Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
El primado de la sede romana
Hasta aquí hemos tratado de los órdenes y estados que había antiguamente para el gobierno de la Iglesia, que, corrompidos con el paso del tiempo y pervertidos de mal en peor, conservan hoy en la iglesia papista solo el título y el nombre, y en lo demás no son más que máscaras. Lo he hecho para que los lectores puedan juzgar con esta comparación qué clase de Iglesia tienen actualmente los papistas, que quieren hacernos cismáticos por habernos apartado de ella. Pero todavía no hemos tocado la cabeza y cumbre de todo su estado, es decir, el primado de la sede romana, con el que se esfuerzan por probar que no hay Iglesia católica sino entre ellos. La razón por la que aún no he hablado de él es que no tiene su origen ni su principio en la institución de Jesucristo ni en el uso de la Iglesia primitiva, como lo tuvieron los oficios y estados de que he hablado; de los cuales hemos mostrado que proceden de la Iglesia primitiva, pero que con la corrupción del tiempo se han apartado de su pureza, o mejor dicho, han sido cambiados por completo. Y sin embargo, nuestros adversarios se esfuerzan, como ya he dicho, por persuadir al mundo de que el principal y casi único vínculo de la unidad eclesiástica es unirse a la sede romana y perseverar en su obediencia. Este es el fundamento en que se apoyan cuando quieren quitarnos la Iglesia y quedársela ellos: que ellos retienen la cabeza de la que depende la unidad de la Iglesia, y sin la cual esta no puede sino dispersarse y romperse. Porque tienen esta fantasía: que la Iglesia es un tronco sin cabeza si no está sujeta a la iglesia romana como a su cabeza. Y por eso, cuando disputan sobre su jerarquía, siempre parten de este principio: que el papa preside la Iglesia universal en lugar de Jesucristo, como su vicario, y que la Iglesia no puede de ningún modo estar bien ordenada si esta sede no tiene el primado sobre todas las demás. Será necesario, pues, examinar esta materia, para no dejar atrás nada de lo que pertenece al gobierno completo de la Iglesia.
Este es el punto principal de esta materia: si es necesario para la verdadera jerarquía o gobierno de la Iglesia que una sede tenga preeminencia sobre todas las demás en dignidad y poder, de modo que sea la cabeza de todo el cuerpo. Ciertamente, sometemos a la Iglesia a una condición muy dura e injusta si queremos imponerle esta necesidad sin ninguna palabra de Dios. Por tanto, si nuestros adversarios quieren obtener lo que piden, deben ante todo probar que este orden fue instituido por Jesucristo. Para ello alegan el sumo sacerdocio de la Ley y la jurisdicción suprema del sumo sacerdote que Dios había constituido en Jerusalén. Pero la respuesta es fácil, y más aún, hay muchas respuestas, si una no les agrada. En primer lugar, no es razonable extender a todo el mundo lo que fue útil para una nación. Al contrario, hay una diferencia muy grande entre el mundo entero y una nación en particular. Como los judíos estaban rodeados por todas partes de idólatras, Dios, temiendo que se distrajeran con la diversidad de religiones, había puesto la sede de su culto y servicio en medio de la tierra, y allí había ordenado un sacerdote al que todos estuvieran sujetos, para que pudieran mantenerse mejor en unidad. Pero ahora que la religión se ha extendido por toda la tierra, ¿quién no ve que es un gran disparate dar a un solo hombre el gobierno de Oriente y de Occidente? Sería como sostener que todo el mundo debe ser gobernado por un solo señor porque cada provincia tiene el suyo y no muchos. Pero hay además otra razón por la que lo que ellos concluyen no vale nada ni debe sostenerse. Nadie ignora que el sumo sacerdote de la Ley fue figura de Jesucristo; y, habiendo sido ahora cambiado el sacerdocio, conviene que también este derecho sea transferido (Heb 7:11-12). ¿A quién, pues, ha sido transferido? Ciertamente no al papa, como él se atreve desvergonzadamente a gloriarse alegando este pasaje en su favor, sino a Jesucristo, que, así como ejerce él solo su oficio sin vicario ni sucesor, tampoco cede a nadie su honra. Porque este sacerdocio figurado en la Ley no consiste solo en la predicación y la doctrina, sino en la reconciliación de Dios con los hombres, que Jesucristo realizó en su muerte, y en la intercesión con la que se presenta ante su Padre por nosotros para darnos acceso y entrada a él.
