Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
Comparación de la falsa Iglesia con la verdadera
Hemos declarado en qué estima debemos tener el ministerio de la palabra del Señor y sus sacramentos, y hasta dónde debe llegar esta reverencia, para que sean para nosotros una señal y marca perpetua por la que conocer la Iglesia. A saber: que dondequiera que este ministerio permanece en su integridad, allí hay Iglesia, y que no deja de llamarse Iglesia por ningún vicio o falta que haya en las costumbres. Además, que este ministerio no queda tan manchado por faltas leves que deje de tenerse por ministerio legítimo. Asimismo se ha mostrado que los errores que deben perdonarse son los que no tocan los puntos principales de la religión cristiana ni van contra los artículos de la fe en los que todos los creyentes deben estar de acuerdo sin discrepar; y que, en cuanto a los sacramentos, las faltas que deben tolerarse son las que no menoscaban ni destruyen la institución del Señor. Pero si la mentira llega a tal extremo que ataca los puntos principales de la doctrina y echa por tierra lo que es necesario entender de los sacramentos, de modo que su uso no sirva de nada, entonces sin duda alguna se sigue la ruina de la Iglesia, exactamente como un hombre ya no tiene vida cuando le han cortado la garganta o herido el corazón. Esto lo muestra san Pablo cuando dice que la Iglesia está edificada sobre el fundamento de la doctrina de los profetas y de los apóstoles, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo (Ef 2:20). Si el fundamento de la Iglesia es la doctrina de los profetas y de los apóstoles, que enseña a los creyentes a poner su salvación en Jesucristo, quitada esta doctrina, ¿cómo quedará en pie el edificio? Es, pues, necesario que la Iglesia caiga cuando cae la doctrina, que es lo único que la sostiene. Además, si la verdadera Iglesia es columna y baluarte de la verdad (1 Ti 3:15), es certísimo que no es Iglesia aquella en la que reinan la mentira y la falsedad.
Y puesto que así sucede en el papado, es fácil juzgar qué clase de Iglesia es la suya. En lugar del ministerio de la palabra de Dios hay un gobierno perverso forjado de grandísimas mentiras y falsedades, que oscurece y apaga la doctrina pura y clara. En lugar de la santa Cena del Señor hay un sacrilegio execrable. El culto divino está totalmente desfigurado con diversas clases de supersticiones. La doctrina, sin la cual el cristianismo no puede existir, está toda sepultada y desechada. Las asambleas públicas son escuelas de idolatría e impiedad. Por tanto, no hay por qué temer que, al apartarnos de la comunión pestífera de tales sacrilegios, nos hayamos apartado de la Iglesia de Cristo. La comunión de la Iglesia no fue instituida para ser un lazo que nos atara a la idolatría, a la impiedad, a la ignorancia de Dios y a otras abominaciones, sino para mantenernos en el temor de Dios y en la obediencia a su verdad. Sé muy bien que los aduladores del papa ensalzan hasta las nubes a su Iglesia para hacer creer que no hay otra en el mundo sino la suya. Luego, como si hubieran ganado la batalla, concluyen que todos los que se apartan de su obediencia son cismáticos, y que todos los que se atreven a abrir la boca contra su doctrina son herejes. Pero ¿con qué razones prueban que ellos son la verdadera Iglesia? Alegan historias antiguas de lo que hubo en otro tiempo en Italia, España y Francia. Dicen que descienden de aquellos santos hombres que fueron los primeros fundadores de las iglesias en todas estas tierras y que sellaron su doctrina con su sangre; y que la Iglesia, consagrada así entre ellos tanto por los dones espirituales de Dios como por la sangre de los mártires, se ha conservado por la sucesión continua de los obispos, de modo que siempre ha permanecido. Alegan cuán gran caso hicieron de esta sucesión Ireneo, Tertuliano, Orígenes, san Agustín y los demás doctores antiguos. Sin embargo, a cualquiera que quiera considerar atentamente estas cosas le haré entender con toda facilidad cuán frívolas e impertinentes son estas alegaciones. Exhortaría también a quienes las alegan a que ponderaran y consideraran bien lo que les diría, si pensara que decírselo les aprovecharía. Pero, viendo que, sin tener en cuenta para nada la verdad, no buscan sino su propio provecho, diré solo aquello con lo que los buenos y deseosos de saber la verdad puedan librarse de todas estas sutilezas. En primer lugar, pregunto a nuestros adversarios: ¿por qué no han nombrado también a África, a Egipto y a toda Asia? Ciertamente no por otra razón sino porque en todas aquellas tierras faltó esta sucesión de obispos por la que ellos se glorían de que sus iglesias han permanecido. Vienen, pues, a parar en esto: que tienen la verdadera Iglesia porque, desde que comenzó a ser Iglesia, nunca estuvo sin obispos, sino que se han sucedido continuamente unos tras otros. ¿Y qué pasará si yo, por el contrario, les nombro Grecia? Les pregunto otra vez: ¿por qué dicen que la Iglesia ha perecido entre los griegos, entre quienes esta sucesión de obispos, que según su fantasía es el único medio de conservar la Iglesia, nunca ha cesado, sino que ha durado siempre sin interrupción alguna? Llaman cismáticos a los griegos. ¿Y por qué? Porque, responden los papistas, al apartarse de la Santa Sede Apostólica Romana, los griegos perdieron su privilegio. ¿Cómo? ¿No merecen mucho más perderlo los que se apartan de Cristo? De aquí se sigue que su pretexto de la sucesión es vano, a menos que conserven íntegra y perfecta la verdad de Jesucristo tal como la recibieron de sus antepasados, los doctores antiguos.
