Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella
Los concilios y su autoridad
Ahora bien, aunque les concediera todo lo que dicen de la Iglesia, todavía no habrían logrado su propósito. Porque todo lo que dicen de la Iglesia lo aplican enseguida a los concilios, que según su opinión representan a la Iglesia. Más aún, lo que sostienen con tanta obstinación sobre la autoridad de la Iglesia no lo hacen con otro fin que el de atribuir al pontífice romano y a los suyos todo lo que puedan arrancar por la fuerza. Y antes de empezar a tratar esta cuestión, necesito decir brevemente dos cosas. La primera es que, si soy algo severo en esta materia, no es ciertamente porque no tenga a los concilios antiguos en la estima que merecen. Porque los reverencio de todo corazón y deseo que todos los estimen como deben ser estimados. Pero en esto hay que guardar modo y medida: que se haga sin menoscabar en nada a Cristo. Y el derecho de Cristo es presidir en todos los concilios y no tener ningún compañero en esta dignidad. Y entiendo que él preside cuando toda la asamblea se rige por su palabra y su Espíritu. La segunda es que, si no concedo a los concilios tanto como quieren mis adversarios, no es porque tema a los concilios, como si confirmaran la causa de nuestros adversarios y fueran contrarios a la nuestra. Porque, así como estamos suficientemente instruidos en la palabra del Señor para la plena aprobación de nuestra doctrina y la total destrucción del papismo, de modo que no necesitamos mucho ninguna otra cosa, así también, si hace falta, los concilios antiguos nos sirven muy bien y en lo que basta para lo uno y para lo otro.
Vengamos, pues, al asunto. Si queremos saber por la Escritura cuál es la autoridad de los concilios, no hay promesa mayor que la de esta sentencia de Cristo: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18:20). Pero esto conviene a cualquier congregación particular no menos que al concilio universal. Y, sin embargo, la dificultad de la cuestión no está aquí, sino en la condición que se añade: que Cristo estará en medio del concilio si el concilio está congregado en su nombre. Por eso, poco lograrán nuestros adversarios aunque nombren mil veces concilios de obispos; no nos harán creer que sus concilios son regidos por el Espíritu Santo mientras no hayan probado que están congregados en el nombre de Cristo. Porque con la misma facilidad pueden conspirar contra Cristo los obispos impíos y malos que congregarse en el nombre de Cristo los piadosos y buenos. De esto nos dan una prueba más que suficiente muchos decretos que se hicieron en tales concilios. Pero de esto trataremos después. Por ahora respondo en una palabra: Cristo no promete nada sino a los que estén congregados en su nombre. Expliquemos, pues, qué es esto. Niego que estén congregados en el nombre de Cristo quienes, sin hacer caso del mandamiento de Dios que prohíbe añadir o quitar nada a su palabra, decretan todo lo que se les antoja, y quienes, no contentos con los oráculos de la Escritura, que son la regla de la sabiduría perfecta, se inventan siempre algo nuevo de su propia cabeza (Dt 4:2; Ap 22:18). Ciertamente, puesto que Cristo no ha prometido estar presente en todos los concilios, sino que ha puesto una marca y señal particular para distinguir los concilios verdaderos y legítimos de los demás, no conviene que despreciemos esta diferencia. Este es el pacto que Dios hizo antiguamente con los sacerdotes levitas: que enseñaran de su boca (Mal 2:7). Esto exigió siempre a sus profetas, y vemos que la misma ley se impuso a los apóstoles. A los que quebrantan este pacto, Dios no los honra con la honra del sacerdocio ni con ninguna autoridad. Que desaten este nudo los adversarios, si quieren que dé crédito a los decretos que los hombres han hecho sin la palabra de Dios.