No deben, pues, obligarnos con este ejemplo, que vemos que fue temporal, como si fuera una ley perpetua. Del Nuevo Testamento no tienen nada que alegar en su favor, salvo que Jesucristo dijo a un solo hombre: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16:18-19). Y también: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Apacienta mis ovejas» (Jn 21:15-17). Pero si quieren que estas pruebas suyas sean firmes, tendrán que mostrar primero que, cuando se dijo a un hombre que apacentara el rebaño de Cristo, se le dio señorío y autoridad sobre todas las iglesias, y que atar y desatar no es otra cosa que presidir el mundo entero. Pero lo cierto es que, así como Pedro había recibido este encargo del Señor, él exhorta a todos los demás presbíteros a apacentar la Iglesia (1 P 5:2). De aquí es fácil concluir que Jesucristo, al mandar a Pedro que apacentara sus ovejas, no le dio nada en particular sobre los demás, o que el mismo Pedro comunicó a todos los demás el derecho que había recibido. Pero para no alargar el proceso, en otro pasaje tenemos la verdadera interpretación dada por boca del mismo Cristo, donde nos declara qué entiende por atar y desatar: retener los pecados o perdonarlos (Jn 20:23). La manera de atar y desatar puede entenderse por muchos pasajes de la Sagrada Escritura, pero sobre todo por uno de san Pablo, cuando dice que los ministros del evangelio tienen el encargo de reconciliar a los hombres con Dios y autoridad para castigar a todos los que hayan rechazado semejante beneficio (2 Co 5:18; 10:6).
Ya he advertido de pasada cuán malamente tuercen los pasajes que mencionan el atar y desatar, y aún será necesario explicarlo más extensamente. Por ahora conviene ver qué concluyen de la respuesta de Jesucristo a Pedro. Le promete darle las llaves del reino de los cielos, y que todo lo que ate en la tierra será atado en el cielo (Mt 16:19). Si pudiéramos ponernos de acuerdo sobre qué se entiende por las llaves y por la manera de atar, no habría nada que disputar. Porque el papa se quitaría de muy buena gana este cargo que nuestro Señor dio a sus apóstoles, por estar lleno de trabajo y sinsabores, pues lo priva de sus pasatiempos y no le trae ningún provecho. Como por la doctrina del evangelio se nos abren los cielos, la imagen de las llaves le conviene muy bien. Y así sucede que nadie es atado ni desatado ante Dios sino porque unos son reconciliados por la fe y los otros quedan mucho más enredados por su incredulidad. Si el papa se contentara solo con esto, no habría quien le tuviera envidia ni quien lo contradijera. Pero como esta sucesión llena de trabajo y sin ningún provecho no le agrada mucho al papa, de ahí viene que debamos discutir primero esto: entender qué es lo que Jesucristo prometió a Pedro. Se ve claramente que quiso engrandecer el estado apostólico, cuya dignidad no puede separarse en modo alguno del cargo. Porque si la definición que hemos dado es buena —y no puede dejar de admitirse sin gran desvergüenza—, Cristo no dio a Pedro en este lugar nada que no fuera común a los doce. Porque no solo se les haría agravio en cuanto a sus personas, sino que incluso la majestad de la doctrina quedaría menoscabada. Los papistas lo contradicen; pero ¿de qué les sirve darse cabezazos contra esta roca? Porque nunca conseguirán que, así como la predicación del evangelio fue común a todos los apóstoles, no hayan estado todos ellos igualmente dotados de la misma autoridad de atar y desatar (Mt 18:18). «Jesucristo —dicen—, al prometer a Pedro darle las llaves, lo constituye prelado de toda la Iglesia». Respondo que lo que el Señor prometió en este lugar a Pedro solo, lo dio después a todos en común y, por así decir, se lo puso a todos en las manos (Jn 20:23). Si la misma prerrogativa que se promete a uno se da a todos, ¿en qué será este uno superior a los demás? «La preeminencia —dicen— consiste en que Pedro recibió, en común y además aparte, él solo, lo que los demás recibieron en común». ¿Y qué, si respondo lo que responden san Cipriano y san Agustín: que Jesucristo no hizo esto para anteponer a Pedro a los demás, sino para mostrar la unidad de la Iglesia? Las palabras de Cipriano son estas: «Nuestro Señor, en la persona de un solo hombre, dio las llaves a todos, para señalar la unidad de todos. Los demás eran lo mismo que Pedro, compañeros en honra y en potestad; pero Jesucristo comienza por uno para mostrar que la Iglesia es una» (Sobre la sencillez de los prelados). Las palabras de san Agustín son estas: «Si en Pedro no hubiera estado la figura de la Iglesia, el Señor no le habría dicho: Te daré las llaves. Porque si esto se dijo a Pedro solo, la Iglesia no tiene las llaves; y si la Iglesia las tiene, fue figurada en la persona de Pedro» (Homilías sobre Juan, 50; Homilía 11, repetida). Y en otro lugar: «Habiendo sido preguntados todos, Pedro responde solo: Tú eres el Cristo; y a él se le dijo: Te daré las llaves, como si la autoridad de atar y desatar se le hubiera dado a él solo; pero como él había respondido por todos, así recibe las llaves con todos, como quien representaba la persona de la unidad. Es nombrado, pues, por todos, porque hay unidad entre todos» (Homilía 124).
