Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

La oración, principal ejercicio de la fe, por la cual recibimos cada día los beneficios de Dios

Por lo que hemos tratado hasta ahora vemos claramente cuán necesitado y desprovisto de toda clase de bienes está el ser humano, y cómo le falta todo lo necesario para su salvación. Por eso, si busca remedios con que socorrer su necesidad, tiene que salir fuera de sí y procurarlos en otra parte. También hemos mostrado ya que el Señor se nos muestra voluntaria y generosamente en su Cristo, en quien nos ofrece toda felicidad a cambio de nuestra miseria y toda riqueza a cambio de nuestra pobreza; en quien nos abre y presenta los tesoros del cielo, para que toda nuestra fe ponga los ojos en su amadísimo Hijo, para que estemos siempre pendientes de él, y para que toda nuestra esperanza se fije y descanse en él. Esta es, ciertamente, una filosofía secreta y oculta, que no se puede entender por silogismos, sino que solo la aprenden y entienden aquellos a quienes Dios ha abierto los ojos, para que en su luz vean la luz. Pues bien, ya que la fe nos ha enseñado a reconocer que todo bien que necesitamos, y del que carecemos en nosotros mismos, está en Dios y en nuestro Señor Jesucristo, en quien el Padre quiso que residiera toda la plenitud de su generosidad, para que todos sacáramos de él como de una fuente abundantísima, lo que queda es que busquemos en él y le pidamos en oración lo que hemos aprendido que hay en él. De otro modo, conocer a Dios como autor, Señor y dispensador de todos los bienes, que nos invita a pedírselos, y por otra parte no acudir a él ni pedirle nada, nos serviría tan poco como a quien se le mostrara dónde está enterrado un tesoro y lo dejara oculto bajo tierra sin preocuparse de él. Por eso el apóstol, para mostrar que no puede haber fe verdadera sin que de ella proceda la invocación, estableció este orden: así como la fe nace del evangelio, así también por ella nuestros corazones aprenden a invocar a Dios (Ro 10:14). Y esto mismo es lo que había dicho poco antes: que el Espíritu de adopción, que sella en nuestros corazones el testimonio del evangelio, levanta nuestro espíritu para que se atreva a presentar sus deseos a Dios, a exhalar gemidos indecibles y a clamar con confianza: «¡Abba, Padre!» (Ro 8:15). Conviene, pues, que tratemos ahora más ampliamente este último punto, que hasta aquí solo se ha tocado de pasada y, como se dice, por encima.

Así pues, por medio de la oración logramos penetrar en aquellas riquezas que Dios tiene guardadas en sí mismo para nosotros. Porque la oración es una especie de comunicación entre los hombres y Dios, por la cual, habiendo entrado en el santuario celestial, le recuerdan y le presentan claramente sus promesas, para que él les muestre por experiencia, cuando la necesidad lo requiere, que lo que creyeron solo por su palabra es verdad y no mentira ni falsedad. Vemos, por tanto, que Dios no nos propone nada que esperar de él sin mandarnos al mismo tiempo que se lo pidamos en oración. Tan cierto es lo que hemos dicho, que por la oración hallamos y desenterramos los tesoros que el evangelio muestra y descubre a nuestra fe. No hay palabras que basten para declarar cuán necesario es el ejercicio de orar al Señor y de cuántas maneras nos es útil y provechoso. Ciertamente, no sin razón nuestro Padre celestial declara que todo el refugio de nuestra salvación consiste en invocar su nombre (Jl 2:32); porque por la oración obtenemos la presencia de su providencia, por la cual vela, atiende y provee todo lo que necesitamos; la de su virtud y poder, por la cual nos sostiene a nosotros, débiles y sin fuerzas, que apenas podíamos tenernos en pie; y también la presencia de su bondad, por la cual, cuando estábamos miserablemente agobiados por los pecados, nos recibe en su gracia y favor. En pocas palabras, por la oración nos lo apropiamos por entero, para que él se muestre favorable con nosotros y siempre presente. De aquí procede un singular reposo para nuestras conciencias. Porque, habiendo declarado al Señor la necesidad que nos angustiaba, descansamos del todo en él, sabiendo que todas nuestras miserias las conoce muy bien aquel de quien estamos completamente seguros que nos ama y que puede suplir con creces todas nuestras necesidades.

Pero alguno dirá: ¿acaso no sabe él muy bien, sin que nadie se lo recuerde, qué necesidad nos oprime y qué es lo que nos falta? Por eso podría parecer en cierto modo superfluo solicitarlo con nuestras oraciones, como si disimulara y fingiera no oírnos, o como si durmiera hasta que nuestro clamor lo despertara. Pero los que razonan así no consideran el fin para el que el Señor ordenó que los suyos oraran: porque no instituyó la oración tanto por él como por nosotros. Quiere, como es justo, conservar su derecho; quiere que se le dé lo que es suyo, es decir, que los hombres entiendan y confiesen, y lo declaren en sus oraciones, que todo lo que desean y sienten que les es provechoso les viene de él. Sin embargo, todo el provecho de este sacrificio con que es honrado vuelve a nosotros. Por eso los santos padres, cuanto más confiadamente se gloriaban de los beneficios que Dios les había hecho a ellos y a otros, tanto más vivamente se animaban a orarle. Para confirmarlo me bastará citar un solo ejemplo, el de Elías: aunque estaba seguro del designio de Dios, y había prometido al rey Acab, no a la ligera, que llovería, no deja de orar con gran insistencia, con el rostro entre las rodillas, y envía siete veces a su criado a mirar si iba a llover (1 R 18:42). No es que dudara de la promesa que había hecho por mandato de Dios, sino que sabía que su deber era presentar su petición a Dios, para que su fe no se adormeciera ni se entorpeciera. Por eso, aunque él vela y hace guardia para conservarnos y protegernos aun cuando estamos aturdidos y no sentimos nuestras miserias, y aunque a veces también nos socorre sin que se lo pidamos, nos importa muchísimo invocarlo continuamente. Ante todo, para que nuestro corazón se encienda en un deseo continuo de buscarlo, amarlo y honrarlo siempre, acostumbrándonos a acudir solo a él en todas nuestras necesidades, como a un puerto segurísimo. Asimismo, para que no entre en nuestro corazón ningún deseo del que no nos atrevamos a hacerlo testigo enseguida, como hacemos cuando ponemos delante de sus ojos todo lo que sentimos en nosotros y abrimos todo nuestro corazón ante su majestad sin ocultarle nada. Además, para prepararnos a recibir sus beneficios y mercedes con verdadera gratitud de corazón y con acción de gracias, pues la oración nos recuerda que todas estas cosas vienen de su mano. También, para que, cuando hayamos obtenido lo que pedíamos, nos convenzamos de que él ha oído nuestros deseos, y por ello meditemos con mucho más fervor en su gran generosidad, y a la vez disfrutemos con mucha mayor alegría de las mercedes que nos ha hecho, sabiendo que las hemos obtenido por la oración. Finalmente, para que la misma práctica y la experiencia continua confirmen en nosotros, según nuestra capacidad, su providencia, al entender que él no solo promete que nunca nos faltará, sino que por su propia voluntad nos abre la puerta para que en el momento mismo de la necesidad podamos presentarle nuestra petición, y que no nos entretiene con palabras, sino que nos socorre y favorece de verdad. Por todas estas razones, nuestro Padre clementísimo, aunque nunca duerme ni está ocioso, muchas veces da la impresión de que duerme y de que no se ocupa de nada, para ejercitarnos así a orarle, pedirle e insistirle, como ve que conviene a nuestra negligencia y descuido. Muy desencaminados van, pues, los que, para apartar a los hombres de la oración, alegan que la providencia de Dios está alerta para conservar todo lo que ha creado, y que por eso es superfluo solicitarla con nuestras peticiones e insistencias, siendo así que, por el contrario, el Señor declara que está cerca de todos los que lo invocan de veras (Sal 145:18). No tiene más peso lo que otros alegan: que es superfluo pedir al Señor lo que él está dispuesto a darnos por su propia voluntad; porque él quiere que atribuyamos a la oración todo lo que obtenemos de su generosidad libre y voluntaria. Lo confirma muy bien aquella admirable sentencia del Salmo, con la que concuerdan muchas otras: «Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos» (Sal 34:15). Esto muestra que Dios procura de tal manera, por su propia buena voluntad, la salvación de los piadosos, que aun así quiere que ejerciten su fe pidiéndole, para limpiar sus corazones de todo descuido y olvido. Los ojos del Señor velan, pues, para socorrer la necesidad de los ciegos; pero aun así quiere que nosotros, por nuestra parte, gimamos, para mostrarnos mejor el amor que nos tiene. Y así las dos cosas son verdad: que no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel (Sal 121:4), y que, sin embargo, se retira como si nos hubiera olvidado cuando nos ve perezosos y mudos.

Sea, pues, esta la primera regla para orar bien y como conviene: que vayamos preparados con el ánimo y la disposición que deben tener quienes van a hablar con Dios. En lo que toca a nuestra alma, esto se logrará si, libre de los cuidados y pensamientos carnales que pueden apartarla e impedirle ver bien a Dios, no solo se ocupa entera en orar, sino que además se eleva, en cuanto le sea posible, por encima de sí misma. Tampoco pido un alma tan libre que no tenga nada que la angustie ni le cause pena. Al contrario, es necesario que nuestro fervor en la oración se inflame y encienda en nosotros con las angustias y congojas. Así vemos que los santos siervos de Dios declaran estar en grandísimos tormentos, y más aún en congojas, cuando dicen que desde lo profundo del abismo y desde la misma angustia de la muerte alzan al Señor su voz lastimera (Sal 130:1). Lo que quiero decir es que hay que apartar de nosotros todos los demás cuidados ajenos con que nuestra alma puede distraerse en esto o en aquello y, abatiéndose del cielo, caer a tierra. Asimismo, cuando digo que es necesario que se eleve por encima de sí misma, quiero decir que no debe presentar ante la majestad divina ninguna de las cosas que nuestra razón ciega y necia suele inventar, y que no debe encerrarse en su vanidad, sino elevarse a una pureza como la que conviene a Dios y la que él pide.

Hay que advertir bien dos cosas. La primera es que todo el que se prepara para orar aplique a ello todos sus sentidos y su entendimiento, y no se distraiga, como suele suceder, con pensamientos fantasiosos y ligeros. Porque no hay nada más contrario a la reverencia que debemos a Dios que esa ligereza, que procede de la libertad que nos tomamos para darnos gusto y andar, como se dice, como moro sin señor, como si no hiciéramos gran caso de Dios. Y tanto más debemos poner en ello todas nuestras fuerzas cuanto más difícil lo experimentamos. Porque no hay nadie tan atento y entregado a la oración que no sienta que se le cuelan de través muchísimas fantasías, que o rompen el hilo de la oración o la detienen con ciertos rodeos. Aquí necesitamos, pues, recordar cuán indigno y vil es que, cuando Dios nos llama y nos admite a hablar con él familiarmente, abusemos de tan gran bondad y benevolencia mezclando el cielo con la tierra, lo sagrado con lo profano, de modo que él no pueda tener nuestros entendimientos sujetos a sí, sino que, como si tratáramos con un hombre cualquiera y de poca importancia, rompamos el propósito mientras oramos, divagando de una cosa a otra. Entendamos, pues, que nadie se prepara y dispone para orar como conviene sino aquel a quien toca la majestad de Dios, para que, libre de todos los cuidados y afectos terrenos, se acerque a él. Esto significa la ceremonia de alzar las manos que usamos al orar: que los hombres recuerden que están muy lejos de Dios si no elevan sus sentidos al cielo. Como también se dice en el Salmo: «A ti, oh Jehová, levantaré mi alma» (Sal 25:1). Y muchísimas veces usa la Escritura esta expresión de «elevar la oración», para que quienes desean que Dios los oiga no se queden en su propia escoria. En suma, cuanto más generosamente se porta Dios con nosotros, invitándonos por gracia a descargar todos nuestros cuidados en su seno, tanto menos excusa tenemos si no apreciamos un beneficio tan excelente e incomparable mucho más que cualquier otra cosa, cuando él nos atrae a sí para que empleemos deliberadamente en la oración nuestro empeño y nuestros sentidos. Esto no podrá lograrse de ningún modo si nuestro entendimiento no resiste con fuerza y firmeza todos los impedimentos y estorbos que lo traban, hasta sujetarlos y ponerlos debajo de sí. El segundo punto que señalamos es que no pidamos a Dios más de lo que él nos permite. Porque, aunque nos manda que le abramos nuestros corazones (Sal 62:8), no suelta indiscriminadamente las riendas a nuestros afectos desatinados y perversos. Y cuando promete hacer la voluntad de los piadosos, no extiende tanto su indulgencia y su condescendencia que se sujete a su capricho. Ciertamente en esto se falta mucho por lo común: muchísimos no solo se atreven a importunar a Dios con todos sus desvaríos sin ninguna reverencia ni vergüenza, y a decir descaradamente ante su tribunal todo lo que se les ha antojado en sus sueños, sino que están tan dominados por la necedad y el embotamiento que no tienen ningún escrúpulo en pedir a Dios que cumpla sus deseos, aunque sean tan sucios que se avergonzarían mucho si los hombres llegaran a conocerlos. Entre los paganos hubo algunos que se burlaron de este atrevimiento y aun lo aborrecieron; pero, a pesar de ello, este vicio siempre ha reinado. De ahí vino que los ambiciosos tomaran a Júpiter por patrono; los avaros, a Mercurio; los dados a la ciencia y la sabiduría, a Apolo y a Minerva; los belicosos, a Marte; los lujuriosos, a Venus. Igual que hoy, como acabo de señalar, los hombres se toman al orar más libertad con sus deseos ilícitos que si estuvieran hablando de pasatiempos y vanidades entre sus iguales y compañeros. Pero Dios, ciertamente, no tolera que nadie se burle de su dulzura y clemencia, sino que, reteniendo su derecho de supremacía, sujeta nuestros deseos a su voluntad y los refrena como con un freno. Por eso debemos guardar esta regla de san Juan: «Esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Jn 5:14). Pero como todas nuestras facultades son demasiado débiles para llegar a tal perfección, necesitamos buscar el remedio necesario. Así como es necesario que el entendimiento se fije en Dios, también conviene que el afecto del corazón lo siga. Pero uno y otro se arrastran muy bajo por la tierra; o, mejor dicho, ambos están muy fatigados y desfallecen, o van en dirección contraria. Por eso Dios, para socorrer nuestra debilidad, nos da cuando oramos su Espíritu como Maestro, que nos dicte lo que es recto y justo y modere nuestros afectos. Porque, como no sabemos cómo debemos orar, el mismo Espíritu viene a socorrernos e intercede por nosotros con gemidos indecibles (Ro 8:26); no porque él, hablando con propiedad, ore o gima, sino porque despierta en nosotros una confianza, unos deseos y unos suspiros que las fuerzas naturales jamás podrían concebir. Y no sin razón llama san Pablo gemidos indecibles a los que exhalan los fieles guiados por el Espíritu de Dios; porque los que de veras están ejercitados en la oración no ignoraban que muchísimas veces se encuentran tan enredados en perplejidades y angustias que apenas saben por dónde empezar; y más aún, que cuando se esfuerzan por balbucear, se enredan de tal modo que no saben seguir adelante. De donde se sigue que el don de orar bien es muy singular. No he dicho todo esto para que dejemos el oficio de orar en manos del Espíritu Santo y nos entorpezcamos en aquel descuido y negligencia a los que por naturaleza somos tan inclinados, como algunos afirman impíamente que debemos esperar sin hacer nada hasta que él atraiga a sí nuestros entendimientos, ocupados en otras cosas; sino para que, hastiados de nuestro descuido y negligencia, esperemos tal ayuda y socorro del Espíritu. Ciertamente, cuando san Pablo manda que oremos en el Espíritu, no deja de exhortarnos a ser diligentes y cuidadosos (1 Co 14:15), dando a entender que el Espíritu Santo ejerce su poder al movernos a orar de tal modo que no impide ni detiene nuestra diligencia. La razón es que Dios quiere probar con cuánta fuerza la fe mueve nuestros corazones.

La segunda regla será que, al orar, sintamos siempre de veras nuestra necesidad y pobreza, y que, considerando seriamente que necesitamos todo lo que pedimos, acompañemos nuestras peticiones con un afecto ardiente. Porque hay muchísimos que murmuran sus oraciones entre dientes con desgana, leyéndolas o recitándolas de memoria, como si con ello cumplieran con Dios haciendo su tarea asignada. Y aunque confiesan que la oración debe salir de lo íntimo del corazón, porque les sería un gran mal carecer de la asistencia y ayuda de Dios que piden, se ve claramente que lo cumplen como por costumbre, ya que entretanto sus corazones están fríos, sin ningún calor, y no consideran lo que piden. Es verdad que un sentimiento general y confuso de su necesidad los lleva a orar, pero no los apremia como si sintieran su necesidad en ese momento y pidieran así ser aliviados de su miseria. ¿Y qué podemos pensar que sea más odioso y detestable para la majestad divina que este fingimiento, cuando quien pide perdón de sus pecados piensa entretanto que no es pecador, o no piensa que lo es? Ciertamente, con este fingimiento se burlan de Dios abiertamente. Y todo el mundo, como acabo de decir, está lleno de esta perversidad: cada uno pide a Dios, solo por cumplir con él, lo que ya da por seguro que obtendrá de otros y no de él, o lo que ya tiene en la mano como cosa suya. La falta de otros, que ahora diré, parece más leve, pero tampoco es tolerable: muchísimos dicen sus oraciones entre dientes sin ninguna meditación. La causa es que no han avanzado más ni saben otra cosa sino que deben ofrecer así sus sacrificios a Dios. Conviene, pues, que los piadosos se cuiden mucho de no presentarse nunca ante la majestad divina a pedir cosa alguna sin desearla con todo el afecto y sin desear obtenerla de él. Más aún: aunque las cosas que pedimos solo para la gloria de Dios no parezcan a primera vista tener relación con nuestra necesidad, es necesario pedirlas con no menos fervor y vehemencia. Por ejemplo, cuando pedimos que su nombre sea santificado, debemos, por así decirlo, tener hambre y sed de esa santificación.

Si alguien replica que no siempre nos apremia la necesidad con la misma fuerza, sino unas veces más y otras menos, lo reconozco. Santiago ha señalado muy bien esta distinción: «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas» (Stg 5:13). El mismo sentido común nos enseña, pues, que, como somos tan extremadamente perezosos, Dios nos estimula a orar según la necesidad. Este es el tiempo oportuno del que habla David (Sal 32:6); porque, como enseña en muchísimos otros lugares, cuanto más duramente nos oprimen las molestias, los daños, los temores y las demás clases de tentaciones, tanto más libre acceso tenemos a Dios, como si él nos llamara por nuestro propio nombre. Sin embargo, no deja de ser muy cierto lo que dice san Pablo: que debemos orar en todo tiempo (Ef 6:18). Porque, aunque todo nos salga a pedir de boca y como deseamos, y nada nos cause disgusto, no hay un solo momento en que nuestra miseria no nos mueva a orar. Si alguien tiene gran abundancia de vino y trigo, como no puede disfrutar de un bocado de pan si la bendición de Dios no lo acompaña, ni sus bodegas ni sus graneros le impedirán pedir su pan cotidiano. Además, si consideramos cuántos peligros nos amenazan a cada momento, el mismo temor nos enseñará que no hay tiempo en que no necesitemos orar. Y esto lo podremos reconocer mucho mejor en las necesidades espirituales. Porque ¿cuándo nos permitirán tantos pecados, de los que nos acusa nuestra propia conciencia, quedarnos ociosos sin pedir humildemente perdón? ¿Cuándo nos darán tregua las tentaciones, de modo que no necesitemos acudir a Dios en busca de socorro? Además, el deseo de ver avanzar el reino de Dios y glorificado su nombre debe arrebatarnos de tal manera, y no a ratos, sino continuamente, que siempre tengamos presente la oportunidad y ocasión de orar. Por eso, no sin razón se nos manda tantas veces ser constantes en la oración. Todavía no hablo de la perseverancia, de la que trataré después. Pero la Escritura, al exhortarnos a orar continuamente, condena nuestra negligencia, porque no sentimos cuán necesarios nos son esta diligencia y este cuidado. Con esta regla se cierra del todo la puerta a la hipocresía y a todas las astucias y sofismas que los hombres inventan para mentir a Dios. Dios promete que se acercará a todos los que lo invoquen de veras, y dice que lo hallarán los que lo busquen de todo corazón. No se fijan en esto los que están a gusto en sus suciedades. Así que la oración legítima requiere arrepentimiento. De aquí viene lo que tan a menudo dice la Escritura: que Dios no oye a los malvados y que sus oraciones son abominables, como también lo son sus sacrificios. Porque es justo que encuentren cerrados los oídos de Dios los que le cierran su corazón, y que experimenten inexorable el rigor de Dios los que lo provocan con su dureza y obstinación. Dios los amenaza así por medio del profeta Isaías: «Cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos» (Is 1:15). Y por Jeremías: «Clamé, y no quisieron oír; clamarán a mí, y no los oiré» (Jer 11:7-8, 11). Porque considera una gravísima injuria que los impíos, que manchan su sacrosanto nombre durante toda su vida, se jacten de ser de los suyos. Por eso se queja por medio de Isaías de que los judíos se acercan a él con los labios, pero su corazón está muy lejos de él (Is 29:13). Y no limita esto solo a las oraciones, sino que afirma que aborrece todo fingimiento en cualquier parte de su culto y servicio. A esto se refiere lo que dice Santiago: «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (Stg 4:3). Es verdad, como volveremos a tratar un poco más adelante, que las oraciones de los piadosos no se apoyan en su propia dignidad; pero aun así no es superfluo el aviso de san Juan: «Cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos» (1 Jn 3:22), ya que la mala conciencia nos cierra la puerta. De donde se sigue que solo oran bien y son oídos los que sirven a Dios con un corazón limpio. Por tanto, todo el que se dispone a orar, arrepiéntase de sus pecados y revístase de la condición y el ánimo de un mendigo que va de puerta en puerta, cosa que nadie podrá hacer sin arrepentimiento.

