Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
Refutación de las calumnias con que esta doctrina ha sido siempre atacada
Cuando el ingenio humano oye estas cosas, su obstinación no se puede contener y enseguida arma grandes aspavientos y alborotos, como si le hubieran tocado a rebato. Y muchísimos, aparentando querer defender la honra de Dios, es decir, que no se le haga ningún cargo injusto, confiesan la elección, pero de tal manera que niegan que alguien sea reprobado. Pero en esto se engañan muchísimo, porque no habría elección si no hubiera, por el contrario, reprobación. Se dice que Dios aparta a los que adopta para que sean salvos. Sería, pues, un desvarío, y muy grande, decir que los demás alcanzan por casualidad, o adquieren por su esfuerzo, lo que la elección da solo a unos pocos. Así, pues, a los que Dios pasa por alto al elegir, los reprueba; y esto no por otra causa sino porque quiere excluirlos de la herencia que ha predestinado para sus hijos. Y no es tolerable la obstinación de estos si no permiten que la palabra de Dios les ponga freno cuando se trata de un juicio incomprensible de Dios, que aun los mismos ángeles adoran. Hace poco oímos que el endurecimiento no está menos que la misericordia en la mano y la libre voluntad de Dios. Tampoco san Pablo se esfuerza mucho en excusar a Dios con falsedades o mentiras, como hacen estos que he mencionado; solo advierte que no es lícito que el vaso de barro discuta con quien lo formó (Ro 9:20). Además, los que no admiten que Dios repruebe a algunos, ¿cómo se librarán de aquel notable dicho de Cristo: «Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada»? (Mt 15:13). Oyen que todos aquellos a quienes el Padre no ha tenido a bien plantar en su campo como árboles sagrados están claramente destinados a la perdición. Si niegan que esto sea señal de reprobación, no habrá nada tan claro que no les resulte oscuro. Y si no dejan de murmurar, conténtese nuestra fe con esta sobriedad: escuchar la advertencia que nos da san Pablo, de que no hay por qué discutir con Dios si, por una parte, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soporta con mucha paciencia y mansedumbre los vasos de ira preparados para destrucción, y, por otra, da a conocer las riquezas de su gloria en los vasos de misericordia que él preparó para gloria (Ro 9:22-23). Noten los lectores cómo san Pablo, para quitar toda ocasión de murmurar y gruñir, da el poder y la autoridad supremos a la ira y el poder de Dios; porque está muy mal querer pedir cuentas de los juicios profundos y ocultos de Dios, que sobrepasan todo nuestro entendimiento. Es frívola la respuesta que dan nuestros adversarios: que Dios no desecha del todo a los que soporta con mansedumbre, sino que mantiene su voluntad en suspenso respecto de ellos, por si acaso se arrepienten. ¡Como si san Pablo atribuyera a Dios una paciencia con la que espera la conversión de aquellos que, según dice, están preparados para destrucción! Porque muy bien dice san Agustín al explicar este pasaje que, cuando la paciencia va unida al poder, Dios no permite simplemente, sino que gobierna activamente (Agustín, Contra Juliano, libro V, cap. 5). Replican también que san Pablo, después de decir que los vasos de ira están preparados para destrucción, dice que Dios preparó los vasos de misericordia; como si con estas palabras quisiera decir que Dios es el autor de la salvación de los fieles y que a él se le debe dar la gloria, pero que los que se pierden se hacen tales por sí mismos y por su libre albedrío, sin que Dios los repruebe. Pero, aunque les conceda que san Pablo quiso con esta manera de hablar suavizar lo que a primera vista podría parecer áspero y duro, es un despropósito atribuir esta preparación, por la que se dice que los réprobos están destinados a la perdición, a otra cosa que al consejo secreto de Dios; como el mismo Apóstol lo había declarado poco antes: que Dios había levantado al faraón, y luego dice que endurece a quien quiere (Ro 9:17-18). De donde se sigue que el juicio secreto de Dios es la causa del endurecimiento. Por lo menos he ganado esto, que es doctrina de san Agustín: que cuando Dios convierte a los lobos en ovejas, los transforma con una gracia mucho más poderosa para domar su dureza; y que no convierte a los obstinados porque no muestra aquella gracia más poderosa suya, de la que no carece si quisiera ejercerla (Agustín, Sobre la predestinación de los santos, cap. 2).
