Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

Jactarse del mérito de las obras destruye tanto la alabanza que se debe a Dios por justificarnos como la certeza de nuestra salvación

Ya hemos tratado lo principal de esta materia: si la justicia se fundara en las obras, sería necesario que se viniera abajo por completo en el momento de comparecer ante la majestad divina; por tanto, se funda solo en la misericordia de Dios, solo en la comunión con Cristo y, por eso, solo en la fe. Pero hay que considerar aquí con mucha diligencia lo que es el punto principal de esta materia, para que no nos enredemos en el error común en que se han enredado no solo el vulgo, sino también los hombres doctos. Porque en cuanto se pregunta si justifica la fe o las obras, alegan los pasajes de la Escritura que parecen atribuir cierto mérito a las obras delante de Dios, como si quedara demostrada la justificación por las obras con probar que Dios las tiene en algún aprecio y estima. Ciertamente ya hemos mostrado claramente más arriba que la justicia de las obras consiste solo en una observancia perfecta y completa de la ley. De lo cual se sigue que nadie es justificado por sus obras sino quien haya llegado a una perfección tan completa que nadie pueda acusarlo ni de la más mínima falta. Es, pues, otra cuestión muy distinta preguntar si las obras, aunque no basten para justificar al hombre, pueden con todo merecerle favor y gracia delante de Dios.

En primer lugar, me veo obligado a declarar esto acerca de la palabra mérito: quienquiera que haya sido el primero en aplicarla a las obras humanas en relación con el juicio de Dios, hizo algo que no convenía para conservar la sinceridad de la fe. Por mi parte, me abstengo de muy buena gana de todas las disputas de palabras; pero querría mucho que siempre se hubiera guardado entre los cristianos tal sobriedad y modestia que no usaran sin necesidad ni motivo vocablos que no se emplean en la Escritura, que pueden causar gran escándalo y dan muy poco fruto. ¿Qué necesidad había, os pregunto, de introducir esta palabra mérito, si el valor y el precio de las buenas obras podía expresarse con otro vocablo sin ofensa alguna? Y cuántas ofensas y escándalos han venido por esta palabra mérito, se ve con toda claridad, con gran perjuicio de todo el mundo. Ciertamente, como es una palabra muy altiva y orgullosa, no puede hacer otra cosa que oscurecer la gracia de Dios e hinchar a los hombres de vana soberbia. Reconozco que los doctores antiguos de la Iglesia usaron muy comúnmente este vocablo, y ¡ojalá no hubieran dado, con el mal uso de esta sola palabrita, ocasión y materia de error a quienes vinieron después! Aunque en ciertos lugares declaran que no quisieron perjudicar a la verdad con esta palabra. Porque san Agustín dice así en cierto lugar: «Callen aquí los méritos humanos, que perecieron por Adán, y reine la gracia de Dios por Jesucristo» (Agustín, Sobre la predestinación de los santos). Y también: «Los santos no atribuyen nada a sus méritos, sino que todo lo atribuyen, oh Dios, a tu sola misericordia» (Agustín, Sobre el Salmo 139). Y también: «Cuando el hombre ve que todo el bien que tiene no lo tiene de sí mismo, sino de su Dios, ve que todo lo que en él se alaba no procede de sus méritos, sino de la misericordia de Dios» (Agustín, Sobre el Salmo 88). Vemos, pues, cómo, habiendo quitado al hombre la capacidad y la fuerza para obrar bien, rebaja también la dignidad de los méritos. Y san Crisóstomo: «Todas nuestras obras que siguen al llamamiento gratuito de Dios son pago y deuda que le devolvemos; pero los dones de Dios son gracia, beneficencia y gran liberalidad» (Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, 33). Pero, dejando a un lado el nombre, consideremos más bien la cosa. San Bernardo, cuya sentencia ya he citado, dice muy bien que, así como para tener méritos basta no presumir de los méritos, del mismo modo para ser condenado basta no tener ningún mérito (Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 68). Pero enseguida, añadiendo la explicación, suaviza bastante la dureza de esta palabra al decir: «Procura, pues, tener méritos; y teniéndolos, entiende que te han sido dados; espera como fruto la misericordia de Dios; haciendo esto, habrás escapado de todo peligro: de la pobreza, de la ingratitud y de la presunción. Bienaventurada la Iglesia que tiene méritos sin presunción y presunción sin méritos». Y un poco antes había mostrado suficientemente en qué sentido piadoso había usado este vocablo, diciendo: «¿Para qué ha de preocuparse la Iglesia por los méritos, si tiene un motivo mucho más seguro y firme para gloriarse en la buena voluntad de Dios? Dios no puede negarse a sí mismo: hará lo que prometió. Así, no hay por qué preguntar por qué méritos esperamos la salvación, sobre todo cuando Dios nos dice: "No lo hago por vosotros, sino por mí" (Ez 36:22, 32). Basta, pues, para merecer, entender que los méritos no bastan».