Añádase a estas dos reglas la tercera: que todo el que se presenta ante Dios para orar se despoje de toda opinión de su propia dignidad; en una palabra, que deseche toda confianza en sí mismo y, con humildad y abatimiento, dé toda la gloria a Dios. Y esto para que, si nos atribuimos algo, por poco que sea, no caigamos ante la majestad divina con nuestra vana hinchazón y soberbia. Tenemos muchísimos ejemplos de esta sumisión, que echa por tierra toda altivez, en los siervos de Dios: cuanto más santo es alguno de ellos, tanto más se abate y humilla cuando se presenta ante Dios. Así decía Daniel, de quien el mismo Señor da un gran testimonio: «No elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo por amor de ti mismo; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo» (Dn 9:18-19). Y no se puede decir que, según la costumbre común, se incluyera entre los demás contándose como uno de ellos; al contrario, se confiesa pecador en su propia persona y se acoge a la misericordia de Dios, como él mismo lo declara claramente: «Aún estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo» (Dn 9:20). Esta misma humildad nos la prescribe David con su ejemplo: «No entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano» (Sal 143:2). Del mismo modo oraba Isaías: «He aquí, tú te enojaste porque pecamos; en los pecados hemos perseverado largo tiempo; ¿podremos acaso ser salvos? Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades. Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros. No te enojes sobremanera, Jehová, ni tengas perpetua memoria de la iniquidad; he aquí, mira ahora, pueblo tuyo somos todos nosotros» (Is 64:5-9). Vean cómo no se apoyan en ninguna otra confianza sino solo en esta: que, considerándose del número de los siervos de Dios, no pierden la esperanza de que Dios los tendrá bajo su amparo y defensa. Jeremías no habla de otro modo cuando dice: «Aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros, oh Jehová, actúa por amor de tu nombre» (Jer 14:7). Por eso, lo que está escrito en la profecía que lleva el nombre de Baruc, aunque no se sabe quién la escribió, es una gran verdad y está santamente dicho: «El alma dolorida, que por la grandeza de su dolor anda débil y abatida, el alma hambrienta y los ojos que desfallecen te dan gloria a ti, oh Señor. No en las justicias de nuestros padres derramamos ante ti nuestras oraciones ni pedimos misericordia en tu presencia, oh Señor Dios nuestro, sino porque tú eres misericordioso: ten misericordia de nosotros, porque hemos pecado contra ti» (Bar 2:18-19; 3:2).

En suma, el principio y la preparación para orar bien es pedir perdón a Dios por nuestros pecados, con humildad y franqueza, confesando nuestra culpa. Porque no debemos esperar que nadie, por santo que sea, obtenga algo de Dios hasta que esté reconciliado con él por gracia. Y Dios no puede ser propicio sino a aquellos a quienes perdona los pecados. Por eso no es de extrañar que los fieles se abran con esta llave la puerta de la oración, como se ve claramente en muchísimos lugares de los Salmos. David, aun cuando pide otra cosa distinta del perdón de sus pecados, dice: «De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, por tu bondad, oh Jehová». Y también: «Mira mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados» (Sal 25:7, 18). En esto vemos asimismo que no basta con que cada uno se pida cuentas cada día de los pecados que ha cometido ese día, sino que también es necesario traer a la memoria aquellos que, con el largo paso del tiempo, podríamos haber olvidado. Porque el mismo profeta, habiendo confesado en otro lugar un delito grave, aprovecha la ocasión para remontarse hasta el vientre de su madre, en el que ya mucho antes había recibido la corrupción (Sal 51:5). Y no lo hace para disminuir su culpa con el pretexto de que todos estamos corrompidos en Adán, sino para que, amontonando todos los pecados que había cometido en toda su vida, cuanto más severo se muestra consigo mismo, tanto más fácil y propicio encuentre a Dios para perdonarlo. Y aunque los santos no siempre pidan perdón de sus pecados con palabras expresas, si consideramos con atención las oraciones suyas que refiere la Escritura, enseguida entenderemos que es verdad lo que digo: que han tomado ánimo para orar solo en la misericordia de Dios, y que siempre han comenzado por este punto: apaciguar su ira y aplacarlo. Porque, si cada uno se mete la mano en el pecho y consulta a su conciencia, lejos de atreverse a descargar con familiaridad sus congojas en Dios, temblará de dar un paso para acercarse a él, a no ser que confíe en que Dios, por pura misericordia, lo ha recibido en su gracia. Es verdad que hay otra confesión especial: cuando, al pedir a Dios que retire su mano y no los castigue, reconocen el castigo que han merecido. Porque sería un gran absurdo y una confusión de todo orden querer quitar el efecto dejando la causa. Debemos guardarnos mucho de imitar a los enfermos ignorantes, que solo procuran quitar los síntomas y no hacen ningún caso de la causa y raíz de la enfermedad. Lo que debemos procurar, pues, ante todo es que Dios nos sea propicio, y no que nos muestre su favor con señales externas; porque él quiere guardar este orden, y de muy poco nos serviría sentir su generosidad si nuestra conciencia no lo sintiera aplacado y no nos hiciera ver que nos ama plenamente. Esto se nos declara por lo que dice Jesucristo: cuando decidió sanar al paralítico, le dijo: «Tus pecados te son perdonados» (Mt 9:2). Hablando así, eleva el corazón a lo que principalmente debemos desear: que Dios nos reciba en su gracia y que luego muestre el fruto de nuestra reconciliación ayudándonos. Además, aparte de esta confesión especial que los fieles hacen de las culpas y pecados de los que se sienten culpables en ese momento, para obtener su perdón, no se debe omitir de ningún modo el prefacio general con que se confiesan pecadores y que hace aceptable la oración; porque nuestras oraciones jamás serán oídas si no se fundan en la misericordia gratuita de Dios. A este propósito puede referirse lo que dice san Juan: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9). De aquí vino que en la ley las oraciones, para ser aceptas, se consagraban con derramamiento de sangre, a fin de que el pueblo advirtiera que no merecía un privilegio tan excelente como es invocar a Dios hasta que, purificado de sus suciedades, pusiera toda su confianza para orar solo en la misericordia divina.

Es verdad que a veces parece que los santos alegan su propia justicia para apoyarse en ella y obtener más fácilmente de Dios lo que le piden; como cuando David dice: «Guarda mi alma, porque soy piadoso» (Sal 86:2). Y Ezequías: «Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan» (2 R 20:3). Pero con tales expresiones no querían dar a entender otra cosa que declarar que, por su regeneración, eran siervos e hijos de Dios, a quienes él promete ser propicio. Por el profeta, como ya hemos visto, declara que tiene sus ojos sobre los justos y sus oídos atentos a su clamor (Sal 34:15). Y por el apóstol, que obtendremos todo lo que pidamos si guardamos sus mandamientos (1 Jn 3:22). Con estas palabras no quieren decir que las oraciones serán estimadas según el mérito de las obras, sino que de este modo quieren establecer y confirmar la confianza de quienes sienten su conciencia pura y limpia, sin ninguna hipocresía, como debe ser en general en todos los fieles. Porque lo que, según san Juan, dice el ciego al que le fue devuelta la vista está tomado de la misma verdad: que Dios no oye a los pecadores (Jn 9:31), si por pecadores entendemos, según el modo común de hablar de la Escritura, a los que se adormecen y descansan por completo en sus pecados sin ningún deseo de hacer el bien. Porque el corazón nunca producirá de sí la invocación sin aspirar y anhelar a la vez a la piedad y a servir a Dios. Estas declaraciones que hacen los santos, al recordar su santidad e inocencia, responden, pues, a tales promesas, para que sientan que se les concede lo que todos los siervos de Dios deben esperar. Además, se verá que casi siempre han usado este modo de orar cuando se comparaban ante el Señor con sus enemigos, pidiéndole que los librara de sus manos malvadas. Y no hay por qué extrañarse de que en esta comparación alegaran la justicia y sinceridad de su corazón, para mover más a Dios a socorrerlos, vista la equidad y justicia de su causa. Así que no quitamos al alma fiel este bien: gozar ante el Señor de la pureza y limpieza de su conciencia, para consolarse en las promesas con que el Señor consuela y sostiene a los que le sirven con recto corazón. Lo que queremos decir es que la confianza que tenemos de obtener algo de Dios debe apoyarse solo en la clemencia divina, sin tener en cuenta en absoluto nuestros méritos.

La cuarta regla será que, aun postrados y abatidos de este modo con verdadera humildad, tengamos buen ánimo para orar, esperando con certeza ser oídos. A primera vista parecen cosas muy contrarias unir al sentimiento de la justa ira que Dios tiene contra nosotros una cierta confianza en su favor; y, sin embargo, estas cosas concuerdan muy bien entre sí si, oprimidos por nuestros propios vicios, somos levantados solo por la bondad de Dios. Porque, como ya hemos enseñado, el arrepentimiento y la fe van unidos y atados con un nudo ciego que no se puede deshacer, y aun así el uno nos espanta y la otra nos alegra; del mismo modo es necesario que se acompañen y vayan unidos en nuestras oraciones. David declara en pocas palabras esta armonía y concordancia entre temor y confianza: «Mas yo por la abundancia de tu misericordia entraré en tu casa; adoraré hacia tu santo templo en tu temor» (Sal 5:7). Con la palabra «bondad de Dios» David se refiere a la fe, sin excluir entretanto el temor. Porque no solo su majestad nos induce y obliga a sujetarnos a él, sino que nuestra propia indignidad, haciéndonos olvidar toda presunción y seguridad, nos mantiene en el temor. Y hay que saber que por confianza no entiendo una seguridad que libre al alma de todo sentimiento de angustia y la mantenga en un reposo perfecto y completo; porque aquietarse así es propio de aquellos a quienes todo les sale como desean, a pedir de boca, como se dice, y no sienten ninguna preocupación, ni los fatiga ningún deseo, ni los atormenta ningún temor. Ciertamente, el mejor aguijón para mover a los santos a invocar a Dios es cuando, oprimidos por su necesidad, los atormenta una gran inquietud, y tanto que desfallecen en sí mismos hasta que la fe les asiste a su tiempo. Porque en medio de tales angustias la bondad de Dios se les presenta de tal manera que, aunque agobiados por el gran peso de los males que padecen en el presente, y aun temiendo y atormentándose por otros mayores, confiados en esa bondad de Dios superan la dificultad de su trabajo, se consuelan y esperan un buen desenlace. Conviene, pues, que la oración del hombre piadoso proceda de estos dos afectos, y que contenga y exprese uno y otro; quiero decir, que gima por los males que sufre en el presente y tema con gran inquietud otros nuevos, pero que al mismo tiempo se acoja a Dios, sin dudar en modo alguno de que Dios está dispuesto y preparado para ayudarlo. Porque ciertamente Dios se irrita sobremanera con nuestra desconfianza si le pedimos una merced que no pensamos obtener de él. Por tanto, no hay nada más conforme a la naturaleza de la oración que ponerle esta ley: que no traspase temerariamente sus límites, sino que siga a la fe como guía. A este principio nos encamina nuestro Redentor cuando dice: «Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá». Y lo mismo confirma en otro lugar: «Todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis» (Mt 21:22). Con esto concuerda lo que dice Santiago: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada» (Stg 1:5-6). En este lugar el apóstol, al oponer la fe a la duda, declara con toda propiedad la fuerza y naturaleza de la fe. Y no hay que notar menos lo que añade enseguida: que trabajan en vano y no consiguen nada todos los que invocan a Dios perplejos y dudosos, sin decidir en su corazón si serán oídos o no; y los compara con las olas del mar, movidas por el viento y llevadas de un lado a otro. Por eso en otro lugar llama oración de fe a la que es oración legítima y bien ordenada para ser oída por Dios. Además, puesto que Dios declara tantas y tantas veces que dará a cada uno conforme a su fe, nos da a entender que sin fe no podremos obtener nada. En conclusión, la fe es la que obtiene todo lo que se concede a nuestras oraciones. Esto es lo que quiere decir aquella admirable sentencia del apóstol san Pablo, que los hombres insensatos no consideran bien: «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? … Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Ro 10:14, 17). Porque, al derivar paso a paso de la fe el principio de la oración, muestra con bastante claridad que Dios no puede ser invocado sinceramente por nadie más que por aquellos a quienes su clemencia y bondad les ha sido dada a conocer por la predicación del evangelio, y aun más, declarada y ofrecida con familiaridad.

Nuestros adversarios no tienen en cuenta esta necesidad. Por eso, cuando enseñamos a los fieles a orar al Señor con una confianza segurísima, persuadidos de que él les es propicio y los ama, les parece que decimos la cosa más irracional y absurda del mundo. Pero si tuvieran alguna práctica de la verdadera oración, entenderían ciertamente que es imposible invocar a Dios como conviene sin esta convicción de que Dios nos ama. Y como nadie puede entender la virtud y fuerza de la fe sino quien ya la ha sentido por experiencia en su corazón, ¿de qué servirá disputar con esta clase de hombres, que muestran claramente que nunca han sentido en sí más que una vana imaginación? Cuánto vale y cuán necesaria es esta certeza de la que tratamos se podrá entender principalmente por la invocación; y quien no lo entienda muestra cuán embotada e insensible tiene la conciencia. Nosotros, pues, dejando aparte a esa gente ciega, afirmémonos en aquella sentencia de san Pablo: que es imposible que Dios sea invocado sino por aquellos que por medio del evangelio han experimentado su misericordia y están seguros de que la hallarán siempre que la busquen. Porque ¿qué clase de oración sería esta?: «Oh Señor, la verdad es que dudo si querrás oírme o no; pero como estoy muy afligido, acudo a ti para que me socorras, si soy digno». Ninguno de los santos cuyas oraciones nos presenta la Escritura oró de este modo, ni nos lo enseñó así el Espíritu Santo, que por medio del apóstol nos manda acercarnos confiadamente al trono celestial para alcanzar gracia (Heb 4:16), y en otro lugar dice que tenemos libertad y acceso con confianza por la fe en Cristo (Ef 3:12). Por tanto, si queremos orar con algún fruto, necesitamos aferrarnos firmemente con ambas manos a esta seguridad de que obtendremos lo que pedimos, que Dios nos manda tener por su propia boca y a la que todos los santos nos exhortan con su ejemplo. Así que no hay ninguna otra oración agradable y acepta a Dios sino la que procede de tal presunción de fe (si presunción se le ha de llamar) y se funda en una certeza segurísima de esperanza. El apóstol podría haberse contentado con la sola palabra «fe»; pero no solo añade «confianza», sino que la reviste y adorna con «libertad» o «atrevimiento», para distinguirnos con esta nota de los incrédulos, que oran junto con nosotros a ciegas y al azar. Por eso ora toda la Iglesia en el Salmo: «Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros, según esperamos en ti» (Sal 33:22). El profeta pone la misma condición en otro lugar: «El día en que yo clamare, esto sé, que Dios está por mí» (Sal 56:9). Y también: «De mañana me presentaré delante de ti, y esperaré» (Sal 5:3). Por estas palabras se ve claramente que nuestras oraciones son vanas y sin efecto si no van unidas a la esperanza, desde la cual, como desde una atalaya, esperamos al Señor con serenidad. Con esto concuerda el orden que sigue san Pablo en su exhortación. Porque antes de estimular y mover a los fieles a orar en el Espíritu en todo tiempo, con toda vigilancia y constancia, les manda que ante todo tomen el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios (Ef 6:16-18). Recuerden aquí, pues, los lectores lo que dije antes: que la fe no se menoscaba cuando va acompañada del sentimiento que el hombre tiene de su propia miseria, necesidad y vileza. Porque, por grande que sea la carga que agobia y aflige a los fieles, y aunque no solo se sientan vacíos de todos los bienes que podrían reconciliarlos con Dios, sino, por el contrario, cargados de muchos pecados por los que Dios se enoja con toda justicia contra ellos, no dejan de presentarse ante él, ni este sentimiento los espanta tanto que no se acojan a él, ya que esta, y no otra, es la entrada que tienen a Dios. Porque la oración no fue instituida para gloriarnos con arrogancia ante Dios ni para dar gran valor a nada nuestro, sino para que, confesando nuestros pecados, lloremos nuestras miserias delante de Dios, como los hijos suelen presentar con familiaridad sus quejas a sus padres para que ellos las remedien. Más aún, el gran cúmulo de nuestros pecados debe estar lleno de aguijones que nos punzen y nos muevan a orar, como nos lo enseña el profeta con su propio ejemplo cuando dice: «Sana mi alma, porque contra ti he pecado» (Sal 41:4). Reconozco que las punzadas de estos aguijones serían mortales si Dios no nos socorriera. Pero nuestro buen Padre, como es infinitamente misericordioso, aplica el remedio a su tiempo, con el cual, calmando toda nuestra turbación, apaciguando nuestras congojas y quitándonos el temor, nos invita a sí con suma bondad. Y más aún: no solo ha quitado todos los tropiezos e impedimentos, sino incluso todas las piedrecillas, para hacernos así el camino más fácil y transitable.

En primer lugar, al mandarnos orar, con ese mismo mandamiento nos acusa de impía rebeldía si no le obedecemos. No podría darse un mandamiento más preciso ni expreso que el del Salmo: «Invócame en el día de la angustia» (Sal 50:15). Pero como en todo lo que concierne a la religión y al culto divino no hay nada que la Escritura nos mande con más frecuencia, no hace falta detenerme mucho en probarlo. «Pedid, y se os dará», dice nuestro Maestro; «llamad, y se os abrirá» (Mt 7:7). Aquí, además del precepto, se añade la promesa, como es necesario. Porque, aunque todos reconocen que debemos obedecer el mandamiento de Dios, la mayoría le volvería la espalda cuando Dios los llamara si él no prometiera ser propicio, e incluso salir a su encuentro. Supuestas, pues, estas dos cosas, es certísimo que todos los que andan con evasivas o con rodeos para no acudir directamente a Dios son rebeldes y obstinados, y además quedan convictos de incredulidad, pues no confían en las promesas de Dios. Esto se debe notar tanto más cuanto que los hipócritas, so color de humildad y modestia, desprecian con gran desvergüenza el mandamiento de Dios y no dan crédito a su palabra cuando él los llama a sí con tanta bondad; más aún, le defraudan la parte principal de su culto. Porque, después de rechazar los sacrificios, en los que entonces parecía consistir toda la santidad, declara que lo supremo y lo más precioso a sus ojos es ser invocado en el día de la necesidad. Por tanto, cuando él pide lo que es suyo y nos anima a obedecerle con alegría, no hay excusas ni pretextos, por bonitos y hermosos que parezcan, que nos disculpen. Así que todos los testimonios que a cada paso nos ofrece la Escritura, en que se nos manda invocar a Dios, son otras tantas banderas puestas ante nuestros ojos para infundirnos confianza. Sería ciertamente una gran temeridad entrar de rondón ante la majestad divina si él no se nos adelantara llamándonos. Por eso él mismo nos abre el camino con su propia voz: «Yo diré: Pueblo mío; y él dirá: Jehová es mi Dios», dice por su profeta (Zac 13:9). Vemos, pues, cómo se adelanta a sus fieles y cómo quiere que lo sigan, y que por eso no debemos temer que esta melodía que él mismo dicta no le sea dulcísima. Recordemos sobre todo aquel insigne título y alabanza que con gran facilidad nos hará vencer y superar todos los impedimentos: «Tú oyes la oración; a ti vendrá toda carne» (Sal 65:2). ¿Qué puede haber más dulce y amable que Dios se revista de este título para asegurarnos de que nada le es más propio ni más conforme a su naturaleza que conceder las peticiones de quienes le suplican? De aquí concluye el profeta que la puerta está abierta no a pocos, sino a todos los hombres, pues a todos llama con su voz: «Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás» (Sal 50:15). Conforme a esta regla, David, para obtener lo que pide, alega ante Dios la promesa que le había hecho: «Tú, Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, revelaste al oído de tu siervo…; por esto tu siervo ha hallado en su corazón valor para hacer delante de ti esta súplica» (2 S 7:27). De donde deducimos que habría estado perplejo si la promesa no lo hubiera asegurado. Así también en otro lugar se fortalece con una enseñanza general, diciendo: «Cumplirá el deseo de los que le temen» (Sal 145:19). Y aun en los Salmos podemos notar que el hilo de la oración se interrumpe para hacer una digresión, unas veces sobre el poder de Dios, otras sobre su bondad, otras sobre la certeza de sus promesas. Podría parecer que David, al intercalar estas sentencias fuera de tiempo, dejaba sus oraciones truncas e imperfectas; pero los fieles saben por la práctica y la experiencia que su ánimo para orar se enfría muy pronto si no atizan el fuego procurando fortalecerse. Por eso no es superfluo meditar, mientras oramos, tanto en la naturaleza de Dios como en su palabra. Así que no desdeñemos intercalar, a ejemplo de David, todo lo que pueda fortalecer y calentar nuestros ánimos débiles y enfriados.

