Comentarios bíblicos · Juan Calvino
1 Corintios 4: comentario de Juan Calvino
1 Corintios 4:1
1. Téngannos los hombres por: Como no era asunto de poca importancia ver a la Iglesia desgarrada de este modo por facciones corruptas, a causa de las simpatías o antipatías hacia determinados individuos, entra en una discusión todavía más extensa sobre el ministerio de la palabra. Hay aquí tres cosas que considerar por su orden. En primer lugar, Pablo describe el oficio de un pastor de la Iglesia. En segundo lugar, muestra que no basta que alguien presente un título, ni siquiera que asuma el deber, pues se requiere una administración fiel del oficio. En tercer lugar, como el juicio que los corintios habían formado de él era desatinado, cita tanto a sí mismo como a ellos ante el tribunal de Cristo. En primer lugar, pues, enseña en qué estima debe ser tenido todo maestro en la Iglesia. En este punto modera su discurso de tal manera que ni rebaja, por una parte, el crédito del ministerio, ni, por otra, asigna al hombre más de lo conveniente. Porque ambas cosas son sumamente peligrosas, ya que, cuando se rebaja a los ministros, surge el desprecio de la palabra, mientras que, por otra parte, si se los exalta sin medida, abusan de la libertad y se hacen «lascivos contra Cristo» (1 Ti 5:11). Ahora bien, el término medio que observa Pablo consiste en que los llama servidores de Cristo; con lo cual da a entender que deben aplicarse no a su propia obra sino a la del Señor, que los ha tomado a sueldo como siervos suyos, y que no han sido establecidos para mandar con autoridad en la Iglesia, sino que están sujetos a la autoridad de Cristo; en suma, que son siervos, no amos.
En cuanto a lo que añade, administradores de los misterios de Dios, expresa con ello la clase de servicio. Da a entender con esto que su oficio no se extiende más allá de ser administradores de los misterios de Dios. En otras palabras, lo que el Señor ha confiado a su cargo lo entregan a los hombres de mano en mano, como se dice, y no lo que ellos mismos pudieran escoger. «Para esto los ha escogido Dios como ministros de su Hijo, para comunicar por medio de ellos a los hombres su sabiduría celestial, y por eso no deben moverse un paso más allá». Parece dar al mismo tiempo un golpe indirecto a los corintios que, dejando en segundo plano los misterios celestiales, habían comenzado a andar con excesivo afán tras invenciones extrañas, y por eso no estimaban a sus maestros sino por su saber profano. Es una honrosa distinción la que confiere al evangelio cuando llama a su contenido los misterios de Dios. Pero como los sacramentos están unidos a estos misterios como apéndices, se sigue que los que tienen el encargo de administrar la palabra son también los administradores autorizados de ellos.
1 Corintios 4:2
2. Ahora bien, lo que se requiere de los ministros: Es como si dijera que no basta ser administrador si no hay una recta administración. Ahora bien, la regla de una recta administración es conducirse en ella con fidelidad. Es un pasaje que debe observarse con cuidado, porque vemos con qué altivez exigen los papistas que todo lo que hacen y enseñan tenga autoridad de ley, simplemente por llamarse pastores. Pablo, en cambio, está tan lejos de darse por satisfecho con el mero título que, a su juicio, ni siquiera basta con que haya un llamamiento legítimo si el llamado no se conduce con fidelidad en el oficio. Por tanto, cada vez que los papistas nos pongan delante la máscara de un nombre para sostener la tiranía de su ídolo, sea nuestra respuesta que Pablo exige más que esto de los servidores de Cristo, aunque, al mismo tiempo, el papa y su séquito carecen no solo de fidelidad en el desempeño del oficio, sino también del ministerio mismo, si todo se considera debidamente.
Este pasaje, sin embargo, milita no solo contra los maestros malvados, sino también contra todos los que tienen a la vista otro objeto que la gloria de Cristo y la edificación de la Iglesia. Porque no todo el que enseña la verdad es necesariamente fiel, sino solo el que desea de corazón servir al Señor y adelantar el reino de Cristo. Y no sin razón asigna Agustín a los asalariados (Jn 10:12) un lugar intermedio entre los lobos y los buenos maestros. En cuanto a que Cristo exige también sabiduría en el buen administrador (Lc 12:42), es verdad que habla en ese pasaje con mayor claridad que Pablo, pero el sentido es el mismo. Porque la fidelidad de que habla Cristo es rectitud de conciencia, que debe ir acompañada de un consejo sano y prudente. Por ministro fiel entiende Pablo al que, con conocimiento y también con rectitud, desempeña el oficio de un ministro bueno y fiel.
1 Corintios 4:3
3. Yo, en cuanto a mí, en muy poco tengo: Quedaba que pusiera ante su vista su fidelidad, para que los corintios juzgaran de él por ella; pero, como su juicio estaba corrompido, lo deja a un lado y apela al tribunal de Cristo. Los corintios erraban en que miraban con asombro máscaras ajenas y no prestaban atención a las verdaderas y propias marcas de distinción. Declara, por tanto, con gran confianza, que desprecia un juicio de esta clase, pervertido y ciego. De este modo, además, expone por una parte admirablemente la vanidad de los falsos apóstoles, que tenían por meta el mero aplauso de los hombres y se juzgaban felices si eran admirados; y por otra castiga severamente la arrogancia de los corintios, que era la razón de que estuvieran tan cegados en su juicio.
Pero se pregunta con qué fundamento le era lícito a Pablo no solo rechazar la censura de una Iglesia, sino ponerse por encima del juicio de los hombres; porque esta es una condición común a todos los pastores: ser juzgados por la Iglesia. Respondo que es propio de un buen pastor someter tanto su doctrina como su vida al examen del juicio de la Iglesia, y que es señal de buena conciencia no huir de la luz de una inspección cuidadosa. En este sentido, Pablo estaba sin duda dispuesto a someterse al juicio de la Iglesia de Corinto y a ser llamado a rendir cuentas de su vida y de su doctrina, si hubiera habido entre ellos un examen adecuado, pues a menudo les atribuye este poder y espontáneamente les ruega que estén preparados para juzgar rectamente. Pero cuando un pastor fiel ve que es abrumado por afectos irrazonables y perversos, y que la justicia y la verdad no tienen lugar, debe apelar a Dios y acogerse a su tribunal, sin tomar en cuenta la opinión humana, especialmente cuando no puede lograr que se llegue a un conocimiento verdadero y adecuado de los hechos.
