Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Abdías 1: comentario de Juan Calvino

Abdías 1:1

El preámbulo de Abdías consiste en que no trajo nada humano, sino que declaró únicamente la visión que se le presentó desde lo alto. Sabemos ciertamente que solo Dios debía ser oído siempre en la Iglesia, como aun ahora exige ser oído; pero con todo envió a sus profetas, como después a los apóstoles; más aún, como envió a su Hijo unigénito, a quien ha puesto sobre nosotros para que sea nuestro único y soberano Maestro. Abdías, pues, al decir que era una visión, dijo lo mismo, como si declarara que no presentaba con presunción sus propios sueños, ni lo que conjeturaba o descubría por la razón humana, sino que traía únicamente un oráculo celestial; porque חזון, chezun, como hemos observado en otros lugares, era una visión, por la cual Dios se revelaba a sus profetas.

Luego añade: Así ha dicho Jehová. Aquí hay una expresión más plena de la misma declaración. Vemos así que el profeta, para que la doctrina que presentaba no fuera sospechosa, hizo a Dios su autor; porque ¿qué fe se puede poner en los hombres, a quienes sabemos vanos y falsos, salvo en cuanto son gobernados por el Espíritu de Dios y enviados por él? Viendo, pues, que el profeta nos enseña con tanto cuidado que lo que declaró le fue entregado por Dios, podemos aprender de ahí lo que he mencionado hace poco: que los profetas hablaban antiguamente de tal modo que solo Dios fuera oído entre el pueblo.

Dice después: Hemos oído un rumor. Algunos lo traducen: una palabra, o una doctrina. שמועה, shimuoe, es propiamente un oír, y se deriva del verbo que el profeta añade. Un oír, pues, hemos oído; así se traduce literalmente. Pero algunos piensan que se señala lo que fue enseñado, como si dijera: «El Señor me ha revelado esto a mí y a otros profetas»; conforme a lo que dice Isaías, Is 53:1: «¿Quién ha creído a nuestro anuncio?». Es la misma palabra, y habla de la palabra o doctrina de Dios. Pero es probable que aquí se refiera a esos rumores tumultuosos que suelen preceder a las guerras y calamidades. Hemos oído, pues, un rumor. El verbo en Jeremías no está en plural, שמענו shimonu, sino שמועה שמעתו shimoti shimunoe: «He oído», dice Jeremías, «un rumor». Pero nuestro profeta usa el plural: «Hemos oído un rumor». El sentido, sin embargo, es el mismo; porque Jeremías dice que había oído rumores, y el profeta añade aquí a otros consigo, como si dijera: «Este rumor se ha difundido, pero viene del Señor; es cierto que este rumor ha sido oído incluso por los profanos y los despreciadores de Dios». Pero el profeta muestra que las guerras no se levantan al azar, sino por la influencia secreta de Dios; como si dijera: «Cuando surja un tumulto, no pensemos que su origen está en la tierra, sino que Dios mismo es quien lo mueve». Entendemos, pues, ahora el propósito del profeta: aunque habla del rumor de guerras, muestra sin embargo que en tales conmociones no gobierna la casualidad ni el accidente, sino la influencia oculta de Dios.

Hemos oído, dice, de parte de Jehová, y un mensajero, o un embajador, ha sido enviado a las naciones: Levantaos, y levantémonos contra ella en batalla. En Jeremías dice: «Reuníos, venid y levantaos contra ella en batalla». El profeta muestra aquí, no tengo duda, de dónde vino el rumor que acababa de mencionar; porque ya se estaban incitando unos a otros para destruir aquella tierra. Si alguien hubiera juzgado según la sabiduría humana, habría dicho que los asirios eran la causa de que se llevara la guerra a los idumeos, porque los habían hallado inconstantes o incluso pérfidos, o porque habían fingido un pretexto cuando no había causa justa para hacer la guerra. Pero el profeta eleva aquí su mente y reconoce que Dios es quien mueve esta guerra, porque quería castigar la crueldad de aquel pueblo, que habían ejercido contra sus propios parientes, los israelitas; y al mismo tiempo anima también a otros, para que entendieran que todo estaba dirigido por el consejo oculto de Dios: que los asirios, de amigos, se volvieran de repente enemigos, y que se encendiera una guerra contra los idumeos en un tiempo en que estaban tranquilos, sin temor alguno, sin sospecha de peligro. Sigue:

Abdías 2-4

2 He aquí, pequeño te he hecho entre las naciones; eres muy menospreciado.

2 Ecce parvum posui te inter gentes, contemptus tu valde.

3 La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que habitas en las hendiduras de la peña, cuya morada está en lo alto; que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a tierra?

3 Superbia cordis tui decepit te, qui habitas in scissuras petrae (vel, rupis;) excelsa habitatio ejus, dicens in corde suo, Quis detrahet me in terram?

