Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
Refutación de las calumnias con que los papistas procuran hacer odiosa esta doctrina
Con solo esta palabra se puede refutar la gran desvergüenza de ciertos perdidos que nos calumnian diciendo que condenamos y despreciamos las buenas obras y que apartamos de ellas a los hombres cuando decimos que no son justificados por las obras ni merecen por ellas la salvación. En segundo lugar, nos acusan de hacer el camino de la justicia muy fácil y muy ancho cuando enseñamos que la salvación consiste en que nuestros pecados sean perdonados gratuitamente; dicen que con estos halagos arrastramos al pecado a los hombres, que por sí mismos ya están más inclinados a él de lo que conviene. Digo que estas calumnias quedan refutadas con solo la palabra que hemos dicho. Con todo, responderé brevemente a una y otra. Alegan que la justificación por la fe destruye las buenas obras. Dejo de decir qué clase de celadores de las buenas obras son estos que tanto hablan mal de nosotros. Séales lícito injuriar tan impunemente como libremente infectan a todo el mundo con su deshonesta manera de vivir. Fingen sentir gran dolor porque las obras pierden su valor y quilates cuando se ensalza tanto la fe. ¿Y qué será si, por el contrario, quedan mucho más confirmadas y establecidas? Porque nosotros no nos imaginamos una fe vacía y desprovista de toda buena obra, ni tampoco una justificación que pueda existir sin ellas. La única diferencia es esta: aunque reconocemos que la fe y las buenas obras están necesariamente unidas entre sí y van juntas, ponemos la justificación en la fe y no en las obras. La razón por la que lo hacemos así podremos darla muy fácilmente con tal que pongamos los ojos en Cristo, hacia quien se dirige la fe y de quien toma toda su fuerza y virtud. ¿Cuál es, pues, la razón por la que somos justificados por la fe? Esta: porque por la fe aprehendemos la justicia de Cristo, por la cual sola somos reconciliados con Dios. Pero no podemos aprehender esta justicia sin aprehender también con ella la santificación. Porque él nos ha sido hecho «sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Co 1:30). Así, Cristo no justifica a nadie a quien no santifique al mismo tiempo. Porque estos beneficios van perpetuamente juntos y unidos y jamás pueden dividirse ni separarse, de tal manera que a quienes ilumina con su sabiduría, los redime; a quienes redime, los justifica; a quienes justifica, los santifica. Pero como nuestra disputa trata solo de la justicia y de la santificación, detengámonos en estas dos. Y aunque distingamos entre una y otra, Cristo contiene en sí a ambas indivisiblemente. ¿Queremos, pues, alcanzar la justicia en Cristo? Primero tenemos que poseer a Cristo. Y no podemos poseerlo sin hacernos partícipes de su santificación, porque no puede ser dividido en pedazos. Así pues, como el Señor nunca nos concede gozar de estos beneficios y favores sino dándose a sí mismo, nos concede ambas cosas a la vez, y nunca nos da la una sin la otra. De esta manera se ve claramente cuán gran verdad es que no somos justificados sin obras, y sin embargo no somos justificados por las obras; porque en la participación de Cristo, en la que consiste toda nuestra justicia, no está menos contenida la santificación que la justicia.
