Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
Los maestros y ministros de la Iglesia: su elección y su oficio
Ahora debemos tratar del orden según el cual Dios ha querido que su Iglesia sea gobernada. Aunque solo él debe gobernar y regir su Iglesia y tener en ella toda la preeminencia, y aunque su gobierno y su autoridad deben ejercerse únicamente por su Palabra, como no habita entre nosotros con presencia visible, de modo que podamos oír su voluntad de su propia boca, se sirve para ello del ministerio y del servicio de los hombres, a quienes hace como sus lugartenientes; no para cederles su honra y su autoridad, sino solo para hacer su obra por medio de ellos, igual que un artesano se sirve de su herramienta (Mt 26:11). Me veo obligado a repetir lo que ya he dicho. Es cierto que podría hacerlo muy bien por sí mismo, sin ninguna otra ayuda ni instrumento, o por medio de sus ángeles; pero hay muchas razones por las que ha preferido hacerlo por medio de los hombres. En primer lugar, muestra así el amor que nos tiene, al escoger de entre los hombres a los que quiere hacer sus embajadores, para que tengan el oficio de declarar su voluntad al mundo y representen su persona; y con ello demuestra con hechos que no nos llama tantas veces templos suyos sin motivo, ya que nos habla por boca de hombres como desde el cielo. En segundo lugar, es un ejercicio de humildad muy admirable y muy útil que nos acostumbre a obedecer su Palabra aunque la prediquen hombres semejantes a nosotros, y a veces incluso inferiores en dignidad (sobre esta materia, léase a san Agustín, De la doctrina cristiana, libro 1). Si él mismo hablara desde el cielo, no sería de extrañar que todo el mundo recibiera enseguida con temor y reverencia lo que dijera. Porque ¿quién no quedaría atónito ante su poder si lo viera con sus propios ojos? ¿Quién no se aterraría a la primera vista de su gran majestad? ¿Quién no quedaría deslumbrado al ver su claridad infinita? Pero cuando un hombrecillo de baja condición y sin ninguna autoridad personal habla en nombre de Dios, entonces damos una prueba buena y segura de nuestra humildad y de la honra y estima en que tenemos a Dios, si no ponemos ninguna dificultad en mostrarnos dóciles a su ministro, aunque en cuanto a su persona no valga más que nosotros. Por esta misma razón el Señor esconde el tesoro de su sabiduría celestial en frágiles vasos de barro, para comprobar mejor en qué estima lo tenemos (2 Co 4:7). En tercer lugar, no había nada más apropiado para mantener entre nosotros la caridad fraterna que unirnos con este vínculo: que uno sea constituido pastor para enseñar a los demás, y que los enseñados reciban de él doctrina e instrucción. Porque si cada uno tuviera en sí todo lo que necesita, sin necesidad de los demás, como nuestra naturaleza es orgullosa, cada uno de nosotros despreciaría a su prójimo y sería despreciado por él. Por eso Dios ha unido su Iglesia con el vínculo que le pareció más apropiado para mantener la unión y la amistad: confió la salvación y la vida eterna a hombres, para que por sus manos fuera comunicada a los demás. A esto apuntaba san Pablo cuando dijo en la carta a los Efesios: «Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Ef 4:4-16).
Con estas palabras muestra, en primer lugar, que el ministerio de los hombres, del que Dios se sirve para gobernar su Iglesia, es el nervio principal que une a los fieles en un solo cuerpo. Muestra también que la Iglesia no puede conservarse en su ser y en su integridad de otra manera que valiéndose de los medios que el Señor ha ordenado para conservarla. Cristo, dice, subió a lo alto «para llenarlo todo» (Ef 4:10); y el medio es este: reparte y distribuye sus gracias a su Iglesia por medio de sus ministros, a quienes ha puesto en ese oficio y ha dado poder para ejercerlo; e incluso él mismo, en cierto modo, se hace presente a su Iglesia por medio de ellos, dando eficacia a su ministerio por el poder de su Espíritu, para que el trabajo no sea en vano. Así es como se lleva a cabo el perfeccionamiento de los santos (Ef 4:12). Así es como se edifica el cuerpo de Cristo, como crecemos en todo en aquel que es la cabeza, como somos unidos entre nosotros y como somos llevados a la unión con Cristo: cuando la profecía tiene lugar entre nosotros, cuando recibimos a los apóstoles, cuando no despreciamos la doctrina que se nos presenta. Por tanto, quien quiere deshacer este orden y esta forma de gobierno, o lo desprecia como si no fuera necesario, procura la dispersión de la Iglesia y su ruina total. Porque ni la luz ni el calor del sol, ni la comida ni la bebida son tan necesarios para conservar esta vida presente como lo es el oficio de los apóstoles y de los pastores para conservar la Iglesia.
