Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
El comienzo de la justificación y sus continuos progresos
Para aclarar mejor esto, examinemos cuál puede ser la justicia del hombre a lo largo de toda su vida. Hagamos, pues, cuatro categorías. Porque los hombres, o bien no tienen ningún conocimiento de Dios y están sumidos en la idolatría; o bien, profesando ser cristianos y habiendo sido admitidos a los sacramentos, viven entretanto disolutamente y niegan con sus obras al Dios que confiesan con la boca, de modo que son cristianos solo de nombre; o bien son hipócritas, que cubren la maldad de su corazón con vanos pretextos y apariencias; o bien, regenerados por el Espíritu de Dios, se ejercitan de corazón en la verdadera santidad e inocencia. En los primeros, que han de ser considerados según sus dotes naturales, no se hallará, desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie, ni una chispa de bien; a menos que queramos tachar de mentirosa a la Escritura cuando da tales testimonios de todos los hijos de Adán: que tienen un corazón perverso y endurecido; que todo lo que pueden fraguar desde su primera niñez no es otra cosa que maldad; que sus pensamientos son vanos; que no tienen temor de Dios delante de sus ojos; que no tienen entendimiento y no buscan a Dios (Jer 17:9; Gn 8:21; Sal 94:11; 14:2). En suma, que son carne, nombre con el cual se entienden todas las obras que enumera san Pablo: fornicación, inmundicia, lascivia, disolución, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios y todas las suciedades y abominaciones que se puedan imaginar (Gn 6:3; Gá 5:19-21). He aquí la linda dignidad en la que confían para ensoberbecerse. Y si hay entre ellos algunos dotados de costumbres honestas que tienen cierta apariencia de santidad ante los hombres, como sabemos que Dios no hace caso de la pompa exterior, de lo que se muestra por fuera, conviene que penetremos hasta la fuente y el manantial mismo de las obras, si queremos que nos sirvan para alcanzar justicia. Debemos, digo, mirar de cerca de qué disposición proceden estas obras. Y aunque aquí se me ofrece una materia y una ocasión muy amplias para hablar, como este asunto puede despacharse en muy pocas palabras, procuraré ser tan breve como me sea posible.
En primer lugar, no niego que todas las virtudes y dotes excelentes que se ven en los infieles sean dones de Dios. Porque no estoy tan apartado del sentido común como para decir que no hay ninguna diferencia entre la justicia, la moderación y la equidad de Tito y de Trajano, que fueron muy buenos emperadores de Roma, y la rabia, la furia y la crueldad de Calígula, de Nerón y de Domiciano, que reinaron como bestias furiosas; entre las sucísimas torpezas de Tiberio y la continencia de Vespasiano; y (para no detenernos en cada virtud o vicio en particular) entre la observancia de las leyes y el desprecio de ellas. Porque la diferencia entre el bien y el mal es tan grande que se nota aun en una imagen muerta. Porque ¿qué orden habría en el mundo si confundiéramos estas cosas? Así, el Señor no solo ha grabado en el corazón de cada uno esta distinción entre lo honesto y lo deshonesto, sino que muchas veces la ha confirmado con la administración de su providencia. Porque vemos cómo colma de muchas bendiciones de esta vida presente a quienes entre los hombres se dedican a la virtud. No es que esta apariencia exterior de virtud merezca siquiera el menor de los beneficios que Su Majestad les concede; sino que le place mostrar así cuánto ama la verdadera justicia, al no dejar sin alguna recompensa temporal ni siquiera aquella que no es más que exterior y fingida. De donde se sigue lo que hace poco hemos reconocido: que estas virtudes, sean cuales fueren, o, mejor dicho, estas sombras de virtudes, son dones de Dios, pues no hay nada digno de alabanza que no proceda de él.
Con todo, es verdad lo que escribe san Agustín: todos los que están apartados de la religión del único Dios, por más que se los estime por la opinión que se tiene de su virtud, no solo no son dignos de recompensa, sino que más bien son dignos de castigo, porque contaminan los purísimos dones de Dios con la suciedad de su corazón (Agustín, Contra Juliano, libro 4). Porque, aunque son instrumentos de Dios para conservar y mantener la sociedad en justicia, continencia, amistad, templanza, fortaleza y prudencia, usan muy mal de estas buenas obras de Dios, ya que se abstienen de hacer el mal no porque tengan un sincero amor a lo bueno y honesto, sino por pura ambición, por amor propio o por cualquier otro mal afecto. Siendo, pues, que sus obras están corrompidas por la suciedad misma del corazón, como por su fuente y origen, no deben tenerse por virtudes más que los vicios que, por la afinidad y semejanza que tienen con las virtudes, suelen engañarnos. Y para decirlo en pocas palabras: puesto que sabemos que el único y perpetuo fin de la justicia es que sirvamos a Dios, cualquier cosa que persiga otro fin pierde, por eso mismo y con razón, el nombre de justa. Así pues, como esa clase de gente no tiene en cuenta el fin que la sabiduría de Dios ha establecido, aunque lo que hacen parezca bueno, es pecado por el mal fin al que se dirige. Concluye, pues, san Agustín que todos los Fabricios, Escipiones y Catones, y todos los que fueron muy estimados entre los gentiles, pecaron en esas sus admirables y heroicas hazañas, porque, desprovistos de la luz de la fe, no encaminaron sus obras al fin al que debían encaminarlas. Por eso dice que no tuvieron verdadera justicia, porque el deber de cada uno no se juzga por lo que hace, sino por el fin por el que lo hace.
