Tratados sobre Juan · Agustín de Hipona

Juan 1: comentario de Agustín de Hipona (Tratados sobre Juan)

Tratado 1

1. Cuando presto atención a lo que acabamos de leer de la lección apostólica, que «el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios», y considero que en la presente asamblea, amadísimos, ha de haber por fuerza entre vosotros muchos hombres naturales, que no conocen sino según la carne y todavía no pueden elevarse al entendimiento espiritual, me encuentro en gran apuro sobre cómo podré expresar, según el Señor me conceda, o explicar en mi pequeña medida, lo que se ha leído del Evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios»; porque esto el hombre natural no lo percibe. ¿Qué haremos, pues, hermanos? ¿Callaremos por esta causa? Entonces, ¿por qué se lee, si hemos de callar acerca de ello? ¿O por qué se oye, si no se explica? ¿Y por qué se explica, si no se entiende? Así pues, por otra parte, como no dudo de que hay entre vosotros algunos que no solo pueden recibirlo una vez explicado, sino incluso entenderlo antes de que se explique, no defraudaré a los que pueden recibirlo, por temor de que mis palabras se pierdan en los oídos de los que no pueden. En fin, estará con nosotros la misericordia de Dios, de modo que quizá haya bastante para todos, y cada uno reciba lo que pueda, mientras el que habla dice lo que puede. Porque, para hablar del asunto tal como es, ¿quién puede? Me atrevo a decir, hermanos míos, que quizá ni el mismo Juan habló del asunto tal como es, sino también él solo como pudo; pues era un hombre quien hablaba de Dios, inspirado ciertamente por Dios, pero hombre al fin. Por estar inspirado dijo algo; si no hubiera estado inspirado, no habría dicho nada; pero como fue un hombre inspirado, no dijo el todo, sino lo que un hombre podía decir.

2. Pues este Juan, amadísimos hermanos, fue uno de aquellos montes de los que está escrito: «Los montes llevarán paz al pueblo, y los collados justicia». Los montes son las almas elevadas; los collados, las almas pequeñas. Pero los montes reciben la paz para que los collados puedan recibir la justicia. ¿Cuál es la justicia que reciben los collados? La fe, porque «el justo vivirá por la fe». Ahora bien, las almas más pequeñas no recibirían la fe si las mayores, que se llaman montes, no fueran iluminadas por la Sabiduría misma, para poder transmitir a las pequeñas lo que las pequeñas pueden recibir; y los collados viven por la fe, porque los montes reciben la paz. Por medio de esos mismos montes se dijo a la Iglesia: «Paz a vosotros»; y esos mismos montes, al anunciar la paz a la Iglesia, no se dividieron contra Aquel de quien recibieron la paz, para anunciar la paz de verdad, y no con fingimiento.

3. Porque hay otros montes que causan naufragios, y si alguien lanza contra ellos su nave, se hace pedazos. Pues es fácil, cuando los hombres en peligro ven tierra, intentar alcanzarla; pero a veces se ve tierra en un monte, y bajo el monte yacen ocultas las rocas; y cuando alguien se dirige al monte, cae sobre las rocas y encuentra allí, no reposo, sino naufragio. Así ha habido ciertos montes, que han parecido grandes entre los hombres, y han engendrado herejías y cismas, y han dividido la Iglesia de Dios; pero los que dividieron la Iglesia de Dios no eran aquellos montes de los que se dice: «Los montes llevarán paz al pueblo». Porque ¿de qué modo han recibido la paz los que han roto la unidad?

4. Pero los que recibieron la paz para anunciarla al pueblo han hecho de la Sabiduría misma un objeto de contemplación, hasta donde los corazones humanos podían captar lo que «ojo no vio, ni oído oyó, ni subió en corazón de hombre». Si no ha subido en el corazón del hombre, ¿cómo ha subido en el corazón de Juan? ¿No era Juan un hombre? ¿O quizá ni siquiera subió en el corazón de Juan, sino que el corazón de Juan subió hasta ella? Pues lo que sube en el corazón del hombre viene de abajo, hacia el hombre; pero aquello hasta lo cual sube el corazón del hombre está arriba, por encima del hombre. Así pues, hermanos, si subió en el corazón de Juan (si de algún modo puede decirse), subió en su corazón en cuanto él no era hombre. ¿Qué significa «no era hombre»? En cuanto había comenzado a ser ángel. Porque todos los santos son ángeles, pues son mensajeros de Dios. Por eso, a los hombres carnales y naturales, que no pueden percibir las cosas que son de Dios, ¿qué les dice el apóstol? «Pues habiendo entre vosotros celos y contiendas, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo, y el otro: Yo de Apolos, ¿no sois hombres?» ¿Qué quería hacer de aquellos a quienes reprendía por ser hombres? ¿Quieres saber qué quería hacer de ellos? Oye en los Salmos: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo». A esto, pues, nos llama Dios: a que no seamos hombres. Pero será mejor que no seamos hombres si antes reconocemos que somos hombres, es decir, para que desde la humildad subamos a esa altura; no sea que, creyendo que somos algo cuando no somos nada, no solo no recibamos lo que no somos, sino que incluso perdamos lo que somos.

5. Así pues, hermanos, de estos montes era también Juan, el que dijo: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Este monte había recibido la paz; contemplaba la divinidad del Verbo. ¿Cómo era este monte? ¿Cuán elevado? Se había elevado por encima de todas las cumbres de la tierra, por encima de todas las llanuras del cielo, por encima de todas las alturas de los astros, por encima de todos los coros y legiones de los ángeles. Porque si no se elevara por encima de todas las cosas que fueron creadas, no llegaría hasta Aquel por quien todas las cosas fueron hechas. No puedes imaginar sobre qué se elevó, a menos que veas a qué llegó. ¿Preguntas por el cielo y la tierra? Fueron hechos. ¿Preguntas por las cosas que hay en el cielo y en la tierra? Sin duda mucho más fueron hechas. ¿Preguntas por los seres espirituales, por los ángeles, arcángeles, tronos, dominios, potestades, principados? También estos fueron hechos. Pues cuando el Salmo enumeró todas estas cosas, concluyó así: «Él dijo, y fueron hechas; él mandó, y fueron creadas». Si «él dijo, y fueron hechas», por el Verbo fueron hechas; pero si por el Verbo fueron hechas, el corazón de Juan no podía llegar a lo que dice: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios», si no se hubiera elevado por encima de todas las cosas que fueron hechas por el Verbo. ¡Qué monte este! ¡Cuán santo! ¡Cuán alto entre aquellos montes que recibieron la paz para el pueblo de Dios, a fin de que los collados recibieran la justicia!

6. Considerad, pues, hermanos, si acaso Juan no es uno de esos montes de los que cantábamos hace poco: «Alzaré mis ojos a los montes, de donde vendrá mi socorro». Por tanto, hermanos míos, si queréis entender, alzad vuestros ojos a este monte, es decir, elevaos hasta el evangelista, subid a su pensamiento. Pero, como aunque estos montes reciben la paz no puede estar en paz quien pone su esperanza en el hombre, no alcéis los ojos al monte de modo que penséis que vuestra esperanza debe ponerse en un hombre; y decid: «Alzaré mis ojos a los montes, de donde vendrá mi socorro», de manera que añadáis enseguida: «Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra». Alcemos, pues, nuestros ojos a los montes, de donde vendrá nuestro socorro; y sin embargo, no es en los montes mismos donde debe ponerse nuestra esperanza, pues los montes reciben lo que nos han de administrar; por tanto, allí de donde los montes también reciben, allí debe ponerse nuestra esperanza. Cuando alzamos los ojos a las Escrituras, puesto que por medio de hombres fueron administradas las Escrituras, alzamos los ojos a los montes, de donde vendrá nuestro socorro; pero aun así, como fueron hombres los que escribieron las Escrituras, ellos no brillaban por sí mismos, sino que «aquel era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo». Un monte era también aquel Juan el Bautista, que dijo: «Yo no soy el Cristo», para que nadie, poniendo su esperanza en el monte, cayera lejos de Aquel que ilumina el monte. También él confesó, diciendo: «Porque de su plenitud tomamos todos». Así debes decir tú: «Alzaré mis ojos a los montes, de donde vendrá mi socorro», para no atribuir a los montes el socorro que te llega; pero continúa y di: «Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra».

7. Que sea, pues, hermanos, el fruto de mi exhortación que entendáis que, al elevar vuestros corazones a las Escrituras (cuando resonaba el evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios», y lo demás que se leyó), alzabais los ojos a los montes. Porque si los montes no hubieran dicho estas cosas, no habríais descubierto cómo pensar en ellas siquiera. Así que de los montes vino vuestro socorro, pues llegasteis a oír estas cosas; pero todavía no podéis entender lo que habéis oído. Pedid socorro al Señor, que hizo los cielos y la tierra; porque a los montes solo se les concedió hablar de modo que no iluminaran por sí mismos, porque también ellos son iluminados al oír. De allí recibió Juan estas cosas que dijo: el que se recostó sobre el pecho del Señor, y del pecho del Señor bebió lo que nos daría a beber. Pero a nosotros nos dio a beber palabras. Tú debes, entonces, recibir el entendimiento de la fuente de la que bebió el que te dio a beber; de modo que alces tus ojos a los montes de donde vendrá tu socorro, y de allí recibas, por así decirlo, la copa, es decir, la palabra que se te da a beber; y sin embargo, puesto que tu socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra, llenes tu pecho de la fuente de la que él llenó el suyo; por eso dijiste: «Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra»: que llene, pues, quien pueda. Hermanos, esto es lo que he dicho: que cada uno alce su corazón del modo que le parezca conveniente, y reciba lo que se dice. Pero quizá me diréis que yo estoy más presente a vosotros que Dios. ¡Lejos de vosotros tal pensamiento! Él está mucho más presente a vosotros; pues yo me presento a vuestros ojos, él preside vuestras conciencias. Dadme, pues, vuestros oídos, y a él vuestros corazones, para que llenéis ambos. Mirad, a nosotros alzáis vuestros ojos, y esos sentidos de vuestro cuerpo; y sin embargo no a nosotros, pues no somos de esos montes, sino al evangelio mismo, al evangelista mismo; vuestros corazones, en cambio, al Señor para ser llenados. Además, que cada uno alce de tal modo que vea qué alza, y adónde. ¿Qué quiero decir con «qué alza, y adónde»? Que vea qué clase de corazón alza, porque lo alza al Señor, no sea que, cargado con el peso del placer carnal, caiga antes de haberse elevado. Pero ¿ve cada uno que lleva una carga de carne? Que se esfuerce por purificar con la continencia aquello que ha de alzar a Dios. Porque «bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios».

8. Pero veamos qué provecho tiene que hayan resonado estas palabras: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». También nosotros pronunciamos palabras cuando hablamos. ¿Era una palabra así la que estaba con Dios? ¿No sonaron y pasaron aquellas palabras que pronunciamos? ¿Acaso el Verbo de Dios sonó y llegó a su fin? Si fue así, ¿cómo fueron hechas todas las cosas por él, y sin él nada fue hecho? ¿Cómo es gobernado por él lo que creó, si sonó y pasó? ¿Qué clase de palabra es, entonces, la que es pronunciada y no pasa? Prestad oído, amados míos; es un asunto grande. Con la conversación diaria, aquí las palabras se nos hacen despreciables, porque al sonar y pasar son tenidas en poco y parecen nada más que palabras. Pero hay una palabra en el hombre mismo que permanece dentro; pues el sonido procede de la boca. Hay una palabra que se dice de manera verdaderamente espiritual: la que entiendes a partir del sonido, no el sonido mismo. Fijaos: pronuncio una palabra cuando digo «Dios». ¡Cuán breve la palabra que he dicho: cuatro letras y dos sílabas! ¿Es esto todo lo que Dios es, cuatro letras y dos sílabas? ¿O es tan valioso lo que se significa como mezquina es la palabra? ¿Qué sucedió en tu corazón cuando oíste «Dios»? ¿Qué sucedió en mi corazón cuando dije «Dios»? Una sustancia grande y perfecta estuvo en nuestros pensamientos, que trasciende toda criatura cambiante, de carne o de alma. Y si te digo: «¿Es Dios mudable o inmutable?», responderás enseguida: «Lejos de mí creer o imaginar que Dios sea mudable: Dios es inmutable». Tu alma, aunque pequeña, aunque quizá todavía carnal, no podía responderme otra cosa sino que Dios es inmutable; pero toda criatura es mudable; entonces, ¿cómo pudiste entrar, con una mirada de tu espíritu, en lo que está por encima de la criatura, de modo que respondieras con seguridad: «Dios es inmutable»? ¿Qué es, pues, eso que hay en tu corazón cuando piensas en cierta sustancia viva, eterna, todopoderosa, infinita, presente en todas partes, entera en todas partes, encerrada en ninguna? Cuando piensas en estas cualidades, esta es la palabra acerca de Dios en tu corazón. Pero ¿es esto aquel sonido que consta de cuatro letras y dos sílabas? Por tanto, todo lo que se pronuncia y pasa son sonidos, son letras, son sílabas. La palabra que suena pasa; pero lo que el sonido significaba, y estaba en el que hablaba cuando lo pensaba, y en el que oía cuando lo entendía, eso permanece mientras los sonidos pasan.

9. Atiende a esa palabra. Puedes tener una palabra en tu corazón, como un proyecto nacido en tu mente, de modo que tu mente da a luz el proyecto; y el proyecto es, por así decirlo, el hijo de tu mente, el vástago de tu corazón. Pues primero tu corazón da a luz un proyecto para construir alguna obra, para levantar algo grande sobre la tierra; ya el proyecto está concebido, y la obra aún no está acabada: tú ves lo que harás; pero otro no se maravilla hasta que tú hayas hecho y levantado el edificio, y hayas dado forma y cumplimiento a esa obra; entonces los hombres contemplan la admirable construcción y admiran el proyecto del arquitecto; se asombran de lo que ven y se complacen en lo que no ven: ¿quién hay que pueda ver un proyecto? Si, pues, a causa de algún gran edificio se alaba un proyecto humano, ¿quieres ver qué proyecto de Dios es el Señor Jesucristo, es decir, el Verbo de Dios? Fíjate en esta obra del mundo. Mira lo que fue hecho por el Verbo, y entonces entenderás cuál es la naturaleza del mundo. Fíjate en estos dos cuerpos del mundo, los cielos y la tierra. ¿Quién desplegará con palabras la belleza de los cielos? ¿Quién desplegará con palabras la fecundidad de la tierra? ¿Quién enaltecerá dignamente los cambios de las estaciones? ¿Quién enaltecerá dignamente el poder de las semillas? Veis qué cosas no menciono, no sea que, al dar una larga lista, diga quizá menos de lo que podéis evocar en vuestras propias mentes. Por esta obra, pues, juzga la naturaleza del Verbo por el cual fue hecha; y no solo por ella, pues todas estas cosas se ven porque tienen que ver con el sentido corporal. Por ese Verbo fueron hechos también los ángeles; por ese Verbo fueron hechos los arcángeles, las potestades, los tronos, los dominios, los principados; por ese Verbo fueron hechas todas las cosas. Juzga, pues, qué Verbo es este.

10. Quizá alguien me responda ahora: «¿Quién concibe así este Verbo?». No imagines, pues, alguna cosa mezquina cuando oyes «el Verbo», ni supongas que son palabras como las que oyes cada día: «dijo tales palabras», «pronunció tales palabras», «tales palabras me dices»; porque por la repetición constante el término palabra se ha vuelto, por así decirlo, despreciable. Y cuando oyes: «En el principio era el Verbo», para que no imagines algo despreciable, como el que acostumbrabas a pensar cuando solías escuchar palabras humanas, atiende a lo que debes pensar: «El Verbo era Dios».

11. Ahora bien, puede presentarse algún arriano incrédulo y decir que «el Verbo de Dios fue hecho». ¿Cómo puede ser que el Verbo de Dios fuera hecho, si Dios por el Verbo hizo todas las cosas? Si el Verbo de Dios también fue hecho él mismo, ¿por qué otro Verbo fue hecho él? Pero si dices que hay un Verbo del Verbo, yo digo que aquel por quien él fue hecho es el Hijo único de Dios. Y si no dices que hay un Verbo del Verbo, concede que no fue hecho aquel por quien todas las cosas fueron hechas. Porque aquel por quien todas las cosas fueron hechas no podía ser hecho por sí mismo. Cree, pues, al evangelista. Porque él habría podido decir: «En el principio Dios hizo el Verbo», como Moisés dijo: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra»; y enumera todas las cosas así: «Dijo Dios: Sea hecho, y fue hecho». Si «dijo», ¿quién dijo? Dios. ¿Y qué fue hecho? Alguna criatura. Entre el decir de Dios y el hacerse la criatura, ¿qué había por lo cual fue hecha sino el Verbo? Porque Dios dijo: «Sea hecho, y fue hecho». Este Verbo es inmutable; aunque por él se hacen cosas mudables, el Verbo mismo es inmutable.

12. No creas, pues, que fue hecho aquel por quien fueron hechas todas las cosas, no sea que no seas hecho nuevo por el Verbo, que hace nuevas todas las cosas. Porque ya has sido hecho por el Verbo, pero te conviene ser hecho nuevo por el Verbo. Si, sin embargo, tu creencia acerca del Verbo es errónea, no podrás ser hecho nuevo por el Verbo. Y aunque te haya sucedido la creación por el Verbo, de modo que has sido hecho por él, tú te has deshecho a ti mismo: si por ti mismo te has deshecho, que te haga nuevo el que te hizo; si por ti mismo te has hecho peor, que te recree el que te creó. Pero ¿cómo podrá recrearte por el Verbo, si sostienes una opinión errónea acerca del Verbo? El evangelista dice: «En el principio era el Verbo»; y tú dices: «En el principio el Verbo fue hecho». Él dice: «Todas las cosas por él fueron hechas»; y tú dices que el Verbo mismo fue hecho. El evangelista habría podido decir: «En el principio fue hecho el Verbo»; pero ¿qué dice? «En el principio era el Verbo». Si era, no fue hecho; para que todas las cosas fueran hechas por él, y sin él nada fuera hecho. Si, pues, «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios», y si no puedes imaginar qué es, espera a que crezcas. Eso es alimento sólido: recibe tú la leche para que seas nutrido y puedas recibir el alimento sólido.

13. Prestad buena atención a lo que sigue, hermanos: «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada fue hecho», para no imaginar que la «nada» es algo. Porque muchos, entendiendo mal «sin él nada fue hecho», suelen figurarse que la «nada» es algo. El pecado, ciertamente, no fue hecho por él; y es claro que el pecado es nada, y los hombres se vuelven nada cuando pecan. Tampoco un ídolo fue hecho por el Verbo —tiene ciertamente una especie de figura humana, pero el hombre mismo fue hecho por el Verbo—; pues la figura de hombre en un ídolo no fue hecha por el Verbo, y está escrito: «Sabemos que un ídolo nada es». Por tanto, estas cosas no fueron hechas por el Verbo; pero todo lo que fue hecho de manera natural, todo lo que pertenece a la criatura, todo lo que está fijo en el cielo, lo que resplandece desde lo alto, lo que vuela bajo los cielos y lo que se mueve en la naturaleza entera, toda criatura sea cual fuere: hablaré con más claridad, hermanos, para que me entendáis; diré: desde un ángel hasta un gusano. ¿Qué hay más excelente que un ángel entre las cosas creadas? ¿Qué hay más bajo que un gusano? El que hizo al ángel hizo también al gusano; pero el ángel es apto para el cielo, el gusano para la tierra. El que creó también ordenó. Si hubiera puesto al gusano en el cielo, podrías haberle reprochado; si hubiera querido que los ángeles brotaran de carne en descomposición, podrías haberle reprochado; y sin embargo Dios casi hace esto, y no hay que reprocharle. Porque todos los hombres nacidos de la carne, ¿qué son sino gusanos? Y de estos gusanos Dios hace ángeles. Pues si el Señor mismo dice: «Mas yo soy gusano, y no hombre», ¿quién dudará en decir lo que está escrito también en Job: «¡Cuánto menos el hombre, que es corrupción, y el hijo de hombre, gusano!»? Primero dijo: «El hombre es corrupción»; y después: «El hijo de hombre, gusano»: porque el gusano nace de la corrupción, por eso «el hombre es corrupción» y «el hijo de hombre, gusano». ¡Mirad en qué quiso convertirse por ti aquel que «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios»! ¿Por qué se hizo esto por ti? Para que mamaras tú, que no podías masticar. En este sentido pleno, pues, hermanos, entended «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada fue hecho». Porque toda criatura, grande y pequeña, fue hecha por él: por él fueron hechas las cosas de arriba y las de abajo; espirituales y corporales, por él fueron hechas. Porque ninguna forma, ninguna estructura, ninguna armonía de partes, ninguna sustancia que pueda tener peso, número, medida, existe sino por ese Verbo, y por ese Verbo Creador, a quien se dice: «Todo lo dispusiste con medida, número y peso».

14. Por tanto, que nadie os engañe cuando quizá sufráis la molestia de las moscas. Porque algunos han sido burlados por el diablo y atrapados con moscas. Así como los cazadores de aves acostumbran poner moscas en sus trampas para engañar a los pájaros hambrientos, así estos han sido engañados con moscas por el diablo. Uno u otro sufría la molestia de las moscas; un maniqueo lo halló en su aflicción, y cuando dijo que no podía soportar las moscas y que las aborrecía en extremo, enseguida el maniqueo dijo: «¿Quién las hizo?». Y como sufría la molestia y las aborrecía, no se atrevió a decir: «Dios las hizo», aunque era católico. El otro añadió enseguida: «Si Dios no las hizo, ¿quién las hizo?». «Ciertamente —respondió el católico—, creo que las hizo el diablo». Y el otro dijo enseguida: «Si el diablo hizo la mosca, como veo que lo admites, porque entiendes bien el asunto, ¿quién hizo la abeja, que es un poco más grande que la mosca?». El católico no se atrevió a decir que Dios hizo la abeja y no la mosca, pues el caso era casi el mismo. De la abeja lo llevó a la langosta; de la langosta a la lagartija; de la lagartija al ave; del ave a la oveja; de la oveja a la vaca; de esta al elefante, y por último al hombre; y persuadió a un hombre de que el hombre no fue hecho por Dios. Así el desdichado, molestado por las moscas, se hizo él mismo una mosca, y propiedad del diablo. En efecto, Beelzebú, dicen, significa «príncipe de las moscas»; y de estas está escrito: «Las moscas muertas hacen heder y entorpecen el perfume del perfumista».

15. ¿Qué, pues, hermanos? ¿Por qué he dicho estas cosas? Cerrad los oídos de vuestro corazón a las asechanzas del enemigo. Entended que Dios hizo todas las cosas y las dispuso en sus órdenes. ¿Por qué, entonces, sufrimos muchos males de parte de una criatura que Dios hizo? ¿Porque hemos ofendido a Dios? ¿Sufren estas cosas los ángeles? Quizá también nosotros, en aquella vida suya, no tendríamos nada así que temer. Para tu castigo, acusa tu pecado, no al Juez. Pues a causa de nuestra soberbia Dios designó a esa criatura diminuta y despreciable para atormentarnos; a fin de que, puesto que el hombre se ha hecho soberbio y se ha jactado contra Dios, y, siendo mortal, ha oprimido a mortales, y, siendo hombre, no ha reconocido a su prójimo —puesto que se ha ensalzado—, sea humillado por los mosquitos. ¿Por qué te hinchas con soberbia humana? Alguien te ha censurado, y te hinchas de ira. Espanta a los mosquitos para poder dormir: entiende quién eres. Porque, para que lo sepáis, hermanos, fue para domar nuestra soberbia por lo que estas cosas fueron creadas para ser molestas para nosotros. Dios podía haber humillado al soberbio pueblo del faraón con osos, con leones, con serpientes; les envió moscas y ranas, para que su soberbia fuera sometida por las criaturas más viles.

16. «Todas las cosas», pues, hermanos, «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada fue hecho». Pero ¿cómo fueron hechas todas las cosas por él? «Lo que fue hecho, en él era vida». Puede leerse también así: «Lo que fue hecho en él, era vida»; y si así lo leemos, todo es vida. Porque ¿qué hay que no fuera hecho en él? Pues él es la Sabiduría de Dios, y se dice en el Salmo: «Todo lo hiciste con sabiduría». Si, pues, Cristo es la Sabiduría de Dios, y el Salmo dice: «Todo lo hiciste con sabiduría», así como todas las cosas fueron hechas por él, así todas las cosas fueron hechas en él. Si, pues, todas las cosas fueron hechas en él, amadísimos hermanos, y lo que fue hecho en él es vida, la tierra es vida y la madera es vida. Decimos, ciertamente, que la madera es vida, pero en el sentido de la madera de la cruz, de donde hemos recibido la vida. Una piedra, entonces, es vida. No conviene entender así el pasaje, como si la misma vilísima secta de los maniqueos volviera a deslizarse furtivamente hacia nosotros y dijera que una piedra tiene vida, que una pared tiene alma, y que una cuerda tiene alma, y la lana, y la ropa. Porque así suelen hablar en su desvarío; y cuando han sido rechazados y refutados, aducen en cierto modo la Escritura, diciendo: «¿Por qué se dice: Lo que fue hecho en él, es vida?». Porque si todas las cosas fueron hechas en él, todas las cosas son vida. No os dejéis arrastrar por ellos; leed así: «Lo que fue hecho»; aquí haced una breve pausa, y seguid después: «en él era vida». ¿Qué significa esto? La tierra fue hecha, pero la tierra misma que fue hecha no es vida; sino que existe espiritualmente en la Sabiduría misma cierta razón por la cual fue hecha la tierra: esta es vida.

17. Os explicaré lo que quiero decir, amados, hasta donde pueda. Un carpintero hace una caja. Primero tiene la caja en proyecto; porque si no la tuviera en proyecto, ¿cómo podría producirla con su trabajo? Pero la caja en idea no es la caja misma tal como aparece a los ojos. Existe invisiblemente en el proyecto, será visible en la obra. Mirad, se hace en la obra; ¿ha dejado de existir en el proyecto? La una se hace en la obra, y permanece la otra que existe en el proyecto; pues aquella caja puede pudrirse, y otra ser fabricada conforme a la que existe en el proyecto. Atended, pues, a la caja tal como está en el proyecto y a la caja tal como está en la realidad. La caja real no es vida, la caja en el proyecto es vida; porque el alma del artífice, donde están todas estas cosas antes de ser producidas, vive. Así, amadísimos hermanos, como la Sabiduría de Dios, por la cual todas las cosas han sido hechas, contiene todo según el proyecto antes de que sea hecho, por eso las cosas que se hacen por medio de este proyecto no son enseguida vida, sino que todo lo que ha sido hecho es vida en él. Veis la tierra, hay una tierra en el proyecto; veis el cielo, hay un cielo en el proyecto; veis el sol y la luna, estos también existen en el proyecto: pero por fuera son cuerpos, en el proyecto son vida. Entended, si de algún modo podéis, porque se ha dicho algo grande. Si no soy grande yo por quien se dice, o por medio de quien se dice, con todo viene de una gran autoridad. Porque estas cosas no las digo yo, que soy pequeño; no es pequeño aquel a quien me refiero al decir estas cosas. Que cada uno tome lo que pueda, y en la medida en que pueda; y el que no pueda tomar nada de ello, que alimente su corazón para que llegue a poder. ¿Cómo lo alimentará? Que lo alimente con leche, para llegar al alimento sólido. Que no deje a Cristo nacido según la carne hasta que llegue a Cristo nacido solo del Padre, el Dios-Verbo con Dios, por quien todas las cosas fueron hechas; porque eso es la vida, que en él es la luz de los hombres.

18. Pues esto sigue: «y la vida era la luz de los hombres»; y de esta misma vida son iluminados los hombres. Las bestias no son iluminadas, porque las bestias no tienen mente racional capaz de ver la sabiduría. Pero el hombre fue hecho a imagen de Dios, y tiene mente racional, con la cual puede percibir la sabiduría. Aquella vida, entonces, por la cual todas las cosas fueron hechas, es ella misma la luz; pero no la luz de todo animal, sino de los hombres. Por eso, poco después dice: «Aquella era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo». Por esa luz fue iluminado Juan el Bautista; por la misma luz fue iluminado también Juan el Evangelista mismo. Estaba lleno de esa luz el que dijo: «Yo no soy el Cristo; pero viene después de mí aquel de quien yo no soy digno de desatar la correa del calzado». Por esa luz había sido iluminado el que dijo: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Por tanto, esa vida es la luz de los hombres.

