Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

La suma de la vida cristiana: la negación de nosotros mismos

Pasemos ahora al segundo punto. Aunque la ley del Señor contiene un método excelente y una disposición muy bien ordenada para formar bien nuestra vida, a nuestro buen Maestro celestial le ha agradado formar a los suyos con una enseñanza todavía más precisa, conforme a la regla que les había dado en su ley. El principio de este orden es que el deber de los creyentes es presentar sus cuerpos a Dios «en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios», y que en esto consiste su culto legítimo (Ro 12:1). De ahí se sigue la exhortación a que no se conformen a este siglo, sino que se transformen por la renovación de su entendimiento, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios. Este es sin duda un punto importante: que ya estamos consagrados y dedicados a Dios, para que en adelante no pensemos, digamos, meditemos ni hagamos nada que no sea para su gloria. Porque las cosas sagradas no pueden aplicarse a usos profanos sin gran ofensa a Dios. Y si no somos nuestros, sino del Señor, de aquí se ve claramente qué debemos evitar para no errar y hacia dónde debemos dirigir todo lo que hacemos. No somos nuestros: por tanto, ni nuestra razón ni nuestra voluntad deben dominar en nuestras decisiones ni en lo que hagamos. No somos nuestros: por tanto, no nos propongamos como fin buscar lo que nos conviene según la carne. No somos nuestros: por tanto, olvidémonos en lo posible de nosotros mismos y de todas nuestras cosas. Al contrario, somos del Señor: vivamos y muramos, pues, para él. Somos de Dios: que su sabiduría y su voluntad gobiernen, pues, todo lo que emprendamos. Somos de Dios: que todas las partes de nuestra vida se dirijan, pues, a él como a su único fin legítimo (Ro 14:8). ¡Cuánto ha avanzado quien, habiendo entendido que no es suyo, le ha quitado a su propia razón el mando y el gobierno de sí mismo para ponerlo en manos de Dios! Porque, así como la peste más dañina y que más destruye a los hombres es complacerse a sí mismos y no hacer sino lo que a cada uno se le antoja, así el único puerto de salvación, el único remedio, es que el hombre no sepa ni quiera nada por sí mismo, sino que siga solamente al Señor, que le va mostrando el camino. Sea, pues, este el primer escalón: que el hombre se aparte de sí mismo y se niegue a sí mismo, para aplicar así todas las fuerzas de su entendimiento al servicio de Dios. Llamo servicio no solo al que consiste en obedecer la palabra de Dios, sino a aquel por el cual el entendimiento del hombre, despojado del sentir propio de su carne, se vuelve por entero y se somete al Espíritu de Dios para dejarse guiar por él. Esta transformación, que san Pablo llama renovación del entendimiento y que es el primer escalón de la vida, no la conoció ninguno de los filósofos que ha habido (Ef 4:23). Porque ellos enseñan que solo la razón debe regir y gobernar al hombre, y piensan que solo a ella se debe escuchar; en fin, solo a ella le conceden y entregan el gobierno del hombre. En cambio, la filosofía cristiana manda a la razón que ceda, que se sujete y se deje gobernar por el Espíritu Santo, para que ya no sea el hombre el que vive, sino que Cristo reine y viva en él (Gá 2:20).