Porque, en cuanto a lo que piensan, que la verdad no permanece en la Iglesia si los pastores no están de acuerdo entre sí, y que la Iglesia no existe si no se manifiesta en los concilios generales, esto dista mucho de ser siempre verdad, si los profetas nos dejaron testimonios verídicos de sus tiempos. En tiempos de Isaías había en Jerusalén una iglesia que Dios aún no había desamparado. Y sin embargo habla así de los pastores: «Sus atalayas son ciegos, todos ellos ignorantes; todos ellos perros mudos, no pueden ladrar; soñolientos, echados, aman el dormir. [...] Y los pastores mismos no saben entender; todos ellos siguen sus propios caminos» (Is 56:10-11). Lo mismo dice Oseas: «Atalaya es Efraín para con mi Dios; el profeta es lazo de cazador en todos sus caminos, odio en la casa de su Dios» (Os 9:8); en este pasaje, al unirlos irónicamente con Dios, muestra que el pretexto de su sacerdocio es vano. La Iglesia duró también hasta el tiempo de Jeremías; oigamos, pues, lo que dice de los pastores: «Desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores» (Jer 6:13). Y también: «Falsamente profetizan los profetas en mi nombre; no los envié, ni les mandé» (Jer 14:14). Y para no alargarme citando sus palabras, léase todo lo que escribió en los capítulos 23 y 40. Tampoco los trataba con más amabilidad Ezequiel cuando dice: «Hay conjuración de sus profetas en medio de ella, como león rugiente que arrebata presa. [...] Sus sacerdotes violaron mi ley, y contaminaron mis santuarios; entre lo santo y lo profano no hicieron diferencia» (Ez 22:25-26), y todo lo demás que dice a este propósito. Quejas semejantes se encuentran a cada paso en los profetas, y son tantas que no hay nada más común en ellos.
Pero quizá esto ocurrió así entre los judíos, y en nuestros tiempos no hay nada semejante. ¡Ojalá fuera así! Pero el Espíritu Santo anunció que sería muy de otro modo. Porque las palabras de san Pedro son bien claras: «Hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras» (2 P 2:1). ¿No veis cómo san Pedro predice que el peligro no vendrá de la gente común, sino de los que se presentarán con el título de doctores y pastores? Además, ¿cuántas veces dijeron Cristo y sus apóstoles que los grandes peligros de la Iglesia vendrían de los pastores? (Mt 24:11, 24). Más aún, san Pablo dice claramente que el Anticristo no tendrá su sede en ningún otro lugar que en el templo de Dios (2 Ts 2:4); con lo cual indica que aquella horrenda calamidad de la que habla allí no vendría de ninguna otra parte que de los que estarán sentados en la Iglesia como pastores. Y en otro lugar dice que los comienzos de tan gran mal ya estaban casi encima, cuando habla así a los obispos de Éfeso: «Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos» (Hch 20:29-30). ¿Cuánta corrupción pudieron introducir entre los pastores los muchos años, si en tan poquito tiempo pudieron degenerar tanto? Y, para no llenar muchas páginas contándolo, los ejemplos de casi todas las épocas nos advierten que ni la verdad reside siempre entre los pastores ni la salvación de la Iglesia depende de ellos. Ciertamente convenía que fueran los guardianes y protectores de la paz y la salvación de la Iglesia, pues para eso fueron puestos en el cargo que tienen; pero una cosa es hacer lo que debéis, y otra deber hacer lo que no hacéis.
Sin embargo, no querría que nadie tomara lo que digo como si mi intención fuera menoscabar temerariamente y sin ninguna consideración la autoridad de los pastores. Lo que digo es que hay que tener cuidado al reconocerlos, y no tener enseguida por pastores a los que se llaman pastores. Pero el papa, con toda su compañía de obispos, por la única razón de que se llaman pastores, hace cuanto quiere sin tener en cuenta la palabra de Dios; y mientras tanto procuran persuadirnos de que nunca pueden errar, de que el Espíritu Santo reside siempre en ellos, de que la Iglesia vive en ellos y muere con ellos. Como si ya no hubiera juicios de Dios para castigar al mundo con el mismo género de castigo con que castigó antiguamente la ingratitud del pueblo judío, a saber, hiriendo a los pastores con ceguera y estupidez (Zac 12:4). Y no entienden estos insensatos que cantan la misma canción que cantaban antiguamente quienes hacían la guerra a la palabra de Dios. Porque los enemigos de Jeremías se armaban así contra la verdad: «Venid y maquinemos contra Jeremías; porque la ley no faltará al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta» (Jer 18:18).