19. Pero quizá los corazones lentos de algunos de vosotros todavía no pueden recibir esa luz, porque están cargados por sus pecados, de modo que no pueden ver. Que no piensen por eso que la luz está de algún modo ausente, porque ellos no pueden verla; pues ellos mismos son tinieblas a causa de sus pecados. «Y la luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella». Así, hermanos, como en el caso de un ciego puesto al sol, el sol está presente para él, pero él está ausente del sol. Así todo necio, todo injusto, todo impío, es ciego de corazón. La Sabiduría está presente; pero está presente para un ciego, y ausente de sus ojos; no porque ella esté ausente de él, sino porque él está ausente de ella. ¿Qué ha de hacer, pues? Que se haga puro, para poder ver a Dios. Como si un hombre no pudiera ver porque sus ojos estuvieran sucios y enfermos por el polvo, las legañas o el humo, el médico le diría: «Limpia de tu ojo todo lo malo que hay en él, para que puedas ver la luz de tus ojos». El polvo, las legañas y el humo son los pecados y las iniquidades: quita, pues, todas estas cosas, y verás la sabiduría que está presente; porque Dios es esa sabiduría, y se ha dicho: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios».

Tratado 2

1. Conviene, hermanos, que en cuanto sea posible tratemos el texto de la Sagrada Escritura, y sobre todo el del santo Evangelio, sin omitir ninguna parte, para que nosotros mismos nos alimentemos según nuestra capacidad y os sirvamos de aquello mismo de lo que hemos sido alimentados. El domingo pasado, lo recordamos, tratamos de la primera sección; es decir: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no la comprendieron». Hasta aquí, creo, había llegado yo en el tratamiento del pasaje: recuerden todos los que estuvieron presentes lo que entonces se dijo; y los que no estuvisteis, creedme a mí y a los que quisieron estar presentes. Ahora bien, como no podemos estar repitiéndolo todo siempre, por justicia con quienes desean oír lo que sigue, y porque la repetición del pensamiento anterior les es una carga y los priva de lo que viene después, los que faltaron en aquella ocasión no exijan que se repita, sino escuchen la exposición presente junto con los que estuvieron aquí.

2. Sigue: «Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan». En verdad, hermanos amadísimos, lo que se dijo antes se dijo acerca de la divinidad inefable de Cristo, y casi de modo inefable. Porque ¿quién comprenderá «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios»? Y no dejéis que el nombre de palabra os parezca humilde por la costumbre de las palabras de cada día, pues se añade: «y el Verbo era Dios». Este Verbo es aquel de quien hablamos mucho ayer; y confío en que Dios estuvo presente y en que, aun con solo lo dicho, algo llegó a vuestros corazones. «En el principio era el Verbo.» Él es el mismo, y es de un mismo modo; como es, así es siempre; no puede cambiar; es decir, él es. Este su nombre se lo dijo a su siervo Moisés: «Yo soy el que soy; y el que es me ha enviado». ¿Quién, pues, comprenderá esto, cuando veis que todas las cosas mortales son variables; cuando veis que no solo los cuerpos varían en sus cualidades, naciendo, creciendo, menguando, muriendo, sino que hasta las mismas almas, por efecto de diversas voluntades, se dispersan y se dividen; cuando veis que los hombres pueden alcanzar la sabiduría si se aplican a su luz y a su calor, y también perderla si se alejan de ella por alguna mala influencia? Cuando veis, pues, que todas esas cosas son variables, ¿qué es lo que es, sino aquello que trasciende todas las cosas que son de tal modo que no son? ¿Quién, pues, puede recibir esto? ¿O quién, de cualquier modo que haya aplicado la fuerza de su mente para tocar lo que es, puede llegar a aquello que de alguna manera haya tocado con su mente? Es como si alguien viera su patria a lo lejos, con el mar de por medio; ve adónde quiere ir, pero no tiene el medio para ir. Así deseamos llegar a esa nuestra estabilidad, donde lo que es, es, porque solo esto es siempre como es: el mar de este mundo interrumpe nuestro camino, aunque ya veamos adónde vamos; pues muchos ni siquiera ven adónde van. Para que hubiera un camino por el cual pudiéramos ir, vino de parte de aquel a quien queríamos ir. ¿Y qué ha hecho? Ha dispuesto un madero con el que podamos cruzar el mar. Porque nadie puede cruzar el mar de este mundo si no lo lleva la cruz de Cristo. Incluso el de vista débil abraza a veces esta cruz; y el que no ve desde lejos adónde va, que no se aparte de ella, y ella lo llevará al otro lado.

3. Por tanto, hermanos míos, quisiera haber dejado grabado esto en vuestros corazones: si queréis vivir de manera piadosa y cristiana, adheríos a Cristo según lo que se hizo por nosotros, para que lleguéis a él según lo que es y según lo que era. Se acercó para hacerse esto por nosotros; porque se hizo por nosotros aquello en lo que pueden ser llevados los débiles y cruzar el mar de este mundo y llegar a su patria, donde no habrá necesidad de nave, pues no se cruza ningún mar. Mejor es, pues, no ver con la mente lo que es, y sin embargo no apartarse de la cruz de Cristo, que verlo con la mente y despreciar la cruz de Cristo. Es bueno más allá de esto, y lo mejor de todo, si es posible, que veamos adónde debemos ir y nos aferremos a lo que nos lleva mientras vamos. Esto pudieron hacer los grandes espíritus de los montes, que han sido llamados montes, a quienes la luz de la justicia divina ilumina de manera eminente; pudieron hacerlo, y vieron lo que es. Porque Juan, viéndolo, dijo: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». Ellos vieron esto, y para llegar a lo que veían de lejos, no se apartaron de la cruz de Cristo y no despreciaron la humildad de Cristo. Pero los pequeños, que no pueden entender esto, que no se apartan de la cruz, la pasión y la resurrección de Cristo, son conducidos en esa misma nave hacia lo que no ven, y en ella llegan también los que sí ven.

4. Pero, en verdad, ha habido algunos filósofos de este mundo que buscaron al Creador por medio de la criatura; pues puede ser hallado por medio de la criatura, como dice claramente el apóstol: «Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa». Y sigue: «Pues habiendo conocido a Dios»; no dijo: Porque no conocieron, sino «Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido». ¿Cómo entenebrecido? Sigue, cuando lo dice más claramente: «Profesando ser sabios, se hicieron necios». Vieron adónde debían llegar; pero ingratos para con quien les daba lo que veían, quisieron atribuirse a sí mismos lo que veían; y hechos soberbios, perdieron lo que veían, y se volvieron de ello a los ídolos y las imágenes, y al culto de los demonios, para adorar a la criatura y despreciar al Creador. Pero estos, cegados, hicieron tales cosas, y se hicieron soberbios para ser cegados: cuando eran soberbios decían que eran sabios. Aquellos, pues, de quienes dijo: «Habiendo conocido a Dios», vieron esto que dice Juan: que por el Verbo de Dios fueron hechas todas las cosas. Porque también esto se encuentra en los libros de los filósofos: y que Dios tiene un Hijo unigénito, por quien son todas las cosas. Pudieron ver lo que es, pero lo vieron de lejos: no quisieron abrazar la humildad de Cristo, nave en la que habrían llegado a salvo a lo que pudieron ver de lejos, y la cruz de Cristo les pareció vil. Hay que cruzar el mar, ¿y tú desprecias el madero? ¡Oh sabiduría soberbia! Te burlas de Cristo crucificado; es a él a quien ves de lejos: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios». Pero ¿por qué fue crucificado? Porque el madero de su humillación te era necesario. Pues te habías hinchado de soberbia y habías sido arrojado lejos de aquella patria; y por las olas de este mundo el camino ha sido cortado, y no hay modo de pasar a la patria si no te lleva el madero. ¡Ingrato! Te burlas del que ha venido a ti para que tú regreses: él se ha hecho el camino, y a través del mar: por eso caminó sobre el mar, para mostrar que hay un camino en el mar. Pero tú, que de ninguna manera puedes caminar por ti mismo en el mar, déjate llevar en una nave, déjate llevar por el madero: cree en el crucificado, y llegarás allá. Por ti fue crucificado, para enseñarte la humildad; y porque, si hubiera venido como Dios, no habría sido reconocido. Pues si hubiera venido como Dios, no habría venido a los que no podían ver a Dios. Porque no es según su divinidad como viene o se va, ya que está presente en todas partes y no está contenido en ningún lugar. Pero ¿según qué vino? Apareció como hombre.

5. Por tanto, como era hombre de tal manera que el Dios estaba oculto en él, fue enviado delante de él un gran hombre, por cuyo testimonio se hallara que era más que hombre. ¿Y quién es este? «Hubo un hombre.» ¿Y cómo podía ese hombre decir la verdad acerca de Dios? «Enviado de Dios.» ¿Cómo se llamaba? «El cual se llamaba Juan.» ¿Para qué vino? «Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.» ¿Qué clase de hombre era el que había de dar testimonio de la luz? Algo grande era aquel Juan, de inmenso mérito, de gran gracia, de gran altura. Admíralo, sí, admíralo; pero como a un monte. Pero un monte está en tinieblas si no está revestido de luz. Por tanto, admira a Juan solo para que oigas lo que sigue: «No era él la luz»; no sea que, creyendo que el monte es la luz, naufragues en el monte y no halles consuelo. Pero ¿qué debes admirar? El monte como monte. Mas elévate a aquel que ilumina el monte, el cual fue elevado para esto: para recibir el primero los rayos y darlos a conocer a vuestros ojos. Por tanto, «no era él la luz».

6. ¿Para qué vino, entonces? «Sino para que diese testimonio de la luz.» ¿Por qué? «A fin de que todos creyesen por él.» ¿Y de qué luz había de dar testimonio? «Aquella era la luz verdadera.» ¿Por qué se añade verdadera? Porque también al hombre iluminado se le llama luz; pero la luz verdadera es la que ilumina. Pues también nuestros ojos se llaman luces; y sin embargo, si de noche no se enciende una lámpara, o de día no sale el sol, esas luces están abiertas en vano. Así, pues, Juan era una luz, pero no la luz verdadera; porque, de no ser iluminado, habría sido tinieblas; pero por la iluminación llegó a ser luz. Porque si no hubiera sido iluminado habría sido tinieblas, como todos aquellos que antes fueron impíos, a quienes, ya creyentes, el apóstol dijo: «Porque en otro tiempo erais tinieblas». Pero ahora, porque habían creído, ¿qué? «Mas ahora sois luz», dice, «en el Señor». Si no hubiera añadido «en el Señor», no lo habríamos entendido. «Luz», dice, «en el Señor»: tinieblas no erais en el Señor. «Porque en otro tiempo erais tinieblas», donde no añadió en el Señor. Por tanto, tinieblas en vosotros, luz en el Señor. Y así «no era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz».

7. Pero ¿dónde está aquella luz? «Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.» Si a todo hombre que viene, entonces también a Juan. La luz verdadera, pues, iluminó a aquel por quien quiso ser señalada. Entended, amadísimos, que vino a mentes enfermas, a corazones heridos, a la mirada de almas de vista turbia. Para esto había venido. ¿Y de dónde podía el alma ver lo que perfectamente es? Como suele suceder que por medio de algún cuerpo iluminado se sabe que ha salido el sol, que no podemos ver con los ojos. Porque incluso quienes tienen los ojos heridos pueden ver una pared iluminada y alumbrada por el sol, o un monte, o un árbol, o cualquier cosa semejante; y por medio de otro cuerpo iluminado se les muestra ese amanecer a quienes aún no pueden mirarlo. Así, pues, todos aquellos a quienes Cristo vino no eran aptos para verlo: sobre Juan derramó los rayos de su luz; y por medio de él, que confesaba haber sido irradiado e iluminado, sin pretender ser quien irradia e ilumina, es conocido el que ilumina, es conocido el que alumbra, es conocido el que llena. ¿Y quién es? «El que alumbra», dice, «a todo hombre que viene a este mundo». Porque si el hombre no se hubiera apartado de aquella luz, no habría necesitado ser iluminado; pero por eso tiene que ser iluminado aquí: porque se apartó de aquella luz por la cual el hombre habría podido ser siempre iluminado.

8. ¿Y entonces? Si vino acá, ¿dónde estaba? «En el mundo estaba.» Estaba aquí y vino acá; estaba aquí según su divinidad, y vino acá según la carne; porque, estando aquí según su divinidad, no podía ser visto por los necios, por los ciegos y los malvados. Estos malvados son las tinieblas de las que se dijo: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no la comprendieron». Mira, él está aquí ahora, y aquí estaba, y aquí está siempre; y nunca se va, no se va a ninguna parte. Es necesario que tengas algún medio para ver lo que nunca se aparta de ti; es necesario que no te apartes de aquel que no se aparta a ninguna parte; es necesario que no lo abandones, y no serás abandonado. No caigas, y su sol no se pondrá para ti. Si caes, su sol se pone sobre ti; pero si te mantienes en pie, él está presente contigo. Pero tú no te mantuviste en pie: recuerda cómo caíste, cómo te derribó el que cayó antes que tú. Pues te derribó no por violencia, no por asalto, sino por tu propia voluntad. Porque si no hubieras consentido al mal, te habrías mantenido en pie, habrías permanecido iluminado. Pero ahora, porque ya has caído y has quedado herido en el corazón, el órgano con que esa luz puede ser vista, vino a ti de tal modo que pudieras verlo; y se manifestó como hombre de tal manera que buscó testimonio de un hombre. De un hombre busca testimonio Dios, y Dios tiene a un hombre por testigo; Dios tiene a un hombre por testigo, pero por causa del hombre: tan enfermos estamos. Por una lámpara buscamos el día; porque al mismo Juan se le llamó lámpara, diciendo el Señor: «Él era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz. Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan».

9. Mostró, pues, que por amor de los hombres quería darse a conocer por una lámpara a la fe de los que creían, para que por esa misma lámpara fueran confundidos sus enemigos. Hubo enemigos que lo tentaron y dijeron: «Dinos: ¿con qué autoridad haces estas cosas?». «Yo también», dice él, «os haré una pregunta; respondedme. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres? Ellos entonces discutían entre sí, diciendo: Si decimos: Del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis?» (Porque él había dado testimonio de Cristo y había dicho: Yo no soy el Cristo, sino él. «Y si decimos: De los hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta.» Temerosos de ser apedreados, pero temiendo más confesar la verdad, respondieron una mentira a la Verdad; y «la iniquidad se mintió a sí misma». Pues dijeron: «No sabemos». Y el Señor, porque ellos se cerraban la puerta a sí mismos, al declarar que ignoraban lo que sabían, no les abrió, porque no llamaron. Pues está dicho: «Llamad, y se os abrirá». Estos no solo no llamaron para que se les abriera, sino que, negando que sabían, atrancaron aquella puerta contra sí mismos. Y el Señor les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas». Y fueron confundidos por medio de Juan; y en ellos se cumplieron las palabras: «He preparado lámpara a mi ungido. A sus enemigos vestiré de confusión».

10. «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho.» No penséis que estaba en el mundo como la tierra está en el mundo, como el cielo está en el mundo, como el sol está en el mundo, y la luna y las estrellas, los árboles, el ganado y los hombres. No estaba así en el mundo. Pero entonces, ¿de qué manera? Como el Artífice que gobierna lo que había hecho. Porque no lo hizo como un carpintero hace un arca. El arca que hace queda fuera del carpintero, y así se coloca en otro lugar mientras se hace; y aunque el obrero esté cerca, se sienta en otro lugar y es externo a lo que modela. Pero Dios, infundido en el mundo, lo modela; estando presente en todas partes, modela, y no se retira a otro lugar, ni maneja, por así decir, desde fuera la materia que modela. Por la presencia de su majestad hace lo que hace; su presencia gobierna lo que hizo. Estaba, pues, en el mundo como el Hacedor del mundo; porque «el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció».

11. ¿Qué quiere decir «el mundo por él fue hecho»? El cielo, la tierra, el mar y todas las cosas que hay en ellos se llaman el mundo. Y en otro sentido, se llaman el mundo los que aman el mundo. «El mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.» ¿Acaso no conocieron los cielos a su Creador, o no conocieron los ángeles a su Creador, o no conocieron las estrellas a su Creador, a quien los demonios confiesan? Todas las cosas, por todas partes, daban testimonio. Pero ¿quiénes no lo conocieron? Los que, por su amor al mundo, se llaman el mundo. Amando, habitamos con el corazón; pero por amar el mundo merecieron ser llamados con el nombre de aquello en que habitaban. Del mismo modo que decimos: Esta casa es mala, o esta casa es buena, y al llamar mala a una o buena a otra no acusamos ni alabamos las paredes, sino que por casa mala entendemos una casa con malos habitantes, y por casa buena, una casa con buenos habitantes. De igual modo llamamos el mundo a los que, amándolo, habitan el mundo. ¿Quiénes son? Los que aman el mundo; pues habitan con su corazón en el mundo. Porque los que no aman el mundo, según la carne peregrinan ciertamente en el mundo, pero en su corazón habitan en el cielo, como dice el apóstol: «Nuestra ciudadanía está en los cielos». Por tanto, «el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció».

12. «A lo suyo vino», porque todas estas cosas fueron hechas por él, «y los suyos no le recibieron». ¿Quiénes son? Los hombres que él hizo. Los judíos, a quienes al principio hizo estar por encima de todas las naciones. Porque las demás naciones adoraban ídolos y servían a los demonios; pero aquel pueblo nació de la simiente de Abraham, y eran suyos de modo eminente, por ser parientes suyos mediante aquella carne que se dignó asumir. «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.» ¿No le recibieron en absoluto? ¿No lo recibió nadie? ¿No hubo nadie salvo? Pues nadie se salvará sino el que haya recibido a Cristo que viene.

13. Pero Juan añade: «Mas a todos los que le recibieron». ¿Qué les concedió? ¡Gran benevolencia! ¡Gran misericordia! Nació como Hijo único de Dios, y no quiso quedarse solo. Muchos hombres, cuando no tienen hijos, en edad avanzada adoptan un hijo, y así obtienen por un acto de voluntad lo que la naturaleza les negó: esto hacen los hombres. Pero si alguien tiene un hijo único, se goza más en él, porque él solo lo poseerá todo y no tendrá con quién repartir la herencia, de modo que quedara más pobre. No así Dios: a ese mismo Hijo único que había engendrado, y por quien creó todas las cosas, lo envió a este mundo para no estar solo, sino para tener hermanos adoptados. Porque nosotros no nacimos de Dios del modo en que nació de él el Unigénito, sino que fuimos adoptados por su gracia. Pues él, el Unigénito, vino a desatar los pecados en que estábamos enredados y cuyo peso impedía nuestra adopción: a los que quiso hacer hermanos suyos, él mismo los desató y los hizo coherederos. Pues así dice el apóstol: «Y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo». Y otra vez: «Herederos de Dios y coherederos con Cristo». No temió tener coherederos, porque su herencia no se estrecha si son muchos los poseedores. Esas mismas personas, siendo él el poseedor, llegan a ser su herencia, y él a su vez llega a ser la herencia de ellas. Oíd de qué manera llegan a ser su herencia: «Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones». Oíd de qué manera él llega a ser la herencia de ellos. Dice en los Salmos: «Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa». Poseámoslo, y que él nos posea: que nos posea como Señor; poseámoslo nosotros como salvación, poseámoslo como luz. ¿Qué dio, pues, a los que le recibieron? «A los que le recibieron les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre»; para que se aferren al madero y crucen el mar.

14. ¿Y cómo nacen? Porque llegan a ser hijos de Dios y hermanos de Cristo, ciertamente nacen. Pues si no nacen, ¿cómo pueden ser hijos? Pero los hijos de los hombres nacen de carne y sangre, y de voluntad de varón, y del abrazo del matrimonio. Pero ¿de qué manera nacen estos? «Los cuales no son engendrados de sangres», como si fuera de varón y mujer. Sanguinibus no es latín; pero como en griego es plural, el intérprete prefirió expresarlo así, y hablar mal el latín según el gramático, para aclarar el asunto al entendimiento de los débiles entre sus oyentes. Porque si hubiera dicho sangre en singular, no habría explicado lo que deseaba; pues los hombres nacen de las sangres de varón y de mujer. Digámoslo, pues, así, y no temamos la férula de los gramáticos, con tal de llegar a la verdad sólida y cierta. Quien la entiende y la censura, es ingrato por haber entendido. «No de sangres, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón.» El apóstol pone carne por mujer; porque, cuando fue hecha de su costilla, Adán dijo: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne». Y dice el apóstol: «El que ama a su mujer, a sí mismo se ama; porque nadie aborreció jamás a su propia carne». Se pone, pues, carne por mujer, del mismo modo que a veces se pone espíritu por marido. ¿Por qué? Porque el uno gobierna, la otra es gobernada; el uno debe mandar, la otra servir. Pues donde la carne manda y el espíritu sirve, la casa está al revés. ¿Qué puede ser peor que una casa donde la mujer tiene el dominio sobre el hombre? Pero esa casa está bien ordenada donde el hombre manda y la mujer obedece. De igual modo está bien ordenado el hombre donde el espíritu manda y la carne sirve.

15. Estos, pues, «no nacieron de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios». Pero para que los hombres nacieran de Dios, Dios nació primero de ellos. Porque Cristo es Dios, y Cristo nació de hombres. Solo una madre, ciertamente, buscó en la tierra, porque ya tenía un Padre en el cielo: aquel por quien íbamos a ser creados nació de Dios, y aquel por quien íbamos a ser vueltos a crear nació de una mujer. No te maravilles, pues, oh hombre, de ser hecho hijo por gracia, de nacer de Dios según su Palabra. El Verbo mismo quiso nacer primero del hombre, para que tú nacieras de Dios para salvación, y te dijeras a ti mismo: No sin razón quiso Dios nacer de hombre, sino porque me estimó de alguna importancia, para hacerme inmortal y nacer por mí como hombre mortal. Cuando, pues, hubo dicho «nacidos de Dios», para que no nos llenáramos, por así decir, de asombro y temblor ante tal gracia, ante una gracia tan grande que supera lo creíble, que los hombres nazcan de Dios, como para asegurarte, dice: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros». ¿Por qué, entonces, te maravillas de que los hombres nazcan de Dios? Considera al mismo Dios nacido de hombres: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros».

16. Pero porque «el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros», por su misma natividad hizo un colirio para limpiar los ojos de nuestro corazón y capacitarnos para ver su majestad por medio de su humildad. Por tanto, «el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros»: sanó nuestros ojos; ¿y qué sigue? «Y vimos su gloria.» Su gloria nadie puede verla si no es sanado por la humildad de su carne. ¿Por qué no podíamos ver? Considerad, pues, amadísimos, y ved lo que digo. Había caído en el ojo del hombre, por así decir, polvo, tierra; había herido el ojo, y este no podía ver la luz: ese ojo herido es ungido; por tierra fue herido, y tierra se le aplica para sanarlo. Porque todos los colirios y medicinas provienen únicamente de la tierra. Por el polvo fuiste cegado, y por el polvo eres sanado: la carne, pues, te había herido, la carne te sana. El alma se había hecho carnal consintiendo a los afectos de la carne; así había sido cegado el ojo del corazón. «El Verbo fue hecho carne»: aquel Médico te hizo un colirio. Y como vino así por la carne a extinguir los vicios de la carne, y por la muerte a matar la muerte, esto se hizo en ti para que, así como «el Verbo se hizo carne», puedas decir: «Y vimos su gloria». ¿Qué clase de gloria? ¿Acaso la que tuvo al hacerse Hijo del hombre? Esa era su humildad, no su gloria. Pero ¿a qué llega la vista del hombre cuando es curada por medio de la carne? «Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.» De la gracia y la verdad hablaremos más ampliamente en otro lugar de este mismo Evangelio, si el Señor nos concede ocasión. Baste esto por ahora, y edificaos en Cristo: consolaos en la fe, y velad en las buenas obras, y cuidad de no apartaros del madero por el cual podéis cruzar el mar.

Tratado 3

1. Nos comprometimos, en el nombre del Señor, y os prometimos, amadísimos, tratar de aquella gracia y verdad de Dios de la cual, llenos, el Hijo unigénito, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se apareció a los santos, y mostrar cómo, por pertenecer al Nuevo Testamento, ha de distinguirse del Antiguo. Prestad, pues, atención, para que lo que yo recibo de Dios según mi medida, lo recibáis y oigáis vosotros según la vuestra. Porque solo permanecerá si, cuando se esparza la semilla en vuestros corazones, las aves no se la llevan, ni las espinas la ahogan, ni el calor la abrasa, y desciende sobre ella la lluvia de las exhortaciones diarias y de vuestros propios buenos pensamientos, con los que se hace en el corazón lo que en el campo se hace con las rastras: que el terrón se rompa, y la semilla quede cubierta y pueda germinar, para que deis fruto con el que el labrador se alegre y se goce. Pero si, a cambio de buena semilla y de buena lluvia, no producís fruto sino espinas, no se culpará a la semilla, ni será culpa de la lluvia; para las espinas está preparado el fuego que les corresponde.

2. No creo que necesite gastar mucho tiempo en esforzarme por persuadiros de que somos hombres cristianos; y, si cristianos, por virtud del nombre, pertenecientes a Cristo. En la frente llevamos su señal, y no nos avergonzamos de ella, si la llevamos también en el corazón. Su señal es su humildad. Los magos lo reconocieron por una estrella; y esta señal la dio el Señor, y era celestial y hermosa. Él no quiso que una estrella fuera su señal en la frente de los fieles, sino su cruz. Por ella fue humillado, por ella también glorificado; por ella levantó a los humildes, por aquello mismo a lo que Él, humillado, descendió. Pertenecemos, pues, al evangelio, pertenecemos al Nuevo Testamento. «La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.» Preguntamos al apóstol, y nos dice, puesto que no estamos bajo la ley sino bajo la gracia: «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.» Mirad: para esto vino Cristo, para redimir a los que estaban bajo la ley; para que ahora no estemos bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Quién, pues, dio la ley? La dio el que dio también la gracia; pero la ley la envió por medio de un siervo; con la gracia descendió Él mismo. ¿Y de qué manera fueron los hombres puestos bajo la ley? Por no cumplir la ley. Porque el que cumple la ley no está bajo la ley, sino con la ley; pero el que está bajo la ley no es levantado, sino oprimido por la ley. Todos los hombres, pues, puestos bajo la ley, son hechos culpables por la ley; y con este fin está sobre su cabeza: para mostrar los pecados, no para quitarlos. La ley, entonces, manda; el Dador de la ley muestra misericordia en aquello que la ley manda. Los hombres, esforzándose con sus propias fuerzas por cumplir lo que la ley manda, cayeron por su temeraria y obstinada presunción; y no con la ley, sino bajo la ley, se hicieron culpables; y como por sus propias fuerzas no podían cumplir la ley y se habían hecho culpables bajo la ley, imploraron el auxilio del Libertador; y la culpa que trajo la ley causó enfermedad a los soberbios. La enfermedad de los soberbios se convirtió en la confesión de los humildes. Ahora los enfermos confiesan que están enfermos; venga el médico a sanar a los enfermos.

3. ¿Quién es el Médico? Nuestro Señor Jesucristo. ¿Quién es nuestro Señor Jesucristo? El que fue visto incluso por aquellos por quienes fue crucificado. El que fue apresado, abofeteado, azotado, escupido, coronado de espinas, suspendido en la cruz, murió, traspasado por la lanza, bajado de la cruz, puesto en el sepulcro. Ese mismo Jesucristo nuestro Señor, ese mismo Jesús exactamente, es el Médico completo de nuestras heridas. Aquel crucificado a quien arrojaban insultos, y mientras colgaba de la cruz sus perseguidores movían la cabeza y decían: «Si es el Hijo de Dios, que descienda de la cruz» —Él, y no otro, es nuestro Médico completo. ¿Por qué, entonces, no mostró a los que se burlaban de Él que era el Hijo de Dios; de modo que, si se dejó levantar en la cruz, al menos cuando le decían: «Si es el Hijo de Dios, que descienda de la cruz», descendiera entonces y les mostrara que era el mismo Hijo de Dios de quien se habían atrevido a burlarse? No quiso. ¿Por qué no quiso? ¿Fue porque no podía? Claramente podía. Pues ¿qué es más grande: descender de la cruz o resucitar del sepulcro? Pero soportó a los que lo insultaban; porque la cruz fue tomada no como prueba de poder, sino como ejemplo de paciencia. Allí curó tus heridas, donde soportó largamente las suyas; allí te sanó de la muerte eterna, donde se dignó morir la muerte temporal. ¿Y murió Él, o en Él murió la muerte? ¡Qué muerte fue aquella, que mató a la muerte!

