Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
Llevar la cruz con paciencia, que es una parte de la negación de nosotros mismos
Pero el creyente debe elevar su entendimiento todavía más alto: hasta donde Cristo llama a sus discípulos a que cada uno tome su cruz (Mt 16:24). Porque todos aquellos a quienes el Señor ha adoptado y recibido en el número de sus hijos deben prepararse para una vida dura, trabajosa, inquieta y llena de muchísimos y muy diversos males y miserias. Esta es la voluntad del Padre celestial: ejercitar así a los suyos para ponerlos a prueba. Así obra con todos sus hijos, comenzando por Jesucristo, su primogénito. Porque, aunque era el Hijo amado por encima de todos, en quien el Padre se complacía (Mt 3:17; 17:5), vemos que no fue tratado con delicadeza ni con regalo; de tal manera que con toda verdad puede decirse que no solo vivió todo el tiempo que estuvo en este mundo en una cruz y aflicción perpetuas, sino que toda su vida no fue otra cosa que una especie de cruz continua. El Apóstol da la razón: convenía que por lo que padeció aprendiera la obediencia (Heb 5:8). ¿Por qué, pues, habríamos de eximirnos nosotros de la condición y la suerte a las que fue necesario que se sometiera Cristo, nuestra cabeza, sobre todo cuando se sometió a ellas por causa nuestra, para darnos en sí mismo un ejemplo de paciencia? Por eso el Apóstol enseña que Dios ha determinado y señalado este fin y destino a todos sus hijos: que sean hechos conformes a Cristo (Ro 8:29). De aquí nos nace un consuelo admirable: que, al sufrir cosas duras y ásperas, que suelen llamarse adversas y malas, participamos de los padecimientos de Cristo, para que, así como él entró en su gloria celestial a través de un laberinto de males, también nosotros lleguemos a ella a través de muchas tribulaciones (Hch 14:22). Porque el mismo san Pablo dice en otro lugar que, cuando aprendemos a participar de los padecimientos de Cristo, aprendemos a la vez el poder de su resurrección; y que, cuando somos hechos semejantes a él en su muerte, somos preparados por este camino para participar de su gloriosa resurrección (Fil 3:10). ¡Cuánto puede esto mitigar toda la amargura de la cruz: que cuanto más somos afligidos por las adversidades, con tanta mayor certeza se confirma nuestra comunión con Cristo! Por esta comunión con él, las mismas aflicciones no solo se vuelven benditas para nosotros, sino que nos ayudan muchísimo a avanzar en nuestra salvación.
Además, nuestro Señor Jesucristo no tenía ninguna necesidad de llevar la cruz y sufrir tribulaciones, sino para testificar y mostrar su obediencia al Padre; en cambio, a nosotros nos es muy necesario, por muchísimas razones, vivir bajo una cruz perpetua. En primer lugar, como por naturaleza somos demasiado inclinados a enaltecernos y atribuirnos la gloria a nosotros mismos, si no se nos muestra con el dedo nuestra debilidad, fácilmente estimamos nuestra virtud mucho más de lo que merece, y no dudamos de que, venga lo que venga, nuestra carne permanecerá invencible e intacta frente a todas las dificultades que puedan presentarse. De ahí que nos levantemos en una confianza carnal vana y necia, y, confiados en ella, enseguida nos engreímos y ensoberbecemos con gran obstinación contra Dios, como si nuestras propias facultades nos bastaran sin su gracia. La mejor manera que tiene de abatir esta arrogancia nuestra es mostrarnos por experiencia no solo cuán grande es nuestra debilidad, sino también cuán grande es nuestra fragilidad. Por eso nos aflige con deshonra, con pobreza, con la pérdida de parientes y amigos, con enfermedad o con otras calamidades, bajo las cuales, por lo que a nosotros toca, caemos enseguida, porque