Además, si es verdad lo que dice san Juan, que fuera del Hijo de Dios no hay vida (1 Jn 5:12), todos los que no tienen parte en Cristo, sean quienes sean, hagan o intenten hacer lo que quieran a lo largo de toda su vida, se precipitan a la ruina y la perdición y al juicio de muerte eterna. Conforme a esta razón, san Agustín dice en cierto lugar: «Nuestra religión no distingue entre justos e injustos por la ley de las obras, sino por la ley de la fe, sin la cual las que parecen buenas obras se convierten en pecado» (Agustín, Contra las dos cartas de los pelagianos, a Bonifacio, libro 3, cap. 5). Por eso el mismo san Agustín, en otro lugar, compara muy acertadamente la vida de tales personas con la de alguien que corre fuera del camino (Agustín, Prefacio al Salmo 31). Porque cuanto más deprisa corre fuera de su camino, tanto más se aleja del lugar adonde había decidido ir, y por eso es tanto más desdichado. De ahí concluye que es mejor ir cojeando por el camino debido que correr fuera de él. En fin, es certísimo que estos son árboles malos, pues no hay santificación alguna sino en la comunión con Cristo. Pueden, pues, producir frutos hermosos y de sabor muy agradable, pero sus frutos jamás serán buenos. De aquí vemos claramente que todo lo que el hombre piensa, se propone hacer y hace antes de ser reconciliado con Dios por la fe es maldito, y no solo no sirve de nada para obtener justicia, sino que merece una condenación segurísima. ¿Y para qué discutimos esto como si fuera algo dudoso, si ya ha sido probado con el testimonio del apóstol que sin fe es imposible que hombre alguno agrade a Dios? (He 11:6).
Pero esto quedará mucho más claro si ponemos de un lado la gracia de Dios y del otro la condición natural del hombre. Porque la Escritura dice a cada paso con toda claridad que Dios no halla en el hombre nada que lo mueva a hacerle bien, sino que se le anticipa por su pura bondad gratuita. Porque ¿qué podrá hacer un muerto para volver a la vida? Y es verdad que, cuando Dios nos ilumina con su conocimiento, nos resucita de entre los muertos y nos hace nuevas criaturas (Jn 5:25). Vemos, en efecto, que la benevolencia que Dios nos tiene se nos presenta muchas veces con este título, sobre todo en el apóstol: «Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo», etc. (Ef 2:4-5). Y en otro lugar, tratando bajo la figura de Abraham el llamamiento general de los fieles: Dios, dice, es el «que da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen» (Ro 4:17). Si no somos nada, ¿qué podemos, os pregunto? Por eso el Señor confunde muy a propósito esta arrogancia nuestra en la historia de Job, diciendo así: «¿Quién me ha dado a mí primero, para que yo restituya? Todo lo que hay debajo del cielo es mío» (Job 41:11). San Pablo, explicando esta sentencia, la aplica a esto: que no pensemos que podemos presentar ante Dios otra cosa que la pura afrenta de nuestra pobreza y desnudez (Ro 11:35). Por eso, en el pasaje que ya hemos citado para probar que él se nos anticipó por su sola gracia, y no por nuestras obras, para que tuviéramos esperanza de salvación, dice que somos hechura suya, «creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef 2:10). Como si dijera: ¿quién de nosotros se jactará de haber movido a Dios con su justicia, siendo así que nuestra primera virtud y capacidad para obrar bien procede de la regeneración? Porque, según la naturaleza con que nacemos, antes sacaríamos aceite de una piedra que una buena obra de nosotros. Es verdaderamente asombroso que un hombre condenado con tanta afrenta se atreva a decir que todavía le queda algo bueno. Confesemos, pues, con este excelente instrumento de Dios, san Pablo, que el Señor nos «llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia» (2 Ti 1:9); y que «cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia […] para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna» (Tit 3:4-7). Con esta confesión despojamos al hombre de toda justicia, hasta la más mínima parte, hasta que haya sido regenerado por pura misericordia en la esperanza de la vida eterna; porque si la justicia de las obras sirviera de algo para nuestra justificación, no se diría con verdad que somos justificados por gracia. Ciertamente el apóstol no era tan olvidadizo como para afirmar en un lugar que la justificación es gratuita sin acordarse muy bien de lo que en otro había probado: que la gracia ya no es gracia si las obras tienen algún valor (Ro 11:6). ¿Y qué otra cosa quiere decir el Señor cuando dice que no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores? (Mt 9:13). Si solo son admitidos los pecadores, ¿con qué fin buscamos entrar por nuestras justicias fingidas?
Muchísimas veces me viene a la mente este pensamiento: temo hacer injuria a la misericordia de Dios al esforzarme con tanto empeño en defenderla y sostenerla, como si fuera dudosa u oscura. Pero como nuestra malignidad es tal que jamás concede a Dios lo que es propio suyo si no se ve obligada por la necesidad, me veo forzado a detenerme aquí algo más de lo que quisiera. Y como la Escritura es bastante clara en esto, combatiré con mucho mejor ánimo con sus palabras que con las mías. Isaías, después de describir la ruina universal del género humano, expuso muy bien el orden de su restauración: «Y lo vio Jehová, y desagradó a sus ojos […] Y vio que no había hombre, y se maravilló que no hubiera quien se interpusiese; y lo salvó su brazo, y le afirmó su misma justicia» (Is 59:15-16). ¿Dónde quedan nuestras justicias, si es verdad lo que dice el profeta, que no hay nadie que ayude al Señor a recobrar la salvación? Lo mismo dice otro profeta, que presenta al Señor hablando de cómo había de reconciliar consigo a los pecadores: «Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia […] y tendré misericordia de Lo-ruhama» (Os 2:19, 23). Si semejante pacto, que consta que es la primera unión que Dios hizo con nosotros, se apoya en la misericordia de Dios, no le queda ningún otro fundamento a nuestra justicia. Y quisiera saber de quienes pretenden hacer creer que el hombre se presenta ante Dios con algunos méritos y justicia de obras si piensan que hay alguna justicia que no sea agradable a Dios. Si es una locura pensarlo, ¿qué podrá proceder de los enemigos de Dios que le sea grato, si él los aborrece por entero con todas sus obras? La verdad atestigua que todos somos enemigos jurados y mortales de Dios hasta que, justificados, somos recibidos en su gracia y amistad (Ro 5:6, 10; Col 1:21-22). Si el principio del amor que Dios nos tiene es la justificación, ¿qué justicias de obras podrán precederla? Por eso san Juan, para apartarnos de esta perniciosa arrogancia, nos advierte que no fuimos nosotros los que amamos primero a Dios (1 Jn 4:10). Esto mismo nos lo había enseñado el Señor mucho tiempo antes por su profeta: «Los amaré de pura gracia; porque mi ira se apartó de ellos» (Os 14:4). Ciertamente no es movido por las obras, si por su buena voluntad se inclina a amarnos. Pero el vulgo ignorante no entiende con esto otra cosa sino que nadie había merecido que Cristo fuera nuestro Redentor, pero que, para entrar en posesión de esta redención, nos ayudamos con nuestras obras. Al contrario: por más que hayamos sido redimidos por Cristo, seguimos siendo hijos de las tinieblas, enemigos de Dios y herederos de su ira hasta que, por el llamamiento del Padre, somos incorporados a la comunión de Cristo. Porque san Pablo no dice que seamos limpiados y lavados de nuestras suciedades por la sangre de Cristo sino cuando el Espíritu Santo realiza en nosotros este lavamiento (1 Co 6:11). Y queriendo decir lo mismo, san Pedro afirma que la santificación del Espíritu nos sirve «para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo» (1 P 1:2). Si somos rociados por el Espíritu con la sangre de Cristo para ser purificados, no pensemos que antes de esta aspersión somos otra cosa que un pecador sin Cristo. Tengamos, pues, por cierto que el principio de nuestra salvación es como una resurrección de la muerte a la vida; porque cuando por Cristo se nos concede creer en él, entonces, y no antes, comenzamos a pasar de muerte a vida.