De aquí se sigue lo otro que hemos dicho: que no busquemos lo que nos agrada y complace, sino lo que agrada al Señor y puede exaltar su gloria. Es, sin duda, una gran manera de avanzar que, casi olvidándonos de nosotros mismos, o al menos sin hacer caso alguno de nuestra razón, procuremos con toda diligencia servir a Dios y guardar sus mandamientos. Porque cuando la Escritura nos manda que no tengamos en cuenta nuestro interés particular, no solo arranca de nuestro corazón la avaricia, el deseo de tener cada vez más poder y de alcanzar grandes honores y dignidades, sino que desarraiga también la ambición, todo apetito de gloria mundana y otras pestes ocultas. Porque es necesario que el cristiano esté dispuesto y preparado de tal manera que entienda que, todo el tiempo que viva en esta vida, tiene que ver con Dios. Con esta consideración, así como entenderá que ha de dar cuenta a Dios de todas sus obras, así también referirá a él con gran reverencia todas las intenciones de su corazón y las fijará en él. Porque quien ha aprendido a poner los ojos en Dios en todo lo que hace, aparta con ello fácilmente su entendimiento de todo pensamiento vano. Esta es aquella negación de sí mismo que Cristo inculca y manda con tanta insistencia a sus discípulos desde el comienzo de su aprendizaje (Mt 16:24). Una vez que se ha plantado en el corazón, en primer lugar no deja lugar a la soberbia, ni a la ostentación, ni a la jactancia; además, deshace la avaricia, la intemperancia, lo superfluo, los refinamientos y todos los demás vicios que nacen del amor a nosotros mismos. Al contrario, dondequiera que no reina esta negación de sí mismo, allí sin duda o bien los vicios más sucios lo manchan todo descaradamente, o bien, si aún queda alguna apariencia de virtud, se corrompe por un mal deseo y apetito de gloria. Porque mostradme, si podéis, un hombre que quiera practicar el bien gratuitamente entre los hombres sin haber renunciado a sí mismo conforme al mandamiento del Señor. Todos los que no han tenido esta disposición han seguido la virtud, por lo menos, para ser alabados; y los filósofos que más sostuvieron que la virtud debe desearse por sí misma se hincharon de tanta arrogancia que se ve que no desearon la virtud por otra razón que para tener motivo de ensoberbecerse. Y tan lejos está Dios de complacerse en los ambiciosos que andan, como se dice, bebiendo los vientos por ser honrados y estimados del pueblo, o en los muy hinchados que presumen mucho de sí mismos, que declara que los primeros ya han recibido su recompensa en el mundo, y que los segundos están mucho más lejos del reino de los cielos que los publicanos y las rameras. Todavía no hemos explicado del todo cuántos y cuán grandes son los impedimentos que estorban al hombre y lo apartan de dedicarse a hacer el bien mientras no haya renunciado a sí mismo. Porque es muy cierto aquel dicho antiguo de que en el alma del hombre está encerrado un mundo, una infinidad de vicios. Y no podremos hallar otro remedio que, renunciando a nosotros mismos y sin hacer caso de nosotros, elevar todo nuestro entendimiento a buscar las cosas que el Señor nos pide; y debemos buscarlas únicamente por esta razón: porque agradan al Señor.

San Pablo, en otro lugar, describe con mucha más claridad, aunque brevemente, todas y cada una de las partes de una vida bien ordenada: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Tit 2:11-14). Después de presentar la gracia de Dios para animarnos y allanarnos el camino, de modo que podamos servir de verdad a Dios, nos quita dos impedimentos que podrían estorbarnos mucho: la impiedad, a la que por naturaleza somos muy propensos e inclinados, y luego los deseos mundanos, que se extienden más ampliamente. Bajo el nombre de impiedad no señala solo las supersticiones, sino que comprende todo lo que es contrario al verdadero temor de Dios. Por deseos mundanos no entiende otra cosa que las pasiones de la carne. Así nos manda despojarnos de nuestra propia naturaleza en lo que toca a las dos partes de la ley, y renunciar a todo lo que nuestra razón y nuestra voluntad nos dictan y prescriben. En cuanto a lo demás, reduce todas nuestras acciones a tres miembros o partes: sobriedad, justicia y piedad o religión. La primera, la sobriedad, significa sin duda tanto la castidad y la templanza como el uso puro y moderado de los bienes temporales y la paciencia en la pobreza. La segunda, la justicia, comprende todos los deberes y obligaciones de la equidad, para que se dé a cada uno lo que es suyo. Sigue la última, la religión, que, apartándonos de las suciedades del mundo, nos une con Dios en verdadera santidad. Cuando estas tres virtudes están ligadas entre sí con un nudo indisoluble, forman una perfección sólida. Pero como no hay nada más difícil que, sin hacer caso de nuestra razón carnal y con nuestros apetitos domados, o mejor dicho negados del todo, dedicarnos a servir a Dios y a nuestro prójimo, y meditar una vida angélica mientras vivimos en este polvo de la tierra, san Pablo, para desenredar nuestro entendimiento de todos los enredos y lazos, nos recuerda la esperanza de la bienaventurada inmortalidad y nos advierte que no luchamos en vano. Porque, así como Cristo se mostró una vez como nuestro Redentor, del mismo modo mostrará en su última venida el fruto y la utilidad de la salvación que nos ganó. De esta manera deshace todos los halagos y engaños que suelen ponernos nubes delante para que no alcemos los ojos de nuestro entendimiento, como conviene, a contemplar la gloria celestial; más aún, enseña que debemos vivir en el mundo como peregrinos, a fin de no perder la herencia del cielo.