no tenemos fuerzas para soportarlas. Así abatidos, aprendemos a implorar su virtud y su poder, que es lo único que nos mantiene firmes para no caer bajo el gran peso de las aflicciones. Y aun los más santos, por mucho que entiendan que se mantienen en pie por la gracia de Dios y no por sus propias fuerzas, se sienten más seguros de lo que conviene de su fortaleza y constancia, a menos que el Señor, probándolos con la cruz, los lleve a un conocimiento mucho mayor de sí mismos. Esta presunción sorprendió incluso a David, como él mismo lo confiesa: «En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido, porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte. Escondiste tu rostro, fui turbado» (Sal 30:6-7). Confiesa que sus sentidos se habían entorpecido con la torpeza que produce la prosperidad, hasta el punto de que, sin hacer caso de la gracia de Dios, de la que debía depender, se apoyó en sí mismo y se prometió que su reposo sería perpetuo. Si tal cosa le sucedió a un profeta tan grande como David, ¿quién de nosotros no temerá y estará en guardia? Así, aunque mientras todo les iba bien se hayan halagado a sí mismos concibiendo la opinión de tener una constancia y paciencia mucho mayores, después, sacudidos por las tribulaciones, descubren que todo aquello no era más que hipocresía. Digo que, advertidos por tales experiencias de sus flaquezas, crecen en humildad, para que, despojados de la mala confianza en su carne, se acojan a la gracia de Dios. Y una vez que se han acogido a ella, experimentan y sienten que su divino poder está presente con ellos, y que en él tienen socorro más que suficiente.
Esto es lo que enseña san Pablo cuando dice que «la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba» (Ro 5:3-4). Porque lo que el Señor ha prometido a los creyentes, que los asistirá en sus tribulaciones, ellos comprueban que es verdad cuando, fortalecidos por su mano, perseveran en la paciencia, cosa que de ningún modo podrían hacer con sus propias fuerzas. Así, la paciencia sirve a los santos de prueba de que Dios les da de verdad, cuando es necesario, el socorro que les ha prometido. Con esto confirman su esperanza, porque sería una ingratitud demasiado grande no esperar para el futuro el cumplimiento de las promesas verdaderas de Dios, que ya han experimentado que son firmes y constantes. Vemos, pues, cuántos bienes nacen de golpe de la cruz. Porque, deshaciendo en nosotros la falsa opinión que naturalmente concebimos de nuestra propia virtud y descubriendo nuestra hipocresía, que nos engañaba con sus halagos, echa fuera de nosotros aquella confianza y presunción carnal que tanto daño nos hacía. Después de habernos humillado así, nos enseña a poner toda nuestra confianza en Dios solo, quien, siendo el fundamento en que nos apoyamos, no permite que seamos aplastados ni que desmayemos. De esta victoria se sigue la esperanza, en cuanto el Señor, cumpliendo lo que ha prometido, establece su verdad para el futuro. Ciertamente, aunque no hubiera otras razones que estas, se ve claramente cuán necesario nos es el ejercicio de la cruz. Porque no es cosa de poca importancia que se arranque de nosotros el amor ciego a nosotros mismos, para que conozcamos nuestra propia debilidad; que la sintamos, para que aprendamos a desconfiar de nosotros mismos; que desconfiemos de nosotros mismos, para poner toda nuestra confianza en Dios; que pongamos toda la confianza de nuestro corazón en Dios, para que, confiados en su favor, perseveremos victoriosos hasta el fin; que perseveremos en su gracia, para que entendamos que él es fiel en sus promesas; y que tengamos por certísimas sus promesas, para que con ello se confirme nuestra esperanza.
