Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

La meditación de la vida futura

Sea cual sea el tipo de tribulación que nos aflija, siempre debemos tener la mirada puesta en este fin: acostumbrarnos a menospreciar esta vida presente y, por este medio, animarnos a meditar en la vida futura. Porque, como el Señor sabe muy bien cuán inclinados somos por naturaleza a amar este mundo con un amor ciego y brutal, emplea un medio muy apropiado para apartarnos de él y despertarnos de nuestra torpeza, a fin de que no nos apeguemos demasiado a ese amor. Ciertamente no hay ninguno de nosotros que no desee ser tenido por alguien que durante todo el curso de su vida suspira, anhela y aspira a la inmortalidad celestial y procura alcanzarla. Porque nos avergonzaría no aventajar en nada a las bestias, cuya condición no sería en nada inferior a la nuestra si no nos quedara esta esperanza de vivir para siempre después de la muerte. Pero si examinamos los proyectos, empresas, ocupaciones y obras de cada uno de nosotros, no veremos en todo ello otra cosa que tierra. Esta necedad y este embotamiento vienen de que nuestro entendimiento se ciega con el vano resplandor de las riquezas, el poder y la honra, de modo que no ve más allá. También el corazón, ocupado por la avaricia, la ambición y otros deseos, se vuelve pesado y así no puede mirar más alto. En fin, toda nuestra alma, enredada y entretenida por los halagos y placeres de la carne, busca su felicidad en la tierra. El Señor, para remediar este mal, enseña a los suyos la vanidad de esta vida presente ejercitándolos continuamente en diversas miserias. Para que no se prometan en esta vida gran paz y reposo, su Majestad permite que muchísimas veces sean atormentados y acosados por guerras, tumultos, robos u otras molestias y trabajos; y para que no se les vayan los ojos con ansia y codicia tras las riquezas pasajeras y vanas, los empobrece, ya con el destierro, ya con la esterilidad de la tierra, ya con el fuego, ya por otros medios, o bien los mantiene en una condición modesta. Y para que no se complazcan demasiado en su matrimonio, o les da esposas ásperas y pendencieras que los atormenten, o los humilla dándoles hijos malos y desobedientes, o les quita la esposa y los hijos. Y si en todas estas cosas los trata con dulzura, aun así, para que no se hinchen de vanagloria ni se jacten con demasiada confianza, los advierte con enfermedades y peligros, y les pone delante de los ojos cuán inestables, pasajeros y vanos son todos los bienes sujetos a cambio. Por tanto, sacaremos buen provecho de la disciplina de la cruz cuando entendamos que esta vida, considerada en sí misma, está llena de inquietud, de turbaciones y de toda clase de miserias y calamidades, y que se la mire por donde se la mire no es enteramente feliz; que todos sus bienes son inciertos, pasajeros, vanos y mezclados con muchos males y miserias; y de aquí concluiremos que aquí en la tierra no debemos buscar ni esperar otra cosa que lucha, y que debemos levantar los ojos al cielo cuando se trata de alcanzar la victoria y la corona. Porque debemos tener por certísimo que nuestro corazón nunca se elevará de veras y con firme propósito a desear y meditar la vida futura sin haber aprendido antes a menospreciar esta vida presente.

