Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
La autoridad de la Iglesia en cuanto a los dogmas de la fe, y la licencia desenfrenada con que se ha ejercido en el papado para corromper toda la pureza de la doctrina
Sigue ahora el tercer punto de la autoridad de la Iglesia, que se manifiesta en parte en cada uno de los obispos y en parte en los concilios, sean provinciales o generales. Hablo solo de la autoridad espiritual, que es la propia de la Iglesia. Esta consiste en la doctrina, en la jurisdicción o en hacer leyes. El tratado de la doctrina tiene dos partes: la autoridad para establecer dogmas y la autoridad para interpretarlos. Antes de tratar cada una de estas cosas en particular, quiero advertir a los lectores que todo lo que se diga de la autoridad de la Iglesia ha de entenderse referido al fin para el que, según san Pablo, fue dada: «para edificación, y no para destrucción» (2 Co 10:8; 13:10). Quienes la usan legítimamente no se consideran sino ministros de Cristo, y a la vez ministros del pueblo en Cristo. Y la única manera de edificar la Iglesia es que los ministros procuren conservar a Cristo su autoridad, lo cual no puede hacerse de ningún modo sino dejándole todo lo que recibió del Padre, es decir, que sea el único maestro de la Iglesia. Porque de ningún otro está escrito sino solo de él: «A él oíd» (Mt 17:5). Así pues, la autoridad de la Iglesia no ha de exagerarse maliciosamente, sino encerrarse dentro de ciertos límites, para que no se la arrastre a capricho de los hombres, ya en un sentido, ya en otro. Para esto servirá mucho considerar cómo la describen los profetas y los apóstoles. Porque, si concedemos sin más que se tomen la autoridad que quieran, bien se sabe cuán fácil sería caer en la tiranía, que debe estar muy lejos de la Iglesia de Cristo.
Debemos, pues, recordar que toda la autoridad y dignidad que el Espíritu Santo atribuye en la Escritura a los sacerdotes, a los profetas, a los apóstoles o a los sucesores de los apóstoles no se da propiamente a los hombres, sino a su ministerio; o, para hablar con más claridad, a la palabra cuyo ministerio se les ha encomendado. Si los recorremos a todos por orden, veremos que no tuvieron ninguna autoridad para enseñar ni para responder sino en el nombre y en la palabra del Señor. Porque, cuando son llamados a ejercer su oficio, se les manda que no hagan nada por sí mismos, sino que hablen por boca del Señor. Y él no los hace salir en público para enseñar al pueblo antes de haberles mandado lo que han de decir, para que no hablen otra cosa que su palabra. El mismo Moisés, príncipe de todos los profetas, debía ser oído más que todos; pero primero fue instruido con mandamientos, para que no pudiera decir nada sino lo que el Señor le había mandado. Por eso la Escritura dice que el pueblo, al abrazar su doctrina, «creyó a Jehová y a Moisés su siervo» (Éx 3; 14:31). También la autoridad de los sacerdotes, para que no fuera despreciada, se confirmó con durísimos castigos contra quienes la despreciaran (Dt 17). Pero a la vez el Señor muestra con qué condición han de ser oídos, cuando dice que hizo pacto con Leví para que la ley de verdad estuviera en su boca. Y poco después añade: «Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos» (Mal 2:4-7). Por tanto, si el sacerdote quiere ser oído, muéstrese embajador de Dios; es decir, transmita fielmente lo que su Señor le ha mandado. Y, ciertamente, cuando se manda oír a los sacerdotes, se dice expresamente que respondan conforme a la ley de Dios (Dt 17:10-11).
Cuál era, en suma, la autoridad de los profetas se describe admirablemente en Ezequiel: «Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte» (Ez 3:17). A quien se le manda oír de la boca de Dios, ¿no se le prohíbe con ello inventar nada por sí mismo? ¿Y qué significa anunciar de parte del Señor sino hablar de tal modo que pueda gloriarse con gran confianza de que lo que dice no es palabra suya, sino del Señor? Lo mismo se dice en Jeremías con otras palabras: «El profeta que tuviere un sueño, cuente el sueño; y aquel a quien fuere mi palabra, cuente mi palabra verdadera» (Jer 23:28). Ciertamente, les impone a todos en general una ley: que no permite que nadie enseñe otra doctrina que la que se le ha mandado predicar. Y después llama paja a todo lo que él no ha mandado predicar. Así, ninguno de los profetas abrió la boca sin que el Señor le dijera antes lo que había de decir. De ahí que digan tantas veces: «palabra del Señor», «carga del Señor», «así dice el Señor», «la boca del Señor lo ha dicho». Y con muchísima razón, porque Isaías clamaba que sus labios eran impuros (Is 6:5) y Jeremías confesaba que no sabía hablar porque era un niño (Jer 1:6). ¿Qué podía salir de la boca impura de aquel y de la boca inexperta de este sino cosas impuras o necias, si hubieran hablado sus propias palabras? Sus labios fueron santos y puros cuando empezaron a ser instrumentos del Espíritu Santo. Cuando los profetas tienen este celo y esta conciencia de no decir nada fuera de lo que se les ha mandado, entonces se les dan grandes títulos y tienen gran autoridad. Porque, cuando el Señor declara que los ha puesto sobre naciones y reinos «para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar», añade enseguida la causa: porque ha puesto sus palabras en su boca (Jer 1:9-10).
