Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

Los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la comunión de Jesucristo, su Hijo, y mantenernos en ella

El poder de hacer leyes, con el que el papa y los suyos ejercen sobre las almas una tiranía y una carnicería crudelísimas

Sigue la segunda parte, que según ellos consiste en hacer y establecer leyes. De esta fuente nacieron infinitas tradiciones humanas, otros tantos lazos para dar muerte a las pobres almas. Porque no tuvieron en esto más escrúpulo que los escribas y fariseos, que ponían cargas sobre los hombros de los demás y ni siquiera con un dedo querían tocarlas (Mt 23:4). Ya he mostrado en otro lugar qué cruel carnicería es lo que mandan acerca de la confesión auricular. En las otras leyes no se ve tanta violencia; pero todas son tales que aun las que parecen más tolerables oprimen tiránicamente las conciencias. No digo nada de que adulteran o profanan el culto divino, y despojan de su derecho al mismo Dios, que es el único legislador. De este poder tenemos que tratar ahora: si es lícito a la Iglesia obligar las conciencias a sus leyes. En esta discusión no se toca el orden político; solo se trata de que Dios sea honrado conforme al orden que él ha establecido, y de que quede a salvo la libertad espiritual, que tiene que ver con Dios. Ya es costumbre llamar tradiciones humanas a todas las ordenanzas relativas al culto divino que los hombres han hecho sin la palabra de Dios. Contra estas es nuestra discusión, y no contra las santas y útiles disposiciones de la Iglesia que sirven para mantener la disciplina, la decencia o la paz. El fin de nuestra discusión es reprimir el inmenso y bárbaro imperio que se arrogan sobre las almas quienes quieren ser tenidos por pastores de la Iglesia, pero en realidad son unos crudelísimos verdugos. Porque dicen que las leyes que hacen son espirituales, que atañen al alma y son necesarias para la salvación. De este modo, como he señalado hace poco, se ataca el reino de Cristo; de este modo se oprime y destruye por completo la libertad que él dio a las conciencias de los fieles. No digo ahora con cuánta impiedad imponen la observancia de sus leyes, enseñando que por guardarlas se alcanza el perdón de los pecados, la justicia y la salvación, y poniendo en ello toda la suma de la religión y la piedad. Lo que sostengo es que no se debe imponer necesidad a las conciencias en las cosas en que Cristo les ha dado libertad; y que, si no son libres, como ya hemos dicho, no pueden tener paz delante de Dios. Reconozcan a Cristo, su libertador, como su único Rey, con una ley de libertad. Y es necesario que se gobiernen por la sacrosanta palabra del evangelio: si quieren conservar la gracia que una vez alcanzaron en Cristo, que no se sometan a ninguna servidumbre ni se dejen atar con ningún lazo.

Estos Solones pretenden que sus disposiciones son leyes de libertad, un yugo suave y una carga ligera; pero ¿quién no ve que todo esto es una enorme mentira? Ciertamente, ellos no sienten ningún peso en sus leyes, pues, dejado a un lado el temor de Dios, tranquilamente y muy a propósito no hacen caso ni de las leyes divinas ni de las humanas. Pero a quienes tienen algún cuidado de su salvación, les falta muchísimo para sentirse libres mientras están atados con estos lazos. Vemos con cuánta prudencia procedió san Pablo en este punto, hasta el punto de no atreverse a imponer ningún lazo ni siquiera en una sola cosa (1 Co 7:35); y no lo hizo sin razón. Porque veía qué gran herida se causaría a las conciencias si se les impusiera necesidad en las cosas en que el Señor les había dejado libertad. En cambio, apenas se podrían contar las disposiciones que estos han ordenado con tanto rigor bajo pena de muerte eterna, y que mandan guardar con gran severidad como cosas sin las cuales nadie puede salvarse. Y entre ellas hay muchas que muy difícilmente se pueden guardar; y todas juntas, si se hiciera un montón con ellas, es imposible guardarlas: ¡tantas son! ¿Cómo, pues, no van a ser atormentados por una gran angustia, horror y perplejidad quienes se vean en tal dificultad? Contra tales disposiciones es mi intención hablar: las que se hacen con el propósito de atar interiormente las almas delante de Dios y de cargar las conciencias, como si fueran cosas que tuviéramos que guardar necesariamente para ser salvos.

Esta cuestión confunde a muchísimos, porque no saben distinguir bien entre el fuero o juicio, como lo llaman, de la conciencia, y el fuero que no es de la conciencia. Además, lo que manda san Pablo, que obedezcamos al magistrado no solo por temor al castigo, sino también por causa de la conciencia, aumenta la dificultad (Ro 13:5). De ahí se seguiría que las conciencias están obligadas incluso a guardar las leyes políticas. Si así fuera, todo lo que hemos dicho en el capítulo anterior y lo que ahora diremos del gobierno espiritual se vendría abajo. Para resolver esta dificultad es necesario ante todo saber qué es la conciencia. La definición se tomará de la etimología de la palabra. Así como, cuando los hombres captan con la mente y el entendimiento el conocimiento de las cosas, se dice que saben, de donde se deriva el nombre de ciencia, del mismo modo, cuando tienen como testigo el sentimiento del juicio divino, que no les permite ocultar sus pecados, sino que los lleva ante el tribunal del juez, ese sentimiento se llama conciencia. Porque es una especie de intermediario entre Dios y los hombres: no permite que el hombre oculte en sí mismo lo que sabe, sino que lo persigue hasta que reconoce su falta. Esto es lo que entiende san Pablo cuando dice que la conciencia da testimonio juntamente a los hombres, cuando sus pensamientos los acusan o los defienden en el juicio de Dios (Ro 2:15). Un simple conocimiento podría quedar como encerrado en el hombre. Por eso, este sentimiento que pone al hombre ante el juicio de Dios es como un guardián puesto junto a él, que observa y escudriña todos sus secretos para que nada quede escondido. De aquí vino el antiguo proverbio: la conciencia vale por mil testigos. Por esta misma razón san Pedro habla del testimonio de una buena conciencia delante de Dios como de la paz del alma (1 P 3:21), cuando, persuadidos de la gracia de Cristo, nos presentamos sin ningún temor delante de Dios. Y el autor de la Epístola a los Hebreos dice que ya no tenemos más conciencia de pecado, porque somos libres o absueltos, de modo que el pecado ya no nos acusa (He 10:2).

Así pues, como las obras se refieren a los hombres, la conciencia se refiere a Dios, de modo que la buena conciencia no es otra cosa que la integridad interior del corazón. Conforme a esto, san Pablo dice que el propósito de la ley es «el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida» (1 Ti 1:5); y después, en el mismo capítulo, muestra cuánto difiere del entendimiento, al decir que algunos naufragaron en cuanto a la fe por haber desechado la buena conciencia (1 Ti 1:19). Porque con estas palabras muestra que es un vivo afecto de servir a Dios y un deseo sincero de vivir piadosa y santamente. A veces también se extiende a los hombres, como cuando el mismo san Pablo dice, según cuenta san Lucas, que procuraba tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres (Hch 24:16). Pero lo dijo porque los frutos de la buena conciencia llegan hasta los hombres; hablando con propiedad, se refiere solo a Dios, como ya hemos dicho. De aquí viene que se diga que una ley obliga la conciencia cuando obliga al hombre sin tener en cuenta a los demás hombres ni depender de ellos. Pongamos un ejemplo. Dios no solo manda que tengamos el corazón casto y limpio de toda impureza, sino que también prohíbe toda obscenidad en las palabras y toda lascivia exterior. Mi conciencia está obligada a guardar esta ley aunque no hubiera ningún otro hombre en el mundo. Así, el que vive desordenadamente no solo peca dando mal ejemplo a los hermanos, sino que también ata su conciencia con la culpa delante de Dios. Otra cosa sucede con las cosas indiferentes. Debemos abstenernos de ellas si son causa de escándalo, pero la conciencia queda libre. Así habla san Pablo de la carne sacrificada a los ídolos: «Si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia. La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro» (1 Co 10:28-29). Pecaría el creyente que, advertido primero, comiera con todo de esa carne. Pero aunque deba abstenerse por consideración al hermano, como Dios se lo manda, no por eso deja de tener libertad de conciencia. Vemos cómo esta ley, al obligar la obra exterior, deja libre la conciencia.

