Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

Debemos elevar nuestra mente al tribunal de Dios para convencernos de veras de la justificación gratuita

Aunque por testimonios evidentísimos se ve con toda claridad que todas estas cosas son una gran verdad, no se podrá ver cuán necesarias son hasta que hayamos mostrado a la vista lo que debe ser como el fundamento de toda esta discusión. En primer lugar, tengamos presente que no tratamos aquí de cómo será hallado justo un hombre ante el juicio de un juez terrenal, sino de cómo será hallado ante el tribunal del Juez celestial, Dios; para que no midamos con nuestra propia medida la integridad y perfección de obras con que se debe satisfacer al juicio divino. Y es asombroso con cuánta temeridad y atrevimiento se procede comúnmente en esto. Más aún, es cosa notoria que nadie se atreve a hablar con más desenfado, más abiertamente y más a boca llena (como se dice) de la justicia de las obras que aquellos que son notoriamente perversos y están cargados de pecados manifiestos, o que por dentro revientan de vicios y concupiscencias. Esto sucede porque no consideran la justicia de Dios; si tuvieran siquiera un poquito de sentido de ella, nunca se burlarían tanto de ella. Y ciertamente se la desprecia y se la tiene en nada todas las veces que no se la reconoce tan perfecta que nada le agrada sino lo que es enteramente íntegro y perfecto, y no está manchado por suciedad alguna. Algo así jamás se ha podido hallar en ningún hombre, ni se hallará. Muy fácil es para cualquiera divagar en un rincón de las escuelas sobre qué dignidad tienen las obras para justificar al hombre; pero cuando se llega ante la presencia de la majestad de Dios, hay que dejar de lado tales juegos, porque allí el asunto se trata de veras y no se hace caso de vanas disputas de palabras. En esto, en esto debemos poner nuestra mente, si queremos investigar y tratar con algún fruto de la verdadera justicia. Esto, digo, es lo que debemos pensar: cómo podremos responder a este Juez del cielo cuando nos llame a rendir cuentas. Es necesario, pues, que consideremos a este Juez, no como nuestra mente se lo imagina por sí misma, sino como la Sagrada Escritura nos lo presenta y describe: aquel cuyo resplandor oscurece las estrellas; cuya fuerza derrite los montes, como el calor del sol derrite la nieve; cuya ira hace temblar la tierra; cuya sabiduría atrapa a los sabios y prudentes en su astucia; cuya pureza es tan grande que, comparadas con ella, todas las cosas son sucias y contaminadas; cuya justicia ni siquiera los ángeles pueden soportar; que no tiene por inocente al culpable; cuya venganza, una vez encendida, penetra hasta lo más profundo del infierno (en el libro de Job). Siéntese, pues, este Juez a examinar las obras de los hombres: ¿quién se atreverá a comparecer ante su tribunal sin temblar? ¿«Quién de nosotros morará con el fuego consumidor», como lo llama el profeta? ¿«Quién de nosotros habitará con las llamas eternas»? (Is 33:14). «El que camina en justicia y habla lo recto», etc.: ¿quién se atreverá a salir y presentarse ante Él? Pero esta respuesta hace que nadie se atreva a presentarse. Porque, por otro lado, resuena una voz terrible que nos hace temblar: «Jah, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?» (Sal 130:3). Sin duda alguna todos pereceríamos, como está escrito en otro lugar: «¿Será el hombre más justo que Dios? ¿Será el varón más limpio que el que lo hizo? He aquí, en sus siervos no confía, y notó necedad en sus ángeles; ¡cuánto más en los que habitan en casas de barro, cuyos cimientos están en el polvo, y que serán quebrantados por la polilla! De la mañana a la tarde son destruidos» (Job 4:17-20). Y también: «He aquí, en sus santos no confía, y ni aun los cielos son limpios delante de sus ojos; ¿cuánto menos el hombre abominable y vil, que bebe la iniquidad como agua?» (Job 15:15-16). Reconozco que en el libro de Job se menciona una clase de justicia mucho más alta que la que consiste en la observancia de la ley; y es necesario notar esta distinción, porque, aun suponiendo que hubiera alguien que cumpliera la ley (lo cual es imposible), ni siquiera así podría soportar el rigor del examen de aquella justicia divina que sobrepasa todo nuestro entendimiento. Por eso, aunque Job tenía buena conciencia y no se sentía culpable, se queda atónito y sin decir palabra al ver que Dios no podría quedar satisfecho ni aun con la santidad de los ángeles, si quisiera examinar sus obras con rigor. Dejo, pues, por ahora esta justicia que he mencionado, porque es incomprensible. Solo digo que, si nuestra vida fuera examinada conforme a la regla y la medida de la ley de Dios, estaríamos más que embotados si tantas maldiciones, con las que el Señor quiso despertarnos, no nos atormentaran ni nos espantaran con grandísimo horror. Entre otras, esta maldición general debería hacernos temblar: «Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas» (Dt 27:26). En conclusión, toda esta discusión sería muy fría y sin ningún valor si cada uno no se presenta como culpable ante el Juez celestial y, anhelando obtener la absolución, se humilla y se rebaja por su propia voluntad.

