Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
Es un grave error concluir que somos justificados por las obras porque Dios les promete recompensa
Pasemos ahora a explicar los pasajes que dicen que Dios pagará a cada uno conforme a sus obras (Mt 16:27), como los siguientes: «Para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo» (2 Co 5:10). «Tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo […]; pero gloria y honra […] a todo el que hace lo bueno» (Ro 2:9-10). «Y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación» (Jn 5:29). «Venid, benditos de mi Padre […]. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber», etc. (Mt 25:34-35). Unamos también a estos los pasajes en que la vida eterna se llama recompensa de las obras, como estos: «Y le será pagado según la obra de sus manos» (Pr 12:14). «El que teme el mandamiento será recompensado» (Pr 13:13). «Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos» (Mt 5:12; Lc 6:23). «Cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor» (1 Co 3:8). Lo que se dice de que el Señor pagará a cada uno conforme a sus obras se resuelve con mucha facilidad (Ro 2:6). Porque esta manera de hablar indica más bien un orden de sucesión que la causa por la que Dios recompensa a los hombres. Es evidente que nuestro Señor, al consumar y perfeccionar nuestra salvación, sigue estos grados de misericordia: después de habernos elegido, nos llama; después de habernos llamado, nos justifica; y después de habernos justificado, nos glorifica (Ro 8:30). Así pues, aunque recibe a los suyos a la vida por su sola misericordia, como los introduce en la posesión de ella por medio de la práctica de las buenas obras, para cumplir en ellos su buena voluntad según el orden que ha establecido, no hay por qué extrañarse de que se diga que son coronados según sus obras, pues por ellas, sin duda, son preparados para recibir la corona de la inmortalidad. Más aún: por esta razón se dice con toda propiedad que ellos ocupan su salvación cuando, aplicándose a obrar bien, meditan en la vida eterna (Flp 2:12). Es decir, conforme a lo que en otro lugar se les manda, que trabajen por la comida que no perece cuando, creyendo en Cristo, alcanzan la vida; y, sin embargo, enseguida se añade: «la cual el Hijo del Hombre os dará» (Jn 6:27). De donde se ve claramente que la palabra «obrar» no se opone a la gracia, sino que se refiere al celo y al deseo. Por tanto, no se sigue ni que los fieles mismos sean autores de su salvación, ni que su salvación proceda de las buenas obras que hacen. ¿Qué, pues? En el momento en que, por el conocimiento del evangelio y la iluminación del Espíritu Santo, son incorporados a Cristo, comienza en ellos la vida eterna; después, es necesario que la obra que Dios comenzó en ellos se vaya perfeccionando hasta el día del Señor Jesús (Flp 1:6). Y se perfecciona en ellos cuando, reflejando en justicia y santidad a su Padre celestial, demuestran que son sus hijos legítimos y no bastardos.
