Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
La vida del cristiano; y en primer lugar, los argumentos con que la Escritura nos exhorta a ella
Hemos dicho que el fin de la regeneración es que en la vida de los creyentes se vea una armonía y concordancia entre la justicia de Dios y la obediencia de ellos, y que así confirmen la adopción por la que han sido admitidos en el número de sus hijos. Y aunque la ley de Dios contiene en sí aquella vida nueva con la que la imagen de Dios se restaura en nosotros, como nuestra torpeza y lentitud necesitan muchos aguijones y empujones para ser más diligentes, será bueno reunir de diversos lugares de la Escritura un orden y manera de regular bien nuestra vida, para que quienes desean enmendarse no se extravíen por falta de reflexión en su propósito. Cuando emprendo la tarea de dar forma a la vida de un cristiano, no ignoro que entro en una materia bastante amplia y variada, que por su magnitud podría llenar un gran libro si hubiera de tratarla por extenso y como ella lo requiere. Bien vemos cuán extensas son las exhortaciones de los doctores antiguos cuando tratan de una sola virtud en particular. Y no por hablar ni charlar demasiado, sino porque, sea cual sea la virtud que uno se proponga alabar, la abundancia de la materia le hará sentir que no la ha tratado bien si no ha dicho muchísimo en su alabanza. Mi intención no es extender tanto la instrucción de vida que ahora quiero proponer como para tratar de cada virtud en particular y hacer largos discursos y exhortaciones sobre ellas. Eso puede verse en los libros de otros, y sobre todo en las homilías o sermones populares de los doctores antiguos. A mí me bastará mostrar un método y un orden con el que el cristiano sea dirigido y encaminado al verdadero fin de ordenar bien su vida. Me contentaré, digo, con mostrar en pocas palabras una regla general a la que pueda reducir todo lo que emprende. Puede ser que llegue el día en que trate esta materia más extensamente, o que la deje para que otros lo hagan, por no ser yo tan apto para ello. Por naturaleza amo la brevedad, y podría ser que, si quisiera extenderme más, no me saliera bien. Y aunque la manera de enseñar más extensa y con más palabras fuera muy bien recibida, aun así me costaría mucho dejar de enseñar con brevedad, como lo hago. Además, la obra que tengo entre manos requiere que expongamos, con la mayor brevedad posible, una doctrina sencilla y clara. Así como los filósofos tienen ciertos principios de rectitud y honestidad de los que deducen los deberes particulares de cada uno y todo el conjunto de las virtudes, del mismo modo la Escritura tiene en esto su manera y orden de proceder; y aún más: este orden que guarda la Escritura es mucho más excelente y mucho más seguro que el de los filósofos. Solo hay esta diferencia: los filósofos, como eran ambiciosos, buscaron muy deliberadamente al disponer su materia una claridad y precisión exquisitas con las que mostrar la agudeza de su ingenio; pero el Espíritu de Dios, como enseñaba sin afectación alguna, no siempre ha guardado un orden y un método tan estricto; sin embargo, cuando a veces lo usa, nos da a entender que no debemos despreciarlo.
Este orden de enseñanza de la Escritura del que hemos hablado consiste principalmente en dos puntos. El primero, que se imprima en nuestros corazones el amor a la justicia, al que por naturaleza no estamos inclinados en absoluto; el segundo, que se nos proponga una regla segurísima que no nos deje ir de un lado a otro ni desviarnos del camino de la justicia. En cuanto al primer punto, la Escritura tiene muchísimas y admirables razones para inclinar nuestro corazón a amar la justicia; ya hemos señalado muchas en diversos lugares, y todavía tocaremos algunas aquí. ¿Con qué mejor fundamento podría empezar que advirtiéndonos que debemos ser santificados, porque nuestro Dios es santo (Lv 19:2; 1 P 1:16)? Porque, estando nosotros dispersos como ovejas descarriadas por el laberinto de este mundo, él nos recogió para unirnos consigo. Cuando oímos hablar de la unión y comunión de Dios con nosotros, recordemos que la santidad debe ser el lazo de esa unión. No que lleguemos a la comunión con nuestro Dios por el mérito de nuestra santidad, pues primero es necesario que nos acerquemos a él antes de ser santos, para que, derramando él su santidad sobre nosotros, lo sigamos adonde quiera; sino que, como pertenece sobremanera a su gloria no tener familiaridad alguna con la iniquidad ni con la inmundicia, la Escritura nos enseña que este es el fin de nuestro llamamiento, en el que siempre debemos tener puestos los ojos si queremos responder a nuestro Dios cuando nos llama. Porque ¿de qué servía sacarnos de la maldad e inmundicia del mundo en que estábamos hundidos, si queremos revolcarnos y enlodarnos en ellas todos los días de nuestra vida? Además, nos advierte que, si queremos ser contados en el número de los hijos de Dios, debemos habitar en la santa ciudad de Jerusalén (Is 35:8, y en otros lugares), la cual, puesto que él la ha consagrado y dedicado para sí mismo, no es lícito que sea profanada por la impureza de sus habitantes. De ahí proceden estas palabras: habitarán en el tabernáculo de Dios los que andan en integridad y se aplican a vivir bien, etc. (Sal 15:2; 24). Porque no conviene que el santuario en que él reside esté lleno de estiércol como si fuera un establo.
