Comentarios bíblicos · Juan Calvino

1 Pedro 3: comentario de Juan Calvino

1 Pedro 3:1

Pasa ahora a otro caso de sujeción, y manda que las esposas estén sujetas a sus maridos. Y como parecían tener algún pretexto para sacudirse el yugo las que estaban unidas a hombres incrédulos, les recuerda expresamente su deber y aduce una razón particular por la que debían obedecer con más cuidado, a saber, para atraer a sus maridos a la fe con su probidad. Pero si las esposas deben obedecer a maridos impíos, con mucha más prontitud deben obedecer las que tienen maridos creyentes.

Pero puede parecer extraño que Pedro diga que un marido puede ser ganado para el Señor sin palabra; pues ¿por qué se dice que «la fe es por el oír»? (Ro 10:17). A esto respondo que las palabras de Pedro no han de entenderse como si solo una vida santa pudiera llevar a los incrédulos a Cristo, sino que ablanda y pacifica su ánimo, de modo que tengan menos aversión a la religión; pues así como los malos ejemplos causan tropiezos, los buenos ofrecen no poca ayuda. Pedro muestra entonces que las esposas, con una vida santa y piadosa, podían lograr tanto como preparar a sus maridos, sin hablarles de religión, para abrazar la fe de Cristo.

1 Pedro 3:2

2 Considerando. Pues los ánimos, por muy alejados que estén de la verdadera fe, quedan sometidos cuando ven la buena conducta de los creyentes; porque, como no entendían la doctrina de Cristo, se forman un juicio de ella por nuestra vida. No puede ser, pues, sino que alaben el cristianismo, que enseña pureza y temor.

1 Pedro 3:3

3 Cuyo adorno. La otra parte de la exhortación es que las esposas se adornen con sobriedad y modestia: pues sabemos que en esto son mucho más rebuscadas y ambiciosas de lo que deben. Y Pedro no sin causa procura corregir en ellas esta vanidad. Y aunque reprueba en general el adorno suntuoso o costoso, señala sin embargo algunas cosas en particular: que no debían rizar o trenzar artificialmente su cabello, como se hacía comúnmente con rizadores, o darle de otro modo forma según la moda; ni debían poner oro alrededor de su cabeza: pues son estas las cosas en las que sobre todo aparecen los excesos.

Puede preguntarse ahora si el apóstol condena por completo el uso del oro en el adorno del cuerpo. Si alguien insistiera en estas palabras, podría decirse que prohíbe los vestidos costosos no menos que el oro; pues añade enseguida el vestirse de ropas, o, de vestidos. Pero sería una severidad desmedida prohibir del todo el aseo y la elegancia en el vestir. Si se dice que la materia es demasiado suntuosa, el Señor la ha creado; y sabemos que la destreza en el arte ha procedido de él. Pedro no quiso, pues, condenar toda clase de adorno, sino el mal de la vanidad, a la que están sujetas las mujeres. Dos cosas han de considerarse en el vestido: la utilidad y la decencia; y lo que la decencia requiere es moderación y modestia. Si una mujer, pues, saliera con el cabello rizado y adornado con lascivia y ostentara un despliegue extravagante, su vanidad no podría excusarse. A quienes objetan y dicen que vestirse de esta o de aquella manera es cosa indiferente, en la cual todos son libres de hacer lo que les plazca, se les puede refutar fácilmente; pues la elegancia excesiva y el despliegue superfluo, en suma, todos los excesos, nacen de un ánimo corrompido. Además, la ambición, el orgullo, la afectación de ostentar y todas las cosas de esta clase no son cosas indiferentes. Por tanto, aquellos cuyo ánimo está purificado de toda vanidad ordenarán debidamente todas las cosas, de modo que no excedan la moderación.

1 Pedro 3:4

4 Sino el hombre interior del corazón. Debe observarse con cuidado el contraste que hay aquí. Catón decía que quienes se ocupan con afán en adornar el cuerpo descuidan el adorno del ánimo: así Pedro, para refrenar este deseo en las mujeres, introduce un remedio: que se dediquen al cultivo de su ánimo. La palabra corazón significa, sin duda, toda el alma. Muestra al mismo tiempo en qué consiste el adorno espiritual de las mujeres, a saber, en lo incorruptible de un espíritu manso y apacible. «Incorruptible», según pienso, se opone a las cosas que se marchitan y desaparecen, las que sirven para adornar el cuerpo. Por eso la versión de Erasmo se aparta del sentido verdadero. En suma, Pedro quiere decir que el ornamento del alma no es como una flor que se marchita, ni consiste en un esplendor que se desvanece, sino que es incorruptible. Al mencionar un espíritu apacible y tranquilo señala lo que corresponde especialmente a las mujeres; pues nada les conviene más que un temperamento plácido y sereno. Porque sabemos qué ser tan insoportable es una mujer imperiosa y obstinada. Y además, nada es más adecuado para corregir la vanidad de que habla Pedro que una apacible quietud de espíritu.

Lo que sigue, que es de grande estima delante de Dios, puede referirse a toda la frase anterior así como a la palabra espíritu; el sentido, en efecto, seguirá siendo el mismo. Pues ¿por qué las mujeres ponen tanto cuidado en adornarse, sino para atraer sobre sí los ojos de los hombres? Pero Pedro, por el contrario, les manda que se preocupen más por lo que es de grande estima delante de Dios.

1 Pedro 3:5-6

5. Porque así también se adornaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus propios maridos:

5. Sic enim aliquando et sanctae mulieres quae sperabant in Deum, ornabant seipsas, subjectae propriis maritis:

6. Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor: de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, y no teméis ningún espanto.

6. Quemadmodum et Sara obediebat Abrahae, dominum ipsum appellans, cujus filiae estis factae, si benefeceritis, et non terreamini ullo pavore.

1 Pedro 3:5

Les pone delante el ejemplo de las mujeres piadosas, que buscaban el adorno espiritual más que los ornamentos externos y de ramera. Pero menciona a Sara por encima de todas las demás, quien, habiendo sido madre de todos los fieles, es especialmente digna de honra y de imitación por parte de su sexo. Además, vuelve otra vez a la sujeción y la confirma con el ejemplo de Sara, quien, según las palabras de Moisés, llamó señor a su marido (Gn 18:12). Dios, ciertamente, no hace caso de tales títulos; y puede suceder a veces que una especialmente petulante y desobediente use tal palabra con su lengua; pero Pedro quiere decir que Sara hablaba así habitualmente, porque sabía que el Señor le había dado el mandato de estar sujeta a su marido. Pedro añade que quienes imitaran su fidelidad serían sus hijas, es decir, contadas entre los fieles.