El Señor tiene todavía otro fin al afligir a los suyos: probar su paciencia y enseñarles a obedecerle. No es que puedan darle otra obediencia que la que su Majestad les haya concedido; pero quiere mostrar y manifestar así, con testimonios admirables, las gracias y dones insignes que ha concedido a sus santos, para que no queden ociosos y arrinconados. Por eso, cuando saca a la luz pública la virtud y la constancia con que ha dotado a sus siervos, se dice que prueba su paciencia. De aquí proceden expresiones como que Dios probó a Abraham y que supo que lo temía, puesto que no se negó a sacrificarle a su propio hijo, y además su único hijo (Gn 22:1, 12). Por eso san Pedro enseña que nuestra fe es probada por las tribulaciones del mismo modo que el oro es probado por el fuego en el horno (1 P 1:7). ¿Y quién dirá que no conviene que un don tan excelente como la paciencia, que el Señor comunica a los suyos, se ejercite y salga a la luz para que sea manifiesto y notorio a todos? De otro modo, los hombres jamás lo estimarán en lo que merece. Y si Dios mismo tiene justa razón para dar materia y ocasión de ejercitar las virtudes con que ha dotado a los suyos, a fin de que no queden arrinconadas ni se pierdan sin provecho para nadie, vemos que no sin causa les envía aflicciones, sin las cuales su paciencia no tendría ningún valor. Digo también que con la cruz aprenden a obedecer, porque por este camino aprenden a vivir, no conforme a su antojo, sino conforme a la voluntad de Dios. Ciertamente, si todo les saliera como quisieran, no sabrían qué es seguir a Dios. Y Séneca, que era un filósofo, atestigua que era un antiguo proverbio, cuando alguien quería exhortar a otro a soportar con paciencia las adversidades, decirle: «Hay que seguir a Dios» (De la vida feliz, cap. 15). Con ello daban a entender que el hombre solo se sujetaba de verdad al yugo del Señor cuando se dejaba castigar y ofrecía la mano a la palmeta y la espalda a los azotes. Y si es muy justo que seamos obedientísimos en todo y por todo a nuestro Padre celestial, ciertamente no debemos negarnos a que nos acostumbre por todos los medios posibles a obedecerle.
Aun así, no entendemos cuán necesaria nos es esta obediencia si no consideramos a la vez cuán grande es la insolencia y el desenfreno de nuestra carne para sacudirse el yugo de Dios en cuanto se la trata con un poco más de delicadeza y regalo. Porque le sucede lo mismo que suele suceder a los caballos briosos y rebeldes: después de tenerlos algunos días ociosos y bien cuidados en la caballeriza, se vuelven tan fieros y bravos que no se los puede domar ni consienten que nadie los monte, cuando antes se dejaban gobernar algo mejor. Y ciertamente aquello de que Dios se queja de su pueblo Israel se halla perpetuamente en nosotros: que, engordados y con los riñones cubiertos de grasa, damos coces contra el Señor que nos ha alimentado y sustentado (Dt 32:15). Sin duda, la magnificencia y la generosidad de Dios deberían movernos a considerar y amar su bondad; pero como nuestra malignidad es tan grande que más bien nos corrompemos continuamente con su dulzura y su trato amoroso, nos es más que necesario que nos tire de las riendas, para mantenernos así en alguna disciplina, no sea que nos desbocemos y perdamos la vergüenza. Por esta razón, para que no nos volvamos demasiado fieros con la abundancia excesiva de riquezas, para que no nos ensoberbezcamos con las honras y dignidades, y para que no nos envanezcan los demás bienes del alma, del cuerpo y de la fortuna, como suelen llamarse, el Señor acude a domar y refrenar con el remedio de la cruz la fiereza de nuestra carne; y lo hace de muchísimas maneras, según ve que conviene más a la salvación de cada uno. Porque no todos estamos igualmente enfermos, ni todos tenemos la misma enfermedad, y por eso no es necesario que todos seamos curados de la misma manera. Esta es la razón por la que el Señor ejercita a unos con un tipo de cruz y a otros con otro. Y aunque nuestro médico celestial, queriendo sanar a todos, use con unos medicinas muy suaves y cure a otros con remedios ásperos, no deja a nadie sin tocarlo, a unos más y a otros menos, porque sabe muy bien que todos, sin excepción, están enfermos.