Si pasamos a los apóstoles, ciertamente se les dan muchos y admirables títulos: que son la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5:13-14); que deben ser oídos como si hablara Cristo (Lc 10:16); que todo lo que aten o desaten en la tierra será atado o desatado en el cielo (Jn 20:23). Pero con su propio nombre de apóstoles dan a entender qué libertad tienen en su oficio: si son apóstoles, no han de charlar lo que se les antoje, sino decir fielmente lo que se les ha mandado decir. Y las palabras con que Cristo les puso límites al enviarlos como embajadores son bien claras: les mandó que fueran y enseñaran a todas las naciones todo lo que él les había mandado (Mt 28:19-20). Más aún, el mismo Señor se sometió a esta misma ley, para que nadie se atreviera a querer eximirse de ella: «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió» (Jn 7:16), es decir, del Padre. El que fue siempre el único y eterno consejero del Padre, y a quien el Padre constituyó Señor y Maestro de todos, en cuanto vino al mundo para enseñar muestra con su ejemplo a todos los ministros qué regla deben guardar al predicar. Así pues, la autoridad de la Iglesia no es ilimitada, sino que está sujeta a la palabra del Señor y como encerrada en ella.
Aunque desde el principio ha valido en la Iglesia, y debe valer hoy, que los siervos de Dios no enseñen nada que no hayan aprendido de él, según la diversidad de los tiempos tuvieron diversas maneras de aprender. Y la manera que hay hoy es muy distinta de las pasadas. En primer lugar, si es verdad lo que dice Cristo, que «nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar» (Mt 11:27), fue ciertamente necesario que quienes querían llegar a conocer a Dios fueran guiados siempre por aquella eterna sabiduría. Porque ¿cómo habrían podido comprender con el entendimiento los misterios de Dios, o hablar de ellos, sin que se los enseñara aquel que es el único que conoce todos los secretos y misterios del Padre? Por eso los antiguos padres no conocieron a Dios por ninguna otra vía que contemplándolo en el Hijo como en un espejo. Al decir esto, entiendo que Dios nunca se manifestó a los hombres por otra vía que por el Hijo, es decir, por su única sabiduría, luz y verdad. De esta fuente bebieron Adán, Noé, Abraham, Isaac, Jacob y los demás todo lo que tuvieron de doctrina celestial. De la misma fuente sacaron todos los profetas todos los oráculos divinos que pronunciaron. Porque esta divina sabiduría no se manifestó siempre de la misma manera. Con los patriarcas usó revelaciones secretas, pero a la vez, para confirmarlas, añadió señales tales que no podían dudar de que era Dios quien les hablaba. Los patriarcas transmitieron de mano en mano a sus sucesores lo que habían recibido, porque Dios se lo había dado con la condición de que lo comunicaran de este modo; y los hijos y los nietos, por inspiración de Dios, sabían con toda certeza que lo que oían era del cielo y no de la tierra.
