Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio
Aunque Cristo fue conocido por los judíos en el tiempo de la ley, solo fue plenamente manifestado por el evangelio
Dios no quiso en vano testificar antiguamente, por medio de las expiaciones y los sacrificios, que él era Padre, ni santificó sin razón para sí al pueblo que había elegido. Por eso no hay duda de que ya entonces se dio a conocer en la misma imagen en que hoy se nos manifiesta con entera claridad. Por esta razón Malaquías, después de mandar a los judíos que tuvieran en cuenta lo que la ley de Moisés les ordenaba y que la cumplieran con diligencia (porque después de su muerte iba a producirse una interrupción del oficio profético), anuncia que pronto nacería el Sol de justicia (Mal 4:2). Con estas palabras da a entender que la ley servía para mantener a los fieles en la esperanza del Mesías que había de venir, pero que con su venida debían esperar una claridad mucho mayor. Por eso dice san Pedro que los profetas inquirieron y diligentemente indagaron acerca de la salvación que ahora se ha manifestado por el evangelio, y que les fue revelado que no para sí mismos ni para el pueblo de su tiempo, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora se nos anuncian por el evangelio (1 P 1:10-12). No es que la doctrina de los profetas fuera inútil para el pueblo judío o que no les sirviera de nada a ellos mismos, sino que no disfrutaron del tesoro que Dios nos envió por sus manos. Porque hoy se nos pone familiarmente delante de los ojos la gracia de la que ellos dieron testimonio; y lo que ellos solo probaron, nosotros lo disfrutamos en gran abundancia. Por eso Cristo, que afirma que Moisés dio testimonio de él (Jn 5:46), no deja de ensalzar la medida de gracia en que aventajamos a los judíos. Hablando con sus discípulos dice: «Bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque de cierto os digo, que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis, y no lo vieron» (Mt 13:16-17; Lc 10:23-24). No es pequeña alabanza de la revelación que se nos ha hecho en el evangelio que Dios nos haya preferido a aquellos santos patriarcas que le sirvieron con tanta santidad. No contradice esto lo que está escrito en otro lugar, que Abraham vio el día de Cristo y se gozó (Jn 8:56). Porque, aunque la visión de algo que estaba tan lejos era más oscura, nada les faltó para tener una esperanza firme y cierta; de ahí nacía aquella alegría que acompañó siempre al santo patriarca hasta la hora de su muerte. Tampoco lo que dice Juan el Bautista —«A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Jn 1:18)— excluye a los santos que habían muerto antes de participar del entendimiento y la claridad que resplandecen en la persona de Cristo; más bien, comparando su condición con la nuestra, muestra que los misterios que ellos solo vislumbraron oscuramente bajo sombras, a nosotros se nos han hecho manifiestos a la vista. Así lo declara muy bien el autor de la Epístola a los Hebreos: Dios, que muchas veces y de muchas maneras habló en otro tiempo por los profetas, ahora nos ha hablado por su amado Hijo (He 1:1-2). Aunque aquel Unigénito, que hoy es para nosotros el resplandor de la gloria y la imagen misma de la sustancia de Dios Padre, se manifestó antiguamente a los judíos —como ya citamos de san Pablo, que él fue el guía del pueblo al salir de Egipto—, es sin embargo una gran verdad lo que dice el mismo apóstol: «Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Co 4:6). Porque cuando se manifestó en esta imagen, en cierto modo se hizo visible, en comparación con lo que era antes su rostro, oscuro y visto entre sombras. Por eso es tanto mayor y más detestable la ingratitud y malicia de quienes, en medio de tanta claridad, andan a tientas como ciegos. Y por eso dice san Pablo que Satanás ha cegado su entendimiento, para que no vean la gloria de Cristo, que resplandece en el evangelio sin ningún velo que la cubra (2 Co 4:4).
