Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
La elección eterna, por la cual Dios ha predestinado a unos para salvación y a otros para perdición
En el hecho de que el pacto de vida no se predique por igual a todos los hombres, y de que allí donde se predica no sea recibido por todos de la misma manera ni con constancia, se muestra un admirable secreto del juicio de Dios. Porque no hay duda de que también esta diversidad sirve al decreto de la elección eterna de Dios. Y si es evidente que procede de la voluntad de Dios que a unos se les ofrezca gratuitamente la salvación y a otros se les niegue, de aquí nacen grandes y muy arduas preguntas, que de ningún modo se pueden explicar ni resolver si los fieles no entienden lo que deben creer acerca del misterio de la elección y la predestinación. A muchísimos esta materia les parece muy confusa e intrincada, porque piensan que es algo muy absurdo, y muy contrario a toda razón y justicia, que Dios predestine a unos para salvación y a otros para perdición. Por el modo en que trataremos esta materia se verá claramente que ellos mismos, por falta de discernimiento, se enredan y se confunden. Y, lo que también hay que considerar, veremos que en la misma oscuridad de esta materia, que tanto los asusta y espanta, hay no solo grandísimo provecho, sino también un fruto suavísimo. Nunca nos convenceremos de veras, como conviene, de que nuestra salvación procede y mana de la fuente de la misericordia gratuita de Dios, mientras no hayamos entendido su elección eterna, que por esta comparación hace brillar la gracia de Dios: que no adopta indistintamente a todos los hombres a la esperanza de salvación, sino que da a unos lo que niega a otros. Es evidente cuánto la ignorancia de este principio —es decir, no poner toda la causa de nuestra salvación solo en Dios— menoscaba la gloria de Dios y cuánto rebaja la verdadera humildad. Y esto que tan necesario es que entendamos, san Pablo dice que no se puede entender si Dios, sin tener en cuenta en absoluto las obras, no elige a aquellos que él ha decretado en sí mismo. «Así también aun en este tiempo —dice san Pablo— ha quedado un remanente escogido por gracia. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra» (Ro 11:5-6). Si debemos remontarnos al origen y la fuente de la elección de Dios para entender que no podemos alcanzar la salvación sino por la pura generosidad de Dios, los que pretenden sepultar esta doctrina oscurecen perversamente, en cuanto de ellos depende, lo que deberían engrandecer y ensalzar a boca llena, y arrancan de raíz la humildad. San Pablo testifica claramente que, cuando la salvación del pueblo se atribuye a la elección gratuita de Dios, entonces se ve que Dios salva por su pura buena voluntad a los que quiere, y que no les paga ningún salario, pues no se les puede deber. Los que cierran la puerta para que nadie se atreva a acercarse a gustar esta doctrina no hacen menor agravio a los hombres que a Dios, porque ninguna otra cosa fuera de esta bastará para humillarnos como debemos, ni sentiremos de veras cuánto le debemos a Dios. Y ciertamente, como el mismo Señor nos lo testifica, en ninguna otra cosa tendremos firmeza ni confianza completas; porque, para asegurarnos y librarnos de todo temor en medio de tantos peligros, acechanzas y encuentros mortales, y para hacernos salir victoriosos, promete que ninguno de todos los que su Padre le ha confiado perecerá, sino que vivirá (Jn 10:28-29). De aquí concluimos que todos los que no se reconocen como parte del pueblo propio de Dios son desdichados, pues viven siempre en continuo temor; y que por eso todos los que cierran los ojos, y no quieren ver ni oír estos tres provechos que hemos señalado, y querrían derribar este fundamento, piensan muy mal y se hacen grandísimo daño a sí mismos y a todos los fieles. Y aún digo más: de aquí nos nace la Iglesia, la cual, como muy bien dice san Bernardo, no se podría hallar ni reconocer entre las criaturas (Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 78). Porque está escondida de un modo admirable en el regazo de la bienaventurada predestinación y dentro de la masa de la miserable condenación de los hombres. Pero antes de tratar más esta materia, necesito hacer dos advertencias distintas para dos clases de personas. Aunque esta materia de la predestinación es en cierto modo oscura por sí misma, la curiosidad humana la vuelve muy intrincada y muy peligrosa; porque el entendimiento humano no se deja refrenar ni detener por muchos límites y barreras que le pongan: se desmanda, se va por caminos prohibidos y se eleva muy alto, deseando, si le fuera posible, no dejarle a Dios ningún secreto que no revolviera y escudriñara. Y como vemos que muchísimos caen a cada paso en este atrevimiento y desatino, y entre ellos algunos que por lo demás no son malos, conviene advertirles a tiempo cómo deben conducirse en esta materia. Lo primero, pues, es que recuerden que, cuando quieren conocer los secretos de la predestinación, entran en el santuario de la sabiduría divina; y si alguien entra allí de golpe, con confianza y atrevimiento, no hallará con qué satisfacer su curiosidad y se meterá en un laberinto del que no podrá salir. Porque no es justo que el hombre se ponga, sin ningún miramiento, a hablar de lo que el Señor quiso que quedara oculto en sí mismo y que solo él entendiera; ni que el hombre revuelva y escudriñe desde la misma eternidad la majestad y grandeza de la sabiduría de Dios, que él quiso que adoráramos y no que comprendiéramos, para hacérsenos también admirable por medio de ella. Los secretos de su voluntad que él ha juzgado bueno comunicarnos, nos los ha manifestado en su palabra. Y ha juzgado bueno comunicarnos todo lo que veía que nos era necesario y provechoso.
«Hemos entrado en el camino de la fe —dice san Agustín—; mantengámonos en él con constancia: nos llevará hasta la cámara del Rey de gloria, en la cual están escondidos todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría» (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, 35). Porque el Señor Jesucristo no tenía envidia de sus discípulos, a quienes había elevado a tan gran dignidad, cuando les decía: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar» (Jn 16:12). Es necesario que caminemos, que avancemos, que crezcamos, para que nuestros corazones sean capaces de aquellas cosas que por ahora no podemos entender. Y si el último día nos encuentra avanzando, allá, fuera de este mundo, aprenderemos lo que no pudimos aprender aquí. Si este pensamiento arraiga en nosotros —a saber, que la palabra de Dios es el único camino que nos lleva a investigar todo lo que nos es lícito saber de él, y que es la única luz que nos alumbra para ver todo lo que necesitamos ver de él—, fácilmente podrá frenarnos y contenernos para que no caigamos en ninguna temeridad. Porque sabremos que en el momento en que traspasemos los límites que nos están puestos en la Sagrada Escritura, andaremos perdidos, fuera de todo camino y en grandes tinieblas, y que por eso no podremos hacer otra cosa que errar, resbalar y dar de bruces a cada paso. Ante todo, pues, tengamos esto presente: desear otro conocimiento de la predestinación fuera del que nos está declarado en la palabra de Dios no es menor locura que si alguien quisiera caminar fuera del camino, entre rocas y peñascos, o quisiera ver en la oscuridad. Y no nos avergoncemos de ignorar algo en una materia en la que hay una cierta ignorancia docta. Más bien, abstengámonos de muy buena gana de desear aquel saber cuya pretensión es insensata y peligrosa, e incluso ruina y destrucción total. Y si la curiosidad de nuestro entendimiento nos incita, tengamos siempre a mano, para sujetarla, esta admirable sentencia: «Comer mucha miel no es bueno, ni el buscar la propia gloria es gloria» (Pr 25:27). Porque hay razón de sobra para detestar este atrevimiento, ya que no puede hacer otra cosa que precipitarnos en la ruina y la perdición.
