Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
Los suplementos que los papistas añaden a las satisfacciones: las indulgencias y el purgatorio
De esta doctrina de la satisfacción han brotado las indulgencias. Porque no hacen más que parlotear diciendo que la capacidad que nos falta para satisfacer se suple con las indulgencias; y llegan a desvariar tanto que afirman que ellas son una distribución de los méritos de Cristo y de los mártires, que el papa reparte en sus bulas. Aunque merecen más ser curados con eléboro, como locos, que ser refutados con argumentos, de modo que no hace mucha falta detenerse a refutar tales errores, que, batidos ya desde hace mucho tiempo por los golpes de la artillería, empiezan a resquebrajarse por sí mismos y están a punto de venirse abajo. Sin embargo, como una breve refutación de estos errores será muy útil y provechosa para los ignorantes, no dejaré de ponerla aquí. Y, ciertamente, el hecho de que las indulgencias se hayan mantenido tanto tiempo y hayan reinado con una licencia tan grande y desmedida, sin que nadie les pusiera freno, nos da a entender en qué grandes tinieblas y oscuridad de errores han estado sepultados los hombres durante muchos años. Veían que el papa y sus embaucadores, sus vendedores de bulas, se burlaban de ellos y los engañaban abiertamente y a ojos vistas. Veían que con la salvación de sus almas se hacía un comercio muy lucrativo, que el paraíso se compraba por cierta suma de dinero, que nada se daba gratis, sino todo a buen precio; que con este pretexto se les sacaban de la bolsa las ofrendas, que después se consumían del modo más sucio con rameras, alcahuetas y en grandes banquetes. Veían que los que más ensalzaban las indulgencias y más las ponían por las nubes eran los que menos caso hacían de ellas. Veían que este monstruo crecía de día en día y que, cuanto más crecía, más tiranizaba la tierra, y que cada día se les traía plomo nuevo para sacar dinero nuevo. Y, con todo, recibían las indulgencias con gran veneración, las adoraban y las compraban; y los que tenían mejores ojos que los demás las tenían, aun así, por santos y piadosos engaños con los que podían ser engañados con algún provecho. Finalmente, ahora que el mundo ha empezado a tener algo de entendimiento y a considerar mejor las cosas, las indulgencias se han enfriado y poco a poco se van helando, hasta que se desvanezcan del todo y queden en nada.
Pero como muchísimos que conocen las suciedades, engaños, hurtos y robos que estos embaucadores, estos mercaderes de indulgencias, han cometido, y con los que nos han engañado burlándose de nosotros, no ven la fuente de la impiedad que hay en ellas, conviene mostrar aquí no solo cómo son las indulgencias tal como ellos las usan, sino qué son tomadas en su propia y mejor naturaleza, sin cualidad ni vicio accidental alguno. Las llaman tesoro de la Iglesia, méritos de Cristo y de los santos apóstoles y mártires. Imaginan que al obispo de Roma se le ha dado (como ya he mencionado) la custodia esencial de este tesoro, como en su raíz, y que él tiene la autoridad de repartir los grandes bienes de este tesoro, y que puede repartirlo por sí mismo y delegar en otros la autoridad de repartirlo. De aquí nacieron las indulgencias que el papa concede unas veces plenarias y otras por cierto número de años; las de los cardenales, de cien días, y las de los obispos, de cuarenta. Pero todo esto, a decir verdad, no es sino una profanación de la sangre de Cristo; es un engaño de Satanás para apartar al pueblo cristiano de la gracia de Dios y de la vida que hay en Cristo, y para desviarlo del verdadero y recto camino de la salvación. Porque ¿cómo podría profanarse más vilmente la sangre de Cristo que diciendo que no basta para perdonar los pecados, para reconciliar ni para satisfacer, si lo que le falta no se suple de otra parte? La Ley y todos los profetas, dice san Pedro, dan testimonio de Cristo, de que por él se ha de alcanzar el perdón de los pecados (Hch 10:43); las indulgencias otorgan el perdón de los pecados por san Pedro, por san Pablo y por los mártires. «La sangre de Jesucristo», dice san Juan, «nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1:7); las indulgencias hacen de la sangre de los mártires un lavamiento de pecados. «Al que no conoció pecado», dice san Pablo, «por nosotros lo hizo pecado» —es decir, satisfacción por el pecado—, «para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co 5:21); las indulgencias ponen la satisfacción por los pecados en la sangre de los mártires. San Pablo declaraba y afirmaba claramente a los corintios que solo Cristo había sido crucificado y había muerto por ellos (1 Co 1:13); las indulgencias afirman que san Pablo y los demás murieron por nosotros. Y en otro lugar dice que Cristo adquirió la Iglesia con su sangre (Hch 20:28); las indulgencias le asignan otro precio para adquirirla, a saber, la sangre de los mártires. «Con una sola ofrenda», dice el apóstol, Cristo «hizo perfectos para siempre a los santificados» (He 10:14); las indulgencias lo contradicen, afirmando que la santificación de Cristo, que por sí sola no bastaría, alcanza su perfección con la sangre de los mártires. San Juan dice que todos los santos «han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero» (Ap 7:14); las indulgencias enseñan a lavar las ropas en la sangre de los santos.