1 Pedro 3:6

6 Y no teméis. La debilidad del sexo hace que las mujeres sean desconfiadas y temerosas, y por eso hoscas; pues temen que por su sujeción sean tratadas con más desprecio. Parece que esto es lo que Pedro tenía a la vista al prohibirles que las perturbe temor alguno, como si dijera: «Someteos de buena gana a la autoridad de vuestros maridos, ni permitáis que el temor impida vuestra obediencia, como si vuestra condición fuera a ser peor si obedecierais». Las palabras pueden ser más generales: «Que no levanten disturbios en casa». Pues como son propensas a asustarse, a menudo hacen mucho de poca cosa y así se perturban a sí mismas y a la familia. Otros piensan que se reprende en general la timidez de las mujeres, que es contraria a la fe, como si Pedro las exhortara a cumplir los deberes de su vocación con ánimo valeroso e intrépido. Sin embargo, la primera explicación es la que prefiero, aunque la última no difiere mucho de ella.

1 Pedro 3:7

7. Asimismo, vosotros, maridos, vivid con ellas conforme al conocimiento, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida; para que vuestras oraciones no sean estorbadas.

7. Viri similiter cohabitent secundum scientiam, tanquam infirmiori vasi, muliebri impertientes honorem, tanquam etiam cohaeredes gratiae vitae (vel, multiplicis gratiae et vitae,) ne preces vestrae interrumpantur.

1 Pedro 3:7

7 Asimismo, vosotros, maridos, vivid con ellas. De los maridos requiere prudencia; pues no se les da dominio sobre sus esposas sino con esta condición: que ejerzan la autoridad con prudencia. Recuerden, pues, los maridos que necesitan prudencia para cumplir rectamente su deber. Y sin duda muchas necedades han de soportar ellos, muchas cosas desagradables han de sobrellevar; y a la vez deben guardarse de que su indulgencia fomente la necedad. Por eso la amonestación de Pedro no es en vano: que los maridos deben cohabitar con ellas como con un vaso más frágil. Parte de la prudencia que menciona es que los maridos honren a sus esposas. Porque nada destruye tanto la amistad de la vida como el desprecio; ni podemos amar de verdad sino a aquellos a quienes estimamos; pues el amor debe ir unido al respeto.

Además, emplea un doble argumento para persuadir a los maridos de que traten a sus esposas con honor y bondad. El primero se deriva de la debilidad del sexo; el otro, del honor con que Dios los favorece. Estas cosas parecen, en efecto, en cierto modo contrarias: que se deba dar honor a las esposas porque son débiles y porque sobresalen; pero estas cosas concuerdan bien donde hay amor. Es evidente que Dios es despreciado en sus dones si no honramos a aquellos a quienes ha conferido alguna excelencia. Pero cuando consideramos que somos miembros de un mismo cuerpo, aprendemos a soportarnos unos a otros y a cubrir mutuamente nuestras flaquezas. Esto es lo que quiere decir Pablo cuando dice que se da más honor a los miembros más débiles (1 Co 12:23), a saber, porque somos más cuidadosos en protegerlos de la vergüenza. Pedro no manda, pues, sin razón que se cuide de las mujeres y que se las honre con un trato amable, porque son débiles. Y así como perdonamos más fácilmente a los niños cuando ofenden por la inexperiencia de la edad, así la debilidad del sexo femenino debe hacer que no seamos demasiado rígidos y severos con nuestras esposas.

La palabra vaso, como es bien sabido, significa en la Escritura cualquier clase de instrumento.

Siendo coherederos (o coherederas) de la gracia de la vida. Algunos ejemplares tienen «de la gracia múltiple»; otros, en vez de «vida», tienen la palabra «viviente». Algunos leen «coherederos» en caso dativo, lo cual no cambia el sentido. Otros ponen una conjunción entre gracia múltiple y vida; lectura que es la más adecuada. Porque como al Señor le place conceder en común a maridos y esposas las mismas gracias, los invita a buscar en ellas la igualdad; y sabemos que son múltiples aquellas gracias de las que las esposas participan con sus maridos. Pues unas pertenecen a la vida presente y otras al reino espiritual de Dios. Añade después que son también coherederos de la vida, que es lo principal. Y aunque algunas son ajenas a la esperanza de salvación, como el Señor se la ofrece a ellas no menos que a sus maridos, es honor suficiente para el sexo.

Para que vuestras oraciones no sean estorbadas. Porque no puede invocarse rectamente a Dios si nuestro ánimo no está sereno y en paz. Entre pleitos y contiendas no hay lugar para la oración. Pedro se dirige, en efecto, al marido y a la esposa cuando les manda estar en paz el uno con el otro, para que con un mismo ánimo oren a Dios. Pero de aquí podemos recoger una doctrina general: que nadie debe acercarse a Dios si no está unido a sus hermanos. Así como esta razón debe refrenar todas las riñas y pleitos domésticos, para que cada uno de la familia pueda orar a Dios, así en la vida común debe ser como un freno para detener todas las contiendas. Pues estamos más que locos si a sabiendas y voluntariamente cerramos el camino a la presencia de Dios por la oración, ya que este es el único asilo de nuestra salvación.

Algunos dan esta explicación: que el trato con la esposa debe ser sobrio y moderado, para que el demasiado abandono en esto no impida la atención a la oración, conforme a aquel dicho de Pablo:

«No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración». (1 Co 7:5.)

Pero la doctrina de Pedro se extiende más; y además, Pablo no quiere decir que las oraciones se interrumpan por la cohabitación mutua. Por tanto, debe retenerse la explicación que he dado.

1 Pedro 3:8-9

8. Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, humildes:

8. Denique sitis omnes idem sentientes, compatientes, fraternè vos diligentes, misericordes, humiles;

9. No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino, por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para esto, para que heredaseis bendición.

9. Non reddentes malum pro malo, vel convitium pro convitio; imo potius benedicentes, scientes quod in hoc vocati sitis, ut benedictionem hereditate consequamini.

1 Pedro 3:8

Siguen ahora preceptos generales que pertenecen a todos indistintamente. Menciona, además, resumidamente algunas cosas especialmente necesarias para fomentar la amistad y el amor. La primera es: Sed todos de un mismo sentir, o, pensad todos lo mismo. Pues aunque los amigos son libres de pensar de manera diferente, hacerlo es una nube que oscurece el amor; más aún, de esta semilla nace fácilmente el odio. La simpatía (συμπάθεια) se extiende a todas nuestras facultades cuando existe concordia entre nosotros; de modo que cada uno se conduele con nosotros en la adversidad y se regocija con nosotros en la prosperidad, de modo que cada uno no solo cuida de sí mismo, sino que considera también el bien de los demás.