Entiendo por evangelio una clara manifestación del misterio de Jesucristo. Reconozco, ciertamente, que el evangelio, en cuanto san Pablo lo llama palabra de fe, comprende todas las promesas de la ley acerca del perdón gratuito de los pecados, por las cuales los hombres se reconcilian con Dios. Porque él opone la fe a los terrores que angustian y atormentan la conciencia cuando busca alcanzar la salvación por sus obras. De donde se sigue que la palabra «evangelio», tomada en sentido general, comprende también los testimonios de misericordia y de amor paternal que Dios dio en tiempos pasados a los padres del Antiguo Testamento. Pero digo que, por excelencia, se aplica a la proclamación de la gracia manifestada en Jesucristo. Y esto no solo lo admite el uso común, sino que se funda en la autoridad de Jesucristo y de sus apóstoles. Por eso se le atribuye como propio el haber predicado el evangelio del reino (Mt 4:17). Y san Marcos comienza así su evangelio: «Principio del evangelio de Jesucristo» (Mr 1:1). No hace falta amontonar pasajes para probar algo tan claro y evidente. Así, Jesucristo con su venida «sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio» (2 Ti 1:10). Con estas palabras san Pablo no quiere decir que los padres estuvieran sumidos en las tinieblas de la muerte hasta que el Hijo de Dios se revistió de nuestra carne; sino que, al atribuir al evangelio esta prerrogativa de honor, muestra que fue un mensaje nuevo y nunca oído, con el cual Dios cumplió lo que había prometido, a fin de que la verdad de las promesas se mostrara en la persona del Hijo. Porque, aunque los fieles siempre experimentaron que es verdad lo que dice san Pablo, que todas las promesas de Dios son en Cristo «Sí» y «Amén» (2 Co 1:20), ya que habían sido selladas en sus corazones, sin embargo, como él cumplió perfectamente en su carne toda nuestra salvación, con toda razón la demostración viva y real de la cosa presente recibió una alabanza nueva y singular. A esto apunta lo que dice Jesucristo: «De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre» (Jn 1:51). Aunque parece aludir a la escalera que el patriarca Jacob vio en visión, con esta señal alaba la excelencia de su venida: que nos ha abierto la puerta del cielo para que podamos entrar con facilidad.
Sin embargo, guardémonos de la diabólica fantasía de Servet, quien, queriendo ensalzar la grandeza de la gracia de Jesucristo, o fingiendo que lo hace, suprime por completo las promesas, como si hubieran terminado junto con la ley. Su pretexto es que por la fe del evangelio se nos comunica el cumplimiento de todas las promesas, como si no hubiera ninguna diferencia entre Cristo y nosotros. Hace poco advertí que Jesucristo no dejó de hacer nada de cuanto se requería para la plenitud de nuestra salvación; pero es muy desacertado concluir de ahí que ya disfrutamos de los beneficios y bienes que él nos ganó, como si no fuera verdad lo que dice san Pablo: que en esperanza fuimos salvos (Ro 8:24). Reconozco que es verdad que, al creer en Cristo, pasamos al mismo tiempo de muerte a vida; pero es necesario recordar también lo que dice san Juan: que aunque sabemos que somos hijos de Dios, «aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Jn 3:2). Así pues, aunque Jesucristo nos presenta en el evangelio un cumplimiento verdadero y perfecto de todos los bienes espirituales, el disfrute de ellos queda siempre guardado bajo la llave de la esperanza, hasta que, despojados de esta carne corruptible, seamos transformados en la gloria de aquel que nos precede. Mientras tanto, el Espíritu Santo nos manda descansar en las promesas, cuya autoridad debe acallar los ladridos de aquel perro desvergonzado. Porque, como testifica san Pablo, la piedad tiene promesa de esta vida presente y de la venidera (1 Ti 4:8); por eso él se gloría de ser apóstol de Cristo según la promesa de la vida que es en él (2 Ti 1:1). Y en otro lugar nos advierte que tenemos las mismas promesas que antiguamente fueron hechas a los santos (2 Co 7:1). En suma, pone la plenitud de la bienaventuranza en que somos sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Ef 1:13). Y no disfrutamos de Cristo de otro modo sino en cuanto lo abrazamos revestido de sus promesas. De ahí que él habite en nuestros corazones (Ef 3:17) y que, sin embargo, estemos ausentes del Señor, porque por fe andamos, no por vista (2 Co 5:6-7). Así pues, estas dos cosas concuerdan muy bien: que poseemos en Cristo todo lo que pertenece a la perfección de la vida celestial, y que, sin embargo, la fe es la convicción de lo que no se ve (He 11:1). Solo hay que notar que la diferencia entre la ley y el evangelio está en la naturaleza o cualidad de las promesas: el evangelio señala con el dedo lo que la ley figuraba en sombras oscuras.
