Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

La concordancia entre las promesas de la ley y las del evangelio

Sigamos ahora con los demás argumentos con que Satanás, por medio de sus ministros, se esfuerza por destruir o menoscabar la justificación por la fe. Pienso que ya se ha quitado a nuestros calumniadores la posibilidad de acusarnos de ser enemigos de las buenas obras. Porque negamos que las obras justifiquen, no para que no se hagan buenas obras, ni para negar que las buenas obras sean buenas y así no tenerlas en ninguna estima, sino para que no confiemos en ellas, no nos gloriemos en ellas y no les atribuyamos la salvación. Porque esta es nuestra confianza, esta es nuestra gloria y esta es la única ancla de nuestra salvación: que Jesucristo, Hijo de Dios, es nuestro, y que también nosotros somos en él hijos de Dios y herederos del reino de los cielos, llamados a la esperanza de la bienaventuranza eterna; y esto no por nuestra dignidad, sino por la benignidad de nuestro Dios. Pero como todavía nos atacan con otros engaños, como ya hemos dicho, preparémonos a rechazar sus embestidas y golpes. En primer lugar, se arman con las promesas de la ley que Dios ha hecho a todos los que guardan su ley, y nos preguntan si queremos que sean vanas y sin fruto o que tengan alguna eficacia y valor. Como sería absurdo decir que son vanas, ellos mismos se responden que tienen algún valor y eficacia. De aquí concluyen que no somos justificados por la sola fe. Porque el Señor habla así: «Y por haber oído estos decretos y haberlos guardado y puesto por obra, Jehová tu Dios guardará contigo el pacto y la misericordia que juró a tus padres. Y te amará, te bendecirá y te multiplicará», etc. (Dt 7:12-13). Y también: «Si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con verdad hiciereis justicia entre el hombre y su prójimo […] ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro, os haré morar en este lugar» (Jer 7:3, 5-7, 23). No quiero citar otros mil pasajes semejantes, que, como en cuanto al sentido dicen lo mismo, podrán resolverse todos con una misma solución. En suma, Moisés declara en la ley que se nos propone la bendición y la maldición, la muerte y la vida (Dt 11:26). Ellos argumentan, pues, así: o esta bendición es ociosa y no produce ningún fruto, o la justificación no es por la sola fe. Ya hemos mostrado más arriba que, si nos aferramos a la ley, seremos despojados de toda bendición y no nos quedará sino la maldición, que está anunciada a todos los transgresores de la ley. Porque el Señor no promete nada sino a quienes guardan su ley entera y perfectamente, lo cual ningún hombre mortal puede hacer. Así, siempre es verdad que todos los hombres, sin excepción, son convictos por la ley y están sujetos a la maldición y a la ira de Dios; y para ser librados de ella es necesario que salgan de la sujeción de la ley y que, de esclavos, seamos hechos libres y puestos en libertad. No una libertad carnal que nos aparte de la observancia de la ley, nos invite a tomarnos licencia para hacer lo que queramos y permita que nuestras concupiscencias vayan a rienda suelta, como caballos desbocados, adonde se les antoje; sino una libertad espiritual que consuele y fortalezca la conciencia agitada y abatida, mostrándole que está libre de la maldición y de la condenación con que la ley la atormentaba, teniéndola encerrada y encadenada. Obtenemos esta libertad y, por así decirlo, esta emancipación, cuando por la fe aprehendemos la misericordia de Dios en Cristo, por la cual quedamos seguros y ciertos de que nuestros pecados nos son perdonados, pecados cuyo sentimiento nos punzaba y mordía por la ley.

Por esta razón, las mismas promesas que se nos ofrecían en la ley serían ineficaces y sin fuerza alguna si la bondad de Dios no nos socorriera por el evangelio. Porque esta condición de la que dependen y por la cual ha de llegar su cumplimiento —que cumplamos la ley de Dios— jamás se cumpliría. Porque el Señor nos ayuda de tal manera que no pone una parte de la justicia en las obras que hagamos y la otra en lo que él supla por su benignidad, sino que la pone toda en señalarnos a su único Cristo como cumplimiento de la justicia. Porque el apóstol, después de decir que él y todos los demás judíos, sabiendo que el hombre no puede ser justificado por las obras de la ley, habían creído en Jesucristo, da la razón: no para ser ayudados por la fe en Cristo a alcanzar la perfección de la justicia, sino para ser justificados por esta fe y no por las obras de la ley (Gá 2:16). Si los fieles se apartan de la ley y acuden a la fe para alcanzar en ella la justicia que ven que no se puede hallar en la ley, ciertamente renuncian a la justicia de la ley. Así pues, que engrandezcan cuanto quieran las recompensas que la ley promete a todos los que la guarden y cumplan, con tal que consideren al mismo tiempo que nuestra perversidad es la causa de que no recibamos ningún fruto ni provecho de ellas hasta que hayamos alcanzado por la fe otra clase de justicia. Así David, después de mencionar la recompensa que el Señor tiene preparada para sus siervos, desciende enseguida al reconocimiento de los pecados, que la anulan. Muestra también admirablemente los beneficios que deberían venirnos por la ley, pero luego exclama: «¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos» (Sal 19:12). Este pasaje concuerda totalmente con aquel otro en que el profeta, después de decir: «Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto», añade luego: «Por amor de tu nombre, oh Jehová, perdonarás también mi pecado, que es grande» (Sal 25:10-11). Del mismo modo, también nosotros debemos reconocer que en su ley se nos propone la buena voluntad de Dios, con tal que podamos merecerla por nuestras obras, pero que por el mérito de ellas jamás la alcanzaremos.