Así pues, lo que hoy pretenden los romanistas no es otra cosa que lo que decían antiguamente los judíos cuando los profetas de Dios los reprendían por su ceguera, impiedad e idolatría. Porque, así como ellos se gloriaban del templo, de las ceremonias y del sacerdocio, cosas en las que pensaban que consistía la Iglesia, de la misma manera estos, en lugar de la Iglesia, nos ponen delante no sé qué máscaras, que muchísimas veces pueden estar donde no hay Iglesia y sin las cuales la Iglesia puede muy bien existir. Por tanto, no necesito usar otro argumento para refutarlos sino el que usó Jeremías para abatir esta vana confianza de los judíos: «No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este» (Jer 7:4). Porque Dios no reconoce como templo suyo el lugar donde su palabra no se oye ni se estima. Por esta misma causa, aunque la gloria de Dios había estado antiguamente entre los querubines en el santuario, y él había prometido tener allí su trono para siempre, cuando los sacerdotes corrompieron el culto divino con sus supersticiones, su majestad se retiró de allí y dejó aquel lugar sin gloria ni santidad alguna (Ez 10:4). Si fue posible que Dios abandonara este templo, que parecía dedicado a ser residencia perpetua de la majestad divina, y que llegara a ser profano, no deben estos hacernos creer que Dios está tan ligado a personas o lugares, o atado a ceremonias exteriores, que se vea como obligado a permanecer entre quienes solo tienen el nombre o la apariencia de Iglesia. Y este es el combate que sostiene san Pablo en la Epístola a los Romanos desde el capítulo noveno hasta el duodécimo. Porque esto turbaba mucho a las conciencias débiles: que los judíos, que parecían ser el pueblo de Dios, no solo rechazaban el evangelio, sino que incluso lo perseguían. Por eso el apóstol, después de exponer la doctrina, responde a esta dificultad negando que los judíos, enemigos de la verdad, fueran la Iglesia, aunque no les faltaba nada de lo que se requiere en cuanto a la apariencia exterior; y no alega otra razón sino esta: que no recibían a Jesucristo. Habla aún más claramente en la Epístola a los Gálatas (Gá 4:21), donde, comparando a Isaac con Ismael, dice que muchos ocupan un lugar en la Iglesia a quienes, sin embargo, no pertenece la herencia, porque no fueron engendrados de madre libre; y de ahí pasa a presentar dos Jerusalén opuestas entre sí: porque, así como la ley fue promulgada en el monte Sinaí y el evangelio salió de Jerusalén, así muchísimos, nacidos y criados en una doctrina servil, se jactan atrevidamente de ser hijos de Dios y de la Iglesia; y aún más: siendo descendencia bastarda, desprecian a los verdaderos y legítimos hijos de Dios. En cuanto a nosotros, puesto que una vez se ha pronunciado desde el cielo: «Echa fuera a la esclava y a su hijo», armados con este decreto inviolable, pisoteemos todas sus necias jactancias y fantasías. Porque si se glorían de su profesión externa, también Ismael estaba circuncidado; si se apoyan en su antigüedad, él era el primogénito de Abraham, y, sin embargo, vemos que fue echado de casa (Gn 21:10). Si preguntamos la causa, san Pablo nos la muestra: que no debemos tener por verdaderos hijos de Dios sino a los engendrados de la simiente pura de la Palabra, que