Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

Confirmación de esta doctrina con testimonios de la Escritura

No todos admiten todo lo que hemos dicho; al contrario, muchísimos se oponen y lo contradicen, sobre todo en lo que toca a la elección gratuita de los fieles, la cual, sin embargo, permanece siempre firme. Comúnmente se piensa que Dios escoge de entre los hombres a este y a aquel según ha previsto cuáles serían los méritos de cada uno; y que así adopta como hijos a los que ha previsto que no serán indignos de su gracia, mientras que a los que sabe que se inclinarán a la malicia y la impiedad los deja en su condenación. Esta gente usa la presciencia de Dios como un velo con el que no solo oscurece su elección, sino que además hace creer que su origen depende de otra cosa. Y esta opinión común no es solo del vulgo: en todos los tiempos ha habido gente docta que la ha sostenido. Lo reconozco abiertamente, para que nadie piense que por alegar sus nombres ha conseguido gran cosa contra la verdad; porque la verdad de Dios en esta materia es tan cierta que no puede ser derribada, y tan clara que la autoridad de los hombres no puede oscurecerla. Hay otros que, sin ser versados en la Escritura, y por eso sin merecer ningún crédito ni reputación, son sin embargo muy atrevidos y temerarios para infamar la doctrina que no entienden; por eso es muy justo no tolerar su arrogancia. Estos acusan a Dios de que elige a unos según su buena voluntad y deja a los otros. Pero, siendo notorio que así sucede, ¿de qué les servirá gruñir y murmurar contra Dios? No decimos nada que no esté probado por la experiencia: decimos que Dios siempre fue libre para repartir su gracia y tener misericordia de quien quisiera. No les preguntaré por qué la descendencia de Abraham fue preferida a todas las demás naciones, aunque es bien sabido que fue por un privilegio particular cuya causa no se puede hallar sino en Dios. Pero ahora les pido que me respondan por qué son hombres y no bestias, ni bueyes ni asnos: pudiendo Dios haberlos hecho perros, los creó a su imagen. ¿Permitirán que los animales brutos se quejen de Dios como injusto y cruel porque, pudiendo haberlos hecho hombres, los hizo bestias? Ciertamente, no es más justo que ellos gocen de la prerrogativa y el privilegio que tienen sin haberlo alcanzado por ningún mérito suyo —el ser hombres— que el que Dios distribuya de diversas maneras sus beneficios y favores según la medida de su juicio. Si pasan a las personas, donde la desigualdad les resulta mucho más odiosa, al menos deberían temblar cuando se les pone delante el ejemplo de Jesucristo, en vez de hablar tan a la ligera de un misterio tan alto. He aquí un hombre mortal, concebido de la simiente de David: ¿por qué virtudes, que me lo digan, mereció ser hecho, ya en el vientre de la Virgen, cabeza de los ángeles, Hijo unigénito de Dios, imagen y gloria del Padre, luz, justicia y salvación del mundo? San Agustín lo considera con mucha sabiduría: tenemos en la misma cabeza de la Iglesia un clarísimo espejo de la elección gratuita, para que no nos espantemos cuando veamos que lo mismo sucede en sus miembros; es decir, que el Señor Jesús no fue hecho Hijo de Dios por vivir bien, sino que se le comunicó gratuitamente esta honra y dignidad para que él hiciera partícipes de estos favores a los demás (Agustín, De la corrección y la gracia, a Valentín, cap. 15; Sobre el don de la perseverancia, último cap.; Sermones sobre las palabras del Apóstol, 8). Si alguien pregunta por qué los demás no son lo que es Jesucristo, o por qué hay tanta diferencia entre nosotros y él, siendo todos nosotros corrompidos y él la pureza misma, no solo mostraría su desvarío, sino también su gran desvergüenza. Y si todavía se empeñan en quitar a Dios la libertad de elegir y de reprobar a quienes él quiere, que despojen también a Jesucristo de lo que le ha sido dado. Ahora conviene considerar lo que la Escritura declara sobre lo uno y lo otro. Cuando san Pablo enseña que todos fuimos elegidos en Cristo antes de la creación del mundo, ciertamente nos quita toda consideración de nuestra dignidad (Ef 1:4). Es como si dijera: puesto que el Padre celestial no halló en toda la descendencia de Adán nada que mereciera su elección, puso los ojos en Cristo, para elegir como miembros de su cuerpo a aquellos a quienes había de dar vida. Estén, pues, los fieles firmes en esta razón: Dios nos adoptó en Cristo para ser sus herederos, porque en nosotros mismos no éramos capaces de tan gran dignidad y excelencia. Lo mismo señala el Apóstol en otro lugar, cuando exhorta a los colosenses a dar gracias a Dios por haberlos hecho aptos para participar de la herencia de los santos (Col 1:12). Si la elección de Dios precede a esta gracia, por la cual nos hace aptos para alcanzar la gloria de la vida futura, ¿qué hallará Dios en nosotros que lo mueva a elegirnos? Lo que sostengo se verá todavía más claramente por otro pasaje del mismo Apóstol: «Nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, […] según el puro afecto de su voluntad» (Ef 1:4-5). En este pasaje contrapone la buena voluntad de Dios a todos nuestros méritos.

