Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
Cómo debemos usar la vida presente y sus recursos
Con esta misma enseñanza, la Escritura nos instruye muy bien acerca del recto uso de los bienes temporales, cosa que ciertamente no debe tenerse en poco cuando se trata de ordenar bien nuestra manera de vivir. Porque, si hemos de vivir, es necesario también que usemos los medios necesarios para la vida; y ni siquiera podemos evitar ni abstenernos de aquellas cosas que parecen servir más para el agrado que para la necesidad. Por tanto, debemos guardar cierta medida, a fin de usarlas con conciencia pura y limpia, ya sea por necesidad, ya por agrado. Esta medida nos la prescribe el Señor en su palabra cuando enseña que la vida presente es para los suyos una especie de peregrinación por la cual se dirigen al reino de los cielos. Si solo estamos de paso por la tierra, no hay duda de que debemos usar los bienes de la tierra en la medida en que favorezcan nuestra carrera más que la estorben. Por eso no sin razón aconseja san Pablo que usemos de este mundo como si no lo usáramos, y que compremos las posesiones con el mismo ánimo con que se venden (1 Co 7:30-31). Pero como esta materia es delicada y hay peligro de caer en un extremo o en otro, procuremos poner el pie en un lugar donde pueda estar firme y seguro. Porque ha habido algunos, por lo demás buenos y santos, que, viendo que el desenfreno y el exceso corren continuamente a rienda suelta si no se los refrena con severidad, y deseando poner remedio a un mal tan grande, no permitieron al hombre usar de los bienes temporales sino en la medida en que lo exigiera la necesidad; y lo hicieron porque no vieron ningún otro remedio. Ciertamente su consejo procedía de un buen deseo, pero fueron demasiado rigurosos. Porque hicieron algo muy peligroso: ataron las conciencias mucho más estrechamente de lo que las ata la palabra de Dios. Dicen que actuamos conforme a la necesidad cuando nos abstenemos de todas aquellas cosas sin las cuales podemos pasar. Así, según su opinión, apenas nos sería lícito alimentarnos de otra cosa que de pan moreno y agua. En algunos hubo una austeridad todavía mayor, como se cuenta de Crates de Tebas, que arrojó sus riquezas al mar pensando que, si ellas no perecían, lo echarían a perder a él. Por el contrario, hoy hay muchísimos que, buscando algún pretexto y excusa para su intemperancia y exceso en el uso de estas cosas externas, y para dejar correr a su gusto a la carne, que es como caballo sin freno, dan por cierto algo que yo de ningún modo les concedo: dicen que esta libertad no debe restringirse con ninguna moderación, sino que debe dejarse a la conciencia de cada uno usar de las cosas tanto como le parezca lícito. Reconozco, desde luego, que no debemos ni podemos atar las conciencias en esto a leyes y mandamientos fijos y determinados. Pero, puesto que la Escritura nos da reglas generales sobre cuál es el uso legítimo, ¿por qué no ha de medirse y limitarse conforme a ellas?
Sea, pues, este el primer principio que ha de tenerse en esto: que el uso de los dones de Dios no es desordenado cuando se ajusta al fin para el que Dios los creó y dispuso, porque los ha creado para nuestro bien y no para nuestro daño. Por tanto, nadie irá por camino más recto que quien considere diligentemente este fin. Y si consideramos para qué creó los alimentos, hallaremos que no solo quiso proveer a nuestra necesidad, sino que también tuvo en cuenta nuestro agrado y deleite. Así, en los vestidos, además de la necesidad, tuvo en cuenta el decoro y la honestidad. En las hierbas, los árboles y los frutos, además de los diversos provechos que nos dio con ellos, quiso alegrar nuestros ojos con su hermosura y nos dio también otro deleite, que es su suave olor. Porque, si no fuera así, el Profeta no contaría entre los beneficios de Dios «el vino que alegra el corazón del hombre, el aceite que hace brillar el rostro» (Sal 104:15). Ni la Escritura mencionaría a cada paso, para engrandecer su bondad, que él dio todas estas cosas a los hombres. Y aun las propiedades naturales de las cosas muestran con bastante claridad de qué manera, para qué fin y en qué medida debemos usarlas. ¿Acaso pensamos que el Señor dio a las flores tal hermosura, que se presenta por sí misma ante nuestros ojos, y un olor tan suave, que penetra por sí mismo nuestros sentidos, y que no nos es lícito deleitarnos con su hermosura ni con su buen olor? ¿Acaso no distinguió los colores de tal manera que unos agradaran más que otros? ¿Acaso no dio una gracia particular al oro, a la plata, al marfil y al mármol, con la cual los hizo más preciosos y estimados que todos los demás metales y piedras? En fin, ¿no nos ha dado muchísimas cosas que debemos tener en gran estima sin que nos sean necesarias?