es la que los hace legítimos (Ro 9:6). Conforme a esta razón, Dios declara que de ningún modo está obligado a los malos sacerdotes, aunque había hecho su pacto con su padre Leví para que le sirviera de mensajero o intérprete. Y aún más: vuelve contra ellos la falsa gloria con que se engreían contra los profetas, pues los sacerdotes decían que la dignidad sacerdotal debía ser estimada y reverenciada en gran manera; Dios se lo concedía de muy buen grado, pero para agravar más su causa, puesto que él estaba dispuesto a cumplir fielmente lo que había prometido por su parte, mientras que ellos no hacían ningún caso; y así merecían ser desechados por su deslealtad. He aquí lo que vale la sucesión de padres a hijos si no hay una continuidad y conformidad que muestre que los sucesores siguen a sus predecesores. Cuando esto falta, los que han sido convencidos de haber degenerado de sus antepasados deben ser privados de toda honra. A no ser que se quiera dar el título y la autoridad de Iglesia a una sinagoga perversa y maldita como la del tiempo de Jesucristo, con el pretexto de que Caifás había sucedido a muchísimos buenos sacerdotes y de que desde Aarón hasta él había habido siempre una sucesión continua sin interrupción alguna. Pero tan lejos está esto de ser válido, que ni siquiera en el gobierno terreno se admitiría que la tiranía de Calígula, de Nerón, de Heliogábalo y de otros semejantes fuera tenida por el verdadero y buen estado de la república romana por haber sucedido ellos a los buenos gobernantes que el pueblo había establecido, como Bruto, Escipión y Camilo. Sobre todo, no hay nada más frívolo que invocar, para el gobierno de la Iglesia, la sucesión de las personas olvidándose de la doctrina. Más aún: los santos doctores que estos nos echan en cara falsamente nunca pretendieron probar que hay un derecho hereditario de Iglesia dondequiera que los obispos se han ido sucediendo unos a otros. Sino que, como era muy notorio y manifiesto que desde los apóstoles hasta ellos no se había hecho ningún cambio en la doctrina, ni en Roma ni en las demás ciudades, tomaban esto como máxima y principio más que suficiente para refutar todos los errores que habían surgido de nuevo: que se oponían a la verdad que de común acuerdo se había mantenido y conservado constantemente desde el tiempo de los apóstoles. No hay, pues, por qué hacer caso de nuestros adversarios cuando quieren asustarnos con el título de Iglesia. Para nosotros el título de Iglesia es honrosísimo; pero la cuestión es distinguir y saber cuál es esta Iglesia. En esto ellos no solo se ven en aprietos, sino que se hunden; y así, en lugar de la santa esposa de Jesucristo, nos presentan una ramera hedionda y desvergonzada. Y para que no nos engañe tal suplantación, recordemos el aviso que, entre otros, nos da san Agustín. Dice que la Iglesia unas veces está oscurecida y como nublada por densas nubes bajo una infinidad de escándalos; otras veces se muestra clara y serena; otras veces está cubierta por las olas de las aflicciones y tentaciones; y después pone como ejemplo que muchísimas veces los que eran las columnas más firmes eran desterrados por la fe, o andaban escondiéndose por todo el mundo, hoy aquí y mañana allá (Agustín, Carta 48, a Vicente).