4 Aunque te remontes como el águila, y aunque pongas tu nido entre las estrellas, de allí te derribaré yo, dice Jehová.

4 Si exaltaveris quasi aquila, etsi inter nubes posueris nidum suum, inde ego detraham te, dicit Jehova.

Abdías 1:2

Jeremías usa casi las mismas palabras; pero el sentido de la expresión es ambiguo cuando dice: «He aquí, pequeño te he puesto». A mí me parece probable que el profeta reprende a los idumeos porque se hicieron arrogantes, como contra la voluntad de Dios y en oposición a ella, cuando al mismo tiempo estaban confinados a los estrechos desfiladeros de los montes. Se dice en otro lugar (Mal 1:2): «¿No era Esaú hermano de Jacob?». «Pero yo os he dado la herencia prometida a vuestro padre Abraham; he trasladado a los idumeos al monte de Seir». Ahora bien, es menos tolerable que alguien se envanezca de soberbia cuando su condición no es tan honrosa. Pienso, por tanto, que aquí se condena a los idumeos porque se jactaban tanto y se arrogaban más de lo debido, siendo todavía despreciables, siendo su condición humilde y oscura, pues habitaban en el monte de Seir. Pero otros piensan que aquí se anuncia el castigo que pendía sobre ellos: He aquí, pequeño te he hecho entre las naciones, y Jeremías dice: «y menospreciado entre los hombres»; omite las dos palabras «tú» y «en gran manera»; dice solamente: «y menospreciado entre los hombres». Pero en cuanto a la sustancia, apenas hay diferencia. Si entendemos, pues, que aquella nación era soberbia sin motivo, el sentido es evidente, a saber, que ellos, como los gigantes, hacían la guerra contra Dios, que se jactaban aunque confinados a los estrechos desfiladeros de los montes. Aunque dejo a otros su libre opinión, me inclino sin embargo a la primera interpretación, mientras que la segunda ha sido adoptada casi por consentimiento de todos; y es que Dios estaba resuelto a reducir por la fuerza al orden a aquellos hombres feroces que, sin razón y aun contra la naturaleza, se han vuelto insolentes. Pero si se aprueba más una interpretación distinta, podemos decir que el profeta comienza con una amenaza y luego añade la razón por la que Dios determinó disminuirlos e incluso destruirlos: porque aunque habitaban en montes, era sin embargo una región fértil; y además habían reunido con el correr del tiempo mucha riqueza, cuando alcanzaron seguridad, cuando ningún enemigo los molestaba. Este es, pues, el razonamiento: He aquí, pequeño te he hecho y despreciable en el monte; ¿y por qué? porque la soberbia de tu corazón te ha engañado; y Jeremías añade «terror», aunque algunos traducen תפלצתך taphlatastae por «imagen»; pero esto no parece apropiado. Jeremías menciona, pues, sin duda el terror en primer lugar; porque ocurre casi siempre que los soberbios infunden miedo a otros; tales eran, pues, los idumeos.

Ahora bien, si seguimos el primer sentido que expliqué, los dos versículos pueden leerse conectados: He aquí, pequeño y despreciable te he hecho entre las naciones; pero la soberbia de tu corazón te ha engañado; algunos lo traducen: te ha levantado, derivándolo de נשא nusha; pero leen ש shin con el punto en el lado izquierdo; porque si נשא nusha tiene el punto en la rama de la shin, a la derecha, significa engañar, pero si a la izquierda, significa levantar. Dan entonces esta traducción: «La soberbia de tu corazón te ha levantado»; pero por Jeremías aprendemos claramente que debe traducirse, como casi todos los intérpretes convienen, así: «La soberbia de tu corazón te ha engañado»; porque no dice השיאך eshiac sino השיא אותך eshia autea, es decir, fue para ti causa de error y de locura. Del sentido de este verbo no puede haber, pues, duda.

Abdías 1:3-4

El profeta se burla ahora de los idumeos, porque confiaban en sus propias fortalezas y se creían, según el dicho común, fuera del alcance de los dardos; y por eso insultaban con petulancia a los israelitas y despreciaban al mismo Dios. El profeta dice, pues, que los idumeos se felicitaban en vano, porque muestra que todo cuanto se prometían eran meras ilusiones. El sentido de lo que se dice es, pues: «¿De dónde viene esta vuestra seguridad, con la que pensáis que los enemigos no pueden haceros daño? Más aún, despreciáis tanto a Dios como a los hombres; ¿de dónde esta altivez? ¿De dónde también la gran confianza con que os hinucháis? En verdad, viene solo de meras ilusiones. La soberbia de tu corazón te ha engañado».

Y sin embargo no faltaba motivo para que los idumeos fueran tan insolentes, como también lo expone el profeta; pero al mismo tiempo muestra que se habían engañado a sí mismos; porque a Dios no le importaban sus fortalezas; antes bien las tenía por nada. Habitas, dice (esto debe tomarse como una concesión), en las hendiduras de la peña; algunos leen: «entre los recovecos de la roca»; aunque otros piensan que סלע Salo es el nombre de una ciudad. Pero aunque yo admitiera que el profeta alude al nombre de una ciudad, no veo cómo puede sostenerse lo que ellos afirman; porque las hendiduras no convienen con una ciudad situada en una llanura, aunque esté dentro de las cadenas de montes. No dudo, pues, de que סלע Salo significa aquí el monte de Seir. Como los idumeos tenían fortalezas entre las rocas, pensaban que podían mantener fácilmente fuera a todos los enemigos.

Y de ahí sigue: Excelsa es su morada, esto es, habita en lugares elevados; y de ahí dice en su corazón: ¿Quién me derribará a tierra? Añade después lo que ya he dicho: que aunque su región estaba excelentemente fortificada, los idumeos estaban muy engañados y se entregaban a vanas ilusiones. «Si levantaras tu asiento, dice, como el águila», —literalmente: «Si te remontaras como el águila»,— «y si entre las nubes pusieras tu nido, de allí te derribaré yo, dice Jehová». Vemos ahora que el profeta no sin razón se burlaba de la confianza con que se hinchaban los idumeos al levantar sus fortalezas contra Dios; porque es la mayor locura que los hombres confíen en su propio poder y desprecien al mismo Dios. Al mismo tiempo, él podría, por decirlo así, disipar fácilmente de un soplo toda idea de defensa o de poder que haya en nosotros; pero este asunto lo trataremos más ampliamente mañana.