Hay otros que, queriendo remediar este mal, se esfuerzan por sepultar todo recuerdo de la predestinación; por lo menos enseñan que los hombres deben guardarse de cualquier cuestión sobre la predestinación como de algo muy peligroso. Y aunque esta moderación es muy digna de alabanza —querer que los hombres no se acerquen a investigar los misterios secretos de Dios sino con gran sobriedad—, sin embargo, como descienden demasiado bajo, poco consiguen con el ingenio humano, que no se deja tapar los ojos tan fácilmente. Por eso, para guardar también aquí el orden debido, es necesario que volvamos a la palabra del Señor, en la cual tenemos una regla segurísima para entender bien. Porque la Escritura es la escuela del Espíritu Santo, en la cual, así como no se ha dejado de poner nada que fuera necesario y útil saber, tampoco se enseña nada que no sea necesario saber. Debemos, pues, guardarnos muy bien de impedir que los fieles quieran saber y entender todo cuanto está escrito en la palabra de Dios sobre la predestinación, para que no parezca, o que queremos defraudarlos y privarlos del bien y el beneficio que Dios ha querido comunicarles, o que queremos reprochar y acusar al Espíritu Santo por haber manifestado cosas que habría sido mucho mejor mantener en secreto. Permitamos, pues, al cristiano que abra sus oídos y su entendimiento a todo el discurso y las palabras que Dios ha querido dirigirle, con tal que use esta templanza y sobriedad: en cuanto vea que el Señor ha cerrado su sagrada boca, que también él se detenga y no sea curioso haciendo nuevas preguntas. Este será el límite propio de la sobriedad que debemos guardar: que al aprender no solo sigamos a Dios, dejándole hablar primero, sino que, cuando él deje de hablar, tampoco nosotros queramos aprender más ni ir más adelante. Y el peligro que temen esos de quienes hemos hablado no es tan grave como para que por esa causa dejemos de oír todo lo que Dios nos quiera decir. Célebre es el dicho de Salomón: «Gloria de Dios es encubrir un asunto» (Pr 25:2). Pero como la piedad y el sentido común nos enseñan que esto no debe entenderse en general de todas las cosas, debemos hacer alguna distinción, para no engañarnos, con el pretexto de la modestia y la sobriedad, y contentarnos con una ignorancia brutal. Esta distinción la da Moisés en pocas palabras, y muy claras, cuando dice: «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos» (Dt 29:29). Vemos, pues, con cuánto empeño exhorta a su pueblo a aplicarse al estudio de la doctrina de la Ley, porque a Dios le ha placido manifestársela. Y al mismo tiempo mantiene a ese mismo pueblo dentro de los límites de la enseñanza que le había sido dada, por esta sola razón: que no es lícito que los mortales sean curiosos por saber los secretos de Dios.
Reconozco que los hombres profanos encuentran enseguida en esta materia de la predestinación algo que reprochar, que criticar, que morder o de qué burlarse. Pero si tememos su petulancia y desvergüenza, por la misma razón habrá que callar y sepultar los principales artículos de nuestra fe, pues de ellos, ellos y otros como ellos no dejan casi ni uno sin contaminar con sus blasfemias. Un espíritu rebelde y obstinado se burlará con no menos insolencia cuando oiga decir que en una sola esencia de Dios hay tres personas, que si oye decir que Dios, cuando creó al hombre, previó lo que había de ser de él. Tampoco los hombres profanos dejarán de burlarse cuando oigan decir que hace poco más de cinco mil años que el mundo fue creado, porque preguntarán por qué el poder de Dios estuvo tanto tiempo ocioso y sin hacer nada. En fin, no se les podrá decir nada de lo que no se rían y se burlen. ¿Acaso, para tapar la boca a estos sacrílegos, debemos dejar de hablar de la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo? ¿Debemos callar la creación del mundo? Todo lo contrario. Porque la verdad de Dios, no solo en esta parte sino en todas las cosas, es tan poderosa que no teme las malas lenguas de los impíos, como lo muestra de modo admirable san Agustín en el libro que tituló Sobre el don de la perseverancia (Agustín, Sobre el don de la perseverancia, caps. 15-20). Vemos, en efecto, que los falsos apóstoles, blasfemando e infamando la verdadera doctrina de san Pablo, no lograron que él se avergonzara de ella. En cuanto a lo que algunos dicen, que esta doctrina es muy peligrosa aun para los piadosos, porque es contraria a las exhortaciones, porque derriba la fe y porque turba y desanima los corazones, todo lo que alegan es vano. El mismo san Agustín no oculta que por estas mismas razones lo reprendieron, porque predicaba con mucha libertad la predestinación; pero él los refutó suficientemente, como bien podía hacerlo (Agustín, Sobre el don de la perseverancia, cap. 14). Sin embargo, como se nos objetan muchísimos y muy diversos absurdos acerca de esta doctrina, será bueno que respondamos a cada uno de ellos a su debido tiempo y lugar. Por ahora solo deseo obtener esto de todos en general: que no escudriñemos ni queramos saber las cosas que el Señor ha escondido y no quiere que se sepan, y que no despreciemos las que nos ha manifestado y declarado en su palabra; y esto para que no seamos condenados, por un lado, por nuestra excesiva curiosidad, o, por otro, por nuestra ingratitud. Porque es muy acertado lo que dice san Agustín: que podemos seguir con toda seguridad la Escritura, la cual, como una madre con su niño, avanza poco a poco para no dejarnos atrás, conociendo nuestra debilidad (Agustín, Comentario literal al Génesis, libro V). En cuanto a los que son tan cautos, o tímidos, que querrían que la predestinación fuera sepultada del todo y que jamás se hablara de ella, para no turbar a los corazones débiles, ¿con qué pretexto, les pregunto, disimularán su arrogancia, puesto que indirectamente acusan a Dios de una necia imprudencia, como si él no hubiera visto antes el peligro que ellos, con su prudencia, creen evitar? Por tanto, cualquiera que hace odiosa la doctrina de la predestinación habla mal de Dios clara y abiertamente, como si se le hubiera escapado por descuido de la boca algo que hace gran daño a la Iglesia.