Si, pues, los siervos del Señor tienen presente que deben obrar de esta manera, que permitan que su doctrina y su vida sean puestas a prueba; más aún, que se presenten voluntariamente para ello; y si se objeta algo contra ellos, que no rehúsen responder. Pero si ven que son condenados sin ser oídos en su propia defensa, y que se pronuncia juicio sobre ellos sin permitírseles ser escuchados, que eleven su ánimo a tal magnanimidad que, despreciando las opiniones de los hombres, esperen sin temor a Dios como su juez. De este modo los profetas antiguos, que tenían que tratar con personas rebeldes y que se atrevían a despreciar la palabra de Dios en la administración de ella, necesitaban elevarse en lo alto para pisotear aquella obstinación diabólica que tendía manifiestamente a derribar de una vez la autoridad de Dios y la luz de la verdad. Sin embargo, si alguno, cuando se le da oportunidad de defenderse, o al menos cuando necesita justificarse, apela a Dios como subterfugio, no probará con ello su inocencia, sino que descubrirá más bien su consumado descaro.
O por juicio humano (literalmente, «día de hombre»): Aunque otros lo explican de otra manera, lo más sencillo, en mi opinión, es entender la palabra día usada metafóricamente en el sentido de juicio, porque hay días señalados para administrar justicia y los acusados son citados a comparecer en cierto día. Llama día de hombre al juicio cuando se pronuncia no según la verdad ni conforme a la palabra del Señor, sino según el humor o la temeridad de los hombres, y en suma cuando Dios no preside. «Que los hombres —dice— se sienten a juzgar como quieran; me basta que Dios anulará todo lo que hayan pronunciado».
Y ni aun yo me juzgo a mí mismo: El sentido es: «Yo no me atrevo a juzgarme a mí mismo, aunque me conozco mejor; ¿cómo, pues, me juzgarán ustedes, a quienes soy menos íntimamente conocido?». Ahora bien, prueba que no se atreve a juzgarse a sí mismo por esto: que, aunque no tiene conciencia de nada malo, no queda por ello absuelto a la vista de Dios. De aquí concluye que lo que los corintios se arrogan pertenece exclusivamente a Dios. «En cuanto a mí —dice—, cuando me he examinado con cuidado, percibo que no tengo la vista tan clara como para discernir a fondo mi verdadero carácter; y por eso dejo esto al juicio de Dios, que es el único que puede juzgar y a quien pertenece exclusivamente esta autoridad. En cuanto a ustedes, pues, ¿con qué fundamento pretenderán algo más?».
Sin embargo, como sería muy absurdo rechazar toda clase de juicio, ya sea de los individuos sobre sí mismos, o de un individuo sobre su hermano, o de todos juntos sobre su pastor, entiéndase que Pablo habla aquí no de las acciones de los hombres, que pueden ser tenidas por buenas o malas conforme a la palabra del Señor, sino de la eminencia de cada individuo, que no debe estimarse según los humores de los hombres. Solo a Dios corresponde determinar qué distinción tiene cada uno y qué honor merece. Los corintios, sin embargo, despreciando a Pablo, exaltaban sin fundamento a otros hasta los cielos, como si tuvieran a su disposición aquel conocimiento que pertenecía exclusivamente a Dios. Esto es lo que antes mencionó como día de hombre: cuando los hombres suben al trono del juicio y, como si fueran dioses, se anticipan al día de Cristo, que es el único designado por el Padre como juez, asignan a cada uno su puesto de honor, dan a unos un lugar alto y degradan a otros a los últimos asientos. Pero ¿qué regla de distinción observan? Miran meramente a lo que aparece a la vista; y así lo que en su opinión es alto y honorable es en muchos casos abominación delante de Dios (Lc 16:15). Si alguno objeta además que los ministros de la palabra pueden ser distinguidos en este mundo por sus obras, como los árboles por sus frutos (Mt 7:16), admito que esto es verdad, pero hay que considerar con quiénes tenía que tratar Pablo. Era con personas que, al juzgar, no miraban sino a la apariencia y la pompa, y se arrogaban un poder que Cristo, mientras estuvo en este mundo, se abstuvo de usar: el de asignar a cada uno su lugar en el reino de Dios (Mt 20:23). No nos prohíbe, por tanto, estimar a aquellos a quienes hemos hallado obreros fieles y declararlos tales; ni tampoco, por otra parte, juzgar que hay personas que son malos obreros conforme a la palabra de Dios, sino que condena aquella temeridad que se practica cuando algunos son preferidos a otros con espíritu de ambición, no según sus méritos, sino sin examinar el caso.
1 Corintios 4:4
4. De nada tengo mala conciencia: Observemos que Pablo habla aquí no de toda su vida, sino simplemente del oficio del apostolado. Porque si no hubiera tenido conciencia de nada malo en absoluto, sería infundada la queja que hace en Ro 7:15, donde lamenta que el mal que no quiere, eso hace, y que el pecado le impide entregarse enteramente a Dios. Pablo, por tanto, sentía el pecado que moraba en él y lo confesaba; pero en cuanto a su apostolado (que es el asunto tratado aquí), se había conducido con tanta integridad y fidelidad que su conciencia no lo acusaba de nada. Es una protesta nada común, y de tal naturaleza que muestra claramente la piedad y santidad de su pecho; y sin embargo dice que no por eso es justificado, es decir, puro y del todo libre de culpa a la vista de Dios. ¿Por qué? Ciertamente porque Dios ve mucho más claramente que nosotros; y por eso lo que a nosotros nos parece más limpio es inmundo a sus ojos. Tenemos aquí una amonestación hermosa y singularmente provechosa: no medir el rigor del juicio de Dios por nuestra propia opinión; porque nosotros somos cortos de vista, pero Dios es preeminentemente perspicaz. Pensamos de nosotros mismos con demasiada indulgencia, pero Dios es un juez de suma severidad. De ahí la verdad de lo que dice Salomón:
«Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero Jehová pesa los corazones» (Pr 21:2).
Los papistas abusan de este pasaje para quebrantar la seguridad de la fe, y en verdad confieso que, si se admitiera su doctrina, no podríamos hacer sino temblar miserablemente durante toda nuestra vida. Porque ¿qué tranquilidad podrían gozar nuestras mentes si se hubiera de determinar por nuestras obras si somos agradables a Dios? Confieso, por tanto, que del fundamento principal de los papistas no se sigue sino una continua inquietud para las conciencias; y por eso enseñamos que debemos recurrir a la promesa gratuita de misericordia que se nos ofrece en Cristo, para que estemos plenamente seguros de que somos tenidos por justos ante Dios.
1 Corintios 4:5
5. Así que, no juzguen nada antes de tiempo: De esta conclusión es manifiesto que Pablo no quiso reprender toda clase de juicio sin excepción, sino solo el precipitado y temerario, sin examen del caso. Porque los corintios no observaban con ojo imparcial el carácter de cada individuo, sino que, cegados por la ambición, exaltaban sin fundamento a uno y menospreciaban a otro, y se tomaban la libertad de señalar la dignidad de cada individuo más allá de lo que es lícito a los hombres. Sepamos, pues, cuánto se nos permite, qué está ahora dentro de la esfera de nuestro conocimiento y qué se difiere hasta el día de Cristo, y no intentemos pasar más allá de estos límites. Porque hay cosas que ahora se ven abiertamente, mientras que otras yacen sepultadas en la oscuridad hasta el día de Cristo.