No hagamos caso, pues, de aquella filosofía inhumana que, no concediendo al hombre más uso de las criaturas de Dios que el estrictamente necesario, no solo nos priva sin razón del fruto lícito de la generosidad divina, sino que no puede ponerse en práctica sin despojar antes al hombre de todos sus sentidos y convertirlo en un pedazo de leño. Pero, por otra parte, con no menor diligencia debemos salir al paso de la concupiscencia de la carne, que, si no se la hace ir por buen camino, se desmanda sin medida alguna y tiene, como ya he dicho, sus defensores, que con pretexto de libertad le permiten todo lo que quiere. Este será, pues, el freno con que la contendremos: tener por cierto que Dios creó todos los bienes que tenemos para que reconociéramos a su autor y exaltáramos con acción de gracias su bondad para con nosotros. ¿Y dónde estará esta acción de gracias si te atiborras de tanta comida y te echas al cuerpo tanto vino que te embotas o te vuelves inútil para servir a Dios o para cumplir tu deber en tu vocación? ¿Dónde estará este reconocimiento de Dios si la carne, incitada por la excesiva abundancia a cometer las torpezas más sucias, contamina el entendimiento con su suciedad hasta cegarlo e impedirle ver lo que es honesto y recto? ¿Cómo damos gracias a Dios por habernos dado los vestidos que tenemos si en ellos usamos un lujo tan suntuoso que nos envanecemos y engrandecemos a nosotros mismos y menospreciamos a todos los demás, o si su adorno y atavío nos sirven de instrumento para la impudicia y para cometer alguna suciedad? ¿Cómo, digo, reconoceremos a nuestro Dios si nuestro entendimiento está fijo en contemplar la magnificencia de nuestros vestidos? Porque hay muchos que emplean de tal manera todos sus sentidos en los placeres que su entendimiento queda sepultado; muchos que se deleitan tanto en el mármol, el oro y las pinturas que se vuelven como piedras, se convierten en metal y se hacen semejantes a las imágenes pintadas. A otros, el buen olor de la cocina y otros aromas suaves los embotan de tal manera que quedan incapaces de percibir ningún olor espiritual. Lo mismo puede decirse de todas las demás cosas. Se ve claramente, pues, que con esta consideración se refrena en alguna medida la licencia de abusar de los dones de Dios, y se confirma aquella regla de san Pablo: que no proveamos para los deseos de la carne (Ro 13:14), los cuales, si se les da demasiada licencia, hierven sin medida ni orden alguno.
Pero no hay camino más seguro ni más corto que llegar a menospreciar la vida presente y meditar en la inmortalidad celestial. Porque de aquí nacen dos reglas. La primera es que los que usan de este mundo estén tan poco apegados a él como si no lo usaran; los que se casan, como si no se casaran; y los que compran, como si no poseyeran, según lo manda san Pablo (1 Co 7:29-31). Asimismo, que aprendamos a soportar la pobreza con no menos serenidad y paciencia que si gozáramos de una moderada abundancia. Quien manda que usemos de este mundo como si no lo usáramos no solo corta y quita toda intemperancia en la comida y la bebida, todo refinamiento, ambición, soberbia, ostentación, descontento y mal humor, tanto en la mesa como en los edificios y vestidos, sino que también corrige toda preocupación y apego que nos aparte o nos estorbe de contemplar la vida celestial y de adornar nuestra alma con sus verdaderos atavíos. Y ciertamente es admirable aquel dicho de Catón: que donde hay mucho cuidado del atavío hay gran descuido de la virtud; como también fue antiguamente refrán común que quienes se ocupan mucho de adornar su cuerpo, por lo general no se preocupan de su alma. Por tanto, aunque la libertad de los creyentes en las cosas exteriores no debe atarse a preceptos ni reglas determinadas, está sin embargo sujeta a esta ley: que se concedan a sí mismos lo menos posible; y, por el contrario, que sean muy vigilantes para cortar todo lo superfluo, todo exceso y todo lujo, tan lejos de caer en el desenfreno y la intemperancia; y que se guarden con gran diligencia de convertir en estorbos las cosas que se les han dado para que les sirvan de ayuda.