En cuanto a la palabra «recompensa», no hay motivo para concluir de ella que nuestras obras son la causa de nuestra salvación. En primer lugar, tengamos por cosa certísima que el reino de los cielos no es salario de siervos, sino herencia de hijos, de la cual gozarán solamente aquellos a quienes el Señor haya adoptado como hijos (Ef 1:18); y esto por ninguna otra causa que por esta adopción. Porque «no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre» (Gá 4:30). Y, en efecto, el Espíritu Santo, en los mismos pasajes en que promete la vida eterna como recompensa de las obras, al llamarla expresamente herencia muestra que nos viene de otra parte. Así, cuando Cristo llama a los elegidos de su Padre a poseer el reino de los cielos, enumera las obras que recompensa con el cielo, pero añade a la vez que lo poseerán por derecho de herencia (Mt 25:34). Por eso san Pablo exhorta a los siervos que cumplen fielmente su deber a esperar la recompensa del Señor, pero añade enseguida que esa recompensa es la herencia (Col 3:24). Vemos, pues, con cuánto cuidado Cristo y sus apóstoles evitan que atribuyamos la bienaventuranza eterna a las obras, y no a la adopción de Dios. ¿Por qué, entonces, mencionan al mismo tiempo las obras? La respuesta a esta pregunta se verá clara con un solo ejemplo de la Escritura. Antes de que naciera Isaac, se le había prometido a Abraham una descendencia en la que serían benditas todas las naciones de la tierra, y se le había prometido una posteridad tan numerosa que igualaría a las estrellas del cielo y a la arena del mar, etc. (Gn 15:5; 17:1). Muchísimos años después, se dispuso a sacrificar a su hijo Isaac, como Dios se lo había mandado (Gn 22:3, 17). Después de haber mostrado con los hechos esta obediencia, recibe la promesa: «Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz» (Gn 22:16-18). ¿Qué es esto que oímos? ¿Mereció acaso Abraham por su obediencia esta bendición, cuya promesa se le había hecho muchísimo antes de que Dios le mandara sacrificar a su hijo Isaac? Aquí tenemos sin rodeos que el Señor recompensa las obras de los fieles con los mismos beneficios y favores que les había prometido mucho antes de que pensaran siquiera en hacer las obras que hicieron, y en un tiempo en que su Majestad no tenía otra razón para hacerles bien que su sola misericordia.
Y, sin embargo, el Señor no nos engaña ni se burla de nosotros cuando dice que paga a las obras lo que él mismo había dado gratuitamente antes de que las hiciéramos. Porque, como quiere ejercitarnos en buenas obras para que meditemos en el cumplimiento y el gozo de lo que nos ha prometido, y para que por ellas nos apresuremos hacia la bienaventurada esperanza que se nos propone en los cielos, con toda razón se nos señala en ellas el fruto de las promesas, ya que son como medios para llegar a gozar de ellas. El apóstol declaró admirablemente ambas cosas cuando dijo que los colosenses se dedicaban a practicar el amor a causa de la esperanza que les estaba guardada en los cielos, de la cual ya habían oído por la palabra verdadera del evangelio (Col 1:4-5). Porque, al decir el apóstol que los colosenses habían conocido por el evangelio la herencia que les estaba guardada en los cielos, indica que esta esperanza se fundaba solo en Cristo, y no en obras de ninguna clase. Con esto concuerda lo que dice san Pedro: que los fieles son guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada a su tiempo (1 P 1:5). Cuando dice que por esta causa se esfuerzan en obrar bien, muestra que los fieles deben correr durante toda su vida para alcanzarla. Y para que no pensáramos que la recompensa que el Señor nos promete se mide según los méritos, el mismo Señor nos propuso una parábola en la que se compara a un padre de familia que envía a trabajar a su viña a todos los que encuentra: a unos a la primera hora del día, a otros a la segunda, a otros a la tercera, y aun a otros a la undécima; y, al llegar la tarde, paga a cada uno de sus jornaleros el mismo salario (Mt 20:1-16). La explicación de esta parábola la dio muy bien y en pocas palabras aquel antiguo doctor que escribió el libro titulado De la vocación de los gentiles, que comúnmente se atribuye a san Ambrosio (libro I, cap. 5). Prefiero usar sus palabras antes que las mías. «Con esta comparación —dice el autor— quiso el Señor mostrar que el llamamiento de todos los fieles (aunque haya alguna diferencia en la apariencia exterior) pertenece solo a su gracia. En ella, sin duda, los que vienen a trabajar a la viña una sola hora y reciben el mismo jornal que los que trabajaron todo el día representan la condición y la suerte de aquellos a quienes Dios, para ensalzar la excelencia de su gracia, llama al caer el día, cuando ya están por morir, para recompensarlos según su