Lo que merecen todas nuestras obras lo muestra la Escritura al decir que no pueden comparecer ante la presencia divina porque están llenas de suciedad. Además, lo que merecería la perfecta observancia de la ley (si se pudiera hallar alguna) lo declara cuando nos manda considerarnos siervos inútiles después de haber hecho todo lo que se nos ha mandado (Lc 17:10); porque, cuando hayamos hecho todo eso, no habremos hecho nada por lo que Dios deba darnos las gracias, sino que solo habremos cumplido nuestro deber para con Su Majestad, por lo cual no nos debe gracias algunas. Con todo, el Señor llama nuestras las buenas obras que él nos hizo hacer, y no solo declara que le son agradables, sino también que las recompensará. Lo que nos toca hacer es cobrar ánimo con una promesa tan grande y esforzarnos por no cansarnos de hacer el bien, y también por ser de veras agradecidos a tan gran liberalidad. No hay ninguna duda de que todo lo que hay de digno de alabanza en nuestras obras procede de la gracia de Dios, y de que no hay ni una sola gota que debamos atribuirnos propiamente a nosotros mismos. Si reconocemos esto de verdad, no solo se desvanecerá toda confianza en el mérito, sino incluso toda idea e imaginación de él. Lo que digo, pues, es que no repartimos a medias la alabanza de las buenas obras entre Dios y nosotros (como hacen los sofistas), sino que damos a Dios toda la alabanza, entera y sin menoscabo. Al hombre solo le atribuimos esto: que con su suciedad ensucia y mancha aun aquellas obras que en sí mismas eran buenas en cuanto provenían de Dios. Porque, por santo y perfecto que sea un hombre, todo lo que procede de él está manchado con alguna mancha. Si el Señor, pues, llamara a juicio aun las mejores obras que los hombres han hecho, ciertamente hallaría en ellas su propia justicia, y hallaría también la deshonra y la afrenta que les viene de parte del hombre. Así pues, las buenas obras agradan a Dios, y él se complace en ellas, y no son inútiles para quienes las hacen, sino que estos reciben de Dios grandísimos beneficios como salario y recompensa; no porque ellas lo merezcan, sino porque el Señor, movido por su propia liberalidad, les asigna y establece ese precio. ¿Y qué ingratitud tan grande es esta: no contentarnos con tal liberalidad de Dios, que recompensa las obras con premios que jamás merecieron, y pretender, con una ambición sacrílega, ir más allá, queriendo que lo que es propio de la liberalidad de Dios y no corresponde a ningún otro se pague a los méritos de las obras? Pongo aquí por testigo el sentido común de cada uno. Si un hombre, al que otro, movido por pura liberalidad, le concede recoger los frutos de su heredad, quisiera además apropiarse del título de la heredad diciendo que es suya, ¿no merecería perder por esta ingratitud incluso la posesión que tenía? Asimismo, si un esclavo al que su amo hubiera liberado quisiera, disimulando su baja condición, hacerse pasar de liberto a noble o hidalgo, como si nunca hubiera servido, ¿no merecería volver a ser esclavo como antes? Porque la manera legítima de gozar de los beneficios que se nos hacen es no atribuirnos con arrogancia más de lo que se nos da, ni defraudar de su alabanza a quien nos ha hecho el bien, sino comportarnos de tal manera que lo que él ha puesto en nosotros parezca que aún reside en él. Si debemos usar de tal modestia con los hombres, considere cada uno cuánta mayor modestia debemos usar al tratar con Dios.

