Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
La resurrección final
Cristo, sol de justicia, venció la muerte y, resplandeciendo por su evangelio, nos iluminó la vida, como testifica san Pablo (2 Ti 1:10); por eso se dice que, al creer, hemos pasado de muerte a vida (Jn 5:24), y que ya no somos extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, que nos hace sentar en los cielos con su Unigénito (Ef 2:19; 2:6), de modo que nada nos falta para gozar de una felicidad perfecta. Aun así, para que no nos resulte duro seguir ejercitándonos en este mundo en una guerra penosa y continua, como si no sacáramos fruto ni provecho alguno de la victoria que Cristo nos ha ganado, debemos recordar lo que en otro lugar nos enseña la palabra de Dios sobre la naturaleza de la esperanza (Ro 8:24). Porque esperamos lo que no se ve, y, como está escrito en otro lugar, la fe es «la convicción de lo que no se ve» (He 11:1); así, mientras estamos encerrados en esta prisión de nuestra carne, estamos ausentes del Señor (2 Co 5:6). Por esta razón el mismo san Pablo dice en otro lugar que hemos muerto y que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, y que cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste, entonces también nosotros seremos manifestados con él en gloria (Col 3:3-4). Esta es, pues, nuestra condición: que, viviendo en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardemos «la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tit 2:12-13). Aquí necesitamos una paciencia admirable, para que, cansados, no volvamos atrás ni abandonemos el puesto que se nos ha encomendado. Por eso, todo lo que hasta ahora se ha dicho sobre nuestra salvación requiere que tengamos el corazón levantado al cielo, para que amemos a Cristo, a quien no vemos, y, creyendo en él, nos alegremos con gozo inefable y glorioso, hasta obtener el fin de nuestra fe, como dice san Pedro (1 P 1:8-9). Por eso dice san Pablo que la fe y el amor de los creyentes miran a la esperanza que les está guardada en los cielos (Col 1:5). Cuando tenemos así los ojos fijos en el cielo, y nada en la tierra los retiene ni nos impide fijarlos en la esperanza de lo que se nos ha prometido, se cumple muy bien en nosotros lo que dice el Señor: que nuestro corazón está donde está nuestro tesoro (Mt 6:21). De ahí viene que la fe sea tan rara en el mundo: porque nada es más difícil para nuestra torpeza que vencer tantos impedimentos y obstáculos y seguir adelante hasta alcanzar el premio del llamamiento celestial. A la infinidad de miserias y calamidades que casi a cada paso nos anegan se suman las burlas de los hombres profanos, con que atacan y tientan nuestra sencillez: se burlan de nosotros como de gente simple y necia, porque, renunciando voluntariamente a los placeres y pasatiempos de esta vida presente, parecemos buscar una bienaventuranza desconocida, como si siguiéramos una sombra que nunca alcanzaremos. En fin, por arriba y por abajo, por delante y por detrás, estamos rodeados de tentaciones tan innumerables y tan terribles que nos sería imposible soportarlas si, desembarazados de las cosas terrenas, no nos entregáramos a la vida celestial, que parece estar muy lejos de nosotros. Por tanto, de verdad ha aprovechado en el evangelio quien se ha acostumbrado a meditar continuamente en la bienaventurada resurrección.
Los filósofos de otros tiempos trataron muy a fondo cuál era el sumo bien, y tuvieron grandes disputas sobre ello; pero ninguno de ellos, excepto Platón, entendió que el sumo bien y la felicidad del hombre es estar unido con Dios. Pero qué clase de unión fuera esta, no pudo entenderlo; y no hay por qué asombrarse, pues no había aprendido nada del sagrado vínculo de esta felicidad. Nosotros, en cambio, aun en esta peregrinación sabemos cuál es la única y perfecta felicidad, pero de tal manera que cada día enciende más y más nuestro corazón con su deseo, hasta que nos saciemos plenamente de ella. Por eso he dicho que no podemos gozar de ningún beneficio de Cristo si no levantamos el espíritu a la resurrección. Así también san Pablo propone este mismo fin a los creyentes cuando dice que él se esfuerza por alcanzarlo y olvida todo lo demás hasta llegar a él (Fil 3:8). Por eso debemos caminar hacia él con tanta mayor alegría, no sea que, si el mundo nos enreda y nos detiene aquí abajo, recibamos el pago que merece nuestra negligencia. Por esta causa, en otro lugar da a los creyentes esta señal: que su ciudadanía esté en los cielos, de donde esperan al Salvador (Fil 3:20). Y para que no desmayen ni dejen de avanzar, les da por compañeras a todas las criaturas: porque, aunque en todas partes del mundo no se ven sino ruinas miserables y desolación a causa del pecado de Adán, dice que todo lo que hay en el cielo y en la tierra anhela ardientemente ser renovado (Ro 8:19). Como Adán con su caída desordenó el buen orden y concierto de la naturaleza, la servidumbre en que se ven todas las cosas les resulta pesada y difícil de soportar; no porque tengan entendimiento ni sentimiento alguno, sino porque por naturaleza anhelan recobrar el estado y la condición de los que cayeron. Por eso san Pablo dice de ellas que están con dolores como una mujer de parto; y esto para que nosotros, que hemos recibido las primicias del Espíritu, nos avergoncemos tanto más de quedarnos en nuestra corrupción y de no imitar siquiera a los elementos insensibles, que cargan con la pena del pecado ajeno. Y para estimularnos más vivamente, llama a la última venida de Jesucristo nuestra redención. Es verdad que todas las partes de nuestra redención ya se han cumplido; pero como Jesucristo, habiéndose ofrecido una vez por nuestros pecados, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación (He 10:12), esta redención final debe sostenernos hasta el fin en todas las miserias que nos consumen y acaban.