Bajo esto quedan comprendidas la segunda y la tercera categoría de hombres que señalamos en la división que ya hemos hecho. Porque la impureza de conciencia que hay tanto en unos como en otros demuestra que todavía no han sido regenerados por el Espíritu de Dios. Asimismo, el hecho de que no estén regenerados prueba que no tienen fe. De lo cual se ve claro que aún no están reconciliados con Dios ni justificados ante su juicio, pues nadie puede gozar de estos beneficios sino por la fe. ¿Qué podrán producir de sí los pecadores apartados de Dios, sino algo execrable ante su juicio? Es verdad que todos los impíos, y sobre todo los hipócritas, están hinchados de esta vana confianza: aunque saben que todo su corazón hierve de suciedad y maldad, si hacen algunas obras que tienen buena apariencia y buen aspecto, las estiman de tal modo que piensan que son dignas de que Dios no las rechace. De aquí nace aquel error maldito: convencidos de que tienen un corazón malvado y perverso, no se dejan persuadir de que confiesen que están vacíos de justicia; sino que, reconociéndose injustos porque no pueden negarlo, se atribuyen con todo cierta justicia. El Señor refuta admirablemente esta vanidad por medio del profeta: «Pregunta ahora a los sacerdotes acerca de la ley, diciendo: Si alguno llevare carne santificada en la falda de su ropa, y con el vuelo de ella tocare pan, o vianda, o vino, o aceite, o cualquier otra comida, ¿será santificada? Y respondieron los sacerdotes y dijeron: No. Y dijo Hageo: Si un inmundo a causa de cuerpo muerto tocare alguna cosa de estas, ¿será inmunda? Y respondieron los sacerdotes, y dijeron: Inmunda será. Y respondió Hageo y dijo: Así es este pueblo y esta gente delante de mí, dice Jehová; y asimismo toda obra de sus manos; y todo lo que aquí ofrecen es inmundo» (Hag 2:11-14). ¡Ojalá esta sentencia tuviera valor entre nosotros y se nos grabara bien en la memoria! Porque no hay nadie, por malo y perverso que sea en su manera de vivir, que se deje persuadir de que es así lo que el Señor dice tan claramente. En cuanto el hombre más perverso del mundo ha cumplido su deber en esto o en aquello, no duda de que se le contará como justicia. Pero el Señor dice, al contrario, que con ello no se adquiere santificación alguna si antes el corazón no está bien limpio. Y no contento con esto, afirma que todas las obras que proceden de los pecadores están contaminadas por la suciedad de su corazón. Guardémonos, pues, de llamar justicia a las obras que la misma boca del Señor condena como injustas. ¡Y con qué admirable comparación lo muestra! Porque se podría objetar que todo lo que el Señor ha mandado es inviolablemente santo. Pero él muestra, al contrario, que no hay por qué asombrarse de que las obras que Dios ha santificado en su ley sean contaminadas por la suciedad de los malos, puesto que una mano inmunda profana lo que era sagrado.
Él mismo trata admirablemente este asunto por medio de Isaías: «No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir […] Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas. Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos» (Is 1:13-16; 58:1). ¿Qué quiere decir esto, que el Señor sienta tanto hastío por la observancia de su ley? Al contrario, digo yo, no rechaza nada de la observancia pura y verdadera de la ley, cuyo principio (como enseña a cada paso) es el temor sincero de su nombre. Quitado este temor, todo lo que se le ofrezca no solo será vanidad, sino también suciedad, hedor y abominación. Vayan ahora los hipócritas y, guardando envuelta en su corazón su maldad, procuren ganarse a Dios con sus buenas obras. Ciertamente, al hacerlo así, lo provocarán más y más. Porque «el sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; mas la oración de los rectos es su gozo» (Pr 15:8). Concluimos, pues, como cosa resuelta —y debe ser muy notoria a todos los que estén medianamente ejercitados en la Escritura—, que todas las obras que proceden de hombres que todavía no están verdaderamente santificados por el Espíritu de Dios, por excelente que sea su aspecto y apariencia, están tan lejos de ser tenidas por justas ante la presencia divina que son consideradas pecados. Por tanto, quienes enseñaron que las obras no ganan gracia ni favor para la persona, sino que, al contrario, las obras son agradables a Dios cuando la persona ha hallado gracia ante su majestad, hablaron muy bien y con gran verdad (Agustín, Sobre la penitencia, y Gregorio, cuyas palabras se citan en el Decreto, causa 3, cuestión 7, cap. Gravibus). Y conviene que guardemos con gran reverencia este orden, al que la Escritura nos conduce como de la mano. Moisés cuenta que Dios miró con agrado a Abel y a su ofrenda (Gn 4:4). ¿No veis cómo Moisés muestra que Dios fue propicio a los hombres antes de mirar sus obras? Es necesario, pues, que preceda la purificación del corazón, para que Dios reciba con amor las obras que proceden de nosotros. Porque siempre será verdad lo que dijo Jeremías: que los ojos del Señor miran a la verdad (Jer 5:3). Y que solo la fe es aquello con que se purifican los corazones de los hombres, lo declara el Espíritu Santo por boca de san Pedro (Hch 15:9). De aquí se sigue, pues, que el primer fundamento consiste en una fe verdadera y viva.