4. ¿Pero es nuestro Señor Jesucristo mismo —todo Él— el que fue visto, y tocado, y crucificado? ¿Es todo Él mismo eso? Es el mismo, pero no todo, lo que vieron los judíos; este no es el Cristo total. ¿Y cuál es? «En el principio era el Verbo.» ¿En qué principio? «Y el Verbo era con Dios.» ¿Y qué verbo? «Y el Verbo era Dios.» ¿Fue acaso este Verbo hecho por Dios? No. Porque «este era en el principio con Dios». ¿Entonces? ¿Las otras cosas que Dios hizo no son semejantes al Verbo? No, porque «todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho». ¿De qué manera fueron hechas todas las cosas por Él? Porque «lo que fue hecho en Él era vida»; y antes de ser hecho había vida. Lo que fue hecho no es vida; pero en el arte, es decir, en la sabiduría de Dios, antes de ser hecho, era vida. Lo que fue hecho pasa; lo que está en la sabiduría no puede pasar. Había, pues, vida en lo que fue hecho. ¿Y qué clase de vida, puesto que también el alma es la vida del cuerpo? Nuestro cuerpo tiene su propia vida; y cuando la ha perdido, sobreviene la muerte del cuerpo. ¿Era entonces la vida como esta? No; sino que «la vida era la luz de los hombres». ¿Era la luz del ganado? Porque esta luz es la luz de los hombres y del ganado. Hay cierta luz de los hombres: veamos en qué se diferencian los hombres del ganado, y entonces entenderemos cuál es la luz de los hombres. Tú no te diferencias del ganado sino en el entendimiento; no te gloríes en nada más. ¿Presumes de tu fuerza? Las fieras te superan. ¿Presumes de tu ligereza? Las moscas te superan. ¿Presumes de tu belleza? ¡Cuánta belleza hay en las plumas de un pavo real! ¿En qué eres, pues, mejor? En la imagen de Dios. ¿Dónde está la imagen de Dios? En la mente, en el entendimiento. Si, pues, eres mejor que el ganado en esto, que tienes una mente con la que puedes entender lo que el ganado no puede entender, y en eso el hombre es hombre, por ser mejor que el ganado; la luz de los hombres es la luz de las mentes. La luz de las mentes está por encima de las mentes y sobrepasa a todas las mentes. Esta era aquella vida por la cual fueron hechas todas las cosas.

5. ¿Dónde estaba? ¿Estaba aquí? ¿Estaba con el Padre, y no estaba aquí? O, lo que es más verdadero, ¿estaba a la vez con el Padre y también aquí? Si, pues, estaba aquí, ¿por qué no era vista? Porque «la luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella». Oh hombres, no seáis tinieblas, no seáis incrédulos, injustos, inicuos, rapaces, avaros, amadores de este mundo: porque estos son las tinieblas. La luz no está ausente, sino que vosotros estáis ausentes de la luz. Un ciego a pleno sol tiene el sol presente, pero él mismo está ausente del sol. No seáis, pues, tinieblas. Porque quizá esta es la gracia de la que vamos a hablar: que ya no seamos tinieblas, y que el apóstol pueda decirnos: «En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor.» Porque la luz de los hombres, es decir, la luz de las mentes, no era vista, era necesario que diera testimonio de la luz un hombre que no estuviera en tinieblas, sino que ya estuviera iluminado; y, sin embargo, por estar iluminado, no era la luz misma, «sino para que diese testimonio de la luz». Pues «no era él la luz». ¿Y cuál era la luz? «Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.» ¿Y dónde estaba aquella luz? «En el mundo estaba.» ¿Y cómo estaba «en el mundo»? ¿Estaba aquella luz en el mundo como la luz del sol, de la luna y de las lámparas? No. Porque «el mundo por Él fue hecho; pero el mundo no le conoció»; es decir: «la luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella». Porque el mundo es tinieblas, pues los amadores del mundo son el mundo. ¿Acaso no reconoció la criatura a su Creador? Los cielos dieron testimonio por medio de una estrella; el mar dio testimonio, y sostuvo a su Señor cuando caminó sobre él; los vientos dieron testimonio, y se calmaron a su orden; la tierra dio testimonio, y tembló cuando fue crucificado. Si todos estos dieron testimonio, ¿en qué sentido no lo conoció el mundo, sino en que «mundo» significa los amadores del mundo, los que con el corazón habitan en el mundo? Y el mundo es malo porque los habitantes del mundo son malos; como una casa es mala no por sus paredes, sino por sus habitantes.

6. «A lo suyo vino»; es decir, vino a lo que le pertenecía; «y los suyos no le recibieron». ¿Cuál es, entonces, la esperanza, sino que «a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios»? Si llegan a ser hijos, han nacido; si han nacido, ¿cómo nacen? No de carne, «ni de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios son nacidos». Alégrense, pues, de haber nacido de Dios; crean que han nacido de Dios; reciban la prueba de que han nacido de Dios: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.» Si el Verbo no se avergonzó de nacer del hombre, ¿se avergüenzan los hombres de nacer de Dios? Y porque hizo esto, nos curó; y porque nos curó, vemos. Pues esto, «que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», fue para nosotros una medicina, para que, así como por la tierra fuimos hechos ciegos, por la tierra fuéramos sanados; y, sanados, contempláramos ¿qué? «Y vimos —dice— su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.»

7. «Juan dio testimonio de Él, y clamó diciendo: Este es del que yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí.» Vino después de mí, y me precedió. ¿Qué es «es antes de mí»? Me precedió. No que fue hecho antes de que yo fuera hecho, sino que fue preferido antes que yo; esto es «fue hecho antes de mí». ¿Por qué fue hecho antes de ti, si vino después de ti? «Porque era primero que yo.» ¡Primero que tú, oh Juan! ¡Qué gran cosa, ser antes que tú! Está bien que des testimonio de Él; oigámosle, sin embargo, a Él mismo diciendo: «Antes que Abraham fuese, yo soy.» Pero también Abraham nació en medio del género humano: hubo muchos antes de él, muchos después. Escucha la voz del Padre al Hijo: «Antes del lucero te engendré.» El que fue engendrado antes del lucero, Él mismo ilumina a todos. Hubo uno llamado Lucero, que cayó; pues era un ángel y se hizo diablo; y acerca de él dijo la Escritura: «¡Cómo caíste del cielo, Lucero, hijo de la mañana!» ¿Y por qué era Lucero? Porque, estando iluminado, daba luz. ¿Pero por qué razón se hizo oscuro? Porque no permaneció en la verdad. Por tanto, Él era antes del Lucero, antes de todo el que es iluminado; pues antes de todo el que es iluminado, por necesidad ha de existir Aquel por quien son iluminados todos los que pueden ser iluminados.

8. Por eso sigue: «Y de su plenitud tomamos todos.» ¿Qué habéis recibido? «Y gracia sobre gracia.» Porque así dicen las palabras del Evangelio, según hallamos al comparar los ejemplares griegos. No dice: Y de su plenitud tomamos todos gracia por gracia; sino que dice así: «Y de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia» —es decir, hemos recibido—; de modo que quiere que entendamos que de su plenitud hemos recibido algo sin expresar, y además algo más, gracia por gracia. Porque de su plenitud recibimos primero la gracia; y de nuevo recibimos gracia, gracia por gracia. ¿Qué gracia recibimos primero? La fe: andando en la fe, andamos en la gracia. ¿Cómo hemos merecido esto? ¿Por qué méritos nuestros anteriores? Que nadie se halague, sino que vuelva a su propia conciencia, escudriñe los rincones secretos de sus pensamientos, recuerde la serie de sus obras; que no considere lo que es ahora, si ahora es algo, sino lo que era para llegar a ser algo: hallará que no era digno de nada sino del castigo. Si, pues, eras digno de castigo, y Él no vino a castigar los pecados, sino a perdonarlos, se te dio gracia, y no se te pagó una recompensa. ¿Por qué se llama gracia? Porque se concede gratuitamente. Pues no compraste con méritos anteriores lo que recibiste. Esta primera gracia, pues, la recibió el pecador: que sus pecados le fueron perdonados. ¿Qué merecía? Que interrogue a la justicia, y hallará castigo; que interrogue a la misericordia, y hallará gracia. Pero Dios prometió también esto por los profetas; por eso, cuando vino a dar lo que había prometido, no solo dio gracia, sino también verdad. ¿Cómo se mostró la verdad? Porque se hizo lo que había sido prometido.

9. ¿Qué es, pues, «gracia por gracia»? Por la fe hacemos a Dios favorable a nosotros; y por cuanto no éramos dignos de que se nos perdonaran los pecados, y porque nosotros, que éramos indignos, recibimos tan gran beneficio, se llama gracia. ¿Qué es la gracia? Lo que se da gratuitamente. ¿Qué es «gratuitamente»? Dado, no pagado. Si era debido, se dio un salario, no se concedió gracia; pero si era una paga debida, eras bueno; mas si, como es verdad, eras malo, pero creíste en Aquel que justifica al impío (¿qué es «que justifica al impío»? Del impío hace piadoso), considera lo que por derecho pendía sobre ti por la ley, y lo que has obtenido por gracia. Pero, habiendo obtenido esa gracia de la fe, serás justo por la fe (pues el justo vive por la fe); y obtendrás el favor de Dios viviendo por la fe. Y habiendo obtenido el favor de Dios viviendo por la fe, recibirás como recompensa la inmortalidad y la vida eterna. Y eso es gracia. Porque ¿por qué mérito recibes la vida eterna? Por la gracia. Pues si la fe es gracia, la vida eterna es, por así decirlo, el salario de la fe: Dios, en efecto, parece conceder la vida eterna como algo debido (¿a quién debido? A los fieles, porque la habían merecido por la fe); pero como la fe misma es gracia, la vida eterna es también gracia por gracia.

10. Escucha al apóstol Pablo reconociendo la gracia, y después deseando el pago de una deuda. ¿Qué reconocimiento de la gracia hay en Pablo? «Habiendo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui —dice— recibido a misericordia.» Dijo que el que la obtuvo era indigno; que, sin embargo, la había obtenido, no por sus propios méritos, sino por la misericordia de Dios. Escúchalo ahora reclamando el pago de una deuda, él que primero había recibido una gracia inmerecida: «Porque —dice— yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe: por lo demás, me está guardada la corona de justicia.» Ahora reclama una deuda, exige lo que se le debe. Pues considera las palabras que siguen: «La cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día.» Para recibir primero la gracia, necesitó un Padre misericordioso; para el premio de la gracia, un juez justo. ¿Condenará al hombre fiel el que no condenó al hombre impío? Y, sin embargo, si lo consideras rectamente, fue Él quien primero te dio la fe, con la cual obtuviste el favor; pues no obtuviste el favor de tal modo, por ti mismo, que se te debiera algo. Por eso, al conceder después el premio de la inmortalidad, corona sus propios dones, no tus méritos. Por tanto, hermanos, «todos nosotros hemos recibido de su plenitud»; de la plenitud de su misericordia, de la abundancia de su bondad hemos recibido. ¿Qué? La remisión de los pecados, para ser justificados por la fe. ¿Y qué más? «Y gracia por gracia»; es decir, por esta gracia por la cual vivimos por la fe recibiremos otra gracia. ¿Qué es, pues, sino gracia? Porque si dijera que esto también es debido, me atribuiría algo a mí mismo como si se me debiera. Pero Dios corona en nosotros los dones de su propia misericordia; con la condición, sin embargo, de que andemos con perseverancia en aquella gracia que primero recibimos.

11. «Porque la ley por medio de Moisés fue dada»; ley que retenía a los culpables. Pues ¿qué dice el apóstol? «La ley se introdujo para que la ofensa abundase.» Fue un beneficio para los soberbios que la ofensa abundase, porque se daban mucho a sí mismos, y atribuían, por así decirlo, mucho a sus propias fuerzas; y no podían cumplir la justicia sin el auxilio de Aquel que la había mandado. Dios, queriendo someter su soberbia, dio la ley, como diciendo: Mirad, cumplid, y no penséis que falta quien mande. No falta quien mande, sino quien cumpla.

12. Si, pues, falta quien cumpla, ¿por qué no cumple? Porque nace con la herencia del pecado y de la muerte. Nacido de Adán, arrastró consigo lo que allí fue concebido. El primer hombre cayó, y todos los que nacieron de él derivaron de él la concupiscencia de la carne. Era necesario que naciera otro hombre que no derivara concupiscencia alguna. Un hombre y un hombre: un hombre para la muerte y un hombre para la vida. Así dice el apóstol: «Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.» ¿Por qué hombre la muerte, y por qué hombre la resurrección de los muertos? No te apresures: continúa diciendo: «Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.» ¿Quiénes pertenecen a Adán? Todos los que nacen de Adán. ¿Quiénes a Cristo? Todos los que nacieron por medio de Cristo. ¿Por qué todos en pecado? Porque nadie nació sino por Adán. Pero que nacieran de Adán fue por necesidad, procedente de la condenación; nacer por medio de Cristo es por voluntad y gracia. A los hombres no se les obliga a nacer por medio de Cristo: tampoco nacieron de Adán porque quisieran. Sin embargo, todos los que son de Adán son pecadores con pecado; todos los que son por medio de Cristo son justificados, y justos no en sí mismos, sino en Él. Porque en sí mismos, si lo preguntas, pertenecen a Adán; en Él, si lo preguntas, pertenecen a Cristo. ¿Por qué? Porque Él, la Cabeza, nuestro Señor Jesucristo, no vino con la herencia del pecado; pero vino, sin embargo, con carne mortal.

13. La muerte era el castigo de los pecados; en el Señor estaba el don de la misericordia, no el castigo del pecado. Pues el Señor no tenía nada por lo cual debiera morir con justicia. Él mismo dice: «Viene el príncipe de este mundo, y nada tiene en mí.» ¿Por qué mueres, entonces, Tú? «Mas para que sepan todos que hago la voluntad de mi Padre, levantaos, vamos de aquí.» No tenía en sí motivo alguno por el cual debiera morir, y murió: tú tienes ese motivo, ¿y rehúsas morir? No rehúses soportar con ánimo sereno lo que mereces, cuando Él no rehusó padecer para librarte de la muerte eterna. Un hombre y un hombre; pero uno solo hombre, el otro Dios-hombre. Uno, hombre de pecado; el otro, de justicia. Tú moriste en Adán, resucita en Cristo; porque ambas cosas se te deben. Ahora que has creído en Cristo, paga, sin embargo, lo que debes por Adán. Pero la cadena del pecado no te sujetará eternamente; porque la muerte temporal de tu Señor mató tu muerte eterna. Esta misma es la gracia, hermanos míos, esta misma es la verdad, porque fue prometida y manifestada.

14. Esta gracia no estaba en el Antiguo Testamento, porque la ley amenazaba, no traía auxilio; mandaba, no sanaba; ponía de manifiesto, pero no quitaba nuestra debilidad: preparaba, en cambio, el camino para aquel Médico que había de venir con gracia y verdad; como un médico que, a punto de ir a curar a alguien, enviara primero a su siervo para que encontrara atado al enfermo. No estaba sano; no quería ser sanado, y para no ser sanado, se jactaba de estarlo. Se envió la ley, lo ató; se halla acusado, y ahora clama contra la venda. Viene el Señor, cura con medicinas algo amargas y fuertes: pues dice al enfermo: Soporta; dice: Aguanta; dice: No ames el mundo, ten paciencia, que el fuego de la continencia te cure, que tus heridas soporten la espada de las persecuciones. ¿Te aterrabas mucho aun estando atado? Él, libre y sin ataduras, bebió lo que te daba a ti; padeció primero para consolarte, diciendo, por así decirlo: Lo que tú temes padecer por ti mismo, yo lo padezco primero por ti. Esto es gracia, y gran gracia. ¿Quién puede alabarla dignamente?

15. Hablo, hermanos míos, de la humildad de Cristo. ¿Quién puede hablar de la majestad de Cristo y de la divinidad de Cristo? Al explicar y hablar de la humildad de Cristo, de cualquier manera que lo hagamos nos hallamos insuficientes, más aún, del todo insuficientes: lo encomendamos entero a vuestros pensamientos, no nos esforzamos por llenar vuestro oído con Él. Considerad la humildad de Cristo. Pero ¿quién, dirás tú, nos la explicará, si tú no la declaras? Que la declare Él por dentro. Mejor la declara el que mora dentro que el que clama fuera. Que Él mismo os muestre la gracia de su humildad, Él que ha comenzado a morar en vuestros corazones. Pero ahora, si al explicar y exponer su humildad nos quedamos cortos, ¿quién puede hablar de su majestad? Si «el Verbo hecho carne» nos turba, ¿quién explicará «En el principio era el Verbo»? Conservad, pues, hermanos, a Cristo en su integridad.

16. «La ley por medio de Moisés fue dada: la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.» Por un siervo fue dada la ley, y hizo culpables a los hombres: por un Emperador fue dado el perdón, y libró a los culpables. «La ley por medio de Moisés fue dada.» Que el siervo no se atribuya más de lo que se hizo por medio de él. Elegido para un gran ministerio como fiel en su casa, pero siervo al fin, puede obrar conforme a la ley, mas no puede librar de la culpa de la ley. «La ley», pues, «por medio de Moisés fue dada: la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.»

17. Y para que quizá nadie diga: ¿Acaso no vinieron la gracia y la verdad por medio de Moisés, que vio a Dios?, añade enseguida: «A Dios nadie le vio jamás.» ¿Y cómo se dio a conocer Dios a Moisés? Porque el Señor se reveló a su siervo. ¿Qué Señor? El mismo Cristo, que envió la ley de antemano por medio de su siervo, para venir Él mismo con gracia y verdad. «Porque a Dios nadie le vio jamás.» ¿Y de dónde se le apareció a aquel siervo, en cuanto pudo recibirle? Pero «el unigénito —dice— que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer». ¿Qué significa «en el seno del Padre»? En el secreto del Padre. Porque Dios no tiene un seno como nosotros en nuestras vestiduras, ni ha de pensarse que esté sentado como nosotros, ni está ceñido con un cinto de modo que tenga seno; sino que, porque nuestro seno está dentro, el secreto del Padre se llama el seno del Padre. Y el que conoció al Padre, estando en el secreto del Padre, Él le dio a conocer. «Porque a Dios nadie le vio jamás.» Él, pues, vino y narró todo lo que vio. ¿Qué vio Moisés? Moisés vio una nube, vio un ángel, vio un fuego. Todo eso es criatura: llevaba la figura de su Señor, pero no manifestaba la presencia del Señor mismo. Porque lo tienes claramente dicho en la ley: «Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero.» Siguiendo la misma Escritura, hallas a Moisés diciendo: «Si he hallado gracia en tus ojos, muéstrate a mí claramente, para que te vea.» Y no es poco que dijera esto: recibió la respuesta: «No podrás ver mi rostro.» Un ángel, pues, habló con Moisés, hermanos míos, llevando la figura del Señor; y todas aquellas cosas que se hicieron por medio del ángel prometían aquella gracia y verdad futuras. Los que examinan bien la ley saben esto; y cuando tengamos ocasión de hablar algo también de este asunto, no dejaremos de hablaros, amados hermanos, en cuanto el Señor nos lo revele.

18. Pero sabed esto: que todas aquellas cosas que se vieron en forma corporal no eran aquella sustancia de Dios. Porque aquellas cosas las vimos con los ojos de la carne: ¿cómo se ve la sustancia de Dios? Interroga al Evangelio: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.» Ha habido hombres que, engañados por la vanidad de sus corazones, han dicho: El Padre es invisible, pero el Hijo es visible. ¿Cómo visible? Si por su carne, porque tomó carne, el asunto es claro. Pues de los que vieron la carne de Cristo, unos creyeron, otros crucificaron; y los que creyeron dudaron cuando fue crucificado; y si no hubieran tocado la carne después de la resurrección, su fe no habría sido restablecida. Si, pues, el Hijo fue visible a causa de su carne, eso también lo concedemos, y es la fe católica; pero si lo fue antes de tomar carne, como ellos dicen, es decir, antes de hacerse hombre, están muy engañados y yerran gravemente. Porque aquellas apariciones visibles y corporales ocurrieron por medio de la criatura, en la cual se podía mostrar una figura: de ninguna manera se mostró y manifestó la sustancia misma. Atended, amadísimos hermanos, a esta prueba sencilla. La sabiduría de Dios no puede ser contemplada con los ojos. Hermanos, si Cristo es la Sabiduría de Dios y el Poder de Dios; si Cristo es el Verbo de Dios, y si la palabra del hombre no se ve con los ojos, ¿puede el Verbo de Dios ser visto así?

19. Expulsad, pues, de vuestros corazones los pensamientos carnales, para que estéis verdaderamente bajo la gracia, para que pertenezcáis al Nuevo Testamento. Por eso la vida eterna se promete en el Nuevo Testamento. Leed el Antiguo Testamento, y ved que a un pueblo todavía carnal se le mandaron las mismas cosas que a nosotros. Porque también a nosotros se nos manda adorar a un solo Dios. También a nosotros se nos manda: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano», que es el segundo mandamiento. «Guardarás el día de reposo» se nos manda a nosotros más que a ellos, porque se manda guardarlo espiritualmente. Pues los judíos guardan el sábado de manera servil, usándolo para el lujo y la embriaguez. ¡Cuánto mejor estarían ocupadas sus mujeres hilando lana que bailando ese día en los balcones! Lejos de nosotros, hermanos, llamar a eso guardar el sábado. El cristiano guarda el sábado espiritualmente, absteniéndose de obra servil. Pues ¿qué es abstenerse de obra servil? Del pecado. ¿Y cómo lo probamos? Preguntad al Señor: «Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.» Por tanto, se nos manda la observancia espiritual del sábado. Ahora bien, todos esos mandamientos se nos mandan más a nosotros, y han de ser guardados: «No matarás. No cometerás adulterio. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre. No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo.» ¿No se nos mandan también a nosotros todas estas cosas? Pero pregunta cuál es el galardón, y hallarás que allí se dice: «Para echar a tus enemigos de delante de tu rostro, y para que recibáis la tierra que Dios prometió a vuestros padres.» Como no podían comprender las cosas invisibles, eran retenidos por las visibles. ¿Por qué retenidos? Para que no perecieran del todo y resbalaran a la idolatría. Porque esto hicieron, hermanos míos, como leemos, olvidados de los grandes milagros que Dios hizo delante de sus ojos. El mar fue dividido; se abrió un camino en medio de las olas; sus enemigos, que los seguían, fueron cubiertos por las mismas olas por las que ellos habían pasado; y, sin embargo, cuando Moisés, el hombre de Dios, se apartó de su vista, pidieron un ídolo y dijeron: «Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés nos ha desamparado.» Toda su esperanza estaba puesta en el hombre, no en Dios. Mirad, el hombre ha muerto: ¿había muerto Dios, que los había rescatado de la tierra de Egipto? Y cuando se hicieron la imagen de un becerro, le ofrecieron adoración y dijeron: «Estos son tus dioses, oh Israel, que te sacaron de la tierra de Egipto.» ¡Qué pronto se olvidaron de una gracia tan manifiesta! ¿Con qué medios podía retenerse a un pueblo así, sino con promesas carnales?

20. En el Decálogo se nos manda lo mismo que se nos manda guardar a nosotros; pero no se hacen las mismas promesas que a nosotros. ¿Qué se nos promete a nosotros? La vida eterna. «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» Se promete el conocimiento de Dios: es decir, gracia por gracia. Hermanos, ahora creemos, no vemos; el galardón de la fe será ver lo que creemos. Esto lo sabían los profetas, pero estaba oculto antes de que Él viniera. Pues cierto enamorado, suspirando, dice en los Salmos: «Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré.» ¿Y preguntas qué busca? Porque quizá busca carnalmente una tierra que fluye leche y miel, aunque esta debe buscarse y desearse espiritualmente; o quizá el sometimiento de sus enemigos, o la muerte de sus adversarios, o el poder y las riquezas de este mundo. Porque arde de amor, y suspira mucho, y se consume y anhela. Veamos qué desea: «Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré.» ¿Qué es lo que busca? «Que esté yo —dice— en la casa de Jehová todos los días de mi vida.» Y supón que habitas en la casa del Señor, ¿de dónde te vendrá allí el gozo? «Para contemplar —dice— la hermosura de Jehová.»

21. Hermanos míos, ¿por qué clamáis, por qué os regocijáis, por qué amáis, sino porque allí hay una chispa de este amor? ¿Qué deseáis? Os lo pregunto. ¿Puede verse con los ojos? ¿Puede tocarse? ¿Es alguna belleza que deleita los ojos? ¿No son amados vehementemente los mártires; y cuando los conmemoramos, no ardemos de amor? ¿Qué es lo que amamos en ellos, hermanos? ¿Miembros desgarrados por las fieras? ¿Qué hay más repugnante si preguntas a los ojos de la carne? ¿Qué más hermoso si preguntas a los ojos del corazón? ¿Cómo aparece ante vuestros ojos un joven muy hermoso que es ladrón? ¡Cómo se escandalizan vuestros ojos! ¿Se escandalizan los ojos de la carne? Si les preguntáis, nada hay más bien formado y mejor proporcionado que aquel cuerpo; la simetría de los miembros y la belleza del color atraen los ojos; y, sin embargo, cuando oyes que es ladrón, vuestra mente se aparta del hombre. Ves, por el contrario, a un anciano encorvado, apoyado en un bastón, que apenas se mueve, surcado de arrugas por todas partes. Oyes que es justo: lo amas y lo abrazas. Tales son los galardones que se nos prometen, hermanos míos: amad tales cosas, suspirad por tal reino, desead tal patria, si queréis llegar a aquello con lo que vino nuestro Señor, es decir, a la gracia y a la verdad. Pero si codiciáis de Dios recompensas corporales, estás todavía bajo la ley, y por eso no cumplirás la ley. Porque cuando ves que esas cosas temporales se conceden a los que ofenden a Dios, tus pasos vacilan, y te dices a ti mismo: Mira, yo adoro a Dios, cada día corro a la iglesia, mis rodillas están gastadas de orar, y sin embargo estoy continuamente enfermo: hay hombres que cometen homicidios, que son culpables de robos, y sin embargo se regocijan y tienen abundancia; les va bien. ¿Era eso lo que buscabas de Dios? Ciertamente pertenecías a la gracia. Si, pues, Dios te dio gracia, porque la dio gratuitamente, ama gratuitamente. No ames a Dios por la recompensa; que Él sea la recompensa. Diga tu alma: «Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré: que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová.» No temas que tu gozo falte por saciedad: tal será ese gozo de la hermosura que te estará siempre presente, y nunca te saciarás; más aún, estarás siempre saciado, y sin embargo nunca saciado. Porque si digo que no te saciarás, significará hambre; y si digo que te saciarás, temo la saciedad: donde no hay ni saciedad ni hambre, no sé qué decir; pero Dios tiene lo que puede manifestar a los que no saben expresarlo, pero creen que lo recibirán.

Tratado 4

1. Muy a menudo habéis oído, santos hermanos, y sabéis bien, que Juan el Bautista, en la medida en que fue mayor que los nacidos de mujer y más humilde en su reconocimiento del Señor, obtuvo la gracia de ser amigo del Esposo; celoso por el Esposo, no por sí mismo; no buscando su propia honra, sino la de su Juez, a quien precedía como pregonero. Por eso, a los profetas que vinieron antes se les concedió predecir acerca de Cristo; pero a este, señalarlo con el dedo. Pues así como Cristo fue desconocido para quienes no creyeron a los profetas antes de que viniera, siguió siendo desconocido para ellos aun estando presente. Porque desde el principio había venido humilde y oculto; tanto más oculto cuanto más humilde era: pero el pueblo, despreciando en su soberbia la humildad de Dios, crucificó a su Salvador y lo hizo su condenador.

