Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

La libertad cristiana

Ahora debemos tratar de la libertad cristiana, tema que no debe omitir quien se propone reunir en un breve compendio la suma de la doctrina del evangelio. Porque es algo muy necesario, y sin conocerla las conciencias apenas se atreven a emprender nada sin dudar: muchísimas cosas las hacen detenerse y volverse atrás, y andan siempre vacilando y temblando. Sobre todo, esta doctrina de la libertad cristiana es un apéndice o complemento de la justificación, y nos ayuda mucho a entender su fuerza. Más aún: todos los que temen a Dios de verdad percibirán aquí el fruto inestimable de esta doctrina, de la que los impíos, los lucianos, los ateos y los hombres sin Dios y sin religión alguna se burlan a su antojo con sus chistes y sarcasmos; porque, en esa embriaguez espiritual que los tiene fuera de sí, cualquier desvergüenza y descaro les parece lícito. Este será, pues, su lugar propio para tratar esta materia; y aunque en lo dicho hasta aquí la hemos tocado de paso algunas veces, ha sido muy acertado reservar hasta este lugar el tratarla de propósito. Porque en cuanto se menciona la libertad cristiana, veréis que unos sueltan las riendas a sus malos deseos y otros promueven grandes alborotos, si a tiempo y enseguida no se pone orden sujetando a estos espíritus ligeros, que corrompen y echan a perder por completo todo lo que se les pone delante, por bueno que sea. Porque unos, con el pretexto de esta libertad, se sacuden toda obediencia a Dios y se toman una licencia desenfrenada; otros se indignan y no quieren oír hablar de esta libertad, pensando que con ella se confunde y se suprime toda moderación, orden y discernimiento. ¿Qué haremos en tal caso, viéndonos cercados por todas partes y en tal aprieto? ¿Será acaso lo mejor no mencionar la libertad cristiana, ni tenerla en cuenta, para evitar así estos peligros? Pero, como ya hemos dicho, sin el conocimiento de esta libertad no pueden conocerse de verdad ni Cristo, ni la verdad de su evangelio, ni el reposo y la paz interior de las almas. Al contrario, puesto que es así, debemos poner todo nuestro empeño en que una doctrina tan necesaria no quede sepultada ni arrinconada, y en refutar al mismo tiempo las absurdas objeciones que suelen presentarse sobre esta materia.

La libertad cristiana consiste, a mi juicio, en tres partes. La primera es que las conciencias de los fieles, cuando buscan la seguridad de su justificación delante de Dios, se eleven por encima de la ley y se olviden de toda justicia legal. Porque, como la ley (según se ha probado antes) no deja a nadie justo, una de dos: o quedamos excluidos de toda esperanza de ser justificados, o es necesario que seamos libres de la ley, y libres de tal manera que no tengamos en cuenta para nada nuestras obras. Porque quien piensa que, para alcanzar la justicia, debe aportar de su parte aunque sea un poquito de obras, no puede fijarles límite ni medida, sino que se hace deudor de toda la ley. Así pues, cuando se trata de nuestra justificación, es necesario que, sin mencionar para nada la ley y dejando a un lado toda idea de obras, abracemos solo la misericordia de Dios; y que, apartando los ojos de nosotros mismos, los pongamos y fijemos solo en Jesucristo. Porque aquí no se pregunta cómo somos justos, sino cómo, siendo injustos e indignos, somos tenidos por justos. Si nuestras conciencias quieren tener alguna certeza sobre esto, no deben dar a la ley ningún lugar ni entrada. Tampoco debe nadie concluir de aquí que la ley es superflua y no sirve de nada a los fieles, a quienes no por eso deja de enseñar, exhortar e impulsar al bien, aunque ante el tribunal de Dios no tenga lugar en sus conciencias. Porque estas dos cosas, siendo tan distintas, debemos distinguirlas también con mucho cuidado. Toda la vida del cristiano debe ser una meditación y ejercicio de piedad, porque somos llamados a santificación (Ef 1:4; 1 Ts 4:3-7). En esto consiste el oficio de la ley: en recordarnos nuestro deber y movernos a vivir en santidad e inocencia. Pero cuando las conciencias se inquietan sin saber cómo tener a Dios propicio y de su parte, sin saber qué responderán ni con qué confianza podrán alzar los ojos cuando, emplazadas, comparezcan ante el juicio de Dios, entonces no deben entrar en cuentas con la ley ni pensar qué es lo que la ley exige, sino poner ante sus ojos, como su justicia, solo a Jesucristo, que supera y excede toda la perfección de la ley.

