Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
El estado de la Iglesia antigua y la forma de gobierno que se usó antes del papado
Hasta aquí hemos hablado del orden de gobierno de la Iglesia tal como nos lo manda la pura palabra de Dios, y hemos tratado también de los ministerios tal como Jesucristo los ordenó. Ahora, para entender todo esto de manera más cercana y grabarlo en la memoria, será útil conocer cómo procedió en estas cosas la Iglesia antigua, pues ella podrá mostrarnos muy bien, como en un espejo, esta institución divina. Porque aunque los obispos antiguos dictaron muchos cánones o reglas, con los que les parecía explicar las cosas con mucho más detalle de lo que están explicadas en la Escritura, con todo ajustaron toda su disciplina y su orden a la regla de la palabra de Dios, de modo que se puede ver fácilmente que casi nada ordenaron contrario a ella. Y aunque haya habido algo que reprochar en sus disposiciones, como procuraron con buen celo conservar la institución del Señor y no se apartaron mucho de ella, nos será muy provechoso exponer aquí en resumen el orden que siguieron al practicarla. Así como hemos dicho que la Escritura habla de tres clases de ministros, así también la Iglesia primitiva tuvo tres clases de ministros. Porque del orden de los presbíteros salían los pastores y los maestros; los demás se ocupaban de la disciplina y de las correcciones. Los diáconos tenían a su cargo servir a los pobres y distribuir las limosnas. En cuanto a los lectores y los acólitos, no eran nombres de oficios propiamente dichos, sino que a los que llamaban clérigos los ejercitaban desde su juventud en servir a la Iglesia, para que entendieran mejor el fin al que estaban dedicados y se prepararan así para cumplir mejor su oficio cuando fueran llamados; como trataré después con más detalle. Por eso san Jerónimo, después de decir que en la Iglesia hay cinco órdenes de personas, las nombra enseguida por su orden: la primera, los obispos; la segunda, los presbíteros; la tercera, los diáconos; la cuarta, los fieles; la quinta, los catecúmenos (los que aún no estaban bautizados, pero se presentaban en la Iglesia para ser instruidos en la religión cristiana y ser bautizados después) (Comentario sobre Isaías, cap. 9). En este pasaje san Jerónimo no menciona en absoluto ni a los clérigos ni a los monjes.
Llamaban presbíteros a todos los que tenían el oficio de enseñar. Estos elegían en cada ciudad a uno de entre ellos, al que daban en particular el título de obispo, para que la igualdad no fuera causa de disensiones, como suele suceder. Sin embargo, el obispo no era superior en dignidad y honra a sus compañeros de tal manera que se enseñoreara de ellos; su oficio era como el del presidente en un consejo: proponer los asuntos, pedir los pareceres, guiar a los demás con buenos consejos y amonestaciones, impedir con su autoridad que hubiera desórdenes y poner en ejecución lo que se había resuelto por parecer común de todos. Tal era el oficio de los obispos entre los presbíteros. Los Padres antiguos reconocen que esto se introdujo por acuerdo humano, por la necesidad que había. San Jerónimo, comentando la carta a Tito, dice estas palabras: «Presbítero y obispo son lo mismo; y antes de que, por instigación del diablo, nacieran las divisiones en la religión y se dijera entre los hombres: Yo soy de Pablo, yo de Cefas, las iglesias se regían por el común acuerdo de los presbíteros. Pero después, para quitar toda ocasión de disensión, todo el cargo se dio a uno solo. Así como los presbíteros saben que, por una costumbre introducida en la Iglesia, están sujetos al obispo que preside, así también sepan los obispos que son mayores que los presbíteros más por costumbre que por institución divina, y que deben gobernar la Iglesia de común acuerdo con los presbíteros» (Jerónimo, Comentario sobre Tito). Y en otro lugar el mismo san Jerónimo muestra cuán antigua era esta costumbre. Dice que en Alejandría, desde el tiempo del evangelista san Marcos hasta Heraclas y Dionisio, los presbíteros elegían siempre a uno de entre ellos para que los presidiera, y lo llamaban obispo (Carta a Evagrio). Así, en cada ciudad había un colegio de presbíteros, que eran pastores y maestros. Porque todos ellos tenían el oficio que san Pablo impone a los obispos: enseñar, exhortar y corregir (Tit 1:9); y para dejar semilla tras de sí, instruían a los jóvenes que eran admitidos en el clero y habían de sucederles en el oficio. Cada ciudad tenía su diócesis; de la ciudad se proveía de presbíteros a la diócesis, y tanto los de la ciudad como los de las aldeas formaban juntos como un solo cuerpo de Iglesia. Cada colegio, como he dicho, obedecía a su obispo solo por orden y organización, y para mantener la paz. El obispo precedía en dignidad de tal manera que estaba sujeto a la asamblea de los hermanos. Si la diócesis era tan grande que el obispo no podía cumplir su oficio con todos, elegían presbíteros en algunos pueblos que suplían al obispo en asuntos de poca importancia; a estos los llamaban obispos rurales, porque representaban al obispo fuera de la ciudad.
