Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
La verdadera Iglesia, con la cual debemos estar unidos por ser la madre de todos los creyentes
En el libro anterior hemos mostrado cómo, por la fe del evangelio, Jesucristo se hace nuestro y cómo llegamos a participar de la salvación que él nos trajo; tratamos también de la felicidad eterna. Pero como nuestra rudeza y pereza, y aun la vanidad de nuestro ingenio, necesitan ayudas externas para que la fe se engendre en nosotros, crezca y llegue a ser completa y perfecta, la gran bondad de Dios se ocupó de añadirlas, y esto para condescender con nuestra debilidad. Y para que la predicación del evangelio siguiera su curso, puso este tesoro en su Iglesia como en depósito: estableció pastores y maestros para enseñar a los suyos por su boca, y les dio su autoridad (Ef 4:11). En suma, no omitió nada de lo que conviene para mantener entre nosotros una santa unidad de fe y un buen orden. Ante todo, instituyó los sacramentos, que, como sabemos por experiencia, son una ayuda grandísima para mantener y confirmar nuestra fe. Porque, como encerrados en la prisión de nuestra carne todavía no hemos llegado al grado de los ángeles, Dios, acomodándose a nuestra capacidad, dispuso según su admirable providencia un medio y nos abrió un camino por el cual, aunque muy alejados de él, pudiéramos acercarnos a él. Por tanto, el orden y el método de la enseñanza requieren que tratemos ahora de la Iglesia, de su gobierno, de los oficios que hay en ella, de su autoridad y de sus sacramentos, y finalmente del orden político; y que, junto con esto, procure apartar a los lectores piadosos de las corrupciones y abusos con que Satanás, en el papado, ha falsificado todo lo que Dios había ordenado para nuestra salvación. Comenzaré, pues, por la Iglesia, en cuyo seno quiere Dios que se reúnan sus hijos, no solo para que ella los alimente y los críe mientras son niños, sino para que, con cuidado de madre, los guíe y gobierne hasta que lleguen a la edad adulta y alcancen la meta a que apunta la fe. Porque no es lícito separar lo que Dios juntó (Mr 10:9): que la Iglesia sea madre de todos aquellos de quienes Dios es Padre. Y esto no fue así solo en tiempos de la ley, sino que dura también después de la venida de Cristo, como testifica san Pablo, que dice que somos hijos de la nueva y celestial Jerusalén (Gá 4:26).
Cuando confesamos en el Credo que creemos la Iglesia, este artículo no se refiere solo a la Iglesia visible, de la que tratamos ahora, sino que se extiende también a todos los elegidos de Dios, entre los cuales se cuentan todos los que han pasado de esta vida. Por eso se usa en el Credo la palabra «creer»: porque muy a menudo no se puede ver ni hacer diferencia alguna entre los hijos de Dios y la gente profana, entre su rebaño y las fieras. En cuanto a los que intercalan la partícula «en», no tienen una razón válida para ello. Reconozco que es lo que más comúnmente se usa hoy, y que también se usó antiguamente, pues el Credo niceno, tal como lo cita la historia eclesiástica, pone dicha partícula «en». Pero, junto con esto, se ve con toda claridad por los escritos de los Padres antiguos que decían sin ninguna dificultad que creían la Iglesia, y no en la Iglesia. Porque san Agustín, y el antiguo autor del tratado sobre el Credo que comúnmente se atribuye a san Cipriano, no solo hablan así, sino que notan expresamente que esta manera de hablar sería impropia si se pusiera la partícula «en»; y confirman su opinión con una razón nada frívola. Porque decimos que creemos en Dios porque nuestro corazón descansa en él como en quien es veraz, y nuestra confianza reposa en él. Esto no convendría a la Iglesia, como tampoco conviene al perdón de los pecados ni a la resurrección de la carne. Por tanto, aunque no quisiera disputar por palabras, prefiero usar el modo de hablar propio, con el que las cosas se entienden con más exactitud, antes que afectar expresiones con las que el asunto se oscurece sin propósito alguno. La finalidad, pues, es que sepamos que, aunque el diablo haga todo lo posible por destruir la gracia de Jesucristo y todos los enemigos de Dios conspiren a una y se esfuercen en ello con furia impetuosa, la gracia de Jesucristo no puede ser menoscabada, ni su sangre quedar estéril sin producir fruto. Del mismo modo debemos considerar la elección secreta de Dios y su llamamiento interior: porque solo él conoce a los que son suyos y, como dice san Pablo, los tiene encerrados bajo su sello, salvo que les hace llevar sus marcas, por las cuales se distinguen de los réprobos (2 Ti 2:19). Pero como este número, muy pequeño y despreciable, está escondido y mezclado en una gran multitud, y los pocos granos de trigo están cubiertos por la gran cantidad de paja, debemos dejar solo a Dios el privilegio de conocer su Iglesia, cuyo fundamento es su elección secreta. Y ciertamente no basta concebir en el entendimiento que Dios tiene sus escogidos; es necesario también entender que la unidad de la Iglesia es tal que estemos verdaderamente persuadidos de que estamos injertados en ella. Porque si no estamos unidos, bajo nuestra Cabeza, Cristo, con todos los demás miembros, no tendremos esperanza alguna de la herencia que hemos de recibir. Por esta causa la Iglesia se llama católica o universal: porque no es posible hacer dos o tres iglesias sin despedazar a Cristo, lo cual de ningún modo puede ser. Además, los que Dios ha elegido están tan unidos y juntos en Cristo que, así como todos dependen de una sola Cabeza, todos forman un solo cuerpo, con una trabazón y unidad como la que vemos entre los miembros de un mismo cuerpo humano. Son, pues, todos uno, viviendo de una misma fe, esperanza y caridad por un mismo Espíritu de Dios, llamados no solo a ser herederos de la vida eterna, sino también a participar de la gloria de Dios y de Jesucristo. Por tanto, aunque la horrible desolación que vemos por todas partes parezca dar a entender que todo está destruido y que ya no queda Iglesia, entendamos, sin embargo, que la muerte de Cristo es fructífera y surte su efecto, y que Dios guarda milagrosamente su Iglesia en rincones, como se le dijo a Elías: «Yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal» (1 R 19:18).
Sin embargo, este artículo del Credo se extiende en cierto modo también a la Iglesia externa, para que cada uno de nosotros se mantenga en fraterna concordia con todos los hijos de Dios, dé a la Iglesia la autoridad que le corresponde y, en conclusión, se comporte y se deje gobernar como oveja del redil; y por esta causa se añade «la comunión de los santos». Aunque la mayoría de los antiguos no mencionó esta expresión, no se debe omitir, porque declara muy bien la naturaleza de la Iglesia: como si se dijera que los santos están reunidos en la comunión de Cristo con la condición de compartir unos con otros todos los beneficios que han recibido de Dios. Con esto, sin embargo, no se suprime la diversidad de las gracias, pues sabemos que el Espíritu Santo reparte sus dones de diversas maneras; ni tampoco se menoscaba el orden político, según el cual es lícito a cada uno ser dueño de sus bienes, como es necesario que cada uno posea por separado lo que es suyo para conservar la paz entre los hombres. La comunión de que aquí se trata es aquella de la que habla san Lucas cuando dice que la multitud de los creyentes era de un corazón y un alma (Hch 4:32), y la que menciona san Pablo cuando exhorta a los efesios a ser un cuerpo y un espíritu, como fueron llamados en una misma esperanza (Ef 4:4). Porque, si de veras están persuadidos de que Dios es el Padre común de todos y de que Jesucristo es su Cabeza común, es imposible que no compartan unos con otros lo que tienen, amándose con amor fraternal. Nos importa, pues, mucho saber ahora qué provecho sacamos de esto. Porque creemos que hay Iglesia con este fin: para persuadirnos con certeza de que somos miembros de ella. Así nuestra salvación quedará tan bien fundada que, aunque toda la máquina del mundo se tambalee, ella permanecerá en pie y no caerá. En primer lugar, está fundada sobre la elección de Dios, que no puede fallar ni menoscabarse, a menos que fallara su eterna providencia. Además, está en cierto modo trabada y ligada con la firmeza de Cristo, que no permitirá que sus fieles sean arrancados de él más de lo que permitiría que sus propios miembros fueran despedazados y esparcidos. Además, estamos seguros de que, mientras permanezcamos en el seno de la Iglesia, la verdad permanecerá siempre firme con nosotros. Finalmente, entendemos que nos corresponden estas promesas: que habrá salvación en Sion (Jl 2:32; Abd 17); que Dios habitará para siempre en medio de Jerusalén, de modo que nunca se apartará de ella (Sal 46:5). Tanta virtud y fuerza tiene la unidad de la Iglesia que es ella la que nos mantiene en comunión con Dios. También hay mucho consuelo en el nombre de «comunión». Porque, estando seguros de que todo lo que el Señor reparte a sus miembros y a los nuestros nos pertenece, nuestra esperanza se confirma con todos los bienes que ellos tienen. Por lo demás, para mantenerse en la unidad de la Iglesia no es necesario verla con los ojos ni tocarla con las manos. Más bien, al decirnos que debemos creer que hay Iglesia, se nos advierte que no debemos reconocerla menos como Iglesia cuando es invisible que si la viéramos claramente. Ni por eso vale menos nuestra fe cuando reconoce como Iglesia a una que nuestro entendimiento no puede comprender; porque aquí no se nos manda distinguir a los réprobos de los elegidos —esto corresponde solo a Dios, no a nosotros—, sino que se nos manda tener en el corazón esta certeza: que todos los que por la misericordia de Dios Padre y por la virtud del Espíritu Santo han llegado a participar de Cristo son apartados para ser heredad y posesión propia de Dios, y que nosotros, por ser de este número, participamos de tan gran beneficio y gracia.