La importancia del asunto debe estimular bien nuestra diligencia y aplicación, porque no sin razón san Pablo insiste en que, si los muertos no resucitan, todo el evangelio sería vanidad y mentira (1 Co 15:14); porque nuestra condición sería mucho más miserable que la de todos los demás hombres, ya que, expuestos al odio, a los reproches y a las afrentas de la mayor parte del mundo, estamos a cada hora y momento en gran peligro de muerte; y aún más, somos como ovejas destinadas al matadero. Así, la autoridad del evangelio no solo quedaría menoscabada en parte, sino en su totalidad, pues comprende tanto nuestra adopción como el cumplimiento de nuestra salvación. Por tanto, estemos tan atentos a algo que tanto nos importa que ninguna demora nos canse ni nos haga desmayar. Por esta causa he aplazado hasta aquí el tratar de la resurrección, para que los lectores, después de haber recibido a Jesucristo como autor de su salvación completa, aprendan a levantar más alto el corazón, y sepan que él está revestido de inmortalidad y gloria celestial a fin de que todo su cuerpo sea hecho conforme a la Cabeza. Así también el Espíritu Santo nos propone muy a menudo el ejemplo de la resurrección en la persona de Jesucristo. Es muy difícil de creer que los cuerpos podridos y consumidos hayan de resucitar al fin, a su tiempo. Por eso, aunque muchísimos filósofos afirmaron que las almas son inmortales, muy pocos testificaron la resurrección de la carne; y aunque en esto no tengan excusa, sin embargo nos advierte de que la resurrección de la carne es algo tan arduo y elevado que el entendimiento humano no puede comprenderlo. Para que la fe supere un obstáculo tan grande, la Escritura nos ayuda de dos maneras: una es la semejanza de Jesucristo; la otra, la omnipotencia de Dios. Por tanto, siempre que se trate de la resurrección, pongamos ante los ojos la imagen de Jesucristo, que acabó su carrera mortal en la naturaleza que tomó de nosotros de tal manera que, gozando ahora de inmortalidad, es para nosotros prenda de la inmortalidad de que hemos de gozar. Porque en todas las miserias que nos rodean llevamos en nuestra carne su muerte, para que también su vida se manifieste en nosotros (2 Co 4:10). Y no es lícito separarlo de nosotros, ni siquiera es posible hacerlo sin despedazarlo. De aquí argumenta san Pablo que, si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó (1 Co 15:13); porque da por sentado este principio: que Jesucristo no se sometió a la muerte en provecho propio, ni alcanzó la victoria resucitando para sí solo, sino que comenzó en la Cabeza lo que necesariamente debe cumplirse en todos los miembros, según el orden y el grado de cada uno, pues no convenía que fueran iguales a él en todo. En el salmo está escrito: «ni permitirás que tu santo vea corrupción» (Sal 16:10). Aunque una parte de esta confianza nos pertenece según la medida que se nos ha dado, su efecto sólido y perfecto solo se ha visto en Cristo, que, libre de toda corrupción, recobró su cuerpo entero y perfecto. Para que no dudemos en absoluto de que seremos compañeros de Jesucristo, resucitando como él resucitó, el apóstol san Pablo, a fin de que nos contentemos con esta prenda, afirma expresamente que por esta causa Jesucristo está sentado en el cielo y vendrá como Juez en el último día: para transformar nuestro cuerpo vil y humillado, para que sea semejante al cuerpo de su gloria (Fil 3:21). Y en otro lugar dice que Dios no resucitó de los muertos a su Hijo solo para dar una muestra de su virtud y su poder, sino para hacer participar a sus fieles de esa misma virtud de su Espíritu; por eso llama vida al Espíritu cuando habita en nosotros, porque se nos da para vivificar lo que en nosotros es mortal. Toco brevemente lo que merecería tratarse mucho más por extenso y con un estilo más elevado y elocuente que el mío. Con todo, confío en que los lectores hallarán aquí, en pocas palabras, materia suficiente para edificar y confirmar su fe. Cristo resucitó, pues, para tenernos por compañeros de la vida venidera. Fue resucitado por el Padre en cuanto Cabeza de la Iglesia, de la cual de ningún modo consiente ser separado. Fue resucitado por el poder del Espíritu Santo, que nos es común a él y a nosotros en cuanto al oficio de vivificar. En suma, fue resucitado para ser nuestra resurrección y nuestra vida. Y, como ya hemos dicho, así como en este espejo tenemos una imagen viva y muy clara de nuestra resurrección, así también es un fundamento firme sobre el que se apoyan y descansan nuestros espíritus, con tal que la larga demora no nos turbe ni nos aflija; porque no nos toca medir a nuestro gusto los minutos de los tiempos, sino aquietarnos pacientemente y esperar hasta que el Señor, en el momento oportuno que él ha ordenado, renueve su reino. A este propósito va la exhortación de san Pablo: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, cada uno en su debido orden (1 Co 15:23). Pero para que no surgiera ninguna duda sobre la resurrección de Jesucristo, sobre la que se funda la resurrección de todos nosotros, vemos de cuántas y cuán diversas maneras nos la certifica. Los burladores se reirán de lo que los evangelistas cuentan en su historia, como si fueran cuentos de niños. Porque, dicen, ¿qué autoridad tienen las noticias que traen unas mujercillas llenas de temor y de miedo, que luego confirman sus discípulos, casi muertos de espanto? ¿Por qué no mostró Jesucristo los ilustres testimonios de su victoria y su triunfo en medio del templo y de la plaza? ¿Por qué no se presenta ante Pilato con una majestad que le hiciera temer? ¿Por qué no se muestra resucitado a los sacerdotes y a toda la ciudad de Jerusalén? En suma, dirán estos hombres sin religión ni temor de Dios, los testigos que Jesucristo tomó de su resurrección no son dignos de fe. Respondo que, aunque los comienzos fueron muy débiles y humildes, todo fue gobernado por una admirable providencia de Dios, de modo que quienes poco antes habían estado como muertos de miedo fueron llevados casi por la fuerza al sepulcro, en parte por el amor que tenían a su Maestro y por el celo de la piedad, y en parte por su incredulidad; y esto no solo para ser testigos oculares de la resurrección de Cristo, sino también para oír de boca de los ángeles lo mismo que veían con sus ojos. ¿Cómo vamos a tener por sospechosos a quienes pensaban que era una fábula lo que las mujeres les habían dicho, y así lo tuvieron hasta que lo vieron con sus propios ojos? En cuanto a Pilato, los sacerdotes y todos los demás del pueblo, no hay por qué asombrarse de que, después de haber sido convencidos tantas y tantas veces, quedaran privados tanto de la vista de Cristo como de sus señales y milagros. El sepulcro es sellado, los guardias vigilan, al tercer día no se encuentra su cuerpo, y los soldados, sobornados con dinero, hacen correr la voz de que los discípulos lo han robado (Mt 27:66; 28:11-13). ¿Acaso eran ellos tan poderosos como para reunir gente, o estaban bien armados, o ejercitados en semejantes hazañas? Y si los soldados no tenían valor para resistirles, ¿por qué no los persiguieron, para capturar con ayuda del pueblo a algunos de los discípulos? Así, Pilato confirmó de veras con su sello la resurrección de Jesucristo, y los guardias puestos para custodiar el sepulcro se convirtieron, callando o mintiendo, en pregoneros de la resurrección. Entretanto se oyó la voz de los ángeles: «No está aquí, sino que ha resucitado» (Lc 24:6). El resplandor celestial mostró claramente que eran ángeles y no hombres. Después Cristo, en persona, quitó toda duda que pudiera quedar. Porque sus discípulos lo vieron, no una vez sino muchas; le tocaron los pies y las manos; y su incredulidad sirvió no poco para confirmar nuestra fe. Les habló familiarmente de los misterios del reino de Dios; y al fin, viéndolo ellos con sus propios ojos, subió al cielo (Hch 1:3, 9). Y no solo se mostró a los once apóstoles, sino también a más de quinientos hermanos reunidos a la vez (1 Co 15:6). Además, al enviar el Espíritu Santo dio una prueba certísima no solo de que vivía, sino de su supremo poder y dominio, como él lo había dicho antes: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría» (Jn 16:7). Por último, san Pablo no fue derribado en el camino de Damasco por la fuerza de un hombre muerto, sino que sintió muy bien que aquel a quien perseguía estaba armado de un poder invisible (Hch 9:4). A san Esteban se le mostró con un fin muy distinto: para quitarle el miedo a la muerte con la certeza de la vida (Hch 7:55). No querer dar crédito a tantos y tan auténticos testigos no sería solo incredulidad, sino una obstinación perversa y furiosa.
Lo que hemos dicho —que para estar seguros de la resurrección debemos dirigir la mente al inmenso poder de Dios— san Pablo lo declara en pocas palabras: el Señor «transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas» (Fil 3:21). Por tanto, nada hay más fuera de razón que considerar aquí lo que puede suceder por vía natural, cuando se nos pone ante los ojos un milagro admirable que, con su grandeza, sobrepasa todos nuestros sentidos. Sin embargo, san Pablo, usando un ejemplo de la naturaleza, refuta la necedad brutal de los que niegan la resurrección: «Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes», etc. (1 Co 15:36). Quiere que contemplemos la imagen de la resurrección en la semilla, que brota de la corrupción. Ni sería tan difícil de creer si estuviéramos atentos, como deberíamos, a tantos milagros que se nos presentan a los ojos en todas partes del mundo. Por lo demás, notemos que nadie estará jamás verdaderamente persuadido de la resurrección venidera si no es arrebatado en admiración, dando la gloria al poder de Dios. Isaías, elevado por esta confianza, exclama: «Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo!» (Is 26:19). Cuando no se veía esperanza alguna, se vuelve al autor de la vida, que tiene en su mano las salidas de la muerte, como se dice en el salmo (Sal 68:20). También Job, que más parecía un cadáver que un hombre, confiado en el poder divino, no duda en remitirse a este día como si estuviera en plena fuerza y vigor: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo» (es decir, para mostrar en esto su poder); «y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro» (Job 19:25-27). Porque, aunque algunos tuercen sutilmente estos pasajes como si no debieran entenderse de la resurrección, con ello confirman lo mismo que tanto desean destruir: porque los santos no toman consuelo en sus aflicciones y miserias de ninguna otra parte que de la semejanza de la resurrección. Esto se entenderá mucho mejor por el pasaje de Ezequiel (Ez 37:8). Como los judíos no hacían caso de la promesa del regreso, y objetaban que no era más verosímil que se les abriera camino que el que los muertos se levantaran de sus sepulcros, se le presenta al profeta la visión del campo lleno de huesos secos, y Dios manda que vuelvan a recibir su carne y sus nervios. Aunque con esta figura Dios anima a su pueblo a esperar el regreso a su tierra, toma de ella materia y ocasión para darles la esperanza de que él es quien resucita a los muertos; así como la resurrección es para nosotros el ejemplo principal de todas las liberaciones que los creyentes experimentan en este mundo. Así, después de enseñar que la palabra del evangelio es vivificadora y da salvación y vida, como los judíos no lo creían, Jesucristo añade enseguida: «No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y saldrán» (Jn 5:28-29). Por tanto, triunfemos con alegría en medio de la batalla, como lo hace san Pablo, puesto que el que nos ha prometido la vida eterna es poderoso para cumplir su palabra; y gloriémonos así de que nos está guardada la corona de justicia, la cual nos dará el Juez justo (2 Ti 4:8). De este modo, todas las miserias y aflicciones que padecemos serán para nosotros una muestra de la vida venidera. Porque es muy conforme a la naturaleza de Dios pagar con la misma moneda a los impíos que nos afligen, y darnos reposo y descanso a nosotros, que somos afligidos injustamente, cuando Jesucristo se manifieste con los ángeles de su poder, en llama de fuego. Pero debemos recordar lo que dice un poco más abajo: que vendrá para ser glorificado en sus santos y para ser admirado en todos los que creyeron, por haber dado fe al evangelio.
Y aunque convendría que la mente de los hombres se ocupara continuamente en esto, ellos, como si a propósito quisieran que no quedara ningún recuerdo de la resurrección, llamaron a la muerte el límite último de todas las cosas y la destrucción del hombre. Porque ciertamente Salomón habla conforme a la opinión común del vulgo cuando dice que «mejor es perro vivo que león muerto» (Ec 9:4). Y también: «¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo?» (Ec 3:21). En verdad, esta necedad brutal ha reinado en todos los tiempos, y hasta entró en la Iglesia: los saduceos se atrevieron a enseñar públicamente que no hay resurrección alguna, y aun que las almas son mortales (Mr 12:18; Lc 20:27; Hch 23:8). Pero para que esta burda ignorancia no sirva de excusa a los incrédulos, siempre han sido movidos por un instinto natural a ponerse ante los ojos alguna imagen de la resurrección. Porque ¿para qué servía aquella santa e inviolable costumbre de enterrar a los muertos, sino para ser arras y prenda de una nueva vida? Y no se puede objetar que esto nació de algún error, pues los patriarcas, que tuvieron conocimiento de Dios, lo guardaron con gran reverencia, y esto en todos los tiempos; y Dios quiso que la misma costumbre se mantuviera entre los gentiles, para que, poniéndoles delante la imagen de la resurrección, despertaran de su necedad. Y aunque esta ceremonia no les haya servido de nada, a nosotros nos es muy provechosa si consideramos con prudencia su fin y su intención. Porque no es pequeña refutación de su incredulidad que todos ellos hayan hecho profesión de algo que ninguno creía ni entendía. Y Satanás no solo entorpeció el entendimiento de los hombres para que enterraran junto con los cuerpos la memoria de la resurrección, sino que ha intentado corromper esta doctrina con diversas ficciones, para que al fin este artículo cayera del todo por tierra. No hablaré aquí de que ya en tiempos de san Pablo Satanás procuró destruirla; pero poco después vinieron los quiliastas, que limitaron el reino de Cristo a mil años. Este desatino es tan irracional que no merece respuesta alguna. Tampoco el pasaje del Apocalipsis que citan, el cual sin duda les dio alguna apariencia para su error, favorece su propósito (Ap 20:4): porque el número de mil que allí se menciona no se refiere a la felicidad eterna de la Iglesia, sino a las diversas vicisitudes en que la Iglesia militante había de ser muy afligida. En cambio, toda la Escritura dice a una voz que ni la felicidad de los elegidos ni los tormentos de los réprobos tendrán fin alguno. De todas las cosas invisibles y de todas las que exceden la capacidad de nuestro entendimiento no hay más certeza que la que nos da la palabra de Dios; por tanto, debemos atenernos solo a ella y desechar todo lo que se nos proponga fuera de ella. Los que asignan a los hijos de Dios mil años para gozar de su bienaventuranza no consideran cuán grande afrenta hacen a Cristo y a su reino. Porque, si ellos no han de ser revestidos de inmortalidad, se seguirá que tampoco el mismo Cristo, en cuya gloria han de ser transformados, ha sido recibido en la gloria inmortal. Si su bienaventuranza ha de tener fin, se seguirá que el reino de Cristo, en cuya firmeza ella se apoya, es temporal. En fin, o ignoran por completo las cosas de Dios, o con una malicia retorcida procuran destruir del todo la gracia de Dios y el poder de Jesucristo, cuyo cumplimiento de ningún modo puede realizarse sino cuando, destruido el pecado y acabada la muerte, la vida eterna sea plenamente renovada. Y temer tanto, como ellos temen, atribuir a Dios una crueldad excesiva si dijeran que los réprobos están destinados a tormentos perpetuos, es un desvarío tan grande que hasta los ciegos lo ven. ¡Como si Dios hiciera una gran injuria al privar y desterrar de su reino a quienes se han hecho indignos de él por su ingratitud! Pero me dirán: sus pecados son temporales. Lo concedo; pero la majestad y la justicia de Dios, que ellos han violado, son eternas. Con justicia, pues, la memoria de su iniquidad no perece. Si así fuera, dicen, el castigo sería mayor que el pecado. Esta es una blasfemia intolerable, pues tienen en tan poco la majestad divina que no hacen más caso de ella que de la condenación de un alma. Pero dejemos a estos burladores, para que no parezca que sus desvaríos merecen respuesta, en contra de lo que dijimos al principio.
Hay otros dos desvaríos que han introducido hombres demasiado curiosos. Unos pensaron que las almas habían de resucitar junto con los cuerpos, como si el hombre entero pereciera al morir; otros, concediendo que las almas son inmortales, pensaron que habían de ser revestidas de cuerpos nuevos, con lo cual niegan la resurrección de la carne. En cuanto a los primeros, como ya traté algo de esta materia al hablar de la creación del hombre, me bastará advertir a los lectores qué error tan brutal es convertir nuestros espíritus, formados a imagen de Dios, en un soplo que se escurre y se desvanece, que solo en esta vida caduca anima y da vida al cuerpo; además, reducir a nada el templo del Espíritu Santo; en fin, despojar la parte más noble y excelente que hay en nosotros de las marcas notables de su divinidad que Dios ha impreso en ella para mostrar que es inmortal; y trastornarlo todo de tal manera que la condición del cuerpo sea más preciosa y excelente que la del alma. Muy distinto es el lenguaje de la Escritura, que compara nuestro cuerpo con una choza, de la cual dice que partimos al morir; con lo cual muestra que el alma es la parte principal del hombre, la que nos distingue de los animales. Por eso san Pedro, viéndose cerca de la muerte, dice que ha llegado el tiempo en que debe dejar su tabernáculo (2 P 1:14). Y san Pablo, hablando a los creyentes, después de decir que, cuando nuestra morada terrestre se deshaga, tenemos de Dios un edificio en los cielos, añade que, mientras permanecemos en este cuerpo, estamos ausentes del Señor, pero que deseamos estar presentes con Dios, ausentes del cuerpo (2 Co 5:1-8). Si las almas no vivieran después de nuestros cuerpos, ¿qué es lo que está presente con Dios después de haberse separado del cuerpo? El apóstol quita esta duda al decir que nos hemos acercado a los espíritus de los justos, palabras con las que se entiende que estamos reunidos con los santos patriarcas, los cuales, aun muertos, no dejan de honrar a Dios junto con nosotros; como, en efecto, no podemos ser miembros de Jesucristo si no estamos unidos con ellos (He 12:23). Además, si las almas separadas de los cuerpos no conservaran su ser ni participaran de la gloria celestial, Jesucristo no habría dicho al ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23:43). Confirmados, pues, con testimonios tan evidentes, no dudemos en encomendar a Dios nuestras almas al morir, siguiendo el ejemplo de Jesucristo (Lc 23:46), y en entregarlas, como hizo san Esteban, a la custodia de nuestro Redentor Jesucristo (Hch 7:59), a quien con toda razón se llama fiel Pastor y Obispo de las almas (1 P 2:25). Querer investigar con curiosidad el estado de las almas desde que se separan de sus cuerpos hasta la resurrección general no es lícito ni provechoso. Muchos se atormentan en exceso discutiendo qué lugar ocupan y si gozan ya o no de la bienaventuranza. Ciertamente es una locura y una temeridad querer saber de cosas desconocidas más de lo que Dios nos permite. La Escritura, después de decir que Cristo está presente con ellas y las recibe en el paraíso para que sean consoladas, y que las almas de los réprobos padecen los tormentos que han merecido, no va más allá (Mt 5:26). ¿Qué doctor o maestro nos declarará, pues, lo que Dios nos oculta? También es bien frívola y vana la cuestión del lugar, pues sabemos que las almas no tienen las dimensiones de longitud y anchura que tienen los cuerpos (Jn 12:32). Que el bienaventurado recogimiento de las almas santas se llame el seno de Abraham nos basta de sobra, pues con ello se nos enseña que, al salir de esta peregrinación terrena, las almas son recibidas por el padre de todos los creyentes, para que participen con él del fruto de su fe. Así pues, ya que la Escritura nos manda a cada paso estar pendientes de la venida de Cristo y aplaza hasta entonces la corona de gloria, contentémonos y no pasemos los límites que Dios nos ha puesto: a saber, que las almas de los creyentes, después de terminar su guerra en esta vida mortal, entran en un bienaventurado descanso y reposo, donde con grandísima alegría esperan gozar de la gloria que se les ha prometido; y que así todo queda en suspenso hasta que Jesucristo aparezca como Redentor. En cuanto a los réprobos, no hay duda de que su estado es tal como lo pinta san Judas: el mismo que el de los demonios, que están encadenados como malhechores hasta que sean llevados a la ejecución de la justicia que les está preparada (Jud 6).
No es menos monstruoso el error de quienes imaginan que las almas no recibirán los mismos cuerpos que tuvieron antes, sino otros nuevos. La razón con que los maniqueos lo probaban es muy frívola: decían que no es razonable que resucite la carne, que es impura. ¡Como si no hubiera almas impuras, de las que, sin embargo, confesaban que participarían de la vida eterna! Esto es exactamente lo mismo que decir que Dios no podía limpiar lo que estaba infectado y manchado por el pecado. Paso por alto, como cosa del todo brutal, aquel otro desvarío infernal de que la carne es sucia por naturaleza porque la creó el diablo. Solo advierto que nada de lo que hay en nosotros indigno del cielo impedirá la resurrección, en la cual todo será reformado. Y cuando san Pablo manda a los creyentes que se limpien de toda contaminación de carne y de espíritu (2 Co 7:1), de ahí se sigue el juicio que pronuncia en otro lugar: que cada uno recibirá según lo que haya hecho en el cuerpo, sea bueno o sea malo (2 Co 5:10). Con esto concuerda lo que dice a los corintios: «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» (2 Co 4:11). Por esta razón ruega en otro lugar que Dios guarde irreprensibles hasta el día del juicio tanto los cuerpos como las almas y los espíritus (1 Ts 5:23). Y no hay por qué asombrarse, porque sería absurdísimo que los cuerpos que Dios ha consagrado para sí como templos se corrompan y se pudran sin esperanza alguna de resurrección (1 Co 3:16). Más aún: son miembros de Cristo (1 Co 6:15). Además, Dios manda que todas sus partes le sean santificadas. Además, quiere que las lenguas celebren y santifiquen su nombre, que los hombres levanten al cielo manos puras y limpias (1 Ti 2:8), y que sean instrumentos para ofrecerle sacrificios. Y puesto que el Juez celestial concede tal honra a nuestros cuerpos y miembros, ¿qué locura se apodera de un hombre mortal para reducirlos a podredumbre sin esperanza alguna de que sean restaurados? Asimismo san Pablo, cuando nos exhorta a glorificar al Señor tanto en el cuerpo como en el espíritu, porque uno y otro son de Dios, no permite que sea condenado para siempre a la corrupción lo que Dios se ha reservado para sí con tanta estima (1 Co 6:20). Y en verdad no hay en la Escritura artículo de fe más evidente ni más claro que este: que resucitaremos en la misma carne que tenemos. «Es necesario —dice san Pablo— que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad» (1 Co 15:53). Si Dios formara cuerpos nuevos, ¿dónde estaría este cambio y transformación de que habla san Pablo? Si el apóstol hubiera dicho que era necesario que fuéramos renovados, quizá esa manera ambigua de hablar habría dado ocasión a sutilezas; pero cuando señala con el dedo los cuerpos que tenemos y les promete la incorrupción, niega con bastante claridad que Dios vaya a formar otros nuevos. Más aún, dice Tertuliano, no podría haber hablado con más claridad si hubiera tenido su propia piel en las manos para mostrarla. Y por más sutilezas que busquen, no podrán escapar a la condena de lo que dice en otro lugar: que san Pablo, para probar que Jesucristo será juez del mundo, alega el testimonio de Isaías: «Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla» (Ro 14:11; Is 45:23); porque declara abiertamente que aquellos mismos a quienes habla serán llamados a rendir cuentas, lo cual no tendría sentido si hubieran de comparecer ante el tribunal de Dios no en sus propios cuerpos, sino en otros formados de nuevo. Además, en las palabras de Daniel no hay oscuridad alguna: «Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua» (Dn 12:2). Porque no dice que Dios tomará materia de los cuatro elementos para formarles cuerpos nuevos, sino que los llamará de los sepulcros en que habían sido puestos. Y la misma razón lo dicta. Porque si la muerte, que tiene su origen en la caída del hombre, es accidental, la restauración hecha por Cristo pertenece a aquel mismo cuerpo que comenzó a ser mortal. Y ciertamente, por aquello de que se ríen los atenienses cuando san Pablo les habla de la resurrección, podríamos deducir cuál era su doctrina; sin duda su risa y su burla valen muchísimo para confirmar nuestra fe. También es digno de consideración lo que dice Jesucristo: «No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno» (Mt 10:28). Porque no habría motivo para temer si el cuerpo que llevamos no estuviera sujeto al castigo de que habla. Y no es menos claro lo que dice en otro lugar el mismo Señor: «Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación» (Jn 5:28-29). ¿Diremos acaso que las almas reposan en los sepulcros para oír desde allí la voz de Cristo? ¿No será mejor decir que los cuerpos, por mandato del Señor, recobrarán la fuerza y el vigor que habían perdido? Además, si Dios nos hubiera de dar otros cuerpos nuevos, ¿dónde estaría la conformidad entre la Cabeza y los miembros? Cristo resucitó. ¿Resucitó acaso formándose un cuerpo nuevo? Al contrario, como él lo había dicho: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2:19), volvió a recibir el mismo cuerpo mortal que había tenido antes. Porque de muy poco nos habría servido que se hubiera puesto otro cuerpo nuevo en su lugar y se hubiera destruido el que había sido ofrecido en sacrificio para nuestra expiación. También debemos retener aquella unión y compañía de la que habla el apóstol: que nosotros resucitamos porque Cristo resucitó (1 Co 15:12). Porque nada hay menos razonable que privar de la resurrección de Cristo a nuestra carne, en la cual llevamos la muerte de Cristo. Esto se manifestó con un ejemplo notable cuando, al resucitar Cristo, muchísimos cuerpos de santos salieron de sus sepulcros (Mt 27:52). Porque no se puede negar que esto fue una muestra, o mejor dicho, unas arras y prenda de la resurrección final que esperamos, como antes se había mostrado ya en Enoc y en Elías, a quienes Tertuliano llama destinados a la resurrección, porque, libres de toda corrupción tanto en el cuerpo como en el alma, fueron recibidos bajo la tutela y el amparo de Dios.
Me avergüenza gastar tantas palabras en algo tan claro y evidente; pero ruego a los lectores que tengan paciencia conmigo, para que los ingenios perversos y desvergonzados no encuentren ningún agujero ni resquicio por donde entrar para engañar a los sencillos. Esta gente turbulenta e inquieta contra la que disputo proclama lo que ha inventado en su cabeza: que en la resurrección Dios creará cuerpos nuevos. ¿Qué razón los mueve a pensar esto, sino que les parece increíble que un cuerpo hediondo, consumido y podrido desde hace tanto tiempo, pueda volver a su primer estado? Así, solo su incredulidad es madre de esta opinión. Por el contrario, el Espíritu de Dios nos exhorta en toda la Escritura a esperar la resurrección de nuestra carne. Por esta causa, como testifica san Pablo, el bautismo es para nosotros como un sello de la resurrección venidera (Col 2:12); y no menos nos invita a esta confianza la santa Cena, cuando recibimos con la boca los símbolos y señales de la gracia espiritual. Y ciertamente la exhortación de san Pablo a presentar nuestros miembros como instrumentos de justicia (Ro 6:13) sería vana si no se le aplicara lo que añade después: «El que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales» (Ro 8:11). Porque ¿de qué serviría dedicar los pies, las manos, los ojos y la lengua al servicio de Dios, si no participaran del fruto y la recompensa? Así lo testifica claramente san Pablo al decir que el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo, y que Dios, que levantó a Cristo, también a nosotros nos levantará con su poder (1 Co 6:13-14). Lo que sigue es aún mucho más claro: que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo y miembros de Cristo (1 Co 6:15, 19). Vemos, pues, cómo une la resurrección con la castidad y la santidad, así como poco después extiende a los cuerpos el principio de la redención. Y no sería razonable que el cuerpo de san Pablo, en el que llevó las marcas de Jesucristo (Gá 6:17) y en el que lo glorificó de modo admirable, quedara privado del premio de la corona. Por eso se gloría diciendo: «Esperamos al Salvador desde los cielos, el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya» (Fil 3:20-21). Y si es verdad que «es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hch 14:22), no hay razón alguna para impedir la entrada a los cuerpos, a los que Dios ejercita bajo la bandera de la cruz y honra con la alabanza de la victoria. Por eso los creyentes nunca dudaron en esperar que acompañarían a Jesucristo en esta entrada, pues él traslada a su propia persona todas las aflicciones con que somos probados, para mostrar que nos conducen a la vida. Más aún: Dios ejercitó en esta fe a los santos patriarcas en tiempos de la ley por medio de esta ceremonia visible. Porque, como ya hemos dicho, ¿para qué servía el rito de la sepultura, sino para que supieran que había una nueva vida para los cuerpos enterrados? Lo mismo significaban los ungüentos aromáticos y otras figuras de inmortalidad, con las que se ayudaba a la oscuridad de la doctrina en tiempos de la ley, no menos que con los sacrificios. Porque esta costumbre no la produjo la superstición, pues vemos al Espíritu Santo insistir tan diligentemente en el asunto de la sepultura como en los demás artículos principales de la fe. Y Cristo encarece mucho esta obra de humanidad de enterrar a los muertos, como cosa digna de gran alabanza (Mt 26:10); y esto por ninguna otra causa sino porque por este medio nuestros ojos no se detienen en el sepulcro, que traga y consume todas las cosas, sino que se levantan a contemplar el espectáculo de la renovación. Además, la diligente observancia de esta ceremonia, por la cual son alabados los patriarcas, prueba bastante que fue para ellos una ayuda muy singular y preciosa para su fe. Porque Abraham no habría procurado con tanta solicitud la sepultura de su mujer si la religión no lo hubiera movido a ello y si no hubiera tenido ante los ojos algún provecho que superara las cosas del mundo: a saber, confirmar su fe y la de su familia adornando el cuerpo muerto de su mujer con las señales de la resurrección (Gn 23:4, 19). Esto se ve mucho más claramente en el ejemplo de Jacob, que, para testificar a sus descendientes que aun al morir no había perdido la esperanza de la tierra prometida, manda que sus huesos sean trasladados allá (Gn 47:30). Pregunto: si había de ser revestido de un cuerpo nuevo, ¿no habría sido ridículo y vano lo que mandaba, ocuparse de un poco de polvo y ceniza que había de convertirse en nada? Por tanto, si hacemos de la Escritura el caso que debemos, no hay artículo más claro ni más cierto que este. Esto mismo significan, aun para los niños, las palabras «resurrección» y «resucitar». Porque nunca diríamos que resucita lo que es creado de nuevo; ni sería verdad lo que dice Cristo: «que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero» (Jn 6:39). Lo mismo significa la palabra «dormir», que solo conviene a los cuerpos; de donde viene también el nombre de «cementerio», que quiere decir dormitorio. Queda ahora que trate brevemente del modo de la resurrección. A propósito pretendo dar solo un anticipo, porque san Pablo, al llamarlo misterio, nos exhorta a la sobriedad y a la mesura y nos pone freno para que no nos soltemos a especular libre y atrevidamente sobre este misterio (1 Co 15:51). En primer lugar, debemos retener lo que ya hemos dicho: que resucitaremos en la misma carne que tenemos ahora en cuanto a la sustancia, pero no en cuanto a la cualidad. Así, la misma carne de Jesucristo que había sido ofrecida en sacrificio resucitó, pero con otra dignidad y excelencia, como si fuera enteramente otra. San Pablo lo declara con ejemplos muy familiares. Porque así como la carne del hombre y la del animal son de una misma sustancia, pero no de una misma cualidad, y así como la materia de las estrellas es una misma, pero su brillo es diverso, así también dice que, aunque conservaremos la sustancia del cuerpo, habrá un cambio para darle una condición mucho más excelente. Así, nuestro cuerpo corruptible no perecerá ni se deshará para que seamos resucitados, sino que, desechada la corrupción, se vestirá de incorrupción. Y como Dios tiene a su mandato todos los elementos, no habrá estorbo ni dificultad alguna que le impida mandar a la tierra, a las aguas y al fuego que devuelvan lo que parecían haber consumido. Esto lo testifica también Isaías, aunque no sin figura: «Porque he aquí que el Señor sale de su lugar para castigar al morador de la tierra por su maldad contra él; y la tierra descubrirá la sangre derramada sobre ella, y no encubrirá ya más a sus muertos» (Is 26:21). Pero hay que distinguir entre los que hayan muerto hace mucho tiempo y los que aquel día se hallen vivos. Porque, como testifica san Pablo, «no todos dormiremos; pero todos seremos transformados» (1 Co 15:51); es decir, no será necesario que haya intervalo alguno de tiempo entre la muerte y el comienzo de la segunda vida, porque en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, resonará la trompeta, que resucitará incorruptibles a los muertos y, con un cambio repentino, transformará a los vivos para la misma gloria. Así consuela en otro lugar a los creyentes que habían de morir: dice que los que en aquel día se hallen vivos no precederán a los que murieron, sino que los muertos en Cristo resucitarán primero (1 Ts 4:15-16). Si alguien objeta lo que dice el apóstol, que «está establecido para los hombres que mueran una sola vez» (He 9:27), la solución es clara: cuando cambia el estado de la naturaleza, hay una especie de muerte, y con razón puede llamarse así. Por tanto, estas dos cosas concuerdan muy bien: que todos serán renovados por la muerte al despojarse del cuerpo mortal, pero que no será necesario que el alma se separe del cuerpo, pues este cambio se hará de repente.
Pero aquí surge una cuestión mucho más difícil: ¿con qué derecho o título resucitarán los impíos, que son malditos de Dios, siendo la resurrección un beneficio singular de Cristo? Bien sabemos que en Adán todos fueron condenados a muerte; Jesucristo, que es la resurrección y la vida, vino (Jn 11:25). ¿Acaso fue para vivificar indistintamente a todo el género humano? Pero no parece razonable que estos alcancen en su obstinada ceguera lo que los verdaderos siervos de Dios recobran solo por la fe. Sin embargo, téngase por cierto que unos resucitarán para vida y otros para muerte, y que Cristo vendrá para separar las ovejas de los cabritos. Respondo que no debe parecernos tan extraño, pues cada día vemos algo semejante. Sabemos que en Adán fuimos privados de la herencia de todo el universo, y que con no menos razón se nos niegan los alimentos que se nos negó el fruto del árbol de la vida. ¿De dónde viene, pues, que Dios no solo haga salir su sol sobre buenos y malos (Mt 5:45), sino que además ejerza su inestimable liberalidad dándonos con toda abundancia lo que necesitamos en esta vida presente? De aquí sabemos con certeza que aun a los impíos les toca parte de las cosas que son propias de Cristo y de sus miembros; no para que las posean legítimamente, sino para que sean más inexcusables. Y ciertamente Dios se muestra muchas veces tan generoso con los impíos que las bendiciones que reciben de él los creyentes quedan oscurecidas; pero, aun así, todo se les convertirá en hiel, todo será para su mayor condenación. Si alguien objeta que la resurrección no se puede comparar propiamente con beneficios caducos y terrenos, respondo que, en el momento en que se apartaron de Dios, que es la fuente de la vida, merecieron ser arruinados junto con el diablo y ser así totalmente destruidos; pero que por un admirable consejo divino se halló el medio para que, apartados de la vida, vivieran en la muerte. Por eso no debe parecer extraño que la resurrección sea común, de modo accidental, aun a los impíos, y que los lleve contra su voluntad ante el tribunal de Jesucristo, a quien ahora desdeñan tener por maestro. Porque sería un castigo muy ligero perecer en la muerte si no hubieran de comparecer ante el Juez para ser castigados por su rebeldía, pues han provocado contra sí mismos su ira tantas y tantas veces, hasta lo sumo. Pero, aunque debemos creer lo que hemos dicho, y que se contiene en aquella célebre confesión que hizo san Pablo ante Félix de que esperaba la resurrección de justos e injustos (Hch 24:15), la Escritura propone muchas más veces la resurrección, y junto con ella la bienaventuranza, solo a los hijos de Dios; porque, propiamente hablando, Cristo no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo. Por eso en el Credo solo se menciona la vida eterna.
Pero como entonces se cumplirá la profecía que dice que la muerte será sorbida en victoria (Os 13:14; 1 Co 15:54), tengamos siempre presente la felicidad eterna, que es el fin de la resurrección; de cuya excelencia, aunque se dijera todo lo que pueden decir las lenguas humanas, apenas se diría la menor parte de lo que habría que decir. Porque, aunque oigamos —y es muy gran verdad— que el reino de Dios estará lleno de luz, gozo, felicidad y gloria, todas estas cosas que se nos dicen quedan muy lejos de nuestros sentidos y envueltas en enigmas y figuras, hasta que llegue el día en que el Señor nos manifieste a sí mismo y su gloria, para que lo veamos cara a cara. «Ahora somos hijos de Dios —dice san Juan—, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Jn 3:2). Por eso los profetas, como no podían expresar con palabras aquella bienaventuranza espiritual, la describieron y casi la pintaron con cosas corporales. Pero como es necesario que nuestro corazón se inflame en amor y deseo de ella, conviene que nos detengamos a considerar esto: si Dios, como fuente viva que nunca se agota, contiene en sí la plenitud de todos los bienes, los que buscan alcanzar el sumo bien en todo su cumplimiento y perfección no deben esperar nada fuera de él, como nos lo enseñan muchísimos pasajes de la Escritura. «Abram —dice Dios—, yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande» (Gn 15:1). Con esto concuerda lo que dice David: «Jehová es la porción de mi herencia… las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos» (Sal 16:5-6). Y en otro lugar: «estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza» (Sal 17:15). Y san Pedro testifica que los creyentes son llamados a ser participantes de la naturaleza divina (2 P 1:4). ¿Cómo será esto? Porque él será glorificado en todos sus santos y admirado en los que creyeron. Si Dios comunicará a los elegidos su gloria, su poder y su justicia, y aun se dará a sí mismo para que gocen de él, y —lo más excelente de todo— se hará en cierto modo una misma cosa con ellos, debemos considerar que en este beneficio está comprendido todo género de felicidad. Y cuando hayamos avanzado mucho en esta meditación, entendamos, sin embargo, que estamos todavía muy abajo, como a la puerta, y que mientras vivamos en esta vida mortal no podremos comprender la alteza de este misterio. Tanto más debemos ser sobrios en lo que toca a este misterio, no sea que, olvidados de nuestra bajeza y pretendiendo neciamente volar por encima de las nubes, seamos abrumados por la luz celestial. Sentimos también cuán grande deseo de saber hay en nosotros, mucho mayor de lo que conviene; de ahí proceden muy a menudo muchas cuestiones y disputas frívolas y dañinas. Llamo frívolas a aquellas de las que no puede venir ningún provecho. Pero lo segundo es mucho peor, porque los que se deleitan en ellas se enredan en especulaciones perniciosas; y por eso las llamo dañinas. Lo que la Escritura nos enseña debemos tenerlo por cierto, sin contradicción alguna: que así como Dios, al distribuir sus dones en este mundo entre sus fieles de diversas maneras, los ilumina desigualmente con sus rayos, así también en el cielo, donde colmará sus dones, la medida de la gloria no será igual. Porque lo que san Pablo dice de sí mismo no conviene a todos en general: «vosotros sois nuestra gloria y gozo» en el día de Cristo (1 Ts 2:19-20); ni tampoco lo que dice Cristo a sus apóstoles: «os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel». Sabiendo, pues, san Pablo que Dios glorifica en el cielo a sus santos según los ha enriquecido en la tierra con sus dones espirituales, no duda de que recibirá una corona especial conforme a los trabajos que padeció. Y Jesucristo, para engrandecer la dignidad del oficio en que había puesto a sus apóstoles, les advierte que el fruto les estaba guardado en el cielo (Mt 19:28); como antes lo había dicho Daniel: «Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad» (Dn 12:3). Y si alguien considera atentamente la Escritura, verá que no solo promete la vida eterna a los creyentes, sino también una recompensa especial a cada uno. Por eso dijo san Pablo: «Concédale el Señor que halle misericordia cerca del Señor en aquel día», por el bien que Onesíforo le había hecho (2 Ti 1:18). Lo cual confirma la promesa de Cristo: «recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (Mt 19:29). En suma, así como el Señor Jesús comienza en este mundo la gloria de su cuerpo con la diversidad de dones que reparte entre los suyos, y los aumenta por grados, así también la perfeccionará en el cielo.
Y así como todos los hijos de Dios aceptarán esto de común acuerdo, por estar tan claramente enseñado en la Escritura, así también, dejando a un lado toda clase de disputas enrevesadas, que saben que les serán un estorbo, no pasarán los límites que les han sido puestos. En cuanto a mí, no solo me abstengo de entrometerme en investigar cosas inútiles, sino que me guardo mucho de entretener a hombres curiosos y fantasiosos en sus desvaríos respondiéndoles. Hombres vanos e ignorantes preguntan cuánta distancia habrá entre los profetas y los apóstoles, y cuánta entre los apóstoles y los mártires, y en cuántos grados aventajarán las vírgenes a las casadas. En suma, no dejan rincón del cielo sin escudriñar. Después se les antoja preguntar para qué servirá la renovación del mundo, puesto que los hijos de Dios no tendrán necesidad alguna de nada de lo que hay en el mundo, sino que serán semejantes a los ángeles, que viven sin comer ni beber y conservan su inmortalidad sin ayuda alguna de aquí abajo. Respondo, pues, que será tan grande el deleite con la sola vista de los bienes de Dios que, aunque los santos no los usen, el solo conocimiento los alegrará de tal manera que esta felicidad superará con mucho todos los auxilios y ayudas de que ahora nos valemos. Supongamos que habitamos en la región más abundante y rica del mundo, en la que no nos falta nada que nos dé placer y contento. ¿A quién no le impiden y estorban muy a menudo sus propias enfermedades el uso de los beneficios de Dios? ¿Quién no se ve obligado a dejar de usar sus bienes y a ayunar por causa de su intemperancia? De donde se sigue que el colmo de la felicidad es gozar pura y limpiamente de los bienes de Dios, aunque no nos sirvamos de ellos en lo que toca a esta vida corruptible. Otros van más allá y preguntan si la escoria y otras impurezas de los metales han de ser purificadas o no. Aunque en cierto modo se lo concedo, porque espero con san Pablo que los defectos que tuvieron su origen en el pecado serán reparados, y por esa reparación gimen y están como de parto (Ro 8:22). Aún van más allá y preguntan qué condición será mejor para el género humano, puesto que la bendición de engendrar tendrá fin. También a esto se puede responder fácilmente: que cuando la Escritura alaba la descendencia, se refiere al estado presente, en el que Dios lleva adelante día tras día el orden de la naturaleza hasta su fin y perfección; pero cuando llegue a su perfección, esto ya no será necesario. Sin embargo, como muchos hombres sencillos e irreflexivos se dejan engañar fácilmente por semejantes atractivos, y después se meten más adentro en el laberinto, y al fin, como a cada uno le agradan sus propias ideas, las disputas no tienen número, lo más conveniente es que, mientras peregrinamos aquí abajo, nos contentemos con ver en espejo y oscuramente las cosas que al fin veremos cara a cara sin impedimento alguno. Porque entre la infinidad de hombres que hay en el mundo, muy pocos se preocupan por saber cuál es el camino para ir al cielo; pero todos desean saber antes de tiempo qué se hace en él. Casi todos a una son torpes y perezosos para combatir, y entretanto se imaginan grandísimos triunfos, como si ya lo hubieran vencido todo.
Y como ninguna descripción bastaría para declarar bien el horror de la venganza que Dios tomará de los incrédulos, sus tormentos se nos representan con figuras de cosas corporales: tinieblas, llanto, crujir de dientes, fuego que nunca se apagará, gusano que sin cesar roe el corazón (Mt 8:12; 22:13; 3:12; Mr 9:43; Is 66:24). Porque es certísimo que con estas maneras de hablar el Espíritu Santo quiso expresar un horror extremo que conmoviera todos los sentidos, como cuando se dice que desde la eternidad les está preparado un infierno profundísimo, que arde en llamas, para mantener cuyo fuego siempre hay leña preparada, y que el soplo del Señor, como torrente de azufre, lo enciende (Is 30:33). Así como estas expresiones nos enseñan a sentir en cierto modo la miserable condición de los impíos, así también debemos fijar principalmente el pensamiento en considerar cuán miserable cosa es estar separado del todo de la comunión con Dios. Y no solo esto, sino sentir su majestad tan contraria y enemiga que el hombre no pueda escapar de ella, sino que lo persiga dondequiera que esté. Porque, en primer lugar, su ira e indignación son como un fuego violentísimo que devora y consume todo cuanto toca. Además, todas las criaturas le sirven de tal manera para ejecutar su juicio que sentirán el cielo, la tierra, el mar, los animales y todas las demás cosas como inflamados y armados contra ellos y para su perdición con una ira cruelísima; y de este modo Dios manifestará su ira contra ellos. Por eso el apóstol no dijo algo de poca importancia cuando afirmó que los incrédulos sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder (2 Ts 1:9). Y siempre que los profetas amenazan a los impíos con imágenes corporales para aterrarlos, aunque, dada nuestra torpeza, no exageran en su lenguaje, mezclan sin embargo ciertos rasgos del juicio venidero en el sol, en la luna y en toda la fábrica del mundo. Por eso las conciencias miserables no hallan reposo alguno: son atormentadas y zarandeadas como por una gran tempestad, sienten que Dios, que les es enemigo, las despedaza, son atravesadas de heridas mortales, tiemblan cuando sienten que Dios lanza algún rayo y son trituradas con el peso de su mano; de tal manera que quienes tienen tales conciencias preferirían ser hundidos en el abismo más profundo antes que padecer un momento aquellos terrores. ¿Qué castigo, y cuán grande, es este: ser afligidos y acosados así para siempre, sin remedio alguno? Sobre esta materia hay una sentencia notable en el Salmo 90: que, aunque Dios disipa y reduce a nada con su sola mirada a todos los mortales, estimula tanto más a los suyos cuanto más temerosos viven en este mundo, a fin de moverlos a que, agobiados bajo el gran peso de la cruz, se apresuren hasta que él sea todo en todos.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.