Oración

Concede, Dios Todopoderoso, que viéndonos tú hoy rodeados por todas partes de tantos enemigos, aun de aquellos que sin cesar traman medios para destruirnos, siendo nosotros tan débiles y frágiles, —oh concede que aprendamos a levantar los ojos a ti, y que nuestra confianza se apoye de tal modo en ti que, por muy expuestos que estemos a toda clase de peligros según lo que parece a la carne, no dudemos sin embargo de que tú estás siempre armado con poder suficiente para aterrar a nuestros enemigos, de modo que podamos vivir tranquilos aun en medio de todos los peligros, y nunca dejemos de invocar tu nombre, como has prometido ser el defensor seguro y fiel de nuestra salvación en Cristo Jesús nuestro Señor. Amén.

Lección septuagésima

Observamos en la lección de ayer que de nada sirve a los impíos levantar sus fortalezas contra el juicio de Dios, como si pudieran escapar a salvo de su mano; porque como Dios tiene el cielo y la tierra bajo su dominio, puede, cuando le plazca, derribar a todos los que ahora desprecian su poder y por eso se burlan de sus profetas o no hacen caso de sus amenazas. Este pasaje debe, pues, ser notado con cuidado; porque Dios declara que está en su poder derribar desde las mismas nubes a quienes se levantan de tal modo que se creen elevados por encima de todo peligro. El profeta dice ahora:

Abdías 5

5. Si ladrones vinieran a ti, si destructores de noche (¡cómo has sido destruido!), ¿no hurtarían lo que les bastase? Si vendimiadores vinieran a ti, ¿no dejarían algunos racimos?

5. An fures venerunt ad te? An praedones nocturni? Quomodo in silentium redactus es? (vel, quomodo consumptus es?) annon furati essent sufficientiam suam? An vindemiatores ad te venerunt? Annon reliquissent racemos?

Abdías 1:5

El profeta muestra en este versículo que la calamidad con que Dios estaba resuelto a afligir a los idumeos no sería leve, porque nada quedaría entre ellos; y amplifica lo que dice mediante una comparación. Cuando alguien es despojado de sus bienes por ladrones, se aflige de que lo que había adquirido con mucho trabajo durante su vida le haya sido quitado en un momento; y cuando alguien ha gastado trabajo y dinero en cultivar su viña y otro se lleva su fruto, se queja de su gran desgracia, de haber perdido su hacienda y su mucho trabajo en el cultivo de la viña, mientras otro devora su fruto. Pero el profeta da a entender que Dios no se contentaría con esa clase de castigo en cuanto a los idumeos.

Por eso dice: ¿Han venido a ti ladrones o destructores de noche? Sin duda habrían hurtado y se habrían llevado lo que juzgaban suficiente para ellos; pero ahora nada te quedará. En suma, el profeta da a entender que los asirios no serían como ladrones o salteadores nocturnos, que a escondidas y en privado se llevan lo que les viene a las manos; sino que los idumeos serían de tal modo saqueados que sus casas quedarían completamente vacías, y declara que los asirios los despojarían así como ladrones o salteadores de noche, que suelen proceder con libertad desenfrenada; porque nadie se atreve a resistirles ni siquiera a decir una palabra contra ellos. Este saqueo no será, pues, de una clase ordinaria, dice el profeta; sino que los enemigos te dejarán enteramente vacío.

Es el mismo el propósito cuando dice: ¿Han venido a ti vendimiadores? Por cierto que suelen dejar algunos racimos; pero los asirios no dejarán ni uno: se irán tan cargados de botín que tú quedarás vacío.

Pero todo esto, como hemos advertido, fue dicho para aliviar o mitigar el dolor de los fieles, que entonces se creían muy desdichados por ser los únicos saqueados por los enemigos; porque veían que sus vecinos habitaban seguros e incluso participaban del despojo. Su condición era, pues, muy miserable y humillada. Por eso el profeta, para moderar este amargo dolor, dice que los idumeos serían saqueados de un modo nada común, pues no les quedaría ni un cabello. Este es el sentido del pasaje.

Pero algunos toman el verbo נדמיתה nudamite como si significara: «Has sido reducido al silencio»; porque el verbo דום dum o דמה dame significa callar; y dan esta exposición: «¿Cómo es que no procuras al menos salir al encuentro de tus enemigos?»; porque toman «callar» en el sentido de quedarse quieto, como דמה dame se toma a menudo en la Escritura: «¿Cómo, pues, han callado?»; pero habla de lo futuro en tiempo pasado, como si Dios ya hubiera infligido el castigo a los idumeos, para que la fe en la predicción fuera más segura: has sido reducido al silencio, es decir, ¿cómo podías permanecer quieto viendo a tus enemigos saquear con tanta violencia? ¿cómo, pues, has sido reducido al silencio? Otros dicen: ¿Cómo has sido consumido? porque דמה dame significa a menudo destruir. Pero a este punto no se le debe dar gran importancia; porque el profeta quiere decir que no podía atribuirse a la casualidad que los enemigos destruyeran toda la tierra de Edom, pues el asalto cruel de ningún modo sería ordinario; y luego, como los idumeos pensaban que la entrada a sus enemigos estaba cerrada por todas partes, pues habitaban en las cumbres de los montes, según lo que ya he dicho, y que estaban seguros en sus escondrijos y altas rocas, el profeta presenta aquí como algo maravilloso que el juicio de Dios los alcanzaría con todo. Sigamos:

Abdías 6

6. ¡Cómo fue escudriñado Esaú, y buscados sus tesoros escondidos!