Lo que sigue, Amaos como hermanos, pertenece propiamente a los fieles; pues donde Dios es conocido como Padre, allí solamente existe realmente la fraternidad. Sed compasivos, o misericordiosos, lo que se añade, significa que no solo hemos de ayudar a nuestros hermanos y aliviar sus miserias, sino también soportar sus flaquezas. En lo que sigue hay dos lecturas en griego; pero la que me parece más probable es la que he puesto en el texto; pues sabemos que el vínculo principal para conservar la amistad es que cada uno piense con modestia y humildad de sí mismo; como, por el contrario, nada produce más discordias que pensar demasiado bien de nosotros mismos. Sabiamente, pues, Pedro nos manda ser humildes de ánimo (ταπεινόφρονες), para que el orgullo y la altivez no nos lleven a despreciar a nuestros prójimos.

1 Pedro 3:9

9 No devolviendo mal por mal. En estas palabras se prohíbe toda clase de venganza; pues para conservar el amor debemos soportar muchas cosas. Al mismo tiempo, no habla aquí de la benevolencia mutua, sino que quiere que soportemos los agravios cuando somos provocados por hombres impíos. Y aunque comúnmente se piensa que no vengar las injurias es señal de ánimo débil y abyecto, es contado delante de Dios como la más alta magnanimidad. Ni basta, en efecto, abstenerse de la venganza; sino que Pedro requiere también que oremos por los que nos reprochan; porque bendecir significa aquí orar, como se opone a la segunda cláusula. Pero Pedro nos enseña en general que los males han de vencerse con actos de bondad. Esto es, en verdad, muy duro, pero debemos imitar en este caso a nuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre los indignos. Lo que los sofistas imaginan que es el sentido es un efugio inútil; pues cuando Cristo dijo: «Amad a vuestros enemigos», confirmó a la vez su propia doctrina diciendo: «Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos».

Sabiendo que fuisteis llamados para esto. Quiere decir que esta condición se requería de los fieles cuando fueron llamados por Dios: que no solo debían ser tan mansos como para no devolver las injurias, sino también bendecir a los que los maldecían; y como esta condición puede parecer casi injusta, les llama la atención sobre la recompensa; como si dijera que no hay razón para que los fieles se quejen, porque sus agravios se volverán en su propio beneficio. En suma, muestra cuánta sería la ganancia de la paciencia; pues si soportamos con sumisión las injurias, el Señor derramará sobre nosotros su bendición.

El verbo κληρονόμειν, heredar, parece expresar perpetuidad, como si Pedro hubiera dicho que la bendición no sería por poco tiempo, sino perpetua, si somos sumisos en soportar las injurias. Pero Dios bendice de manera distinta que los hombres; pues nosotros le expresamos nuestros deseos, pero él nos confiere bendición. Y por otra parte, Pedro da a entender que los que procuran vengar las injurias intentan lo que no les traerá ningún bien, pues así se privan de la bendición de Dios.

1 Pedro 3:10-15

10. Porque el que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño;

10. Qui enim vult vitam diligere, et videre dies bonos, contineat linguam suam à malo, et labia sua, ne loquantur dolum;

11. Apártese del mal y haga el bien; busque la paz y sígala.

11. Declinet à malo et faciat bonum, quaerat pacem et persequatur eam:

12. Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal.

12. Quoniam oculi Domini super justos, et aures ejus in preces eorum; vultus autem Domini super facientes mala.

13. ¿Y quién es el que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien?

13. Et quis est qui vobis malè faciat, si boni aemuli sitis?

14. Mas también si padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois: y por temor de ellos no os amedrentéis, ni os conturbéis;

14. Verum etiam si patiamini propter justitiam, beati; timorem vero eorum ne timeatis neque turbemini;

15. Sino santificad al Señor de los ejércitos en vuestros corazones.

15. Sed Dominum exercituum sanctificate in cordibus vestris.

1 Pedro 3:10

10 Porque el que. Confirma la última frase con el testimonio de David. El pasaje está tomado del Salmo treinta y cuatro [Sal 34:12-16], donde el Espíritu testifica que les irá bien a todos los que se guardan de toda maldad y de todo agravio. El sentir común favorece, en efecto, algo muy distinto; pues los hombres piensan que se exponen a la insolencia de los enemigos si no se defienden con audacia. Pero el Espíritu de Dios promete una vida feliz solo a los mansos y a los que soportan los males; y no podemos ser felices si Dios no prospera nuestros caminos; y es a los buenos y benévolos, y no a los crueles e inhumanos, a quienes él favorecerá.

Pedro ha seguido la versión griega, aunque la diferencia es pequeña. Las palabras de David son literalmente estas: «El que ama la vida y desea ver días buenos», etc. Es en verdad cosa deseable, puesto que Dios nos ha puesto en este mundo, pasar el tiempo en paz. Y el modo de obtener esta bendición es conducirnos con justicia y sin hacer daño para con todos.

Lo primero que señala son los vicios de la lengua, que han de evitarse, para que no seamos contumeliosos e insolentes, ni hablemos con engaño y doblez. Pasa luego a las obras: que no hemos de injuriar a nadie ni causar pérdida a nadie, sino procurar ser bondadosos con todos y ejercer los deberes de humanidad.

1 Pedro 3:11

11 Busque la paz. No basta abrazarla cuando se nos ofrece, sino que debe seguírsela cuando parece huir de nosotros. Sucede también a menudo que, aunque la busquemos cuanto podemos, otros no nos la concederán. A causa de estas dificultades y estorbos, nos manda buscarla y perseguirla.

1 Pedro 3:12

12 Porque los ojos del Señor están sobre los justos, o, en los justos. Debe ser para nosotros un consuelo, suficiente para mitigar todos los males, que el Señor nos mira, de modo que nos traerá ayuda a su debido tiempo. El sentido es, entonces, que la prosperidad que ha mencionado depende de la protección de Dios; pues si el Señor no cuidara de su pueblo, serían como ovejas expuestas a los lobos. Y que por poca cosa levantemos clamor, que nos encendamos de repente en ira, que ardamos con la pasión de la venganza, todo esto, sin duda, sucede porque no consideramos que Dios cuida de nosotros y porque no descansamos en su ayuda. Así, en vano se nos enseñará la paciencia si nuestro ánimo no está antes imbuido de esta verdad: que Dios ejerce tal cuidado sobre nosotros que a su debido tiempo nos socorrerá. Cuando, por el contrario, estamos plenamente persuadidos de que Dios defiende la causa de los justos, atenderemos primero solamente a la inocencia, y luego, cuando los impíos nos molesten y nos aborrezcan, huiremos a la protección de Dios. Y cuando dice que los oídos del Señor están atentos a nuestras oraciones, nos anima a orar.