Nadie que quiera ser tenido por hombre de bien y temeroso de Dios se atreverá a negar sin más la predestinación, por la cual Dios ha adoptado a unos para salvación y ha destinado a otros a la muerte eterna; pero muchos la enredan con muchísimas objeciones capciosas, y sobre todo los que quieren que la presciencia sea la causa de la predestinación. Nosotros atribuimos ambas a Dios; pero decimos que es un completo despropósito subordinar la una a la otra, como si la presciencia fuera la causa y la predestinación el efecto. Cuando atribuimos presciencia a Dios, queremos decir que todas las cosas han estado y estarán siempre delante de sus ojos, de manera que para su conocimiento no hay pasado ni futuro, sino que todas las cosas le son presentes; y presentes de tal modo que no las imagina por medio de ciertas ideas o representaciones —como nos imaginamos nosotros las cosas cuyo recuerdo retiene nuestro entendimiento—, sino que las ve y contempla como si verdaderamente estuvieran delante de él. Y esta presciencia se extiende por todo el orbe y sobre todas las criaturas. Llamamos predestinación al decreto eterno de Dios por el cual él ha determinado lo que quiere hacer de cada uno de los hombres; porque no los crea a todos en una misma condición, sino que ordena a unos a la vida eterna y a otros a la condenación perpetua. Por tanto, según el fin para el cual el hombre es creado, decimos que está predestinado a la vida o a la muerte. Y Dios ha dado testimonio de esta predestinación suya no solo en cada persona en particular, sino también en toda la descendencia de Abraham, que puso como ejemplo para que todo el mundo entendiera que es él quien determina cuál ha de ser la condición de cada pueblo y nación. «Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones —dice Moisés—, cuando hizo dividir a los hijos de los hombres, […] la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó» (Dt 32:8-9). La elección se ve aquí con toda claridad: en la persona de Abraham, como en un tronco completamente seco y muerto, un pueblo es escogido y apartado de todos los demás, que son desechados. Pero la causa no se muestra; al contrario, Moisés, para quitar toda ocasión de gloriarse, enseña a los descendientes que toda su dignidad consiste únicamente en el amor gratuito de Dios. Porque la causa que da de su liberación es que Dios amó a sus padres y escogió a su descendencia después de ellos (Dt 4:37). En otro lugar lo dice aún más claramente: «No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, […] sino por cuanto Jehová os amó» (Dt 7:7-8). Esta advertencia la repite muchísimas veces: «He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, […] la tierra, y todas las cosas que hay en ella. Solamente de tus padres se agradó Jehová para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos» (Dt 10:14-15). Además, en otro lugar les manda ser puros y santos, porque han sido escogidos como pueblo propio de Dios. Y en otro lugar se repite que el amor con que Dios los amaba es la causa de que él sea su protector (Dt 23:5). Lo mismo confiesan los fieles a una voz: «Él nos elegirá nuestras heredades; la hermosura de Jacob, al cual amó» (Sal 47:4). Porque atribuyen a este amor gratuito todos los adornos con que Dios los había engalanado, no solo porque sabían que no los habían adquirido por ningún mérito suyo, sino porque sabían que ni siquiera el santo patriarca Jacob tuvo tanta virtud como para adquirir para sí y para su posteridad una prerrogativa y dignidad tan grandes. Y para abatir mejor todo orgullo y toda ocasión de ensoberbecerse, echa en cara a los judíos que no merecieron en absoluto esto, ser amados por Dios, siendo, como eran, un pueblo rebelde y duro de cerviz (Dt 9:6). También los profetas mencionan muchísimas veces