Pero como mi intención es tratar aquí de la Iglesia visible, aprendamos del solo título de madre cuán provechoso, o mejor dicho necesario, nos es conocerla; pues no hay otra entrada a la vida sino que ella nos conciba en su seno, nos dé a luz y nos alimente con sus pechos; y, en fin, que nos ampare y defienda hasta que, despojados de esta carne mortal, seamos semejantes a los ángeles (Mt 22:30). Porque nuestra debilidad no permite que se nos saque de la escuela hasta que hayamos sido discípulos durante toda nuestra vida. Añadamos también que fuera del seno de la Iglesia no se debe esperar perdón de pecados ni salvación alguna, como testifican Isaías y Joel (Is 37:32; Jl 2:32), con quienes concuerda Ezequiel cuando dice que aquellos a quienes Dios quiere excluir de la vida celestial no serán inscritos en el registro de su pueblo (Ez 13:9). Y, al contrario, se dice que los que se conviertan al servicio de Dios y a la verdadera religión serán inscritos en el padrón de los ciudadanos de Jerusalén. Por esta causa se dice en otro salmo: «Acuérdate de mí, oh Jehová, según tu benevolencia para con tu pueblo; visítame con tu salvación, para que yo vea el bien de tus escogidos, para que me goce en la alegría de tu nación, y me gloríe con tu heredad» (Sal 106:4-5). En estas palabras, el favor paternal de Dios y el testimonio particular de la vida espiritual quedan restringidos a las ovejas del redil de Dios. Y esto para que advirtamos que apartarse y separarse de la Iglesia es siempre algo pernicioso y mortal.
Prosigamos ahora con lo que propiamente corresponde a este tema. Escribe san Pablo que Jesucristo, para llenarlo todo, constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Vemos que, aunque Dios podría perfeccionar a los suyos en un momento, no quiere que lleguen a la edad adulta sino criándose poco a poco en la Iglesia. Vemos también el medio que emplea: la predicación de la doctrina celestial está encomendada a los pastores. Vemos que todos, sin excepción, están sujetos a un mismo orden: que se dejen guiar con espíritu dócil por los maestros elegidos para este fin. Hace muchísimo tiempo que el profeta Isaías había descrito el reino de Cristo con estas señales: «El Espíritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos, ni de la boca de los hijos de tus hijos» (Is 59:21). De donde se sigue que merecen perecer de hambre y miseria todos los que rechazan el alimento espiritual del alma que se les da por el ministerio de la Iglesia. Dios nos inspira la fe, pero por medio de su evangelio, como nos advierte san Pablo al decir que la fe es por el oír (Ro 10:17). Asimismo, en Dios reside el poder de salvar; pero él manifiesta ese poder, como testifica el mismo san Pablo, en la predicación del evangelio. Por eso, en tiempos de la ley quiso que el pueblo se reuniera en el santuario que él había establecido, a fin de que la doctrina enseñada por boca del sacerdote mantuviera la unidad de la fe. Y ciertamente aquellos títulos magníficos —que el templo es el reposo de Dios (Sal 132:14), que el santuario es su morada, donde reposa entre los querubines (Sal 80:1)— no tenían otro propósito que hacer estimar y amar con toda reverencia la predicación de la doctrina celestial y darle su dignidad, que podría menoscabarse si se pusieran los ojos en los hombres mortales que la enseñan. Así pues, para que sepamos que se nos presenta un tesoro inestimable en vasos de barro (2 Co 4:7), Dios mismo se adelanta y quiere que se reconozca que él, como autor de este orden, está presente en lo que ha instituido. Por esta causa, después de haber prohibido a su pueblo tener trato con adivinaciones, agüeros, artes mágicas, nigromancia y otras supersticiones (Lv 19:31), añade que le dará un medio para ser enseñado que le debe bastar: que nunca le faltarían profetas. Y así como no envió al pueblo antiguo a los ángeles, sino que le levantó maestros de la tierra que hicieran de veras entre ellos el oficio de ángeles, así también ahora nos quiere enseñar por medio de hombres. Y así como en aquellos tiempos no se contentó con la sola ley, sino que añadió a los sacerdotes como intérpretes, de cuyos labios el pueblo buscara el verdadero sentido de la ley, así también ahora no solo quiere que cada uno la lea atentamente en particular, sino que nos da maestros que nos ayuden a entenderla. De esto vienen dos provechos. Por una parte, con esta excelente prueba examina nuestra obediencia, cuando oímos a sus ministros exactamente como a él mismo; por otra, tiene en cuenta nuestra debilidad, pues prefiere hablarnos como a hombres, por medio de intérpretes, para atraernos, antes que tronar en su majestad y hacernos huir de él. Y ciertamente todos los creyentes sienten cuánto nos conviene esta manera familiar de enseñarnos, pues sería imposible que no quedáramos aterrados si Dios nos hablara en su majestad. Los que piensan que la autoridad de la Palabra se menoscaba por la humildad y baja condición de los ministros que la predican descubren su ingratitud; porque, entre tantos y tan excelentes dones con que Dios ha adornado al género humano, es ciertamente una prerrogativa singular que se haya dignado consagrar para sí la boca y la lengua de los hombres, a fin de que en ellas resuene su voz. No se nos haga, pues, pesado abrazar con obediencia la doctrina de salvación que él nos ha propuesto por su mandato expreso; porque, aunque su poder no está atado a medios externos, él ha querido atarnos a nosotros a esta manera ordinaria de enseñar, y quien la desecha, como hacen muchísimos fanáticos, se enreda en muchísimos lazos de muerte. Muchos se dejan llevar, por orgullo y presunción, por desdén o por envidia, a persuadirse de que podrán aprovechar muchísimo leyendo o meditando a solas, y por eso desprecian las asambleas públicas y piensan que oír los sermones es algo superfluo. Y como estos rompen, en cuanto está de su parte, el santo vínculo de la unidad, que Dios quiere que sea inviolable, es muy justo que reciban el pago de tan impío divorcio: que todos ellos se enreden en errores y desvaríos que los lleven a la perdición. Por tanto, para que la pura sencillez de la fe se conserve entera y perfecta entre nosotros, no nos pese usar este ejercicio de piedad que el mismo Dios, al instituirlo, nos muestra que es necesario, y que tanto nos encarga. Jamás se ha hallado a nadie, por desvergonzado perro que fuese, que se atreviera a decir que debemos cerrar los oídos cuando Dios nos habla; pero los profetas y los santos maestros han tenido en todos los tiempos grandes y difíciles combates con los impíos para sujetarlos a la doctrina que predicaban, porque su arrogancia no podía aceptar este yugo de dejarse enseñar por la boca y el ministerio de hombres. Esto es tanto como borrar la imagen de Dios que resplandece en la doctrina. Porque a los creyentes se les mandaba buscar el rostro de Dios en el santuario (Sal 105:4), y esto se repite tantas veces en la ley, por ninguna otra causa sino porque la doctrina de la ley y las exhortaciones de los profetas eran para ellos una imagen viva de Dios. Así san Pablo se gloría de que la gloria de Dios resplandece en su predicación en el rostro de Cristo (2 Co 4:6). Por eso son tanto más detestables los apóstatas que se esfuerzan por dispersar las iglesias, como quien hace huir a las ovejas de sus rediles y las arroja a la boca de los lobos. En cuanto a nosotros, atengámonos a lo que he citado de san Pablo: que la Iglesia no puede edificarse de ningún otro modo que por la predicación externa, y que los santos no se mantienen unidos entre sí por ningún otro vínculo sino cuando, aprendiendo y aprovechando, guardan el orden que Dios ha establecido en su Iglesia. Con este fin principalmente, como ya he dicho, mandaba Dios en la ley que los creyentes se reunieran en el santuario, al que Moisés llama también el lugar del nombre del Señor, porque él había querido que allí se celebrara su memoria (Éx 20:24). Con esto enseña claramente que su uso no valía nada sin la doctrina de la piedad. Y no hay duda de que por la misma causa David se queja con gran dolor y amargura de espíritu de que la tiranía y crueldad de sus enemigos le impidan ir al tabernáculo (Sal 84:1). A muchos les parece muy pueril esta lamentación de David, pues no perdía mucho ni se le privaba de un gran placer por no poder entrar en los atrios del templo, con tal que gozara de otras satisfacciones. Sin embargo, él lamenta que esta pena, angustia y tristeza lo abrasa, lo atormenta y casi lo consume. Es porque los creyentes no estiman nada más que este medio, por el cual Dios eleva a los suyos como de grado en grado. Debemos notar también aquí que Dios se mostró antiguamente a los patriarcas en el espejo de su doctrina de tal manera que siempre quiso ser conocido espiritualmente. De ahí viene que el templo no solo se llama su rostro, sino también estrado de sus pies, para quitar toda superstición (Sal 132:7; 99:5; 1 Cr 28:2). Este es aquel feliz encuentro de que habla san Pablo, que nos lleva a la perfección en la unidad de la fe, cuando todos, desde el más alto hasta el más bajo, aspiran a la Cabeza. Todos los templos que los gentiles edificaron a Dios con otra intención que esta fueron una pura profanación del culto divino. En este vicio cayeron también los judíos, aunque no tan groseramente como los gentiles. Esto es lo que san Esteban les reprocha con palabras de Isaías: que Dios no habita en templos hechos por manos de hombres, etc. (Hch 7:48). Porque solo Dios consagra para sí, por su palabra, templos para un uso legítimo. Y si emprendemos algo sin reflexión, sea esto o aquello, sin que él lo mande, enseguida un mal sigue a otro: al mal principio se añaden muchos desvaríos, de modo que la corrupción va de mal en peor. Aun así, Jerjes, rey de Persia, obró de manera muy desatinada y necia cuando, por consejo de sus magos, quemó y destruyó todos los templos de Grecia, con el pretexto de que los dioses, que tienen toda libertad, no debían estar encerrados entre paredes y bajo techo. ¡Como si Dios no tuviera poder para descender en cierto modo hasta nosotros y mostrarse más de cerca, sin moverse ni cambiar de lugar, y así, sin atarnos a medios terrenos, hacernos subir a su gloria celestial, que él llena con su grandeza infinita y que aun sobrepasa los cielos con su altura!