Pero cuando quiso Dios levantar su Iglesia en una forma más ilustre, quiso que su palabra se pusiera por escrito, para que los sacerdotes tomaran de ella lo que habían de enseñar al pueblo, y para que toda doctrina que se enseñara se midiera con esta regla de su palabra. Así, cuando después de la promulgación de la ley se manda a los sacerdotes que enseñen de la boca del Señor (Mal 2:7), el sentido es que no enseñen nada extraño ni ajeno a la clase de doctrina que el Señor había comprendido en su ley. Y por eso les era cosa horrenda añadirle o quitarle algo. Siguieron después los profetas, por medio de los cuales Dios publicó nuevos oráculos que se añadieran a la ley; pero no tan nuevos que no brotaran de la ley y no apuntaran a ella. Porque, en cuanto a la doctrina, no fueron sino intérpretes de la ley, y no le añadieron nada salvo profecías de cosas futuras. Fuera de estas profecías, no enseñaron nada sino la pura interpretación de la ley. Pero, como era voluntad del Señor que la doctrina fuera más ilustre y más clara para que las conciencias débiles pudieran tranquilizarse mejor, mandó que las profecías se pusieran por escrito y fueran tenidas por palabra suya. A las profecías se unieron las historias, que también son obra de los profetas, dictada por el Espíritu Santo; cuento los Salmos entre las profecías, pues tratan el mismo tema. Así, todo aquel cuerpo compuesto de ley, profetas, salmos e historias se llamó en el pueblo antiguo palabra del Señor; y los sacerdotes y maestros debieron ajustar su doctrina a esta regla hasta la venida de Cristo, sin que les fuera lícito desviarse a derecha ni a izquierda, porque todo su cargo estaba encerrado dentro de estos límites: responder al pueblo de la boca de Dios. Esto se deduce de aquel notable pasaje de Malaquías, donde manda que se acuerden de la ley y la tengan en cuenta hasta la predicación del evangelio: «Acordaos de la ley de Moisés mi siervo» (Mal 4:4). Porque de este modo los aparta de toda doctrina inventada por hombres y no les permite desviarse ni un poquito del camino que Moisés les había mostrado fielmente. Y esta es la razón por la que David habla tan magníficamente de la excelencia de la ley y la ensalza con tantas alabanzas: para que los judíos no se aficionaran a ninguna otra cosa, puesto que toda la perfección estaba encerrada en ella.
Pero cuando, por fin, la sabiduría de Dios se manifestó en la carne, nos declaró abiertamente todo lo que el entendimiento humano puede comprender y debe pensar del Padre celestial. Así, ahora que ha salido el Sol de justicia, Cristo, tenemos una luz perfecta de la verdad divina, como la del mediodía, mientras que antes era a medias oscura. Porque el apóstol no quiso decir algo de poca importancia cuando dijo: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1:1-2). Con ello da a entender, e incluso declara abiertamente, que en adelante Dios ya no hablaría como antes solía, ya por unos, ya por otros, ni añadiría profecías a profecías ni revelaciones a revelaciones, sino que de tal manera había perfeccionado su doctrina en su Hijo que quiere que esta doctrina se tenga por su última e inviolable voluntad y testamento. Por eso, por «la última hora», «los últimos tiempos» y «los últimos días» se entiende todo este tiempo del Nuevo Testamento, desde que Cristo se nos mostró con la predicación del evangelio; y esto para que, contentos con la perfección de la doctrina de Cristo, aprendamos a no inventarnos otra doctrina nueva, ni a recibirla si otros la inventan. No sin causa, pues, el Padre constituyó a su Hijo, con gran prerrogativa, como nuestro maestro y doctor, mandando que lo oyéramos a él y a ningún otro. Ciertamente nos encomendó su magisterio con pocas palabras cuando dijo: «A él oíd» (Mt 17:5); pero en estas pocas palabras hay más de lo que comúnmente se piensa. Porque es como si dijera que nos atengamos solo a esta doctrina, sin hacer ningún caso de lo que enseñen los hombres; que solo a él le pidamos toda doctrina de vida, que solo de él dependamos, que solo a él nos acerquemos; en fin, como suenan las palabras, que oigamos solo su voz. Y, ciertamente, ¿qué debemos esperar o desear de los hombres cuando la palabra de vida se nos ha declarado con tanta familiaridad y claridad? Conviene, sin duda, que se cierren las bocas de todos los hombres una vez que ha hablado aquel en quien el Padre celestial quiso que estuvieran escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Col 2:3). Y ha hablado como convenía que hablara la sabiduría de Dios, a la que no le falta nada, y como convenía que hablara el Mesías, de quien debíamos esperar la revelación de todas las cosas (Jn 4:25); es decir, que, habiendo hablado él, no dejaría a otros nada que decir.