Casi todo el argumento de la Epístola a los Gálatas gira sobre este punto. Porque por la manera de argumentar de san Pablo se puede probar muy fácilmente que se equivocan gravemente los intérpretes que dicen que en esta epístola san Pablo solo lucha por la libertad respecto de las ceremonias; como cuando dice que Cristo se hizo maldición por nosotros para redimirnos de la maldición de la ley (Gá 3:13). Y también: «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído» (Gá 5:1-4). En estas palabras del apóstol se contiene, sin duda, algo de mucho mayor peso que la libertad respecto de las ceremonias. Es verdad, lo reconozco, que san Pablo trata en la Epístola a los Gálatas de las ceremonias, porque en ella combate a los falsos apóstoles que intentaban volver a introducir en la iglesia cristiana las viejas sombras de la ley, abolidas y deshechas con la venida de Cristo. Pero para explicar bien esta cuestión había que subir más alto, es decir, a la fuente de donde mana y en la que consiste toda ella. En primer lugar, como la claridad del evangelio quedaba oscurecida por estas figuras y sombras judías, muestra que en Jesucristo tenemos la presencia entera y sólida de todo lo que estaba figurado en las ceremonias de Moisés. En segundo lugar, como aquellos engañadores sembraban en el corazón del pueblo una opinión perversísima, a saber, que esta obediencia en el cumplimiento de las ceremonias de la ley servía para merecer la gracia de Dios, insiste principalmente en este punto: que los fieles no piensen que pueden alcanzar la justicia delante de Dios por ninguna obra de la ley, y mucho menos por estas menudencias exteriores. Y al mismo tiempo enseña que por la muerte de Cristo somos libres de la condenación de la ley, que de otro modo pesa sobre todo el género humano, para que los fieles tengan pleno reposo en sus conciencias; argumento que viene muy a propósito de lo que tratamos. En conclusión, defiende la libertad de las conciencias, declarando que no están obligadas a guardar cosas no necesarias.

La segunda parte de la libertad cristiana, que depende de la anterior, es que las conciencias obedezcan a la ley no como forzadas por la obligación de la ley, sino que, libres del yugo de la ley, obedezcan y se sometan a la voluntad de Dios por sí mismas y de muy buena gana. Porque, como están atormentadas continuamente por terrores mientras están bajo el dominio y el mandato de la ley, jamás se decidirán a obedecer al Señor con libertad y alegre prontitud si antes no han alcanzado esta libertad. Con un ejemplo podremos entender con más claridad y brevedad a qué viene todo esto. Es mandamiento de la ley que amemos a nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas (Dt 6:5). Para que esto se cumpla, es necesario que nuestra alma se vacíe primero de todo otro sentimiento y pensamiento, que el corazón esté limpio de todo otro deseo, y que todas nuestras fuerzas y capacidades se apliquen y empleen solo en esto. Aun los que han avanzado muchísimo en el camino del Señor en comparación con los demás están muy lejos de esta meta. Porque, aunque amen a Dios con buen afecto y de corazón sincero, no dejan de tener una gran parte de su corazón y de su alma ocupada por afectos de la carne, que los detienen y estorban para que no puedan acercarse a Dios con tanta libertad y soltura. Es verdad que se esfuerzan cuanto pueden por avanzar, pero la carne en parte debilita sus fuerzas y en parte las atrae hacia sí misma. ¿Qué harán, pues, aquí, viendo que nada hacen menos que cumplir la ley? Quieren, procuran e intentan, pero nada con la perfección debida. Si ponen los ojos en la ley, ven que todo lo que intentan y se proponen hacer es maldito. Y nadie tiene por qué engañarse pensando que su obra no es del todo mala por ser imperfecta, y que por eso mismo todo lo bueno que hay en ella es aceptable a Dios. Porque la ley, al exigir un amor perfecto, condena toda imperfección, a menos que se mitigue su rigor. Considere bien su obra quien así piensa, y hallará que lo que creía en parte bueno es transgresión de la ley en cuanto no es perfecto.

