Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella

Toda la forma antigua del gobierno eclesiástico ha sido arruinada por la tiranía del papado

Ahora es necesario exponer el orden de gobierno eclesiástico que tienen hoy la corte romana y todos sus secuaces, y el retrato de su jerarquía, que tanto estiman y de la que tanto se jactan continuamente, para compararlo con el que hemos mostrado que se tuvo en la Iglesia antigua. Porque con esta comparación se verá claramente qué clase de Iglesia tienen los que se jactan y se glorían solo de este título, y se muestran tan feroces para oprimirnos y hundirnos del todo. Será necesario, pues, comenzar por la vocación, para que se sepa quiénes y cuáles son los llamados al ministerio, y por qué medios llegan a él. Después veremos cómo cumplen su deber en su oficio. Daremos el primer lugar a los obispos, que sin embargo no ganarán mucha honra con ello. Ciertamente, desearía que empezar por ellos fuera para su honra; pero la materia es tal que no se puede tocar sin que despida muy mal olor y sin que de ello se siga gran vergüenza para ellos. Con todo, no olvidaré lo que me he propuesto, que es enseñar con sencillez y no hacer largas invectivas, de las que me abstendré en cuanto pueda. Para entrar, pues, en la materia, querría que alguien que no fuera del todo descarado me respondiera qué clase de obispos son los que hoy se eligen comúnmente. Examinar su doctrina es ya, ciertamente, algo muy viejo y casi muerto. Y si se tiene en cuenta alguna doctrina, es solo para elegir a algún jurista que sabe abogar en la cancillería mejor que predicar en el templo. Es cosa notoria que desde hace cien años apenas se encontrará, entre cien obispos, uno que conozca la Sagrada Escritura. No hablo aquí de lo que haya pasado antes, no porque aquella situación fuera mucho mejor, sino porque nuestra disputa trata del estado presente de la Iglesia. Si miramos su vida, hallaremos que ha habido pocos, o casi ninguno, a quienes los cánones antiguos no habrían juzgado indignos del oficio. El que no era borracho era putañero; y si había algunos limpios de estos dos vicios, jugaban a los dados, se daban a la caza o llevaban una vida disoluta. Y los cánones antiguos, por faltas menores que estas, prohíben que alguien sea obispo. Pero lo que voy a decir es todavía mucho más absurdo: que niños de apenas diez años sean obispos. Y han llegado a tal desvergüenza, o estupidez, que han admitido sin dificultad una cosa tan asombrosa y monstruosa, contraria a todo sentido común. De aquí se ve bien cuán santas han sido sus elecciones, en las que ha habido tan gran descuido.

Además, se ha perdido toda la libertad que tenía el pueblo en la elección de los obispos. Ya no queda memoria de votos, de consentimiento, de firmas ni de cosas semejantes. Toda la autoridad está en los canónigos. Ellos dan los obispados a quien les place. Al electo lo mostrarán al pueblo, ¿pero para qué? Para que lo adoren, no para examinarlo. León se opone a esto, diciendo que es contrario a toda razón y que es una intrusión violenta. San Cipriano, cuando dice que es de derecho divino que la elección no se haga sino con el consentimiento del pueblo, da a entender que todas las elecciones hechas de otra manera son contrarias a la palabra de Dios. Hay muchos decretos y concilios que lo prohíben estrictamente, y mandan que, si se hace, tal elección no valga. Si esto es verdad, se sigue necesariamente que en el papado no hay ninguna elección canónica que pueda aprobarse ni por ley de Dios ni por ley humana. Y aunque no hubiera otro mal que este, ¿cómo podrán excusarse de haber despojado a la Iglesia de su derecho? Pero, dicen ellos, la corrupción de los tiempos lo exigía así: como el pueblo en general se dejaba llevar más por el afecto o el odio que por el buen juicio en la elección de los obispos, convenía dar esta autoridad a unos pocos, es decir, al cabildo de los canónigos. Aunque les concediéramos que esto fue remedio para un mal desesperado, puesto que ven que la medicina hace más daño que la enfermedad misma, ¿por qué no procuran remediar también este mal? A esto responden que los cánones prescriben estrictamente a los canónigos el orden que deben guardar en la elección. ¿Y dudamos de que el pueblo antiguo entendía muy bien que estaba sujeto a leyes santísimas, cuando veía la regla que la palabra de Dios le ponía delante para la elección de los obispos? Porque una sola palabra de Dios debía estimarla, con razón, incomparablemente más que todos los cánones que existen. Y sin embargo, corrompido por una pasión maldita, no hizo caso ni de la ley ni de su deber. Del mismo modo hoy, aunque haya muy buenas leyes escritas, se quedan arrinconadas, enterradas en el papel. Mientras tanto, se guarda y mantiene en su mayor parte esta costumbre: no ordenar pastores eclesiásticos sino a borrachos, fornicarios y jugadores. Y aún es poco lo que he dicho: digo que los obispados y los oficios eclesiásticos han sido el salario y la paga de adulterios y alcahueterías. Porque cuando se dan a cazadores y monteros, la cosa va muy bien encaminada. No hay por qué defender tales abominaciones con los cánones. Digo otra vez que el pueblo tenía antiguamente un canon muy bueno cuando la palabra de Dios le mostraba que el obispo debe ser irreprensible, de sana doctrina, no pendenciero ni avaro, etc. (1 Ti 3:1-3). ¿Por qué, pues, se ha trasladado del pueblo a estos señores el cargo de elegir al obispo? No tienen otra respuesta sino que la palabra de Dios no se oía entre los tumultos y las facciones del pueblo. ¿Por qué, entonces, no se quitará hoy a los canónigos, que no solo quebrantan todas las leyes, sino que, sin ninguna vergüenza, revuelven cielo y tierra con su ambición, su avaricia y sus apetitos desordenados?