Pero como en nuestro tiempo ha habido grandes debates sobre la eficacia del ministerio —unos queriendo ensalzar su dignidad en exceso, otros sosteniendo que se atribuye en vano al hombre mortal lo que es propio del Espíritu Santo si pensamos que los ministros y maestros penetran hasta la mente y el corazón para corregir la ceguera del entendimiento y la dureza del corazón—, será necesario tratar y aclarar aquí esta cuestión. Lo que unos y otros disputan se podrá aclarar fácilmente considerando con diligencia los pasajes en que Dios, que es el autor de la predicación, une a ella su Espíritu y promete que no quedará sin fruto; o bien, por otra parte, apartando de sí toda ayuda externa, se atribuye a sí mismo no solo el comienzo de la fe, sino también su perfección. El oficio del segundo Elías, como testifica Malaquías, fue iluminar los entendimientos y hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos (Mal 4:6). Cristo dice que envía a sus apóstoles para que saquen fruto de su trabajo (Jn 15:16). San Pedro declara en pocas palabras cuál es este fruto, diciendo que hemos sido renacidos por la palabra incorruptible (1 P 1:23). Por eso san Pablo se gloría de haber engendrado a los corintios por medio del evangelio (1 Co 4:15), y de que ellos eran el sello de su apostolado (1 Co 9:2); y más aún, de que no era un ministro de la letra que solo tocara los oídos con el sonido de su voz, sino que se le había dado la eficacia del Espíritu para que su doctrina no fuera inútil (2 Co 3:6). Conforme a esto dice en otro lugar que su evangelio no fue solo en palabras, sino también en poder (1 Co 2:4). Afirma también que los gálatas recibieron el Espíritu por el oír con fe (Gá 3:2). En conclusión, en muchísimos pasajes no solo se presenta como colaborador de Dios, sino que se atribuye a sí mismo el oficio de dar la salvación (1 Co 3:9). Ciertamente no lo dijo para atribuirse la menor cosa del mundo por su cuenta sin dar la gloria a Dios, como él mismo lo dice en pocas palabras en otro lugar: que su trabajo no ha sido en vano en el Señor, según la potencia de él, que actúa poderosamente en él (1 Ts 3:5). Y en otro lugar: «el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles» (Gá 2:8). Asimismo se ve en otros pasajes que no atribuye nada en particular a los ministros considerados en sí mismos: «Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento» (1 Co 3:7). Y también: «he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo». Y ciertamente conviene retener y notar con diligencia estas sentencias en que Dios, atribuyéndose a sí mismo el iluminar los entendimientos y el renovar los corazones, declara que comete un gran sacrilegio quien se arrogue cualquiera de estas dos cosas. Entretanto, en la medida en que cada uno se muestre dócil a los ministros que Dios ha establecido, sentirá por el efecto, con gran provecho suyo, que no sin causa ha agradado a Dios este modo de enseñar, y que no sin propósito ha impuesto este yugo de modestia a todos sus fieles.
Creo que por lo que ya hemos dicho es bastante claro qué debemos pensar de la Iglesia visible, que podemos palpar y conocer. Porque hemos dicho que la Escritura habla de la Iglesia de dos maneras. Unas veces, cuando nombra la Iglesia, se refiere a la que verdaderamente es Iglesia delante del Señor, en la cual no son recibidos sino los que por la gracia de la adopción son hijos de Dios y por la santificación del Espíritu son verdaderos miembros de Cristo; y entonces la Escritura no comprende solo a los santos que viven en este mundo, sino también a todos los elegidos desde el principio del mundo. Muchísimas veces, en cambio, con el nombre de Iglesia designa a toda la multitud de hombres esparcida por todo el mundo que hace una misma profesión de honrar a Dios y a Jesucristo, que tiene el bautismo como testimonio de su fe, que al participar de la Cena testifica su unidad en la verdadera doctrina y en la caridad, que está de acuerdo en la palabra de Dios y que mantiene, para enseñar esta palabra, el ministerio que Cristo instituyó. En esta Iglesia hay muchísimos hipócritas mezclados con los buenos, que no tienen de Cristo más que el nombre y la apariencia; hay en ella muchos ambiciosos, avaros, envidiosos y maldicientes, y también algunos de vida ruin y mala, que son tolerados por un tiempo, o porque no pueden ser convencidos por un juicio legítimo, o porque la disciplina no siempre está en el vigor que debería. Así pues, del mismo modo que debemos creer la Iglesia invisible para nosotros y conocida solo por Dios, se nos manda también honrar esta Iglesia visible y mantenernos en su comunión.
Por tanto, el Señor nos la da a conocer con ciertas marcas y señales, en la medida en que nos conviene conocerla. Ciertamente es una prerrogativa singular que Dios se reservó para sí solo conocer quiénes son los suyos, como ya hemos citado de san Pablo (2 Ti 2:19). Y en verdad así se ha dispuesto para que la temeridad de los hombres no llegara tan lejos, pues la experiencia diaria nos advierte cuánto exceden sus juicios secretos a nuestro entendimiento. Porque, por una parte, los mismos que parecían del todo perdidos y sin remedio vuelven al buen camino; por otra, los que parecían firmes más que nadie muy a menudo caen. Así, según la oculta predestinación de Dios, como dice san Agustín, muchísimas ovejas están fuera y muchísimos lobos dentro (Agustín, Homilías sobre Juan, 45). Porque él conoce y tiene marcados a los que ni lo conocen a él ni se conocen a sí mismos. En cuanto a los que llevan exteriormente su marca, solo sus ojos ven quiénes son santos sin hipocresía alguna y quiénes han de perseverar hasta el fin, que es lo principal de nuestra salvación. Por otra parte, viendo el Señor que nos convenía saber en cierta medida a quiénes debíamos tener por sus hijos, se acomodó en esto a nuestra capacidad. Y como para ello no hacía falta la certeza de la fe, puso en su lugar un juicio de caridad, por el cual reconozcamos como miembros de la Iglesia a los que, con la confesión de fe, el ejemplo de vida y la participación en los sacramentos, profesan junto con nosotros un mismo Dios y un mismo Cristo. Pero como teníamos mucha mayor necesidad de conocer el cuerpo de la Iglesia para unirnos a él, nos lo ha señalado con marcas certísimas, por las cuales vemos la Iglesia clara y visiblemente.