León, obispo de Roma, habla admirablemente contra estas blasfemias en una carta que envía a los obispos de Palestina (León, Carta 81): «Aunque la muerte de muchísimos santos haya sido estimada delante del Señor (Sal 116:15), la muerte de ninguno de ellos ha sido la reconciliación del mundo. Los justos recibieron las coronas, no las dieron; de la fortaleza de los creyentes tenemos ejemplos de paciencia, no dones de justicia. Porque cada uno de ellos murió por sí mismo, y ninguno pagó la deuda de los otros, pues solo ha habido uno, el Señor Cristo, en quien todos han sido crucificados, todos han muerto, han sido sepultados y han resucitado». Y como esta sentencia era memorable, la repitió en otro lugar (Carta 95). Ciertamente, no se puede desear nada más claro para confundir esta impía doctrina de las indulgencias. Y no menos admirablemente habla san Agustín sobre esto: «Aunque los hermanos muramos por los hermanos, la sangre de ningún mártir se derrama para el perdón de los pecados; esto lo hizo Cristo por nosotros, y no lo hizo para que lo imitáramos, sino que nos concedió este favor para que le diéramos gracias» (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, 84). Y en otro lugar: «Así como el único Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para hacernos a nosotros hijos de Dios juntamente con él, del mismo modo solo él sufrió el castigo por nosotros sin haber cometido culpa alguna, para que nosotros, sin mérito bueno alguno de nuestra parte, alcanzáramos la gracia que no se nos debía» (Agustín, A Bonifacio, libro 4, cap. 4). Ciertamente, aunque toda su doctrina está remendada de horrendos sacrilegios y blasfemias, esta blasfemia de las indulgencias excede a todas las demás. Reconozcan si estas no son sus conclusiones y determinaciones: que los mártires hicieron con su muerte más de lo necesario y merecieron más de lo que les hacía falta; que les sobró tal abundancia de méritos que una parte de ellos pudo repartirse a otros; que, para que un bien tan grande no se perdiera, su sangre se mezcla con la de Cristo, y que de una y otra sangre se forma el tesoro de la Iglesia para el perdón y la satisfacción de los pecados; y que así se debe entender lo que dice san Pablo: «cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia» (Col 1:24). ¿Qué es esto sino dejarle a Cristo el nombre y, en lo demás, hacer de él un santo cualquiera, que a duras penas se distingue entre los otros? Convenía que solo él, solo él, digo, fuera predicado, solo él fuera propuesto, solo él fuera nombrado, y que solo en él se pusieran los ojos siempre que se tratara de alcanzar el perdón de los pecados, la expiación y la santificación. Pero oigamos sus argumentos: «Para que la sangre de los mártires no se haya derramado en vano», dicen, «debe comunicarse para el bien común de la Iglesia». ¿Cómo es eso? ¿No ha sido acaso un bien bastante grande para la Iglesia que glorificaran a Dios con su muerte, que sellaran la verdad con su sangre, que, despreciando esta vida presente, testificaran que buscaban otra vida mejor, que confirmaran con su constancia la fe de la Iglesia y quebrantaran la obstinación de los enemigos? Pero, sin duda, ellos no reconocen ningún beneficio si solo Cristo es el reconciliador, si solo él murió por nuestros pecados, si solo él fue ofrecido para nuestra redención. «Si san Pedro y san Pablo», dicen, «hubieran muerto en sus camas de muerte natural, no habrían dejado de alcanzar la corona de la victoria. Y puesto que combatieron hasta derramar su propia sangre, no convendría a la justicia de Dios dejar esto estéril, sin utilidad ni provecho». ¡Como si Dios no supiera aumentar en sus siervos la gloria conforme a la medida de sus dones! Y bastante utilidad recibe la Iglesia en común cuando los triunfos de los mártires la incitan a tener el mismo celo para combatir.