Pero no es cierto lo que dicen, que esto se introdujo como remedio. Es verdad que leemos que los antiguos tuvieron muchas veces contiendas por las elecciones de los obispos; pero ninguno de ellos pensó jamás en quitar la elección al pueblo. Porque tenían otros medios para impedir este mal o para remediarlo cuando ocurría. La pura verdad es esta: con el paso del tiempo el pueblo se descuidó de la elección y dejó todo el cuidado a los presbíteros. Estos, presentada la ocasión, abusaron de ella para usurpar la tiranía que ejercen, que han confirmado con nuevos cánones. La manera que tienen de ordenar o consagrar a sus obispos no es más que una pura burla. Porque la apariencia de examen que usan es tan frívola y vana que ni siquiera tiene color suficiente para engañar al mundo. Así que, en lo que en algunos lugares los príncipes han obtenido de los papas, mediante acuerdos con ellos, el poder de nombrar obispos, la Iglesia no ha recibido ningún daño nuevo. Porque solo se quita la elección a los canónigos, que se la habían tomado para sí contra toda ley y razón, o mejor dicho, la habían robado. Ciertamente es un ejemplo malo y vicioso que sean los cortesanos quienes hacen a los obispos. El oficio de un buen príncipe sería abstenerse de semejantes corrupciones. Porque es una intrusión impía e inicua que se nombre obispo de una ciudad a alguien a quien los ciudadanos nunca han pedido, o al menos aprobado libremente. Pero la manera desordenada y confusa que desde hace mucho tiempo se ha seguido en la Iglesia ha dado ocasión a los príncipes para tomar para sí la presentación de los obispos. Porque prefirieron tener ellos la autoridad de dar los obispados antes que la tuvieran quienes no tenían más derecho que ellos y no abusaban menos de esa autoridad.

Esta es, pues, la notable vocación por la que los obispos se jactan de ser sucesores de los apóstoles. En cuanto a la elección de los sacerdotes, dicen que les corresponde a ellos por derecho; pero en esto obran contra la costumbre antigua. Porque ordenan a sus sacerdotes no para enseñar, sino para sacrificar. Asimismo, cuando ordenan a sus diáconos, no se trata de su oficio verdadero y propio, sino que los ordenan solo para ciertas ceremonias, como presentar el cáliz y la patena. Sin embargo, en el Concilio de Calcedonia se manda que no se hagan ordenaciones absolutas, es decir, que no se ordene a nadie sin asignarle el lugar donde ha de servir (Decreto, distinción 70, cap. 1). Este decreto es muy provechoso por dos razones. La primera, para que las iglesias no se carguen de gastos superfluos y lo que debe repartirse entre los pobres no se gaste en mantener a gente ociosa y holgazana. La segunda, para que los ordenados entiendan que no son constituidos en una honra, sino puestos en un oficio al que se obligan con un testimonio solemne. Pero los doctores papistas, que no se preocupan más que de su vientre y piensan que en la cristiandad no hay que preocuparse de ninguna otra cosa, interpretan que hace falta tener un título para ser recibido, es decir, una renta para mantenerse, sea de beneficio o de patrimonio. Por eso, cuando en el papado ordenan a un diácono o a un sacerdote sin tener en cuenta dónde ha de servir, no ponen gran dificultad en recibirlos, con tal que sean lo bastante ricos para mantenerse. Pero ¿quién entenderá que el título que exige el concilio es una renta anual para poder mantenerse? Además, como los cánones que se hicieron después obligaban a los obispos a mantener a los que hubieran ordenado sin título suficiente, para corregir una excesiva facilidad en recibir a todos los que se presentaban, se ha inventado un nuevo subterfugio para escapar de este peligro: el que pide ser ordenado muestra un título cualquiera, con el que dice estar contento, y de este modo pierde el derecho a ser mantenido. Omito mil engaños que aquí se cometen, como cuando algunos fingen tener vanos títulos de beneficios de los que no podrán sacar ni tres blancas de renta al año. Otros toman beneficios prestados, con la promesa secreta de devolverlos enseguida, y entretanto no los devuelven. Y otros misterios semejantes.