Consideremos ahora qué justicia tienen los que hemos puesto en la cuarta categoría. Reconocemos que, cuando Dios nos reconcilia consigo por medio de la justicia de Cristo y, habiéndonos concedido el perdón gratuito de nuestros pecados, nos tiene por justos, junto con esta misericordia viene este otro beneficio: que por el Espíritu Santo habita en nosotros, y por su poder las concupiscencias de nuestra carne son mortificadas cada día más, y nosotros somos santificados, es decir, consagrados al Señor para una verdadera pureza de vida, al ser reformados nuestros corazones para obedecer la ley de Dios, de modo que nuestra voluntad y nuestro principal propósito sea servirle, someternos a su voluntad y ensalzar solo su gloria por todos los medios posibles. Sin embargo, aun cuando, guiados por el Espíritu Santo, andamos por el camino del Señor, quedan en nosotros ciertos restos de imperfección, para que no nos ensoberbezcamos olvidándonos de nosotros mismos; restos que nos sirven de ocasión para humillarnos. «No hay hombre que no peque», dice la Escritura, que haga el bien y no peque (1 R 8:46). ¿Qué justicia tendrán, pues, los fieles por sus obras? En primer lugar, digo que la mejor obra que puedan presentar está, con todo, manchada y corrompida por alguna suciedad de la carne, y revuelta con heces y posos. Que cualquier verdadero siervo de Dios escoja, digo, la mejor y más excelente obra que crea haber hecho en toda su vida: cuando haya examinado bien cada una de sus partes, sin duda hallará en ella algo que sabe y huele a la podredumbre y el hedor de la carne, pues nunca hay en nosotros la alegría para obrar bien que debería haber, sino, al contrario, una gran debilidad que nos frena y nos impide avanzar mucho. Y aunque vemos que las manchas que afean las obras de los santos no están ocultas, supongamos con todo que sean faltas muy menudas y pequeñas. Pregunto: ¿no ofenderán los ojos del Señor, ante quien ni siquiera las estrellas son limpias? La conclusión es que ningún santo hace obra alguna que, considerada en sí misma, no merezca justamente la paga de la afrenta.
Además, aunque fuera posible que hiciéramos algunas obras enteramente perfectas y acabadas, un solo pecado basta para deshacer y borrar todo recuerdo de lo que hubiéramos hecho justamente, como afirma el profeta, con quien concuerda Santiago: «Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos» (Ez 18:24; Stg 2:10). Y como esta vida mortal nunca es pura ni limpia de pecado, toda la justicia que hubiéramos adquirido sería corrompida, aplastada y perdida por los pecados que a cada paso volveríamos a cometer; y así no entraría en cuenta ante la presencia divina ni se nos imputaría como justicia. En fin, cuando se trata de la justicia de las obras, no debemos considerar una sola obra de la ley, sino la ley misma, lo que ella manda. Por tanto, si buscamos justicia por la ley, en vano presentaremos una o dos obras: es necesario que haya en nosotros una obediencia perpetua a la ley. Por eso el Señor no nos imputa como justicia una sola vez (como muchos piensan neciamente) aquel perdón de los pecados del que ya hemos hablado, para que, habiendo obtenido el perdón de los pecados de nuestra vida pasada, busquemos de ahí en adelante la justicia en la ley; porque, si así fuera, no se haría otra cosa que burlarse de nosotros engañándonos con una vana esperanza. Puesto que mientras vivimos en esta carne corruptible no podemos alcanzar perfección alguna, y la ley, por otra parte, anuncia muerte y juicio a todos los que no hayan hecho sus obras con una justicia entera y perfecta, siempre tendría de qué acusarnos y convencernos, si la misericordia de Dios no saliera a nuestro encuentro para absolvernos perdonándonos continuamente nuestros pecados. Así queda firme y verdadero lo que dijimos al principio: que, si somos estimados según nuestro valor, en todo lo que pretendamos e intentemos seremos dignos de muerte y perdición, junto con todos nuestros propósitos y deseos.