Con todo, en lo que toca al oficio del que ahora tratamos, tanto el obispo como los presbíteros debían administrar la palabra de Dios y los sacramentos. Porque solo en Alejandría se dispuso que el presbítero no predicara, y esto porque Arrio había alborotado aquella iglesia, como refiere Sócrates en la Historia tripartita, libro 9. Y san Jerónimo lo reprueba, con justa razón (Carta a Evagrio). Ciertamente sería algo monstruoso que alguien se jactara de ser obispo sin hacer el oficio de obispo. Tal fue, pues, la severidad y la disciplina de aquellos tiempos, que todos los ministros eran obligados a cumplir su oficio tal como Dios lo había ordenado. Y no digo que esto se observara durante algún tiempo, sino siempre. Porque aun en tiempos de san Gregorio (cuando la Iglesia ya iba en decadencia y degeneraba de su primer estado), era intolerable que un obispo no predicara. Él dice en cierto lugar: «El sacerdote está muerto si no se oye su voz, porque provoca contra sí la ira de Dios si no hace oír su predicación» (Cartas, 24). Y en otro lugar dice: «Cuando san Pablo declara que está limpio de la sangre de todos, con estas palabras todos nosotros, los que nos llamamos sacerdotes, somos citados, convictos y declarados culpables, porque, además de nuestros propios pecados, somos culpables de la muerte de otros. Porque matamos a tantos como vemos, tibios y callados, ir cada día a la muerte». Dice que él y los demás callan cuando no hacen su oficio con toda la diligencia que convendría. Pues si no perdona a los que hacían su oficio a medias y no por entero, ¿qué pensamos que habría hecho si alguien lo abandonara del todo? Esto duró, pues, muchísimo tiempo en la Iglesia: el oficio principal del obispo era apacentar a su pueblo con la palabra de Dios y edificar la Iglesia con sana doctrina, tanto en público como en privado.
Que en cada provincia hubiera, además de los obispos, un arzobispo, y que en el Concilio de Nicea se dispusiera que hubiera patriarcas, superiores aún en dignidad y honra a los arzobispos, todo esto se hizo para conservar la disciplina. Bien podría dejar de hablar de ello, pues no fue algo de uso tan frecuente; pero con todo será bueno señalarlo aquí de pasada. Estos grados se ordenaron principalmente con este fin: que si en una iglesia sucedía algo que no pudieran resolver unos pocos, se remitiera al sínodo provincial; y si el asunto era de tanta importancia y dificultad que había que pasar aún más adelante, se daba aviso a los patriarcas, que reunían los sínodos de todos los obispos. De ahí no había apelación sino al concilio general. Algunos llamaron a esta forma de gobierno «jerarquía», nombre a mi parecer impropio, o al menos no usado en la Escritura. Porque el Espíritu Santo ha querido salir al paso de que, al tratar de la manera de gobernar la Iglesia, alguien imaginara algún señorío o dominio. Sin embargo, si atendemos a la cosa y no a la palabra, hallaremos que los obispos antiguos no quisieron inventar una nueva forma de gobierno de la Iglesia distinta de la que Dios había ordenado en su Palabra.
Asimismo, la condición de los diáconos en aquellos tiempos no era distinta de la que había sido en tiempo de los apóstoles. Recibían las limosnas que los fieles daban cada día, y también las rentas anuales, para emplearlas bien: es decir, una parte para el sustento de los ministros y otra para los pobres; y todo esto se hacía con la autoridad del obispo, al que rendían cuentas cada año. Porque lo que ordenan los cánones, que el obispo administre los bienes de la Iglesia, no debe entenderse como si los obispos tuvieran el cargo de administrarlos por sí mismos, sino en el sentido de que a ellos correspondía indicar a los diáconos a qué personas debían sustentar con el fondo común y a quiénes debían repartir el resto, y que ellos tenían la supervisión para saber cómo se hacía. Entre los cánones llamados de los Apóstoles hay uno que dice así: «Ordenamos que el obispo tenga en su poder los bienes de la Iglesia; porque si se le encomiendan las almas de los hombres, que son mucho más preciosas, con mucha más razón puede tener la administración del dinero, de modo que todo se distribuya con su autoridad por medio de los presbíteros y diáconos, con temor y solicitud». Y en el Concilio de Antioquía se dispuso que fueran corregidos los obispos que se tomaban la administración de los bienes de la Iglesia sin contar con los presbíteros o los diáconos como colaboradores (canon 35). Pero no hace falta discutir más sobre esto, pues se ve claramente por muchas cartas de san Gregorio que en su tiempo, cuando las cosas de la Iglesia ya se iban corrompiendo, todavía se mantenía la costumbre de que los diáconos administraran los bienes de la Iglesia con la autoridad de sus obispos. Es muy verosímil que desde el principio se les dieran los subdiáconos para ayudarles a servir a los pobres; pero esta distinción se fue corrompiendo poco a poco. Los arcedianos aparecieron cuando crecieron los bienes de la Iglesia, y por eso el cargo era mayor y requería una administración más cuidadosa; aunque san Jerónimo menciona que ya los había en su tiempo (Carta a Nepociano). Tenían en sus manos las posesiones, las rentas, los enseres y las limosnas diarias. Así, san Gregorio escribe al arcediano de Salona diciéndole que, si algo se perdía de los bienes de la Iglesia por negligencia o por fraude de alguien, sería responsabilidad suya (Cartas, libro 1, carta 10). En cuanto a que se les encargara leer el evangelio, exhortar al pueblo a orar y dar al pueblo la copa en la Cena, todo esto se hacía para dar autoridad a su estado, a fin de que cumplieran su deber con mayor reverencia y temor de Dios, ya que por tales ceremonias se les advertía que su cargo no era civil ni profano, sino espiritual y dedicado a Dios.
De aquí será fácil juzgar cuál fue el uso de los bienes eclesiásticos y cómo se administraron. Tanto los cánones como los antiguos doctores dicen muchísimas veces que todo lo que la Iglesia poseía, en tierras o en dinero, era patrimonio de los pobres. Por eso se repite muchas veces a los obispos y a los diáconos esta lección: que las riquezas que manejan no son suyas, sino que están destinadas a las necesidades de los pobres, y que son dignos de muerte si las malgastan o se las quedan. Y se les exhorta a distribuir lo que se les ha confiado a aquellos a quienes corresponde, sin acepción de personas, con temor y reverencia, como en la presencia de Dios. De aquí vienen las declaraciones que san Crisóstomo, san Ambrosio, san Agustín y otros obispos semejantes hacen para dar testimonio al pueblo de su integridad. Y como es justo, y está ordenado por la Ley de Dios, que los que se emplean en el servicio de la Iglesia sean sustentados del fondo común, y en aquel tiempo había muchos presbíteros que ofrecían a Dios su patrimonio haciéndose pobres voluntariamente, la distribución era tal que se proveía a los ministros y se atendía a los pobres. Y entonces se cuidaba mucho, y se ponía muy buen orden, en que los ministros, que deben dar ejemplo a los demás de sobriedad y templanza, no tuvieran salarios excesivos de los que abusaran para lujos y regalos, sino que solo se sustentaran en lo necesario. Por eso dice san Jerónimo: «Los clérigos que pueden sustentarse con su patrimonio, si toman de los bienes de los pobres, cometen sacrilegio, y comen y beben su condenación usando mal de ellos» (Decreto, cap. Clericos, 1 y 2).
Al principio la distribución era libre y voluntaria, porque se podía confiar en la buena conciencia de los obispos y los diáconos, y porque la integridad de su vida les servía de ley. Después, con el paso del tiempo, la avaricia de algunos y la mala administración, de las que nacían grandes escándalos, dieron lugar a que se dictaran ciertos cánones que dividían la renta de la Iglesia en cuatro partes: la primera para los clérigos; la segunda para los pobres; la tercera para la reparación de las iglesias y otros gastos semejantes; la cuarta para los pobres, tanto forasteros como del lugar. Y no contradice esta división que otros cánones asignen esta última parte al obispo, porque no entendían que esa parte fuera propia del obispo para que él solo la consumiera y gastara en lo que se le antojara, sino para que tuviera con qué ejercer la liberalidad y la hospitalidad con los que llegaran, según lo manda san Pablo (1 Ti 3:2). Y así lo interpretan Gelasio y san Gregorio. Porque Gelasio no da otra razón para que el obispo pueda tomar algo, sino que tenga con qué aliviar a los forasteros y a los presos (Decreto, cap. Praesulum, 16, 3). San Gregorio habla todavía con más claridad: «La costumbre de la Sede Apostólica —dice— es mandar al obispo, cuando es constituido, que haga cuatro partes de toda la renta de la Iglesia: la primera para el obispo y su casa, para que pueda recibir y hospedar a los que lleguen; la segunda para los clérigos; la tercera para los pobres; la cuarta para la reparación de los templos» (Decreto, cap. Mos est, cuestión 12). No le era lícito, pues, al obispo tomar nada, sino solo lo que necesitaba para vivir con sobriedad y vestirse sin lujo. Y si alguno empezaba a excederse y pasar la medida en abundancia, lujo y pompa, enseguida lo amonestaban los obispos vecinos; y si no se corregía, era depuesto.
Lo que se destinaba a los ornamentos de los templos era al principio muy poco; y aun después de que la Iglesia se enriqueció algo, se siguió guardando moderación en esto. Y con todo, todo el dinero que se empleaba para este fin quedaba reservado y destinado a los pobres cuando la necesidad lo requería. Así, Cirilo, obispo de Jerusalén, como no podía socorrer de otro modo la necesidad de los pobres en tiempo de hambre, vendió todos los vasos y ornamentos, y así los socorrió (Historia tripartita, libro 5). Asimismo Acacio, obispo de Amida, al ver una gran multitud de persas en gran necesidad, casi muertos de hambre, reunió a sus clérigos y, después de hacerles una admirable exhortación —que nuestro Dios no necesita platos ni cálices, pues ni come ni bebe—, lo fundió todo y dio toda la plata para rescatar y alimentar a los pobres (libro 11, cap. 16). Y san Jerónimo, reprendiendo el exceso con que ya en su tiempo se adornaban los templos, alaba a Exuperio, obispo de Tolosa, que entonces vivía, porque llevaba el cuerpo de nuestro Señor en un canastillo de mimbre y la sangre en un vaso de vidrio, y cuidaba al mismo tiempo de que ningún pobre pasara hambre (Carta a Nepociano). Lo que he dicho de Acacio, san Ambrosio lo cuenta de sí mismo (Sobre los deberes, libro 2, cap. 28). Como los arrianos le reprochaban haber roto los vasos sagrados para pagar el rescate de los prisioneros que los infieles habían capturado, él da esta admirable respuesta, digna de memoria perpetua: «El que envió a sus apóstoles sin oro —dice san Ambrosio— también reunió a su Iglesia sin oro. La Iglesia tiene oro no para guardarlo, sino para repartirlo y socorrer la necesidad. ¿Para qué guardar lo que no sirve de nada? ¿No sabemos cuánto oro y plata robaron los asirios del templo del Señor? ¿No es mejor que el sacerdote lo convierta en dinero para ayudar a sustentar a los pobres, que no que un enemigo sacrílego se lo arrebate todo y se lo lleve? ¿No dirá Dios: por qué has permitido que tantos pobres murieran de hambre, teniendo oro con que comprarles alimento? ¿Por qué has dejado que se llevaran cautiva a tanta pobre gente, sin rescatarla? ¿Por qué has dejado que mataran a tantos? ¿No habría sido mucho mejor conservar los vasos vivos que los vasos muertos de metal? ¿Qué se podría responder a esto? Porque si respondéis: Temía que no quedaran más ornamentos en el templo, Dios responderá: Los sacramentos no necesitan oro; y como no se compran con oro, tampoco agradan por el oro. El ornamento de los sacramentos es el rescate de los cautivos». En conclusión, vemos que en aquel tiempo era verdad lo que él mismo dice en otro lugar: que todo lo que la Iglesia posee es para sustentar a los pobres; y también, que todo lo que un obispo tiene es de los pobres (libro 5, cartas 31 y 33).
Estos son los ministerios u oficios que hubo antiguamente en la Iglesia. Porque los demás grados del clero, que se mencionan muchas veces en los libros de los doctores y en los concilios, eran más ejercicios y preparaciones que oficios. Para que quedara siempre semilla en la Iglesia y nunca estuviera desprovista de ministros, aquellos santos hombres admitían en el clero a los jóvenes que, con el consentimiento y la autoridad de sus padres, se ofrecían para servir a la Iglesia en el futuro, y los llamaban clérigos. Mientras tanto los instruían y los acostumbraban a todo lo bueno, para que no se encontraran novatos, ignorantes y sin ninguna experiencia cuando se les diera algún cargo en la Iglesia. Ciertamente yo querría que los hubieran llamado con otro nombre más apropiado, pues san Pedro llama «clero», es decir, heredad, a toda la Iglesia (1 P 5:3). Así, este nombre no convenía a una sola clase de personas. Con todo, la práctica que tenían era santa y útil: que todos los que querían dedicarse a la Iglesia se criaran bajo la disciplina del obispo, para que nadie sirviera a la Iglesia sin haber sido bien instruido en buena y sana doctrina desde su juventud, y ejercitado en llevar el yugo y en ser humilde y obediente, y además ocupado en cosas santas para olvidarse de toda ocupación profana. Y así como a los jóvenes que quieren ejercitarse en las armas se les acostumbra con justas, torneos y otros ejercicios semejantes, para que sepan cómo han de conducirse en el combate verdadero contra los enemigos, así había antiguamente en el clero ciertos ejercicios para preparar a los que aún no tenían oficio. Primero les encargaban abrir y cerrar los templos, y los llamaban porteros. Después los llamaban acólitos, cuando asistían al obispo acompañándolo, tanto por decoro como para evitar toda sospecha, de modo que el obispo, dondequiera que fuera, nunca estuviera solo ni sin testigo. Después, para que el pueblo los fuera conociendo poco a poco y empezaran a ser estimados, para que aprendieran a presentarse ante el pueblo y a hablar con soltura, y para que, cuando fueran promovidos al presbiterado, no se cohibieran ni se turbaran al tener que predicar, les hacían leer los salmos en el púlpito. Así eran promovidos de grado en grado, ejercitándolos en todos los oficios antes de hacerlos subdiáconos. Mi intención es que se sepa que estas cosas eran preparaciones, rudimentos y aprendizaje, y no oficios, como ya he dicho.
Siguiendo lo que hemos dicho —que el primer punto en la elección de los ministros es qué cualidades deben tener los que han de ser elegidos, y el segundo con qué madura deliberación se debe proceder en la elección—, la Iglesia antigua observó con gran diligencia en lo uno y en lo otro lo que san Pablo ordenó. Porque tenían la costumbre de reunirse con gran reverencia, invocando el nombre del Señor, para elegir a los pastores. Además, tenían un formulario de examen para informarse de la vida y la doctrina de los que habían de elegir, conforme a la misma regla de san Pablo (1 Ti 3:2). Solo hubo en esto una falta: con el tiempo usaron de una severidad excesiva, exigiendo a un obispo aún más de lo que exige san Pablo, y sobre todo cuando, con el paso del tiempo, dispusieron que el ministro no se casara. En todo lo demás se ajustaron bien a la descripción de san Pablo que ya hemos expuesto. En cuanto al tercer punto, a quién corresponde elegir a los ministros, los Padres antiguos no siguieron siempre el mismo orden. Al principio no se recibía a nadie, ni siquiera como clérigo, sin el consentimiento de todo el pueblo; tanto, que san Cipriano se disculpa expresamente por haber constituido lector a un tal Aurelio sin haberlo consultado con la Iglesia, porque, como él dice, se había hecho contra la costumbre, aunque no sin motivo. Comienza, pues, así: «Hermanos muy amados, en la elección de los clérigos solemos pedir vuestro parecer y, después de oír el parecer de toda la Iglesia, considerar y sopesar los méritos y las costumbres de cada uno» (Cartas, libro 2, carta 5). Estas son sus palabras. Pero como en estos ejercicios menores de lectores y acólitos no había gran peligro, puesto que solo servían en cosas de poca importancia y después debían ser probados largamente con el tiempo, no se pidió para ellos el consentimiento del pueblo. Lo mismo ocurrió con los demás grados y órdenes. Excepto en la elección de los obispos, el pueblo casi dejó que el obispo y los presbíteros juzgaran quiénes eran idóneos y aptos y quiénes no, salvo cuando había que elegir un presbítero para una parroquia, porque entonces era necesario que el pueblo consintiera. Y no es de extrañar que el pueblo se descuidara en mantener su derecho en las elecciones. Porque nadie era hecho subdiácono sin haber sido probado muy largo tiempo en su condición de clérigo, con toda la severidad que ya hemos dicho. Después de probado en el subdiaconado, lo hacían diácono; y si en este oficio se conducía bien y fielmente, lo hacían presbítero. Así, nadie era promovido sin haber sido examinado muy detenidamente, y aun en presencia del pueblo. Había además muchísimos cánones para corregir los vicios, de modo que la Iglesia no podía cargarse de malos ministros ni de malos diáconos, a menos que se descuidaran los remedios que se habían dispuesto. Aunque también para elegir a los presbíteros se requería siempre el consentimiento del pueblo donde habían de ser ministros, como lo atestigua el primer canon, que se atribuye a Anacleto, citado en el Decreto, distinción 67. Y ciertamente las órdenes se conferían en determinados tiempos del año, para que nadie fuera ordenado en secreto sin el consentimiento del pueblo y nadie fuera promovido a la ligera sin tener buen testimonio.
En la elección de los obispos, el pueblo conservó su libertad durante mucho tiempo, y así nadie era introducido sino por consentimiento común de todos. Por eso en el Concilio de Antioquía se prohíbe que nadie sea ordenado contra la voluntad del pueblo. León I lo confirma diciendo: «Sea elegido aquel a quien el clero y el pueblo han pedido, o al menos la mayor parte» (Cartas, 90, cap. 2). Y también: «El que ha de presidir a todos sea elegido por todos, porque el que es ordenado sin ser conocido y examinado es introducido a la fuerza». Y también: «Sea elegido el que ha sido elegido por el clero y pedido por el pueblo, y sea consagrado por los obispos de la provincia con la autoridad del metropolitano». Y los santos Padres ponían tanto cuidado en que no se menoscabara esta libertad del pueblo, que el mismo concilio universal reunido en Constantinopla no quiso ordenar obispo a Nectario sin la aprobación de todo el clero y del pueblo, como consta por la carta enviada al obispo de Roma. Por eso, cuando algún obispo designaba sucesor, no era válido si el pueblo no lo ratificaba. De ello no solo tenemos un ejemplo, sino también un formulario, en la designación que hizo san Agustín de Eradio como su sucesor (Cartas, 110). Y el historiador Teodoreto, al contar que Atanasio designó a Pedro como su sucesor, añade enseguida que los sacerdotes lo ratificaron con la aprobación del magistrado, de los nobles y de todo el pueblo (Teodoreto, libro 4, cap. 20).
Reconozco que en el Concilio de Laodicea se dispuso muy bien que la elección no se dejara al pueblo, porque es muy difícil que tantas cabezas se pongan de acuerdo para llevar a buen término un asunto. Y este refrán casi siempre es verdadero: «El vulgo inconstante se divide en opiniones contrarias». Pero había un buen remedio para este mal. Primero elegía solo el clero; después presentaban al elegido al magistrado y a los nobles. Estos, después de deliberar de común acuerdo, ratificaban la elección si les parecía buena, y si no, elegían a otro. Después se comunicaba al pueblo, que, aunque no estaba obligado a admitir la elección ya hecha, no tenía ocasión de provocar ningún tumulto. O bien, si se comenzaba por el pueblo, era para saber a quién deseaba más el pueblo; y así, conocida la preferencia del pueblo, el clero elegía. De esta manera, el clero no tenía libertad para elegir a quien le pareciera, y sin embargo no quedaba sujeto a complacer el apetito desordenado del pueblo. León, en otro lugar, menciona este orden diciendo: «Hace falta el voto de los ciudadanos, el testimonio del pueblo, la autoridad del magistrado, la elección del clero» (Cartas, 87). Y también: «Que haya el testimonio de los gobernantes, la firma del clero, el consentimiento del senado y del pueblo; porque la razón —dice— no permite que se haga de otra manera». Y ciertamente el sentido del canon del Concilio de Laodicea antes citado no es otro sino que los gobernantes y los clérigos no se dejen arrastrar por el vulgo, que es irreflexivo, sino que más bien deben reprimir con su gravedad y prudencia sus locos impulsos cuando sea necesario.
Esta forma de elección se observaba todavía en tiempos de san Gregorio, y es verosímil que durara mucho tiempo después. En su Registro hay muchas cartas que lo atestiguan con toda claridad. Porque cada vez que se trataba de elegir obispo en algún lugar, acostumbra escribir al clero, al cabildo y al pueblo, y a veces al príncipe o señor, según el gobierno de la ciudad a la que escribía. Y cuando, por algún alboroto o disputa, confía al obispo vecino la supervisión de la elección, exige siempre que haya un decreto solemne confirmado por el consentimiento de todos (lo mismo en muchas cartas, libro 2, carta 69). Más aún: como una vez habían elegido a Constancio obispo de Milán, y a causa de las guerras muchos milaneses se habían retirado a Génova, no permitió que la elección se tuviera por legítima hasta que los que estaban retirados se hubieran reunido y hubieran dado su consentimiento. Y lo que es más, no hace aún quinientos años que un papa llamado Nicolás dio este decreto sobre la elección del papa: que los cardenales fueran los primeros, luego los obispos, y que convocaran a todo el resto del clero; y finalmente, que la elección fuera confirmada por el consentimiento del pueblo (Decreto, distinción 23, cap. In nomine). Y al final alega el decreto de León que acabo de citar, mandando que se guarde en adelante. Y si la maldad de los malos llegara a tanto que el clero se viera obligado a salir de la ciudad para hacer una buena elección, manda que en tal caso estén presentes algunos del pueblo que aprueben la elección. El consentimiento del emperador solo se requería, según puede conjeturarse, en dos ciudades, Roma y Constantinopla, por ser las dos sedes del imperio. Porque el que san Ambrosio fuera enviado a Milán por el emperador Valentiniano para que presidiera la elección como lugarteniente del emperador fue algo extraordinario, a causa de las grandes discordias que había entre los ciudadanos. En Roma, la autoridad del emperador tenía tanto peso en la creación del obispo que san Gregorio escribe al emperador Mauricio que había sido hecho obispo por mandato suyo, aunque había sido pedido solemnemente por el pueblo (Cartas, libro 1, carta 5). La costumbre era, pues, que en cuanto alguien era elegido obispo de Roma por el clero, el senado y el pueblo, el electo lo comunicaba al emperador, que aprobaba o anulaba la elección. Y los decretos que recopiló Graciano no contradicen esto, pues no dicen otra cosa sino que de ningún modo debe tolerarse que, sin elección canónica, el rey nombre obispos a su antojo, y que los metropolitanos no deben consagrar al que haya sido promovido de esta manera por la fuerza. Porque una cosa es privar a la Iglesia de su derecho para que un solo hombre lo haga todo a su antojo, y otra dar al rey o al emperador el honor de confirmar con su autoridad la elección hecha legítimamente.
Queda por explicar qué ceremonias se usaban antiguamente en la ordenación de los ministros después de elegirlos. Los latinos lo llamaban ordenación o consagración; los griegos unas veces lo llamaban queirotonía y otras queirotesía, aunque queirotonía es propiamente cuando el pueblo declaraba sus sufragios o votos alzando las manos. Hay un decreto del Concilio de Nicea que manda que el metropolitano y todos los obispos de la provincia se reúnan para ordenar al electo, y que si algunos de ellos no pudieran venir, por enfermedad o por dificultad del camino, al menos estén presentes tres, y que los ausentes declaren por carta que consienten. Y como este canon había caído en desuso desde hacía mucho, fue renovado después en muchos concilios. Se mandaba, pues, a todos, o al menos a los que no tenían excusa, que estuvieran presentes en la elección, para que el examen de la doctrina y de las costumbres se hiciera con más madurez, porque nadie era consagrado sin haber sido examinado de esta manera. Esto mismo se ve en las cartas de san Cipriano: antiguamente no se llamaba a los obispos después de la elección, sino que estaban presentes en ella, para que fueran como supervisores y el pueblo no hiciera nada tumultuosamente (Cartas, libro 2, carta 4). Porque después de decir que el pueblo tiene autoridad para elegir a los que sabe que son dignos o para rechazar a los indignos, añade: «Por tanto, debemos mantener y guardar lo que el Señor y sus apóstoles nos han dejado, y lo que nosotros guardamos y se guarda en casi todas las provincias: que todos los obispos vecinos se reúnan en el lugar donde se ha de elegir al obispo, y que sea elegido en presencia del pueblo». Pero como una reunión así se hacía muchas veces muy tarde y con demoras, y entretanto los ambiciosos tenían tiempo y ocasión de hacer sus componendas, advierte que basta que, hecha la elección, los obispos se reúnan para consagrar al electo después de haberlo examinado.
Esto se hacía en todas partes sin excepción. Después se introdujo una costumbre muy distinta: que el elegido fuera a la ciudad metropolitana para ser confirmado; lo cual se hizo por ambición y corrupción, y no por ninguna buena razón. Poco tiempo después, cuando creció la sede romana, se introdujo otra costumbre todavía mucho peor: que todos los obispos de Italia fueran a Roma para ser consagrados, como puede verse en las cartas de san Gregorio. Solo algunas ciudades conservaron su antiguo derecho y no quisieron someterse fácilmente, como Milán; de ello se ve un ejemplo en una carta (libro 2, cartas 69 y 79). Puede ser que las ciudades metropolitanas conservaran su privilegio y derecho. Porque la costumbre antigua era que todos los obispos de la provincia se reunieran en la ciudad principal para consagrar a su metropolitano. Por lo demás, la ceremonia era la imposición de manos. Porque no he leído que hubiera otras, salvo que los obispos, cuando estaban en las asambleas, usaban cierta vestidura para distinguirse de los demás presbíteros. Asimismo, ordenaban a los presbíteros y a los diáconos con la sola imposición de manos. Pero cada obispo ordenaba a los presbíteros de su diócesis con el consejo de los demás presbíteros. Y aunque todos lo hacían en común, como el obispo presidía y todo se hacía bajo su dirección, se decía que él los ordenaba. Por eso los doctores antiguos dicen muchas veces que el presbítero no se diferencia del obispo sino en no tener autoridad para ordenar.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.