Para que la prueba sea más segura, conviene que examinemos en detalle cada parte de este pasaje, pues todas juntas quitan toda ocasión de duda. Cuando habla de «elegidos», no hay duda de que se refiere a los fieles, como enseguida lo declara. Por eso corrompen este término con una ficción muy vil los que lo reducen a la época en que se publicó el evangelio. Al decir san Pablo que los fieles fueron elegidos antes de la creación del mundo, excluye toda consideración de dignidad. Porque ¿qué razón de diferencia podía haber entre quienes aún no habían nacido y que luego habían de ser iguales en Adán? De que diga que fueron elegidos en Cristo se sigue no solo que cada uno es elegido fuera de sí mismo, sino también que unos son separados de otros, pues vemos que no todos son miembros de Cristo. Lo que sigue —que fueron elegidos para que fuesen santos— refuta claramente el error de quienes dicen que la elección procede de la presciencia, pues san Pablo los contradice claramente al decir que todo el bien y la virtud que hay en los hombres es efecto y fruto de la elección. Y si se pregunta por una causa más alta, san Pablo responde que Dios así lo predestinó, y esto según el beneplácito de su voluntad. Con estas palabras echa por tierra todos los medios de su elección que los hombres se inventan en sí mismos. Porque testifica que todos los beneficios que Dios nos concede para la vida espiritual proceden y nacen de esta fuente: que él eligió a los que quiso y que, antes de que nacieran, les preparó y guardó en depósito la gracia que les quería comunicar.

Dondequiera que reina este beneplácito de Dios, las buenas obras no cuentan para nada. Es cierto que aquí el Apóstol no desarrolla la antítesis, o contraposición, entre estas dos cosas; pero debemos entenderla tal como él mismo la expone en otro lugar: «Nos llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos» (2 Ti 1:9). Ya hemos mostrado que lo que sigue —«para que fuésemos santos y sin mancha»— nos quita toda duda. Decid, pues: «Como Dios previó que seríamos santos, por eso nos eligió», y habréis invertido el orden que sigue san Pablo. Podemos, pues, concluir con toda seguridad de esta manera: si Dios nos escogió para que fuéramos santos, no nos escogió porque previera que lo seríamos. Porque estas dos cosas son contrarias: que los fieles tengan su santidad por la elección, y que hayan sido elegidos por la santidad de sus obras. Y no sirve aquí el sofisma al que suelen acogerse: dicen que es verdad que Dios no concede la gracia de su elección por méritos anteriores, pero sí por los méritos futuros. Porque cuando el Apóstol dice que los fieles fueron elegidos para que fuesen santos, da a entender al mismo tiempo que la santidad que habría en ellos tiene su origen y principio en la elección. ¿Y cómo puede ser que lo que es efecto de la elección haya sido causa de la misma elección? Además, el Apóstol confirma todavía más claramente lo que había dicho al afirmar que Dios nos eligió según el propósito de su voluntad, que había decretado en sí mismo (Ef 1:5, 9). Porque decir que Dios lo decretó en sí mismo equivale a decir que no consideró nada fuera de sí mismo al tomar esta determinación. Por eso añade enseguida que toda la suma de nuestra elección debe referirse a este fin: que seamos para alabanza de la gloria de la gracia de Dios. La gracia de Dios no merecería ser la única glorificada en nuestra elección si la elección no fuera gratuita; y no sería gratuita si Dios, al elegir a los suyos, tuviera en cuenta cuáles habrían de ser las obras de cada uno. Por eso hallaremos que lo que Jesucristo decía a sus discípulos es una gran verdad en todos los fieles: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros» (Jn 15:16). Con esto Jesucristo no solo excluye los méritos pasados, sino que da a entender que los apóstoles no tenían nada por lo cual pudieran haber sido elegidos si su misericordia no se les hubiera adelantado. Así se ha de entender lo que dice san Pablo: «¿Quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?» (Ro 11:35). Porque quiere mostrar que la bondad de Dios se adelanta de tal manera a los hombres que no encuentra en ellos nada, ni en el pasado ni en el futuro, por lo que pudiera reconciliarse con ellos.