Del mismo modo, los romanistas nos acosan hoy y asustan a los rudos e ignorantes con el nombre de Iglesia, cuando Jesucristo no tiene mayores enemigos que el papa y sus secuaces. Aunque nos aleguen, pues, el templo, el sacerdocio y otras máscaras semejantes, nada de esto debe movernos a concederles que hay Iglesia donde no hay palabra de Dios. Porque esta es la marca perpetua con que el Señor ha marcado a todos los suyos: «Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz», dice el Señor (Jn 18:37). Y también: «Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen». Y poco antes había dicho que las ovejas siguen a su pastor porque conocen su voz, y que no siguen al extraño, sino que huyen de él, porque no conocen la voz de los extraños (Jn 10:14, 4). Siendo así, ¿por qué andamos a sabiendas desatinados buscando la Iglesia, cuando Jesucristo nos ha dado una marca infalible que, dondequiera que la veamos, nos asegura que allí hay Iglesia, así como, por el contrario, donde no está, nada puede darnos una verdadera muestra de que allí haya Iglesia? Porque san Pablo dice que la Iglesia está fundada no sobre opiniones de hombres ni sobre sacerdocios, sino sobre la doctrina de los profetas y de los apóstoles (Ef 2:20). Más aún: debemos distinguir entre Jerusalén y Babilonia, entre la Iglesia de Dios y los conventículos de los incrédulos y malvados, solo por la diferencia que ha establecido Jesucristo al decir: «El que es de Dios, las palabras de Dios oye»; y, por el contrario, el que no quiere oírlas no es de Dios (Jn 8:47). En suma, puesto que la Iglesia es el reino de Cristo, y Jesucristo no reina sino por su Palabra, ¿quién dudará de que son palabras de mentira cuando quieren hacernos creer que el reino de Jesucristo está donde no está su cetro, es decir, su santa Palabra, la única con que gobierna su reino?
En cuanto a que nos acusan de herejes y cismáticos porque enseñamos una doctrina contraria a la suya, no obedecemos sus leyes y decretos y celebramos nuestras asambleas aparte, tanto para las oraciones públicas como para la administración de los sacramentos: el crimen de que nos acusan es bien grave, pero la defensa es bien fácil. Se llama herejes y cismáticos a quienes, apartándose de la Iglesia, rompen su unidad. Esta unidad consiste en dos vínculos: el acuerdo en la sana doctrina y la caridad fraterna. Por eso san Agustín distingue entre herejes y cismáticos: dice que los herejes corrompen la verdad pura con doctrina falsa, y los cismáticos se apartan de la comunión de los creyentes aunque hagan con ellos una misma confesión de fe (Agustín, Cuestiones sobre los Evangelios, libro 4, sobre Mateo). Pero también hay que notar que esta unión de caridad que debemos tener depende de tal manera de la unidad de la fe que esta es su principio, su fin y su única regla. Así pues, recordemos que siempre que se nos encomienda la unidad de la Iglesia no se ha de entender otra cosa sino que, así como estamos de acuerdo en la doctrina en Jesucristo, así también nuestras voluntades estén unidas en él por un verdadero amor. Por eso san Pablo, al exhortarnos a la unidad, toma como fundamento que no hay más que un Dios, una fe y un bautismo (Ef 4:5). Y más aún: dondequiera que enseña que seamos de un mismo sentir en doctrina y en voluntad, añade enseguida que esto sea en Cristo (Fil 2:2, 5), dando a entender que todo acuerdo que se hace fuera de la palabra de Dios es una conspiración de incrédulos, y no un consentimiento de creyentes.
También san Cipriano, siguiendo a san Pablo, declara que la fuente de toda la unidad de la Iglesia consiste en que Jesucristo sea el único obispo; y después añade que no hay más que una sola Iglesia, que está extendida por todas partes; así como los rayos del sol son muchos, pero su luz es una sola; y en un árbol hay muchas ramas, pero su fuerza es una sola, firmemente asentada sobre su raíz; y de una fuente salen muchos arroyos, cuya multitud no impide que la fuente sea una. Separad el rayo del cuerpo del sol, y la unidad no admite división; cortad una rama del árbol, y la rama no dará fruto; separad el arroyo de la fuente, y el arroyo se secará. Del mismo modo la Iglesia, iluminada con la luz de Dios, se extiende por todo el mundo; sin embargo, la luz que se derrama por todas partes es una sola, y la unidad del cuerpo no está dividida (Cipriano, De la sencillez de los prelados). No se pudo decir nada más excelente para declarar la unión indivisible o trabazón que tienen entre sí todos los miembros de Cristo. Vemos cómo siempre nos remite a la misma Cabeza. Después concluye: de ahí proceden las herejías y los cismas, de que no se acude a la fuente de la verdad, ni se busca la Cabeza, ni se tiene en cuenta la doctrina del Maestro celestial. Vayan ahora nuestros adversarios y griten que somos herejes por habernos separado de su Iglesia, siendo así que la única causa de haberlos dejado es que de ningún modo permiten que se predique la verdad. No digo que ellos nos hayan expulsado con excomuniones y anatemas —razón que por sí sola basta para justificar nuestra causa—, a menos que quieran condenar también por cismáticos a los apóstoles junto con nosotros, ya que la causa es la misma. Lo que digo es que Jesucristo predijo a sus apóstoles que los expulsarían de las sinagogas por causa de su nombre (Jn 16:2). Estas sinagogas eran tenidas en aquel tiempo por verdaderas y legítimas iglesias. Siendo, pues, así que somos expulsados de sus iglesias papistas, y que estamos dispuestos a mostrar que esto se nos ha hecho por el nombre de Cristo, habría que examinar primero la causa antes de dictar sentencia a favor de una u otra parte. Pero, si así les place, lo dejo pasar. Porque me basta con esto: que nos era necesario apartarnos de ellos para acercarnos a Cristo.