Vemos, pues, en estas palabras que la renuncia a nosotros mismos tiene que ver en parte con los hombres y en parte —y esto es lo principal— con Dios. Porque cuando la Escritura nos manda que nos comportemos con los hombres de tal manera que los honremos y estimemos más que a nosotros mismos (Ro 12:10; Fil 2:3), y que nos empleemos cuanto podamos, con toda lealtad, en procurar su bien, ordena mandamientos y leyes que nuestro entendimiento no puede asimilar si antes no se vacía de su sentir natural. Porque todos estamos tan ciegos y tan arrebatados por el amor a nosotros mismos que no hay nadie a quien no le parezca tener muy justa causa para elevarse sobre los demás y menospreciar a todo el mundo en comparación consigo mismo. Si Dios nos ha concedido alguna gracia digna de estima, enseguida nos gloriamos en ella y nos ensoberbecemos; y no solo nos hinchamos, sino que casi reventamos de soberbia. Los vicios de que estamos llenos los encubrimos con gran diligencia para que los demás no se enteren de que están en nosotros; y a nosotros mismos, adulándonos, nos hacemos creer que nuestros vicios son pequeños y ligeros, y aun a veces los tenemos por virtudes. Las gracias que Dios nos ha dado las estimamos tanto que casi las adoramos. Pero si esas mismas gracias, o mayores, se ven en otros, para no vernos obligados a reconocer su superioridad y cederles por ello la ventaja, las oscurecemos y las menospreciamos cuanto podemos. Y si hay algunos vicios en los otros, no nos contentamos con señalarlos con todo rigor, sino que los agrandamos con todo el odio posible. De aquí nace esta arrogancia: que cada uno de nosotros, como si estuviera exento de la condición y la ley común a la que todos estamos sujetos, quiere ser tenido en más que los demás, y sin exceptuar a nadie menosprecia a todos con gran soberbia, y no hace caso de persona alguna, como si todos fueran sus inferiores y el rey, como suele decirse, fuera su porquerizo. Los pobres ceden ante los ricos, los plebeyos ante los nobles, los criados ante los señores, los ignorantes ante los doctos; pero no hay nadie que no guarde dentro de sí cierta opinión de que sobresale por encima de los demás. Así, cada uno, adulándose, lleva un pequeño reino en su corazón. Porque, atribuyéndose a sí mismo las cosas para quedar satisfecho de sí, juzga y censura el ingenio y las costumbres de los demás; y si se llega a discutir, allí muestra su veneno. Sin duda hay muchos que muestran una apariencia externa de mansedumbre y modestia mientras todo lo que ven les agrada y les complace; pero ¿quién hay que, al ser tocado, al ser provocado, conserve la misma compostura y la misma modestia y no pierda la paciencia? No hay otro remedio sino arrancar de lo más íntimo de las entrañas esta peste infernal de engrandecerse y amarse a sí mismo, como también la arranca la Escritura. Ella nos enseña a entender que los dones y gracias que Dios nos ha dado no son nuestros, sino favores gratuitos que Dios nos ha hecho; y que quienes se ensoberbecen de ellos muestran su ingratitud. «Porque ¿quién te distingue? —dice san Pablo—. ¿O qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4:7). Por otra parte, reconociendo continuamente nuestros vicios, refugiémonos en la humildad. Así no quedará en nosotros nada de que envanecernos, sino más bien mucho motivo para humillarnos. Por el contrario, se nos manda que todos los dones de Dios que vemos en los demás los tengamos en tan gran estima y consideración que estimemos y honremos a las personas en quienes se hallan. Porque sería una grandísima maldad querer despojar a un hombre del honor en que Dios lo ha puesto. En cuanto a sus vicios y faltas, se nos manda que los disimulemos y los cubramos; y esto no para fomentarlos con adulaciones, sino para no insultar ni burlarnos, por causa de sus vicios, de aquellos a quienes convendría tratar con toda benevolencia y honra. Así, con todos aquellos con quienes tratemos, no solo nos comportaremos con moderación y modestia, sino también con toda dulzura y amistad. Del mismo modo, nadie podrá llegar jamás a la verdadera mansedumbre por otro camino que teniendo el corazón dispuesto a humillarse a sí mismo y a enaltecer a los demás.

