a Dios, no me refiero a aquella manera general de comunicarse con él que se extiende por el cielo, la tierra y todas las criaturas del mundo (la cual, aunque vivifica y da el ser a todas las cosas, a cada una según su propiedad y naturaleza, no las libra de la necesidad de corrupción a la que están sujetas), sino que hablo de una manera particular de comunicarse, por la cual las almas de los piadosos son iluminadas en el conocimiento de Dios y en cierto modo unidas a él. Así pues, puesto que Adán, Abel, Noé, Abraham y los demás padres se acercaron a Dios por esta iluminación de su palabra, digo que no hay ninguna duda de que ella fue para ellos una entrada en el reino inmortal de Dios. Porque era una participación sólida y verdadera de Dios, que no puede darse sin la gracia de la vida eterna.

Si esto todavía parece algo oscuro e intrincado, vayamos entonces a la forma misma de la alianza, que no solo satisfará a los espíritus serenos, sino que además pondrá suficientemente en evidencia la ignorancia de los que pretenden contradecir. Porque el Señor siempre ha hecho su alianza con sus siervos de esta manera: «yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo» (Lv 26:12). Y los mismos profetas declaran que en estas palabras están comprendidas la vida, la salvación y toda la suma de la bienaventuranza. No sin razón David afirma muchas veces: «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová» (Sal 144:15), y bienaventurado el pueblo que él escogió como heredad para sí (Sal 33:12). Lo cual no debe entenderse de una felicidad terrenal, sino de que él libra de la muerte, conserva perpetuamente y sostiene con misericordia eterna a los que ha admitido en la compañía de su pueblo. Como también dicen otros profetas: «¿No eres tú desde el principio, oh Jehová, Dios mío, Santo mío? No moriremos» (Hab 1:12). «Jehová es nuestro Legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará» (Is 33:22). «Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová?» (Dt 33:29). Pero, para no esforzarnos en algo que no lo necesita, en los profetas aparece a cada paso esta advertencia: que no nos falta nada para tener abundancia de todos los bienes, y aun para estar seguros de nuestra salvación, con tal de que el Señor sea nuestro Dios. Y con mucha razón. Porque, si su rostro, en cuanto se muestra, es una prenda segurísima de salvación, ¿a quién se declarará él como Dios sin descubrirle al instante los tesoros de la vida? Porque él es nuestro Dios con la condición de habitar en medio de nosotros, como lo atestiguaba por medio de Moisés (Lv 26:11). Y no se puede tener tal presencia suya sin poseer al mismo tiempo la vida. Y ciertamente, aunque no hubiera ninguna otra cosa, tenían una promesa bastante clara y segura de vida espiritual en estas palabras: «seré vuestro Dios» (Éx 6:7). Porque no les decía que sería su Dios solo para el cuerpo, sino principalmente para el alma. Y las almas, si no están unidas a Dios por la justicia y la santidad, quedan en la muerte, separadas de él; pero, si tienen esa unión, esta les traerá la salvación perpetua.

A esto se añade que no solo afirmaba que sería su Dios, sino que además les prometía que lo sería para siempre, para que su esperanza, no contentándose con los bienes presentes, pusiera la mirada en la eternidad. Y que este modo de hablar en tiempo futuro tenía entre ellos este sentido se ve claramente por muchísimos testimonios de los piadosos, con los que no solo se consolaban en las calamidades que padecían en el presente, sino también respecto de lo que les había de suceder, seguros de que Dios nunca les faltaría. Había además otra cosa en la alianza que los confirmaba todavía más en esto: que la bendición de Dios se extendería más allá de los límites de la vida terrena. «Seré tu Dios, y el de tu descendencia después de ti» (Gn 17:7). Porque, si había de mostrarles su buena voluntad después de muertos haciendo bien a su descendencia, con mucha mayor razón no dejaría de amarlos a ellos mismos. Dios no es como los hombres, que trasladan a los hijos el amor que tenían a los difuntos, porque estos, una vez muertos, ya no pueden hacer bien a los que querían. Dios, en cambio, cuya generosidad no puede ser impedida por la muerte, no priva a los difuntos del fruto de su misericordia, sino que por causa de ellos la derrama sobre sus sucesores hasta mil generaciones (Éx 20:6). Así quiso mostrar con esto la inmensa abundancia de su bondad, que sus siervos habían de sentir aun después de su muerte, describiéndola de tal modo que alcanzaría a toda su familia incluso después de sus días. El Señor señaló la verdad de esta promesa, y casi mostró su cumplimiento, cuando se llamó Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob mucho tiempo después de que hubieran muerto (Éx 3:6). Porque llamarse Dios de ellos habría sido ridículo si hubieran perecido; habría sido como si Dios dijera: «Soy Dios de los que no existen». Por eso cuentan los evangelistas que los saduceos fueron vencidos por Cristo con este solo argumento, de tal modo que no pudieron negar que Moisés había dado testimonio en este lugar de la resurrección de los muertos (Mt 22:23-32; Lc 20:37), pues habían aprendido del mismo Moisés que todos los santos están en la mano de Dios (Dt 33:3). De lo cual era fácil concluir que ni siquiera con la muerte perecen aquellos a quienes admite bajo su protección, amparo y defensa aquel que tiene en su poder la muerte y la vida.