Por eso he advertido ya que el Señor ensalza la dignidad del ministerio eclesiástico con todas las alabanzas posibles, para que lo estimemos como algo más excelente que todo lo demás. Cuando el Señor manda a su profeta proclamar que los pies de los que anuncian el evangelio son hermosos y que su venida es dichosísima, y cuando llama a sus apóstoles luz del mundo y sal de la tierra, muestra con ello que hace a los hombres un beneficio y un favor singular cuando les envía maestros (Is 52:7; Mt 5:13-14). En fin, no podía estimar más este oficio que diciendo a sus apóstoles: «El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha» (Lc 10:16). Pero no hay pasaje más notable que el de san Pablo en la segunda carta a los Corintios, donde trata expresamente esta materia (2 Co 4:6; 3:9). El apóstol prueba allí que en la Iglesia no hay vocación ni dignidad más excelente que el ministerio del evangelio, puesto que es ministerio del Espíritu, de salvación y de vida eterna. Todas estas sentencias tan admirables, y otras semejantes, apuntan a un mismo fin: que no despreciemos ni rebajemos por nuestra negligencia esta forma de gobernar y conservar la Iglesia por medio de ministros que son hombres, que el Señor ha ordenado para que dure para siempre. Además, no solo ha declarado de palabra, sino también con ejemplos, cuán necesario es este ministerio en su Iglesia. Cuando quiso instruir más plenamente al centurión Cornelio en la doctrina del evangelio, le envió un ángel que lo remitiera a Pedro (Hch 10:3). Cuando quiso llamar a sí a Pablo y recibirlo en su Iglesia, le habló de su propia boca; y aun así lo envió a un hombre mortal para recibir la doctrina de la salvación y ser bautizado por él (Hch 9:6). Si no se hizo a la ligera que un ángel, cuyo oficio es ser embajador de la voluntad divina, se abstuviera de anunciarle el evangelio y lo enviara para ello a un hombre, y que Jesucristo, único Maestro de los fieles, en lugar de enseñar a Pablo lo enviara a ser enseñado por un hombre —a Pablo, digo, a quien arrebató hasta el tercer cielo para revelarle secretos admirables (2 Co 12:2)—, ¿quién se atreverá ahora a despreciar el ministerio de los hombres, o a arrinconarlo como cosa superflua, cuando el Señor Dios ha mostrado de tantas maneras cuán necesario es en su Iglesia?
En cuanto a los que deben presidir la Iglesia para gobernarla conforme a la institución de Jesucristo, san Pablo pone en primer lugar a los apóstoles, luego a los profetas, luego a los evangelistas, luego a los pastores y finalmente a los maestros (Ef 4:11). Pero de todos ellos solo los dos últimos sirven de forma ordinaria en el ministerio eclesiástico; los otros tres los levantó el Señor por su gracia al principio, cuando el evangelio empezó a ser predicado, aunque todavía los levanta a veces cuando la necesidad lo requiere. Si se me pregunta cuál es el oficio de los apóstoles, se verá claramente por lo que el Señor les mandó: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mr 16:15). El Señor no señala a ninguno de ellos límite alguno, sino que les manda llevar a todo el mundo a su obediencia, para que, sembrando el evangelio dondequiera que pudieran, extendieran su reino por todas las naciones. Por eso san Pablo, queriendo probar su apostolado, no dice que haya ganado para Cristo esta o aquella ciudad, sino que ha publicado el evangelio en diversas regiones, y que no ha edificado sobre fundamento ajeno, sino que ha plantado iglesias donde el nombre del Señor Jesús no se había oído (Ro 15:19-20). Los apóstoles, pues, fueron enviados para sacar al mundo de la dispersión en que estaba y