¿Y cuánto trabajo hay, pues, para que cada uno cumpla su deber en buscar el bien de su prójimo? Ciertamente, si no dejamos de mirarnos a nosotros mismos y no nos despojamos de nosotros mismos, no haremos nada en este sentido. Porque ¿cómo haremos las obras que san Pablo enseña que son obras de amor, si no hemos renunciado a nosotros mismos para dedicarnos al servicio de nuestros hermanos? «El amor —dice— es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no busca lo suyo, no se irrita», etc. (1 Co 13:4-5). Si solo se nos pidiera esto, que no busquemos nuestro propio provecho, ya habría mucho que hacer, y bien tendríamos que forzar nuestra naturaleza, que de tal manera nos inclina a amarnos solo a nosotros mismos que no nos permite fácilmente descuidar lo nuestro para desvelarnos por el bien del prójimo, o, mejor dicho, no nos consiente ceder nuestro derecho para que otros lo disfruten. Pero la Escritura, para llevarnos de la mano hasta este punto, nos advierte que todos los bienes y favores que hemos recibido del Señor nos han sido confiados con esta condición: que los aportemos para el bien común de la Iglesia. Por tanto, el uso legítimo de todos estos bienes consiste en compartirlos con los demás de manera generosa y bondadosa. No podría imaginarse una regla más segura ni más firme para sostener esta exhortación que cuando se nos dice que todo el bien que tenemos nos lo ha dado Dios en depósito, y que nos lo ha puesto en las manos con la condición de que lo administremos en servicio de nuestro prójimo. Y la Escritura va aún más allá: compara las gracias y los dones que tiene cada uno de nosotros con las facultades de los miembros de un cuerpo humano (1 Co 12). Ningún miembro tiene su facultad para sí solo ni la aplica a su servicio particular, sino al servicio de los demás miembros; y no saca de ello otro provecho que el que le viene del provecho general comunicado a todos los miembros del cuerpo. Así, el hombre piadoso debe poner todo lo que puede al servicio del bien de sus hermanos, sin mirar por sí mismo en particular sino en cuanto tiene el ánimo puesto en el bien común de la Iglesia. Esta será, pues, nuestra regla para practicar la bondad y hacer el bien a nuestros hermanos: de todo lo que el Señor nos ha dado con que podamos ayudar a nuestro prójimo somos administradores, obligados a dar cuenta de cómo lo hemos administrado; y no hay otra manera de administrar bien lo que Dios nos ha puesto en las manos que la que se ajusta a la regla del amor. Así, no solo uniremos al cuidado de nuestro propio interés la diligencia en hacer bien a nuestro prójimo, sino que además subordinaremos nuestro provecho al de los demás. Y para que no ignoráramos que esta es la ley para administrar bien todo lo que el Señor ha repartido con nosotros, él la estableció antiguamente incluso en los beneficios más pequeños que recibimos de su generosidad. Porque mandó que se le ofrecieran las primicias de los frutos nuevos, con las cuales el pueblo testificaba que no le era lícito disfrutar de ningún fruto de sus bienes que antes no le hubiera sido consagrado (Éx 22:29; 23:19). Y si los dones de Dios solo quedan santificados para nosotros cuando se los hemos ofrecido con nuestra propia mano, es evidente que es un abuso intolerable no hacer esta dedicación. Por otra parte, sería un gran desatino pretender enriquecer a Dios compartiendo nuestras cosas. Y puesto que nuestra generosidad no puede llegar hasta Dios, como dice el Profeta, debe ejercerse con sus santos que viven en la tierra (Sal 16:3); y por esta razón las limosnas se comparan con las ofrendas sagradas, para mostrar que son ejercicios que ahora corresponden a las observancias de la ley (Heb 13:16).