El cual aclarará: Si esto se afirma verdadera y propiamente del día de Cristo, se sigue que las cosas nunca están tan bien ordenadas en este mundo que no queden muchas envueltas en tinieblas, y que nunca hay tanta luz que no permanezcan muchas cosas en la oscuridad. Hablo de la vida de los hombres y de sus acciones. En la segunda cláusula explica cuál es la causa de la oscuridad y la confusión, por la cual no todo es ahora manifiesto. Es que hay maravillosos recovecos y escondrijos profundísimos en los corazones de los hombres. Por eso, hasta que los pensamientos de los corazones salgan a la luz, siempre habrá tinieblas.
Y entonces cada uno recibirá su alabanza: Es como si hubiera dicho: «Ustedes ahora, oh corintios, como si tuvieran la adjudicación de los premios, coronan a unos y despiden a otros con deshonra, pero este derecho y oficio pertenece exclusivamente a Cristo. Ustedes hacen eso antes de tiempo, antes de que se haya hecho manifiesto quién es digno de ser coronado, pero el Señor ha señalado un día en que lo hará manifiesto». Esta afirmación nace de la seguridad de una buena conciencia, la cual nos trae también esta ventaja: que, poniendo nuestras alabanzas en manos de Dios, no hacemos caso del vano soplo del aplauso humano.
1 Co 4:6-8
6. Esto, hermanos, lo he presentado como en figura en mí y en Apolos por causa de ustedes, para que en nosotros aprendan a no pensar de los hombres más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno se envanezca alguno contra el otro.
6. Haec autem, fratres, transfiguravi in me ipsum et Apollo propter vos, ut in nobis disceretis, quis supra id quod scriptum est, de se sentiat: ut ne quis pro hoc vel illo infletur adversus alterum.
7. Porque ¿quién te distingue de otro? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?
7. Quis enim to discernit? quid autem habes, quod non acceperis? si vero etiam acceperis, quid gloriaris tanquam non acceperis?
8. Ya están ustedes saciados, ya están ricos, sin nosotros reináis; y ojalá reinaran, para que nosotros reináramos también juntamente con ustedes.
8. Jam saturati estis, jam ditati estis, absque nobis regnum adepti estis; atque utinam sitis adepti ut et nos vobiscum regnemus.
1 Corintios 4:6
6. He presentado como en figura: De aquí podemos inferir que no fueron los que estaban apegados a Pablo los que dieron origen a los partidos, pues ellos ciertamente no habían sido instruidos así, sino los que por ambición se habían entregado a maestros vanos. Pero como podía traer a colación su propio nombre y el de sus hermanos con más libertad y menos animosidad, prefirió señalar en su propia persona la falta que había en otros. Al mismo tiempo asesta un golpe severo a los promotores de los partidos y pone el dedo en las fuentes de donde nació este mortal divorcio. Porque les muestra que, si se hubieran contentado con buenos maestros, se habrían visto libres de este mal.
Esto es, en nosotros: Algunos manuscritos dicen «para que en ustedes». Ambas lecturas convienen bien y no hay diferencia de sentido; porque lo que Pablo pretende es esto: «He presentado estas cosas, a modo de ejemplo, en mí y en Apolos, para que ustedes lo apliquen a sí mismos». «Aprendan, pues, en nosotros», es decir, «en el ejemplo que he puesto delante de ustedes en nuestra persona como en un espejo»; o «Aprendan en ustedes», es decir, «apliquen este ejemplo a ustedes mismos». Pero ¿qué quiere que aprendan? Que ninguno se envanezca por su propio maestro contra otro, es decir, que no se ensoberbezcan a causa de sus maestros ni abusen de sus nombres para formar partidos y desgarrar la Iglesia. Observa también que el orgullo o la altivez es la causa y el comienzo de todas las contiendas, cuando cada uno, arrogándose más de lo que le corresponde, ansía tener a otros sujetos a él.
La cláusula más de lo que está escrito puede explicarse de dos maneras: refiriéndola a los escritos de Pablo o a las pruebas de la Escritura que ha presentado. Como esto, sin embargo, es asunto de poca importancia, puede dejarse a mis lectores en libertad de tomar la que prefieran.
1 Corintios 4:7
7. Porque ¿quién te distingue?: El sentido es: «Que se presente ese hombre, quienquiera que sea, que desea distinción y perturba a la Iglesia con su ambición. Le preguntaré quién es el que lo hace superior a los demás. Es decir, ¿quién le ha conferido el privilegio de ser sacado del rango de los otros y hecho superior a los demás?». Ahora bien, todo este razonamiento depende del orden que el Señor ha establecido en su Iglesia: que los miembros del cuerpo de Cristo estén unidos entre sí y que cada uno de ellos se dé por satisfecho con su propio lugar, su propio rango, su propio oficio y su propio honor. Si un miembro desea dejar su lugar para saltar al de otro e invadir su oficio, ¿qué será de todo el cuerpo? Sepamos, pues, que el Señor nos ha colocado de tal manera en la Iglesia y ha asignado de tal modo a cada uno su propia posición que, estando bajo una sola cabeza, nos ayudemos mutuamente. Sepamos, además, que hemos sido dotados de una diversidad de dones para servir al Señor con modestia y humildad y procurar promover la gloria de aquel que nos ha conferido todo lo que tenemos. Este era, pues, el mejor remedio para corregir la ambición de los que deseaban distinción: llamarlos de nuevo a Dios, para que reconocieran que no era según el gusto de nadie que fuera colocado en un puesto alto o bajo, sino que esto pertenecía solo a Dios; y además, que Dios no confiere tanto a nadie como para elevarlo al lugar de la Cabeza, sino que distribuye sus dones de tal manera que solo Él sea glorificado en todo.
Distinguir significa aquí hacer eminente. Agustín, sin embargo, no sin acierto hace uso frecuente de esta declaración para sostener, contra los pelagianos, que todo lo que hay de excelencia en el hombre no le está implantado por la naturaleza, de modo que pudiera atribuirse a la naturaleza o a la descendencia; y además que no se adquiere por el libre albedrío, de manera que obligue a Dios, sino que fluye de su pura e inmerecida misericordia. Porque no cabe duda de que Pablo contrasta aquí la gracia de Dios con el mérito o la dignidad de los hombres.
¿Y qué tienes?: Esto es una confirmación de la afirmación precedente, pues no puede con buen fundamento exaltarse a sí mismo el hombre que no tiene superioridad sobre los demás. Porque ¿qué mayor vanidad hay que la de jactarse sin fundamento alguno? Ahora bien, no hay hombre que tenga algo de excelencia por sí mismo; por tanto, el hombre que se exalta a sí mismo es un necio y un idiota. El verdadero fundamento de la modestia cristiana es este: no complacerse en sí mismo, sabiendo que estamos vacíos y desprovistos de todo bien; que, si Dios ha implantado en nosotros algo bueno, somos tanto más deudores de su gracia; y en fin, que, como dice Cipriano, no debemos gloriarnos en nada, porque nada hay que sea nuestro.