¿Qué, pues?, dirá alguno. ¿Se dieron en vano las promesas de la ley, para que se desvanecieran en humo sin fruto alguno? Hace poco he declarado que no pienso así. Lo que digo es que no extienden su eficacia hasta nosotros mientras tienen los ojos puestos en los méritos de nuestras obras; y que, por tanto, consideradas en sí mismas, quedan en cierto modo anuladas. Así, el apóstol dice que aquella admirable promesa en que Dios dice: «Les di mis estatutos, y les hice conocer mis decretos, por los cuales el hombre que los cumpliere vivirá», no tiene ningún valor ni importancia si nos apoyamos en ella, y no nos aprovechará más que si nunca se hubiera dado (Ro 10:5; Lv 18:5; Ez 20:11); porque ni siquiera los siervos de Dios más santos y perfectos pueden hacer lo que exige, pues todos están muy lejos de poder cumplirla y cercados por todas partes de toda clase de transgresiones. Pero cuando en su lugar se nos proponen las promesas del evangelio, que anuncian el perdón gratuito de los pecados, no solo hacen que seamos gratos y aceptos a Dios, sino que también hacen que nuestras obras le agraden; y no solo para que las acepte, sino también para que las recompense con las bendiciones que, según el pacto que había hecho, se debían a quienes cumplieran enteramente la ley. Así pues, reconozco que las obras de los fieles son recompensadas con el mismo galardón que el Señor había prometido en su ley a todos los que vivieran en justicia y santidad; pero en esta recompensa siempre debemos considerar la causa que hace que las obras sean agradables a Dios. Esto procede de tres causas. La primera es que el Señor, sin mirar las obras de sus siervos, que siempre merecen más confusión que alabanza, los admite y los abraza en Cristo, y los reconcilia consigo por medio de la sola fe, sin ninguna ayuda de las obras. La segunda es que, por pura bondad y con amor de padre, honra tanto las obras, sin mirar si lo merecen o no, que hace de ellas alguna estima y caso. La tercera es que las recibe con misericordia, sin imputarles ni cargarles en cuenta las imperfecciones con que están tan manchadas que más bien deberían tenerse por pecados que por virtudes. Y de aquí se ve cuánto se han engañado los sofistas, que pensaron haber evitado muy bien todos los absurdos al decir que las obras tienen fuerza para merecer la salvación no por su bondad intrínseca, sino por el pacto y el acuerdo, porque el Señor, por su propia liberalidad, las estimó tanto. Entretanto no advierten cuán lejos están las obras, que ellos querrían que fueran meritorias, de poder cumplir la condición de las promesas de la ley, si no las precediera la justificación gratuita, que se apoya en la sola fe, y el perdón de los pecados, con el cual aun las mismas buenas obras necesitan ser limpiadas de sus manchas. Así, de las tres causas de la divina liberalidad que hemos señalado, por las cuales las obras de los fieles son aceptas a Dios, solo notaron una, y callaban las otras dos, que eran las principales.

Alegan el pasaje de san Pedro que san Lucas refiere en los Hechos: «En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia» (Hch 10:34-35). De estas palabras creen sacar un argumento fortísimo: que, si el hombre alcanza favor y gracia ante Dios por sus buenas obras, no obtiene la salvación por la sola gracia de Dios, sino que Dios socorre al pecador con su misericordia de tal modo que se mueve a tener misericordia de él por las buenas obras de ese pecador. Pero de ninguna manera podremos conciliar muchos pasajes de la Escritura si no consideramos dos maneras en que Dios acepta al hombre. Porque, considerado el hombre según lo que es por naturaleza, Dios no halla en él nada que lo mueva a misericordia y compasión; no halla, digo, sino pura miseria. Por tanto, si es notorio que el hombre, cuando Dios lo recibe por primera vez en su gracia, está desnudo y despojado de todo bien y, por el contrario, cargado y lleno de todo mal, decidme, os ruego: ¿por qué virtud sería digno y merecería que Dios lo llamara a sí? Así pues, échese a un lado toda vana imaginación de méritos, ya que el Señor nos muestra tan claramente su clemencia gratuita. Porque lo que en el mismo pasaje de los Hechos dice el ángel a Cornelio, que sus oraciones y limosnas han subido delante de Dios, lo tuercen muy mal para acomodarlo a su propósito, diciendo que el hombre es preparado por las buenas obras para recibir la gracia de Dios. Porque necesariamente Cornelio tenía que haber sido iluminado antes por el Espíritu de sabiduría, pues estaba instruido en la verdadera sabiduría, es decir, en el temor de Dios; y también tenía que haber sido santificado por el mismo Espíritu, pues amaba la justicia, que, como atestigua el apóstol, es fruto de él (Gá 5:22). Así, todas esas cosas por las que se dice que agradó a Dios las tenía por su gracia; tan lejos está de haberse preparado con su propio esfuerzo para recibirla. Ciertamente no se podrá citar una sola sílaba de la Escritura que no concuerde con esta doctrina: que no hay otra causa por la que Dios reciba al hombre en su favor sino que lo ve totalmente perdido si lo dejan a su albedrío para hacer lo que se le antoje; pero, como no quiere que el hombre se pierda, ejerce su misericordia librándolo. Vemos, pues, que el que Dios reciba al hombre no procede de la justicia del hombre, sino que es un puro testimonio de la bondad de Dios hacia los miserables pecadores, que por lo demás son más que indignos de gozar de tan gran beneficio.