Veis aquí cómo todas nuestras obras están bajo la maldición de la ley si se examinan con el rigor de la ley. ¿Cómo, pues, las pobres almas se animarían a hacer con alegría aquello por lo cual estaban convencidas de que no recibirían sino maldición? Por el contrario, si, libradas de tan severa exigencia de la ley, o mejor dicho, de todo el rigor de la ley, oyen que Dios las llama con dulzura de padre, responderán con gran alegría y gozo al que las llama y lo seguirán adondequiera que quiera llevarlas. En suma, todos los que están bajo el yugo de la ley son como los siervos a quienes sus amos imponen cada día sus tareas. Estos creen no haber hecho nada, y no se atreven a presentarse ante sus amos, mientras no hayan terminado por completo la tarea que les habían impuesto. En cambio, los hijos, a quienes sus padres tratan con más generosidad y dulzura, no temen presentarles sus obras imperfectas y a medio hacer, y aun con algunas faltas, confiados en que su obediencia y buena voluntad agradarán a sus padres, aunque no hayan hecho su obra con tanta perfección como quisieran. Así debemos ser nosotros: debemos estar persuadidos de que nuestros servicios, por imperfectos y a medio hacer que sean, agradan a nuestro Padre misericordiosísimo. Así nos lo confirma él mismo por el profeta: «Y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve» (Mal 3:17); en este pasaje se ve claramente que «perdonar» significa soportar con bondad y pasar por alto las faltas, puesto que se menciona el servicio. Y no nos es poco necesaria esta confianza, sin la cual en vano emprenderíamos cualquier cosa. Porque Dios no se tiene por honrado con ninguna obra nuestra sino con la que hacemos de verdad y deliberadamente para honrarle. ¿Y cómo puede hacerse esto en medio de aquellos terrores, cuando dudamos si con nuestra obra Dios es ofendido o servido?

Y esta es, sin duda, la razón por la que el autor de la Epístola a los Hebreos atribuye a la fe todas las buenas obras que leemos que hicieron los antiguos padres, y las pesa y les da valor solo según la fe (Heb 11:2). Acerca de esta libertad hay una excelente sentencia en la Epístola a los Romanos, donde san Pablo concluye que el pecado no debe enseñorearse de nosotros, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia (Ro 6:12-14). Porque, después de exhortar a los fieles a que el pecado no reinara en su cuerpo mortal, a que no presentaran sus miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino que se presentaran a Dios como vivos de entre los muertos, y sus miembros a Dios como instrumentos de justicia; y como ellos podían objetar, por su parte, que todavía llevaban a cuestas una carne llena de malos deseos y que el pecado habitaba en ellos, les da enseguida este consuelo: que estaban libres de la ley. Como si dijera: aunque el pecado todavía no está muerto en ellos, y aunque sienten que la justicia aún no vive plenamente en ellos, no tienen por qué temer ni desanimarse, como si tuvieran siempre a Dios ofendido por los restos de pecado que quedaban en ellos, puesto que por la gracia han sido librados y liberados de la ley, para que sus obras no sean examinadas con la regla y la medida de esa ley. Y los que concluyen que podemos pecar tranquilamente porque no estamos bajo la ley, sepan que esta libertad no tiene nada que ver con ellos, pues su fin es movernos y animarnos al bien.

La tercera parte de la libertad cristiana es que delante de Dios no hagamos cuestión de conciencia de ninguna cosa exterior que en sí misma sea indiferente, de modo que podamos indiferentemente hacerla o dejarla. Y ciertamente nos es muy necesario conocer esta libertad, porque mientras no la tengamos nunca tendrán reposo nuestras conciencias, ni tendrán fin las supersticiones. Hay muchísimos que nos tienen por grandes necios porque sostenemos que es lícito comer carne libremente, y decimos que la observancia de los días, la manera de vestir y otras cosas semejantes son libres; cosas que, según piensan, son frívolas y sin importancia. Pero en estas cosas hay mucho más que considerar de lo que comúnmente piensa la gente. Porque, una vez que las conciencias se han dejado atrapar en el lazo, entran en un laberinto largo e inextricable del que después no podrán salir fácilmente. Si alguien empieza a dudar de si le es lícito usar lino en sus sábanas, camisas, pañuelos y servilletas, después ni siquiera del cáñamo estará seguro, y al final empezará a dudar de si le es lícito usar estopa. Porque pensará para sí que podría cenar sin servilletas y arreglárselas sin pañuelos. Si a alguien le parece que no le es lícito comer un alimento algo delicado, acabará comiendo pan moreno y alimentos comunes sin tranquilidad de conciencia delante de Dios, porque se le ocurrirá que podría sustentar su cuerpo con alimentos todavía más bastos. Si tiene escrúpulo de beber un vino algo suave, después ni siquiera beberá el vino de heces con la conciencia tranquila. Finalmente, no se atreverá a tocar para beber el agua más dulce y más clara que las demás. En conclusión, llegará a tal locura que tendrá por gravísimo pecado pisar una paja atravesada. Porque aquí no comienza un ligero combate de conciencia, sino que la duda es si Dios quiere que usemos de estas cosas o de aquellas, y su voluntad debe preceder a todo lo que pensemos y hagamos. De aquí es inevitable que unos, desesperados, se arrojen a un abismo profundo, y que otros, sin hacer caso de Dios y desechando su temor, no tengan en cuenta ningún obstáculo que se les ponga delante y pasen por dondequiera sin saber cuál es su camino. Porque todos los que están enredados en semejantes dudas, adondequiera que se vuelvan, no verán otra cosa que escrúpulos de conciencia.