También es falsísimo lo otro que dicen: que apartamos el corazón de los hombres de obrar bien cuando les quitamos la idea y la fantasía de merecer por sus obras. Aquí debemos advertir de paso a los lectores que estos señores argumentan muy neciamente cuando del salario concluyen el mérito, como lo daré a entender después con mucha más claridad. La causa de esta ignorancia suya es que desconocen este primer principio: que Dios no es menos generoso cuando asigna un salario a las obras que cuando nos concede la virtud y la fuerza para obrar bien. Pero dejaré este tema para su propio lugar. Por ahora bastará señalar cuán débil es su objeción, lo cual haremos de dos maneras. En primer lugar, cuando dicen que nadie se preocuparía de gobernarse bien y regir su vida si no se le prometiera un salario, se engañan grandemente. Porque si solo se busca que los hombres esperen el salario cuando sirven a Dios, y que sean como mercenarios y jornaleros que le venden su servicio, ciertamente se ha avanzado muy poco. El Señor quiere ser servido gratuitamente y sin interés; quiere ser amado gratuitamente y sin interés; aprueba al servidor que, aunque se le quitara toda esperanza de recibir salario, no dejaría de servirle. Además, si es necesario incitar a los hombres a obrar bien, ciertamente no hay mejores espuelas que mostrarles y ponerles delante el fin de su redención y de su llamamiento. Así lo hace la palabra de Dios cuando enseña que es una ingratitud sumamente impía que el hombre no ame por su parte a aquel que nos amó primero; cuando enseña que nuestras conciencias son limpiadas de obras muertas por la sangre de Cristo para que sirvamos al Dios vivo (He 9:14); que es un horrendo sacrilegio, después de haber sido limpiados una vez, profanar aquella sangre santísima ensuciándonos con nuevas suciedades; que hemos sido librados de las manos de nuestros enemigos para servirle sin temor en santidad y justicia todos los días de nuestra vida (Lc 1:74-75); que hemos sido libertados del pecado para servir a la justicia con un corazón libre (Ro 6:18); que nuestro viejo hombre fue crucificado para que resucitemos en vida nueva (Ro 6:6). Y también: que, si hemos muerto con Cristo, debemos (como conviene a miembros suyos) buscar las cosas de arriba y vivir como peregrinos en el mundo, para tener todo nuestro deseo puesto en los cielos, donde está nuestro tesoro (Col 3:1-3); que para esto se ha manifestado la gracia del Señor, para que, «renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador» (Tit 2:11-13); que por eso no hemos sido puestos para provocar contra nosotros la ira del Señor, sino para alcanzar la salvación por medio de Cristo (1 Ts 5:9); que somos templos del Espíritu Santo, que no es lícito profanar (1 Co 3:16); que no somos tinieblas, sino luz en el Señor, y que por eso debemos andar como hijos de luz (Ef 2:21; 5:8); que no hemos sido llamados a inmundicia, sino a santidad (2 Co 6:16); porque esta es la voluntad de Dios, nuestra santificación: que nos apartemos de todo deseo ilícito (1 Ts 4:3, 7); que nuestro llamamiento es santo y que no podemos vivir conforme a él sino con pureza de vida (2 Ti 1:9); que para esto fuimos librados del pecado, para obedecer a la justicia (Ro 6:18). ¿Es posible que se nos incite a la caridad con una razón más viva y eficaz que la que usa san Juan: que nos amemos unos a otros como Dios nos amó a nosotros; que en esto se distinguen los hijos de Dios de los hijos del diablo, los hijos de la luz de los hijos de las tinieblas, en que permanecen en el amor? Y también la razón que usa san Pablo: que, si estamos unidos a Cristo, somos miembros de un mismo cuerpo, y que por eso conviene que nos ayudemos unos a otros, cada uno haciendo por su parte lo que pueda. ¿Podríamos ser exhortados a la santidad con más eficacia que con lo que dice san Juan: «Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro»? (1 Jn 3:3). Y también lo que dice san Pablo: que, confiados en la promesa de la adopción, «limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu» (2 Co 7:1). Y también cuando oímos que Cristo se pone a sí mismo como ejemplo para que sigamos sus pisadas (Jn 15:10).