2. Pero el que vino al principio oculto, por ser humilde, ¿no vendrá otra vez manifiesto, por ser exaltado? Acabáis de escuchar el Salmo: «Vendrá nuestro Dios, y no callará». Calló para ser juzgado; no callará cuando empiece a juzgar. No se habría dicho «vendrá manifiestamente» si al principio no hubiera venido oculto; ni se habría dicho «no callará» si antes no hubiera callado. ¿Cómo calló? Interroga a Isaías: «Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca». «Pero vendrá manifiestamente, y no callará». ¿De qué manera «manifiestamente»? «Fuego consumirá delante de él, y tempestad poderosa lo rodeará». Esa tempestad ha de llevarse toda la paja de la era, que ahora se está trillando; y el fuego ha de quemar lo que la tempestad se lleve. Pero ahora calla; calla en el juicio, pero no calla en el precepto. Pues si Cristo callara, ¿para qué sirven estos Evangelios? ¿Para qué las voces de los apóstoles, para qué los cánticos de los Salmos, para qué las declaraciones de los profetas? En todos ellos Cristo no calla. Pero ahora calla en cuanto a tomar venganza; no calla en cuanto a dar aviso. Mas vendrá en gloria para tomar venganza, y se manifestará aun a todos los que no creen en él. Pero ahora, porque estando presente estaba oculto, convenía que fuese despreciado. Pues si no hubiera sido despreciado, no habría sido crucificado; si no hubiera sido crucificado, no habría derramado su sangre, el precio con que nos redimió. Pero para dar un precio por nosotros, fue crucificado; para ser crucificado, fue despreciado; para ser despreciado, apareció en humildad.

3. Sin embargo, como apareció, por así decir, de noche, en un cuerpo mortal, encendió para sí una lámpara con la cual pudiera ser visto. Esa lámpara fue Juan, de quien hace poco oísteis muchas cosas; y el pasaje presente del evangelista contiene las palabras de Juan: en primer lugar, y es lo principal, su confesión de que él no era el Cristo. Pero tan grande era la excelencia de Juan que los hombres podrían haber creído que era el Cristo; y en esto dio prueba de su humildad: en que dijo que no lo era cuando se le podía haber creído que lo era. Por eso: «Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?». Pero no habrían enviado, de no haberlos movido la excelencia de la autoridad de aquel que se atrevía a bautizar. «Y confesó, y no negó». ¿Qué confesó? «Y confesó: Yo no soy el Cristo».

4. «Y le preguntaron: ¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». Porque sabían que Elías había de preceder a Cristo. Pues para ningún judío era desconocido el nombre de Cristo. No pensaban que él fuese el Cristo; pero tampoco pensaban que Cristo no hubiera de venir. Cuando esperaban que viniera, se escandalizaron de él cuando estuvo presente, y tropezaron en él como en una piedra baja. Porque era todavía una piedra pequeña, ya cortada del monte, sin manos, por cierto; como dice el profeta Daniel, que vio una piedra cortada del monte sin manos. ¿Pero qué sigue? «Y aquella piedra», dice, «creció y se hizo un gran monte, que llenó toda la faz de la tierra». Considerad, pues, amadísimos hermanos míos, lo que digo: Cristo, ante los judíos, ya estaba cortado del monte. El profeta quiere que por el monte se entienda el reino de los judíos. Pero el reino de los judíos no llenó toda la faz de la tierra. De allí fue cortada la piedra, porque de allí nació el Señor en su venida entre los hombres. ¿Y por qué sin manos? Porque sin el concurso de varón dio a luz la Virgen a Cristo. Así que aquella piedra fue cortada sin manos ante los ojos de los judíos; pero era humilde. Y no sin razón; porque aún no había crecido aquella piedra ni llenado toda la tierra: lo mostró en su reino, que es la Iglesia, con la cual ha llenado toda la faz de la tierra. Porque entonces todavía no había crecido, tropezaron en él como en una piedra; y se cumplió en ellos lo que está escrito: «Todo el que cayere sobre aquella piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, lo desmenuzará». Al principio cayeron sobre él humilde; como el Altísimo vendrá sobre ellos; pero para desmenuzarlos cuando venga en su exaltación, primero los quebrantó en su humildad. Tropezaron en él y fueron quebrantados; no fueron desmenuzados, sino quebrantados: él vendrá exaltado y los desmenuzará. Pero los judíos merecían perdón porque tropezaron en una piedra que aún no había crecido. ¿Qué clase de personas son las que tropiezan en el monte mismo? Ya sabéis de quiénes hablo. Los que niegan la Iglesia difundida por todo el mundo no tropiezan en la piedra humilde, sino en el monte mismo: porque esto llegó a ser la piedra al crecer. Los ciegos judíos no vieron la piedra humilde: pero ¡qué ceguera tan grande no ver el monte!

5. Lo vieron, pues, humilde, y no lo conocieron. Les fue señalado por una lámpara. Pues en primer lugar aquel, que entre los nacidos de mujer no se había levantado mayor, dijo: «Yo no soy el Cristo». Se le dijo: «¿Eres tú Elías? Y respondió: No lo soy». Porque Cristo envía a Elías delante de sí: y él dijo «No lo soy», y nos planteó una cuestión. Pues hay que temer que los hombres, por no entender bien, piensen que Juan contradijo lo que Cristo dijo. Porque en cierto lugar, cuando el Señor Jesucristo dijo en el Evangelio ciertas cosas acerca de sí mismo, sus discípulos le respondieron: «¿Por qué, pues, dicen los escribas», es decir, los versados en la ley, «que es necesario que Elías venga primero?». Y el Señor dijo: «Elías a la verdad ya vino, y no lo conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron»; y, si queréis saberlo, Juan el Bautista es él. El Señor Jesucristo dijo: «Elías ya vino», y Juan el Bautista es él; pero Juan, al ser interrogado, confesó que no era Elías, del mismo modo que confesó que no era Cristo. Y así como era verdadera su confesión de que no era Cristo, lo era también su confesión de que no era Elías. ¿Cómo, pues, compararemos las palabras del pregonero con las palabras del Juez? Lejos de nosotros pensar que el pregonero dice falsedad; porque lo que dice, lo oye del Juez. ¿Por qué, entonces, dijo él: «No soy Elías», y el Señor: «Él es Elías»? Porque el Señor Jesucristo quiso prefigurar en él su propia venida y decir que Juan estaba en el espíritu de Elías. Y lo que Juan fue para la primera venida, eso será Elías para la segunda venida. Como son dos las venidas del Juez, así son dos los pregoneros. El Juez era el mismo, pero los pregoneros dos; no dos jueces. Era necesario que en primer lugar el Juez viniera para ser juzgado. Envió delante de sí a su primer pregonero; lo llamó Elías, porque Elías será en la segunda venida lo que Juan fue en la primera.

6. Porque considerad, amadísimos hermanos, cuán cierto es lo que digo. Cuando Juan fue concebido, o más bien cuando nació, el Espíritu Santo profetizó que esto se cumpliría en él: «Y él», dijo, «irá delante del Altísimo, con el espíritu y el poder de Elías». ¿Qué significa «con el espíritu y el poder de Elías»? En el mismo Espíritu Santo, en lugar de Elías. ¿Por qué en lugar de Elías? Porque lo que Elías será para la segunda venida, eso fue Juan para la primera. Con razón, pues, hablando en sentido literal, respondió Juan. Porque el Señor habló en sentido figurado: «Elías, ese es Juan»; pero él, como he dicho, habló en sentido literal cuando dijo: «No soy Elías». Ni Juan habló falsamente, ni habló falsamente el Señor; ni fue falsa la palabra del pregonero ni la del Juez, con tal que tú entiendas. ¿Pero quién entenderá? El que haya imitado la humildad del pregonero y haya reconocido la altura del Juez. Porque nada hubo más humilde que el pregonero. Hermanos míos, en nada tuvo Juan mayor mérito que en esta humildad: pudiendo engañar a los hombres, y ser tenido por Cristo, y ser recibido en lugar de Cristo (tan grandes eran su gracia y su excelencia), con todo, confesó abiertamente y dijo: «Yo no soy el Cristo». «¿Eres tú Elías?». Si hubiera dicho: Yo soy Elías, habría sido como si Cristo viniese ya en su segunda venida para juzgar, no en la primera para ser juzgado. Como diciendo: Elías ha de venir todavía, «no soy», dijo, «Elías». Pero atended al humilde ante quien Juan vino, para que no sintáis al excelso ante quien vino Elías. Porque así también completó el Señor la frase: «Juan el Bautista es aquel que había de venir». Vino como figura de aquello en lo cual Elías ha de venir en su propia persona. Entonces Elías será Elías en su propia persona; ahora en semejanza fue Juan. Ahora Juan en su propia persona es Juan, en semejanza Elías. Los dos pregoneros se dieron mutuamente sus semejanzas y conservaron sus propias personas; pero el Juez es un solo Señor, ya sea precedido por este pregonero o por aquel.

7. «Y le preguntaron: ¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías? Y dijo: No. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No. Le dijeron, pues: ¿Quién eres, para que demos respuesta a los que nos enviaron? ¿Qué dices de ti mismo? Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto». Eso lo dijo Isaías. Esta profecía se cumplió en Juan: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto». ¿Clamando qué? «Preparad el camino del Señor; enderezad las sendas de nuestro Dios». ¿No os habría parecido que un pregonero clamaría: «¡Apartaos, haced lugar!»? En lugar del grito del pregonero «Apartaos», Juan dice «Venid». El pregonero hace que los hombres se aparten del juez; Juan llama a los hombres hacia el Juez. Sí, ciertamente, Juan llama a los hombres hacia el humilde, para que no experimenten lo que será él como Juez exaltado. «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». No dijo: Yo soy Juan, yo soy Elías, yo soy profeta. ¿Pero qué dijo? Así me llamo: «La voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino al Señor»; yo soy la profecía misma.

8. «Y los que habían sido enviados eran de los fariseos», es decir, de los principales entre los judíos; «y le preguntaron y le dijeron: ¿Por qué bautizas, pues, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?». Como si les pareciera audacia bautizar, como si quisieran inquirir: ¿en qué calidad bautizas? Preguntamos si eres el Cristo; dices que no. Preguntamos si acaso eres su precursor, pues sabemos que antes de la venida de Cristo vendrá Elías; respondes que no lo eres. Preguntamos si acaso eres algún pregonero venido mucho antes, es decir, un profeta, y has recibido ese poder; y dices que no eres profeta. Y Juan no era un profeta; era más que un profeta. El Señor dio tal testimonio acerca de él: «¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?». Con lo cual, desde luego, daba a entender que él no era sacudido por el viento; porque Juan no era de los que mueve el viento, pues el que es movido por el viento es soplado por todo soplo seductor. «Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas?». Porque Juan vestía ropas ásperas; es decir, su túnica era de pelo de camello. «He aquí, los que visten ropas delicadas están en las casas de los reyes». No salisteis, pues, a ver a un hombre cubierto de vestiduras delicadas. «Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta»; porque los profetas profetizaron de Cristo mucho tiempo antes; Juan lo señaló presente.

9. «¿Por qué bautizas, pues, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis». Porque, en verdad, no se le veía, por ser humilde, y por eso se encendió la lámpara. Observad cómo cede el lugar Juan, a quien se habría podido tener por distinto de lo que era. «Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí» (es decir, como ya hemos dicho, el que «es preferido a mí»), «del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado». ¡Cuánto se humilló! Y por eso fue muy enaltecido; porque el que se humilla será enaltecido. De aquí, santos hermanos, debéis notar que si Juan se humilló hasta decir: «No soy digno de desatar la correa de su calzado», cuánta necesidad tienen de humillarse los que dicen: «Nosotros bautizamos; lo que damos es nuestro, y lo nuestro es santo». Él dijo: No yo, sino él; ellos dicen: Nosotros. Juan no es digno de desatar la correa de su calzado; y si hubiera dicho que era digno, ¡cuán humilde habría sido aún! Y si hubiera dicho que era digno, y hubiera hablado así: «Vino después de mí el que es antes de mí, y yo sólo soy digno de desatar la correa de su calzado», se habría humillado grandemente. Pero cuando dice que ni siquiera para eso es digno, en verdad estaba lleno del Espíritu Santo quien de tal manera, como siervo, reconoció a su Señor, y mereció ser hecho amigo en vez de siervo.

10. «Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando. El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: ¡He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo!». Que nadie se arrogue tanto como para decir que él quita el pecado del mundo. Atended ahora a los soberbios a quienes Juan señaló con el dedo. Los herejes aún no habían nacido, pero ya eran señalados; contra ellos clamó entonces desde el río, contra quienes ahora clama desde el Evangelio. Viene Jesús, ¿y qué dice Juan? «¡He aquí el Cordero de Dios!». Si ser inocente es ser cordero, entonces Juan era un cordero, pues ¿no era inocente? Pero ¿quién es inocente? ¿Hasta qué punto inocente? Todos proceden de aquella rama y retoño de quien canta David, aun entre gemidos: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre». Solo él, pues, el Cordero que vino, no fue así. Porque no fue concebido en maldad, pues no fue concebido de mortalidad; ni su madre lo concibió en pecado, a quien la Virgen concibió, a quien la Virgen dio a luz; porque por la fe lo concibió, y por la fe lo recibió. Por eso: «He aquí el Cordero de Dios». No es una rama derivada de Adán: de Adán derivó solamente la carne; el pecado de Adán no lo asumió. El que no tomó sobre sí el pecado de nuestra masa, ese es quien quita nuestro pecado. «¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!».

11. Sabéis que algunos dicen a veces: Nosotros, que somos santos, quitamos el pecado a los hombres; porque si no es santo el que bautiza, ¿cómo quita el pecado de otro, siendo él mismo un hombre lleno de pecado? Frente a estas disputas, no digamos palabras nuestras; leamos lo que dice Juan: «¡He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo!». No haya presunta confianza de hombres en hombres: que el gorrión no huya a los montes, sino que confíe en el Señor; y si alza sus ojos a los montes, de donde le viene el socorro, entienda que su socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. Tan grande es la excelencia de Juan que a él se le dice: «¿Eres tú el Cristo?». Dice: No. ¿Eres Elías? Dice: No. ¿Eres profeta? Dice: No. ¿Por qué, entonces, bautizas? «¡He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo! Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón que es antes de mí; porque era primero que yo». «Viene después de mí», porque nació más tarde; «es antes de mí», porque es preferido a mí; «era primero que yo», porque «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».

12. «Y yo no le conocía», dijo; «pero para que fuese manifestado a Israel, por eso vine yo bautizando con agua. Y Juan dio testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo vi, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». Atended un momento, amados. ¿Cuándo conoció Juan a Cristo? Pues fue enviado a bautizar con agua. Preguntaron: ¿Para qué? Para que fuese manifestado a Israel, dijo. ¿De qué sirvió el bautismo de Juan? Hermanos míos, si hubiera servido en algún sentido, habría permanecido hasta ahora, y los hombres serían bautizados con el bautismo de Juan, y así llegarían al bautismo de Cristo. Pero ¿qué dice? «Para que fuese manifestado a Israel», es decir, al mismo Israel, al pueblo de Israel, para que Cristo le fuese manifestado, por eso vino bautizando con agua. Juan recibió el ministerio del bautismo para preparar el camino al Señor con el agua del arrepentimiento, sin ser él mismo el Señor; pero donde el Señor era conocido, era superfluo prepararle el camino, pues para quienes lo conocían él mismo se hizo el camino; por eso el bautismo de Juan no duró mucho. Pero ¿cómo fue señalado el Señor? Humilde, para que Juan recibiera así un bautismo en el cual el Señor mismo había de ser bautizado.

13. ¿Y era necesario que el Señor fuera bautizado? Respondo de inmediato a quien haga esta pregunta: ¿Era necesario que el Señor naciera? ¿Era necesario que el Señor fuera crucificado? ¿Era necesario que el Señor muriera? ¿Era necesario que el Señor fuera sepultado? Si tomó sobre sí por nosotros una humillación tan grande, ¿no podía también recibir el bautismo? ¿Y qué provecho hubo en que recibiera el bautismo de un siervo? Que tú no desdeñaras recibir el bautismo del Señor. Atended, amadísimos hermanos. Habían de surgir en la Iglesia ciertos catecúmenos de gracia más elevada. Sucede a veces que veis a un catecúmeno que practica la continencia, se despide del mundo, renuncia a todos sus bienes, repartiéndolos a los pobres; y aunque catecúmeno todavía, instruido en la doctrina saludable mejor, quizá, que muchos de los fieles. De alguien así hay que temer que diga para sí acerca del santo bautismo, por el cual se perdonan los pecados: ¿Qué más voy a recibir? He aquí que soy mejor que este fiel, y que aquel otro (teniendo en su mente a los fieles que están casados, o que quizá son ignorantes, o que conservan la posesión de sus bienes, mientras que él ha dado los suyos a los pobres); y considerándose mejor que los ya bautizados, no se digna venir al bautismo, diciendo: ¿Voy yo a recibir lo que tiene este, y aquel otro? (pensando en personas a quienes desprecia, y considerando como una indignidad recibir lo que han recibido sus inferiores, porque le parece ser ya mejor que ellos); y sin embargo, todos sus pecados están sobre él, y sin venir al bautismo salvador, en el cual se perdonan todos los pecados, no puede, con toda su excelencia, entrar en el reino de los cielos. Pero el Señor, para invitar a tal excelencia a su bautismo, a fin de que se perdonaran los pecados, vino él mismo al bautismo de su siervo; y aunque no tenía pecado que perdonar, ni había en él cosa alguna que hubiera de ser lavada, recibió el bautismo de un siervo; y al hacerlo, se dirigió al hijo que se porta con soberbia, y se engríe, y desdeña, quizá, recibir junto con los ignorantes aquello de donde le viene la salvación, y le dijo: ¿Cómo te extiendes? ¿Cómo te engrandeces? ¿Cuán grande es tu excelencia? ¿Cuán grande es tu gracia? ¿Puede ser mayor que la mía? Si yo vengo al siervo, ¿desdeñas tú venir al Señor? Si yo recibí el bautismo del siervo, ¿desdeñas tú ser bautizado por el Señor?

14. Pero para que sepáis, hermanos míos, que no por necesidad de ninguna cadena de pecado vino el Señor a este Juan, como dicen los otros evangelistas, cuando el Señor vino a él para ser bautizado, el mismo Juan dijo: «¿Tú vienes a mí? Yo necesito ser bautizado por ti». ¿Qué le respondió? «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia». ¿Qué significa esto: «conviene que cumplamos toda justicia»? Vine a morir por los hombres, ¿no he de ser bautizado por los hombres? ¿Qué significa «conviene que cumplamos toda justicia»? Que se cumpla toda humildad. ¿Qué, pues? ¿No iba a aceptar el bautismo de un siervo bueno quien aceptó padecer a manos de siervos malos? Atended, pues. Siendo bautizado el Señor, si Juan bautizaba con este fin, para que por medio de su bautismo el Señor manifestara su humildad, ¿no habría de ser bautizado nadie más con el bautismo de Juan? Pero muchos fueron bautizados con el bautismo de Juan. Cuando el Señor fue bautizado con el bautismo de Juan, cesó el bautismo de Juan. Juan fue encarcelado en seguida. Después no encontramos que nadie sea bautizado con ese bautismo. Si, pues, Juan vino bautizando con este fin, para que se nos manifestara la humildad del Señor, a fin de que no desdeñáramos recibir del Señor lo que el Señor había recibido de un siervo, ¿debía Juan haber bautizado solo al Señor? Pero si Juan hubiera bautizado solo al Señor, algunos habrían pensado que el bautismo de Juan era más santo que el de Cristo: como si solo Cristo hubiera sido hallado digno de ser bautizado con el bautismo de Juan, pero el género humano con el de Cristo. Atended, amadísimos hermanos. Con el bautismo de Cristo hemos sido bautizados, y no solo nosotros, sino el mundo entero, y así será hasta el fin. ¿Quién de nosotros puede en algo compararse con Cristo, cuya correa del calzado Juan declaró no ser digno de desatar? Si, pues, Cristo, un hombre de tal excelencia, un hombre que es Dios, hubiera sido el único bautizado con el bautismo de Juan, ¿qué habrían podido decir los hombres? ¡Qué bautismo era el de Juan! Grande era su bautismo, un sacramento inefable; he aquí que solo Cristo mereció ser bautizado con el bautismo de Juan. Y así el bautismo del siervo parecería mayor que el bautismo del Señor. También otros fueron bautizados con el bautismo de Juan, para que el bautismo de Juan no pareciera mejor que el bautismo de Cristo; pero fue bautizado también el Señor, para que, por haber recibido el Señor el bautismo del siervo, los demás siervos no desdeñaran recibir el bautismo del Señor: con este fin, pues, fue enviado Juan.

15. Pero ¿conocía a Cristo, o no lo conocía? Si no lo conocía, ¿por qué dijo, cuando Cristo vino al río: «Yo necesito ser bautizado por ti»? Es decir: Sé quién eres. Si ya lo conocía, ciertamente lo conoció cuando vio descender la paloma. Es evidente que la paloma no descendió sobre el Señor sino después de que salió del agua del bautismo. «El Señor, después de ser bautizado, subió del agua, y los cielos se abrieron, y vio la paloma que descendía sobre él». Si, pues, la paloma descendió después del bautismo, y si, antes de que el Señor fuera bautizado, Juan le dijo: «¿Tú vienes a mí? Yo necesito ser bautizado por ti»; es decir, antes de conocer a aquel a quien dijo: «¿Tú vienes a mí? Yo necesito ser bautizado por ti»; ¿cómo, entonces, dijo: «Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo»? No es una cuestión insignificante, hermanos míos. Si habéis visto la cuestión, no habéis visto poco; falta que el Señor dé su solución. Esto, sin embargo, digo: si habéis visto la cuestión, no es poca cosa. He aquí que Juan está puesto ante vuestros ojos, de pie junto al río. He aquí a Juan el Bautista. He aquí que viene el Señor, para ser bautizado todavía, no bautizado aún. Oíd la voz de Juan: «¿Tú vienes a mí? Yo necesito ser bautizado por ti». He aquí que ya conocía al Señor, por quien quiere ser bautizado. El Señor, ya bautizado, sube del agua; se abren los cielos, desciende el Espíritu; entonces Juan lo conoce. Si entonces lo conoció por primera vez, ¿por qué dijo antes: «Yo necesito ser bautizado por ti»? Pero si no lo reconoció entonces por primera vez, porque ya lo conocía, ¿qué significa lo que dijo: «Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, como paloma, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo»?

16. Hermanos míos, esta cuestión, si se resolviera hoy, os abrumaría, no lo dudo, pues ya he hablado muchas palabras. Pero sabed que la cuestión es de tal carácter que ella sola puede extinguir el partido de Donato. He dicho tanto, amados míos, para ganar vuestra atención, como suelo hacer; y también para que oréis por nosotros, a fin de que el Señor nos conceda decir lo conveniente, y vosotros seáis hallados dignos de recibir lo conveniente. Entre tanto, tened a bien aplazar la cuestión por hoy. Pero entre tanto digo esto brevemente, hasta que dé una solución más completa: indagad en paz, sin disputas, sin contiendas, sin altercados, sin enemistades; buscad por vosotros mismos, e interrogad a otros, y decid: «Esta cuestión nos la propuso hoy nuestro obispo, y la resolverá más adelante, si el Señor quiere». Pero sea que se resuelva o no, tened por cierto que he planteado algo que me parece importante; pues parece, en efecto, de considerable importancia. Juan dice: «Yo necesito ser bautizado por ti», como si conociera a Cristo. Porque si no conocía a aquel por quien quería ser bautizado, habló con temeridad al decir: «Yo necesito ser bautizado por ti». Luego lo conocía. Si lo conocía, ¿qué significa la frase: «Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, como paloma, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo»? ¿Qué diremos? ¿Que no sabemos cuándo vino la paloma? Para que acaso no se refugien en esto, léanse los otros evangelistas, que han hablado de este asunto con más claridad, y hallamos con toda evidencia que la paloma descendió entonces, cuando el Señor subió del agua. Una vez bautizado, se abrieron sobre él los cielos, y vio al Espíritu que descendía. Si fue cuando ya estaba bautizado cuando Juan lo conoció, ¿cómo le dice, cuando venía al bautismo: «Yo necesito ser bautizado por ti»? Meditad esto entre tanto dentro de vosotros, conversad sobre ello, tratadlo unos con otros. Conceda el Señor nuestro Dios que, antes de que lo oigáis de mí, la explicación sea revelada primero a alguno de vosotros. Con todo, hermanos, sabed esto: que por medio de la solución de esta cuestión, la alegación del partido de Donato, si tienen algún sentido de la vergüenza, quedará silenciada, y se les cerrará la boca acerca de la gracia del bautismo, asunto sobre el cual levantan nieblas para confundir a los no instruidos y tienden redes a las aves que vuelan.

Tratado 5

1. Hemos llegado, como el Señor ha querido, al día de nuestra promesa. Él concederá también que lleguemos al cumplimiento de la promesa. Pues entonces lo que decimos, si es útil para nosotros y para vosotros, viene de Él; pero lo que procede del hombre es falso, como dijo el mismo Señor Jesucristo: «El que habla mentira, de suyo habla». Nadie tiene nada propio sino la falsedad y el pecado. Pero si el hombre tiene algo de verdad y de justicia, viene de aquella fuente por la que debemos tener sed en este desierto, para que, refrescados en cierto modo con algunas de sus gotas y consolados entretanto en esta peregrinación, no desfallezcamos en el camino, sino que lleguemos a su reposo y a su plenitud que sacia. Si, pues, «el que habla mentira, de suyo habla», el que habla verdad habla de parte de Dios. Juan es veraz, Cristo es la Verdad; Juan es veraz, pero todo hombre veraz lo es por la Verdad. Si, pues, Juan es veraz, y un hombre no puede ser veraz sino por la Verdad, ¿por quién fue veraz sino por Aquel que dijo: «Yo soy la verdad»? La Verdad, pues, no podía hablar contra el hombre veraz, ni el hombre veraz contra la Verdad. La Verdad envió al hombre veraz, y este fue veraz porque lo envió la Verdad. Si fue la Verdad quien envió a Juan, entonces fue Cristo quien lo envió. Pero lo que Cristo hace con el Padre, lo hace el Padre; y lo que el Padre hace con Cristo, lo hace Cristo. El Padre nada hace sin el Hijo, ni el Hijo nada sin el Padre: amor inseparable, unidad inseparable, majestad inseparable, poder inseparable, conforme a aquellas palabras que Él mismo propuso: «Yo y el Padre uno somos». ¿Quién envió, pues, a Juan? Si decimos que el Padre, decimos verdad; si decimos que el Hijo, decimos verdad; pero, para hablar con más claridad, decimos que el Padre y el Hijo. Y a quien envían el Padre y el Hijo, lo envía un solo Dios, porque el Hijo dijo: «Yo y el Padre uno somos». ¿Cómo, entonces, no conocía a Aquel por quien había sido enviado? Pues dijo: «Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo». Interrogo a Juan: «¿Quién te envió a bautizar con agua? ¿Qué te dijo?» «Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo». ¿Es esto, oh Juan, lo que te dijo el que te envió? Es evidente que fue esto; ¿quién, entonces, te envió? Quizá el Padre. El Padre es el Dios verdadero, y la Verdad es Dios el Hijo: si el Padre te envió sin el Hijo, Dios te envió sin la Verdad; pero si tú eres veraz, porque dices la verdad y hablas de la Verdad, el Padre no te envió sin el Hijo, sino que el Padre y el Hijo juntos te enviaron. Si, pues, el Hijo te envió con el Padre, ¿cómo no conocías a Aquel por quien eras enviado? Aquel a quien tú habías visto en la Verdad, Él mismo te envió para que fuese reconocido en la carne, y dijo: «Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo».

2. ¿Oyó Juan esto para conocer a Aquel a quien no conocía, o para conocer más plenamente a Aquel a quien ya conocía? Porque si lo hubiera ignorado por completo, no le habría dicho, cuando vino al río para ser bautizado: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Lo conocía, pues. Pero ¿cuándo descendió la paloma? Cuando el Señor ya había sido bautizado y subía del agua. Ahora bien, si Aquel que lo envió dijo: «Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo», y él no lo conocía, sino que al descender la paloma aprendió a conocerlo, y el momento en que la paloma descendió fue cuando el Señor subía del agua, pero Juan había conocido al Señor cuando este vino a él al agua, se nos hace claro que Juan, en cierto modo, conocía y, en cierto modo, no conocía al principio al Señor. Y si no lo entendemos así, fue un mentiroso. ¿Cómo era veraz al reconocer al Señor y decir: «¿Vienes a mí para ser bautizado?» y «Yo necesito ser bautizado por ti»? ¿Es veraz cuando dijo esto? ¿Y cómo es veraz de nuevo cuando dice: «Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo»? El Señor fue dado a conocer por una paloma, no a quien no lo conocía, sino a quien en cierto modo lo conocía y en cierto modo no lo conocía. A nosotros nos toca descubrir qué era lo que Juan no conocía en Él y aprendió por la paloma.