Asimismo, en la Epístola a los Romanos, donde trata esta materia más a fondo y con más extensión, niega que sean israelitas todos los que descienden de Israel (Ro 9:6); porque, aunque todos fueran bendecidos en virtud del derecho hereditario, no todos llegaron por igual a la sucesión. El origen de esta discusión del Apóstol era el orgullo, la soberbia y la vanagloria del pueblo judío: como se atribuían a sí mismos el nombre de Iglesia, querían ser ellos solos los señores y que no se diera al evangelio más crédito que el que ellos quisieran. Del mismo modo, hoy en día los papistas se pondrían de muy buena gana en lugar de Dios con ese nombre de Iglesia que se arrogan. San Pablo, aunque concede que la descendencia de Abraham es santa a causa del pacto, muestra sin embargo que muchos de ellos son extraños y nada tienen que ver con esa descendencia; y esto no solo porque hayan degenerado hasta pasar de legítimos a bastardos, sino porque la elección especial de Dios está por encima de todo, y solo ella ratifica la adopción de Dios. Si unos fueran confirmados en la esperanza de la salvación por su piedad, y otros fueran desechados solo por su deserción y apartamiento, san Pablo hablaría de un modo muy necio y absurdo al remitir a los lectores a la elección secreta. Y si la voluntad de Dios, cuya causa ni se muestra ni se debe buscar, distingue a unos de otros, de tal manera que no todos los hijos de Israel son verdaderos israelitas, es vano imaginar que la condición de cada uno tiene su principio en lo que cada uno tiene en sí mismo. San Pablo va más adelante al alegar el ejemplo de Jacob y Esaú. Porque, siendo ambos hijos de Abraham y estando entonces encerrados juntos en el vientre de su madre, que la honra de la primogenitura pasara a Jacob fue como un cambio prodigioso. Con él, sin embargo, sostiene san Pablo que quedó atestiguada la elección del uno y la reprobación del otro. Cuando se pregunta por el origen y la causa de esto, los doctores de la presciencia la ponen en las virtudes del uno y en los vicios del otro; porque les parece que resuelven la cuestión en dos palabras diciendo que Dios mostró en la persona de Jacob que elige a los que ha previsto dignos de su gracia, y en la persona de Esaú que reprueba a los que ha previsto indignos. He aquí lo que esta gente se atreve a afirmar con audacia. Pero ¿qué dice san Pablo? «(Pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí» (Ro 9:11-13). Ciertamente, si la presciencia hubiera tenido algún peso para distinguir a estos dos hermanos, ¿a qué propósito se habría mencionado el tiempo? Supongamos que Jacob fue elegido por haber merecido esta dignidad con las virtudes que había de tener en el futuro: ¿a qué propósito diría san Pablo que Jacob aún no había nacido? Además, habría añadido sin pensar que no había hecho ningún bien, porque sería fácil replicar que nada está oculto a Dios y que, por eso, la piedad de Jacob estuvo siempre presente delante de él. Si las obras merecen la gracia, es certísimo que, para Dios, deberían tener su precio y valor antes de que Jacob naciera, ni más ni menos que cuando ya era adulto. Pero el Apóstol, al proseguir esta materia, resuelve la duda y enseña que la adopción de Jacob no fue por sus obras, sino por el llamamiento de Dios. En cuanto a las obras, el Apóstol no señala ningún tiempo, ni futuro ni pasado; y además contrapone expresamente las obras al llamamiento de Dios, queriendo a propósito destruir un contrario con el otro. Es como si dijera: debemos considerar cuál fue la buena voluntad de Dios, y no lo que los hombres hayan aportado de sí mismos. En fin, es certísimo que con estas palabras, «elección» y «propósito», el Apóstol quiso excluir en esta materia todas las causas que los hombres imaginan fuera del consejo secreto de Dios.

¿Con qué podrán oscurecer estas palabras los que en la elección atribuyen algo a las obras, sean anteriores o futuras? Porque eso sería destruir por completo lo que el Apóstol pretende probar: que la diferencia entre estos dos hermanos no depende de ninguna consideración de sus obras, sino del puro llamamiento de Dios, puesto que él estableció esta diferencia entre ellos antes de que nacieran. Y ciertamente san Pablo no habría ignorado esta sutileza que usan los sofistas, si tuviera algún fundamento; pero como sabía muy bien que Dios no podía ver de antemano en el hombre nada bueno sino lo que él hubiera determinado darle por la gracia de su elección, no hace caso de este orden invertido y trastocado que antepone las buenas obras a su causa y origen. De las palabras del Apóstol concluimos, pues, que la salvación de los fieles está fundada en la sola buena voluntad de Dios, y que este favor y esta gracia no se alcanzan por ninguna obra, sino que proceden de su llamamiento gratuito. Tenemos además como un espejo o cuadro en el que esto se nos representa. Jacob y Esaú son hermanos, engendrados por el mismo padre y la misma madre, y aun encerrados en el mismo vientre y sin nacer. Todo es igual en ellos; sin embargo, el juicio de Dios hizo una gran diferencia entre ellos, porque escoge al uno y desecha al otro. No había ninguna otra cosa por la que uno pudiera ser preferido al otro, sino solo la primogenitura; pero ni siquiera se tiene en cuenta esta, y se da al menor lo que se niega al mayor. Y aún digo más: en muchísimos otros casos parece que Dios despreció deliberadamente la primogenitura, para quitar a la carne toda materia y ocasión de gloriarse. Desechando a Ismael, pone Dios su corazón en Isaac; rebajando a Manasés, prefiere a Efraín.