Esto bastaría para gente moderada y temerosa de Dios, que recuerda que es humana. Pero como estos perros rabiosos vomitan contra Dios no una sola clase de blasfemias, será necesario responder a cada una de ellas en particular. Los hombres carnales, llenos como están de necedad, discuten con Dios de diversas maneras, como si lo tuvieran sujeto a sus reproches. En primer lugar preguntan por qué se enoja Dios con sus criaturas, que no lo han provocado con ninguna ofensa; porque condenar y destruir a quien le plazca es más propio de la crueldad de un tirano que de la sentencia legítima de un juez. Así les parece que los hombres tienen justo motivo para quejarse de Dios si, por su sola voluntad y sin que ellos lo hayan merecido, los predestina a la muerte eterna. Si alguna vez tales pensamientos entran en la mente de los piadosos, bastará para rechazar sus golpes con considerar qué gran maldad es siquiera investigar las causas de la voluntad de Dios, puesto que ella es la causa de todas las cosas que existen, y con toda justicia debe serlo. Porque si hubiera algo que fuera causa de la voluntad de Dios, esa causa tendría que ser anterior a ella y estar como atada a ella, lo cual es una gran impiedad siquiera imaginarlo. Porque la voluntad de Dios es de tal manera la regla suprema e infalible de la justicia, que todo lo que ella quiere, por el mismo hecho de quererlo, debe tenerse por justo. Así, cuando se pregunta por qué Dios lo hizo así, debemos responder: porque quiso. Y si seguís preguntando por qué quiso, buscáis algo mayor y más excelente que la voluntad de Dios, y es imposible que se halle. Modérese, pues, la temeridad humana, y no busque lo que no existe, no sea que no encuentre lo que existe (tomado de Agustín, Sobre el Génesis contra los maniqueos, libro I, cap. 3). Este será, pues, un muy buen freno para contener a todos los que quieran meditar con reverencia los secretos de Dios. Contra los impíos, que no cesan de maldecir públicamente a Dios sin que les importe nada, el mismo Señor se defenderá de sobra con su justicia, sin que nosotros le sirvamos de abogados, cuando, quitando a sus conciencias toda ocasión de tergiversar y de andar con rodeos, las convenza, las pese y las trate de tal manera que no puedan escapar de sus manos. Sin embargo, al hablar así no aprobamos el desvarío de los teólogos papistas sobre el poder absoluto de Dios, que, siendo profano, debemos abominar. No nos imaginamos un Dios sin ley, puesto que él es ley para sí mismo; porque, como dice Platón, los hombres sujetos a malos deseos necesitan ley, pero la voluntad de Dios, que no solo es pura y limpia de todo vicio, sino que es la regla suprema de la perfección, es la ley de todas las leyes. Pero negamos que esté obligado a darnos cuenta de lo que hace; y negamos también que nosotros seamos jueces idóneos y competentes para dar sentencia en esta causa según nuestro sentido y juicio. Por eso, si intentamos más de lo que nos es lícito, que nos infunda temor aquella amenaza del salmo: que Dios saldrá vencedor todas las veces que sea juzgado por los hombres mortales.
He aquí cómo Dios, callando, puede reprimir a sus enemigos. Pero, para que no permitamos que su santo nombre sea escarnecido sin que haya quien vuelva por su honra, nos da armas en su palabra para resistirles. Por tanto, si alguien nos ataca con palabras como estas —por qué Dios ha predestinado desde el principio a la muerte a algunos que no podían haberlo merecido, puesto que aún no habían nacido—, la respuesta que le daremos será preguntarle en qué piensa que Dios es deudor del hombre, si quisiera considerarlo según lo que es por naturaleza. Siendo como somos todos corrompidos y contaminados de vicios, no puede ser sino que Dios nos aborrezca, y esto no por una crueldad tiránica, sino por una equidad justísima. Y si todos los hombres, por su condición natural, merecen la muerte eterna, ¿de qué iniquidad e injusticia, os pregunto, se quejarán aquellos a quienes Dios ha predestinado a la muerte? Vengan todos los hijos de Adán; discutan y contiendan con su Creador porque, por su providencia eterna, fueron predestinados a una miseria perpetua antes de ser engendrados: ¿qué podrán murmurar contra Dios cuando él les haga recordar quiénes son? Si todos están hechos de una masa corrompida, no hay por qué maravillarnos de que estén sujetos a condenación. No acusen, pues, a Dios de injusticia si por su juicio eterno están destinados a la muerte, a la cual, mal que les pese, los lleva su propia naturaleza, como ellos sienten muy bien. De aquí se ve claramente cuán perverso es el afán que tienen de murmurar contra Dios, pues encubren a sabiendas la causa de su condenación, que están obligados a reconocer en sí mismos. Así que, por más que lo doren, no podrán justificarse. Y aunque yo les concediera cien veces que Dios es el autor de su condenación (lo cual es una gran verdad), no por eso se lavarán del pecado que está grabado en sus conciencias y que a cada paso se les pone delante de los ojos.