esta elección, para avergonzar y afrentar más a los judíos por haberse apartado de ella tan vilmente. Sea como sea, que salgan ahora a la plaza y respondan los que quieren atar la elección de Dios a la dignidad de los hombres o a los méritos de las obras. Viendo que una nación es preferida a todas las demás, y entendiendo que Dios no se movió por ninguna consideración a aficionarse a una nación muy pequeña y despreciada, y lo que es más, mala y perversa, ¿se enfrentarán a Dios porque tuvo a bien dar tal ejemplo de su misericordia? Pero con todo su murmurar y gruñir no impedirán la obra de Dios, ni lanzando sus despechos contra el cielo como si fueran piedras herirán ni dañarán su justicia; antes bien escupirán contra el cielo y les caerá sobre la cara: mal acabarán los tales. A los israelitas se les recuerda también este principio de la elección gratuita cuando se trata de dar gracias a Dios o de afirmarse en una buena esperanza para el futuro. «Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos —dice el profeta—; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado» (Sal 100:3). La negación que usa no es superflua, sino que se añade para excluirnos a nosotros mismos, a fin de que entendamos que de todos los bienes de que gozamos Dios no solo es el autor, sino que él mismo se movió a hacernos estos favores, pues no había en nosotros nada que los mereciera. También nos exhorta a contentarnos con el solo beneplácito y la buena voluntad de Dios, de esta manera: «Oh vosotros, descendencia de Abraham su siervo, hijos de Jacob, sus escogidos» (Sal 105:6). Y después de haber enumerado los continuos beneficios que habían recibido como frutos de su elección, concluye que Dios los trató con tanta generosidad porque se acordó de su pacto. Con esta doctrina concuerda el cántico de toda la Iglesia: «Tu diestra, y tu brazo, y la luz de tu rostro [dio a nuestros padres la tierra], porque te complaciste en ellos» (Sal 44:3). Debemos notar, sin embargo, que cuando se menciona la tierra, esta es una señal visible de la elección secreta de Dios por la cual fueron adoptados. A la misma gratitud exhorta David al pueblo: «Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, el pueblo que él escogió como heredad para sí» (Sal 33:12). Samuel los anima a tener buena esperanza: «Jehová no desamparará a su pueblo, por su grande nombre; porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo» (1 S 12:22). Del mismo modo se anima David a sí mismo; porque, viendo que atacaban su fe, se arma para resistir diciendo: «Bienaventurado el que tú escogieres […] para que habite en tus atrios» (Sal 65:4). Pero como la elección, que de otro modo está escondida en Dios, fue ratificada tanto con la primera liberación del cautiverio de los judíos como con la segunda, y con otros diversos beneficios intermedios, la palabra «elegir» se aplica a veces a estos testimonios manifiestos, que de todos modos quedan incluidos en la elección. Así en Isaías: «Jehová tendrá piedad de Jacob, y todavía escogerá a Israel» (Is 14:1). Porque, hablando del tiempo futuro, dice que la reunión que hará del remanente del pueblo, al que parecía haber desheredado, será una señal de que su elección permanecerá firme y estable, aunque parecía que ya había perdido del todo su fuerza y su valor. Y cuando en otro lugar dice: «Te escogí, y no te deseché», engrandece el curso continuo de su amor paternal, que había mostrado con tantos beneficios y favores (Is 41:9). Todavía más claramente lo dice el ángel en Zacarías: «Escogerá aún a Jerusalén» (Zac 2:12), como si, al castigarla con dureza, la hubiera rechazado, o como si el destierro y el cautiverio hubieran interrumpido la elección; pero esta permanece siempre en pie y es inviolable, aunque no siempre se vean sus señales.