Pero se verá todavía más claro en qué estima debemos tener a todas las iglesias sujetas a la tiranía del papa si las comparamos con la antigua Iglesia de Israel tal como nos la pintan los profetas. Mientras los judíos y los israelitas guardaron con pureza el pacto que Dios había hecho con ellos, tuvieron una verdadera Iglesia, porque por la gracia de Dios tenían aquello en que consiste la verdadera Iglesia: tenían la doctrina de la verdad contenida en la ley, que predicaban los sacerdotes y los profetas; eran recibidos en la Iglesia por la marca de la circuncisión, y los demás sacramentos les servían como ejercicios para confirmar su fe. No hay duda de que entonces les correspondían todas las alabanzas con que el Señor honra a su Iglesia. Pero después que, apartándose de la ley de Dios, se entregaron a la idolatría y a la superstición, perdieron en parte aquella prerrogativa. Porque ¿quién se atreverá a quitar el título de Iglesia a aquellos a quienes Dios ha dado su Palabra y el uso de los sacramentos? Y, por otra parte, ¿quién se atreverá a dar el nombre de Iglesia, sin más y sin excepción alguna, a una comunidad en la que la palabra de Dios es pisoteada abiertamente y sin castigo, y está deshecha la predicación de la verdad, que es la fuerza principal y como el alma de la Iglesia?
¿Cómo, dirá alguno, no quedaba entonces entre los judíos parte alguna de Iglesia después de haber caído en la idolatría? La respuesta es fácil. En primer lugar, digo que no cayeron de golpe en la idolatría extrema, sino poco a poco y por grados; porque no diremos que la falta de Israel y la de Judá fueron iguales cuando comenzaron a apartarse del verdadero culto de Dios. Cuando Jeroboam se fabricó los becerros contra la prohibición expresa de Dios y tomó un lugar para sacrificar que no le era lícito tomar, corrompió por completo la religión en Israel. Los judíos se contaminaron con su mala vida y con opiniones supersticiosas antes de caer en alguna idolatría exterior. Porque, aunque desde el tiempo de Roboam habían introducido muchísimas ceremonias perversas, como la doctrina de la ley, el orden sacerdotal y las ceremonias que Dios les había ordenado permanecían aún en Jerusalén, los creyentes tenían todavía un estado tolerable de Iglesia. En Israel, desde Jeroboam hasta el reinado de Acab, no hubo enmienda alguna, y después las cosas fueron siempre de mal en peor. Sus sucesores, hasta la destrucción del reino, fueron en parte semejantes a él, y los que quisieron ser mejores no dejaron de imitar a Jeroboam. Sea como fuere, todos ellos fueron malditos idólatras. En Judá hubo muchísimos cambios: algunos reyes corrompieron el culto divino con falsas supersticiones, y otros se esforzaron por reformar los abusos que se habían introducido. En conclusión, los mismos sacerdotes contaminaron el templo de Dios con idolatría manifiesta.