Pero aunque se suprimieran estos abusos más groseros, ¿no sería siempre muy absurdo ordenar a un sacerdote sin asignarle lugar? Porque no lo ordenan sino para sacrificar. En cambio, la ordenación legítima de un presbítero es para que gobierne la Iglesia, y la de un diácono para que sea administrador de los pobres. Adornan muy bien lo que hacen con mucha pompa y aparato, para mover a devoción a los sencillos engañándolos; pero ¿de qué sirven estas máscaras entre gente con juicio, si en ello no hay nada sólido ni verdadero? Porque usan ceremonias que en parte tomaron de los judíos y en parte inventaron ellos mismos, y que sería mucho mejor dejar. En cuanto al verdadero examen, al consentimiento del pueblo y a otras cosas necesarias, ni por asomo hay memoria de ello. Porque de las apariencias que muestran no hago ningún caso. Llamo apariencias a todos los gestos y aspavientos insensatos que usan para dar a entender que obran conforme a la costumbre antigua. Los obispos tienen sus provisores o vicarios, que examinan la doctrina de los que piden ser ordenados. ¿Pero qué examinan? Preguntan si saben leer bien sus misas, si saben declinar un nombre corriente, conjugar un verbo o decir el significado de alguna palabra: cosas que se preguntan a un niño que va a la escuela. No se habla para nada de traducir una línea de latín al castellano. Y lo peor es que a los que no sepan dar cuenta de estos primeros rudimentos de niños no se les deja por eso de admitir, con tal que traigan algún regalo o alguna carta de recomendación para obtener favor. Otro tanto sucede cuando los que han de ser ordenados se presentan ante el altar: se pregunta tres veces en latín si son dignos de aquella honra, y responde uno, que quizá nunca los conoció ni los vio, que son dignos; y esto en latín, aunque el que responde no lo entienda, igual que un comediante representa su papel en la farsa. ¿De qué se podrá acusar a estos santos padres y venerables prelados sino de que, con estos horribles sacrilegios, se burlan abiertamente de Dios y de los hombres? Pero les parece que, por haber estado tanto tiempo en posesión, les es lícito todo lo que se les antoje. Porque si alguien abre la boca contra una impiedad tan execrable, pone en gran peligro su vida, como si hubiera cometido un crimen enorme. ¿Harían esto si creyeran que hay un Dios en el cielo?

En cuanto a la colación de los beneficios, que antiguamente iba unida a la ordenación y ahora está totalmente separada de ella, ¿se comportan mejor? La manera en esto es diversa. Porque no son solo los obispos los que dan los beneficios, y aun cuando ellos los confieren, no siempre tienen autoridad absoluta, porque hay otros que tienen el derecho de presentación. En suma, cada uno tira de su pedazo. Hay también nombramientos para los graduados; además, renuncias, unas veces simples y otras por permuta; además, mandatos, prevenciones y otras cosas semejantes. Sea como fuere, las cosas van de tal manera que ni el papa, ni los nuncios, obispos, abades, priores, canónigos, ni los patronos laicos podrán reprocharse nada unos a otros. Mi conclusión es esta: que apenas uno de cada cien beneficios se da en el papado sin simonía, si por simonía entendemos lo que entendían los antiguos. No digo que todos los beneficios se compren con dinero contante; pero digo que me muestren uno entre veinte beneficiados que no haya obtenido su beneficio por alguna vía ilícita: unos por parentesco, otros por afinidad, otros por el crédito y la autoridad de sus padres, y otros por servicios prestados. En suma, los beneficios se dan no para proveer a las iglesias, sino para proveer a los hombres que los reciben. Por eso los llaman beneficios, palabra con la que declaran abiertamente que no los tienen en otra estima que como regalos dados graciosamente o en recompensa. Por no decir que muchas veces los beneficios son salario de barberos, cocineros, muleros y otra gente vil semejante. Además, no hay hoy materia de tantos pleitos y procesos como los beneficios, de modo que se puede decir que no son otra cosa que una presa tras la que corren los perros. ¿Es tolerable que un hombre se llame pastor de una iglesia que ha ocupado como si fuera tierra ganada a sus enemigos, o que la haya ganado por pleito, o comprado por dinero, o conseguido por servicios deshonestos? ¿Y qué diremos de los niños recién nacidos que tienen beneficios, o de sus tíos o parientes, como por herencia, y aun a veces de los bastardos que heredan los beneficios de sus padres?

¿Se ha visto jamás que el pueblo, por malo y corrupto que fuera, se tomara tanta licencia? ¿Y no es cosa todavía más monstruosa que un solo hombre —no digo cuál, sino un hombre que no sabe gobernarse a sí mismo— tenga a su cargo cinco o seis iglesias que gobernar? Hoy se ven en las cortes de los príncipes mozalbetes alocados que tienen un arzobispado, dos obispados y tres abadías. Es cosa común que los canónigos tengan seis o siete beneficios, de los que no se ocupan en absoluto sino para cobrar la renta. No les objetaré que la palabra de Dios habla contra todo esto, porque hace ya mucho tiempo que no hacen caso de ella. No les objetaré que los concilios antiguos dieron muchos decretos para castigar con rigor semejante desvarío, porque se burlan de esos cánones y decretos siempre que se les antoja. Lo que digo es que estas dos cosas son abominables contra Dios, contra la naturaleza y contra el gobierno de la Iglesia: que un desvergonzado, un salteador de caminos, ocupe él solo muchas iglesias; y que se llame pastor un hombre que no podría estar con su rebaño aunque quisiera. Y sin embargo son tan desvergonzados que cubren con el nombre de Iglesia todas estas inmundicias tan hediondas, para que nadie las condene. Y lo que es peor, esa notable sucesión que alegan, diciendo que la Iglesia se ha conservado entre ellos desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, consiste y se encierra en estas bellaquerías.