A esto, a esto deberíamos alzar los ojos, para aprender a temblar antes que a triunfar vanamente. Es muy fácil, mientras cada uno de nosotros se compara con otros hombres, pensar que tenemos algo propio que los demás no deben despreciar; pero en el momento en que nos comparamos con Dios, al instante esa confianza nuestra cae por tierra y se deshace. Y a nuestra alma le sucede con Dios lo mismo que a nuestro cuerpo con este cielo visible. Porque mientras el hombre se detiene a mirar las cosas que tiene alrededor, piensa que su vista es muy buena y fuerte; pero si alza los ojos al sol, queda tan cegado por la excesiva claridad y el resplandor del sol, que haberlo mirado le hace sentir en su vista una debilidad mucho mayor que la fuerza que le parecía tener cuando miraba las cosas de aquí abajo. No nos engañemos, pues, a nosotros mismos con una vana confianza. Aunque nos consideremos iguales o superiores a todos los demás hombres, todo eso es nada ante Dios, a cuya jurisdicción corresponde conocer y juzgar esta causa. Y si nuestra fiereza no puede ser domada con estas advertencias, nos responderá lo mismo que decía a los fariseos: «Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación» (Lc 16:15). Id, pues, ahora y gloriaos con gran orgullo entre los hombres de vuestra justicia, mientras Dios la abomina en el cielo. Pero ¿qué hacen los siervos de Dios, que de veras son enseñados por su Espíritu? Dicen con David: «No entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano» (Sal 143:2). Y dirán con Job, aunque en un sentido algo distinto: «¿Y cómo se justificará el hombre con Dios? Si quisiere contender con él, no le podrá responder a una cosa entre mil» (Job 9:2-3). Aquí hemos oído con toda claridad cuál es la justicia de Dios: una justicia tal que ninguna obra humana puede satisfacerla, y ante la cual, si nos acusa de mil maldades, no podemos justificarnos ni limpiarnos siquiera de una sola. Ciertamente aquel vaso escogido de Dios, san Pablo, había concebido así en su mente la justicia de Dios cuando afirmaba que de nada tenía mala conciencia, pero que no por eso era justificado (1 Co 4:4).