De aquí es fácil responder al segundo argumento, el de los concilios generales. No se puede negar que los judíos tuvieron una verdadera iglesia en tiempos de los profetas. Y si entonces se hubiera celebrado un concilio general de los sacerdotes, ¿qué apariencia de iglesia habría habido? Hemos oído lo que Dios anuncia, no a uno o dos de ellos, sino a todos: «Los sacerdotes estarán atónitos, y se maravillarán los profetas» (Jer 4:9). Y también: «La ley se alejará del sacerdote, y de los ancianos el consejo» (Ez 7:26). Y también: «De la profecía se os hará noche, y oscuridad del adivinar; y sobre los profetas se pondrá el sol, y el día se entenebrecerá sobre ellos», etc. (Mi 3:6). Pues bien, si se hubiera reunido un concilio de estos, ¿qué espíritu lo habría regido? Tenemos un ejemplo notable de esto en el concilio que reunió Acab. En él se hallaron cuatrocientos profetas; pero, como no se habían reunido sino para adular al rey impío, Dios envía a Satanás para que sea espíritu de mentira en la boca de todos los profetas (1 R 22:6, 22). En este concilio la verdad es condenada por votación unánime. Micaías es condenado como hereje, golpeado y echado en la cárcel. Lo mismo les ocurrió a Jeremías y a los demás profetas.
Pero un ejemplo admirable bastará por muchos. En el concilio que los pontífices y los fariseos celebraron en Jerusalén contra Cristo (Jn 11:47), ¿qué se puede echar de menos en cuanto a la apariencia externa? Porque, si entonces no hubiera habido iglesia en Jerusalén, Cristo nunca habría participado en sus sacrificios ni en las demás ceremonias. Se hace una convocatoria solemne; preside el sumo pontífice; todos los demás sacerdotes están sentados; y con todo, en este concilio Cristo es condenado y su doctrina desterrada. Esta abominación atestigua que la Iglesia no estaba encerrada en aquel concilio. Pero me dirán que ahora no hay peligro de que suceda tal cosa. ¿Quién nos lo ha asegurado? Porque en un asunto de tanta importancia es gran necedad sentirse demasiado seguros. Y cuando el Espíritu, por boca de san Pablo, profetiza con palabras clarísimas que vendrá la apostasía (2 Ts 2:3), la cual no puede venir sin que los pastores sean los primeros en apartarse de Dios, ¿para qué cegarnos voluntariamente para nuestra total ruina? Por tanto, de ningún modo debemos conceder que la Iglesia consiste en la multitud de los pastores, de quienes el Señor nunca prometió que siempre serían buenos, sino que ha dicho que algunas veces serían malos. Y cuando nos advierte del peligro, lo hace para hacernos más cautos.