3. ¿Por qué fue enviado Juan a bautizar? Ya os lo he explicado, amadísimos, según mis fuerzas, si bien recuerdo. Porque si el bautismo de Juan hubiera sido necesario para nuestra salvación, debería usarse aún ahora. No podemos pensar que hoy los hombres no se salven, o que se salven menos, o que una fuera la salvación entonces y otra ahora. Si Cristo hubiera cambiado, la salvación también habría cambiado; pero si la salvación está en Cristo, y el mismo Cristo es el mismo, la misma salvación tenemos nosotros. Pero ¿por qué fue enviado Juan a bautizar? Porque convenía que Cristo fuese bautizado. ¿Por qué convenía que Cristo fuese bautizado? ¿Por qué convenía que Cristo naciese? ¿Por qué convenía que Cristo fuese crucificado? Pues si había venido a mostrar el camino de la humildad y a hacerse Él mismo camino de humildad, en todo debía cumplirse en Él la humildad. Se dignó, desde ahí, dar autoridad a su propio bautismo, para que sus siervos supieran con qué prontitud deben correr al bautismo del Señor, cuando Él mismo no rehusó recibir el bautismo de un siervo. A Juan se le concedió este favor: que aquel bautismo se llamase el suyo.

4. Atended a esto, ejercitad vuestro discernimiento y sabedlo, amadísimos. El bautismo que Juan recibió se llama el bautismo de Juan: él solo recibió tal don. Ninguno de los justos antes de él, y ninguno después de él, recibió un bautismo de modo que se llamara su bautismo. Él lo recibió, ciertamente, porque por sí mismo nada podía hacer: pues si alguien habla de suyo, de suyo habla mentira. ¿Y de dónde lo recibió sino del Señor Jesucristo? De Él recibió el poder de bautizar a los que después bautizó. No os maravilléis; porque Cristo obró con Juan de la misma manera que con su madre. Pues de Cristo se dijo: «Todas las cosas por medio de él fueron hechas». Si todas las cosas fueron hechas por medio de Él, también fue hecha por Él María, de la cual después nació Cristo. Atended, amadísimos: de la misma manera que creó a María y fue creado por María, así dio el bautismo de Juan y fue bautizado por Juan.

5. Por eso, pues, recibió el bautismo de Juan: para que, recibiendo de un inferior lo que era inferior, exhortara a los inferiores a recibir lo que era superior. Pero ¿por qué no fue Él solo bautizado por Juan, si Juan, por quien Cristo fue bautizado, fue enviado con este fin, para preparar el camino al Señor, es decir, al mismo Cristo? Esto ya lo hemos explicado, pero volvemos a ello porque es necesario para la cuestión presente. Si nuestro Señor Jesucristo hubiera sido el único bautizado con el bautismo de Juan —retened lo que decimos; que no tenga el mundo tanto poder como para borrar de vuestros corazones lo que el Espíritu de Dios ha escrito en ellos; que no tengan las espinas de los afanes tanto poder como para ahogar la semilla que se siembra en vosotros: pues ¿por qué nos vemos obligados a repetir las mismas cosas, sino porque no estamos seguros de la memoria de vuestros corazones?—, y si entonces solo el Señor hubiera sido bautizado con el bautismo de Juan, habría quienes lo juzgarían de modo que el bautismo de Juan sería mayor que el bautismo de Cristo. Dirían, en efecto, que ese bautismo es tanto mayor cuanto que solo Cristo mereció ser bautizado con él. Por tanto, para que el Señor nos diera un ejemplo de humildad, y para que nosotros alcanzáramos la salvación del bautismo, Cristo aceptó lo que para Él no era necesario, pero para nosotros sí lo era. Y de nuevo, para que lo que Cristo recibió de Juan no fuese preferido al bautismo de Cristo, se permitió que otros también fuesen bautizados por Juan. Pero a los que fueron bautizados por Juan aquel bautismo no les bastó: pues fueron bautizados con el bautismo de Cristo, porque el bautismo de Juan no era el bautismo de Cristo. Los que reciben el bautismo de Cristo no buscan el bautismo de Juan; los que recibieron el bautismo de Juan buscaron el bautismo de Cristo. Así pues, el bautismo de Juan bastó para Cristo. ¿Cómo no iba a bastar, si ni siquiera le era necesario? Porque para Él ningún bautismo era necesario; pero, para exhortarnos a recibir su bautismo, recibió el bautismo de su siervo. Y para que el bautismo del siervo no fuese preferido al bautismo del Señor, otros consiervos fueron bautizados con el bautismo del siervo. Pero convenía que esos consiervos, bautizados con aquel bautismo, fueran bautizados también con el bautismo del Señor; en cambio, los bautizados con el bautismo del Señor no necesitan el bautismo del consiervo.

6. Ahora bien, Juan había aceptado un bautismo que con propiedad puede llamarse el bautismo de Juan, pero el Señor Jesucristo no quiso dar su bautismo a ninguno, no para que nadie fuese bautizado con el bautismo del Señor, sino para que el Señor mismo bautizara siempre. Así se hizo que el Señor bautizase por medio de siervos; es decir, a los que los siervos del Señor iban a bautizar, los bautizaba el Señor, no ellos. Porque una cosa es bautizar como siervo y otra bautizar con poder. El bautismo toma su carácter de Aquel por cuyo poder se da, no de aquel por cuyo ministerio se da. Como era Juan, así era su bautismo: el bautismo justo de un hombre justo; pero de un hombre que había recibido del Señor aquella gracia, y tan grande gracia, que fue digno de ser precursor del Juez, de señalarlo con el dedo y de cumplir la palabra de aquella profecía: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor». Como era el Señor, tal era su bautismo: el bautismo del Señor, pues, era divino, porque el Señor era Dios.

7. Pero el Señor Jesucristo habría podido, si hubiera querido, dar a uno de sus siervos el poder de dar un bautismo, por así decir, propio, en lugar del suyo; habría podido traspasar de sí mismo el poder de bautizar y asignarlo a uno de sus siervos, y dar al bautismo así traspasado al siervo el mismo poder que tenía cuando lo concedía el Señor. No quiso hacerlo, para que la esperanza de los bautizados estuviera en aquel por quien reconocían haber sido bautizados. No quiso, pues, que el siervo pusiera su esperanza en el siervo. Y por eso exclamó el apóstol, al ver que los hombres querían poner su esperanza en él: «¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?». Pablo, entonces, bautizaba como siervo, no como el poder mismo; pero el Señor bautizaba como el poder. Atended. Pudo dar este poder a sus siervos, y no quiso. Porque, si hubiera dado este poder a sus siervos —es decir, que lo que pertenecía al Señor fuese de ellos—, habría habido tantos bautismos como siervos; de modo que, así como hablamos del bautismo de Juan, habríamos hablado también del bautismo de Pedro, del bautismo de Pablo, del bautismo de Jacobo, del bautismo de Tomás, de Mateo, de Bartolomé: pues de aquel bautismo hablábamos como del de Juan. Pero quizá alguno objete y diga: Pruébanos que aquel bautismo se llamaba el bautismo de Juan. Lo probaré con las palabras mismas de la Verdad, cuando preguntó a los judíos: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?». Por tanto, para que no se hablase de tantos bautismos como siervos recibieron del Señor el poder de bautizar, el Señor se reservó el poder de bautizar y dio a sus siervos el ministerio. El siervo dice que bautiza; y lo dice con razón, como dice el apóstol: «También bauticé a la familia de Estéfanas»; pero como siervo. Por tanto, aunque este sea malo, y aunque suceda que tenga el ministerio del bautismo, y los hombres no lo conozcan pero Dios sí lo conozca, Dios, que se ha reservado el poder, permite que el bautismo se administre por medio de él.

8. Pero esto Juan no lo conocía en el Señor. Que era el Señor, lo sabía; y que debía ser bautizado por Él, lo sabía; y confesó que Él era la Verdad, y que él, hombre veraz, había sido enviado por la Verdad: esto lo sabía. Pero ¿qué había en Él que no conocía? Que Él iba a retener para sí el poder de su bautismo, y no iba a transmitirlo ni traspasarlo a ningún siervo; sino que, ya bautizara un buen siervo de manera ministerial, ya bautizara un mal siervo, el bautizado no habría de saber que había sido bautizado sino por Aquel que se reservaba el poder de bautizar. Y para que sepáis, hermanos, lo que Juan no conocía en Él, lo aprendió por medio de la paloma: pues conocía al Señor; pero que Él iba a retener para sí el poder de bautizar y no darlo a ningún siervo, esto aún no lo sabía. Acerca de esto dijo: «Yo no le conocía». Y para que sepáis que aprendió esto allí, atended a lo que sigue: «Pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ese es». ¿Quién es ese? ¿El Señor? Pero él ya conocía al Señor. Supongamos, pues, que Juan hubiera dicho hasta aquí: «Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo…». Preguntamos: ¿qué dijo? Sigue: «Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él». No digo lo que sigue. Entretanto, atended: «Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ese es». Pero ¿quién es ese? ¿Qué quiso enseñarme, por medio de una paloma, Aquel que me envió? Que Él mismo era el Señor. Ya sabía yo por quién había sido enviado; ya conocía a Aquel a quien dije: «¿Vienes a mí para ser bautizado? Yo necesito ser bautizado por ti». Hasta tal punto, pues, conocía yo al Señor, que quise ser bautizado por Él, no que Él fuese bautizado por mí; y entonces me dijo: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia». Yo vine a dejarlo; ¿acaso no vengo para ser bautizado? «Cúmplase toda justicia», me dice mi Dios. Cúmplase toda justicia; enseñe yo la humildad entera. Sé que en mi pueblo futuro habrá soberbios; sé que algunos hombres serán entonces eminentes en alguna gracia, de modo que, al ver bautizados a personas ordinarias, ellos, por considerarse mejores, ya sea en continencia, ya en limosnas, ya en doctrina, quizá no se dignarán recibir lo que han recibido sus inferiores. Era necesario que yo los sanara, para que no desdeñaran venir al bautismo del Señor, puesto que yo vine al bautismo del siervo.

9. Ya, pues, sabía Juan esto, y conocía al Señor. ¿Qué enseñó entonces la paloma? ¿Qué quiso enseñar por medio de la paloma —es decir, por medio del Espíritu Santo que venía así— quien lo había enviado, cuando le dijo: «Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ese es»? ¿Quién es ese? ¿El Señor? Lo sé. Pero ¿sabías ya esto: que el mismo Señor, teniendo el poder de bautizar, no iba a dar ese poder a ningún siervo, sino a retenerlo para sí, de modo que todos los bautizados por el ministerio del siervo no atribuyeran su bautismo al siervo, sino al Señor? ¿Sabías ya esto? No lo sabía; entonces, ¿qué me dijo? «Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo». No dice: «Es el Señor»; no dice: «Es el Cristo»; no dice: «Es Dios»; no dice: «Es Jesús»; no dice: «Es el que nació de la virgen María, después de ti, antes que tú». Esto no lo dice, porque Juan ya lo sabía. ¿Qué era, entonces, lo que no sabía? Que esta gran autoridad del bautismo la iba a tener el Señor mismo, y a retenerla para sí, ya estuviera presente en la tierra, ya ausente en el cuerpo en el cielo y presente en majestad; para que Pablo no dijera: mi bautismo; para que Pedro no dijera: mi bautismo. Mirad, pues, atended a las palabras de los apóstoles. Ninguno de los apóstoles dijo: mi bautismo. Aunque había un solo evangelio de todos, con todo encuentras que dijeron: mi evangelio; no encuentras que digan: mi bautismo.

10. Esto, pues, hermanos míos, aprendió Juan. Lo que Juan aprendió por medio de la paloma, aprendámoslo también nosotros. Porque la paloma no enseñó a Juan sin enseñar a la Iglesia, a la Iglesia a la cual se dijo: «Una es mi paloma». Que la paloma enseñe a la paloma; que la paloma sepa lo que Juan aprendió por la paloma. El Espíritu Santo descendió en forma de paloma. Pero esto que Juan aprendió en la paloma, ¿por qué lo aprendió en la paloma? Pues le convenía aprenderlo, y quizá no le convenía tanto aprenderlo como aprenderlo por la paloma. ¿Qué diré, hermanos míos, acerca de la paloma? ¿O cuándo bastará la facultad de la lengua o del corazón para hablar como quiero? Y quizá mi deseo se queda corto respecto de mi deber al hablar; aun si pudiera hablar como quiero, ¡cuánto menos puedo hablar como debo! Preferiría oír esto de alguien mejor que yo, antes que hablaros de ello.

11. Juan aprende a conocer a Aquel a quien conocía; pero aprende en Él lo que no sabía; en cuanto a lo que sabía, no aprende. ¿Y qué sabía? Que era el Señor. ¿Qué no sabía? Que el poder del bautismo del Señor no pasaría del Señor a ningún hombre, pero que su ministerio sí pasaría; el poder, del Señor a nadie; el ministerio, tanto a buenos como a malos. Que la paloma no se retraiga del ministerio de los malos, sino que mire al poder del Señor. ¿Qué daño te hace un mal siervo allí donde el Señor es bueno? ¿Qué impedimento puede ponerte el pregonero malicioso si el juez te es favorable? Esto es lo que Juan aprendió por medio de la paloma. ¿Qué es lo que aprendió? Que lo repita él mismo. «Aquel me dijo —dice—: Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, este es el que bautiza con el Espíritu Santo». Que no te engañen, oh paloma, esos seductores que dicen: Nosotros bautizamos. Reconoce, paloma, lo que la paloma ha enseñado: «Este es el que bautiza con el Espíritu Santo». Por medio de la paloma se nos enseña que este es Él; ¿y tú piensas que eres bautizado por la autoridad de aquel por cuyo ministerio eres bautizado? Si lo piensas, aún no estás en el cuerpo de la paloma; y si no estás en el cuerpo de la paloma, no es de extrañar que no tengas sencillez; porque por medio de la paloma se designa sobre todo la sencillez.

12. Por eso, hermanos míos, ¿por qué aprendió Juan, por la sencillez de la paloma, que «este es el que bautiza con el Espíritu Santo», sino para mostrar que no son palomas los que han dispersado la Iglesia? Gavilanes eran, y milanos. La paloma no desgarra. Y veis que nos hacen odiosos por las persecuciones, como las llaman, que han sufrido. Persecuciones corporales, ciertamente, si así hay que llamarlas, han sufrido, pues eran los azotes del Señor, que administraba claramente una corrección temporal, para no tener que condenarlos eternamente si no la reconocían y se enmendaban. Persiguen de verdad a la Iglesia quienes persiguen mediante el engaño; hieren más gravemente el corazón los que hieren con la espada de la lengua; derraman sangre más amargamente los que, en cuanto pueden, matan a Cristo en el hombre. Parecen temer, por así decir, el juicio de las autoridades. ¿Qué te hace la autoridad si eres bueno? Pero si eres malo, teme a la autoridad: «Porque no en vano lleva la espada», dice el apóstol. No saques la espada con que hieres a Cristo. Cristiano, ¿qué persigues en un cristiano? ¿Qué persiguió en ti el emperador? Persiguió la carne; tú en un cristiano persigues el Espíritu. Tú no matas la carne. Y, sin embargo, ellos no perdonan la carne; a cuantos pudieron, los mataron con la espada; no perdonaron ni a los suyos ni a los extraños. Esto lo sabe todo el mundo. Se odia a la autoridad porque es legítima; actúa de manera odiosa el que actúa conforme a la ley; actúa sin incurrir en odio el que actúa contra las leyes. Considerad, cada uno de vosotros, hermanos míos, lo que posee el cristiano. Su humanidad la tiene en común con muchos; su cristianismo lo distingue de muchos, y su cristianismo le pertenece más estrechamente que su humanidad. Porque, como cristiano, es renovado a imagen de Dios, por quien el hombre fue hecho a imagen de Dios; pero como hombre podría ser malo, podría ser pagano, podría ser idólatra. Esto persigues en el cristiano, que es su mejor parte; pues lo que lo hace vivir quieres quitárselo. Porque vive temporalmente según el espíritu de vida con que su cuerpo es animado, pero vive para la eternidad según el bautismo que recibió del Señor; tú quieres quitarle esto que recibió del Señor, esto quieres quitarle: aquello por lo que vive. Los ladrones, respecto de aquellos a quienes quieren despojar, se proponen enriquecerse y privar a sus víctimas de todo lo que tienen; pero tú le quitas, y contigo no habrá nada más, pues no te viene más por quitárselo a él. Pero, en verdad, hacen lo mismo que los que quitan la vida natural: se la quitan a otro, y ellos mismos no tienen por eso dos vidas.

13. ¿Qué quieres, pues, quitar? ¿Qué te desagrada en el hombre a quien quieres rebautizar? No puedes dar lo que ya tiene, pero le haces negar lo que tiene. ¿Qué mayor crueldad cometió el perseguidor pagano de la Iglesia? Se tendieron espadas contra los mártires, se soltaron fieras, se aplicaron fuegos: ¿con qué fin esto? Para inducir al que sufría a decir: No soy cristiano. ¿Qué enseñas tú a aquel a quien quieres rebautizar, sino que diga primero: No soy cristiano? Con el mismo fin con que el perseguidor extendía la llama, extiendes tú la lengua; haces seduciendo lo que él no hizo matando. ¿Y qué es lo que das, y a quién has de darlo? Si te dice la verdad y no miente, seducido por ti, dirá: Lo tengo. Preguntas: ¿Tienes el bautismo? Lo tengo, dice. Mientras diga: Lo tengo, tú dices: No te lo daré. Y no lo des, porque lo que quieres dar no puede adherirse a mí; porque lo que recibí no se me puede quitar. Pero espera, sin embargo; déjame ver qué querrías enseñarme. Di, dice él, en primer lugar: No lo tengo. Pero esto sí lo tengo; si digo: No lo tengo, miento; porque lo que tengo, lo tengo. No lo tienes, dice. Enséñame que no lo tengo. Un hombre malo te lo dio. Si Cristo es malo, un hombre malo me lo dio. Cristo, dice, no es malo; pero Cristo no te lo dio. ¿Quién me lo dio, entonces? Responde: Sé que lo recibí de Cristo. El que te lo dio, dice, no fue Cristo, sino algún traditor. Yo veré quién fue el ministro; veré quién fue el pregonero. Acerca del funcionario no discuto; yo miro al Juez: y quizá, al objetar tú contra el funcionario, hablas falsamente. Pero rehúso discutirlo; que el Señor de ambos decida la causa de su propio funcionario. Si acaso te pidiera pruebas, no podrías darlas; más aún, mientes; ha quedado probado que no pudiste probarlo. Pero no fundo mi causa en esto, no sea que de mi celosa defensa de hombres inocentes infieras que he puesto mi esperanza aun en hombres inocentes. Sean los hombres lo que sean, yo recibí de Cristo, fui bautizado por Cristo. No, dice; no Cristo, sino aquel obispo te bautizó, y aquel obispo está en comunión con ellos. Por Cristo he sido bautizado, lo sé. ¿Cómo lo sabes? Me lo enseñó la paloma, que vio Juan. Oh mal milano, no podrás arrancarme de las entrañas de la paloma. Estoy contado entre los miembros de la paloma, porque lo que la paloma enseñó, esto lo sé. Tú me dices: Este o aquel te bautizó; por medio de la paloma se me dice a mí y a ti: «Este es el que bautiza». ¿A quién creeré, al milano o a la paloma?

14. Dime con certeza, para que seas confundido por aquella lámpara por la cual fueron confundidos también los enemigos de antes, semejantes a ti, los fariseos, quienes, cuando interrogaron al Señor con qué autoridad hacía aquellas cosas, Él dijo: «Yo también os haré una pregunta: Decidme, el bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?». Y ellos, que se disponían a tender sus lazos, quedaron enredados por la pregunta, y comenzaron a deliberar entre sí, y a decir: «Si respondemos: Del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis?». Porque Juan había dicho del Señor: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». ¿Por qué, entonces, preguntáis con qué autoridad obro? Oh lobos, lo que hago, lo hago por la autoridad del Cordero. Pero para que conozcáis al Cordero, ¿por qué no creéis a Juan, que dijo: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»? Ellos, pues, sabiendo lo que Juan había dicho acerca del Señor, dijeron entre sí: «Si decimos que el bautismo de Juan es del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? Y si decimos: De los hombres, el pueblo nos apedreará; porque tienen a Juan por profeta». De ahí que temieran a los hombres; de ahí que se turbaran para confesar la verdad. Las tinieblas respondieron con tinieblas; pero fueron vencidos por la luz. Pues ¿qué respondieron? «No sabemos»; de aquello que sabían, dijeron: «No sabemos». Y el Señor dijo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas». Y los primeros enemigos fueron confundidos. ¿Cómo? Por la lámpara. ¿Quién era la lámpara? Juan. ¿Podemos probar que era la lámpara? Podemos probarlo; pues el Señor dice: «Él era antorcha que ardía y alumbraba». ¿Podemos probar también que los enemigos fueron confundidos por él? Escuchad el salmo: «He preparado —dice— una lámpara para mi Ungido. A sus enemigos vestiré de confusión».

15. Todavía, en las tinieblas de esta vida, caminamos por la lámpara de la fe: sigamos también la lámpara de Juan, y confundamos por ella a los enemigos de Cristo; mejor aún, que el mismo Cristo confunda a sus enemigos con su propia lámpara. Hagamos la pregunta que el Señor hizo a los judíos, preguntemos y digamos: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?». ¿Qué dirán? Mirad si no quedan, como enemigos, confundidos por la lámpara. ¿Qué dirán? Si dicen: De los hombres, hasta los suyos los apedrearán; pero si dicen: Del cielo, digámosles: ¿Por qué, entonces, no le creísteis? Quizá digan: Le creemos. ¿Por qué, entonces, decís que bautizáis, cuando Juan dice: «Este es el que bautiza»? Pero conviene, dicen, que los ministros de tan gran Juez que bautizan sean justos. Yo también lo digo, y todos lo dicen, que conviene que los ministros de tan gran Juez sean justos; sean justos los ministros, sin duda, si quieren; pero si no quieren ser justos los que se sientan en la cátedra de Moisés, mi Maestro me puso a salvo, de quien su Espíritu dijo: «Este es el que bautiza». ¿Cómo me puso a salvo? «En la cátedra de Moisés —dice— se sentaron los escribas y los fariseos: haced lo que dicen; pero lo que hacen, no lo hagáis vosotros: porque dicen, y no hacen». Si el ministro es justo, lo cuento con Pablo, lo cuento con Pedro; con ellos cuento a los ministros justos: porque, en verdad, los ministros justos no buscan su propia gloria; pues son ministros, no quieren ser tenidos por jueces, aborrecen que alguien ponga su esperanza en ellos; por eso cuento al ministro justo con Pablo. Porque ¿qué dice Pablo? «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento». Pero el que es un ministro soberbio se cuenta con el diablo; mas el don de Cristo no se contamina, pues fluye puro por él, pasa líquido por él y llega a la tierra fértil. Supón que es de piedra, que del agua no puede criar fruto; aun por el canal de piedra pasa el agua, el agua pasa a los surcos del huerto; en el canal de piedra no hace crecer nada, pero lleva, con todo, mucho fruto a los huertos. Porque la virtud espiritual del sacramento es como la luz: es recibida pura por quienes han de ser iluminados, y si pasa por lo impuro no se mancha. Sean los ministros justos, sin duda, y no busquen su propia gloria, sino la gloria de Aquel de quien son ministros; no digan: El bautismo es mío; porque no es suyo. Atiendan a Juan. He aquí que Juan estaba lleno del Espíritu Santo, y tenía su bautismo del cielo, no de los hombres; pero ¿hasta cuándo lo tuvo? Él mismo dijo: «Preparad el camino del Señor». Pero cuando el Señor fue conocido, Él mismo se hizo el camino; ya no hacía falta que el bautismo de Juan preparase el camino al Señor.

16. ¿Qué suelen decirnos, sin embargo, en contra? «Mirad, después de Juan se dio bautismo». Porque, antes de que aquella cuestión fuese debidamente tratada en la Iglesia católica, muchos erraron en ella, grandes y buenos hombres; pero como eran miembros de la paloma, no se cortaron a sí mismos, y en su caso sucedió lo que dijo el apóstol: «Si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios». De ahí que los que se separaron se volvieron indóciles. ¿Qué suelen decir, pues? Mirad, después de Juan se dio bautismo; ¿después del bautismo herético no se ha de dar? Porque a ciertos que tenían el bautismo de Juan Pablo les mandó bautizarse, pues no tenían el bautismo de Cristo. ¿Por qué, dicen, exageras el mérito de Juan y, por así decir, rebajas la miseria de los herejes? Yo también os concedo que los herejes son malos; pero los herejes dieron el bautismo de Cristo, bautismo que Juan no dio.

17. Vuelvo a Juan, y digo: «Este es el que bautiza». Porque Juan es mejor que un hereje, como Juan es mejor que un borracho, como Juan es mejor que un homicida. Si debiéramos bautizar después del peor porque los apóstoles bautizaron después del mejor, todos los que entre ellos fueron bautizados por un borracho —no digo por un homicida, no digo por el satélite de algún malvado, no digo por el ladrón de bienes ajenos, no digo por el opresor de huérfanos o el que separa matrimonios; de ninguno de estos hablo; hablo de lo que sucede cada año, de lo que sucede cada día; hablo de aquello a lo que todos son llamados, aun en esta ciudad, cuando se les dice: Hagamos el papel de los irracionales, démonos placer, y en un día como este de las calendas de enero no debemos ayunar: de estas cosas hablo, de estos hechos menudos de todos los días—, cuando uno es bautizado por un borracho, ¿quién es mejor? ¿Juan o el borracho? ¡Responde, si puedes, que el borracho es mejor que Juan! Esto nunca te atreverás a hacerlo. Bautiza tú, pues, como hombre sobrio, después de tu borracho. Porque si los apóstoles bautizaron después de Juan, ¡cuánto más deberían bautizar los sobrios después del borracho! ¿O dices que el borracho está en unidad conmigo? ¿Acaso Juan, el amigo del Esposo, no estaba en unidad con el Esposo?

18. Pero te digo a ti mismo, quienquiera que seas: ¿Eres mejor que Juan? No te atreverás a decir: Soy mejor que Juan. Entonces que los tuyos bauticen después de ti, si son mejores. Porque si se administró bautismo después de Juan, avergüénzate de que no se administre bautismo después de ti. Dirás: Pero yo tengo y enseño el bautismo de Cristo. Reconoce, pues, ya al Juez, y no seas un pregonero soberbio. Tú das el bautismo de Cristo, por eso no se administra bautismo después de ti; después de Juan se administró, porque él no daba el bautismo de Cristo, sino el suyo; pues lo había recibido de tal manera que era suyo. No eres, pues, mejor que Juan; pero el bautismo dado por medio de ti es mejor que el de Juan; porque el uno es de Cristo, pero el otro es el de Juan. Y el que dio Pablo, y el que dio Pedro, es de Cristo; y si Judas dio el bautismo, era de Cristo. Judas dio bautismo, y después de Judas el bautismo no se repitió; Juan dio bautismo, y el bautismo se repitió después de Juan: porque si Judas dio el bautismo, era el bautismo de Cristo; pero el que dio Juan era el bautismo de Juan. No preferimos Judas a Juan; pero el bautismo de Cristo, aun dado por la mano de Judas, lo preferimos al bautismo de Juan, rectamente dado aun por la mano de Juan. Porque del Señor se dijo, antes de que padeciera, que bautizaba más que Juan; luego se añadió: «Aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos». Él, y no Él: Él por el poder, ellos por el ministerio; ellos prestaban el servicio de bautizar, el poder de bautizar permanecía en Cristo. Sus discípulos, pues, bautizaban, y Judas estaba todavía entre sus discípulos: ¿y entonces los que Judas bautizó no fueron bautizados de nuevo, y los que Juan bautizó sí fueron bautizados de nuevo? Ciertamente hubo repetición, pero no repetición del mismo bautismo. Porque a los que Juan bautizó, Juan los bautizó; a los que Judas bautizó, Cristo los bautizó. Del mismo modo, pues, aquellos a quienes bautizó un borracho, aquellos a quienes bautizó un homicida, aquellos a quienes bautizó un adúltero, si era el bautismo de Cristo, fueron bautizados por Cristo. No temo al adúltero, al borracho ni al homicida, porque miro a la paloma, por quien se me dice: «Este es el que bautiza».