Pero el rostro del Señor. Con esta cláusula da a entender que el Señor será nuestro vengador, porque no siempre permitirá que prevalezca la insolencia de los impíos; y muestra a la vez cómo será si procuramos defender nuestra vida de las injurias, a saber, que Dios será adversario nuestro. Pero podría objetarse, por otra parte, que experimentamos cada día algo muy distinto, pues cuanto más justo es uno y más amante de la paz, más lo hostigan los malos. A esto respondo que nadie es tan atento a la justicia y a la paz que no peque a veces en esto. Pero debe observarse especialmente que las promesas sobre esta vida no se extienden más allá de lo que nos conviene que se cumpla. Por eso nuestra paz con el mundo es a menudo perturbada, para que nuestra carne sea sometida, para que sirvamos a Dios, y también por otras razones; de modo que nada nos sea pérdida.

1 Pedro 3:13

13 ¿Quién es el que os podrá hacer daño? Confirma además la frase anterior con un argumento sacado de la experiencia común. Pues sucede en su mayor parte que los impíos nos perturban, o son provocados por nosotros, o que no nos esforzamos en hacerles bien como debemos; porque los que procuran hacer el bien ablandan incluso los ánimos que de otro modo son duros como el hierro. Esto mismo lo menciona Platón en su libro primero de la República: «La injusticia», dice, «causa sediciones y odios y luchas los unos con los otros; pero la justicia, concordia y amistad». Sin embargo, aunque esto sucede comúnmente, no es siempre así; pues los hijos de Dios, por mucho que se esfuercen en apaciguar a los impíos con bondad y en mostrarse bondadosos con todos, son con todo asaltados a menudo sin merecerlo por muchos.

1 Pedro 3:14

14. Por eso Pedro añade: Mas también si padecéis por causa de la justicia. El sentido es que los fieles lograrán más para obtener una vida tranquila con la bondad que con la violencia y la prontitud en tomar venganza; pero que cuando no omiten nada para asegurar la paz, si llegaran a padecer, siguen siendo bienaventurados, porque padecen por causa de la justicia. Esta última cláusula difiere, en efecto, mucho del juicio de nuestra carne; pero Cristo no la ha declarado así sin razón, ni Pedro ha repetido sin razón la sentencia de su boca; pues Dios vendrá al fin como libertador, y entonces aparecerá abiertamente lo que ahora parece increíble, es decir, que las miserias de los piadosos, cuando se soportan con paciencia, han sido bendecidas.

Padecer por causa de la justicia significa no solo someterse a alguna pérdida o desventaja al defender una buena causa, sino también sufrir injustamente, cuando alguien vive inocentemente con temor entre los hombres a causa del temor de Dios.

No os amedrentéis por temor de ellos. Señala de nuevo la fuente y causa de la impaciencia: que nos turbamos más de lo debido cuando los impíos se levantan contra nosotros. Pues tal pavor o nos desanima, o nos rebaja, o enciende en nosotros el deseo de venganza. Entre tanto, no descansamos en la defensa de Dios. El mejor remedio para frenar las turbulentas emociones de nuestro ánimo será, pues, vencer los terrores desmedidos confiando en la ayuda de Dios.

Pero Pedro sin duda quiso aludir a un pasaje del capítulo ocho de Isaías [Is 8:12-17]; pues cuando los judíos, contra la prohibición de Dios, procuraron fortificarse con la ayuda del mundo gentil, Dios advirtió a su profeta que no temiera a ejemplo de ellos. Pedro parece, al mismo tiempo, haber dado al «temor» un sentido diferente; pues el profeta lo toma pasivamente, acusando al pueblo de incredulidad porque, en un tiempo en que debían haberse apoyado en la ayuda de Dios y haber despreciado con audacia todos los peligros, se postraron y quebrantaron de tal modo por el miedo que enviaron a todos los que tenían alrededor por una ayuda ilícita. Pero Pedro toma el temor en otro sentido, como significando aquel terror con que los impíos suelen llenarnos con su violencia y sus crueles amenazas. Se aparta, pues, del sentido en que el profeta toma la palabra; pero en esto no hay nada irrazonable; pues su propósito no era explicar las palabras del profeta; quiso solamente mostrar que nada es más apto para producir paciencia que lo que Isaías prescribe, a saber, atribuir a Dios su honor recostándose con plena confianza en su poder.

No me opongo, sin embargo, a que alguien prefiera traducir las palabras de Pedro así: No temáis su temor, como si dijera: «No tengáis miedo como suelen tenerlo los incrédulos, o los hijos de este mundo, porque no entienden nada de la providencia de Dios». Pero esto, según pienso, sería una explicación forzada. No hay, en efecto, necesidad de que nos afanemos mucho en este punto, ya que Pedro no quiso aquí explicar cada palabra usada por el profeta, sino solo aludir a esto: que los fieles se mantendrán firmes y nunca podrán ser apartados del recto camino del deber por pavor ni temor alguno, si santifican al Señor.

Pero esta santificación debe limitarse al caso presente. Pues ¿de dónde viene que nos abrume el miedo y nos creamos perdidos cuando el peligro nos amenaza, sino de que atribuimos al hombre mortal más poder para dañarnos que a Dios para salvarnos? Dios promete que será el guardián de nuestra salvación; los impíos, por el contrario, intentan destruirla. Si la promesa de Dios no nos sostiene, ¿no obramos injustamente con él y de algún modo lo profanamos? El profeta nos enseña, pues, que debemos pensar con honra del Señor de los ejércitos; pues por mucho que los impíos maquinen para destruirnos, y cualquier poder que posean, él solo es más que suficientemente poderoso para asegurar nuestra salvación. Pedro añade entonces: en vuestros corazones. Porque si esta convicción toma plena posesión de nuestro ánimo: que la ayuda prometida por el Señor nos basta, estaremos bien fortificados para rechazar todos los temores de la incredulidad.

1 Pedro 3:15-16

15. Y estad siempre preparados para dar respuesta a todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros, con mansedumbre y temor:

15 Parati autem sitis ad responsionem cuivis poscenti à vobis rationem ejus quae in vobis est spei;

16. Teniendo buena conciencia; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo.

16. Cum mansuetudine et timore, conscientiam habentes bonam; ut in quo de vobis obtrectant, tanquam maleficis, pudefiant dum infamant bonam vestram in Christo conversationem.