6. Quomodo quaesita sunt Esau, pervestigata abscondita ejus?

Abdías 1:6

Confirma la sentencia anterior: que los idumeos confiaban en vano en que sus riquezas estarían seguras porque tenían escondrijos ocultos y profundos. Aun cuando un país es saqueado por los enemigos, los conquistadores no se atreven a ir a lugares peligrosos; cuando hay desfiladeros estrechos, los evitan, porque piensan que allí hay algún designio malo. Por eso los conquistadores, temiendo los lugares ocultos, saquean solo los que están abiertos, y consideran siempre bien si su avance es seguro; pero Idumea, como hemos dicho, tenía escondrijos ocultos, pues sus rocas eran casi inaccesibles, y allí había muchas comodidades para esconder y ocultar sus riquezas. Pero el profeta dice que todo esto sería inútil; y para despertarlos más eficazmente, habla con asombro, como de algo increíble. ¡Cómo han sido buscadas las cosas de Esaú, y escudriñados a fondo sus lugares ocultos! ¿Quién lo habría pensado? Porque podían haber escondido sus tesoros en rocas y cavernas, y desde allí rechazar a sus enemigos. Pero en vano serían todos sus intentos: ¿cómo podía ser esto? Aquí, pues, despierta las mentes de los hombres para que reconozcan el juicio de Dios; y al mismo tiempo se burla de la vana confianza de que se hinchaban los idumeos; y además fortalece las mentes de los piadosos, para que no dudaran de que Dios cumpliría lo que declara, porque ciertamente puede penetrar hasta lo más hondo del abismo.

En suma, el profeta da a entender que los fieles no obraban sabiamente si medían la venganza de Dios, que pendía sobre los idumeos, por su propio entendimiento o por lo que suele suceder; porque el Señor haría una búsqueda a fondo, de modo que ningún escondite escaparía a su vista; y entonces todos sus tesoros quedarían expuestos como presa a sus enemigos. De ahí aprendemos que, así como en vano buscan los hombres escondites para estar a salvo de los peligros, en vano también ocultan sus riquezas; porque la mano de Dios puede penetrar más allá del mar, la tierra, el cielo y lo más profundo del abismo. Nada nos queda, pues, sino ofrecernos siempre a nosotros mismos y todas nuestras cosas a Dios. Si él nos protege bajo sus alas, estaremos seguros en medio de innumerables peligros; pero si pensamos que los subterfugios nos servirán de algo, nos engañamos a nosotros mismos. El profeta añade ahora:

Abdías 7-8

7. Hasta el límite te echaron todos los hombres de tu confederación; te han engañado, te han vencido los hombres que estaban en paz contigo; los que comían tu pan pusieron lazo debajo de ti: no hay en él entendimiento.

7. Usque ad terminum expulerunt te omnes viri foederis tui; deceperunt te, praevaluerunt tibi, viri pacifici tui (viri pacis tuae;) viri panis tui posuerunt vulnus sub te: nulla est intelligentia in eo.

8. ¿No haré que perezcan en aquel día, dice Jehová, los sabios de Edom, y la prudencia del monte de Esaú?

8. Annon in die illa, dicit Jehova, perdam sapientes ex Edom? Et intelligentiam e monte Esau? (hoc est, e monte Seir.)

Abdías 1:7

Aquí el profeta expresa la manera en que Dios castigaría a los idumeos: confiando en sus confederaciones, despreciaban a Dios, como ya hemos tenido que observar. El profeta muestra ahora que está en el poder de Dios cambiar las mentes de los hombres, de modo que quienes eran sus amigos, inflamados de repente de ira, saldrían a destruir a los idumeos. Viendo, pues, que consideraban a los asirios no solo como un escudo para ellos, sino también como una defensa contra el mismo Dios, el profeta declara aquí que cuando fuera propósito de Dios castigarlos, no habría necesidad de enviar lejos por agentes o instrumentos que ejecutaran su venganza; porque armaría a los mismos asirios y a los caldeos, pues podía volver los corazones de los hombres como le placiera. Vemos ahora el sentido del profeta; porque aquí quita y sacude la vana confianza de los idumeos, para que no se endurecieran por estar fortificados con confederaciones y tener amigos poderosos, pues el Señor convertiría a los amigos en enemigos. Hasta el límite, dice, te han echado. שלח shilach es propiamente enviar o arrojar; algunos lo traducen: te han seguido; como si el profeta hablara aquí de las naciones vecinas, y según ellos el sentido es: «Por mucho que tus vecinos te amen, nada mostrarán sin embargo de este amor, salvo que te seguirán con lágrimas fingidas cuando tus enemigos te lleven cautivo». Pero esta es una exposición forzada y no corresponde al contexto. El profeta describe aquí, no lo dudo, el cambio que tendría lugar, para que los idumeos supieran que confiaban en vano en su poder y sus defensas. Los hombres de tu pacto, dice, te han echado; como si dijera: «Mira lo que ganas buscando con ansiedad la amistad de quienes serán sin embargo tus enemigos; si te hubieras quedado quieto en tus hendiduras, mucho mejor te habría ido; pero ahora corres a Asiria y a Caldea, y esto será la causa de tu ruina. Por eso los hombres de tu pacto te desterrarán hasta el límite; pero si no hubieras tenido amistad ni trato con ellos, habrías podido vivir seguro en tus escondrijos, nadie te habría echado fuera: justo ha sido, pues, el pago de tu ambición, por haber acudido así a los asirios y a los caldeos».