¡Y con cuánta malicia tuercen el pasaje de san Pablo en que dice que él cumple en su cuerpo lo que faltaba de los padecimientos de Cristo (Col 1:24)! Porque él no refiere esa falta ni ese complemento a la obra de la redención, ni de la satisfacción, ni de la expiación, sino a las aflicciones con que conviene que los miembros de Cristo, que son todos los creyentes, sean ejercitados mientras vivan en esta carne corruptible. El apóstol dice, pues, que a los padecimientos de Cristo les queda esto: que, habiendo padecido una vez en sí mismo, padece siempre en sus miembros. Porque Cristo tiene a bien hacernos tanto honor que considera y tiene por suyas nuestras aflicciones. Y cuando san Pablo añade «por la iglesia», no lo entiende de la redención, la reconciliación o la satisfacción de la Iglesia, sino de su edificación y crecimiento. Como dice en otro lugar, que todo lo soporta por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús (2 Ti 2:10). Y a los corintios les escribía que sufría todas las tribulaciones que padecía por la consolación y salvación de ellos (2 Co 1:6). Y enseguida, en el mismo lugar, se explica añadiendo que había sido constituido ministro de la Iglesia, no para hacer la redención, sino según la administración que le había sido encomendada para predicar el evangelio de Cristo. Y si todavía piden otro intérprete, oigan a san Agustín: «Los padecimientos de Cristo están en él solo como en la cabeza; en Cristo y en la Iglesia, como en todo el cuerpo. Por eso san Pablo, como uno de los miembros, dice: Cumplo en mi cuerpo lo que falta de los padecimientos de Cristo. Así pues, tú, quienquiera que seas el que oyes esto, si eres miembro de Cristo, todo lo que padeces a manos de los que no son miembros de Cristo, todo eso faltaba a los padecimientos de Cristo» (Agustín, Comentario a los Salmos, 61). En cuanto al fin al que se encaminan los padecimientos que los apóstoles sufrieron por la Iglesia, él mismo lo declara en otro lugar, diciendo: «Cristo es para mí la puerta para entrar a vosotros, porque vosotros sois ovejas de Cristo compradas con su sangre; reconoced vuestro precio, que yo no doy, sino que predico». Y después añade: «Así como él puso su vida, así también nosotros debemos poner nuestra vida por los hermanos, para edificación de la paz y confirmación de la fe». Hasta aquí san Agustín (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, 47). Y no quiera Dios que san Pablo haya pensado que faltaba algo a los padecimientos de Cristo en lo que toca a la plena justicia, a la perfecta salvación y vida, o que haya querido añadirles algo, él, que tan espléndida y admirablemente predica que la abundancia de la gracia de Cristo se ha derramado con tanta generosidad que ha sobrepujado todo el poder del pecado (Ro 5:15). Solo por ella se han salvado todos los santos, y no por el mérito de su vida ni de su muerte, como lo afirma claramente san Pedro (Hch 15:11); de modo que quien ponga la dignidad de algún santo en otra cosa que en la sola misericordia de Dios hace una gravísima afrenta a Dios y a su Cristo. Pero ¿para qué me detengo tanto aquí, como si se tratara de algo oscuro, cuando basta descubrir tales monstruos para vencerlos?