1 Pedro 3:15

Aunque este es un precepto nuevo, depende sin embargo de lo que precede, pues requiere de los fieles tal constancia que den con audacia razón de su fe a sus adversarios. Y esto es parte de aquella santificación que acababa de mencionar; pues entonces honramos realmente a Dios, cuando ni el temor ni la vergüenza nos impiden hacer profesión de nuestra fe. Pero Pedro no nos manda expresamente afirmar y proclamar en todas partes, siempre y entre todos indistintamente lo que el Señor nos ha dado, pues el Señor da a su pueblo el espíritu de discreción, para que sepan cuándo, hasta dónde y a quién conviene hablar. Les manda solamente estar preparados para dar respuesta, no sea que por su pereza y el temor cobarde de la carne expongan, callando, la doctrina de Cristo a la burla de los impíos. El sentido es, entonces, que debemos estar prontos a confesar nuestra fe, de modo que la expongamos siempre que sea necesario, para que los incrédulos no condenen, por nuestro silencio, la religión que seguimos.

Pero debe notarse que Pedro no nos manda aquí estar preparados para resolver cualquier cuestión que se plantee; pues no es deber de todos hablar sobre todo tema. Se trata, más bien, de la doctrina general, que es la que pertenece a los ignorantes y sencillos. Pedro no tenía a la vista, pues, otra cosa sino que los cristianos hicieran evidente a los incrédulos que adoraban verdaderamente a Dios y tenían una religión santa y buena. Y en esto no hay dificultad, pues sería extraño que no pudiéramos aportar nada para defender nuestra fe cuando alguien nos preguntara acerca de ella. Porque debemos cuidar siempre de que todos sepan que tememos a Dios y que consideramos con piedad y reverencia su culto legítimo.

Esto lo requería también el estado de los tiempos: el nombre cristiano era muy odiado y tenido por infame; muchos pensaban que la secta era malvada y culpable de muchos sacrilegios. Habría sido, por tanto, la más alta perfidia contra Dios que, al ser preguntados, hubieran descuidado dar testimonio en favor de su religión. Y este, según pienso, es el sentido de la palabra apología que usa Pedro, es decir, que los cristianos debían hacer evidente al mundo que estaban lejos de toda impiedad y que no corrompían la verdadera religión, por lo cual eran sospechosos a los ignorantes.

Esperanza ha de tomarse aquí, por metonimia, por fe. Pedro, sin embargo, como se ha dicho, no requiere que sepan discutir distinta y refinadamente cada artículo de la fe, sino solo que muestren que su fe en Cristo era coherente con la genuina piedad. Y de aquí aprendemos cómo abusan todos aquellos del nombre de cristianos que no entienden nada cierto acerca de su fe y no tienen nada que dar como respuesta de ella. Pero nos conviene considerar de nuevo con cuidado lo que dice cuando habla de la esperanza que hay en vosotros; pues da a entender que solo la confesión que fluye del corazón es la aprobada por Dios; porque si la fe no habita dentro, la lengua parlotea en vano. Debe, pues, tener sus raíces dentro de nosotros, para que produzca después el fruto de la confesión.

1 Pedro 3:16

16 Con mansedumbre. Esta es una amonestación sumamente necesaria; pues si nuestro ánimo no está dotado de mansedumbre, las contiendas estallarán enseguida. Y la mansedumbre se opone al orgullo y a la vana ostentación, y también al celo excesivo. A esto añade con justicia temor; pues donde prevalece la reverencia a Dios, doma toda la ferocidad de nuestro ánimo y hará que hablemos con calma, sobre todo, de los misterios de Dios. Porque las disputas contenciosas nacen de esto: que muchos piensan con menos honra de lo que deben de la grandeza de la sabiduría divina y son arrebatados por una audacia profana. Si, pues, queremos hacer aprobada por Dios la confesión de nuestra fe, ha de dejarse a un lado toda jactancia y abandonarse toda contienda.

Teniendo buena conciencia. Lo que decimos sin una vida que corresponda tiene poco peso; por eso une a la confesión una buena conciencia. Pues vemos que muchos están bastante prontos con la lengua y parlotean mucho, con toda libertad, y sin embargo sin fruto alguno, porque la vida no corresponde. Además, solo la integridad de conciencia es la que nos da confianza para hablar como debemos; pues quienes parlotean mucho acerca del evangelio y cuya vida disoluta es una prueba de su impiedad no solo se hacen objeto de burla, sino que exponen también la verdad misma a las calumnias de los impíos. Pues ¿por qué nos mandó antes estar preparados para defender la fe, si alguien nos pidiera razón de ella, sino porque es nuestro deber vindicar la verdad de Dios contra aquellas falsas sospechas que los ignorantes tienen acerca de ella? Pero la defensa de la lengua valdrá poco si la vida no corresponde a ella.

Dice, por tanto, para que sean avergonzados los que censuran vuestra buena conducta en Cristo y hablan contra vosotros como contra malhechores; como si dijera: «Si vuestros adversarios no tienen nada que alegar contra vosotros sino que seguís a Cristo, al fin se avergonzarán de su malicia perversa, o por lo menos vuestra inocencia bastará para refutarlos».

1 Pedro 3:17-18

17. Porque mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal.

17. Praestat enim benefaciendo (si ita fert voluntas Dei) pati quàm malefaciendo:

18. Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado por el Espíritu:

18. Quia et Christus semel pro peccatis passus est, justus pro injustis, ut nos adduceret Deo; mortificatus quidem carne, vivificatus autem spiritu.

1 Pedro 3:17

17 Porque mejor es. Esto pertenece no solo a lo que sigue, sino a todo el contexto. Había hablado de la profesión de fe, que en aquel tiempo iba acompañada de gran peligro; dice ahora que es mucho mejor, si sufrían alguna pérdida al defender una buena causa, padecer así injustamente que ser castigados por sus malas obras. Este consuelo se entiende más por la meditación secreta que por muchas palabras. Es, en efecto, algo que se encuentra en todas partes en los autores profanos: que hay una defensa suficiente en la buena conciencia, cualesquiera males que sucedan y deban soportarse. Estos han hablado con valentía; pero el único verdaderamente audaz es el que mira a Dios. Por eso Pedro añadió esta cláusula: Si la voluntad de Dios así lo quiere. Porque con estas palabras nos recuerda que si sufrimos injustamente, no es por casualidad, sino conforme a la voluntad divina; y da por sentado que Dios no quiere nada ni ordena nada sino por la mejor razón. Por eso los fieles tienen siempre este consuelo en sus miserias: que saben que tienen a Dios por testigo y saben también que son llevados por él al combate, para que bajo su protección den prueba de su fe.