Replican otra vez preguntando si no fueron predestinados por ordenación de Dios a esta corrupción que decimos que es la causa de su ruina. Porque, si es así, cuando perecen en su corrupción no hacen sino cargar con la calamidad en la que cayó Adán, por haber sido predestinado para ello, arrastrando consigo a toda su posteridad. ¿No será, pues, injusto Dios, que se burla tan cruelmente de sus criaturas? Respondo: reconozco que fue por voluntad de Dios que todos los hijos de Adán cayeron en este miserable estado y condición en que ahora se encuentran atrapados. Y esto es lo que decía al principio: que en definitiva siempre tenemos que volver al solo decreto de la voluntad divina, cuya causa está escondida en él. Pero de aquí no se sigue que los hombres deban discutir con Dios; porque los detendremos con san Pablo, diciendo: «Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?» (Ro 9:20-21). Negarán que así se defienda verdaderamente la justicia de Dios, y dirán que esto no es más que un subterfugio que suelen usar quienes no tienen excusa suficiente. Porque parece que aquí no se dice otra cosa sino que nada puede impedir al poder de Dios hacer todo lo que le plazca. Pero yo digo que es algo muy distinto: porque ¿qué razón más firme y más sólida se puede dar que mandarnos considerar quién es Dios? Porque ¿cómo podría cometer alguna iniquidad el que es Juez del mundo? Si es propio de su naturaleza hacer justicia, naturalmente ama la justicia y aborrece la injusticia. Así, el Apóstol no buscó subterfugios ni falsas excusas, como si de otro modo no pudiera escapar, sino que mostró que la justicia de Dios es mucho más alta y excelente de lo que pueda pesarse con peso humano o ser comprendida por algo tan pequeño como el entendimiento humano. Es verdad que el Apóstol enseña que los juicios de Dios son tan profundos que anegarían todos los entendimientos humanos si pretendieran atravesarlos y penetrarlos. Pero al mismo tiempo enseña que está completamente fuera de razón querer someter las obras de Dios a esta condición: que, en cuanto no entendamos su razón y su causa, nos atrevamos a condenarlas. Hay una sentencia muy notable de Salomón a este propósito, que muy pocos entienden bien: «El gran Creador de todas las cosas da al necio su paga, y a los transgresores su salario» (Pr 26:10). Exclama así, admirado en gran manera de la grandeza de Dios, en cuya mano y voluntad está castigar a los necios y a los transgresores, aunque no les haya dado su Espíritu. Y ciertamente el furor de los hombres es monstruoso cuando pretenden encerrar lo infinito e incomprensible en una medida tan pequeña como su entendimiento. San Pablo llama escogidos a los ángeles que permanecieron en su integridad (1 Ti 5:21); si su constancia se fundó en la buena voluntad de Dios, la rebelión de los demonios muestra que no fueron retenidos, sino abandonados. Y de esto no se puede dar otra causa que la reprobación, que está escondida en el consejo secreto de Dios.
Venga, pues, ahora algún maniqueo o algún celestiano a calumniar la providencia de Dios. Yo digo, como dice san Pablo, que no debemos dar razón ni causa de ella, porque con su grandeza sobrepasa nuestra capacidad. ¿Qué hay de extraño en esto? ¿Qué absurdo hay aquí? ¿Querrá que el poder de Dios esté tan limitado que no pueda hacer nada más que lo que su entendimiento pueda comprender? Digo con san Agustín que Dios ha creado a algunos que sabía con toda certeza que irían a la perdición (Agustín, Carta 106); y que esto se hizo así porque él lo quiso así. Pero por qué lo quiso no nos corresponde preguntarlo, pues no lo podemos comprender; y tampoco nos corresponde discutir si la voluntad de Dios es justa o no, ya que, siempre que se la menciona, con su nombre se designa una regla infalible de justicia. ¿A qué propósito, pues, se pondrá en duda si hay iniquidad donde se ve claramente que hay justicia? Tampoco nos avergoncemos, siguiendo el ejemplo de san Pablo, de tapar la boca a los impíos, y esto no una vez, sino todas las veces que la abran como perros para ladrar. Porque ¿quiénes sois vosotros, pobres y miserables hombres, para formular cargos contra Dios? ¿Y para acusarlo por la sola razón de que no rebaja la grandeza de sus obras a vuestra rudeza y poca capacidad? ¿Como si las obras de Dios fueran malas porque la carne no las entiende? Deberíais conocer muy bien, por las experiencias que os ha dado, la inmensa grandeza de los juicios de Dios. Bien sabéis que se les llama un abismo profundo (Sal 36:6). Considerad, pues, ahora vuestra poca capacidad, y ved si podrá comprender lo que Dios ha decretado en sí mismo. ¿De qué os sirve haberos adentrado por curiosidad en este abismo, del que vuestra misma razón os dice que será vuestra ruina? ¿Es posible que lo que está escrito de la sabiduría incomprensible de Dios y de su terrible poder, tanto en la historia de Job como en todos los profetas, no os ponga freno ni os atemorice? Si tu entendimiento anda inquieto con algunas cuestiones, no te pese seguir el consejo de san Agustín: «Tú, hombre, esperas mi respuesta, y yo también soy hombre como tú; por eso, oigamos ambos al que nos dice: “Oh hombre, ¿quién eres tú?”. Mejor es una ignorancia fiel que una ciencia temeraria (Agustín, Sermones sobre las palabras del Apóstol, 20). Busca méritos: no hallarás sino castigo. ¡Oh profundidad! Pedro niega a Cristo; el ladrón cree en él. ¡Oh profundidad! ¿Buscas tú la razón? Yo me asombraré de la profundidad. Razona tú cuanto quieras; yo me maravillaré. Discute tú; yo creeré. Veo la altura; a la profundidad no he llegado. Pablo se quedó tranquilo admirándose. Él dice que los juicios de Dios son insondables, ¿y tú has venido a escudriñarlos? Él dice que sus caminos son inescrutables, ¿y tú quieres conocerlos?». No lograremos nada si seguimos adelante. Porque ni satisfaremos su desvergüenza, ni el Señor necesita otra defensa que la que usó por su Espíritu hablando por boca de san Pablo; y, lo que es más de considerar, nos olvidamos de hablar bien cuando dejamos de hablar según Dios.