Pero después de que el Señor, habiendo sacado al hombre de semejante abismo de perdición, lo ha santificado para sí por la gracia de la adopción, puesto que lo ha regenerado y reformado para una vida nueva, ya lo recibe y lo abraza como a nueva criatura, con los dones de su Espíritu. Esta es la aceptación de la que habla san Pedro, por la cual los fieles, después de haber sido llamados, son agradables a Dios aun en razón de sus obras; porque el Señor no puede dejar de amar el bien que él mismo ha obrado en ellos por su Espíritu. Con todo, siempre debemos tener presente que no son agradables a Dios a causa de sus obras de ninguna otra manera sino en cuanto Dios, por el amor gratuito que les tiene, aumentando cada día más su liberalidad, tiene a bien aceptar sus obras. Porque ¿de dónde les vienen las buenas obras, sino de que el Señor, así como los ha escogido como vasos para honra, así también quiere adornarlos con verdadera pureza? ¿Y de dónde viene también que sean tenidas por buenas, como si nada les faltara ni tuvieran imperfección alguna, sino de que nuestro buen Padre perdona las faltas y manchas que las ensucian? En suma, san Pedro no quiere decir en este lugar otra cosa sino que Dios ama a sus hijos, en quienes ve impresa la imagen y semejanza de su rostro. Porque ya hemos enseñado más arriba que nuestra regeneración es como una restauración de la imagen de Dios en nosotros. Así pues, como dondequiera que Dios contempla su rostro lo ama, y con muchísima razón, y lo honra y lo estima, no sin motivo se dice que la vida de los fieles, ordenada conforme a la santidad y la justicia, le agrada. Pero como los piadosos, rodeados de carne mortal, todavía son pecadores, y sus buenas obras no son más que comenzadas e imperfectas, de modo que todavía tienen cierto sabor a carne, Dios no puede ser propicio ni favorable a ellos ni a sus obras sin abrazarlos en Cristo antes que en sí mismos. Así deben entenderse los pasajes que atestiguan que Dios es clemente y misericordioso con todos los que viven justamente. Moisés decía a los israelitas: «Jehová tu Dios […] guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones» (Dt 7:9); sentencia que después se usó mucho en el pueblo como un proverbio. Así dice Salomón en su solemne oración: «Jehová Dios de Israel […] que guardas el pacto y la misericordia a tus siervos, los que andan delante de ti con todo su corazón» (1 R 8:23). Nehemías repite las mismas palabras (Neh 1:5). La razón es que, así como el Señor, en todos los pactos de misericordia que hace, exige de sus siervos que vivan por su parte con integridad y santidad, para que no se burlen de la bondad que usa con ellos ni la tengan en poco, y para que nadie se hinche con una vana confianza en su misericordia y se sienta seguro y se dé a la buena vida, viviendo entretanto según sus deseos y apetitos (Dt 29:9, 19), así, después de haberlos recibido en la comunidad de su pacto, quiere mantenerlos por este medio en el cumplimiento de su deber. Pero, con todo, el pacto no deja de haber sido hecho gratuitamente al principio, y como tal permanece para siempre. Conforme a esta razón, David, aunque dice que ha recibido la recompensa de la pureza de sus manos, no se olvida de este principio y manantial que he señalado: que Dios lo sacó del vientre de su madre porque lo amó (2 S 22:20-21). Al hablar así, sostiene que su causa es buena y justa de tal manera que no menoscaba en nada la misericordia gratuita de Dios, que precede a todos los dones y beneficios, de los cuales ella es la fuente y el origen.

Será muy oportuno notar aquí, de paso, qué diferencia hay entre estas maneras de hablar y las promesas de la ley. Llamo promesas de la ley no a las que se hallan a cada paso en los libros de Moisés, pues en ellos se hallan también muchísimas promesas del evangelio, sino a las que pertenecen propiamente a la doctrina de la ley. Tales promesas, llámense como se quiera, prometen recompensa y salario con esta condición: si hacéis lo que se os manda. Pero cuando se dice que el Señor guarda la promesa de su misericordia a los que le aman, esto sirve más para mostrar quiénes son sus siervos, que han recibido su pacto de corazón y sin engaño alguno, que para declarar la causa por la que les hace bien. La razón que lo muestra es esta: así como el Señor tiene a bien llamarnos a la esperanza de la vida eterna para ser amado, temido y honrado, del mismo modo todas las promesas de su misericordia que se hallan en la Escritura se dirigen con toda justicia a este fin: que reverenciemos y honremos a quien tanto bien nos hace. Así, siempre que oigamos que hace bien a los que guardan su ley, recordemos que la Escritura nos muestra de esta manera quiénes son los hijos de Dios, por la marca que debe hallarse perpetuamente en ellos: que nos ha adoptado como hijos suyos para que lo reverenciemos como a Padre. Por tanto, para no perder el derecho de nuestra adopción, debemos esforzarnos por ir adonde nos llama nuestro llamamiento. Pero, por otra parte, tengamos por cierto que el cumplimiento de la misericordia de Dios no depende de las obras de los fieles, sino que él cumple la promesa de salvación con quienes responden a su llamamiento con una buena vida porque reconoce en ellos las verdaderas marcas y señales de hijos: el ser regidos y encaminados al bien por su Espíritu. A esto aplicaremos lo que dice David de los ciudadanos de la Iglesia: «Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo?» El que no hizo mal con sus manos y es limpio de corazón, etc. (Sal 15:1-2). Y también lo que dice Isaías: «¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? […] El que camina en justicia y habla lo recto», etc. (Is 33:14-15). Porque en esto no se describe el fundamento sobre el cual deben apoyarse los fieles, sino la manera en que el Padre clementísimo los llama y los atrae a su compañía, y los mantiene, defiende y ampara en ella. Porque, como aborrece el pecado y ama la justicia, a quienes admite en su compañía los purifica con su Espíritu para hacerlos semejantes a él y a los que son de su reino. Por tanto, si queremos saber la primera causa por la que los santos tienen entrada en el reino de Dios, y de dónde les viene perseverar y permanecer en él, la respuesta es muy fácil: porque el Señor los adoptó una vez por su misericordia y los conserva perpetuamente. Si se pregunta de qué manera se hace esto, entonces debemos descender a la regeneración y a sus frutos, de los que se habla en el salmo citado.