He aquí, pues, cómo veremos la Iglesia visible: dondequiera que veamos que la palabra de Dios se predica con sinceridad y que los sacramentos se administran conforme a la institución de Jesucristo, no debemos dudar de ningún modo de que allí hay Iglesia, pues su promesa no puede fallar: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18:20). Pero para entender bien lo esencial de esta materia, necesitamos subir por los grados siguientes. A saber: que la Iglesia universal es una multitud reunida de todos los pueblos, que, aunque se compone de diversas naciones y gentes y reside en lugares diversos y muy lejanos, está de acuerdo en la verdad de Dios y en la doctrina de su palabra, y está unida entre sí por un mismo vínculo de religión. Que bajo esta Iglesia universal están comprendidas todas las iglesias particulares, distribuidas en cada pueblo y parroquia, de tal manera que cada una de ellas lleva con todo derecho el nombre y la autoridad de Iglesia. Que todas las personas que, por hacer una misma profesión de religión, se cuentan en dichas iglesias, aunque en realidad no sean de la Iglesia, sino extrañas a ella, pertenecen sin embargo en cierto modo a la Iglesia hasta que sean expulsadas por juicio público. Aunque es algo distinta la manera de considerar a las personas en particular y la de considerar a las iglesias. Porque sucede que debamos tratar como hermanos y tener por creyentes a quienes pensamos que no son dignos de ese nombre, a causa del consentimiento común de la Iglesia, que los soporta y tolera en el cuerpo de Cristo. A tales personas no las tenemos en nuestro juicio y aprobación por miembros de la Iglesia, pero les permitimos ocupar el lugar que tienen en el pueblo de Dios hasta que por un juicio legítimo se les quite. Con la multitud, en cambio, debemos proceder de otro modo: si mantiene y estima el ministerio de la Palabra y tiene la administración de los sacramentos, debe ser tenida por Iglesia de Dios. Porque es certísimo que la Palabra y los sacramentos no pueden estar sin producir algún fruto. De este modo conservaremos la unidad de la Iglesia universal, que los espíritus diabólicos siempre han procurado deshacer, y no privaremos a las asambleas eclesiásticas, que se reúnen según las posibilidades de cada lugar, de la autoridad que les corresponde.
Hemos puesto como marcas y señales para conocer la Iglesia la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos. Porque es imposible que estas dos cosas existan sin que, por la bendición de Dios, fructifiquen y prosperen. No digo que dondequiera que se predica la palabra de Dios aparezca enseguida el fruto; lo que digo es que en ninguna parte se le permite a la Palabra tener asiento sin que muestre su eficacia. Sea como fuere, lo cierto es que dondequiera que la predicación del evangelio se oye con reverencia y los sacramentos no son despreciados, allí, por ese tiempo, se muestra una forma de Iglesia de la que no se debe dudar; y a nadie le es lícito despreciar su autoridad, no hacer caso de sus amonestaciones, contradecir sus consejos o burlarse de sus correcciones; mucho menos será lícito apartarse de ella y romper su unidad. Porque tanto estima el Señor la comunión de su Iglesia que tiene por traidor y apóstata de la religión cristiana a cualquiera que se aparte obstinadamente de cualquier comunidad cristiana en la que se halle el verdadero ministerio de su palabra y de sus sacramentos. En tanta estima tiene el Señor la autoridad de su Iglesia que dice que su propia autoridad queda menoscabada cuando se menoscaba la de ella. Porque no es un título de poca importancia que se la llame columna y baluarte de la verdad, y casa de Dios (1 Ti 3:15). Con estas palabras san Pablo quiere decir que la Iglesia es la guardiana de la verdad de Dios, para que no se pierda en el mundo, y que Dios se sirve del ministerio eclesiástico para conservar y mantener la pura predicación de su palabra y mostrarse con nosotros como un buen padre de familia, apacentándonos con el alimento espiritual y procurándonos con toda solicitud todo lo que necesitamos para nuestra salvación. Tampoco es pequeña la alabanza que se dice de ella: que Jesucristo ha escogido y apartado a su Iglesia para que sea su esposa, a fin de hacerla pura y limpia de toda mancha (Ef 5:27); y además, que ella es su cuerpo y su plenitud (Ef 1:23). De donde se sigue que quien se aparta de la Iglesia niega a Dios y a Jesucristo. Por eso debemos guardarnos tanto más de un divorcio tan enorme, por el cual procuramos, en cuanto está en nuestras fuerzas, arruinar la verdad de Dios, y por el cual nos hacemos dignos de que Dios lance sobre nosotros los rayos de su ira y nos consuma. Y no hay crimen más detestable que violar con nuestra deslealtad el matrimonio que el Hijo unigénito de Dios se ha dignado contraer con nosotros.
Por tanto, es necesario que retengamos con gran diligencia las marcas de que hemos hablado y que las estimemos como el Señor las estima. Porque nada procura tanto Satanás como llevarnos a uno de estos dos extremos: o borrar las verdaderas marcas por las que podríamos conocer la Iglesia de Dios, o, si no puede hacerlo, inducirnos a despreciarlas y a no hacer caso de ellas, para apartarnos de la Iglesia. Por su astucia ha sucedido que la pura predicación del evangelio haya estado durante tantos años arrinconada y desvanecida; y ahora, con la misma malicia, procura destruir el ministerio, que Jesucristo instituyó en su Iglesia de tal manera que, quitado el ministerio, necesariamente se derrumbe el edificio de la Iglesia que él edificó. ¡Cuán peligrosa, o mejor dicho, cuán perniciosa es, pues, esta tentación, cuando se le mete a alguien en el corazón apartarse de la congregación en que se ven las señales y marcas con que el Señor quiso marcar suficientemente a su Iglesia! Ya vemos cuánta cautela debemos tener en lo uno y en lo otro. Porque, para no ser engañados con el título de Iglesia, es necesario examinar con esta regla que Dios nos ha dado, como con una piedra de toque, toda congregación que pretende el nombre de Iglesia: si tiene el orden que el Señor ha establecido en su Palabra y en sus sacramentos, de ningún modo nos engañará, y podremos darle con seguridad la honra que se debe a la Iglesia. Por el contrario, si quiere ser reconocida como Iglesia sin que en ella se predique la palabra de Dios ni se administren sus sacramentos, en tal caso debemos tener no menos cautela para no ser engañados con tales imposturas que, por otro lado, para huir de toda temeridad y soberbia.
Decimos que el ministerio puro de la Palabra y la manera pura de administrar los sacramentos son una prenda y arras muy seguras de que hay Iglesia dondequiera que veamos estas dos cosas. Esto debe tener tal alcance que no debemos rechazar ninguna comunidad que mantenga estas dos cosas, aunque haya en ella muchísimos defectos. Más aún: podrá haber algún vicio o defecto, sea en la doctrina, sea en el modo de administrar los sacramentos, que no debe hacernos apartar de su comunión. Porque no todos los artículos de la doctrina de Dios son de la misma clase. Hay algunos que es tan necesario conocer que nadie debe ponerlos en duda, como primeros principios de la religión cristiana; por ejemplo: que hay un solo Dios; que Jesucristo es Dios e Hijo de Dios; que nuestra salvación consiste solo en la misericordia de Dios; y otras cosas semejantes. Hay otros puntos en los que no todas las iglesias concuerdan y que, sin embargo, no rompen la unidad de la Iglesia. Por ejemplo: si una iglesia sostuviera que las almas, al separarse de sus cuerpos, son trasladadas inmediatamente al cielo, y otra, sin atreverse a determinar el lugar, pensara sencillamente que viven en Dios, y esta diversidad de opiniones no se debiera a espíritu de contienda ni a obstinación, ¿por qué habrían de romper estas iglesias entre sí la caridad y el vínculo de la unidad? Estas son palabras del apóstol: que si queremos ser perfectos, debemos sentir lo mismo; y que, si en algo pensamos de otra manera, también eso nos lo revelará Dios (Fil 3:15). Con esto nos muestra que, si entre los cristianos hay alguna diferencia en puntos que no son muy necesarios, esto no debe causar división de ánimos entre ellos. Es verdad que lo principal es estar de acuerdo en todo; pero como no hay hombre viviente que no tenga alguna ignorancia, o no debemos admitir iglesia alguna, o debemos perdonar la ignorancia a quienes fallan en cosas que pueden ignorarse sin peligro para la salvación y sin que se violen los puntos principales de la religión cristiana. No es mi intención defender aquí ningún error, por pequeño que sea, ni quisiera fomentarlos disimulándolos y haciendo como que no los vemos. Lo que digo es que no debemos abandonar temerariamente, por cualquier pequeña diferencia, la Iglesia en la que se conserva en su pureza y perfección la doctrina principal de nuestra salvación y se administran los sacramentos como el Señor los instituyó. Entretanto, si procuramos enmendar lo que nos desagrada, no hacemos sino nuestro deber. A este propósito dice el apóstol: «si algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero» (1 Co 14:30). De aquí se ve claramente que a cada miembro de la Iglesia se le encarga edificar a los demás según la medida de gracia que se le ha dado, con tal que se haga decentemente y con orden. Quiero decir: que ni nos apartemos de la comunión de la Iglesia, ni, permaneciendo en ella, perturbemos la buena paz y disciplina que hay en ella.