Y es ciertamente asombroso que una dulzura tan grande de promesas nos mueva tan fríamente, o casi nada, de modo que la mayoría de nosotros, dando rodeos de acá para allá, prefiera abandonar la fuente de agua viva y cavarse cisternas secas antes que abrazar la generosidad que Dios le presenta y ofrece tan generosamente. «Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado», dice Salomón (Pr 18:10). Y Joel, después de profetizar la horrible desolación que había de ocurrir muy pronto, añade aquella memorable sentencia: «Todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo» (Jl 2:32), que, como sabemos, pertenece propiamente al curso del evangelio. Apenas uno de cada cien se mueve a salir al encuentro de Dios. Él mismo clama por Isaías: «Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído» (Is 65:24). En otro lugar honra con este mismo título a toda su Iglesia en general, como en verdad pertenece a todos los miembros de Cristo: «Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré» (Sal 91:15). Tampoco es mi intención, como ya he dicho, citar todos los lugares que tratan de este asunto, sino escoger algunos de los más pertinentes, para que gustemos con cuánta bondad nos invita Dios a sí y cuán estrechamente queda encerrada nuestra ingratitud, sin poder escabullirse, ya que nuestra pereza es tan grande que, aun aguijoneada por tales aguijones, se detiene. Resuenen, pues, siempre en nuestros oídos estas palabras: «Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras» (Sal 145:18). Y también las que citamos de Isaías y de Joel, en las que Dios afirma que está atento a oír las oraciones y que se deleita en ellas como en un sacrificio de olor suavísimo cuando descargamos en él nuestros cuidados y congojas. Este fruto singular recibimos de las promesas de Dios: que no hacemos nuestras oraciones con duda ni tibieza, sino que, confiados en su palabra, nos atrevemos a llamar Padre a aquel cuya majestad de otro modo nos espantaría, pues él tiene a bien mandarnos que lo llamemos con este dulcísimo nombre. Solo queda que, invitados por tales exhortaciones, nos convenzamos de que tenemos en ello motivo sobrado para ser oídos, ya que nuestras oraciones no se fundan ni se apoyan en ningún mérito nuestro, sino que toda su dignidad y toda la esperanza de obtener lo que pedimos se fundan en las promesas de Dios y dependen de ellas, de modo que no necesitan otro sostén ni otro pilar, ni necesitan mirar a un lado ni a otro. Tengamos, pues, por cierto que, aunque no sobresalgamos en una santidad como la que se alaba en los santos padres, profetas y apóstoles, sin embargo, como el mandamiento de orar nos es común con ellos, y la fe también nos es común, si nos fundamos en la palabra de Dios somos sus compañeros en el disfrute de este privilegio. Porque Dios, como ya hemos dicho, al declarar que será propicio y benigno con todos, da una esperanza segurísima aun a los más miserables del mundo de que obtendrán lo que pidan. Por eso hay que notar estas sentencias generales, de las que nadie queda excluido, desde el más bajo hasta el más alto. Solo tengamos sinceridad de corazón, descontento de nosotros mismos, humildad y fe, para que nuestra hipocresía no profane el nombre de Dios con una falsa invocación; nuestro buen Padre no rechazará a aquellos a quienes no solo exhorta e invita a venir a él, sino a quienes además solicita por todos los medios posibles. De ahí aquella forma de orar de David que cité hace poco: «Tú, Jehová, has revelado al oído de tu siervo…; por esto tu siervo ha hallado en su corazón valor para hacer delante de ti esta súplica. Ahora pues, Jehová Dios, tú eres Dios, y tus palabras son verdad, y tú has prometido este bien a tu siervo. Ten ahora a bien bendecir la casa de tu siervo» (2 S 7:27-29). Con esto concuerda también lo que dice en otro lugar: «Haz, Señor, con tu siervo conforme a tu palabra» (Sal 119:27). Y todo el pueblo de Israel en general, cada vez que se fortalece con el recuerdo del pacto que Dios había hecho con ellos, declara con bastante claridad que no se debe orar con timidez cuando Dios nos manda orar. En esto los israelitas imitaron el ejemplo de los padres, y sobre todo el de Jacob, que, después de confesar que era menor que todas las misericordias que había recibido de la mano de Dios, dice sin embargo que se anima a pedir cosas aún mayores, porque Dios le había prometido escucharlo (Gn 32:10). Por excelentes que parezcan, pues, los pretextos que alegan los incrédulos cuando no se acogen a Dios cada vez que la necesidad los apremia, cuando no buscan a Dios ni piden su ayuda, lo defraudan de la honra que se le debe igual que si se fabricaran nuevos dioses e ídolos, porque de este modo niegan que Dios haya sido para ellos el autor de todos los bienes. Por el contrario, no hay nada más eficaz para librar a los piadosos de todo escrúpulo que armarse con esta convicción: que al orar obedecen el precepto de Dios, que declara que nada le agrada tanto como la obediencia; y que, por tanto, nada debe detenerlos. De aquí se ve también con más claridad lo que dije antes: que el ánimo confiado para orar que la fe produce en nosotros concuerda muy bien con el temor, la reverencia y la solicitud que en nosotros engendra la majestad de Dios; y que no debe parecer extraño que Dios levante a los que están caídos. Así concuerdan muy bien las expresiones que usa la Escritura, que a primera vista parecían contradecirse. Jeremías y Daniel dicen que postran sus oraciones delante de Dios (Jer 42:9; Dn 9:18), y en otro lugar el mismo Jeremías dice: «Caiga ahora nuestro ruego delante de ti», para que tenga misericordia del resto de su pueblo (Jer 42:2). Por el contrario, muchas veces se dice que los fieles elevan su oración. Así habla Ezequías cuando ruega al profeta Isaías que interceda por Jerusalén (2 R 19:4). David desea que su oración suba como el perfume del incienso (Sal 141:2). La razón de esta diversidad es que los fieles, aunque, persuadidos del amor paternal de Dios, se ponen alegremente en sus manos y no dudan en pedir el socorro que él mismo les promete por su propia voluntad, no se ensoberbecen por eso con una seguridad excesiva, como si hubieran perdido la vergüenza; sino que suben de grado en grado, de escalón en escalón, por las promesas, de tal manera que siempre permanecen abatidos y humillados.

De aquí surgen muchísimas cuestiones. Porque la Escritura cuenta que Dios cumplió algunas veces los deseos de algunos que, sin embargo, no procedían de un ánimo sereno ni tranquilo. Es verdad que Jotam, con justísima causa, maldijo a los habitantes de Siquem y les deseó la destrucción, como sucedió (Jue 9:20); pero, como se movía por la cólera y el deseo de venganza, parece que Dios, al concederle lo que pide, aprueba las pasiones desordenadas e impetuosas. Semejante a este era aquel ardor que arrebató a Sansón cuando dijo: «Fortaléceme, te ruego, solamente esta vez, oh Dios, para que de una vez tome venganza» de los incircuncisos (Jue 16:28). Porque, aunque hubo en ello algo de buen celo, reinó en él un deseo de venganza excesivo y, por tanto, malo; y Dios se lo concede. De esto se podría concluir que, aunque las oraciones no estén formadas conforme a la regla de la palabra de Dios, logran sin embargo su efecto. Respondo que la ley que Dios ha establecido en general no debe menoscabarse por algunos ejemplos particulares. Respondo también que Dios ha inspirado a veces a algunos en particular impulsos especiales, y de ahí procede esta diversidad, porque de este modo Dios los ha eximido del orden y curso comunes. Debemos notar aquella respuesta que Cristo dio a sus discípulos cuando quisieron imitar irreflexivamente el ejemplo de Elías: que no sabían de qué espíritu eran (Lc 9:55). Y es necesario ir todavía más lejos: no todos los deseos que Dios cumple le agradan; pero, en cuanto sirve de ejemplo e instrucción, se ve claramente por testimonios evidentísimos que es verdad lo que enseña la Escritura: que Dios socorre a los afligidos y oye los gemidos de los que, oprimidos injustamente, piden su favor; y que por eso ejecuta sus juicios cuando los pobres afligidos le dirigen sus quejas, aunque sean indignos de obtener cosa alguna. ¿Cuántas y cuántas veces, castigando la crueldad de los impíos, sus rapiñas, violencias, excesos y otras abominaciones semejantes, refrenando su atrevimiento y su furor y echando por tierra el poder tiránico, ha mostrado que defendía a los que eran indignamente oprimidos, aunque no fueran más que pobres ciegos que al orar no hacían sino golpear el aire? Aunque no hubiera otra cosa, bastaría un solo salmo para ver con toda claridad que aun las oraciones que no penetran los cielos por la fe no dejan de tener efecto. Porque este salmo recoge las oraciones que la necesidad obliga a hacer, por un sentimiento natural, tanto a los incrédulos como a los fieles, a quienes, sin embargo, Dios muestra por el resultado que les es propicio (Sal 107). ¿Da a entender acaso Dios, con esta facilidad de la que usa, que tales oraciones le son gratas? Más bien lo hace para engrandecer e ilustrar su misericordia con esta circunstancia: que ni siquiera las oraciones de los incrédulos son rechazadas; y además, para estimular más a los suyos a orar, al ver que aun los gemidos de los impíos logran a veces su efecto. Pero no hay por qué los fieles se aparten de la ley que Dios les ha dado, ni por qué envidien a los impíos como si hubieran ganado mucho cuando han obtenido lo que querían. Así dijimos que Dios se conmovió por el falso arrepentimiento de Acab (1 R 21:29), para declarar con este testimonio cuán propicio es para con los suyos cuando se vuelven a él con verdadero arrepentimiento para aplacarlo. Por eso, por medio del profeta David, se enoja con los judíos porque, habiéndolo experimentado tan dispuesto y propicio a oír sus peticiones, poco después habían vuelto a su natural, a su malicia y rebeldía (Sal 106). Esto se ve también claramente en la historia de los Jueces: todas las veces que los israelitas lloraron, aunque en sus lágrimas no había más que hipocresía y engaño, Dios los libró de las manos de sus enemigos. Así pues, como Dios hace salir indistintamente su sol sobre buenos y malos, del mismo modo no desprecia los gemidos de aquellos cuya causa es justa y cuyas miserias merecen socorro, aunque su corazón no sea recto. Pero entretanto no los oye para salvarlos más de lo que salva a los que desprecian su bondad cuando los sustenta. Mucho más difícil parece la cuestión de Abraham y de Samuel, de los cuales el uno oró por los de Sodoma sin tener ningún mandamiento de Dios (Gn 18:23), y el otro por Saúl, aunque Dios se lo había prohibido expresamente (1 S 15:11). Lo mismo se ve en Jeremías, que con su oración pretendía que Jerusalén no fuera destruida (Jer 32:16). Porque, aunque no fueron oídos, parece muy duro decir que estas oraciones suyas se hicieran sin fe. Pero espero que esta solución satisfará a los lectores moderados: que se fundaron en un principio general, que Dios nos manda tener compasión aun de los que no lo merecen, y que por eso no carecieron del todo de fe, aunque en el caso particular se equivocaran. San Agustín habla muy sabiamente sobre este asunto: «¿Cómo —dice— oran los santos con fe cuando piden a Dios algo contrario a lo que él ha decretado? Porque ciertamente oran conforme a la voluntad de Dios; no conforme a su voluntad oculta e inmutable, sino conforme a la que él les inspira, para oírlos de otro modo, como él sabe muy bien distinguir» (Agustín, La ciudad de Dios, libro XXII, cap. 2). Es ciertamente una sentencia admirable; porque Dios, según su incomprensible consejo, gobierna todo lo que sucede en este mundo de tal manera que las oraciones de los santos, aunque haya en ellas alguna inadvertencia y error mezclados con la fe, no son vanas ni sin fruto. Sin embargo, esto no debe tomarse como ejemplo para imitarlo, como tampoco excusa a los santos, pues en ello se excedieron. Por tanto, cuando no tengamos una promesa cierta que nos asegure, debemos orar a Dios condicionalmente. Esto nos enseña David cuando dice: «Despierta en favor mío el juicio que mandaste» (Sal 7:6); porque muestra que estaba respaldado por una promesa especial para pedir aquel beneficio temporal.

Conviene también notar que lo que he dicho sobre las cuatro reglas para orar bien no debe entenderse con tanto rigor como si Dios rechazara las oraciones en las que no halle una fe perfecta, o un arrepentimiento unido a un celo ardiente y a una moderación tal que no haya nada que reprochar. Hemos dicho que, aunque la oración es una conversación familiar entre los piadosos y Dios, deben guardarle respeto y reverencia, no soltar las riendas ni pedir todo lo que se les antoje, y no desear sino lo que él les permita; asimismo, que, para que la majestad divina no caiga en desprecio, debemos elevar nuestro espíritu, a fin de honrarlo pura y castamente, dejando a un lado los cuidados terrenos. Nadie de cuantos han vivido en este mundo lo ha hecho con la integridad y perfección que se requieren. Porque, dejando aparte al vulgo, ¿cuántas y cuántas quejas de David tienen cierto sabor de exceso? No es que quiera deliberadamente enfrentarse a Dios o murmurar de sus juicios, sino que, desfalleciendo en su debilidad, no halló mejor remedio ni alivio que desahogar así sus dolores. Más aún, Dios soporta nuestro balbuceo y perdona nuestra ignorancia y nuestras necedades cuando se nos escapa algo sin pensar; de hecho, no tendríamos ninguna libertad para orar si Dios no condescendiera con nosotros. Por lo demás, aunque David estaba muy resuelto a sujetarse del todo a la voluntad del Señor, y oraba con no menos paciencia que el deseo que tenía de obtener lo que pedía, aun así manifestaba, y a veces desbordaba, ciertos afectos turbulentos que se alejaban bastante de aquella primera regla que establecimos. Se puede ver sobre todo al final del Salmo 39 la gran vehemencia del dolor que arrebató a este santo profeta, hasta el punto de no poder guardar consideración ni mesura: «Déjame —dice a Dios—, y tomaré fuerzas, antes que vaya y perezca» (Sal 39:13). Se diría que era un hombre desesperado que no deseaba otra cosa que consumirse en su mal con tal de no sentir la mano de Dios. No es que se lance a tal furia con un corazón endurecido y obstinado, ni que quiera, como suelen los réprobos, que Dios se aparte de él y lo abandone; solo se quejaba de que la ira de Dios le resultaba insoportable. Asimismo, en tentaciones semejantes se les escapan muchísimas veces a los fieles ciertos deseos no muy ajustados a la regla de la palabra de Dios, en los que los santos no consideran bien qué es lo bueno y lo que les conviene. Ciertamente, todas las oraciones manchadas con tales vicios merecen ser rechazadas; pero Dios perdona esas faltas si los santos gimen por su miseria, se corrigen y vuelven en sí. Del mismo modo pecan contra la segunda regla, porque muchas veces tienen que luchar con su propia frialdad, y su necesidad y miseria no los estimulan a orar de veras como deberían. También les sucede muchas veces que su espíritu anda divagando y casi se desvanece; es necesario, pues, que Dios les perdone también esto, para que sus oraciones débiles, imperfectas, interrumpidas y vagas no dejen de ser admitidas. Dios ha grabado por naturaleza en el corazón de los hombres este principio: que las oraciones no son legítimas ni como deberían ser si nuestro espíritu no está elevado a lo alto. De ahí vino, como ya hemos dicho, la ceremonia de alzar las manos, que se ha usado en todos los tiempos y en todas las naciones, y que aún hoy perdura. Pero ¿quién hay que, al alzar las manos, no se sienta culpable de su torpeza al ver que su corazón sigue arraigado en la tierra? En cuanto a pedir perdón de los pecados, aunque ningún fiel olvida este punto al orar, los que están de veras ejercitados en la oración sienten que apenas ofrecen la décima parte del sacrificio del que habla David: «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios» (Sal 51:17). Así que debemos pedir continuamente un doble perdón. Primero, como sienten que su conciencia los acusa de muchísimos pecados, que no sienten tan vivamente como deberían para dolerse de ellos, suplican a Dios que no les tome en cuenta en su juicio esta torpeza. Y además, en la medida en que han avanzado en el arrepentimiento y el temor de Dios, postrándose con justísimo dolor por los pecados que han cometido, piden ser recibidos en su gracia. Pero sobre todo, la debilidad de la fe y la imperfección de los fieles menoscabarían las oraciones si la gran bondad de Dios no los asistiera. Y no hay por qué extrañarse de que Dios perdone esta falta, ya que a veces los prueba tan duramente y les da de improviso tales sobresaltos que parece que quisiera apagarles la fe deliberadamente. Durísima es esta tentación, cuando los fieles se ven obligados a clamar: «¿Hasta cuándo mostrarás tu indignación contra la oración de tu pueblo?» (Sal 80:4), como si las mismas oraciones lo irritaran más. Así, cuando Jeremías dice: «Aun cuando clamé y di voces, cerró los oídos a mi oración» (Lm 3:8), no hay duda de que el profeta estaba sacudido por una gran turbación. Infinitos son los ejemplos semejantes que se encuentran en la Escritura, por los que se ve claramente que la fe de los santos estuvo muchísimas veces mezclada con dudas y acosada de tal manera que, aun creyendo y esperando, descubrieron en sí algunos indicios de incredulidad. Pero como los santos no llegan a la perfección que sería de desear, tanto más deben esforzarse por corregir sus faltas para acercarse más a la regla de la oración perfecta; y entretanto, entender en qué inmenso mar de miserias están sumergidos, pues aun buscando el remedio no hacen sino caer en nuevas enfermedades, ya que no hay ninguna oración que Dios no rechazara con toda justicia si no cerrara los ojos y disimulara tantas manchas como la ensucian. No digo esto para que los fieles se tomen cierta seguridad y dejen pasar por alto aun la menor falta, sino para que, castigándose a sí mismos con toda severidad, se animen a superar todos estos impedimentos y estorbos. Y aunque Satanás se esfuerce por cerrarles todos los caminos para impedirles orar, sigan ellos adelante, persuadidos de veras de que, aunque no les falten estorbos en el camino, su afecto y su deseo no dejan de agradar a Dios, ni sus oraciones dejan de serle aceptas, con tal que se esfuercen y animen por alcanzar la meta a la que no pueden llegar enseguida.

Pero como no hay ningún hombre digno de presentarse ante Dios y comparecer en su presencia, el mismo Padre celestial, para quitarnos esta vergüenza y este temor que podrían abatir nuestro ánimo, nos dio a su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, para que sea nuestro abogado y mediador ante su majestad (1 Ti 2:5; 1 Jn 2:1). Guiados por él, podemos acercarnos a Dios con seguridad, confiados en que, teniendo tal intercesor, nada que pidamos en su nombre nos será negado, como nada puede negarle el Padre. A esto debe referirse todo lo que hasta aquí hemos enseñado de la fe: porque, así como la promesa nos muestra a Cristo como nuestro mediador, si la esperanza de obtener lo que pedimos no se funda en él, se priva del beneficio de la oración. Porque, en cuanto se nos presenta a la memoria la terrible majestad de Dios, es imposible que no quedemos aterrados y que el conocimiento de nuestra propia indignidad no nos arroje muy lejos, hasta que Jesucristo se interpone en medio del camino y convierte el trono de gloria espantosa en trono de gracia; como el apóstol nos exhorta a que nos atrevamos a comparecer confiadamente «para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb 4:16). Y así como se nos manda invocar a Dios, y se ha dado a todos los que lo invoquen la promesa de que serán oídos, también se nos ha mandado en particular invocarlo en el nombre de Cristo, y tenemos la promesa de que obtendremos todo lo que pidamos en su nombre. «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis», dice Cristo. «En aquel día pediréis en mi nombre», y «todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (Jn 14:13; 16:24). De aquí se concluye sin ninguna duda que todos los que invocan a Dios en otro nombre que el de Jesucristo quebrantan obstinadamente el mandamiento de Dios, no hacen caso de su voluntad y no tienen ninguna promesa de obtener lo que pidan. Porque, como dice san Pablo, todas las promesas de Dios son en Cristo «sí» y «amén» (2 Co 1:20); es decir, que en Cristo son firmes, ciertas y cumplidas.

Conviene también notar con atención la circunstancia del tiempo: Jesucristo manda a sus discípulos que se acojan a él como a su intercesor después de que haya subido al cielo. «En aquel día —dice— pediréis en mi nombre» (Jn 16:26). Es verdad que desde el principio nadie ha sido oído sino por la gracia del Mediador. Por esta razón Dios había instituido en la ley que solo el sacerdote, al entrar en el santuario, llevara sobre sus hombros los nombres de las doce tribus de Israel, y otras tantas piedras preciosas sobre el pecho (Éx 28:9, 12, 21), y que el pueblo se quedara lejos, en el atrio, y desde allí orara junto con el sacerdote. Más aún, los sacrificios servían para confirmar y ratificar las oraciones. Así pues, aquella ceremonia y sombra nos enseñó que todos estábamos alejados de Dios, y que por tanto necesitábamos un Mediador que se presentara en nuestro nombre, que nos llevara sobre sus hombros y nos tuviera unidos a su pecho, para que fuéramos oídos en su persona. Y también, que nuestras oraciones, a las que, como ya hemos dicho, nunca les faltan imperfecciones, quedan limpias por la aspersión de la sangre. Y vemos que los santos, cuando deseaban obtener algo, ponían su esperanza en los sacrificios, porque sabían que eran una confirmación de todas las peticiones. «Haga memoria de todas tus ofrendas, y acepte tu holocausto», dice David (Sal 20:3). De aquí se concluye que Dios fue aplacado desde el principio por la intercesión de Jesucristo para oír las oraciones de los suyos. ¿Por qué, entonces, señala Cristo una hora nueva en la que sus discípulos comiencen a orar en su nombre, sino porque esta gracia, siendo hoy mucho más ilustre y manifiesta, es tanto más digna de ser ensalzada? Y esto es lo que poco antes había dicho a este mismo propósito: «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid». No porque nunca hubieran oído hablar del oficio de Mediador, ya que todos los judíos tenían este principio, sino porque todavía no habían entendido de veras que Jesucristo, después de subir al cielo, sería abogado de su Iglesia de un modo mucho más particular que antes. Por eso, para mitigar con un fruto no pequeño el dolor de su ausencia, se atribuye a sí mismo el oficio de abogado y les advierte que hasta entonces habían estado privados de un beneficio singular, del que disfrutarían cuando, confiados en su intercesión, invocaran a Dios con más libertad; como dice el apóstol, que por su sangre se nos ha abierto un camino nuevo (Heb 10:20). Por eso nuestra maldad es tanto menos excusable si no nos aferramos con ambas manos a este beneficio tan inestimable, dispuesto propiamente para nosotros.