«Pero además —replican— está dicho que sobre esta roca sería edificada la Iglesia (Mt 16:18), y esto no se dijo jamás a ningún otro». Como si Jesucristo dijera aquí de Pedro otra cosa que lo que el mismo Pedro y Pablo dicen de todos los cristianos. Porque san Pablo dice que Jesucristo es la principal piedra del ángulo, que sostiene todo el edificio, sobre la cual están puestos todos los que son edificados como templo santo para el Señor (Ef 2:20-21). San Pedro manda que seamos piedras vivas, teniendo por fundamento a Jesucristo como piedra escogida, para estar unidos y trabados con Dios, y entre nosotros por medio de él (1 P 2:5-6). «Pedro —dicen— estuvo por encima de todos los demás, porque se le nombra a él en particular». Ciertamente concedo de muy buena gana a Pedro esta honra: que sea colocado entre los primeros en el edificio de la Iglesia, e incluso, si quieren, el primero de todos los fieles; pero no les permitiré que de aquí deduzcan que tiene el primado sobre todos los demás. Porque ¿qué manera de argumentar sería esta: Pedro aventaja a todos los demás en fervor, celo, doctrina y valor; luego tiene la preeminencia sobre todos? Como si yo no pudiera concluir, y con más apariencia de razón, que Andrés precede a Pedro en rango, porque lo precedió en el tiempo y fue él quien lo ganó y lo llevó a Cristo (Jn 1:40-42). Pero dejo esto aparte. Concedo que Pedro supera a los demás; aun así, hay una gran diferencia entre la honra de ir delante y tener autoridad sobre los otros. Vemos muy bien que los apóstoles casi siempre concedieron a Pedro la honra de hablar primero en la asamblea, como para encauzar los asuntos, advirtiendo y exhortando a sus compañeros; pero de autoridad suya sobre ellos no leemos ni una palabra.
Aunque todavía no hemos entrado en esta disputa, quiero mostrar ahora que argumentan muy neciamente cuando quieren establecer a un hombre como supremo sobre toda la Iglesia fundándose solo en el nombre de Pedro. Porque los alegatos insensatos y necios con que al principio querían engañar al mundo no merecen ser citados, como que la Iglesia fue fundada sobre Pedro porque a él se le dijo: «Sobre esta roca edificaré mi iglesia». Se defienden diciendo que algunos de los Padres lo interpretaron así. Pero, puesto que toda la Escritura los contradice, ¿de qué les sirve ampararse en la autoridad de los hombres contra Dios? ¿Y para qué discutimos sobre el sentido de estas palabras, como si fuera oscuro y dudoso, cuando nada podría decirse más claro ni más cierto? Pedro había confesado, en nombre propio y de sus hermanos, que Cristo es el Hijo de Dios (Mt 16:16); sobre esta roca edifica Cristo su Iglesia, porque es el único fundamento, como atestigua san Pablo, fuera del cual nadie puede poner otro (1 Co 3:11). Y no rechazo en este punto la autoridad de los Padres, como si no los tuviera de mi parte si quisiera alegarlos para confirmar lo que digo; pero, como ya he dicho, no quiero importunar a los lectores con largos discursos sobre una cosa tan clara, y además otros han tratado esta materia con mucha extensión y bastante diligencia.