1 Pedro 3:18

18 Porque también Cristo Es otro consuelo: si en nuestras aflicciones tenemos conciencia de haber obrado bien, sufrimos conforme al ejemplo de Cristo; y de ahí se sigue que somos bienaventurados. Al mismo tiempo prueba, por el propósito de la muerte de Cristo, que de ninguna manera es coherente con nuestra profesión que suframos por nuestras malas obras. Pues nos enseña que Cristo sufrió para llevarnos a Dios. ¿Qué significa esto, sino que hemos sido así consagrados a Dios por la muerte de Cristo, para vivir y morir para él?

Hay, pues, dos partes en esta sentencia: la primera es que las persecuciones deben soportarse con resignación, porque el Hijo de Dios nos muestra el camino; y la otra es que, como hemos sido consagrados al servicio de Dios por la muerte de Cristo, nos conviene sufrir, no por nuestras faltas, sino por causa de la justicia.

Aquí, sin embargo, puede plantearse una pregunta: ¿No castiga Dios a los fieles siempre que permite que sean afligidos? A esto respondo que en efecto sucede a menudo que Dios los castiga conforme a lo que merecen, y Pedro no lo niega; pero nos recuerda qué consuelo es tener nuestra causa unida a la de Dios. Y cómo es que Dios no castiga los pecados en quienes soportan la persecución por causa de la justicia, y en qué sentido se dice que son inocentes, lo veremos en el capítulo siguiente.

Siendo a la verdad muerto en la carne Ahora bien, es gran cosa que seamos hechos conformes al Hijo de Dios cuando sufrimos sin causa; pero se añade otro consuelo: que la muerte de Cristo tuvo un desenlace bienaventurado, pues aunque sufrió por la debilidad de la carne, resucitó no obstante por el poder del Espíritu. Entonces la cruz de Cristo no fue perjudicial, ni tampoco su muerte, puesto que la vida obtuvo la victoria. Esto se dijo (como también nos recuerda Pablo en 2 Co 4:10) para que sepamos que hemos de llevar en nuestro cuerpo la muerte de Cristo, a fin de que su vida se manifieste en nosotros. Carne significa aquí el hombre exterior; y Espíritu significa el poder divino, por el cual Cristo salió de la muerte como vencedor.

1 Pedro 3:19-22

19. En el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados;

19. In quo et iis qui in specula (vel, in excubiis, vel, carcere) erant spiritibus, profectus prædicavit;

20. Los cuales en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez la paciencia de Dios esperaba en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas, es decir, ocho almas, fueron salvadas por agua.

20. Quum inereduli fuissent olim, quum semel expectabatur Dei patientia in diebus Noe; dum apparabatur arca, in qua paucae, hoc est, octo animae servatae sunt per aquam.

21. La figura semejante a la cual también el bautismo nos salva ahora (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la respuesta de una buena conciencia hacia Dios), por la resurrección de Jesucristo:

21. Cujus figura respondens baptismus, nos quoque salvos reddit, non abjectio sordium carnis, sed bonae conscientiae examen apud Deum, per resurrectionem Jesu Christi:

22. Quien está en el cielo a la diestra de Dios, habiéndole sido sujetos ángeles, autoridades y potestades.

22. Qui est in dextera Dei profectus in coelum, subjectis sibi angelis, et potestatibus et virtutibus.

1 Pedro 3:19

19 En el cual también Pedro añadió esto para que supiéramos que el poder vivificante del Espíritu del que había hablado no se ejerció solo respecto de Cristo mismo, sino que también se derrama respecto de nosotros, como muestra Pablo en Ro 5:5. Dice, pues, que Cristo no resucitó solo para sí mismo, sino que dio a conocer a otros el mismo poder de su Espíritu, de modo que penetró hasta los muertos. De ahí se sigue que no lo sentiremos menos al vivificar todo lo que en nosotros es mortal.

Pero como la oscuridad de este pasaje ha producido, como de costumbre, diversas explicaciones, refutaré primero lo que algunos han presentado, y en segundo lugar buscaremos su sentido genuino y verdadero.

Común ha sido la opinión de que aquí se alude al descenso de Cristo al infierno; pero las palabras no significan tal cosa, pues no se hace mención del alma de Cristo, sino solo de que fue por el Espíritu; y son cosas muy diferentes que el alma de Cristo fuera, y que Cristo predicara por el poder del Espíritu. Además, Pedro mencionó expresamente el Espíritu para quitar la idea de lo que podría llamarse una presencia real.

Otros explican este pasaje de los apóstoles: que Cristo por su ministerio se apareció a los muertos, es decir, a los incrédulos. Yo admito, ciertamente, que Cristo por medio de sus apóstoles fue por su Espíritu a los que estaban como en una cárcel; pero esta exposición me parece incorrecta por varias razones. Primero, Pedro dice que Cristo fue a los espíritus, con lo cual quiere decir las almas separadas de sus cuerpos, pues a los hombres vivos nunca se les llama espíritus; y en segundo lugar, lo que Pedro repite en el capítulo cuarto sobre el mismo asunto no admite tal alegoría. Por tanto, las palabras deben entenderse propiamente de los muertos. En tercer lugar, parece muy extraño que Pedro, hablando de los apóstoles, retroceda de inmediato, como olvidándose de sí mismo, al tiempo de Noé. Ciertamente este modo de hablar sería sumamente inapropiado. Así pues, esta explicación no puede ser correcta.

Además, la extraña noción de quienes piensan que los incrédulos respecto de la venida de Cristo fueron librados de su pecado después de su muerte no necesita larga refutación; pues es doctrina indudable de la Escritura que no obtenemos la salvación en Cristo sino por la fe; entonces no queda esperanza para quienes permanecen incrédulos hasta la muerte. Dicen algo más probable quienes afirman que la redención obtenida por Cristo aprovechó a los muertos que en tiempo de Noé fueron largo tiempo incrédulos, pero se arrepintieron poco antes de ser ahogados por el diluvio. Entonces entendieron que sufrían en la carne el castigo debido a su perversidad, y que sin embargo eran salvados por Cristo, de modo que no perecieron para siempre. Pero esta interpretación no se sostiene; es, en efecto, incompatible con las palabras del pasaje, pues Pedro atribuye la salvación solo a la familia de Noé, y entrega a la ruina a todos los que no estaban dentro del arca.