Y puesto que él es el único camino y la única entrada para llegar a Dios, todos los que se apartan de este camino y no entran por esta puerta no tienen camino ni acceso a Dios, porque no hay otro; y ante su trono no podrán encontrar más que ira, juicio y terror. En fin, puesto que el Padre lo ha designado y establecido como nuestra cabeza y guía, todos los que se apartan o se desvían de él, por poco que sea, pretenden, en cuanto de ellos depende, borrar y falsificar el sello de Dios. Así, Jesucristo ha sido constituido único Mediador, por cuya intercesión el Padre se nos hace propicio y favorable. No por eso se quitan a los santos sus intercesiones, con las que se encomiendan a Dios unos a otros la salvación, como menciona el apóstol (1 Ti 2:1); pero tales que dependan siempre de esta única intercesión de Jesucristo, lejos de menoscabarla o de quitarle lo más mínimo. Porque, así como proceden de un afecto de caridad con el que nos unimos y nos asimos unos a otros como miembros de un cuerpo, también se remiten a la unión con nuestra cabeza. Y puesto que también se hacen en el nombre de Cristo, ¿qué otra cosa declaran sino que nadie puede ser ayudado por ninguna oración si Cristo no es el Mediador e intercesor? Así pues, como Cristo no impide con su intercesión que unos se ayuden a otros con sus oraciones, téngase también por cierto que todas las intercesiones de la Iglesia deben encaminarse a aquella única intercesión. Más aún, debemos guardarnos mucho en este punto de caer en ingratitud, ya que Dios, soportando nuestra indignidad, no solo permite a cada uno orar por sí mismo, sino que admite también que oremos unos por otros. Porque ¿qué soberbia tan grande sería que, haciéndonos Dios una merced tan señalada como constituirnos procuradores de su Iglesia, siendo como somos tales que merecemos ser rechazados cuando oramos por nosotros mismos, abusáramos entretanto de semejante merced oscureciendo la honra de Jesucristo?

No es, pues, más que ficción y mentira lo que parlotean los sofistas: que Cristo es mediador de la redención y los fieles lo son de la intercesión. Como si Cristo, después de ejercer el oficio de Mediador durante cierto tiempo, hubiera dejado de serlo y hubiera entregado ese cargo a los suyos para el futuro y para siempre. Ciertamente lo tratan muy bien, menoscabando tanto su honra. Pero la Escritura habla de muy distinta manera, y los piadosos deben contentarse con su sencillez, sin hacer caso de estos embaucadores. Porque san Juan dice: «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Jn 2:1). No quiere decir san Juan que Jesucristo fue nuestro abogado en el pasado, sino que es intercesor perpetuo. ¿Y qué diremos de lo que dice san Pablo cuando afirma que Cristo, sentado a la diestra de su Padre, intercede todavía por nosotros (Ro 8:34)? Y cuando en otro lugar lo llama único mediador entre Dios y los hombres, ¿no lo llama así precisamente pensando en las oraciones que acababa de mencionar? Porque, después de decir primero que se debe orar a Dios por todos los hombres, añade enseguida, para confirmarlo, que hay un solo Dios y un solo Mediador que da a todos los hombres acceso a él. Y ciertamente san Agustín no lo explica de otro modo cuando dice: «Los cristianos se encomiendan a Dios en sus oraciones orando unos por otros; pero aquel por quien nadie intercede, sino que él intercede por todos, ese es el único y verdadero Mediador» (Agustín, Contra la carta de Parmeniano, libro II, cap. 8). «El apóstol san Pablo, aunque era uno de los miembros principales, como era miembro del cuerpo de Cristo, y sabía que el Señor Jesús, sumo y verdadero Pontífice, había entrado por toda la Iglesia, no en figura tras el velo, en el Lugar Santísimo, sino en realidad y verdad en lo más íntimo del cielo, en una santidad no imaginaria sino eterna, también él se encomienda a las oraciones de los fieles (Ro 15:30; Ef 6:19; Col 4:3), y no se hace a sí mismo mediador entre Dios y los hombres, sino que pide que todos los miembros del cuerpo de Cristo oren por él, como él ora también por ellos. Porque los miembros se preocupan unos por otros, y si un miembro padece, los demás se compadecen con él (1 Co 12:25-26). Así, las oraciones que hacen unos por otros todos los miembros que aún militan en la tierra deben subir a su cabeza, que los precedió al cielo, y en la cual tenemos el perdón de nuestros pecados. Porque, si san Pablo fuera mediador, sin duda también lo serían los demás apóstoles; y si hubiera muchos mediadores, no se sostendría lo que el mismo apóstol había dicho: "Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre" (1 Ti 2:5), en quien también nosotros somos uno, si guardamos la unidad de la fe en el vínculo de la paz». Todo esto es de san Agustín, en el libro II contra Parmeniano. Siguiendo esta misma doctrina, dice él mismo sobre el Salmo 94: «Si buscas a tu sacerdote, está sobre los cielos; allí ora por ti el que murió por ti en la tierra» (Agustín, Comentario al Salmo 94). Es verdad que no nos imaginamos que esté arrodillado ante su Padre orando por nosotros, sino que entendemos, como lo entiende el apóstol, que se presenta ante Dios de tal manera que la virtud y eficacia de su muerte valen para interceder perpetuamente por nosotros; y que, habiendo entrado en el santuario del cielo, solo él presenta a Dios las oraciones del pueblo, que está en el atrio, apartado del Lugar Santísimo.

En cuanto a los santos que han pasado de este mundo y viven con Cristo, si les atribuimos alguna oración, no imaginemos que tienen otro camino para orar que Cristo, que es el único camino, ni que sus oraciones son aceptas a Dios en nombre de nadie más que de Cristo. Así pues, ya que la Escritura, apartándonos de todos los demás, nos llama a acudir solo a Cristo, puesto que el Padre celestial quiere reunir todas las cosas en él, sería una gran necedad, por no decir locura, pretender tener acceso y entrada por medio de ellos de tal manera que nos apartáramos de aquel sin quien ni siquiera ellos tienen acceso alguno. ¿Y quién negará que esto se practica desde hace muchos años, y que aún hoy se practica dondequiera que reina el papismo? Alegan y presentan ante Dios los méritos de los santos para hacérselo propicio, e invocan a Dios en nombre de ellos, y lo más común es que no mencionen a Cristo. ¿No es esto, os pregunto, transferirles aquel oficio de la intercesión única que ya hemos probado que corresponde solo a Cristo? Además, ¿quién, sea ángel o demonio, les ha revelado jamás a ninguno de ellos ni una sílaba de esta intercesión de los santos que se imaginan? Porque en la Escritura no se menciona en absoluto. ¿Qué razón tuvieron, pues, para inventarla? Ciertamente, cuando el ingenio humano se busca tales socorros no conformes a la palabra de Dios, descubre bien a las claras su desconfianza. Y si se llamara como testigo a la conciencia de los que se complacen en la intercesión de los santos, encontraremos que esto no les viene de otra parte sino de que están perplejos, como si Cristo les fallara en esto o fuera demasiado severo. Con esta perplejidad deshonran a Cristo y lo despojan del título de único Mediador, honra que, así como su Padre se la ha dado como una prerrogativa singular, no debe atribuirse a nadie más que a él. Y al hacerlo así oscurecen la gloria de su nacimiento y menoscaban su cruz; en fin, lo despojan y defraudan de la alabanza de todo lo que ha hecho y padecido. Porque todo ello va dirigido a este fin: que solo él sea Mediador y sea reconocido como tal. Al mismo tiempo, no tienen en cuenta la buena voluntad que Dios les tiene al mostrarse como su Padre. Porque Dios no es su Padre si ellos no reconocen a Cristo como hermano. Y lo niegan claramente si no creen que Cristo los ama con amor fraterno, que es el amor más tierno que pueda haber en el mundo. Por eso la Escritura nos lo presenta a él singularmente, a él nos envía y en él se detiene, sin pasar más allá. «Él —dice san Ambrosio— es nuestra boca, con la que hablamos al Padre; nuestro ojo, con el que vemos al Padre; nuestra mano derecha, con la que nos ofrecemos al Padre. Si él no intercediera, ni nosotros ni ninguno de todos los santos tendría acceso a Dios» (Ambrosio, Sobre Isaac y el alma). Si se defienden diciendo que todas las oraciones que hacen en sus iglesias concluyen pidiendo que sean aceptas a Dios por Jesucristo nuestro Señor, ciertamente es un refugio muy frívolo. Porque la intercesión de Cristo no se profana menos cuando la mezclan con las oraciones y méritos de los muertos que si la dejaran del todo y no mencionaran más que a los muertos. Además, en todas sus letanías, himnos y secuencias, en que engrandecen a los santos cuanto pueden, no hacen ninguna mención de Jesucristo.

El desvarío ha llegado a tal punto que en esto podemos contemplar al vivo la propiedad y naturaleza de la superstición, que, una vez desbocada, nunca deja de andar, como se dice, como moro sin señor. Porque, después de fijar la vista en la intercesión de los santos, poco a poco han dado a cada santo su cargo y oficio particular, de modo que, según la clase de asunto, ponen como intercesor a este o a aquel. Además, cada uno en particular se ha escogido su propio santo, poniéndose bajo su protección y amparo, como si los santos fueran dioses tutelares. Y no solo se han levantado tantos dioses como ciudades y villas tienen, cosa que el profeta reprochaba a los israelitas, sino tantos como personas hay, porque cada uno tiene el suyo (Jer 2:28; 11:13). Y si es verdad que los santos ponen la sola voluntad de Dios como regla y medida de todos sus deseos, y que en ella tienen puestos los ojos y en ella descansan, quien les atribuye otra oración que aquella con que desean que venga el reino de Dios los considera de un modo muy necio, carnal y aun afrentoso. De aquí se ve cuán gran desatino es lo que les atribuyen: creen que cada santo se inclina y se aficiona más a quien más lo honra. Finalmente, muchísimos no se abstienen de cometer este horrendo sacrilegio: no se contentan con invocarlos como intercesores, sino como autores de su salvación, como si pudieran dársela. He aquí adónde vienen a caer los miserables hombres cuando traspasan una vez sus límites, que son la palabra de Dios. No menciono aquí otras monstruosidades de impiedad mucho más groseras, por las que los papistas son detestables a Dios, a los ángeles y a los hombres, sin que por ello se avergüencen ni se sonrojen. Se arrodillan delante de la imagen o estatua de santa Bárbara o de santa Catalina y de otros santos semejantes, y murmuran entre dientes el Pater noster. Y lejos de que sus pastores procuren remediar y sanar esta locura, ellos mismos los mantienen en ella por la ganancia que sacan. Pero, aunque procuren lavarse las manos de tan gran sacrilegio diciendo que esto no se comete en sus misas ni en sus horas canónicas, ¿con qué color dorarán lo que rezan o cantan a voz en cuello cuando ruegan a san Eloy o a san Medardo que miren desde el cielo y ayuden a sus siervos, y a la Virgen María que mande a su Hijo hacer lo que ellos piden? Antiguamente se prohibió en el Concilio de Cartago que ninguna oración que se hiciera en el altar se dirigiera a los santos. Es verosímil que los buenos obispos de aquel tiempo, como no podían reprimir del todo el ímpetu y la furia de la mala costumbre, procuraran al menos, ya que no podían más, poner este límite: que las oraciones públicas no fueran contaminadas con esta forma desatinada de orar que los santurrones habían introducido: «Santa María», o «Sancte Petre, ora pro nobis». Pero la importunidad diabólica de los demás fue tanta que no dudan en atribuir a este o a aquel muerto lo que es propio de Dios y de Jesucristo.

En cuanto a los esfuerzos de algunos por mostrar que esta intercesión de los santos se funda en la Escritura, ciertamente se fatigan en vano. Muchas veces, dicen, se mencionan las oraciones de los ángeles; y no solo eso, sino que se lee que las oraciones de los fieles son presentadas ante Dios por manos de los ángeles. Sea así; pero, si quieren comparar con los ángeles a los santos que han pasado de esta vida, tienen que probar que son espíritus enviados para procurar nuestra salvación, que se les ha dado el encargo de guardarnos en todos nuestros caminos, que están alrededor de nosotros, que nos aconsejan y consuelan y que velan por nosotros (Heb 1:14; Sal 91:11; Sal 34:7). Porque todas estas cosas se atribuyen a los ángeles, pero no a los santos. Cuán fuera de propósito mezclan a los santos ya difuntos con los ángeles se ve muy claramente por los oficios tan distintos con que la Escritura los diferencia. Nadie se atreverá a ejercer el oficio de abogado ante un juez terreno si antes no ha sido admitido; ¿de dónde sacan, pues, estos gusanillos tanta libertad para constituir y nombrar abogados ante Dios a aquellos a quienes Dios no ha dado tal encargo? Dios quiso dar a sus ángeles este oficio de velar por nuestra salvación; de ahí que estén presentes en las asambleas cuando los fieles se reúnen a invocar a su Dios, y que la Iglesia sea para ellos como un teatro en el que contemplan la admirable e inmensa sabiduría de Dios. Los que atribuyen a otros lo que es propio y peculiar de los ángeles confunden y trastornan el orden que Dios ha establecido, que debería ser inviolable. Con la misma destreza pasan a citar otros testimonios. Alegan lo que Dios dijo a Jeremías: «Si Moisés y Samuel se pusieran delante de mí, no estaría mi voluntad con este pueblo» (Jer 15:1); y de aquí forman su argumento: ¿por qué hablaría así de los difuntos si no supiera que intercedían por los vivos? Yo, por el contrario, concluyo que, puesto que de este lugar se ve claramente que ni Moisés ni Samuel intercedieron por el pueblo de Israel, entonces los muertos no oraban por los vivos. Porque ¿cuál de los santos hemos de creer que se preocupara por la salvación y el bien de su pueblo, si a Moisés no le importaba, él que en vida superó con mucho en esto a todos los demás? Por tanto, si ellos se buscan estas pequeñas sutilezas y concluyen que los muertos oran por los vivos porque Dios dijo «si intercedieran», yo argumentaré mucho mejor en sentido contrario: en la extrema necesidad del pueblo Moisés no intercedía, pues de él se dice «si intercediera»; luego es verosímil que ningún otro intercedía, ya que todos los demás eran muy inferiores a Moisés en humanidad, bondad y solicitud paternal. He aquí lo que ganan con sus cavilaciones: quedan heridos con las mismas armas con las que pensaban defenderse muy bien. Y ciertamente es cosa bien ridícula querer torcer una sentencia tan clara; porque el Señor no dice otra cosa sino que no perdonaría las iniquidades del pueblo aunque tuvieran por abogado a otro Moisés o a otro Samuel, por cuyas oraciones había hecho tanto en tiempos pasados. Que este es el sentido se puede concluir claramente de otro pasaje semejante de Ezequiel: «Si estuviesen en medio de ella estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas», y no librarían ni a sus hijos ni a sus hijas (Ez 14:14, 16). En este pasaje no hay duda de que Dios quiso decir: si sucediera que dos de ellos resucitaran y vivieran en la ciudad. Porque el tercero, Daniel, estaba entonces vivo, y se sabe que por entonces, en la primera flor de su juventud, había dado una admirable muestra de su piedad. Dejemos, pues, aparte a aquellos de quienes la Escritura declara claramente que han terminado su jornada. Por eso san Pablo, hablando de David, no dice que ayude con sus oraciones a sus sucesores, sino solo que sirvió a su generación (Hch 13:36).

Replican a esto preguntando si queremos despojarlos de todo afecto de amor, cuando durante toda su vida fueron tan fervientes y encendidos en amor y misericordia. A esto respondo que, así como no quiero indagar con curiosidad qué hacen o en qué se ocupan, tampoco es verosímil que los muevan de un lado a otro deseos diversos; al contrario, es verosímil que procuren con voluntad firme y constante el reino de Dios, que no consiste menos en la destrucción de los impíos que en la conservación de los fieles. Si esto es verdad, no hay duda de que su caridad se contiene dentro de la comunión del cuerpo de Cristo y no se extiende más allá de lo que permite la condición de esta comunión. Y aun concediéndoles que oren así por nosotros, no se seguiría que perdieran su reposo y se distrajeran con cuidados de aquí abajo, y mucho menos que por eso hubiéramos de invocarlos. Tampoco se sigue que haya de hacerse así porque los hombres que viven en este mundo puedan encomendarse unos a otros en sus oraciones. Porque este ejercicio sirve para mantener entre ellos la caridad y el amor, cuando se reparten sus necesidades y cada uno toma su parte. Y ciertamente lo hacen por un mandamiento que tienen de Dios, y no carecen de promesa, y mandamiento y promesa son los dos puntos principales de la oración. Todas estas razones faltan en los muertos, con quienes el Señor, al quitarlos de entre nosotros, no nos dejó ninguna comunicación (Ec 9:5-6), ni tampoco, en cuanto se puede entender por conjeturas, se la dejó a ellos con nosotros. Y si alguno replica que es imposible que no nos amen con la misma caridad con que nos amaron en vida, puesto que están unidos a nosotros en una misma fe, yo preguntaré: ¿quién nos ha revelado que tengan oídos tan largos que alcancen hasta nuestras palabras, y ojos tan penetrantes que vean nuestras necesidades? Es verdad que los sofistas imaginan y fingen que el resplandor del rostro de Dios es tan grande que despide grandes rayos, y que los santos, contemplando en él ese resplandor como en un espejo, ven desde el cielo todo lo que pasa aquí abajo. Pero afirmar esto, y sobre todo con el atrevimiento con que ellos se atreven a afirmarlo, ¿qué otra cosa es que querer penetrar e irrumpir con nuestros desvaríos y sueños en los juicios secretos de Dios sin su palabra, y pisotear la Escritura, que tantas veces nos advierte que la prudencia de la carne es enemiga de la sabiduría de Dios (Ro 8:6-7), que condena por completo la vanidad de nuestro entendimiento y que, echando por tierra toda nuestra razón, quiere que pongamos los ojos solo en la voluntad de Dios?

Los otros pasajes de la Escritura que alegan para confirmar su mentira los corrompen con gran perversidad. Jacob, dicen, pidió en el momento de su muerte que su nombre y el de sus padres fueran invocados sobre su descendencia (Gn 48:16). Veamos primero qué clase de invocación es esta entre los israelitas. Porque ellos no llaman a sus padres para que los ayuden, sino que solo piden a Dios que se acuerde de sus siervos Abraham, Isaac y Jacob. Por tanto, su ejemplo no sirve de nada a los que dirigen sus palabras a los santos. Pero como estos necios, tan grande es su necedad, no entienden qué es invocar el nombre de Jacob ni por qué ha de ser invocado, no hay por qué extrañarse de que desvaríen tanto aun en la forma misma. Para entenderlo mejor, conviene notar que esta expresión aparece algunas veces en la Escritura. Porque Isaías dice que el nombre de los hombres es invocado sobre las mujeres cuando ellas los tienen y reconocen por maridos y viven bajo su protección y amparo (Is 4:1). La invocación del nombre de Abraham sobre los israelitas consiste, pues, en que, teniéndolo por autor de su linaje, conservan la célebre memoria de su nombre como padre y fundador. Y Jacob no lo hace porque le preocupara que su memoria fuera célebre y se conservara, sino que, como sabía que toda la felicidad de su descendencia consistía en que, como por sucesión, gozaran de la alianza que Dios había hecho con él, les desea lo que sabía que era su felicidad: que fueran contados y tenidos por hijos suyos. Y esto no es otra cosa que transmitirles de mano en mano la sucesión de la alianza. También los descendientes, por su parte, cuando hacen esta memoria en sus oraciones, no se acogen a la intercesión de los muertos, sino que recuerdan al Señor la alianza que había hecho, en la cual prometió que les sería Padre propicio y generoso por causa de Abraham, Isaac y Jacob. Porque, por lo demás, cuán poca confianza pusieron los fieles en los méritos de los padres se ve claramente por el profeta cuando dice en nombre de toda la Iglesia: «Pero tú eres nuestro padre, si bien Abraham nos ignora, e Israel no nos conoce; tú, oh Jehová, eres nuestro padre; nuestro Redentor» (Is 63:16). Y aunque la Iglesia habla así, añade a la vez: «Vuélvete por amor de tus siervos» (Is 63:17); y no lo dice pensando en ninguna intercesión, sino recordando el beneficio de la alianza. Pero, ahora que tenemos al Señor Jesús, en cuya mano no solo se ha hecho, sino que se ha confirmado la alianza eterna de misericordia, ¿qué nombre alegaremos antes que el suyo en nuestras oraciones? Y ya que estos venerables doctores querrían constituir a los patriarcas como intercesores con estas palabras, desearía saber por qué razón, entre tanta multitud de santos, Abraham, padre de toda la Iglesia, no ha tenido ni siquiera un rincón. Bien se sabe de qué chusma se sacan sus abogados. Respóndanme si es decente que Abraham, a quien Dios prefirió a todos los demás y a quien ensalzó a la más alta dignidad y honra, sea despreciado, y tan despreciado que no se haga ningún caso de él. Pero la razón es ciertamente esta: todos sabían muy bien que esta costumbre nunca se había practicado en la Iglesia antigua; por eso sus mercedes tuvieron a bien, para encubrir su novedad, no mencionar a ninguno de los padres del Antiguo Testamento, como si la diversidad de nombres excusara esta costumbre nueva y adulterina. En cuanto a lo que algunos alegan del Salmo en que los fieles ruegan a Dios que tenga misericordia de ellos por amor de David (Sal 132:10), lejos de confirmar la intercesión de los santos, ese mismo pasaje del Salmo es muy eficaz y apropiado para refutar su error. Porque, si consideramos qué persona representaba David, veremos que en esto fue separado de toda la compañía de los santos, para que Dios ratificara el pacto y convenio que había hecho con él. Así, el Espíritu Santo tuvo más en cuenta el pacto que al hombre, y bajo esta figura dio a entender la intercesión única de Jesucristo. Porque es certísimo que lo que fue singular y propio de David en cuanto figura de Cristo no pudo corresponder a los demás.