Pero parece haber mucha mayor dificultad en los pasajes que adornan las buenas obras con el título de justicia y atestiguan que el hombre es justificado por ellas. En cuanto a la primera clase, hay muchísimos pasajes en que al guardar los mandamientos se lo llama justificación y justicia. En cuanto a la segunda, tenemos un ejemplo en Moisés cuando dice: «Y tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos» (Dt 6:25). Y si me replicáis que esta es una promesa de la ley, a la que va unida una condición imposible, y que por eso no viene al caso, hay otros pasajes que no pueden resolverse de esta manera, como cuando se dice: «Sin falta le devolverás la prenda [al pobre] […] y te será justicia delante de Jehová tu Dios» (Dt 24:13). Y también lo que dice el profeta: que el celo con que Finees fue movido a vengar la afrenta del pueblo de Israel «le fue contado por justicia» (Sal 106:30-31). Así, los fariseos de nuestro tiempo creen tener una gran ocasión y materia para burlarse de nosotros en este punto. Porque, cuando decimos que, establecida la justicia de la fe, la justicia de las obras necesariamente cae por tierra, ellos usan la misma manera de argumentar: dicen que, si la justicia es por las obras, se sigue de aquí que es falso que seamos justificados por la sola fe. Aunque les conceda que los mandamientos de la ley son llamados justicia, no hay por qué asombrarse, porque ciertamente lo son. Aunque hay que advertir a los lectores que los griegos tradujeron no muy propiamente el vocablo hebreo hucim, que quiere decir edictos o estatutos, por dikaiómata, que quiere decir justificaciones. No quiero contender mucho por la palabra. Porque no niego que la ley de Dios contenga una justicia perfecta. Porque, aunque somos deudores de todo lo que ella nos exige, y aun cuando hayamos hecho todo lo que en ella se nos manda seamos siervos inútiles, como el Señor quiere honrar con el título de justicia el guardarla, no debemos quitarle lo que él le da. Confesamos, pues, de muy buena gana que cumplir perfectamente lo que la ley manda es justicia, y que guardar cada mandamiento en particular es parte de la justicia, con tal que no falte ninguna de las demás partes. Pero lo que negamos es que pueda haber tal justicia en todo el mundo. Y esta es la razón por la que no atribuimos la justicia a la ley: no porque la ley sea en sí misma débil o insuficiente, sino porque, a causa de la debilidad de nuestra carne, esa justicia no se halla en ninguna parte del mundo. Y ciertamente la Escritura no solo llama simplemente justicias a los mandamientos del Señor, sino que llama también con este mismo nombre de justicias a las obras de los santos. Como cuando dice que Zacarías y su mujer andaban en las justicias del Señor (Lc 1:6). Ciertamente, cuando habla así, considera las obras más por la naturaleza de la ley que por lo que son en sí mismas. Aunque también hay que notar aquí lo que dije hace poco: que la negligencia del traductor del hebreo al griego no debe ser ley para nosotros. Pero, como san Lucas no quiso cambiar nada en la traducción que se usaba en su tiempo, también yo lo dejaré pasar. Porque es verdad que el Señor ha mostrado en el contenido de la ley qué es la justicia; pero nosotros no ponemos en práctica esta justicia sino guardando toda la ley, porque con la más mínima transgresión se corrompe. Así pues, como la ley no manda otra cosa que justicia, si la consideramos a ella, cada uno de sus mandamientos es justicia; pero si consideramos a los hombres que guardan estos mandamientos, ciertamente no merecen la alabanza de la justicia por guardar un mandamiento siendo transgresores de muchos; y más aún, puesto que no hacen ninguna obra que no sea en cierto modo defectuosa por su imperfección. Nuestra respuesta es, pues, que cuando las obras de los santos son llamadas justicia, esto no procede de sus méritos, sino de que se dirigen a la justicia que Dios nos ha encomendado, la cual no vale nada si no es perfecta. Y no se puede hallar perfecta en ningún hombre. Se sigue, pues, que una buena obra no merece por sí misma el nombre de justicia.

Pero pasemos ahora a la segunda clase de pasajes, en la que está la principal dificultad. San Pablo no tiene argumento más firme para probar la justicia de la fe que lo que está escrito de Abraham: que su fe le fue contada por justicia (Gá 3:6). Por tanto, cuando se dice que la hazaña de Finees le fue contada por justicia (Sal 106:31), lo que san Pablo pretende probar de la fe podremos atribuirlo también a las obras. Por eso nuestros adversarios, como si ya hubieran vencido, deciden que, aunque no somos justificados sin la fe, tampoco somos justificados por la sola fe, sino que es necesario juntar con ella las obras para que completen nuestra justicia. Apelo aquí a todos los que temen al Señor: así como saben que la regla de la verdadera justicia debe tomarse de la sola Escritura, consideren conmigo con diligencia y con corazón humilde cómo la Escritura puede concordar muy bien consigo misma sin sutilezas. Sabiendo san Pablo que la justicia de la fe es un refugio para quienes no tenían justicia propia, concluye con resolución que todos los que son justificados por la fe quedan excluidos de la justicia de las obras. Sabiendo, por otra parte, que la justicia de la fe es común a todos los fieles, concluye con la misma confianza que nadie es justificado por las obras; antes al contrario, que somos justificados sin ninguna ayuda de las obras. Pero una cosa muy distinta es discutir qué valor tienen las obras en sí mismas y en qué estima se las tiene delante de Dios una vez establecida la justicia de la fe. Si se trata de estimar las obras según su valor, decimos que no son dignas de comparecer ante la presencia divina; y por eso decimos que no hay en todo el mundo ningún hombre que tenga en sus obras algo de que gloriarse delante de Dios; y que, por esta causa, lo que queda es que todos, despojados de toda ayuda de las obras, sean justificados por la sola fe. Y explicamos esta justicia de esta manera: que el pecador, recibido en la comunión y compañía de Cristo, es reconciliado con Dios por su gracia e intercesión, en cuanto, limpiado con su sangre, obtiene el perdón de sus pecados; y en cuanto, revestido de la justicia del mismo Cristo como si fuera propia, puede comparecer con seguridad ante el tribunal divino. Puesto primero el perdón de los pecados, las buenas obras que siguen se estiman en otro precio que el que por sí mismas merecían; porque toda la imperfección que hay en ellas se cubre con la perfección de Cristo, y todas sus manchas y suciedades se limpian con la pureza de Cristo, para que nada de esto entre en cuenta ante el juicio de Dios. Así, deshecha de este modo la culpa de todas las transgresiones, que impedían a los hombres hacer algo agradable a Dios, y sepultado también el defecto de la imperfección, que suele manchar aun las mismas buenas obras, entonces las buenas obras que hacen los fieles son tenidas por justas o, lo que es lo mismo, son contadas por justicia.