Volvamos ahora a las leyes humanas. Si se dan con el fin de obligar nuestras conciencias, como si guardarlas fuera necesario en sí mismo, decimos que se carga la conciencia con lo que no es lícito cargarla. Porque nuestras conciencias no tienen que ver con los hombres, sino solo con Dios. A esto apunta aquella distinción común entre el fuero de la conciencia y el fuero civil. Cuando todo el mundo estaba envuelto en tan densa oscuridad de ignorancia, aun así quedaba esta pequeña chispa de luz: los hombres reconocían que la conciencia está por encima de todos los juicios humanos. Aunque lo que confesaban de palabra lo deshacían con los hechos. Con todo, quiso el Señor que incluso entonces quedara algún testimonio de la libertad cristiana que librara las conciencias de la tiranía de los hombres. Pero todavía no está resuelta la cuestión que surge de las palabras de san Pablo. Porque si hay que obedecer a los príncipes no solo por causa del castigo, sino por causa de la conciencia, parece seguirse que incluso las leyes que hacen los príncipes obligan las conciencias. Y si esto es verdad, lo mismo habrá que decir de las eclesiásticas. Respondo que aquí hay que distinguir entre el género y la especie. Porque, aunque no todas las leyes obliguen la conciencia, estamos obligados por el mandamiento general de Dios, que nos encomienda la autoridad del magistrado; y en esto se funda el argumento de san Pablo: los magistrados deben ser honrados porque están ordenados por Dios (Ro 13:1). Pero no enseña que las leyes que hacen los magistrados pertenezcan al gobierno interior del alma, pues pone el servicio de Dios y la regla espiritual de vivir bien por encima de todos los decretos humanos. Lo segundo que hay que notar, que depende de lo dicho, es que las leyes humanas, las haya hecho el magistrado o la Iglesia, aunque sea necesario guardarlas (hablo de las leyes buenas y justas), no obligan por sí mismas la conciencia, porque toda su necesidad mira al fin general y no consiste en las cosas mandadas. Muy lejos de esto están las que prescriben una nueva forma de servir a Dios e imponen necesidad en cosas libres.

Tales son las leyes que hoy en el papado se llaman eclesiásticas, que se introducen como culto divino verdadero y necesario. Y como son innumerables, son también infinitos lazos para atrapar y enredar las almas. Aunque en la exposición de la ley ya tocamos algo de esto, como este lugar es más propio para tratarlo con detenimiento, procuraré ahora resumirlo todo con el mejor orden que pueda. Y como hace poco tratamos, cuanto nos pareció necesario, de la tiranía que se arrogan los malos obispos con la licencia que se toman de enseñar todo lo que se les antoja, dejaré toda esa parte. Me detendré aquí solo en explicar el poder que dicen tener de hacer leyes. Con este pretexto los malos obispos cargan las conciencias con nuevas leyes, diciendo que son legisladores espirituales ordenados por Dios, que les ha dado el gobierno de la Iglesia. Por eso quieren que el pueblo cristiano guarde y observe, como algo necesario para la salvación, todo lo que ellos mandan y ordenan. Y dicen que quien lo quebranta es doblemente desobediente, porque —dicen— desobedece y se rebela contra Dios y contra su Iglesia. Ciertamente, si fueran verdaderos obispos, les concedería en esto alguna autoridad; no tanta como ellos quisieran, sino la que se requiere para ordenar bien el gobierno de la Iglesia. Pero como no son nada menos que lo que dicen ser, no pueden atribuirse ni un poquito sin excederse. Sin embargo, como ya hemos tratado esto, concedámosles por ahora que toda la autoridad que tienen los verdaderos obispos les corresponde a ellos con justo título. Aun así, niego que por ese título hayan sido puestos como legisladores del pueblo cristiano, capaces de dar por sí mismos reglas de vida o de obligar al pueblo que se les ha encomendado a someterse a sus decisiones. Al decir esto entiendo que no les es lícito mandar que la Iglesia guarde como cosa necesaria lo que ellos mismos han imaginado sin la palabra de Dios. Y siendo así que los apóstoles nunca conocieron tal derecho, y que el Señor lo prohibió tantas veces por su propia boca a los ministros de la Iglesia, me maravillo de que haya habido hombres que se hayan atrevido, y de que los haya hoy que se atrevan, a arrogárselo sin tener ejemplo de ello en los apóstoles y contra la manifiesta prohibición divina.

En cuanto a la regla perfecta de vivir bien, el Señor lo ha comprendido todo de tal manera que no ha dejado nada que los hombres puedan añadir. Y lo hizo, en primer lugar, para que lo tuviéramos por nuestro único maestro e instructor, pues toda la perfección de nuestra vida consiste en que todas nuestras acciones se encaminen y ajusten a la voluntad del Señor, como único nivel y regla; y además, para darnos a entender que nada nos pide tanto como la obediencia. Por eso dice Santiago: «El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder» (Stg 4:11-12). Vemos en esto que Dios se atribuye como algo propio el gobernarnos con el mandamiento y las leyes de su palabra. Y lo mismo había dicho antes Isaías, aunque no tan claramente: «Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará» (Is 33:22). En uno y otro lugar se muestra que nuestra vida y nuestra muerte están en sus manos y que él tiene derecho sobre nuestras almas. Más aún, Santiago testifica claramente que ningún hombre puede arrogarse esta autoridad. Por tanto, debemos reconocer a Dios como único Rey de las almas, el único que tiene poder para salvar y condenar, como dicen las palabras de Isaías: que es Rey, Juez, Legislador y Salvador. Por eso san Pedro, cuando recuerda a los pastores su deber, los exhorta a apacentar el rebaño de tal manera que no se enseñoreen de la heredad del Señor (1 P 5:2-3); y con el nombre de heredad entiende a los fieles. Si consideramos bien que es una gran maldad atribuir al hombre lo que Dios dice que solo a él le corresponde, entenderemos que así se les quita toda la autoridad que se atribuyen quienes pretenden atreverse a mandar algo en la Iglesia sin tener para ello la palabra de Dios.

Pero como toda la cuestión depende de esto —que si Dios es el único legislador, no es lícito a los hombres tomarse esta honra—, será necesario recordar al mismo tiempo las dos razones que ya expusimos por las que el Señor dice que esto le corresponde solo a él. La primera es que el Señor quiere que su voluntad sea para nosotros la regla perfecta de toda justicia y santidad, de modo que la ciencia perfecta de vivir bien sea conocer lo que le agrada. La segunda es que, cuando se trata de la manera de servirle bien y santamente, solo él quiere tener el señorío sobre nuestras almas: a él debemos obedecer y solo de él debemos depender. Teniendo en cuenta estas dos razones, será fácil juzgar y saber qué disposiciones humanas son contrarias a la palabra de Dios. Tales son todas las que se presentan como parte del culto divino y a cuya observancia se obligan las conciencias como a cosas necesarias. Acordémonos, pues, de pesar con este peso todas las disposiciones humanas si queremos estar seguros de no engañarnos en este juicio. Con la primera razón argumenta san Pablo en la Epístola a los Colosenses contra los falsos apóstoles que intentaban cargar a las iglesias con nuevas cargas (Col 2:8); de la segunda se sirve en la Epístola a los Gálatas con el mismo propósito. En la Epístola a los Colosenses sostiene, pues, que en cuanto al verdadero culto divino no se debe hacer caso de la doctrina de los hombres, porque el Señor nos ha enseñado fiel y enteramente la manera en que quiere ser servido. Y para mostrarlo dice en el primer capítulo que en el evangelio está contenida toda la sabiduría con que el hombre de Dios llega a ser perfecto en Cristo. Al comienzo del capítulo 2 dice que en Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento; y de ahí concluye después que los fieles se guarden de ser apartados del redil de Cristo por la vana filosofía, según las tradiciones de los hombres. Al final del capítulo condena con mayor audacia todos los cultos que los hombres han inventado o han recibido de otros hombres, y todos los preceptos que se atreven a dar acerca del culto divino. Tenemos, pues, que son impías todas las disposiciones en cuya observancia el hombre imagina que hay culto divino. Los pasajes con que convence a los gálatas de que no se han de poner lazos a las conciencias, que solo Dios debe gobernar, son muy claros, sobre todo en el capítulo 5 (Gá 5:1). Por eso bastará con haberlos señalado.

Pero como toda esta materia se entenderá más claramente con ejemplos, será bueno aplicar esta doctrina a nuestros tiempos. Decimos que las disposiciones que llaman eclesiásticas, con que el papa y los suyos cargan a la Iglesia, son perniciosas e impías; nuestros adversarios, por el contrario, dicen que son santas y saludables. Son de dos clases: unas son de ceremonias y ritos, y otras tienen más que ver con la disciplina. ¿Es justa, pues, la causa que nos mueve a hablar contra unas y otras? Ciertamente, más justa de lo que quisiéramos. En cuanto a lo primero, ¿no definen y afirman claramente sus mismos autores que el verdadero culto divino consiste en ellas? ¿Con qué propósito establecen sus ceremonias sino para honrar con ellas a Dios? Y esto no sucede solo por error del vulgo inculto e ignorante, sino con la aprobación de quienes ocupan el lugar de maestros. Todavía no hablo de las groseras abominaciones con que han intentado echar por tierra toda la piedad; pero entre ellos no se tendría por un crimen tan enorme faltar a la más mínima tradicioncilla si no pensaran que el culto divino consiste en estas invenciones suyas. Así pues, si hoy no podemos soportar lo que san Pablo enseñó que era intolerable —que la manera legítima de servir a Dios se ordenara según el antojo de los hombres—, ¿en qué pecamos? Sobre todo cuando nos mandan honrar a Dios según los rudimentos de este mundo, lo cual, testifica san Pablo, es contrario a Cristo (Col 2:20). Además, bien se sabe con cuánta rigurosa necesidad obligan las conciencias a observar todo lo que mandan. Cuando nos oponemos a esto, nuestra causa es la misma que la de san Pablo, que de ningún modo quiere que las conciencias de los fieles se sometan al antojo de los hombres (Gá 5:1).