Consideremos ahora cuál es el punto principal de esta controversia: si los fieles del Antiguo Testamento fueron enseñados por el Señor de tal manera que entendieran que después de esta vida les estaba preparada otra mejor, para que, sin hacer caso de la vida presente, meditaran en la venidera. En primer lugar, la manera de vivir en que los había puesto no era sino un ejercicio continuo para advertirles que serían los más desdichados de todos los hombres si solo fueran felices en esta vida. Adán, infelicísimo aunque solo fuera por el recuerdo de la felicidad que había perdido, a duras penas logra sustentarse pobremente (Gn 3:17-19); y, como si no bastara estar oprimido por la maldición de Dios en el trabajo de sus manos, allí donde esperaba un gran consuelo recibe una gran tristeza. De sus dos hijos, uno muere a manos cruelísimas de su propio hermano (Gn 4:8), y le queda vivo aquel a quien con toda razón debía aborrecer y no poder ni ver. Abel, cruelmente asesinado en la flor de su edad, es un ejemplo de la desdicha humana. Noé pasa una gran parte de su vida construyendo el arca con gran trabajo y fatiga, mientras todo el mundo se entrega a sus pasatiempos y placeres (Gn 6:22). Y el haber escapado de la muerte se le convierte en trabajos mucho mayores que si hubiera tenido que morir cien veces. Porque, además de que el arca es para él como un sepulcro de diez meses, nada puede ser más desagradable y penoso que estar encerrado tanto tiempo casi ahogado en el hedor del estiércol de los animales. Después de haber escapado de tantas miserias, cae en un nuevo motivo de tristeza: ve que su propio hijo se burla de él, y se ve obligado a maldecir con su propia boca a aquel a quien Dios, por un gran beneficio, había guardado para él (Gn 9:24-25).

Abraham, ciertamente, debe valer para nosotros por un millón de personas como estas, si consideramos su fe, que se nos propone como la regla más perfecta del creer, de tal manera que, para ser hijos de Dios, debemos ser contados en su linaje. ¿Qué puede ser más absurdo que Abraham sea padre de todos los creyentes y no tenga siquiera un rincón entre ellos? Ciertamente no pueden quitarlo de ese número; más aún, no pueden negarle el lugar más honroso de todos sin destruir toda la Iglesia. En cuanto a los trabajos que tuvo en esta vida: en cuanto fue llamado por mandato de Dios, fue arrancado de su tierra, de sus parientes y de sus amigos, que es lo que los hombres consideran más deseable en este mundo, como si el Señor hubiera querido deliberadamente despojarlo de todas las comodidades de esta vida (Gn 12:1-4). Apenas entra en la tierra en que Dios le manda habitar, el hambre lo obliga a salir de ella. Se retira, para remediar su necesidad, a una tierra en la que, para poder vivir, se ve obligado a abandonar a su mujer, lo cual debió de serle mucho más duro que mil muertes. Después de volver a la tierra en que se le había mandado habitar, el hambre lo obliga otra vez a salir de ella. ¡Qué felicidad es esta, habitar en una tierra en la que uno tiene que pasar necesidad tantas veces, y hasta morir de hambre si no huye de ella! Otra vez, en la tierra del rey Abimelec, se ve obligado a dejar a su mujer para salvar su vida. Mientras anda errante de un lado a otro sin asentarse en ningún lugar, las continuas disputas de los criados lo obligan a separarse de su sobrino, a quien tenía por hijo; y sin duda sintió esa separación como si le cortaran un miembro del cuerpo. Poco después oye que los enemigos se lo han llevado cautivo. Adondequiera que va, encuentra en sus vecinos una gran barbarie e inhumanidad: no le dejan beber agua ni siquiera de los pozos que él mismo había cavado con gran trabajo; porque, si antes no lo hubieran molestado, no habría comprado al rey de Gerar el derecho de usar los pozos. Cuando llega a viejo se ve sin hijos, que es lo más duro y penoso que se sufre a esa edad, hasta que, contra toda esperanza, engendra a Ismael. Pero su nacimiento le costó bien caro, cuando su mujer Sara lo afrentaba como si él, por fomentar el orgullo de su criada, fuera la causa de todo el desorden que había en su casa. Por fin le nace su hijo Isaac, pero a cambio de que su primogénito Ismael sea echado de casa, y echado como si no fuera un hijo, sino un enemigo. Cuando solo le queda Isaac, en quien el buen anciano podía descansar, Dios le manda matarlo. ¿Qué puede imaginar el entendimiento humano más calamitoso y desdichado que un padre que sea el verdugo de su propio hijo y lo mate? Si hubiera muerto de enfermedad, ¿quién no habría tenido por desdichado a este pobre anciano, a quien, como burlándose de él, se le habría dado un hijo para que se le doblara el dolor que sentía por verse sin hijos? Si lo hubiera matado algún desconocido, la desgracia habría aumentado por lo indigno del hecho. Pero que muera a manos de su propio padre supera todos los ejemplos de calamidad. En conclusión, fue tan acosado y atormentado durante toda su vida que, si alguien quisiera pintar como en un cuadro el ejemplo de una vida desdichadísima, no podría encontrar otro más apropiado. Y que nadie objete que Abraham no fue del todo desdichado porque al final salió con bien de tantas y tan grandes tempestades. Porque no diremos que vive una vida dichosa el que, tras sufrir infinitas dificultades durante mucho tiempo, al final escapa de ellas con gran trabajo, sino el que, sin sentir ningún trabajo ni saber lo que es, disfruta tranquilamente de los bienes de este mundo.