clemencia; no pagándoles el salario que su trabajo merecía, sino derramando las riquezas de su bondad sobre aquellos a quienes había elegido sin obras; para que también los que trabajaron mucho y no recibieron más salario que los últimos entiendan que han recibido un don de la gracia, y no un salario por sus obras». Finalmente, hay que notar también que, en los pasajes en que la vida eterna se llama recompensa de las obras, no se toma simplemente por aquella comunión que tenemos con Dios para gozar de la bienaventurada inmortalidad, cuando él, con su buena voluntad paternal, nos abraza en Cristo para que seamos sus herederos, sino por la posesión misma y el gozo de la bienaventuranza que tendremos en su reino. Esto lo dan a entender también las palabras mismas de Cristo cuando dice: «y en el siglo venidero la vida eterna» (Mr 10:30); y en otro lugar: «Venid […], heredad el reino», etc. (Mt 25:34). Por esta razón san Pablo llama «adopción» a la revelación de la adopción, que se hará en la resurrección; y luego, explicando esta palabra, dice que es «la redención de nuestro cuerpo» (Ro 8:23). Porque, así como estar separado de Dios es muerte eterna, cuando el hombre es recibido por Dios en su gracia para tener comunión con él y ser unido y hecho una misma cosa con él, pasa de muerte a vida; y esto no ocurre por ningún otro beneficio o favor que por la gracia de la adopción. Y si ellos, como suelen, insisten con obstinación en la expresión «recompensa de las obras», les saldremos al encuentro con lo que dice san Pedro: que la vida eterna es la recompensa de la fe (1 P 1:9).
Por tanto, no pensemos que el Espíritu Santo, con las promesas que hemos citado, quiera engrandecer el valor de nuestras obras, como si merecieran tal recompensa. Porque la Escritura no nos deja nada con que podamos enaltecernos delante de la majestad divina. Al contrario, toda ella se ocupa en confundir nuestra arrogancia y altivez, en humillarnos, abatirnos y deshacernos por completo. Sin embargo, el Espíritu Santo, con esas promesas, socorre nuestra debilidad, que de otro modo enseguida caería y se derrumbaría si no se sostuviera con esta esperanza y no aliviara sus dolores y penas con este consuelo. En primer lugar, considere bien cada uno cuán duro y difícil es renunciar y negarse no solo a todas sus cosas, sino aun a sí mismo. Y, sin embargo, esta es la primera lección, el abecé que Cristo enseña a sus discípulos, es decir, a todos los piadosos. Después, los mantiene de la misma manera durante toda su vida bajo la disciplina de la cruz, para que no apeguen su corazón ni lo pongan en la codicia o la confianza de los bienes presentes. En suma, los trata de tal manera que, dondequiera que pongan los ojos, a lo ancho de todo este mundo, no ven otra cosa que motivos de desesperación; tanto que san Pablo dice: «Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres» (1 Co 15:19). Para que no desfallezcamos en tales angustias, el Señor nos asiste y nos exhorta a levantar la cabeza y a mirar mucho más lejos y más alto, prometiéndonos que hallaremos en él la bienaventuranza que no vemos en este mundo. A esta bienaventuranza la llama premio, recompensa y retribución, no porque tenga en cuenta el mérito de las obras, sino para dar a entender que es una compensación de las miserias, tribulaciones y afrentas que padecemos en este mundo. Por tanto, no hay ningún peligro en que, siguiendo el ejemplo de la Escritura, llamemos a la vida eterna «recompensa», puesto que en ella el Señor lleva a los suyos del trabajo al reposo, de la aflicción a la prosperidad, de la tristeza al gozo, de la pobreza a la riqueza, de la afrenta a la gloria y la honra. En fin, cambia todos los males que han padecido en bienes mucho mayores. De este modo, no hay inconveniente en pensar que la santidad de vida es el camino; no porque nos abra la puerta para entrar en la gloria del reino de los cielos, sino porque por él Dios encamina y guía a sus escogidos hacia la manifestación de esa gloria. Porque su buena voluntad y su propósito es glorificar a los que ha santificado (Ro 8:30). Solo que no imaginemos ninguna correspondencia entre mérito y recompensa, en la cual los sofistas hacen hincapié con gran insistencia, porque no consideran este fin que hemos explicado. ¡Y qué fuera de todo orden es que, cuando Dios nos llama a un fin y a una meta, pongamos nosotros los ojos en otra parte y no queramos ir adonde él nos llama! Nada hay más cierto ni más claro que esto: que a las buenas obras se les promete recompensa, y no para hinchar de vanagloria nuestro corazón, sino para confortar la debilidad de nuestra carne. Por tanto, quien infiere de esto que las obras tienen mérito, o pesa en la balanza la obra con el mérito, se aleja mucho del verdadero blanco que Dios nos propone.