Y para despertarnos mejor, la Escritura nos muestra que, así como Dios nos reconcilió consigo en su Cristo, del mismo modo nos ha propuesto en él una imagen y un modelo al que quiere que nos conformemos (Ro 6:18). Ahora bien, los que piensan que solo los filósofos han tratado bien y como es debido la doctrina moral, que trata de las costumbres, que me muestren una instrucción sobre las costumbres mejor que esta que la Escritura nos ha propuesto. Los filósofos, cuando con todas sus fuerzas quieren exhortar a los hombres a la virtud, no dicen otra cosa sino que vivamos conforme a la naturaleza. Pero la Escritura saca su exhortación de la verdadera fuente: no solo nos manda referir nuestra vida a Dios, su autor, de quien depende, sino que, después de advertirnos que hemos degenerado del verdadero origen de nuestra creación, añade que Cristo, por quien hemos vuelto a la gracia de Dios, nos ha sido propuesto como modelo, cuya imagen debemos reflejar en nuestra vida. ¿Qué se podría decir más vivo ni más eficaz que esto? ¿Y qué más se podría buscar? Porque si Dios nos adopta como hijos con esta condición, que nuestra vida refleje a Cristo, que es quien afirma nuestra adopción, si no nos entregamos a la justicia, no solo nos rebelamos con gran deslealtad contra nuestro Creador, sino que además renegamos de nuestro mismo Salvador (Mal 1:6). Asimismo, la Escritura toma motivo para exhortarnos de todos los beneficios de Dios que nos cuenta y de cada una de las partes de nuestra salvación. Dice, por ejemplo, que, puesto que Dios se nos ha dado como Padre, merecemos ser reprendidos como muy ingratos si por nuestra parte no mostramos ser sus hijos (Ef 5:1; 1 Jn 3:1). Que, puesto que Cristo nos ha purificado lavándonos con su sangre y nos ha comunicado esta limpieza por el bautismo, no nos conviene ensuciarnos con nuevas inmundicias (Ef 5:26; He 10:10; 1 Co 6:11; 1 P 1:15, 19). Que, puesto que nos ha injertado en su cuerpo, debemos guardarnos con gran cuidado de contaminarnos en modo alguno, ya que somos sus miembros (1 Co 6:15; Jn 15:3; Ef 5:22). Que, puesto que él, que es nuestra Cabeza, ha subido al cielo, nos conviene despojarnos de todos nuestros afectos terrenales para poner de lleno el corazón en la vida celestial (Col 3:1). Que, puesto que el Espíritu Santo nos ha consagrado como templos de Dios, debemos procurar que la gloria de Dios sea ensalzada por medio de nosotros, y guardarnos de ser profanados con la inmundicia del pecado (1 Co 3:16; 6:19; 2 Co 6:16). Que, puesto que nuestra alma y nuestro cuerpo están destinados y dedicados a gozar de la incorrupción celestial y de la corona de gloria que nunca se marchitará, debemos procurar con gran diligencia conservar puros y sin mancha tanto el alma como el cuerpo hasta el día del Señor (1 Ts 5:23). Estos son los verdaderos y propios fundamentos para ordenar bien nuestra vida, y de ningún modo se hallarán otros semejantes entre todos los filósofos, que, cuando alaban la virtud, nunca suben más alto que la dignidad natural del hombre.