¿Por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?: Observa que no queda fundamento alguno para nuestra gloria, puesto que es por
la gracia de Dios que somos lo que somos (1 Co 15:10).
Y esto es lo que teníamos en el primer capítulo: que Cristo es para nosotros la fuente de todas las bendiciones, para que aprendamos a gloriarnos en el Señor (1 Co 1:30-31), y esto lo hacemos solo cuando renunciamos a nuestra propia gloria. Porque Dios no obtiene lo que se le debe de otro modo que siendo nosotros vaciados, para que se vea que todo lo que hay en nosotros digno de alabanza es derivado.
1 Corintios 4:8
8. Ya están ustedes saciados: Habiendo abatido con toda seriedad, y sin usar figura alguna, su vana confianza, ahora también se burla de ella por vía de ironía, porque están tan satisfechos de sí mismos como si fueran las personas más felices del mundo. Procede también paso a paso en poner de manifiesto su insolencia. En primer lugar, dice que estaban saciados: esto se refiere al pasado. Luego añade: están ricos: esto se aplica al futuro. Por último, dice que habían reinado como reyes: esto es mucho más que cualquiera de las dos cosas anteriores. Es como si hubiera dicho: «¿A qué llegarán, cuando parece que no solo están saciados para el presente, sino también ricos para el futuro, y más aún, reyes?». Al mismo tiempo les reprocha tácitamente su ingratitud, porque tenían la osadía de despreciar a él, o más bien a aquellos por medio de los cuales lo habían obtenido todo.
Sin nosotros, dice. «Porque Apolos y yo somos ahora estimados en nada por ustedes, aunque es por nuestro instrumento que el Señor les ha conferido todo. ¡Qué inhumanidad la de descansar con complacencia en los dones de Dios mientras entre tanto desprecian a aquellos por cuyo instrumento los obtuvieron!».
Y ojalá reinaran: Aquí declara que no envidia su felicidad (si es que la tienen) y que desde el principio no ha buscado reinar entre ellos, sino solo conducirlos al reino de Dios. Da a entender, sin embargo, por otra parte, que el reino en que se gloriaban era meramente imaginario, y que su gloria era infundada y perniciosa, pues no hay verdadera gloria sino la que gozan en común todos los hijos de Dios bajo Cristo su Cabeza, y cada uno de ellos según la medida de la gracia que le ha sido dada.
Porque con estas palabras para que nosotros reináramos también juntamente con ustedes quiere decir esto: «Son tan famosos en su propia opinión que no dudan en despreciarme a mí y a los que son como yo, pero vean cuán vana es su gloria. Porque no pueden tener ninguna gloria ante Dios en la cual nosotros no tengamos parte; pues, si les viene honor por tener el evangelio de Dios, ¡cuánto más a nosotros, por cuyo ministerio les fue transmitido! Y ciertamente esta es una locura común a todos los soberbios: que, al atraerlo todo hacia sí, se despojan de toda bendición; más aún, renuncian a la esperanza de la salvación eterna».
1 Co 4:9-15
9. Porque me parece que Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres.
9. Existimo enim, quod Deus nos postremos Apostolos demonstraverit tanquam morti destinatos: nam theatrum facti sumus mundo,et angelis, et hominibus.
10. Nosotros somos insensatos por amor de Cristo, mas ustedes prudentes en Cristo; nosotros débiles, mas ustedes fuertes; ustedes honorables, mas nosotros despreciados.
10. Nos stulti propter Christum, vos autem prudentes in Christo: infirmi, vos autem robusti: vos gloriosi, nos autem ignobiles.
11. Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija;
11. Ad hanc enim horam usque et sitimus, et esurimus, et nudi sumus, et colaphis caedimur.
12. y nos afanamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos;
12. Etcircumagimur, et laboramus operantes manibus propriis: maledictis lacessiti benedicimus: persequutionem patientes sustinemus:
13. nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la basura del mundo, el desecho de todos.
13. Conviciis affecti obsecramus: quasi exsecrationes mundi facti sumus, omnium reiectamentum usque ad hunc diem.
14. No escribo esto para avergonzarlos, sino para amonestarlos como a mis hijos amados.
14. Non quo pudorem vobis incutiam, haec scribo: sed ut filios meos dilectos admoneo.
15. Porque aunque tengan diez mil ayos en Cristo, no tendrán muchos padres; pues en Cristo Jesús yo los engendré por medio del evangelio.
15. Nam etsi decem millia paedagogorum habueritis in Christo, non tamen multos patres; in Christo enim Iesu par Evangelium ego vos genui.
1 Corintios 4:9
9. Pues me parece, etc. Es incierto si habla de sí mismo exclusivamente, o si incluye al mismo tiempo a Apolos y a Silvano, pues a veces llama apóstoles a personas así. Prefiero, sin embargo, entenderlo de él solo. Si alguien quisiera extenderlo más, no tendré objeción particular, con tal de que no lo entienda como Crisóstomo, para quien los apóstoles habrían sido reservados para el último lugar como por ignominia. Pues no cabe duda de que con el término postreros se refiere a quienes fueron admitidos al rango de apóstoles después de la resurrección de Cristo. Ahora bien, reconoce que es como los que son exhibidos ante el pueblo cuando están a punto de ser llevados a la muerte. Pues tal es el sentido de la palabra exhibidos: como aquellos que, con ocasión de un triunfo, eran paseados para dar espectáculo y luego arrastrados a la cárcel para ser estrangulados.
Lo expresa con más claridad al añadir que son hechos un espectáculo. «Ésta —dice— es mi condición: presento al mundo un espectáculo de mis miserias, como quienes, condenados a luchar con fieras, o a los juegos de los gladiadores, o a algún otro género de castigo, son sacados a la vista del pueblo, y no ante unos pocos espectadores, sino ante todo el mundo». Observa aquí la admirable firmeza de Pablo, quien, viéndose tratado así por Dios, no se quebrantó ni se abatió. Pues no atribuye a la insolencia de los impíos el que fuera llevado, por así decir, con ignominia al juego de la arena, sino que lo atribuye por entero a la providencia de Dios.
La segunda cláusula, a los ángeles y a los hombres, la entiendo como explicativa en este sentido: «Soy hecho juego y espectáculo, no solo para la tierra, sino también para el cielo». Este pasaje se ha explicado comúnmente como referido a los demonios, por parecer absurdo referirlo a los ángeles buenos. Pablo, sin embargo, no quiere decir que todos los que son testigos de esta calamidad se complazcan en tal espectáculo. Quiere decir simplemente que el Señor ha ordenado así su suerte, de modo que parece haber sido destinado a dar espectáculo al mundo entero.