Además, para que no nos cansemos de hacer el bien —lo cual, de otro modo, sucedería enseguida—, debemos recordar también lo que añade el Apóstol (2 Co 9:5): que el amor es sufrido y no se irrita (1 Co 13:4). El Señor, sin hacer excepción alguna, nos manda hacer el bien a todos, aunque la mayor parte de ellos serían del todo indignos de recibir beneficio alguno si se los juzgara por su propio mérito. Pero aquí la Escritura acude con una razón excelente: nos enseña que no debemos considerar lo que los hombres merecen por sí mismos, sino considerar en todos ellos la imagen de Dios, a la cual debemos todo honor y amor; y que debemos considerarla con mucha mayor atención en los de la familia de la fe, en cuanto en ellos está renovada y restaurada por el Espíritu de Cristo. Por tanto, cualquier persona que se nos presente necesitada de nuestra ayuda y favor, no tenemos motivo para negarnos a servirla. Me diréis: «Es un extranjero». Pero el Señor le ha impreso una marca que nos debe ser familiar; por eso nos prohíbe menospreciar a nuestra propia carne (Is 58:7). Me diréis que es un hombre despreciable y sin valor. Pero el Señor nos muestra que lo ha honrado con su imagen. Me diréis que no le debéis nada, ni en lo más mínimo. Pero Dios ha puesto a este hombre como en su lugar, para que reconozcamos con él los muchos y grandes beneficios que su Majestad nos ha hecho. Diréis que este hombre no merece que se haga por él el menor esfuerzo del mundo. Pero la imagen de Dios que debemos contemplar en él, y por la cual debemos tenerlo en cuenta, merece que arriesguemos por ella nuestra propia persona y todo lo que tenemos. Y aunque no solo no hubiera merecido de nosotros ningún beneficio, sino que nos hubiera provocado con injurias y con todo el mal que ha podido hacernos, ni siquiera eso es motivo suficiente para dejar de amarlo y de hacerle todo el servicio y favor que podamos (Mt 6:14; 18:35; Lc 17:3). Me diréis que este hombre no merece de nosotros sino todo servicio y desagrado. Pero ¿qué ha merecido el Señor, que, cuando nos manda perdonar a este hombre todo lo que ha cometido contra nosotros, quiere tomarlo todo a su cuenta? Ciertamente no hay ningún otro camino por el que podamos llegar a lo que no solo es difícil para la naturaleza humana, sino que le repugna por completo: amar a quienes nos aborrecen, devolver bien por mal y desear todo bien a quienes dicen todo mal de nosotros (Mt 5:44). Llegaremos a ello, digo, si recordamos que no debemos fijarnos en la malicia de los hombres, sino considerar en ellos la imagen de Dios, que con su hermosura y dignidad puede y debe movernos a amarlos y a tenerlos en mucho, borrando y deshaciendo todos sus vicios que podrían impedirnos amarlos.