La impiedad plantea además otra objeción, que no tiende tanto a acusar a Dios como a excusar su propio pecado; aunque, a decir verdad, el pecador condenado por Dios no puede ser justificado sin infamar al juez que lo condenó. Estas lenguas profanas gruñen, pues, contra Dios de esta manera: ¿por qué habría de imputar Dios como pecado a los hombres las cosas que él, por su predestinación, les ha hecho hacer necesariamente? ¿Qué podrían hacer ellos? ¿Resistir a sus decretos? Sería en vano, pues no podrían prevalecer contra ellos. Luego Dios no los castiga con justicia por cosas cuya causa principal está en su predestinación. No me defenderé aquí con el argumento que suelen usar los escritores eclesiásticos: que la presciencia de Dios no impide que el hombre sea tenido por pecador, puesto que Dios ha previsto los pecados del hombre y no los suyos propios. Porque los calumniadores no se contentarían con esto, sino que irían más lejos, diciendo que, con todo, Dios, si hubiera querido, podría haber impedido los pecados que había previsto; y que, puesto que no lo hizo, creó deliberadamente al hombre para que viviera así en el mundo. Y que, si la providencia divina creó al hombre en esta condición, de modo que haga necesariamente todo lo que hace, no se le debe imputar lo que no puede evitar y a lo que ha sido movido por la voluntad de Dios. Veamos, pues, cómo se puede resolver esta dificultad. En primer lugar, es necesario que todos tengamos por firme lo que dice Salomón: «Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, y aun al impío para el día malo» (Pr 16:4). Así, pues, como la disposición de todas las cosas está en la mano de Dios, y él puede dar la vida y la muerte como le plazca, dispone y ordena por su consejo que algunos, desde el vientre de sus madres, estén destinados a una muerte eterna segurísima, para que con su perdición glorifiquen su nombre. Si alguien, para excusar a Dios, dijera que Dios por su providencia no les impone ninguna necesidad, sino que, viendo de antemano cuán perversos habían de ser, los creó en esa condición, diría algo, pero no todo. Es verdad que los doctores antiguos usaron a veces esta solución, aunque como dudando; pero los escolásticos se contentan con ella como si no hubiera nada que replicarle. En cuanto a mí, concederé de buena gana que la sola presciencia no impone ninguna necesidad a las criaturas, aunque no todos están de acuerdo en esto, porque hay algunos que la hacen causa de todas las cosas. Pero me parece que Lorenzo Valla, hombre por lo demás no muy versado en la Escritura, consideró esto con mucha más agudeza y prudencia: dice que esta disputa es vana, y la razón que da es que la vida y la muerte son más acciones u obras de la voluntad de Dios que de su presciencia. Si Dios solamente hubiera previsto lo que había de suceder a los hombres, y no lo dispusiera y ordenara como le pluguiera, entonces no sin razón se trataría esta cuestión: qué necesidad impondría a los hombres la providencia de Dios. Pero como él no ve las cosas futuras por otra razón sino porque ha determinado que así sean, es una locura discutir y rompernos la cabeza sobre qué causa y produce su presciencia, cuando es notorio que todo se hace por ordenación y disposición divina.
Nuestros adversarios niegan que se hallen jamás en la Escritura estas palabras: que Dios determinó que Adán pereciera por su caída. ¡Como si el mismo Dios, de quien la Escritura dice que hace todo lo que quiere, hubiera creado la más excelente de todas sus criaturas sin fijarle fin ni propósito! Dicen que Adán fue creado con libre albedrío para que escogiera la manera de vivir que quisiera, y que Dios no había determinado nada acerca de él, sino tratarlo según lo que mereciera por sus obras. Si se admite esta frívola invención, ¿dónde quedará aquella omnipotencia de Dios con la que, según su consejo secreto, que no depende de ninguna otra cosa, modera y gobierna todas las cosas? Sin embargo, mal que les pese, la predestinación se muestra en todos los descendientes de Adán. Porque de ningún modo pudo suceder naturalmente que todos cayeran del estado en que estaban por la culpa de uno solo. ¿Qué les impide confesar del primer hombre lo que, contra su voluntad, conceden de todo el género humano? ¿Para qué perderán el tiempo andándose por las ramas? La Escritura declara con toda claridad que todos los hombres fueron condenados a la muerte eterna en la persona de un solo hombre. Y como esto no se puede atribuir a la naturaleza, se ve claramente que procede del admirable consejo de Dios. Es un gran absurdo que estos abogados, que se meten a defender la justicia de Dios, tropiecen en una nadería, en una pajita, y que las grandes vigas no les impidan seguir adelante. Vuelvo a preguntar: ¿de dónde viene que tantas naciones, junto con sus niños, hayan quedado envueltas en la muerte eterna por la caída de Adán, y esto sin remedio, sino de que así le plugo a Dios? Aquí es necesario que estas lenguas tan parlanchinas enmudezcan. Reconozco que este decreto de Dios debe infundirnos un gran espanto; pero nadie podrá negar que Dios supo, antes de crear al hombre, qué fin había de tener, y que lo supo porque así lo había ordenado en su consejo. Si alguien habla aquí contra la presciencia de Dios, lo hará con mucha temeridad e imprudencia. Porque ¿por qué se ha de acusar al Juez celestial por no haber ignorado lo que había de suceder? Si hay alguna queja, justa o con alguna apariencia de serlo, que se dirija contra la predestinación. Y no debe parecer absurdo lo que digo: que Dios no solo previó la caída del primer hombre, y en ella la ruina de toda su posteridad, sino que así lo ordenó. Porque, así como pertenece a su sabiduría saber todo lo que ha de suceder antes de que suceda, también pertenece a su poder regir y gobernar todas las cosas con su mano. San Agustín trata y resuelve muy bien esta cuestión, como todas las demás, diciendo: «Confesamos para nuestra salvación lo que creemos con toda rectitud: que Dios, Señor de todas las cosas, que creó todas las cosas muy buenas, que supo de antemano que el mal surgiría del bien y que supo que a su omnipotentísima bondad le correspondía más convertir el mal en bien que no permitir que hubiera mal, ordenó la vida de los ángeles y de los hombres de tal manera que quiso mostrar en ella primero lo que podía el libre albedrío, y después lo que podían el beneficio de su gracia y su justo juicio» (Agustín, Enquiridión, a Lorenzo).