Tengamos, pues, por certísimo que ninguna otra doctrina debe tenerse por palabra de Dios, para ocupar como tal un lugar en la Iglesia, sino la que está contenida primero en la ley y en los profetas, y después en los escritos de los apóstoles; y que no hay otra manera de enseñar bien en la Iglesia sino la que se ajusta a esta. De aquí concluimos también que a los apóstoles no se les permitió otra manera de enseñar que la que usaron los profetas: explicar la antigua Escritura y mostrar que en Cristo se había cumplido lo que en ella se contenía; pero sin hacerlo sino por el Señor, es decir, precediéndolos el Espíritu de Cristo y dictándoles en cierto modo las palabras. Porque Cristo puso estos límites a su embajada cuando les mandó que fueran y enseñaran, no lo que ellos hubieran imaginado temerariamente, sino todo lo que él les había mandado (Mt 28:20). Y no pudo decirse nada más claro que lo que dice en otro lugar: «Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo» (Mt 23:8). Además, para grabarlo mejor en sus corazones, lo repite dos veces en el mismo lugar. Y como por su rudeza no podían entender lo que habían oído y aprendido de la boca de su Maestro, se les promete el Espíritu de verdad, que los guíe al verdadero entendimiento de todas las cosas (Jn 14:26; 16:13). Porque hay que notar con gran atención esta restricción: dice que el oficio del Espíritu Santo es traer a la memoria todo lo que él les había enseñado antes de palabra.
Por eso san Pedro, bien enseñado por su Maestro, no se atribuye a sí mismo ni a los demás más autoridad de la que les correspondía, que era dispensar la doctrina que Dios les había encomendado. «Si alguno habla —dice san Pedro—, hable conforme a las palabras de Dios» (1 P 4:11); es decir, no titubeando, como suelen hacer los que tienen mala conciencia, sino con gran confianza, como conviene que hable el siervo de Dios que trae semejante embajada. ¿Qué otra cosa es esto sino desechar todas las invenciones del entendimiento humano, sean de quien sean, para que en la Iglesia de los fieles se enseñe y aprenda la pura palabra de Dios, y echar por tierra todas las doctrinas, o mejor dicho, invenciones de los hombres, sean de la condición y estado que sean, para que permanezcan solo los decretos de Dios? Estas son aquellas armas espirituales, poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, con las que los leales soldados de Dios derriban argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Co 10:4-5). He aquí la suprema autoridad que deben tener los pastores de la Iglesia, llámense como se llamen: que, armados con la palabra de Dios, se atrevan a acometer cualquier gran hazaña; que obliguen a todo poder, gloria, sabiduría y grandeza del mundo a someterse y obedecer a la palabra de Dios; que, confiados en la fuerza de esta palabra, tengan dominio sobre todos, desde el mayor hasta el menor; que edifiquen la casa del Señor y destruyan la de Satanás; que apacienten las ovejas y ahuyenten a los lobos; que instruyan y exhorten a los dóciles; que reprendan, amonesten y sometan a los rebeldes y contumaces; que aten y desaten; y, en fin, si es necesario, que lancen relámpagos y rayos; pero todo esto con la palabra de Dios. Aunque, como ya he dicho, entre los apóstoles y sus sucesores hay esta diferencia: los apóstoles fueron amanuenses seguros y auténticos del Espíritu Santo, y por eso sus escritos deben tenerse por oráculos divinos; pero los demás no tienen otro oficio que enseñar lo que está escrito en la Sagrada Escritura. Concluimos, pues, que los fieles ministros de Dios no tienen autoridad para crear ningún dogma o artículo de fe nuevo, sino que deben atenerse sencillamente a la doctrina a la que Dios sometió a todos sin excepción de personas. Al decir esto, no quiero mostrar solo lo que debe hacer cada uno en particular, sino también lo que debe hacer toda la Iglesia. En cuanto a cada uno en particular: san Pablo había sido ciertamente constituido por el Señor apóstol de los corintios, y sin embargo niega que se enseñoree de su fe (2 Co 1:24). ¿Quién se atreverá, pues, ahora a arrogarse el señorío que san Pablo declara que no le corresponde a él mismo? Y si el apóstol hubiera conocido semejante licencia para enseñar, según la cual todo lo que enseñe el pastor debe creerse por ese mismo hecho, nunca habría enseñado a sus corintios que, cuando hablen dos o tres profetas, los demás juzguen, y que si algo le es revelado a otro que está sentado, calle el primero (1 Co 14:29-30). Porque así no exceptuó a nadie, sino que sometió a todos al juicio de la palabra de Dios. Pero, dirá alguno, con toda la Iglesia es otra cosa. Respondo que san Pablo resolvió esta duda en otro lugar, cuando dice que «la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Ro 10:17). Os ruego: si la fe depende solo de la palabra de Dios, si solo en ella fija los ojos y solo en ella se apoya, ¿qué lugar queda ya a la palabra de todo el mundo? Y no podrá dudar de esto quien sepa bien qué es la fe. Porque la fe debe tener tal firmeza que permanezca invencible y sin temor frente a Satanás, frente a todas las maquinaciones del infierno y frente al universo entero. Esta firmeza no la hallaremos sino solo en la palabra de Dios. Además, la razón que debemos tener en cuenta aquí es universal: Dios quita a los hombres la facultad de hacer nuevos dogmas para ser él solo nuestro maestro en la enseñanza de la doctrina espiritual, como es el único veraz, que no puede mentir ni engañar. Esta razón no concierne menos a toda la Iglesia en general que a cada uno de los fieles en particular.
