Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
Dos cosas que hay que considerar en la justificación gratuita
Aquí debemos considerar sobre todo dos cosas: que la gloria de Dios se conserve entera, sin menoscabo alguno, y que nuestras conciencias tengan reposo y tranquilidad con toda seguridad ante su tribunal. Vemos cuántas veces y con cuánta insistencia nos exhorta la Escritura a alabar solo a Dios cuando se trata de la justicia. Y el mismo apóstol declara que Dios tuvo este fin al darnos justicia en Cristo: manifestar la suya (Ro 3:25-26). Y enseguida añade en qué consiste esta manifestación: en que solo él sea reconocido como justo y como el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿No veis que la justicia de Dios no queda suficientemente ilustrada si no es tenido por justo él solo, y ningún otro, y si no es él quien comunica el don de la justicia a los que no lo merecen? Por eso quiere que «toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios»; porque mientras el hombre tiene algo con que defenderse, la gloria de Dios queda en cierto modo menoscabada. Así muestra por medio de Ezequiel cuánto glorificamos su nombre al reconocer nuestra iniquidad: «Y os acordaréis allí de vuestros caminos, y de todos vuestros hechos en que os contaminasteis; y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis. Y sabréis que yo soy Jehová, cuando haga con vosotros por amor de mi nombre, no según vuestros caminos malos ni según vuestras perversas obras» (Ez 20:43-44). Si el verdadero conocimiento de Dios implica que, abatidos y como desmenuzados por el sentimiento de nuestra propia iniquidad, entendamos que Dios nos hace bien sin que lo merezcamos, ¿para qué intentamos, para gran daño nuestro, robarle a Dios aun la más mínima parte de la alabanza de su generosidad gratuita? Así también Jeremías, cuando clama: «No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar» en el Señor (Jer 9:23-24). ¿No da a entender que la gloria de Dios queda en cierto modo menoscabada si el hombre se gloría en sí mismo? Ciertamente el apóstol san Pablo cita estas palabras con este propósito, cuando muestra que todo lo que pertenece a nuestra salvación ha sido depositado en Cristo, para que no nos gloriemos sino solo en el Señor (1 Co 1:30-31). Porque quiere decir que todos los que piensan tener algo propio se levantan contra Dios para oscurecer su gloria.
Así es, sin duda: nunca nos gloriamos en él como conviene si no estamos totalmente despojados de nuestra propia gloria. Por el contrario, debemos tener como regla general que todos los que se glorían en sí mismos se glorían contra Dios. Porque san Pablo dice que los hombres se someten por fin a Dios cuando se les quita todo motivo de gloriarse (Ro 3:19). Por eso Isaías, cuando anuncia que Israel tendrá su justicia en Dios, añade también que se gloriará (Is 45:25); como si dijera: este es el fin por el cual el Señor justifica a los elegidos, para que se gloríen en él y en ninguna otra cosa. Y cómo conviene que nos gloriemos en el Señor, lo había enseñado en el versículo anterior: que juremos que nuestra justicia y nuestra fuerza están en él. Considerad que no se pide una simple confesión cualquiera, sino una confirmada con juramento, para que no pensemos que podemos cumplir con no sé qué humildad fingida. Y que nadie alegue aquí que no se gloría cuando, sin ninguna arrogancia, reconoce su propia justicia; porque tal estimación no puede darse sin engendrar confianza, ni la confianza sin producir gloria y alabanza. Recordemos, pues, que en toda la discusión sobre la justicia debemos tener siempre ante los ojos este fin: que su alabanza quede entera y perfecta para Dios; pues, como dice el apóstol, para mostrar su justicia derramó su gracia sobre nosotros, «a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:26). Por eso en otro lugar, después de enseñar que el Señor nos adquirió la salvación «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1:6), como repitiendo lo mismo, dice: «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef 2:8-9). Y cuando san Pedro nos advierte que somos llamados a la esperanza de la salvación «para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P 2:9), sin duda quiere inducir a los fieles a cantar las alabanzas de Dios solo, de tal manera que impongan completo silencio a toda arrogancia de la carne. En resumen: el hombre no puede atribuirse ni una sola gota de justicia sin sacrilegio, porque otro tanto se le quita y se le resta a la gloria de la justicia de Dios.