Veamos ahora con qué fidelidad cumplen su oficio, que es la segunda señal por la que se conoce a los verdaderos pastores. De los sacerdotes que ellos hacen, unos son frailes y otros son, como ellos los llaman, seculares. Los primeros nunca fueron conocidos en la Iglesia primitiva. Y ciertamente el oficio de presbítero es tan contrario a la profesión monástica que, cuando en tiempos pasados se elegía a un fraile para que fuera clérigo, dejaba su primer estado. Y aun el mismo san Gregorio, en cuyo tiempo ya habían entrado muchos vicios en la Iglesia, no puede tolerar semejante confusión. Porque quiere que, si alguno fuera elegido abad, dejara su condición de clérigo, ya que, como él dice, nadie puede ser a la vez fraile y clérigo, porque una cosa no es compatible con la otra (Cartas, libro 3, carta 11). Si ahora preguntamos a los nuestros cómo cumplirá su deber aquel a quien los cánones declaran no apto para un oficio, ¿qué me responderán? Creo que me alegarán los decretos abortivos de Inocencio y de Bonifacio, que admiten a los frailes al orden sacerdotal de tal manera que se queden, con todo, en el monasterio. Pero ¿qué razón hay para que un asno sin ninguna doctrina ni prudencia, en cuanto se sienta en la sede de Roma, eche por tierra con una sola palabra todos los decretos antiguos? De esto hablaremos después. Por ahora baste que, en el tiempo en que la Iglesia no estaba tan en decadencia como ahora, se tenía por absurdo que un fraile fuera sacerdote. Porque san Jerónimo niega que él ejerza el oficio de sacerdote mientras vive entre monjes o frailes, sino que se hace como uno del pueblo, para ser gobernado por el sacerdote. Pero aunque les perdonemos esta falta, ¿cómo cumplen su oficio? Hay algunos, de los mendicantes y de los demás, que predican; todos los demás no sirven sino para cantar o mascullar sus misas en sus cuevas, como si Jesucristo hubiera querido que sus sacerdotes fueran ordenados para esto, o como si el oficio lo llevara consigo. Cuando la Escritura dice claramente que el oficio y el deber del presbítero es gobernar la Iglesia (Hch 20:28), ¿no es una profanación impía torcer a otro fin, o mejor dicho cambiar y deshacer del todo, la santa institución del Señor? Porque, cuando los ordenan, les prohíben expresamente lo que el Señor manda que hagan todos sus presbíteros. Y que es así se ve por esta lección que les cantan: «El fraile conténtese con estar en su monasterio; no presuma enseñar, ni administrar los sacramentos, ni ejercer ningún oficio público». Nieguen, si se atreven, que es burlarse abiertamente de Dios hacer sacerdote a alguien para que jamás ejerza su oficio, y que un hombre tenga el título de una cosa que no puede tener.

De los sacerdotes seculares, unos son beneficiados, como ellos los llaman, es decir, que tienen ya beneficios con que proveer a su vientre; otros no tienen beneficio y son jornaleros que se ganan la vida cantando o diciendo misas, oyendo confesiones, enterrando muertos y haciendo otras cosas semejantes. De los beneficios, unos tienen cura de almas, como los obispados y los curatos; otros son salarios de gente regalada que vive de cantar, como prebendas, canonjías, dignidades, capellanías y otras cosas semejantes. Aunque todo anda tan al revés que las abadías y los prioratos se dan no solo a sacerdotes seculares, sino incluso a niños; y esto lo hacen de tal manera por gracia especial, que se ha convertido en costumbre ordinaria. En cuanto a los sacerdotes mercenarios, que ganan su jornal cada día, ¿qué harían sino lo que hacen, es decir, alquilarse para servir en una cosa tan baja y vergonzosa? Y son tantos estos mercenarios que el mundo está lleno de ellos. Y como les da vergüenza mendigar abiertamente, y además piensan que así no ganarían mucho, van corriendo por el mundo como perros hambrientos y, con su importunidad, como a ladridos, arrancan a unos y a otros bocados con que llenar el vientre. Si quisiera mostrar aquí qué deshonra es para la Iglesia que el estado y grado sacerdotal esté tan envilecido, nunca terminaría. No emplearé grandes lamentos para declarar cuán gran vergüenza es. Solo digo, en breve, que si el oficio del presbítero es apacentar la Iglesia y administrar el reino espiritual de Jesucristo, como lo manda la palabra de Dios y lo exigen los cánones antiguos (1 Co 4:1), todos los sacerdotes que no tienen otra cosa que hacer que comerciar con sus misas no solo dejan de cumplir su deber, sino que ni siquiera tienen un oficio legítimo en que ejercitarse. Porque no se les permite enseñar, ni se les da ni asigna ovejas que apacentar. En suma, no tienen más que el altar para ofrecer a Jesucristo en sacrificio, lo cual no es sacrificar a Dios, sino al diablo, como se verá después.