Si comparamos esta autoridad de la Iglesia de la que hemos hablado con la que se atribuyen desde hace mucho tiempo los tiranos espirituales que falsamente se han llamado obispos y prelados de la religión, veremos que no concuerdan entre sí más que Cristo con Belial. No me propongo tratar ahora de qué manera y con cuánta crueldad han ejercido su tiranía; solo trataré de la doctrina que hoy sostienen, primero con escritos y después a fuego y sangre. Como dan por sentado que el concilio general es la verdadera imagen de la Iglesia, fundados en este principio concluyen que, sin ninguna duda, los concilios generales son regidos por el Espíritu Santo y que, por tanto, no pueden errar. Y como ellos rigen los concilios, e incluso los constituyen, se atribuyen a sí mismos todo lo que sostienen que se debe a los concilios. Quieren, pues, que nuestra fe dependa de ellos, de modo que todo lo que determinen, a favor o en contra, lo tengamos por certísimo; que todo lo que aprueben lo aprobemos sin ninguna duda; y que, si condenan algo, lo tengamos por condenado. Mientras tanto, a su antojo y sin hacer ningún caso de la palabra de Dios, se fabrican nuevos dogmas y quieren que se les dé fe y crédito; porque no tienen por cristiano sino a quien crea sin dudar todos sus dogmas, tanto afirmativos como negativos, y, si no es con fe explícita, al menos con fe implícita (creyendo, como dicen, a pie juntillas); porque dicen que la Iglesia tiene autoridad para crear nuevos artículos de fe.
Oigamos primero las razones con que prueban que esta autoridad fue dada a la Iglesia, y después veremos de qué les sirve lo que alegan sobre la Iglesia. Dicen que la Iglesia tiene admirables promesas de que Cristo, su esposo, nunca la desamparará, sino que siempre será guiada por su Espíritu a toda la verdad. Pero, de las promesas que suelen alegar, muchas pertenecen a cada fiel en particular no menos que a toda la Iglesia en general. Porque, aunque el Señor hablaba con los doce apóstoles cuando decía: «He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28:20); y también: «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador», es decir, «el Espíritu de verdad» (Jn 14:16-17), no prometía esto solo a los doce, sino a cada uno de ellos, y también a los otros discípulos que ya tenía o que habían de serlo. Y si interpretan estas promesas, llenas de todo consuelo, como si no se hubieran hecho a ningún cristiano en particular, sino solo a la Iglesia en su conjunto, ¿qué hacen sino quitar a todos los cristianos la confianza que debían sacar de ellas para animarse? No niego aquí que toda la comunidad de los fieles esté adornada con una gran diversidad de dones y enriquecida con un tesoro mucho mayor y más rico que cada uno en particular; ni quiero que se entienda lo dicho de los fieles en general como si todos poseyeran por igual, sin tener uno más que otro, los dones del Espíritu de entendimiento y de doctrina; sino que no se debe conceder a los enemigos de Cristo que tuerzan la Escritura a otro sentido para defender su mala causa (1 Co 2:12). Pero, dejando esto aparte, reconozco sencillamente la cosa como es: que el Señor está perpetuamente presente con los suyos y los rige con su Espíritu; y que este Espíritu no es espíritu de error, de ignorancia, de mentira ni de tinieblas, sino espíritu de revelación certísima, de verdad y de luz, del que aprenden sin engaño alguno lo que aprenden, es decir, cuál es la esperanza de su llamamiento y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos (Ef 1:18). Pero como los fieles, mientras viven en esta carne, solo reciben las primicias y un cierto anticipo de este Espíritu, aun los que han recibido dones mucho mayores que los demás no pueden hacer nada mejor que, conociendo su debilidad, mantenerse con gran cuidado dentro de los límites de la palabra de Dios, no sea que, divagando según su propio parecer, se aparten del camino recto por estar todavía vacíos de aquel Espíritu, el único maestro por el que se conoce qué es la verdad y qué la mentira. Porque todos ellos confiesan con san Pablo que aún no han llegado a la meta (Fil 3:12-13). Por eso procuran más aprovechar cada día más que gloriarse de su perfección.