1 Corintios 4:10
10. Nosotros somos insensatos por amor de Cristo. Este contraste es irónico de principio a fin, y sumamente incisivo, pues resultaba indecoroso y absurdo que los corintios fueran en todo felices y honorables según la carne, mientras veían entretanto a su maestro y padre afligido con la más baja ignominia y con miserias de todo género. Porque quienes opinan que Pablo se humilla de este modo para atribuir seriamente a los corintios aquellas cosas de las que reconoce carecer, pueden ser refutados sin dificultad por la breve cláusula que añade después. Así pues, al hablar de los corintios como prudentes en Cristo, fuertes y honorables, hace una concesión irónica, como si dijera: «Ustedes quieren conservar, junto con el evangelio, la fama de sabiduría, cuando yo no he podido predicar a Cristo sino haciéndome insensato en este mundo. Ahora bien, ya que yo, por causa de ustedes, me he sometido de buena gana a ser insensato, o a ser tenido por tal, consideren si es razonable que ustedes quieran ser estimados sabios. ¡Cómo se concilia esto: que yo, que he sido su maestro, sea insensato por amor de Cristo, y ustedes, en cambio, permanezcan prudentes!». De esta manera, ser prudentes en Cristo no se toma aquí en buen sentido, pues se burla de los corintios por querer mezclar a Cristo con la sabiduría de la carne, ya que eso sería intentar unir cosas directamente contrarias.
Lo mismo ocurre con las cláusulas siguientes: «Ustedes son fuertes —dice— y honorables, es decir, se glorían en las riquezas y recursos del mundo, no pueden soportar la ignominia de la cruz. Entretanto, ¿es razonable que yo, por causa de ustedes, sea vil y despreciable, y esté expuesto a muchas debilidades?». Ahora bien, la queja lleva consigo tanto más reproche por esta razón: que aun entre ellos mismos era débil y despreciable (2 Co 10:10). En fin, se burla de su vanidad en esto: que, invirtiendo el orden de las cosas, quienes eran hijos y seguidores querían ser estimados honorables y nobles, mientras su padre estaba en la oscuridad y expuesto además a todos los oprobios del mundo.
1 Corintios 4:11
11. Hasta esta hora. El apóstol describe aquí su condición como en un cuadro, para que los corintios aprendan de su ejemplo a deponer esa altivez de espíritu y a abrazar, como él, la cruz de Cristo con mansedumbre. Muestra la mayor habilidad en esto: que al mencionar las cosas que lo habían hecho despreciable, da clara prueba de su singular fidelidad y de su celo infatigable por el avance del evangelio; y, por otra parte, reprende tácitamente a sus rivales, quienes, sin haber dado prueba semejante, querían sin embargo ser tenidos en la más alta estima. En las palabras mismas no hay oscuridad, salvo que debemos advertir la distinción entre esos dos participios: λοιδορουμενοι και βλασφημουμενοι (vituperados y difamados). Como λοιδορια significa esa especie más áspera de burla que no solo toca ligeramente a una persona, sino que la muerde con dureza y ennegrece su reputación con abierta injuria, no cabe duda de que λοιδορειν significa herir a alguien con el oprobio como con un aguijón. Por eso lo he traducido: acosados con vituperios. Βλασφημια significa un oprobio más abierto, cuando alguien es calumniado con severidad y atrocidad.
1 Corintios 4:12
12. Cuando dice que perseguido lo soporta y que ruega por sus maldicientes, da a entender que no solo es afligido y humillado por Dios mediante la cruz, sino que además está dotado de una disposición a humillarse voluntariamente. En esto, quizá, da un golpe a los falsos apóstoles, tan afeminados y delicados que no soportaban ser tocados ni con el dedo meñique. Al hablar de su trabajo añade: con nuestras propias manos, para expresar más plenamente lo humilde de sus ocupaciones: «No solo me gano el sustento con mi propio trabajo, sino con un trabajo humilde, trabajando con mis propias manos».
1 Corintios 4:13
13. Hemos venido a ser como la escoria del mundo. Emplea dos términos, el primero de los cuales designa a un hombre que es consagrado con execraciones públicas para la purificación de una ciudad; pues esas personas, por purificar al resto del pueblo cargando sobre sí cuanto de crímenes y ofensas graves hay en la ciudad, son llamadas por los griegos a veces καθαρμοι, pero más a menudo καθάρματα. Pablo, al añadir la preposición περὶ (alrededor), parece haber tenido presente el rito expiatorio mismo, pues aquellos infelices consagrados a las execraciones eran llevados alrededor por las calles para que se llevaran consigo el mal que hubiera en cualquier rincón, a fin de que la purificación fuera más completa. El número plural podría dar a entender que no habla solo de sí mismo, sino también de los otros que eran sus compañeros y que no eran menos despreciados por los corintios. No hay, sin embargo, una razón urgente para considerar que lo que dice se extienda a más que a él mismo. El otro término, περίψημα (desecho), designa limaduras o raspaduras de cualquier clase, y también la basura que se barre con una escoba. Sobre ambos términos consúltense las anotaciones de Budé.
En cuanto al sentido del pasaje que tenemos delante, Pablo, para expresar su extrema degradación, dice que es tenido en abominación por todo el mundo, como un hombre apartado para la expiación, y que, como desecho, resulta nauseabundo para todos. Al mismo tiempo, no quiere decir con la primera comparación que sea una víctima expiatoria por los pecados, sino simplemente que, en cuanto a deshonra y oprobios, en nada difiere del hombre sobre quien se amontonan las execraciones de todos.
1 Corintios 4:14
14. No escribo esto para avergonzarlos. Como los ejemplos de ironía anteriores fueron muy incisivos, de modo que podían exasperar el ánimo de los corintios, ahora previene ese disgusto declarando que no había dicho estas cosas con el fin de cubrirlos de vergüenza, sino más bien de amonestarlos con afecto paternal. Es cierto, en efecto, que la naturaleza y el propósito de la corrección de un padre es hacer que su hijo sienta vergüenza; pues la primera señal de retorno a un buen juicio es la vergüenza que el hijo comienza a sentir al ser reprendido por su falta. El objeto, pues, que tiene el padre cuando castiga a su hijo con reprensiones es llevarlo a desagradarse de sí mismo. Y vemos que lo que Pablo ha dicho hasta aquí tiende a avergonzar a los corintios de sí mismos. Más aún, lo hallaremos poco después (1 Co 6:5) declarando que mencionaba sus faltas para que empezaran a avergonzarse. Aquí, sin embargo, quiere simplemente dar a entender que no era su intención cargarlos de deshonra ni exponer sus pecados pública y abiertamente para su oprobio. Porque quien amonesta con espíritu amistoso pone particular cuidado en que toda la vergüenza que haya permanezca con la persona a quien amonesta y así quede sepultada. En cambio, quien reprocha con ánimo malicioso inflige deshonra al hombre a quien reprende por su falta, de tal manera que lo expone al oprobio de todos. Pablo afirma, pues, simplemente que lo que había dicho lo había dicho sin ánimo de zaherir ni de dañar su reputación, sino que, al contrario, con afecto paternal los amonestaba sobre lo que veía defectuoso en ellos.