Continuando con el mismo asunto, el profeta dice: Te han engañado los hombres de tu paz, amigos y confederados; porque los hebreos llaman hombres de paz a los que están unidos entre sí por cualquier clase de alianza. Los hombres, pues, de tu paz, es decir, aquellos de quienes pensabas que podías fiarte y en quienes podías apoyarte, estos te han engañado, estos mismos han prevalecido contra ti y te han oprimido con astucia y traición. Los hombres de tu pan han puesto debajo de ti una herida: los hombres de pan eran los que eran huéspedes o amigos. Algunos dan esta traducción: «Los que comen tu pan»; y es una interpretación admisible, porque los asirios y los caldeos, como eran insaciables, habían tomado botín de los idumeos; pues quienquiera que cazara su amistad, debía haberles traído algunos regalos. Puesto que, pues, vendían así su amistad, el profeta los llama con razón hombres de pan con respecto a aquellos cuyos bienes y riquezas devoraban. Si entendemos, pues, a los hombres de pan en este sentido, hay probabilidad en el significado. Pero podemos dar otra interpretación, como si hubiera dicho que eran huéspedes y amigos: estos, pues, han puesto debajo de ti una herida, esto es, han sido tu destrucción, y esto mediante engaño y artificios ocultos. Cuando uno ataca a otro abiertamente, el atacado puede esquivar el golpe; pero el profeta dice que los asirios y caldeos serían pérfidos con los idumeos, de modo que los vencerían por traición. Pondrán, pues, una herida debajo de ti, como cuando uno esconde un puñal entre la cama y la sábana cuando alguien va a dormir. Así también dice que se pone una herida por debajo cuando un falso amigo se oculta para herir más fácilmente a aquel a quien ataca con engaño y astucia.

Concluye por fin así: No hay en él entendimiento. Aquí el profeta sin duda se burla de modo indirecto de la necia confianza con que estaban cegados los idumeos; porque se creían sumamente cautos, de modo que no tenían motivo de temor, pues podían ver de lejos y ordenar sus asuntos con la mayor prudencia. Puesto que pensaban que sobresalían en sabiduría y que ninguna astucia podía sorprenderlos, el profeta dice aquí que no habría en ellos entendimiento.

Pero enseguida añade la razón: «¿No haré yo en aquel día, dice Jehová, que perezcan, o apagaré, a los sabios de Edom?». Mientras los idumeos prosperaban, porque obraban sabiamente, era increíble que pudieran ser derribados así en un momento; pero el profeta dice que hasta esto estaba en la mano y el poder de Dios: «¿No puedo yo», dice, «poner fin a toda la sabiduría que hay en los idumeos? ¿No puedo destruir a todos sus hombres prudentes? Esto haré». Percibimos ahora, pues, el sentido de las palabras.

Pero este lugar merece atención: el profeta reprocha a los idumeos y dice que sus confederados y amigos serían su ruina, porque habían conspirado entre sí más allá de lo justo y recto. Cuando los hombres se unen así mutuamente, no hay ninguno que no busque con avidez su propia ventaja; entre tanto, ambas partes son engañadas; porque Dios desbarata sus consejos y malogra el resultado, porque no miran al fin recto. Y cuando los malvados buscan amistades, siempre mezclan algo que es malo; o procuran dañar a los inocentes, o buscan alguna ventaja. Todos los pactos, pues, que los impíos y los despreciadores de Dios hacen entre sí tienen siempre mezclado algo vicioso; no es, pues, de extrañar que el Señor los defraude de su esperanza y maldiga sus consejos. Esta es, pues, la razón por la que el profeta declara a los idumeos que aquellos a quienes tenían por sus mejores y más fieles amigos serían su ruina.

Pero aquí se puede objetar y decir que lo mismo sucede a los hijos de Dios. Porque David, aunque obró con todos con la mayor fidelidad y la mayor sinceridad, se queja sin embargo de que el hombre de su paz, un amigo, había urdido contra él muchos engaños:

«Levantó contra mí el calcañar», dice, «el hombre de mi paz; comió pan conmigo, y él conmigo» (Sal 41:9).

Era necesario también que esto le sucediera al mismo Cristo. Ahora bien, si los hijos de Dios han de ser conformados a la imagen de Cristo, lo que dice el profeta no es más que lo que se aplica a toda la Iglesia y a cada uno de sus miembros. Esto puede parecer extraño a primera vista; pero la solución es fácil: porque mientras nos esforzamos por mantener la paz con todos, aunque ellos nos opriman con perfidia y traición, el Señor mismo nos socorrerá; y entre tanto, por dura que sea esta prueba, sabemos sin embargo que nuestra paciencia es probada por Dios, para librarnos al fin, de modo que podamos huir con confianza a él y testificar nuestra sinceridad. Pero cuando los impíos se engañan mutuamente, cuando con artificios malvados y torcidos se oprimen y se envuelven unos a otros, cuando sueltan su virulencia oculta, cuando convierten la paz en guerra, saben que su recompensa es justa y merecida: no pueden huir a Dios, porque su conciencia los detiene. Entienden ciertamente que han merecido lo que el Señor les ha pagado con justicia. No es, pues, de extrañar que la conspiración en que confiaban los idumeos, cuando hicieron amigos a los caldeos, fuera maldita; porque el Señor volvió para su ruina todo lo que pensaban útil para ellos.

Este es, pues, el sentido de todo: que si no queremos ser engañados, no debemos intentar nada sin un corazón recto. Con tal que no excedamos los límites de nuestra vocación, cultivemos la paz con todos los hombres, procuremos hacer bien a todos, para que el Señor nos bendiga; pero si es su propósito probar nuestra paciencia, estará todavía presente con nosotros, aunque falsos amigos nos pongan a prueba con sus traiciones, aunque seamos llevados al peligro por su malicia y seamos por un tiempo pisoteados bajo sus pies; si, por el contrario, obramos con mala fe y pensamos que tenemos alianzas afortunadas, obtenidas con artificios malvados y nefandos, el Señor volverá para nuestra destrucción todo lo que pensemos que es para nuestra seguridad.