reunirlo en la obediencia de Dios, y para edificar su reino en todo el mundo por la predicación del evangelio; o, dicho con otras palabras, para echar, como maestros de obra principales, los cimientos y fundamentos de la Iglesia por todo el universo. San Pablo llama profetas no a todos en general los que declaran la voluntad de Dios, sino a los que tenían alguna revelación singular; de estos, o no los hay en nuestro tiempo, o si los hay, no son bien conocidos. Por evangelistas entiendo a los que en oficio y dignidad seguían a los apóstoles y suplían su lugar; de este número fueron Lucas, Timoteo, Tito y otros semejantes; y es posible que también lo fueran los setenta discípulos que Jesucristo eligió para que estuvieran en segundo grado después de los apóstoles (Lc 10:1). Si admitimos esta interpretación, como creo que debe admitirse porque concuerda muy bien con las palabras y la intención del apóstol, aquellos tres oficios no fueron instituidos para ser perpetuos en la Iglesia, sino solo para el tiempo en que había que plantar iglesias donde no las había, o anunciar a Jesucristo a los judíos para traerlos a él como a su Redentor. Con todo, no niego que Dios haya levantado después apóstoles o evangelistas en su lugar, como vemos que lo ha hecho en nuestro tiempo. Porque fueron necesarios para devolver al buen camino a la pobre Iglesia que el Anticristo había dispersado. Aun así, digo que este oficio es extraordinario, puesto que no tiene lugar en las iglesias bien gobernadas. Siguen los pastores y los maestros, de los que la Iglesia nunca debe ni puede carecer. La diferencia que hago entre estos dos oficios es esta: los maestros no tienen a su cargo la disciplina, ni la administración de los sacramentos, ni hacer exhortaciones y amonestaciones, sino que su cargo es solo explicar la Escritura para que la doctrina pura y sana se conserve y mantenga en la Iglesia. En cambio, el oficio y cargo pastoral comprende todas estas cosas.
Ya hemos visto qué oficios fueron temporales en el gobierno eclesiástico y cuáles han de durar para siempre. Y si de apóstoles y evangelistas hacemos un solo oficio, nos quedarán dos pares de oficios que se corresponden entre sí. Porque la semejanza que nuestros maestros tienen con los antiguos profetas es la misma que tienen los pastores con los apóstoles. El oficio de los profetas era mucho más excelente, a causa del don particular de revelación que tenían; pero el oficio de los maestros apunta en todo al mismo fin y se ejerce casi por el mismo medio. Así, los doce apóstoles que el Señor eligió para publicar su evangelio por todo el mundo superaron a todos los demás en dignidad y rango (Lc 6:13). Porque aunque, según la etimología o derivación del nombre, todos los ministros de la Iglesia pueden llamarse apóstoles por ser enviados de Dios y ser sus mensajeros, como importaba mucho tener noticia cierta de los que el Señor había enviado a hacer una cosa nueva y nunca oída, convenía que los doce que recibieron esta comisión, a cuyo número se añadió después san Pablo, tuvieran un título mucho más excelente que los demás (Gá 1:1). Es verdad que san Pablo concede a Andrónico y a Junias la honra de llamarlos apóstoles, e incluso destacados entre los demás (Ro 16:7). Pero cuando quiere hablar con más propiedad, solo da este nombre a los que tenían la preeminencia que hemos dicho. Y así lo usa comúnmente la Escritura. Con todo, los pastores tienen el mismo cargo que tenían los apóstoles, salvo que cada pastor tiene su cargo limitado, pues cada uno tiene su propia iglesia (Mt 10:1). Y será necesario explicar con más amplitud cómo es esto.