Vengamos a Isaac, que no padeció tantos trabajos, pero que, aun así, apenas probó el menor gusto de placer o de alegría. También él experimentó las miserias y los trabajos que no permiten a un hombre ser feliz en la tierra. El hambre lo hace huir de la tierra de Canaán; le arrebatan a su mujer de entre las manos; sus vecinos lo molestan y lo atormentan adondequiera que va, muchísimas veces y de todas las maneras posibles, de modo que, igual que su padre, tiene que pelear por el agua; sus nueras le dan mucho que sufrir en su casa (Gn 26:34-35); lo aflige mucho la discordia de sus hijos, y no puede remediar un mal tan grande sino con el destierro de aquel a quien había dado su bendición (Gn 28:5). En cuanto a Jacob, es sin duda un retrato admirable de la miseria extrema. Pasa su juventud en casa de su padre con grandísima inquietud por las amenazas de su hermano mayor, ante las cuales tiene que ceder huyendo. Desterrado de la casa de su padre y de la tierra en que nació, además de lo duro que es andar desterrado, su tío Labán no lo trata con más cariño ni con más humanidad (Gn 29:20-27). No le basta pasar siete años en una servidumbre durísima y rigurosísima, sino que al final es engañado abiertamente, pues le dan una mujer por otra. Para obtener la mujer que había pedido antes, tuvo que servir de nuevo, de tal manera que de día lo abrasaba el calor del sol y de noche no dormía por la helada y el frío que lo atormentaban, como él mismo se queja. Viviendo en tanta miseria unos veinte años, era afligido cada día con nuevas injurias de su suegro. En su casa no tenía más descanso, pues la veía alborotada y casi destruida por los odios, las riñas y las envidias de sus mujeres. Cuando Dios le manda volver a su tierra, tiene que acechar el momento de partir, de modo que su partida parece una huida vergonzosa; y aun así no puede escapar de la maldad de su suegro, que en medio del camino lo acosa con afrentas e injurias (Gn 31:23). Enseguida, vedlo caer en otra dificultad mucho mayor: al acercarse a su hermano, tiene delante de sus ojos tantas clases de muerte como podían esperarse de un hombre cruel y enemigo (Gn 32:11). Así, todo el tiempo que espera la llegada de su hermano es atormentado y desgarrado sobremanera por terrores espantosos. Cuando se ve delante de él, se echa a sus pies medio muerto, hasta que lo encuentra mucho más apaciguado de lo que se habría atrevido a esperar. Además, apenas entra en su tierra, se le muere Raquel, a quien amaba sobremanera (Gn 35:16-19). Algún tiempo después oye decir que al hijo que había tenido de Raquel, al que por eso amaba más que a todos los demás, lo había despedazado una fiera; y cuánta tristeza le causó su muerte, él mismo lo atestigua, pues, después de haberlo llorado mucho, rehúsa todavía todo consuelo y no desea otra cosa que seguir a su hijo con la muerte (Gn 37:32-35). Además, ¿qué angustia, tristeza y pena no le causarían el rapto y la violación de su hija, y la temeridad de sus hijos al vengar esa afrenta, que no solo hizo que todos los habitantes de aquella región lo aborrecieran, sino que lo puso en grave peligro de muerte (Gn 34:2, 30)? Sigue después aquel horrendo crimen de su primogénito Rubén, que sin duda le causó grandísima angustia (Gn 35:22); porque, si una de las mayores desgracias que pueden sucederle a un hombre es que otro viole a su mujer, ¿qué diremos cuando es su propio hijo quien comete tan gran maldad? Poco después, su familia queda manchada por otro nuevo incesto (Gn 38:18), de modo que tantas afrentas podrían haber quebrantado un corazón, aunque fuera el más fuerte y paciente del mundo. Ya al final de su vejez, queriendo socorrer la necesidad que él y toda su familia padecían por el hambre, le traen tristísimas noticias: uno de sus hijos queda preso en Egipto, y para librarlo tiene que enviar a Benjamín, a quien amaba más que a todos los demás (Gn 42:32-38). ¿Quién podrá pensar que en tal cúmulo de desgracias tuvo un solo momento para respirar con tranquilidad? Por eso él mismo, hablando con el faraón, testifica que los días de su vida han sido pocos y malos (Gn 47:9). Quien dice que ha pasado su vida en continuas miserias niega, sin duda, haber sentido aquella prosperidad que el Señor le había prometido. Así que, o Jacob era ingrato y valoraba muy mal los beneficios que Dios le había hecho, o confesaba con verdad que había sido desdichado sobre la tierra. Si lo que decía era verdad, se sigue que no tuvo su esperanza puesta en cosas terrenas y pasajeras.