Añadamos ahora un segundo grado de elección, más restringido, en el que la gracia de Dios se ve y se reconoce de un modo más particular: que Dios rechazó a algunos de la misma descendencia de Abraham y, de ella misma, mantuvo a otros en su Iglesia para mostrar que los retenía como suyos. Ismael al principio fue igual a su hermano Isaac, pues el pacto espiritual había sido sellado en su cuerpo no menos que en el de Isaac con el sacramento de la circuncisión. Ismael es cortado, y después Esaú; finalmente, una inmensa multitud y casi todo Israel. En Isaac fue llamada la descendencia; la misma vocación continuó en Jacob. Un ejemplo semejante dio Dios al rechazar a Saúl, lo cual se celebra con gran énfasis en el Salmo: «Desechó la tienda de José, y no escogió la tribu de Efraín, sino que escogió la tribu de Judá» (Sal 78:67-68). La historia sagrada lo repite varias veces, para que en este cambio se muestre con mucha más claridad el admirable secreto de la gracia de Dios. Reconozco que Ismael, Esaú y otros semejantes cayeron de la adopción por su propia falta y culpa, porque se puso esta condición: que guardaran fielmente por su parte el pacto de Dios, el cual ellos quebrantaron con gran deslealtad. Sin embargo, fue un beneficio singular de Dios que tuviera a bien preferirlos a todas las demás naciones, como se dice en el Salmo: «No ha hecho así con ninguna otra de las naciones; y en cuanto a sus juicios, no los conocieron» (Sal 147:20). No he dicho sin razón que debemos notar aquí dos grados; porque ya en la elección de todo el pueblo de Israel mostró Dios que, cuando usa de su pura generosidad, no está sujeto a ninguna ley, sino que es libre y hace lo que le place, de manera que de ningún modo se le puede exigir que reparta su gracia por igual entre todos, pues la misma desigualdad muestra que su generosidad es verdaderamente gratuita. Por esta razón el profeta Malaquías, queriendo agravar la ingratitud del pueblo de Israel, les reprocha que no solo han sido escogidos de entre todo el género humano, sino que, siendo además apartados de la santa familia de Abraham para ser posesión particular del Señor, han despreciado con perfidia y vileza a Dios, que era para ellos un Padre tan generoso y magnífico. «¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí» (Mal 1:2-3). Dios da aquí por sabido que, siendo ambos hermanos hijos de Isaac y, por consiguiente, herederos del pacto celestial —en suma, ramas de una raíz santa—, los hijos de Jacob estaban muy obligados por haber sido elevados a tan gran dignidad. Pero como, desechado Esaú, que era el primogénito, su padre Jacob, que por nacimiento era inferior a su hermano, fue hecho el único heredero, los acusa de doble ingratitud y se queja de que ni aun con estos dos lazos se les ha podido mantener en la obediencia.
Y aunque ya se ve con suficiente claridad que Dios, en su consejo secreto, elige libremente a los que le place, desechando a los demás, su elección gratuita aún no ha quedado del todo declarada hasta que llegamos a cada persona en particular, a quienes Dios no solo ofrece la salvación, sino que se la sella de tal manera que la certeza de que alcanzará su efecto no queda en suspenso ni en duda. Estos se cuentan en aquella única descendencia que menciona san Pablo. Porque, aunque la adopción fue puesta en manos de Abraham como en depósito, como muchísimos de sus descendientes fueron cortados como miembros podridos, para que la elección tenga su eficacia y sea verdaderamente firme es necesario que subamos a la cabeza, en quien el Padre celestial ha unido entre sí a sus fieles y los ha ligado consigo con un lazo indisoluble que jamás se romperá. Así se mostró el favor generoso de Dios en la adopción del linaje de Abraham, que negó a otros; pero la gracia concedida a los miembros de Cristo tiene una dignidad muy superior, porque, estando injertados en su cabeza, jamás serán cortados ni perecerán. Por eso san Pablo razona muy bien a partir del pasaje de Malaquías que acabamos de citar: que, cuando Dios llama a sí a un pueblo y le promete la vida eterna, tiene sin embargo un modo especial de elegir a una parte de él, de modo que no todos son elegidos eficazmente con una misma e igual gracia. Lo que se dice: «Amé a Jacob», pertenece a toda la posteridad del patriarca, que Malaquías contrapone a los descendientes de