Si alguien replica que no conviene sacar de estas cosas bajas y de poca monta una conclusión acerca de la vida eterna, y que es ridículo concluir que quien fue elevado a la honra de la primogenitura fue por eso adoptado como heredero del reino de Dios —pues hay muchísimos que no perdonan ni al mismo san Pablo, como si al citar estos testimonios hubiera torcido la Escritura a un sentido que no es el suyo—, respondo, como ya he respondido, que el Apóstol no habló a la ligera ni torció la Escritura. Él veía —lo que esta gente no es capaz de considerar— que Dios quiso declarar con una señal corporal la elección espiritual de Jacob, que de otro modo permanecía secreta en su consejo oculto. Porque, si no referimos a la vida venidera la primogenitura que se dio a Jacob, la bendición que recibió habría sido vana y ridícula, pues no obtuvo de ella más que muchísimas miserias y desgracias, un triste destierro y grandes congojas y angustias. Viendo, pues, san Pablo que Dios había atestiguado con esta bendición externa una bendición espiritual y no pasajera, que había preparado en su reino para su siervo Jacob, no dudó en tomar como argumento y prueba el hecho de que Jacob recibió la primogenitura, para probar que había sido elegido por Dios. Debemos recordar también que la tierra de Canaán fue una prenda de la herencia del reino de los cielos, de manera que no debemos dudar que Jacob fue incorporado a Jesucristo para ser compañero de los ángeles en la vida celestial. Así, pues, Jacob es elegido y Esaú desechado, y la predestinación de Dios distingue a quienes no se distinguían en nada en cuanto a los méritos. Si queréis saber la causa, esta es la que da el Apóstol: que a Moisés le fue dicho: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca» (Ro 9:15). ¿Y qué quiere decir esto, os pregunto? Sin duda el Señor declara con toda claridad que no hay en los hombres ningún motivo para hacerles bien, sino que lo toma únicamente de su pura misericordia; y que por eso es obra propia suya que los suyos sean salvos. Así, pues, si Dios establece y dispone tu salvación solo en sí mismo, ¿por qué descenderás a ti mismo? ¿Por qué te la atribuirás a ti? Y si él te señala su sola misericordia como causa total, ¿por qué te apoyarás en tus propios méritos? Si él quiere que todo tu pensamiento esté puesto en su misericordia, ¿por qué aplicarás tú una parte a la consideración de tus obras? Es necesario, pues, llegar a aquel pequeñísimo número que san Pablo, en otro lugar, dice que fue conocido de antemano por Dios (Ro 11:2); no como estos imaginan, que Dios lo ve todo de antemano ocioso y sin intervenir en nada, sino en el sentido que esta palabra tiene muchísimas veces en la Escritura. Porque cuando san Pedro dice en los Hechos que Jesucristo fue entregado a la muerte «por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios», no presenta a Dios como alguien que solo está mirando desde lo alto, sino como autor de nuestra salvación (Hch 2:23). El mismo san Pedro, al decir que los fieles a quienes escribía son «elegidos según la presciencia de Dios», declara propiamente con esta palabra aquella predestinación oculta y secreta con que Dios señaló como hijos suyos a todos los que quiso (1 P 1:2). Al añadir la palabra «propósito», como equivalente, y puesto que significa una determinación firme, nos enseña que Dios no sale de sí mismo para buscar la causa de nuestra salvación. En este sentido dice en el mismo capítulo que Cristo fue el Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo. Porque ¿qué habría más insulso y más frío que decir que Dios miró desde lo alto de dónde les vendría la salvación a los hombres? «Pueblo conocido de antemano» equivale, pues, en san Pablo, a una pequeña compañía mezclada en una gran multitud que se jacta falsamente del nombre de Dios. San Pablo, también en otro lugar, para abatir el orgullo y la jactancia de quienes, cubriéndose solo con el título externo como con una máscara, se tomaban el primer lugar en la Iglesia como si fueran sus columnas, dice: «Conoce el Señor a los que son suyos» (2 Ti 2:19). En fin, con esta palabra san Pablo designa dos pueblos: uno es toda la descendencia de Abraham; el otro, una parte sacada de él, que Dios se reserva para sí como un tesoro, de tal manera que los hombres no saben dónde está. Y no hay duda de que lo tomó de Moisés, quien afirma que Dios tendrá misericordia de quienes él quiera (aunque habla del pueblo escogido, cuya condición era en apariencia igual); como si dijera que, aunque la adopción era común y general en este pueblo, él se había reservado una gracia particular, como un tesoro singular, para aquellos a quienes tuviera a bien comunicarla; y que el pacto general no le impedía escoger y apartar un pequeño número de aquel grande. Y queriendo mostrarse Señor absoluto, que dispone libremente de esto, niega expresamente que vaya a tener misericordia de uno antes que de otro por otra razón que porque así le plugo. Porque, si la misericordia solo se ofreciera a quienes la buscan, es verdad que estos no serían desechados; pero se adelantarían y adquirirían en parte este favor, cuya alabanza Dios se atribuye y reserva para sí.