19. Pero, hermanos míos, es locura decir que —no diré Judas— sino que algún hombre fuera mejor que aquel de quien se dijo: «Entre los nacidos de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista». Ningún siervo, pues, es preferido a él; pero el bautismo del Señor, aun dado por medio de un mal siervo, es preferido al bautismo aun de un siervo que fue amigo. Escuchad qué clase de personas menciona el apóstol Pablo, falsos hermanos que predicaban la palabra de Dios por envidia, y lo que dice de ellos: «En esto me gozo, y me gozaré aún». Proclamaban a Cristo, por envidia ciertamente, pero con todo proclamaban a Cristo. No consideres el porqué, sino el a quién: por envidia se te predica a Cristo. Mira a Cristo, evita la envidia. No imites al mal predicador, sino imita al Bueno que se te predica. Cristo, pues, era predicado por algunos por envidia. ¿Y qué es la envidia? Un mal horrendo. Por este mal fue derribado el diablo; esta peste maligna fue la que lo derribó; y algunos predicadores de Cristo estaban poseídos por ella, a quienes, sin embargo, el apóstol permitió predicar. ¿Por qué? Porque predicaban a Cristo. Pero el que envidia, aborrece; y del que aborrece, ¿qué se dice? Escuchad al apóstol Juan: «El que aborrece a su hermano es homicida». Mirad, después de Juan se dio bautismo; después de un homicida no se dio bautismo; porque Juan dio su propio bautismo, el homicida dio el bautismo de Cristo. Aquel sacramento es tan santo que ni el ministerio de un homicida lo contamina.

20. No rechazo a Juan, sino que más bien creo a Juan. ¿En qué creo a Juan? ¿En lo que aprendió por la paloma? ¿Qué aprendió por la paloma? «Este es el que bautiza con el Espíritu Santo». Ahora, pues, hermanos, retened esto y grabadlo en vuestros corazones; porque, si quisiera explicar hoy más plenamente por qué por medio de la paloma, falta el tiempo. Pues yo he dejado claro hasta cierto punto, creo, santos hermanos, que a Juan, por medio de la paloma, se le infundió algo que debía aprender, algo respecto de Cristo que Juan no sabía, aunque ya conocía a Cristo; pero por qué convenía que esto se señalase por medio de la paloma, lo diría si fuese posible decirlo brevemente; mas porque llevaría mucho decirlo y no quiero cargaros, ya que he sido ayudado por vuestras oraciones para cumplir mi promesa, con la renovada ayuda de vuestra piadosa atención y buenos deseos, os quedará claro también por qué a Juan, respecto de aquello que aprendió acerca del Señor, a saber, que es «el que bautiza con el Espíritu Santo» y que a ninguno de sus siervos había traspasado el poder de bautizar, no le convenía aprenderlo sino por la paloma.

Tratado 6

1. Os lo confieso, santos hermanos: temía que el frío os hubiera enfriado para reuniros; pero ya que con esta numerosa asamblea demostráis que sois fervientes de espíritu, no dudo de que habéis orado también por mí, para que pueda pagaros lo que os debo. Pues os prometí en el nombre de Cristo que, ya que la brevedad del tiempo nos impidió exponerlo antes, hoy trataría por qué Dios quiso manifestar al Espíritu Santo en forma de paloma. Para que eso se explique ha amanecido este día; y veo que, por el afán de escuchar y por piadosa devoción, os habéis reunido en mayor número que de costumbre. Que Dios, por nuestra boca, cumpla vuestra expectativa. Porque vuestra reunión nace de vuestro amor; pero ¿amor a qué? Si es a nosotros, también eso está bien; pues deseamos ser amados por vosotros, pero no en nosotros mismos. Como nosotros os amamos en Cristo, amadnos vosotros a su vez en Cristo, y suspire nuestro amor mutuo hacia Dios; pues el canto de la paloma es un suspiro o gemido.

2. Ahora bien, si el canto de la paloma es un gemido, como todos sabemos, y las palomas gimen de amor, oíd lo que dice el apóstol, y no os extrañéis de que el Espíritu Santo quisiera manifestarse en forma de paloma: «Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos —dice—; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles». ¿Qué, pues, hermanos míos? ¿Diremos que el Espíritu gime allí donde tiene con el Padre y con el Hijo la bienaventuranza perfecta y eterna? Porque el Espíritu Santo es Dios, como el Hijo de Dios es Dios, y el Padre es Dios. He dicho «Dios» tres veces, pero no tres dioses; pues más bien es Dios tres veces que tres dioses, porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios: esto lo sabéis muy bien. No es, pues, en sí mismo, consigo mismo, en aquella Trinidad, en aquella bienaventuranza, en aquella su sustancia eterna, donde el Espíritu Santo gime; sino que gime en nosotros porque nos hace gemir. Y no es poca cosa que el Espíritu Santo nos enseñe a gemir, pues nos da a conocer que somos peregrinos en tierra extraña, y nos enseña a suspirar por nuestra patria; y por ese mismo anhelo gemimos. Aquel a quien le va bien en este mundo, o más bien quien piensa que le va bien, quien se regocija en el gozo de las cosas carnales, en la abundancia de los bienes temporales, en una felicidad vacía, tiene el grito del cuervo; porque el grito del cuervo está lleno de clamor, no de gemido. Pero quien sabe que se halla en el apremio de esta vida mortal, peregrino «ausente del Señor», que aún no posee aquella bienaventuranza perpetua que se nos promete, sino que la tiene en esperanza, y la tendrá en realidad cuando venga abiertamente en gloria el Señor que antes vino oculto en humildad; ese, digo, que sabe esto, gime. Y mientras gima por esto, hace bien en gemir; fue el Espíritu quien le enseñó a gemir, lo aprendió de la paloma. Muchos gimen, en verdad, por la miseria terrenal. Están quebrantados, quizá, por pérdidas, o abrumados por una dolencia del cuerpo, o encerrados en cárceles, o atados con cadenas, o zarandeados por las olas del mar, o cercados por las asechanzas de sus enemigos. Por eso gimen, pero no con el gemido de la paloma, no con amor de Dios, no en el Espíritu. Por eso, cuando estos son librados de esas mismas aflicciones, se regocijan a grandes voces, con lo cual se hace manifiesto que son cuervos, no palomas. Con razón fue enviado del arca un cuervo, que no volvió más; fue enviada una paloma, y volvió. Estas dos aves envió Noé. Tenía allí el cuervo, y también la paloma. Aquella arca contenía ambas clases; y si el arca era figura de la Iglesia, veis que, en el presente diluvio del mundo, la Iglesia ha de contener por necesidad las dos clases, tanto el cuervo como la paloma. ¿Quiénes son los cuervos? Los que buscan lo suyo. ¿Quiénes son las palomas? Los que buscan lo que es de Cristo.

3. Por eso, cuando envió al Espíritu Santo, lo manifestó visiblemente de dos maneras: por una paloma y por fuego; por una paloma sobre el Señor cuando fue bautizado, por fuego sobre los discípulos cuando estaban reunidos. Pues cuando el Señor hubo subido al cielo después de su resurrección, habiendo pasado cuarenta días con sus discípulos, y cumplido el día de Pentecostés, les envió al Espíritu Santo como lo había prometido. Así, al venir entonces el Espíritu, llenó el lugar, y hubo primero un estruendo del cielo como de un viento recio que soplaba, según leemos en los Hechos de los Apóstoles, y «se les aparecieron —dice— lenguas repartidas, como de fuego, y se asentó sobre cada uno de ellos; y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen». Aquí hemos visto una paloma que desciende sobre el Señor; allí, lenguas repartidas sobre los discípulos reunidos: en la primera se muestra la sencillez; en las segundas, el fervor. Pues hay quienes son llamados sencillos y solo son indolentes; se les llama sencillos, pero solo son lentos. No era así Esteban, lleno del Espíritu Santo: era sencillo, porque no dañaba a nadie; era fervoroso, porque reprendía a los impíos. Pues no calló ante los judíos. Suyas son aquellas palabras ardientes: «¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo!». Gran ímpetu; pero es la paloma sin hiel que se enardece. Y para que sepáis que era fiero sin hiel, mirad cómo, al oír estas palabras, los que eran los cuervos tomaron al instante piedras y se lanzaron juntos contra esta paloma. Comienzan a apedrear a Esteban; y el que poco antes se encendía y ardía con el ardor del espíritu —el que, por así decir, había arremetido contra sus enemigos y, como un hombre lleno de violencia, los había atacado con palabras tan fogosas y ardientes como habéis oído, «duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos», de modo que cualquiera que las oyera pudiera imaginar que Esteban, si se le permitiera, los haría consumir al instante—, cuando las piedras lanzadas por sus manos le alcanzaron, con la rodilla hincada dice: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado». Se mantuvo firme en la unidad de la paloma. Pues su Maestro, sobre quien descendió la paloma, había hecho lo mismo antes que él, cuando, colgado en la cruz, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Por eso, por la paloma se muestra que los que son santificados por el Espíritu han de ser sin dolo; y que su sencillez no debe permanecer fría se nos muestra por el fuego. Ni os perturbe que las lenguas estuvieran repartidas; porque las lenguas son diversas, y por eso la apariencia era la de lenguas repartidas. «Lenguas repartidas —dice—, como de fuego, y se asentó sobre cada uno de ellos». Hay diversidad de lenguas, pero la diversidad de lenguas no implica cismas. No temas la separación en las lenguas repartidas; en la paloma reconoce la unidad.

4. Por eso convenía que el Espíritu Santo se manifestara de este modo al venir sobre el Señor, para que cada uno entendiera que, si tiene el Espíritu Santo, debe ser sencillo como la paloma y tener verdadera paz con sus hermanos, esa paz que significan los besos de las palomas. Los cuervos tienen también sus besos; pero en los cuervos es una paz falsa, y en la paloma una paz verdadera. No hay que escuchar, pues, a todo el que dice: «La paz sea con vosotros», como si fuera una paloma. ¿Cómo se distinguen, entonces, los besos de los cuervos de los de las palomas? Los cuervos besan, pero desgarran; la naturaleza de las palomas es inocente de desgarrar. Donde hay, pues, desgarramiento, no hay verdadera paz en los besos. Tienen verdadera paz los que no han desgarrado la Iglesia. Los cuervos se alimentan de carroña; no así la paloma, que vive de los frutos de la tierra, y su alimento es inocente. Esto, hermanos, es realmente digno de admiración en la paloma. Los gorriones son avecillas muy pequeñas, pero al menos matan moscas. La paloma no hace nada semejante, pues no se alimenta de lo muerto. Los que han desgarrado la Iglesia se alimentan de muertos. Dios es poderoso; oremos para que los que son devorados por ellos y no lo perciben vuelvan a la vida. Muchos reconocen que vuelven a la vida, pues cada día, cuando vienen, nos alegramos con ellos en el nombre de Cristo. Sed sencillos, pero de tal modo que seáis fervorosos, y esté vuestro fervor en vuestras lenguas. No calléis, hablad con lenguas ardientes, encended a los que están fríos.

5. Porque ¿por qué, hermanos míos? ¿Quién no ve lo que ellos no ven? Y no es de extrañar; pues los que no quieren volver de aquello son como el cuervo que fue enviado del arca. Porque ¿quién no ve lo que ellos no ven? Son ingratos incluso para con el mismo Espíritu Santo. Mirad: la paloma descendió sobre el Señor, sobre el Señor bautizado; y entonces fue manifestada aquella santa y verdadera Trinidad, que para nosotros es un solo Dios. Pues el Señor subió del agua, como leemos en el Evangelio: «Y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu descender como paloma, y permaneció sobre él; e inmediatamente siguió una voz: Tú eres mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». La Trinidad aparece con toda claridad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la paloma. En esta Trinidad veamos, como vemos, a dónde fueron enviados los apóstoles, y lo que es asombroso que esos hombres no vean. No es que realmente no vean, sino que cierran realmente los ojos a lo que les da en plena cara: que los discípulos fueron enviados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, por aquel de quien se dice: «Este es el que bautiza»; se dijo, en efecto, a sus ministros, por aquel que ha retenido para sí esta autoridad.

6. Pues esto fue lo que Juan vio en él, y llegó a conocer lo que no sabía. No que no supiera que era el Hijo de Dios, o que no supiera que era el Señor, o no supiera que era el Cristo; ni que ignorara también esto, que era él quien había de bautizar con agua y con el Espíritu Santo. Esto lo sabía; pero que lo haría de modo que retuviera para sí la autoridad y no la transfiriera a ninguno de sus ministros, esto es lo que aprendió en la paloma. Porque por esta autoridad, que Cristo ha retenido para sí solo y no ha conferido a ninguno de sus ministros, aunque se ha dignado bautizar por medio de sus ministros; por esta autoridad, digo, se sostiene la unidad de la Iglesia, que está figurada en la paloma, de la cual se dice: «Una es mi paloma, la única de su madre». Pues si, como ya he dicho, hermanos míos, el Señor hubiera transferido la autoridad a su ministro, habría tantos bautismos como ministros, y la unidad del bautismo ya no existiría.

7. Notad, hermanos: antes de que nuestro Señor Jesucristo viniera a su bautismo (pues fue después del bautismo cuando descendió la paloma, con lo que Juan reconoció algo que le era peculiar, ya que se le había dicho: «Sobre quien veas descender el Espíritu como paloma y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo»), Juan sabía que era él quien bautiza con el Espíritu Santo; pero que fuera con esta peculiaridad, que la autoridad no pasara de él a otro, aunque la confiere, esto es lo que allí aprendió. ¿Y de dónde probamos que Juan sabía ya que el Señor había de bautizar con el Espíritu Santo, de modo que lo que ha de entenderse que aprendió por la paloma es que el Señor había de bautizar con el Espíritu Santo de tal manera que la autoridad no pasara de él a ningún otro hombre? ¿De dónde lo probamos? La paloma descendió después de que el Señor fue bautizado; pero antes de que el Señor viniera a ser bautizado por Juan en el Jordán, hemos dicho que Juan lo conocía, por aquellas palabras en que dice: «¿Tú vienes a mí para ser bautizado? Yo necesito ser bautizado por ti». Pues bien, lo conocía como Señor, lo conocía como Hijo de Dios; ¿cómo probamos que sabía ya que era el mismo que había de bautizar con el Espíritu Santo? Antes de que viniera al río, mientras muchos pueblos corrían a Juan para ser bautizados, les dice: «Yo, a la verdad, os bautizo con agua; pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, cuyo calzado yo no soy digno de desatar; él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego». Ya sabía también esto. ¿Qué aprendió, entonces, de la paloma, para que no se le halle después mentiroso (lo cual Dios no permita que pensemos), si no es esto: que había de haber en Cristo una peculiaridad tal que, aunque muchos ministros, justos o injustos, bautizaran, la virtud del bautismo se atribuyera a él solo, sobre quien descendió la paloma y de quien se dijo: «Este es el que bautiza con el Espíritu Santo»? Pedro puede bautizar, pero este es el que bautiza; Pablo puede bautizar, pero este es el que bautiza; Judas puede bautizar, y aun así este es el que bautiza.

8. Pues si la santidad del bautismo dependiera de la diversidad de méritos de quienes lo administran, como los méritos son diversos habría bautismos diversos; y el que lo recibe imaginaría que lo que recibe es tanto mejor cuanto mejor le parezca aquel de quien lo recibió. Los mismos santos —entendedlo, hermanos, los que pertenecen a la paloma, los que tienen su parte en aquella ciudad de Jerusalén, los buenos mismos en la Iglesia, de quienes dice el apóstol: «Conoce el Señor a los que son suyos»— están dotados de gracias diversas, y no todos poseen méritos iguales. Unos son más santos que otros, unos son mejores que otros. Por tanto, si uno recibe el bautismo de uno que es, por ejemplo, un santo justo, y otro de otro de menor mérito ante Dios, de menor grado, de menor continencia, de menor vida, ¿cómo es que, sin embargo, lo que reciben es uno, igual y semejante, si no es porque «este es el que bautiza»? Así pues, así como cuando bautizan el bueno y el mejor, un hombre no recibe algo bueno y otro algo mejor, sino que, aunque los ministros fueran uno bueno y otro mejor, reciben lo que es uno e igual, no algo mejor en un caso y peor en el otro; así también, cuando un hombre malo administra el bautismo, por la ignorancia o la tolerancia de la Iglesia (pues los malos o no son conocidos como tales, o son soportados; la paja es tolerada hasta que la era sea limpiada por completo al final), lo que se da es uno, no desigual porque los ministros sean desiguales, sino semejante e igual porque «este es el que bautiza».

9. Así que, amados, veamos lo que esos hombres no desean ver; no lo que no pueden ver, sino lo que les duele ver, como si les estuviera cerrado. ¿A dónde fueron enviados los discípulos para bautizar como ministros, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo? ¿A dónde fueron enviados? «Id —dijo—, bautizad a las naciones». Habéis oído, hermanos, cómo llega aquella herencia: «Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra». Habéis oído cómo «de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor». Porque allí se dijo a los discípulos: «Id, bautizad a las naciones en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Nos pusimos atentos cuando oímos: «Id, bautizad a las naciones». ¿En el nombre de quién? «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Este es un solo Dios; pues no dice «en los nombres» del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, sino «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Donde oyes un solo nombre, hay un solo Dios; como se dijo de la descendencia de Abraham, y lo expone el apóstol Pablo: «En tu simiente serán benditas todas las naciones; no dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo». Por tanto, así como el apóstol quiso mostrarte que, porque en aquel lugar no se dice «en simientes», Cristo es uno; así también aquí, cuando se dice «en el nombre», no en los nombres, igual que allí «en la simiente», no en las simientes, se prueba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios.

10. Pero he aquí que los discípulos dicen al Señor: se nos dice en qué nombre hemos de bautizar; tú nos has hecho ministros, y nos has dicho: «Id, bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». ¿A dónde iremos? ¿A dónde? ¿No lo habéis oído? A mi herencia. Preguntáis: ¿A dónde iremos? A lo que compré con mi sangre. ¿A dónde, pues? A las naciones, dice. Yo imaginaba que decía: Id, bautizad a los africanos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Gracias a Dios, el Señor ha resuelto la cuestión que la paloma nos ha enseñado. Gracias a Dios, fue a las naciones a donde se envió a los apóstoles; y si a las naciones, entonces a todas las lenguas. El Espíritu Santo lo significó, dividido en las lenguas, unido en la paloma. Aquí las lenguas se dividen, allí la paloma las une. Las lenguas de las naciones concordaron; quizá solo la de África discordó. ¿Qué puede ser más evidente, hermanos míos? En la paloma la unidad, en las lenguas la comunidad de las naciones. Porque una vez las lenguas se hicieron discordantes por la soberbia, y de una se hicieron muchas lenguas. Pues después del diluvio ciertos hombres soberbios, como si trataran de fortificarse contra Dios, como si algo fuera alto para Dios, o algo pudiera dar seguridad a la soberbia, levantaron una torre, al parecer para no ser destruidos por un diluvio, si venía alguno después. Pues habían oído y considerado que toda iniquidad fue barrida por un diluvio; no quisieron abstenerse de la iniquidad; buscaron la altura de una torre como defensa contra un diluvio; construyeron una torre elevada. «Dios vio su soberbia, y frustró su propósito haciendo que no se entendieran unos a otros en su habla, y así las lenguas se hicieron diversas por la soberbia». Si la soberbia causó la diversidad de las lenguas, la humildad de Cristo ha unido esas diversidades en una. La Iglesia reúne ahora lo que aquella torre había separado. De una lengua se hicieron muchas; no os maravilléis: esto lo hizo la soberbia. De muchas lenguas se hace una; no os maravilléis: esto lo hizo la caridad. Pues aunque los sonidos de las lenguas son variados, en el corazón se invoca a un solo Dios, se conserva una sola paz. ¿Cómo debió, pues, manifestarse el Espíritu Santo para significar una unidad, sino por la paloma, para que pudiera decirse a la Iglesia llevada a un estado de paz: «Una es mi paloma»? ¿Cómo debió representarse la humildad sino por un ave inocente y gemidora, no por un ave soberbia y exultante como el cuervo?

11. Pero quizá digan: Bien, puesto que es una paloma, y la paloma es una, no puede haber bautismo allí, fuera de la única paloma. Por tanto, si la paloma está contigo, o si tú mismo eres una paloma, dame tú, cuando venga a ti, lo que no tengo. Sabéis que esto es lo que dicen; pero veréis enseguida que no es la voz de la paloma, sino el clamor del cuervo. Atended un poco, amados, y temed sus artificios; más aún, guardaos de ellos, y escuchad las palabras de los contradictores solo para rechazarlas, no para tragarlas y meterlas en vuestras entrañas. Haced en esto lo que hizo el Señor cuando le ofrecieron la bebida amarga: «Gustó, y la escupió»; así también vosotros oíd y desechad. ¿Qué dicen, pues? Veamos. He aquí, dice él: «Tú eres la paloma». Oh Iglesia católica, a ti se te dice: «Una es mi paloma, la única de su madre»; a ti ciertamente se te dice. Detente, no me interrogues; prueba primero si fue a mí a quien se dijo; si se me dijo a mí, lo oiría al instante. «A ti —dice— se te dijo». Respondo, con la voz de la Iglesia católica: «A mí». Y esta respuesta, hermanos, resonando solo de mi boca, ha resonado también, creo, en vuestros corazones, y todos juntos afirmamos que sí, que a la Iglesia católica se dijo: «Una es mi paloma, la única de su madre». Fuera de esta paloma, dice él además, no hay bautismo: yo fui bautizado fuera de esta paloma, por tanto no tengo bautismo; si no tengo bautismo, ¿por qué no me lo das cuando vengo a ti?

12. Yo también haré preguntas; dejemos por ahora la cuestión de a quién se dijo esto: «Una es mi paloma, la única de su madre» —todavía estamos indagando—; se dijo o a mí o a ti; dejemos para después la cuestión de a quién se dijo. Esto es lo que pregunto: si la paloma es sencilla, inocente, sin hiel, pacífica en sus besos, no fiera con sus garras, pregunto si los codiciosos, los rapaces, los astutos, los necios, los infames pertenecen a los miembros de esta paloma. ¿Son miembros de esta paloma? Lejos de nosotros tal pensamiento, dice él. ¿Y quién diría esto de veras, hermanos? Por no hablar de otra cosa, si menciono solo a los rapaces, miembros del gavilán podrán ser, no miembros de la paloma. Los milanos arrebatan y saquean, también los gavilanes, también los cuervos; las palomas ni saquean ni desgarran; por tanto, los que arrebatan y roban no son miembros de la paloma. ¿No hubo entre vosotros ni siquiera un rapaz? ¿Por qué permanece el bautismo que en este caso ha dado el gavilán, no la paloma? ¿Por qué no bautizáis entre vosotros después de los ladrones, después de los adúlteros, después de los borrachos? ¿Por qué no bautizáis después de los avaros entre vosotros? ¿Son todos estos miembros de la paloma? Deshonráis tanto a vuestra paloma que hacéis miembros suyos a los que tienen la naturaleza del buitre. ¿Qué, pues, hermanos, qué decimos? Hay malos y buenos en la Iglesia católica, pero con ellos solo malos. Pero quizá digo esto con ánimo hostil: examínese esto también después. Ellos dicen, ciertamente, que entre ellos hay buenos y malos; pues si afirmaran que solo tienen buenos, que se les crea a ellos, y yo lo suscribo. Que digan que con ellos no hay sino hombres santos, justos, castos, sobrios; ni adúlteros, ni usureros, ni engañadores, ni perjuros, ni bebedores de vino; que lo digan, pues no hago caso de sus lenguas, toco sus corazones. Pero como nos son bien conocidos a nosotros, y a vosotros, y a los suyos, así como vosotros sois conocidos tanto por vosotros mismos en la Iglesia católica como por ellos, ni los reprendamos nosotros, ni se adulen ellos. Confesamos que en la Iglesia hay buenos y malos, pero como el grano y la paja. A veces el bautizado por el grano es paja, y el bautizado por la paja es grano. De otro modo, si el bautismo del bautizado por el grano es válido, y el del bautizado por la paja no lo es, entonces no es verdad que «este es el que bautiza». Pero si es verdad que «este es el que bautiza», entonces lo que da la paja es válido, y él bautiza igualmente como la paloma. Porque el malo (que administra el bautismo) no es la paloma, ni pertenece a los miembros de la paloma, ni puede afirmarse de ningún modo que lo sea, ni entre nosotros en la Iglesia católica ni entre ellos, si afirman que su Iglesia es la paloma. ¿Qué hemos de entender, pues, hermanos? Puesto que es evidente, y conocido de todos, y han de admitirlo, aunque sea contra su voluntad, que cuando entre ellos dan el bautismo hombres malos, no se da según esos hombres malos; y entre nosotros también, cuando los malos dan el bautismo, no se da según ellos. La paloma no bautiza según el cuervo; ¿por qué, pues, habría de bautizar el cuervo según la paloma?

13. Considerad, amados, por qué también se señaló algo por medio de la paloma, a saber, que la paloma —es decir, el Espíritu Santo en forma de paloma— vino al Señor cuando fue bautizado, y reposó sobre él, mientras que por la venida de la paloma Juan aprendió esto: que había en el Señor un poder propio suyo para bautizar. Porque fue por este poder peculiar suyo, como he dicho, como la paz de la Iglesia quedó asegurada. Y sin embargo puede ser que uno tenga el bautismo fuera de la paloma; pero que el bautismo fuera de la paloma le aproveche es imposible. Considerad, amados, y entended lo que digo, porque con este engaño extravían a aquellos de nuestros hermanos que son torpes y fríos. Seamos más sencillos y más fervorosos. Mira, dicen, ¿he recibido, o no he recibido? Respondo: Has recibido. Pues bien, si he recibido, no hay nada que puedas darme; estoy a salvo, aun según tu propio testimonio. Porque yo afirmo que he recibido, y tú también confiesas que he recibido: estoy a salvo por la confesión de ambos; ¿qué es, entonces, lo que me prometes? ¿Por qué quieres hacerme católico, si no me vas a dar nada más, puesto que confiesas que he recibido ya aquello que afirmas poseer tú? Pero cuando yo digo: Ven a mí, digo que tú no posees lo que, sin embargo, confiesas que yo poseo. ¿Por qué dices: Ven a mí?

14. La paloma nos enseña. Desde la cabeza del Señor responde, y dice: Tienes el bautismo, pero no tienes la caridad con que yo gimo. ¿Cómo es esto?, dice él; ¿tengo bautismo y no tengo caridad? ¿Tengo los sacramentos y no la caridad? No grites: muéstrame cómo puede tener caridad el que divide la unidad. Yo, dice, tengo bautismo. Lo tienes; pero ese bautismo, sin caridad, nada te aprovecha; porque sin caridad nada eres. El bautismo mismo, aun en el que es nada, no es nada. El bautismo es, ciertamente, algo, y algo grande, por causa de aquel de quien se dice: «Este es el que bautiza». Pero para que no imagines que lo que es grande puede aprovecharte en algo si no estás en la unidad, fue después de ser bautizado él cuando descendió la paloma, como insinuando: Si tienes el bautismo, está en la paloma, no sea que lo que tienes no te aproveche. Ven, pues, a la paloma, decimos; no para que comiences a tener lo que antes no tenías, sino para que lo que tenías comience a aprovecharte. Porque tenías el bautismo para perdición fuera; si lo tienes dentro, comienza a aprovecharte para salvación.

15. Pues no solo no te aprovechó el bautismo, sino que además te perjudicó. Aun las cosas santas pueden perjudicar. En los buenos, ciertamente, las cosas santas son para salvación; en los malos, para juicio. Porque sabemos bien, hermanos, lo que recibimos, y lo que recibimos es en todo caso santo, y nadie dice que no lo sea; ¿y qué dice el apóstol? «Pero el que come y bebe indignamente, juicio come y bebe para sí». No dice que la cosa misma sea mala, sino que el hombre malo, al recibirla mal, recibe para juicio la cosa buena que recibe. ¿Era malo aquel bocado que el Señor entregó a Judas? Lejos de nosotros tal cosa. El médico no daría veneno; era salud lo que daba el médico; pero al recibirlo indignamente, quien lo recibió, no estando en paz, lo recibió para perdición. Así también el que es bautizado. Yo lo tengo, dice, para mí. Lo tienes, lo admito. Presta mucha atención a lo que tienes; por eso mismo que tienes serás condenado. ¿Por qué? Porque tienes lo que pertenece a la paloma fuera de la paloma. Si tienes lo que es de la paloma en la paloma, estás a salvo. Supónte soldado: si tienes la marca de tu general dentro de las líneas, sirves con seguridad; pero si la tienes fuera de los límites, no solo esa marca no te aprovechará para el servicio, sino que serás castigado como desertor. Ven, pues, ven, y no digas: Ya lo tengo, tengo bastante. Ven; la paloma te llama, te llama con su suspiro. Hermanos míos, a vosotros digo: llamad con gemidos, no con riñas; llamad orando, invitando, ayunando; que por vuestra caridad entiendan que os compadecéis de ellos. No dudo, hermanos míos, de que si ven vuestro dolor se asombrarán y volverán a la vida. Ven, pues, ven; no temas; teme si no vienes; más aún, no temas, llora más bien por ti. Ven, te alegrarás si vienes; gemirás, ciertamente, en las tribulaciones de tu peregrinación, pero te alegrarás en la esperanza. Ven adonde está la paloma, a quien se dijo: «Una es mi paloma, la única de su madre». ¿No ves la única paloma sobre la cabeza de Cristo, no ves las lenguas por todo el mundo? Es el mismo Espíritu por la paloma y por las lenguas: si por la paloma el mismo Espíritu, y por las lenguas el mismo Espíritu, entonces el Espíritu Santo fue dado al mundo entero, y de ese Espíritu te has cortado tú, para clamar con el cuervo, no para suspirar con la paloma. Ven, pues.