Sé muy bien que los sofistas abusan de ciertos pasajes de la Escritura para probar con ellos que la palabra mérito referida a Dios se encuentra en la Escritura. Citan del Eclesiástico este pasaje: «La misericordia dará lugar a cada uno según el mérito de sus obras» (Eclo 16:15). Citan también de la Epístola a los Hebreos: «Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios», que ellos leen: «tales sacrificios merecen la gracia de Dios» (He 13:16). Aunque podría rechazar la autoridad del libro del Eclesiástico, porque no es canónico, renunciaré en esto a mi derecho. Respondo, pues, que no citan fielmente las palabras del Eclesiástico, sea quien fuere el autor de ese libro; porque en griego, lengua en que fue escrito, dice así: «Dará lugar a toda misericordia; porque cada uno hallará según sus obras». Y que así debe leerse este pasaje, que está corrompido en la traducción latina llamada Vulgata, se ve claramente tanto por lo que quiere decir la misma frase tomada por sí sola como por el contexto de lo que se ha dicho antes. En cuanto al pasaje de la Epístola a los Hebreos, no hay por qué tendernos trampas con una palabrita, pues la palabra griega que usa el apóstol no significa otra cosa sino que tales sacrificios son gratos y aceptos a Dios. Esto solo debería bastar para reprimir y deshacer por completo toda la arrogancia y soberbia que hay en nosotros, para no atribuir a las obras otra dignidad que la que la Escritura prescribe y ordena. Y la doctrina de la Escritura es esta: nuestras buenas obras están perpetuamente manchadas con muchas clases de manchas, por las cuales Dios se ofende y se enoja justamente con nosotros. Tan lejos están de poder reconciliarnos con Dios o de moverlo a hacernos bien. Pero, como él, por ser misericordioso, no las examina con sumo rigor, las admite como si fueran limpísimas, y por eso las recompensa con infinitos beneficios, tanto de esta vida presente como de la venidera; y esto lo hace aunque ellas no lo merezcan. Porque no admito la distinción que han hecho algunos, aunque doctos y piadosos: que las buenas obras merecen las gracias y beneficios que Dios nos hace en esta vida presente, pero que la salvación eterna es la paga de la sola fe. Porque el Señor pone casi siempre en el cielo la corona de nuestros trabajos y de nuestra lucha. Por el contrario, atribuir al mérito de las obras que recibamos cada día nuevas gracias de las manos de Dios, de tal manera que esto se le quite a la gracia, ciertamente es contrario a la doctrina de la Escritura. Porque, aunque Cristo dice que al que tiene se le dará, y que el siervo bueno y fiel que ha sido fiel en lo poco será puesto sobre lo mucho (Mt 25:21, 29), también muestra en otro lugar que los progresos de los fieles son dones de su pura y gratuita liberalidad: «A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche» (Is 55:1). Por tanto, todo lo que se da a los fieles para aumentar su salvación, aunque sea la misma bienaventuranza, es pura liberalidad de Dios. Con todo, tanto en los beneficios que recibimos ahora de su mano como en la gloria venidera de la que nos hará partícipes, declara que tiene en cuenta las obras; y esto porque tiene a bien, para mostrar el inmenso amor que nos tiene, no solo honrarnos a nosotros de esta manera, sino que también le place honrar los beneficios que hemos recibido de su mano.

Si estas cosas se hubieran tratado y explicado en tiempos pasados con el orden debido, nunca habría habido tantas revueltas y divisiones. San Pablo dice que, para edificar bien la Iglesia, debemos retener el fundamento que él había puesto entre los corintios, fuera del cual nadie puede poner otro, el cual es Jesucristo (1 Co 3:11). ¿Cuál es el fundamento que tenemos en Cristo? ¿Es acaso que él haya sido para nosotros el principio de la salvación, para que nosotros completemos lo que faltaba, y que solo nos haya abierto el camino por el que después andaríamos con nuestros propios esfuerzos? Ciertamente no es así, sino como lo había expuesto poco antes: cuando reconocemos que él nos ha sido dado por justicia (1 Co 1:30). Por tanto, nadie está bien fundado en Cristo sino quien tiene su justicia sólida y firmemente en él; pues el apóstol no dice que Cristo haya sido enviado para ayudarnos a alcanzar la justicia, sino para ser él mismo nuestra justicia. Es decir: que desde toda la eternidad, mucho antes de que el mundo fuera creado, fuimos elegidos en él, no por mérito alguno nuestro, sino según el beneplácito de su voluntad divina (Ef 1:4); que por su muerte hemos sido rescatados de la condenación de la muerte y librados de la perdición; que en él el Padre eterno nos ha adoptado como hijos y herederos; que por su sangre hemos sido reconciliados con Dios (Col 1:14); que, puestos bajo su amparo y protección, estamos libres de todo peligro de perecer jamás (Jn 10:28); que, injertados así en él, participamos ya en cierto modo de la vida eterna, habiendo entrado por la esperanza en el reino de Dios. Y aún no lo hemos dicho todo: que, admitidos a semejante participación, aunque en nosotros mismos seamos necios, él es nuestra sabiduría delante de Dios; aunque seamos pecadores, él es nuestra justicia; aunque seamos impuros, él es nuestra pureza; aunque seamos débiles, sin fuerzas y sin armas, e incapaces de resistir a Satanás, con todo es nuestra la potestad que le ha sido dada a Cristo en el cielo y en la tierra, con la cual él quebranta a Satanás por nosotros y hace pedazos las puertas del infierno (Mt 28:18); y aunque llevemos a cuestas un cuerpo sujeto a la muerte, él es nuestra vida. En suma: todo lo que él tiene es nuestro, y en él lo tenemos todo, y en nosotros nada. Sobre este fundamento, digo, debemos ser edificados si queremos ser templos consagrados a Dios y crecer cada día más.