Oigamos ahora lo que declara sobre toda esta materia el supremo Juez y Señor, que todo lo sabe y lo entiende. Viendo en sus oyentes tanta dureza que casi no lograba ningún provecho en ellos, para remediar el escándalo que podían tomar los débiles, exclama: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. […] Y esta es la voluntad del Padre, […] que de todo lo que me diere, no pierda yo nada» (Jn 6:37, 39). Notad bien que el principio de ser admitidos bajo la protección y el amparo de nuestro Señor Jesucristo procede de la donación del Padre. Tal vez alguien dé aquí la vuelta al argumento y replique que Dios reconoce como suyos solo a los que se entregan a él voluntariamente por la fe. Pero Jesucristo insiste solamente en esto: que, aunque todo el mundo se trastornara de arriba abajo y hubiera en él infinitos cambios, el consejo de Dios permanecerá más firme que el mismo cielo, de modo que su elección esté siempre firme y en pie. Se dice que los elegidos pertenecían al Padre celestial antes de que él los diera a su Hijo Jesucristo. Podemos preguntar aquí si esto es por naturaleza; pero es todo lo contrario: él sujeta a sí a los que le eran extraños y estaban apartados de él, y lo hace atrayéndolos a sí. Las palabras de Jesucristo son tan claras que, por más que los hombres se esfuercen, no podrán oscurecerlas: «Ninguno puede venir a mí —dice Cristo—, si el Padre que me envió no le trajere. […] Todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí» (Jn 6:44-45). Si todos sin distinción se postraran delante de Jesucristo, la elección sería común; pero ahora se ve en el pequeño número de los creyentes una grandísima diferencia. Por eso el mismo Señor Jesucristo, después de decir que los discípulos que le habían sido dados eran posesión particular de su Padre, añade poco después: «No ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son» (Jn 17:9). De ahí que no todo el mundo pertenece a su Creador, sino que la gracia de Dios rescata a unos pocos de la maldición y la ira de Dios y de la muerte eterna, los cuales de otro modo habrían de perecer; pero el mundo es dejado en la perdición y la ruina a las que fue destinado. Por lo demás, aunque Cristo se ponga como mediador entre el Padre y los hombres, no deja de atribuirse a sí mismo el derecho de elegir, que tiene juntamente con el Padre: «No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido» (Jn 13:18). Si alguien pregunta de dónde los escogió, él mismo responde en otro lugar: «del mundo» (Jn 15:19), al cual excluye de sus oraciones cuando encomienda sus discípulos al Padre. Notemos entretanto que, al decir que sabe a quiénes ha escogido, designa una parte determinada de los hombres, que no distingue de los demás por ninguna consideración de las virtudes con que estos pocos estuvieran adornados, sino porque está separada por decreto divino. De lo cual se sigue que todos los que pertenecen a la elección de la que Jesucristo se hace autor no aventajan a los demás por su propia industria ni diligencia, pues el autor de ella es Jesucristo. En cuanto a que en otro lugar cuente a Judas entre los elegidos, siendo como era un diablo, esto se debe entender del oficio de apóstol, el cual, aunque es como un excelente espejo del favor divino (como san Pablo lo reconoce muchísimas veces en su propia persona), no lleva consigo la esperanza de la vida eterna. Pudo, pues, Judas, usando impíamente de su oficio de apóstol, ser peor que un diablo; pero de aquellos a quienes Cristo incorporó una vez en sí mismo, no permitirá que ninguno perezca (Jn 10:28), ya que para conservarlos en vida hará todo lo que ha prometido; es decir, empleará el poder de Dios, que es mayor que todo. En cuanto a lo que el mismo Cristo dice en otro lugar: «De los que me diste, ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición» (Jn 17:12), aunque es un modo de hablar impropio, no tiene ninguna ambigüedad. En suma: Dios, por una adopción gratuita, crea a los que quiere tener por hijos, y la causa —que llaman intrínseca— de la elección está en él mismo, pues no tiene en cuenta sino su buena voluntad.