Si todos estos santos patriarcas esperaron de la mano de Dios una vida dichosa (lo cual es certísimo), ciertamente conocieron y entendieron una felicidad distinta de la de este mundo. El apóstol lo muestra admirablemente: «Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad» (Heb 11:9-16). Y ciertamente habrían sido más necios que un trozo de madera si hubieran seguido con tanta tenacidad unas promesas que no tenían ninguna esperanza de alcanzar en la tierra, de no haber esperado su cumplimiento en otra parte. No sin razón insiste el apóstol sobre todo en que se llamaron peregrinos y extranjeros en este mundo, como también cuenta el mismo Moisés (Gn 47:9). Porque, si eran peregrinos y extranjeros en la tierra de Canaán, ¿dónde queda la promesa del Señor que los constituía herederos de ella? Así pues, muestra claramente que la promesa de posesión que Dios les había hecho miraba más alto que la tierra. Por eso no tuvieron en la tierra de Canaán ni un pie de terreno en propiedad, salvo para sepultura (Hch 7:5). Con ello testificaban que no esperaban disfrutar del beneficio de la promesa sino después de su muerte. Y esta es la razón por la que Jacob dio tanta importancia a ser sepultado en ella, hasta hacer que su hijo José se lo prometiera con juramento (Gn 47:29-31); y la misma razón movió también a José a mandar que sus huesos, mucho tiempo después reducidos a ceniza, fueran trasladados a la tierra de Canaán (Gn 50:25).

En conclusión, se ve claramente que en todo lo que emprendían tuvieron siempre ante los ojos la bienaventuranza de la vida venidera. Porque ¿para qué habría deseado Jacob tanto la primogenitura, y la habría buscado con tanto peligro de su vida, si no le traía ningún bien, sino que más bien le hizo andar desterrado de la casa de su padre, de no haber mirado a otra bendición más alta? Y que así lo entendió, él mismo lo atestigua cuando, estando ya a punto de morir, dijo: «Tu salvación esperé, oh Jehová» (Gn 49:18). ¿Qué salvación esperaba al verse morir, si no veía en la muerte el principio de una vida nueva? ¿Y para qué discutir sobre los santos e hijos de Dios, si aun aquel mismo que pretendía combatir la verdad tuvo el mismo sentimiento y la misma percepción? Porque ¿qué otra cosa quería dar a entender Balaam cuando decía: «Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya» (Nm 23:10), sino que sentía lo que David proclamó después: que la muerte de los santos es preciosa delante de Dios, y la muerte de los malos, desdichada (Sal 116:15; 34:21)? Si el fin último y destino de los hombres estuviera en la muerte, ciertamente no podría notarse en ella ninguna diferencia entre el justo y el injusto. Se distinguen por la suerte y la condición diferentes que están preparadas a unos y a otros después de la muerte.