En cuanto a la imperfección de las costumbres y de la vida, debemos soportarla mucho más. Porque aquí es muy fácil caer, y el diablo tiene grandes astucias para engañarnos. Siempre ha habido muchos que, creyéndose poseedores de una santidad perfectísima y como si fueran ángeles, despreciaban toda compañía de hombres en la que vieran la menor falta. Tales eran los que antiguamente se llamaban cátaros, es decir, los perfectos o puros, y los donatistas, que seguían el desatino de aquellos. Tales son en nuestro tiempo algunos de los anabaptistas, que quieren mostrarse más aventajados que los demás. Otros pecan más por un celo inconsiderado de justicia y rectitud que por tal soberbia. Porque, al ver que entre aquellos a quienes se predica el evangelio el fruto de la vida no corresponde a la doctrina, enseguida piensan que allí no hay Iglesia. Su escándalo, ciertamente, es muy justo; y en verdad damos bastante ocasión, y de ningún modo podemos excusar nuestra maldita pereza, que Dios no dejará sin castigo, como ya comienza a castigarla con castigos terribles. ¡Ay, pues, de nosotros, que con nuestra disoluta licencia para pecar hacemos que las conciencias débiles sean heridas y escandalizadas! Pero, aun así, estos de quienes tratamos también fallan mucho por su parte, pues no saben moderar su escándalo. Porque donde el Señor les manda usar de clemencia, ellos, sin tener en cuenta la clemencia, usan de todo rigor y severidad. Pues, creyendo que no hay Iglesia donde no ven una gran pureza y perfección de vida, con el pretexto de aborrecer los vicios se apartan de la Iglesia de Dios, pensando que se apartan de la compañía de los impíos. Alegan que la Iglesia de Dios es santa (Ef 5:26). Pero es necesario que escuchen lo que la misma Escritura dice: que la Iglesia está mezclada de buenos y malos. Escuchen la parábola de Cristo que compara la Iglesia a una red que recoge toda clase de peces, los cuales no se separan hasta que se sacan a la orilla (Mt 13:47). Escuchen también lo que se dice en otra parábola, donde se la compara a un campo que, después de haber sido sembrado con buena semilla, se llena de cizaña y malas hierbas por la astucia del enemigo, de las que la buena semilla no será limpiada hasta que todo se lleve a la era (Mt 13:24). Oigan también que en la era el trigo está de tal manera escondido bajo la paja que no se lleva limpio al granero hasta que ha sido aventado y cribado (Mt 3:12). Si, pues, el Señor declara que la Iglesia estará sujeta a esta miseria hasta el día del juicio, cargando siempre con muchos impíos y malos, es vano lo que ellos procuran: hallar una Iglesia pura, limpia y sin falta alguna.
Pero dicen que es intolerable que los vicios reinen por todas partes con tanta licencia. Ciertamente deberíamos desear que no fuera así; pero les responderé con lo que dice el apóstol. Entre los corintios no era pequeño el número de los que habían caído, sino que casi todo el cuerpo estaba corrompido, y no con una sola clase de mal, sino con muchísimas. Las faltas no eran cualesquiera, sino transgresiones muy graves y enormes; y la corrupción no estaba solo en la vida, sino también en la doctrina. ¿Qué hace en tal caso el santo apóstol, instrumento escogido de Dios, por cuyo testimonio la Iglesia de Dios se mantiene en pie o cae? ¿Procura apartarse de ellos? ¿Los destierra del reino de Cristo? ¿Lanza sobre ellos el rayo de la excomunión? No solo no hace nada de esto, sino que los reconoce como Iglesia de Cristo y comunión de santos, y los honra con ese título. Si permanece la Iglesia entre los corintios, entre quienes reinan tantas contiendas, sectas y envidias; entre quienes abundan tantos pleitos, riñas y tanta avaricia; entre quienes se aprueba públicamente un pecado horrendo que aun entre los paganos sería execrable; entre quienes se difamaba a san Pablo, a quien debían reverenciar como a padre; entre quienes hay algunos que se burlan de la resurrección de los muertos, con la cual, si cae, cae todo el evangelio; entre quienes los dones y gracias de Dios sirven a la ambición y no a la caridad; entre quienes muchísimas cosas se hacen de manera indecorosa y sin orden alguno (1 Co 1:11; 3:3; 5:1; 6:7; 9:1; 15:12); si, pues, en aquel tiempo hay Iglesia entre los corintios, y la hay porque conservan la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos, ¿quién se atreverá a quitar el nombre de Iglesia a quienes no se les puede reprochar ni la décima parte de tales abominaciones? Los que examinan hoy tan severamente las iglesias, ¿qué harían, les pregunto, con los gálatas, que casi se habían rebelado contra el evangelio? Sin embargo, san Pablo hallaba iglesias entre ellos (al comienzo de la carta).
Objetan también que san Pablo reprende ásperamente a los corintios porque toleraban en su compañía a un hombre de muy mala vida (1 Co 5:2), y que después establece una sentencia general según la cual no es lícito comer ni beber con un hombre de vida mala e infame. Aquí exclaman: si no es lícito comer el pan común en compañía de un hombre de mala vida, ¿cuánto menos nos será lícito comer el pan del Señor? Ciertamente, confieso que es una gran deshonra que los perros y los cerdos tengan lugar entre los hijos de Dios, y una deshonra mucho mayor aún que se les arroje el sacrosanto cuerpo de Jesucristo. Y ciertamente, si las iglesias están bien gobernadas, no tolerarán en su seno a los malvados ni admitirán indistintamente a aquel sagrado banquete a dignos e indignos. Pero como los pastores no siempre velan con la diligencia que deberían, y otras veces son más indulgentes y blandos de lo que convendría, o se ven impedidos para ejercer toda la severidad que quisieran, por estas razones los malos no siempre son expulsados de la compañía de los buenos. Confieso que esto es una falta, y no la quiero excusar, pues san Pablo la reprende severamente en los corintios. Pero aunque la Iglesia no cumpla su deber, no por eso cada particular se tomará la autoridad de separarse de los demás. No niego que sea deber de un hombre piadoso abstenerse de toda familiaridad y trato con los malos y no mezclarse con ellos en nada. Pero una cosa es huir de la compañía de los malos y otra renunciar, por odio a ellos, a la comunión de la Iglesia. En cuanto a que tengan por sacrilegio participar de la Cena del Señor junto con los malos, en esto son más severos que san Pablo. Porque cuando él nos exhorta a recibir pura y santamente la Cena del Señor, no manda que uno examine a otro, ni que uno examine a toda la congregación, sino que cada uno se examine y se pruebe a sí mismo (1 Co 11:28). Si fuera ilícito comulgar en compañía de un hombre malo e indigno, sin duda nos habría mandado mirar a nuestro alrededor por si había alguien con cuya impureza pudiéramos mancharnos. Pero cuando solo manda que cada uno se pruebe a sí mismo, muestra con ello que no sufrimos ningún daño si algunos indignos se mezclan con nosotros. Y no a otro propósito va lo que dice un poco más abajo: que el que come indignamente, come y bebe juicio para sí (1 Co 11:29); no dice «para otros», sino «para sí». Y esto con muchísima razón. Porque no debe cada uno tener autoridad para admitir a unos y rechazar a otros según su propio juicio. Esta autoridad pertenece y es propia de toda la congregación, y no puede ejercerse sin un orden legítimo, como trataremos después más extensamente. Sería muy injusto que un particular quedara manchado por la indignidad de otro al que ni puede ni debe rechazar.