Pero lo que mueve a algunos es que muchísimas veces se lee que las oraciones de los santos fueron oídas. ¿Por qué? Ciertamente, porque oraron. «En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; confiaron en ti, y no fueron avergonzados», dice el profeta (Sal 22:4-5). Oremos, pues, nosotros como ellos oraron, para ser oídos también como ellos. Pero ¡qué fuera de razón argumentan nuestros adversarios cuando dicen que nadie será oído sino el que ya ha sido oído! ¡Cuánto mejor argumenta Santiago!: «Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto» (Stg 5:17-18). ¿Diremos, pues, que Santiago deduce de aquí una prerrogativa particular de Elías a la que debamos acogernos? Ciertamente no; sino que nos enseña la virtud continua y grande que tiene la oración piadosa y pura, para exhortarnos a orar como él. Porque entenderíamos muy mal la prontitud y generosidad de que Dios usa al oír a los suyos si con tales experiencias de santos que han sido oídos no nos confirmáramos en una confianza mucho mayor en sus promesas, en las que promete inclinar su oído no a uno ni a dos ni a pocos, sino a todos los que invoquen su nombre. Y por eso su ignorancia es tanto menos excusable, pues parece que desprecian deliberadamente las advertencias de la Escritura. David fue librado muchísimas veces por la virtud y el poder de Dios. ¿Fue acaso para atraerlo a sí, de modo que nosotros fuéramos librados por su intercesión? Él lo dice de muy distinta manera: «Me rodearán los justos, porque tú me serás propicio» (Sal 142:7). Y también: «Verán los justos, y temerán; se reirán de él» (Sal 52:6); «Este pobre clamó, y le oyó Jehová» (Sal 34:6). Hay en los Salmos muchísimas oraciones semejantes, con las que mueve a Dios a oírlo por esta razón: para que los fieles no sean avergonzados, sino que se animen con su ejemplo a esperar bien. Contentémonos ahora con una: «Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado», dice David (Sal 32:6). Cito este lugar con tanto más gusto cuanto que estos abogados ignorantes, que tienen vendida la lengua para defender la tiranía del papado, no se han avergonzado de alegar este pasaje para sostener su intercesión de los muertos. ¡Como si David quisiera otra cosa que mostrar el fruto que proviene de la clemencia y benignidad de Dios cuando concede lo que se le pide! Y ciertamente debemos notar en general que la experiencia de la gracia de Dios, tanto con nosotros como con otros, es una ayuda nada pequeña para confirmar la fidelidad de sus promesas. No citaré los muchos pasajes en que David se pone delante los beneficios que ya había recibido de la mano de Dios para tener motivo de confianza, porque cualquiera que lea los Salmos los hallará con mucha frecuencia. Esto lo había aprendido David del patriarca Jacob, que decía: «Menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; pues con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos» (Gn 32:10). Es verdad que alega la promesa, pero no solo la promesa, porque junto con ella añade el efecto, para confiar con más ánimo en que Dios sería para él en el futuro el mismo que había sido antes. Porque Dios no es como los hombres mortales, que se arrepienten de haber sido generosos o a quienes se les acaban las riquezas; sino que debemos considerarlo según su propia naturaleza, como sabiamente lo considera David: «Tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad» (Sal 31:5). Después de atribuir a Dios la gloria de su salvación, añade que es veraz; porque, si no fuera siempre igual a sí mismo, el argumento sacado de sus beneficios no sería lo bastante firme para confiar en él e invocarlo. Pero cuando sabemos que todas las veces que nos ayuda y socorre nos da una muestra y prueba de su bondad y fidelidad, no hay por qué temer que nuestra esperanza quede avergonzada ni que nos veamos burlados cuando nos presentemos ante él.

La conclusión de todo lo dicho sea esta: puesto que la Escritura nos enseña que invocar a Dios es la parte y el punto principal del culto con que debemos honrarlo (pues, despreciados todos los demás sacrificios, él nos pide este deber), no podríamos dirigir nuestras oraciones a otro que a él sin un sacrilegio manifiesto. Por eso se dice en el Salmo: «Si nos hubiésemos olvidado del nombre de nuestro Dios, o alzado nuestras manos a dios ajeno, ¿no demandaría Dios esto?» (Sal 44:20-21). Además, puesto que Dios no quiere ser invocado sino con fe, y manda expresamente que nuestras oraciones se ajusten a la medida y regla de su palabra; en fin, puesto que la fe fundada en su palabra es la madre de la verdadera oración, es necesario que, en cuanto nos apartamos de su palabra, nuestra oración se vuelva bastarda y no agrade a Dios. Y ya hemos mostrado que en toda la Escritura esta honra se reserva solo a Dios. En cuanto a la intercesión, también hemos visto que es oficio propio de Cristo, y que no le agrada ninguna otra oración sino la que este Mediador santifica. También hemos mostrado que, aunque los fieles hagan sus oraciones unos por otros, esto no deroga en nada la intercesión única de Cristo, porque todos, desde el primero hasta el último, se apoyan en ella para encomendar a Dios tanto a sí mismos como a sus hermanos. Además, hemos mostrado que esto se aplica muy neciamente y muy a contrapelo a los difuntos, a quienes jamás leemos que se les haya encargado orar por nosotros. La Escritura nos exhorta muchísimas veces a hacer este oficio unos por otros; pero de los difuntos no hace la menor mención; al contrario, Santiago, al unir estas dos cosas, que confesemos nuestros pecados y que oremos unos por otros, excluye tácitamente a los difuntos (Stg 5:16). Basta, pues, para condenar este error esta sola razón: que el principio de la buena oración, la que conviene, nace de la fe, y la fe procede de oír la palabra de Dios, en la cual no se menciona en ninguna parte que los santos ya difuntos intercedan por nosotros. Porque es pura superstición atribuir a los difuntos el oficio y cargo que Dios ni por pensamiento les ha dado. Porque, aunque en la Escritura se hallan muchísimas formas de orar, en toda ella no se hallará ni un solo ejemplo que confirme la intercesión de los santos ya difuntos, sin la cual en el papado ninguna oración se considera de valor ni efecto alguno. Además, se ve claramente que esta superstición ha nacido de cierta desconfianza e incredulidad: porque o no se han contentado con que Jesucristo fuera el Mediador, o lo han despojado por completo de esta honra. Y esto último se concluye fácilmente de su desvergüenza, porque no tienen otro argumento más fuerte para probar y sostener este desvarío de la intercesión de los santos que alegar que somos indignos de tratar con Dios familiarmente. Esto no lo negamos, sino que decimos que es una gran verdad; pero de aquí concluimos que no hacen ningún caso de Jesucristo, puesto que tienen su intercesión por de ningún valor si no la acompañan con la de san Jorge o la de san Hipólito o la de otros espantajos semejantes.

Y aunque, hablando con propiedad, la oración no comprende sino las peticiones y súplicas, hay tanto parentesco entre la petición y la acción de gracias que ambas pueden muy bien comprenderse bajo un mismo nombre. Porque las clases de oración que menciona san Pablo se reducen a la primera, que es suplicar y pedir a Dios. Al hacerlo, le presentamos nuestros deseos, pidiéndole no solo lo que sirve para aumentar su gloria y hacer ilustre su nombre, sino también lo que atañe a nuestro servicio y provecho. Al darle gracias, celebramos con alabanzas sus beneficios y mercedes, declarando que todo el bien que tenemos lo hemos recibido de su generosidad. David comprendió estas dos partes cuando dijo: «Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás» (Sal 50:15). No sin razón la Escritura nos advierte que nos ejercitemos sin cesar en ambas. Porque, como ya hemos dicho y la experiencia nos lo muestra con bastante claridad, nuestra necesidad es tan grande, y tantas y tan grandes las angustias que nos afligen y atormentan por todas partes, que todos y cada uno tenemos motivo sobrado para gemir y suspirar continuamente a Dios y suplicarle ayuda y favor. Porque, aunque haya algunos que no sepan qué es la adversidad, aun a los más santos debe estimularlos a llamar a Dios el sentimiento de sus pecados y, además, los continuos sobresaltos y alarmas de las tentaciones. En cuanto al sacrificio de alabanza y acción de gracias, no se puede interrumpir sin ofender gravemente a la majestad divina, ya que Dios nunca deja de amontonar sobre nosotros beneficios sobre beneficios, para obligarnos a sujetarnos a él con gratitud, por torpes y perezosos que seamos. En fin, tan grande y tan admirable es su magnificencia para con nosotros que no hay nada en nosotros que no esté cubierto de ella; tantos y tan grandes son los milagros que se ven dondequiera que volvamos los ojos, que nunca nos falta motivo y materia suficiente para glorificarlo y darle gracias. Y para que esto se entienda mejor: puesto que toda nuestra esperanza y todo nuestro bien consisten de tal manera en Dios (como ya lo hemos probado con bastante amplitud) que ni nosotros ni nada de lo que hay en nosotros puede prosperar en modo alguno si él no nos bendice, conviene que nos encomendemos continuamente a él, a nosotros mismos y todo lo que tenemos. Asimismo, todo lo que proponemos, decimos y hacemos, propongámoslo, digámoslo y hagámoslo bajo su mano y voluntad, y con la esperanza de que él nos asistirá y ayudará (Stg 4:14-15). Porque el Señor maldice a todos los que, confiados en sí mismos o en cualquier otro, trazan y ejecutan sus planes, y a los que emprenden algo, o se atreven a comenzarlo, fuera de su voluntad y sin invocarlo (Is 30:1; 31:1). Y como ya hemos dicho varias veces que no se le da la honra que se le debe sino cuando se le reconoce como autor de todo bien, se sigue que debemos recibir de sus manos todas estas mercedes de tal modo que, al recibirlas, le demos continuamente gracias por ellas; y que no hay otra manera de disfrutar de las mercedes que continuamente nos hace si nosotros, por nuestra parte, no perseveramos en glorificarlo por su generosidad y en darle gracias. Porque cuando san Pablo dice que todos los beneficios de Dios son santificados por la palabra y por la oración (1 Ti 4:5), nos da a entender a la vez que sin la palabra y la oración no son en absoluto santos ni puros para nosotros. Por «palabra» entiende, por la figura que llaman metonimia, la fe, que corresponde a la palabra a la que debemos dar fe. Por eso David nos da una excelente enseñanza cuando, habiendo recibido una nueva merced de la mano del Señor, dice que se ha puesto en su boca un cántico nuevo (Sal 40:3). Con ello da a entender sin duda que nuestro silencio es muy malo si, habiendo recibido algún beneficio, lo dejamos pasar sin glorificarlo; porque cada vez que nos hace una nueva merced, nos da nuevo motivo para bendecirlo. Así también Isaías, al anunciar un beneficio singular de Dios, exhorta a los fieles a cantar un cántico nuevo y no común (Is 42:10). A este mismo propósito dice David en otro lugar: «Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza» (Sal 51:15). Y Ezequías y Jonás declaran que el fin de su liberación sería celebrar la bondad de Dios con cánticos en su templo (Is 38:20; Jon 2:9). La misma regla prescribe David en general a todos los piadosos: «¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre de Jehová» (Sal 116:12-13). Esta misma regla sigue la Iglesia en otro salmo: «Sálvanos, Jehová Dios nuestro, para que alabemos tu santo nombre, para que nos gloriemos en tus alabanzas» (Sal 106:47). Y también: «Habrá considerado la oración de los desvalidos, y no habrá desechado el ruego de ellos. Se escribirá esto para la generación venidera; y el pueblo que está por nacer alabará a Jehová… para que publique en Sion el nombre de Jehová, y su alabanza en Jerusalén» (Sal 102:17-18, 21). Más aún, cada vez que los fieles suplican a Dios que haga por amor de su nombre lo que le piden, así como se confiesan indignos de obtener nada que pidan en su propio nombre, también se obligan a dar gracias y prometen usar de los beneficios de Dios pura y debidamente, siendo sus pregoneros. Del mismo modo Oseas, hablando de la redención de la que la Iglesia había de gozar en el futuro, dice: «Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios» (Os 14:2). Y ciertamente los beneficios y mercedes que Dios nos ha hecho no solo exigen que los honremos con la boca, sino que naturalmente nos mueven a amarlo. «Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas», dice David (Sal 116:1). Y en otro lugar, contando las ayudas y socorros que había experimentado: «Te amo, oh Jehová, fortaleza mía» (Sal 18:1). Porque es verdad que nunca agradarán a Dios las alabanzas que no procedan de esta dulzura del amor. Además, debemos recordar aquella regla que pone san Pablo: que todas las peticiones que no van acompañadas de acción de gracias son perversas y malas. Porque habla así: «Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Flp 4:6). Porque, como muchos se dejan llevar por cierto disgusto, descontento, impaciencia, dolor excesivo y temor a murmurar mientras oran, el apóstol advierte expresamente a los fieles que moderen sus afectos de tal manera que, aun antes de haber obtenido lo que piden, bendigan y alaben alegremente al Señor. Y si la petición y la acción de gracias, que parecen dos cosas contrarias, deben ir siempre unidas, ¡con cuánta mayor razón nos obliga Dios a bendecirlo cuando nos concede lo que le pedimos! Y así como ya hemos mostrado que nuestras oraciones, que de cualquier otro modo estarían manchadas, son consagradas por la intercesión de Jesucristo, así el apóstol, al mandarnos que ofrezcamos por medio de Cristo sacrificio de alabanza (Heb 13:15), nos advierte que no tendremos la boca pura y limpia para santificar y celebrar el nombre del Señor si no interviene el sacerdocio de Cristo. De aquí deducimos cuán extrañamente están embrujados los hombres en el papado, donde la mayoría se espanta de que Cristo sea llamado Abogado e Intercesor. Esta es la razón por la que san Pablo manda orar y dar gracias sin cesar (1 Ts 5:17-18): quiere sin duda que, con toda la diligencia posible, en todo tiempo, en todo lugar y en todo lo que hacemos y tratamos, todos nuestros deseos estén elevados a Dios para esperar de él todo bien y darle gracias por todo el bien que de él recibimos, puesto que él nos da continuamente materia y motivo para orarle y alabarlo.

Y aunque este orar sin cesar se entiende principalmente de cada persona en particular, en cierto modo se refiere también a las oraciones públicas de la Iglesia. Estas, reconozco, no pueden ser continuas, ni deben hacerse de otro modo que según el orden establecido por común acuerdo de la Iglesia. De ahí que haya ciertas horas señaladas, que respecto a Dios son indiferentes, pero que para el uso de los hombres son necesarias, a fin de atender a la conveniencia común y de que todo se haga en la Iglesia decentemente y con orden, como manda el apóstol (1 Co 14:40). Sin embargo, esto no impide que cada iglesia deba animarse a practicar con más frecuencia la oración, y sobre todo cuando se ve apremiada por alguna necesidad particular mayor. De la perseverancia, que tiene gran parentesco con la continuidad, tendremos ocasión de hablar al final. Nada de esto sirve para sostener la prolongación y repetición supersticiosa de palabras en la oración, que Cristo nos prohibió (Mt 6:7). Porque no nos prohíbe insistir en la oración mucho tiempo, una y otra vez, y con gran afecto; lo que nos enseña es que no confiemos en obligar a Dios a concedernos lo que le pedimos importunándolo con una palabrería excesiva, como si él pudiera ser cambiado y persuadido por nuestro mucho hablar, como si fuera un hombre. Bien sabemos que los hipócritas, que no piensan que tratan con Dios, hacen alarde de pompa y solemnidad cuando oran, ni más ni menos que si estuvieran en un desfile triunfal. Como aquel fariseo que daba gracias a Dios porque no era como los demás: sin duda se glorificaba ante los ojos de los hombres, como si quisiera ganar fama de santidad por medio de la oración. De aquí viene la repetición de palabras que por la misma causa reina hoy en el papado: unos pierden el tiempo repitiendo la misma oración, diciendo muchas veces seguidas el Avemaría o el Pater noster, etc.; otros, hojeando día y noche sus libros de coro y sus breviarios, venden sus largas oraciones al pueblo. Y como esta palabrería no sirve sino para jugar con Dios como si fuera un niño de pecho, no es de extrañar que Jesucristo le cierre la puerta para que no tenga lugar en su Iglesia, donde no debe oírse nada que no sea serio, hecho de veras y nacido de lo íntimo del corazón. Hay otro abuso semejante, que también condena Jesucristo: que los hipócritas, para lucirse mejor, procuran ser vistos por muchos, y prefieren irse a orar a la plaza, a la vista de todos, antes que permitir que sus oraciones no sean celebradas por todo el mundo. Y puesto que el fin de la oración, como ya dijimos, es que nuestro espíritu se eleve a Dios, tanto para bendecirlo como para pedirle socorro, se puede entender de aquí que lo principal de la oración está en el corazón y en el espíritu; o, mejor dicho, que la oración propiamente no es otra cosa que este afecto interior del corazón que se presenta y manifiesta ante Dios, que escudriña los corazones. Por eso, como ya hemos dicho, nuestro Maestro celestial, Cristo, queriendo establecer una ley perfectísima de la oración, mandó que entráramos en nuestro aposento y, cerrada la puerta, oráramos a nuestro Padre en secreto, para que nuestro Padre, que está en secreto, nos oiga (Mt 6:6). Porque, después de apartarnos de imitar a los hipócritas, que pretenden ganarse el crédito de los hombres con una ambiciosa ostentación de oración, añade a la vez lo que debemos hacer: entrar en nuestro aposento y orar allí con la puerta cerrada. Con estas palabras, según entiendo, nos enseñó a buscar un lugar apartado que nos ayude a entrar deliberadamente en nuestro corazón, prometiéndonos que Dios bendeciría esos afectos de nuestro corazón, cuyos templos deben ser nuestros cuerpos. Porque no quiso negar que sea lícito y debido orar en cualquier otro lugar fuera de nuestro aposento, sino solo enseñarnos que la oración es cosa secreta, que consiste principalmente en el corazón y en el espíritu, y que requiere su quietud, desechados todos los afectos carnales y los cuidados terrenos. No sin razón, pues, el mismo Señor, cuando quería dedicarse a orar, se retiraba del tumulto de los hombres a un lugar apartado; lo hacía más bien para advertirnos con su ejemplo que no despreciemos estas ayudas, con las que nuestro espíritu, de suyo muy resbaladizo e inconstante, se eleva mejor a orar de veras. Sin embargo, así como él no dejaba de orar en medio de una gran multitud cuando se le presentaba la ocasión, tampoco nosotros pongamos reparo en alzar nuestras manos puras al cielo en cualquier lugar, siempre que sea necesario (1 Ti 2:8). También conviene tener por cierto que quien rehúsa orar en la asamblea de los fieles no sabe qué es orar a solas, en algún retiro o en su casa. Por el contrario, quien no se preocupa de orar a solas y aparte, por mucho que frecuente las asambleas públicas, sepa que sus oraciones no son sino frívolas y vanas, porque atribuye más a la opinión de los hombres que al juicio secreto de Dios. Entretanto, para que las oraciones públicas de la Iglesia no fueran despreciadas, Dios las ha honrado con títulos excelentísimos, sobre todo cuando llamó a su templo casa de oración (Is 56:7). Porque con esto nos enseña que la oración es la parte principal del culto y servicio con que quiere ser honrado, y que había edificado su templo para que los fieles se ejercitaran de común acuerdo en este culto y les sirviera como de estandarte en torno al cual reunirse. Se les añadió también una admirable promesa: «Tuya es la alabanza en Sion, oh Dios, y a ti se pagarán los votos» (Sal 65:1). Con estas palabras el profeta nos advierte que las oraciones de la Iglesia nunca son vanas, porque Dios siempre da a su pueblo motivo para alabarlo con alegría. Porque, aunque las sombras de la ley han cesado y llegado a su fin, como Dios ha querido también mantenernos con esta ceremonia en la unidad de la fe, no hay duda de que también nos pertenece a nosotros esta misma promesa, que Cristo ratificó además con su propia boca y que, según declara san Pablo, conservará para siempre su fuerza y valor.

Y así como Dios ha ordenado en su palabra que los fieles oren juntos, por la misma razón es necesario que haya templos señalados en los que oren. Los que rehúsan orar en compañía de los demás fieles no tienen por qué excusarse con el pretexto de que entran a orar en su aposento conforme al mandamiento del Señor, al que quieren obedecer. Porque quien promete hacer todo lo que le pidan dos o tres reunidos en su nombre (Mt 18:19-20) da a entender con bastante claridad que no rechazará las oraciones hechas por toda la Iglesia, con tal que se deje a un lado toda ambición y vanagloria y haya, por el contrario, un afecto verdadero y sincero que resida en lo íntimo del corazón. Si este es el uso legítimo de los templos, como ciertamente lo es, debemos guardarnos también de tenerlos, como se ha hecho durante muchísimos años, por moradas propias de Dios, desde donde su majestad pueda oírnos más de cerca; guardémonos de atribuirles una santidad secreta que haga nuestra oración más pura ante la majestad divina. Porque, como nosotros somos los verdaderos templos de Dios, es en nosotros mismos donde debemos orarle si queremos invocar a Dios en su santo templo. Dejemos esta opinión tosca y carnal a los judíos y a los gentiles, pues tenemos el mandamiento de invocar al Señor en espíritu y en verdad, sin hacer ninguna diferencia de lugar (Jn 4:23). Es verdad que antiguamente el templo estaba dedicado por mandato de Dios para invocarlo y ofrecerle sacrificios en él; pero eso era en el tiempo en que la verdad, figurada en tales sombras, estaba escondida; y ahora que se nos ha manifestado clara y vivamente, no nos permite detenernos en ningún templo material. Y el templo no fue confiado a los judíos con la condición de que encerraran la presencia de Dios dentro de sus paredes, sino para ejercitarlos en contemplar la forma y figura del verdadero Templo. Por eso Isaías y san Esteban reprenden con gran severidad a todos los que pensaban que Dios habitaba de algún modo en templos hechos por mano de hombres (Is 66:1; Hch 7:48).