En estos dos puntos debemos insistir firmemente y poner gran empeño. El primero es que jamás se ha hallado obra alguna, por santo que fuera quien la hiciera, que, examinada con el rigor del juicio de Dios, no fuera digna de condenación. El segundo es que, si por ventura se hallara una obra así (lo cual es imposible en un hombre), aun así, manchada y sucia por los pecados que hay en la persona que la ha hecho, perdería su gracia y su valor. Este es el punto principal y el fundamento de la disputa que tenemos con los papistas. Porque en cuanto al principio de la justificación no hay entre nosotros ninguna contienda ni debate, y los doctores escolásticos que tienen algo de juicio y razón están de acuerdo con nosotros en esto: que el pecador, librado gratuitamente de la condenación, es justificado en cuanto obtiene el perdón de sus pecados. Pero no están de acuerdo con nosotros en lo siguiente. En primer lugar, bajo el nombre de justificación incluyen la renovación o regeneración con que el Espíritu de Dios nos reforma para obedecer su ley. En segundo lugar, piensan que, una vez que un hombre ha sido regenerado y reconciliado con Dios por la fe en Jesucristo, es agradable a Dios y tenido por justo por medio y mérito de sus buenas obras. Pero el Señor dice lo contrario: dice que le imputó a Abraham la fe como justicia, no cuando Abraham todavía servía a los ídolos, sino mucho tiempo después de que comenzó a vivir santamente (Ro 4:3, 9-13). Así, hacía ya mucho tiempo que Abraham servía a Dios con un corazón puro y limpio, y había cumplido los mandamientos de Dios tanto como pueden ser cumplidos por un hombre mortal; y sin embargo tiene su justicia por la fe. De aquí concluimos, como concluye san Pablo, que esto no es por obras. Asimismo, cuando el profeta dice: «El justo por su fe vivirá» (Hab 2:4), no trata en ese lugar de los impíos ni de los profanos, a quienes el Señor justifica convirtiéndolos a la fe, sino que dirige sus palabras a los fieles, y es a ellos a quienes se promete la vida por la fe. San Pablo también quita toda duda y escrúpulo cuando, para confirmar la justicia gratuita, cita el pasaje de David: «Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas» (Ro 4:7; Sal 32:1). Es certísimo que David no habla aquí de los infieles e impíos, sino de los fieles, de sí mismo y de otros semejantes a él, porque hablaba conforme a lo que sentía en su conciencia. Así, no nos basta tener esta bienaventuranza una sola vez, sino que debemos tenerla toda la vida. En fin, el ministerio de la reconciliación del que habla san Pablo, que nos atestigua que tenemos nuestra justicia en la misericordia de Dios, no se nos da por un día ni por dos, sino que es perpetuo en la Iglesia de Dios (2 Co 5:18-19). Por tanto, los fieles no tienen hasta el fin de su vida otra justicia que aquella de la que allí se trata. Porque Cristo permanece para siempre como Mediador para reconciliarnos con el Padre, y la eficacia y el poder de su muerte son perpetuos: la purificación, la satisfacción, la expiación y la perfecta obediencia que tuvo, por la cual quedan cubiertas todas nuestras iniquidades. Y san Pablo, escribiendo a los efesios, no dice que tengamos por gracia el principio de nuestra salvación, sino que somos salvos por gracia, y no por obras, para que nadie se gloríe (Ef 2:8-9).
Los subterfugios que buscan aquí los escolásticos para escabullirse no los libran. Dicen que el que las buenas obras tengan algún valor para justificar al hombre no les viene de su propia dignidad, que ellos llaman intrínseca, sino de la gracia de Dios que las acepta. En segundo lugar, como se ven obligados a reconocer que la justicia de las obras es siempre imperfecta mientras vivimos en este mundo, conceden que, durante esta vida, necesitamos que Dios nos perdone nuestros pecados para suplir así las faltas de nuestras obras; pero que este perdón se da en cuanto las faltas que cometemos son compensadas por las obras que ellos llaman de supererogación. Respondo que la gracia que ellos llaman aceptante no es otra cosa que la bondad gratuita del Padre celestial con que nos abraza y nos recibe en Cristo; es decir, cuando nos viste de la inocencia de Cristo y nos la pone en cuenta, para tenernos y considerarnos, por ese beneficio, santos, limpios e inocentes. Porque es necesario que la justicia de Cristo (que, como es la única perfecta, es también la única que puede comparecer libremente ante la presencia divina) se presente por nosotros y comparezca en el juicio como fiador nuestro. Revestidos de esta justicia, obtenemos por la fe un perdón continuo de los pecados. Cubiertas por su pureza nuestras manchas y las suciedades de nuestras imperfecciones, no se nos imputan, sino que quedan como sepultadas, para que no aparezcan ante el juicio de Dios hasta que llegue la hora en que, deshecho y muerto por completo en nosotros el viejo hombre, la bondad divina nos lleve con Jesucristo, el nuevo Adán, a una paz bienaventurada, donde esperemos el día del Señor, en el cual, recibidos ya nuestros cuerpos incorruptibles, seamos trasladados a la gloria celestial.
Si esto es verdad, ciertamente no hay obras nuestras que por sí mismas puedan hacernos aceptos y agradables a Dios; más aún, estas mismas obras no pueden agradarle sino en cuanto el hombre, cubierto con la justicia de Cristo, es agradable a Dios y obtiene el perdón de sus pecados. Porque el Señor no ha prometido la recompensa de la vida a ciertas obras particulares, sino que declara simplemente que «el que hiciere estas cosas vivirá por ellas», y pone en contraposición aquella notable maldición contra todos los que falten en algo de todo lo que la ley ha mandado (Lv 18:5). Con esto queda suficientemente refutado el error de la justicia parcial, pues Dios no admite otra justicia que la perfecta observancia de la ley. Y no es más sólido lo que suelen parlotear sobre compensar a Dios con obras de supererogación. Porque ¿qué? ¿No vuelven siempre a lo mismo de lo que ya han sido desalojados, a que quien guarda la ley en parte es justo en esa medida por las obras? Al hacerlo dan por resuelto con gran desvergüenza algo que nadie con sano juicio les concederá. El Señor atestigua tantas veces que no reconoce otra justicia de obras que la que consiste en la perfecta observancia de su ley. ¿Qué atrevimiento es este: que, estando desnudos de ella, para no parecer despojados de toda gloria —es decir, para no parecer que hemos cedido del todo el lugar a Dios—, nos jactemos de no sé qué retazos de unas pocas obras y procuremos redimir y compensar lo que falta con otras satisfacciones? Las satisfacciones ya han sido derribadas más arriba de tal manera que ni en sueños (como se dice) debemos acordarnos de ellas. Solo digo esto: quienes disparatan tan desconsideradamente no consideran cuán execrable es el pecado delante de Dios; porque si lo consideraran, entenderían sin duda que toda la justicia de los hombres, aunque se juntara toda en un montón, no bastaría para compensar un solo pecado. Porque vemos cómo el hombre, por un solo pecado que cometió, fue tan abatido y desechado por Dios que perdió todo medio de recobrar la salvación (Gn 3:17). Se nos ha quitado, pues, toda capacidad de satisfacer; y todos los que se lisonjean con ella jamás satisfarán a Dios, a quien no le es agradable ni aceptable nada que proceda de sus enemigos. Y son enemigos suyos todos aquellos a quienes ha determinado imputar los pecados. Es necesario, por tanto, que nuestros pecados sean cubiertos y perdonados antes de que el Señor haga caso de alguna obra nuestra. De lo cual se sigue que el perdón de los pecados es gratuito, y blasfeman impíamente contra él todos los que introducen algunas satisfacciones. Así pues, a ejemplo del apóstol, «olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndonos a lo que está delante», corramos en nuestra carrera «al premio del supremo llamamiento» (Fil 3:13-14).