Por tanto, no dudo de que Pedro habla en general: que la manifestación de la gracia de Cristo se hizo a los espíritus piadosos, y que así fueron dotados del poder vital del Espíritu. De ahí que no haya razón para temer que no fluya hasta nosotros. Pero puede preguntarse por qué pone en la cárcel a las almas de los piadosos después de haber dejado sus cuerpos. Me parece que φυλακὴ significa más bien una atalaya en la que los centinelas se colocan para vigilar, o el acto mismo de vigilar, pues así lo toman a menudo los autores griegos; y el sentido sería muy apropiado: que las almas piadosas estaban vigilando en la esperanza de la salvación que se les había prometido, como si la vieran de lejos. Y no hay duda de que los santos padres, tanto en vida como después de la muerte, dirigían sus pensamientos a este objeto. Pero si se prefiere la palabra cárcel, no sería inadecuada; pues así como mientras vivían la Ley, según Pablo (Gá 3:23), era una especie de cárcel en la que estaban guardados, así después de la muerte debieron de sentir el mismo deseo de Cristo, pues el espíritu de libertad aún no había sido dado plenamente. De ahí que esta ansiedad de la espera fuera para ellos una especie de cárcel.

1 Pedro 3:20

Hasta aquí las palabras del apóstol parecen concordar entre sí y con el hilo del argumento; pero lo que sigue presenta cierta dificultad, pues no menciona aquí a los fieles, sino solo a los incrédulos, y esto parece echar por tierra la exposición anterior. Algunos han sido llevados por esta razón a pensar que aquí no se dice otra cosa sino que los incrédulos, que antes habían perseguido a los piadosos, hallaron en el Espíritu de Cristo un acusador, como si Pedro consolara a los fieles con este argumento: que Cristo, aun muerto, los castigó. Pero su error queda al descubierto por lo que veremos en el capítulo siguiente: que el evangelio fue predicado a los muertos para que vivan según Dios en el espíritu, lo cual se aplica particularmente a los fieles. Y es además cierto que allí repite lo que dice ahora. Por otra parte, no han considerado que lo que Pedro quería decir era especialmente esto: que así como el poder del Espíritu de Cristo se mostró vivificante en él, y como tal fue conocido por los muertos, así lo será para con nosotros.

Veamos, sin embargo, por qué menciona solo a los incrédulos; pues parece decir que Cristo en espíritu se apareció a los que antes habían sido incrédulos; pero yo lo entiendo de otro modo: que entonces los verdaderos siervos de Dios estaban mezclados con los incrédulos, y casi ocultos a causa del número de estos. Admito que la construcción griega está en desacuerdo con este sentido, pues Pedro, si quería decir esto, debió haber usado el genitivo absoluto. Pero como no era inusual en los apóstoles poner un caso en lugar de otro, y como vemos que Pedro amontona aquí muchas cosas, y no puede sacarse ningún otro sentido apropiado, no dudo en dar esta explicación de este intrincado pasaje, para que los lectores entiendan que los llamados incrédulos son distintos de aquellos a quienes dijo que el evangelio fue predicado.

Después de haber dicho, pues, que Cristo fue manifestado a los muertos, añade en seguida: Cuando en otro tiempo hubo incrédulos; con lo cual dio a entender que no fue perjuicio para los santos padres estar casi ocultos por la inmensa multitud de los impíos. Pues, según pienso, sale al paso de una duda que pudo haber inquietado a los fieles de aquel día. Veían casi todo el mundo lleno de incrédulos, que estos gozaban de toda autoridad y que la vida estaba en su poder. Esta prueba pudo haber sacudido la confianza de quienes estaban encerrados, por así decirlo, bajo sentencia de muerte. Por eso Pedro les recuerda que la condición de los padres no era distinta, y que aunque la multitud de los impíos cubría entonces toda la tierra, su vida fue sin embargo preservada a salvo por el poder de Dios.

Consoló, pues, a los piadosos, para que no se abatieran ni se destruyeran por ser tan pocos; y escogió el ejemplo más notable de la antigüedad, el del mundo ahogado por el diluvio; porque entonces, en la ruina común de los hombres, solo escapó la familia de Noé. Y señala la manera, y dice que fue una especie de bautismo. Así pues, tampoco en este aspecto hay nada inadecuado.

La suma de lo dicho es esta: que el mundo siempre ha estado lleno de incrédulos, pero que los piadosos no deben aterrarse por su inmenso número; pues aunque Noé estaba rodeado por todas partes de impíos, y tenía muy pocos amigos, no por eso fue desviado del recto curso de su fe.

Cuando una vez la paciencia de Dios esperaba Esto debe aplicarse a los impíos, a quienes la paciencia de Dios volvía más perezosos; pues cuando Dios difería su venganza y no la ejecutaba de inmediato, los impíos despreciaban audazmente todas las amenazas; pero Noé, al contrario, advertido por Dios, tuvo el diluvio ante sus ojos por largo tiempo. De ahí su asiduidad en construir el arca; pues, aterrado por el juicio de Dios, sacudió de sí toda torpeza.

1 Pedro 3:21

21 La figura semejante a la cual Pienso plenamente que el relativo debe leerse en dativo, y que por error se ha puesto ὃ y no ᾧ. El sentido, sin embargo, no es ambiguo: que Noé, salvado por el agua, tuvo una especie de bautismo. Y esto lo menciona el apóstol para que apareciera más evidente la semejanza entre él y nosotros. Ya se ha dicho que el propósito de esta cláusula es mostrar que no debemos dejarnos apartar por malos ejemplos del temor de Dios y del recto camino de salvación, ni mezclarnos con el mundo. Esto se hace evidente en el bautismo, en el cual somos sepultados juntamente con Cristo, para que, muertos al mundo y a la carne, vivamos para Dios. Por eso dice que nuestro bautismo es un antitipo (ἀντίτυπον) del bautismo de Noé; no porque el bautismo de Noé fuera el primer modelo y el nuestro una figura inferior, como se toma la palabra en la Epístola a los Hebreos, donde se dice que las ceremonias de la ley son antitipos de las cosas celestiales (He 9:9, 10). Los escritores griegos aplican la misma palabra a los sacramentos, de modo que, cuando hablan del pan místico de la santa Cena, lo llaman el antitipo. Pero aquí no se hace comparación entre lo mayor y lo menor; el apóstol solo quiere decir que hay una semejanza y, como suele decirse, una correspondencia. Quizá podría decirse con más propiedad que es correspondencia (ἀντίστροφον), como Aristóteles hace de la Dialéctica la antístrofa de la Retórica. Pero no necesitamos esforzarnos por las palabras cuando hay acuerdo sobre la cosa misma. Así como Noé, pues, obtuvo la vida por medio de la muerte, cuando en el arca estuvo encerrado no de otro modo que como en el sepulcro, y cuando todo el mundo perecía fue preservado junto con su pequeña familia; así hoy la muerte que se representa en el bautismo es para nosotros una entrada en la vida, y no se puede esperar la salvación si no somos separados del mundo.