Y si buscamos de qué manera la conciencia podrá tener paz delante de Dios, no hallaremos otra sino que él nos dé justicia por su generosidad gratuita. Tengamos siempre presente lo que dice Salomón: «¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?» (Pr 20:9). Ciertamente no hay nadie que no esté anegado en una infinidad de impurezas. Desciendan, pues, aun los más perfectos a su conciencia, examínense a sí mismos y pidan cuentas de sus propias obras: ¿adónde irán a parar? ¿Podrán tener paz y alegría en su corazón, como si tuvieran todas sus cuentas muy bien ordenadas con Dios? ¿No serán más bien despedazados por horribles tormentos al sentir que en ellos mismos está la causa de su condenación, si hubieran de ser juzgados por sus obras? Es necesario que la conciencia, si mira a Dios, o tenga una paz segurísima con el juicio de Dios, o esté cercada por los terrores del infierno. De nada nos sirve, pues, discutir sobre la justicia si no establecemos una justicia tal que, fundada el alma en su firmeza, pueda comparecer ante el juicio de Dios. Cuando nuestra alma tenga con qué comparecer delante de Dios sin espantarse, y se presente a su juicio sin temor alguno, entonces podremos pensar que hemos hallado una justicia que no es fingida. No es, pues, sin razón que el apóstol insiste tanto en este argumento; prefiero usar sus palabras antes que las mías: «Si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa» (Ro 4:14). Primero infiere que la fe queda deshecha y vaciada si la promesa de justicia tiene en cuenta los méritos de nuestras obras, o si depende de la observancia de la ley. Porque nadie podría jamás descansar seguro en ella, ya que nunca sucederá que alguien se persuada con certeza de haber cumplido la ley, como de hecho nunca hubo nadie que la cumpliera enteramente por sus obras. Para no buscar pruebas lejos, cada uno puede ser testigo de esto si quiere mirarse con ojos sinceros. Y de aquí se ve en qué escondrijos tan profundos se mete la hipocresía en la mente de los hombres mientras se lisonjean, de tal manera que no dudan en oponer sus lisonjas al juicio de Dios, como si ya hubieran hecho una tregua con él. Pero a los fieles, que se examinan sinceramente a sí mismos, los angustia y atormenta un cuidado muy distinto. Así, cada uno sería atormentado primero por las dudas, y después caería sobre él la desesperación, al considerar qué gran carga de deudas llevaba a cuestas y cuán lejos estaba de poder cumplir la condición que se le había propuesto. He aquí la fe ya oprimida y muerta. Porque tambalearse, cambiar, ser zarandeado de arriba abajo, dudar, estar en suspenso, vacilar y, finalmente, desesperar, eso no es confiar; confiar es afirmar el corazón en una certeza constante y en una seguridad sólida, y tener dónde descansar y dónde poner el pie con seguridad.
Lo segundo que añade es que la promesa no tendría ningún valor y quedaría anulada. Porque si su cumplimiento depende de nuestro mérito, ¿cuándo llegaríamos al punto de merecer la gracia de Dios? Más aún, este segundo punto se sigue del primero, porque la promesa solo se cumple en aquellos que la han recibido por la fe. Por tanto, si la fe cae por tierra, la promesa no tendrá ninguna fuerza. Por eso obtenemos la herencia por la fe, para que se funde en la gracia de Dios y así la promesa sea firme. Porque queda muy bien confirmada cuando descansa solo en la misericordia de Dios, ya que su misericordia y su verdad están unidas por un nudo indisoluble que jamás se deshará; es decir, todo lo que Dios promete por misericordia, también lo cumple fielmente. Así David, antes de pedir que se le conceda la salvación conforme a la palabra de Dios, pone primero la causa en la misericordia del Señor: «Venga ahora tu misericordia para consolarme, conforme a lo que has dicho a tu siervo» (Sal 119:76). Y con muchísima razón, porque el Señor no se mueve a hacer esta promesa por ninguna otra causa que por pura misericordia. En esto, pues, debemos poner toda nuestra esperanza y aferrarnos bien a ello, sin mirar nuestras obras ni contar con ellas para obtener de ellas ayuda alguna. Así manda hacerlo san Agustín; lo digo para que nadie piense que invento esto por mi cuenta (Agustín, Sobre el Salmo 88, primer tratado). «Cristo», dice, «reinará para siempre en sus siervos. Dios lo ha prometido, Dios lo ha dicho; y si esto no basta, Dios lo ha jurado. Así pues, ya que la promesa que ha hecho es firme, no por nuestros méritos sino por su misericordia, nadie debe declarar con temor aquello de lo que no puede dudar». También san Bernardo dice: «"¿Quién podrá ser salvo?", preguntan los discípulos de Cristo (Bernardo, Sermón 5 en la dedicación del templo). Pero él les responde: "Para los hombres esto es