Cuando el Señor envió a sus apóstoles, les mandó, como ya hemos dicho, que predicaran el evangelio y bautizaran a todos los creyentes para perdón de los pecados (Mt 28:19); y antes les había mandado que repartieran el sacramento de su cuerpo y de su sangre siguiendo su ejemplo (Lc 22:19). He aquí una ley santa e inviolable impuesta a todos los sucesores de los apóstoles: que prediquen el evangelio y administren los sacramentos. De aquí concluyo que todos los que desprecian lo uno o lo otro se dicen falsamente sucesores de los apóstoles. ¿Y qué diremos de los pastores? San Pablo no habla solo de sí mismo, sino de todos los pastores, cuando dice: «Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios» (1 Co 4:1). Y en otro lugar: el obispo debe ser «retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen» (Tit 1:9). De estas dos sentencias, y de otras semejantes, podemos concluir que el oficio de pastor comprende estas dos cosas: predicar el evangelio y administrar los sacramentos. Y la manera de enseñar no consiste solo en predicar en público, sino también en exhortar en privado. Por eso san Pablo pone a los efesios por testigos de que no ha rehuido anunciarles todo lo que les convenía saber, enseñándoles en público y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo; y un poco más abajo declara que no ha cesado de amonestar con lágrimas a cada uno (Hch 20:20). No es mi intención enumerar aquí todas las virtudes de un buen pastor, sino solo mostrar en resumen cuál es la profesión de los que se llaman pastores y quieren ser tenidos por tales: presidir la Iglesia de tal manera que su dignidad no sea ociosa, sino que instruyan al pueblo en la doctrina cristiana, administren los sacramentos y corrijan las faltas con buenas amonestaciones, usando de la disciplina paternal que Jesucristo ha ordenado. Porque Dios advierte a todos los que ha puesto por atalayas en su Iglesia que, si alguno perece por ignorancia a causa de la negligencia de ellos, demandará su sangre de sus manos (Ez 3:17). Y a todos ellos les conviene también lo que el apóstol dice de sí mismo: «¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!», puesto que se le ha encomendado esta administración (1 Co 9:16-17). En conclusión, todo lo que los apóstoles hicieron por todo el mundo, cada pastor está obligado a hacerlo en la iglesia a la que ha sido destinado.
Aunque al asignar a cada pastor su iglesia no negamos que el pastor destinado a una iglesia pueda ayudar a otras, ya sea porque ha surgido algún tumulto que puede apaciguarse con su presencia, o porque en alguna dificultad quieren pedirle consejo, sin embargo, como para mantener la paz de las iglesias es necesario este orden —que cada uno sepa lo que debe hacer y dónde debe servir, para que no anden de acá para allá sin vocación, ni se estorben unos a otros, ni nazca de ello confusión, y para que los que se preocupan más de su provecho particular que de la edificación de la Iglesia no abandonen sus iglesias a su antojo—, esta distribución de iglesias debe guardarse en cuanto sea posible, para que cada uno, contento con sus límites y con lo que tiene a su cargo, no se entrometa a usurpar el cargo de los demás. Y esto no es invención humana, sino institución de Dios mismo. Porque leemos que Pablo y Bernabé constituyeron ancianos en cada una de las iglesias de Listra, Antioquía e Iconio (Hch 14:23). Asimismo, san Pablo manda a Tito que establezca ancianos en cada ciudad (Tit 1:5). De acuerdo con esto, en otro lugar menciona a los obispos de Filipos, y en otro a Arquipo, obispo de los colosenses (Flp 1:1; Col 4:17). Asimismo, san Lucas refiere aquel excelente discurso que el apóstol dirigió a los ancianos de la iglesia de Éfeso (Hch 20:18). Por tanto, quien haya tomado a su cargo una iglesia sepa que está obligado a servirla conforme a la vocación a la que Dios lo ha llamado; no que esté atado a ella de tal manera que no pueda irse a otro lugar cuando la necesidad pública lo requiera, siempre que se haga con buen orden. Lo que digo es que el que ha sido llamado a un lugar no debe pensar más en cambiar de lugar, ni tomar cada día una nueva decisión según se le presente la conveniencia. Digo además que, cuando sea necesario que el pastor cambie de lugar, no debe intentarlo por su propia iniciativa, sino que debe regirse por la autoridad pública de la Iglesia.