Abdías 1:8

Debemos notar ahora lo que dice el profeta: ¿No haré yo en aquel día que perezcan los sabios de Edom? Aunque los hombres son ciegos en muchos aspectos cuando Dios no los guía por su Espíritu ni brilla sobre ellos con su palabra, la peor ceguera es cuando los hombres se embriagan con el falso concepto de la sabiduría. Cuando, pues, alguien se cree dotado de entendimiento, de modo que puede percibir todo lo necesario y que no puede ser burlado, su sabiduría es insania y extrema locura: ciertamente sería mejor para nosotros ser idiotas y necios que estar así embriagados. Puesto que, pues, los sabios de este mundo están locos, el Señor declara que no tendrán sabiduría cuando llegue el tiempo de la prueba. Dios permite en verdad a los impíos que por largo tiempo se feliciten por su propio ingenio y consejos, como permitió que los idumeos prosperaran. Y hay también muchos hoy que se felicitan por sus éxitos y casi adoran su propia astucia. ¿Quién podría, en efecto, persuadir a los venecianos de que hay en alguna parte una sabiduría consumada fuera de ellos mismos, con la cual, claro está, superan a todos los demás en engaño? Por ninguna otra razón conservan su posición en medio de muchas agitaciones, sino porque les parece ver más lejos en lo que les conviene; más aún, que los reyes en general se mantengan y permanezcan seguros en medio de tantas sacudidas, lo atribuyen a su propia sabiduría: «Si yo no hubiera mirado bien por mis asuntos en este punto, si no me hubiera anticipado al peligro y no lo hubiera previsto, todo habría terminado en cuanto a mi condición». Así piensan dentro de sí; pero el Señor al fin los entontece, para que sea evidente que no en vano se dijo antes a los idumeos: ¿No haré yo en aquel día, dice Jehová, etc.?, y se añadió con énfasis: en aquel día; porque el profeta quiere decir que no era de extrañar que los idumeos hubieran sido hasta entonces cautos y hubieran adoptado el mejor consejo; porque no era propósito del Señor privarlos de sabiduría; pero cuando llegara el tiempo oportuno de la venganza, les quitaría al instante toda la prudencia que había en ellos; porque está ciertamente en la mano de Dios quitar todo el entendimiento y la agudeza que hay en los hombres.

Pero estas palabras nos advierten que si sobresalimos en entendimiento, no debemos abusar de este singular don de Dios, como vemos que sucede con los impíos, que convierten en astucia toda la sabiduría que el Señor les ha concedido. Apenas se encuentra uno entre cien que no procure ser artero y engañador, si sobresale en entendimiento. Esto es muy lamentable. ¡Qué gran tesoro es la sabiduría! Sin embargo, vemos que el mundo pervierte este excelente don de Dios; razón de más para que nos esforcemos en que nuestra sabiduría se funde en la verdadera sencillez. Esto es una cosa. Debemos también guardarnos de confiar en nuestro propio entendimiento, de despreciar a nuestros enemigos y de pensar que podemos rechazar cualquier mal que penda sobre nosotros; sino pidamos siempre al Señor que seamos favorecidos en todo tiempo con el espíritu de sabiduría, para que nos guíe hasta el fin de la vida; porque él puede en cualquier momento quitarnos todo lo que nos ha dado, y exponernos así a la vergüenza y el oprobio.

Cuando dice: del monte de Esaú, se refiere al monte de Seir, como ya os he recordado. Pero quiso señalar todo su país; porque estaban casi rodeados de montes y habitaban, como es bien sabido, en aquella Arabia que se llama Pétrea. Sigue:

Abdías 9

9 Y tus valientes, oh Temán, serán amedrentados, para que todo hombre sea cortado del monte de Esaú por la matanza.

9 Et deficient (vel, frangentur) fortes tui, Theman, ut excidatur vir e monte Esau prae occisione (vel, quia excidetur; למען enim postest duobis modis exponi.)

Abdías 1:9

El profeta, después de haber hablado de una clase de venganza de Dios, añade otra: que quebrantaría toda la fuerza que había en Idumea; y así muestra que el valor y la fuerza de los hombres, no menos que su entendimiento, están en la mano de Dios. Así como Dios disipa y destruye, cuando le place, toda la sabiduría que pueda haber en los hombres, así también debilita y quebranta sus corazones: en una palabra, los priva de toda fuerza, de modo que desfallecen y se reducen a nada por sí mismos. Si los que se enorgullecen de su fuerza y sus consejos consideraran esto debidamente, aprenderían al fin a someterse a Dios con verdadera humildad. Pero esta verdad es la que el mundo no se deja persuadir a creer; sin embargo, Dios nos muestra aquí, como en un cuadro, que por mucho que los hombres florezcan por un tiempo, se desvanecerían al instante si él no los sostuviera, y no apoyara sus dones en ellos y los mantuviera íntegros; y, en especial, que es humo vacío todo lo que parece entendimiento y fuerza en los hombres; porque el Señor puede fácilmente quitar ambas cosas, cuando le plazca.

Debemos, pues, observar con cuidado lo que dice aquí: Quebrantados serán tus valientes, oh Temán. Algunos piensan que aquí se señala un país en particular; porque Temán es el sur, es decir, con respecto a Judea. Pero como Temán, sabemos, fue uno de los nietos de Esaú (Gn 36:15), y como una parte de Arabia se llamaba con este nombre, es más probable que el profeta dirija aquí su discurso a Idumea. En cuanto a la palabra Temán, es una parte tomada por el todo.