Algunos se acogen aquí a la distinción entre voluntad y permiso, diciendo que los impíos se pierden porque Dios lo permite, pero no porque lo quiera. Pero ¿por qué diremos que lo permite, sino porque así lo quiere? Tampoco es verosímil que el hombre se haya buscado la perdición por el solo permiso de Dios y no por su ordenación. ¡Como si Dios no hubiera ordenado en qué condición y estado quería que estuviera la más excelente de todas sus criaturas! No dudaré, pues, en confesar sencillamente con san Agustín que la voluntad de Dios es la necesidad de todas las cosas, y que necesariamente había de suceder lo que él quisiera, como sin falta sucederá todo lo que ha previsto (Agustín, Comentario literal al Génesis, libro VI, cap. 15). Ahora bien, si los pelagianos, maniqueos, anabaptistas o epicúreos (porque con estas cuatro sectas tenemos que vérnoslas al tratar esta materia) alegan para excusarse la necesidad a la que los obliga la predestinación de Dios, no dicen nada que sirva a su causa. Porque si la predestinación no es otra cosa que una dispensación de la justicia de Dios, la cual no deja de ser irreprochable aunque sea oculta, y es certísimo que ellos no eran indignos de ser predestinados a tal fin, también es certísimo que la ruina en que caen por la predestinación de Dios es justa. Además, su perdición depende de tal manera de la predestinación de Dios, que la causa y la materia de ella se hallan en ellos mismos. El primer hombre cayó porque Dios así lo había ordenado; pero por qué lo había ordenado, no lo sabemos. Lo que sí sabemos con certeza es que no lo ordenó así sino porque veía que de ello su nombre sería glorificado. Cuando oímos mencionar la gloria, pensemos al mismo tiempo en su justicia, porque es necesario que sea justo lo que es digno de alabanza. Cae, pues, el hombre porque así lo ordena la providencia de Dios; pero cae por su propia culpa. Poco antes el Señor había declarado que todo lo que había hecho era bueno en gran manera (Gn 1:31). ¿De dónde, pues, le vino al hombre aquella maldad de apartarse de su Dios? Para que no se pensara que le venía de su creación, el Señor había aprobado con su propio testimonio todo lo que había puesto en él. Es, pues, el hombre quien por su propia malicia corrompió la buena naturaleza que había recibido de Dios, y así con su caída arrastró a la ruina a toda su posteridad. Por eso, contemplemos más bien la causa evidente de su condenación en la naturaleza corrompida de los hombres, que tenemos más a la vista, en vez de buscarla en la predestinación de Dios, donde está oculta y es del todo incomprensible. Y no nos pese someter nuestro ingenio a la inmensa sabiduría de Dios hasta este punto, como se somete en muchísimos otros secretos. Porque, en las cosas que no es lícito ni posible saber, la ignorancia es sabiduría, y el deseo de saberlas es una especie de locura.
Tal vez alguien diga que todavía no he dado una razón con que refrenar aquella excusa blasfema. Reconozco que eso es imposible, porque la impiedad siempre bramará, gruñirá y murmurará. Sin embargo, me parece que he dicho lo suficiente para quitar al hombre no solo toda razón para murmurar, sino también todo pretexto y apariencia. Los réprobos quieren que se les excuse por pecar, diciendo que no pueden escapar de la necesidad de pecar, sobre todo porque esta necesidad les es impuesta por ordenación de Dios. Yo, por el contrario, les niego que esto baste para excusarlos, pues esa ordenación de Dios de la que se quejan es justa. Y aunque su justicia y equidad nos sean desconocidas, son sin embargo certísimas. De lo cual concluimos que no sufren ningún castigo que no les sea impuesto por el justísimo juicio de Dios. Enseñamos también que obran muy mal cuando, para investigar el origen de su condenación, ponen los ojos en los secretos inescrutables del consejo divino, disimulando y pasando por alto la corrupción de su naturaleza, de la cual procede realmente. Y que no deben imputar esta corrupción a Dios se muestra claramente en que él mismo dio buen testimonio de su creación. Porque, aunque por la providencia eterna de Dios el hombre haya sido creado para caer en la miseria en que está, tomó la materia de ello de sí mismo y no de Dios, pues no se ha perdido por otra causa sino porque degeneró, de la naturaleza pura en que Dios lo creó, en perversidad y maldad.