Pero ¿cuál era el propósito de esta amonestación? Era que los corintios, hinchados con meras nociones vacías, aprendieran a gloriarse, como él, en el abatimiento de la cruz, y no lo despreciaran más por aquello mismo por lo que era con razón honorable ante Dios y los ángeles; en fin, que, dejando su acostumbrada altivez, estimaran en más las marcas de Cristo (Gá 6:17) que llevaba en su cuerpo que la apariencia vana y falsificada de los falsos apóstoles. Que los maestros deduzcan de aquí que en las reprensiones deben usar siempre tal moderación que no hieran el ánimo de los hombres con excesiva severidad y que, conforme al proverbio común, deben mezclar miel o aceite con el vinagre; que ante todo deben cuidarse de no parecer que triunfan sobre los que reprenden ni que se deleitan en su deshonra; más aún, que deben procurar hacer entender que no buscan otra cosa sino que se promueva el bien de ellos. Pues ¿qué bien hará el maestro con solo dar voces, si no sazona la aspereza de su reprensión con esa moderación de la que he hablado? Por tanto, si deseamos hacer algún bien corrigiendo las faltas de los hombres, debemos darles a conocer claramente que nuestras reprensiones proceden de una disposición amistosa.
1 Corintios 4:15
15. Porque aunque tengan diez mil. Se había llamado a sí mismo padre, y ahora muestra que este título le pertenece de manera peculiar y especial, por cuanto él solo los engendró en Cristo. En esta comparación, sin embargo, tiene presentes a los falsos apóstoles, a quienes los corintios mostraban toda deferencia, de modo que Pablo era ya casi nada entre ellos. Por eso los amonesta a considerar qué honor debe rendirse a un padre y cuál a un pedagogo: «Ustedes sienten respeto por esos nuevos maestros. No tengo objeción, con tal de que recuerden que yo soy su padre, mientras que ellos son meros pedagogos». Ahora bien, al reclamar para sí autoridad, da a entender que lo mueve un afecto distinto del de aquellos a quienes tanto estimaban. «Ellos se esfuerzan en instruirlos. Sea así. Muy diferente es el amor de un padre, muy diferente su solicitud, muy diferente su apego, de los de un pedagogo». ¿Y si hiciera también alusión a esa imperfección de la fe que antes había reprochado? Pues mientras los corintios eran gigantes en orgullo, eran niños en la fe, y por eso se los remite con propiedad a pedagogos. Reprende también el sistema absurdo y bajo de esos maestros, que mantienen a sus seguidores en los meros primeros rudimentos, con el fin de tenerlos siempre atados bajo su autoridad.
Pues en Cristo. Aquí tenemos la razón por la que él solo debe ser estimado como padre de la iglesia de Corinto: porque la engendró. Y en verdad describe con términos muy apropiados la generación espiritual cuando dice que los ha engendrado en Cristo, que es la única vida del alma, y hace del evangelio la causa formal. Observemos, pues, que somos entonces verdaderamente engendrados a los ojos de Dios cuando somos injertados en Cristo, fuera del cual no se hallará sino muerte, y que esto se realiza por medio del evangelio, porque, siendo por naturaleza carne y heno, la palabra de Dios, como enseña Pedro (1 P 1:24-25) tomándolo de Isaías (Is 40:6-8), es la simiente incorruptible por la cual somos renovados para vida eterna. Quita el evangelio, y todos permaneceremos malditos y muertos ante Dios. Esa misma palabra por la que somos engendrados es después leche para nosotros, para alimentarnos, y es también alimento sólido para sustentarnos para siempre.
Si alguien presenta esta objeción: «Puesto que cada día son engendrados nuevos hijos para Dios en la iglesia, ¿por qué dice Pablo que quienes le sucedieron no eran padres?», la respuesta es fácil: que aquí habla del comienzo de la iglesia. Pues aunque muchos habían sido engendrados por el ministerio de otros, este honor quedó a Pablo intacto: haber fundado la iglesia de Corinto. Si alguien preguntara de nuevo: «¿No deben ser tenidos todos los pastores por padres? Y si es así, ¿por qué Pablo priva a todos los demás de este título, para reclamarlo exclusivamente para sí?», respondo: «Habla aquí en sentido comparativo». Por eso, aunque el título de padres pudiera serles aplicable en otros aspectos, en relación con Pablo eran solo instructores. Debemos tener presente también lo que toqué hace poco: que no habla de todos (pues en cuanto a quienes eran como él, por ejemplo Apolos, Silvano y Timoteo, que no aspiraban a otra cosa que al avance del reino de Cristo, no habría tenido objeción a que se los llamara así y a que se les diera el mayor honor), sino que reprende a los que, por una ambición desviada, transferían a sí mismos la gloria que pertenecía a otro. De esta clase eran los que robaban a Pablo el honor que se le debía, para adornarse con sus despojos.
Y, en verdad, la condición de la iglesia universal en nuestros días es la misma que la de la iglesia de Corinto en aquel tiempo. Pues ¡cuán pocos son los que aman a las iglesias con afecto de padre, es decir, desinteresado, y se dedican a promover su bien! Entretanto, hay muchísimos pedagogos que prestan sus servicios como asalariados, de tal manera que cumplen por así decir un oficio meramente temporal, y mientras tanto mantienen al pueblo en sujeción y admiración. Con todo, aun en ese caso es bueno que haya muchos pedagogos que hacen bien, al menos en cierta medida, enseñando, y no destruyen la iglesia con las corrupciones de la falsa doctrina. Por mi parte, cuando me quejo de la multitud de pedagogos, no me refiero a los sacerdotes papistas (pues no les haría el honor de contarlos en ese número), sino a los que, estando de acuerdo con nosotros en doctrina, se ocupan en cuidar de sus propios asuntos más que de los de Cristo. Todos, es verdad, queremos ser tenidos por padres y exigimos de los demás la obediencia de hijos; pero ¿dónde se hallará el hombre que obre de tal manera que muestre que es un padre?