Esta mortificación tendrá, pues, lugar en nosotros cuando tengamos un amor cumplido y entero. Y lo tendrá así quien no solo cumpla todos los deberes del amor sin omitir ninguno, sino que además lo haga todo con un afecto sincero y verdadero de amor. Porque bien puede suceder que alguien pague enteramente a todos lo que les debe en cuanto al deber externo y que, sin embargo, esté muy lejos de cumplir su deber como conviene. Veréis a algunos que quieren ser tenidos por muy generosos y que, sin embargo, no dan nada sin echarlo en cara, ya con un gesto de desdén, ya con palabras arrogantes. Y hemos llegado a tanta desventura en estos desdichados tiempos nuestros que casi la mayor parte del mundo da sus limosnas afrentando a quien las recibe. Esta perversidad no debería tolerarse ni siquiera entre los paganos. Porque el Señor pide a los cristianos algo que va mucho más allá de mostrar un rostro alegre y hablar con afecto, para que la dulzura de las palabras haga amable lo que hacen. Ante todo, conviene que se pongan en el lugar de quien ven necesitado de su favor y ayuda, que se compadezcan de sus penas y necesidades como si ellos mismos las experimentaran y padecieran, y que se sientan movidos por el mismo sentimiento de misericordia para remediarlas, ni más ni menos que si fueran suyas. Quien se disponga con tal ánimo e intención a ayudar a sus hermanos no solo no manchará su generosidad con ninguna arrogancia ni reproche, sino que tampoco despreciará al hermano a quien hace bien por estar necesitado, ni querrá tenerlo sometido como a alguien que le debe un favor; del mismo modo que no nos burlamos de uno de nuestros miembros cuando está enfermo, por cuyo alivio se esfuerzan todos los demás miembros del cuerpo, ni pensamos que ese miembro enfermo quede particularmente obligado a todos los demás por haberles hecho esforzarse más por él de lo que él se ha esforzado por ellos. Porque lo que los miembros se comunican entre sí no se tiene por cosa gratuita, sino más bien por el pago de lo que se debe por ley de la naturaleza, y no podría negarse sin una gran monstruosidad. Por este camino ganaremos también otro punto: no pensaremos que estamos libres y exentos cuando hayamos cumplido nuestro deber en una sola cosa, como se suele pensar comúnmente que el rico, después de dar algo de lo que tiene, deja a los demás todas las demás cargas, como si él ya hubiera cumplido por su parte y no tuviera nada más que ver con ellas. Al contrario, cada uno considerará en sí mismo que de todo lo que es, de todo lo que puede y vale, es deudor a su prójimo, y que no debe limitar de ningún otro modo la obligación que tiene de hacerle bien sino cuando ya no pueda más, cuando ya no tenga bienes con que hacérselo; y esa capacidad, hasta donde pueda extenderse, debe medirse conforme a la regla del amor.