Porque cortado, dice, será el hombre: al decir cortado será el hombre, quiere decir que todos, hasta el último, serían destruidos. ¿Cómo? «Por la matanza». Pero קתל kothel significa una matanza en la que nadie queda con vida. Vemos así lo que el profeta quiere decir: que todos los idumeos serían de tal modo quebrantados que todos caerían, porque no habría ánimo ni fuerza para resistir. Sigue ahora:

Abdías 10-11

10. Por la violencia contra tu hermano Jacob te cubrirá vergüenza, y serás cortado para siempre.

10. Propter oppressionem fratris tui Jacob, operiet te opprobrium, et excideris in perpetuum.

11. El día que te pusiste enfrente, el día que extraños llevaban cautivo su ejército, y extranjeros entraban por sus puertas y echaban suertes sobre Jerusalén, tú también eras como uno de ellos.

11. Die quo stabas ex opposito, die quo alieni auferebant substantiam ejus, et extranei ingressi sunt portas ejus, et super Jerusalem miserunt sortem, etiam tu quasi unus ex illis.

Abdías 1:10

El profeta expone aquí la razón por la que Dios trataría tan severa y terriblemente a los idumeos. Si hubiera profetizado simplemente su destrucción, habría sido algo importante; porque los judíos habrían podido saber por ello que su ruina no era casualidad, sino el azote de Dios; habrían podido saber que ellos mismos eran castigados por Dios junto con otros, y esto les habría sido una instrucción útil; pero lo que les traía el principal consuelo era oír que eran tan queridos de Dios que él tomaría a su cargo la defensa de sus agravios y los vengaría, que tendría en cuenta su seguridad. Por tanto, cuando oyeron que Dios, porque los amaba, castigaría a los idumeos, fue sin duda un consuelo inestimable para ellos en sus calamidades. A este asunto llega ahora el profeta.

Por la violencia injusta contra tu hermano Jacob, etc. La palabra חמס chemes, violencia, debe tomarse en sentido pasivo; como si dijera: «Mira cómo has obrado con tu hermano Jacob». Y lo llama su hermano, no por honrarlo, sino, al contrario, para mostrar más plenamente la crueldad de los idumeos; porque la consanguinidad no había servido de nada para impedirles enfurecerse contra sus propios hermanos, y como contra sus propias entrañas. Era, pues, una prueba de inhumanidad bárbara que los idumeos, olvidando su común naturaleza, se hubieran inflamado así de odio contra sus propios hermanos: porque, como es bien sabido, descendían del mismo padre común, Abraham, y también de Isaac, y tenían el símbolo de la circuncisión. Los idumeos profesaban en efecto ser descendientes de Abraham y pueblo peculiar de Dios. Puesto que, pues, Dios había hecho su pacto con su común padre Isaac, y puesto que igualmente habían conservado la circuncisión, que era el sello de ese pacto, ¿cómo es que los idumeos se condujeron tan cruelmente con sus hermanos? Vemos así que el nombre de hermano en esta cláusula —por la violencia contra tu hermano Jacob— se menciona para agravar su crimen.

Como, pues, dice, has sido tan violento contra tu hermano, te cubrirá el oprobio, y para siempre serás cortado. Da a entender que la calamidad no sería solo por un tiempo, como en el caso de Israel, sino que el Señor ejecutaría tal castigo que probaría que los idumeos eran ajenos a él; porque Dios, al castigar a su Iglesia, observa siempre ciertos límites, pues nunca olvida su pacto. Prueba, en efecto, que los idumeos no eran su pueblo, por mucho que se jactaran falsamente de ser hijos de Abraham y reclamaran la señal de la circuncisión; porque eran enemigos declarados y se habían apartado enteramente de toda piedad: no era, pues, de extrañar que su circuncisión, que habían profanado impíamente, no fuera tenida en cuenta. Pero después desarrolla más plena y ampliamente lo mismo.

Abdías 1:11

En el día, dice, en que te pusiste enfrente. Pero los idumeos habrían podido objetar: «¿Por qué nos acusas de haber oprimido con violencia a nuestro hermano? Porque nosotros no fuimos la causa de que fueran destruidos: ellos tenían una disputa con los asirios, y nosotros procurábamos proteger nuestro propio interés en medio de estas perturbaciones; buscábamos la paz con los asirios, y si la necesidad nos obligaba a ello, no debe atribuírsenos como crimen ni culpa». De esta manera podían defenderse los idumeos; pero el profeta disipa todos esos pretextos diciendo: En el día en que te pusiste enfrente, en el día en que extraños se llevaron su hacienda, y extranjeros entraron por sus puertas y echaron suertes sobre Jerusalén, ¿no estabas tú allí? Tú también eras como uno de ellos. Ahora bien, esto se introduce con énfasis: Tú también, o tú igualmente (Tu etiam); porque el profeta lo presenta aquí como un presagio odioso: «No era de extrañar que los asirios y caldeos derramaran la sangre de tus hermanos, porque eran enemigos, eran extranjeros, eran un pueblo muy lejano; pero tú, que eras de la misma sangre, tú, a quien el vínculo de la religión debía haber detenido, y además, tú, que por los mismos derechos de la vecindad debías haber ayudado a tus hermanos, o al menos haberte condolido con ellos, sí, tú fuiste tan cruel que fuiste como uno de sus enemigos: esto ciertamente de ningún modo puede soportarse».

Percibimos ahora lo que el profeta quiso decir con En el día en que te pusiste enfrente: es, por así decirlo, una explicación de la sentencia anterior, para que los idumeos no alegaran una falsa excusa objetando que no habían sido violentos contra sus hermanos. Era en verdad la peor opresión que se pusieran frente a ellos; aunque no estaban armados, se complacían en un espectáculo tan lamentable; además, no solo fueron espectadores ociosos de la calamidad de sus hermanos, sino que fueron también, por así decirlo, parte de sus enemigos. «¿No has sido, pues, como uno de ellos?». No avanzaré más ahora.