«Yo sé —dice san Pablo— […] que nada es inmundo en sí mismo (por "común" entiende "profano"); mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es» (Ro 14:14). Con estas palabras somete a nuestra libertad todas las cosas exteriores, con tal que nuestras conciencias estén seguras de esta libertad delante de Dios. Pero si alguna opinión supersticiosa nos pone escrúpulo, las mismas cosas que en sí y por naturaleza eran limpias se nos vuelven impuras. Por eso añade: «Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. Pero el que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Ro 14:22-23). Los que, estando en tales apuros, se atreven sin embargo a hacer cualquier cosa, ¿no se alejan otro tanto de Dios? En cambio, los que están verdaderamente tocados por algún temor de Dios, cuando se ven obligados a hacer muchas cosas contra su conciencia, se abaten y se derrumban de miedo. Ninguno de los que son así recibe don o beneficio de Dios con acción de gracias, y san Pablo declara que solo por ella todas las cosas quedan santificadas para nuestro uso y servicio (1 Ti 4:5). Y entiendo una acción de gracias que salga del corazón y reconozca la generosidad y la bondad de Dios en sus dones. Porque muchos entienden que son beneficios de Dios aquellos de que gozan, y alaban a Dios en sus obras; pero, si no están convencidos de haberlos recibido de él, ¿cómo le darán gracias como si de él los hubieran recibido? Vemos, pues, en suma, qué pretende esta libertad: que usemos de los dones de Dios sin ningún escrúpulo de conciencia y sin turbación del alma, para el fin con que él nos los dio; con esta confianza nuestras almas tendrán paz y reconocerán su generosidad para con nosotros. Porque aquí se comprenden todas las ceremonias cuya observancia es libre, para que las conciencias no se vean forzadas a observarlas por ninguna obligación, sino que entiendan que su uso, por beneficio gratuito de Dios, queda sometido a su discernimiento, según les parezca conveniente para la edificación.

Hay que considerar, pues, con cuidado que la libertad cristiana, en todas sus partes, es algo espiritual, cuya fuerza consiste enteramente en pacificar delante de Dios las conciencias atemorizadas, ya estén inquietas y dudosas acerca del perdón de sus pecados, ya angustiadas sobre si agradan a Dios sus obras imperfectas y manchadas por los vicios de la carne, ya atormentadas en cuanto al uso de las cosas indiferentes. Por tanto, la interpretan perversamente quienes, o disfrazan y doran sus apetitos para abusar así de los dones de Dios en sus placeres carnales, o piensan que no hay libertad si no la ejercen a la vista de los hombres, y por eso, al usarla, no tienen ninguna consideración con la debilidad de los hermanos. En la primera manera se peca muchísimo hoy en día. Porque casi no hay nadie que, por ser rico, pueda gastar algo, que no se complazca en el lujo de su mesa, en el adorno de su persona y en edificar con enorme gasto; que no quiera superar a los demás y aventajarlos en refinamientos, y que no se complazca mucho en su magnificencia. Y todo esto se defiende con el pretexto de la libertad cristiana. Dicen que son cosas indiferentes; lo reconozco, si se usan con indiferencia. Pero cuando se desean con exceso, cuando los hombres se jactan de ellas con arrogancia, cuando se derrochan sin medida, está claro que las cosas que en sí eran lícitas se manchan con estos vicios. Aquello que dice san Pablo distingue muy bien respecto de las cosas indiferentes: «Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas» (Tit 1:15). ¿Por qué son maldecidos los ricos que ya tienen su consuelo, que están saciados, que ahora ríen, que duermen en camas de marfil, que juntan heredad con heredad, en cuyos banquetes hay arpas, laúdes, tamboriles y vino (Lc 6:24-25; Am 6:1, 4; Is 5:8-12)? Ciertamente el marfil, el oro y las riquezas son buenas criaturas de Dios, permitidas para que los hombres se sirvan de ellas; más aún, destinadas a ello por la providencia de Dios. Y en ningún lugar está prohibido reír, saciarse, añadir nuevas posesiones a las antiguas heredadas de nuestros antepasados, deleitarse con la armonía de la música ni beber vino. Esto es verdad; pero cuando alguien que tiene abundancia de riquezas se revuelca en placeres, se ahoga en ellos, embriaga su mente y su corazón con los pasatiempos presentes y busca siempre otros nuevos y los anhela, esto ciertamente se aleja mucho del uso legítimo de los dones de Dios. Quiten, pues, el deseo desmesurado, quiten el derroche excesivo, quiten la vanidad y la arrogancia, y usen así con pura conciencia, puramente, de los dones de Dios. Cuando tengan su corazón así preparado, tendrán la regla para usar legítimamente de los dones de Dios. Falte esta moderación y templanza, y por eso mismo el modo de vivir más común y corriente será excesivo. Porque es muy cierto el refrán que suele decirse: «Debajo de una mala capa suele haber un buen bebedor»: bajo un sayal u otra tela vil suele haber un ánimo de púrpura; y, al contrario, bajo la púrpura y la seda suele esconderse un corazón humilde. Viva, pues, cada uno en su estado y condición, pobremente, medianamente o con abundancia, con tal que entiendan que Dios los mantiene y sustenta a todos para vivir, y no para revolcarse en placeres. Piensen que esta es la ley de la libertad cristiana: si han aprendido con san Pablo a contentarse con lo que tienen; si saben vivir humildemente y tener abundancia; si están enseñados tanto para estar saciados como para tener hambre, tanto para tener abundancia como para padecer necesidad (Flp 4:11-12).