Tratemos otra vez, más extensamente, la otra parte principal de la negación de nosotros mismos, la que, como dijimos, se refiere a Dios. Ya hemos dicho mucho de ella, y sería superfluo repetirlo. Bastará mostrar aquí de qué manera nos hace sosegados y pacientes. En primer lugar, cuando buscamos la comodidad de vivir en esta vida presente con sosiego y descanso, la Escritura siempre nos lleva a esto: a que, sometiéndonos nosotros mismos y todo lo que tenemos a la voluntad del Señor, nos entreguemos en sus manos para que él dome y sujete los afectos de nuestro corazón. En cuanto a desear prestigio y honra, a procurar dignidades, a aumentar las riquezas y a todas aquellas vanidades que parecen servir para la pompa y la magnificencia, tenemos una intemperancia furiosa y un apetito desmesurado. Por el contrario, tememos muchísimo la pobreza, la deshonra y la humildad de condición, y las aborrecemos sobremanera; por eso procuramos huir de ellas por todos los medios posibles. De aquí se puede ver cuán inquieto tienen el ánimo todos los que ordenan su vida según su propio parecer: cuántas astucias intentan, de cuántas maneras se atormentan para llegar adonde los empujan su ambición y su avaricia, y escapar así de la pobreza y de la baja condición. Por tanto, los que temen a Dios, para no enredarse en tales lazos, se atendrán a esta regla. En primer lugar, no desearán, ni esperarán, ni imaginarán otro medio de prosperar que la sola bendición de Dios, y por eso pueden descansar y apoyarse con seguridad en ella. Porque, por mucho que a la carne le parezca que se basta a sí misma cuando aspira a honras y riquezas con su propia industria, o cuando se apoya en su diligencia, o cuando la ayuda el favor de los hombres, es certísimo que todas estas cosas no son nada, y que de nada nos valdrán ni nuestro ingenio ni nuestro trabajo sino en la medida en que el Señor haga prosperar lo uno y lo otro. Por el contrario, su sola bendición hallará camino, aun en medio de todos los obstáculos del mundo, para que todo lo que emprendamos tenga un resultado feliz y próspero. Además, aunque pudiéramos adquirir sin esta bendición de Dios alguna honra y riquezas —como cada día vemos a los impíos llegar a grandes honores y posiciones—, como donde está la maldición de Dios no puede haber ni una sola gota de felicidad, todo lo que alcancemos y poseamos sin su bendición nos hará mucho daño. Y ciertamente sería un gran desatino desear aquello que nos haría mucho más miserables.

Por tanto, si creemos que todo medio de prosperar y de tener buen éxito consiste en la sola bendición de Dios, y que sin ella nos esperan todas las miserias y calamidades, resta que no aspiremos con codicia a honras y riquezas confiando en la viveza o la diligencia de nuestro propio ingenio, ni apoyándonos en el favor de los hombres, ni fiándonos de la vana imaginación de la fortuna, sino que tengamos continuamente los ojos puestos en el Señor, para que, guiados por él, seamos puestos en la suerte, condición y estado que él tenga por bien. Así, no procuraremos atraer riquezas en perjuicio de nuestro prójimo, ni apoderarnos de los honores y dignidades de otros, por medios ilícitos, con engaños, malas artes o violencia, sino que buscaremos solamente las riquezas que no nos aparten de la inocencia. Porque ¿quién esperará que el favor de la bendición de Dios lo acompañe mientras comete engaños, rapiñas y otras bellaquerías? Así como ella no acompaña sino a quienes son limpios en sus pensamientos y se ocupan en hacer el bien, del mismo modo quien la desea debe apartarse de toda maldad y de todo mal pensamiento. Además, ella será para nosotros un freno que nos contenga, para que no nos abrasemos en una codicia desordenada de enriquecernos ni anhelemos con ambición honras y dignidades. Porque ¿con qué cara confiaría alguien en que Dios lo ayudará y asistirá para alcanzar lo que desea contra su palabra? No permita Dios que él haga prosperar con la ayuda de su bendición lo que su Majestad maldice con su propia boca. Finalmente, cuando las cosas no salgan como esperábamos y queríamos, esta consideración nos impedirá caer en la impaciencia y maldecir el estado y la condición en que estamos, por miserable que sea, porque entenderemos que eso es murmurar contra Dios, por cuyo arbitrio y voluntad se reparten la pobreza y las riquezas, la humillación y los honores. En suma, quien descanse en la bendición de Dios, como ya se ha dicho, no aspirará con malos medios ni con malas artes a ninguna de las cosas que los hombres suelen desear con furia, puesto que tales medios no le servirán de nada; y si algo le sale bien, no lo atribuirá a sí mismo, ni a su diligencia, habilidad o fortuna, sino que reconocerá a Dios como su autor y le dará a él la gloria. Por otra parte, si ve que otros florecen y que todos sus negocios van de bien en mejor, mientras que sus propios asuntos no crecen mucho, sino que más bien disminuyen y menguan, aun así soportará su pobreza con mucha más paciencia y moderación que un incrédulo un éxito mediano que no fue tan bueno como esperaba. Porque tendrá un consuelo en el que descansará con mucha más tranquilidad que en toda la abundancia y el poder del mundo, aunque los tuviera todos juntos en un montón: considerará que Dios ordena y encamina sus asuntos como ve que conviene a su salvación. Vemos que David tuvo esta misma disposición: mientras sigue a Dios y se deja gobernar por él, declara que es como un niño recién destetado y que no anda en grandezas ni en cosas demasiado sublimes para él (Sal 131:1).