Si alguien me objeta ahora esto para impugnar la justicia de la fe, le preguntaré primero si un hombre debe ser tenido por justo por una o dos buenas obras que haya hecho, siendo transgresor de la ley en todo lo demás que hace. Ciertamente, cualquiera que dijera eso sería un hombre muy insensato. Luego le preguntaré si, haciendo muchas buenas obras, sería tenido por justo en caso de que se le pudiera hallar culpable en alguna cosa. No hay nadie que se atreva a afirmarlo, pues la misma palabra de Dios lo contradice al declarar malditos a todos los que no cumplan todo lo que manda la ley (Dt 27:26). Además, quiero ir más allá: pregunto si hay alguna buena obra, siquiera una sola, que no merezca ser señalada por alguna imperfección o suciedad. ¿Y cómo podría ser de otro modo ante los ojos de Dios, ante quien ni siquiera las estrellas son bastante limpias y claras, ni los mismos ángeles bastante justos? (Job 4:18). Por tanto, mi adversario se verá obligado a reconocer que no se hallará obra alguna que no esté manchada y corrompida, tanto por las transgresiones que haya cometido en otras cosas quien la hizo como por su propia corrupción, de tal manera que no merezca el nombre de justicia. Y si es notorio que de la justificación por la fe procede que las obras, que de otro modo serían impuras, inmundas, imperfectas y a medio hacer, e indignas de comparecer ante la presencia divina (tan lejos están de haberle sido agradables y aceptas), sean contadas por justicia, ¿con qué fin, gloriándose de la justicia de las obras, procuran destruir la justicia de la fe, sin la cual en vano se jactarían de su justicia de las obras? ¿Quieren hacer lo que se dice de las víboras, cuyas crías matan a su madre al nacer? Porque ciertamente a eso va lo que dicen nuestros adversarios. No pueden negar que la justificación es el principio, el fundamento, la causa, la materia y la sustancia de la justicia de las obras; y, sin embargo, concluyen que el hombre no es justificado por la fe porque también las buenas obras son contadas por justicia. Dejemos a un lado estas necedades y confesemos la verdad tal como es. Si toda la justicia que hay en las obras depende de la justicia de la fe, digo que la justicia de las obras no solo no queda disminuida ni menoscabada en nada por la justicia de la fe, sino que más bien queda confirmada, para que su fuerza se muestre así más clara y más a la vista. Pero tampoco pensemos que, después de la justificación gratuita, las obras se estiman de tal manera que después tengan lugar en la justificación del hombre, o que la realicen a medias con la fe. Porque si la justificación por la fe no permanece siempre entera y perfecta, saldrá a la luz la suciedad de las obras, de modo que no merecerán más que condenación. Y no hay ningún absurdo en que el hombre sea justificado por la fe de tal manera que no solo él sea justo, sino que también sus obras sean tenidas por justas sin haberlo merecido.

De esta manera concederemos no solo que hay en las obras cierta parte de justicia (que es lo que pretenden nuestros adversarios), sino que Dios aprueba la justicia de las obras como si fuera una justicia absoluta y perfecta, con tal que recordemos sobre qué se funda y se apoya esta justicia de las obras; y esto bastará para resolver todas las dificultades que puedan plantearse en esta materia. Ciertamente la obra comienza a ser agradable a Dios entonces, y no antes, cuando él la recibe perdonando con misericordia la imperfección que hay en ella. ¿Y de dónde viene este perdón, sino de que Dios nos mira a nosotros y nuestras cosas en Cristo? Del mismo modo, pues, nosotros mismos, desde que somos injertados en Cristo, aparecemos justos delante de Dios porque todas nuestras maldades quedan cubiertas con su inocencia; y nuestras obras son justas y tenidas por tales porque todo el defecto que hay en ellas, sepultado por la pureza de Cristo, no se imputa. Por tanto, podemos decir con toda justicia que no solo nosotros somos justificados por la fe, sino también nuestras obras. Si, pues, esta justicia de las obras, tal cual es, depende y proviene de la fe y de la justificación gratuita, ciertamente debe estar incluida en ella, reconocerla y sujetarse a ella como el efecto a su causa y el fruto a su árbol; tan lejos está de deber levantarse para destruir u oscurecer la justicia de la fe. Así, san Pablo, para demostrar que nuestra bienaventuranza consiste en la misericordia de Dios y no en las obras (Ro 4:6-8), insiste sobre todo en lo que dice David: «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad» (Sal 32:1-2). Si alguien quisiera alegar en contra infinitos testimonios de la Escritura que parecen poner en las obras la bienaventuranza del hombre, como estos: Bienaventurado el hombre que teme a Jehová (Sal 112:1), el que tiene misericordia de los pobres (Pr 14:21), el que no anduvo en consejo de malos (Sal 1:1), el que soporta la tentación (Stg 1:12); bienaventurados los que guardan juicio y hacen justicia, los perfectos de camino (Sal 106:3; 119:1), los pobres en espíritu, los mansos, los misericordiosos, etc. (Mt 5:3-7), todo lo que puedan alegar no hará que no sea verdad lo que dice san Pablo. Porque, como estas virtudes que se enumeran en esos pasajes jamás estarán todas en el hombre de tal manera que por sí mismas puedan ser aceptas a Dios, se sigue que el hombre es siempre miserable y desdichado hasta que es librado de su miseria mediante el perdón de sus pecados. Por tanto, puesto que todas las clases de bienaventuranza que enumera la Escritura quedan anuladas y reducidas a nada, de modo que el hombre no recibe fruto alguno de ninguna de ellas hasta que haya alcanzado la bienaventuranza por el perdón de sus pecados —perdón que abre paso a todas las demás bendiciones con que Dios lo bendice—, se sigue que esta bienaventuranza no solo es la suprema y principal, sino la única y sola; a menos que queramos que las bendiciones de Dios, que consisten y tienen su ser solo en ella, la destruyan y deshagan. Mucho menos debe ya inquietarnos ni causarnos escrúpulo alguno que en la Escritura se llame muchísimas veces justos a los fieles. Reconozco que tienen este título por su santidad y buena vida; pero como ponen más diligencia en seguir la justicia que en cumplirla, es muy justo que esta justicia de las obras, tal cual es, ceda el paso y se sujete a la justicia de la fe, sobre la cual se funda y de la cual recibe todo lo que es.