Todavía no hemos pasado de Moisés, de quien estos insensatos dicen que no tuvo otro oficio que inducir al pueblo de Israel, que era carnal, a temer y honrar a Dios prometiéndole tierras fertilísimas y abundancia de todas las cosas. Y, sin embargo (con tal que nadie quiera apagar deliberadamente la luz que se le pone delante de los ojos), ya vemos una revelación manifiesta de la alianza espiritual. Y si descendemos a los profetas, encontraremos en ellos una claridad perfecta para contemplar la vida eterna y el reino de Jesucristo. En primer lugar David, que, por haber vivido antes que los demás, conforme a la administración divina habla de los misterios celestiales en figuras y con mucha más oscuridad que ellos; pero, aun así, ¡con cuánta claridad y certeza dirige todo lo que dice a este fin! Cuánto caso hizo de la morada terrena, él mismo lo atestigua en esta sentencia: forastero y advenedizo soy aquí, como todos mis padres; ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive, y cada uno pasa como una sombra; «y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti» (Sal 39:5-7, 12). Ciertamente, el que confiesa que no hay en la tierra nada permanente ni firme, y aun así mantiene firme su esperanza en Dios, contempla su felicidad en otra parte que en este mundo. Por eso suele llevar a los fieles a contemplar esto cada vez que quiere consolarlos de verdad. Porque en otro lugar, después de hablar de lo breve, vana y pasajera que es la figura de la vida humana, añade: «Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen» (Sal 103:17). Con esto concuerda lo que está escrito en el Salmo 102: «Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán. Los hijos de tus siervos habitarán seguros, y su descendencia será establecida delante de ti» (Sal 102:25-28; Heb 1:10-12). Si, aun cuando se deshagan el cielo y la tierra, los fieles no dejan de permanecer delante del Señor, se sigue que su salvación está unida a la eternidad de Dios. Y ciertamente esta esperanza no podría durar mucho si no se fundara en la promesa declarada en Isaías: «los cielos serán deshechos como humo, y la tierra se envejecerá como ropa de vestir, y de la misma manera perecerán sus moradores; pero mi salvación será para siempre, mi justicia no perecerá» (Is 51:6). En este lugar se atribuye perpetuidad a la justicia y a la salvación, no en cuanto residen en Dios, sino en cuanto él las comunica a los hombres y ellos las experimentan en sí mismos.

Y ciertamente, lo que cuenta en diversos lugares acerca de la prosperidad de los fieles no debe entenderse de otra manera, sino que debe referirse a la manifestación de la gloria celestial. Como cuando dice: «él guarda las almas de sus santos; de mano de los impíos los libra. Luz está sembrada para el justo, y alegría para los rectos de corazón» (Sal 97:10-11). Asimismo: «Su justicia permanece para siempre; su poder será exaltado en gloria. [...] El deseo de los impíos perecerá» (Sal 112:9-10). Asimismo: «Ciertamente los justos alabarán tu nombre; los rectos morarán en tu presencia» (Sal 140:13). Asimismo: «En memoria eterna será el justo» (Sal 112:6). Asimismo: «Jehová redime el alma de sus siervos» (Sal 34:22). Porque el Señor no solo permite que sus siervos sean atormentados y afligidos por los impíos, sino que muchísimas veces consiente que los despedacen y destruyan; permite que los buenos se consuman en la oscuridad y la inmundicia, mientras los malos resplandecen como estrellas; y no muestra a sus fieles la claridad de su rostro de tal manera que les deje disfrutarla mucho tiempo. Por eso el mismo David no disimula que, si los fieles fijaran la vista en el estado presente de este mundo, esto sería para ellos una gravísima tentación de vacilar y dudar, como si Dios no premiara ni recompensara la inocencia. Hasta tal punto, por lo común, la impiedad prospera y florece, mientras la compañía de los que temen a Dios es oprimida por la afrenta, la pobreza, el desprecio y otras clases de cruz. «En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos», dice el mismo David, viendo la prosperidad de los insensatos y de los impíos (Sal 73:2-3). Y al final, después de contar esto, concluye: «Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos» (Sal 73:16-17).