Aunque, a la verdad, nadie puede resolver mejor esta cuestión que la Escritura misma, si comparamos todos los pasajes en que se muestra el oficio y la autoridad que Pedro tuvo entre los apóstoles, cómo se condujo con ellos y en qué estima lo tuvieron. Escudriñen muy bien de un extremo al otro, y verán que no encontrarán otra cosa sino que fue uno del número de los doce, igual a ellos, compañero y no señor suyo. Es verdad que propone en el concilio lo que se debe hacer y aconseja a los demás; pero también los escucha, y no solo les permite dar su parecer, sino que ordenen y determinen lo que les parezca bien; y cuando ellos han determinado algo, él obedece y lo guarda (Hch 15:5-7). Cuando escribe a los pastores, no les manda con autoridad como superior suyo, sino que los hace compañeros suyos y los exhorta con amor, como se suele hacer entre iguales (1 P 5:1). Cuando es acusado, aunque injustamente, de haber tratado con gentiles, responde y se justifica (Hch 11:3). Cuando sus compañeros le mandan ir con Juan a Samaria, no se niega (Hch 8:14). Al enviarlo, los apóstoles muestran que no lo tienen por superior; al obedecer y aceptar el encargo que le dan, él reconoce que se tiene por uno del grupo, no como señor, sino como igual. Y aunque no hubiera ninguna de estas cosas, basta la sola carta a los Gálatas para quitar toda dificultad, pues en ella san Pablo, casi a lo largo de dos capítulos, no hace otra cosa que mostrar que él es igual a Pedro en la dignidad del apostolado. De ahí que cuente que fue a ver a Pedro no para prestarle obediencia sometiéndose a él, sino para que se viera el acuerdo que había entre ellos en la doctrina. Y más aún: Pedro no le exige esto, sino que le da la mano en señal de que lo tiene por compañero para trabajar juntos en la viña del Señor. Dice además que Dios le había concedido a él entre los gentiles tanta gracia como a Pedro entre los judíos. Y finalmente, que, como Pedro no se había conducido con rectitud, él lo reprendió, y Pedro se sometió a su amonestación (Gá 1:18; 2:8-14). Todas estas cosas muestran claramente que había igualdad entre Pedro y Pablo, o al menos que Pedro no tenía más autoridad sobre los demás apóstoles que la que ellos tenían sobre él. Y ciertamente esta es la intención de san Pablo: mostrar que en su apostolado no debe ser tenido por inferior ni a Pedro ni a Juan, puesto que ellos son sus iguales y compañeros, y no sus señores.
Pero aunque les concediera lo que piden —que Pedro fue el príncipe de los apóstoles y los precedía en dignidad—, no hay por qué hacer de un ejemplo particular una regla general, ni hacer que lo que se hizo una vez valga para siempre, siendo la situación muy distinta. Hubo uno principal entre los apóstoles porque eran pocos. Si uno preside a doce, ¿se sigue de ello que uno solo puede presidir a cien mil? No es de extrañar que los doce tuvieran a uno de entre ellos que los guiara. Porque es conforme a la naturaleza y a la razón humana que en cualquier grupo, aunque todos sean iguales en poder, haya uno que sea el conductor y guía por el que los demás se dejan gobernar. No hay senado, no hay tribunal, no hay colegio que no tenga su presidente o rector; no hay compañía de soldados que no tenga su capitán. Así, no habría ningún inconveniente en reconocer que los apóstoles dieron a Pedro semejante primado. Pero lo que se hace en un grupo pequeño no debe trasladarse enseguida a todo el mundo, que es imposible que un solo hombre gobierne. «Pero el orden de la naturaleza —replican— nos enseña que en todo cuerpo debe haber una cabeza». Para confirmarlo aducen el ejemplo de las grullas y de las abejas, que siempre eligen un solo rey o guía, y no muchos. Admito de muy buena gana estos ejemplos. Pero les pregunto: ¿se reúnen en un lugar todas las abejas del mundo para elegirse un rey? Cada rey se contenta con su colmena. Del mismo modo, cada bandada de grullas tiene su guía. ¿Qué concluirán de aquí sino que cada iglesia debe tener su obispo? Nos alegan también los ejemplos de los reinos terrenos y reúnen dichos de poetas e historiadores para alabar ese orden y la monarquía. A todo esto podemos responder fácilmente que los escritores paganos no alaban la monarquía como si un solo hombre debiera gobernar el mundo entero, sino que solo quieren decir, y dicen, que ningún príncipe puede soportar a otro igual a él en el gobierno.
Pero supongamos que, como ellos quieren, fuera bueno y útil que todo el mundo quedara reducido a una sola monarquía, lo cual es falsísimo; aunque así fuera, no les concedería que esto sea bueno en el gobierno de la Iglesia. Porque la Iglesia tiene a Jesucristo como su única cabeza, bajo cuyo señorío nos unimos todos conforme al orden y la disposición que él mismo nos ha dado. Por tanto, los que quieren dar a un solo hombre la preeminencia sobre toda la Iglesia, con el pretexto de que no puede pasarse sin una cabeza, hacen una gravísima injuria a Cristo, que es la cabeza, a la cual, como dice san Pablo, debe unirse cada miembro, para que todos juntos, según la medida y la capacidad que a cada uno se le ha dado, estén unidos para crecer en él (Ef 4:15-16). Vemos que pone en el cuerpo a todos los hombres de la tierra, sin exceptuar a ninguno, y reserva solo a Jesucristo la honra y el nombre de cabeza. Vemos que asigna a cada miembro cierta medida y un oficio limitado, para que tanto la plenitud de la gracia como el poder supremo de gobernar residan solo en Jesucristo. Bien sé lo que suelen objetar con sutilezas cuando se les dice esto: que Jesucristo se llama propiamente la única cabeza porque solo él gobierna en su propio nombre y con su propia autoridad, pero que esto no impide que haya bajo él otra cabeza en cuanto al ministerio, que ocupe su lugar en la tierra y sea su vicario. Pero muy poco ganan con esta sutileza si no prueban primero que Cristo ha ordenado esa cabeza que ellos llaman ministerial. Porque el apóstol enseña que la administración está repartida entre todos los miembros, y que la virtud procede solo de aquella cabeza celestial, Cristo (Ef 1:22; 4:15; 5:23; Col 1:18; 2:10). O, si quieren que hable más claramente, digo que, puesto que la Escritura atestigua que Jesucristo es la cabeza y a él solo atribuye y da esta honra, no debe transferirse a nadie sino a quien Jesucristo haya hecho su vicario; y que Jesucristo haya dejado un vicario, no solo no se lee en ninguna parte de la Escritura, sino que puede refutarse ampliamente con muchísimos pasajes de ella.
San Pablo nos ha pintado algunas veces al vivo la imagen de la Iglesia, sin mencionar ni de lejos una cabeza en la tierra. Al contrario, de la descripción que hace se puede deducir que esto no concuerda con la institución de Jesucristo, que al subir al cielo nos quitó su presencia visible. Sin embargo, subió para llenarlo todo (Ef 4:10). Así, la Iglesia lo tiene todavía presente, y siempre lo tendrá. Cuando san Pablo quiere mostrar el medio por el que gozamos de su presencia, nos recuerda los ministerios de que él se sirve, diciendo así: el Señor Jesús está en nosotros según la medida de la gracia que ha dado a cada miembro; por eso constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y a otros maestros (Ef 4:7, 11). ¿Por qué no dice el apóstol que el Señor puso a uno sobre todos para que fuera su vicario y delegado? Porque la materia de que trata lo exigía, y no habría dejado de decirlo si fuera verdad. Cristo, dice el apóstol, nos asiste. ¿Cómo? Por el ministerio de los hombres a quienes ha encomendado el gobierno de su Iglesia. ¿Por qué no dice: por la cabeza ministerial que ha puesto en su lugar? Es verdad que habla de unidad. ¿Pero en quién? En Dios y en la fe de Jesucristo. A los hombres no les deja nada sino el ministerio ordinario, y a cada uno su medida particular. Porque al encomendarnos la unidad, diciendo que somos un cuerpo y un Espíritu, que tenemos una misma esperanza de nuestra vocación, un Dios, una fe y un bautismo (Ef 4:4-5), ¿por qué, digo, no añade enseguida que tenemos un sumo pontífice que mantiene a la Iglesia en unidad? Porque si fuera así, no podría decir nada más oportuno. Pesen bien este pasaje y fíjense en él. Porque no hay duda de que quiso representarnos el gobierno espiritual de la Iglesia, al que los que vivieron después llamaron jerarquía. Y no pone ninguna monarquía ni principado de un solo hombre entre los ministros; al contrario, da a entender que no lo hay. Tampoco hay duda de que quiso declarar la manera de la unión con que los fieles están unidos a Jesucristo, su cabeza; y no solo no menciona una cabeza ministerial, sino que atribuye a cada miembro su función particular según la medida de la gracia que se le ha dado. La comparación que hacen entre la jerarquía celestial y la terrena es frívola. Porque de la jerarquía celestial no debemos saber ni entender más de lo que dice la Escritura; y para establecer el orden que debemos tener en la tierra no debemos seguir otro modelo que el que el mismo Señor nos ha dado.
Pero aunque les admita este segundo punto, que ningún hombre sensato les admitirá jamás —que Pedro tuvo el primado de la Iglesia, con la condición de que este primado permaneciera siempre en la Iglesia y pasara de mano en mano por sucesión—, ¿de dónde podrán concluir que la sede romana fue tan ensalzada que su obispo, quienquiera que sea, deba presidir y ser cabeza de todo el mundo? ¿Con qué derecho o título asignan a un lugar determinado esta dignidad, que se dio a Pedro sin nombrar ni especificar ningún lugar? «Pedro —dicen— residió en Roma y murió allí». Bien, ¿y no ejerció Jesucristo el oficio de obispo en Jerusalén mientras vivió? ¿Y no cumplió en su muerte todo lo que correspondía a un sumo sacerdote? Si el Príncipe de los pastores, el Obispo supremo, la Cabeza de la Iglesia, no pudo adquirir la honra del primado para el lugar donde residió, ¿cómo pudo adquirirla Pedro, que le es incomparablemente inferior? ¿No es una locura y una niñería decir esto? Jesucristo dio a Pedro la honra del primado; Pedro tuvo su sede en Roma; luego colocó su primado en Roma. Ciertamente, por la misma razón el pueblo de Israel debería haber colocado antiguamente su primado en el desierto, porque Moisés, gran maestro y príncipe de los profetas, ejerció allí su oficio y allí murió (Dt 34:5).
Pero veamos, con todo, el buen argumento que hacen: Pedro tuvo el primado entre los apóstoles; luego la iglesia en que tuvo su sede debe gozar del mismo privilegio. Pero les pregunto: ¿en qué iglesia fue Pedro obispo primero? Responden que en Antioquía. De aquí concluyo que el primado de la Iglesia corresponde por derecho a Antioquía. Es verdad que reconocen que la iglesia de Antioquía fue la primera; pero dicen que Pedro, al partir de allí, trasladó a Roma la dignidad del primado, que había traído consigo. Porque hay en el Decreto una carta, que dicen que escribió el papa Marcelo a los sacerdotes de Antioquía, que dice así: «La sede de Pedro estuvo al principio en vuestra ciudad, pero después fue trasladada aquí por mandato de Dios» (Decreto, causa 12, cuestión 1, cap. Rogamus). Así, la iglesia de Antioquía, que al principio fue la primera, cedió su lugar a la sede romana. Pero yo pregunto: ¿por qué revelación supo aquel buen hombre que Dios lo mandó así? Porque si esta cuestión ha de tratarse y debatirse conforme a derecho, es necesario que me respondan si el privilegio dado a Pedro es personal, real o mixto. No pueden responder otra cosa sino que es uno de estos tres, según todos los juristas. Si dicen que es personal, entonces nada tiene que ver con el lugar. Si es real, entonces no se le puede quitar al lugar al que se dio, ni por la muerte de la persona ni porque esta se vaya de allí. Queda, pues, que sea mixto. Pero entonces no deben considerar el lugar solo, sin relación con la persona. Tomen lo que quieran: yo concluiré enseguida y con facilidad que Roma no puede atribuirse el primado por ninguna vía.
Pero concedámosles aun esto, y supongamos que el primado fue trasladado de Antioquía a Roma. Pregunto: ¿por qué Antioquía no conservó al menos el segundo lugar? Porque si Roma es la primera porque Pedro fue obispo en ella hasta su muerte, ¿cuál debe ser la segunda, sino aquella donde tuvo su primera sede? ¿Cómo sucedió, entonces, que Alejandría precediera a Antioquía? ¿Es razonable que la iglesia de un simple obispo preceda en dignidad a la sede de Pedro? Si a cada iglesia se le ha de dar honra y estima según la dignidad de su fundador, ¿qué diremos de otras iglesias? San Pablo nombra a tres apóstoles que eran tenidos por columnas: Jacobo, Pedro y Juan (Gá 2:9). Si atribuyen el primer lugar a la sede romana en honor de Pedro, ¿no merecen, y con mucha razón, Éfeso y Jerusalén, donde tuvieron sus sedes Juan y Jacobo, el segundo y el tercer lugar? Pero entre los patriarcas, el de Jerusalén fue antiguamente el último; el de Éfeso no figura en absoluto; tampoco los de las demás iglesias que fundó san Pablo, ni los de aquellas que presidieron los demás apóstoles: ninguno de ellos es patriarca. La sede de san Marcos, que no fue más que uno de los discípulos comunes, tuvo dignidad sobre todas las demás. Reconozcan que este orden suyo es un desorden, o concédanme que no siempre se guarda que a cada iglesia se le deba el mismo grado de honra que tuvo su fundador.
Aunque todo lo que cuentan, que Pedro fue obispo de Roma, no es, a mi parecer, cosa muy cierta. Ciertamente, lo que dice Eusebio, que Pedro estuvo en Roma veinticinco años, puede refutarse sin ninguna dificultad. Porque de los capítulos primero y segundo de la carta a los Gálatas se ve claramente que estuvo en Jerusalén casi veinte años después de la muerte de Jesucristo, y que de allí fue a Antioquía, donde estuvo algún tiempo; cuánto, no se sabe (Gá 1:18; 2:1). Gregorio dice siete años; Eusebio, veinticinco. Y desde la muerte de Jesucristo hasta el fin del imperio de Nerón, que, según cuentan, hizo matar a Pedro, no hay más que treinta y siete años, porque nuestro Señor padeció en el año dieciocho del emperador Tiberio. Si se quitan los veinte años que, según atestigua san Pablo, Pedro estuvo en Jerusalén, quedan a lo sumo diecisiete años, que han de repartirse entre estos dos obispados. Si fue obispo de Antioquía mucho tiempo, no pudo serlo en Roma sino muy poco. Pero esto puede mostrarse todavía con más sencillez. San Pablo escribió su carta a los Romanos yendo de camino a Jerusalén, donde fue apresado y llevado a Roma (Ro 15:25). Es verosímil, pues, que esta carta se escribiera cuatro años antes de que él llegara a Roma. En ella no menciona para nada a Pedro, cosa que no habría dejado de hacer si Pedro hubiera sido obispo de Roma. Al final de ella, al enumerar a un gran número de fieles a los que saluda, haciendo como un catálogo de los que conocía, tampoco menciona para nada a Pedro (Ro 16:3-16). Tratando con gente de buen juicio, no hará falta recurrir a grandes sutilezas ni a grandes disputas, porque la materia misma y el argumento de la carta muestran claramente que san Pablo de ningún modo habría dejado de mencionar a Pedro si este hubiera estado en Roma.
Después, san Pablo fue llevado prisionero a Roma. San Lucas cuenta que fue recibido por los hermanos; de Pedro no dice nada (Hch 28:15-16). Estando preso en Roma, san Pablo escribió a muchas iglesias. En algunas de estas cartas envía saludos en nombre de los fieles que estaban con él en Roma, y en ellas no dice ni una sola palabra que permita sospechar o conjeturar que Pedro estuviera en Roma. Os ruego que me digáis: ¿quién podrá creer que, si Pedro hubiera estado en Roma, san Pablo no lo habría nombrado entre los demás fieles? Y lo que es más, en la carta a los Filipenses, después de decir que no tenía a nadie que se ocupara de la obra del Señor tan bien como Timoteo, se queja de que cada uno buscaba su propio provecho (Flp 2:20-21); y escribiendo al mismo Timoteo se queja todavía mucho más: de que nadie lo había asistido en su primera defensa, sino que todos lo habían abandonado (2 Ti 4:16). ¿Dónde estaba entonces Pedro? Porque si estaba en Roma, san Pablo le hace un grave reproche al decir que había abandonado el evangelio, pues habla de los fieles. Que es así se ve en que añade enseguida: «No les sea tomado en cuenta». ¿Cuánto tiempo, pues, y cuándo tuvo Pedro el gobierno de la iglesia de Roma? Dirán que la opinión común es que residió en Roma hasta su muerte. Pero replicaré que los doctores antiguos no están de acuerdo sobre su sucesor, porque unos dicen que fue Lino y otros Clemente; y cuentan muchas fábulas vanas de la disputa que hubo entre Pedro y Simón el Mago. E incluso san Agustín, hablando de supersticiones, no oculta que la costumbre que se guardaba en Roma de no ayunar el día en que pensaban que Pedro había obtenido la victoria sobre Simón el Mago había nacido de cierto rumor y de una opinión concebida muy a la ligera (Carta 2 a Jenaro). En conclusión, las cosas de aquel tiempo son tan confusas, y con tanta diversidad de opiniones, que no se debe creer a la ligera todo lo que se dice. Con todo, puesto que los doctores concuerdan en que Pedro murió en Roma, no lo contradiré. Pero que haya sido obispo de Roma, y sobre todo durante mucho tiempo, nadie podrá persuadirme de ello; ni me importa, puesto que san Pablo afirma que el apostolado de Pedro correspondía particularmente a los judíos, y el suyo a los gentiles, que somos nosotros. Por tanto, si queremos atenernos al acuerdo que hicieron entre sí, o mejor dicho, a lo que el Espíritu Santo ha ordenado, debemos reconocer que pertenecemos más al apostolado de Pablo que al de Pedro. Porque el Espíritu Santo repartió sus cargos de tal manera que designó a Pedro para los judíos y a Pablo para nosotros. Busquen, pues, los romanistas su primado en otra parte, y no en la palabra de Dios, porque en ella no lo hallarán.
Vengamos ahora a la Iglesia antigua, para que se vea claramente que nuestros adversarios no desvarían menos al decir que la tienen de su parte que cuando se jactaban de que la palabra de Dios confirmaba su opinión. Cuando alegan este artículo de fe suyo —que la Iglesia no puede de ningún modo conservarse en unidad sin una cabeza suprema en la tierra, a la que todos los demás miembros deban estar sujetos, y que por eso nuestro Señor dio el primado a Pedro, y en él a sus sucesores, para que permanezca siempre en Roma—, afirman que así se ha sostenido desde el principio. Pero como amontonan de aquí y de allá muchos testimonios, torciéndolos para hacerles decir lo que ellos quieren, declaro ante todo que no niego que los antiguos doctores hicieron siempre mucho caso de la iglesia romana y hablaron de ella con gran reverencia. Esto se debió, a mi parecer, a tres causas. Primera: la opinión, comúnmente admitida, de que Pedro había sido su fundador contribuyó muchísimo a darle crédito y autoridad; por eso las iglesias occidentales la llamaron, por honra, Sede Apostólica. La segunda causa es que Roma era la capital del imperio, y por eso era verosímil que hubiera en ella hombres singulares, excelentes en doctrina y prudencia y mucho más experimentados que en cualquier otra parte del mundo; y se cuidaban, con mucha razón, de no menospreciar una ciudad tan noble ni los demás dones de Dios que había en ella. La tercera es que, mientras las iglesias de Oriente, de Grecia y aun de África estaban revueltas por muchas disensiones, la iglesia romana estaba en aquellos tiempos más tranquila y menos expuesta a disturbios. De ahí venía que los buenos obispos, expulsados de sus iglesias, se refugiaran en Roma como en un santuario y un asilo. Porque, como la gente de Occidente no es tan ingeniosa ni sutil como la de Asia y África, tampoco es tan ligera ni tan amiga de novedades. Esto acrecentó muchísimo la autoridad de la iglesia romana: que en tiempos en que las demás iglesias tenían tantas disensiones, ella permaneció firme en la doctrina que había recibido una vez, como explicaremos luego con más amplitud. Por estas tres causas, digo, la sede romana fue mucho más estimada por los antiguos que las demás.
Pero cuando nuestros adversarios quieren valerse de esto para darle el primado y la autoridad suprema sobre todas las demás iglesias, se engañan muy desatinadamente, como ya he dicho. Y para que se entienda mejor, mostraré primero brevemente qué entendían los antiguos por esa unidad a la que tanto se aferran nuestros adversarios. San Jerónimo, escribiendo a Nepociano, después de alegar muchos ejemplos de unidad, desciende finalmente a la jerarquía de la Iglesia y dice: «En cada iglesia hay un obispo, un arcipreste y un arcediano, y todo el orden de la Iglesia descansa en sus gobernantes». Notemos que quien dice esto era un presbítero romano que alaba la unidad de la Iglesia en el orden eclesiástico. ¿Por qué no dice que todas las iglesias están unidas en una por medio de la cabeza, como por un vínculo? No había nada que pudiera servir mejor a su propósito. Y no pueden decir que lo omitió por olvido, porque nada habría dicho de mejor gana si la materia lo hubiera permitido. Es, pues, certísimo que veía muy bien que la verdadera unidad es la que describe san Cipriano con estas palabras: «No hay más que un solo episcopado, del que cada obispo participa por entero; no hay más que una sola Iglesia, que con su fecundo crecimiento se extiende por todas partes. Así como los rayos del sol son muchos, pero la luz es una; y en un árbol hay muchas ramas, pero el tronco es uno, fundado sobre su raíz firme; y como de una fuente corren muchos arroyos, cuya multitud no impide que la fuente sea una: separad un rayo del cuerpo del sol, y la unidad de la luz no admite división; quebrad una rama del árbol, y la rama quebrada no brotará; cortad el arroyo de su fuente, y cortado se secará. Así también la Iglesia, iluminada por la luz divina, extiende sus rayos por todo el mundo; y sin embargo no hay más que una sola luz, que se difunde por todas partes, y la unidad del cuerpo no se divide. Extiende sus ramas fecundas por el mundo entero, derrama en abundancia sus ríos caudalosos; y sin embargo la cabeza es una y el manantial es uno», etc. (Sobre la sencillez de los prelados). Y un poco más abajo, después de decir todo esto, concluye que todas las herejías y cismas provienen de que no se acude a la fuente de la verdad, no se busca la cabeza y no se tiene en cuenta la doctrina del Maestro celestial. Bien se ve cómo este santo varón hace de Cristo solo el obispo universal, que abarca bajo sí a toda la Iglesia, y dice que todos los que son obispos bajo esta cabeza principal, que es Cristo, tienen por entero su parte de este episcopado de Cristo. ¿Dónde quedará, pues, el primado de la sede romana, si el episcopado reside por entero solo en Jesucristo y cada uno tiene su porción? He citado este pasaje para dar a entender de paso a los lectores que esta máxima que los romanistas tienen como artículo de fe —que en la jerarquía de la Iglesia se requiere necesariamente una cabeza en la tierra— fue desconocida para los antiguos.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.