Pero nuestros adversarios objetarán que todo lo que se da en particular a cada uno de los santos pertenece plenamente a la Iglesia. Esto, aunque tiene alguna apariencia de verdad, no es verdad. Porque el Señor distribuye los dones de su Espíritu con medida a cada uno de los miembros, de tal modo que, al repartirse los dones en común, no falte nada necesario a todo el cuerpo. Pero las riquezas de la Iglesia son siempre tales que les falta mucho para aquella perfección de que se jactan nuestros adversarios. Y no por eso la Iglesia está desprovista de nada, sino que siempre tiene lo que le basta, porque el Señor sabe muy bien lo que necesita. Pero, para mantenerla en humildad y en una piadosa modestia, no le da más de lo que sabe que conviene. Sé bien lo que suelen objetar aquí: que la Iglesia ha sido purificada en el lavamiento del agua por la palabra, para que no tenga mancha ni arruga (Ef 5:26-27), y que por eso se la llama en otro lugar «columna y baluarte de la verdad» (1 Ti 3:15). Pero el primer pasaje muestra más lo que Cristo obra en ella cada día que lo que ya ha hecho. Porque, si cada día santifica más y más a los suyos, los lava, los pule, los limpia y les quita las manchas, es claro y evidente que todavía tienen sus faltas y arrugas, y que su santificación aún no es perfecta ni completa. ¡Y qué cosa tan vana y ridícula sería tener a la Iglesia por santa y del todo sin mancha, cuando todos sus miembros están manchados y sucios! Es verdad, pues, que la Iglesia es santificada por Cristo; pero aquí no se ve sino el comienzo de su santificación, cuyo fin y cumplimiento perfecto llegará cuando Cristo, el Santo de los santos, la llene verdadera y enteramente de su santidad. También es muy cierto que sus manchas y arrugas son quitadas, pero de tal manera que cada día se van quitando, hasta que Cristo, con su venida, quite del todo lo que queda. Porque, si no admitimos esto, tendremos que decir por fuerza lo que decían los pelagianos, que la justicia de los fieles es perfecta en esta vida, y lo que decían los cátaros y los donatistas, que la Iglesia no tiene falta alguna. El otro pasaje, como ya hemos explicado, tiene un sentido muy distinto del que ellos le dan. Porque, cuando san Pablo instruye a Timoteo y le muestra el oficio del verdadero obispo, dice que lo ha hecho para que Timoteo sepa cómo debe conducirse en la Iglesia. Y para que atendiera a ello con mayor escrúpulo y diligencia, añade que la Iglesia es columna y baluarte de la verdad. ¿Qué otra cosa quiere decir esto sino que la verdad de Dios se mantiene y se conserva en la Iglesia, y esto por el ministerio de la predicación? Como dice en otro lugar: que Cristo constituyó apóstoles, pastores y maestros, para que no seamos llevados por doquiera de todo viento de doctrina, ni engañados por los hombres, sino que, iluminados con el verdadero conocimiento del Hijo de Dios, lleguemos todos juntos a la unidad de la fe (Ef 4:11-14). Así pues, si la verdad no perece en el mundo, sino que se mantiene, es porque tiene por guardiana a la Iglesia, que la guarda fielmente y con cuya ayuda y cuidado se sostiene. Y si esta custodia consiste en el ministerio profético y apostólico, se sigue que depende por completo de que la palabra del Señor se conserve fielmente y mantenga su pureza.