Si a los que gobiernan la Iglesia los llamo sin ninguna distinción obispos, presbíteros, pastores y ministros, lo he hecho siguiendo el uso de la Escritura, que toma todos estos términos por una misma cosa. Porque a todos los que tienen el cargo de anunciar la palabra de Dios los llama obispos. Así, san Pablo, después de mandar a Tito que establezca ancianos en cada lugar, añade enseguida: «Porque es necesario que el obispo sea irreprensible», etc. (Tit 1:5-7). De acuerdo con esto, saluda a los obispos de Filipos, como si en una sola ciudad hubiera muchos obispos (Flp 1:1). Y san Lucas, después de decir que san Pablo convocó a los ancianos de Éfeso, un poco más adelante los llama obispos (Hch 20:17, 28). Lo que debemos notar aquí es que hasta ahora no he hablado más que de los oficios que consisten en administrar la palabra de Dios, del mismo modo que san Pablo, en el capítulo citado, no menciona otros. Pero en la carta a los Romanos y en la primera a los Corintios nombra otros, como poderes, dones de sanidades, interpretación, gobierno y el cuidado de los pobres (Ro 12:7; 1 Co 12:28). De estos oficios dejaremos los que solo duraron por aquel tiempo, puesto que en el presente no nos sirven. Hay dos oficios que durarán siempre: el gobierno y el cuidado de los pobres. Reconozco que llama gobernantes a los ancianos que se elegían de entre el pueblo para que ayudaran a los obispos a hacer las amonestaciones y a mantener al pueblo en disciplina. Porque de otro modo no se puede entender lo que dice: «el que preside, con solicitud» (Ro 12:8). Por esta razón, desde el principio cada iglesia ha tenido su consistorio de hombres piadosos, prudentes, serios y de buena vida, que tenían autoridad para corregir los vicios, como veremos después. Y la experiencia misma muestra que este oficio no fue solo para un tiempo. Hay que concluir, pues, que este oficio de gobernar es necesario en la Iglesia en todos los tiempos y épocas.
El cuidado de los pobres fue confiado a los diáconos. Aunque san Pablo, en la carta a los Romanos, distingue dos clases de diáconos: «el que reparte, con liberalidad; el que hace misericordia, con alegría» (Ro 12:8). Porque es cierto que en este pasaje habla de los oficios públicos de la Iglesia; por eso tiene que haber dos clases distintas de diáconos. Y si no me equivoco, en la primera cláusula se refiere a los diáconos que distribuían las limosnas, y en la segunda a los que cuidaban de los pobres, asistiéndolos y sirviéndolos; esto hacían las viudas de las que habla a Timoteo (1 Ti 5:10). Porque las mujeres no podían ejercer ningún otro oficio público que el de dedicarse a servir a los pobres. Si admitimos esta interpretación (como debe admitirse, pues se funda en buenas razones), debe haber dos clases de diáconos: unos servirán a la Iglesia administrando y distribuyendo los bienes de los pobres; los otros, sirviendo a los enfermos y a los demás pobres. Y aunque el nombre de diácono es más general, la Escritura llama diáconos especialmente a los que la Iglesia constituye para distribuir las limosnas, cuidar de los pobres y ser como sus administradores; su origen, institución y cargo los refiere san Lucas en los Hechos de los Apóstoles. La causa fue que se levantó una murmuración de los griegos contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en el servicio a los pobres. Los apóstoles, alegando que no podían cumplir con dos oficios, piden al pueblo que elija siete hombres de buena reputación que se encarguen de este trabajo (Hch 6:3). He aquí cuáles fueron los diáconos en tiempo de los apóstoles, y cuáles debemos tener nosotros conforme al ejemplo de la Iglesia primitiva.
Y puesto que en la Iglesia todo debe hacerse «decentemente y con orden» (1 Co 14:40), esto debe observarse sobre todo en el gobierno eclesiástico, porque en esto sería mayor el peligro que en lo demás si se produjera algún desorden. Por eso, para que muchos espíritus caprichosos y sediciosos no se entrometieran temerariamente en el oficio de enseñar o de regir la Iglesia, el Señor ha ordenado expresamente que nadie entre en un oficio eclesiástico público sin vocación, sin ser llamado (Heb 5:4). Por tanto, para que alguien sea tenido por ministro legítimo de la Iglesia, es necesario que sea llamado como corresponde y que responda a su vocación, es decir, que cumpla bien el cargo que ha asumido. Esto puede verse en muchísimos pasajes de san Pablo. Porque cada vez que quiere probar su apostolado, alega de ordinario estas dos cosas: su vocación y su fidelidad en cumplir su deber en su oficio. Si un ministro de Jesucristo tan grande no se atreve a atribuirse autoridad para ser oído en la Iglesia sino en cuanto ha sido constituido y ordenado por el Señor y cumple fielmente su vocación, ¡qué desvergüenza sería que alguien, quienquiera que fuese, quisiera usurpar esta dignidad sin ser llamado, o sin hacer lo que corresponde al deber de su oficio! Pero como hace poco tratamos de la necesidad de ejercer este oficio, ahora solo será necesario tratar de la vocación.