No hablo aquí de las faltas de las personas, sino solo del mal que está arraigado en su institución y que no se puede arrancar. Añadiré una palabra que sonará mal en sus oídos, pero como es verdad, habrá que decirla: que en la misma categoría deben ponerse los canónigos, deanes, capellanes, prebostes y todos los que viven ociosos de sus beneficios. Porque ¿qué servicio pueden hacer a la Iglesia? Se han descargado de la predicación de la palabra de Dios, del cuidado de la disciplina y de la administración de los sacramentos, como de cosas muy penosas. ¿Qué les queda, pues, para poder gloriarse de ser verdaderos sacerdotes? Tienen el canto, tienen la pompa y la majestad de las ceremonias. Pero ¿qué vale todo esto? Si alegan en su favor la costumbre, el uso y la prescripción de mucho tiempo, yo apelo a la sentencia de Cristo, en la que nos ha declarado quiénes son los verdaderos sacerdotes y cómo deben ser los que quieren ser tenidos por tales. Si no pueden soportar una condición tan dura como es sujetarse a la regla de Jesucristo, que permitan al menos que esta causa se decida y juzgue por la autoridad de la Iglesia primitiva. Pero su situación no será mejor si esta causa se juzga por los cánones antiguos. Los canónigos deberían ser los presbíteros del pueblo, como lo fueron en tiempos pasados, para gobernar la Iglesia de común acuerdo con el obispo y ser como sus colaboradores en el oficio pastoral. Todas las dignidades de los cabildos no tienen nada que ver con el gobierno de la Iglesia, y mucho menos las capellanías y demás embrollos. ¿En qué estima, pues, los tendremos a todos ellos? Ciertamente, la palabra de Jesucristo y el orden de la Iglesia antigua los excluyen de todo orden sacerdotal; y sin embargo sostienen que son sacerdotes. Hay que quitarles, pues, esta máscara; y así se verá que su profesión es totalmente distinta y ajena del oficio sacerdotal tal como lo declaran los apóstoles y como se practicó antiguamente en la Iglesia. Por tanto, todas las órdenes y estados, cualesquiera que sean los títulos con que los han adornado y engalanado para engrandecerlos, como son invenciones recientes, o al menos no se fundan en la institución del Señor ni se usaron antiguamente en la Iglesia, no deben tener ningún lugar en la descripción del gobierno eclesiástico, que ha sido ordenado por la boca de Dios mismo y recibido por la Iglesia. O, si quieren que lo diga más claramente: puesto que los canónigos, deanes, prebostes y demás vientres ociosos no tocan ni con el dedo meñique la más mínima parte de lo que se requiere necesariamente en el oficio sacerdotal, de ningún modo se debe tolerar que, usurpando falsamente esa honra, violen la santa institución de Jesucristo.

Quedan los obispos y los beneficiados que tienen cura de almas, que nos darían gran alegría si se esforzaran por mantener su estado. Porque de muy buena gana les concederíamos que su oficio y estado es santo y honorable, con tal que lo ejercieran y cumplieran en él su deber. Pero cuando, abandonando las iglesias que tienen a su cargo y echando la carga sobre las espaldas de otros, quieren aun así ser tenidos por pastores, nos quieren dar a entender que el oficio de pastor consiste en no hacer nada. Si un usurero que jamás en su vida ha salido de la ciudad dijera que es labrador o viñador, o si un soldado que siempre hubiera estado en la guerra, que nunca en su vida hubiera visto un libro ni pisado un tribunal, se jactara y se hiciera pasar por doctor en leyes o por abogado, ¿quién podría soportar semejantes locuras? Pero estos son todavía más locos: quieren que se los tenga por pastores legítimos de la Iglesia y no quieren serlo. Porque ¿quién hay entre ellos que haga siquiera ademán de cumplir su deber en su iglesia? La mayor parte de ellos se comen toda su vida la renta de iglesias que jamás han visto; otros vienen una vez al año, o envían a su mayordomo a cobrar la renta para no perder nada. Cuando esta corrupción empezó a introducirse, los que querían gozar de esta ausencia o falta de residencia se eximían con privilegios. Ahora es cosa muy rara que alguien resida en su iglesia. Porque tienen sus parroquias como granjerías, y por eso ponen en ellas a sus vicarios, que llaman curas, como a sus arrendatarios. Es contrario a la naturaleza que se tenga por pastor de un rebaño a un hombre que jamás habrá visto ni una sola oveja de él.

Parece que esta mala semilla —que los pastores se volvieran negligentes en predicar y enseñar al pueblo— empezó a crecer en tiempos de san Gregorio, que se queja de ello diciendo: «El mundo está lleno de sacerdotes, y sin embargo se hallan muy pocos obreros en la mies; porque, es verdad, tomamos el oficio, pero no cumplimos nuestro deber» (Homilías, 27). Y también: «Como los sacerdotes no tienen caridad, quieren ser tenidos por señores y no se reconocen padres; así cambian el lugar de la humildad en orgullo y señorío». Y también: «Pero nosotros, pastores, ¿qué hacemos, que cobramos nuestro jornal y no trabajamos? Nos damos a negocios que no nos corresponden; profesamos una cosa y nos dedicamos a otra; dejamos la carga de la predicación, y, según veo, somos llamados obispos para nuestro mal, porque tenemos el título de honra y no la virtud». Si él era tan duro y áspero con los que no cumplían del todo su deber, aunque lo cumplieran a medias, ¿qué diría hoy, os ruego, si viera que casi no hay obispo que suba siquiera una vez en la vida al púlpito para predicar, y apenas uno de cada cien beneficiados? Porque la cosa ha llegado a tal desvarío que les parece que predicar es algo vil y afrentoso para la dignidad episcopal. En tiempos de san Bernardo las cosas iban todavía peor; y vemos qué reprensiones, y cuán amargas, usa contra todo el estado eclesiástico, aunque es muy verosímil que no estaba tan perdido ni corrompido como hoy.