Jactarse, pues, de obras de supererogación, ¿cómo concuerda con lo que se nos manda: que, cuando hayamos hecho todo lo que se nos ha mandado, digamos: «Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos»? (Lc 17:10). Decir esto delante de Dios no es fingir ni mentir, sino expresar lo que uno tiene por cierto en su interior. El Señor nos manda, pues, pensar sinceramente y considerar en nosotros mismos que no le hacemos ningún servicio que no le debamos, sino que todo lo que hacemos se lo debemos. Y con muchísima razón, porque somos siervos suyos obligados a servirle de tantas maneras y por tantos títulos que nos es imposible cumplir nuestro deber, aunque todos nuestros pensamientos y todos nuestros miembros no se ocuparan en otra cosa que en servirle. Por tanto, cuando dice: «Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado», es como si dijera: suponed que todas las justicias del mundo se hallaran en un solo hombre, y muchas más aún. Nosotros, pues, entre quienes no hay ninguno que no esté muy lejos de esta perfección, ¿cómo nos atreveremos a gloriarnos de haber colmado la justa medida? Y que nadie alegue que no hay inconveniente en que quien no cumple su deber en cierto aspecto haga más de lo que está obligado a hacer. Porque debemos tener por certísimo que no podemos concebir nada, ya sea en cuanto a la honra y el culto de Dios, ya en cuanto a la caridad con nuestro prójimo, que no esté comprendido bajo la ley de Dios. Y si es parte de la ley, no nos jactemos de una liberalidad voluntaria cuando estamos obligados por necesidad.
Y ciertamente alegan muy fuera de propósito, para probar esto, la afirmación de san Pablo cuando se gloría de que entre los corintios renunció voluntariamente a un derecho del que podía usar si quería (1 Co 9:1), y de que no solo cumplió con ellos su deber, sino que hizo aún más de lo que debía predicándoles gratuitamente el evangelio. Convenía considerar la razón que da en ese lugar: que lo hizo para no ser tropiezo a los débiles (1 Co 9:12). Porque los malos maestros que entonces perturbaban la Iglesia se vendían con este disfraz de que no cobraban nada por su trabajo y su esfuerzo; y esto para que su perversa doctrina fuera más estimada y para hacer odioso el evangelio. De modo que san Pablo se vio en la necesidad o de poner en peligro la doctrina de Cristo o de poner remedio a tales artimañas. Pues bien, si al cristiano le es indiferente caer en escándalo cuando puede evitarlo, reconozco que el apóstol dio al Señor algo más de lo que le debía; pero si un ministro prudente del evangelio estaba obligado a esto, digo que hizo lo que debía. En fin, aunque no se mostrara esta razón, siempre es una gran verdad lo que dice san Juan Crisóstomo: que todo lo que procede de nosotros es de la misma condición y calidad que lo que posee un siervo, es decir, que todo ello, por ser él siervo, pertenece a su amo. Y Cristo no lo disimuló en la parábola: pregunta qué gracias daremos a nuestro siervo cuando, después de haber trabajado mucho todo el día, vuelve a casa por la noche (Lc 17:7-9). Y puede ser que haya trabajado mucho más de lo que nosotros nos habríamos atrevido a exigirle. Sea así: con todo, no hizo nada sino lo que debía por ser siervo, porque todo lo que es y todo lo que puede es nuestro. No digo aquí que así sean las supererogaciones que estos quieren venderle a Dios, porque no son más que niñerías que él nunca pidió ni aprobó, y cuando llegue la hora de rendir cuentas, no las admitirá. En este sentido concederemos de buena gana que son obras de supererogación: como aquellas de las que Dios dice por el profeta: «¿Quién demandó esto de vuestras manos?» (Is 1:12). Pero recuerden lo que se dice de ellas en otro lugar: «¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia?» (Is 55:2). Estos maestros nuestros pueden muy bien disputar sin gran dificultad de estas materias, sentados muy a sus anchas en sus cátedras; pero cuando aquel Juez supremo aparezca desde el cielo en su trono de juicio, todas estas decisiones suyas no valdrán nada y se convertirán en humo. Esto, esto era lo que había que procurar: la confianza que podríamos presentar para responder por nosotros cuando comparezcamos ante su tribunal, y no lo que se puede parlotear y mentir en las escuelas y por los rincones.
En esta materia hay que desterrar de nuestro corazón sobre todo dos desvaríos pestilentes: el primero, poner alguna confianza en nuestras obras; el segundo, atribuirles alguna gloria. La Sagrada Escritura nos quita a cada paso toda confianza en ellas cuando dice que todas nuestras justicias hieden ante la presencia divina si no toman su buen olor de la inocencia de Cristo, y que no pueden hacer otra cosa que provocar el castigo de Dios si no son soportadas por el perdón de su misericordia. Así, la Escritura no nos deja otra cosa que implorar la clemencia de nuestro Juez para alcanzar misericordia, confesando con David que nadie será justificado delante de él si se pone a pedir cuentas a sus siervos (Sal 143:2). Y cuando Job dice: «Si fuere malo, ¡ay de mí! Y si fuere justo, no levantaré mi cabeza» (Job 10:15), aunque habla de aquella suma justicia de Dios que ni siquiera los ángeles pueden satisfacer, muestra al mismo tiempo que, cuando los hombres hayan comparecido ante el trono judicial de Dios, no les quedará otra cosa que taparse la boca y callar. Porque no quiere decir que prefiere ceder voluntariamente ante Dios antes que exponerse a combatir contra su rigor, sino que no sintió en sí mismo otra justicia que una que caería por tierra en el mismo instante en que compareciera ante el juicio de Dios. Caída la confianza, es necesario que perezca también todo motivo de gloriarse. Porque ¿quién atribuirá la alabanza de la justicia a las obras si, al considerarlas, temblaría ante el juicio de Dios? Debemos, pues, llegar a lo que quiere Isaías: que toda la descendencia de Israel se alabe y se gloríe en Dios (Is 45:25); porque es una gran verdad lo que el mismo profeta dice en otro lugar: que somos «plantío de Jehová, para gloria suya» (Is 61:3). Por tanto, nuestro corazón estará bien purificado cuando de ninguna manera se apoye en la confianza de sus obras ni triunfe gloriándose de ellas. Este es el error que arrastra a los hombres necios a esta vana y falsa confianza: que siempre ponen en sus obras la causa de su salvación.