Pero nuestros adversarios, no contentos con esto, dicen que tenemos mucho más que resolver con Santiago, que nos contradice con palabras clarísimas. Porque enseña que Abraham fue justificado por las obras, y que también todos nosotros somos justificados por las obras y no solamente por la fe. ¿Qué, pues? ¿Querrán acaso que san Pablo venga a las manos con Santiago? Si tienen a Santiago por ministro de Cristo, deben tomar su dicho de tal manera que no discrepe de lo que Cristo ha dicho. El Espíritu que habló por boca de san Pablo afirma que Abraham obtuvo la justicia por la fe, no por sus obras; conforme a esto, también nosotros enseñamos que todos los hombres son justificados por la fe sin las obras de la ley. El mismo Espíritu enseña por Santiago que la justicia de Abraham y la nuestra consisten en las obras y no solo en la fe. Es certísimo que el Espíritu Santo no se contradice a sí mismo. ¿Cómo concordarán, pues, estos dos apóstoles? A nuestros adversarios les basta con poder desarraigar la justicia de la fe, que nosotros queremos que esté plantada en lo profundo del corazón; en cuanto a tener sus conciencias tranquilas y en paz, poco les importa. Y por eso cada uno verá cómo se esfuerzan por menoscabar la justicia de la fe, mientras que entretanto no muestran ninguna forma cierta de justicia a la que las conciencias puedan aferrarse. Triunfen, pues, cuanto quieran, con tal que no puedan jactarse de otra cosa sino de haber quitado toda certeza de justicia. Ciertamente gozarán de esta desdichada victoria cuando, apagada la luz de la verdad, el Señor les permita cegar al mundo con las tinieblas de sus mentiras. Pero dondequiera que permanezca la verdad de Dios, no lograrán nada. Niego, pues, que lo que dice Santiago (que siempre tienen en la boca y de lo que se sirven como de un escudo fortísimo) favorezca en lo más mínimo su causa. Para aclararlo, será necesario ante todo considerar el propósito del apóstol, y luego notar en qué se engañan ellos. Como en aquel tiempo había muchísimos (mal que suele ser perpetuo en la Iglesia) que manifestaban abiertamente su incredulidad despreciando y descuidando todas las obras que los fieles deben hacer, y sin embargo no dejaban de gloriarse falsamente con el título de fe, Santiago se burla en este lugar de la necia confianza de estos. Así, su propósito no es menoscabar de ningún modo la virtud y la fuerza de la verdadera fe, sino mostrar cuán neciamente estos burladores atribuían tanto a una vana apariencia de fe que, contentos con ella, soltaban con toda seguridad las riendas a toda clase de vicios y se dejaban llevar por ellos viviendo una vida disoluta. Entendido este propósito del apóstol, será fácil entender en qué yerran nuestros adversarios; porque se engañan de dos maneras: la primera, en la palabra fe; la segunda, en la palabra justificar. Que el apóstol llame fe a una vana opinión que nada tiene que ver con la verdadera fe, lo hace a modo de concesión, lo cual no perjudica en nada a su argumento. Lo muestra desde el comienzo de su exposición con estas palabras: «Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras?». No dice: si alguno tiene fe sin obras, sino: si alguno se jacta de tenerla. Y lo dice todavía más claramente un poco después, cuando, burlándose de esta clase de fe, dice que es mucho peor que el conocimiento que tienen los demonios; y finalmente cuando la llama muerta. Pero se podrá entender muy fácilmente lo que quiere decir por la definición que da: «Tú crees que Dios es uno». Ciertamente, si esta fe no contiene nada más que creer que Dios existe, no hay por qué asombrarse de que no pueda justificar. Y no hay que pensar que esto quite nada a la fe cristiana, cuya naturaleza es muy distinta. Porque ¿cómo justifica la fe verdadera sino uniéndonos y juntándonos con Cristo, para que, hechos una misma cosa con él, gocemos de la participación de su justicia? No nos justifica, pues, por concebir una noticia de la esencia divina, sino porque descansa en la certeza de la misericordia de Dios.