Además, aunque pasemos por alto tales abominaciones, ¿quién enseñó al papa a encerrar en plomo y pergamino la gracia de Dios, que el Señor quiso que se dispensara por la palabra del evangelio? Sin duda, o el evangelio de Dios es mentira o las indulgencias son mentira. Porque san Pablo atestigua que Jesucristo se nos ofrece en el evangelio con toda la abundancia de los bienes celestiales, con todos sus méritos, con toda su justicia, sabiduría y gracia, sin excepción alguna, cuando dice que la palabra de la reconciliación ha sido puesta en boca de los ministros para que anuncien esta embajada al mundo, como si Cristo hablara por medio de ellos: «os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co 5:18-21). Y ciertamente los creyentes entienden muy bien lo que vale la comunión con Cristo, que, como el mismo apóstol atestigua, se nos ofrece en el evangelio para que la disfrutemos (1 Co 1:9). Las indulgencias, por el contrario, sacan del armario del papa la gracia de Cristo en cierta medida y, arrancándola de la palabra de Dios, la encierran en plomo, en pergamino y en un lugar determinado. Y si alguien pregunta por el origen, parece que este abuso procedió de que antiguamente se imponían a los penitentes satisfacciones mucho más severas de las que cada uno podía cumplir; los que se sentían excesivamente agobiados por la penitencia que se les había impuesto pedían a la Iglesia algún alivio, y lo que se les aliviaba se llamaba indulgencia. Pero después de que trasladaron las satisfacciones a Dios y dijeron que eran compensaciones con las que los hombres se libran del juicio de Dios, un error trajo otro. Porque se imaginaron que las indulgencias eran remedios expiatorios que nos libraban de las penas que merecíamos. Y han inventado con tan gran desvergüenza las blasfemias que hemos contado que no pueden tener disfraz ni pretexto alguno.
De aquí en adelante, pues, que no nos rompan la cabeza con su purgatorio, que queda hecho pedazos con esta hacha, deshecho y totalmente derribado desde los cimientos. Porque no apruebo la opinión de algunos a quienes les parece que en esto habría que disimular y no hacer mención del purgatorio, porque de su mención, dicen, nacen debates muy ásperos y se saca poco provecho y edificación. Por mi parte, ciertamente sería de la opinión de no hacer caso de tales niñerías, si no arrastraran una larga cola de asuntos de gran importancia. Pero, puesto que el purgatorio está edificado sobre muchas blasfemias, cada día se rehace con otras nuevas y es causa de muchísimos y gravísimos escándalos, ciertamente no se debe pasar por alto. Podría disimularse por algún tiempo que fue inventado sin palabra alguna de Dios, por un curioso atrevimiento y temeridad; que se creyó en este purgatorio por no sé qué revelaciones inventadas por arte de Satanás, y que se torcieron neciamente ciertos pasajes de la Escritura para confirmarlo. Aunque el Señor no tiene por falta leve que el atrevimiento de los hombres se meta tan de lleno a averiguar los secretos de sus juicios; y él ha prohibido severamente que nadie, desatendiendo su palabra, consulte a los muertos para saber la verdad (Dt 18:11), ni consiente que su palabra sea contaminada con tanta irreverencia. Pero supongamos que todas estas cosas pudieran tolerarse por algún tiempo, como cosas de no mucha importancia. Cuando la expiación de los pecados se busca en otra parte que en la sangre de Cristo, cuando la satisfacción por ellos se atribuye a otra cosa que a él, callar es peligrosísimo. Debemos, pues, gritar tan fuerte como podamos y decir que el purgatorio es una invención perniciosísima de Satanás, que anula y deja sin valor la cruz de Cristo, que hace a la misericordia de Dios una afrenta gravísima e intolerable, y que hace tambalear nuestra fe y la destruye. Porque ¿qué es para ellos su purgatorio sino una pena que sufren las almas de los difuntos en satisfacción por sus pecados? De modo que, si se les quitara de la cabeza esta idea de satisfacer, su purgatorio caería enseguida por completo, sin que quedara memoria de él. Y si por lo que hemos probado hace poco se ve con toda claridad que la sangre de Cristo es la satisfacción por los pecados de los creyentes, su expiación y purificación, ¿qué queda sino que el purgatorio es una pura y horrenda blasfemia contra Dios? No menciono aquí los sacrilegios con que se sostiene cada día de nuevo, ni los escándalos que causa en la religión, ni otras infinitas cosas que vemos haber brotado de esta fuente de impiedad.