Aprendamos, pues, aunque solo fuera por esta confesión de David, que los padres del Antiguo Testamento no ignoraron cuán pocas veces, o nunca, cumple Dios en este mundo lo que promete a sus siervos, y que por eso elevaron su corazón al santuario de Dios, donde tenían guardado lo que no se ve en la sombra de la vida presente. Este santuario era el último día del juicio de Dios que esperamos; y, como no podían verlo con los ojos del cuerpo, se contentaban con comprenderlo por la fe. Apoyados en esta confianza, sucediera lo que sucediera en este mundo, no dudaban de que al fin llegaría el tiempo en que se cumplirían las promesas de Dios. Así lo atestiguan muy bien estas palabras: «En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia»; me saciaré de tu hermosura (Sal 17:15). Asimismo: «Pero yo estoy como olivo verde en la casa de Dios» (Sal 52:8). Asimismo: «El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes» (Sal 92:12-14). Poco antes se había dicho: «Muy profundos son tus pensamientos. [...] Cuando brotan los impíos como la hierba, [...] es para ser destruidos eternamente» (Sal 92:5-7). ¿Dónde estará este esplendor y esta hermosura de los fieles, sino cuando la apariencia de este mundo sea trastocada por la manifestación del reino de Dios? Cuando ponían los ojos en aquella eternidad, sin hacer caso de la aspereza de las calamidades presentes, que veían pasajeras, prorrumpían con toda seguridad en estas palabras: «No dejará para siempre caído al justo. Mas tú, oh Dios, harás descender aquellos al pozo de perdición» (Sal 55:22-23). ¿Dónde hay en este mundo un pozo de muerte perpetua que se trague a los impíos, de cuya felicidad se dice expresamente en otro lugar que cierran los ojos en un instante, sin mucha pena ni fatiga (Job 21:13)? ¿Dónde está aquella gran firmeza de los santos, de quienes David se queja a cada paso de que no solo son afligidos de cualquier manera, sino totalmente oprimidos y abatidos? Ciertamente, él no se ponía delante de los ojos lo que suele suceder comúnmente en este mundo, que es inconstante y cambia como un mar agitado por diversas tempestades, sino lo que el Señor haría cuando se sentara a juzgar para establecer un estado permanente del cielo y de la tierra, como el mismo profeta lo describe admirablemente en otro lugar: «Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate. [...] Pues verá que aun los sabios mueren; que perecen del mismo modo que el insensato y el necio, y dejan a otros sus riquezas. Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas, y sus habitaciones para generación y generación; dan sus nombres a sus tierras. Mas el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen. Este su camino es locura; con todo, sus descendientes se complacen en el dicho de ellos. Como a rebaños que son conducidos al Seol, la muerte los pastoreará, y los rectos se enseñorearán de ellos por la mañana; se consumirá su buen parecer, y el Seol será su morada» (Sal 49:6-14). En primer lugar, al burlarse de los necios porque se aquietan y descansan en los placeres de este mundo, que son caducos y pasajeros, muestra que los sabios deben buscar una felicidad muy distinta; pero además declara con mucha mayor evidencia el misterio de la resurrección cuando, destruidos y muertos los impíos, establece el reino de los piadosos. Porque ¿qué podemos entender por aquel «por la mañana» que dice, sino la manifestación de una vida nueva que sigue al fin de la presente?

De aquí procedía aquella consideración con que los fieles solían consolarse y animarse a la paciencia en sus calamidades: «un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida» (Sal 30:5). ¿Cómo podían reducir sus aflicciones a un momento, si eran afligidos casi toda su vida? ¿Dónde veían tan larga duración de la bondad de Dios hacia ellos, si apenas podían probarla? Si no hubieran levantado sus pensamientos de la tierra, ciertamente no habrían podido encontrar nada semejante; pero, como alzaban los ojos al cielo, entendían que el tiempo en que el Señor aflige a los santos con la cruz es un momento, y que los beneficios que habían de recibir eran para siempre. Por otra parte, consideraban que la ruina de los impíos no tendría fin ni acabaría jamás, aunque como en un sueño hubieran sido tenidos por dichosísimos. De ahí venían a decir estas palabras: «La memoria del justo será bendita; mas el nombre de los impíos se pudrirá» (Pr 10:7). La muerte de los santos es de gran estima delante de Dios; la muerte de los pecadores es malísima (Sal 116:15; 34:21). Asimismo, en Samuel: «Él guarda los pies de sus santos, mas los impíos perecen en tinieblas» (1 S 2:9). Estas palabras significan que sabían muy bien que, por más que los santos fueran acosados de un lado a otro, su destino y su fin eran la vida y la salvación, y que la felicidad de los impíos era un camino placentero por el que poco a poco van a parar a la muerte perpetua. Por eso llamaban a la muerte de los incrédulos ruina y destrucción de los incircuncisos (Ez 28:10; 31:18, y en otros lugares), dando a entender con ello que no tenían esperanza de resurrección. Por tanto, David no pudo imaginar una imprecación mayor ni más dura contra sus enemigos que esta: «Sean raídos del libro de los vivientes, y no sean escritos entre los justos» (Sal 69:28).