Los enemigos de Dios tienen todavía otro absurdo, el tercero, con el que infaman su predestinación. Como nosotros, al hablar de aquellos a quienes el Señor ha sacado de la condición general de los hombres para hacerlos herederos de su reino, no señalamos otra causa que su buena voluntad, de aquí infieren que en Dios hay acepción de personas, cosa que la Escritura niega a cada paso. Dicen, pues, que una de dos: o la Escritura se contradice, o Dios tiene en cuenta los méritos en su elección. En cuanto a lo primero, lo que dice la Escritura, que Dios no hace acepción de personas, debe entenderse en otro sentido del que ellos le dan. Porque con la palabra «persona» no se refiere al hombre, sino a las cosas que se muestran a los ojos humanos y que suelen ganar favor, gracia y dignidad, o bien odio, desprecio y afrenta: como las riquezas, la abundancia, el poder, la nobleza, la magistratura, la patria, la hermosura y otras cosas semejantes; y, por el contrario, la pobreza, la necesidad, el linaje humilde, la falta de crédito y de honra, etc. En este sentido niegan san Pedro y san Pablo que Dios haga acepción de personas: porque no hace diferencia entre el judío y el griego para aceptar a uno y desechar a otro solo a causa de su nación (Hch 10:34; Ro 2:11; Gá 3:28). Santiago usa también las mismas palabras cuando dice que Dios, en su juicio, no tiene en cuenta las riquezas (Stg 2:5). San Pablo, en otro lugar, dice así de Dios: que cuando juzga no hace ninguna diferencia entre amo y siervo (Col 3:25; Ef 6:9). Por tanto, no habrá ninguna contradicción si decimos que Dios, según el decreto de su buena voluntad, elige como hijos a los que le place, y esto sin ningún mérito de ellos, reprobando y desechando a los demás. Sin embargo, para satisfacer más cumplidamente, esto se puede explicar así. Preguntan cómo puede ser que, entre dos que no se diferencian en nada en cuanto a los méritos, Dios en su elección deje pasar al uno y escoja al otro. Yo, por mi parte, les pregunto si piensan que hay algo en el elegido por lo que Dios se incline hacia él y así lo elija. Si confiesan, como tienen que confesar, que no hay nada, se seguirá que Dios no mira al hombre, sino que toma de su propia bondad el motivo para hacerle bien (véase Agustín, Contra dos cartas de los pelagianos, a Bonifacio, libro II, cap. 7). Así, que Dios elija a uno y deseche a otro no procede de consideración alguna del hombre, sino de su sola misericordia, que debe ser libre de manifestarse y ejercerse todas las veces y dondequiera que le plazca. Porque ya hemos visto que Dios, desde el principio, no ha elegido a muchos nobles, ni sabios, ni poderosos, y que lo hizo para abatir la soberbia de la carne: tan lejos está su favor de haber dependido de las apariencias (1 Co 1:26).
Por tanto, algunos acusan a Dios, con gran injusticia y falsedad, de que no hace justicia por igual, porque en su predestinación no usa la misma medida con todos. Si los halla a todos culpables, dicen, castíguelos a todos por igual; si los halla sin culpa, no castigue a ninguno. Ciertamente, tratan a Dios como si le estuviera prohibido usar de misericordia, o como si, queriendo tener misericordia, estuviera obligado a renunciar del todo a hacer justicia. ¿Qué es lo que piden? Que, si todos son culpables, todos sean castigados por igual. Nosotros confesamos que la culpa es general; pero decimos que la misericordia de Dios socorre a algunos. «Que socorra a todos», dicen ellos. Pero les replicamos que también es justo que, al castigar, se muestre como juez justo. Cuando no pueden soportar esto, ¿qué otra cosa pretenden sino despojar a Dios del poder y la facultad que tiene de tener misericordia, o concedérsela a condición de que renuncie por completo a hacer justicia? Por eso vienen muy a propósito estas sentencias de san Agustín: «Puesto que toda la masa del linaje humano cayó en condenación en el primer hombre, los que son tomados para ser vasos de honra no son vasos por su propia justicia, sino por la misericordia de Dios; y que otros sean vasos de deshonra no se debe imputar a iniquidad, pues no la hay en Dios, sino a su juicio», etc. (Agustín, Carta 106; Sobre la predestinación y la gracia; Sobre el don de la perseverancia, cap. 12). Y también: que Dios dé a los que ha reprobado el castigo que merecen, y a los que ha elegido la gracia que no merecen, se puede mostrar que es justo e irreprochable por la comparación con un acreedor, al que le es lícito perdonar la deuda a uno y reclamarla a otro. Así, el Señor puede muy bien dar su gracia a quienes quiere, porque es misericordioso, y no darla a todos, porque es juez justo. Al dar a unos la gracia que no merecen, muestra su gracia gratuita; y al no darla a todos, muestra lo que todos merecen. Porque, cuando dice el Apóstol que Dios encerró a todos en desobediencia para tener misericordia de todos, hay que añadir al mismo tiempo que no es deudor de nadie, porque nadie le dio a él primero para luego reclamarle lo prestado (Ro 11:32, 35).