Nieguen ahora los papistas, si pueden, para excusar sus vicios como suelen, que el estado de la Iglesia está entre ellos tan corrompido y depravado como lo estuvo en el reino de Israel en tiempo de Jeroboam. En cuanto a la idolatría, la suya es ciertamente mucho más grosera; y en la doctrina no son más puros, sino más impuros. Dios me es testigo, y también lo serán todos los que tengan algún juicio, de que no exagero ni amplifico nada aquí, porque la cosa misma lo muestra. Pues bien, cuando quieren obligarnos a la comunión de su Iglesia, nos piden dos cosas. La primera, que participemos en todas sus oraciones, sacramentos y ceremonias. La segunda, que todo el honor, el poder y la jurisdicción que Jesucristo atribuye a su Iglesia se lo atribuyamos a la suya. En cuanto a la primera, reconozco que los profetas que estuvieron en Jerusalén cuando las cosas ya estaban muy corrompidas no sacrificaron ni celebraron sus asambleas aparte de los demás. Porque tenían mandato de Dios de hacer todo esto en el templo de Salomón, y sabían que los sacerdotes levíticos, aunque ya fueran indignos de tal oficio, debían ser reconocidos como ministros legítimos, puesto que habían sido establecidos por Dios y aún no habían sido depuestos (Éx 29:9). Además —y este es el punto principal de nuestra disputa—, no los obligaban de ningún modo a ninguna superstición; y, lo que lo es todo, no hacían nada que no estuviera ordenado por Dios. Pero ¿qué tiene que ver con esto lo que hacen los papistas? Porque apenas podremos reunirnos con ellos en sus iglesias sin contaminarnos con idolatría manifiesta. Ciertamente, el principal vínculo de comunión que se puede tener con ellos es la misa, que nosotros abominamos como sumo sacrilegio. Si con razón o sin ella, lo veremos en otro lugar. Por ahora me basta mostrar que nuestra causa en este asunto es muy diferente de la de los profetas, que no fueron obligados a ver ni a hacer ningún rito que no estuviera instituido por Dios, aun cuando sacrificaban junto con los impíos. Si queremos, pues, un ejemplo semejante en todo, habrá que tomarlo del reino de Israel. Según la ordenación de Jeroboam, se guardaba la circuncisión, se ofrecían los sacrificios, la ley se tenía por santa y se invocaba al Dios que habían adorado los padres; y, sin embargo, Dios condenaba y abominaba todo lo que allí se hacía, porque usaban ritos y ceremonias inventados por ellos mismos y que Dios había prohibido (1 R 12:31). Denme un solo profeta u hombre piadoso que haya adorado o sacrificado alguna vez en Betel. No hay ni uno. Porque sabían muy bien que no podían hacerlo sin contaminarse con sacrilegio. Concluimos, pues, que la comunión de la Iglesia no debe extenderse hasta el punto de que, cuando una iglesia degenere de su deber usando ritos y cultos profanos condenados por la palabra de Dios, debamos seguirla de todos modos.
En cuanto a la segunda cosa que nos piden, tenemos todavía más razón para contradecirlos. Porque si se considera la Iglesia de tal manera que debamos reverenciarla, darle autoridad, recibir sus amonestaciones, someternos a su juicio y conformarnos en todo con ella, según esta consideración no podemos conceder el nombre de Iglesia a los papistas sin que nos sea necesario prestarles sujeción y obediencia. Sin embargo, de muy buena gana les concederíamos lo que los profetas concedieron a los judíos e israelitas de su tiempo, cuando las cosas estaban en un estado semejante o mejor (Is 1:13-14). Vemos, pues, que los profetas clamaban a cada paso que sus asambleas eran conventículos profanos, con los cuales no era más lícito consentir que renegar de Dios. Y ciertamente, si tales asambleas fueran iglesias de Dios, se seguiría que Elías, Miqueas y otros profetas semejantes de Israel no fueron miembros de la Iglesia; y lo mismo en Judea Isaías, Jeremías, Oseas y los demás como ellos, a quienes los otros profetas, los sacerdotes y el pueblo abominaban más que a los incircuncisos. Además, si tales asambleas fueran iglesias de Dios, se seguiría que la Iglesia de Dios no sería columna de la verdad, sino baluarte de la mentira (1 Ti 3:15); no sería santuario de Dios, sino receptáculo de ídolos. El deber de los profetas era, pues, no consentir con tales conventículos, puesto que no eran sino una maldita conspiración contra Dios. Por la misma razón, si alguien reconociera como iglesias las asambleas papistas, contaminadas de idolatría, de diversas supersticiones y de falsa doctrina, pensando que debe permanecer en su comunión hasta el punto de consentir con su doctrina, estaría muy equivocado. Porque, si son iglesias, tienen la autoridad de las llaves; pero las llaves van siempre unidas a la Palabra, que ellos han exterminado. Además, si son iglesias, les pertenece esta promesa de Jesucristo: que todo lo que aten en la tierra será atado en el cielo, etc. (Mt 16:19; 18:18; Jn 20:23). Pero, por el contrario, todos los que hacen de corazón profesión de ser siervos de Jesucristo son expulsados de ellas; luego se sigue que o la promesa de Jesucristo sería vana, o ellas no son iglesias. En fin, en lugar del ministerio de la Palabra, no hay entre los papistas sino escuelas de impiedad y un abismo de toda clase de errores. Por tanto, o bien en este respecto no son iglesias, o no habrá marca ni señal por la que las santas asambleas de los creyentes se distingan de las mezquitas de los turcos.