Pero, por encima de todas, es admirable esta sentencia de Job: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí» (Job 19:25-27). Los que quieren lucir su ingenio sostienen que esto no debe entenderse de la resurrección final, sino del primer día, cualquiera que fuese, en que Job esperaba que Dios se le mostraría más dulce y amoroso. Aunque en parte se lo concedamos, les arrancaremos esto, quieran o no: que Job nunca habría podido llegar a una esperanza tan alta si no hubiera levantado su pensamiento de la tierra. Por tanto, hay que confesar que alzó los ojos a la inmortalidad venidera, pues entendió que, aun cuando estuviera en el sepulcro, su Redentor se acordaría de él; porque la muerte, que para los que solo piensan en la vida presente es la mayor desesperación, no pudo quitarle a él su esperanza. «He aquí, aunque él me matare, en él esperaré», decía (Job 13:15). Y que ningún burlón refunfuñe contra esto diciendo que fueron muy pocos los que dijeron palabras semejantes, y que por tanto no puede probarse que esta fuera una doctrina comúnmente admitida entre los judíos. A ese tal le responderé enseguida que estos pocos no quisieron mostrar con tales palabras una sabiduría oculta que solo pudieran comprender los ingenios excelentes y selectos; porque los que las pronunciaron habían sido constituidos maestros por el Espíritu Santo, y enseñaron abiertamente la doctrina que el pueblo debía sostener. Por tanto, cuando oímos oráculos tan claros del Espíritu Santo, que atestiguan la vida espiritual de la Iglesia antigua de los judíos, sería ciertamente una obstinación intolerable no dejar a este pueblo más que una alianza carnal, cuando se menciona solamente la tierra y las riquezas del mundo.

Si desciendo a los profetas que vinieron después de David, se me ofrece ya una materia y una ocasión mucho mayores para extenderme y ampliar esto. Porque, si la victoria no nos ha sido difícil con David, Job y Samuel, aquí con estos nos será ciertamente mucho más fácil. Pues el Señor ha seguido este orden y esta disposición al administrar la alianza de su misericordia: cuanto más se acercaba con el paso del tiempo el día de la revelación plena, con tanta mayor claridad quiso ilustrarla. Por eso al principio, cuando se hizo a Adán la primera promesa de salvación, solo hubo por entonces como unas chispas brillantes; después la claridad fue creciendo poco a poco y aumentando de día en día, hasta que el Sol de justicia, Jesucristo, disipando todas las nubes, alumbró plenamente al mundo entero. No debemos temer, pues, que nos falten testimonios de los profetas si queremos servirnos de ellos para confirmar nuestra causa. Pero, como veo que esta materia es tan amplia y hay tanto que decir en ella que tendríamos que detenernos mucho más tiempo del que me he propuesto emplear en este tratado (pues habría materia para llenar un libro grande), y como pienso además que con lo dicho hasta aquí he abierto camino a cualquier lector de mediano entendimiento para que pueda entenderlo por sí mismo, me guardaré de ser prolijo, pues no es necesario. Solo quiero advertir a los lectores que se acuerden de usar la llave que he puesto en sus manos para abrir el camino. La llave es esta: siempre que los profetas mencionan la felicidad de los fieles (de la que apenas se ve alguna señal o rastro en este mundo), recurran a esta distinción: que los profetas, para engrandecer más la bondad de Dios, la representaron al pueblo con los beneficios temporales como con ciertas figuras, pero que al mismo tiempo le dieron una forma tal que arrebatara y elevara los entendimientos por encima de la tierra, de los elementos de este mundo y de este siglo corruptible, y los moviera necesariamente a meditar en la bienaventuranza de la vida venidera y espiritual.

Nos contentaremos con un solo ejemplo. Como los israelitas que habían sido deportados a Babilonia veían que su destierro y su dispersión se parecían a una muerte, no había quien pudiera convencerlos de que todo lo que Ezequiel les profetizaba sobre su regreso y su restauración no era una fábula ni una mentira, sino una gran verdad (Ez 37:4). Porque pensaban que era como si les dijera que los cuerpos ya muertos y podridos resucitarían y volverían a vivir. El Señor, para mostrar que ni siquiera esta dificultad le impediría concederles este beneficio, muestra al profeta en visión un campo lleno de huesos secos, a los que, con el solo poder de su palabra, devuelve en un momento el espíritu y la fuerza. Esta visión servía muy bien para corregir la incredulidad del pueblo; pero al mismo tiempo les daba a entender cuánto se extendía el poder de Dios más allá de la restauración que les prometía, puesto que le resultaba tan fácil, con solo mandarlo, dar vida a aquellos huesos secos y esparcidos por todas partes. Por eso, con toda razón, compararemos esta sentencia con aquella otra de Isaías: «Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos. Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación. Porque he aquí que Jehová sale de su lugar para castigar al morador de la tierra por su maldad contra él; y la tierra descubrirá la sangre derramada sobre ella, y no encubrirá ya más a sus muertos» (Is 26:19-21).