Porque entre estas dos cosas no hay término medio: o no hacemos ningún caso de la tierra, o ella nos tiene atados con un amor desordenado. Por tanto, si nos importa algo la eternidad, debemos procurar con gran diligencia desembarazarnos y sacar los pies de tan malos grilletes. Y como esta vida presente tiene muchísimos halagos para atraernos y una gran apariencia de amenidad, gracia y dulzura para acariciarnos, nos conviene sobremanera ser apartados de ella una y otra vez, para no quedar hechizados por tales halagos y lisonjas. Porque, ¿qué sería, os pregunto, si gozáramos aquí de una felicidad perpetua y todo nos saliera como quisiéramos, cuando, aun siendo continuamente aguijoneados por tantos aguijones y tantos males, apenas podemos despertarnos lo suficiente para considerar la miseria de esta vida presente? No solo los hombres doctos y sabios entienden que la vida humana es como humo o como sombra, sino que esto es un refrán tan común entre el pueblo sencillo que no lo hay más. Y como veían que era muy necesario saberlo, lo han celebrado con dichos y sentencias notables; pero, aun así, casi no hay nada en el mundo que consideremos con menos cuidado ni de lo que menos nos acordemos. Porque todo lo que emprendemos lo emprendemos como si nos estableciéramos una inmortalidad en la tierra. Si vemos llevar a enterrar a alguien, o si pasamos junto a unas tumbas, como entonces se nos pone delante de los ojos una imagen de la muerte, confieso que filosofamos admirablemente sobre la vanidad de esta vida presente. Aunque ni siquiera esto lo hacemos siempre, porque la mayoría de las veces estas cosas no nos conmueven en absoluto; y cuando por casualidad nos conmueven, nuestra filosofía dura solo un momento, se desvanece en cuanto damos la espalda y no deja tras de sí ni el menor rastro en la memoria. En fin, pasa ni más ni menos que el aplauso a una comedia que ha gustado al público. Porque, olvidados no solo de la muerte, sino también de nuestra misma condición mortal, como si nunca hubiéramos oído hablar de tal cosa, nos revolcamos en una confianza muy segura de inmortalidad terrena. Y si entretanto alguien nos recuerda aquel refrán común de que el hombre es un animal efímero, de un día, confesamos que así es; pero lo confesamos con tan poca reflexión y atención que, aun así, la idea de perpetuidad sigue arraigada en nuestro corazón. ¿Quién negará, pues, que es muy necesario para todos nosotros, no digo que se nos amoneste de palabra, sino que se nos convenza con todas las pruebas y experiencias posibles de cuán miserable es la condición de esta vida presente, puesto que, aun convencidos, apenas dejamos de admirarla tanto que quedamos atónitos, como si contuviera en sí toda la suma felicidad? Y si Dios necesita instruirnos, también será nuestro deber escucharle cuando nos llama y sacude nuestra torpeza, para que menospreciemos el mundo de tal manera que procuremos con todo el corazón meditar en la vida futura.

Sin embargo, los creyentes deben acostumbrarse a un menosprecio de esta vida presente que no engendre odio hacia ella ni ingratitud hacia Dios. Porque esta vida, por llena que esté de infinitas miserias, con toda razón se cuenta entre las bendiciones de Dios que no se deben menospreciar. Por tanto, si no reconocemos en ella ningún beneficio de Dios, por eso mismo nos hacemos culpables de una gran ingratitud para con nuestro Dios. Y sobre todo debe servir a los creyentes como testimonio de la buena voluntad del Señor, pues toda ella está destinada y ordenada a promover su salvación y hacerla crecer de bien en mejor. Porque el Señor, antes de mostrarnos claramente la herencia de la gloria eterna, quiere declararnos en cosas de menor importancia que es nuestro Padre; y estas cosas son los beneficios que su Majestad reparte cada día de nuevo con nosotros. Y puesto que esta vida presente nos sirve para entender la bondad de Dios, ¿cómo no vamos a apreciarla, como si no tuviera en sí ni el más mínimo bien? Es necesario, pues, que nos revistamos de este sentimiento y disposición: tenerla por uno de los dones de la bondad divina que no deben menospreciarse. Porque, aunque no hubiera testimonios de la Escritura —y los hay muchísimos y muy claros—, la misma naturaleza nos exhorta a dar gracias al Señor por habernos creado, por hacernos gozar de esta luz, por conservarnos y por proveernos de todas las cosas necesarias para vivir en ella. Y esta razón es mucho más fuerte si consideramos que en ella somos preparados, en cierto modo, para la gloria celestial. Porque el Señor lo ordenó así: que los que han de ser coronados en el cielo luchen primero en la tierra, a fin de que no triunfen antes de haber vencido todas las dificultades y trabajos de la guerra, ni antes de haber ganado la victoria. Y hay todavía otra razón: que aquí comenzamos a gustar la dulzura de su bondad en estos beneficios, a fin de que nuestra esperanza y nuestro deseo se enciendan en el anhelo de la revelación perfecta. Una vez que hayamos tenido por cierto que vivir en esta vida presente es un don de la clemencia divina, y que, como le estamos obligados por él, nos conviene recordar este beneficio y serle agradecidos, entonces será el momento oportuno de descender a nosotros mismos para considerar la condición tan miserable en que estamos, a fin de desprendernos de un deseo excesivo de ella, al que, como ya hemos dicho, somos muy inclinados por naturaleza.