Y no solo hay tales ejemplos en la Escritura, sino que todos los doctores piadosos pensaron y hablaron de esta manera. Así san Agustín dice que todos los fieles, que gimen bajo la carga de su carne corruptible y en la miseria de esta vida presente, tienen esta única esperanza: que tenemos un Mediador, Jesucristo el justo, y que él es la propiciación por nuestros pecados (Agustín, Contra las dos cartas de los pelagianos, a Bonifacio, libro 3, cap. 5; 1 Jn 2:1-2). ¿Qué significa esto? Si los santos tienen esta única y sola esperanza, ¿qué confianza tendrán en sus obras? Porque al decir que esta es su única esperanza, no les deja ninguna otra. San Bernardo dice también: «Hablando en serio, ¿dónde hay verdadero reposo y firme seguridad para los enfermos y débiles, sino en las llagas del Salvador? (Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 61). Allí habito tanto más seguro cuanto más poderoso es él para salvarme. El mundo brama, el cuerpo pesa, el diablo acecha. Yo no caigo, porque estoy fundado sobre roca firme. Si cometo algún gran pecado, mi conciencia se turba, pero no quedará confundida, porque me acordaré de las llagas del Señor». De esto concluye después: «Por tanto, mi mérito es la misericordia del Señor. Ciertamente no estoy del todo sin mérito mientras a él no le falte misericordia; y si las misericordias del Señor son muchas, por eso mismo yo también tendré abundancia de méritos. ¿Cantaré acaso mis propias justicias? ¡Oh Señor, me acordaré solo de tu justicia! Porque ella es también mía, ya que tú has sido hecho por Dios justicia para mí». Y en otro lugar: «Todo el mérito del hombre consiste en poner toda su esperanza en aquel que salva al hombre entero» (Bernardo, Sermón 15 sobre el salmo Qui habitat). Del mismo modo en otro lugar, donde, reservándose la paz para sí, da la gloria a Dios (Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 13): «Para ti», dice, «quede la gloria entera y sin menoscabo alguno; a mí me basta tener paz. Renuncio por completo a la gloria, no sea que, si usurpo lo que no es mío, pierda también lo que se me ofrece». Y lo dice aún más claramente en otro lugar: «¿Para qué ha de preocuparse la Iglesia por los méritos, si tiene un motivo mucho más firme y seguro para gloriarse en la buena voluntad de Dios? (Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 68). Así, no hay por qué preguntar por qué méritos esperamos el bien, sobre todo cuando oímos al profeta: "No lo hago por vosotros, sino por mí", dice el Señor (Ez 36:22, 32). Basta, pues, para merecer, saber que los méritos no bastan; pero así como para merecer basta no presumir de los méritos, así carecer de méritos basta para la condenación». En cuanto a que usa libremente la palabra méritos por buenas obras, hay que disculparlo por la costumbre de su tiempo. Su propósito, en definitiva, era asustar a los hipócritas, que se toman licencia para desvergonzarse contra la gracia de Dios, como él mismo aclara enseguida al decir: «Bienaventurada la Iglesia a la que no le faltan méritos sin presunción, y que puede presumir con atrevimiento sin méritos. Tiene de qué presumir, pero no méritos. Tiene méritos, pero para merecer, no para presumir. ¿No es acaso merecer el mismo no presumir? Así, presume con tanta mayor seguridad cuanto menos presume, porque las muchas misericordias del Señor le dan amplio motivo y ocasión de gloriarse».

Así es en verdad. Porque todas las conciencias bien ejercitadas en el temor de Dios descubren que no hay otro refugio en el que puedan descansar seguras cuando tienen que vérselas con el juicio de Dios. Porque si las estrellas, que durante la noche parecían tan claras y resplandecientes, pierden toda su luz ante el sol, ¿qué pensamos que le sucederá a la mayor inocencia que pueda imaginarse en el hombre cuando sea comparada con la pureza de Dios? Porque aquel examen será sumamente riguroso: penetrará hasta los pensamientos más secretos del corazón y, como dice san Pablo, «aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones» (1 Co 4:5); obligará a la conciencia, por más que quiera esconderse y resistir, a declarar todas las cosas, aun aquellas que ahora hemos olvidado. Por otra parte, el diablo nos acosará como acusador, y sabrá muy bien alegar todas las abominaciones que él mismo nos incitó a cometer. Entonces no nos servirán de nada todo el gran aparato y la pompa exterior de nuestras buenas obras, que ahora son lo único que tanto estimamos. Allí no se pedirá otra cosa que un corazón sincero y recto. Por eso toda hipocresía caerá confundida, por más que ahora se ensoberbezca con un atrevimiento insensato: no solo la de quienes, sabiéndose malos delante de Dios en secreto, fingen ante los hombres, sino también aquella con que nos engañamos a nosotros mismos halagándonos delante de Dios (pues somos inclinados a adularnos y lisonjearnos a nosotros mismos). Quienes no elevan sus sentidos y su mente a semejante espectáculo podrán tenerse por justos muy a su gusto y satisfacción; pero su justicia será tal que, en el momento mismo en que comparezcan ante el juicio de Dios, serán despojados de ella, igual que un hombre que ha soñado que era dueño de grandísimas riquezas y al despertar se encuentra sin ellas. Pero quienes busquen de veras la verdadera regla de justicia, como quien está delante de la majestad de Dios, tendrán por cosa certísima que todas las obras de los hombres, si se estiman según su valor, no son otra cosa que suciedad y estiércol; y que lo que comúnmente se tiene por justicia no es más que pura iniquidad delante de Dios; lo que se estima integridad no es más que contaminación; y lo que se considera gloria no es más que afrenta.