Sin embargo, así como en aquel tiempo había todavía ciertas prerrogativas que pertenecían a la Iglesia de los judíos, así tampoco negamos ahora que entre los papistas haya ciertas huellas de Iglesia que el Señor ha dejado aún después de tanta devastación. Dios había hecho una vez su pacto con los judíos, y este permanecía entre ellos, más porque se apoyaba en su propia firmeza frente a la impiedad de ellos que porque ellos lo guardaran. Más aún: su impiedad era como un obstáculo que el pacto tenía que superar. Por eso, aunque por su deslealtad merecían muy bien que Dios rompiera su pacto con ellos, él, constante y firme como es en hacer el bien, siguió manteniendo siempre su promesa. Así, la circuncisión no pudo ser profanada por sus manos impuras de tal modo que dejara de ser señal y sacramento del pacto que Dios había hecho con ellos. Y por esta razón Dios llamaba suyos a los hijos que nacían de ellos, los cuales no le pertenecían sino por una gracia y bendición especial (Ez 16:20). Del mismo modo, puesto que el Señor ha hecho su pacto en Francia, Italia, Alemania, España e Inglaterra, aunque casi todo haya sido abatido por la tiranía del Anticristo, para que su pacto permanezca inviolable ha querido que el bautismo se conservara como testimonio de él; y el bautismo, por haber sido ordenado y consagrado por su boca, conserva su virtud a pesar de la impiedad de los hombres. Asimismo, el Señor ha hecho que por su providencia quedaran otros restos, para que la Iglesia no pereciera del todo. Y así como a veces los edificios son derribados de tal manera que quedan los cimientos y ciertas huellas de que allí hubo edificios, así nuestro Señor no ha permitido que su Iglesia fuera tan arruinada y asolada por el Anticristo que no quedara alguna huella del edificio. Y aunque, para vengar la ingratitud de los hombres que habían despreciado su Palabra, permitió que se produjera una horrible ruina y devastación, quiso, sin embargo, que quedara todavía algo del edificio como monumento y señal de que no todo está destruido.
Por tanto, cuando nos negamos a dar sin más a los papistas el título de Iglesia, no negamos del todo que haya algunas iglesias entre ellos; solo disputamos sobre el estado verdadero y legítimo de Iglesia, que implica comunión tanto en la doctrina como en todo lo demás que pertenece a la profesión de nuestra religión cristiana. Daniel y san Pablo predijeron que el Anticristo se sentaría en el templo de Dios (Dn 9:27; 2 Ts 2:4). Nosotros decimos que el papa es el capitán general de este reino maldito, al menos en la Iglesia occidental. Y puesto que se dice que la sede del Anticristo estará en el templo de Dios, con esto se significa que su reino será tal que no suprimirá el nombre de Cristo ni el de su Iglesia. De aquí se ve claramente que no negamos que las iglesias sobre las que él ejerce su tiranía sean iglesias; lo que decimos es que él las ha profanado con su impiedad, afligido con su dominio inhumano, envenenado con doctrinas falsas e impías, y casi llevado al matadero, de tal manera que Jesucristo está medio enterrado, el evangelio ahogado, la piedad exterminada y el culto divino casi destruido. En suma, todo está tan trastornado que parece más la imagen y el retrato de Babilonia que de la santa ciudad de Dios. En conclusión, digo que son iglesias, en primer lugar, en cuanto Dios conserva milagrosamente los restos de su pueblo, aunque estén miserablemente dispersos; en segundo lugar, en cuanto quedan todavía ciertas huellas de iglesia, principalmente aquellas cuya virtud no ha podido ser destruida ni por la astucia del diablo ni por la malicia de los hombres. Pero, por otra parte, como están destruidas las marcas que debemos considerar principalmente en esta disputa, digo que ni cada una de sus asambleas ni el cuerpo entero tienen la forma legítima de Iglesia.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.