Queda otra cuestión de mayor dificultad: como Cristo nos prohíbe
llamar padre nuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es nuestro Padre, el que está en los cielos (Mt 23:9),
¿cómo se atreve Pablo a tomar para sí el nombre de padre? Respondo que, hablando con propiedad, solo Dios es el Padre, no solo de nuestra alma, sino también de nuestra carne. Sin embargo, en cuanto al cuerpo, él comunica el honor de su nombre paternal a aquellos a quienes da descendencia, mientras que, en cuanto a las almas, se reserva exclusivamente el derecho y el título de Padre; confieso que por esta razón se le llama en sentido peculiar el Padre de los espíritus y se le distingue de los padres terrenales, como habla el apóstol en He 12:9. Pero, aunque es él solo quien por su propia influencia engendra las almas, las regenera y las vivifica, se sirve para ello del ministerio de sus siervos; por eso no hay daño en que se les llame padres en razón de este ministerio, pues esto no resta en grado alguno al honor de Dios. La palabra, como he dicho, es la simiente espiritual. Solo Dios, por medio de ella, regenera nuestras almas por su influencia, pero al mismo tiempo no excluye los esfuerzos de los ministros. Si, pues, consideras con atención lo que Dios cumple por sí mismo y lo que quiere que sea cumplido por los ministros, entenderás fácilmente en qué sentido solo él es digno del nombre de Padre y hasta dónde este nombre es aplicable a sus ministros, sin menoscabo alguno de sus derechos.
1 Corintios 4:16-21
16. Por tanto, os ruego que me imitéis.
16. Adhortor ergo vos, imitatores mei estote.
17. Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias.
17. Hac de causa misi ad vos Timotheum, qui est filius meus dilectus et fidelis in Domino: qui vobis in memoriam reducat vias meas, quae sunt in Christo, quemadmodum ubique in omnibus Ecclesiis doceam.
18. Algunos de vosotros están envanecidos, como si yo nunca hubiese de ir a vosotros.
18. Perinde quasi non sum ad vos venturus, inflati sunt quidam:
19. Pero iré a vosotros pronto, si el Señor quiere, y conoceré, no las palabras de los que andan envanecidos, sino el poder.
19. Veniam autem brevi ad vos, si Dominus voluerit, et cognoscam non sermonem eorum qui sunt inflati, sed virtutem.
20. Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.
20. Neque enim in sermone regnum Dei est, sed in virtute.
21. ¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?
21. Quid vultis? in virga veniam ad vos, an in dilectione spirituque mansuetudinis?
1 Corintios 4:16
16. Os ruego. Ahora expresa también, con sus propias palabras, lo que exige de ellos en su amonestación paternal: que, siendo sus hijos, no degeneren de su padre. Pues ¿qué más razonable que los hijos procuren parecerse lo más posible a su padre? Al mismo tiempo cede algo de su propio derecho, cuando los exhorta a esto a modo de ruego más que de mandato. Pero hasta qué punto quiere que sean imitadores de él, lo muestra en otro lugar, cuando añade: como yo de Cristo (1 Co 11:1). Esta limitación debe observarse siempre, para no seguir a hombre alguno sino en cuanto nos guíe a Cristo. Sabemos de qué trata aquí. Los corintios no solo rehuían el abatimiento de la cruz, sino que también miraban con desprecio a su padre, porque, olvidando la gloria terrenal, se gloriaba más bien en los oprobios por Cristo; y se tenían a sí mismos y a otros por afortunados de no tener nada despreciable según la carne. Los amonesta, pues, a entregarse, a ejemplo suyo, al servicio de Cristo, de modo que lo soporten todo con paciencia.
1 Corintios 4:17
17. Por esto mismo. El sentido es: «Para que sepan cuál es mi manera de vivir y si soy digno de ser imitado, escuchen lo que tiene que decir Timoteo, que estará dispuesto a ser testigo fiel de estas cosas». Ahora bien, como hay dos cosas que dan crédito al testimonio de un hombre, el conocimiento de las cosas que relata y la fidelidad, les da a saber que Timoteo posee ambas. Pues al llamarlo su hijo amado, da a entender que lo conocía íntimamente y estaba al tanto de todos sus asuntos; y además lo presenta como fiel en el Señor. Encarga también a Timoteo dos cosas: primero, traer a la memoria de los corintios aquello que debían haber recordado por sí mismos, y en esto los reprende tácitamente; y segundo, testificarles cuán uniforme y constante era su manera de enseñar en todo lugar. Ahora bien, es probable que hubiera sido asaltado por las calumnias de los falsos apóstoles, como si asumiera más autoridad sobre los corintios que sobre otros, o como si se condujera de manera muy distinta en otros lugares; pues no sin buena razón quiere que se les testifique esto. Es, pues, propio de un ministro prudente regular así su proceder y observar tal método de instrucción que no se le pueda hacer semejante objeción, sino que esté preparado para responder sobre el mismo terreno que Pablo.
1 Corintios 4:18
18. Como si yo nunca hubiese de ir a vosotros. Ésta es la costumbre de los falsos apóstoles: aprovechar la ausencia de los buenos para triunfar y jactarse sin estorbo. Por eso Pablo, para reprender su conciencia desordenada y reprimir su insolencia, les dice que no pueden soportar su presencia. Sucede a veces, es verdad, que los impíos, al hallar ocasión de insultar, se levantan abiertamente con frente de hierro contra los siervos de Cristo, pero nunca salen con franqueza a un combate en igualdad, sino que, al contrario, por artimañas siniestras delatan su falta de confianza.
1 Corintios 4:19
19. Pero iré pronto a vosotros. «Se equivocan —dice— al alzar la cresta durante mi ausencia, como si ésta hubiera de ser larga, pues en poco tiempo percibirán cuán vana ha sido su confianza». No tiene en mira, sin embargo, tanto aterrorizarlos, como si a su llegada fuera a tronar contra ellos, sino más bien apretar y abrumar sus conciencias, pues, por más que lo disimularan, sabían que estaba dotado de influencia divina.
La cláusula si el Señor quiere da a entender que no debemos prometer nada a otros sobre el futuro, ni determinarlo entre nosotros, sin añadir esta limitación: en cuanto el Señor lo permita. Por eso Santiago con razón se burla de la temeridad de los hombres (Stg 4:15), que planean lo que harán diez años después cuando no tienen seguridad de vivir ni una sola hora. No estamos, es verdad, obligados por una necesidad constante a usar tales expresiones, pero es mejor acostumbrarnos cuidadosamente a ellas, para ejercitar nuestra mente de cuando en cuando en esta consideración: que todos nuestros planes deben estar sujetos a la voluntad de Dios.
Y conoceré, no las palabras. Por palabras debes entender esa charlatanería en la que se deleitaban los falsos apóstoles, pues sobresalían en una especie de destreza y gracia en el hablar, mientras carecían del celo y de la eficacia del Espíritu. Con el término poder se refiere a esa eficacia espiritual de la que están dotados quienes dispensan con fervor la palabra del Señor. El sentido es, pues: «Veré si tienen tanto motivo para envanecerse; y no los juzgaré por su mera locuacidad exterior, en la que ponen toda su gloria y por la cual reclaman para sí todo honor. Si quieren recibir algún honor de mí, deben presentar ese poder que distingue a los verdaderos siervos de Cristo de los meramente fingidos; de lo contrario los despreciaré, con todo su aparato. Es en vano, por tanto, que confíen en su elocuencia, pues no la reputaré mejor que humo».