Y aunque esta tentación asalta a veces aun a los buenos por un celo inconsiderado de que todo se haga bien, hallaremos ordinariamente que este gran rigor y severidad nace las más de las veces de soberbia, arrogancia y una falsa opinión de santidad, más que de verdadera santidad o de verdadero celo por ella. Por eso, los que son más atrevidos que los demás para separarse de la Iglesia y se ponen a la cabeza como capitanes no suelen tener otro motivo que mostrarse mejores que todos, despreciando a todos los demás. Por eso habla muy bien san Agustín cuando dice: «Como la regla de la disciplina eclesiástica debe tener en cuenta sobre todo la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, que el apóstol nos manda guardar soportándonos unos a otros, y como, si esta no se guarda, la medicina no solo es superflua sino perniciosa, y por tanto ya no es medicina, los malvados, movidos más por afán de contienda que por odio a los vicios, se esfuerzan por atraer a sí a los sencillos o por dividirlos; hinchados de soberbia, arrastrados por la obstinación, astutos para calumniar, ardiendo en sediciones y revueltas, y para que todo el mundo crea que ellos tienen la verdad, se escudan en una gran severidad; y abusan, para provocar cismas y divisiones en la Iglesia, de los pasajes de la Escritura en que se nos manda corregir con moderación y prudencia las faltas de los hermanos, guardando la sinceridad del amor y la unidad de la paz» (Agustín, Contra la carta de Parmeniano, libro 3, cap. 1). Después da este consejo a los que aman la paz y la concordia: que corrijan con misericordia y dulzura lo que puedan corregir, y lo que no puedan corregir lo soporten con paciencia, lo giman y lo lloren con caridad, hasta que Dios lo enmiende y corrija, o hasta que en el tiempo de la siega arranque la cizaña y la mala semilla y avente su era, limpiando el trigo de la paja (Agustín, en el mismo libro, cap. 2). Procuren todos los creyentes armarse con estas armas y tomar este aviso, no sea que, queriendo mostrarse celosísimos de la justicia, caigan del reino de los cielos, que es el único reino de justicia. Porque, como Dios quiere mantener la comunión de su Iglesia en esta sociedad externa y visible, quien se aparta de ella por odio a los malos corre gran peligro de apartarse de la comunión de los santos. Consideren, pues, que en esta gran multitud hay muchísimas personas de bien que ante los ojos de Dios son de veras santas e irreprochables, aunque ellos no las conozcan. Consideren que entre los que parecen malos y viciosos hay muchos que no se complacen ni se deleitan en sus vicios, y que muchas veces, tocados por un verdadero sentimiento del temor de Dios, desean vivir en santidad y justicia. Consideren que no se debe tener a un hombre por malo por una caída, pues a veces aun los más santos caen muy miserablemente. Consideren que la palabra de Dios y la administración de los sacramentos deben tener más peso e importancia para conservar la Iglesia en unidad y paz que la falta de algunos que viven mal para dispersarla. Consideren, en fin, que cuando se trata de si una iglesia es o no de Dios, el juicio de Dios debe preferirse al de los hombres.
En cuanto a lo que también objetan, que no sin razón la Iglesia se llama santa, debemos examinar bien qué santidad hay en ella. Porque si no queremos tener por Iglesia sino la que sea perfectísima y no tenga falta alguna, ciertamente no hallaremos ninguna. Es muy gran verdad lo que dice el apóstol: que Cristo se entregó a sí mismo por la Iglesia para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, etc. (Ef 5:25-27). Así es; pero no es menos verdadera esta otra sentencia: que el Señor obra día tras día alisando sus arrugas y quitando sus manchas. De donde se sigue que su santidad todavía no es perfecta. La Iglesia es santa, pues, de tal manera que día a día va mejorando; luego todavía no es perfecta; cada día avanza, luego aún no ha llegado a la cumbre y perfección de la santidad, como trataremos más extensamente en otro lugar. Por tanto, lo que los profetas anuncian de Jerusalén —que será santa, que los extraños no pasarán más por ella, que el templo será santo y ningún inmundo entrará en él (Jl 3:17; Is 35:8)— no lo entendamos como si en los miembros de la Iglesia no hubiera de haber falta alguna; sino que, como los creyentes aspiran de todo corazón a una santidad y pureza plenas y perfectas, por la liberalidad de Dios se les atribuye una perfección que todavía no tienen. Y aunque muy pocas veces se vean en los hombres grandes señales de esta santificación, debemos tener por cierto que no ha habido época alguna desde el principio del mundo en que Dios no haya tenido su Iglesia, y que jamás dejará de tenerla hasta el fin del mundo. Porque, aunque desde el mismo principio del mundo todo el género humano fue corrompido y pervertido por el pecado de Adán, él nunca ha dejado de santificar de esta masa corrompida algunos vasos para honra, de modo que no ha habido siglo ni época que no haya experimentado su misericordia. Así lo ha testificado con promesas seguras, como cuando dice: «Hice pacto con mi escogido; juré a David mi siervo, diciendo: Para siempre confirmaré tu descendencia, y edificaré tu trono por todas las generaciones» (Sal 89:3-4). Y también: «Porque Jehová ha elegido a Sion; la quiso por habitación para sí. Este es para siempre el lugar de mi reposo» (Sal 132:13-14). Y también: «Así ha dicho Jehová, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche: si faltaren estas leyes delante de mí, también la descendencia de Israel faltará» (Jer 31:35-36).
El mismo Jesucristo, sus apóstoles y casi todos los profetas nos dan ejemplo de esto. Es horrendo leer lo que escriben Isaías, Jeremías, Joel, Habacuc y otros sobre el gran desorden que había en su tiempo en la Iglesia de Jerusalén. En el pueblo, en los magistrados y en los sacerdotes todo estaba tan corrompido que Isaías no duda en igualar a Jerusalén con Sodoma y Gomorra en maldad (Is 1:10). La misma religión en parte era despreciada y en parte estaba contaminada. En cuanto a las costumbres, no había más que robos, rapiñas, traiciones, asesinatos y otras infamias semejantes. Sin embargo, los profetas no se hacían nuevas iglesias ni se edificaban otros altares para ofrecer aparte sus sacrificios. Sino que, fueran como fueran los hombres, como los profetas entendían que Dios había puesto su palabra entre ellos y había ordenado las ceremonias que usaban, alzaban al cielo sus manos santas y adoraban a Dios en medio de una compañía tan mala. Ciertamente, si los profetas hubieran pensado que de algún modo se contaminaban, habrían preferido morir cien veces antes que mezclarse con ellos. No había, pues, ninguna otra cosa que los hiciera permanecer en la Iglesia en medio de tantos malvados, sino el afecto que tenían a guardar la unidad. Y si los santos profetas tuvieron escrúpulo de apartarse de la Iglesia por los grandes pecados que reinaban en ella, y esto no en un solo hombre, sino casi en todo el pueblo, ciertamente nos arrogamos demasiado si nos atrevemos a apartarnos de la comunión de la Iglesia en cuanto este o aquel no nos agrada con su manera de vivir o no corresponde a la profesión cristiana que hace.
¿Y qué época fue aquella en que vivieron Jesucristo y sus apóstoles? Sin embargo, ni la desesperada impiedad de los fariseos ni la vida disoluta del pueblo les impidieron usar los mismos sacrificios que ellos y acudir al templo junto con los demás para adorar a Dios y practicar otros ejercicios de religión. Nunca lo habrían hecho si no hubieran sabido con certeza que los que participan con conciencia pura de los sacramentos del Señor en compañía de los malos no quedan por ello contaminados. Porque, de otro modo, se habrían guardado muy bien de hacerlo. Quien no se contente con el ejemplo de los profetas y de los apóstoles, conténtese al menos con la autoridad de Jesucristo. Por eso habla muy bien san Cipriano cuando dice: «Aunque en la Iglesia haya cizaña, aunque haya en ella vasos sucios e inmundos, no hay por qué apartarnos por ello de la Iglesia; nuestro deber es procurar ser trigo; procuremos, en cuanto nos sea posible, ser vasos de oro o de plata. Romper los vasos de barro corresponde solo a Jesucristo, a quien se ha dado vara de hierro para hacerlo. Que nadie se atribuya lo que es propio del Hijo de Dios: arrancar la cizaña, limpiar la era, aventar la paja, separando por juicio humano el buen grano del malo. Esta es una obstinación muy orgullosa y una presunción sacrílega que se toma una mala furia», etc. (Cipriano, libro 3, Carta 5). Tengamos, pues, por firmes estos dos puntos. El primero: quien por su propia iniciativa se aparta de la comunión externa de la Iglesia, en la cual se predica la palabra de Dios y se administran los sacramentos, no tiene excusa alguna. El segundo: las faltas y pecados de otros, sean pocos o muchos, no nos impiden hacer muy bien profesión de nuestra religión usando con ellos de los sacramentos y de los ejercicios eclesiásticos; porque una buena conciencia no puede ser dañada por la indignidad de otros, sea del mismo pastor o de otro particular, ni los sacramentos del Señor dejan de ser puros y santos para el hombre puro y santo por recibirse en compañía de impuros y malos.