Y todo lo que quitemos al amor desordenado de esta vida debemos añadirlo al deseo de una vida mejor, que es la celestial. Confieso, ciertamente, que quienes juzgaron que el sumo bien es no nacer nunca, y el segundo, morir cuanto antes, tuvieron una opinión muy acertada según el juicio humano; porque, siendo paganos privados de la verdadera luz y de la verdadera religión, ¿qué podían ver en esta vida terrena que no fuera oscuro y desdichado? Tampoco iban descaminados los escitas, que solían llorar cuando les nacían sus hijos y alegrarse cuando enterraban a alguno de sus parientes o amigos. Pero lo hacían sin provecho, porque, faltándoles la verdadera doctrina de la fe, no veían de qué manera aquello que en sí mismo no es felicidad ni es digno de desearse se convierte en bien para los piadosos. Por eso su juicio terminaba en la desesperación. Este será, pues, el blanco de los creyentes al considerar la vida mortal: que, viendo que en ella no hay otra cosa que miseria, se entreguen por completo, con tanta más alegría y diligencia, a meditar en la vida futura y eterna. Cuando hayan llegado a esta comparación, no solo podrán, con toda tranquilidad, no hacer caso de la primera, sino que la menospreciarán del todo y no la tendrán en ninguna estima en comparación con la segunda. Porque si el cielo es su patria, ¿qué otra cosa será la tierra sino un destierro? Si salir del mundo es entrar en la vida, ¿qué otra cosa es el mundo sino un sepulcro, y qué otra cosa es estar en él sino estar sumergido en la muerte? Si ser librados del cuerpo es ser puestos en perfecta libertad, ¿qué otra cosa será el cuerpo sino una cárcel? Si gozar de la presencia de Dios es la suma felicidad, ¿no será una desdicha carecer de ella? Y ciertamente, mientras no salgamos de este mundo, andamos como peregrinos y ausentes de Dios (2 Co 5:6). Por tanto, si se compara la vida terrena con la celestial, no hay duda de que aquella será fácilmente menospreciada y tenida por estiércol. Es verdad que nunca debemos aborrecerla sino en cuanto nos tiene sujetos al pecado, aunque ni siquiera este odio debe dirigirse propiamente contra ella. Sea como sea, debemos cansarnos de ella y aborrecerla de tal manera que, deseando que termine, estemos sin embargo dispuestos a vivir en ella todo el tiempo que el Señor tenga por bien, para que así nuestro hastío esté muy lejos de toda murmuración e impaciencia. Porque es como un puesto en que el Señor nos ha colocado, en el cual debemos permanecer hasta que él nos vuelva a llamar. San Pablo lamenta su suerte por estar retenido, como encadenado en la prisión de su cuerpo, mucho más tiempo del que quisiera, y suspira con el gran deseo que tiene de ser libre (Ro 7:24); pero, para obedecer al mandato de Dios, declara que está dispuesto a lo uno y a lo otro, porque se reconocía deudor de Dios y obligado a glorificar su nombre, fuera por la muerte o por la vida (Fil 1:20). Pero es propio del Señor disponer lo que más conviene a su gloria. Por tanto, si nos conviene vivir y morir para el Señor, dejemos a su juicio el término de nuestra muerte y de nuestra vida; pero de tal manera que tengamos continuamente un grandísimo deseo de morir, que meditemos siempre en ello, que menospreciemos esta vida mortal en comparación con la inmortalidad futura y que deseemos dejarla cada vez que al Señor le plazca, porque nos mantiene sujetos al pecado.