Asimismo, de aquí se ve con toda claridad que la voz y el canto, si se usan en la oración, no tienen ningún valor ante Dios ni sirven de nada si no nacen de un afecto íntimo del corazón. Al contrario, irritan y provocan la ira de Dios si solo salen de la boca, porque esto no es otra cosa que abusar de su sacrosanto nombre y burlarse de su majestad, como él declara por su profeta Isaías. Porque, aunque habla en general, lo que dice sirve también para corregir este abuso: «Este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado; por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos» (Is 29:13-14; Mt 15:8). Sin embargo, no condenamos aquí la voz ni el canto; al contrario, los apreciamos mucho, con tal que vayan acompañados del afecto del corazón. Porque así ayudan al espíritu a pensar en Dios y lo mantienen en ese pensamiento; y el espíritu, como es resbaladizo y frágil, se distraería y dispersaría fácilmente en pensamientos diversos si no fuera sostenido y apoyado con diversas ayudas. Además, puesto que la gloria de Dios debe resplandecer de algún modo en todos los miembros de nuestro cuerpo, conviene que la lengua, creada por Dios especialmente para anunciar y glorificar su santo nombre, se emplee en ello, ya sea hablando o cantando. Pero el uso principal de la lengua se requiere en las oraciones que se hacen públicamente en las asambleas de los fieles, en las que se hace precisamente esto: glorificar a Dios con una voz común, como todos a una y con una misma boca, a él, a quien honramos con un mismo espíritu y una misma fe. Y esto públicamente, para que cada uno oiga con claridad la confesión de fe que hace su hermano, y sea invitado y movido por su ejemplo a hacer lo mismo.

En cuanto a la costumbre de cantar en las iglesias (porque también quiero decir algo de ello de paso), no solo consta que es muy antigua en las iglesias, sino que se usaba ya en tiempo de los apóstoles, como se puede deducir claramente de lo que dice san Pablo: «Cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento» (1 Co 14:15). Y a los colosenses: «Enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales» (Col 3:16). En el primer lugar manda que cantemos con la voz y con el corazón; en el otro alaba los cánticos espirituales con que los fieles se edifican unos a otros. Sin embargo, por lo que dice san Agustín vemos que esto no era general en todas las iglesias. Cuenta, pues, san Agustín que la iglesia de Milán comenzó a usar el canto en tiempo de san Ambrosio, cuando Justina, madre del emperador Valentiniano, perseguía a los cristianos, que por entonces se dedicaban a las vigilias más que antes; y que de allí pasó la costumbre de cantar a las demás iglesias de Occidente (Agustín, Confesiones, libro IX, cap. 7). Porque poco antes había dicho que esta costumbre había venido de los orientales. También en el libro II de sus Retractaciones dice que esta costumbre se adoptó en África en su tiempo: «Un tal Hilario, varón tribunicio, hablaba muy mal, dondequiera que podía, de la costumbre que entonces se había empezado a usar en Cartago de decir ante el altar himnos tomados del libro de los Salmos, antes de la ofrenda o mientras se distribuía al pueblo lo que se había ofrecido; a este le respondí por encargo de los hermanos» (Agustín, Retractaciones, libro II, cap. 11). Ciertamente, si el canto se ajusta a la gravedad que conviene guardar en presencia de Dios y de sus ángeles, no solo es un adorno que da más gracia y dignidad a los misterios que celebramos, sino que sirve mucho para estimular los corazones e inflamarlos a orar con mucho mayor afecto y fervor. Pero guardémonos mucho de que nuestros oídos estén más atentos a la melodía del canto que nuestro corazón al sentido espiritual de las palabras. El mismo san Agustín confiesa que temió esto en sí mismo, cuando dice que a veces había deseado que se guardara la costumbre de cantar que usaba Atanasio, quien mandaba que el lector pronunciara las palabras tan bajo que pareciera más hablar que cantar. Pero añade también que, cuando recordaba el fruto y la edificación que había recibido oyendo cantar a la congregación, se inclinaba más a la parte contraria, es decir, aprobaba el canto (Agustín, Confesiones, libro X, cap. 33). Así pues, usándolo con esta moderación, no hay duda de que el canto es una institución muy santa y útil. Por el contrario, todos los cantos y melodías compuestos solo para dar gusto y deleite al oído (como los fabordones, madrigales, cancioncillas, el contrapunto y toda la música a cuatro voces, de que están llenos lo que los papistas llaman oficios divinos) no convienen en absoluto a la majestad de la Iglesia, ni pueden cantarse en ella sin desagradar gravemente a Dios.

De aquí se ve también claramente que las oraciones públicas no deben hacerse en griego entre los latinos, ni en latín entre los franceses, españoles o ingleses (como ha sido costumbre desde hace muchos años), sino en la lengua materna propia de la congregación, de modo que toda la asamblea pueda entenderlas, puesto que deben hacerse para la edificación de toda la Iglesia, que no recibe ningún fruto cuando oye el sonido de las palabras sin entenderlas. Pero los que no hacen ningún caso ni de la caridad ni de la humanidad deberían moverse al menos en algo por la autoridad de san Pablo, cuyas palabras son bien claras: «Si bendices solo con el espíritu (es decir, con palabras que los demás no entienden), el que ocupa lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias?, pues no sabe lo que has dicho. Porque tú, a la verdad, bien das gracias; pero el otro no es edificado» (1 Co 14:16-17). ¿Quién podrá, pues, asombrarse lo bastante de la libertad desenfrenada que se han tomado los papistas, que, contra la prohibición manifiesta del apóstol, no temen cantar en una lengua extraña y extranjera lo que muchas veces ni ellos mismos entienden en una sola palabra, ni quieren que los demás lo entiendan? Pero el orden que san Pablo nos manda guardar es otro, cuando dice: «¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento» (1 Co 14:15). En este lugar el apóstol usa la palabra «espíritu», que traducimos por «voz», y con ella se refiere al don singular de lenguas, del que muchos abusaban separándolo del entendimiento para gloriarse. Concluyamos, pues, que es imposible, sea en la oración pública o en la privada, que la lengua sin el corazón no desagrade gravemente a Dios. Además, que el entendimiento debe estar tan movido por el fervor de lo que piensa que vaya muy por delante de todo lo que la lengua puede pronunciar. Finalmente, que en la oración privada la lengua no es necesaria sino en cuanto el entendimiento no basta por sí solo para elevarse, o en cuanto la vehemencia de su elevación fuerza a la lengua a hablar. Porque, aunque a veces las mejores oraciones se hacen sin hablar, muchas veces sucede que, cuando el afecto del corazón está muy encendido, la lengua deja escapar algunas palabras y los demás miembros hacen algunos gestos, y esto sin ninguna ostentación, sino espontáneamente. De aquí vino sin duda aquel mover de labios de Ana, la madre de Samuel, cuando oraba (1 S 1:13); y los fieles experimentan en sí lo mismo continuamente, cuando al orar se les escapan sin pensar algunas palabras y suspiros. En cuanto a los gestos y ademanes exteriores del cuerpo que suelen usarse al orar (como arrodillarse y descubrirse la cabeza), son ejercicios con los que procuramos prepararnos a una mayor reverencia a Dios.

Ahora bien, conviene que aprendamos no solo el modo y el orden de orar, sino también la forma misma de oración que el Padre celestial nos enseñó por boca de su propio Hijo Jesucristo (Mt 6:9; Lc 11:2), en la que podemos reconocer una bondad y dulzura inmensas. Porque, además de amonestarnos y exhortarnos a acudir a él en todas nuestras necesidades, como los hijos suelen acudir a sus padres cada vez que tienen alguna aflicción, viendo que ni siquiera podíamos entender cuán grande era nuestra necesidad y miseria, ni qué sería bueno pedir ni qué nos convendría, quiso remediar nuestra ignorancia y suplir por sí mismo todo lo que nos faltaba. Nos dispuso, pues, un formulario de oración en el que, como en una tabla, nos presentó todo lo que nos es lícito desear de él, todo lo que puede servirnos y aprovecharnos y todo lo que nos es necesario pedirle. De esta bondad suya podemos recibir un gran consuelo. Porque vemos y estamos seguros de que no le pedimos nada ilícito, inoportuno ni extraño, ni nada que no le sea grato y acepto, puesto que, siguiendo la forma que él nos ha prescrito, le oramos como por su propia boca. Platón, viendo la ignorancia de los hombres en las peticiones y ruegos que hacían a Dios, que muchísimas veces, si se les concedieran, no les causarían sino grandísimo daño, afirma que la manera perfectísima de orar, tomada de un poeta antiguo, es rogar a Dios que nos haga bien, se lo pidamos o no, y que aparte de nosotros el mal, aun cuando se lo pidamos (Platón, Alcibíades II). Ciertamente este hombre, aunque pagano, es sabio en esto: entiende cuán peligroso es pedir al Señor lo que se le antoje a nuestro apetito; y a la vez pone de manifiesto nuestra desdicha, pues ni siquiera podemos abrir la boca delante de Dios sin gran peligro, a menos que el Espíritu nos guíe a una forma recta de orar (Ro 8:26). Por eso debemos apreciar tanto más este privilegio: que el Hijo unigénito de Dios nos ponga en la boca las palabras que libran a nuestro espíritu de todo escrúpulo y duda.

Este formulario o regla de oración contiene seis peticiones. La razón que me mueve a no dividirlo en siete es que el evangelista, al decir: «No nos metas en tentación, mas líbranos del mal», une dos miembros en una sola petición, como si dijera: «No permitas que seamos vencidos por la tentación; antes bien, ayuda nuestra debilidad y líbranos para que no caigamos». Los antiguos doctores de la Iglesia son de esta misma opinión y lo explican como hemos dicho (Agustín, Enquiridión a Lorenzo, cap. 116; Crisóstomo, Obra imperfecta sobre Mateo). De donde se ve claramente que lo que se añade en san Mateo, y algunos han tomado por séptima petición, no es sino una aclaración de la sexta y debe referirse a ella. Y aunque esta oración es tal que en cada una de sus partes se tiene en cuenta principalmente la gloria de Dios, las tres primeras peticiones están dedicadas particularmente a la gloria de Dios, que es lo único que debemos considerar en ellas, sin mirar en absoluto a nuestro provecho. Las otras tres se refieren a nosotros y están dedicadas propiamente a pedir lo que necesitamos. Así, cuando pedimos que el nombre del Señor sea santificado, como Dios quiere probar si lo amamos y honramos gratuitamente o por la esperanza de recompensa y paga, no debemos pensar entonces en nada que toque a nuestro provecho, sino considerar solo la gloria de Dios, en la que únicamente debemos fijar los ojos; y el mismo afecto debemos tener en las otras dos peticiones que siguen. Es verdad que de esto se nos sigue un provecho muy grande, porque, cuando el nombre de Dios es santificado, como pedimos, se produce a la vez nuestra santificación. Pero es necesario, como hemos dicho, que prescindamos de este provecho nuestro y no lo tengamos en cuenta, como si no existiera; de tal manera que, aunque no tuviéramos ninguna esperanza de obtener algún bien, no deberíamos dejar de desear y pedir en nuestras oraciones esta santificación del nombre del Señor y lo demás que pertenece a la gloria de Dios. Así lo vemos en los ejemplos de Moisés y de san Pablo, a quienes no les resultó molesto ni penoso olvidarse de sí mismos y, con un celo vehemente y encendido, desear su propia muerte y destrucción, para que, aun a costa de su propio daño, la gloria de Dios fuera ensalzada y su reino se extendiera (Éx 32:32; Ro 9:3). Por otra parte, cuando pedimos que se nos dé nuestro pan cotidiano, aunque pedimos nuestro propio provecho, también en esto debemos buscar principalmente la gloria de Dios, de tal manera que ni siquiera lo pediríamos si de ello no resultara gloria para Dios. Comencemos, pues, ahora a explicar esta oración.

Padre nuestro que estás en los cielos.

En primer lugar, desde el principio mismo de esta oración se nos presenta lo que ya hemos dicho: que debemos presentar a Dios todas nuestras oraciones no por ningún otro medio, sino solo en el nombre de Cristo, puesto que ninguna le puede ser acepta sino la que se hace en su nombre. Porque, al llamar Padre a Dios, nos dirigimos a él en el nombre de Jesucristo. ¿Con qué confianza podría alguien llamar Padre a Dios? ¿Quién sería tan atrevido que se arrogara la honra de hijo de Dios, si no hubiéramos sido adoptados en Cristo como hijos por gracia? Él, que es su Hijo verdadero y natural, nos ha sido dado como hermano, para que lo que él tiene como propio por naturaleza sea nuestro por el beneficio de la adopción, si aceptamos con verdadera fe esta magnificencia tan grande. Como dice san Juan, a los que creen en el nombre del Hijo unigénito de Dios se les ha dado potestad de ser hechos también hijos de Dios (Jn 1:12). Por eso se llama a sí mismo nuestro Padre y quiere que así lo llamemos nosotros, librándonos de toda desconfianza con la dulzura que encierra este nombre; porque en ninguna otra cosa se puede hallar mayor afecto de amor que en un padre. Así que no pudo darnos prueba más segura de su inmensa caridad y amor hacia nosotros que queriendo que seamos llamados hijos suyos (1 Jn 3:1). Y este amor suyo hacia nosotros es tanto mayor y más excelente que el amor con que nos aman nuestros padres cuanto él supera a todos los hombres en bondad y misericordia; de tal manera que, aunque sucediera que todos los padres del mundo perdieran todo su amor y afecto paternal y abandonaran a sus hijos, él nunca nos abandonaría (Sal 27:10; Is 63:16), porque no puede negarse a sí mismo (2 Ti 2:13). Porque tenemos su promesa: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» (Mt 7:11). Y por el profeta: «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz…? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti» (Is 49:15). Y si somos sus hijos, así como un hijo no puede acogerse a la defensa y amparo de un extraño que no es su padre sin quejarse a la vez de la crueldad o de la pobreza y miseria de su padre, del mismo modo nosotros no podemos buscar socorro en otro que no sea nuestro Padre celestial sin deshonrarlo e infamarlo como pobre y miserable, o como duro y cruel.

Y no aleguemos que nuestros pecados nos acusan y nos hacen temer presentarnos ante él, y que, aunque sea un Padre benigno y lleno de gracia, lo irritamos a cada momento con nuestras ofensas. Porque, si entre los hombres un hijo no podría tener mejor abogado ni intercesor ante el padre al que ha ofendido, para reconciliarse con él y volver a su gracia, que él mismo pidiéndole perdón con humildad y obediencia, reconociendo su falta (porque el afecto y las entrañas de un padre no podrían, si el hijo hace esto, dejar de conmoverse con tales ruegos), ¿qué hará, pues, aquel Padre de misericordias y Dios de toda consolación (2 Co 1:3)? ¿Cómo? ¿No oirá los gemidos y lágrimas de sus hijos que le ruegan por sí mismos (ya que él mismo nos invita y exhorta a hacerlo así) más que todos los ruegos que otros pudieran hacer por ellos, a cuya intercesión se acogen temerosos, no sin cierta clase de desesperación, porque desconfían de la mansedumbre y clemencia de su Padre? Su majestad nos da a entender y nos pinta al vivo esta abundantísima misericordia paterna en la parábola que nos presenta a un padre que recibe con los brazos abiertos a su hijo, que se había ido de su lado, había malgastado su hacienda viviendo perdidamente y lo había ofendido gravemente de muchísimas maneras; y no espera a que el hijo le pida perdón de palabra, sino que se le adelanta, lo reconoce de lejos cuando volvía, sale por sí mismo a recibirlo, lo consuela y lo recibe en su gracia (Lc 15:20). Porque, al presentarnos en un hombre un ejemplo de tan gran clemencia y dulzura, quiso enseñarnos cuánta mayor gracia, bondad y misericordia debemos esperar de él, que no solo es Padre, sino un Padre que supera a todos los demás padres en bondad y clemencia, aunque nosotros hayamos sido para él hijos ingratos, rebeldes, desobedientes y malos, con tal que nos rindamos a su merced. Y para darnos mayor certeza de que es Padre nuestro (si somos cristianos), no solo quiso ser llamado Padre, sino expresamente «nuestro», como si le dijéramos: «Padre, que eres tan dulce con tus hijos y tan fácil y benigno para perdonarles sus faltas, nosotros, tus hijos, te llamamos y te hacemos nuestras peticiones con seguridad, plenamente persuadidos de que no tienes hacia nosotros otro afecto ni otra voluntad que la de un padre, por muy indignos que seamos de tal Padre». Pero como la estrechez de nuestro corazón no puede recibir ni abarcar una infinidad de favor tan grande, Cristo no solo es para nosotros prenda y arras de nuestra adopción, sino que además nos da su Espíritu Santo como testigo de ella, por quien se nos da libertad para llamarlo libremente y a voz en cuello: «¡Abba, Padre!» (Gá 4:6). Así pues, cada vez que nuestra pereza y flojedad nos estorben, acordémonos de suplicarle que, corrigiendo nuestra debilidad, que nos hace tímidos, nos dé como capitán y guía este Espíritu suyo de magnanimidad, para que le oremos y lo invoquemos con audacia.

Y el que no se nos enseñe aquí a que cada uno lo llame Padre en particular, sino a que todos en común lo llamemos Padre, nos exhorta a considerar cuán fraternal afecto y voluntad debemos tener unos para con otros, ya que todos somos hijos de un mismo Padre, con un mismo título y derecho, por su generosidad gratuita (Mt 23:9). Porque, si todos tenemos por Padre a aquel de quien procede todo el bien que puede venirnos, no es lícito que haya entre nosotros nada separado ni dividido que no estemos dispuestos y preparados a compartir de muy buen corazón y con gran contento, en la medida en que la necesidad lo requiera. Si estamos, pues, dispuestos (como debemos estarlo) a asistirnos y ayudarnos unos a otros, no hay nada en que podamos aprovechar más a nuestros hermanos que encomendándolos al cuidado y providencia de nuestro buen Padre, que, siéndonos propicio y favorable, hará que nada nos falte. Y ciertamente esto se lo debemos a nuestro Padre. Porque, así como quien ama de veras y de corazón al padre de familia ama también a los de su casa, del mismo modo, si amamos a este Padre celestial y deseamos servirle, conviene que mostremos este amor y afecto a su pueblo, a su familia y heredad, a la que ha honrado y apreciado tanto que la llama la plenitud de su Hijo unigénito (Ef 1:23). El cristiano ajustará y medirá, pues, su oración conforme a esta regla: que sea común y abarque a todos los que son sus hermanos en Jesucristo; y no solo a los que ve y sabe que lo son en el presente, sino a todos los que viven sobre la tierra, de quienes no sabemos qué ha determinado Dios; solo debemos desearles todo bien y esperar de ellos cada día algo mejor. Aunque estamos particularmente obligados a amar y servir más que a todos los demás a los de la familia de la fe, a quienes san Pablo nos encarga especialmente que tengamos en cuenta en todo (Gá 6:10). En suma, todas nuestras oraciones deben ser comunes de tal manera que tengan los ojos puestos en aquella comunidad que nuestro Señor estableció en su reino y en su casa.

Esto no impide que nos sea lícito orar por nosotros mismos y por otras personas en particular, con tal que nuestro entendimiento no aparte los ojos de esta comunidad, sino que los tenga fijos en ella, refiriéndolo todo a ella. Porque, aunque tales oraciones se formulen en particular, como apuntan a este blanco, no dejan de ser comunes. Todo esto lo podremos entender fácilmente con una comparación. El mandamiento de Dios de socorrer las necesidades de todos los pobres es general; sin embargo, obedecen a este mandamiento los que con este fin practican la caridad y hacen el bien a aquellos que ven y saben que están necesitados, aunque dejen pasar a muchísimos que no tienen menos necesidad que los otros, ya sea porque no pueden conocer a todos los necesitados, ya porque sus fuerzas no alcanzan a socorrer a todos. Del mismo modo, no obran contra la voluntad de Dios los que, considerando y pensando en esta comunión común de la Iglesia, usan tales oraciones particulares, con las que, con palabras particulares pero con un afecto común y público, encomiendan a Dios a sí mismos o a otros cuya necesidad él ha querido darles a conocer más de cerca. Aunque no todo es semejante en la oración y en la limosna: porque la generosidad en dar solo podemos ejercerla con aquellos cuya necesidad conocemos, mientras que con nuestra oración podemos ayudar aun a los más extraños y alejados de nosotros, por grande que sea la distancia que nos separe. Esto se hace por la generalidad de la oración, en la que están comprendidos todos los hijos de Dios, en cuyo número se cuentan también aquellos. A esto puede referirse lo que san Pablo exhorta a los fieles de su tiempo: que levanten manos puras al cielo, sin contiendas ni disputas (1 Ti 2:8); porque, advirtiéndoles que cuando hay divisiones se cierra la puerta a la oración, les manda orar unánimes en toda paz y amistad.