Además, nuestro clementísimo Padre no solo necesita prevenir nuestra enfermedad, sino que muchísimas veces es necesario que corrija nuestras faltas ya cometidas, para mantenernos en una verdadera obediencia. Por tanto, cada vez que somos afligidos, cada vez que nos sobreviene una nueva calamidad, debemos recordar enseguida nuestra vida pasada. Así hallaremos sin duda que hemos cometido algo que merecía tal castigo. Sin embargo, no debemos tomar del reconocimiento del pecado la principal exhortación a la paciencia. Porque la Escritura nos pone en las manos una consideración mucho mejor, al decir que el Señor nos castiga con adversidades para que no seamos condenados con el mundo (1 Co 11:32). Conviene, por tanto, que reconozcamos la clemencia de nuestro Padre para con nosotros aun en la misma amargura de las tribulaciones, pues aun entonces no deja de cuidar mucho de nuestra salvación. Porque nos aflige, no para matarnos ni destruirnos, sino más bien para librarnos de la condenación de este mundo. Esta consideración nos llevará a lo que la Escritura enseña en otro lugar: «No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová, ni te fatigues de su corrección; porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere» (Pr 3:11-12). Cuando entendemos que los castigos de Dios son castigos de padre, ¿cómo no hemos de mostrarnos hijos obedientes y dóciles, en vez de imitar resistiendo a los desesperados, que se han endurecido y encallecido en sus malas obras? El Señor nos perdería si, cuando hemos faltado, no nos atrajera hacia sí con correcciones; de tal manera que con toda razón dice que somos hijos bastardos y no legítimos si vivimos sin disciplina (Heb 12:8). Somos, pues, perversísimos si no podemos soportarlo cuando nos muestra su buena voluntad y el gran cuidado que tiene de nosotros. La Escritura enseña que hay esta diferencia entre los creyentes y los incrédulos: estos, como esclavos viejos de una maldad envejecida y muy arraigada, no hacen más que empeorar con los azotes y volverse de día en día más perversos y obstinados; en cambio, los creyentes, como hijos nobles, bien nacidos y bien criados, aprovechan enmendándose. Escoged, pues, ahora en qué número preferís estar. Pero como ya hemos tratado esto en otro lugar, me contentaré con haberlo tocado aquí de paso.
Pero es un consuelo singular padecer persecución por causa de la justicia, porque entonces debemos recordar qué honra nos hace el Señor al marcarnos con la misma marca con que marca a los que combaten bajo su bandera. Llamo persecución por causa de la justicia no solo a la que se padece en defensa del evangelio, sino también a la que se padece por sostener cualquier otra causa justa. Sea, pues, por defender la verdad de Dios contra las mentiras de Satanás, o por tomar la defensa de los buenos e inocentes contra los malos y perversos para que no se les haga ningún agravio ni injuria, no puede ser de otro modo sino que incurramos en el odio y la indignación del mundo, de donde vendremos a poner en peligro nuestra vida, nuestros bienes o nuestra honra. Que no nos pese, pues, ni nos moleste dedicarnos hasta ese punto al servicio del Señor, ni nos tengamos por desdichados por ello, puesto que por eso mismo él nos declara con su propia boca bienaventurados (Mt 5:10). Es muy cierto que la pobreza, considerada en sí misma, es una miseria; lo mismo el destierro, el menosprecio, la cárcel y la deshonra; y, en fin, la muerte misma es el colmo de todas las calamidades. Pero cuando se nos muestra el favor de nuestro Dios, no hay ninguna de estas cosas que no se convierta en gran bien y felicidad nuestra. Contentémonos, pues, con el testimonio de Cristo antes que con una falsa opinión de nuestra carne. Así, a ejemplo de los apóstoles, nos gozaremos cada vez que él nos tenga por dignos de padecer afrenta por su Nombre (Hch 5:41). ¿Qué importa, pues, si, siendo inocentes y teniendo buena conciencia, somos despojados de nuestros bienes y hacienda por la perversidad de los impíos? Es verdad que ante los hombres quedamos en la pobreza; pero ante Dios nuestras riquezas aumentan por este medio en los cielos. Si nos echan de nuestras propias casas y nos destierran de la tierra en que nacimos y nos criamos, tanto más íntimamente somos recibidos en la familia del Señor nuestro Dios. Si nos acosan y nos menosprecian, tanto más nos arraigamos en Cristo. Si nos afrentan y nos injurian, tanto más somos enaltecidos en el reino de Dios. Si nos despedazan, por este camino se nos abre la puerta para entrar en la vida bienaventurada. Avergoncémonos, pues, avergoncémonos de estimar en menos que los vanos placeres de esta vida presente, que son vanos y se desvanecen enseguida como el humo, aquello que el Señor tiene en tanto.