16. Pero tal vez te inquietas y dices: Yo fui bautizado fuera; temo ser culpable por haber sido bautizado fuera. Ya empiezas a saber qué es lo que debes lamentar. Dices con verdad que eres culpable, no por haber recibido, sino por haber recibido fuera. Conserva, pues, lo que has recibido; corrige el haberlo recibido fuera. Has recibido lo que es de la paloma, pero apartado de la paloma. Aquí se te dicen dos cosas: Has recibido, y: Apartado de la paloma lo has recibido. En cuanto has recibido, lo apruebo; en cuanto lo has recibido fuera, lo desapruebo. Conserva, pues, lo que has recibido: no se cambia, sino que se reconoce; es la marca de mi rey, no la profanaré. Corregiré al desertor, no cambiaré la marca.

17. No te jactes de tu bautismo porque yo lo llamo bautismo verdadero. Mira, yo digo que lo es; toda la Iglesia católica dice que lo es; la paloma lo contempla, y lo reconoce, y gime porque lo tienes fuera; ve en él lo que puede reconocer, y ve también lo que debe corregir. Es un bautismo verdadero: ven. Te jactas de que es verdadero, ¿y no quieres venir? ¿Y qué de los malos, que no pertenecen a la paloma? Te dice la paloma: Aun los malos, entre quienes gimo, que no pertenecen a mis miembros y entre los cuales es forzoso que yo gima, ¿no tienen eso de lo que tú te jactas? ¿No tienen bautismo muchos borrachos? ¿No lo tienen muchos avaros? ¿No lo tienen muchos idólatras y, lo que es peor, que lo son a escondidas? ¿No acuden los paganos, o al menos acudían, públicamente a los ídolos? Y ahora los cristianos buscan en secreto a los adivinos y consultan a los astrólogos. Y sin embargo tienen bautismo; pero la paloma gime entre cuervos. ¿Por qué, pues, te jactas de tenerlo? Esto que tú tienes, lo tiene también el malo. Ten tú humildad, caridad, paz; ten el bien que todavía no tienes, para que el bien que tienes te aproveche.

18. Porque lo que tú tienes, lo tuvo también Simón el Mago: son testigos los Hechos de los Apóstoles, ese libro canónico que debe leerse cada año en la Iglesia. Sabéis que cada año, en el tiempo que sigue a la Pasión del Señor, se lee ese libro, donde está escrito cómo el apóstol se convirtió y de perseguidor pasó a predicador; y también cómo en el día de Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo en lenguas repartidas, como de fuego. Allí leemos que en Samaria muchos creyeron por la predicación de Felipe; y se entiende que era uno de los apóstoles o uno de los diáconos, pues allí leemos que fueron ordenados siete diáconos, entre los cuales está el nombre de Felipe. Pues bien, por la predicación de Felipe creyeron los samaritanos; Samaria comenzó a abundar en creyentes. Allí estaba este Simón el Mago. Con sus artes mágicas había engañado de tal modo al pueblo que lo tenían por la potencia de Dios. Impresionado, sin embargo, por las señales que hacía Felipe, también él creyó; pero de qué manera creyó, lo demostraron los hechos que siguieron. Y Simón también fue bautizado. Los apóstoles que estaban en Jerusalén lo oyeron. Pedro y Juan fueron enviados a los de Samaria; hallaron a muchos bautizados; y como ninguno de ellos había recibido aún el Espíritu Santo —de la misma manera que descendió entonces, de modo que aquellos sobre quienes venía el Espíritu Santo hablaban en lenguas, como señal manifiesta de que las naciones creerían—, les impusieron las manos orando por ellos, y recibieron el Espíritu Santo. Este Simón —que no era paloma sino cuervo en la Iglesia, porque buscaba lo suyo propio, no lo que es de Jesucristo; por lo cual amaba el poder que había en los cristianos más que la justicia—, Simón, digo, vio que el Espíritu Santo se daba por la imposición de las manos de los apóstoles (no que lo dieran ellos, sino que se daba en respuesta a sus oraciones), y les dijo: «¿Cuánto dinero queréis que os dé, para que también por la imposición de mis manos se dé el Espíritu Santo? Y Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero». ¿A quién dijo: «Tu dinero perezca contigo»? Sin duda a uno que estaba bautizado. Bautismo ya lo tenía; pero no estaba unido a las entrañas de la paloma. Entended que no lo estaba; atended a las palabras mismas del apóstol Pedro, pues continúa: «No tienes parte ni suerte en esta fe: porque veo que estás en hiel de amargura». La paloma no tiene hiel; Simón la tenía, y por eso fue separado de las entrañas de la paloma. ¿De qué le sirvió el bautismo? No te jactes, pues, de tu bautismo, como si bastara por sí solo para tu salvación. No te enojes, deja tu hiel, ven a la paloma. Aquí te aprovechará aquello que fuera no solo no te aprovechó, sino que hasta te perjudicó.

19. Ni digas: No iré, porque fui bautizado fuera. Empieza, pues, a tener caridad, empieza a dar fruto, que se halle fruto en ti, y la paloma te enviará adentro. Esto lo encontramos en la Escritura. El arca fue hecha de madera incorruptible. Las maderas incorruptibles son los santos, los fieles que pertenecen a Cristo. Pues así como en el templo las piedras vivas con que está edificado se dice que son los hombres fieles, así también las maderas incorruptibles son los que perseveran en la fe. En esa misma arca, pues, las maderas eran incorruptibles. Ahora bien, el arca es la Iglesia; allí es donde bautiza la paloma; porque el arca era llevada sobre el agua, y las maderas incorruptibles eran bautizadas dentro. Hallamos que ciertas maderas fueron bautizadas fuera, como todos los árboles que había en el mundo. Y sin embargo el agua era la misma, no de otra clase; toda había venido del cielo o de los abismos de las fuentes. Era la misma agua en la cual eran bautizadas las maderas incorruptibles que estaban en el arca y las maderas que estaban fuera. Fue enviada la paloma, y al principio no halló reposo para sus pies; volvió al arca, pues todo estaba lleno de agua, y prefirió volver antes que ser rebautizada. Pero el cuervo fue enviado antes que las aguas se secaran. Rebautizado, no quiso volver, y murió en aquellas aguas. Aparte Dios de nosotros la muerte de ese cuervo. Porque ¿por qué no volvió el cuervo, sino porque fue arrebatado por las aguas? En cambio la paloma, al no hallar reposo para sus pies mientras el agua le gritaba por todas partes: «Ven, ven, sumérgete aquí» —tal como estos herejes gritan: «Ven, ven, aquí lo tienes»—, la paloma, al no hallar reposo para sus pies, volvió al arca. Y Noé la envió por segunda vez, así como el arca os envía a vosotros a hablarles; ¿y qué hizo después la paloma? Como había maderas fuera que estaban bautizadas, trajo al arca una rama de olivo. Esa rama tenía hojas y fruto. Que no haya en ti solo palabras, ni solo hojas; que haya fruto, y volverás al arca; no por ti mismo: te llama de vuelta la paloma. Gemid vosotros fuera, para llamarlos de vuelta adentro.

20. Además, en cuanto a este fruto del olivo, si se examina el asunto, hallaréis qué era. El fruto del olivo significa la caridad. ¿Cómo lo probamos? Así como el aceite no es sumergido por ningún líquido, sino que, abriéndose paso a través de todos, sube y los sobrepasa, así también la caridad no puede ser hundida hasta el fondo, sino que por necesidad se muestra arriba. Por eso dice el apóstol de ella: «Os muestro un camino aún más excelente». Puesto que hemos dicho del aceite que sobrepasa a los demás líquidos, por si acaso no fuera de la caridad de lo que dijo el apóstol: «Os muestro un camino más excelente», oigamos lo que sigue: «Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe». Anda ahora, Donato, y grita: «Soy elocuente»; anda ahora, y grita: «Soy sabio». ¿Hasta dónde elocuente? ¿Hasta dónde sabio? ¿Has hablado con lenguas de ángeles? Pero aunque hablaras con lenguas de ángeles, sin tener caridad, yo oiría solo metal que resuena y címbalos que retiñen. Quiero solidez; que halle yo fruto entre las hojas; que no haya solo palabras, que tengan el olivo, que vuelvan al arca.

21. Pero tengo el sacramento, dirás. Dices la verdad; el sacramento es divino; tienes el bautismo, y eso lo confieso. Pero ¿qué dice el apóstol? «Si yo conociese todos los misterios, y tuviese profecía y toda la fe, de tal manera que trasladase los montes»: por si dijeras esto: «Creo; me basta». Pero ¿qué dice Santiago? «Los demonios creen, y tiemblan». Poderosa es la fe, pero sin caridad de nada aprovecha. Los demonios confesaron a Cristo. Así, fue por creer, pero no por amar, que dijeron: «¿Qué tenemos nosotros contigo?». Tenían fe, pero no caridad; por eso eran demonios. No te jactes de la fe; en esto estás a la par de los demonios. No digas a Cristo: ¿Qué tengo yo contigo? Porque te habla la unidad de Cristo. Ven, aprende la paz, vuelve a las entrañas de la paloma. Has sido bautizado fuera; ten fruto, y volverás al arca.

22. Pero dices: «¿Por qué nos buscáis si somos malos?». Para que seáis buenos. La razón por la que os buscamos es que sois malos; porque si no fuerais malos, os habríamos encontrado, y no os buscaríamos. El que es bueno ya está encontrado; el que es malo todavía es buscado. Por tanto, os buscamos; volved al arca. «Pero ya tengo el bautismo». «Si yo conociese todos los misterios, y tuviese profecía y toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, pero no tengo caridad, nada soy». Que vea yo allí fruto; que vea allí el olivo, y serás llamado de vuelta al arca.

23. Pero ¿qué dices? «Mira, sufrimos muchos males». ¡Ojalá los sufrierais por Cristo, y no por vuestra propia honra! Oíd lo que sigue: ellos, en efecto, se jactan a veces de que hacen muchas limosnas, dan a los pobres, de que sufren aflicciones; pero es por Donato, no por Cristo. Considera cómo sufres; pues si sufres por Donato, es por un soberbio: no estás en la paloma si sufres por Donato. Donato no fue el amigo del Esposo; pues si lo hubiera sido, habría buscado la gloria del Esposo, no la suya. Mira al amigo del Esposo que dice: «Este es el que bautiza». Aquel por quien sufres no fue el amigo del Esposo. No tienes el vestido de boda; y si has venido al banquete, serás echado fuera; más aún, ya has sido echado fuera, y por eso eres desdichado: vuelve por fin, y no te jactes. Oye lo que dice el apóstol: «Si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad». Mira lo que no tienes. «Aunque entregase —dice— mi cuerpo para ser quemado»; y eso, además, por el nombre de Cristo; pero como son muchos los que lo hacen con jactancia, no con caridad, por eso: «Aunque entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve». Por la caridad hicieron esto aquellos mártires que sufrieron en tiempo de persecución; pero estos lo hacen por su vanidad y soberbia; pues, en ausencia de perseguidor, se arrojan de cabeza a la perdición. Ven, pues, para que tengas caridad. «Pero tenemos nuestros mártires». ¿Qué mártires? No son palomas; por eso intentaron volar y cayeron por la roca.

24. Veis, pues, hermanos míos, que todo clama contra ellos, todas las páginas divinas, toda profecía, todo el evangelio, todas las cartas apostólicas, todo gemido de la paloma, y sin embargo no despiertan, todavía no se levantan de su sueño. Pero si nosotros somos la paloma, gimamos, perseveremos, esperemos; la compasión de Dios estará con vosotros, para que el fuego del Espíritu Santo arda en vuestra sencillez; y ellos vendrán. No se ha de desesperar; orad, predicad, amad; el Señor es poderoso hasta lo sumo. Ya comienzan a sentir su vergüenza; muchos la han sentido y se han sonrojado; Cristo ayudará, para que también los demás la sientan. Sin embargo, hermanos míos, que al menos solo quede allí la paja; que se junte todo el grano; que todo lo que entre ellos ha dado fruto vuelva al arca por la paloma.

25. Fallándoles todo lo demás, ¿qué alegan ahora contra nosotros, al no hallar qué decir? Nos han quitado nuestras casas, nos han quitado nuestras fincas. Presentan testamentos. «Mira, Gayo Seyo hizo donación de una finca a la iglesia que presidía Faustino». ¿De qué iglesia era obispo Faustino? ¿Qué es la iglesia? A la iglesia que presidía Faustino, dijo. Pero Faustino no presidía una iglesia, sino una secta. La paloma, en cambio, es la Iglesia. ¿Por qué gritar? Nosotros no hemos devorado casas; que las tenga la paloma. Que se investigue quién es la paloma, y que ella las tenga. Porque sabéis, hermanos míos, que esas casas suyas no son de Agustín; y si no lo sabéis, e imagináis que me deleito en poseerlas, Dios lo sabe, sí, conoce mi juicio sobre esas fincas, y hasta lo que sufro en ese asunto; conoce mi gemido, pues se ha dignado comunicarme algo de la paloma. Mirad, ahí están esas fincas; ¿con qué derecho reclamas tú que son tuyas? ¿Por derecho divino, o por derecho humano? Que respondan: El derecho divino lo tenemos en las Escrituras, el derecho humano en las leyes de los reyes. ¿Por qué derecho posee cada uno lo que posee? ¿No es por derecho humano? Pues por derecho divino, «del Señor es la tierra y su plenitud». Al pobre y al rico los hizo Dios de un mismo barro; la misma tierra sostiene igualmente al pobre y al rico. Por derecho humano, en cambio, uno dice: Esta finca es mía, esta casa es mía, este siervo es mío. Por derecho humano, por tanto, es decir, por derecho de los emperadores. ¿Por qué así? Porque Dios ha repartido al género humano estos mismos derechos humanos por medio de los emperadores y reyes de este mundo. ¿Queréis que leamos las leyes de los emperadores, y que obremos con las fincas según esas leyes? Si queréis tener vuestra posesión por derecho humano, recitemos las leyes de los emperadores; veamos si quieren que los herejes posean algo. Pero ¿qué me importa el emperador?, dices. Por derecho de él posees la tierra. O quita los derechos creados por los emperadores, y entonces ¿quién se atreverá a decir: Esa finca es mía, o ese esclavo es mío, o esta casa es mía? Si, en cambio, para poseer estas cosas los hombres han recibido derechos derivados de los reyes, ¿queréis que leamos las leyes, para que os alegréis de tener aunque sea un solo huerto, y lo atribuyáis únicamente a la clemencia de la paloma el que se os permita seguir en posesión incluso allí? Porque hay leyes bien conocidas que se han de leer, en las que los emperadores han dispuesto que quienes, estando fuera de la comunión de la Iglesia católica, se arrogan el nombre de cristianos, y no quieren adorar en paz al Autor de la paz, no se atrevan a poseer nada en nombre de la Iglesia.

26. Pero ¿qué tenemos que ver con el emperador? Pero ya he dicho que estamos tratando del derecho humano. Y sin embargo el apóstol quiere que obedezcamos a los reyes, quiere que honremos a los reyes, y dijo: «Honrad al rey». No digas: ¿Qué tengo yo que ver con el rey?, pues en ese caso, ¿qué tienes tú que ver con la posesión? Por los derechos derivados de los reyes se disfruta de las posesiones. Has dicho: ¿Qué tengo yo que ver con el rey? No digas entonces que las posesiones son tuyas; porque a esos mismos derechos humanos, por los que los hombres disfrutan de sus posesiones, las has referido. Pero es con el derecho divino con el que yo tengo que ver, dice. Bien, leamos el Evangelio; veamos hasta dónde se extiende la Iglesia católica de Cristo, sobre la cual vino la paloma, que enseñó: «Este es el que bautiza». ¿De qué manera, pues, puede poseer por derecho divino el que dice: «Yo bautizo», mientras la paloma dice: «Este es el que bautiza»; mientras la Escritura dice: «Una es mi paloma, la única de su madre»? ¿Por qué habéis desgarrado a la paloma? Más bien, habéis desgarrado vuestras propias entrañas, pues mientras vosotros mismos sois despedazados, la paloma permanece entera. Por tanto, hermanos míos, si, acorralados por todas partes, no tienen nada que decir, yo les diré lo que han de hacer: que vengan a la Iglesia católica, y junto con nosotros tendrán no solo la tierra, sino también a Aquel que hizo el cielo y la tierra.

Tratado 7

1. Nos alegramos de que seáis tantos, pues habéis acudido con presteza y en mayor número del que habríamos esperado. Esto es lo que nos deleita y nos consuela en todos los trabajos y peligros de esta vida: vuestro amor hacia Dios, vuestro piadoso celo, vuestra esperanza firme y el fervor de vuestro espíritu. Oísteis cuando se leyó el salmo que «el menesteroso y pobre clama a Dios» en este mundo. Pues es la voz, como habéis oído muchas veces y debéis recordar, no de un solo hombre, y sin embargo de un solo hombre; no de uno, porque los fieles son muchos —muchos granos que gimen entre la paja esparcida por todo el mundo—, pero de uno, porque todos son miembros de Cristo y así un solo cuerpo. Este pueblo, pues, pobre y menesteroso, no sabe alegrarse con el mundo: su dolor está dentro, y su gozo está dentro, donde nadie ve sino el que escucha al que gime y corona al que espera. La alegría del mundo es vanidad. Se la espera con gran expectación, y cuando llega no se la puede retener. Porque este día, que es día de regocijo en esta ciudad para los perdidos, mañana, naturalmente, dejará de ser; ni ellos mismos serán mañana los que son hoy. Y todo pasa, vuela y se desvanece como el humo; ¡y ay de los que aman tales cosas! Porque toda alma sigue lo que ama. «Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo: la hierba se seca, la flor se marchita; mas la palabra del Señor permanece para siempre.» Mira lo que debes amar si deseas permanecer para siempre. Pero tú tenías esto que replicar: ¿Cómo puedo yo alcanzar la palabra de Dios? «El Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.»

2. Por tanto, amadísimos, que sea propio de nuestra necesidad y pobreza dolernos por los que se creen abundar. Porque su alegría es como la de los locos. Pero así como el loco, la mayoría de las veces, se regocija en su locura y se ríe, y se duele del que está en su juicio, así nosotros, amadísimos, si hemos recibido la medicina venida del cielo —porque todos fuimos locos—, como quienes han sido sanados, porque no amamos ya las cosas que amábamos, gimamos, digo, a Dios por los que están todavía en la locura, pues él puede salvarlos también a ellos. Y es necesario que se miren a sí mismos y se desagraden de sí mismos: desean contemplar, y a sí mismos no han sabido contemplarse. Pues si por un poco vuelven los ojos sobre sí, ven su propia confusión. Pero hasta que esto suceda, sean distintas nuestras ocupaciones, sean distintos los solaces de nuestras almas; nuestro dolor vale más que su alegría. En cuanto al número de los hermanos, es difícil imaginar que alguno de los hombres haya sido arrastrado por aquella celebración; pero en cuanto al número de las hermanas, nos duele —y es motivo de mayor dolor— que no acudan más bien a la Iglesia; a ellas, si no el temor, al menos el pudor debería apartarlas del espectáculo público. Vea esto el que lo ve, y esté presente su misericordia para sanarlos a todos. Nosotros, los que nos hemos reunido, alimentémonos del banquete de Dios, y sea nuestro gozo su palabra. Porque él nos ha invitado a su evangelio, y él es nuestro alimento, y nada hay más dulce que él, con tal de que uno tenga sano el paladar del corazón.

3. Pero supongo, amados hermanos, que recordáis que este Evangelio se lee en orden, en porciones apropiadas; y creo que no se os ha escapado lo que se ha tratado últimamente, en especial lo reciente acerca de Juan y la paloma. Acerca de Juan, a saber, qué cosa nueva aprendió sobre el Señor por medio de la paloma, aunque ya había conocido al Señor. Y esto se descubrió por inspiración del Espíritu de Dios: que Juan ya conocía al Señor, pero que el Señor mismo había de bautizar, que el poder de bautizar no lo transferiría a ningún otro, esto lo aprendió por medio de la paloma, porque se le dijo: «Aquel sobre quien veas descender el Espíritu como paloma, y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.» ¿Qué es «ése es»? No otro, aunque por medio de otro. Pero ¿por qué por medio de una paloma? Se dijeron muchas cosas, y yo no puedo, ni hay necesidad de que las repase todas; principalmente, sin embargo, para denotar la paz, porque también los árboles que fueron bautizados fuera, porque la paloma halló en ellos fruto, los llevó al arca. Recordáis la paloma que Noé envió desde el arca, que flotó sobre el diluvio y fue lavada por el bautismo, y no fue sumergida. Cuando fue enviada, pues, trajo una rama de olivo; pero no tenía solo hojas, tenía también fruto. Esto, pues, debemos desear para nuestros hermanos que son bautizados fuera: que tengan fruto; la paloma no permitirá que se queden fuera, sino que los hará volver al arca. Porque la plenitud del fruto es la caridad, sin la cual el hombre nada es, tenga lo que tenga. Y esto, que el apóstol dijo de manera plenísima, lo hemos mencionado y recordado. Pues dice: «Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe; y si tuviese toda ciencia, y entendiese todos los misterios, y tuviese toda profecía, y tuviese toda la fe» (pero ¿en qué sentido dijo toda la fe?), «de tal manera que trasladase los montes, y no tengo caridad, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve.» Pero de ninguna manera pueden decir que tienen caridad los que dividen la unidad. Esto se dijo: veamos lo que sigue.

4. Juan dio testimonio porque vio. ¿Qué testimonio dio? «Que éste es el Hijo de Dios.» Convenía, pues, que bautizase el que es Hijo único de Dios, no hijo adoptivo. Los hijos adoptivos son ministros del Hijo único: el Hijo único tiene el poder; los adoptivos, el ministerio. En el caso de que bautice un ministro que no pertenece al número de los hijos, porque vive mal y obra mal, ¿cuál es nuestro consuelo? «Éste es el que bautiza.»

5. «El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos; y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: ¡He aquí el Cordero de Dios!» Sin duda, en un sentido especial, el Cordero; porque a los discípulos también se les llamó corderos: «He aquí, yo os envío como corderos en medio de lobos.» También se les llamó luz: «Vosotros sois la luz del mundo»; pero en otro sentido se llama así a aquel de quien se dijo: «Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.» Del mismo modo se llamó a él paloma en un sentido especial, el único sin mancha, sin pecado; no uno cuyos pecados han sido lavados, sino uno que nunca tuvo mancha. Pues ¿qué? Porque Juan dijo del Señor: «He aquí el Cordero de Dios», ¿no era el mismo Juan un cordero? ¿No era un hombre santo? ¿No era el amigo del Esposo? Por eso, con un sentido especial, dijo Juan de él: «Éste es el Cordero de Dios», porque solo por la sangre de este único Cordero podían los hombres ser redimidos.

6. Hermanos míos, si reconocemos nuestro precio, que es la sangre del Cordero, ¿quiénes son los que hoy celebran la fiesta de la sangre de no sé qué mujer, y cuán ingratos son? El oro, dicen, fue arrancado de la oreja de una mujer, y corrió la sangre, y el oro fue puesto en una balanza, y la ventaja estuvo en gran medida del lado de la sangre. Si la sangre de una mujer tuvo peso suficiente para pesar más que el oro, ¿qué poder tiene, para pesar más que el mundo, la sangre del Cordero por quien fue hecho el mundo? Y, en verdad, aquel espíritu, no sé cuál, fue aplacado por la sangre para que hiciera bajar el peso. Los espíritus inmundos sabían que Jesucristo vendría, lo habían oído de los ángeles, lo habían oído de los profetas, y lo esperaban. Porque si no lo esperaban, ¿por qué exclamaron: «¿Qué tenemos nosotros contigo? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo? Sé quién eres: el Santo de Dios»? Esperaban que vendría, pero ignoraban el tiempo. Pero ¿qué habéis oído en el salmo acerca de Jerusalén? «Porque tus siervos han amado sus piedras, y del polvo de ella tienen compasión. Te levantarás», dice, «y tendrás misericordia de Sión, porque es tiempo de tener misericordia de ella.» Cuando llegó el tiempo de que Dios tuviera misericordia, vino el Cordero. ¡Qué clase de Cordero, al que temen los lobos! ¡Qué clase de Cordero es el que, siendo inmolado, mató a un león! Porque al diablo se le llama león, que anda alrededor rugiendo, buscando a quien devorar. Por la sangre del Cordero fue vencido el león. Mirad los espectáculos de los cristianos. Y aún más: ellos con los ojos de la carne contemplan vanidad, nosotros con los ojos del corazón contemplamos la verdad. No penséis, hermanos, que nuestro Señor Dios nos ha despedido sin espectáculos; porque si no hay espectáculos, ¿por qué os habéis reunido hoy? Mirad, lo que dijimos lo visteis, y exclamasteis; no habríais exclamado si no hubierais visto. Y es gran cosa verlo en todo el mundo: el león vencido por la sangre del Cordero, los miembros de Cristo librados de los dientes de los leones y unidos al cuerpo de Cristo. Por eso algún espíritu ideó la falsificación de que su imagen se comprara con sangre, porque sabía que el género humano habría de ser redimido algún día por la sangre preciosa. Porque los espíritus malignos se falsifican ciertas sombras de honor, para engañar a los que siguen a Cristo. Tanto es así, hermanos míos, que los que seducen por medio de amuletos, de encantamientos, de artificios del enemigo, mezclan el nombre de Cristo con sus encantamientos: como ya no pueden seducir a los cristianos, para darles veneno añaden un poco de miel, de modo que con lo dulce se oculte lo amargo y se beba para perdición. Tanto es así, que sé que el sacerdote de aquel Pilleato solía decir algunas veces: «El mismo Pilleato también es cristiano.» ¿Por qué, hermanos, sino porque de otro modo no podían seducir a los cristianos?

7. No busquéis, pues, a Cristo en otro lugar que donde Cristo quiso ser predicado a vosotros; y como quiso ser predicado a vosotros, de esa manera retenedlo, de esa manera escribidlo en vuestro corazón. Es un muro contra todos los asaltos y contra todas las asechanzas del enemigo. No temas: él no tienta si no se le ha permitido; es cierto que no hace nada sin permiso o sin ser enviado. Es enviado como ángel malo por un poder que lo tiene sujeto; se le permite cuando pide algo; y esto, hermanos, no sucede sino para que sean probados los justos y castigados los injustos. ¿Por qué, pues, temes? Anda en el Señor tu Dios; ten por seguro que lo que él no quiere que sufras no lo sufres; lo que permite que sufras es el azote de quien corrige, no el castigo de quien condena. Se nos educa para una herencia eterna, ¿y desdeñamos ser azotados? Hermanos míos, si un niño rechazase el castigo de los bofetones o de los azotes de su padre, ¿no se le llamaría soberbio, incorregible, ingrato para con la disciplina paterna? ¿Y para qué educa un padre terrenal a su hijo? Para que no pierda los bienes temporales que le ha adquirido, que ha reunido para él, que no quiere que pierda, y que quien los deja no puede retener eternamente. No enseña a un hijo con quien ha de poseer, sino a uno que ha de poseer después de él. Hermanos míos, si un padre enseña a un hijo que ha de sucederle, y le enseña también que habrá de pasar por todas estas cosas, del mismo modo que el que le amonesta está destinado a pasar por ellas, ¿cómo queréis que nos eduque nuestro Padre, a quien no hemos de suceder, sino a quien hemos de llegar, y con quien hemos de permanecer eternamente en una herencia que no se corrompe ni muere, y que ninguna tempestad puede asolar? Él mismo es la herencia y el Padre. ¿Lo poseeremos a él, y no hemos de someternos a instrucción? Oigamos la enseñanza del Padre. Cuando nos duela la cabeza, no recurramos al intercesor supersticioso, a los adivinos y a los remedios de la vanidad. Hermanos míos, ¿no me dolería por vosotros? Cada día me encuentro con estas cosas; ¿y qué haré? Aún no he persuadido a los cristianos de que su esperanza debe ponerse en Dios. Mirad, si muere uno a quien se le ha dado uno de esos remedios (¡y cuántos han muerto con remedios, y cuántos han vivido sin ellos!), ¿con qué confianza sale su espíritu hacia Dios? Ha perdido la señal de Cristo y ha recibido la señal del diablo. Quizá diga que no ha perdido la señal de Cristo. Puedes, entonces, tener la señal de Cristo junto con la señal del diablo. Cristo no desea compartir la posesión, sino que desea poseer él solo lo que ha comprado. Lo ha comprado a tan gran precio para poseerlo él solo: tú lo haces socio de aquel diablo a quien te vendiste por tu pecado. «¡Ay del de doble corazón!», de los que en su corazón dan una parte a Dios y otra al diablo. Dios, airado de que el diablo tenga parte allí, se retira, y el diablo poseerá el todo. No en vano, pues, dice el apóstol: «Ni deis lugar al diablo.» Conozcamos, pues, al Cordero, hermanos; conozcamos nuestro precio.