Después de haber contemplado esta perfección divina, conviene que descendamos a nosotros mismos y nos examinemos muy bien, sin halagarnos y sin la pasión de nuestro ciego amor propio. No es de extrañar que seamos tan ciegos en este punto, pues ninguno de nosotros se guarda de este pestilente amor de sí mismo, que, como atestigua la Escritura, está naturalmente arraigado en cada uno de nosotros. «Todo camino del hombre es recto en su propia opinión», dice Salomón (Pr 21:2); y también: «Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión» (Pr 16:2). ¿Y qué? ¿Quedará el hombre absuelto por este error? Al contrario, como sigue a continuación: «Jehová pesa los espíritus»; es decir, mientras el hombre se halaga a sí mismo con la apariencia exterior de justicia que tiene, el Señor pesa en su balanza la iniquidad y la suciedad encerradas en el corazón. Puesto que tales halagos no nos sirven de nada, no nos engañemos a nosotros mismos a sabiendas para nuestra ruina. Para examinarnos bien, es necesario que presentemos nuestra conciencia ante el tribunal de Dios. Porque ciertamente se necesita su luz para descubrir los secretos de nuestra perversidad, que de otro modo están muy ocultos y encubiertos. Entonces, por fin, veremos con toda claridad qué quieren decir estas palabras: muy lejos está de ser justificado delante de Dios el hombre, que es podredumbre y gusano, «abominable y vil, que bebe la iniquidad como agua» (Job 15:16). «¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie» (Job 14:4). Experimentaremos también lo mismo que Job dice de sí mismo: «Si yo me justificare, me condenaría mi boca; si me dijere perfecto, esto me haría inicuo» (Job 9:20). Porque aquello de lo que el profeta se quejaba en su tiempo respecto del pueblo de Israel no pertenece a una sola época, sino a todos los tiempos: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Is 53:6). Porque en este pasaje incluye a todos aquellos a quienes había de alcanzar la gracia de la redención. Y ciertamente el rigor de este examen debe continuar hasta que nos haya domado, hayamos perdido por completo todos nuestros bríos y así nos haya preparado para recibir la gracia de Cristo. Sin duda se engaña quien piensa que es capaz de gozar de esta gracia sin haber arrojado antes de sí toda altivez de corazón. Porque es cosa notoria y manifiesta que «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (1 P 5:5).

¿Y cuál es el medio para humillarnos, sino que, del todo pobres y vacíos, demos lugar a la misericordia de Dios? Porque yo no llamo humildad a pensar que todavía queda algo en nosotros. Y ciertamente hasta ahora han enseñado una hipocresía dañosísima quienes unieron estas dos cosas: que debemos pensar humildemente de nosotros mismos delante de Dios, y que, con todo, debemos tener nuestra justicia en alguna estima. Porque si confesamos delante de Dios algo distinto de lo que sentimos en el corazón, le mentimos descaradamente. Y no podemos pensar de nosotros como conviene sin poner bajo los pies todo lo que en nosotros nos parece excelente. Por tanto, cuando oímos por boca del profeta que la salvación está preparada para los humildes y, al contrario, el abatimiento para los ojos altivos (Sal 18:27), pensemos en primer lugar que no tenemos acceso ni entrada alguna a la salvación sino despojándonos de todo orgullo y soberbia y revistiéndonos de verdadera humildad; y en segundo lugar, que esta humildad no es cierta modestia con la que cedemos siquiera un pelo de nuestro derecho para rebajarnos delante de Dios (como suele llamarse humildes entre los hombres a quienes no se engrandecen con gran pompa y ostentación ni desprecian a los demás, aunque no dejan de creer que valen algo), sino que es un abatimiento no fingido que procede de un corazón quebrantado por el verdadero sentimiento de su miseria y pobreza. Porque así es como la palabra de Dios describe siempre la humildad. Cuando el Señor habla por medio de Sofonías de esta manera: «Quitaré de en medio de ti a los que se alegran en tu soberbia… Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre de Jehová» (Sof 3:11-12), ¿no muestra claramente quiénes son los humildes? Es decir, los que yacen abatidos, afligidos por el conocimiento de su pobreza y miseria. En cambio, dice que los soberbios saltan de alegría, porque los hombres, cuando las cosas les salen bien, saltan de gozo. Pero a los humildes, a quienes ha determinado salvar, no les deja otra cosa que esperar en el Señor. Así también en Isaías: «Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra» (Is 66:2). Y también: «Así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados» (Is 57:15). Cuando oímos tantas veces la palabra quebrantamiento, entendamos una herida del corazón que no deja levantarse al hombre caído en tierra. Con tal quebrantamiento debe estar herido nuestro corazón si queremos, conforme a lo que Dios dice, ser ensalzados con los humildes. Si no es así, seremos humillados y abatidos por la poderosa mano de Dios para nuestra confusión y vergüenza.