Pero si consideramos los cuatro géneros de causas que los filósofos señalan en la constitución de las cosas, hallaremos que ninguno de ellos corresponde a las obras en lo que toca a nuestra salvación. Porque la Escritura enseña a cada paso que la causa eficiente de nuestra salvación es la misericordia del Padre celestial y el amor gratuito que nos tiene. Como causa material nos presenta a Cristo con su obediencia, por la cual nos adquirió la justicia. ¿Y cuál diremos que es la causa formal o instrumental, sino la fe? Ciertamente san Juan comprende las tres a la vez en una sola frase cuando dice: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:16). En cuanto a la causa final, el apóstol declara que es mostrar la justicia divina y glorificar su bondad; y en ese mismo lugar pone claramente también las otras tres. Porque en la Epístola a los Romanos dice así: «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia» (Ro 3:23-24): aquí tenemos el principio y la fuente primera, que Dios ha tenido misericordia de nosotros por su bondad gratuita. Sigue: «mediante la redención que es en Cristo Jesús»: aquí tenemos la sustancia o materia en que consiste nuestra justicia. Sigue todavía: «por medio de la fe en su sangre»: aquí se señala la causa instrumental por la cual se nos aplica la justicia de Cristo. Por último pone la final, cuando dice: «para manifestar […] su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús». Y además (para notar de paso que esta justicia de la que habla consiste en la reconciliación entre Dios y nosotros), dice expresamente que Cristo nos ha sido dado como propiciación. Del mismo modo, en el capítulo primero de Efesios nos enseña que Dios nos recibe en su gracia por pura misericordia; que esto se hace por la intercesión de Cristo; que recibimos esta gracia por la fe; y que todo esto tiene como fin que la gloria de su bondad sea conocida perfecta y enteramente. Viendo, pues, que todas las partes de nuestra salvación están fuera de nosotros, ¿por qué habríamos de confiar o gloriarnos en nuestras obras? En cuanto a la causa eficiente o a la final, ni siquiera los mayores enemigos de la gracia de Dios podrán plantearnos controversia alguna, a menos que quieran renegar de toda la Escritura. En cuanto a la causa material y la formal, ellos sutilizan, como si nuestras obras compartieran a medias con la fe y con la justicia de Cristo. Pero también en esto la Escritura les es contraria, pues afirma simplemente que Cristo es nuestra justicia y nuestra vida, y que poseemos este beneficio de la justicia por la sola fe.
En cuanto a que los santos muchísimas veces se afirman y se consuelan recordando su inocencia e integridad, y aun a veces no se abstienen de alabarla y engrandecerla, esto se hace de una de dos maneras. O bien, comparando su buena causa con la mala causa de los impíos, conciben una seguridad de victoria, no tanto por el valor o la estima de su propia justicia cuanto porque la iniquidad de sus enemigos lo merece; o bien, examinándose a sí mismos delante de Dios sin compararse con los demás, reciben cierto consuelo y confianza que les viene de la pureza de la buena conciencia que tienen. De la primera manera trataremos después; despachemos ahora brevemente la segunda, viendo cómo puede concordar con lo que ya hemos dicho: que ante el juicio de Dios no debemos apoyarnos en la confianza de obra alguna ni gloriarnos de ellas de ningún modo. La concordancia es esta: cuando se trata de fundar y establecer su salvación, los santos, sin tener en cuenta en absoluto sus obras, fijan los ojos en la sola bondad de Dios. Y no solo la miran fijamente ante todo como el principio de su bienaventuranza, sino que, teniéndola por su cumplimiento, descansan y se tranquilizan enteramente en ella. Cuando la conciencia está así fundada, levantada y afirmada, también se afirma con la consideración de las obras, a saber, en cuanto son testimonios de que Dios habita y reina en nosotros. Puesto que esta confianza en las obras no tiene lugar hasta que hayamos puesto toda la confianza de nuestro corazón en la sola misericordia de Dios, no sirve para afirmar que las obras justifican o que pueden dar seguridad al hombre por sí mismas. Así, cuando excluimos la confianza en las obras, no queremos decir otra cosa sino que el alma cristiana no debe poner los ojos en el mérito de sus obras como en un refugio de salvación, sino descansar totalmente en la promesa gratuita de la justicia. Con todo, no le prohibimos que establezca y confirme esta fe con todas las señales y testimonios que percibe de la buena voluntad que Dios le tiene. Porque si todos los beneficios que Dios nos ha hecho, cuando los recordamos, son para nosotros en cierto modo como rayos que proceden del rostro de Dios y nos iluminan para contemplar aquella inmensa luz de su bondad, con mucha mayor razón deben servirnos para esto las buenas obras con que nos ha dotado, que muestran que se nos ha dado el espíritu de adopción.