¿Y entonces?, me diréis. ¿No tendrá el concilio ninguna autoridad para definir? Sí, ciertamente; porque mi intención no es condenar aquí todos los concilios, ni anular y tachar de un plumazo todos sus decretos. Pero con todo, diréis: «Los medís a todos por el mismo rasero, de todos dudáis, de modo que cada uno pueda admitir o rechazar lo que los concilios hayan determinado». No es así. Lo que digo es que querría que, siempre que se alegue algún decreto de un concilio, se considerara ante todo con diligencia en qué tiempo se celebró el concilio, por qué causa se celebró, por consejo de quién y qué personas asistieron; y además querría que lo que se trata en el concilio se examinara conforme a la regla de la Escritura; y esto de tal modo que la decisión del concilio tuviera su autoridad, pero que esta autoridad no impidiera el examen que hemos indicado. ¡Ojalá todos guardaran el orden que san Agustín quiere que se observe en el libro tercero contra Maximino! Queriendo tapar en pocas palabras la boca a este hereje, que argumentaba con decretos de concilios, le dice: «Ni yo debo objetarte el Concilio de Nicea para perjudicarte, ni tú a mí el de Rímini. Ni yo estoy sujeto a la autoridad de este, ni tú a la de aquel. Que litigue asunto con asunto, causa con causa y razón con razón, con autoridades de la Escritura, no propias de uno o de otro, sino comunes a ambos». Así los concilios tendrían la majestad que deben tener, y entretanto la Escritura tendría su lugar supremo y eminente, de modo que no habría nada que no se le sometiera y que no se rigiera por su regla. De este modo abrazamos de muy buena gana y reverenciamos como sacrosantos, en lo que toca a los dogmas de fe, aquellos concilios antiguos, como el de Nicea, el de Constantinopla, el primero de Éfeso, el de Calcedonia y otros semejantes, que se celebraron para refutar errores. Porque no contienen otra cosa que la pura y verdadera interpretación de la Escritura, que los santos padres aplicaron con prudencia espiritual para vencer a los enemigos de la religión que entonces se habían levantado. También vemos en algunos otros concilios celebrados después un verdadero deseo de piedad y claras muestras de ingenio, doctrina y prudencia. Pero, como las cosas suelen ir de mal en peor, en los concilios celebrados recientemente se puede ver cuánto ha degenerado poco a poco la Iglesia de aquella pureza de la edad de oro. Y no dudo de que aun en estos tiempos mucho más corrompidos haya habido en los concilios obispos buenos. Pero a estos les ocurrió aquello de que se quejaban los senadores romanos, que no se procedía bien en su senado: como los votos se contaban y no se pesaban, fue inevitable que muchas veces la mejor parte fuera vencida por la mayor. De ahí vino que hicieran muchas malas constituciones. Y no hace falta ahora nombrar casos particulares, ya porque sería muy largo, ya porque otros lo han hecho con tanta diligencia que no hay ninguna necesidad de añadir nada.
Además, ¿para qué enumeraré concilios contrarios a concilios? Y que nadie me diga que, si un concilio contradice a otro, uno de los dos no es un concilio legítimo. Porque ¿cómo lo sabremos? Ciertamente, si no me engaño, juzgaremos por la Escritura que los decretos del concilio no son ortodoxos, porque esta es la única ley para juzgar. Hace ya casi novecientos años se celebró en Constantinopla un concilio convocado por el emperador León, en el que se decretó que se derribaran y destrozaran las imágenes que había en los templos; poco después se celebró otro en Nicea, reunido por la emperatriz Irene en odio del anterior, en el que se decretó en favor de las imágenes, contra el otro concilio. ¿Cuál de los dos tendremos por legítimo? Este último, que mandó que las imágenes permanecieran en los templos, fue tenido comúnmente por legítimo. Pero san Agustín niega que esto pueda hacerse sin un peligro evidentísimo de idolatría; y san Epifanio, anterior a san Agustín, habla todavía con mucha más dureza: dice que es una abominación y una cosa nefanda que haya imágenes en los templos de los cristianos. Los que dicen esto, ¿darían por bueno aquel concilio si vivieran hoy? Y si es verdad lo que cuentan las historias, y si se da crédito a los decretos de este concilio, en él se admitieron no solo las imágenes, sino también su culto. Y es cosa notoria que un decreto como este fue dictado por Satanás. ¿Y qué diremos? Que los que decretaron esto, depravando y torciendo la Escritura, mostraron el caso que hacían de ella, como he explicado ya suficientemente más arriba. Sea como fuere, no podremos distinguir de otro modo entre los concilios que se contradicen, que han sido muchos, sino examinándolos con aquella regla con la que deben ser examinados todos los hombres y los ángeles, que es la palabra de Dios. Por esta causa abrazamos el Concilio de Calcedonia y rechazamos el segundo de Éfeso, en el que se confirmó la impiedad de Eutiques, que había sido condenada en el de Calcedonia. Esta decisión la tomaron aquellos santos varones del Concilio de Calcedonia solo por la Escritura, y seguimos su juicio de tal modo que la palabra de Dios, que los iluminó a ellos, nos ilumina también ahora a nosotros. Que vayan ahora los romanistas y se jacten, como suelen, de que el Espíritu Santo está unido y atado a sus concilios.