Esaú. Pero eso no impide que en la persona de un hombre se nos haya presentado un ejemplo de la elección, la cual de ningún modo puede desviarse, sino que siempre llega a donde se dirige. No sin razón señala san Pablo que los que pertenecen al cuerpo de Jesucristo se llaman «remanente», ya que la experiencia muestra que, de una gran multitud que se llama Iglesia, la mayoría se desgasta y se dispersa, unos por aquí y otros por allá, de tal manera que por lo común quedan muy pocos. Si alguien pregunta por qué la elección general del pueblo no es firme ni alcanza su efecto, la respuesta es fácil: porque a aquellos con quienes Dios hace pacto no les da en seguida su Espíritu de regeneración, con cuya fuerza perseveren hasta el fin en el pacto; sino que el llamamiento externo, sin la eficacia interna del Espíritu Santo, que es la que da fuerzas para seguir adelante, es para ellos como una gracia intermedia entre el rechazo del género humano y la elección del pequeño número de los fieles. Todo el pueblo de Israel fue llamado heredad de Dios, aunque muchos de ellos le eran extraños y ajenos; pero como Dios no había prometido en vano que sería su Padre y Redentor, prefirió, al darle ese título, atender a su favor gratuito antes que a la deslealtad de muchísimos que habían apostatado y se habían apartado de él; y aun así, por ellos no fue menoscabada su verdad. Porque, al conservar un remanente, se vio que su llamamiento fue sin arrepentimiento. Pues el hecho de que Dios haya reunido siempre su Iglesia de entre los descendientes de Abraham antes que de las naciones profanas se debió a que tuvo en cuenta su pacto, el cual, violado por la multitud, lo restringió a unos pocos, para que no quedara totalmente anulado y sin fuerza ni valor. Finalmente, aquella adopción común y general de la descendencia de Abraham fue como una imagen visible de un beneficio mucho mayor, del que hizo partícipes a algunos en particular, sin tener en cuenta a todos en general. Esta es la razón por la que san Pablo distingue con tanto cuidado entre los hijos de Abraham según la carne y los hijos según el espíritu, que han sido llamados conforme al ejemplo de Isaac; no porque haber sido hijos de Abraham fuera algo simplemente vano e inútil —lo cual no se puede decir sin hacer grave injuria al pacto divino—, sino porque el consejo inmutable de Dios, con el que predestinó para sí a los que quiso, ha mostrado su fuerza y eficacia para la salvación de aquellos que llamamos hijos de Abraham según el espíritu. Ruego y exhorto a los lectores que no se adelanten a tomar partido por una opinión ni por la otra hasta que, oídos los testimonios de la Escritura que citaré, sepan qué deben creer sobre esta materia. Decimos, pues, como la Escritura lo muestra con evidencia, que Dios determinó de una vez por todas, en su consejo eterno e inmutable, a quiénes quería salvar y también a quiénes quería condenar. Decimos que este consejo, en lo que toca a los elegidos, se funda en la misericordia gratuita de Dios, sin consideración alguna de la dignidad del hombre; y que, por el contrario, la entrada a la vida está cerrada a todos los que él quiso entregar a la condenación, y que esto se hace por su juicio secreto e incomprensible, el cual, sin embargo, es justo e irreprochable. Asimismo, enseñamos que el llamamiento es en los elegidos un testimonio de su elección, y que la justificación es otra señal de ella, hasta que lleguen a gozar de la gloria, en la cual consiste su cumplimiento. Y así como el Señor marca a los que ha elegido llamándolos y justificándolos, así, por el contrario, al excluir a los réprobos del conocimiento de su nombre o de la santificación de su Espíritu, muestra con estas señales cuál será su fin y qué juicio les está preparado. No mencionaré aquí los muchísimos desatinos que hombres vanos han imaginado para echar por tierra la predestinación, porque no necesitan refutación: en cuanto se pronuncian, ellos mismos muestran su falsedad y mentira. Solo me detendré a considerar las razones que se debaten entre gente docta, o las que podrían causar algún escrúpulo y dificultad a los sencillos, o bien las que tienen alguna apariencia de hacer creer que Dios no sería justo si fuera tal como nosotros creemos que es en esta materia de la predestinación.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.