No quitando las inmundicias de la carne Esto se añadió porque podría ocurrir que la mayor parte de los hombres profesara el nombre de Cristo; y así sucede con nosotros: casi todos son introducidos en la iglesia por el bautismo. Así, no sería apropiado lo que había dicho antes: que pocos hoy se salvan por el bautismo, como Dios salvó solo a ocho por el arca. Pedro se anticipa a esta objeción cuando testifica que no habla del mero signo, sino que debe estar unido a él también el efecto, como si hubiera dicho que lo que ocurrió en la edad de Noé sucedería siempre: que los hombres se precipitarían a su propia perdición, pero que el Señor libraría de manera admirable a su pequeñísimo rebaño.

Vemos ahora qué significa esta conexión; pues alguien podría objetar y decir: «Nuestro bautismo es muy diferente del de Noé, porque ocurre que hoy la mayoría son bautizados». A esto responde que el símbolo externo no basta, a menos que el bautismo sea recibido real y eficazmente; y la realidad de este se hallará solo en pocos. De ahí se sigue que debemos ver con cuidado cómo suelen obrar los hombres cuando nos apoyamos en ejemplos, y que no debemos temer aunque seamos pocos en número.

Pero los fanáticos, como Schuencfeldio, tergiversan absurdamente este testimonio, pues procuran quitar a los sacramentos todo su poder y efecto. Porque Pedro no quiso enseñar aquí que la institución de Cristo sea vana e ineficaz, sino solo excluir de la esperanza de salvación a los hipócritas, quienes, en cuanto pueden, deprava y corrompen el bautismo. Además, cuando hablamos de los sacramentos deben considerarse dos cosas: el signo y la cosa misma. En el bautismo el signo es el agua, pero la cosa es el lavamiento del alma por la sangre de Cristo y la mortificación de la carne. La institución de Cristo incluye estas dos cosas. Que el signo parezca a menudo ineficaz e infructuoso, esto sucede por el abuso de los hombres, que no quita la naturaleza del sacramento. Aprendamos, pues, a no arrancar la cosa significada del signo. Debemos al mismo tiempo guardarnos de otro mal, como el que prevalece entre los papistas; pues como no distinguen como deben entre la cosa y el signo, se detienen en el elemento exterior y en él fijan su esperanza de salvación. Por eso la vista del agua aparta sus pensamientos de la sangre de Cristo y del poder del Espíritu. No consideran a Cristo como el único autor de todos los bienes que allí se nos ofrecen; transfieren al agua la gloria de su muerte, atan el poder secreto del Espíritu al signo visible.

¿Qué debemos hacer, entonces? No separar lo que el Señor ha unido. Debemos reconocer en el bautismo un lavamiento espiritual, debemos abrazar en él el testimonio de la remisión del pecado y la prenda de nuestra renovación, pero de modo que dejemos a Cristo su propia honra, y también al Espíritu Santo; para que ninguna parte de nuestra salvación sea transferida al signo. Sin duda, cuando Pedro, habiendo mencionado el bautismo, hizo en seguida esta excepción, que no es el quitar las inmundicias de la carne, mostró suficientemente que el bautismo para algunos es solo el acto exterior, y que el signo externo por sí mismo nada vale.

Sino como la respuesta de una buena conciencia La palabra pregunta o interrogación debe tomarse aquí por «respuesta» o testimonio. Ahora bien, Pedro define brevemente la eficacia y el uso del bautismo cuando llama la atención hacia la conciencia, y exige expresamente esa confianza que puede sostener la mirada de Dios y mantenerse ante su tribunal. Pues con estas palabras nos enseña que el bautismo en su parte principal es espiritual, y luego que incluye la remisión de los pecados y la renovación del viejo hombre; porque ¿cómo puede haber una conciencia buena y pura hasta que nuestro viejo hombre sea reformado y seamos renovados en la justicia de Dios? ¿Y cómo podemos responder ante Dios, a menos que nos apoyemos y seamos sostenidos por un perdón gratuito de nuestros pecados? En suma, Pedro quiso exponer el efecto del bautismo, para que nadie se gloríe en un signo desnudo y muerto, como suelen hacer los hipócritas.

Pero debemos notar lo que sigue: por la resurrección de Jesucristo. Con estas palabras nos enseña que no debemos apegarnos al elemento del agua, y que lo que por ella se tipifica fluye de Cristo solamente, y de él ha de buscarse. Además, al referirse a la resurrección, tiene en cuenta la doctrina que había enseñado antes: que Cristo fue vivificado por el Espíritu; pues la resurrección fue victoria sobre la muerte y el cumplimiento de nuestra salvación. De ahí aprendemos que la muerte de Cristo no queda excluida, sino incluida en su resurrección. No podemos, entonces, sacar provecho del bautismo de otro modo que teniendo todos nuestros pensamientos fijos en la muerte y la resurrección de Cristo.

1 Pedro 3:22

22 Quien está a la diestra de Dios. Nos recomienda la ascensión de Cristo al cielo, para que nuestros ojos no lo busquen en el mundo; y esto pertenece especialmente a la fe. Encomienda a nuestra atención su sesión a la diestra del Padre, para que no dudemos de su poder para salvarnos. Y lo que significa su sentarse a la diestra del Padre, lo hemos explicado en otro lugar: es decir, que Cristo ejerce en todas partes el poder supremo como representante de Dios. Y una explicación de esto es lo que sigue: habiéndole sido sujetos ángeles; y añade potestades y autoridades solo por amplificación, pues los ángeles suelen ser designados con tales palabras. El propósito de Pedro fue, pues, exponer con estos altos títulos la soberanía de Cristo.

CAPÍTULO 4

1 Pedro 4:1-5

1. Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, armaos también vosotros del mismo pensamiento: que quien ha padecido en la carne, ha terminado con el pecado;

1. Christo igitur passo pro nobis carne, vos quoque eadem cogitatione armamini; quod scilicet qui passus est in carne, destitit à peccato;

2. Para no vivir el tiempo que resta en la carne conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios.

2. Ne amplius hominum concupiscentiis, sed voluntati Dei, quod residuum est temporis in carne, vivat.

3. Porque nos basta haber hecho en el tiempo pasado de nuestra vida la voluntad de los gentiles, cuando andábamos en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, banquetes y abominables idolatrías:

3. Satis enim nobis est quod anteacto vitae tempore voluntatem gentium patraverimus, quum ambularemus in lasciviis, concupiscentiis, comessationibus, potationibus et nefariis idololatriis:

4. En lo cual les parece cosa extraña que vosotros no corráis con ellos en el mismo desenfreno de disolución, y por eso hablan mal de vosotros:

4. Quod illis videtur insolens, quòd non concurratis in eandem luxus profusionem, ideoque malè loquuntur;

5. Los cuales darán cuenta a aquel que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos.

5. Qui reddituri sunt rationem ei qui paratus est judicare vivos et mortuos.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.