Por tanto, cuando los santos confirman su fe con su inocencia y hallan en ella motivo de regocijo, no hacen otra cosa que entender, por los frutos de su llamamiento, que Dios los ha adoptado como hijos. Lo que dice Salomón, que «en el temor de Jehová está la fuerte confianza» (Pr 14:26), y que los santos, para que Dios los oiga, invocan a veces como testimonio que han andado delante del Señor en integridad (2 R 20:3): todas estas cosas no valen nada para ponerlas como fundamento sobre el cual se edifique la conciencia; valen entonces, y no antes, cuando se toman como indicios y efectos del llamamiento de Dios. Porque en ninguna parte existe un temor que pueda dar una seguridad firme; y los santos saben muy bien que no tienen una perfección entera, sino que su perfección está todavía mezclada con muchísimas imperfecciones y restos de la carne. Pero, como de los frutos de la regeneración que ven en sí mismos sacan argumento y prueba de que el Espíritu Santo reside en ellos, de ahí se confirman y se animan no poco a esperar el favor de Dios en todas sus necesidades, al ver que en algo de tanta importancia lo experimentan como Padre. Y ciertamente ni siquiera esto pueden hacer sin haber aprendido primero la bondad de Dios, asegurándose de ella en ninguna otra cosa que en la certeza de la promesa. Porque si una vez comienzan a estimarla según sus buenas obras, ciertamente no habrá nada más incierto ni más débil, ya que, si las obras se estiman por sí mismas, no amenazarán menos al hombre con la ira de Dios por su imperfección de lo que le atestiguarán la buena voluntad de Dios por su pureza, tal cual es. En fin, ensalzan los beneficios recibidos de la mano de Dios de tal manera que en ningún modo se apartan de su favor gratuito, en el cual, como atestigua san Pablo, tenemos toda nuestra perfección: su anchura, su longitud, su profundidad y su altura (Ef 3:18). Como si dijera que, dondequiera que pongamos nuestros sentidos y nuestra mente, por alto que subamos con ellos y por mucho que los extendamos a lo largo y a lo ancho, no debemos pasar de este límite: reconocer el amor que Cristo nos tiene, y poner toda nuestra mente en meditarlo y contemplarlo, porque comprende en sí toda clase de medidas. Por eso dice que este amor de Cristo «excede a todo conocimiento», y que, cuando entendemos con cuán grande amor nos ha amado Cristo, somos «llenos de toda la plenitud de Dios» (Ef 3:19). Como el mismo apóstol, en otro lugar, gloriándose de que los fieles salen victoriosos en todos sus combates, da enseguida la causa diciendo: «por medio de aquel que nos amó» (Ro 8:37).
Vemos, pues, que los santos no conciben de sus obras una opinión o una confianza tal que les atribuya haber merecido algo por ellas (porque no las consideran sino como dones de Dios, por los cuales reconocen su bondad, y como señales de su llamamiento, por las cuales traen a la memoria su elección), ni que menoscabe en nada la justicia gratuita que obtenemos en Cristo, puesto que depende de ella y no puede existir sin ella. San Agustín lo expresa en pocas palabras, pero admirablemente, al decir: «No le digo al Señor: No desprecies las obras de mis manos (Agustín, Sobre el Salmo 137). He buscado al Señor con mis manos y no he sido engañado. Pero lo que digo es: no alabo las obras de mis manos, porque temo que, cuando tú, Señor, las hayas mirado, halles muchos más pecados que méritos. Esto solo es lo que digo, esto es lo que ruego, esto es lo que deseo: que no desprecies las obras de tus manos. Mira, Señor, en mí tu obra, no la mía. Porque si miras mi obra, la condenas; pero si miras la tuya, la coronas. Porque todas las buenas obras que tengo son tuyas; de ti proceden». Da dos razones por las que no se atreve a venderle sus obras a Dios: la primera, que, si tiene algunas buenas obras, ve que en ellas no hay nada suyo; la segunda, que, si hay algo bueno en ellas, está ahogado por la multitud de sus pecados. De aquí viene que la conciencia, al considerar esto, conciba mucho más temor y desaliento que seguridad. Por eso este santo varón no quiere que Dios mire las buenas obras que ha hecho de ninguna otra manera sino para que Su Majestad, reconociendo en ellas la gracia de su llamamiento, perfeccione la obra que ha comenzado.
En cuanto a lo que dice la Escritura, que las buenas obras de los fieles son la causa por la que el Señor les hace bien, hay que entenderlo de tal manera que no se menoscabe en nada lo que ya hemos dicho: que la causa eficiente de nuestra salvación consiste en el amor del Padre celestial; la materia y sustancia, en la obediencia de Cristo su Hijo; el instrumento, en la iluminación del Espíritu Santo, es decir, en la fe; y el fin, en que sea glorificada la gran bondad de Dios. Esto no impide que el Señor reciba y abrace las obras como causas inferiores. ¿Pero de dónde viene esto? La razón es que a aquellos a quienes el Señor ha predestinado por su misericordia para que sean herederos de la vida eterna, los introduce en su posesión, según su manera ordinaria de obrar, por medio de las buenas obras. Así, llama causa de lo que sigue a lo que le precede en el orden de su obrar. Por esta misma razón la Escritura da a entender a veces que la vida eterna procede de las buenas obras; no porque se les deba atribuir a ellas, sino porque Dios justifica a los que ha escogido para glorificarlos finalmente (Ro 8:30); y así la primera gracia, que es como un escalón para la segunda, es llamada en cierto modo causa de ella. Pero, con todo, siempre que hay que mostrar la verdadera causa, la Escritura no nos manda refugiarnos en las buenas obras, sino que nos hace detenernos en la meditación de la sola misericordia de Dios. Porque ¿qué otra cosa quiere decir el apóstol con estas palabras: «La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna»? (Ro 6:23). ¿Por qué no opone la justicia al pecado, como opone la vida a la muerte? ¿Por qué no pone la justicia como causa de la vida, como pone el pecado como causa de la muerte? Porque así la contraposición sería perfecta, mientras que, tal como está, queda algo imperfecta. Pero el apóstol quiso expresar con esta comparación lo que era verdad: que los méritos de los hombres no merecen otra cosa que la muerte, y que la vida está puesta en la sola misericordia de Dios. En fin, con estas expresiones en que se mencionan las buenas obras no se señala la causa por la que Dios hace bien a los suyos, sino solo el orden que sigue: que, añadiendo gracias sobre gracias, toma ocasión de las primeras para añadir las siguientes, a fin de no omitir nada para enriquecer a los suyos; y prosigue su generosidad de tal manera que quiere que siempre tengamos los ojos puestos en la elección gratuita, que es la fuente y el manantial de todos los bienes que nos hace. Porque, aunque ama y estima los beneficios que nos hace cada día en cuanto proceden de ese manantial, nosotros, con todo, debemos aferrarnos a esta aceptación gratuita, que es lo único que puede dar firmeza a nuestras almas; y debemos poner en segundo lugar los dones de su Espíritu con que una y otra vez nos enriquece, de modo que no menoscaben en nada la causa primera.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.