Pero es cosa monstruosa que muchos que se jactan de ser cristianos, en lugar de desear la muerte, le tengan tal horror que en cuanto oyen mencionarla tiemblan, como si la muerte fuera la mayor desgracia que pudiera sucederles. Ciertamente no es de extrañar que el sentimiento natural que hay en nosotros se espante y quede atónito al oír que nuestra alma ha de separarse de nuestro cuerpo. Pero de ningún modo debe tolerarse que en el pecho de un cristiano no haya luz suficiente para vencer y superar este temor, sea cual sea, con un consuelo mayor. Porque si consideramos que este tabernáculo de nuestro cuerpo, que es inestable, vicioso, corruptible, perecedero, marchito y podrido, se deshace para ser luego restaurado en una gloria perfecta, permanente, incorruptible y, en fin, celestial, ¿no nos impulsará la fe a desear ardientemente aquello de que nuestra naturaleza huye y que detesta? Si consideramos que por la muerte somos sacados del destierro en que estábamos para habitar en nuestra patria —nuestra patria, digo, que es la gloria celestial—, ¿no sacaremos de ello ningún consuelo? «Pero no hay nada —dirá alguno— que no desee permanecer en su ser». Lo reconozco, y por eso sostengo que debemos poner los ojos en la inmortalidad futura, donde nuestra condición será firme, cosa que nunca alcanzaremos mientras vivamos en la tierra. Porque san Pablo enseña muy bien a los creyentes a ir con alegría a la muerte, no porque quieran ser desvestidos, sino porque desean ser revestidos (2 Co 5:1-4). ¿Acaso los animales, y aun las mismas criaturas insensibles, hasta los maderos y las piedras, teniendo cierto sentimiento de su vanidad y corrupción, estarán esperando aquel último día de la resurrección para ser libradas de su vanidad junto con los hijos de Dios (Ro 8:19-21), y nosotros, dotados de una luz natural y, además de ella, alumbrados por el Espíritu de Dios, cuando se trata de nuestro propio ser, no elevaremos nuestro entendimiento más allá de esta podredumbre de la tierra? Pero no es mi intención combatir aquí una perversidad tan grande. Ya al principio advertí que no quería tratar aquí extensamente los llamados lugares comunes, ni desarrollar cada materia con gran extensión. A tales hombres tímidos y de poco ánimo les aconsejaría que leyeran un librito de san Cipriano que él tituló Sobre la mortalidad, si es que no son tales que merezcan ser enviados a los filósofos, para que, viendo el desprecio de la muerte que muestran los filósofos, empiecen a avergonzarse. Pero debemos tener por certísimo que nadie ha aprovechado bien en la escuela de Cristo sino aquel que espera con gozo y alegría el día de la muerte y de la resurrección final. Porque san Pablo dice que todos los creyentes llevan esta marca (2 Ti 4:8; Tit 2:13), y la Escritura acostumbra recordarnos esto cada vez que quiere darnos motivo de alegría: «Erguíos y levantad vuestra cabeza —dice el Señor—, porque vuestra redención está cerca» (Lc 21:28). ¿Es razonable, os pregunto, que aquello que el Señor quiso que bastara por sí solo para engendrar en nosotros gozo y alegría no produzca en nosotros otra cosa que tristeza y desaliento? Si así es, ¿por qué nos jactamos como si él siguiera siendo nuestro maestro y nosotros sus discípulos? Volvamos, pues, en nuestro juicio, y por mucho que lo contradiga el apetito ciego y necio de la carne, no dudemos en desear la venida del Señor como lo más dichoso que existe; y no la deseemos solo de cualquier manera, con un simple deseo, sino con gemidos y suspiros. Porque sin duda vendrá como Redentor para, después de sacarnos de este profundo abismo de toda clase de males y miserias, introducirnos en aquella bienaventurada herencia de la vida y de su gloria.

Es certísimo que todos los creyentes, mientras habitan en la tierra, deben ser como ovejas destinadas al matadero (Ro 8:36), para ser semejantes a Cristo, su Cabeza. Serían, pues, los más desdichados de todos si no elevaran su entendimiento al cielo para sobrepasar todo lo que hay en el mundo y dejar atrás con la mirada todas las cosas de esta vida presente (1 Co 15:19). Por el contrario, en cuanto hayan levantado una vez la cabeza por encima de todas las cosas terrenas, aunque vean las riquezas y honras abundantísimas de los impíos, aunque vean que viven muy a su gusto y muy tranquilos, que se ensoberbecen con la gran abundancia y el lujo de todo cuanto necesitan, que disfrutan de placeres y pasatiempos desmedidos; y aunque, además, los impíos los traten con crueldad, los afrenten, los saqueen o los aflijan con cualquier otro tipo de ultraje, aun así les será muy fácil consolarse en tales males. Porque siempre tendrán delante de los ojos aquel día en que, como tienen por certísimo, el Señor recibirá a sus fieles en el reposo de su reino, enjugará toda lágrima de sus ojos (Ap 7:17), los vestirá con una vestidura de gloria y alegría, los apacentará con una dulzura inefable de delicias y los elevará a su altura. Y, en fin, tendrá a bien hacerlos partícipes de su bienaventuranza. Por el contrario, arrojará a la suprema ignominia a los impíos que hayan florecido en la tierra: cambiará sus placeres en tormentos, su risa y su alegría en llanto y crujir de dientes; turbará su paz con el tormento y la inquietud de la conciencia; castigará su molicie con un fuego que nunca se apagará, y pondrá sus cabezas bajo los pies de los piadosos, de cuya paciencia habían abusado. Porque es justo, como atestigua san Pablo, dar alivio y reposo a los desdichados e injustamente afligidos, y afligir a los impíos que persiguen a los piadosos, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo (2 Ts 1:6-7). Este es, sin duda, nuestro único consuelo; si se nos quita, necesariamente desmayaremos o nos calmaremos con consuelos vanos que serán causa de nuestra perdición. Porque el mismo Profeta confiesa que sus pies vacilaron y estuvieron a punto de caer mientras se detenía más de lo debido en considerar la prosperidad presente de los impíos (Sal 73:2); y dice que no pudo mantenerse firme ni tener el pie seguro hasta que, entrando en el santuario de Dios, puso su entendimiento a considerar cuál sería el fin y el paradero de los buenos, y cuál el de los malos. Y para concluir en una palabra, digo que la cruz de Cristo triunfa finalmente en el corazón de los piadosos contra el diablo, contra la carne, contra el pecado y contra los impíos cuando vuelven los ojos a contemplar el poder de su resurrección.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.