Además hay otra cosa peor: una vez que se ha comenzado a adornar la religión con invenciones tan vanas, a esta iniquidad sigue siempre otra execrable impiedad, la que Cristo reprocha a los fariseos: que quebrantan el mandamiento de Dios por las tradiciones de los hombres (Mt 15:3). No quiero pelear con mis propias palabras contra los legisladores de nuestros tiempos. Ciertamente habrán vencido si de algún modo pueden librarse de esta acusación de Cristo. ¿Pero cómo se librarán, si entre ellos se tiene por mucho mayor abominación no haberse confesado una vez al año que haber vivido el año entero una vida perversísima? ¿Haber probado un bocado de carne, que haberse ensuciado todo el cuerpo cada día con la fornicación? ¿Haber hecho algún trabajo honesto en un día dedicado a no sé qué santitos, que haber empleado continuamente todos los miembros en cosas vilísimas? ¿Que el sacerdote se una con su única mujer legítima, que haberse enredado en mil adulterios? ¿No haber cumplido la peregrinación prometida, que no cumplir la palabra en nada? ¿No haber gastado algo en los prodigiosos, y no menos superfluos e inútiles, gastos de los templos, que no haber socorrido las necesidades extremas de los pobres? ¿Haber pasado delante de un ídolo sin hacerle ninguna reverencia, que haber dicho mil injurias de todos los hombres que hay? ¿No haber murmurado entre dientes, a ciertas horas, una infinidad de palabras sin entenderlas, que no haber orado nunca legítimamente con el Espíritu? ¿Qué es quebrantar el mandamiento de Dios por sus tradiciones, si esto no lo es (Mt 15:3)? ¿Cuando recomiendan fríamente y como por cumplir la observancia de los mandamientos de Dios, pero instan con todo rigor y vehemencia a guardar los suyos, como si contuvieran toda la fuerza de la piedad? Pues mientras castigan con penas leves la transgresión de la ley de Dios, castigan la más mínima transgresión de uno de sus decretos con nada menos que la cárcel, el destierro, el fuego o la espada. Con los que desprecian a Dios no son tan inhumanos ni inexorables; pero a los que los desprecian a ellos los persiguen con un odio inmortal hasta acabar con ellos. Y de tal manera adoctrinan a todos aquellos cuya sencillez tienen cautiva, que verían con más tranquilidad quebrantar toda la ley de Dios que ver traspasar una jota de los que llaman mandamientos de la Iglesia. En primer lugar, es un gran pecado que uno desprecie, juzgue y rechace a otro por cosas muy ligeras y que, puestas en el juicio de Dios, son indiferentes. Pero ahora, como si esto fuera poco, se tienen en más aquellos débiles rudimentos del mundo (como los llama san Pablo escribiendo a los gálatas) que los mismos oráculos divinos (Gá 4:9). Y el que casi es absuelto en el adulterio es condenado por un alimento; al que se le permite la concubina se le prohíbe la esposa. Esto es sin duda lo que se gana con aquella obediencia prevaricadora, que tanto más se aparta de Dios cuanto más se acerca a los hombres.

Hay además otros dos vicios, no pequeños, que condenamos en sus disposiciones. El primero es que mandan guardar cosas que en su mayor parte son inútiles, y a veces incluso absurdas; el segundo, que las conciencias de los fieles quedan oprimidas por su infinita multitud y, recayendo en una especie de judaísmo, se apegan de tal modo a las sombras que nunca pueden llegar a Cristo. En cuanto a que las he llamado absurdas e inútiles, bien sé que la prudencia de la carne no las tendrá por tales; le agradan tanto que le parece que la Iglesia quedaría deformada si se las quitaran. Pero esto es lo que escribe san Pablo: que «tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo» (Col 2:23). Es ciertamente un aviso saludable, que nunca deberíamos olvidar. Las tradiciones humanas, dice san Pablo, engañan con pretexto y apariencia de sabiduría. ¿De dónde les viene esa apariencia? Sin duda de que el ingenio humano reconoce en ellas lo que es suyo, porque son invenciones de hombres; y al reconocerlo, las abraza con mucho más gusto que a la mejor cosa que pudiera haber que no concordara con su vanidad. Además, porque les parecen rudimentos propios para la humildad, pues mantienen abatidos en tierra bajo su yugo los entendimientos de los hombres; y de ahí les viene otra alabanza. Por último, porque parece que su intención es refrenar los deleites de la carne y domarla con el rigor de la abstinencia; por eso parecen ordenadas con mucha prudencia. ¿Qué responde a esto san Pablo? ¿Les arranca acaso estas máscaras para que los sencillos no se dejen engañar por el falso pretexto? Como pensaba que bastaba para refutarlas lo que había dicho, que eran invenciones de hombres, pasó por todo esto sin refutarlo, como quien no le daba importancia. Más aún: como sabía que todas las maneras de servir a Dios inventadas por los hombres están condenadas, y que los fieles deben tenerlas por tanto más sospechosas cuanto más agradan al ingenio humano; como sabía que aquella falsa apariencia de humildad exterior difiere tanto de la verdadera humildad que fácilmente se podía entender; y en fin, como sabía que esta pedagogía no vale más que el ejercicio corporal, quiso que esas mismas cosas por las que la gente común estimaba las tradiciones humanas sirvieran a los fieles para refutarlas.

Así, hoy no solo la gente ignorante, sino cuanto más hinchado está uno de prudencia mundana, tanto más se complace en las ceremonias. Las mujercillas y los hipócritas creen que no se puede imaginar nada más hermoso ni mejor. En cambio, quienes miran más a fondo y examinan con más seriedad, según la regla de la piedad, qué valen tantas y tales ceremonias, entienden en primer lugar que son niñerías que no sirven para nada; y además, que son engaños y juegos de prestidigitación que con su vana pompa engañan los ojos de quienes las miran. Hablo de las ceremonias en las que los grandes doctores papistas encuentran grandes misterios, y en las que nosotros no encontramos otra cosa que puros engaños. Y no es de extrañar que los autores de las ceremonias hayan caído en tales desatinos, hasta engañarse a sí mismos y a los demás con sus frívolas niñerías; porque una parte la tomaron de los desvaríos de los paganos, y otra la tomaron imitando temerariamente, como monos, los antiguos ritos de la ley de Moisés, con los que no tenemos más que ver que con los sacrificios de animales y otras cosas semejantes. Ciertamente, aunque no hubiera otra prueba, ningún hombre sensato esperará nada bueno de una multitud de remiendos tan mal pegados. Y la misma realidad muestra claramente que hay muchas ceremonias que no sirven sino para entontecer al pueblo, no para enseñarlo; tanto estiman los hipócritas estos nuevos cánones suyos, que más bien echan por tierra la disciplina en lugar de conservarla y mantenerla. Quien lo considere mejor hallará que no son más que una vana apariencia y un espantajo de disciplina.

Y pasando a lo segundo, ¿quién no ve que, amontonando tradiciones sobre tradiciones, han crecido en número tan grande que ya no pueden tolerarse en la Iglesia de Cristo? De aquí viene que en las ceremonias se vea una especie de judaísmo, y que las demás observancias causen una horrible carnicería en las almas cristianas. Se quejaba san Agustín de que en su tiempo, sin hacer caso de los mandamientos de Dios, todo estaba tan lleno de invenciones, que se reprendía con mucha más dureza a quien durante la octava de su bautismo tocaba el suelo con el pie descalzo que a quien se había hundido en el vino (Carta a Jenaro, 119). Se quejaba también de que la Iglesia, que la misericordia del Señor quiso que fuera libre, estaba tan oprimida que la condición de los judíos había sido más tolerable. Si este santo hombre viviera en nuestros tiempos, ¿con qué lamentos lloraría la servidumbre que hoy padece la Iglesia? Porque su número es diez veces mayor, y cada detalle se manda guardar con cien veces más rigor que entonces. Así suele suceder: una vez que estos perversos legisladores han tomado el mando, nunca acaban de mandar y prohibir hasta llegar al extremo del rigor. San Pablo lo expresó con elegancia en estas palabras: «Si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques?» (Col 2:20-21). Porque, siendo así que la palabra que usó aquí el apóstol significa tanto comer como tocar, sin duda en este lugar se toma en el primer sentido, para no repetir dos veces lo mismo. San Pablo pinta aquí muy al vivo las maniobras de los falsos apóstoles. Su superstición comienza por prohibir no solo comer de tal o cual alimento, sino que, una vez conseguido esto, mandan también que ni siquiera se pruebe; y cuando se les concede esto, dicen que no es lícito ni siquiera tocarlo con el dedo.

Con muchísima razón condenamos en las disposiciones humanas esta tiranía, que ha hecho que las pobres conciencias sean atormentadas en gran manera con infinitos edictos y con el excesivo rigor con que se exige su cumplimiento. De los cánones que pertenecen a la disciplina ya hemos hablado. ¿Qué diré de las ceremonias, con las que se ha conseguido que, como si Cristo estuviera sepultado, hayamos vuelto a las figuras judías? Nuestro Señor Cristo, dice san Agustín, reunió la comunidad del nuevo pueblo con sacramentos muy pocos en número, excelentísimos en significado y facilísimos de guardar (Carta 118, a Jenaro). ¿Y quién podrá decir cuán lejos de esta sencillez está la multitud y diversidad de ritos y ceremonias en que hoy vemos enredada a la Iglesia? Bien conozco el artificio con que algunos que presumen de sabios excusan esta perversidad. Dicen que entre nosotros hay muchísimos tan rudos y toscos como los del pueblo de Israel, y que por causa de estos se ha inventado esta pedagogía, de la cual los más fuertes podrían prescindir, pero que no deben despreciar, puesto que es provechosa para los hermanos débiles. Les respondo que no ignoramos cuánto se debe condescender con la debilidad de los hermanos; pero, por el contrario, les objetamos que no es este el modo de ayudar a los débiles: ahogarlos con una gran multitud de ceremonias. No sin razón puso Dios esta diferencia entre nosotros y el pueblo antiguo: quiso enseñar al pueblo antiguo como a un niño, con señales y figuras, pero a nosotros de un modo mucho más sencillo, sin tanto aparato exterior. Así como el niño, dice san Pablo, es gobernado por el tutor según la capacidad de su edad y mantenido bajo disciplina, del mismo modo los judíos estaban sujetos bajo la ley; pero nosotros somos semejantes a los que ya son mayores de edad, que, libres de la tutela y la curaduría, no necesitan los rudimentos propios de los niños (Gá 4:1-3). Bien veía el Señor cómo había de ser la gente común en su Iglesia y cómo debía ser gobernada; con todo, hizo entre nosotros y los judíos la diferencia que hemos dicho. Por tanto, es una razón vana levantar de nuevo el judaísmo, que Cristo abolió, con el pretexto de ayudar a los ignorantes. También Jesucristo señaló esta diferencia entre el pueblo antiguo y el nuevo cuando dijo a la samaritana que había llegado la hora en que los verdaderos adoradores adorarían a Dios en espíritu y en verdad (Jn 4:23). Ciertamente siempre se hizo así; pero en esto difieren los nuevos adoradores de los antiguos: que en tiempo de la ley de Moisés la adoración espiritual de Dios estaba figurada y en cierto modo envuelta en muchas ceremonias, y que, abolidas estas, ahora adoramos a Dios de un modo mucho más sencillo. Por tanto, quienes confunden esta diferencia deshacen el orden que Cristo puso y estableció. Me diréis entonces: ¿no tendremos ninguna ceremonia para ayudar a la ignorancia de los sencillos? No digo tal cosa, porque pienso que les son de buena ayuda. Solo sostengo que hay que procurar que por medio de ellas Cristo sea iluminado y no oscurecido. Por eso Dios nos dio pocas ceremonias y nada fatigosas, para que muestren a Cristo presente. A los judíos les dio muchísimas más, para que fueran imágenes de Cristo ausente; digo ausente, no en cuanto a su poder, sino en cuanto al modo de significar. Así pues, para guardar la medida es necesario procurar que las ceremonias sean pocas, fáciles de guardar y dignas en lo que significan, dignidad que consiste en que sean claras. ¿Y qué falta hace decir que no se ha tenido cuenta de esto, si todos lo ven?

No hablo aquí de las perniciosas opiniones que los hombres se forman acerca de las ceremonias: que son sacrificios con que se ofrece a Dios un sacrificio agradable, con que se limpian los pecados y se alcanza la justicia y la salvación. Dirán que las cosas buenas no se corrompen por errores tan ajenos a ellas, puesto que aun en las obras que Dios mismo mandó se puede pecar de este modo. Pero lo peor de todo es atribuir tanta honra a obras inventadas temerariamente por el juicio humano, hasta creer que merecen la vida eterna. Las obras que Dios mandó tienen su recompensa porque el mismo legislador las acepta en atención a la obediencia. No reciben este premio por su propia dignidad ni por su propio mérito, sino porque Dios estima tanto nuestra obediencia. Hablo aquí de la perfección de las obras tal como Dios la exige, no de las que los hombres hacen. Porque ni siquiera las obras de la ley que nosotros hacemos son aceptables sino por la gratuita liberalidad divina, ya que nuestra obediencia, cuando las hacemos, es imperfecta y deficiente. Pero como aquí no trato de qué valen las obras sin Cristo, dejaré esta cuestión. En lo que toca al presente argumento, repito que toda la dignidad que tienen las obras en sí la tienen en atención a la obediencia, que es lo único que Dios mira, como lo testifica por su profeta: «Porque no hablé yo con vuestros padres, ni nada les mandé acerca de holocaustos y de víctimas; mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz» (Jer 7:22-23). De las obras inventadas dice en otro lugar: «¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan?». Y también: «Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres» (Is 55:2; 29:13; Mt 15:8-9). De ningún modo podrán, pues, excusarse de permitir que el pobre pueblo busque su justicia en estas vanas niñerías, para oponerla a Dios y defenderse con ella ante el tribunal divino. Además, ¿no es digno de reprensión este vicio de exhibir con gran aparato sus ceremonias incomprensibles, como una representación teatral o como un encantamiento de arte mágica? Porque es certísimo que todas las ceremonias son corruptas y dañinas si por ellas los hombres no son encaminados a Cristo. Pero las ceremonias que se usan en el papado están separadas de la doctrina, y esto para entretener a los hombres con señales que no significan nada. Por último, como el vientre es un artífice ingenioso, se ve claramente que muchas de ellas las inventaron sacerdotes avaros para que les sirvieran de lazos con que atrapar y sacar dinero. Tengan el origen que tengan, se venden tan vergonzosamente que es necesario suprimir muchas de ellas si no queremos que haya en la Iglesia una profana y sacrílega subasta de ceremonias.

Aunque parezca que lo que he dicho hasta ahora de las tradiciones humanas se refiere solo a nuestro tiempo, para condenar las supersticiones papistas, no hay nada de lo dicho que no valga para todos los tiempos. Porque siempre que entra en el corazón esta superstición de querer honrar a Dios con invenciones humanas, todas las leyes que se hacen con este fin degeneran enseguida en estos groseros abusos. Porque Dios amenaza con esta maldición no a este o aquel siglo, sino a todos los siglos y edades: que herirá con ceguera y estupor a todos los que lo honren con doctrinas de hombres (Is 29:13-14). Esta ceguera hace que los hombres que, despreciando tantas advertencias de Dios, se meten en lazos tan mortíferos, no eviten nunca ninguna clase de absurdo. Y si, dejando a un lado todas las circunstancias, queremos saber simplemente cuáles son en todo tiempo las tradiciones humanas que conviene desterrar de la Iglesia y que todos los piadosos deben aborrecer, la definición que hemos dado será segura y clara: las tradiciones humanas son leyes hechas por los hombres sin la palabra de Dios con este propósito: o para prescribir una manera de honrar a Dios, o para obligar las conciencias como cosas necesarias para la salvación. Si a una o a ambas cosas se añaden otros vicios —que con su multitud oscurecen la claridad del evangelio; que no edifican, sino que son más bien ocupaciones inútiles y niñerías que verdaderos ejercicios de piedad; que se usan para atrapar dinero; que son muy difíciles de guardar; que están manchadas de muchas supersticiones—, esto ayudará a entender mucho más fácilmente qué gran mal hay en ellas.

Bien sé lo que responden a esto: que sus tradiciones no son suyas, sino de Dios; porque la Iglesia es gobernada por el Espíritu Santo para que no pueda errar, y su autoridad reside en ellos. Concedido esto, se sigue enseguida que sus tradiciones son revelaciones del Espíritu Santo, que no se pueden despreciar sin impiedad y sin despreciar al mismo Dios. Y para que no parezca que han emprendido algo sin grandes autores, quieren hacer creer que gran parte de sus ritos procede de los apóstoles; y con un ejemplo pretenden probar suficientemente lo que los apóstoles habrían hecho en los demás casos: cuando los apóstoles, reunidos en concilio, determinaron por decreto del concilio que todos los gentiles se abstuvieran de lo sacrificado a los ídolos, de sangre y de ahogado (Hch 15:20, 29). Ya hemos mostrado en otro lugar con cuánta falsedad se jactan del título de Iglesia para hacerse valer. En lo que toca a la presente materia, si, quitadas todas las caretas y máscaras, procuramos saber de veras (y esto debe importarnos ante todo, como cosa en que nos va mucho) qué clase de Iglesia quiere Cristo, para formarnos y ordenarnos conforme a ella, entenderemos fácilmente que no es Iglesia la que, traspasando los límites de la palabra de Dios, se da a sí misma nuevas leyes a rienda suelta. ¿No debe ser perpetua aquella ley que una vez fue dada a la Iglesia? «Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás» (Dt 12:32). Y en otro lugar: «No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso» (Pr 30:6). Puesto que no pueden negar que esto se dijo a la Iglesia, ¿qué hacen sino pregonar su propia contumacia, cuando se jactan de que, después de tales prohibiciones, se han atrevido con todo a añadir y mezclar sus invenciones con la doctrina de Dios? No quiera Dios que consintamos en sus mentiras, con las que manchan tan gravemente a la Iglesia; entendamos, más bien, que se usurpa falsamente el nombre de Iglesia siempre que se trata de este apetito y deseo de la temeridad humana, que no puede contenerse dentro de los límites que Dios le ha puesto, sino que se desboca desvergonzadamente y sigue sus propias invenciones. No hay en estas palabras nada enredado, nada oscuro ni ambiguo: en ellas se manda a la Iglesia que, cuando se trata del culto divino y de los preceptos de salvación, no añada ni quite nada a la palabra de Dios. Pero dirán: esto se dijo solo de la ley, a la que siguieron las profecías y toda la administración del evangelio. Digo que así es, y añado a la vez que estas cosas son más bien cumplimiento de la ley que añadidos o recortes. Y si el Señor no permite que se añada ni se quite nada al ministerio de Moisés, por oscuro y enredado que fuera, hasta que él, por sus siervos los profetas y finalmente por su amado Hijo, diera una doctrina más clara, ¿por qué no pensaremos que a nosotros se nos prohíbe con mucha mayor severidad añadir algo a la ley, a los profetas, a los salmos o al evangelio? El Señor no ha dejado de ser el que era, él que hace ya mucho tiempo declaró que nada lo ofende tanto como que lo honren con invenciones humanas. De aquí aquellas notables sentencias que pronunció por boca de los profetas, que deberían sonar siempre en nuestros oídos: «Porque no hablé yo con vuestros padres, ni nada les mandé acerca de holocaustos y de víctimas el día que los saqué de la tierra de Egipto. Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo; y andad en todo camino que os mande» (Jer 7:22-23). Y también: «Solemnemente protesté a vuestros padres… diciendo: Oíd mi voz» (Jer 11:7), y muchas otras semejantes. Pero esta las supera a todas: «¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación» (1 S 15:22-23). Así pues, como todas las invenciones humanas que se sostienen con la autoridad de la Iglesia no pueden librarse del crimen de impiedad, es fácil probar que se imputan falsamente a la Iglesia.

Por esta razón hablamos con libertad contra esta tiranía de las tradiciones humanas que, con gran arrogancia, se nos impone con el título de Iglesia. Porque no nos burlamos de la Iglesia, como mienten falsamente nuestros adversarios para hacernos odiosos, sino que le damos toda la obediencia que se le debe. Son más bien ellos los que hacen gravísima injuria a la Iglesia, pues la vuelven rebelde contra su Señor cuando la hacen traspasar los límites que le fija la palabra de Dios; por no decir que es una notable desvergüenza, unida a igual malicia, pregonar continuamente el poder de la Iglesia y, mientras tanto, disimular y pasar por alto lo que Dios le ha mandado y la obediencia que por mandato de Dios le debe. Y si nuestra intención es, como debe ser, estar de acuerdo con la Iglesia, lo que más importa es considerar y tener presente lo que el Señor nos ha mandado a nosotros y a la Iglesia, para que todos de común acuerdo le obedezcamos. Porque no hay duda de que estaremos muy de acuerdo con la Iglesia si en todo y por todo obedecemos al Señor. Y atribuir a los apóstoles el origen de las tradiciones con que la Iglesia ha sido oprimida hasta hoy es pura impostura y engaño, pues toda la doctrina de los apóstoles tiende a que las conciencias no sean cargadas con nuevas observancias ni el culto divino sea contaminado con nuestras invenciones. Además, si se da algún crédito a las historias y a los documentos antiguos, los apóstoles no solo nunca conocieron lo que estos les atribuyen, sino que ni siquiera lo oyeron. Y que no se jacten de que la mayor parte de sus disposiciones fueron recibidas por uso y costumbre sin haberse puesto por escrito: es decir, las cosas que los apóstoles no podían entender mientras Cristo aún estaba en el mundo, y que aprendieron después de su ascensión por revelación del Espíritu Santo. De la interpretación de este pasaje ya hemos tratado en otro lugar. Para lo que basta a la presente materia, ciertamente se ponen en ridículo cuando imaginan que aquellos grandes misterios, desconocidos para los apóstoles durante tanto tiempo, fueron en parte observancias judías o paganas (de las cuales unas se habían promulgado mucho antes entre los judíos y otras entre todos los gentiles), y en parte absurdos gestos y monerías o vanas ceremoniejas que los sacerdotes ignorantes, que (como dice el proverbio) no saben ni nadar ni leer, ejecutan muy ordenadamente; o mejor dicho, que se inventan tan a propósito los niños o los locos, que parece que no podría haber prelados más idóneos para tales cosas. Aunque no hubiera ninguna historia de esto, la cosa misma dice a los hombres de sano juicio que una multitud tan grande de ritos y observancias no entró en la Iglesia de golpe, sino poco a poco. Porque cuando aquellos santísimos obispos que sucedieron a los apóstoles no mucho después ordenaron algunas cosas relativas al orden y la disciplina, vinieron después, uno tras otro, hombres poco prudentes y demasiado curiosos y ávidos de novedades; y cuanto más tardío era cada uno, tanto más procuraba, con una necia emulación, superar a sus predecesores en inventar cosas nuevas. Y como temían que sus invenciones, con las que pretendían ganar honra entre los que vendrían después, perecieran en poco tiempo, fueron muy rigurosos en mandar que se guardaran. Esta mala emulación nos produjo gran parte de estos ritos y ceremonias que ellos nos venden como apostólicos. Y esto lo atestiguan las historias.

Para no alargarnos demasiado haciendo un largo catálogo de todo esto, nos contentaremos con un solo ejemplo. En tiempo de los apóstoles hubo gran sencillez en la administración de la Cena del Señor; los que les sucedieron poco después añadieron, para realzar la dignidad del misterio, algo que no era condenable. Pero después vinieron aquellos necios imitadores que, cosiendo remiendos de aquí y de allá, nos han hecho la vestimenta sacerdotal que vemos, estos ornamentos del altar, estos gestos y todo el ajuar de cosas inútiles que se ven en la misa como en una representación teatral. Pero nos objetarán que antiguamente los hombres estaban persuadidos de que lo que se hacía de común acuerdo en la Iglesia universal procedía de los apóstoles, y para confirmarlo citan a san Agustín. No les daré otra respuesta que la que da el mismo san Agustín: «Las cosas que se guardan en todo el mundo —dice— podemos entender que fueron ordenadas o por los mismos apóstoles o por los concilios generales, cuya autoridad es muy provechosa en la Iglesia; por ejemplo, que cada año haya un día señalado para celebrar la pasión del Señor, su resurrección, su ascensión y la venida del Espíritu Santo, y cualquier otra cosa semejante que se guarde y observe en toda la Iglesia, por dondequiera que esté extendida» (Carta 118). Cuando cuenta tan pocos ejemplos, ¿quién no ve que atribuye a autores dignos de fe y reverencia las observancias que entonces se guardaban, y solo aquellas sencillas, escasas y sobrias que sirven para mantener el orden en la Iglesia? ¿Y qué diferente es esto de lo que los maestros del papado quieren hacernos creer: que no hay entre ellos ni una sola ceremoniejilla que no deba tenerse por apostólica?

Para no alargarme más, pondré solo un ejemplo. Si alguien les pregunta de dónde sacan su agua bendita, responden enseguida: de los apóstoles. Como si las historias no atribuyeran esta invención a no sé qué pontífice romano, que, si hubiera consultado a los apóstoles, ciertamente nunca habría contaminado el bautismo con esta basura, queriendo hacer un recordatorio del sacramento del bautismo, que no sin razón fue instituido para recibirse una sola vez. Aunque ni siquiera me parece verosímil que el origen de esta consagración sea tan antiguo como allí se escribe. Porque lo que dice san Agustín —que ciertas iglesias de su tiempo no admitieron la imitación solemne del lavamiento de pies hecho por Cristo, para que aquel rito no pareciera pertenecer al bautismo (Carta 118, a Jenaro)— da a entender que no había ninguna clase de lavamiento que tuviera semejanza con el bautismo. Sea como fuere, nunca concederé que proceda del espíritu apostólico que el bautismo, al traerse a la memoria con una señal cotidiana, se repita en cierto modo. Y no hago mucho caso de que el mismo san Agustín atribuya en otro lugar otras cosas a los apóstoles; porque, como no tiene otra prueba que simples conjeturas, no se debe sentenciar por ellas en una cosa de tanta importancia. Por último, aunque concedamos que las cosas que él menciona provienen del tiempo de los apóstoles, hay mucha diferencia entre instituir un ejercicio de piedad del que los fieles puedan usar con libre conciencia, o abstenerse si no les sirve ni aprovecha, y hacer una ley que ate las conciencias con servidumbre. Ahora bien, provengan del autor que queráis, puesto que se ha abusado tanto de ellas, nada impide abolirlas sin ninguna injuria para ese autor, pues nunca se nos encomendaron de modo que tengan que durar para siempre en la Iglesia.

Tampoco les sirve de mucho, para excusar su tiranía, el ejemplo que alegan de los apóstoles. Los apóstoles —dicen— y los ancianos de la Iglesia primitiva hicieron un decreto sin mandato de Cristo, por el cual mandaban a todos los gentiles abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de lo ahogado y de sangre (Hch 15:20). Si esto les fue lícito a ellos, ¿por qué no podrán sus sucesores imitarlos siempre que sea necesario? ¡Ojalá los imitaran en todo, y en particular en esto! Porque niego que los apóstoles establecieran u ordenaran en esto nada nuevo, y puedo probarlo fácilmente con razones más que suficientes. Pues san Pedro, que dijo en este concilio que se tentaba a Dios si se ponía un yugo sobre la cerviz de los discípulos, habría obrado contra lo que había dicho si después hubiera consentido que se les impusiera algún yugo (Hch 15:10). Y se les impone, si los apóstoles determinan por su autoridad que se prohíba a los gentiles tocar lo sacrificado a los ídolos, lo ahogado o la sangre. Pero aún queda la duda de que, a pesar de todo, parece que lo prohíben. La solución es fácil si se considera más de cerca el sentido del decreto. Su punto principal era que se dejara a los gentiles su libertad y que no se la perturbaran ni los molestaran con la observancia de la ley. Hasta aquí nos favorece mucho. Y la excepción que sigue no es una ley nueva hecha por los apóstoles, sino el mandamiento divino y eterno de Dios de no quebrantar la caridad, y no les quita nada de esa libertad; solo advierte a los gentiles cómo deben comportarse con sus hermanos para no abusar de su libertad escandalizándolos. Sea, pues, este el segundo punto: que los gentiles usen de su libertad sin hacer daño con ella y sin escandalizar a los hermanos. Me dirán que prescriben una cosa determinada. Ciertamente enseñan y señalan, según lo requería el tiempo, las cosas con que podían escandalizar a los hermanos, para que estuvieran advertidos y se guardaran de ellas. Pero no añaden por su cuenta nada nuevo a la ley eterna de Dios, que prohíbe dar escándalo a los hermanos.

Es como si unos pastores fieles que presiden iglesias aún no bien ordenadas mandaran a todos los suyos que, hasta que los pequeños (los débiles en la fe) entre quienes viven crezcan y tengan más conocimiento, no coman carne en público los viernes ni trabajen públicamente en días de fiesta, u otra cosa semejante. Porque, aunque estas cosas, dejada aparte la superstición, son indiferentes en sí mismas, cuando se les añade el escándalo de los hermanos no se pueden hacer sin pecado. Y los tiempos son tales que los fieles no pueden ofrecer semejante espectáculo a los hermanos débiles sin herir gravemente sus conciencias. ¿Quién, sino un calumniador, dirá que así les imponen nuevas leyes quienes notoriamente solo pretenden evitar los escándalos que el Señor ha prohibido tan expresamente? Y no se puede decir otra cosa de los apóstoles, cuyo propósito no era otro que, quitando toda ocasión de escándalo, poner ante los ojos la ley divina de evitar los escándalos, como si dijeran: «Es mandamiento del Señor que no hagáis daño al hermano débil; no podéis comer lo sacrificado a los ídolos, lo ahogado y la sangre sin que los hermanos débiles se ofendan. Os mandamos, pues, en el nombre del Señor, que no comáis con escándalo». Y que los apóstoles tuvieron esto principalmente en cuenta lo atestigua san Pablo, que, conforme al decreto de este concilio, escribe así: «Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo… Pero no en todos hay este conocimiento; porque algunos, habituados hasta aquí a los ídolos, comen como sacrificado a ídolos, y su conciencia, siendo débil, se contamina… Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles» (1 Co 8:4, 7, 9). Quien considere bien esto no se dejará engañar después por los que disfrazan su tiranía con el título de los apóstoles, como si con su decreto hubieran podido menoscabar la autoridad de la Iglesia. Pero para que no puedan escabullirse sin aprobar esta solución con su propia confesión, que me respondan con qué derecho se han atrevido a abolir ese mismo decreto. Sin duda, porque ya no hay ningún peligro de los escándalos y disensiones que los apóstoles quisieron prevenir. Sabían muy bien que una ley debe valorarse por el fin y el propósito con que se da. Siendo así que esta ley se dio en atención a la caridad, nada se manda en ella que no mire a la caridad. Cuando confiesan que la transgresión de esta ley no es otra cosa que una violación de la caridad, ¿no entienden a la vez que no es una invención añadida a la ley de Dios, sino una pura y simple aplicación de ella a los tiempos y costumbres para los que se hizo?

Pero, por inicuas y dañinas que nos sean estas leyes, porfían en que debemos guardarlas todas sin ninguna excepción. Porque no se trata ahora, dicen, de consentir en los errores, sino solo de que nosotros, como súbditos, obedezcamos a nuestros superiores aun cuando nos manden cosas duras, y que ni aun así murmuremos contra ellos. Pero también en esto el Señor nos protege muy bien con la verdad de su palabra y nos libra de tal servidumbre, pues esta libertad nos la ganó con su sangre, y ese beneficio nos lo ha sellado con su palabra no una sola vez, sino muchísimas. Porque no se trata solo (como ellos fingen maliciosamente) de que suframos alguna grave opresión en nuestro cuerpo, sino de que nuestras conciencias, despojadas de su libertad, es decir, del beneficio de la sangre de Jesucristo, sean atormentadas como esclavas. Aunque dejemos pasar esto como si no importara mucho, ¿cuánto pensamos que importa quitar al Señor el reino que él se reserva tan de veras y tan deliberadamente? Y se le quita cada vez que se le honra con leyes inventadas por los hombres, siendo así que solo él quiere ser el legislador de las leyes con que ha de ser honrado. Y para que nadie piense que este asunto es de poca importancia, oigamos cuánto lo estima el Señor: «Porque este pueblo se acerca a mí con su boca… y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado; por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos» (Is 29:13-14). Y en otro lugar: «Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres» (Mt 15:9). Y ciertamente, que los hijos de Israel se contaminaran con tantas idolatrías se atribuye, como causa de todo este mal, a esta mezcla: que, traspasando los mandamientos de Dios, se fabricaron nuevos cultos. Por eso dice la Sagrada Escritura que los nuevos habitantes que el rey de Babilonia hizo venir para poblar Samaria fueron despedazados y devorados por fieras, porque no conocían los juicios ni los estatutos del Dios de aquella tierra (2 R 17:24-31). Y aunque no hubieran pecado ni faltado en las ceremonias, Dios no habría aprobado su vana pompa; al contrario, no dejó entretanto de castigar la violación de su culto, porque los hombres introducían en él invenciones ajenas a su palabra. Por eso se dice después que, atemorizados por este castigo, adoptaron los ritos mandados en la ley. Pero como aún no honraban al Dios verdadero como debe ser honrado, se repite dos veces que lo temían y que no lo temían. De donde deducimos que la parte de reverencia que se le debe consiste en seguir sencillamente en su culto lo que él manda, sin mezclar de ningún modo nuestras invenciones. Y esta es la razón por la que se alaba a los reyes piadosos: porque obraron conforme a todo lo que se les había mandado y no se apartaron ni a derecha ni a izquierda (2 R 22:1-2, y en otros lugares). Voy más allá: aunque en el culto inventado no se vea claramente la impiedad, el Espíritu Santo lo condena severamente por haberse apartado del mandamiento de Dios. El altar de Acaz, cuyo modelo se trajo de Samaria, podía parecer un adorno del templo, ya que su intención era ofrecer en él sacrificios solo a Dios, cosa que habría hecho con mucho más esplendor que en el primer altar, ya viejo (2 R 16:10). Pero vemos cómo el Espíritu Santo detesta este atrevimiento, y no por otra razón sino porque las invenciones humanas en el culto de Dios son otras tantas corrupciones impías. Y cuanto más claramente se nos ha manifestado la voluntad de Dios, tanto menos excusable es la obstinación de intentar algo por nuestra cuenta. Por eso el pecado de Manasés se agrava tanto más por esta circunstancia: que edificó un nuevo altar en Jerusalén, de la cual Dios había dicho: «Allí pondré mi nombre» (2 R 21:3-4); porque ya casi se rebajaba deliberadamente la autoridad de Dios.

Muchos se preguntan con asombro por qué Dios amenaza tan severamente con castigar con horrendos castigos al pueblo que lo honre con mandamientos de hombres, y dice que en vano lo honran con preceptos humanos. Pero si advirtieran lo que significa, en materia de religión (es decir, de sabiduría celestial), depender solo de la boca de Dios, verían a la vez que no es liviana la causa por la que Dios aborrece tanto esos cultos perversos con que los hombres le sirven según su antojo. Porque, aunque tengan cierta apariencia de humildad al obedecer esas leyes con que honran a Dios, no son humildes delante de Dios, a quien prescriben las mismas leyes que ellos guardan. Y esta es la razón por la que san Pablo quiere con tanto empeño que nos guardemos de ser engañados por las tradiciones humanas y por aquel culto que él llama voluntario, inventado por los hombres sin ninguna palabra de Dios (Col 2:4, 8, 23). Así es, ciertamente: conviene que nuestra sabiduría y la de todos los hombres sea para nosotros locura, para dejar que solo él sea sabio. No siguen este camino, por cierto, quienes con sus tradicioncillas inventadas al antojo de los hombres pretenden congraciarse con Dios, y le imponen como a la fuerza aquella perversa obediencia que se suele dar a los hombres. Así se ha hecho desde hace muchos años, y en nuestra memoria se hace todavía hoy en los lugares donde la criatura tiene más autoridad y mando que el Creador, donde la religión (si merece llamarse religión) está manchada con más supersticiones, y más disparatadas, que cualquier paganismo que haya existido. Porque ¿qué podía producir el ingenio humano sino cosas carnales y totalmente desatinadas, que reflejaran a sus autores?

Lo que alegan los defensores de las supersticiones —que Samuel ofreció sacrificio en Ramá y que, aunque esto no era conforme a la ley, agradó a Dios (1 S 7:17)— tiene fácil respuesta: no fue un segundo altar que él opusiera al único altar legítimo; como aún no había lugar señalado para el arca del pacto, señaló al pueblo el lugar donde él vivía como el más apropiado para sacrificar. Ciertamente, la intención del santo profeta no fue innovar nada en lo que tocaba al culto divino, porque sabía bien que Dios prohibía muy estrictamente que se le añadiera o quitara nada. En cuanto al ejemplo de Manoa (o Manué, padre de Sansón), digo que fue extraordinario y particular: siendo un simple particular, ofreció sacrificio a Dios, y no sin que Dios lo aprobara (Jue 13:19); la razón fue que no se atrevió a hacerlo temerariamente por su cuenta, sino por inspiración divina. Y cuánto aborrece Dios lo que los hombres inventan por sí mismos para honrarlo lo muestra con su notable ejemplo Gedeón, no inferior a Manoa, cuyo efod fue ruina no solo para él y su familia, sino para todo el pueblo (Jue 8:27). En fin, cualquier invención nueva con que los hombres procuran honrar a Dios no es otra cosa que una profanación de la verdadera santidad.

¿Por qué, entonces —dicen ellos—, quiso Cristo que se soportaran aquellas cargas insoportables que imponían los escribas y fariseos? Yo, en cambio, les pregunto: ¿por qué el mismo Cristo mandó en otro lugar que se guardaran de la levadura de los fariseos (Mt 23:3; 16:6)? Llama levadura, según lo interpreta el evangelista san Mateo, a todo lo que mezclaban con la pureza de la verdadera doctrina de la palabra de Dios. ¿Qué queremos más claro que el mandato de huir y guardarnos de toda su doctrina? De ahí sabemos con toda certeza que en el otro pasaje el Señor no quiso que las conciencias de los suyos fueran atormentadas con las tradiciones de los fariseos. Y las mismas palabras, si no se tuercen, no dicen tal cosa. Porque el Señor, que en aquel pasaje se proponía hablar con gran severidad contra las costumbres y maneras de los fariseos, enseñaba sencillamente a sus oyentes que, aunque no vieran en la vida de los fariseos nada que debieran seguir, no dejaran de hacer lo que enseñaban de palabra cuando estaban sentados en la cátedra de Moisés, es decir, cuando enseñaban lo que mandaba la ley. La intención de Cristo no fue, pues, otra que prevenir que el pueblo, viendo los malos ejemplos de los maestros, llegara a despreciar la doctrina. Pero como hay algunos a quienes no mueven las razones y siempre piden autoridades, pondré las palabras de san Agustín, que dicen lo mismo que yo he dicho: «El redil del Señor —dice san Agustín— tiene pastores, unos fieles y otros asalariados. Los pastores fieles son verdaderos pastores; pero oíd que también los asalariados son necesarios. Porque muchos en la Iglesia predican a Cristo buscando provecho terreno, y por ellos se oye la voz de Cristo; y las ovejas no siguen al asalariado, sino al pastor por medio del asalariado. Oíd cómo el Señor nos señaló a los asalariados: "En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras". ¿Qué otra cosa dijo sino: oíd la voz del Pastor por medio de los asalariados? Porque, sentados en la cátedra, enseñan la ley de Dios; así que Dios enseña por medio de ellos. Pero si quieren enseñar sus propias cosas, no los escuchéis, no las hagáis». Hasta aquí san Agustín (Tratados sobre el Evangelio de Juan, 46).

Pero como la mayor parte de la gente ignorante, cuando oye que las conciencias de los hombres son atadas impíamente con las tradiciones humanas y que en vano se honra a Dios con ellas, juzga del mismo modo todas las demás leyes con que se mantiene el orden de la Iglesia, será necesario también aquí deshacer este engaño. Ciertamente es muy fácil engañarse en esto, porque a primera vista no se ve la gran diferencia que hay entre aquellas leyes y estas. Pero trataré toda esta materia en pocas palabras y con tanta claridad que la semejanza que hay entre ellas no engañe a nadie. En primer lugar, partamos de esto: vemos que en toda sociedad humana es necesario algún orden que sirva para mantener la paz común y conservar la concordia; vemos que en los asuntos que se tratan hay siempre una cierta manera de tratarlos que no conviene abandonar, tanto por el deber público como por una cierta humanidad. Pues bien, esto es necesario guardarlo sobre todo en las iglesias, que se mantienen muy bien cuando hay en ellas buen orden y concierto, y que, por el contrario, sin este concierto y concordia se echan a perder. Por tanto, si queremos que la Iglesia vaya de bien en mejor, debemos procurar con diligencia lo que dice san Pablo: que todo se haga decentemente y con orden (1 Co 14:40). Y como entre los hombres hay tanta diversidad de caracteres, tanta variedad de pareceres y tanto choque de juicios e ingenios, ningún orden puede ser lo bastante firme si no se establece con ciertas leyes, y ningún rito puede guardarse si no hay una forma prescrita. Así pues, lejos de condenar las leyes que se hacen con este fin, afirmamos muy de veras que las iglesias, si se les quitan estas leyes, pierden sus fuerzas y se deforman y disipan por completo. Porque lo que dice san Pablo, que todo se haga decentemente y con orden, no puede cumplirse si el orden y el decoro no se sostienen mediante sus observancias, que son para ellos como vínculos. Pero en estas observancias siempre hay que exceptuar que no se crean necesarias para la salvación, ni obliguen así las conciencias a guardarlas, ni se refieran al culto divino, poniendo de este modo la religión en ellas.

Tenemos, pues, una señal excelente y segurísima para distinguir entre aquellas disposiciones impías (con las que, como hemos dicho, se oscurece la verdadera religión y se dañan las conciencias) y las observancias legítimas de la Iglesia: basta recordar que el propósito de estas observancias es una de dos cosas, o ambas a la vez: que en la asamblea de los fieles todo se haga decentemente y con la dignidad debida, y que la comunidad de los hombres se mantenga en orden como por ciertos vínculos de humanidad y moderación. Porque, una vez que se entiende que la ley se ha dado en atención a la decencia pública, no hay lugar para la superstición en que caen quienes miden el culto divino por invenciones humanas. Asimismo, cuando se entiende que la ley mira al uso común, se viene abajo aquella falsa opinión de obligación y necesidad que tanto aterra a las conciencias al pensar que las tradiciones son necesarias para la salvación. Porque aquí no se pretende otra cosa sino que, mediante un deber común, se mantenga la caridad entre nosotros. Pero conviene definir aún más claramente qué es aquel decoro que san Pablo nos encomienda, y qué es el orden. El fin del decoro es, en parte, que cuando se celebran ritos que inspiran cierta veneración por las cosas sagradas, esas ayudas nos eleven a la piedad; y en parte también, que resplandezcan la modestia y la gravedad, que deben verse en todas las acciones honestas, y aquí sobre todo. Lo principal en el orden es que los que presiden conozcan la regla y la ley del buen gobierno, y que el pueblo gobernado se acostumbre a obedecer a Dios y a observar la buena disciplina. Además, que, estando bien ordenado el estado de la Iglesia, se atienda a la paz y la tranquilidad.

Así pues, no llamaremos decoro a aquello en que no hay más que un vano deleite. Ejemplo de ello es aquel aparato teatral que los papistas emplean en sus solemnidades y en su culto, donde no se ve más que un espantajo de elegancia estéril y de gasto sin provecho. Tendremos, en cambio, por decoro lo que sea tan apropiado a la reverencia de los misterios sagrados que resulte también un ejercicio adecuado para la piedad, o que al menos sirva de ornato conveniente a la acción; y esto no sin fruto, sino para advertir a los fieles con cuánta modestia, religión y reverencia deben tratar los misterios divinos. Y para que las ceremonias sean para nosotros ejercicios de piedad, es necesario que nos lleven directamente a Cristo. Del mismo modo, no pondremos el orden en aquellas vanas pompas que no tienen más que un brillo ilusorio, sino en aquella disposición que elimina toda confusión, barbarie, obstinación y toda clase de alborotos y contiendas. Ejemplos de lo primero los tenemos en san Pablo: que los banquetes profanos no se mezclen con la santa Cena del Señor, y que las mujeres no se presenten en público sino cubiertas (1 Co 11:21, 5); y muchos otros en el uso cotidiano, como orar de rodillas y con la cabeza descubierta, administrar los sacramentos del Señor no con desaliño, sino con cierta dignidad, guardar cierta decencia al enterrar a los muertos, y otras cosas semejantes. Ejemplos de lo segundo son tener horas señaladas para las oraciones públicas, para los sermones y para celebrar los sagrados misterios; que durante el sermón haya quietud y silencio; que se canten salmos; que haya días señalados para celebrar la Cena del Señor; que las mujeres no enseñen en la Iglesia, como lo prohíbe san Pablo (1 Co 14:34); y otras cosas semejantes; y ante todo lo que mantiene la disciplina, como el catecismo, las censuras eclesiásticas, la excomunión, los ayunos y otras cosas parecidas que pueden incluirse en esta lista. Así, todas las disposiciones eclesiásticas que recibimos como santas y saludables pueden reducirse a dos puntos principales: unas se refieren a los ritos y ceremonias; otras, a la disciplina y la paz.

Pero como aquí se corre gran peligro de que, por una parte, los falsos obispos busquen en esto pretexto y apariencia para excusar sus leyes impías y tiránicas, y de que, por otra, haya algunos demasiado temerosos que, escarmentados por los males pasados, no admitan ninguna ley por santa que sea, será bueno declarar aquí que apruebo las disposiciones humanas que se fundan en la autoridad divina, que se toman de la Escritura y que, en definitiva, son enteramente divinas. Sirva de ejemplo el arrodillarnos cuando se hacen las oraciones solemnes. Se pregunta si esto es una tradición humana que cada uno puede rechazar y no tener en cuenta. Respondo que es humana de tal manera que a la vez es divina. Es de Dios en cuanto forma parte de aquel decoro cuyo cuidado y observancia nos encomienda el apóstol (1 Co 14:40); y es de los hombres en cuanto especifica en particular lo que en general se había indicado más que declarado. Por este solo ejemplo podremos juzgar qué debemos pensar de todo este género. Como el Señor, en su santa Escritura, ha comprendido fielmente, y en parte expuesto con claridad y extensamente, toda la suma de la verdadera justicia y todas las partes de su culto, en estas cosas hay que escuchar solo a él, que es el Maestro. Pero como no quiso prescribir en particular lo que debemos seguir en la disciplina externa y en las ceremonias (porque sabía muy bien que esto depende de la condición de los tiempos y veía que una misma forma no conviene a todas las épocas), será necesario acogernos aquí a las reglas generales que él dio, para que conforme a ellas se regule y ordene todo lo que la necesidad de la Iglesia requiera en cuanto al orden y al decoro. Por último, puesto que no dejó nada expreso en esto porque estas cosas no son necesarias para nuestra salvación, y porque deben adaptarse de diversas maneras a la edificación de la Iglesia según las costumbres de cada nación y según los tiempos, convendrá, según lo pida la utilidad de la Iglesia, tanto cambiar y abolir las ya usadas como establecer otras nuevas. Es verdad, lo confieso, que no debemos lanzarnos a hacer otras nuevas temerariamente, a cada paso ni por motivos ligeros. Pero la caridad juzgará muy bien qué daña y qué edifica; y si dejamos que ella gobierne, todo irá muy bien.

El deber del pueblo cristiano es, pues, guardar todo lo que se ordena conforme a esta regla, y hacerlo con libre conciencia y sin ninguna superstición, pero con una disposición piadosa y pronta a obedecer, sin despreciarlo ni pasarlo por alto por descuido; y mucho menos quebrantarlo abiertamente con altivez y obstinación. ¿Qué libertad de conciencia, me diréis, puede haber en tanta observancia y cautela? Digo más: se verá muy bien cuando consideremos que las disposiciones a las que estamos obligados no son perpetuas ni irrevocables, sino rudimentos externos para la debilidad humana; y aunque no todos los necesitemos, todos los usamos, porque estamos obligados unos con otros a mantener, cada uno por su parte, la caridad entre nosotros. Esto puede entenderse por los ejemplos que ya hemos dado. ¿Acaso hay alguna religión en el velo o la toca de la mujer, de modo que cometería una gran maldad si saliera con la cabeza descubierta? ¿Es tan santo el silencio de la mujer que no puede romperse sin gran pecado? ¿Hay algún misterio tan grande en arrodillarse o en enterrar a los muertos que no pueda omitirse sin gran ofensa? Ciertamente no. Porque si una mujer tuviera tanta prisa por socorrer a su prójimo que no pudiera ponerse la toca ni cubrirse la cabeza, no peca si va descubierta. Y hay ocasiones en que le conviene hablar tanto como en otras callar. Y no hace ningún mal quien, no pudiendo arrodillarse por enfermedad, ora de pie. En fin, es mucho mejor enterrar al muerto a tiempo que, por falta de mortaja o porque no hay quien lo lleve, esperar a que el cuerpo sin sepultar se pudra y huela mal. Sin embargo, hay ciertas cosas en esta materia que la costumbre del país, las ordenanzas y la misma humanidad y regla de la modestia dictarán si deben hacerse o no; y si en ellas se falta por inadvertencia u olvido, no hay pecado alguno; pero si se hace por desprecio, esa obstinación debe condenarse. Del mismo modo, importa poco que los días y las horas sean estos o aquellos, que el edificio tenga tal forma, o que se canten tales salmos este día y no otros. Pero conviene tener señalados ciertos días y horas, y que el lugar sea capaz de recibir a todos, si queremos preocuparnos por mantener la paz. Porque ¡qué ocasión de alborotos sería la confusión en estas cosas, si a cada uno le fuera lícito cambiar a su antojo lo que toca al orden común! Pues nunca sucederá que una misma cosa agrade a todos si las cosas se ponen, como dicen, en asamblea para que cada uno dé su parecer. Y si alguno todavía porfía y quiere mostrarse en esta materia más sabio de lo que conviene, vea con qué razón podrá justificar ante el Señor su rigidez. Pero a nosotros debe bastarnos lo que dice san Pablo: que ni nosotros ni las iglesias del Señor tenemos la costumbre de contender (1 Co 11:16).

Debemos, pues, ser muy diligentes para que no se introduzca poco a poco ningún error que corrompa u oscurezca este buen uso. Esto se logrará si todas las observancias traen consigo algún provecho manifiesto y si son muy pocas; y sobre todo si las acompaña la enseñanza de un pastor fiel que cierre la puerta a las opiniones erróneas. Este conocimiento hace que cada uno conserve su libertad en todas estas cosas y, a la vez, que cada uno imponga voluntariamente cierta necesidad a su libertad, en la medida en que lo pida aquel decoro del que hemos hablado o la caridad. Lo segundo es que no seamos supersticiosos al guardarlas ni las exijamos a los demás con excesivo rigor, para que no pensemos que el culto divino es mucho mejor por la multitud de ceremonias, y para que una iglesia no desprecie a otra por la diversidad de la disciplina exterior. Por último, que, sin establecer en esto ninguna ley perpetua, refiramos todo el uso y el fin de las observancias a la edificación de la Iglesia; y que, si ella lo requiere, no solo permitamos que se cambie algo, sino que consintamos sin ninguna ofensa en que se cambien todas las observancias que usábamos. Porque en nuestros tiempos tenemos la experiencia de que la condición de los tiempos exige abolir, según la oportunidad, ciertos ritos que en sí no eran malos ni indecorosos. Porque, habiendo sido tan grandes la ceguera y la ignorancia de los tiempos pasados, las iglesias se entregaron a las ceremonias con una opinión tan corrupta y un empeño tan obstinado, que difícilmente pueden limpiarse bien de sus prodigiosas supersticiones sin suprimir muchas ceremonias que quizá no sin razón se establecieron en tiempos pasados y que en sí mismas no pueden tacharse de ninguna impiedad.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.