Muchísimos se equivocan también en esto (que es la segunda falta): como si su libertad no pudiera conservarse entera y perfecta si los hombres no fueran testigos de ella, la usan sin discernimiento ni prudencia. Con esta manera irreflexiva de usarla escandalizan muchísimas veces a los hermanos débiles. Veréis hoy a ciertos hombres que creen que no pueden gozar bien de su libertad si no han tomado posesión de ella comiendo carne en viernes. Que la coman, no lo condeno; pero hay que quitarles de la cabeza una opinión tan falsa: que no tienen libertad alguna si no la muestran a diestra y siniestra. Porque deberían considerar que por nuestra libertad no adquirimos nada delante de los hombres, sino delante de Dios, y que consiste tanto en abstenerse como en usar. Si entienden que delante de Dios da lo mismo comer carne o comer huevos, vestir de color o de negro, eso basta. La conciencia, a la que se debía el fruto de esta libertad, ya está libre. Por tanto, aunque después se abstengan de comer carne toda su vida y vistan siempre de un mismo color, no por eso tendrán menos libertad. Al contrario, porque son libres, se abstienen con conciencia libre. Esta clase de gente cae muy peligrosamente en el error de no tener en cuenta la debilidad de los demás, que debemos sobrellevar de tal manera que no hagamos temerariamente nada de lo que puedan escandalizarse. Pero alguien dirá que a veces conviene que mostremos nuestra libertad. Lo reconozco. Pero hay que guardar la medida con gran cuidado y prudencia, de modo que no despreciemos el cuidado de los débiles, que el Señor nos ha encomendado tanto.

Trataré, pues, aquí algo sobre los escándalos: qué caso hay que hacer de ellos, cuáles debemos evitar y cuáles no debemos tener en cuenta; de ahí cada uno podrá entender fácilmente qué libertad pueden tener los hombres. Me parece bien aquella distinción común que habla de dos clases de escándalo, el dado y el tomado, puesto que esta distinción está confirmada por un claro testimonio de la Escritura y expresa con bastante propiedad lo que quiere decir. Si tú, por inoportunidad, ligereza, intemperancia o temeridad, y no en su orden ni a su tiempo, haces algo con lo que los ignorantes y débiles se ofenden, eso se llamará escándalo dado por ti, porque por tu culpa ocurrió que se diera este escándalo. Y en general se dice que se ha dado escándalo en alguna cosa cuando la falta procede de quien la hizo. Se llama escándalo tomado cuando algo que no se ha hecho mal ni con imprudencia se toma, por mala voluntad y por cierta malicia torcida, como ocasión de escándalo. Porque aquí no se dio el escándalo, sino que los intérpretes malintencionados lo toman sin causa alguna. Con la primera clase de escándalo solo se ofenden los débiles; con la segunda se ofenden los caracteres descontentadizos y los ceños fruncidos de los fariseos. Por tanto, al primero lo llamaremos escándalo de los débiles, y al otro, de los fariseos; y moderaremos el uso de nuestra libertad de tal manera que ceda ante la ignorancia de los hermanos débiles, pero no ante el rigor de los fariseos. Cuánto debemos ceder ante los hermanos débiles lo muestra ampliamente san Pablo en muchísimos lugares: «Recibid al débil en la fe». Y también: «Ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano» (Ro 14:1, 13); y otras muchas cosas a este propósito que se pueden leer mucho mejor en ese lugar que citarlas aquí. La suma es que los que somos fuertes soportemos las flaquezas de los débiles y no nos agrademos a nosotros mismos, sino que cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación (Ro 15:1-2). Y en otro lugar dice: «Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles». Y también: «De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia». Y hablo de vuestra conciencia, y no de la del otro. En conclusión: «No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios» (1 Co 8:9; 10:25, 29, 32). Y en otro lugar: «Vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros» (Gá 5:13). Así es, ciertamente: nuestra libertad no se nos ha dado contra nuestros prójimos débiles, de quienes el amor nos hace siervos en todo y por todo, sino mucho más para que, teniendo paz con Dios en nuestras conciencias, vivamos también en paz entre los hombres. Y cuánto caso debemos hacer del escándalo que se toman los fariseos lo sabemos por las palabras del Señor, que manda dejarlos, y da la razón: porque son ciegos guías de ciegos (Mt 15:14). Los discípulos le habían advertido que los fariseos se habían escandalizado de sus palabras, y el Señor les responde que no hagan caso de ellos ni tengan en cuenta su escándalo.

Pero todo esto queda en la incertidumbre si no entendemos a quiénes debemos tener por débiles y a quiénes por fariseos; sin esta distinción no veo cómo podamos usar de nuestra libertad en medio de los escándalos, pues usarla sería muy peligroso. Pero me parece que san Pablo ha determinado con mucha claridad, tanto con su doctrina como con ejemplos, cuánto debemos moderar nuestra libertad y cuándo debemos usarla aun con escándalo. Cuando tomó a Timoteo en su compañía, lo circuncidó; pero nunca pudieron persuadirle de que circuncidara a Tito (Hch 16:3; Gá 2:3). Lo que hizo fue distinto, pero no hubo ningún cambio de criterio ni de intención. Porque, al circuncidar a Timoteo, siendo libre de todos, se hizo siervo de todos: se hizo a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley, como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a todos se hizo de todo, para salvar a muchos, como él lo dice en otro lugar (1 Co 9:19-22). Aquí tenemos una justa moderación de la libertad: cuando podemos abstenernos indiferentemente con algún fruto. Cuál fue su intención al negarse con tanta firmeza a circuncidar a Tito, él mismo lo declara con estas palabras: «Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse; y esto a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud, a los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros» (Gá 2:3-5). Aquí tenemos también la necesidad de defender nuestra libertad si, por las injustas exigencias y extorsiones de los falsos apóstoles, se menoscaba en las conciencias de los débiles. Siempre debemos servir al amor y procurar siempre la edificación de nuestro prójimo. «Todo me es lícito —dice en otro lugar—, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro» (1 Co 10:23-24). No puede haber regla más clara que esta: que usemos de nuestra libertad si de ello resulta provecho para el prójimo, pero que nos abstengamos si no le conviene. Hay algunos que aparentan imitar la prudencia de san Pablo al abstenerse de su libertad, cuando lo que menos buscan es servir al amor. Porque, mirando por su tranquilidad y su reposo, desearían que se sepultara todo recuerdo de la libertad. Sin embargo, no conviene menos usarla para el bien y la edificación de nuestros prójimos que abstenernos de ella a su tiempo por esos mismos fines. El oficio y el deber de un hombre piadoso es, pues, considerar que se le ha concedido libre potestad en las cosas exteriores para que esté tanto más dispuesto a cumplir todos los deberes del amor.

Todo lo que he enseñado sobre evitar los escándalos quiero que se refiera a las cosas indiferentes, que en sí mismas no son ni buenas ni malas; porque las que son necesarias y deben hacerse no deben dejarse de hacer por ningún temor de escándalo. Porque así como debemos sujetar nuestra libertad al amor, del mismo modo el amor debe sujetarse a la pureza de la fe. Es verdad que hay que tener en cuenta el amor, pero de tal manera que, por amor al prójimo, no se ofenda a Dios. No debemos aprobar el desorden de aquellos que no hacen nada sin tumultos ni alborotos, y que prefieren romper por la mitad antes que descoser. Pero tampoco deben admitirse los que, arrastrando a otros con su ejemplo a mil clases de blasfemias, fingen que les es necesario hacerlo así para no escandalizar a sus prójimos; como si mientras tanto no estuvieran edificando para mal las conciencias de sus prójimos, sobre todo cuando, sin ninguna esperanza de salir, están siempre plantados en el mismo lodazal. Si se trata de instruir al prójimo con la doctrina o con el ejemplo de la vida, dicen que hay que alimentarlo con leche, y con este fin lo entretienen con opiniones impías y perniciosas. San Pablo cuenta que alimentó a los corintios con leche (1 Co 3:2); pero si en aquel tiempo hubiera habido entre ellos la misa papista, ¿la habría celebrado él para darles leche? No, porque la leche no es veneno. Mienten, pues, cuando aparentan alimentar a quienes en realidad matan cruelmente bajo la apariencia de tal dulzura. Y aunque concedamos que semejante disimulo pueda aprobarse por algún tiempo, ¿hasta cuándo darán a beber esta leche a sus niños? Porque si nunca crecen de modo que puedan al fin soportar algún alimento ligero, es evidente que nunca fueron alimentados con leche. Hay dos razones que me impiden combatir ahora más a fondo contra esta gente: la primera, que sus desatinos no merecen respuesta ni refutación, pues ningún hombre sensato les hace caso; la segunda, no repetir lo mismo, habiendo tratado ya expresamente este tema en otros escritos. Solamente tengan los lectores por cosa resuelta que, sean cuales sean los escándalos con que Satanás y el mundo procuren apartarnos de lo que Dios manda o detenernos para que no sigamos la regla de su palabra, debemos, a pesar de todo, seguir adelante con diligencia. Asimismo, sea cual sea el peligro, no nos es lícito apartarnos del mandamiento de Dios ni el negro de una uña, ni debemos tampoco, con ningún pretexto ni excusa, intentar nada que él no permita.