Por tanto, cuando la Escritura dice que Dios, como justo Juez que es, dará a los suyos la corona de justicia (2 Ti 4:8), no solo respondo como responde san Agustín: «¿A quién daría el justo Juez la corona, si el Padre misericordioso no le hubiera dado primero la gracia? ¿Y cómo habría justicia si no la hubiera precedido la gracia que justifica al impío? ¿Y cómo se nos concederían estas cosas que se nos deben, si antes no se nos hubieran dado las que no se nos debían?» (Agustín, De la gracia y el libre albedrío, a Valentín). Además, añado esto: ¿cómo imputaría su Majestad justicia a nuestras obras, si no ocultara por su clemencia toda la injusticia que hay en ellas? ¿Cómo las juzgaría dignas de recompensa y de premio, si no borrara por su inmensa bondad todo lo que en ellas merece castigo? Añado esto a la sentencia de san Agustín porque él acostumbra llamar gracia a la vida eterna, ya que, cuando se da como paga a las obras, se nos concede por los dones gratuitos de Dios. Pero la Escritura nos abate todavía más y, al mismo tiempo, nos levanta. Porque, además de prohibirnos gloriarnos en las obras, por ser dones gratuitos de Dios, nos enseña también que siempre están manchadas de ciertas impurezas y heces, de modo que no podrían satisfacer a Dios si fueran examinadas con el rigor de su juicio; pero, para que no decaiga nuestro celo y buen deseo, la misma Escritura dice también que le son agradables porque él las soporta con indulgencia. Y aunque san Agustín habla algo distinto de nosotros, por sus propias palabras se verá que, en cuanto al sentido y a la sustancia, no discrepamos en nada importante. Porque en el tercer libro que escribió a Bonifacio, después de comparar entre sí a dos hombres —suponiendo que uno llevara una vida muy santa, perfecta y excepcional, y que el otro llevara también una vida buena y honesta, pero no tan perfecta como la del primero—, concluye finalmente que este, que parece menos perfecto que el otro, por su recta fe en Dios, por la cual vive y según la cual se acusa de todos sus pecados, alaba a Dios en todas sus buenas obras, atribuyéndose a sí mismo la vergüenza y a Dios la honra, y de él recibe el perdón de los pecados y el amor a obrar bien, cuando deja esta vida va a la compañía donde Cristo reina (Agustín, Contra dos cartas de los pelagianos, a Bonifacio, libro III, cap. 5). ¿Por qué, sino por la fe? La cual, aunque no salva al hombre sin obras (porque es verdadera y viva, y obra por el amor), es sin embargo la causa por la que se perdonan los pecados (Gá 5:6); porque, como dice el profeta, «el justo por su fe vivirá» (Hab 2:4), y sin ella aun las obras que se tienen por buenas se convierten en pecados. Ciertamente, en este lugar él reconoce con toda claridad aquello por lo que tanto luchamos: que la justicia de las obras depende y procede de que Dios, usando de misericordia y perdonando las faltas que hay en ellas, las aprueba.