Pero no basta que los creyentes guarden esta moderación y paciencia en este aspecto: es necesario que se extienda a todos los acontecimientos a que está sujeta la vida presente. Por tanto, nadie ha renunciado a sí mismo como conviene sino quien se ha puesto tan por entero en las manos del Señor que acepta de buen grado que toda su vida sea gobernada según la voluntad y el beneplácito del Señor. Quien tenga este ánimo, suceda lo que suceda y vayan las cosas como vayan, nunca se tendrá por desdichado ni se quejará de su suerte contra Dios. Y cuán necesaria es esta disposición se verá claramente si consideramos a cuántas cosas que pueden sucedernos estamos expuestos. Hay mil clases de enfermedades que nos afligen continuamente. Unas veces nos persigue la peste, otras la guerra; unas veces la helada o el granizo nos traen esterilidad y, por consiguiente, nos amenazan con la escasez; otras la muerte nos arrebata a la esposa, a los padres, a los hijos, a los parientes; otras veces el fuego nos quema la casa. Estas cosas hacen que los hombres maldigan la vida que viven, detesten el día en que nacieron, aborrezcan el cielo y su luz, y murmuren contra Dios; y, según su elocuencia para blasfemar, lo acusan de inicuo y cruel. Por el contrario, conviene que el creyente contemple aun en estas cosas la clemencia de Dios y su cuidado verdaderamente paternal. Por tanto, aunque vea su casa desolada por la muerte de sus parientes y amigos, no dejará por eso de bendecir al Señor, sino que más bien pensará que, a pesar de todo, la gracia del Señor que habita en su casa no la dejará desolada. Aunque vea sus cosechas arruinadas por las heladas, consumidas por el hielo o destrozadas por el granizo, y que por eso los amenaza el hambre, no desmayará ni se enojará con Dios, sino que permanecerá en esta confianza, diciendo: «A pesar de todo, estamos bajo la protección del Señor y somos ovejas de su prado (Sal 79:13); él, pues, nos dará el sustento que necesitamos, por extrema que sea la necesidad». Aunque la enfermedad lo aflija, ni aun así el dolor excesivo lo quebrantará hasta hacerle estallar en impaciencia y quejarse de Dios; más bien, considerando la justicia y la mansedumbre de Dios en el azote con que lo castiga, se volverá a la paciencia. En fin, todo lo que le suceda, sabiendo que así lo ha ordenado la mano de Dios, lo recibirá con un corazón sereno y agradecido, y no resistirá con obstinación el mandato de aquel en cuyas manos se puso una vez a sí mismo y todo lo que tenía. No permita Dios que tenga lugar en el corazón de un cristiano aquella necia y desdichada manera de consolarse que usaban los paganos, quienes, para soportar con buen ánimo las adversidades, las atribuían a la fortuna, contra la cual les parecía gran locura enojarse, porque era ciega y temeraria y hería a ciegas, sin discernimiento alguno, tanto a los buenos como a los malos. Al contrario, la regla del temor de Dios es que solo la mano de Dios gobierna y dirige tanto lo que llamamos buena fortuna como lo que llamamos adversa, y que esta mano de Dios no se lanza ni se precipita con un ímpetu irreflexivo, sino que reparte el bien y el mal con una justicia perfectamente ordenada.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.