La otra regla será que quienes tienen pocos recursos y padecen pobreza sepan llevarla con paciencia, para que no los atormente una preocupación excesiva. Los que saben moderarse así no han aprovechado poco en la escuela del Señor. Por el contrario, quien no haya avanzado al menos algo en esto, difícilmente tendrá con qué probar que es discípulo de Cristo. Porque, además de que muchísimos otros vicios acompañan al apetito y al deseo de las cosas terrenas, suele suceder comúnmente que quien soporta la pobreza con impaciencia muestra el vicio contrario en la abundancia. Quiero decir que quien se avergüence de andar pobremente vestido se jactará de verse ricamente ataviado; que quien, no contento con una mesa pobre, se atormente con el deseo de otra más abundante y opulenta, no podrá contenerse ni usar con sobriedad de los manjares y platos delicados si alguna vez se encuentra en un gran banquete; que quien viva con gran dificultad y desasosiego en una condición humilde, sin oficio ni cargo público alguno, si llega a verse en honra o dignidad, de ningún modo podrá dejar de ser orgulloso y arrogante. Por tanto, todos los que desean servir a Dios, no con hipocresía sino de veras, aprendan, a ejemplo del Apóstol, a estar saciados y a tener hambre; aprendan a vivir con moderación tanto en la abundancia como en la necesidad (Fil 4:12). Además, la Escritura tiene todavía una tercera regla con la que modera el uso de las cosas terrenas, de la cual ya hablamos algo al tratar de los mandamientos del amor. Muestra, en efecto, que todas las cosas nos son dadas por la bondad de Dios y destinadas a nuestro bien y provecho de tal manera que son como un depósito del cual un día tendremos que dar cuenta. Debemos, pues, administrarlas de tal manera que resuene continuamente en nuestros oídos aquella sentencia: «Da cuenta de tu mayordomía» (Lc 16:2). Y recordemos a la vez quién es el que nos pide esta cuenta: aquel que tanto nos encareció la abstinencia, la sobriedad, la frugalidad y la modestia, y que detesta todo exceso, soberbia, ostentación y vanidad; el que no aprueba ninguna otra administración de los bienes y la hacienda que la que se rige por el amor; y el que ya ha condenado con su propia boca todos los placeres y deleites que apartan el corazón del hombre de la castidad y la pureza, o que con su oscuridad embotan el entendimiento.
Finalmente, debemos observar con gran diligencia que el Señor manda a cada uno de nosotros que en todo lo que emprenda tenga en cuenta su vocación. Porque sabe muy bien con cuánta inquietud bulle el ingenio del hombre, con cuánta vana ligereza es llevado de acá para allá, y cuán ansiosa es su ambición de abarcar a la vez las cosas más diversas. Por eso, para que con nuestra locura y temeridad no trastornáramos todo cuanto hay en el mundo, ha señalado a cada uno lo que ha de hacer. Y para que nadie traspasara temerariamente sus límites, ha llamado vocaciones a estas maneras particulares de vivir. Cada uno, pues, debe tener su manera de vivir como un puesto en que el Señor lo ha colocado, para que no ande vagando sin reflexión de acá para allá todos los días de su vida. Y esta distinción es tan necesaria que todas nuestras obras son estimadas delante de Dios según ella, y muchísimas veces de modo muy distinto de como lo juzgaría la razón humana y filosófica. El acto que aun los mismos filósofos tienen por el más noble y excelente que pueda emprenderse es librar a la patria de la tiranía; pero, por el contrario, todo particular que ponga las manos sobre un tirano es condenado abiertamente por la boca de Dios. Sin embargo, no quiero detenerme a enumerar todos los ejemplos que podrían alegarse para esto. Bastará entender que la vocación a la que el Señor nos ha llamado es como un principio y fundamento para gobernarnos bien en todo lo que emprendamos; y quien no se sujete a ella nunca seguirá el camino recto para cumplir su deber como debe. Es verdad que alguna vez podrá hacer quizá algún acto digno de alabanza en cuanto a la apariencia externa; pero ese acto, sea el que queráis y tenga la estima que queráis entre los hombres, será menospreciado delante del trono de la majestad divina y no se hará de él ningún caso. Además, si no tenemos nuestra vocación como una regla permanente, no habrá concordancia ni correspondencia alguna entre las partes de nuestra vida. Por tanto, estará muy bien ordenada la vida de quien la dirija a este blanco, porque nadie se atreverá, movido por su propia temeridad, a intentar más de lo que su vocación le permite, sabiendo muy bien que no le es lícito traspasar sus límites. El de condición humilde se contentará con su humildad y no abandonará la vocación y manera de vivir en que Dios lo ha puesto. Además, no será pequeño alivio en sus preocupaciones, trabajos, molestias y demás cargas entender que Dios es su guía y conductor en todas estas cosas. El magistrado desempeñará su oficio de mucho mejor gana; el padre de familia se esforzará por cumplir su deber. En suma, cada uno, en su manera de vivir, soportará y sobrellevará las incomodidades, angustias, sinsabores y aflicciones cuando haya entendido que nadie lleva otra carga que la que Dios le ha puesto sobre los hombros. De aquí nacerá un consuelo singular: que no habrá obra tan baja ni tan vil que no resplandezca delante de Dios y no sea muy preciosa, con tal que con ella sirvamos a nuestra vocación.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.