Este tratado consta de cuatro puntos: qué cualidades deben tener los ministros que se eligen; cómo deben elegirse; quién debe elegirlos; y qué ceremonias deben usarse al ponerlos en su oficio. Hablo solo de la vocación exterior, que pertenece al orden público de la Iglesia, y no menciono la vocación secreta e interior, de la que cada ministro debe tener testimonio en su conciencia delante de Dios, y de la que los hombres no pueden dar testimonio. Esta vocación secreta es una firme seguridad que debemos tener en el corazón, que nos atestigua que no hemos entrado en este estado por ambición ni por avaricia, sino por un verdadero temor de Dios y por un buen celo de edificar su Iglesia. Esto, como he dicho, es muy necesario en cada uno de nosotros los que somos ministros, si queremos que Dios apruebe nuestro ministerio. Sin embargo, si alguien entra en el ministerio con mala conciencia, no deja por eso de ser legítimamente llamado en lo que toca a la Iglesia, con tal que su maldad no sea descubierta. También solemos decir de algunos particulares que son llamados al ministerio cuando vemos que son aptos para ello. Porque la doctrina unida a la piedad y a las demás virtudes necesarias en un buen ministro es como una preparación para el ministerio. Porque a los que Dios ha escogido para el ministerio, primero los provee de las armas necesarias para cumplir su deber en él, para que no lleguen con las manos vacías ni mal preparados. Por esta razón san Pablo, queriendo tratar de los oficios en la primera carta a los Corintios, enumera primero los dones o gracias de que deben estar dotados los que son llamados (1 Co 12:7). Y como este es el primero de los cuatro puntos que he propuesto, tratemos de él.
San Pablo trata muy extensamente en dos pasajes de las cualidades que deben tener los que han de ser obispos (1 Ti 3:1; Tit 1:9). En resumen: no deben elegirse sino los que son de sana doctrina y de vida santa, y no están señalados por ningún delito notorio que los haga despreciables y sea una afrenta para el ministerio. Lo mismo vale para los diáconos y los ancianos. En cuanto a lo primero, hay que cuidar siempre mucho de que no sean incapaces ni insuficientes para llevar la carga que se les pone sobre los hombros; es decir, que estén dotados de los dones y gracias que se requieren para cumplir el deber de su oficio. Así, nuestro Señor Jesucristo, al querer enviar a sus apóstoles, los provee de armas y de otras cosas sin las cuales no podían pasar (Lc 21:15; 24:49; Hch 1:8). Y san Pablo, después de describir a un buen obispo, advierte a Timoteo que no se contamine eligiendo a personas que no tengan esas cualidades (1 Ti 5:22). La expresión «de qué manera se deben elegir» no se refiere a la ceremonia, sino a la reverencia y el cuidado que se debe tener en la elección; a esto pertenecen los ayunos y oraciones que, según dice san Lucas, hacían los fieles cuando habían de elegir ancianos (Hch 14:23). Porque, sabiendo muy bien que era algo de grandísima importancia, no se atrevían a emprenderlo sino con gran temor, considerando muy bien lo que tenían entre manos. Y sobre todo cumplían su deber suplicando a Dios que les diera espíritu de consejo y de discernimiento.