Su intransigencia y arrogancia van todavía más lejos: no reconocen por Iglesia sino la que esté limpia aun de las faltas más pequeñas del mundo; y, más aún, se enojan con los buenos pastores que procuran cumplir fielmente su deber, porque, al exhortar a los creyentes a ir de bien en mejor, les advierten que mientras vivan en este mundo estarán oprimidos por algún vicio, y por esta causa los mueven a gemir delante de Dios para alcanzar perdón. Estos grandes correctores les reprochan que por este medio apartan al pueblo de la perfección. Reconozco de buen grado que para mover a los hombres a la santidad no debemos obrar con flojedad ni frialdad, sino que es necesario trabajar de veras en ello. Lo que digo es que es un desvarío del diablo hacer creer a los hombres que, mientras viven en este mundo, pueden alcanzar esa perfección. Por eso, muy a propósito se pone en el Credo el artículo del perdón de los pecados después del artículo en que creemos que hay Iglesia: porque nadie alcanza el perdón de sus pecados sino solo los que son sus ciudadanos y miembros de su casa, como lo dice el profeta (Is 33:24). Primero, pues, es necesario que esta Jerusalén celestial sea edificada, para que después tenga lugar en ella esta gracia y misericordia de Dios: que a todos los que se acojan a ella se les perdonen sus pecados. Digo que es necesario que se edifique primero, no porque entienda que pueda haber alguna Iglesia sin perdón de pecados, sino porque el Señor nunca ha prometido su misericordia sino en la comunión de los santos. Así, el perdón de los pecados es nuestra primera entrada en la Iglesia y en el reino de Dios, sin el cual no tenemos pacto ni amistad alguna con Dios. Como él mismo lo dice por el profeta Oseas: «En aquel tiempo haré para ti pacto con las bestias del campo, con las aves del cielo y con las serpientes de la tierra; y quitaré de la tierra arco y espada y guerra, y te haré dormir confiadamente. Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia» (Os 2:18-19). Vemos de qué manera el Señor nos reconcilia consigo por su misericordia. Así lo dice también en otro lugar, cuando profetiza que reunirá al pueblo que había dispersado en su ira: «Y los limpiaré de toda su maldad con que pecaron contra mí» (Jer 33:8). Por eso, en nuestra primera entrada en la Iglesia somos recibidos con la señal del lavamiento, con lo cual se nos muestra que no tenemos entrada ni acceso a la familia de Dios sin que antes, por su bondad, sean lavadas nuestras inmundicias.
Y el Señor no solo nos recibe y admite una vez en la Iglesia por el perdón de los pecados, sino que por ese mismo perdón nos mantiene y conserva en ella. Porque ¿de qué serviría que el Señor nos perdonara nuestros pecados si ese perdón no nos sirviera de nada? Y todo creyente siente en sí mismo que la misericordia de Dios sería vana e ineficaz si se nos concediera una sola vez. Porque no hay nadie que no se sienta toda su vida cargado de muchas miserias que necesitan de la misericordia de Dios. Y ciertamente no sin causa promete Dios esta gracia particularmente a los de su casa, ni en vano manda que cada día se les anuncie este mensaje de reconciliación. Así, como llevamos a cuestas toda nuestra vida los restos del pecado, es certísimo que no podríamos permanecer en la Iglesia ni un momento si la gracia de Dios no nos asistiera continuamente perdonándonos nuestras faltas. Por el contrario, Dios llamó a los suyos a la salvación eterna; luego deben pensar que la gracia de Dios está siempre dispuesta a perdonarles sus pecados. Por tanto, debemos estar firmemente persuadidos de que, por la misericordia de Dios, mediante el mérito de Cristo y por la santificación del Espíritu Santo, nuestros pecados nos han sido perdonados y se nos perdonan todavía cada día a nosotros, que estamos injertados e incorporados en la Iglesia.
Y en efecto, esta es la razón por la que el Señor dio las llaves a la Iglesia: para que ella tuviera la dispensación de esta gracia y nos hiciera partícipes de ella (Mt 16:19; 18:18; Jn 20:23). Porque cuando Jesucristo dio a sus apóstoles el mandato y el poder de perdonar pecados, no quiso que solo desataran de sus pecados a los que se convertían de su impiedad a la fe de Jesucristo, ni que lo hicieran una sola vez, sino que su intención fue que ejercieran continuamente este oficio con los creyentes. Esto enseña san Pablo cuando escribe que Dios encargó a los ministros de su Iglesia el mensaje de la reconciliación, para exhortar continuamente a su pueblo a reconciliarse con Dios en el nombre de Cristo (2 Co 5:20). Así, en la comunión de los santos, los pecados se nos perdonan continuamente por el ministerio de la Iglesia, cuando los pastores u obispos a quienes se ha encomendado este oficio confirman la conciencia de los creyentes con las promesas del evangelio y les aseguran que Dios quiere tener misericordia de ellos y perdonarlos. Y esto tanto en general como en particular, según lo exija la necesidad. Porque hay muchísimos que, por estar tan débiles, necesitan ser consolados a solas y en privado. Y san Pablo dice que enseñó al pueblo la fe de Jesucristo no solo en sermones públicos, sino también por las casas, amonestando a cada uno en particular acerca de la doctrina de la salvación (Hch 20:20). Hemos de notar aquí, pues, tres cosas. La primera: por grande que sea la santidad de los hijos de Dios, su condición es tal que, mientras habitan en este cuerpo mortal, no pueden subsistir delante de Dios sin el perdón de sus pecados, porque siempre son pobres pecadores. La segunda: este beneficio es tan propio de la Iglesia que de ningún modo podemos gozar de él si no permanecemos en su comunión. La tercera: este tan gran beneficio se nos comunica y dispensa por medio de los ministros y pastores, tanto en la predicación del evangelio como en la administración de los sacramentos; y el poder de las llaves que el Señor dio a su Iglesia se muestra principalmente en esto. Por tanto, piense cada uno que es su deber no buscar en otra parte el perdón de los pecados, sino solo donde el Señor lo ha puesto. De la reconciliación pública, que pertenece a la disciplina, se tratará en su lugar.
Pero como aquellos espíritus fanáticos de quienes he hablado procuran quitar a la Iglesia esta única ancla de salvación, es necesario fortalecer las conciencias contra un error tan pestilente. Los novacianos turbaron en otro tiempo la Iglesia con esta falsa doctrina; y en nuestro tiempo también hay algunos anabaptistas que renuevan este desatino. Imaginan que el pueblo de Dios es regenerado por el bautismo a una vida perfecta y angélica, que no se contamina con ninguna impureza de la carne. Y si sucede que alguien peca después del bautismo, no le dejan más que el juicio inexorable de Dios. En suma, no dejan ninguna esperanza de perdón al pecador que ha caído después de haber recibido la gracia. La causa es que no conocen otro perdón de pecados que aquel por el que somos regenerados al principio. Y aunque no hay mentira más claramente refutada en la Santa Escritura que esta, como hallan muchos sencillos a quienes engañar —como también Novato halló en su tiempo muchos seguidores—, mostremos brevemente cuán pernicioso es su error, tanto para ellos como para los demás. En primer lugar, como todos los santos, por mandato de Dios, repiten cada día esta oración: «Perdónanos nuestras deudas» (Mt 6:12), con ello confiesan que son pecadores. Y no lo piden en vano, porque el Señor no nos ha mandado pedir nada que no nos quiera conceder. Más aún: habiendo prometido en general que su Padre oirá toda oración que él nos mandó hacer, selló además esta absolución con una promesa particular. ¿Qué más queremos? El Señor quiere que todos sus santos se confiesen pecadores cada día, durante toda su vida, y les promete perdón. ¿Qué atrevimiento es, pues, negar que son pecadores o, si han pecado, excluirlos del todo de la gracia? Además, ¿a quiénes quiere que perdonemos setenta veces siete, es decir, todas las veces que pequen contra nosotros (Mt 18:22)? ¿No es a nuestros hermanos? ¿Y por qué lo manda, sino para que imitemos su clemencia? Él perdona, pues, no una o dos veces, sino todas las veces que el pobre pecador, abatido y agobiado por el sentimiento de sus faltas, suspira a él.
Y para comenzar casi desde el mismo principio de la Iglesia: los patriarcas, circuncidados, habían sido recibidos en el pacto de Dios, y no hay duda de que su padre les había enseñado a guardar la justicia y la integridad cuando conspiraron para matar a su hermano (Gn 37:18, 28). Esto era ciertamente una gran abominación, que aborrecen aun los salteadores. Al fin, calmados por las exhortaciones de Judá, lo vendieron. También fue una crueldad intolerable que Simeón y Leví mataran a todo el pueblo de Siquem para vengar a su hermana, lo cual no les era lícito hacer, y su propio padre lo condenó (Gn 34:25). Rubén comete un incesto execrable con la mujer de su padre (Gn 35:22). Judá, queriendo fornicar, obró contra la honestidad natural al unirse con su nuera (Gn 38:16). Y lejos de ser desechados del pueblo de Dios, son al contrario constituidos cabezas de él. ¿Qué diremos, pues, de David? Siendo él cabeza de la justicia, ¡qué grave pecado comete cuando, por satisfacer su deseo carnal, hace derramar sangre inocente (2 S 11:4, 15; 12:13)! David ya era regenerado y tenía ilustres testimonios de alabanza de la misma boca de Dios entre los regenerados; aun así cometió una abominación que habría sido horrible aun entre los paganos; y, sin embargo, alcanzó perdón. Y para no detenernos en contar ejemplos particulares, ¡cuántas promesas de la misericordia de Dios leemos en la ley y en los profetas hechas a los israelitas, en las que el Señor se muestra propicio a sus faltas! ¿Qué promete Moisés al pueblo cuando se convierta a Dios después de haber apostatado cayendo en la idolatría? «Jehová hará volver a tus cautivos, y tendrá misericordia de ti, y volverá a recogerte de entre todos los pueblos adonde te hubiere esparcido. Aun cuando tus desterrados estuvieren en las partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te recogerá» (Dt 30:3-4).