Todavía no hemos tocado lo principal mientras no hayamos descubierto el otro error. Porque parece que Santiago pone una parte de nuestra justificación en las obras. Si queremos que Santiago concuerde con toda la Escritura y consigo mismo, es necesario tomar la palabra justificar en otra significación y sentido que aquel en que la toma san Pablo. Porque san Pablo entiende por justificar que, borrado el recuerdo de nuestra injusticia, somos tenidos por justos. Si Santiago hubiera querido decir esto, habría citado muy fuera de propósito lo que dice Moisés: «Creyó Abraham a Dios», etc. Porque hilvana su razonamiento de esta manera: Abraham alcanzó la justicia por sus obras, porque no dudó en sacrificar a su hijo cuando Dios se lo mandó; y así se cumplió la Escritura que dice: «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia». Si es absurdo que el efecto preceda a su causa, o Moisés afirma falsamente en este lugar que la fe le fue contada a Abraham por justicia, o este no mereció su justicia por la obediencia con que obedeció a Dios al querer sacrificar a Isaac. Antes de que fuera engendrado Ismael, que ya era mayor cuando nació Isaac, Abraham había sido justificado por la fe. ¿Cómo diremos, pues, que alcanzó la justicia por la obediencia de querer sacrificar a su hijo Isaac, lo cual sucedió mucho tiempo después? Por tanto, o Santiago invierte muy fuera de propósito el orden (lo cual no es lícito pensar), o con la palabra justificado no quiso decir que Abraham hubiera merecido ser tenido por justo. ¿Qué, pues? Se ve claramente que habla de la declaración y manifestación de la justicia, y no de su imputación; como si dijera: los que son justos por la verdadera fe prueban su justicia con obediencia y con buenas obras, no con un vano e imaginario espantajo de fe. En suma, no discute por qué razón somos justificados, sino que pide a los fieles una justicia que no esté ociosa, sino que se manifieste en las obras. Y así como san Pablo pretende probar que los hombres son justificados sin ninguna ayuda de las obras, así Santiago niega en este lugar que quienes son tenidos por justos no hagan buenas obras. Considerar esto nos librará de todo escrúpulo y duda. Porque nuestros adversarios se engañan principalmente en esto: piensan que Santiago establece cuál es la manera en que los hombres son justificados, siendo así que no pretende otra cosa que abatir la vana confianza y seguridad de quienes, para excusar su pereza en obrar bien, se glorían falsamente del nombre y título de fe. Así, por más que tuerzan y retuerzan las palabras de Santiago, no podrán concluir más que estas dos sentencias: que una vana imaginación de fe no justifica, y que el fiel, no contento con semejante imaginación, manifiesta su justicia con buenas obras.

Tampoco les sirve de nada lo que alegan de san Pablo con este mismo propósito: que «no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados» (Ro 2:13). No quiero escaparme con la solución que da san Ambrosio, quien explica que se dice esto porque el cumplimiento de la ley es la fe en Cristo; porque me parece que no es más que un subterfugio, que no hace falta cuando se ve el camino llano. El apóstol abate en este lugar la vana confianza de los judíos, que se gloriaban de solo conocer la ley, siendo por otra parte grandes despreciadores de ella. Para que no se complacieran tanto en solo conocer la ley, el apóstol advierte que, si buscamos nuestra justicia por la ley, debemos guardarla y no solo conocerla. Ciertamente no dudamos de que la justicia de la ley consiste en las obras, como tampoco negamos que su justicia consiste en la dignidad y los méritos de las obras; pero, aunque todo esto sea así, aún no se ha probado que seamos justificados por las obras si no muestran siquiera uno, como ejemplo, que haya cumplido la ley. Y que san Pablo no quiso decir otra cosa lo atestigua con toda claridad el contexto mismo de su razonamiento. Después de haber condenado de injusticia tanto a judíos como a gentiles sin distinción, desciende a lo particular y dice que los que pecaron sin ley, sin ley perecerán, lo cual se refiere a los gentiles; y, por otra parte, que los que pecaron bajo la ley, por la ley serán juzgados, lo cual se refiere a los judíos. Pero como ellos, cerrando los ojos a sus transgresiones, se hinchaban con la sola ley, añade algo muy oportuno: que la ley no les fue dada para que fueran justos con solo oír su voz, sino que lo serán cuando obedezcan sus mandamientos. Como si dijera: ¿Buscas tu justicia en la ley? No alegues que solo la has oído, que importa muy poco, sino muestra las obras con que declares que la ley no te fue dada en vano. Pero como todos carecían de estas, se seguía que no tenían de qué gloriarse en la ley. Por tanto, del propósito del apóstol hay que formar más bien un argumento contrario, de esta manera: la justicia de la ley consiste en la perfección de las obras; nadie puede gloriarse de haber satisfecho a la ley con sus obras; luego nadie es justificado por la ley.