Y puesto que la Escritura nos consuela más que suficientemente con estas y otras exhortaciones semejantes en todas las afrentas y calamidades que padecemos en defensa de la justicia, seríamos demasiado ingratos si no las recibiéramos de la mano del Señor de muy buena gana y con ánimo alegre. Sobre todo porque este tipo de cruz es propio y peculiar de los creyentes, y con él quiere Cristo ser glorificado en nosotros, como enseña san Pedro (1 P 4:14). Pero como a todos los espíritus nobles y elevados les resulta mucho más grave y duro sufrir una injuria que padecer mil muertes, san Pablo advierte expresamente que no solo nos esperan persecuciones, sino también afrentas, porque tenemos puesta nuestra esperanza en el Dios viviente (1 Ti 4:10). Del mismo modo, en otro lugar nos manda que, siguiendo su ejemplo, caminemos «por mala fama y por buena fama» (2 Co 6:8). Tampoco se nos pide una alegría que quite de nosotros todo sentimiento de amargura y de dolor. De otro modo, la paciencia de los santos bajo la cruz no tendría ningún valor si el dolor no los atormentara y la molestia no los angustiara. Si la pobreza no les fuera áspera y molesta, si no sintieran ninguna pena en la enfermedad, si la afrenta no los hiriera, si la muerte no les causara ningún horror, ¿qué fortaleza o qué moderación habría en menospreciar todas estas cosas y no hacer ningún caso de ellas? Pero como cada una de ellas lleva dentro cierta amargura con que naturalmente hiere nuestro corazón, en esto se muestra la fortaleza del creyente: en que, tentado por el sentimiento de esa amargura, por mucho que le cueste, resistiendo varonilmente, vence. En esto se muestra la paciencia: en que, aun siendo fuertemente aguijoneado, se refrena con el temor de Dios para no caer en ningún desorden. En esto se ve la alegría: en que, herido de tristeza y de dolor, se sosiega con el consuelo espiritual de Dios.