Aunque también en aquellos concilios antiguos y más puros no dejan de hallarse faltas: ya porque los que asistieron, aunque eran doctos y prudentes, absortos en los asuntos que tenían entre manos, no consideraron muchas otras cosas; ya porque, ocupados en asuntos de mucha mayor importancia, no se detuvieron en otros de menos peso; ya porque, como hombres que eran, podían sencillamente engañarse; ya porque algunas veces se dejaban llevar por un afecto excesivo. Tenemos un ejemplo notable de esto último, que parece lo más duro, en el Concilio de Nicea, cuya dignidad es recibida por consentimiento de todos, como merecía, con gran reverencia. Porque, cuando en él se trataba y se ponía en cuestión el artículo principal de nuestra fe, y el enemigo Arrio estaba presente y preparado para debatir el asunto con ellos, y era de gran importancia que los que venían a refutar el error de Arrio estuvieran concordes y unánimes, ellos, sin considerar el daño que podía venirles de su desacuerdo, y, lo que es más, como olvidados de toda seriedad, modestia y humanidad, dejando aparte el asunto principal para el que se habían reunido, como si a propósito quisieran complacer a Arrio y se hubieran reunido para eso, comenzaron a picarse y morderse y a hablar mal unos de otros, y el tiempo que debían emplear en disputar con Arrio y refutarlo lo emplearon en injuriarse. Se oían crímenes horribles, se veían grandes acusaciones, y sus contiendas nunca habrían terminado hasta despedazarse unos a otros si el emperador Constantino no hubiera puesto remedio; él, declarando que investigar su vida era un asunto que superaba su competencia, castigó tal desorden más alabándolos que reprendiéndolos. ¿Y en cuántas cosas es verosímil que fallaran los demás concilios que se celebraron después? No hace falta esforzarse mucho para probarlo, porque cualquiera que lea sus decretos verá en ellos muchas debilidades, por no decir algo peor.
Y el mismo papa León no duda en acusar de ambición y de temeridad irreflexiva al Concilio de Calcedonia, aunque reconoce que ese concilio es ortodoxo en cuanto a los dogmas. No niega que sea legítimo, pero afirma claramente que pudo errar. Quizá algunos me tengan por necio por esforzarme en mostrar errores semejantes, ya que los mismos adversarios reconocen que los concilios pueden errar en cosas que no son necesarias para la salvación. Pero mi esfuerzo no es vano. Porque, aunque obligados lo reconocen de palabra, al imponernos como oráculos del Espíritu Santo los decretos de todos los concilios, sobre cualquier materia, exigen mucho más de lo que al principio pretendían. Procediendo así, ¿qué pretenden sino que los concilios no pueden errar, o que, si yerran, no es lícito ver la verdad ni disentir de sus errores? Lo que yo pretendo no es otra cosa sino que de aquí puede concluirse que el Espíritu Santo gobierna los concilios piadosos y santos de tal manera que, entretanto, permite que les suceda lo que suele suceder a los hombres, para que no confiemos demasiado en los hombres. Esta opinión es muchísimo mejor que aquella de Gregorio Nacianceno, que nunca vio buen fin de ningún concilio. Porque quien afirma que todos, sin excepción, acabaron mal no les concede mucha autoridad. Y ya no hace falta mencionar en particular los concilios provinciales, pues es fácil deducir por los generales qué autoridad deben tener los provinciales para crear nuevos artículos de fe y para admitir cualquier clase de doctrina que les parezca bien.