Pero alguien me dirá que san Ambrosio, Jerónimo y Orígenes escribieron que Dios distribuye su gracia entre los hombres según sabe que cada uno la usará bien. Digo aún más: san Agustín tuvo la misma opinión; pero después de haber aprovechado mejor en la Escritura, no solo se retractó de ella como evidentemente falsa, sino que la refutó con todas sus fuerzas (Agustín, Retractaciones, libro I, cap. 11). Y aún más: después de retractarla, reprochando a los pelagianos que persistieran en este error, usa estas palabras: «¿Quién no se maravillará de que al Apóstol se le haya escapado esta gran sutileza?» (Agustín, Carta 106, a Sixto). «Porque, habiendo planteado un caso tan extraño acerca de Esaú y Jacob, considerándolos antes de que nacieran, y habiéndose planteado a sí mismo la cuestión: “¿Qué, pues? ¿Hay injusticia en Dios?”, lo propio habría sido responder que Dios había previsto los méritos del uno y del otro; pero no dice eso, sino que se acoge a los juicios de Dios y a su misericordia». Y en otro lugar, después de mostrar que el hombre no tiene ningún mérito antes de su elección, dice: «Ciertamente aquí no tiene cabida el vano argumento de los que defienden la presciencia de Dios contra la gracia de Dios, y que por eso dicen que fuimos elegidos antes de la creación del mundo porque Dios supo que seríamos buenos, y no porque él nos haría tales» (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, 8). «No habla así el que dice: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Jn 15:16). Porque si nos hubiera elegido porque sabía que seríamos buenos, habría sabido también que nosotros lo elegiríamos a él», y lo demás que sigue a este propósito. Valga este testimonio de san Agustín ante quienes dan mucho crédito a lo que dicen los Padres. Aunque san Agustín no consiente que se le separe de los demás doctores antiguos, sino que prueba con testimonios claros que los pelagianos lo agraviaban al acusarlo de ser el único que sostenía esa opinión. Cita, pues, en su libro Sobre la predestinación de los santos, cap. 19, el dicho de san Ambrosio de que Jesucristo llama a aquellos de quienes quiere tener misericordia. Y también: «Si Dios hubiera querido, de indevotos los habría hecho devotos; pero Dios llama a los que tiene a bien llamar, y hace religioso a quien quiere». Si quisiera llenar un libro con dichos notables de san Agustín sobre esta materia, me sería fácil mostrar a los lectores que no necesito usar otras palabras que las suyas; pero no quiero cansarlos con mi prolijidad. Pero supongamos que ni san Agustín ni san Ambrosio hablan de esta materia, y considerémosla en sí misma. San Pablo planteó una cuestión muy difícil: si Dios obra con justicia al conceder su gracia solo a quien le place. Con una sola palabra podría haberse librado de ella diciendo que Dios mira y considera las obras. ¿Por qué no lo hace, sino que continúa su razonamiento, envuelto en la misma dificultad? ¿Por qué, sino porque no debía hacerlo así? Pues el Espíritu Santo, que habló por boca de su Apóstol, no tenía el defecto de olvidar lo que había que responder. Responde claramente, sin andarse por las ramas, como suele decirse, que Dios acepta en su gracia a sus elegidos porque así le place, y que tiene misericordia de ellos porque le place. Porque el testimonio de Moisés que alega —«Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente» (Éx 33:19)— equivale a decir que Dios no se mueve a misericordia por ninguna otra razón sino porque quiere tener misericordia. Por eso permanece firme y verdadero lo que dice san Agustín en otro lugar: que la gracia de Dios no encuentra a nadie a quien deba elegir, sino que hace a los hombres aptos para ser elegidos (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, 38; Carta 106).