Este combate que los creyentes sostienen contra el sentimiento natural del dolor, mientras se esfuerzan por ser pacientes y moderados, lo describe admirablemente el Apóstol con estas palabras: «Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos» (2 Co 4:8-9). Veis aquí que llevar la cruz con paciencia no es ser del todo insensibles y estúpidos, sin sentir ningún dolor, a la manera en que los estoicos describieron neciamente en otro tiempo al hombre magnánimo: uno que, despojado de su humanidad, no sintiera la adversidad de otro modo que la prosperidad, ni las cosas tristes de otro modo que las alegres; o, mejor dicho, a quien nada conmoviera, como si fuera una piedra. ¿Y qué ganaron con esa sabiduría tan sublime? Ciertamente pintaron una imagen de la paciencia como nunca se vio ni se halló entre los hombres, ni puede hallarse. Más bien, al querer una paciencia demasiado refinada y perfecta, la eliminaron de la vida humana. Todavía hoy hay entre los cristianos unos nuevos estoicos, que piensan que es una falta gravísima no solo gemir y llorar, sino incluso entristecerse o estar angustiado. Estas opiniones extrañas proceden casi siempre de gente ociosa que, ejercitándose más en la teoría que en la práctica, más en especular sobre las cosas que en ponerlas por obra, no puede producir otra cosa que tales fantasías. En cuanto a nosotros, nada tenemos que ver con esta filosofía tan rígida, que nuestro Maestro y Señor condenó no solo con su palabra, sino también con su ejemplo. Porque él gimió y lloró tanto por los dolores que sentía en sí como por los que sentían otros, y no enseñó otra cosa a sus discípulos: «El mundo se alegrará —dice—; pero vosotros lloraréis y lamentaréis» (Jn 16:20). Y para que nadie se lo imputara como vicio, él mismo declara: «Bienaventurados los que lloran» (Mt 5:4). Y no hay por qué maravillarse de esto. Porque si se condena toda clase de lágrimas, ¿qué juzgaremos de nuestro Señor, de cuyo cuerpo corrieron gotas de sangre (Lc 22:44)? Si todo temor hubiera de tenerse por incredulidad, ¿qué diríamos de aquel horror con que el mismo Señor quedó, y no de cualquier manera, sobrecogido? Si no se admite ninguna clase de tristeza, ¿cómo se admitirá lo que él confiesa al decir que su alma está muy triste hasta la muerte (Mt 26:38)?
He querido decir esto para apartar de la desesperación a las almas piadosas, a fin de que no abandonen el ejercicio de la paciencia por ver que no pueden despojarse del sentimiento natural del dolor. Esto no puede dejar de suceder a todos los que hacen de la paciencia un estupor y una insensibilidad, y del hombre fuerte y constante un pedazo de leño. Porque la Escritura alaba la resistencia y la paciencia de los santos cuando son afligidos por la dureza de las adversidades de tal manera que no desmayan ni desfallecen; cuando la amargura los atormenta de tal manera que al mismo tiempo gozan de un gozo espiritual; cuando la angustia los acosa de tal manera que no dejan de respirar, alegrándose con el consuelo divino. Mientras tanto, se agita en sus corazones esta contradicción: el sentimiento natural huye y tiene horror de todo lo que percibe como contrario; por otra parte, el temor de Dios los lleva, aun en medio de estas dificultades, a obedecer la voluntad de Dios. El Señor dio a entender esta contradicción y lucha interior cuando habló así a san Pedro: «Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas adonde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará adonde no quieras» (Jn 21:18). Y no es de creer, ciertamente, que san Pedro, al tener que glorificar a Dios con su muerte, haya sido obligado a ello por la fuerza y contra su voluntad, porque si así fuera, su martirio no sería tan alabado. Sin embargo, por mucho que obedeciera con corazón alegre y libre lo que Dios había dispuesto de él, como aún no se había despojado de su humanidad, estaba dividido y desgarrado entre dos voluntades. Porque, cuando consideraba en sí mismo la muerte cruel que había de padecer, sobrecogido de horror, habría querido de muy buena gana escapar de ella. Por otra parte, cuando consideraba que el mandato de Dios lo llamaba a esa clase de muerte, vencido y puesto bajo sus pies el temor, se ofrecía a ella de muy buena voluntad y con gran alegría. Esto es, pues, lo que debemos procurar, si deseamos ser discípulos de Cristo: que nuestros corazones estén llenos de tal obediencia y reverencia a Dios que pueda domar y someter a lo que su Majestad ha dispuesto todos los afectos contrarios. Así, en cualquier tribulación en que estemos, aunque sea en la mayor angustia del mundo, no dejaremos por ello de mantenernos firmes en la paciencia. Porque las adversidades siempre tendrán su aspereza y su amargura que nos harán sufrir. Así, cuando la enfermedad nos aflija, gemiremos, nos inquietaremos y desearemos vernos sanos; cuando la necesidad nos apriete, sentiremos ciertos aguijones de angustia y tristeza; la infamia, el menosprecio y la injuria nos causarán pena; cuando mueran algunos de nuestros parientes y amigos, lloraremos, como nos lo pide la naturaleza. Pero siempre concluiremos con esto: «Dios lo ha querido así; sigamos, pues, su voluntad». Más aún, es necesario que esta consideración se abra paso en medio de las mismas punzadas del dolor, entre los gemidos y entre las lágrimas, e incline y mueva nuestro corazón a sufrir con alegría todas aquellas cosas que tanto lo hieren.