Hay también otros pasajes casi semejantes a los que acabamos de explicar, como cuando se dice: «Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando estas falten, os reciban en las moradas eternas» (Lc 16:9). Asimismo: «A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo […]; que hagan bien, que sean ricos en buenas obras […], atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna» (1 Ti 6:17-19). Porque aquí las buenas obras se comparan con las riquezas que disfrutaremos en la bienaventuranza de la vida eterna. A esto respondo que nunca entenderemos de verdad lo que se trata en estos pasajes si no ponemos los ojos en el blanco al que el Espíritu Santo encamina y dirige sus palabras. Si es verdad lo que dice Cristo, que donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón (Mt 6:21), así como los hijos de este siglo acostumbran emplear todo su entendimiento en adquirir y acumular lo que sirve al regalo y la felicidad de esta vida presente, del mismo modo conviene que los fieles, viendo que esta vida pasará como un sueño, trasladen lo que de verdad desean disfrutar a aquel lugar donde vivirán para siempre. Debemos, pues, imitar a quienes quieren mudarse a otro lugar donde han decidido establecer su residencia permanente. Estos envían por delante toda su hacienda, todo cuanto tienen, y no les pesa mucho carecer de ello por algún tiempo, porque se tienen por tanto más dichosos cuanto mayor hacienda tienen en el lugar donde han de vivir toda su vida. Si creemos que el cielo es nuestra patria, conviene que llevemos allá todas nuestras riquezas, en vez de retenerlas aquí, donde al partir las perderemos en un instante. ¿Y cómo las llevaremos allá? Las llevaremos si socorremos las necesidades de los pobres, porque todo lo que se les da, el Señor lo toma a su cuenta, como si se le diera a él mismo (Mt 25:40). De ahí viene aquella admirable promesa: «A Jehová presta el que da al pobre» (Pr 19:17). Y también: «El que siembra generosamente, generosamente también segará» (2 Co 9:6). Porque todo lo que gastamos por amor con nuestros hermanos se deposita en manos del Señor. Y su Majestad, como quien guarda con toda fidelidad lo que se le confía, en lo venidero devolverá con gran ganancia todo lo que se haya depositado en él. «¿Entonces —dirá alguno— las obras de amor que hacemos son de tanta estima delante de Dios que son como riquezas depositadas en sus manos?». ¿Y quién tendrá reparo en hablar así, cuando la Escritura lo afirma tantas veces y con tanta claridad? Pero si alguien, oscureciendo la pura bondad de Dios, quisiera ensalzar el valor de las obras, estos testimonios no le servirán de nada para confirmar su error. Porque de ellos no podemos concluir otra cosa que la inmensa bondad y el trato amoroso con que Dios nos trata, y cuánto nos ama, ya que, para animarnos e incitarnos a obrar bien, nos promete que no dejará sin recompensa ni retribución ninguno de los servicios que le hagamos, aunque sean indignos de presentarse ante su presencia.
Pero ellos insisten con mucho más empeño en las palabras del apóstol que, para consolar a los tesalonicenses en sus tribulaciones, les dice que les son enviadas para que sean tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual padecen: «Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo» (2 Ts 1:5-7). Y el autor de la Epístola a los Hebreos: «Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos» (Heb 6:10). Al primer pasaje respondo que en él no se indica ningún valor de mérito; lo único que quiere decir es esto: como el Padre celestial quiere que nosotros, a quienes ha elegido como hijos, seamos hechos conformes a su Hijo primogénito, Cristo, así como a él le convino padecer primero, y solo así entrar en la gloria que le estaba preparada, del mismo modo nos conviene a nosotros entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones (Ro 8:29; Lc 24:26; Hch 14:22). Por tanto, cuando padecemos tribulaciones por el nombre de Cristo, se imprimen en nosotros las marcas con que el Señor suele marcar a las ovejas de su redil. Por esta razón somos tenidos por dignos del reino de Dios: porque llevamos en nuestro cuerpo las marcas de nuestro Señor y Maestro, que son las señales de los hijos de Dios (Gá 6:17). A esto se refieren estas sentencias: «Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos» (2 Co 4:10). Y también: «Llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3:10-11). La razón que añade san Pablo, a saber, que es justo delante de Dios dar reposo a quienes han sufrido, no sirve para probar ningún valor de las obras, sino solo para confirmar la esperanza de la salvación, como si dijera: así como conviene al justo juicio de Dios vengarse de vuestros enemigos por los agravios y molestias que os hayan causado, del mismo modo le conviene daros alivio y descanso de vuestras miserias. El otro pasaje, que dice que es tan propio de la justicia de Dios no olvidar los servicios que se le han hecho que casi da a entender que sería injusto si los olvidara, debe entenderse en este sentido: que Dios, para despertar nuestra pereza, nos ha dado la esperanza de que todo el trabajo que emprendamos por la gloria de su nombre no será perdido ni en vano. Tengamos siempre presente que esta promesa, como todas las demás, no nos serviría de nada si no la precediera el pacto gratuito de misericordia, sobre el cual se funda toda la certeza de nuestra salvación. Teniendo esto por cierto, debemos confiar con toda seguridad en que la generosidad de Dios no negará su retribución y premio a los servicios que le hayamos hecho, aunque en sí mismos no merezcan ese premio. Para confirmarnos en esta esperanza, el apóstol afirma que Dios no es injusto, es decir, que cumplirá su palabra y la promesa que una vez hizo. Así pues, esta justicia de Dios se refiere más a la fidelidad de su promesa que a la equidad de pagarnos lo que se nos debe. En este sentido hay un notable dicho de san Agustín, que este santo varón no dudó en repetir muchísimas veces como cosa muy digna de recordarse, y que yo también tengo por tal que debemos tenerlo siempre presente: «Fiel es el Señor —dice san Agustín—, que se ha hecho deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros, sino porque todo nos lo ha prometido generosamente» (Agustín, Sobre los Salmos 32 y 109, y a menudo en otros lugares).
Nuestros adversarios alegan también estos pasajes de san Pablo: «Y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy» (1 Co 13:2). Y: «Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor» (1 Co 13:13). Y: «Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto» (Col 3:14). Con los primeros pasajes nuestros fariseos se esfuerzan en probar que somos justificados por el amor más que por la fe, puesto que el amor —según dicen— tiene mucha mayor virtud que la fe. Pero esta sutileza se refuta muy fácilmente. Porque ya explicamos antes que lo dicho en el primer pasaje no tiene nada que ver con la verdadera fe. El segundo lo interpretamos también de la verdadera fe, en la que el apóstol antepone el amor como mayor que la fe; no porque sea más meritorio, sino porque es más fructífero y provechoso, porque se extiende más, porque sirve a muchos más, porque conserva siempre su fuerza y vigor, mientras que el uso de la fe dura solo cierto tiempo. Si atendemos a la excelencia, con toda razón el amor a Dios tendrá el primer lugar y será el principal; pero de él no habla san Pablo en este lugar, pues en lo que principalmente insiste es en que nos edifiquemos unos a otros con amor mutuo. Pero supongamos que el amor sea en todos los sentidos mucho más excelente que la fe: ¿qué hombre de buen juicio, qué persona con la mente del todo sana, deducirá de ahí que el amor justifica más? La fuerza que la fe tiene para justificar no consiste en el valor de la obra. Porque nuestra justificación consiste solo en la misericordia de Dios y en el mérito de Cristo; y cuando la fe se apropia de esto, entonces se dice que justifica. Si ahora preguntamos a nuestros adversarios en qué sentido atribuyen la justificación al amor, responderán que, por ser una virtud agradable a Dios, por su mérito, mediante la aceptación de la bondad divina, se nos imputa la justicia. De aquí vemos qué bien procede su argumento. Nosotros decimos que la fe justifica, no porque por su valor nos merezca justicia, sino porque es el instrumento por el cual alcanzamos gratuitamente la justicia de Cristo. Ellos, sin mencionar la misericordia de Dios ni tener en cuenta a Cristo (en quien consiste toda nuestra justicia), sostienen que somos justificados por el amor porque es una virtud mucho más excelente que la fe. Es como si alguien sostuviera que un rey es mucho más apto y capaz que un zapatero para hacer un par de zapatos, porque es incomparablemente más noble y excelente que el zapatero. Este solo argumento basta para darnos a entender claramente que todas las escuelas de la Sorbona jamás han probado qué cosa es la justificación por la fe. Pero si algún contencioso quisiera todavía replicar a lo que hemos dicho que tomo la palabra «fe» en sentidos muy distintos en san Pablo sin razón para hacerlo, respondo que tengo muy buena razón para hacerlo así. Porque, como todos los dones que enumera san Pablo se reducen en cierto modo a la fe y la esperanza, ya que pertenecen al conocimiento de Dios, al hacer un resumen y recapitulación al final del capítulo los comprende todos bajo estos dos nombres: fe y esperanza. Como si dijera: la profecía, las lenguas, el don de interpretar y la ciencia, todos estos dones se encaminan a este fin: guiarnos al conocimiento de Dios; y en esta vida mortal no conocemos a Dios sino por la fe y la esperanza; por tanto, cuando nombro la fe y la esperanza, comprendo todos estos dones. «Así que permanecen estas tres cosas: la esperanza, la fe y el amor»; es decir, por grande que sea la diversidad de dones, todos se reducen a estos tres, entre los cuales el amor es el principal, etc. Del tercer pasaje infieren que, si el amor es el vínculo de la perfección, también será el vínculo de la justicia, que no es otra cosa que perfección. En primer lugar, aunque dejemos de lado que san Pablo llama aquí perfección a la buena concordia entre los miembros de una iglesia bien ordenada, y aunque concedamos que somos perfeccionados delante de Dios por el amor, ¿qué concluirán de nuevo con todo esto? Porque yo replicaré siempre, al contrario, que nunca llegaremos a esta perfección si no cumplimos todo lo que manda la ley del amor; y de aquí concluiré que, como todos los hombres están muy lejos de poder cumplir lo que el amor les manda, se les quita toda esperanza de perfección.
No quiero detenerme a enumerar todos los pasajes que estos fantasiosos sorbonistas toman de la Escritura sin consideración, de aquí y de allá, según se les ponen delante de los ojos, para hacernos la guerra con ellos. Porque a veces alegan cosas tan ridículas y tan fuera de propósito que ni siquiera puedo mencionarlas sin exponerme a ser tenido por tan necio e inepto como ellos. Por tanto, concluiré esta materia explicando un dicho de Cristo con el que ellos triunfan en gran manera. Es cuando responde al doctor de la ley que le había preguntado qué era necesario para alcanzar la salvación: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19:17). «¿Qué más queremos —dicen ellos—, si el mismo autor de la gracia nos manda adquirir el reino de Dios mediante la observancia de los mandamientos?». ¡Como si no fuera cosa evidente que Cristo acomodaba sus respuestas a aquellos con quienes trataba! En este lugar, un doctor de la ley le pregunta cuál es el camino para alcanzar la bienaventuranza, y no de una manera cualquiera, sino con estas palabras: «¿Qué bien haré para tener la vida eterna?». Tanto la persona que hablaba como la pregunta que le hacía movieron al Señor a responderle como le respondió. Porque este doctor, hinchado con una falsa convicción de justicia legal, estaba ciego por la confianza en sus obras. Además, no preguntaba otra cosa que cuáles eran las obras de justicia con las que se alcanzaba la salvación; con toda razón, pues, se le remite a la ley, en la que se nos presenta un espejo perfectísimo de justicia. También nosotros proclamamos a voz en cuello que es necesario guardar los mandamientos si se busca alcanzar la justicia y la vida por las obras. Y ciertamente es muy necesario que los cristianos entiendan esta doctrina. Porque ¿cómo se acogerían a Cristo si no reconocieran que han caído del camino de la vida al precipicio y la ruina total de la muerte? ¿Y cómo entenderían cuánto se han alejado del camino de la vida si primero no entienden cuál es ese camino? Así pues, solo entonces, y no antes, llegan a entender que su asilo y refugio para alcanzar la salvación está en Cristo, cuando ven cuánta distancia hay entre su vida y la justicia de Dios, que consiste en la observancia de la ley. En resumen: si buscamos la salvación por las obras, necesariamente debemos guardar los mandamientos, por los cuales somos instruidos en la justicia perfecta. Pero no debemos detenernos aquí, si no queremos quedarnos a mitad del camino. Porque ninguno de nosotros es capaz de guardar los mandamientos; y así, puesto que estamos excluidos de la justicia de la ley, nos es necesario acogernos a otro refugio, es decir, a la fe en Cristo. Por tanto, así como en este lugar el Señor remite a la ley al doctor de la ley, a quien sabía hinchado de una vana confianza en las obras, para que por la ley aprenda a reconocerse pecador y sujeto a condenación eterna, así en otro lugar consuela con la promesa de su gracia, sin mencionar para nada la ley, a otros que ya estaban humillados por un conocimiento semejante de sí mismos: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar […]; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11:28-29).
Finalmente, cuando nuestros adversarios se han cansado de torcer la Escritura, recurren a sus sutilezas y vanos sofismas para atraparnos con ellos. En primer lugar, objetan que la fe en algunos lugares se llama «obra» (Jn 6:29), y de ahí infieren que oponemos muy fuera de propósito la fe a las obras. ¡Como si la fe, en cuanto es obediencia a la voluntad divina, nos alcanzara la justicia por su mérito, y no más bien en cuanto, abrazando la misericordia de Dios, imprime en nuestros corazones la justicia de Cristo, que por la bondad gratuita del Padre celestial se nos ofrece en la predicación del evangelio! Si no me detengo a refutar tales niñerías, que los lectores me perdonen. Porque son tan inconsistentes y tan frívolas que, sin que nadie les dé un golpecito, se caerán por sí mismas. Con todo, me parece bien responder a una objeción que hacen, la cual, por tener cierta apariencia y color de razón, podría inquietar a los sencillos y poco ejercitados. Puesto que las cosas opuestas y contrarias —dicen ellos— se rigen por la misma regla, y cada pecado se nos imputa como injusticia, es razonable que cada buena obra se nos impute como justicia. Los que responden que la condenación de los hombres procede propiamente solo de la incredulidad, y no de los pecados particulares, ciertamente no me satisfacen. Estoy de acuerdo con ellos en que la incredulidad es la fuente y raíz de todos los males, porque es el primer principio del abandono y el apartamiento de Dios, del cual se siguen las transgresiones particulares contra la ley. Pero en cuanto a que parecen pesar con una misma balanza las buenas obras y las malas para estimar la justicia o la injusticia, en esto me veo obligado a no estar de acuerdo con ellos. Porque la justicia de las obras es la perfecta obediencia a la ley. Así, nadie puede ser justo por sus obras si no sigue la ley de Dios como una línea recta durante todo el curso de su vida; en el momento en que se aparta de ella, a un lado o a otro, ya ha caído en la injusticia. De aquí resulta que la justicia no consiste en una sola o en unas pocas buenas obras, sino en una observancia completa, continua e inmutable de la voluntad de Dios. Pero la manera de juzgar la injusticia es muy distinta. Porque el que ha fornicado o robado es digno de muerte por un solo delito, pues ha ofendido a la majestad divina. Así, estos grandes charlatanes nuestros se engañan por no considerar atentamente lo que dice Santiago: que cualquiera que ofenda en un solo mandamiento se hace culpable de todos (Stg 2:10-11). Porque el que prohibió matar prohibió también robar, etc. Por tanto, no debe tenerse por absurdo lo que decimos: que la muerte es el justo pago de cualquier pecado, puesto que cada uno de los pecados merece justamente la ira y el castigo de Dios. Pero razonaría muy neciamente quien, al contrario, concluyera que el hombre que por sus muchos pecados merece la ira de Dios puede alcanzar su gracia por una sola buena obra.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.