Y si alguien examina y escudriña bien toda la forma de gobierno eclesiástico que hay actualmente en el papado, hallará que no hay en el mundo salteadores de caminos tan desvergonzados. Ciertamente, todo va tan en contra de la institución de Jesucristo y le es tan contrario, tan distinto de la costumbre antigua, tan contrario a la naturaleza y a la razón, que no se podría hacer mayor injuria a Jesucristo que tomar su nombre para dorar un régimen tan confuso y desordenado. «Nosotros —dicen— somos los pilares de la Iglesia, los prelados de la cristiandad, los vicarios de Jesucristo, las cabezas de los fieles, porque tenemos por sucesión el poder y la autoridad de los apóstoles». Continuamente se glorían de estas necedades como si hablaran con troncos. Pero cada vez que usen de tales jactancias, yo les preguntaré por mi parte: ¿en qué se parecen ellos a los apóstoles? Porque la cuestión no es de una dignidad hereditaria que le llega a uno mientras duerme, sino del oficio de predicar, del que tanto huyen. Asimismo, cuando decimos que su reino es la tiranía del Anticristo, replican enseguida que no es sino la santa y venerable jerarquía que los Padres antiguos tanto apreciaron y ensalzaron; como si los Padres, al apreciar y ensalzar la jerarquía eclesiástica o gobierno espiritual que habían dejado los apóstoles, hubieran soñado este abismo y confusión tan monstruosa, en la que los obispos no son más que asnos que no saben los primeros rudimentos de la religión cristiana, que cualquiera del pueblo está obligado a saber; o son niños que apenas han salido del cascarón; o bien, si algunos de ellos son doctos —que son bien pocos—, piensan que el obispado no es otra cosa que un título de dignidad, de fausto y de magnificencia, en el que los pastores de las iglesias no piensan ni se preocupan más de apacentar su rebaño que un zapatero de arar la tierra; donde todo está tan deshecho que apenas se halla una sola señal del orden de gobierno que tuvieron los Padres antiguos.

¿Y qué será si examinamos sus costumbres y su vida? ¿Dónde se hallará la luz del mundo que Jesucristo exige? ¿Dónde se hallará la sal de la tierra (Mt 5:13-14)? ¿Dónde se hallará una santidad tal que pueda ser como una regla perpetua de buen vivir? No hay hoy estado más desordenado en lujos, vanidad, pasatiempos y toda clase de disoluciones que el eclesiástico; no hay estado donde se encuentren hombres más aptos y más expertos en la ciencia del engaño, el fraude, la traición y la deslealtad; no hay hombres más astutos ni más atrevidos para hacer el mal. Dejo aparte el orgullo, la altivez, la avaricia, la rapiña y la crueldad; no hablo de la licencia desordenada que siempre se toman. Cosas que el mundo ha soportado ya tanto tiempo que no hay que temer que yo las exagere. Diré una cosa que ninguno de ellos podrá negarme: que apenas hay uno de sus obispos, y apenas uno de cada cien beneficiados, que no merezca ser excomulgado, o al menos privado de su oficio, si se hubiera de juzgar conforme a los cánones antiguos. Y esto porque la disciplina que se usaba antiguamente hace mucho que no se usa y está como enterrada. Esto que digo parece increíble, pero así es. Vamos, pues, gloríense ahora todos los partidarios y paniaguados del papa de su orden sacerdotal. Ciertamente, el orden que tienen no lo han recibido ni de Jesucristo, ni de sus apóstoles, ni de los santos doctores, ni de la Iglesia antigua.

Salgan ahora a escena los diáconos con la santa distribución que hacen de los bienes eclesiásticos. Aunque no ordenan a sus diáconos para esto, pues no les encargan otra cosa que servir al altar, cantar el evangelio y otras niñerías semejantes. De las limosnas y del cuidado de los pobres, y de todo aquello en que servían los diáconos en tiempos pasados, no queda ni por asomo memoria. Hablo de la institución misma que tienen como regla verdadera; porque si miramos lo que hacen, el orden de diácono no es entre ellos un oficio, sino solo un paso para llegar a sacerdote. Hay una cosa en la que los que hacen de diácono en la misa representan un ridículo espectáculo de la antigüedad: reciben las ofrendas que se hacen antes de la consagración. La costumbre antigua era que los fieles, antes de comulgar en la Cena, se besaban unos a otros y luego ofrecían sus limosnas en el altar. Así daban testimonio de su caridad, primero con la señal y después con la obra. El diácono, que era el administrador de los pobres, recibía la ofrenda para distribuirla entre los pobres. Hoy, de todo lo que se ofrece, ni una blanca llega a los pobres, igual que si lo arrojaran al fondo del mar. Por tanto, se burlan de la Iglesia con este vano pretexto mentiroso que usan en el oficio de diácono. Ciertamente no tienen en él nada que se parezca a la institución de los apóstoles ni a la costumbre antigua. En cuanto a la administración de los bienes, lo han desviado todo a otro uso, y lo han dispuesto de tal manera que no se podría imaginar cosa más desordenada. Porque así como los salteadores, después de matar a los pobres caminantes, se reparten el botín, así también estos buenos hombres, después de apagar la luz de la palabra de Dios, como quien hubiera cortado la cabeza a la Iglesia, piensan que todo lo que estaba dedicado a buenos usos lo han de tomar y arrebatar; y así, el que más puede más se lleva.