El tercer punto de nuestra división es a quién corresponde elegir a los ministros. En esto no se puede sacar una regla segura de la elección o institución de los apóstoles, porque los apóstoles no fueron elegidos de la misma forma y manera que los demás. Como su ministerio era extraordinario, fue necesario que fueran elegidos por boca del mismo Señor, para que tuvieran cierta preeminencia y se distinguieran de los demás. Los apóstoles, pues, fueron puestos en su apostolado no por elección de hombres, sino solo por mandato de Dios y de Jesucristo. De ahí que, cuando quisieron poner otro apóstol en lugar de Judas, no se atrevieron a nombrar a uno, sino que presentaron a dos, rogando a Dios que declarara por suertes cuál de los dos quería que sucediera (Hch 1:23). Del mismo modo hay que entender lo que san Pablo dice a los gálatas, cuando niega haber sido elegido apóstol «de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre» (Gá 1:1, 12). Lo primero, que no fue elegido de parte de hombres, lo tenía en común con todos los buenos ministros, porque nadie debe ejercer el santo ministerio de la Palabra si no es llamado por Dios. Lo segundo, que no fue elegido por medio de hombres, era algo propio y peculiar suyo. Por eso, cuando se gloría de no haber sido elegido por medio de hombres, no solo se jacta de tener lo que cualquier buen ministro debe tener, sino que con ello muestra las señales de su apostolado. Porque, como había entre los gálatas quienes rebajaban su autoridad alegando que era un discípulo común elegido por los apóstoles, él, para mantener la dignidad de su predicación, que esos malintencionados querían menoscabar, procura mostrar, porque así le convenía, que en nada era inferior a los demás apóstoles. Por eso afirma que no fue elegido por juicio de hombres, como lo son los demás pastores comunes, sino por la boca y el decreto de Dios.
Que en la vocación legítima de los obispos se requiere que sean elegidos por los hombres, nadie que tenga algún entendimiento lo negará, pues hay tantos testimonios de ello en la Escritura. Y no contradice esto lo que hemos dicho que san Pablo afirma de sí mismo, que no había sido elegido ni de parte de hombres ni por medio de hombres (Gá 1:1), puesto que allí no habla de la elección ordinaria de los ministros, sino del privilegio especial de los apóstoles. Aunque él mismo fue elegido por el Señor de tal manera que, con todo, el orden eclesiástico intervino en su elección. Porque san Lucas refiere que, mientras los apóstoles oraban y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado» (Hch 13:2). ¿De qué servía esta separación e imposición de manos, después de que el Espíritu Santo había atestiguado su elección, sino para conservar el orden eclesiástico de que los ministros sean elegidos por los hombres? Por eso Dios no pudo aprobar este orden con un ejemplo más notable y evidente que queriendo que Pablo fuera nombrado por la Iglesia, después de haber declarado que lo había constituido apóstol de los gentiles. Lo mismo puede verse en la elección de Matías (Hch 1:23). Como el oficio de apóstol era tan alto que la Iglesia no se atrevía a poner en él a nadie por su propio juicio, propone a dos, para que sobre uno de ellos caiga la suerte. Así, el orden eclesiástico tuvo lugar en esta elección, y sin embargo la dejan en manos de Dios, queriendo saber a cuál de aquellos dos había elegido él.
La cuestión ahora es, pues, si el ministro debe ser elegido por toda la Iglesia, o solo por los demás ministros y los ancianos, que son los censores de la Iglesia, o si puede ser constituido por un solo hombre. Los que sostienen que debe ser elegido por un solo hombre alegan lo que san Pablo dice a Tito: «Te dejé en Creta para que establecieses ancianos en cada ciudad» (Tit 1:5); y a Timoteo: «No impongas con ligereza las manos a ninguno» (1 Ti 5:22). Piensan que Timoteo ejerció en Éfeso una autoridad regia, disponiendo de todo como le parecía, y que Tito hizo lo mismo en Creta. Se engañan muchísimo. Porque ambos presidieron las elecciones para guiar al pueblo con buen consejo, no para hacer y deshacer a su antojo excluyendo a los demás. Y para que no parezca que me invento esto, mostraré con un ejemplo semejante que es así como he dicho. San Lucas cuenta que Pablo y Bernabé constituyeron ancianos en las iglesias (Hch 14:23); pero al decirlo señala enseguida el modo que se siguió: que fueron elegidos por votación del pueblo, como significa la palabra griega que usa san Lucas. Ellos