Y para que los lectores entiendan mejor sobre qué punto gira principalmente esta disputa, diré en pocas palabras qué es lo que piden nuestros adversarios y en qué nos oponemos a ellos. Cuando dicen que la Iglesia no puede errar, apuntan a esto, y así lo interpretan: que, como la Iglesia es gobernada por el Espíritu de Dios, puede prescindir con toda seguridad de la palabra; que, vaya adonde vaya, no podrá pensar ni decir sino la verdad; y que, por tanto, si determina algo fuera de la palabra de Dios o sin ella, debe tenerse como si fuera el mismo oráculo divino pronunciado por la boca de Dios. Nosotros, si admitimos lo primero, que la Iglesia no puede errar en las cosas necesarias para la salvación, lo entendemos así: que es así porque la Iglesia, renunciando a toda su propia sabiduría, se deja enseñar por el Espíritu Santo mediante la palabra de Dios. Esta es, pues, la diferencia: ellos colocan la autoridad de la Iglesia fuera de la palabra de Dios; nosotros queremos que esté unida a la palabra de Dios y que nunca se aparte de ella. ¿Y qué tiene de extraño que la esposa y discípula de Cristo se sujete a su esposo y maestro para depender siempre con gran cuidado de su boca? Porque este es el orden de una casa bien ordenada: que la mujer obedezca y haga lo que su marido le manda; y esta es la regla de una escuela bien regida: que en ella no se oiga otra doctrina que la que enseña el maestro. Por tanto, que la Iglesia no sea sabia por sí misma ni piense nada por sí misma, sino que ponga fin a su sabiduría donde el Señor termine de hablar. De este modo desconfiará de todo lo que haya inventado por su propia razón, y en lo que se apoye sobre la palabra de Dios no vacilará ni tendrá duda alguna, sino que descansará con gran confianza y firmeza. Y así también, confiada en la grandeza de las promesas que tiene, tendrá con qué sostener admirablemente su fe, de modo que no dudará de que el Espíritu Santo está siempre con ella como su mejor guía, que la conduce; pero a la vez recordará cuál es el uso que Dios quiere que se haga de su Espíritu. «El Espíritu —dice el Señor— que yo os enviaré del Padre os guiará a toda la verdad» (Jn 16:7, 13). Pero ¿de qué manera? «Él os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14:26). No dice, pues, que debamos esperar de su Espíritu otra cosa sino que iluminará nuestro entendimiento para recibir la verdad de su doctrina. Por eso dice muy bien Crisóstomo: «Muchos se jactan del Espíritu Santo; pero los que hablan por su cuenta pretenden tenerlo falsamente. Así como Cristo afirmaba que no hablaba nada por sí mismo, porque todo lo que decía era de la ley y los profetas (Jn 12:50; 14:10), así, si se nos enseña algo fuera del evangelio con el título de Espíritu, no lo creamos. Porque, así como Cristo es el cumplimiento de la ley y los profetas (Ro 10:4), así el Espíritu es el cumplimiento del evangelio». Hasta aquí Crisóstomo (Sermón sobre el Espíritu Santo). Ahora es fácil concluir cuán mal obran nuestros adversarios, que no se jactan del Espíritu Santo con otro fin que el de entronizar, bajo su título, doctrinas extrañas y muy contrarias a la palabra de Dios, cuando él quiere ir siempre unido a la palabra de Dios y nunca separado de ella; como afirma Cristo cuando lo promete a su Iglesia. Ciertamente es así: el Señor quiere que su Iglesia guarde perpetuamente la sobriedad que una vez le mandó guardar, y le ha prohibido añadir nada a su palabra o quitarle nada. Este es un decreto inviolable de Dios y del Espíritu Santo, que nuestros adversarios procuran abolir cuando imaginan que la Iglesia es regida por el Espíritu sin la palabra.
Aquí murmuran otra vez que era necesario que la Iglesia añadiera algunas cosas a los escritos de los apóstoles, o que ellos mismos suplieran después de palabra lo que no habían enseñado con tanta claridad, conforme a lo que Cristo les dijo: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar» (Jn 16:12); y que estas cosas son las disposiciones que se han introducido solo por el uso y la costumbre, sin ninguna Escritura. Pero ¿qué desvergüenza es esta? Es verdad que, cuando el Señor dijo esto a sus discípulos, todavía eran rudos y casi incapaces de aprender. Pero ¿seguían siendo tan rudos cuando pusieron por escrito su doctrina como para necesitar después suplir de palabra lo que por ignorancia habían dejado de poner en sus escritos? Y si escribieron lo que escribieron guiados ya a toda la verdad por el Espíritu de verdad, ¿qué impedimento pudo haber para que no incluyeran en sus escritos el conocimiento perfecto de la doctrina del evangelio y lo dejaran así sellado? Pero supongamos que sea como ellos dicen. Que me digan ahora cuáles eran esas cosas que debían revelarse sin escrito. Si se atreven a ello, les opondré las palabras de san Agustín, que habla así: «Habiendo callado el Señor, ¿quién de nosotros dirá: son estas o aquellas? Y si se atreve a decirlo, ¿cómo prueba lo que dice?» (Tratados sobre el Evangelio de Juan, 96). Pero ¿para qué gasto palabras en cosas superfluas? Porque hasta los niños saben que en los escritos de los apóstoles, que estos llaman imperfectos e incompletos, está el fruto de aquella revelación que el Señor les prometía entonces.