imposible, mas para Dios no". Esta es toda nuestra confianza, este es nuestro único consuelo, este es el fundamento de toda nuestra esperanza. Pero, seguros de la posibilidad, ¿qué diremos de la voluntad? ¿Quién sabe si es digno de amor o de odio? (Ec 9:1). ¿Quién conoció la mente del Señor, o quién fue su consejero? (1 Co 2:16). Aquí ciertamente es necesario que la fe nos asista, que la verdad nos socorra, para que lo que respecto de nosotros está oculto en el corazón del Padre sea revelado por el Espíritu, y su Espíritu, dando testimonio, persuada a nuestro corazón de que somos hijos de Dios. Y que nos persuada llamándonos y justificándonos gratuitamente por la fe, que es como un paso intermedio entre la predestinación de Dios y la gloria de la vida eterna». En resumen, concluyamos así: la Escritura muestra que las promesas de Dios no son firmes ni tienen efecto alguno si no se reciben con una confianza cierta del corazón; y dondequiera que hay duda o incertidumbre, dice que son vanas. Asimismo enseña que no podemos hacer otra cosa que vacilar y titubear si las promesas se apoyan en nuestras obras. Por tanto, o toda nuestra justicia perece, o las obras no deben entrar en cuenta y solo la fe debe tener lugar, cuya naturaleza es abrir los oídos y cerrar los ojos; es decir, estar totalmente fija en la sola promesa de Dios, sin tener en cuenta ni considerar en absoluto la dignidad o el mérito del hombre. Así se cumple aquella admirable profecía de Zacarías: que, después de quitada la iniquidad de la tierra, cada uno convidará a su compañero debajo de su vid y debajo de su higuera (Zac 3:9-10). Con esto el profeta da a entender que los fieles no gozarán de verdadera paz sino después de haber obtenido el perdón de sus pecados. Porque debemos entender esta costumbre habitual de los profetas: cuando tratan del reino de Cristo, presentan las bendiciones terrenales de Dios como figuras que nos representan los bienes espirituales. De aquí viene también que Cristo sea llamado unas veces Príncipe de paz y otras nuestra paz (Is 9:6; Ef 2:14), porque calma todas las agitaciones de la conciencia. Si alguien pregunta cómo se hace esto, es necesario que acudamos al sacrificio con que Dios ha sido aplacado; porque nunca dejará de temblar quien no esté convencido de que Dios es aplacado solo con la expiación con que Cristo soportó el peso de su ira, y con ninguna otra. En resumen, no debemos buscar nuestra paz en ninguna otra cosa que en los horrores y espantos de Jesucristo nuestro Redentor.
Pero ¿para qué cito un solo testimonio, algo oscuro, si san Pablo afirma claramente a cada paso que las conciencias no tienen paz ni gozo tranquilo si no están convencidas de que somos justificados por la fe? (Ro 5:1). Y al mismo tiempo declara de dónde viene esta certeza: de que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Ro 5:5); como si dijera que nuestras almas no pueden tener paz de ninguna otra manera si no estamos plenamente convencidos de que agradamos a Dios. Y esta es la razón por la que en otro lugar exclama en nombre de todos los piadosos: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Ro 8:35). Porque mientras no hayamos llegado a este puerto, temblaremos al menor soplo de viento; pero mientras Dios se muestre como nuestro pastor, estaremos seguros aun en la oscuridad de la muerte (Sal 23:4). Por tanto, todos los que parlotean que somos justificados por la fe porque, regenerados, somos justos al vivir espiritualmente, nunca gustaron la dulzura de esta gracia hasta confiar en que Dios les sería propicio. De donde se sigue también que no supieron orar como deben más que los turcos o los demás pueblos profanos. Porque, como dice el apóstol, no es verdadera fe si no nos dicta y nos trae a la memoria aquel dulcísimo nombre de Padre para invocar libremente a Dios; más aún, si no nos abre la boca para que nos atrevamos a clamar en voz alta y clara: «¡Abba, Padre!» (Gá 4:6). Lo cual muestra aún más claramente en otro lugar, al decir que en Cristo «tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él» (Ef 3:12). Ciertamente esto no ocurre por el don de la regeneración, que, así como es imperfecto mientras vivimos en esta carne, contiene también en sí amplísimo motivo de duda. Por eso es necesario acudir a este remedio: que los fieles se aseguren de que el único derecho y justo título que tienen para esperar que el reino de los cielos les pertenece es que, injertados en el cuerpo de Cristo, son tenidos gratuitamente por justos. Porque la fe, en lo que toca a la justificación, es algo que solo recibe, y que no aporta nada nuestro para reconciliarnos con Dios, sino que recibe de Cristo lo que a nosotros nos falta.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.