Pero desde hace mucho tiempo al mundo se le ha enseñado algo muy distinto. Se han inventado no sé qué obras morales mediante las cuales los hombres se harían agradables a Dios antes de ser incorporados a Cristo. ¡Como si la Escritura mintiera cuando dice que todos los que no tienen al Hijo están en la muerte! (1 Jn 5:12). Si están en la muerte, ¿cómo podrán engendrar algo que sea materia de vida? ¡Como si no valiera nada lo que dice el apóstol, que todo lo que no proviene de fe es pecado! (Ro 14:23). ¡Como si el árbol malo pudiera producir frutos buenos! ¿Y qué le han dejado a Cristo estos pestilentes sofistas en que muestre su virtud y su poder? Dicen que Cristo nos ha merecido la primera gracia, es decir, la ocasión de merecer, pero que a nosotros nos toca no perder la ocasión que se nos ha dado. ¡Oh desvergonzada impiedad! ¿Quién habría pensado o esperado que gente que profesa ser cristiana se atreviera a despojar así a Jesucristo de su virtud para pisotearlo? La Escritura atestigua de él a cada paso que todos los que creen en él son justificados; pero estos enseñan que de Jesucristo no procede otro beneficio que el de haber abierto, por su medio, la puerta y el camino para que cada uno se justifique a sí mismo. ¡Ojalá gustaran lo que quieren decir estas sentencias!: «El que tiene al Hijo, tiene la vida»; el que cree «ha pasado de muerte a vida»; somos justificados por su gracia para ser hechos herederos de la vida eterna; los fieles tienen a Cristo, que habita en ellos, y por él están unidos a Dios; los que participan de la vida de Cristo están sentados con él en los lugares celestiales, han sido trasladados al reino de Dios y han alcanzado la salvación (1 Jn 5:12; Jn 5:24; Ro 3:24; 1 Jn 3:24; Ef 2:6; Col 1:13); y otras sentencias semejantes, que son infinitas. Porque no significan solo que por la fe en Cristo nos viene la capacidad de obtener la justicia y adquirir la salvación, sino que una y otra se nos dan en él. Por tanto, en el mismo momento en que somos incorporados a Cristo por la fe, somos por eso mismo hechos hijos de Dios, herederos del reino de los cielos, partícipes de la justicia, poseedores de la vida; y (para refutar mejor sus mentiras) no hemos obtenido solo la oportunidad de merecer, sino todos los méritos de Cristo, porque todos ellos se nos comunican.