De esta manera, la costumbre antigua no solo ha sido cambiada, sino también arruinada. La parte principal se la llevan los obispos y los sacerdotes de la ciudad, que, enriquecidos con semejante botín, se han convertido en canónigos. Sin embargo, se ve que sus repartos no se han hecho sin contiendas, como se echa de ver en que no hay cabildo que no tenga pleito con su obispo. Sea como fuere, en esto se han puesto bien de acuerdo: que de todo ello no llegue ni una blanca a los pobres, que al menos deberían tener la mitad, como la solían tener antes. Porque los cánones les asignaban expresamente la cuarta parte, y la otra cuarta parte al obispo, para que pudiera hacer bien a los forasteros y a otros pobres. Entretanto, dejo que los clérigos piensen qué deberían hacer con su cuarta parte y en qué deberían emplearla. En cuanto a la última parte, destinada a la reparación de los templos y a otros gastos extraordinarios, ya hemos visto que en tiempo de necesidad era toda de los pobres. Si esta gente tuviera en el corazón siquiera una pizca de temor de Dios, ¿podrían vivir una sola hora en paz, viendo que todo lo que comen, beben, visten y calzan les viene no solo de robo, sino de sacrilegio? Pero como el juicio de Dios no los conmueve mucho, desearía que pensaran que aquellos a quienes quieren persuadir de que su jerarquía está tan bien ordenada que no puede estarlo más son hombres que tienen juicio y razón para juzgar. Respóndanme en pocas palabras: ¿es el orden de los diáconos una licencia para robar y saltear? Si lo niegan, se verán obligados a confesar que este orden ya ha desaparecido entre ellos, puesto que la administración de los bienes eclesiásticos se ha convertido entre ellos en un robo manifiesto lleno de sacrilegio.

Pero aquí usan un bonito pretexto: dicen que la magnificencia de que se rodean es un medio decoroso y conveniente para mantener la dignidad eclesiástica. Y hay algunos de ellos tan desvergonzados que se atreven a decir que, cuando los eclesiásticos se asemejan a los príncipes en pompa y suntuosidad, se cumplen en esto las profecías que prometen que en el reino de Cristo habrá tal gloria. «No sin razón —dicen— Dios ha dicho a su Iglesia: Los reyes vendrán y te adorarán y traerán presentes. Despierta, despierta, vístete de poder, oh Sion; vístete tu ropa hermosa, oh Jerusalén. Vendrán todos los de Sabá; traerán oro e incienso, y publicarán alabanzas de Jehová. Todo el ganado de Cedar será juntado para ti» (Sal 72:10; Is 52:1; 60:6-7). Si me detuviera mucho en refutar esta desvergüenza, temo que se me tendría por imprudente. Por eso no quiero gastar muchas palabras sin necesidad. Sin embargo, les pregunto: si algún judío adujera estos pasajes de la Escritura con este fin, ¿qué le responderían? Ciertamente le reprocharían su necedad por aplicar a la carne y a las cosas del mundo lo que se dice espiritualmente del reino espiritual de Jesucristo. Porque sabemos bien que los profetas nos han representado bajo figuras de cosas terrenas la gloria celestial de Dios que debe resplandecer en la Iglesia. Que es así se ve en que la Iglesia nunca abundó menos de estas bendiciones terrenas que prometen los profetas que en tiempo de los apóstoles; y sin embargo todos reconocemos que el reino de Jesucristo estuvo entonces en su cumbre. ¿Qué significan, pues, estas sentencias de los profetas?, dirá alguno. Respondo que su sentido es este: que todo lo que hay de precioso, elevado y excelente debe estar sujeto a Dios. En cuanto a lo que se dice expresamente de los reyes —que someterán sus cetros a Cristo, que pondrán sus coronas a sus pies, que dedicarán todas sus riquezas a la Iglesia—, ¿cuándo se cumplió todo esto más plenamente que cuando el emperador Teodosio, despojándose de su manto de púrpura y de toda su pompa, se presentó ante san Ambrosio como un simple hombre del pueblo para hacer penitencia pública? ¿O cuando él y los demás príncipes cristianos se esforzaron tanto por mantener la doctrina pura en la Iglesia y por sostener y defender a los buenos doctores? Y que los sacerdotes de aquel tiempo no tenían riquezas excesivas se ve por lo que se dice en las actas del Concilio de Aquilea, que presidió san Ambrosio, cuyas palabras son estas: «La pobreza es gloriosa y honrosa en los ministros de Jesucristo». Ciertamente, los obispos tenían entonces en sus manos rentas con las que habrían podido vivir con fausto y gran majestad, si hubieran pensado que en eso consistía el verdadero ornamento de la Iglesia; pero como sabían que no hay nada más contrario al oficio de un pastor que tener una mesa regalada, usar vestidos suntuosos y poseer ricos palacios, practicaban y guardaban la humildad y la modestia que Jesucristo ha consagrado en todos sus ministros.