8. «Estaba Juan, y dos de sus discípulos.» He aquí dos discípulos de Juan: siendo Juan, el amigo del Esposo, el que era, no buscó su propia gloria, sino que dio testimonio de la verdad. ¿Quería que sus discípulos se quedaran con él y no siguieran al Señor? Más bien él mismo mostró a sus discípulos a quién habían de seguir. Porque lo tenían por el cordero; y él dijo: «¿Por qué me prestáis atención a mí? Yo no soy el cordero; he aquí el Cordero de Dios», de quien ya había dicho: He aquí el Cordero de Dios. ¿Y qué beneficio nos otorga el Cordero de Dios? «He aquí», dice, «el que quita el pecado del mundo.» Los dos que estaban con Juan lo siguieron cuando oyeron esto.

9. Veamos lo que sigue: «He aquí el Cordero de Dios.» Esto dijo Juan, y los dos discípulos le oyeron hablar, y siguieron a Jesús. Entonces Jesús se volvió, y los vio seguirle, y les dijo: «¿Qué buscáis?» Y ellos le dijeron: «Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?» No lo siguieron de manera que se unieran a él; pues es claro cuándo se unieron a él, porque los llamó desde la barca. Porque uno de los dos era Andrés, como acabáis de oír, y Andrés era hermano de Pedro; y sabemos por el Evangelio que el Señor llamó a Pedro y a Andrés desde la barca, diciendo: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.» Y desde entonces se unieron a él, para no irse. En la presente ocasión estos dos lo siguieron, no como quienes no habían de dejarlo de nuevo, sino para ver dónde moraba, y para cumplir la Escritura: «Gaste tu pie el umbral de sus puertas; levántate para ir a él continuamente, y sé instruido en sus preceptos.» Les mostró dónde moraba: vinieron y se quedaron con él. ¡Qué día tan bienaventurado pasaron, qué noche tan bienaventurada! ¿Quién puede darnos a conocer lo que oyeron del Señor? Edifiquemos también nosotros en nuestro corazón, y hagamos una casa a la que él venga y nos enseñe y converse con nosotros.

10. «¿Qué buscáis?» Le dijeron: «Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras? Les dice: Venid y ved. Y fueron y vieron dónde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.» ¿Pensamos que no tocaba en modo alguno al evangelista decirnos qué hora era? ¿Es posible que quisiera que no prestásemos atención a nada en ello, que no inquiriésemos nada? Era la hora décima. Ese número significa la ley, porque la ley fue dada en diez mandamientos. Pero había llegado el tiempo de que la ley fuese cumplida por el amor, porque no podía ser cumplida por los judíos mediante el temor. De ahí que el Señor diga: «No he venido para abrogar la ley, sino para cumplirla.» Convenientemente, pues, a la hora décima lo siguieron estos dos, por el testimonio del amigo del Esposo, y a la hora décima oyó él «Rabí (que traducido es, Maestro)». Si a la hora décima oyó el Señor «Rabí», y el número diez pertenece a la ley, el maestro de la ley no es otro que el dador de la ley. Que nadie diga que uno dio la ley y otro enseña la ley: porque la enseña el mismo que la dio; él es el Maestro de su propia ley, y la enseña. Y la misericordia está en su lengua, por eso enseña misericordiosamente la ley, como se dice de la sabiduría: «La ley y la misericordia lleva en su lengua.» No temas no poder cumplir la ley: refúgiate en la misericordia. Si no puedes cumplir la ley, usa de aquel pacto, usa del documento, usa de las oraciones que el celestial, experto en la ley, ha ordenado y compuesto para vosotros.

11. Porque los que tienen una causa y quieren suplicar al emperador buscan a alguien experto en la ley y formado en las escuelas que les redacte su petición; no sea que, si piden de manera inconveniente, no solo no obtengan lo que buscan, sino que reciban castigo en lugar de beneficio. Cuando, por tanto, los apóstoles quisieron suplicar y no hallaron cómo acercarse al Emperador Dios, dijeron a Cristo: «Señor, enséñanos a orar»; es decir: «Oh tú, que eres nuestro experto en la ley, nuestro Asesor, más aún, el Concesor de Dios, redáctanos las oraciones.» Y el Señor les enseñó, del libro de la ley celestial, cómo orar; y en lo que enseñó puso cierta condición: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Si no pides conforme a la ley, te haces culpable. ¿No tiemblas ante el Emperador, habiéndote hecho culpable? Ofrece el sacrificio de la humildad, ofrece el sacrificio de la misericordia; ora diciendo: Perdóname, porque yo también perdono. Pero si dices y no haces... ¿Pues qué harás? ¿Adónde irás si has mentido en tus oraciones? No como se dice en el foro, que perderás el beneficio del rescripto; sino que no obtendrás rescripto. Porque es ley del foro que quien haya mentido en su petición no saque provecho de lo que haya obtenido. Pero esto es entre los hombres, porque un hombre puede ser engañado: el emperador pudo ser engañado cuando le dirigiste tu petición; pues dijiste lo que quisiste, y aquel a quien hablabas no sabía si era verdad o mentira; te envió a tu adversario para ser refutado, si era posible, de modo que si ante el juez eras convicto de falsedad (porque él no podía no conceder el rescripto, no sabiendo si habías mentido), perdieras el beneficio del rescripto en el lugar al que lo habías llevado. Pero Dios, que sabe si mientes o dices la verdad, no hace que pierdas en el juicio el beneficio, sino que no permite que lo obtengas, porque has osado mentir a la Verdad.

12. ¿Qué harás, pues? Dímelo. Cumplir la ley en todas sus partes, de modo que no ofendas en nada, es difícil: la condición de culpa es, pues, cierta; ¿rehusarás usar el remedio? Mirad, hermanos míos, ¡qué remedio ha dispuesto el Señor para las enfermedades del alma! ¿Qué, entonces? Cuando te duele la cabeza, te alabamos si pones el evangelio a tu cabecera, en lugar de recurrir a un amuleto. Porque hasta tal punto ha llegado la debilidad humana, y tan lamentable es el estado de los que recurren a amuletos, que nos alegramos cuando vemos a un hombre que está en su lecho, agitado por fiebres y dolores, no poner su esperanza en otra cosa sino en que el evangelio yace a su cabecera; no porque se haga para esto, sino porque el evangelio es preferido a los amuletos. Si, pues, se pone a la cabecera para aliviar el dolor de cabeza, ¿no se pone en el corazón para sanarlo del pecado? Hágase, pues. ¿Qué se haga? Que se ponga en el corazón, que el corazón sea sanado. Está bien, está bien que no tengas otro cuidado por la salud del cuerpo que pedirla a Dios. Si él sabe que te hará bien, te la dará; si no te la da, no te habría aprovechado tenerla. ¡Cuántos están enfermos en cama, y por eso son inocentes! Porque si sanaran, saldrían a cometer maldades. ¡A cuántos la salud les es dañina! El salteador que sale al camino estrecho para matar a un hombre, ¡cuánto mejor le habría sido estar enfermo! Y el que se levanta de noche para horadar la pared de su vecino, ¡cuánto mejor le sería estar agitado por la fiebre! Si estuviera enfermo, sería relativamente inocente; estando sano, es culpable de maldad. Dios sabe, pues, lo que nos conviene: pongamos solo este empeño, que nuestros corazones estén sanos de pecados; y cuando suceda que seamos azotados en el cuerpo, pidámosle alivio. El apóstol Pablo le rogó que le quitase el aguijón de su carne, y no quiso. ¿Se turbó? ¿Se llenó de tristeza, y se dijo abandonado? Más bien dijo que no estaba abandonado, porque no le fue quitado lo que deseaba que le fuese quitado, a fin de que la enfermedad fuese curada. Pues esto halló en la voz del Médico: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.» ¿Cómo sabes, pues, que Dios no quiere sanarte? Todavía te conviene ser azotado. ¿Cómo sabes cuán enferma está la parte que el médico corta, usando su bisturí sobre los miembros enfermos? ¿No conoce la medida, lo que ha de hacer y hasta dónde ha de hacerlo? ¿Acaso los gritos del que es cortado detienen las manos del médico que corta según su arte? El uno grita, el otro corta. ¿Es cruel el que no escucha al que clama, o no es más bien misericordioso al seguir la herida para sanar al enfermo? Esto os he dicho, hermanos míos, para que nadie busque otro auxilio que el de Dios cuando nos suceda estar bajo la reprensión de Dios. Mirad que no perezcáis; mirad que no os apartéis del Cordero y seáis devorados por el león.

13. Hemos declarado, pues, por qué fue a la hora décima. Veamos lo que sigue: «Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Halló éste primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías, que traducido es, el Cristo.» Mesías en hebreo; Cristo en griego; en latín, Ungido. Chrisma es unción en griego; Cristo, pues, es el Ungido. Es ungido de manera peculiar, ungido por excelencia; con lo que son ungidos todos los cristianos, él es ungido por excelencia. Oíd cómo habla en el salmo: «Por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros.» Porque todos los santos son sus compañeros, pero él, en sentido peculiar, es el Santo de los santos, ungido de manera peculiar, Cristo de manera peculiar.

14. «Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas, que quiere decir, Pedro.» No es gran cosa que el Señor dijera de quién era hijo Pedro. ¿Qué es grande para el Señor? Él conocía todos los nombres de sus santos, a quienes predestinó antes de la fundación del mundo; ¿y te maravillas de que dijera a un hombre: Tú eres hijo de tal, y serás llamado esto o aquello? ¿Es gran cosa que le cambiara el nombre y lo convirtiera de Simón en Pedro? Pedro viene de petra, roca, y la petra [roca] es la Iglesia; en el nombre de Pedro, pues, fue figurada la Iglesia. ¿Y quién está seguro, sino el que edifica sobre la roca? ¿Y qué dice el mismo Señor? «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca» (no cede a la tentación). «Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace» (que cada uno de nosotros tema ahora y se guarde), «le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena: descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.» ¿De qué le sirve entrar en la Iglesia al que edifica sobre la arena? Porque, oyendo y no haciendo, edifica ciertamente, pero sobre la arena. Pues si no oye nada, no edifica nada; pero si oye, edifica. Mas preguntamos: ¿Dónde? Porque si oye y hace, edifica sobre la roca; si oye y no hace, edifica sobre la arena. Hay dos clases de constructores: los que edifican sobre la roca y los que edifican sobre la arena. ¿Qué son, entonces, los que no oyen? ¿Están seguros? ¿Dice que están seguros porque no edifican? Están desnudos bajo las lluvias, ante los vientos, ante los ríos; cuando estos vienen, arrastran a esas personas antes de derribar las casas. Es, pues, la única seguridad: edificar, y edificar sobre la roca. Si quieres oír y no haces, edificas; pero edificas una ruina: y cuando viene la tentación derriba la casa y te arrastra contigo en la ruina. Pero si no oyes, estás desnudo; tú mismo eres arrastrado por esas tentaciones. Oíd, pues, y haced; es el único remedio. ¡Cuántos, quizá, en este día, oyendo y no haciendo, son arrebatados por la corriente de esta fiesta! Porque, por oír y no hacer, viene el torrente, esta fiesta anual; el torrente se llena, pasará y se secará, pero ¡ay de aquel a quien arrastre! Sabed esto, pues, amadísimos: que si uno no oye y hace, no edifica sobre la roca, y no pertenece a aquel gran nombre que el Señor tanto encomendó. Porque él ha llamado tu atención. Pues si Simón hubiera sido llamado Pedro desde antes, no habrías visto tan claramente el misterio de la roca, y habrías pensado que se le llamó así por casualidad, no por la providencia de Dios; por eso quiso Dios que primero se le llamara de otro modo, para que por el mismo cambio de nombre se nos encareciera la realidad del sacramento.

15. «Y al día siguiente quiso salir a Galilea, y hallando a Felipe, le dice: Sígueme. Ahora bien, era de la ciudad de Andrés y Pedro. Y Felipe halla a Natanael» (Felipe, que ya había sido llamado por el Señor); «y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y también los profetas: a Jesús, el hijo de José». Se le llamaba hijo de aquel con quien su madre estaba desposada. Que fue concebido y nació cuando ella aún era virgen, todos los cristianos lo saben bien por el Evangelio. Esto dijo Felipe a Natanael, y añadió el lugar: «de Nazaret». Y Natanael le dijo: «De Nazaret puede salir algo bueno». ¿Qué significa esto, hermanos? No como algunos leen, pues también suele leerse así: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Porque siguen las palabras de Felipe, que dice: «Ven y ve». Pero las palabras de Felipe pueden seguir convenientemente a ambas lecturas, ya se lea así, como afirmación: «De Nazaret puede salir algo bueno», a lo cual Felipe responde: «Ven y ve»; ya se lea como duda, haciendo de todo una pregunta: «¿De Nazaret puede salir algo bueno? Ven y ve». Puesto que, leído de una manera o de otra, las palabras que siguen no son incompatibles, nos toca indagar cuál de las dos interpretaciones hemos de adoptar.

16. Qué clase de hombre era este Natanael, lo comprobamos por las palabras que siguen. Oíd qué clase de hombre era: el Señor mismo da testimonio. Grande es el Señor, conocido por el testimonio de Juan; bienaventurado Natanael, conocido por el testimonio de la verdad. Porque el Señor, aunque no hubiese sido recomendado por el testimonio de Juan, se daba testimonio a sí mismo, pues la verdad basta para su propio testimonio. Pero como los hombres no eran capaces de recibir la verdad, buscaron la verdad por medio de una lámpara, y por eso fue enviado Juan para mostrarles al Señor. Oíd al Señor dando testimonio de Natanael: «Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Felipe le dice: Ven y ve. Y Jesús ve venir a Natanael hacia él, y dice de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño». ¡Gran testimonio! Ni de Andrés, ni de Pedro, ni de Felipe se dijo lo que se dijo de Natanael: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño».

17. ¿Qué hacemos entonces, hermanos? ¿Debería ser este hombre el primero entre los apóstoles? No solo no se halla a Natanael como el primero entre los apóstoles, sino que no es ni el de en medio ni el último de los doce, aunque el Hijo de Dios dio de él tal testimonio, diciendo: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño». ¿Se pregunta la razón? En cuanto el Señor lo insinúa, hallamos una razón probable. Debemos entender que Natanael era un erudito, versado en la ley, y que por eso el Señor no quiso ponerlo entre sus discípulos, porque eligió a personas sin letras, para confundir por medio de ellas al mundo. Escuchad al apóstol diciendo estas cosas: «Mirad, pues, hermanos, vuestra vocación», dice, «que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es». Si hubiera sido elegido un hombre erudito, quizá habría dicho que fue elegido porque su erudición lo hacía digno de ser escogido. Nuestro Señor Jesucristo, queriendo quebrar el cuello de los soberbios, no buscó al orador por medio del pescador, sino que por medio del pescador ganó al emperador. Grande fue Cipriano como orador, pero antes que él estuvo Pedro el pescador, por medio del cual no solo el orador, sino también el emperador habían de creer. No fue elegido en primer lugar ningún noble, ningún erudito, porque Dios escogió lo débil del mundo para confundir a lo fuerte. Este hombre, pues, era grande y sin engaño, y por esta sola razón no fue elegido: para que a nadie le pareciera que el Señor había elegido a los eruditos. Y de esta misma erudición en la ley le vino que, cuando oyó «de Nazaret» —pues había escudriñado la Escritura y sabía que de allí se esperaba al Salvador, cosa que a los demás escribas y fariseos les costaba conocer—, este hombre, pues, muy docto en la ley, cuando oyó a Felipe decir: «Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y también los profetas: a Jesús de Nazaret, el hijo de José» —este hombre, que conocía excelentemente las Escrituras, cuando oyó el nombre «Nazaret», se llenó de esperanza y dijo: «De Nazaret puede salir algo bueno».

18. Veamos ahora el resto acerca de este hombre. «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño». ¿Qué es «en quien no hay engaño»? ¿Acaso no tenía pecado? ¿Acaso no estaba enfermo? ¿Acaso no necesitaba médico? Dios lo libre. Nadie nace aquí de tal manera que no necesite a ese Médico. ¿Cuál es, entonces, el sentido de las palabras «en quien no hay engaño»? Investiguemos un poco más atentamente —pronto se verá— en el nombre del Señor. El Señor dice dolus [engaño]; y todo el que entiende latín sabe que dolus es cuando se hace una cosa y se finge otra. Estad atentos, amadísimos. Dolus (engaño) no es dolor (dolor). Digo esto porque muchos hermanos, poco versados en latín, hablan de modo que dicen: «Le atormenta el dolus», usándolo por dolor. Dolus es fraude, es falsedad. Cuando un hombre guarda una cosa en su corazón y habla otra, es engaño, y tiene, por así decir, dos corazones; tiene, por así decir, un rincón del corazón donde ve la verdad, y otro rincón donde concibe la mentira. Y para que sepáis que esto es engaño, se dice en los Salmos: «Labios de engaño». ¿Qué son «labios de engaño»? Sigue: «Con corazón y corazón hablan mal». ¿Qué es «con corazón y corazón», sino con corazón doble? Si, pues, no había engaño en Natanael, el Médico lo juzgó curable, no sano. Una cosa es el hombre sano, otra el curable, otra el incurable: el que está enfermo, pero no sin esperanza, se llama curable; el que está enfermo sin esperanza, incurable; pero el que ya está sano no necesita médico. El Médico, pues, que había venido a curar, vio que era curable, porque no había engaño en él. ¿Cómo no había engaño en él, si es pecador? Confiesa que es pecador. Porque si es pecador y dice que es justo, hay engaño en su boca. Por tanto, en Natanael alabó la confesión del pecado; no juzgó que no fuera pecador.

19. Por eso, cuando los fariseos, que a sí mismos se parecían justos, criticaron al Señor porque, siendo médico, trataba con los enfermos, y dijeron: «He aquí con quiénes come: con publicanos y pecadores», el Médico respondió a los insensatos: «Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos: no he venido a llamar a justos, sino a pecadores». Es decir: porque os llamáis justos siendo pecadores, porque os juzgáis sanos cuando estáis languideciendo, apartáis de vosotros la medicina y no retenéis la salud. De ahí que aquel fariseo que había invitado al Señor a comer estaba sano a sus propios ojos; pero aquella mujer enferma irrumpió en la casa a la que no había sido invitada y, hecha atrevida por el deseo de la salud, no se acercó a la cabeza del Señor, ni a las manos, sino a los pies; los lavó con lágrimas, los enjugó con sus cabellos, los besó, los ungió con perfume: hizo las paces, pecadora como era, con las huellas del Señor. El fariseo que estaba sentado a la mesa, como si él mismo estuviera sano, criticó al Médico y dijo dentro de sí: «Este, si fuera profeta, conocería quién y cuál es la mujer que le toca los pies». Sospechó que él no lo sabía, porque no la rechazó para evitar que lo tocaran manos impuras; pero lo sabía, y se dejó tocar para que el contacto mismo sanara. El Señor, viendo el corazón del fariseo, propuso una parábola: «Cierto acreedor tenía dos deudores; el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. ¿Cuál de ellos le amará más?». Él respondió: «Pienso que aquel a quien perdonó más». Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; pero esta ha lavado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; pero esta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; pero esta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama». Es decir: tú estás más enfermo, pero te crees sano; piensas que se te perdona poco cuando debes más. Bien mereció ella la medicina, porque no había engaño en ella. ¿Qué significa que no había engaño en ella? Confesó sus pecados. Esto mismo alaba también en Natanael, que no había engaño en él; porque muchos fariseos, que abundaban en pecados, decían que eran justos, y traían consigo el engaño, que hacía imposible que fueran sanados.

20. Jesús, pues, vio a este hombre en quien no había engaño, y dijo: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño». Natanael le dice: «¿De dónde me conoces?». Respondió Jesús y le dijo: «Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera (es decir, debajo de la higuera), te vi». Respondió Natanael y le dijo: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel». Algo grande pudo entender Natanael en aquello de «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi, antes que Felipe te llamara»; pues sus palabras «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» no eran distintas de las de Pedro mucho después, cuando el Señor le dijo: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Y allí nombró la roca, y alabó la firmeza del sostén de la Iglesia en esta fe. Aquí ya dice Natanael: «Tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel». ¿Por qué? Porque se le había dicho: «Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».

21. Debemos indagar si esta higuera significa algo. Escuchad, hermanos míos. Hallamos maldecida la higuera porque solo tenía hojas, y no fruto. Al principio del género humano, cuando Adán y Eva hubieron pecado, se hicieron cinturones de hojas de higuera. Las hojas de higuera significan, pues, pecados. Natanael estaba, pues, debajo de la higuera, como bajo la sombra de muerte. Lo vio el Señor, a aquel de quien se dijo: «A los que habitaban en sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos». ¿Qué se dijo, pues, a Natanael? Tú me dices, oh Natanael: «¿De dónde me conoces?». Aun ahora me hablas porque Felipe te llamó. A aquel a quien un apóstol ya había llamado, lo reconoció como perteneciente a su Iglesia. ¡Oh tú, Iglesia; oh tú, Israel, en quien no hay engaño! Si eres el pueblo, Israel, en quien no hay engaño, ya has conocido a Cristo por medio de sus apóstoles, como Natanael conoció a Cristo por medio de Felipe. Pero su misericordia te vio antes de que lo conocieras, cuando yacías bajo el pecado. Pues ¿buscamos nosotros primero a Cristo, y no nos buscó él a nosotros? ¿Vinimos enfermos al Médico, y no el Médico a los enfermos? ¿No estaba perdida aquella oveja, y el pastor, dejando las noventa y nueve en el desierto, no la buscó y la encontró, y gozoso la volvió a llevar sobre sus hombros? ¿No estaba perdida aquella moneda, y la mujer encendió la lámpara y buscó por toda la casa hasta que la encontró? Y cuando la encontró, «Gozaos conmigo», dijo a sus vecinas, «porque he encontrado la moneda que había perdido». Del mismo modo estábamos nosotros perdidos como la oveja, perdidos como la moneda; y nuestro Pastor encontró la oveja, pero buscó la oveja; la mujer encontró la moneda, pero buscó la moneda. ¿Qué es la mujer? La carne de Cristo. ¿Qué es la lámpara? «He preparado una lámpara para mi Cristo». Por tanto, fuimos buscados para ser encontrados; una vez encontrados, hablamos. No nos enorgullezcamos, pues antes de ser encontrados estábamos perdidos, si no hubiéramos sido buscados. Que no nos digan, pues, aquellos a quienes amamos y a quienes deseamos ganar para la paz de la Iglesia católica: «¿Qué queréis de nosotros? ¿Por qué nos buscáis si somos pecadores?». Os buscamos por esto, para que no perezcáis; os buscamos porque fuimos buscados; queremos encontraros porque hemos sido encontrados.

22. Cuando, pues, Natanael dijo: «¿De dónde me conoces?», el Señor le dijo: «Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Oh tú, Israel sin engaño, seas quien seas; oh pueblo que vives por la fe, antes de que yo te llamara por medio de mis apóstoles, cuando estabas bajo la sombra de muerte y no me veías, yo te vi. El Señor le dice entonces: «Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees: cosas mayores que estas verás». ¿Qué es esto: cosas mayores que estas verás? Y le dice: «De cierto, de cierto os digo: veréis el cielo abierto, y a los ángeles subiendo y descendiendo sobre el Hijo del hombre». Hermanos, esto es algo mayor que «debajo de la higuera te vi». Pues es más que el Señor nos justificara llamados, que el que nos viera yaciendo bajo la sombra de muerte. Porque ¿de qué nos habría aprovechado si hubiéramos permanecido donde nos vio? ¿No seguiríamos yaciendo allí? ¿Qué es esta cosa mayor? ¿Cuándo hemos visto a los ángeles subiendo y descendiendo sobre el Hijo del hombre?

23. Ya en otra ocasión os he hablado de estos ángeles que suben y descienden; pero para que no lo hayáis olvidado, hablaré brevemente de lo último, a modo de recordatorio. Usaría más palabras si estuviera introduciendo el tema, no recordándolo. Jacob vio en sueños una escalera; y en la escalera vio ángeles que subían y descendían; y ungió la piedra que había puesto a su cabecera. Habéis oído que el Mesías es Cristo; habéis oído que Cristo es el Ungido. Porque Jacob no puso la piedra, la piedra ungida, para venir a adorarla: de otro modo eso habría sido idolatría, no una señal de Cristo. Lo que se hizo fue una señal de Cristo, en cuanto convenía que se hiciera tal señal, y fue Cristo el señalado. Se ungió una piedra, pero no para un ídolo. Una piedra ungida; ¿por qué una piedra? «He aquí, pongo en Sión una piedra, escogida, preciosa; y el que crea en él no será avergonzado». ¿Por qué ungida? Porque Christus viene de chrisma. Pero ¿qué vio entonces en la escalera? Ángeles que subían y descendían. Así es la Iglesia, hermanos: los ángeles de Dios son los buenos predicadores, que predican a Cristo; este es el sentido de «suben y descienden sobre el Hijo del hombre». ¿Cómo suben, y cómo descienden? En un caso tenemos un ejemplo; escuchad al apóstol Pablo. Lo que hallamos en él, creámoslo de los demás predicadores de la verdad. Mirad a Pablo subiendo: «Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo (si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), y que oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar». Lo habéis oído subir, oídlo descender: «De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no alimento sólido». Mirad: descendió el que había subido. Preguntad si subió al tercer cielo. Preguntad si descendió para dar leche a los niños. Oíd que descendió: «Me hice niño entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos». Pues vemos que las nodrizas y las madres descienden hacia los niños, y aunque sean capaces de hablar en latín, acortan las palabras, agitan la lengua de cierta manera, para formar halagos infantiles a partir de un lenguaje metódico; porque si hablan conforme a la regla, el niño ni entiende ni aprovecha. Y si hay un padre muy hábil en el hablar, y tal orador que el foro resuena con su elocuencia y los tribunales se estremecen, si tiene un hijito, al volver a casa deja a un lado la elocuencia forense a la que había subido, y con lenguaje de niño desciende hasta su pequeño. Oíd en un solo lugar al apóstol mismo subiendo y descendiendo en la misma frase: «Porque si estamos fuera de nosotros», dice, «es para Dios; y si estamos en sano juicio, es para vosotros». ¿Qué es «estamos fuera de nosotros»? Que vemos aquellas cosas que no es lícito al hombre expresar. ¿Qué es «estamos en sano juicio para vosotros»? «¿Pues me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado?». Si el Señor mismo subió y descendió, es evidente que sus predicadores suben por imitación y descienden por la predicación.

24. Y si os hemos retenido algo más de lo acostumbrado, el propósito fue que pasaran las horas peligrosas: imaginamos que aquella gente ha terminado ya su vanidad. Pero nosotros, hermanos, alimentados ya con los banquetes de la salvación, hagamos lo que resta, para llenar religiosamente el día del Señor de gozos espirituales, y comparar los gozos de la verdad con los gozos de la vanidad; y si nos horrorizamos, entristezcámonos; si nos entristecemos, oremos; si oramos, seamos oídos; si somos oídos, los ganaremos también a ellos.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea.