Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

La elección se confirma con el llamamiento de Dios; y, por el contrario, los réprobos atraen sobre sí la justa perdición a la que están destinados

Pero, para que esto se entienda mejor, conviene tratar aquí tanto del llamamiento de los elegidos como del cegamiento y endurecimiento de los impíos. En cuanto a lo primero, ya he dicho algo al refutar el error de quienes, con el pretexto de la universalidad de las promesas, querían igualar a todo el género humano. Pero Dios guarda su orden al declarar finalmente, por su llamamiento, la gracia que de otro modo tenía escondida en sí mismo, y que por eso se puede llamar su atestiguación. «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo; […] y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó», para glorificarlos en el futuro (Ro 8:29-30). Aunque el Señor, al elegir a los suyos, ya los ha adoptado como hijos, vemos sin embargo que no entran en posesión de tan gran bien sino cuando los llama; y, por otra parte, vemos también que, una vez llamados, comienzan a gozar del beneficio de su elección. Por eso el apóstol san Pablo llama al Espíritu que reciben los elegidos de Dios «Espíritu de adopción», sello y arras de la herencia que han de recibir; es decir, porque con su testimonio confirma y sella en sus corazones la certeza de esta adopción (Ro 8:15; Ef 1:13-14, y en otros lugares). Porque, aunque la predicación del evangelio mana y procede de la fuente de la elección, como es común también a los réprobos, no sería por sí sola prueba suficiente de ella. Pero Dios enseña eficazmente a sus elegidos para atraerlos a la fe, como ya hemos alegado de las palabras de Cristo: «No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; este ha visto al Padre» (Jn 6:46). Y también: «He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste» (Jn 17:6); mientras que en otro lugar dice: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Jn 6:44). San Agustín considera muy sabiamente este pasaje; sus palabras son estas: «Si, como dice la Verdad, todo el que ha aprendido viene, cualquiera que no ha venido ciertamente no ha aprendido. No se sigue, pues, que el que puede venir venga de hecho, si no lo ha querido y hecho; pero todo el que ha sido enseñado por el Padre no solo puede venir, sino que viene de hecho. Porque este ya tiene el poder por el progreso, el querer por el afecto y el hacer por la acción» (Agustín, Sobre la gracia de Cristo, contra Pelagio y Celestio, cap. 31). Y en otro lugar lo dice todavía más claramente: «¿Qué quiere decir: “Todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí”, sino que no hay nadie que oiga y aprenda del Padre y no venga a mí? Porque, si todo el que ha oído al Padre y ha aprendido viene, sin duda todo el que no viene ni ha oído al Padre ni ha aprendido; porque, si hubiera oído y aprendido, vendría. Muy lejos está de los sentidos de la carne esta escuela, en la que el Padre enseña y es oído para que los oyentes vengan al Hijo» (Agustín, Sobre la predestinación de los santos, cap. 8). Y un poco después dice: «Esta gracia, que se da secretamente a los corazones humanos, no es rechazada por ningún corazón duro, porque se da precisamente para quitar ante todo la dureza del corazón. Así, cuando el Padre es oído interiormente, quita el corazón de piedra y da uno de carne. Así hace a los hijos de la promesa y a los vasos de misericordia que ha preparado para gloria. ¿Por qué, pues, no enseña a todos para que vengan a Cristo, sino porque a todos los que enseña los enseña por misericordia, y a todos los que no enseña no los enseña por juicio? Porque de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurece». Así, pues, Dios señala como hijos suyos a los que ha elegido y determina ser su Padre; pero, al llamarlos, los introduce en su familia y se une a ellos para que sean una sola cosa con él. Por tanto, cuando la Escritura une el llamamiento con la elección, muestra con toda claridad que en él no se debe buscar otra cosa que la sola misericordia gratuita de Dios. Porque, si preguntamos quiénes son los que llama y por qué los llama, responde: los que él ha elegido. Y cuando se llega a la elección, lo único que se ve por todas partes es la misericordia. Y ciertamente aquí se verifica lo que dice san Pablo: «No depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Ro 9:16). Y esto no se debe entender, como comúnmente se entiende, repartiendo la obra entre la gracia de Dios y la voluntad y el esfuerzo del hombre. Porque ellos explican que el deseo y el esfuerzo humanos no sirven de nada por sí mismos si la gracia de Dios no los bendice y los hace prosperar; pero dicen además que, cuando Dios los bendice y asiste, ambos ponen también su parte en la obra de alcanzar la salvación. Prefiero refutar esta objeción capciosa con las propias palabras de san Agustín antes que con las mías: «Si el Apóstol —dice san Agustín— no quiso decir otra cosa sino que no depende solo del que quiere ni del que corre si el Señor no lo ayuda con su misericordia, podríamos invertir el argumento y decir que tampoco depende solo de la misericordia si no la ayudan la voluntad y el esfuerzo del hombre. Y si esto es manifiestamente impío, no dudemos que el Apóstol lo atribuye todo a la misericordia del Señor, sin dejar lugar ni atribuir nada a nuestra voluntad ni a nuestro deseo» (Agustín, Enquiridión, a Lorenzo, caps. 30-31). Esto es lo que dice este santo varón. Y no me importa la sutileza que usan: dicen que san Pablo no habría hablado así si no hubiera en nosotros algún esfuerzo y voluntad. Porque él no atendió a lo que había en el hombre, sino que, viendo que algunos atribuían una parte de su salvación a su propio esfuerzo, condena sencillamente en el primer miembro el error de estos, y luego atribuye y asigna toda la salvación de los hombres enteramente a la misericordia de Dios. ¿Y qué otra cosa hacen los profetas sino predicar continuamente el llamamiento gratuito de Dios?

Además, la misma naturaleza y dispensación del llamamiento lo muestra muy claramente, pues no consiste solo en la predicación de la palabra, sino también en la iluminación del Espíritu Santo. Por medio del profeta se nos da a entender a quiénes ofrece y presenta Dios su palabra: «Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban. Dije a gente que no invocaba mi nombre: Heme aquí» (Is 65:1). Y para que los judíos no pensaran que tal gracia pertenecía solo a los gentiles, el Señor les recuerda también de dónde tomó a su padre Abraham cuando quiso recibirlo en su favor y gracia: de en medio de la idolatría, en la que estaba hundido con toda su parentela (Jos 24:2-3). Cuando Dios se muestra con la luz de su palabra a quienes no lo merecían, da en ello una señal muy manifiesta de su bondad gratuita. En esto, pues, se muestra y declara ya su inmensa bondad, pero no para salvación de todos, pues a los réprobos les está preparado un juicio mucho más grave por haber rechazado el testimonio del amor de Dios. Y ciertamente Dios, también para hacer brillar su gloria, les quita la eficacia y la fuerza de su Espíritu. De aquí se sigue que este llamamiento interno es una prenda de salvación que no puede engañar ni fallar. A este propósito viene lo que dice san Juan: «Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado» (1 Jn 3:24). Y para que la carne no se gloríe de haber respondido, al ser llamada, a Dios que se le ofrecía y la invitaba por su propia voluntad, afirma que no tenemos oídos para oír ni ojos para ver sino los que él nos da, y que no los da según lo que cada uno merece, sino según su elección. De esto tenemos un ejemplo admirable en san Lucas, cuando dice que judíos y gentiles oyeron juntos el sermón que san Pablo les predicó en compañía de san Bernabé. Así, pues, aunque todos oyeron juntos este sermón y fueron instruidos con la misma doctrina, san Lucas cuenta que creyeron «todos los que estaban ordenados para vida eterna» (Hch 13:48). ¿Con qué cara, pues, negaremos que el llamamiento es gratuito, si en él reina en todo y por todo la sola elección?

En esta materia debemos guardarnos bien de caer en uno de dos errores. Hay algunos que hacen al hombre colaborador de Dios en la obra, para ratificar con su ayuda la elección de Dios; de este modo hacen la voluntad del hombre superior al consejo de Dios. ¡Como si la Escritura enseñara que solo se nos da el poder creer, y no enseñara que la misma fe es don de Dios! Hay otros que, aunque no menoscaban tanto como los anteriores la gracia del Espíritu Santo, movidos no sé por qué razón hacen depender la elección de la fe, como si la elección fuera dudosa, e incluso ineficaz, hasta que la confirma la fe. Ciertamente no hay duda de que, en lo que a nosotros toca, se confirma al creer; y ya hemos visto que el consejo secreto de Dios, que antes nos estaba escondido, se nos manifiesta, con tal que no entendamos por ello otra cosa sino que la adopción de Dios, que no entendíamos ni conocíamos, queda confirmada en nosotros y como sellada con un sello. Pero también es falso lo que dicen: que la elección comienza a ser eficaz entonces, y no antes, cuando hemos abrazado el evangelio, y que de ahí toma su fuerza y vigor. Es verdad que, en lo que a nosotros toca (como ya he dicho), tomamos del evangelio la certeza de ella; porque, si intentáramos penetrar el decreto y la ordenación eterna de Dios, aquel profundo abismo nos tragaría. Pero una vez que Dios nos ha manifestado y dado a entender que somos de sus elegidos, es necesario que subamos más alto, para que el efecto no ahogue a su causa. Porque ¿qué cosa hay más absurda y más irracional que, cuando la Escritura nos enseña que Dios nos ha iluminado según nos había elegido, esta claridad nos ciegue de tal manera los ojos que nos neguemos a ponerlos en nuestra elección? Y, con todo, no niego que, para estar seguros de nuestra salvación, sea necesario comenzar por la palabra, y que nuestra confianza deba apoyarse en ella para invocar a Dios como Padre. Porque muy fuera de propósito quieren algunos volar por encima de las nubes para asegurarnos del consejo de Dios, que él nos ha puesto cerca, a saber, en nuestra boca y en nuestro corazón (Dt 30:14). Conviene, pues, que refrenemos esta temeridad con la sobriedad de la fe, para que Dios nos sea testigo suficiente de su gracia oculta, que nos declara en su palabra; con tal que este canal, por el que corre agua en gran abundancia para que bebamos, no impida que la verdadera fuente reciba la honra que se le debe.

Por tanto, así como obran muy mal los que enseñan que la fuerza y la firmeza de la elección dependen de la fe en el evangelio, por la cual percibimos que la elección permanece en nosotros, así también, por el contrario, seguiremos el mejor orden si, al procurar la certeza de nuestra elección, nos atenemos a las señales que de ella se siguen, que son testimonios segurísimos de ella. Con ningún tipo de tentación ataca Satanás a los fieles de manera más grave y peligrosa que cuando, inquietándolos con dudas sobre su elección, los incita al mismo tiempo a un deseo desatinado de buscarla fuera de todo camino. Digo que la buscan fuera de todo camino cuando el miserable hombre se esfuerza por entrar en los secretos incomprensibles de la sabiduría divina y, para entender lo que está ordenado de él en el juicio de Dios, procura penetrar hasta la misma eternidad. Porque entonces se arroja de cabeza en un piélago profundísimo para ahogarse; entonces se enreda y se enlaza en infinitos lazos de los que jamás podrá desenredarse; entonces se hunde en un abismo oscurísimo. Porque es justo que el desvarío del ingenio humano sea castigado con una ruina horrible y una destrucción total cuando, por sí mismo y por su propia fuerza, procura elevarse tan alto que alcance la altura de la sabiduría divina. Y esta tentación es tanto más dañina porque casi todos, en general, somos más inclinados a ella que a ninguna otra. Porque hay muy pocos, o casi ninguno, que no sean alguna vez tentados de esta manera: «¿De dónde te viene la salvación sino de la elección? ¿Y quién te ha revelado que eres elegido?». Si esta tentación arraiga una vez en el hombre, o lo atormenta en gran manera, o lo deja del todo atónito y fuera de sí. Ciertamente no querría mejor argumento que esta experiencia para probar y mostrar con el dedo cuán perversamente se imagina esta clase de gente la predestinación. Porque el entendimiento humano nunca puede ser infectado con un error más pestilente que cuando la conciencia queda tan alterada y turbada que pierde la quietud, la paz y el reposo que debería tener con Dios. Por tanto, si tememos naufragar, guardémonos con gran solicitud y cuidado de chocar contra esta roca, en la que nadie puede chocar sin que se siga su total destrucción y ruina. Y aunque esta disputa de la predestinación se tiene por un mar peligrosísimo, navegar por él, es decir, tratar de la predestinación, es muy seguro y tranquilo, y aún digo más, muy deleitoso, a menos que alguien quiera meterse a propósito en el peligro. Porque así como los que, para estar seguros de su elección, entran en el consejo secreto de Dios sin su palabra se precipitan en un abismo del que nunca podrán salir, así también, por el contrario, los que la buscan como conviene y en el orden en que la palabra de Dios nos la muestra sacan de ello grandísimo consuelo. Sigamos, pues, este camino al buscarla: comencemos por el llamamiento de Dios y terminemos en él. Aunque esto no impide que los fieles perciban que los beneficios que cada día reciben de la mano de Dios vienen y descienden de aquella adopción oculta, como ellos mismos lo dicen por el profeta Isaías: «Has hecho maravillas; tus consejos antiguos son verdad y firmeza» (Is 25:1), puesto que el Señor quiere que ella nos sirva como testimonio para hacernos entender todo lo que nos es lícito saber de su consejo. Y para que este testimonio no parezca débil y de poca importancia, consideremos cuánta claridad y certeza nos trae consigo. Sobre esto habla muy a propósito san Bernardo. Porque, después de haber hablado de los réprobos, dice estas palabras: «El propósito de Dios se mantiene firme; la sentencia de paz se mantiene firme sobre los que le temen, disimulando sus males y premiando sus bienes, de modo que, de una manera extraña, no solo sus bienes, sino también sus males se les convierten en bien. ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Me basta para toda justicia tener propicio y favorable solo a aquel contra quien solo he pecado. Todo lo que él ha determinado no imputarme es como si nunca hubiera existido». Y un poco después: «¡Oh lugar de verdadero reposo, al que no sin razón podría llamar cámara, donde Dios no es visto como turbado por la ira ni afligido por la preocupación, sino donde se conoce que su voluntad es buena, agradable y perfecta! Esta visión no espanta ni asombra, sino que sosiega y acaricia; no despierta una curiosidad inquieta, sino que la apacigua; no turba los sentidos, sino que los aquieta. He aquí el lugar donde de veras se halla el reposo. Dios, en su quietud, aquieta todas las cosas, y contemplar su quietud es quedar en quietud».

En primer lugar, si buscamos la clemencia paternal de Dios y su buena voluntad hacia nosotros, debemos poner los ojos en Cristo, el único en quien el Padre tiene complacencia (Mt 3:17). Si buscamos también salvación, vida e inmortalidad, no debemos acudir a otro sino a él, pues solo él es la fuente de la vida, el ancla de la salvación y el heredero del reino de los cielos. ¿Y de qué nos sirve la elección, sino para que, adoptados por el Padre celestial como hijos suyos, alcancemos por su favor y gracia la salvación y la inmortalidad? Revolved y escudriñad cuanto queráis: no hallaréis que el blanco y la meta de nuestra elección vayan más allá de esto. Por tanto, de aquellos a quienes Dios ha tomado para sí como hijos no se dice que los haya elegido en ellos mismos, sino en su Cristo (Ef 1:4); porque no podía amarlos sino en Cristo, ni honrarlos con la herencia de su reino sino haciéndolos partícipes con él. Y si somos elegidos en él, no hallaremos la certeza de nuestra elección en nosotros mismos, ni tampoco en Dios Padre si lo imaginamos sin su Hijo. Cristo es, pues, para nosotros como un espejo en el que debemos contemplar nuestra elección, y en el que la contemplaremos sin engañarnos. Porque, siendo él aquel en cuyo cuerpo el Padre ha determinado injertar a los que desde la eternidad quiso que fueran suyos, de modo que tiene por hijos a todos los que reconoce como miembros de él, tenemos un testimonio bastante claro y firme de que estamos escritos en el libro de la vida si tenemos comunión con Cristo. Y él se nos ha comunicado suficientemente cuando, por la predicación del evangelio, nos ha atestiguado que él es aquel a quien el Padre nos ha dado, para que él, con todo lo que tiene, sea nuestro. Se dice que nos revestimos de él para unirnos a él y vivir, porque él es el que vive. Esta sentencia se repite muchísimas veces: el Padre no perdonó a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda (Ro 8:32; Jn 3:15-16). Y del que cree en él se dice que ha pasado de muerte a vida (Jn 5:24). En este sentido se llama a sí mismo el pan de vida, del cual todo el que coma no morirá jamás (Jn 6:35). Digo también que él es quien ha atestiguado que el Padre celestial tendrá por hijos a todos los que lo hayan recibido por la fe. Si deseamos algo más que ser contados como hijos y herederos de Dios, tendremos que subir más alto que Cristo. Si esta es nuestra meta y no podemos ir más allá, ¡qué desatino buscar fuera de él lo que ya hemos obtenido en él, y lo que solo en él se puede hallar! Además, siendo él la sabiduría eterna del Padre, su verdad inmutable, su consejo firme, no hay por qué temer que lo que nos dice en su palabra difiera ni un ápice de aquella voluntad de su Padre que buscamos; al contrario, nos la manifiesta fielmente tal como ha sido desde el principio y como siempre será. La práctica de esta doctrina debe tener también su fuerza y vigor en nuestras oraciones. Porque, aunque la fe en nuestra elección nos anima a invocar a Dios, sería completamente fuera de propósito, al presentarle nuestras peticiones y súplicas, ponérsela delante o negociar con él diciendo: «Señor, si soy elegido, óyeme»; pues él quiere que nos contentemos con sus promesas, sin buscar en ninguna otra cosa si nos será propicio o no. Esta prudencia nos librará de muchísimos lazos, si sabemos aplicar bien y a su propósito lo que está bien escrito, sin torcerlo a la ligera hacia un lado o hacia otro según nuestro antojo.

También contribuye mucho a confirmar nuestra confianza que la firmeza de nuestra elección está unida a nuestro llamamiento. Porque de aquellos a quienes Cristo ha iluminado con el conocimiento de su nombre y ha introducido en la comunión de su Iglesia se dice que los recibe bajo su protección y amparo; y todos los que él recibe, el Padre se los ha confiado y entregado para que los guarde para la vida eterna (Jn 6:37, 39; 17:6, 12). ¿Qué más queremos? Cristo proclama en alta voz que el Padre ha puesto bajo su protección a todos los que quiere que sean salvos. Si queremos, pues, saber si Dios se cuida de nuestra salvación, procuremos saber si nos ha encomendado a Cristo, a quien él solo ha constituido único Salvador de todos los suyos. Y si dudamos de si Cristo nos ha recibido bajo su protección y amparo, él mismo nos quita esta duda cuando se nos ofrece por su propia voluntad como pastor, y cuando dice por su propia boca que seremos del número de sus ovejas si oímos su voz (Jn 10:3, 16). Abracemos, pues, a Cristo, ya que él de sí mismo y por su propia voluntad se nos presenta y ofrece, y él nos contará en el número de sus ovejas y nos guardará dentro de su redil. Pero alguien podrá decir que debemos estar solícitos y ansiosos por lo que nos pueda suceder en el futuro. Porque, así como san Pablo dice que Dios llama a los que ya ha escogido (Ro 8:30), también el Señor muestra que «muchos son llamados, y pocos escogidos» (Mt 22:14). Y el mismo san Pablo, en otro lugar, nos disuade de estar confiados: «El que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Co 10:12). Y también: «¿Has sido injertado en el pueblo de Dios? No te ensoberbezcas, sino teme», porque Dios puede cortarte otra vez para injertar a otros (Ro 11:20). En fin, la misma experiencia nos enseña de sobra que el llamamiento y la fe valen muy poco si no los acompaña la perseverancia, que no se da a todos. Pero Cristo ciertamente nos ha librado de esta ansiedad, porque sin duda estas promesas se refieren al futuro: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera». Y también: «Esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero» (Jn 6:37, 39-40). Y también: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre» (Jn 10:27-29). Y cuando dice que toda planta que no plantó su Padre será desarraigada (Mt 15:13), muestra por el contrario que es imposible que sean jamás arrancados de Dios los que tienen raíces vivas en él. Con esto concuerda lo que dice san Juan: «Si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros» (1 Jn 2:19). Y he aquí por qué san Pablo se atreve a gloriarse con una gloria extraordinaria frente a la vida y la muerte, frente a lo presente y lo por venir (Ro 8:38-39); esta manera de gloriarse tiene que estar fundada en el don de la perseverancia. Y no hay duda de que lo dice en nombre de todos los elegidos. En otro lugar, el mismo san Pablo dice: «El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Flp 1:6). Así también David, cuando vacilaba en la fe, se apoyó en este fundamento: «No desampares la obra de tus manos» (Sal 138:8). Y no hay duda de que, cuando Cristo ora por todos los elegidos, pide para ellos lo mismo que pidió para Pedro: que su fe no falte jamás (Lc 22:32). De lo cual concluimos que están fuera de todo peligro de apartarse totalmente de Dios, puesto que al Hijo de Dios, que pidió que sus fieles perseveraran firmes, no le fue negado. ¿Qué nos quiso enseñar Cristo con esto, sino que confiemos en que seremos salvos para siempre, ya que una vez nos ha recibido como suyos?

Alguien podrá replicar que es cosa frecuente que los que parecían ser de Cristo se aparten de él y perezcan. Y aún más: que en el mismo lugar en que Cristo afirma que no se ha perdido ninguno de los que el Padre le había dado, exceptúa sin embargo al hijo de perdición (Jn 17:12). Esto es muy cierto; pero también es cierto que los tales nunca se acercaron a Cristo con aquella confianza con la que, según digo, se nos certifica nuestra elección. «Salieron de nosotros —dice san Juan—, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros» (1 Jn 2:19). Y no niego que tengan señales de su llamamiento semejantes a las que tienen los elegidos; pero no les concedo que tengan aquella firmeza segura de su elección que los fieles deben tomar, como he dicho, de la palabra del evangelio. Por tanto, que tales ejemplos no nos alteren ni nos impidan descansar tranquilos en la promesa del Señor, cuando dice que el Padre le ha dado a todos los que lo reciben con verdadera fe, de los cuales ni uno solo perecerá, siendo él su guardián y su pastor (Jn 3:16; 6:39). De Judas hablaremos enseguida. En cuanto a lo que dice san Pablo, no nos prohíbe una seguridad sencilla, sino una seguridad descuidada y desenfrenada de la carne, que traiga consigo orgullo, jactancia, arrogancia y desprecio de todos los demás, apague la humildad y la reverencia hacia Dios, e introduzca el olvido de la gracia que hemos recibido. Porque habla con los gentiles, enseñándoles que no deben burlarse con soberbia e inhumanidad de los judíos por haber sido puestos en el lugar del que los otros fueron expulsados. Tampoco pide el Apóstol un temor que nos haga ir vacilando a tontas y a ciegas, sino un temor que, enseñándonos a recibir con humildad la gracia de Dios, no disminuya en nada la confianza que tenemos en él, como ya hemos dicho. Además, debemos notar que no habla con cada uno en particular, sino con los partidos y facciones que había entonces. Porque, como la Iglesia estaba dividida en dos bandos y la envidia causaba la discordia, san Pablo advierte a los gentiles que, si habían sido puestos en el lugar del pueblo propio y santo, esto debía moverlos al temor y la modestia. Y ciertamente había entre ellos algunos muy engreídos, cuyo engreimiento era muy bueno abatir. Por lo demás, ya hemos visto que nuestra esperanza se extiende al futuro, aun más allá de la muerte, y que no hay nada más contrario a su naturaleza y condición que estar solícitos y ansiosos sin saber lo que será de nosotros.

En cuanto a lo que dice Jesucristo, que muchos son los llamados y pocos los escogidos, lo aplican y entienden muy mal. Esto nos quedará muy claro si entendemos que hay dos clases de llamamiento, distinción que es bien notoria por lo que ya hemos dicho. Porque hay un llamamiento universal, por el cual Dios, mediante la predicación externa de su palabra, llama e invita a sí a todos indistintamente, aun a aquellos a quienes se la propone como olor de muerte y motivo de mayor condenación. Hay otro particular, del que casi siempre no hace partícipes sino a solo sus fieles, cuando por la iluminación interna de su Espíritu hace que la palabra predicada se asiente en sus corazones. A veces hace partícipes de él también a aquellos a quienes ilumina solo por un tiempo, y después, porque su ingratitud lo merece, los abandona y los castiga con mayor ceguera. Así, pues, viendo el Señor que su evangelio se anunciaba a muchísimas y diversas gentes, que muchísimos no hacían caso de él y que muy pocos lo estimaban como debían, nos pinta a Dios en figura de un rey que, preparando un banquete solemne, envía a sus siervos por todas partes para invitar al banquete a gran número de personas, y consigue que vengan muy pocos (Mt 22:2-14). Porque cada uno daba su pretexto y excusa para no venir, de manera que, al excusarse ellos, se ve obligado a enviar de nuevo a sus siervos a las encrucijadas de los caminos para que llamen a cuantos encuentren. No hay quien no entienda que esta parábola, hasta aquí, se refiere al llamamiento externo. Añade luego que Dios hace como un buen anfitrión que, cuando tiene invitados, va de mesa en mesa para alegrarlos; y si encuentra a alguno sin vestido de boda, de ningún modo permite que su banquete sea deshonrado ni infamado, sino que enseguida lo hace salir. Reconozco que esta parte se refiere a los que hacen profesión de fe y así son admitidos en la Iglesia, pero entretanto no están revestidos de la santificación de Cristo. A tales personas, que son una deshonra para su Iglesia y un escándalo para el evangelio, Dios no las soportará mucho tiempo, sino que las echará fuera, como merece su inmundicia. Así, pues, pocos son los escogidos en tan gran número de llamados, pero no con aquella clase de llamamiento por el que decimos que los fieles deben estimar y valorar su elección. Porque aquel del que allí se habla es común también a los impíos; pero este del que aquí hablamos trae consigo el Espíritu de regeneración, que es las arras y el sello de la herencia que recibiremos, con el cual nuestros corazones son sellados hasta el día del Señor (Ef 1:13-14). En suma, como los hipócritas hacen alarde de piedad tanto como los verdaderos siervos de Dios, Cristo declara que al final serán echados del lugar que ocupan injustamente, como se dice en el Salmo: «Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? […] El limpio de manos y puro de corazón» (Sal 15:1; 24:4). Y también en otro lugar: «Tal es la generación de los que le buscan, de los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob» (Sal 24:6). Y de esta manera el Espíritu Santo exhorta a los fieles a tener paciencia, para que no les pese que los ismaelitas se mezclen con ellos en la Iglesia, pues al final se les quitará la máscara y serán echados de la Iglesia con gran afrenta.

Esta es la razón de la excepción de la que hemos hablado, cuando Cristo dice que ninguna de sus ovejas perecerá sino Judas (Jn 17:12). Porque Judas no era contado entre las ovejas de Cristo por serlo de verdad, sino porque ocupaba un lugar entre ellas. Lo que el Señor dice en otro lugar, que lo había elegido junto con los otros apóstoles, se debe entender solo del oficio: «¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?» (Jn 6:70); es decir, que lo había elegido para que fuera apóstol. Pero cuando habla de la elección para salvación, lo excluye por completo del número de los elegidos, como cuando dice: «No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido» (Jn 13:18). Si alguien confunde la palabra «elección» en estos dos lugares, se enredará miserablemente; si hace la distinción, todo es sencillísimo. Por eso san Gregorio habla muy mal cuando dice que solo conocemos nuestro llamamiento, pero que estamos inseguros de la elección (Gregorio, Homilías sobre los Evangelios, 38); de aquí viene que exhorte a todos a temer y temblar, y para confirmarlo da esta razón: que, aunque sepamos cómo somos ahora, no sabemos cómo seremos en el futuro. Pero con su manera de proceder da a entender claramente cuánto se engañó en esta materia. Porque, como fundaba la elección en los méritos de las obras, tenía motivo de sobra para abatir los corazones de los hombres y hacerlos desconfiar; afirmarlos no podía, porque no los llevaba a desconfiar de sí mismos para confiar en la bondad divina. De aquí los fieles comienzan a gustar algo de lo que dijimos al principio: que la predestinación, bien considerada, no hace vacilar ni tambalear la fe, sino que más bien la confirma sólidamente. Y, con todo, no niego que el Espíritu Santo se acomode a hablar según la bajeza y la poca capacidad de nuestro entendimiento, como cuando dice: «No estarán en la congregación de mi pueblo, ni serán inscritos en el libro de la casa de Israel» (Ez 13:9); como si Dios comenzara a escribir en el libro de la vida a los que cuenta entre los suyos, siendo así que sabemos, por boca del mismo Cristo, que los nombres de los hijos de Dios están escritos en el libro de la vida desde el principio. Pero con estas palabras se señala el rechazo de los judíos, que durante un tiempo habían sido tenidos por columnas de la Iglesia y por los principales entre los elegidos, conforme a lo que se dice en el Salmo: «Sean raídos del libro de los vivientes, y no sean escritos entre los justos» (Sal 69:28).

Ciertamente los elegidos no son reunidos por el llamamiento en el redil de Jesucristo desde el vientre de sus madres, ni todos a la vez, sino según le ha placido al Señor dispensarles su gracia; y antes de ser recogidos por este sumo Pastor andan errantes como los demás, dispersos unos por aquí y otros por allá en el desierto común de este mundo, y en nada se diferencian de los demás, sino en que el Señor los ampara con una misericordia singular para que no se despeñen en el precipicio de la muerte eterna. Si ponemos los ojos en ellos, no veremos sino la descendencia y los hijos de Adán, que no pueden parecerse sino al padre perverso y desobediente del que proceden. Y que no caigan en una impiedad extrema y desesperada no les viene de ninguna bondad natural que haya en ellos, sino de que los ojos de Dios velan sobre ellos y su mano está extendida para guardarlos. Porque los que sueñan que tienen no sé qué semilla de elección arraigada en sus corazones desde su nacimiento, y que por su fuerza se inclinan a la piedad y al temor de Dios, ni tienen testimonio de la Escritura con que defenderse, y la misma experiencia los refuta. Citan algunos ejemplos para probar que los elegidos, aun antes de ser iluminados, no estuvieron ajenos a la religión: dicen que san Pablo vivió irreprensible en su fariseísmo (Flp 3:5-6), y que Cornelio fue acepto a Dios por sus limosnas y oraciones (Hch 10:2), y otras cosas semejantes. En cuanto a lo que dicen de san Pablo, reconozco que dicen verdad; pero se engañan en cuanto a Cornelio, porque se ve claramente que ya estaba iluminado y regenerado, de modo que no le faltaba sino que el evangelio le fuese revelado de manera clara y manifiesta. Pero, aunque así fuera, ¿qué concluirán de ahí? ¿Que todos los elegidos han tenido siempre el Espíritu de Dios? No más que si alguien, habiendo mostrado la integridad de Arístides, Sócrates, Jenócrates, Escipión, Curio, Camilo y otros semejantes, concluyera de ahí que todos los que han vivido ciegamente en su idolatría han sido de vida santa y pura. Además de que su argumento no vale nada, la Escritura los contradice abiertamente en muchísimos lugares. Porque el estado y la condición en que, según san Pablo, estaban los efesios antes de ser regenerados no muestra ni un solo grano de esta semilla: «Estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás» (Ef 2:1-3). Y también: «Acordaos de que en aquel tiempo estabais […] sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2:12). Y también: «En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz» (Ef 5:8). Tal vez digan que esto se refiere a la ignorancia del Dios verdadero, en la que reconocen de buena gana que vivieron los elegidos antes de su llamamiento. Pero esto sería una calumnia desvergonzada, puesto que san Pablo concluye de lo dicho que los efesios ya no deben mentir ni robar (Ef 4:25, 28). Pero, aunque fuera como dicen, ¿qué responderán a otros lugares de la Escritura? Como cuando el mismo Apóstol, después de haber declarado a los corintios que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, etc., heredarán el reino de Dios, añade inmediatamente que ellos habían estado envueltos en esos mismos crímenes antes de conocer a Cristo, pero que ahora habían sido lavados en la sangre de Jesucristo y liberados por su Espíritu (1 Co 6:9-11). Y también a los romanos: «Así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia. […] ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis?», etc. (Ro 6:19, 21).

¿Qué semilla de elección, os pregunto, daba fruto en aquellos que, habiendo vivido toda su vida de manera muy mala e inmunda, se revolcaban, como desahuciados en su maldad, en el pecado más horrendo y enorme de todos? Si el Apóstol hubiera querido hablar según la opinión de estos nuevos doctores, debería haber mostrado cuánto debían a la generosidad que Dios había usado con ellos al no dejarlos caer en tales y tan grandes inmundicias. Del mismo modo, san Pedro debería haber exhortado a aquellos a quienes escribía a ser agradecidos con Dios por la semilla perpetua de elección que había plantado en ellos. Pero, al contrario, les advierte que bastaba ya con haber andado todo el tiempo pasado a rienda suelta en toda clase de vicios y abominaciones (1 P 4:3). ¿Y qué será si pasamos a los ejemplos? ¿Qué semilla de justicia había en Rahab la ramera antes de creer? (Jos 2:1). ¿Qué semilla había en Manasés cuando hacía derramar la sangre de los profetas, tanto que, por así decirlo, la ciudad de Jerusalén se anegaba en tanta sangre? (2 R 21:16). ¿Y qué diremos del ladrón, que en el último suspiro se arrepintió de su mala vida? (Lc 23:40-42). No hagamos, pues, caso de estas nuevas invenciones que hombres inquietos se inventan temerariamente y sin ninguna autoridad de la Escritura. Mantengámonos firmes en lo que dice la Escritura: que todos nos descarriamos como ovejas y cada cual se apartó por su camino (Is 53:6), es decir, hacia su perdición. A aquellos a quienes el Señor ha determinado librar de este piélago de perdición, los reserva para su momento y ocasión; solamente los preserva y guarda para que no caigan en la blasfemia imperdonable.

Así como el Señor, por la fuerza y la eficacia de su llamamiento, guía a sus elegidos a la salvación, a la que los había ordenado de antemano por su decreto eterno, así también dispone y ordena sus juicios contra los réprobos, por los cuales ejecuta lo que ya ha determinado hacer con ellos. Por tanto, a aquellos a quienes ha creado para condenación y muerte eterna, para que sean instrumentos de su ira y ejemplos de su severidad, para que lleguen a su fin y destino, o bien los priva de la posibilidad de oír su palabra, o bien con la predicación de su palabra los ciega y endurece más. Aunque de la primera clase hay muchísimos ejemplos, nos contentaremos con uno, mucho más admirable y notable que todos los demás. Pasaron casi cuatro mil años antes de la venida de Jesucristo, y durante todo ese tiempo el Señor Dios ocultó y escondió a todas las naciones la luz salvadora de su doctrina. Si alguien responde que Dios no les comunicó tan gran bien porque los consideró indignos de él, ciertamente los que vinieron después no fueron mejores ni lo merecieron más que sus antecesores. De ello, además de la experiencia manifiesta que tenemos, da testimonio evidentísimo el profeta Malaquías en el capítulo cuarto de su profecía, quien, después de haber reprendido la incredulidad, las enormes blasfemias y otros crímenes y pecados, dice que aun así el Redentor no dejará de venir (Mal 4:1-2). ¿Por qué, pues, concedió esta gracia a estos y no a los otros? En vano se atormentará quien quiera buscar aquí otra causa más alta que el consejo secreto e inescrutable de Dios. Y no hay por qué temer que algún discípulo de Porfirio, ni ningún otro blasfemo, se tome la libertad de hablar mal de la justicia de Dios impunemente y que nosotros no tengamos qué responderle. Porque, cuando decimos que nadie es condenado sin merecerlo y que es misericordia gratuita de Dios que algunos se salven librados de la condenación, esto basta de sobra para defender la gloria de Dios, y no es necesario andarse por las ramas, como suele decirse, para defenderla de las calumnias de los profanos e impíos. Así, pues, el Juez supremo, al privar de la luz de la verdad y dejar ciegos a los que ha reprobado, abre camino a su predestinación. En cuanto al segundo miembro, lo muestran verdadero la experiencia común de lo que vemos y tratamos cada día y muchos ejemplos de la Escritura. Habrá cien personas que oigan un mismo sermón: veinte lo recibirán con una pronta obediencia de fe; los demás no harán caso del sermón, o se reirán, o blasfemarán de él y lo condenarán. Si alguien responde que esta diversidad procede de la malicia y la perversidad de los hombres, todavía no ha satisfecho la cuestión, porque la misma malicia dominaría en los corazones de los otros si el Señor, por su gracia y bondad, no los contuviera y corrigiera. Así que siempre quedaremos enredados y atrapados hasta que nos acojamos a lo que dice san Pablo: «¿Quién te distingue?» (1 Co 4:7). Con esto el Apóstol da a entender que, si uno aventaja a otro, no le viene de su propia fuerza y poder, sino solo de la gracia de Dios.

La razón, pues, de que Dios tenga misericordia de estos, dejando a los otros, la da san Lucas: porque habían sido «ordenados para vida eterna» (Hch 13:48). ¿Qué razón pensaremos, pues, de que los otros hayan sido dejados, sino que son vasos de ira para deshonra? Siendo así, no nos avergoncemos de hablar como habla san Agustín: «Bien podría Dios —dice— convertir al bien la voluntad de los malos, pues es omnipotente. Ciertamente podría hacerlo con toda facilidad. ¿Por qué, pues, no lo hace? Porque no quiere. Y por qué no quiere, él lo sabe; porque nosotros no debemos saber más de lo que nos conviene» (Agustín, Comentario literal al Génesis, libro II, cap. 10). Y esto será mucho mejor que andar con tergiversaciones y rodeos como san Crisóstomo, que dice que Dios atrae a sí al que lo llama y al que extiende la mano para ser ayudado; y lo dice para que no parezca que la diferencia está en el juicio de Dios, sino en la sola voluntad de los hombres (Crisóstomo, Homilía sobre la conversión de Pablo). En suma, tan lejos está de depender del propio impulso del hombre el acercarse a Dios, que aun los mismos hijos de Dios, que le temen, necesitan que el Espíritu de Dios los estimule e impulse particularmente a ello. Lidia, vendedora de púrpura, temía a Dios; y, con todo, fue necesario que el Señor le abriera el corazón para que estuviera atenta a la doctrina de san Pablo y aprovechara en ella (Hch 16:14). Esto no se dice de una sola mujer, sino para que sepamos que avanzar y aprovechar en la piedad es una obra admirable del Espíritu Santo. Tampoco se puede poner en duda que el Señor envía su palabra a muchísimos cuya ceguera quiere que aumente mucho más. Porque ¿con qué propósito mandó que se llevaran tantos mensajes al faraón? ¿Acaso porque pensara que el corazón del faraón se ablandaría al enviarle mensaje tras mensaje? Al contrario: antes de comenzar, ya sabía el resultado que tendría el asunto, y lo predijo antes de que sucediera: «Ve —dijo a Moisés— y declárale mi voluntad; pero yo endureceré su corazón, de modo que no obedezca» (Éx 4:21). Del mismo modo, cuando levanta a Ezequiel, le advierte que lo envía a un pueblo rebelde y obstinado, para que no se asombre al ver que predica en el desierto a gente de oídos sordos (Ez 2:3; 12:2). Así también predice a Jeremías que su doctrina sería como fuego para destruir y dispersar al pueblo como paja (Jer 1:10; 5:14). La profecía de Isaías aprieta todavía más, porque este es el mensaje con que Dios lo envía: «Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad» (Is 6:9-10). Ved aquí que les dirige su voz, pero para que se vuelvan más sordos; enciende su luz, pero para que queden más ciegos; propone su doctrina, pero para que con ella se entontezcan más; les da remedio, pero para que no sanen. San Juan, citando este pasaje del profeta Isaías, afirma que los judíos no pudieron creer la doctrina de Jesucristo porque pesaba sobre ellos esta maldición de Dios (Jn 12:39-40). Tampoco se debe poner en duda que a aquellos a quienes Dios no quiere iluminar les propone su doctrina llena de enigmas, intrincada y oscura, para que no les aproveche y caigan en mayor necedad y desvarío. Porque Cristo testifica que solo a sus apóstoles les explicaba las parábolas que había usado al hablar con el pueblo, porque a ellos se les había concedido la gracia de entender los misterios del reino de Dios, y no a los demás (Mt 13:11). ¿Qué pretende, pues, el Señor —me diréis— al enseñar a aquellos de quienes no quiere ser entendido? Considerad dónde está la falta, y no preguntaréis más. Porque, por mucha oscuridad que haya en la doctrina, siempre tiene luz suficiente para convencer la conciencia de los impíos.

Queda ahora por ver por qué hace el Señor esto, puesto que es certísimo que lo hace. Si se responde que la causa es que los hombres lo merecen así por su impiedad, maldad e ingratitud, es una gran verdad; pero, como con esto todavía no se ve claramente la razón y la causa de esta diversidad —por qué el Señor inclina a unos a obedecer y hace que otros persistan en la obstinación y la dureza—, para resolver bien esta cuestión debemos acogernos necesariamente al pasaje de Moisés que citó san Pablo: que Dios los levantó desde el principio para mostrar su nombre en toda la tierra (Ro 9:17). Que los réprobos no obedezcan a la doctrina que se les ha predicado se imputará con toda razón a la malicia y perversidad de su corazón, con tal que se añada al mismo tiempo que han sido entregados a esta perversidad porque, por el justo pero incomprensible juicio de Dios, fueron levantados para hacer brillar su gloria con su condenación. Asimismo, cuando se dice de los hijos de Elí que no escucharon los consejos saludables de su padre «porque Jehová había resuelto hacerlos morir» (1 S 2:25), no se niega que su contumacia y obstinación procedieran de su propia maldad; pero al mismo tiempo se señala la causa de que fueran dejados en su contumacia, pudiendo Dios haber ablandado su corazón: a saber, que el consejo inmutable de Dios ya los había destinado una vez para siempre a la perdición. A este propósito viene lo que dice san Juan: «Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?» (Jn 12:37-38). Porque, aunque no libra de culpa a los obstinados, se contenta con esto: que los hombres no hallarán ningún gusto ni sabor en la palabra de Dios hasta que el Espíritu Santo se la haga gustar. Y Jesucristo, al alegar la profecía de Isaías de que todos serán enseñados por Dios, no pretende sino mostrar que los judíos son réprobos y no pertenecen al número de la Iglesia, porque son incapaces de ser enseñados (Jn 6:45); y no da otra razón sino que la promesa de Dios no les pertenece. Lo confirma el apóstol san Pablo cuando dice que Cristo, que es escándalo para los judíos y locura para los gentiles, es para los llamados poder de Dios y sabiduría de Dios (1 Co 1:23-24). Porque, después de haber dicho lo que suele suceder cada vez que se predica el evangelio —que a unos los exaspera y otros se burlan de él—, dice que solo entre los llamados es estimado y tenido en valor. Es verdad que un poco antes había mencionado a los creyentes, pero no para menoscabar la gracia de Dios, que precede a la fe, sino que añade esto segundo como aclaración, para que los que habían abrazado el evangelio dieran la gloria de haber creído al llamamiento de Dios que los llamó. Como también dice un poco más abajo que han sido llamados por Dios. Al oír esto, los impíos se quejan diciendo que Dios abusa de sus pobres criaturas, ejerciendo sobre ellas un poder cruel y desordenado, y esto como por juego. Pero nosotros, que sabemos que los hombres son culpables ante el juicio de Dios de tantas y tan diversas maneras que, si se les interrogara sobre mil artículos, no podrían responder a uno solo, confesamos que los impíos no padecen nada que no sea por el justísimo juicio de Dios. Y si no podemos comprender la razón, debemos aceptarlo con paciencia, y no avergonzarnos de confesar nuestra ignorancia cuando la sabiduría de Dios se eleva a lo alto.

Pero como suelen objetarnos algunos pasajes de la Escritura en los que parece que Dios niega que los impíos se condenen porque él así lo haya ordenado, y afirma más bien que ellos se precipitan voluntariamente en la muerte contra su voluntad, será necesario explicarlos brevemente para mostrar que no contradicen lo que hemos enseñado. Alegan el pasaje de Ezequiel: que Dios no quiere la muerte del impío, sino que se vuelva y viva (Ez 33:11). Si quieren entender esto en general de todo el género humano, les pregunto por qué no mueve al arrepentimiento a la mayor parte, cuyos corazones son mucho más dóciles para obedecer que los de aquellos que, cuanto más se les invita y ruega, más se endurecen y obstinan. Jesucristo testifica que su predicación y sus milagros habrían dado mucho más fruto en Nínive y en Sodoma que en Judea (Mt 11:23; 12:41). ¿Cómo sucede, pues, que, queriendo Dios que todos los hombres se salven, no abre la puerta del arrepentimiento a esos pobres miserables, que estaban mucho mejor dispuestos a recibir la gracia si se les hubiera propuesto y ofrecido? De aquí vemos que este pasaje se tuerce y se trae por los cabellos si, con el pretexto de lo que suenan las palabras del profeta, queremos invalidar y anular el consejo eterno de Dios, por el cual ha separado a los elegidos de los réprobos. Si me preguntan, pues, cuál es el sentido propio y natural de este pasaje, digo que la intención del profeta es dar buena esperanza a los que se arrepienten de que sus pecados les serán perdonados. En suma: los pecadores no deben dudar de que Dios está pronto y dispuesto a perdonarles sus pecados en el momento en que se conviertan a él. No quiere, pues, su muerte, en cuanto quiere su conversión. Pero la experiencia nos enseña que el Señor quiere de tal manera que se arrepientan aquellos a quienes invita, que no toca los corazones de todos. Y, con todo, de ningún modo se debe decir que Dios obre con engaño; porque, aunque la voz externa solo haga inexcusables a quienes la oyen y no obedecen, debe tenerse por un testimonio de la gracia de Dios con la que reconcilia consigo a los hombres. Entendamos, pues, que la intención del profeta es que Dios no se complace en la muerte del pecador, para que los piadosos confíen en que, en cuanto se arrepientan de sus pecados, Dios está dispuesto a perdonarlos; y, por el contrario, para que los impíos sientan que su pecado se duplica por no haber respondido a tan gran clemencia y generosidad de Dios. Así, la misericordia de Dios siempre sale al encuentro del arrepentimiento; pero que el don de arrepentirse y convertirse a Dios no se da a todos lo enseñan no solo los demás profetas y apóstoles, sino también el mismo Ezequiel.

En segundo lugar alegan lo que dice san Pablo: que Dios quiere que todos sean salvos (1 Ti 2:4). Este pasaje, aunque es distinto del que citó el profeta, coincide con él en algo. Respondo que por el contexto es evidente de qué manera quiere Dios que todos sean salvos, porque san Pablo une las dos cosas: que quiere que se salven y que vengan al conocimiento de la verdad. Si ha sido establecido y determinado por el consejo eterno de Dios, como ellos dicen, que todos sean hechos partícipes de la doctrina de la vida, ¿qué querrá decir lo que dice Moisés: «¿Qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios?» (Dt 4:7). ¿Por qué ha privado Dios de la luz de su evangelio a tantas naciones y pueblos, mientras otros gozan de ella? ¿Por qué el conocimiento puro y perfecto de la doctrina de la piedad nunca ha llegado a ciertas gentes, y otras apenas han probado los rudimentos y principios de la religión cristiana? De aquí se puede concluir claramente cuál es la intención de san Pablo. Había mandado a Timoteo que se hicieran oraciones y rogativas solemnes por los reyes y príncipes. Y como parecía un gran desatino orar a Dios por una clase de gente tan desesperada (porque no solo estaban fuera de la comunión de los fieles, sino que empleaban todas sus fuerzas en oprimir el reino de Dios), añade que esto es agradable a Dios, el cual quiere que todos los hombres sean salvos. Con lo cual no quiere decir otra cosa sino que el Señor no ha cerrado la puerta de la salvación a ningún estado ni condición de hombres, sino que, por el contrario, ha derramado su misericordia de tal manera que quiere que todos participen de ella. Los otros pasajes de la Escritura que alegan no declaran lo que el Señor, en su juicio oculto, ha determinado acerca de todos, sino que solo anuncian que el perdón está preparado para todos los pecadores que lo piden con verdadero arrepentimiento. Porque, si insisten con obstinación en que Dios quiere tener misericordia de todos, yo por mi parte les opondré lo que dice la misma Escritura en otro lugar: «Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho» (Sal 115:3). Por tanto, este pasaje debe interpretarse de modo que concuerde con el otro que dice: «Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente» (Éx 33:19). El que escoge de quién tener misericordia no la tiene de todos. Pero como se ve claramente que san Pablo no trata de cada hombre en particular, sino de todos los estados y condiciones de hombres, no será necesario tratar esto más extensamente. Aunque también debemos notar que san Pablo no dice que Dios lo haga siempre y con todos, sino que nos advierte que debemos dejarle en libertad para atraer a sí, al final, a los reyes, príncipes y magistrados y hacerlos partícipes de la doctrina celestial, aunque por un tiempo, por estar ciegos y andar en tinieblas, la persigan con furia. El pasaje de san Pedro que dice que Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 P 3:9), parece apretarnos mucho más; pero la solución de este nudo, que parece tan fuerte, se ve claramente en la segunda parte de la sentencia. Porque no se debe entender otra voluntad de recibir al arrepentimiento que la que se declara en toda la Escritura. La conversión, ciertamente, está en la mano de Dios. Si quiere convertir a todos, pregúnteselo a él mismo, puesto que promete que dará a un pequeño número un corazón de carne, dejando a todos los demás con su corazón de piedra (Ez 36:26). Es cosa manifiesta que, si Dios no estuviera dispuesto a recibir en su misericordia a todos los que le piden misericordia, sería falsísimo este pasaje de Zacarías: «Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros» (Zac 1:3). Pero digo que no hay ningún hombre que se acerque a Dios sino aquel a quien Dios atrae a sí. Y si arrepentirse dependiera de la voluntad del hombre, san Pablo no diría: «Por si quizá Dios les conceda que se arrepientan» (2 Ti 2:25). Y aún digo más: si el mismo Dios, que con su palabra exhorta a todos al arrepentimiento, no atrajera a sí a sus elegidos al arrepentimiento con una secreta inspiración de su Espíritu, Jeremías no diría: «Conviérteme, y seré convertido, […] porque después que me convertí, tuve arrepentimiento» (Jer 31:18-19).

Pero alguien me dirá: si es así, muy poca certeza tendrán las promesas del evangelio, que, hablando de la voluntad de Dios, dicen que quiere lo que contradice lo que él ha determinado en su decreto inviolable. Respondo que no es así. Porque, aunque las promesas de vida sean universales, no son en modo alguno contrarias a la predestinación de los réprobos, con tal que pongamos los ojos en su cumplimiento. Sabemos que las promesas de Dios surten efecto cuando las recibimos por la fe; y, por el contrario, cuando falta la fe, las promesas no tienen ningún valor. Si esta es la naturaleza y condición de las promesas, veamos ahora si contradicen la predestinación divina. Leemos que Dios ha elegido y ordenado desde la eternidad a los que quiere recibir en su gracia y favor y a aquellos en quienes quiere ejecutar su ira, y que Dios ofrece a todos la salvación sin hacer ninguna diferencia. Digo que ambas cosas concuerdan muy bien. Porque el Señor, al prometer esto, no quiere decir otra cosa sino que su misericordia se ofrece a todos los que la buscan y piden su favor, lo cual nadie hace sino aquellos a quienes él ha iluminado; y, en conclusión, ilumina a los que ha predestinado para ser salvos. Estos, digo, son los que experimentan con certeza y firmeza la verdad de las promesas, de modo que de ningún modo se puede decir que haya contradicción entre la elección eterna de Dios y el hecho de que ofrezca a los fieles el testimonio de su gracia y favor. Pero ¿por qué nombra a todos los hombres? Ciertamente, nombra a todos para que las conciencias de los piadosos descansen con mayor seguridad, viendo que no hay ninguna diferencia entre los pecadores con tal que crean; y para que los impíos no aleguen que no tienen refugio ni santuario al que acogerse para escapar de la servidumbre del pecado, cuando son ellos los que lo rechazan por su ingratitud. Así, pues, como el evangelio presenta la misericordia de Dios a unos y a otros, no hay otra cosa sino la fe —es decir, la iluminación de Dios— que haga diferencia entre fieles e incrédulos, de modo que los primeros sientan la eficacia y la fuerza del evangelio y los otros no obtengan ningún fruto. Y esta iluminación tiene por regla la elección eterna de Dios. La queja de Jesucristo que alegan —«¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, […] y no quisiste!» (Mt 23:37)— no les sirve de nada para confirmar su propósito. Reconozco que Jesucristo no habla aquí como hombre, sino que reprocha a los judíos haber rechazado siempre y en todo tiempo su gracia. Pero, con todo, debemos considerar cuál es esta voluntad de Dios que se menciona en este pasaje. Porque es notorio el gran cuidado que Dios puso en conservar a este pueblo; y también se sabe muy bien con cuánta obstinación, desde los primeros hasta los últimos, se resistieron a ser reunidos, entregándose y dejándose llevar por sus desordenadas concupiscencias. Pero de aquí no se sigue que el consejo inmutable de Dios haya quedado frustrado y vano por la malicia de los hombres. Replican que nada conviene menos a la naturaleza de Dios que decir que tiene dos voluntades. Se lo concedo, con tal que lo entiendan bien. Pero ¿por qué no consideran tantos lugares de la Escritura en los que Dios, asumiendo los afectos humanos, habla como hombre descendiendo de su majestad? Dice que, extendiendo sus manos, ha llamado a este pueblo rebelde, y que de mañana y de tarde ha procurado atraerlo a sí (Is 65:2). Si quieren entender esto al pie de la letra, sin admitir figura ni modo de hablar, abrirán la puerta a muchísimas cuestiones vanas y superfluas, que se pueden resolver con esta solución: que Dios, por semejanza, se atribuye lo que es propio de los hombres. Aunque basta la solución que ya hemos dado: que, aunque la voluntad de Dios nos parezca diversa en cuanto a nosotros, él no quiere en sí esto y lo otro, sino solo dejar atónitos nuestros sentidos con su multiforme sabiduría (como dice san Pablo), hasta que en el último día se nos dé a entender que él, de un modo desconocido y admirable, quiere lo mismo que ahora nos parece contrario a su voluntad (Ef 3:10). Usan también objeciones capciosas que no merecen ninguna respuesta. Dicen que Dios es Padre de todos, y que, siendo Padre, no es justo que desherede a nadie sino al que antes haya merecido por su propia culpa ser desheredado. ¡Como si la generosidad de Dios no se extendiera aun a los cerdos y los perros! Y si se trata del género humano, que me respondan por qué Dios quiso vincularse a un pueblo para ser su Padre, dejando a los demás pueblos. ¿Y por qué, aun de ese mismo pueblo, escogió un pequeño número, como la flor? Pero el afán rabioso de maldecir que tienen estos furiosos les impide considerar que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos (Mt 5:45), de tal manera que al mismo tiempo guarda la herencia eterna para el pequeño número de sus elegidos, a quienes se dirá: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino», etc. (Mt 25:34). Objetan también que Dios no aborrece nada de lo que ha creado. Aunque se lo conceda, esto no va contra lo que enseñamos: que los réprobos son aborrecidos por Dios, y con muy grande razón, porque, estando privados del Espíritu de Dios, no pueden mostrar otra cosa que motivo de maldición. Dicen también que no hay ninguna diferencia entre el judío y el gentil, y que por eso Dios ofrece su gracia a todos indistintamente. Lo admito, con la condición de que se entienda como lo explica san Pablo: que Dios, tanto de los judíos como de los gentiles, llama a los que le place, sin estar obligado a nadie (Ro 9:24). Esta misma respuesta servirá también para resolver lo que alegan además: que Dios encerró a todos en desobediencia para tener misericordia de todos (Ro 11:32). Es una grandísima verdad, porque quiere que la salvación de todos los que se salvan se atribuya a su misericordia, aunque este beneficio no sea común a todos. En conclusión, cuando hayan amontonado de aquí y de allá cuantas objeciones puedan, esta es la suma y la conclusión de todo: que, junto con san Pablo, quedemos atónitos ante una profundidad tan grande; y, si las lenguas desenfrenadas echan su veneno contra esto, que no nos avergoncemos de pronunciar esta exclamación: «Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?» (Ro 9:20). Porque muy bien dice san Agustín que obran muy mal los que miden la justicia de Dios con la medida de los hombres (Agustín, Sobre la predestinación y la gracia, cap. 2).

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.