Pero para no alargarnos en esta materia, resumamos brevemente cuán lejos está esta administración —o mejor dicho, dilapidación— de los bienes eclesiásticos que se practica hoy, del verdadero ministerio de los diáconos, tal como lo muestra la palabra de Dios y como se observó antiguamente en la Iglesia. Digo que lo que se gasta en adornar los templos está muy mal gastado si no se guarda la medida que requieren la naturaleza y el carácter del culto divino y de los sacramentos cristianos, y que los apóstoles y los doctores antiguos mostraron tanto con su doctrina como con sus costumbres. ¿Qué hay, qué se ve hoy en los templos que concuerde con esto? Todo lo moderado es echado de los templos; y no hablo según la sobriedad de la Iglesia primitiva, sino de una moderación decente. No agrada nada que no huela a la corrupción y al lujo de nuestros tiempos. Entretanto, tan lejos están de preocuparse por los templos verdaderos y vivos, que antes dejarán morir de hambre a cien mil pobres que deshacer un solo cáliz o romper un solo vasito de plata para socorrer su necesidad. Para no decir yo mismo nada que parezca demasiado áspero, ruego a los lectores que consideren esto: si fuera posible que los santos obispos que hemos citado —Exuperio, Acacio, san Ambrosio— resucitaran de entre los muertos, ¿qué dirían? Ciertamente no aprobarían que, estando los pobres en tanta necesidad, los bienes de la Iglesia se gastaran en otras cosas, y en cosas que no sirven de nada. Al contrario, se ofenderían muchísimo al ver que se gastan en abusos perniciosos, aunque no hubiera pobres a quienes darlos. Pero dejemos el juicio de los hombres. Estos bienes están dedicados a Jesucristo; deben, pues, administrarse según su voluntad. Así que de nada servirá cargar a la cuenta de Jesucristo lo que se haya gastado fuera de su mandamiento, porque él no lo aceptará en su cuenta. Aunque, a decir verdad, no es tan grande el gasto ordinario de la Iglesia en capas, vasos, imágenes y otras cosas. Porque no hay obispados tan ricos, ni abadías tan abundantes, ni, en fin, beneficios tan grandes que basten para saciar la voracidad de quienes los poseen. Por eso, para poder ahorrar, inducen al pueblo a esta superstición y le hacen emplear lo que había de dar a los pobres en edificar templos, hacer imágenes y donar cálices y ornamentos costosísimos. Este es el abismo que se traga y consume todas las ofrendas y limosnas que se hacen cada día.

En cuanto a la renta que reciben de sus heredades y posesiones, ¿qué más podré decir de lo que he dicho y de lo que cada uno ve con sus propios ojos? Bien vemos con qué conciencia y fidelidad administran la mayor parte de los bienes eclesiásticos los que se llaman obispos y abades. ¿Qué locura sería, pues, buscar aquí un orden y un concierto eclesiástico? ¿Sería justo que los obispos y abades quisieran igualarse con los príncipes en multitud de criados, en fausto, en vestidos y en suntuosidad de mesa y de casa, cuando su vida debería ser ejemplo y modelo de toda sobriedad, templanza, modestia y humildad? ¿Sería propio del oficio de pastores apropiarse no solo de ciudades, villas y castillos, sino incluso de grandes condados y ducados, y finalmente echar sus uñas sobre reinos e imperios, cuando el mandamiento inviolable de Dios les prohíbe toda codicia y avaricia y les manda contentarse con un vestido y un sustento sencillos (Tit 1:7)? Si no hacen caso de la palabra de Dios, ¿qué responderán a los antiguos decretos de los concilios que mandan que el obispo tenga una casa pequeña cerca de la iglesia, una mesa sobria y un ajuar sin lujo (Cuarto Concilio de Cartago, cánones 14 y 15)? ¿Qué responderán a lo que se declaró en el Concilio de Aquilea: que la pobreza es honrosa y gloriosa en los obispos cristianos? Porque lo que san Jerónimo dice a Nepociano —que los pobres y los forasteros tengan entrada y trato familiar en su mesa, y Jesucristo junto con ellos— quizá no lo admitan, por parecerles algo muy rudo y austero. Pero se avergonzarán de negar lo que sigue enseguida: «La gloria de un obispo es proveer a los pobres, y es gran afrenta para los sacerdotes buscar su propia comodidad y su provecho particular». No pueden admitir esto sin condenarse todos ellos a sí mismos con gran afrenta. Pero no es necesario perseguirlos ahora con más dureza, puesto que mi propósito no ha sido sino mostrar que el orden de los diáconos está arruinado entre ellos desde hace mucho tiempo, para que no se jacten tanto de este título para ensalzar su Iglesia. Creo que he tratado bien esta materia.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.