He aquí cómo las escuelas de la Sorbona, madres de todos los errores, nos han quitado la justificación por la fe, que es la suma de toda nuestra religión cristiana. Es verdad que de palabra confiesan que el hombre es justificado por la fe formada; pero luego lo explican diciendo que es porque las obras reciben de la fe el valor y la fuerza para justificar; de modo que parece que nombran la fe por burla, porque no podían dejar de nombrarla sin gran escándalo, ya que se repite tantas veces en la Escritura. Y, no contentos con esto, le roban a Dios una buena parte de la alabanza de las buenas obras para trasladarla y aplicarla al hombre. Porque, viendo que las buenas obras sirven de muy poco para ensalzar al hombre, y que ni siquiera pueden llamarse propiamente méritos si se las tiene por frutos de la gracia de Dios, las derivan de la facultad del libre albedrío; ciertamente, como quien saca aceite de una piedra. Es verdad que no niegan que la causa principal esté en la gracia; pero no quieren que se excluya el libre albedrío, del cual (según dicen) procede todo mérito. Y esto no lo enseñan solo los sofistas modernos, sino que su Pitágoras, su gran maestro Pedro Lombardo, dice lo mismo (Lombardo, Sentencias, libro II, dist. 28), aunque, comparado con estos, es bastante sano y moderado. Ciertamente ha sido una gran ceguera que este hombre haya leído tantas veces a san Agustín y no haya visto con cuánto cuidado y solicitud se guardó san Agustín de atribuir al hombre ni la más mínima parte de la gloria de las buenas obras. Más arriba, cuando tratábamos del libre albedrío, citamos algunos pasajes suyos a este propósito, y en sus escritos se hallan a cada paso muchísimos otros semejantes: como cuando nos prohíbe jactarnos jamás de nuestros méritos, porque ellos mismos son dones de Dios; y cuando dice que todo nuestro mérito no proviene sino de la gracia, que no lo ganamos por nuestra capacidad, sino que se nos da enteramente por gracia, etc. (Agustín, Sobre el Salmo 144, y Carta 105). No es de extrañar que el dicho Lombardo no haya sido iluminado con la luz de la Escritura, ya que no estaba muy ejercitado en ella. Con todo, no se podría desear contra él y contra sus discípulos nada más claro que lo que dice el apóstol cuando, después de haber prohibido a los cristianos todo motivo de gloria, da la razón por la que no les es lícito gloriarse: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef 2:10). Siendo, pues, que de nosotros no procede ningún bien sino en cuanto somos regenerados, y que nuestra regeneración, toda entera y sin excepción alguna, es obra de Dios, no hay por qué atribuirnos ni un solo grano de alabanza por las buenas obras. En fin, aunque estos sofistas hablan sin fin y sin cesar de las buenas obras, instruyen de tal manera las conciencias que nunca se atreven a confiar en que Dios sea propicio y favorable a las obras que han hecho. Nosotros, en cambio, sin hacer mención alguna del mérito, levantamos con nuestra doctrina el ánimo de los fieles con un consuelo admirable, enseñándoles que agradan a Dios con sus obras y que, sin duda alguna, estas le son gratas y aceptas. Y además exigimos que nadie intente ni emprenda obra alguna sin fe, es decir, sin haber determinado primero con toda certeza en su corazón que la obra que emprende agradará a Dios.

Por tanto, de ninguna manera permitimos que se nos aparte ni un poco de aquel único fundamento sobre el cual los sabios maestros de obras edifican después, con muy buen orden y concierto, todo el edificio de la Iglesia. Porque, ya sea que haga falta doctrina o exhortación, advierten que el Hijo de Dios apareció en el mundo para deshacer las obras del diablo, a fin de que los que son de Dios no pequen (1 Jn 3:8-9); que basta ya con haber pasado el tiempo de nuestra vida haciendo lo que agrada a los gentiles y a la gente sin Dios (1 P 4:3); que los escogidos de Dios son vasos e instrumentos de la misericordia de Dios, apartados para honra, y que deben limpiarse de toda suciedad (2 Ti 2:20-21). Pero todo se resume en esta palabra en que se dice que Cristo quiere discípulos tales que, negándose a sí mismos y tomando su cruz, lo sigan (Lc 9:23). Quien se ha negado a sí mismo ya ha cortado la raíz de todos los males, para no buscar en adelante su propia comodidad e interés. Quien ha tomado su cruz ya está dispuesto y preparado para toda paciencia y mansedumbre. Pero el ejemplo de Cristo abarca tanto estas cosas como todos los demás deberes y ejercicios de piedad y santidad. Porque él fue obediente a su Padre hasta la muerte; se entregó por completo a cumplir y hacer las obras de Dios; procuró con todo su corazón ensalzar la gloria de su Padre; puso su vida por sus hermanos; hizo bien a sus propios enemigos y oró por ellos. Y si hace falta consuelo, estos mismos maestros de la obra del templo de Dios nos dan uno admirable: que «estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos» (2 Co 4:8-10). Que, «si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él» (2 Ti 2:11-12). Que de esta manera somos hechos conformes a sus padecimientos, hasta que lleguemos a ser semejantes a él en la resurrección (Fil 3:10-11); porque el Padre ha predestinado que todos los que ha elegido en Cristo sean «hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos» (Ro 8:29). Así, ni la muerte, ni lo presente, ni lo por venir nos separarán del amor de Dios, que es en Cristo; antes bien, todas las cosas se nos convertirán en bien y salvación. He aquí cómo no justificamos al hombre delante de Dios por sus obras, sino que decimos que todos los que son de Dios son regenerados y hechos nuevas criaturas, para que pasen del reino del pecado al reino de la justicia; y que con tales testimonios hacen firme su llamamiento y, como los árboles, son juzgados por sus frutos (2 P 1:10).

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.