Puesto que las conciencias de los fieles, por el privilegio de libertad que tienen de Jesucristo, son libres de los lazos y de la observancia de las cosas que el Señor ha querido que sean indiferentes, concluimos que están libres y exentas de toda autoridad y poder de los hombres. Porque no es justo ni que se oscurezca la alabanza que Jesucristo debe recibir por un beneficio tan grande, ni que las conciencias pierdan su fruto y provecho. Y no debemos tener por cosa de poca importancia lo que sabemos que tanto le costó a Cristo, pues lo compró no con oro ni con plata, sino con su propia sangre (1 P 1:18-19). Tanto que san Pablo no duda en decir que la muerte del Señor no tiene efecto alguno si ponemos nuestras almas bajo la sujeción de los hombres (Gá 5:1, 4). Porque en algunos capítulos de la Epístola a los Gálatas no trata de otra cosa sino de que Cristo queda oscurecido para nosotros, o mejor dicho apagado, si nuestras conciencias no permanecen en su libertad; libertad de la cual, sin duda, han caído si pueden ser enredadas, al antojo de los hombres, en los lazos de leyes y constituciones. Pero como esto es algo muy digno de ser entendido, necesita una explicación mucho más amplia y clara. Porque en cuanto se dice una palabra sobre abolir las constituciones humanas, enseguida se levantan infinidad de revueltas, unas promovidas por sediciosos y otras por calumniadores, como si toda obediencia a los hombres quedara de un golpe derribada y echada por tierra.