Y no hago caso de la sutileza de Tomás de Aquino, que dice que, aunque la presciencia de los méritos no puede llamarse causa de la predestinación por parte de Dios, que predestina, sí puede llamarse así por parte nuestra (Tomás de Aquino, Comentario a las Sentencias, libro I, tratado 25, cuestión 23). Como cuando se dice que Dios predestinó a sus elegidos para que alcanzaran la gloria por sus méritos, porque determinó darles su gracia, por la cual merecieran la gloria. Pero, como el Señor no quiere que consideremos en su elección otra cosa que su pura bondad, si alguien quiere ver más allá de esto, ciertamente se excede de manera desmedida. Y si quisiéramos oponer sutileza contra sutileza, no nos faltaría con qué abatir la de Aquino. Él pretende probar que la gloria está en cierto modo predestinada a los elegidos por sus méritos, porque Dios les predestina la gracia con la que merezcan la gloria. Pero ¿qué pasará si yo replico, al contrario, que la gracia que el Señor da a los suyos sirve a su elección, y que más bien la sigue y no la precede, puesto que se da a aquellos a quienes la herencia de la vida ya estaba asignada de antemano? Porque este es el orden que Dios sigue: justificar después de haber elegido. De aquí se seguiría que la predestinación de Dios, por la que determina llamar a los suyos a su gloria, es más bien la causa de la determinación que tiene de justificarlos, y no al revés. Pero dejemos a un lado estas disputas, que son superfluas entre quienes se consideran suficientemente sabios en la palabra de Dios. Porque muy bien dijo un doctor antiguo que los que atribuyen la causa de la elección a los méritos quieren saber más de lo que les conviene (Ambrosio, Sobre la vocación de los gentiles, libro I, cap. 2).

Objetan algunos que Dios se contradiría a sí mismo si llamara a todos en general y no admitiera sino a unos pocos que él hubiera elegido; y que de este modo, si hemos de creerles, la universalidad de las promesas anula y deshace la gracia especial. Reconozco que algunos hombres doctos y moderados hablan así, no tanto para oprimir la verdad cuanto para evitar cuestiones intrincadas y poner freno a la curiosidad de muchísimos. Su intención es ciertamente buena, pero su consejo no es de aprobar, porque nunca es bueno tergiversar ni andar con rodeos. En cuanto a los que se desmandan descaradamente, su objeción capciosa, que ya he referido, es muy frívola, y cometen un error del que deberían avergonzarse mucho. Ya he explicado cómo concuerdan estas dos cosas: que todos son llamados a arrepentimiento y a fe por la predicación externa, y que, sin embargo, el espíritu de arrepentimiento y de fe no se da a todos; ahora será necesario repetir algo de lo ya dicho. Les niego lo que pretenden, como de hecho se debe negar, y esto por dos razones. Porque Dios, que amenaza con que hará llover sobre una ciudad y enviará sequía sobre otra, y que anuncia que en otro lugar habrá hambre de doctrina y de palabra, no se obliga a una ley fija de llamar a todos por igual (Am 4:7; 8:11). Y el que prohibió a san Pablo predicar en Asia y, apartándolo de Bitinia, lo llevó a Macedonia, muestra que es libre para distribuir el tesoro de la vida a quien le place (Hch 16:6-10). Pero todavía muestra más claramente por medio de Isaías de qué modo dirige particularmente sus promesas a sus elegidos: porque solo de ellos, y no indistintamente de todo el género humano, declara que serán sus discípulos (Is 8:16). De donde se ve claramente que se engañan mucho los que quieren que la doctrina de la vida se ofrezca a todos para que todos se aprovechen eficazmente de ella, ya que solo se propone para los hijos de la Iglesia. Baste por ahora con esto: aunque la voz del evangelio llama a todos en general, el don de la fe es muy raro. Isaías da la causa: que no a todos se ha manifestado el brazo del Señor (Is 53:1). Si dijera que el evangelio es despreciado con malicia y perversidad porque muchísimos se niegan a oírlo con gran obstinación, tal vez esto tendría alguna apariencia de probar el llamamiento general. Tampoco pretende el profeta disminuir la culpa de los hombres al decir que la fuente de su ceguera es que Dios no ha tenido a bien manifestarles su brazo, su fuerza y su poder; solo advierte que, como la fe es un don singular de Dios, en vano golpea los oídos la sola predicación externa de la palabra. Pero yo quisiera saber de estos doctores si es la sola predicación la que nos hace hijos de Dios, o la fe. Sin duda, cuando en el primer capítulo de san Juan se dice que todos los que creen en el Hijo unigénito de Dios son hechos también hijos de Dios (Jn 1:12), no se establece en ese lugar un desorden y confusión de todos los oyentes, sino que se señala un orden especial reservado a los fieles, «los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios». Si replican que hay un acuerdo recíproco entre la fe y la palabra, respondo que es verdad cuando hay fe. Pero no es nada nuevo ni inaudito que la semilla caiga entre espinos o en pedregales; no solo porque la mayor parte de los hombres se muestra rebelde y obstinada contra Dios, sino porque no todos tienen ojos para ver ni oídos para oír. Si preguntan con qué propósito llama Dios a sí a los que sabe que no vendrán, que responda por mí san Agustín: «¿Quieres discutir conmigo sobre esta materia? Más bien maravíllate conmigo y exclama: “¡Oh profundidad!”