1 Corintios 4:20
20. Porque el reino de Dios no consiste en palabras. Como el Señor gobierna la iglesia por su palabra, como con un cetro, la administración del evangelio se llama a menudo el reino de Dios. Aquí, pues, hemos de entender por el reino de Dios todo lo que tiende en esta dirección y está dispuesto para este fin: que Dios reine entre nosotros. Dice que este reino no consiste en palabras, pues ¡qué poca cosa es que alguien tenga habilidad para parlotear con elocuencia, mientras no tiene sino un vano tintineo! Sepamos, pues, que una mera gracia y destreza exterior en la enseñanza es como un cuerpo elegante y de hermoso color, mientras que el poder del que habla aquí Pablo es como el alma. Ya hemos visto que la predicación del evangelio es de tal naturaleza que está llena interiormente de una especie de majestad sólida. Esta majestad se muestra cuando un ministro se esfuerza por medio del poder más que de la palabra; es decir, cuando no pone su confianza en su propio entendimiento ni en su elocuencia, sino que, provisto de armas espirituales, que consisten en celo por mantener el honor del Señor, ansia de levantar el reino de Cristo, deseo de edificar, temor del Señor, constancia invencible, pureza de conciencia y otras dotes necesarias, se aplica con diligencia a la obra del Señor. Sin esto, la predicación está muerta y no tiene fuerza, por hermosos que sean sus adornos. Por eso en su segunda epístola dice que en Cristo nada vale sino una nueva criatura (2 Co 5:17), afirmación que va al mismo propósito. Pues quiere que no descansemos en máscaras exteriores, sino que dependamos solo del poder interno del Espíritu Santo.
Pero mientras con estas palabras reprime la ambición de los falsos apóstoles, reprende al mismo tiempo a los corintios por su juicio pervertido, al medir a los siervos de Cristo por lo que ocupa el último lugar entre sus excelencias. Tenemos aquí una afirmación notable, y no menos aplicable a nosotros que a ellos. En cuanto a nuestro evangelio, del que nos enorgullecemos, ¿dónde está en la mayoría de las personas sino en la lengua? ¿Dónde está la novedad de vida? ¿Dónde la eficacia espiritual? Y no sucede así solo entre el pueblo. Al contrario, ¡cuántos hay que, procurando obtener favor y aplauso del evangelio, como si fuera una ciencia profana, no aspiran a otra cosa que a hablar con elegancia y refinamiento! No apruebo que se restrinja el término poder a los milagros, pues por el contraste podemos deducir fácilmente que tiene un alcance más amplio.
1 Corintios 4:21
21. ¿Qué queréis? Quien dividió las epístolas en capítulos debió hacer de esto el comienzo del capítulo quinto. Pues habiendo reprendido hasta aquí el necio orgullo de los corintios, su vana confianza y su juicio pervertido y corrompido por la ambición, menciona ahora los vicios de que estaban infectados y por los cuales debían avergonzarse: «Ustedes están envanecidos, como si todo estuviera en el mejor pie entre ustedes; pero sería mejor que reconocieran con vergüenza y suspiros la desdicha de su condición, pues si persisten, me veré en la necesidad de dejar la benignidad y ejercer con ustedes una severidad paternal». Hay, sin embargo, aún más énfasis en esta amenaza en la que les da libertad de elegir, pues declara que no depende de él mostrarse agradable y benigno, sino que es culpa de ellos que se vea obligado a usar de severidad. «A ustedes les toca —dice— elegir con qué talante quieren que vaya. Por mi parte, estoy dispuesto a ser benigno, pero si continúan como hasta ahora, me veré en la necesidad de tomar la vara». Así toma un terreno más elevado, tras haber reclamado sobre ellos autoridad paternal, pues habría sido absurdo comenzar con esta amenaza sin abrir antes el camino con lo que dijo y prepararlos para concebir temor.
Con el término vara se refiere a esa severidad con que un pastor debe corregir las faltas de su pueblo. Le opone amor y espíritu de mansedumbre: no porque el padre odie a los hijos a quienes castiga, pues al contrario el castigo procede del amor, sino porque, por la tristeza del semblante y la dureza de las palabras, parece como si estuviera airado con su hijo. Para expresarme con más claridad: en una palabra, un padre mira siempre a su hijo con afecto, cualquiera que sea el semblante que ponga, pero manifiesta ese afecto cuando lo enseña con agrado y cariño; cuando, en cambio, disgustado por sus faltas, lo castiga en términos algo ásperos, o incluso con la vara, adopta la apariencia de una persona encolerizada. Como, pues, el amor no aparece cuando se ejerce la severidad de la disciplina, no sin buena razón Pablo une aquí el amor con un espíritu de mansedumbre. Hay quienes entienden por vara la excomunión; por mi parte, aunque les concedo que la excomunión es parte de esa severidad con que Pablo amenaza a los corintios, la extiendo al mismo tiempo más allá, de modo que incluya todas las reprensiones de carácter más áspero.
Observa aquí qué sistema debe seguir un buen pastor; pues debe inclinarse por sí mismo a la benignidad, con el fin de atraer a Cristo más que de empujar. Esta benignidad, en cuanto de él dependa, debe mantenerla y no recurrir nunca a la aspereza a menos que se vea obligado. Por otra parte, no debe ahorrar la vara (Pr 13:24) cuando hace falta, pues mientras que a los dóciles y tratables se les debe tratar con benignidad, con los refractarios y contumaces hay que usar de aspereza. Vemos también que la Palabra de Dios no contiene mera doctrina, sino que incluye una mezcla de amargas reprensiones, para proveer a los pastores de una vara. Porque sucede a menudo, por la obstinación del pueblo, que los pastores naturalmente más benignos se ven forzados a ponerse, por así decir, el semblante de otro y a obrar con rigor y severidad.
CAPÍTULO 5
1 Corintios 5:1-5
1. De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y fornicación de tal clase que ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre.
1. Omnino auditur in vobus scortatio, et talis scortatio, quae ne interGentes quidem nominatur, ut quis as uxorem patris habeat.
2. Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?
2. Et vos inflati estis, ac non magis luxistis, ut e medio vestri removeretur, qui facinus hoc admisit.
3. Ciertamente yo, como ausente en cuerpo pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho.
3. Ego quidem certe tanquam absens corpore, praesens autem spiritu, jam iudicavi tanquam praesens, qui hoc ita designavit,
4. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo,
4. In nomine Domini nostri Iesu Christi, congregatis vobis et spiritu meo, cum potentia Domini nostri of Iesu Christi, eiusmodi inquam hominem.
5. el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.
5. Tradere Satanae in exitium carnis, ut spiritus salvus fiat in die Domini Iesu.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.