Sin embargo, no haría bien quien quisiera reducir todos los pasajes a esta regla. Porque hay algunos que, sin ninguna figura ni oscuridad, muestran la inmortalidad venidera que está preparada para los fieles en el reino de Dios, como algunos de los que ya hemos citado, y hay otros muchos; pero sobre todo estos dos. El primero es de Isaías: «Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecerán delante de mí, dice Jehová, así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre. Y de mes en mes, y de día de reposo en día de reposo, vendrán todos a adorar delante de mí, dijo Jehová. Y saldrán, y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí; porque su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará» (Is 66:22-24). El otro es de Daniel: «En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo; y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el libro. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua» (Dn 12:1-2).

En cuanto a los otros dos puntos —que los padres del Antiguo Testamento tuvieron a Cristo como prenda y garantía de la alianza que Dios había hecho con ellos, y que pusieron en él toda la confianza de su bendición—, no me esforzaré mucho en probarlos, porque se entienden fácilmente y nunca ha habido gran debate sobre ellos. Concluyamos, pues, con seguridad lo que el diablo, con todas sus astucias y artificios, no podrá deshacer: que el Antiguo Testamento, o alianza que Dios hizo con el pueblo de Israel, no se limitaba a las cosas terrenas, sino que contenía la promesa de una vida espiritual y eterna, cuya esperanza tuvo que quedar impresa en el corazón de todos los que verdaderamente formaban parte del pacto y pertenecían a la alianza. Por tanto, arrojemos muy lejos de nosotros esa opinión disparatada y dañina de los que dicen que Dios no propuso nada a los judíos, o que ellos no buscaron otra cosa que tener lleno el vientre, vivir en los placeres de la carne, poseer muchas riquezas, ser muy poderosos en este mundo, tener muchos hijos y todo lo que apetece el hombre natural, que no tiene el Espíritu de Dios. Porque nuestro Señor Jesucristo no promete hoy a los suyos otro reino de los cielos que aquel en que se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob (Mt 8:11). San Pedro afirmaba a los judíos de su tiempo que eran herederos de la gracia del evangelio, hijos de los profetas y comprendidos en la alianza que Dios había hecho antiguamente con el pueblo de Israel (Hch 3:25). Y para que esto no quedara solo en palabras, el Señor lo confirmó también con los hechos. Porque en la misma hora en que resucitó, hizo que muchísimos santos resucitaran con él y fueran vistos en Jerusalén (Mt 27:52-53); con lo cual dio una especie de garantía de que todo lo que había hecho y padecido para redimir al género humano pertenecía a los fieles del Antiguo Testamento no menos que a nosotros mismos. Porque, como atestigua san Pedro, ellos recibieron el mismo Espíritu con que nosotros somos regenerados (Hch 15:8). Y si entendemos que el Espíritu de Dios, que es como una chispa de inmortalidad en nosotros, y que por eso es llamado arras de nuestra herencia, habitó también en ellos, ¿cómo nos atreveremos a quitarles la herencia de la vida? Por eso es más de maravillar cómo fue posible que los saduceos cayeran en una necedad y un embotamiento tan grandes como negar la resurrección y la existencia de espíritus y almas, siendo así que una y otra cosa se muestran tan claramente en la Escritura. Y no nos resultaría menos prodigiosa hoy la ignorancia brutal que vemos en el pueblo judío, que espera un reino temporal de Cristo, si la Escritura no nos hubiera dicho mucho antes que serían castigados así por haber rechazado el evangelio. Porque era muy conforme a la justicia de Dios que sus entendimientos fueran cegados de ese modo, ya que ellos mismos, rechazando la luz del cielo, buscaron voluntariamente las tinieblas. Leen a Moisés y lo repasan muchísimas veces, pero tienen delante de los ojos un velo que les impide ver la luz que resplandece en el rostro de Moisés (2 Co 3:14). Y así seguirán tapados y cubiertos hasta que se conviertan a Cristo, de quien ahora se apartan y alejan todo lo que pueden.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.