dos, pues, los elegían; pero el pueblo, según la costumbre del país, como atestiguan las historias, alzaba las manos para declarar a quién quería. Es la misma manera de hablar de los cronistas romanos cuando dicen que el cónsul eligió nuevos magistrados o funcionarios, cuando recogía los votos del pueblo y presidía la elección. Ciertamente no es creíble que san Pablo permitiera a Timoteo o a Tito más de lo que él mismo se atrevía a tomar para sí. Y vemos que su costumbre era elegir a los ministros con el consentimiento y los votos del pueblo. Así que debemos entender los pasajes citados de tal manera que la libertad y el derecho comunes de la Iglesia no queden en nada disminuidos ni menoscabados. Por eso san Cipriano dice muy bien que procede de la autoridad de Dios que el sacerdote sea elegido delante de todos, en presencia de todo el pueblo, para que sea aprobado como digno e idóneo por el testimonio de todos (Cartas, libro 1, carta 3). Porque vemos que esto se observó por mandato de Dios con los sacerdotes levíticos, a quienes llevaban y presentaban delante de todo el pueblo antes de consagrarlos (Lv 8:6; Nm 20:26). De esta manera fue añadido Matías al grupo de los apóstoles, y los siete diáconos no fueron constituidos de otro modo que a la vista del pueblo y con su aprobación (Hch 1:15; 6:2). Estos ejemplos, dice san Cipriano, muestran que la elección del sacerdote no debe hacerse sino con la presencia del pueblo, para que la elección, examinada por el testimonio de todos, sea justa y legítima. Tenemos, pues, que según la palabra de Dios hay vocación legítima de ministros cuando los que son idóneos son elegidos con el consentimiento y la aprobación del pueblo. Por lo demás, los pastores deben presidir la elección, para que el pueblo no proceda a la ligera, o por facciones y con tumultos.
Queda el cuarto y último punto que hemos señalado en la vocación de los ministros: la ceremonia de la elección. Se ve claramente que los apóstoles, cuando elegían a alguien como ministro, no usaron otra ceremonia que la imposición de manos. Y pienso que la tomaron de la costumbre de los judíos, que con la imposición de manos presentaban a Dios lo que querían bendecir y consagrar. Así, Jacob, al querer bendecir a Efraín y a Manasés, puso sus manos sobre sus cabezas (Gn 48:14). Lo mismo hizo nuestro Señor Jesucristo con los niños por los que oraba (Mt 19:15). Pienso que con este mismo propósito se mandaba en la Ley que pusieran las manos sobre los sacrificios que ofrecían. Por tanto, con la imposición de manos los apóstoles significaban que ofrecían a Dios a aquel a quien introducían en el ministerio. Aunque también la usaban con aquellos a quienes comunicaban las gracias invisibles del Espíritu Santo (Hch 19:6). Sea como fuere, los apóstoles usaron esta ceremonia solemne cada vez que ordenaban a alguien para el ministerio de la Iglesia, como tenemos ejemplos tanto de pastores como de maestros y diáconos. Y aunque no haya ningún mandamiento expreso acerca de la imposición de manos, como vemos que los apóstoles la usaron siempre, es razonable que lo que ellos usaron con tanto cuidado lo tengamos nosotros por mandamiento. Y ciertamente es muy provechoso realzar ante el pueblo la dignidad del ministerio con una ceremonia así, y advertir con ella misma al ordenado de que ya no se pertenece a sí mismo, sino que está consagrado al servicio de Dios y de su Iglesia. Además, esta ceremonia no sería inútil ni vacía si se la devolviera a su verdadero origen. Porque si el Espíritu de Dios no ha ordenado en su Iglesia nada en vano, entenderemos que esta ceremonia que él ha usado no es inútil, con tal que no se convierta en superstición. Por último, debemos notar que no era todo el pueblo el que imponía las manos sobre los elegidos, sino solo los demás ministros; aunque no se sabe con certeza si eran muchos o uno solo el que imponía las manos. Se ve claramente que así se hizo con los siete diáconos, con Pablo y Bernabé, y con otros (Hch 6:6; 13:3). Pero san Pablo menciona que él solo impuso las manos a Timoteo: «Te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos» (2 Ti 1:6). Lo que en otro lugar dice de la imposición de las manos del presbiterio, no lo entiendo, como algunos, del colegio de los ancianos, sino del estado y oficio mismo; como si dijera: procura que la gracia que recibiste por la imposición de manos, cuando te constituí en el orden del presbiterio, no sea en vano (1 Ti 4:14).
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.