Con todo, será necesario arrancarles de las manos los pasajes de la Escritura que suelen tomar falsa y malamente para probarlo. Cuando el Señor, dicen, afirma que el pecado contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero, da a entender a la vez que algunos pecados serán perdonados en el otro mundo (Mt 12:32; Mr 3:28; Lc 12:10). Pero ¿quién no ve que el Señor habla aquí de la culpa del pecado? Y si es así, no sirve de nada para probar su purgatorio. Porque, según su misma opinión, en el purgatorio se paga la pena por los pecados cuya culpa fue perdonada en esta vida presente. Sin embargo, para taparles del todo la boca, les daré otra solución mucho más clara. Como el Señor quería quitar toda esperanza de alcanzar perdón por un crimen tan execrable, no se contentó con decir que nunca sería perdonado, sino que, para encarecerlo más, usó esta división, en la que ha puesto el juicio que la conciencia de cada uno siente en esta vida presente y el juicio final que se hará públicamente el día de la resurrección. Como si dijera: «Guardaos, como de una muerte segurísima, de rebelaros contra Dios con malicia deliberada. Porque quien de propósito deliberado se empeñe en apagar la luz del Espíritu Santo que se le ha presentado no alcanzará perdón ni en esta vida, que se da a los pecadores para que se conviertan, ni en el último día, en que los ángeles de Dios separarán los corderos de los cabritos y el reino de los cielos será limpiado de todos los escándalos». También defienden su purgatorio con la parábola que está en san Mateo: «Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante» (Mt 5:25-26). Si en este pasaje por juez se entiende Dios, por el adversario el diablo, por el alguacil el ángel y por la cárcel el purgatorio, me someteré a su opinión. Pero si es cosa sabida, y nadie la ignora, que Cristo quiso mostrar aquí a cuántos peligros y males se arrojan los que obstinadamente prefieren llevar sus pleitos y querellas hasta el final con todo el rigor posible antes que ponerse de acuerdo amistosamente, y esto para exhortar a los suyos a tener paz con todos, ¿dónde, os pregunto, se encontrará en este pasaje que haya purgatorio?
También les sirve de argumento el pasaje de san Pablo en que dice que ante Cristo «se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra» (Fil 2:10). Porque dan por sentado que por los que están debajo de la tierra no pueden entenderse los condenados a la muerte eterna; por tanto, dicen, queda que sean las almas atormentadas en el purgatorio. No argumentarían mal si con la expresión «doblar la rodilla» el apóstol entendiera la verdadera adoración con que los creyentes adoran a Dios; pero, puesto que simplemente enseña que a Cristo se le ha dado el mando y la autoridad para someter a todas las criaturas, ¿qué impide que por los que están debajo de la tierra se entienda a los demonios, que sin duda alguna comparecerán ante el tribunal del Señor y lo reconocerán como juez con gran terror y temblor? Así interpreta el mismo san Pablo esta misma profecía en otro lugar: «todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla», etc. (Ro 14:10-11). Replicarán que de esta manera no se puede interpretar el pasaje del Apocalipsis: «Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos» (Ap 5:13). Se lo concedo de muy buena gana. Pero ¿de qué criaturas piensan que se habla aquí? Porque es certísimo que aquí se incluyen criaturas que no tienen entendimiento ni alma. Todo lo cual no quiere decir otra cosa sino que todas las partes del mundo, desde lo más alto de los cielos hasta el centro de la tierra, cuentan cada una a su manera la gloria del Creador. En cuanto a lo que alegan del libro de los Macabeos, no responderé una palabra, para que no parezca que admito ese libro como canónico (2 Mac 12:43). Pero replicarán que san Agustín lo recibe como canónico. Yo pregunto: ¿con qué certeza? «Los judíos», dice él, «no tienen la historia de los Macabeos en la misma autoridad que la Ley, los Profetas y los Salmos, a los que el Señor da testimonio como a testigos suyos, diciendo: era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Agustín, Contra la segunda carta de Gaudencio, cap. 23; Lc 24:44). «Sin embargo, la Iglesia la ha recibido, y no sin utilidad, si esta historia se lee o se oye con sobriedad», etc. Pero san Jerónimo declara sin vacilar que la autoridad de este libro no vale para confirmar ninguna doctrina ni artículo de fe. Y por aquel antiguo librito de la exposición del Credo que se atribuye a san Cipriano consta claramente que este libro de los Macabeos no tuvo autoridad en la Iglesia primitiva. Pero ¿para qué me tomo este trabajo en vano? ¡Como si el propio autor del libro no mostrara con bastante claridad la autoridad que se le debe dar, cuando al final del libro pide perdón por si ha dicho algo no tan bien como debía! (2 Mac 15:38). Ciertamente, quien confiesa que es necesario que lo soporten y lo perdonen declara con bastante claridad que lo que ha dicho no debe tenerse por oráculo del Espíritu Santo. Hay que notar, además, que el celo de Judas Macabeo no se alaba por otro motivo sino porque tuvo una firme esperanza en la resurrección final al enviar a Jerusalén una ofrenda por los muertos. Porque el autor de la historia, quienquiera que haya sido, no interpreta lo que hizo Macabeo como si hubiera querido rescatar los pecados con la ofrenda que envió, sino para que aquellos en cuyo nombre ofrecía su ofrenda fueran acompañados en la vida eterna por los que habían muerto defendiendo su tierra y su religión (libro 3, cap. 5). Es verdad que lo que hizo Macabeo no estuvo libre de superstición ni de un celo desordenado e irreflexivo. Pero más que locos son los que extienden el sacrificio de la Ley hasta nuestro tiempo, pues sabemos que todo lo que entonces se usaba cesó con la venida de Cristo.