Y nuestro buen Maestro, no contento con palabras, nos ha pintado en una parábola, como en un cuadro, la verdadera imagen de la humildad. Nos presenta al publicano que, «estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lc 18:13). No pensemos que estas cosas —no atreverse a mirar al cielo ni a acercarse, golpearse el pecho y confesarse pecador— son señales de una modestia fingida; entendamos más bien que son testimonios del sentimiento de su corazón. Del otro lado pone al fariseo, que da gracias a Dios porque no es como los demás hombres, porque no es ladrón, ni injusto, ni adúltero; porque ayuna dos veces a la semana y da el diezmo de todo lo que posee. Confiesa claramente que la justicia que tiene es un don de Dios; pero, como confía en ser justo por las obras, se retira abominable y desagradable a Dios. En cambio, el publicano es justificado por reconocer su iniquidad. De aquí podemos ver cuánto agrada a Dios que nos humillemos delante de él, de tal manera que el corazón no es capaz de recibir la misericordia de Dios si no está totalmente vacío de toda opinión de su propia dignidad; si está ocupado por ella, al instante se cierra la puerta a la gracia de Dios. Y para que nadie lo ponga en duda, Cristo fue enviado por su Padre al mundo con este encargo: «a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; […] a consolar a todos los enlutados; […] a darles gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado» (Is 61:1-3). Conforme a este encargo, Cristo no invita a gozar de su generosidad sino solo a los que están trabajados y cargados; como dice en otro lugar: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9:13).

Por tanto, si queremos dar lugar al llamamiento de Cristo, debe estar muy lejos de nosotros toda clase de arrogancia y de despreocupación. La arrogancia nace de una necia persuasión de la propia justicia, cuando el hombre cree tener algo por lo cual merece ser agradable a Dios. La despreocupación, en cambio, puede darse aun sin ninguna persuasión de buenas obras. Porque muchísimos pecadores, embriagados por la dulzura de los vicios, no consideran el juicio de Dios y, caídos por tierra como adormecidos por un gran sopor, no aspiran a la misericordia de Dios que se les ofrece. Y no es menos necesario sacudirnos tal torpeza que arrojar toda confianza en nosotros mismos, para que, libres de estorbos, podamos correr a Cristo, a fin de que, vacíos, podamos ser llenos de sus bienes. Porque nunca confiaremos en él tanto como debemos si no desconfiamos totalmente de nosotros mismos; nunca hallaremos en él consuelo suficiente si no estamos desconsolados en nosotros mismos. Estaremos, pues, dispuestos y aptos para recibir y alcanzar la gracia de Dios cuando, habiendo arrojado por completo la confianza en nosotros mismos, confiemos solo en la certeza de su bondad y, como dice san Agustín, olvidados de nuestros méritos, abracemos las gracias y los favores de Cristo. «Porque si él buscara en nosotros algunos méritos, no llegaríamos a sus dones» (Agustín, Sermones sobre las palabras del Apóstol, 8). Con esto concuerda muy bien san Bernardo cuando compara a los soberbios (que atribuyen a sus méritos todo lo que pueden) con los siervos desleales, porque contra toda razón retienen la alabanza de la gracia, que no hace más que pasar por ellos; como si una pared se jactara de ser la causa del rayo de sol que recibe por una ventana (Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 13). Para no detenernos más aquí, tengamos esta regla, breve pero general y cierta: quien se ha vaciado por completo, no digo de su justicia (que es ninguna), sino de la vana e imaginaria opinión de justicia que nos engaña, ese está preparado como conviene para gozar de los frutos de la misericordia de Dios. Porque cuanto más descansa el hombre en sí mismo, mayor impedimento pone a la generosidad de Dios.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.