He querido citar brevemente estos pasajes de la Escritura como muestra. Porque si quisiera amontonar todos los demás semejantes, tendría que escribir un libro grandísimo. Los apóstoles están todos llenos de exhortaciones, amonestaciones y reprensiones con que instruyen al hombre de Dios en toda buena obra; y lo hacen sin mencionar para nada el mérito. Al contrario, sacan sus principales exhortaciones de esto: que nuestra salvación no consiste en ningún mérito nuestro, sino en la sola misericordia de Dios. Como cuando san Pablo, después de haber enseñado en toda su epístola que no tenemos ninguna esperanza de vida sino en la sola justicia de Cristo, al llegar a las exhortaciones funda su enseñanza en aquella misma misericordia que había predicado (Ro 12:1). Y ciertamente esta sola razón debería bastar para que Dios fuera glorificado en nosotros (Mt 5:16). Y si hay algunos a quienes no mueve tanto el celo de la gloria de Dios, con todo, el recuerdo de sus beneficios es más que suficiente para incitarlos a obrar bien. Pero estos fariseos, como al inculcar y ensalzar los méritos arrancan al pueblo, como a la fuerza, ciertas obras serviles y forzadas, nos acusan falsamente de no tener con qué exhortar al pueblo a obrar bien, porque no vamos por el mismo camino que ellos (Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 26). ¡Como si Dios se complaciera mucho en tales servicios forzados, él que declara que ama al dador alegre y prohíbe que nadie le dé algo con tristeza o por necesidad! (2 Co 9:7). Y no digo esto porque rechace o desprecie aquella manera de exhortar que la Escritura usa muchísimas veces, para no dejar pasar ningún medio con que podamos ser animados. Porque trae a la memoria el salario que Dios dará a cada uno conforme a sus obras. Pero niego que no haya otro motivo que este, o que este sea el principal. Además, no concedo que haya que empezar por aquí. Sostengo también que esto no sirve para entronizar méritos como los que venden nuestros adversarios, según veremos después. Finalmente, digo que esto no sirve de nada si antes no se ha asentado esta doctrina: que somos justificados por el solo mérito de Cristo, que aprehendemos por la fe, y no por mérito alguno de nuestras obras. La causa es que nadie puede estar dispuesto a vivir santamente sino quien primero haya asimilado esta doctrina. Lo cual da a entender admirablemente el profeta cuando habla así con Dios: «Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado» (Sal 130:4). Muestra con esto que los hombres no tienen ninguna reverencia a Dios sino después de haber conocido su misericordia, sobre la cual sola se funda y se establece. Lo cual debe notarse muy bien, para que sepamos que la confianza en la misericordia de Dios no solo es el principio del verdadero servicio de Dios, sino que además el temor de Dios (que los papistas quieren que sea meritorio de salvación) no puede tenerse por mérito, porque se funda en el perdón y la remisión de los pecados.
Es también una calumnia vanísima acusarnos de invitar a los hombres a pecar cuando enseñamos la remisión gratuita de los pecados, en la cual decimos que se funda toda nuestra justicia. Porque, al hablar así, la estimamos en tanto que ninguna buena obra que hayamos hecho podría pagarla, y que por eso nunca la obtendríamos si no se nos diera gratuitamente. Decimos también que se nos da gratuitamente a nosotros, pero que no se le dio gratuitamente a Cristo, a quien le costó muchísimo: su preciosísima sangre, fuera de la cual no hubo precio alguno con que el juicio de Dios pudiera ser satisfecho y aplacado. Cuando a los hombres se les enseña así, se les advierte que, en lo que de ellos depende, son causa de que esta sangre santísima se derrame tantas veces cuantas pecan. Además, les mostramos que la suciedad del pecado es tan grande que jamás puede ser lavada sino en la fuente de esta purísima sangre. Quienes oyen esto, ¿no deben concebir mucho mayor horror al pecado que si se les dijera que pueden lavar su pecado haciendo buenas obras? Y si tienen algún temor de Dios, ¿cómo no sentirán horror de volver a revolcarse en el lodo después de haber sido purificados una vez, con lo cual, en cuanto de ellos depende, enturbian e infectan una fuente tan clara? «He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar?», dice el alma fiel en Salomón (Cnt 5:3). Ahora se ve bien claro quiénes, si nosotros o ellos, rebajan más la remisión de los pecados y tienen en menos la dignidad de la justicia. Nuestros adversarios desvarían diciendo que Dios se aplaca con sus frívolas satisfacciones, es decir, con su basura y su estiércol. Nosotros decimos que la culpa del pecado es tan enorme que no puede ser expiada con tan vanas niñerías; decimos que la ofensa hecha a Dios por el pecado es tan grave que no puede ser perdonada por estas satisfacciones tan insignificantes, y que por eso esta honra y prerrogativa pertenece solo a la sangre de Cristo. Ellos dicen que la justicia, si falla en algo y no es tan perfecta como debe, se restaura y se renueva con obras satisfactorias; nosotros decimos que la justicia es de tanta estima que no puede adquirirse con ninguna obra, y que por eso, para que sea restituida y recobrada, es necesario recurrir y acogerse a la sola misericordia de Dios. Lo demás que pertenece a la remisión de los pecados se tratará en el capítulo siguiente.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.