Pero tienen en san Pablo un argumento irrebatible, cuando dice: «Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. […] Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego» (1 Co 3:12-15). ¿Qué fuego puede ser ese, dicen, sino el del purgatorio, con el que se lavan las inmundicias de los pecados para que entremos limpios en el reino de Dios? Pero la mayoría de los antiguos entendieron este pasaje de muy distinta manera: entendieron por fuego la tribulación y la cruz con que el Señor examina y prueba a los suyos, para que no se detengan en las inmundicias de la carne, sino que queden libres de ellas (Crisóstomo, Agustín y otros). Y ciertamente esto es mucho más probable que imaginarse un purgatorio. Aunque yo tampoco soy de esta opinión, porque me parece que he alcanzado una comprensión de este pasaje mucho más clara y segura. Pero antes de exponerla, quisiera que me respondieran si piensan que los apóstoles y todos los demás santos tenían que pasar por este fuego del purgatorio. Sé muy bien que lo negarán. Porque sería muy absurdo que quienes tienen tantos méritos sobrantes, que han podido repartirse a toda la Iglesia, como ellos sueñan, hayan tenido necesidad de ser purificados. Y, sin embargo, el apóstol lo afirma, porque no dice que será probada la obra de algunos en particular, sino la de todos. Y este argumento no es mío, sino de san Agustín, que con él refuta la interpretación que nuestros adversarios dan en nuestros días (Agustín, Enquiridion a Lorenzo, 68). Y, lo que es un absurdo mucho mayor, san Pablo no dice que tendrán que pasar por el fuego por cualesquiera obras que hayan hecho, sino que, si han edificado la Iglesia con suma fidelidad, recibirán la recompensa cuando su obra haya sido examinada por el fuego. En primer lugar, vemos que el apóstol usó una metáfora o comparación cuando llamó madera, heno y hojarasca a las doctrinas inventadas por el juicio de los hombres. La razón de esta metáfora es clara: así como la madera, en cuanto se echa al fuego, se consume y se gasta, del mismo modo tales doctrinas humanas no podrán en modo alguno mantenerse en pie ni permanecer cuando sean examinadas. Y nadie ignora que este examen lo hace el Espíritu Santo. Así pues, para continuar su comparación y hacer corresponder cada parte con la que le convenía, llamó fuego al examen del Espíritu Santo. Porque, así como el oro y la plata, cuanto más cerca del fuego se ponen, más segura muestra dan de su bondad y pureza, así la verdad del Señor, cuanto más diligentemente se examine con un examen espiritual, mayor confirmación recibirá de su autoridad. Y así como el heno, la madera y la hojarasca, puestos al fuego, se consumen al instante y se convierten en ceniza, del mismo modo las invenciones humanas que no están confirmadas por la palabra del Señor no pueden soportar el examen del Espíritu Santo sin quedar al instante deshechas y destruidas. En fin, si las doctrinas inventadas se comparan con madera, heno y hojarasca porque, como leña, heno y hojarasca, son quemadas por el fuego y reducidas a nada, y no son deshechas ni ahuyentadas sino por el Espíritu del Señor, se sigue que el Espíritu es aquel fuego con que son examinadas. San Pablo llama a esta prueba el día del Señor, conforme a la costumbre común de la Escritura, que suele llamar día del Señor a aquel en que su Majestad manifiesta de algún modo su presencia a los hombres. Y su rostro resplandece sobre todo cuando se nos descubre su verdad. Probado ya, pues, que san Pablo no entiende por fuego otra cosa que el examen del Espíritu Santo, queda por entender cómo se salvarán por este fuego los que sufrirán pérdida de su obra. Será muy fácil entenderlo si consideramos de qué clase de personas habla el apóstol. Porque habla de los que, queriendo edificar la Iglesia, retienen el verdadero fundamento, pero edifican sobre él un material que no conviene a tal fundamento; es decir, que, sin apartarse de los artículos principales y necesarios de la fe, se equivocan en algunas cosas de menor importancia y no tan peligrosas, mezclando sus propias ideas con la palabra de Dios. Esos, digo, sufrirán la pérdida de su obra cuando sus ideas sean deshechas; pero ellos serán salvos, aunque como por fuego; es decir, no porque el Señor apruebe su error o su ignorancia, sino porque el Señor los retira y los libra de ellos por la gracia de su Espíritu. Por tanto, todos los que han infectado con esta inmundicia del purgatorio la santísima pureza de la palabra de Dios necesariamente sufrirán la pérdida de su obra.