Sigue luego: que estás en los cielos. De esto no debemos concluir que esté encerrado o contenido en el recinto del cielo como dentro de un límite y término. Porque el mismo Salomón confiesa que los cielos de los cielos no lo pueden contener (1 R 8:27); y el mismo Dios dice por su profeta que el cielo es su trono y la tierra el estrado de sus pies (Is 66:1). Con esto quiere decir sin duda que no está limitado ni contenido en un lugar determinado, sino que está en todas partes y lo llena todo (Hch 7:49; 17:24). Pero como nuestro entendimiento, tosco como es, no puede comprender de otro modo su gloria inefable, nos la da a entender por medio del cielo, que es lo más alto y más lleno de gloria y majestad que podemos imaginar o pensar. Y puesto que nuestros sentidos suelen detenerse dondequiera que captan algo, Dios se nos presenta por encima de todo lugar, para que, cuando queramos buscarlo, nos elevemos por encima de todos los sentidos de nuestra alma y de nuestro cuerpo. Además, con esta expresión queda exento de toda corrupción y mudanza. Finalmente, se nos da a entender que él abarca y contiene todo el mundo y lo rige y gobierna con su poder. Por eso, que estás en los cielos es como si dijera: que eres de una grandeza y altura infinitas, de esencia incomprensible, de poder inmenso y de inmortalidad eterna. Por tanto, cuando oigamos esta expresión, nuestro entendimiento y nuestro espíritu deben elevarse, puesto que hablamos de Dios; y no debemos imaginar en él nada carnal ni terreno, ni querer medirlo con nuestra razón humana, ni regir su voluntad según nuestros afectos. Al mismo tiempo debemos confirmar nuestra confianza en aquel por cuya providencia y poder entendemos que son gobernados el cielo y la tierra. La conclusión sea, pues, esta: que bajo este nombre de Padre se nos presenta aquel Dios que se nos manifestó en la imagen de su Hijo, para que lo invoquemos con certeza de fe; y que este nombre de Padre, por lo familiar que es, no solo debe servirnos para confirmar nuestra confianza, sino también para contener nuestro espíritu, para que no se desvíe hacia dioses desconocidos o fingidos, sino que, guiado por su Hijo unigénito, suba directamente a aquel que es el único Padre de los ángeles y de los hombres. En segundo lugar, cuando se sitúa su trono en el cielo, se nos advierte que, puesto que él gobierna el mundo, de ningún modo acudiremos a él en vano, ya que se nos ofrece y presenta por su propia voluntad. «Es necesario —dice el apóstol— que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (Heb 11:6). Ambas cosas atribuye Cristo aquí a su Padre, para que nuestra fe se funde y se apoye en él, y para que nos persuadamos con certeza de que se ocupa de nuestra salvación, puesto que tiene a bien extender su providencia hasta nosotros. Estos son los principios con que san Pablo nos dispone a orar bien; porque, antes de exhortarnos a presentar nuestras peticiones a Dios, usa este prefacio: «El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos» (Flp 4:5-6). De donde se ve que quienes no tienen por bien asentado este artículo, que el ojo de Dios está sobre los justos (Sal 33:18), dan vueltas a sus oraciones en el corazón con gran duda y perplejidad.

La primera petición es: Santificado sea tu nombre, y la necesidad y la falta que tenemos de ella deben causarnos gran vergüenza. Porque ¿qué se puede pensar más vil y más bajo que ver oscurecida la gloria de Dios, en parte por nuestra ingratitud y en parte por nuestra malicia? Y lo que es más de lamentar, ¿que por nuestro atrevimiento, orgullo y furia desenfrenada sea, en cuanto de nosotros depende, deshecha y menoscabada? Es verdad que la santidad del nombre de Dios resplandece a pesar de todos los impíos, aunque revienten con su sacrílega disolución. Y no sin razón clama el profeta: «Conforme a tu nombre, oh Dios, así es tu loor hasta los fines de la tierra» (Sal 48:10). Porque dondequiera que Dios se dé a conocer, es imposible que no se manifiesten sus virtudes: poder, bondad, sabiduría, justicia, misericordia y verdad, que nos obligan a maravillarnos y nos mueven a cantar sus alabanzas. Así pues, ya que en la tierra se le quita a Dios tan indignamente su santidad, si no podemos defenderla, se nos manda que al menos nos cuidemos de pedir a Dios que la defienda. En suma, pedimos que se dé a Dios la honra que se le debe, de modo que los hombres nunca hablen ni piensen de él sino con gran reverencia; a lo cual se opone la profanación, que siempre ha sido muy común en el mundo, como lo es todavía hoy. De aquí viene la necesidad que tenemos de hacer esta petición, que sería superflua si hubiera en nosotros alguna piedad y religión. Y si el nombre del Señor es santificado como conviene cuando, separado de todos los demás, es ensalzado en gloria, aquí no solo se nos manda rogar a Dios que conserve su nombre íntegro y perfecto, libre de todo desprecio e ignominia, sino también que doblegue y sujete a todo el mundo a honrarlo y reconocerlo como Señor. Y puesto que Dios se nos ha manifestado en parte en su palabra y en parte en sus obras, no es santificado por nosotros como conviene si, en una y otra parte, no le damos lo que es suyo, abarcando así todo lo que de él hemos recibido, y si no apreciamos entre nosotros su severidad no menos que su clemencia, ya que en la diversidad de sus obras ha impreso por todas partes señales certísimas de su gloria, que hacen que con toda razón lo alaben todas las lenguas. Así sucederá que la Escritura tendrá entre nosotros todo su valor y autoridad, y que, pase lo que pase, nada impedirá que Dios sea glorificado como conviene en todo el curso del gobierno del mundo. Esta petición apunta también a que cese y tenga fin toda impiedad que mancha este sacrosanto nombre; a que sean exterminadas todas las detracciones, murmuraciones y burlas que oscurecen y menoscaban esta santificación; y a que Dios, reprimiendo y pisoteando toda clase de sacrilegios, haga crecer de día en día su majestad y excelencia.

La segunda petición es: Venga tu reino. Aunque no contiene nada nuevo, con justa razón se diferencia y distingue de la primera. Porque, si consideramos bien nuestra gran flojedad en un asunto que tanto nos importa, es necesario que se nos repita muchísimas veces lo que por nosotros mismos deberíamos haber entendido. Así pues, después de habérsenos mandado pedir a Dios que abata y destruya del todo cuanto mancha su sacrosanto nombre, se añade aquí una segunda petición semejante y casi igual a la primera: que venga su reino. Y aunque ya hemos explicado qué es este reino, lo repetiré ahora en pocas palabras: Dios reina cuando los hombres, renunciando a sí mismos y despreciando el mundo y esta vida terrena, se sujetan a la justicia de Dios para aspirar a la vida celestial. Así, este reino tiene dos partes: una, que Dios, con la virtud y el poder de su Espíritu, corrija y abata todos los apetitos de la carne, que le hacen la guerra en tropel; la otra, que forme todos nuestros sentidos para que obedezcan su mandamiento. Por tanto, nadie guarda el orden legítimo en esta petición sino el que comienza por sí mismo, es decir, deseando ser limpiado de toda corrupción que perturba el estado tranquilo del reino de Dios y contamina su pureza y perfección. Y puesto que la palabra de Dios es como su cetro real, se nos manda aquí pedir que sujete los espíritus y corazones de todos para que le obedezcan voluntariamente. Esto sucede cuando los toca y mueve con una inspiración secreta, dándoles a entender cuán grande es la virtud de su palabra, para que ella tenga la preeminencia y sea tenida en el grado de honra que merece. Después es necesario abatir a los impíos, que resisten a su imperio obstinadamente y con un furor desesperado. Así pues, Dios levanta su reino humillando a todo el mundo, pero por caminos diversos: a unos les doma los bríos y la arrogancia, a otros les quebranta la soberbia indomable. Debemos desear que esto se haga cada día, para que Dios reúna sus iglesias de todas partes del mundo, las multiplique y aumente en número, las enriquezca con sus dones y establezca en ellas un buen orden; y, por el contrario, para que eche por tierra a todos los enemigos de la doctrina y la religión puras, disipe sus designios y abata sus empresas. De aquí se ve claramente que no sin razón se nos manda desear el progreso y crecimiento continuo del reino de Dios, ya que las cosas de los hombres nunca van tan bien que, limpias y libres de toda la suciedad de los vicios, florezca y permanezca en ellas una perfección entera y cabal. Esta plenitud y perfección se extiende más bien hasta el día de la última venida de Cristo, cuando, como dice san Pablo, Dios será todo en todos (1 Co 15:28). Así, esta oración debe apartarnos de todas las corrupciones del mundo, que nos alejan de Dios, para que su reino florezca entre nosotros; al mismo tiempo debe encender en nosotros el deseo de mortificar nuestra carne; y, finalmente, debe enseñarnos a llevar nuestra cruz con paciencia, ya que Dios quiere extender su reino por este camino. Y no debemos entristecernos de que el hombre exterior se desgaste, con tal que el interior se renueve. Porque esta es la condición del reino de Dios: que, cuando nos sujetamos a su justicia, él nos hace partícipes de su gloria. Esto sucede cuando su majestad, haciendo brillar de día en día más y más su luz y su verdad, para que se deshagan, desvanezcan y perezcan las tinieblas y mentiras de Satanás y de su reino, ampara a los suyos, los guía por el camino recto con la asistencia de su Espíritu y los confirma en la perseverancia; y, por el contrario, deshace las conspiraciones impías de los enemigos, descubre sus asechanzas y engaños, se adelanta a su malicia y abate su rebeldía, hasta que al fin mate al Anticristo con el espíritu de su boca y extermine toda impiedad con el resplandor de su venida.

La tercera petición es: Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Aunque depende de su reino y no se puede separar de él, no sin razón se pone aparte, por nuestra torpeza, que no aprende fácil ni rápidamente qué significa que Dios reine en el mundo. Por eso no estará mal tomarla como una explicación: que Dios será rey del mundo cuando todos se hayan sujetado a su voluntad. Y aquí no se trata de su voluntad secreta, con la que gobierna todas las cosas y las lleva al fin que le place. Porque, aunque Satanás y los impíos se le oponen y le hacen frente con gran ímpetu, él sabe muy bien, con su consejo incomprensible, no solo rechazar sus golpes, sino domarlos y hacer por medio de ellos lo que ha determinado. Por eso debemos entender aquí otra voluntad de Dios, a saber, aquella a la que corresponde una obediencia voluntaria. Y por eso se compara expresamente el cielo con la tierra: porque los ángeles, como se dice en el Salmo, obedecen a Dios voluntariamente y están atentos a hacer lo que se les manda (Sal 103:20). Se nos manda, pues, desear que, así como en el cielo no se hace nada sino como Dios quiere, y los ángeles están serenamente dispuestos a toda rectitud, del mismo modo la tierra, desterrando de sí toda rebeldía y maldad, se sujete al imperio de Dios. Y ciertamente, cuando pedimos esto, renunciamos a los apetitos y deseos de nuestra carne; porque quien no rinde y sujeta del todo sus afectos a Dios se opone y resiste, en cuanto de él depende, a la voluntad de Dios, ya que todo lo que procede de nosotros es vicioso y malo. Además, esta oración nos induce a negarnos a nosotros mismos para que Dios nos rija y gobierne según su buena voluntad; y no solo eso, sino a que cree en nosotros espíritus nuevos y corazones nuevos, después de deshacer los nuestros, para que no sintamos en nosotros ningún movimiento de deseo contrario a él, sino que haya en nosotros un perfecto acuerdo con su voluntad. En suma, que no queramos nada por nosotros mismos, sino que su Espíritu gobierne nuestro corazón y que, enseñándonos por dentro, aprendamos a amar lo que le agrada y a aborrecer lo que le desagrada. De donde se sigue también que él deshaga, anule e invalide todos nuestros apetitos contrarios a su voluntad. He aquí los tres primeros puntos de la oración, en los que conviene que tengamos ante los ojos solo la gloria de Dios, sin tener en cuenta en absoluto a nosotros mismos ni nuestro provecho, que, aunque se nos sigue de aquí con creces, no es lo que debemos buscar aquí. Y aunque todas estas cosas vendrán sin duda a su tiempo sin que las pensemos, las deseemos ni las pidamos, aun así debemos desearlas y pedirlas. Y tenemos gran necesidad de hacerlo, para declarar y dar testimonio de este modo de que somos siervos e hijos de Dios, procurando en cuanto de nosotros depende la honra que se le debe como Señor y Padre. Por tanto, todos aquellos a quienes no toca ni mueve este afecto y deseo de que la gloria de Dios sea ensalzada, para pedir que su nombre sea santificado, que venga su reino y que se haga su voluntad, no deben contarse ni entre los hijos de Dios ni entre sus siervos. Y como estas cosas sucederán por mucho que les pese, vendrán para su confusión y ruina.

Sigue la segunda parte de la oración, en la que descendemos a nuestros intereses y provecho; no para que, dejando a un lado la gloria de Dios y sin tenerla en cuenta (la cual, como declara san Pablo, debemos procurar aun en el comer y en el beber; 1 Co 10:31), busquemos solo lo que nos conviene, sino que, como ya hemos dicho, la diferencia es esta: que Dios, al reservarse en particular las tres primeras peticiones, nos arrebata por completo hacia sí, para probar mejor de este modo la honra que le damos. Después nos concede también que tengamos en cuenta lo que nos conviene, pero con esta condición: que no deseemos obtener nada sino con este fin, que en todos los beneficios y mercedes que recibimos de él resplandezca su gloria; porque no hay nada más justo que vivir y morir para él. En cuanto al resto, en esta petición pedimos al Señor lo que necesitamos y lo que suple nuestras necesidades, pidiéndole en general todo lo que nuestro cuerpo necesita mientras vivimos en este mundo; no solo con qué alimentarnos y vestirnos, sino también todo lo que él sabe que nos es provechoso y útil para comer nuestro pan y usar de las mercedes que nos hace en toda paz y tranquilidad. En suma, en esta petición nos ponemos en sus manos y nos dejamos gobernar por su providencia, para que nos alimente, sustente y conserve. Porque nuestro buen Padre no desdeña tomar bajo su protección y amparo aun nuestro cuerpo, para ejercitar nuestra fe en estas cosas bajas y pequeñas, cuando lo esperamos todo de él, hasta una migaja de pan y una gota de agua. Porque, como nuestra perversidad es tal que siempre tenemos mucho más en cuenta y nos tomamos más pena y fatiga por nuestro cuerpo que por nuestra alma, muchos que se atreven a confiar a Dios su alma no dejan, sin embargo, de estar inquietos por su cuerpo, y siempre dudan qué comerán y con qué se vestirán; y si no tienen entre manos gran abundancia de vino, trigo y aceite, tiemblan pensando que les va a faltar (Sal 4:7). Esto es lo que dijimos: que hacemos mucho más caso de la sombra de esta vida corruptible que de aquella inmortalidad perpetua. Pero los que, confiados en Dios, han echado ya de sí esta ansiedad por su cuerpo esperan también de él cosas de mucha mayor importancia, incluso la salvación y la vida eterna. Por tanto, no es pequeño ejercicio de fe esperar de Dios estas cosas que de otro modo nos angustiarían y afligirían mucho; y no hemos avanzado poco cuando nos hemos despojado de esta incredulidad, que está arraigada hasta los huesos en casi todos los hombres. En cuanto a los que, filosofando, entienden esto del pan supersustancial, me parece que no concuerda mucho con la intención de Cristo; y aun digo más: si no atribuyéramos a Dios, incluso en esta vida frágil y caduca, el oficio de un Padre que nos alimenta y sustenta, la oración quedaría trunca e imperfecta. La razón que dan es muy profana: que no conviene que los hijos de Dios, que deben ser espirituales, no solo ocupen su entendimiento en cuidados terrenos, sino que además envuelvan en ellos a Dios. ¡Como si su bendición y su favor paternal no resplandecieran también en la comida y la bebida que nos da, o como si estuviera escrito en vano que la piedad, que es la honra que le damos, tiene promesa no solo de la vida venidera, sino también de la presente (1 Ti 4:8)! Y aunque el perdón de los pecados es mucho más precioso que el sustento del cuerpo, Jesucristo puso en primer lugar lo de menor importancia para elevarnos poco a poco a las dos peticiones siguientes, que son propias de la vida celestial; en lo cual condescendió con nuestra torpeza. Nos manda, pues, pedir nuestro pan cotidiano, para que nos contentemos con la ración que el Padre celestial tenga a bien dar a cada uno y no procuremos obtener ninguna ganancia por medios ni artes ilícitas. Entretanto, debemos entender que el pan se hace nuestro por título de donación; porque, como dice Moisés, ni nuestra industria ni nuestro trabajo ni nuestras manos pueden adquirir nada si la bendición de Dios no nos lo da (Dt 8:17); y aún más, ni siquiera la abundancia de pan nos serviría de nada si por voluntad del Señor no se convirtiera en alimento. Por tanto, esta generosidad de Dios no es menos necesaria a los ricos y poderosos que a los pobres y necesitados, ya que, aun teniendo sus graneros y bodegas bien llenos, perderían las fuerzas, secos y vacíos, si por su gracia no les hiciera disfrutar de su pan. La palabra «hoy» o «cada día» (como dice otro evangelista) y el adjetivo «cotidiano» ponen cierto freno al deseo y la codicia desordenada de las cosas pasajeras, en los que solemos encendernos sobremanera y que traen consigo muchísimos otros males; porque, si tenemos gran abundancia, nos volvemos deliberadamente pródigos, gastándola en placeres, deleites, ostentación y otras clases de derroche. Por eso se nos manda pedir solo lo que basta para suplir nuestra necesidad, y, como se dice, para el día, con la confianza de que, cuando nuestro Padre celestial nos haya sustentado hoy, tampoco se olvidará de nosotros mañana. Así pues, por mucha abundancia que tengamos, aun cuando nuestros graneros y bodegas estén llenos, debemos pedir siempre nuestro pan cotidiano; porque debemos tener por certísimo que todos los bienes del mundo no valen ni son nada sino en cuanto el Señor los multiplica y aumenta derramando sobre ellos su bendición, y que la misma abundancia de que gozamos no es nuestra sino en cuanto al Señor le place repartírnosla de hora en hora y darnos su uso. Y como la soberbia de los hombres se deja persuadir de esto con mucha dificultad, el Señor declara haber dado un ejemplo muy notable que sirva para siempre: cuando sustentó a su pueblo en el desierto con maná, para advertirnos que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Dt 8:3; Mt 4:4). Con esto se nos da a entender que solo su virtud sostiene nuestra vida y nuestras fuerzas, aunque nos la dispensa y la da por medios e instrumentos corporales. Así también nos lo muestra, por el contrario, cuando quita al pan su fuerza, de modo que aun los que lo comen mueren de hambre, y quita a la bebida su sustancia, de modo que aun los que beben mueren de sed (Lv 26:26). Y los que, no contentos con su pan cotidiano, sino apeteciendo infinitas cosas con su codicia desenfrenada, o los que, hartos de su abundancia y seguros y confiados en sus grandes riquezas, hacen sin embargo esta petición a Dios, no hacen otra cosa que burlarse de él. Porque los primeros piden lo que no querrían que se les concediera y lo que aborrecen profundamente, es decir, solo su pan cotidiano, y disimulan y ocultan a Dios cuanto pueden su avaricia insaciable, cuando la verdadera oración debe manifestar a Dios nuestro corazón y todo lo que en él está escondido. Los otros le piden lo que no esperan de él, porque piensan que ya tienen lo que piden. Al llamarlo «nuestro pan» se muestra y da a entender todavía más ampliamente, como ya hemos dicho, la gracia y generosidad de Dios, que hace nuestro lo que por ningún derecho se nos debe. Aunque tampoco contradigo mucho a los que piensan que por la palabra «nuestro» se entiende el pan ganado con nuestro justo sudor y trabajo, sin engañar ni dañar al prójimo; porque todo lo que se gana injustamente nunca es nuestro, siempre es ajeno. Al decir «dánoslo» se nos indica que es un don puro y gratuito de Dios, venga de donde venga, aun cuando más parezca que lo hemos ganado con nuestro arte, industria y manos; porque solo su bendición hace que nuestros trabajos tengan buen resultado.