Pero no quiero comenzar a recitar un catálogo que nunca se acabaría. Porque los profetas están llenos de tales promesas, en las que ofrecen misericordia al pueblo que había cometido innumerables pecados. ¿Qué pecado hay mayor que la rebelión? Por eso se la llama divorcio entre Dios y la Iglesia; y, sin embargo, es perdonada por la gran bondad de Dios. ¿Qué marido, dice Dios por Jeremías, si su mujer se entrega a los adúlteros, la querrá recibir después? Pero todos tus caminos, oh pueblo de Judá, están llenos de tus adulterios; la tierra está toda llena de tus sucios amores. Con todo, vuélvete a mí, y yo te recibiré. «Vuélvete, oh rebelde Israel, dice Jehová; no haré caer mi ira sobre ti, porque misericordioso soy yo, dice Jehová, no guardaré para siempre el enojo» (Jer 3:1, 12). Y ciertamente no puede haber otro sentimiento en aquel que dice: «No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva» (Ez 18:23, 32). Por esta causa, cuando Salomón dedicó el templo, lo destinó y apropió a este uso: que en él fueran oídas las oraciones hechas para alcanzar el perdón de los pecados. «Si tus hijos —dice Salomón— hubieren pecado contra ti (porque no hay hombre que no peque), y estando tú airado contra ellos los entregares al enemigo, y ellos volvieren en sí y se convirtieren, y oraren a ti en su cautiverio diciendo: Pecamos, hemos hecho lo malo; y oraren a ti con el rostro hacia la tierra que diste a sus padres y hacia esta tu santa casa, tú oirás en los cielos su oración, y perdonarás a tu pueblo que había pecado contra ti, y todas sus infracciones con que se hayan rebelado contra ti» (1 R 8:46-50). Y no sin causa ordenó Dios en la ley sacrificios ordinarios por los pecados de su pueblo (Nm 28:3): porque si el Señor no hubiera previsto que su pueblo había de estar continuamente aquejado de muchas enfermedades del pecado, nunca les habría ordenado este remedio.
Pero pregunto: ¿acaso con la venida de Cristo, en la que se ha manifestado toda la plenitud de la gracia, los creyentes han sido privados de este beneficio, de modo que no se atrevan a orar a Dios por el perdón de sus pecados y, cuando hayan ofendido a Dios, no hallen misericordia alguna? ¿No sería esto decir que Cristo vino para la ruina de los suyos y no para su remedio, si la clemencia de Dios para perdonar pecados, que siempre estuvo abierta a los santos del Antiguo Testamento, estuviera ahora del todo cerrada? Si damos crédito a la Escritura, que proclama claramente que la gracia de Dios y su amor a los hombres se han manifestado plenamente en Cristo, que en él se han desplegado las riquezas de su misericordia y se ha cumplido la reconciliación con los hombres (Tit 2:11; 3:4; 2 Ti 1:9), no dudemos, pues, de que la clemencia del Padre celestial se nos ofrece mucho más abundantemente, en lugar de verse menoscabada y reducida. Y no nos faltan ejemplos de ello. San Pedro había oído de la misma boca de Jesucristo que a cualquiera que negara su nombre delante de los hombres, él lo negaría delante de los ángeles del cielo (Mt 10:33; Mr 8:38); lo negó tres veces en una noche, y aun con grandes maldiciones; y, sin embargo, no dejó de alcanzar perdón (Mt 26:69-75). A los que vivían desordenadamente entre los tesalonicenses se los reprende de tal manera que se los invita al arrepentimiento (2 Ts 3:6). Tampoco san Pedro deja en la desesperación a Simón el mago, sino que le da buena esperanza, exhortándolo a rogar a Dios que le perdone su pecado (Hch 8:22).
Y lo que es más: ¿no ha habido faltas gravísimas que en otros tiempos se apoderaron de toda una iglesia de un extremo a otro? ¿Qué hizo san Pablo en tal caso, sino devolver con amor a la iglesia al buen camino, en lugar de lanzar excomuniones contra ella? La rebelión de los gálatas no fue una falta pequeña (Gá 1:6; 3:1; 4:9); los corintios eran aún menos excusables que ellos, pues había entre ellos muchos más vicios y mucho más enormes (2 Co 12:21). Sin embargo, ni los gálatas ni los corintios son excluidos de la misericordia de Dios. Al contrario, los mismos que habían pecado más que otros con su impureza, fornicación y disolución son llamados expresamente al arrepentimiento. Porque el pacto que el Señor ha hecho con Cristo, que es el verdadero Salomón, y con sus miembros, permanecerá inviolable para siempre. Dice así: «Si dejaren sus hijos mi ley, y no anduvieren en mis juicios, si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia» (Sal 89:30-33). En fin, el orden del Credo nos muestra que esta gracia del perdón de los pecados reside perpetuamente en la Iglesia, pues inmediatamente después de establecer la Iglesia se añade el perdón de los pecados.
Algunos, un poco más prudentes, al ver que la doctrina de Novato está tan claramente refutada en la Escritura, no declaran imperdonable cualquier pecado, sino solo la transgresión voluntaria de la ley, en la que el hombre ha caído a sabiendas y queriendo. Los que hablan así piensan que no se perdona ningún otro pecado sino el cometido por ignorancia. Pero, puesto que el Señor ordenó en la ley unos sacrificios por los pecados voluntarios y otros por los de ignorancia (Lv 4), ¡qué temeridad será no dejar ninguna esperanza de perdón para el pecado voluntario! Digo que no hay nada más claro que esto: que el único sacrificio de Cristo vale para perdonar los pecados voluntarios de su pueblo, pues el Señor lo testificó así en sus sacrificios carnales, que eran figuras. Además, ¿quién excusará por ignorancia a David, que sabemos que era muy versado e instruido en la ley? ¿Acaso David no sabía cuán gran pecado eran el adulterio y el homicidio, que castigaba cada día en sus súbditos? ¿Pensaban los patriarcas que era cosa legítima y honesta matar a su hermano? ¿Tan poco habían aprovechado los corintios como para pensar que la incontinencia, la impureza, la fornicación, los odios y las contiendas podían agradar a Dios? ¿Ignoraba san Pedro, después de haber sido advertido con tanta diligencia, cuán gran pecado era negar a su Maestro? No cerremos, pues, con nuestra inhumanidad la puerta de la misericordia de Dios, que se nos abre con tanta liberalidad.
Ciertamente no ignoro que algunos de los antiguos doctores interpretaron que los pecados que se nos perdonan cada día son las faltas leves en que caemos por la debilidad de la carne, y que opinaban que la penitencia solemne que se hacía por las ofensas graves no debía repetirse, como tampoco se repite el bautismo. Esta opinión no debe entenderse como si quisieran arrojar a la desesperación a los que hubieran recaído después de haber sido recibidos una vez en misericordia, o como si quisieran restar importancia a las faltas cotidianas, como si fueran pequeñas delante de Dios. Sabían muy bien que los creyentes vacilan muy a menudo por incredulidad; que muchas veces se les escapan juramentos innecesarios; que a veces se enojan sin medida hasta decirse graves injurias, y que tienen otros vicios que el Señor abomina no poco. Pero usaban esta manera de hablar para distinguir entre las faltas particulares y los pecados graves y públicos que causaban gran escándalo en la Iglesia. Y si perdonaban con gran dificultad a quienes habían cometido ofensas que merecían corrección eclesiástica, no lo hacían porque pensaran que a tales pecadores Dios los perdonaba difícilmente, sino porque con esta severidad querían atemorizar a los demás para que no cayeran temerariamente en tales abominaciones, por las que merecieran ser excomulgados de la Iglesia. Aunque la palabra de Dios, que debe ser en esto nuestra única regla, requiere mayor moderación y humanidad. Porque enseña que el rigor de la disciplina eclesiástica no debe ser tal que aquel cuyo bien se busca sea consumido por la tristeza, como ya hemos tratado ampliamente.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.