. Pongámonos ambos de acuerdo en el temor, para no perecer en el error» (Agustín, Sermones sobre las palabras del Apóstol, 12). Además, si la elección, como testifica san Pablo, es madre de la fe, vuelvo el argumento contra ellos: digo que por eso la fe no es general, porque la elección de la que procede es especial. Porque, cuando san Pablo dice que los fieles están llenos de toda bendición espiritual según que Dios los había elegido antes de la creación del mundo (Ef 1:3-4), es muy fácil concluir, según el orden de la causa y su efecto, que estas riquezas no son comunes a todos, pues Dios no ha elegido sino a los que ha querido. Esta es la razón por la que en otro lugar exalta expresamente «la fe de los escogidos» (Tit 1:1), para que no parezca que cada uno adquiere la fe por su propio impulso y de sí mismo, sino que esta gloria resida en Dios, que ilumina gratuitamente a los que antes había elegido. Porque muy bien dice san Bernardo que los que él tiene por amigos lo oyen aparte, y a ellos les dice: «No temáis, manada pequeña, porque a vosotros os es dado conocer el misterio del reino de los cielos» (Bernardo, Carta 107, a Tomás, preboste de Beverley). Después pregunta: «¿Quiénes son estos? Ciertamente, los que antes conoció y predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Ro 8:29). «He aquí un grande y secreto consejo que nos ha sido manifestado: conoce el Señor a los que son suyos. Pero lo que él sabía ha sido manifestado a los hombres, y no permite que nadie más entienda este misterio, sino aquellos que él conoció de antemano y predestinó para que fueran suyos». Un poco después concluye: «La misericordia de Dios es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen: desde la eternidad por la predestinación, hasta la eternidad por la bienaventuranza; la una no tiene principio, la otra jamás tendrá fin». Pero ¿qué necesidad hay de alegar a san Bernardo como testigo, si de la misma boca de nuestro Maestro oímos que nadie ve sino los que son de Dios (Jn 6:46)? Con estas palabras quiere decir que todos los que no han sido regenerados por Dios quedan ciegos y atónitos ante el resplandor de su rostro. Y ciertamente la fe se une muy bien con la elección, con tal que ocupe el segundo lugar. Este orden lo muestran claramente las palabras que Cristo dijo en otra parte: «Esta es la voluntad del Padre, […] que de todo lo que me diere, no pierda yo nada» (Jn 6:39). Si quisiera que todos se salvaran, a todos los habría dado a su Hijo para que los guardara, y a todos los habría incorporado en él con el santo lazo de la fe. Ahora se ve que la fe es una prenda singular de su amor paternal, guardada en secreto para los hijos que adoptó. Por eso dice Cristo en otro lugar: «Las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, […] porque no conocen la voz de los extraños» (Jn 10:4-5). ¿De dónde les viene este discernimiento, sino de que Dios les ha abierto los oídos? Porque nadie se hace oveja a sí mismo, sino que Dios lo forma y lo hace. Y esta es la razón por la que nuestro Señor Jesucristo dice que nuestra salvación está bien segura y fuera de todo peligro para siempre, porque la guarda el poder invencible de Dios (Jn 10:29). Por eso concluye que los incrédulos no son de sus ovejas (Jn 10:26), porque no son del número de aquellos a quienes Dios prometió por el profeta Isaías que serían sus discípulos. Por lo demás, como en los testimonios que he citado se menciona expresamente la perseverancia, esta muestra que la elección es firme y constante, sin que jamás se halle en ella cambio alguno.

Tratemos ahora de los réprobos, de los que el Apóstol habla también en el pasaje mencionado (Ro 9:13). Porque así como Jacob, sin haber merecido todavía nada por sus buenas obras, es recibido en la gracia, así Esaú, sin haber cometido ninguna ofensa, es desechado por Dios. Si atendemos a las obras, hacemos un gran agravio al Apóstol, como si no hubiera visto lo que para nosotros es evidente. Y que no lo vio se prueba porque insiste particularmente en esto: que antes de que hicieran ningún bien ni ningún mal, el uno fue escogido y el otro desechado; y esto para probar que el fundamento de la predestinación no está en las obras. Además, después de plantear la cuestión de si Dios es injusto, no alega que Dios pagó a Esaú según su malicia, lo cual habría sido la defensa más clara y segura de la justicia de Dios, sino que resuelve la cuestión con una solución muy distinta: que Dios levanta a los réprobos para hacer brillar en ellos su gloria. Finalmente, concluye que Dios tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere (Ro 9:18). ¿No veis cómo el Apóstol remite lo uno y lo otro a la sola voluntad de Dios? Si no podemos señalar ni dar razón de por qué Dios tiene misericordia de los suyos, sino solo esta, que le place, tampoco tendremos otra razón de por qué rechaza y desecha a los demás sino la misma: que le place. Porque cuando se dice que Dios endurece o tiene misericordia de quien le place, es para advertirnos que no busquemos ninguna causa fuera de su voluntad.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.