Pero como hemos tomado la consideración de la voluntad divina como la razón principal para soportar y llevar bien la cruz, conviene explicar la diferencia que hay entre la paciencia cristiana y la filosófica. Es certísimo que hubo muy pocos filósofos que se elevaran tan alto como para entender que los hombres son ejercitados por la mano de Dios con aflicciones y para opinar que, en lo que toca a las aflicciones, estaban obligados a obedecerle; y si algunos lo entendieron, no dan otra razón sino que así era necesario. ¿Y qué otra cosa es decir esto sino que debemos ceder y darle paso a Dios, porque sería inútil querer luchar cuerpo a cuerpo con él? Porque si obedecemos a Dios solo porque es necesario y porque no podemos hacer otra cosa, ciertamente, si pudiéramos escabullirnos, no le obedeceríamos. Pero la Escritura nos manda considerar en la voluntad de Dios algo muy diferente: en primer lugar, su justicia y equidad; y luego, el cuidado que tiene de nuestra salvación. Tales son, pues, las exhortaciones cristianas a la paciencia. Ya nos atormente la pobreza, el destierro, la cárcel, la deshonra, la enfermedad, la pérdida de parientes y amigos o cualquier otra cosa semejante, debemos considerar que ninguna de estas cosas nos sucede sino por disposición y providencia de Dios. Además, que su Majestad no hace nada sino con gran orden y admirable acierto. ¡Como si los innumerables pecados que cometemos a cada momento no merecieran ser castigados con mucha más severidad y con castigos cien mil veces mayores que aquellos con que su clemencia nos castiga! ¿Acaso no es muy justo que nuestra carne sea domada y acostumbrada como a un yugo, para que no relinche ni se desboque en lujuria conforme a su inclinación natural? ¿Acaso la justicia y la verdad de Dios no merecen que padezcamos por ellas? Y si la equidad de Dios se muestra evidentemente en todas nuestras aflicciones, no podemos murmurar ni rebelarnos contra ella sin gran iniquidad. Ya no oímos aquí aquella fría cantinela de los filósofos: «Hay que someterse, porque no se puede hacer otra cosa»; sino que oímos un mandamiento vivo y eficaz: «Debemos obedecer, porque resistir es una gran impiedad; debemos sufrir con paciencia, porque la impaciencia es obstinación y rebelión contra la justicia de Dios». Además, como no amamos de veras sino aquello que sabemos que nos es bueno y provechoso, también en esto nos consuela nuestro buenísimo Padre diciéndonos que, al afligirnos con la cruz, mira por nuestra salvación y la procura. Y si entendemos que las tribulaciones nos son saludables, ¿por qué no las recibiremos con ánimo sereno y agradecido? Por tanto, al sufrirlas con paciencia, no nos sometemos a la necesidad, sino que buscamos nuestro bien. Estas consideraciones, digo, hacen que, cuanto más se encoge nuestro corazón bajo la cruz por el sentimiento natural del gran dolor y la amargura, tanto más se ensanche y dilate con el gozo y la alegría espiritual. De aquí se seguirá también la acción de gracias, que no puede darse sin gozo. Y si alabar al Señor y darle gracias no puede proceder sino de un corazón alegre y contento, y no hay nada en lo creado que deba impedirnos alabar y dar gracias al Señor, se ve por esto cuán necesario es templar la amargura de la cruz con el gozo y la alegría espiritual.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.