Para no tropezar, pues, en esta piedra, advirtamos en primer lugar que hay en el hombre dos clases de gobierno: uno espiritual, por el que la conciencia es instruida en la piedad y el culto de Dios; y otro político, por el que el hombre es instruido en los deberes de humanidad y civilidad que deben guardarse entre los hombres. Comúnmente se llaman jurisdicción espiritual y temporal, nombres bastante apropiados para el caso. Con ellos se da a entender que la primera clase de gobierno pertenece a la vida del alma, y que la otra se ejerce en las cosas de esta vida presente: no solo en el sustento y el vestido, sino también en dictar leyes por las que el hombre pueda vivir entre los hombres de manera santa, honesta y moderada. Porque aquel tiene su asiento en el interior del alma, mientras que este solo ordena las costumbres exteriores. Al uno podemos llamarlo reino espiritual, y al otro reino político. Estas dos cosas, tal como las hemos distinguido, debemos considerarlas siempre cada una por separado, y mientras consideramos la una, debemos dejar aparte la otra. Porque en el hombre hay, por así decirlo, dos mundos, en los que puede haber distintos reyes y distintas leyes. Esta distinción nos servirá para advertirnos de que lo que el evangelio nos enseña sobre la libertad espiritual no lo apliquemos sin razón al orden político; como si los cristianos no debieran estar sujetos a las leyes humanas en el gobierno político porque sus conciencias son libres delante de Dios, o como si por ser libres en cuanto al espíritu estuvieran exentos de toda servidumbre según la carne. Además, como aun en las mismas constituciones que parecen pertenecer al reino espiritual el hombre puede engañarse, conviene distinguir también entre ellas cuáles deben tenerse por legítimas, como conformes a la palabra de Dios, y cuáles, por el contrario, no deben tener lugar alguno entre los piadosos. Del gobierno político hablaremos en otro lugar; tampoco hablaré aquí de las leyes eclesiásticas, porque tratarlas a fondo será más oportuno en el cuarto libro, donde trataremos de la autoridad de la iglesia. Sea, pues, esta la conclusión de esta materia. No habría, como ya he dicho, ninguna dificultad en ella si no fuera porque muchísimos se enredan al no distinguir bien entre el orden civil y la conciencia, entre la jurisdicción externa y política y la jurisdicción espiritual que tiene su asiento en la conciencia. Además, la dificultad aumenta por lo que dice san Pablo cuando nos manda obedecer a las autoridades no solo por temor al castigo, sino también por causa de la conciencia (Ro 13:1, 5). De donde se sigue que las conciencias están sujetas también a las leyes políticas. Si así fuera, todo lo que acabamos de decir y lo que vamos a decir sobre el gobierno espiritual se vendría abajo. Para deshacer este nudo, conviene entender primero qué es la conciencia, cuya definición debe tomarse de la etimología y derivación de la misma palabra «conciencia». Porque así como decimos que los hombres saben lo que su espíritu y entendimiento han aprendido, de donde viene la palabra «ciencia», del mismo modo, cuando tienen sentimiento del juicio de Dios, que es para ellos como un segundo testigo que no deja que sus faltas queden sepultadas, sino que los cita ante el tribunal del gran Juez y los tiene allí como encerrados, ese sentimiento se llama «conciencia». Porque es como un intermediario entre Dios y los hombres, ya que los hombres, teniendo tal impresión en su corazón, no pueden borrar por olvido el conocimiento que tienen del bien y del mal, sino que este los persigue hasta hacerles reconocer su falta. Esto es lo que quiere decir san Pablo cuando dice que la conciencia da testimonio juntamente a los hombres, cuando sus pensamientos los acusan o los defienden en el juicio de Dios (Ro 2:15). Un simple conocimiento podría quedar como encerrado en el hombre. Por eso, este sentimiento que pone al hombre ante el juicio de Dios es como un guardián que se le ha dado para observar y espiar todos sus secretos, para que nada quede oculto, sino que todo salga a la luz. De ahí nació el antiguo refrán: «La conciencia vale por mil testigos». Por la misma razón, san Pedro presenta la aspiración de una buena conciencia como reposo y tranquilidad del espíritu, cuando, persuadidos de la gracia de Cristo, nos presentamos confiadamente ante la presencia de Dios (1 P 3:21). Y el autor de la Epístola a los Hebreos, al decir que los fieles «no tendrían ya más conciencia de pecado», quiere decir que están libres y absueltos, de modo que el pecado ya no tenga de qué acusarlos (Heb 10:2).

Así, pues, como las obras tienen por objeto a los hombres, la conciencia lo tiene en Dios; de modo que la buena conciencia no es otra cosa que la integridad interior del corazón. En este sentido dice san Pablo: «Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida» (1 Ti 1:5). Y después, en el mismo capítulo, muestra la diferencia que hay entre ella y un simple conocimiento, diciendo que algunos, «desechando la buena conciencia, naufragaron en cuanto a la fe» (1 Ti 1:19). Con estas palabras declara que la buena conciencia es un vivo deseo de honrar a Dios y un celo sincero de vivir piadosa y santamente. Algunas veces la conciencia se extiende también a los hombres, como cuando el mismo san Pablo, según cuenta san Lucas, declara que ha procurado tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres (Hch 24:16). Pero lo dijo porque los frutos de la buena conciencia fluyen y llegan hasta los hombres. Pero, hablando con propiedad, solo tiene por objeto a Dios, como ya he dicho. De aquí viene que se diga que obliga la conciencia aquella ley que obliga al hombre de manera simple y absoluta, sin mirar ni tener en cuenta a los prójimos, como si solo tuviera que tratar con Dios. Pongamos un ejemplo: Dios no solo nos manda conservar nuestro corazón casto y limpio de toda impureza, sino que prohíbe también toda palabra obscena e impura que huela a desenfreno. Aunque no viviera ningún otro hombre en el mundo, yo estaría obligado en mi conciencia a guardar esta ley. Por tanto, quien se desenfrena no solo peca por dar mal ejemplo a sus hermanos, sino que se hace culpable delante de Dios por haber traspasado lo que él le había prohibido. Otra cosa sucede con las cosas que en sí son indiferentes. Porque debemos abstenernos de ellas si provocan algún escándalo, pero con la conciencia libre. Así lo muestra san Pablo al hablar de la carne sacrificada a los ídolos: «Si alguno os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia […]. La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro» (1 Co 10:28-29). Pecaría el creyente que, habiendo sido advertido primero, comiera aun así esa carne. Pero aunque Dios le mande abstenerse de comer ese alimento a causa de su prójimo, y le sea necesario someterse a ello, su conciencia no deja por eso de ser libre. Vemos, pues, cómo esta ley no impone sujeción sino a la obra exterior, y deja, sin embargo, libre la conciencia.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.