De aquí se refuta también el error de quienes, al oponer la ley al evangelio, no ponen entre ellos otra diferencia que la que hay entre el mérito de las obras y la imputación gratuita de la justicia por la que somos justificados. Es verdad que esta oposición no debe rechazarse, porque muchas veces san Pablo entiende por «ley» la regla de buen vivir que Dios nos ha dado, por la cual nos exige lo que le debemos, sin darnos ninguna esperanza de salvación ni de vida si no obedecemos en todo y por todo, y amenazándonos, por el contrario, con maldición si fallamos en lo más mínimo. De esto trata cuando enseña que agradamos a Dios gratuitamente, por su pura bondad, en cuanto él nos considera justos al perdonarnos nuestras faltas y pecados; porque de otro modo el cumplimiento de la ley, al que se promete recompensa, jamás se hallaría en ningún ser humano. Muy a propósito, pues, san Pablo opone entre sí la justicia de la ley y la del evangelio. Pero el evangelio no sucedió a toda la ley de tal modo que anuncie otra manera nueva de alcanzar la justicia; al contrario, vino para confirmar y ratificar todo lo que ella había prometido, y para unir el cuerpo con las sombras, la figura con lo figurado. Porque cuando Jesucristo dice que la ley y los profetas duraron hasta Juan (Mt 11:13), no quiere decir que los padres del Antiguo Testamento estuvieran bajo la maldición de la que no pueden escapar los siervos de la ley, sino que habían sido instruidos solamente en unos rudimentos y primeros principios, de modo que no llegaron a una enseñanza tan elevada como la del evangelio. Por eso san Pablo, después de llamar al evangelio poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (Ro 1:16), dice enseguida que tiene el testimonio de la ley y de los profetas (Ro 3:21). Y al final de la misma epístola, aunque dice que la predicación de Jesucristo es la revelación del misterio que había estado oculto desde tiempos eternos, añade luego, para declarar mejor su intención, que este misterio ha sido manifestado por las Escrituras de los profetas (Ro 16:25-26). De donde concluimos que, cuando se trata de la ley en su conjunto, el evangelio no difiere de ella sino por una manifestación mucho mayor y más clara. Por lo demás, puesto que Jesucristo nos ha abierto en sí mismo una corriente inestimable de gracia, no sin razón se dice que con su venida se estableció en la tierra un reino celestial de Dios.
Entre la ley y el evangelio se interpuso Juan, que tuvo un oficio intermedio entre ambos y unido a los dos. Porque, aunque al llamar a Jesucristo Cordero de Dios y sacrificio para expiar los pecados comprendió la suma del evangelio (Jn 1:29), como no expuso aquella gloria y poder incomparables que al fin se manifestaron en la resurrección, Cristo afirma que no era igual a los apóstoles. Esto quieren decir sus palabras: que aunque Juan el Bautista es el mayor de todos los nacidos de mujer, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él (Mt 11:11). Porque Cristo no pretende aquí alabar a las personas, sino que, después de haber preferido a Juan sobre todos los profetas, ensalza en sumo grado la predicación del evangelio, a la que, según su manera de hablar, llama reino de los cielos. En cuanto a lo que Juan responde a los enviados de los escribas, que él no era más que una voz (Jn 1:23), como si fuera inferior a los profetas, no lo hace por fingida humildad, sino que quiere mostrar que Dios no le había encomendado un mensaje propio, sino que solo cumplía el oficio de precursor, como lo había profetizado antes Malaquías: «He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible» (Mal 4:5). Porque en todo el curso de su ministerio no hizo otra cosa que preparar discípulos para Cristo, y así prueba por Isaías que Dios le había encomendado este cargo (Is 40:3). En este mismo sentido Cristo lo llamó «antorcha que ardía y alumbraba» (Jn 5:35), porque aún no había amanecido del todo el día. Con todo, esto no impide que se le cuente entre los predicadores del evangelio, pues de hecho usó el mismo bautismo que después fue confiado a los apóstoles. Pero lo que él comenzó no se cumplió hasta que Cristo, habiendo entrado en la gloria celestial, lo llevó a cabo por medio de sus apóstoles con mayor libertad y fruto.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.