Nuestros adversarios replicarán que esta opinión ha sido antiquísima en la Iglesia. Pero san Pablo resuelve esta objeción cuando incluye aun a los de su propia época y generación en la sentencia que pronuncia, diciendo que todos los que hayan añadido al edificio de la Iglesia algo que no corresponda al fundamento habrán trabajado en vano y perderán su esfuerzo. Por tanto, cuando nuestros adversarios objetan que hace más de mil trescientos años que se admitió y se practicó en la Iglesia esta costumbre de orar por los difuntos, yo, por mi parte, les pregunto por qué palabra de Dios, por qué revelación o por qué ejemplo se hizo esto. Porque no solo no tienen ningún testimonio de la Sagrada Escritura, sino que todos los ejemplos de santos que se leen en ella no muestran nada menos que esto. La Escritura cuenta muchas veces, y con mucho detalle, cómo los creyentes lloraron la muerte de sus amigos y parientes y el cuidado que tuvieron de enterrarlos; pero no hay mención alguna de que oraran por ellos. Y ciertamente, cuanto más importante es esto que llorarlos o enterrarlos, tanto más debería haberse mencionado. Y aun los mismos antiguos que oraban por los muertos veían muy bien que no tenían mandamiento alguno de Dios ni ningún ejemplo autorizado para hacerlo. ¿Por qué, pues, se atrevían a hacerlo? Respondo que en esto se mostraron hombres, y que por esta razón no se debe imitar lo que hicieron. Porque, puesto que los creyentes no deben emprender nada sino con certeza de conciencia, como manda san Pablo, esa certeza se requiere sobre todo en la oración (Ro 14:23). Replicarán que parece creíble que los movió a ello alguna razón: a saber, que buscaban algún consuelo con que mitigar su dolor y tristeza, y les parecía muy inhumano no mostrar algún testimonio de amor hacia sus amigos ya difuntos. Todos experimentamos cuán inclinada está nuestra naturaleza a este afecto. Y esta costumbre fue acogida como una antorcha que encendió el fuego en los corazones de muchísimos. Sabemos que en todas las naciones y en todos los tiempos fue costumbre común hacer exequias a los difuntos y purificar sus almas cada año, según pensaban. Y aunque Satanás engañó a muchísima pobre gente con estas ilusiones, tomó ocasión para engañarlos de un principio muy verdadero: que la muerte no es la destrucción del hombre, sino un tránsito de esta vida a la otra. Y no hay duda de que esta misma superstición condenará a los gentiles ante el tribunal de Dios, por no haber tenido en cuenta la vida venidera, en la que profesaban creer. Así pues, para no parecer peores que los gentiles y paganos, los cristianos se avergonzaron de no rendir sus servicios y exequias a los muertos, como si al morir hubieran dejado de existir por completo. He aquí de dónde les vino esa diligencia loca e irreflexiva: temieron que, si eran negligentes en las ceremonias y pompas de sus funerales, si no hacían banquetes y no presentaban ofrendas para aliviar las almas de sus parientes y amigos, todo el mundo se reiría de ellos. Y lo que había procedido de esta perversa imitación fue creciendo poco a poco de tal modo que la principal santidad de los papistas consiste en tener gran cuidado de los difuntos y socorrerlos. Pero la Escritura nos ofrece un consuelo mucho mejor y más sólido cuando afirma que son bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, y da la razón: porque desde que mueren descansan de sus trabajos (Ap 14:13). Y no debemos condescender tanto con nuestro afecto que introduzcamos en la Iglesia de Dios una costumbre perversa de orar. Ciertamente, cualquiera que tenga una prudencia mediana entenderá fácilmente que todo lo que se lee en los antiguos sobre esta materia se debe a que se acomodaron más de lo conveniente a la opinión e ignorancia popular. Confieso que aun los mismos doctores antiguos cayeron