¿Y qué?, dicen. ¿No puso Cristo fuera de toda controversia todo lo que la Iglesia enseñe o determine, cuando manda que se tenga por gentil y publicano a quien la contradiga? (Mt 18:17). Respondo que en este lugar no se menciona la doctrina, sino que solo se muestra la autoridad de la Iglesia para corregir los vicios con censuras, a fin de que los amonestados o corregidos no se opongan a su juicio. Pero, dejando esto aparte, es muy de extrañar que estos malvados tengan tan poca vergüenza que no duden en envanecerse de esto. Porque ¿qué sacarán de aquí sino que no se debe despreciar el consenso de la Iglesia, que nunca se forma sino en la verdad de la palabra de Dios? «Hay que oír a la Iglesia», dicen. ¿Quién lo niega, puesto que ella no pronuncia nada que no sea de la palabra del Señor? Si quieren más, sepan que estas palabras de Cristo no sirven a su propósito. Y no por eso debo parecerles demasiado contencioso por insistir tan de propósito en que la Iglesia no debe inventarse una nueva doctrina, es decir, enseñar y hacer pasar por oráculo divino más de lo que el Señor ha revelado en su palabra. Los hombres desapasionados ven bien cuán gran peligro habría si se permitiera a los hombres semejante autoridad. Ven también qué gran puerta se abriría a los reproches y sofismas de los impíos si dijéramos que lo que han determinado los hombres debe tenerse entre los cristianos por oráculo divino. Nótese además que Cristo, al hablar así, teniendo en cuenta su tiempo, da este título al consistorio, para que sus discípulos aprendieran a reverenciar después las asambleas eclesiásticas. Y si fuera como ellos dicen, cada ciudad y cada pueblo tendría la misma libertad para crear nuevos dogmas.
Los ejemplos que aducen no les sirven de nada. Dicen que el bautismo de los niños se practica no tanto por un mandato expreso de la Escritura como por un decreto de la Iglesia. Pero sería un pobre refugio si, para confirmar el bautismo de los niños, nos viéramos obligados a acogernos solo a la autoridad de la Iglesia. En otro lugar se verá que es muy distinto. Asimismo, cuando objetan que en toda la Escritura no se encuentra lo que se determinó en el Concilio de Nicea, que el Hijo es consustancial al Padre, hacen con ello gran injuria a los padres, como si hubieran condenado temerariamente a Arrio por no haberse plegado a su opinión, cuando él profesaba toda la doctrina contenida en los escritos de los profetas y de los apóstoles. Reconozco que la palabra «consustancial» no está en la Escritura. Pero, puesto que en la Escritura se lee tantas veces que hay un solo Dios, y puesto que en ella Cristo es llamado tantas veces Dios verdadero y eterno, uno con el Padre, ¿qué otra cosa hacen los padres de Nicea al declarar que es de una misma esencia, sino exponer sencillamente el sentido propio de la Escritura? Y así, Teodoreto cuenta que el emperador Constantino usó este preámbulo al hablar en el concilio: «En las disputas sobre las cosas divinas —dice Constantino— debemos atenernos a la doctrina del Espíritu Santo. Los libros de los evangelios y de los apóstoles, y los oráculos de los profetas, nos muestran claramente la voluntad del Señor. Por tanto, dejando aparte toda contienda, tomemos de las palabras del Espíritu Santo la decisión de nuestras disputas» (Historia eclesiástica, libro 1, cap. 5). No hubo nadie que contradijera estas santas amonestaciones; nadie dijo que la Iglesia pudiera añadir algo por su cuenta, que el Espíritu Santo no hubiera revelado todas las cosas a los apóstoles, o que al menos no hubieran llegado a conocimiento de sus sucesores, ni nada semejante. Si es verdad lo que pretenden nuestros adversarios, en primer lugar Constantino obró muy mal al quitar su autoridad a la Iglesia; y además, como ninguno de los obispos se levantó para defenderla, este silencio no estuvo libre de traición, pues con su callar habrían traicionado el derecho eclesiástico. Pero, puesto que Teodoreto cuenta que los padres aceptaron de muy buena gana lo que decía el emperador, consta que este dogma nuevo era entonces desconocido.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.