Nuestros adversarios nos combaten también armándose con los pasajes en que los fieles presentan con gran ánimo su justicia a Dios para que la examine en su juicio, y desean que dicte sentencia conforme a ella. Como estos: «Júzgame, oh Jehová, conforme a mi justicia, y conforme a mi integridad» (Sal 7:8). Y también: «Oye, oh Jehová, una causa justa […] Tú has probado mi corazón, me has visitado de noche […] y nada inicuo hallaste» (Sal 17:1, 3). Y también: «Jehová me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado. Porque yo he guardado los caminos de Jehová, y no me aparté impíamente de mi Dios […] Fui recto para con él, y me he guardado de mi maldad» (Sal 18:20-23). Y también: «Júzgame, oh Jehová, porque yo en mi integridad he andado […] No me he sentado con hombres hipócritas, ni entré con los que andan simuladamente […] No arrebates con los pecadores mi alma, ni mi vida con hombres sanguinarios, en cuyas manos está el mal, y su diestra está llena de sobornos. Mas yo andaré en mi integridad» (Sal 26:1, 4, 9-11). Ya he hablado más arriba de la confianza que los santos parecen tomar simplemente de las obras. Los testimonios que se alegan con este propósito no nos estorbarán mucho si los consideramos según sus circunstancias, que son de dos clases. Porque al hacer esto no quieren que se examine toda su vida para ser absueltos o condenados según ella, sino que presentan al Señor alguna causa particular para que la juzgue. En segundo lugar, se atribuyen justicia no con respecto a la perfección de Dios, sino en comparación con los inicuos y malvados. En primer lugar, cuando se trata de cómo es justificado el hombre, no solo se pide que su causa sea buena en algún asunto particular, sino que tenga una armonía completa de justicia durante toda su vida, la cual jamás ha tenido ni tendrá hombre alguno. Y ciertamente los santos, cuando imploran el juicio de Dios para probar su inocencia, no pretenden presentarse ante Dios como libres de toda falta y pecado y como sin culpa alguna; sino que, habiendo puesto la confianza de su salvación en la sola bondad de Dios, y confiando al mismo tiempo en que él es quien se ocupa de los pobres y los ampara cuando son afligidos contra todo derecho y justicia, le encomiendan su causa, en la que son afligidos siendo inocentes. Por otra parte, al presentarse junto con sus adversarios ante el tribunal de Dios, no alegan con jactancia una inocencia que pueda corresponder a la pureza divina si fuera examinada con rigor; sino que, como saben muy bien que Dios conoce su sinceridad, justicia, sencillez y pureza, y que le agrada en comparación con la malicia, la maldad, la astucia y la bellaquería de sus adversarios, no temen invocar a Dios para que sea juez entre ellos y los impíos. Así David, cuando decía a Saúl: «Jehová pague a cada uno su justicia y su lealtad» (1 S 26:23), no quería decir que el Señor examinara a cada uno por sí y lo recompensara según sus méritos, sino que declaraba ante el Señor cuán grande era su inocencia en comparación con la iniquidad de Saúl. Tampoco san Pablo, cuando se gloría de tener el buen testimonio de su conciencia de haber cumplido su deber en la Iglesia con sencillez e integridad (2 Co 1:12), quiere apoyarse delante de Dios en esta gloria, sino que, obligado por las calumnias de los impíos, defiende contra todo lo malo que los hombres pudieran decir su lealtad y su bondad, que sabía muy bien que eran aceptas a Dios. Porque vemos lo que dice en otro lugar: que de nada tenía mala conciencia, pero que no por eso era justificado (1 Co 4:4). La razón es que entendía muy bien que el juicio de Dios es muy distinto del de los hombres, que es torpe y ciego. Por más, pues, que los piadosos invoquen a Dios como testigo y juez de su inocencia contra la hipocresía de los impíos, cuando tienen que vérselas con Dios solo, todos claman a una voz: «Jah, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?» (Sal 130:3). Y también: «No entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano» (Sal 143:2). Y, desconfiando de sus obras, confiesan de muy buena gana que la bondad del Señor «es mejor que la vida» (Sal 63:3).

Hay también otros pasajes, no muy distintos de estos, en los que algunos todavía podrían enredarse. Salomón dice que el que camina en su integridad es justo (Pr 20:7). Y también: «En el camino de la justicia está la vida; y en sus caminos no hay muerte» (Pr 12:28). Por esta razón Ezequiel declara que el que hiciere juicio y justicia vivirá (Ez 18:9, 21; 33:15). Respondo que no queremos negar, disimular ni oscurecer ninguna de estas cosas. Pero dadme siquiera uno de todos los hijos de Adán con semejante integridad. Si no hay ninguno, o todos los hombres han de ser condenados en el juicio de Dios, o han de acogerse a su misericordia. Y entretanto no negamos que la integridad que tienen los fieles, aunque sea a medias e imperfecta, les sirva como un escalón para subir a la inmortalidad. Pero ¿de dónde viene esto, sino de que, cuando el Señor ha recibido a una persona en el pacto de su gracia, no examina sus obras según sus méritos, sino que las acepta con su amor paternal, sin que ellas lo merezcan por sí mismas? Con estas palabras no entendemos solo lo que enseñan los escolásticos, que las obras tienen su valor por la gracia de Dios que las acepta; porque al decir esto entienden que las obras, que de otro modo serían insuficientes para alcanzar por ellas la salvación, reciben su suficiencia de que Dios las estima y acepta por el pacto de su ley. Yo digo, por el contrario, que todas las obras, en cuanto están manchadas tanto por otras transgresiones como por sus propios defectos, no pueden tener ningún valor sino en cuanto el Señor no imputa las manchas que las ensucian y perdona al hombre todas sus faltas, lo cual es dar al hombre una justicia gratuita. También alegan fuera de propósito las oraciones que a veces hace el apóstol, en las que desea a los fieles una perfección tan grande que sean irreprensibles e intachables en el día del Señor (Ef 1:4; 1 Ts 3:13, y en otros lugares). Los celestianos, antiguos herejes, insistían mucho en estas palabras y siempre las tenían en la boca para probar que el hombre puede tener en esta vida una justicia perfecta. Pero nosotros les respondemos como también les respondió san Agustín, lo cual creemos que basta: que todos los fieles deben apuntar a este blanco, a comparecer al fin, algún día, delante de Dios limpios y sin mancha alguna; pero como el mejor y más perfecto estado que podemos tener en esta vida presente no es otra cosa que progresar cada día más, llegaremos a este blanco cuando, despojados de esta carne pecadora, nos unamos por completo al Señor. Tampoco discutiré con obstinación con quien quiera atribuir a los santos el título de perfección, con tal que la defina como la define san Agustín: «Cuando llamamos perfecta la virtud de los santos, para su perfección se requiere el conocimiento de su imperfección; es decir, que los santos reconozcan de verdad y con humildad cuán imperfectos son» (Agustín, Contra las dos cartas de los pelagianos, a Bonifacio, libro 3, cap. 7).

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.