Sigue: Perdónanos nuestras deudas. En esta petición y en la siguiente, Jesucristo comprendió en pocas palabras todo lo que se puede decir de la salvación de nuestras almas, puesto que en estos dos miembros o puntos consiste únicamente el pacto espiritual que Dios ha hecho con su Iglesia: «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón… porque perdonaré la maldad de ellos», dice Dios (Jer 31:33-34). Aquí comienza Cristo por el perdón de los pecados, y luego añadirá la segunda gracia: que Dios nos defienda con la virtud de su Espíritu y nos ampare con su ayuda, para que permanezcamos invencibles frente a todas las tentaciones. Llama deudas a los pecados porque les debemos pena y castigo, que nos sería imposible satisfacer y pagar si no fuéramos liberados por este perdón, que es un perdón de su misericordia gratuita, por cuanto le ha placido borrar generosamente estas deudas sin recibir nada de nosotros, satisfaciéndose con su propia misericordia en Jesucristo, que se entregó a sí mismo como rescate y satisfacción (Ro 3:24). Por tanto, todos los que confían en satisfacer a Dios con sus méritos o con los de otros, y piensan comprar y obtener con estas satisfacciones el perdón de los pecados, no pueden participar en absoluto de este perdón gratuito; y al orar a Dios de esta forma no hacen otra cosa que firmar su propia acusación y ratificar con su propio testimonio su condenación. Se confiesan deudores si no se les perdona la deuda por un perdón gratuito; pero no aceptan este perdón, sino que lo rechazan cuando ponen delante de Dios sus méritos y satisfacciones; porque así no imploran su misericordia, sino que apelan a su juicio. En cuanto a los que sueñan con una perfección que nos exima de la necesidad de pedir perdón, tengan por discípulos a aquellos a quienes la comezón de oír lleva a desvaríos y engaños, con tal que se tenga por cierto que todos los que ellos hacen sus discípulos quedan arrancados de Cristo; porque él, al inducir a todos a confesar su pecado, no admite a nadie que no sea pecador; no porque consienta los pecados con halagos, sino porque sabe que los fieles nunca estarán tan del todo despojados de los vicios de su carne que no sigan siendo siempre deudores ante el juicio de Dios. Es verdad que deberíamos desear, y aun procurar con todo empeño, poder alegrarnos de veras delante de Dios, habiendo cumplido todo nuestro deber, de estar puros y limpios de toda mancha; pero, como es voluntad del Señor restaurar poco a poco su imagen en nosotros, de modo que siempre quede en nuestra carne algún contagio, no debemos despreciar el remedio. Y si Cristo, conforme a la autoridad que el Padre le ha dado, nos manda recurrir a él durante todo el curso de nuestra vida pidiéndole perdón de nuestras faltas y pecados, ¿quién podrá soportar a estos nuevos maestros que, con color y apariencia de una inocencia perfecta, procuran cegar los ojos de los sencillos haciéndoles creer que no hay en ellos ninguna falta, sino que están limpios de todo pecado? Lo cual, como declara san Juan, no es otra cosa que hacer mentiroso a Dios (1 Jn 1:10). Por este mismo camino estos malvados despedazan el pacto de Dios, en el que está contenida nuestra salvación; porque de sus dos puntos principales quitan uno, y al hacerlo lo deshacen todo; y no solo son sacrílegos al separar dos cosas tan encadenadas y unidas entre sí, sino también impíos y crueles, al consumir a las pobres almas miserables en la desesperación; y, lo que es más, son desleales y traidores consigo mismos y con otros como ellos, al procurar adormecerse en una negligencia y torpeza directamente contraria a la misericordia de Dios. En cuanto a lo que objetan, que al desear que venga el reino de Dios pedimos también la abolición y ruina del pecado, es cosa muy frívola. Porque en la primera tabla de la oración se nos manda buscar una perfección suprema, y aquí se nos pone delante nuestra debilidad y flaqueza. Así concuerdan muy bien estas dos cosas: que, aspirando a la meta y al fin que buscamos, no despreciemos los remedios que requiere nuestra necesidad. Finalmente, pedimos que se nos haga este perdón y remisión como nosotros perdonamos la deuda a nuestros deudores; es decir, como nosotros perdonamos a todos los que nos han hecho algún agravio o injuria y nos han ofendido de palabra o de obra. No es que nosotros podamos perdonar la culpa del delito y la ofensa, porque esto es solo de Dios (Is 43:25); sino que el perdón y la remisión que debemos otorgar consisten en echar voluntariamente de nuestro corazón toda ira, odio y deseo de venganza, y en entregar a un olvido perpetuo toda injuria y ofensa que se nos haya hecho, sin guardar rencor contra nadie. Por tanto, de ningún modo debemos pedir a Dios el perdón de nuestros pecados si no perdonamos a todos las ofensas que nos han hecho o nos hacen. Pero si, por el contrario, guardamos en nuestro corazón algún odio, pensamos en vengarnos y buscamos ocasión de hacer mal a nuestros enemigos, y aún más, si no procuramos volver a la amistad con nuestros enemigos, reconciliarnos con ellos, hacerles todo el servicio y favor posibles y vivir en buena paz, amistad y caridad con ellos, en esta oración pedimos a Dios que no nos perdone nuestros pecados. Porque le pedimos que haga con nosotros lo que nosotros hacemos con otros, y esto no es otra cosa que pedirle que no nos perdone si nosotros no perdonamos. Los que son así, ¿qué obtienen con su oración sino un juicio mucho más grave? Por último, debemos notar que esta condición, que nos perdone como nosotros perdonamos a nuestros deudores, no se ha puesto porque merezcamos, por el perdón que concedemos a otros, que nuestro Señor nos perdone, como si esa fuera la causa; sino que el Señor quiso con estas palabras consolar la debilidad de nuestra fe. Porque la añade como una señal con la que seamos confirmados de que Dios nos ha perdonado con tanta certeza como sabemos que nosotros hemos perdonado a otros, cuando nuestro corazón está vacío y limpio de todo odio, rencor y venganza. Quiso también dar a entender con esta nota que borra del número de sus hijos a los que, siendo fáciles y precipitados para vengarse y difíciles para perdonar, se obstinan en sus enemistades, y que, guardando su mal corazón y su indignación contra el prójimo, piden a Dios que les perdone mientras ellos mantienen su ira contra otros, para que no se atrevan a invocarlo como Padre, como también lo dijo claramente Cristo según san Lucas.

La sexta petición corresponde, como ya hemos dicho, a la promesa que Dios nos ha hecho de grabar su ley en nuestros corazones. Pero como no obedecemos a Dios sin una batalla continua y sin encuentros duros y crueles, pedimos aquí que nos provea de armas fuertes y nos ampare con su asistencia para que podamos alcanzar la victoria. Con esto se nos advierte que no solo necesitamos la gracia del Espíritu Santo para que ablande nuestros corazones, los enderece y los encamine al servicio de Dios, sino que también necesitamos su socorro para que nos haga invencibles tanto frente a las asechanzas de Satanás como frente a sus violentos asaltos. Muchísimas y muy diversas son las clases de tentaciones (Stg 1:2; Mt 4:1; 2 Ts 3:5). Porque todos los malos pensamientos de nuestro entendimiento que nos inducen a transgredir la ley, ya los despierte nuestra concupiscencia, ya los agite el diablo, son tentaciones; y las cosas que de suyo no son malas se convierten, sin embargo, en tentaciones por arte y astucia de Satanás cuando se nos ponen delante de los ojos para que su atractivo nos aparte y aleje de Dios. De estas últimas tentaciones, unas están a la derecha y otras a la izquierda. A la derecha, como las riquezas, el poder, los honores y otras semejantes, que muchísimas veces, con la apariencia de bien y de grandeza que parecen tener, ciegan los ojos y engañan con sus halagos, para que los hombres, atrapados con tales astucias y embriagados con tal dulzura, se olviden de su Dios. A la izquierda, como la pobreza, la ignominia, el desprecio, las aflicciones y otras semejantes, con cuya aspereza y dificultad se escandalizan, pierden el ánimo, arrojan de sí toda confianza y esperanza y, finalmente, se alejan y apartan por completo de Dios. Pedimos, pues, en esta sexta petición a Dios nuestro Padre que no permita que seamos vencidos por estas tentaciones que nos combaten, sean las que produce en nosotros nuestra concupiscencia o aquellas a las que nos induce la astucia de Satanás, sino que nos sostenga y levante con su mano, para que, animados por su virtud y su fuerza, podamos mantenernos en pie y firmes frente a todos los asaltos de nuestro maligno enemigo, sean cuales sean los pensamientos a los que quiera inducirnos. Pedimos también que todo lo que se nos presente, por un lado o por otro, lo convirtamos en bien; es decir, que no nos envanezcamos en la prosperidad ni perdamos el ánimo en la adversidad. Sin embargo, no pedimos aquí no sentir ninguna tentación, pues nos es muy necesario ser despertados, punzados y aguijoneados por ellas, no sea que, estando demasiado ociosos, nos entorpezcamos. Porque no sin razón deseaba David ser probado, ni sin razón prueba el Señor a los suyos (Sal 26:2; Gn 22:1; Dt 8:2; 13:3), castigándolos cada día con afrenta, pobreza, tribulación y otras clases de cruz. Pero Dios tienta de un modo y Satanás de otro. Satanás tienta para perder, destruir, confundir y hundir; Dios, en cambio, tienta para probar y conocer por experiencia la sinceridad de los suyos, para fortalecerlos ejercitándolos, para mortificar su carne, purificarla y acrisolarla; carne que, si no fuera tratada así, se desbocaría y se desmandaría sobremanera. Además, Satanás ataca a traición a los desprevenidos, desarmados y que menos lo piensan, y lo hace para destruirlos (1 P 2:9; 5:8); pero Dios no nos deja ser tentados más de lo que podemos resistir, y da con la tentación la salida, para que los suyos puedan soportar con paciencia todo lo que les sobreviene (1 Co 10:13). Poco importa que por «el maligno» entendamos al diablo o al pecado. Porque el diablo es el enemigo que trama nuestra ruina y perdición, y el pecado son las armas de que se sirve para destruirnos. Esta es, pues, nuestra petición: que no seamos vencidos ni arrollados por ninguna tentación, sino que, con la virtud y el poder del Señor, permanezcamos firmes y fuertes contra todo poder contrario que nos combata. Esto es no caer en las tentaciones: que, recibidos bajo su amparo y defensa, y asegurados de este modo, salgamos vencedores sobre el pecado, la muerte, las puertas del infierno y todo el reino de Satanás. Esto es ser librados del maligno. En lo cual debemos notar también con atención que nuestras fuerzas no son tan grandes como para pelear con el diablo, tan gran guerrero, ni para resistir su fuerza y sus asaltos. Porque, de otro modo, pediríamos a Dios en vano, o burlándonos, lo que ya tendríamos por nosotros mismos. Ciertamente, los que, confiados en sí mismos, se preparan para pelear con el diablo no entienden bien con qué enemigo se enfrentan, cuán fuerte y cuán bien pertrechado. Pedimos, pues, ser librados de su poder como de la boca de un león cruel y furioso, cuyos dientes y garras nos harían pedazos y nos devorarían al instante si el Señor no nos librara de en medio de la muerte; entendiendo a la vez que, si el Señor está presente y pelea por nosotros mientras permanecemos quietos y callados, en su poder haremos proezas (Sal 60:12). Confíen otros cuanto quieran en las facultades y fuerzas de su libre albedrío, que creen tener por sí mismos; a nosotros bástenos que solo en el poder de Dios nos mantenemos firmes y podemos todo lo que podemos. Esta petición contiene mucho más de lo que parece a primera vista; porque, si el Espíritu de Dios es nuestra fuerza para pelear contra Satanás, ciertamente no podremos alcanzar la victoria antes de que, llenos de él, nos hayamos despojado de toda la debilidad de nuestra carne. Así pues, cuando pedimos ser librados de Satanás y del pecado, pedimos que nuevas gracias de Dios aumenten continuamente en nosotros, hasta que, llegados a la perfección, triunfemos sobre todo mal. A algunos les parece duro y áspero pedir a Dios que no nos meta en tentación, siendo contrario a su naturaleza tentarnos, como declara Santiago (Stg 1:13-14). Pero ya hemos resuelto en cierto modo esta cuestión: la solución es que, hablando con propiedad, nuestra concupiscencia es la causa de todas las tentaciones que nos vencen, y que por tanto la culpa debe imputarse a nuestra concupiscencia. Y Santiago no quiere decir otra cosa sino que en vano e injustamente se echa a Dios la culpa de los vicios y pecados que nos vemos obligados a imputarnos a nosotros mismos, puesto que nuestra propia conciencia nos acusa de ellos. Pero esto no impide que Dios, cuando le parezca, nos entregue a Satanás, nos precipite en una mente reprobada y en deseos monstruosos, y de este modo nos meta en tentación; ciertamente por su justo juicio, pero muchísimas veces oculto, porque con frecuencia los hombres ignoran la causa por la que Dios lo hace, que él conoce muy bien. De aquí se concluye que esta expresión no es impropia, si nos convencemos de que no son amenazas de niños cuando su majestad anuncia tantas veces que ejecutará su ira y venganza sobre los réprobos, hiriéndolos con ceguera y dureza de corazón.

Estas tres últimas peticiones, en las que encomendamos particularmente a Dios nuestras personas y todas nuestras cosas, muestran claramente lo que ya dijimos antes: que las oraciones de los cristianos deben ser comunes, para la edificación pública de la Iglesia y para el bien y provecho común de la comunión de los fieles. Porque en estas peticiones nadie pide su bien y provecho particular, sino que todos en común pedimos nuestro pan, el perdón de los pecados, no ser metidos en tentación y ser librados del maligno. Después de las peticiones se indica la causa de que tengamos tanto atrevimiento para pedir y tanta confianza para obtener lo que pedimos. Aunque esta causa no figura en los ejemplares latinos, es tan propia y tan oportuna en este lugar que no se debe omitir: porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Este es un reposo firme y seguro para nuestra fe. Porque, si nuestras oraciones hubieran de ser recomendadas a Dios por nuestra dignidad, ¿quién se atrevería siquiera a abrir la boca delante de él? Pero ahora, por más que seamos más que miserables, más que indignos, y no tengamos absolutamente nada de qué gloriarnos ante Dios, siempre tendremos motivo para orarle y nunca nos faltará la confianza, puesto que a nuestro Padre nunca le será quitado su reino, ni su poder, ni su gloria. Al final se añade amén, palabra con la que se expresa el ardor del deseo que tenemos de obtener todo lo que hemos pedido a Dios, y se confirma nuestra esperanza de que ya hemos obtenido todas estas cosas y de que ciertamente todo se cumplirá, pues lo ha prometido Dios, que no puede mentir. Y esto concuerda con la fórmula que ya hemos citado: «Haz, Señor, lo que te pedimos por amor de tu nombre, no por nosotros ni por nuestra justicia». Porque, al hablar así, los santos no solo muestran con qué fin oran, sino que confiesan además que no merecen obtener nada si Dios no busca la causa en sí mismo, y que por eso toda su confianza de ser oídos descansa únicamente en la bondad de Dios, que le es natural.

En esta oración tenemos todo lo que debemos, y aun todo lo que podemos, pedir a Dios. Es como una forma y regla que nos ha dado nuestro excelente Maestro Jesucristo, a quien el Padre nos ha dado como Doctor y al único a quien quiso que escucháramos (Mt 17:5). Porque Cristo ha sido siempre la Sabiduría eterna del Padre y, hecho hombre, ha sido dado a los hombres como Ángel o mensajero del gran consejo (Is 11:2). Y esta oración es tan perfecta y tan completa que todo lo que se le añada que no pueda referirse a ella ni incluirse en ella es contrario a Dios, impío e indigno de la aprobación de Dios. Porque en esta oración nos ha mostrado todo lo que le agrada, todo lo que nos es necesario y todo lo que quiere concedernos. Por tanto, todos los que se atreven a ir más allá y presumen pedir a Dios algo que no esté contenido y comprendido en esta oración, en primer lugar quieren añadir por su cuenta algo a la sabiduría de Dios, lo cual es una gran blasfemia; en segundo lugar, no se mantienen dentro de la voluntad de Dios, sino que, sin hacer caso de ella, se apartan muchísimo; y finalmente, nunca obtendrán lo que piden, puesto que oran sin fe (véase Agustín, Carta a Proba, sobre la oración). Y no hay duda de que todas esas oraciones se hacen sin fe, porque les falta la palabra de Dios, sin la cual la fe, si no se funda siempre en ella, no puede subsistir. Y los que, sin tener en cuenta la regla que su Maestro les ha dado, siguen sus apetitos y piden lo que se les antoja, no solo no tienen la palabra de Dios, sino que se oponen a ella en cuanto pueden. Por eso Tertuliano habló muy bien y de manera admirable cuando la llamó «oración legítima», dando a entender tácitamente que todas las demás oraciones son ilegítimas e ilícitas (Tertuliano, Sobre la huida en la persecución).

Sin embargo, no queremos, ni es nuestra intención, que esto se entienda como si debiéramos estar atados a esta oración y forma de orar de tal manera que no nos fuera lícito cambiar ni una sola palabra ni sílaba. Porque a cada paso leemos en la Sagrada Escritura oraciones muy diferentes de esta en las palabras, pero dictadas por el mismo Espíritu, y cuyo uso nos es muy provechoso. El mismo Espíritu inspira habitualmente a los fieles muchísimas oraciones que no se parecen mucho en las palabras. Solo queremos enseñar que nadie pretenda, espere ni pida nada fuera de lo que en suma contiene esta oración, y que, aunque su oración sea distinta en las palabras, no varíe en el sentido. Porque es certísimo que todas las oraciones que se hallan en la Sagrada Escritura, y todas las que hacen los fieles, se reducen a esta; y ciertamente no hay ninguna oración que se le pueda comparar ni igualar, cuánto menos superarla. Porque no le falta nada de todo lo que se puede pensar para alabar a Dios, ni de lo que el hombre debe desear para su bien y provecho. Y todo esto está comprendido en ella de manera tan completa que, con toda razón, a todo hombre se le ha quitado la esperanza de poder inventar otra mejor. En suma, concluyamos que esta es la doctrina de la Sabiduría de Dios, que enseñó lo que quiso y quiso lo que era necesario.

Y aunque ya dijimos antes que debemos suspirar y orar sin cesar, teniendo siempre el corazón elevado a Dios, como nuestra debilidad es tal que muchísimas veces necesita ser sostenida, y nuestra torpeza tan grande que necesita ser aguijoneada, conviene que cada uno de nosotros, para ejercitarse, se fije ciertas horas que nunca pasen sin oración, y en las que empleemos por completo todo el afecto de nuestro corazón: a saber, por la mañana al levantarnos, antes de emprender cualquier tarea; cuando nos sentamos a tomar el alimento y la comida que Dios nos ofrece por su generosidad, y después de haberla tomado; y cuando nos vamos a acostar. Con la condición, sin embargo, de que esto no sea una observancia supersticiosa de horas, como si, habiendo cumplido ya nuestro deber con Dios, pensáramos haber cumplido de sobra por todo el resto del tiempo, sino que sea una disciplina e instrucción para nuestra debilidad, con la que se ejercite y estimule lo más posible. Sobre todo debemos procurar que, cada vez que nos aflija alguna aflicción particular, o veamos a otros afligidos, acudamos enseguida a él, no con los pies, sino con el corazón, y le pidamos favor. Asimismo, que no dejemos pasar ninguna prosperidad que nos haya venido a nosotros, o que sepamos que ha venido a otros, sin declarar enseguida con alabanzas y acción de gracias que viene de su mano generosa. Finalmente, debemos guardar con mucha diligencia en toda oración esto: no querer sujetar ni atar a Dios a ciertas circunstancias, ni fijarle tiempo, lugar o modo de hacer y cumplir lo que le pedimos. Así, en esta oración se nos enseña a no ponerle ley ni prescribirle ninguna condición, sino a dejar enteramente a su beneplácito y buena voluntad que haga lo que ha de hacer por el camino, en el tiempo y en el lugar que tenga a bien. Por eso, antes de hacer ninguna petición por nosotros mismos, le pedimos que se haga su voluntad; con lo cual sujetamos ya nuestra voluntad a la suya, para que, contenida como con un freno, no presuma sujetar a Dios a sí, sino que lo constituya árbitro y moderador de todos sus afectos y deseos.

Si, con el corazón ejercitado en esta obediencia, nos dejamos regir por las leyes de su divina providencia, aprenderemos fácilmente a perseverar en la oración y, suspendiendo nuestros deseos, esperaremos pacientemente al Señor, seguros de que, aunque no se deje ver, está siempre presente con nosotros, y de que a su tiempo mostrará que nunca ha tenido los oídos sordos a nuestras oraciones, que a los hombres les parecían desechadas. Esto nos servirá de admirable consuelo, para que no desmayemos ni desfallezcamos por desesperación si a veces no satisface nuestros deseos en el momento en que le pedimos algo, como suelen hacer los que, arrebatados solo por su propio ardor, invocan a Dios de tal manera que, si no les responde y los asiste al primer golpe, enseguida se imaginan que Dios está airado y enojado con ellos y, perdiendo toda esperanza de ser oídos, dejan de invocarlo. Al contrario, prolongando nuestra esperanza con una templada moderación de corazón, insistamos en aquella perseverancia que tanto se nos encarga en la Sagrada Escritura. Porque muchísimas veces podemos ver en los Salmos cómo David y los demás fieles, cuando, casi cansados de orar, parecía que habían hablado al viento y que el Dios a quien oraban estaba sordo, no dejan sin embargo de orar. Y ciertamente no se da a la palabra de Dios la autoridad que merece si no se le da fe y crédito aunque todo lo que se ve parezca contrario. Asimismo, esto nos servirá de buen remedio para guardarnos de tentar a Dios y de provocarlo e irritarlo contra nosotros con nuestra impaciencia e insistencia, como hacen los que no quieren ponerse de acuerdo con Dios sino con tal o cual condición, y, como si Dios fuera su criado, sujeto a sus antojos, quieren obligarlo a las leyes de lo que piden; y si no obedece enseguida, se indignan, braman, gruñen, murmuran y se alborotan. A estos, pues, Dios les concede muchísimas veces en su furor lo que en su misericordia y favor niega a otros. Tenemos un ejemplo de ello en los hijos de Israel, a quienes habría sido mucho mejor que el Señor no les concediera lo que le pedían que comer la carne que les envió en su ira (Nm 11:18, 33).

Y si al final, aun después de haber esperado mucho, nuestros sentidos no comprenden qué hemos ganado orando ni perciben ningún provecho, nuestra fe nos asegurará lo que nuestros sentidos no han podido comprender: que habremos obtenido de Dios lo que convenía, ya que el Señor promete tantas y tantas veces, y tan de veras, que se ocupará de nuestras penas una vez que se las hayamos presentado, aunque sea una sola vez. Y así hará que tengamos abundancia en la pobreza y consuelo en la aflicción. Porque, aunque todo el mundo nos falle, Dios nunca nos faltará ni nos abandonará, pues jamás puede defraudar la esperanza y la paciencia de los suyos. Solo él nos valdrá más que todos, puesto que contiene en sí todo el bien que existe, bien que nos revelará en el futuro, en el día del juicio, cuando manifestará su reino con toda claridad. Además, hay que notar otra cosa: aunque Dios nos conceda enseguida lo que le pedimos, no siempre nos responde según la forma expresa de nuestra petición, sino que, teniéndonos en apariencia en suspenso, nos oye por un camino extraño y muestra que no le hemos orado en vano. Esto es lo que quiso decir san Juan: «Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho» (1 Jn 5:15). Esto parece una redundancia de palabras bien fría, pero es una declaración muy útil para advertirnos que Dios, aun cuando no condesciende con nosotros concediéndonos lo que le pedimos, no deja por eso de sernos propicio, benigno y favorable, de modo que nuestra esperanza, apoyada en su palabra, nunca quedará avergonzada ni defraudada. Tan necesario es a los fieles sostenerse y mantenerse con esta paciencia que, si no se apoyaran en ella, caerían de su estado y no podrían tenerse en pie. Porque el Señor no prueba a los suyos con pruebas leves, sino que, lejos de tratarlos con delicadeza, muchísimas veces los pone en extremos y necesidades grandísimos, y los deja así abatidos y caídos, pataleando en el lodo largo tiempo, antes de darles a gustar algo de su dulzura. Y como dice Ana: «Jehová mata, y él da vida; él hace descender al Seol, y hace subir» (1 S 2:6). ¿Qué podrían hacer, afligidos de este modo, sino perder todo ánimo y fuerza y caer en la desesperación, si, estando así afligidos, desconsolados y medio muertos, no los consolara y levantara esta consideración: que Dios tiene sus ojos puestos en ellos y que saldrán con bien de todos los males que ahora padecen y sufren? Y aunque se apoyen en esta seguridad de la esperanza que tienen, no dejan entretanto de orar; porque, si en nuestra oración no hay constancia para perseverar, nuestra oración no vale nada.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.