Los enemigos de la verdad usan también otra calumnia para echar por tierra la predestinación: dicen que, si prevalece esta doctrina, se acabará toda solicitud y cuidado por vivir bien. Porque ¿quién oirá, dicen, que su muerte o su vida ya está determinada por el consejo eterno e inmutable de Dios, sin que enseguida le venga al pensamiento que poco importa cómo viva, si hace el bien o el mal, puesto que con lo que haga no puede impedir ni adelantar la predestinación de Dios? Así, nadie se cuidará de sí mismo, y cada uno hará lo que se le antoje, soltando las riendas a los vicios. Y ciertamente lo que dicen no es del todo falso, porque hay muchísimos cerdos que enlodan la predestinación de Dios con estas horrendas blasfemias y que con este pretexto se burlan de todas las advertencias y reprensiones: «Dios —dicen— sabe muy bien lo que ha determinado de una vez para siempre hacer con nosotros: si ha determinado salvarnos, nos salvará a su tiempo; si ha determinado condenarnos, no nos atormentemos en vano por salvarnos». Pero la Escritura, al mandarnos con cuánta mayor reverencia y temor debemos pensar en este misterio tan grande, instruye a los hijos de Dios en un sentido muy distinto, y condena con toda razón la maldita insolencia de tales personas. Porque la Escritura no nos habla de la predestinación para que nos tomemos demasiado atrevimiento, ni para que presumamos, con nefanda temeridad, escudriñar los secretos inaccesibles de Dios, sino para que con toda humildad y modestia aprendamos a temer su juicio y a ensalzar su misericordia; a este blanco apuntarán, pues, todos los fieles. San Pablo trata como conviene aquel sucio gruñir de cerdos. Dicen que no les importa vivir disolutamente, porque, si son del número de los elegidos, sus pecados no podrán impedir que al final se salven. Pero san Pablo nos enseña lo contrario cuando dice que Dios nos escogió para que vivamos una vida santa e irreprensible (Ef 1:4). Si el fin y la meta de la elección es la santidad de vida, debe más bien despertarnos y estimularnos a entregarnos con alegría a la santidad, en vez de buscar un pretexto para cubrir nuestra pereza y descuido. Porque ¡cuánta diferencia hay entre estas dos cosas: dejar de obrar bien y despreocuparse de ello porque la elección basta para salvarnos, y que el hombre sea elegido para ejercitarse en obrar bien! No tengamos, pues, nada que ver con tales blasfemias, que trastornan de arriba abajo el orden de la elección. En cuanto a lo otro que dicen, que el hombre reprobado por Dios perdería el tiempo y no lograría nada si procurara agradarle con inocencia y pureza de vida, en esto se les convence de que mienten con gran desvergüenza. Porque ¿de dónde les podría venir ese deseo, sino de la elección? Porque todos los que son del número de los réprobos, siendo como son vasos hechos para deshonra, no dejan de provocar contra sí mismos la ira de Dios con sus continuas abominaciones, ni cesan de confirmar con señales manifiestas que el juicio de Dios ya está pronunciado contra ellos: tan lejos están de luchar con él en vano.
Otros calumnian también esta doctrina con malicia y desvergüenza, como si echara por tierra todas las exhortaciones a vivir bien. De esto fue muy censurado y acusado san Agustín en su tiempo, y él se defendió muy bien en el libro titulado De la corrección y la gracia, que escribió a Valentín, cuya lectura apaciguará y tranquilizará fácilmente a todos los piadosos y dóciles. Con todo, recogeré de él algunas cosas para este lugar, que, según espero, satisfarán a toda la gente de bien y a todos los que no son contenciosos. Ya hemos oído qué claro y manifiesto pregonero de la gracia de Dios fue san Pablo: ¿se enfrió por eso en sus advertencias y exhortaciones? Comparen estos buenos celadores su celo con el celo y la vehemencia de san Pablo: ciertamente, su celo no parecerá sino hielo comparado con el increíble fervor de san Pablo. Y este principio quita realmente toda duda: «No nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación», para que cada uno tenga su propia esposa en santidad y honor, etc. (1 Ts 4:4, 7). Y también: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef 2:10). En suma, todos los que están medianamente familiarizados con san Pablo entenderán sin largas demostraciones cuán bien y con cuánta propiedad armoniza el Apóstol las cosas que estos imaginan contradictorias. Jesucristo manda que creamos en él; y sin embargo, cuando él mismo dice que nadie puede venir a él si no le fuere dado del Padre, ni se contradice ni dice nada que no sea una gran verdad (Jn 6:65). Siga, pues, su curso la predicación: atraiga a los hombres a la fe y hágalos permanecer y avanzar con perseverancia; pero no se impida por eso que se entienda y se trate la predestinación, para que los que obedecen no se ensoberbezcan como si lo tuvieran de sí mismos, sino que se gloríen en el Señor. No sin razón manda Cristo: «El que tiene oídos para oír, oiga» (Mt 13:9). Por eso, cuando exhortamos y predicamos, los que tienen oídos obedecen de muy buena gana; pero en los que no los tienen se cumple lo que está escrito: «Oíd bien, y no entendáis» (Is 6:9). «Pero ¿por qué —dice san Agustín— unos los tienen y otros no? ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Acaso se ha de negar lo que es claro y manifiesto porque no se puede comprender lo que está oculto?» (Agustín, Sobre el don de la perseverancia, cap. 15). Esto lo he tomado fielmente de san Agustín; pero, como tal vez sus propias palabras tengan más autoridad que las mías, citaré de él cuanto sea necesario. «Si algunos —dice san Agustín—, al oír esto, se entregan a la torpeza y la flojedad y, huyendo del trabajo, se van tras sus apetitos y concupiscencias, ¿hemos de pensar por eso que es falso lo que se ha dicho de la presciencia de Dios? ¿No es cierto que, si Dios ha previsto que aquellos serán buenos, serán buenos, por grande que sea la maldad en la que ahora estén enlodados; y que, si ha previsto que serán malos, serán malos, por más santos que ahora parezcan? ¿Habrá, pues, que negar o callar, por causas semejantes, lo que con tanta verdad se dice de la presciencia de Dios, sobre todo cuando, callando, se cae en otros errores?». Y también: «Una cosa es callar la verdad, y otra es verse obligado a decirla» (cap. 16). «Sería muy largo buscar todas las razones que hay para callar la verdad; pero entre otras hay una: no empeorar a los que no entienden, por querer hacer más doctos a los que entienden, los cuales, si dijéramos tales cosas, no se harían por ello más doctos, pero tampoco peores. Pero supongamos que decir la verdad tenga este efecto: que, cuando la decimos, el que no la entiende se hace peor, y que, si la callamos, el que podría entenderla corre algún peligro: ¿qué pensamos que deberíamos hacer en tal caso? ¿No deberíamos decir la verdad, para que la entiendan los que pueden entenderla, antes que callar, de modo que ambos queden en la ignorancia y aun el más entendido se haga peor, cuando, si él la oyera y entendiera, muchos otros la aprenderían por medio de él? ¡Y nosotros nos negamos a decir lo que la Escritura atestigua que es lícito decir! Tememos, sin duda, que al hablar se escandalice y ofenda el que no puede entenderla; y no tememos que, al callarla, sea engañado el que puede entenderla». Después confirma esto todavía más claramente con esta breve conclusión: «Por tanto, si los apóstoles y los doctores de la Iglesia que los siguieron hicieron ambas cosas —trataron piadosamente de la elección eterna de Dios y mantuvieron a los fieles en una santa disciplina y orden de vida—, ¿por qué estos nuestros nuevos doctores, vencidos y convencidos por la fuerza invencible de la verdad, dicen que no se debe predicar al pueblo la predestinación, aunque lo que de ella se diga sea verdad? (cap. 20). Al contrario, sea como sea, se debe predicar la predestinación, para que el que tiene oídos para oír, oiga. ¿Y quién los tiene, si no los ha recibido de aquel que promete darlos? Que el que no ha recibido tal don deseche la buena doctrina, con tal que el que lo ha recibido tome y beba, beba y viva. Porque así como es necesario predicar las buenas obras para que Dios sea servido como conviene, también se debe predicar la predestinación, para que el que tiene oídos se gloríe de la gracia de Dios en Dios y no en sí mismo».
Sin embargo, como este santo doctor tenía un celo y un deseo singulares de edificar, cuida de moderar de tal manera su modo de enseñar la verdad que evita con gran prudencia, en cuanto es posible, escandalizar a nadie. Porque advierte que lo que es verdad puede decirse también con provecho. Si alguien hablara así al pueblo: «Si no creéis, es porque Dios ya os ha predestinado a la condenación», el que dijera tal cosa no solo fomentaría la pereza, sino que alimentaría la malicia. Si alguien fuera todavía más lejos y dijera que los que lo oyen tampoco creerán en el futuro porque son réprobos, eso sería más maldecir que enseñar. San Agustín, y con muy buena razón, no quiere que esta clase de gente tenga lugar en la Iglesia, como gente sin gracia para enseñar y que atemoriza a los sencillos e ignorantes. En otro lugar dice que el hombre aprovecha con su corrección cuando se compadece de aquellos a quienes corrige y los ayuda, y querría que aun sin corrección progresaran e hicieran su deber. «Pero por qué ayuda a este y no a aquel, no es cosa que deba juzgar el barro, sino el alfarero». Y un poco después: «Cuando los hombres, por medio de la corrección, vienen o vuelven al camino de la justicia, ¿quién obra la salvación en sus corazones, sino aquel que da el crecimiento, sea quien sea el que planta y el que riega? Cuando a él le place salvar a un hombre, no hay libre albedrío humano que se lo impida o se le resista. Por tanto, no hay que dudar, sino que se debe tener por certísimo que las voluntades de los hombres no pueden resistir a la voluntad de Dios (que en el cielo y en la tierra ha hecho todo lo que ha querido, y que ha hecho aun lo que ha de ser), pues de las mismas voluntades de los hombres hace todo lo que quiere». Y también: «Cuando quiere atraer a los hombres, ¿los ata acaso con ataduras corporales? Obra interiormente, retiene interiormente los corazones, mueve interiormente los corazones, y atrae a los hombres por las voluntades que él ha formado en ellos». Pero lo que dice a continuación de ningún modo se debe pasar por alto: que, como no sabemos quiénes pertenecen o no pertenecen al número y la compañía de los predestinados, debemos tener tal afecto que deseemos que todos se salven. Así procuraremos hacer partícipes de nuestra paz a todos los que encontremos. Por lo demás, nuestra paz no reposará sino sobre los que son hijos de paz. En conclusión, nuestro deber es usar, en cuanto nos sea posible, una corrección saludable y severa, como una medicina, y esto con todos, para que no se pierdan ni hagan perderse a otros; pero es cosa de Dios hacer que nuestra corrección aproveche a aquellos que él ha predestinado.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.