en este error común: hasta tal punto suele la credulidad irreflexiva privar de juicio a los hombres. Pero, con todo, sus propios libros muestran con cuánto escrúpulo y duda recomiendan la oración por los difuntos. San Agustín cuenta en sus Confesiones que Mónica, su madre, pidió encarecidamente que se hiciera memoria de ella en el altar cuando se celebraran los oficios divinos; pero yo digo que fue un deseo de anciana que su hijo, movido por el afecto natural hacia su madre, no ajustó a la regla de la Escritura al querer hacerlo aprobar por los demás. El libro que compuso tratando expresamente este tema, al que tituló De cura pro mortuis agenda, sobre el cuidado que se debe tener de los difuntos, está tan enredado en tantas dudas que su frialdad basta para enfriar la devoción insensata de quien quiera ser patrono y defensor de los difuntos. Por lo menos, viendo que no se apoya más que en unas conjeturas muy ligeras y sin peso, se verá que no se debe hacer mucho caso de algo de tan poca importancia. Porque este es el único fundamento en que se apoya: que, puesto que se ha usado esta costumbre de orar por los difuntos, no se debe despreciar este servicio. Pero, aunque conceda que a los doctores antiguos les pareció que los sufragios y oraciones por los difuntos eran algo piadoso y santo, debemos mantener siempre aquella regla, que nunca puede fallar: que no es lícito poner en nuestras oraciones nada que hayamos inventado con nuestro propio juicio, sino que debemos sujetar nuestros deseos y peticiones a la palabra de Dios, porque él tiene la autoridad de mandarnos lo que debemos pedirle. Y puesto que en toda la Ley y en el evangelio no hay una sola sílaba que nos dé licencia para orar por los difuntos, digo que querer intentar más de lo que él nos manda es profanar la invocación de Dios. Pero, para que nuestros adversarios no se jacten de que la Iglesia antigua tuvo el mismo error que ellos, digo que la diferencia es muy grande. Los antiguos hacían memoria de los difuntos para no parecer que los habían olvidado del todo; pero al mismo tiempo declaraban que no sabían nada de su estado. Tan lejos estaban de afirmar que hubiera purgatorio, que no hablaban de él sino con duda. Pero estos nuevos doctores nuestros quieren que lo que han soñado acerca del purgatorio se tenga por artículo de fe, sobre el cual no es lícito indagar. Los padres antiguos mencionaban a los difuntos con sobriedad y solo por cumplir cuando celebraban la Cena del Señor. Estos nos inculcan continuamente que tengamos un cuidado perpetuo de ellos, anteponiendo con su importuna predicación esta superstición a todas las obras de caridad. Además, no nos sería muy difícil alegar algunos pasajes de los antiguos que echan abiertamente por tierra todas aquellas oraciones por los difuntos que entonces se usaban. Como cuando san Agustín dice: «Todos esperan la resurrección de la carne y la gloria eterna; pero, entretanto, cada uno que sea digno, cuando muere, gozará del descanso que sigue a la muerte» (Agustín, Homilías sobre Juan, 49). Y, por tanto, que todos los creyentes, al morir, gozan del mismo descanso que los profetas, los apóstoles y los mártires. Si tal es su condición y estado, ¿de qué, os pregunto, les servirán nuestras oraciones? Dejo de mencionar aquí aquellas groserísimas supersticiones con que han hechizado a la gente sencilla, que son innumerables, y la mayoría tan monstruosas que no tienen color ni pretexto alguno con que disfrazarlas o dorarlas. Callo también aquellos torpísimos negocios que hicieron a su antojo con las almas mientras todo el mundo estaba tan embobado. Porque sería el cuento de nunca acabar; y, sin enumerarlos, los lectores piadosos tienen en lo que he dicho materia más que suficiente para afirmar sus conciencias.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.