Pero nuestros romanistas, viendo que todos sus esfuerzos no les sirven para defender su causa, se acogen a un último y bien miserable refugio. Aunque en cuanto al entendimiento y al juicio sean necios, en cuanto al deseo y la voluntad son malísimos. Dicen que, con todo, sigue en pie la palabra de Dios que manda que obedezcamos a nuestros pastores. ¿Cómo así? ¿Y si niego que sean pastores los que ellos llaman pastores? Porque no deben atribuirse más de lo que se atribuyó Josué, que fue profeta del Señor y a la vez excelente pastor. Oigamos, pues, las palabras con que el Señor lo instaló en su oficio: «Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él; no te apartes de él ni a diestra ni a siniestra, [...] porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien» (Jos 1:7-8). Nuestros pastores espirituales serán, pues, los que no se aparten de la ley del Señor ni a un lado ni a otro. Y si la doctrina de cualquier pastor debe admitirse sin ninguna dificultad, ¿de qué nos serviría que el Señor nos advirtiera tantas veces y con tanto cuidado por su boca que no oigamos a los falsos profetas? «No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan —dice por Jeremías—; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová» (Jer 23:16). Y también: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt 7:15). En vano nos exhortaría también san Juan a probar los espíritus, si son de Dios o no (1 Jn 4:1). De este examen no están exentos ni siquiera los mismos ángeles, cuanto menos Satanás con sus mentiras. ¿Y qué quiere decir esto: «Si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo»? ¿No muestra a los suyos cuán importante es saber qué pastores hay que oír, y que no hay que oírlos a todos temerariamente? (Mt 15:14). No hay, pues, por qué asustarnos con sus títulos para hacernos partícipes de su ceguera, pues vemos, por el contrario, cuánto cuidado ha tenido el Señor en advertirnos y atemorizarnos para que no nos dejemos arrastrar por el error ajeno, por más que el engaño se esconda bajo otro título. Porque si es verdad la respuesta de Cristo, que todos ellos son guías ciegos, llámense pastores, prelados o pontífices, no pueden sino arrastrar al mismo precipicio a quienes los siguen. Por tanto, que ningún nombre de concilios, pastores u obispos (que pueden usarse tanto para bien como para mal) nos impida, advertidos por ejemplos de palabras y de hechos, examinar conforme a la regla de la palabra de Dios el espíritu de quienquiera que sea, para ver y probar si es de Dios o no.
Ya que hemos probado que la Iglesia no tiene autoridad para crear una doctrina nueva, hablemos ahora de la autoridad que le atribuyen para interpretar la Escritura. Nosotros concedemos de muy buena gana que, si hay controversia sobre algún dogma, no hay remedio mejor ni más seguro que reunir un sínodo de verdaderos obispos en el que se examine ese dogma. Porque tendrá muchísima más autoridad una decisión en la que los pastores de las iglesias, después de invocar el Espíritu de Cristo, se hayan puesto de acuerdo en común, que si cada uno la enseñara por su cuenta al pueblo o la hubieran tomado unos pocos en particular. Además, cuando los obispos se reúnen, deliberan mucho mejor sobre la doctrina que han de enseñar y en qué forma, para que la diversidad no cause escándalo. En tercer lugar, san Pablo prescribe esta forma para juzgar las doctrinas. Porque, al atribuir a cada una de las iglesias autoridad para juzgar, muestra el orden que se ha de seguir en las cosas de mayor importancia: que las iglesias conozcan de la causa en común (1 Co 14:29). Y el mismo sentido común de la piedad nos enseña esto: que, si alguien perturba la Iglesia con algún dogma nuevo y el asunto llega a tal punto que hay peligro de caer en un mal mayor, las iglesias se reúnan ante todo, examinen la causa y, finalmente, después de haberla examinado bien, la resuelvan conforme a la Escritura, de modo que se quite toda duda al pueblo y se tape la boca a los malvados y amigos de novedades, para que no sigan adelante. Así, cuando se levantó Arrio, se reunió el Sínodo de Nicea, que con su autoridad quebrantó la impía empresa de Arrio, devolvió la paz a las iglesias que él había perturbado y confirmó la eterna divinidad de Cristo contra el impío dogma de Arrio. Y cuando después Eunomio y Macedonio levantaron nuevos disturbios, el Sínodo de Constantinopla usó del mismo remedio condenándolos. En el Concilio de Éfeso se condenó la herejía de Nestorio. Esta fue, pues, desde el principio la forma ordinaria de mantener la paz que se ha usado en la Iglesia cada vez que Satanás empezaba a tramar algo nuevo. Pero recordemos que no en todos los tiempos ni en todos los lugares hay Atanasios, Basilios o Cirilos, u otros defensores semejantes de la verdadera doctrina, como los que Dios levantó entonces. Consideremos más bien lo que ocurrió en el segundo Sínodo de Éfeso, en el que venció la herejía de Eutiques y fue desterrado Flaviano, hombre de santa memoria, y con él algunas personas piadosas, y se cometieron otros muchos desatinos; la causa de todo ello fue que en ese concilio no presidió el Espíritu Santo, sino un tal Dióscoro, hombre revoltoso y malintencionado. Pero me dirán que allí no había iglesia. Lo reconozco. Porque lo entiendo de este modo: la verdad no perece en la Iglesia aunque sea oprimida en un concilio, sino que el Señor la conserva milagrosamente para que a su tiempo se manifieste y venza. Pero niego que sea cosa perpetua que la interpretación de la Escritura que un concilio haya admitido sea verdadera y cierta.