Este es el lugar oportuno para dirigir mi discurso contra los que, sin tener de Cristo nada más que el título y la señal exterior, quieren ser tenidos por cristianos solo por eso. Pero ¿con qué vergüenza se glorían del sacrosanto nombre de Cristo? Porque no tienen comunión alguna con Cristo sino los que lo han conocido bien por la palabra del evangelio. Y el apóstol niega que haya recibido un verdadero conocimiento de Cristo nadie que no haya aprendido a despojarse del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, para vestirse del nuevo, que es Cristo (Ef 4:22). Es claro, pues, que esa clase de gente dice tener el conocimiento de Cristo falsamente y con gran injuria de Cristo, por mucho que charle del evangelio. Porque el evangelio no es doctrina de la lengua, sino de la vida; y no se aprende solo con el entendimiento y la memoria, como las demás ciencias, sino que debe poseer enteramente el alma y tener su sede y asiento en lo profundo del corazón; de otro modo no se ha recibido bien. Así que, o dejen de jactarse, con gran afrenta de Dios, de lo que no son, o muestren de veras que no son discípulos indignos de su maestro Cristo. Hemos dado el primer lugar a la doctrina en que se contiene nuestra religión, porque ella es el principio de nuestra salvación; pero para que nos sea útil y provechosa es necesario también que penetre hasta lo íntimo del corazón, que muestre su eficacia en nuestra buena vida y que nos transforme en su naturaleza. Si los filósofos se indignan con justa razón y expulsan con gran ignominia de su compañía a quienes, profesando el arte que debería ser maestra de vida, lo convierten en una charlatanería de sofistas, ¿con cuánta más razón abominaremos nosotros de estos charlatanes que no saben otra cosa que engañar, que se contentan con tener el evangelio en los labios y en la punta de la lengua sin tenerlo en cuenta en su manera de vivir? Pues la eficacia del evangelio debería penetrar hasta los afectos más íntimos del corazón, arraigarse en el alma cien mil veces más que todas las frías exhortaciones de los filósofos y transformar por completo al hombre.
No exijo que la manera de vivir del cristiano no sea otra cosa que un evangelio puro y perfecto, aunque eso es lo que se debe desear, y es necesario que el cristiano lo procure. Sin embargo, no exijo con tanta severidad la perfección evangélica que no haya de reconocer como cristiano a quien aún no ha llegado a ella. Porque de ese modo todos los hombres del mundo quedarían excluidos de la Iglesia, pues no hay uno solo que no esté muy lejos de esa perfección, por mucho que haya avanzado; y la mayor parte aún no ha avanzado mucho, y sin embargo sería injusto rechazarlos. ¿Qué hacer, entonces? Ciertamente, debemos tener delante de los ojos esta meta, hacia la cual se encaminen todas nuestras acciones. Propongámonos ese fin hacia el que debemos dirigir nuestros pasos y avanzar con ahínco. Porque no es lícito ir a medias con Dios, de modo que hagamos algunas de las cosas que nos manda en su palabra y otras las dejemos de lado según nos plazca. Porque siempre su Majestad nos encarga en primer lugar la integridad como parte principal de su culto; con este nombre entiende una pura sinceridad de corazón, sin mezcla alguna de engaño ni fingimiento, a la cual se opone el corazón doble. Es como si dijera que el principio espiritual de la buena vida está en que el afecto interior del corazón se entregue sin fingimiento alguno a Dios para servirle en santidad y justicia. Pero como, mientras vivimos en esta cárcel terrena de nuestro cuerpo, ninguno de nosotros tiene tantas fuerzas ni está tan dispuesto que pueda correr esta carrera con la ligereza debida, y la mayor parte es tan débil y está tan falta de fuerzas que, vacilando, cojeando y aun gateando por el suelo, avanza muy poco terreno, caminemos cada uno según nuestra poca capacidad y no dejemos de seguir el camino que hemos comenzado. Ninguno de nosotros caminará tan miserablemente que no gane cada día al menos un poco de terreno. No dejemos, pues, de hacer esto: avanzar continuamente algo en el camino del Señor; y no perdamos el ánimo ni desfallezcamos si avanzamos solo un poco. Porque, aunque el resultado no corresponda a nuestro deseo, el trabajo no se pierde cuando el día de hoy supera al de ayer, con tal que, con una sencillez sincera y sin engaño alguno, tengamos los ojos puestos en nuestra meta y procuremos llegar al fin que se nos ha propuesto, sin adularnos ni condescender con nuestros vicios, sino esforzándonos continuamente y sin cesar por ser cada día mejores, hasta que hayamos alcanzado la bondad perfecta; la cual debemos buscar y, una vez hallada, seguir todo el tiempo de nuestra vida, y la alcanzaremos entonces, cuando, despojados de la flaqueza de nuestra carne, seamos plenamente admitidos en su comunión.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.