Pero los romanistas pretenden otra cosa cuando dicen que los concilios tienen autoridad y poder para interpretar la Escritura, y una autoridad tal que no cabe apelación. Porque abusan de este pretexto para llamar interpretación de la Escritura a todo lo que se haya decretado en los concilios. Del purgatorio, de la intercesión de los santos, de la confesión auricular y de otras cosas semejantes no se hallará ni una palabra en la Escritura. Pero, como todas estas cosas se han confirmado por autoridad de la Iglesia, o mejor dicho, han sido recibidas por el uso, la costumbre y la opinión, cada una de ellas habrá de tenerse por interpretación de la Escritura. Y no solo esto, sino que todo lo que ordene el concilio, aunque sea contrario a la Sagrada Escritura, llevará el nombre de interpretación. Cristo manda que todos beban de la copa que da en su cena: «Bebed de ella todos» (Mt 26:27); el Concilio de Constanza prohíbe que se dé al pueblo, y manda que el sacerdote beba él solo. Quieren que sea interpretación de Cristo lo que va tan abiertamente contra la institución de Cristo. San Pablo llama a la prohibición del matrimonio hipocresía y doctrina de demonios (1 Ti 4:1-3), y en otro lugar el Espíritu Santo declara que el matrimonio es santo y honroso en todos (Heb 13:4). Y ellos quieren después que se tenga por interpretación verdadera y legítima de la Escritura el haber prohibido el matrimonio a los sacerdotes, cuando no puede imaginarse nada más contrario. Si alguien se atreve a abrir la boca para contradecirles, enseguida es hereje, porque no hay apelación contra lo que la Iglesia ha determinado, y es una gran abominación dudar de que la interpretación que ha dado la Iglesia sea verdadera. ¿Para qué hablar contra tan grande desvergüenza? Basta como victoria haberla mostrado. Lo que enseñan sobre la autoridad que tiene la Iglesia para aprobar la Escritura lo dejo a propósito. Porque someter los oráculos divinos a la censura y al juicio de los hombres, de modo que sean válidos porque han agradado a los hombres, es ciertamente una blasfemia notable; y ya he tocado esta materia más arriba. Pero, con todo, quiero hacerles una pregunta: si la autoridad de la Escritura se funda en la aprobación de la Iglesia, ¿qué decreto de concilio alegarán para confirmar su opinión? Creo que ninguno. ¿Por qué, pues, se dejó vencer Arrio en Nicea por los testimonios del Evangelio de san Juan que se citaron contra él? Porque, según dicen estos, podría haberlos rechazado, pues el Evangelio de san Juan aún no había sido aprobado en ningún concilio general. Citan un viejo catálogo que llaman canon, que dicen que procede de una decisión de la Iglesia. Pero pregunto otra vez en qué concilio se hizo aquel canon. Aquí no tienen qué responder. Aunque también deseo saber qué clase de canon piensan que es, porque sé que en esto no están de acuerdo los antiguos. Y si ha de valer lo que dice san Jerónimo, los libros de los Macabeos, Tobías, el Eclesiástico y otros semejantes deben tenerse por apócrifos, cosa que estos de ningún modo pueden tolerar.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.