Oración

Concede, Dios Todopoderoso, que habiéndonos recibido una vez bajo tu protección y habiendo prometido que de nuestra salvación tendrías tanto cuidado que, por más que Satanás y todo el mundo maquinen, nos guardarás sin embargo salvos y seguros, —oh concede que, dotados de perseverancia, permanezcamos dentro de nuestros límites, y no seamos arrastrados de aquí para allá ni por la astucia ni por consejos malvados; sino dígnate guardarnos en genuina integridad, para que, protegidos por tu ayuda, hallemos por experiencia que es verdad lo que declaras en tu palabra: que los que te invocan de verdad te conocerán siempre propicio; y puesto que ya nos has abierto el acceso a ti en la persona de tu Hijo unigénito, oh concede que nosotros, las ovejas, confiemos en él como nuestro pastor y permanezcamos resignados bajo su protección hasta que seamos trasladados, fuera de todo peligro, a aquel reposo eterno que nos ha sido alcanzado por la sangre de tu Hijo Jesucristo. Amén.

Lección septuagésima primera.

Abdías 12-14

12. Pues no debiste haberte quedado mirando en el día de tu hermano, en el día de su desgracia; ni haberte alegrado de los hijos de Judá en el día en que se perdieron; ni haber ensanchado tu boca en el día de la angustia.

12. Et non aspicias in die fratris tui, in die alientationis ejus, et ne gaudeas super filiis Jehudah die exitii corum, et ne magnifices os tuum in die afflictionis (hoc est, ne magnifice loquaris.)

13. No debiste haber entrado por la puerta de mi pueblo en el día de su ruina; no, no debiste haber mirado su mal en el día de su ruina, ni haber echado mano a sus bienes en el día de su ruina;

13. Ne intres in portam populi mei die exitii eorum, ne aspicias etiam tu in afflictione ejus, (in malo ejus,) in die exitii ejus, et ne extendas (manum subaudiendum est) in substantiam ejus in die exitii ejus;

14. ni haberte parado en las encrucijadas para matar a los que de ellos escapaban; ni haber entregado a los que quedaban en el día de la angustia.

14. Et ne stes super exitum (vel, lacerationem, confractionem,) ad perdendum eos qui evaserint, et ne tradas (vel, concludas) residuos ejus in dic afflictionis.

Abdías 1:12

El profeta enumera aquí las clases de crueldad que los idumeos ejercieron contra la Iglesia de Dios, los hijos de Abraham, sus propios parientes. Pero habla a modo de prohibición; es, pues, una personificación, por la cual el profeta introduce a Dios como el que habla, como si les enseñara y amonestara acerca de los deberes de la bondad humana. Grabadas, en efecto, debían haber estado en sus corazones todas estas cosas por las cuales ahora los reprende; porque al olvidar la humanidad se habían apartado de todo lo recto que la naturaleza exige. Dios, ciertamente, no comenzó instruyendo o enseñando a los idumeos cuáles eran sus deberes; sino que el profeta les recuerda cosas que debían serles bien conocidas y eran verdaderas fuera de toda disputa.

Por eso dice: No debiste haberte quedado mirando en el día de tu hermano, en el día de su enajenación. Llama día de Judá a aquel en que Dios lo visitó; así el día de Jerusalén se llama día de calamidad. No debiste, pues, quedarte mirando: sabemos en qué sentido suele tomarse en la Escritura este verbo, mirar; se aplica a los hombres cuando acechan, o desean con mucha ansiedad algo, o se gozan de lo que presencian. El profeta sin duda lo toma metafóricamente por deleitarse en la miseria del pueblo escogido; porque, poco después, repite la misma palabra. No debiste, pues, mirar en el día de tu hermano, es decir, en el día de su enajenación. Algunos toman otro sentido; pero apruebo la opinión de quienes entienden que esta enajenación significa el destierro; sin embargo, no dan la razón de esta metáfora, que es esta: que entonces tuvo lugar tal cambio en el pueblo que tomó una nueva apariencia. Fue, pues, enajenación cuando Dios abolió por completo la gloria del reino de Judá y quitó todos sus favores, de modo que el aspecto del pueblo quedó desfigurado. En el día, pues, de su enajenación, es decir, cuando el Señor lo despojó de su antigua dignidad.

No debiste alegrarte, dice, de los hijos de Judá en el día de su perdición, es decir, de su ruina; «no debiste ensanchar tu boca en el día de la angustia». Percibimos ahora lo que el profeta quiere decir. Aunque parece mostrar aquí a los idumeos su deber, los reprende sin embargo por haber descuidado todas las leyes de la humanidad y haberse dejado llevar por su propia soberbia y crueldad. De ahí se sigue que eran dignos de aquella terrible venganza que ya ha mencionado. Por si los idumeos se quejaban de que Dios los trataba con demasiada severidad, el profeta les recuerda aquí que ellos de muchas maneras se buscaron tal ruina: ¿Cómo? «¿No te deleitaste tú en la calamidad de tu hermano? ¿No te reíste cuando Judá estaba angustiado? ¿Y no hablaste con altivez en son de burla? ¿Había de soportarse esta insolencia? ¿Puede ahora el Señor perdonarte, siendo tan cruel con tu hermano?». Y repite el nombre de hermano, porque el crimen era tanto más atroz, como ya se ha dicho, cuanto que no mostraron respeto alguno por los de su propia sangre. Pero el profeta menciona a menudo ya la aflicción, ya la ruina, ya la calamidad, ya los males, ya la adversidad; porque es un sentimiento naturalmente implantado en nosotros que cuando alguien está angustiado nos conmueve la compasión; aun cuando vemos a nuestros enemigos postrados en tierra, nuestro odio y nuestra ira se extinguen, o al menos disminuyen; y todos los que ven maltratados incluso a sus enemigos se vuelven, por así decirlo, otros hombres, es decir, deponen la ira de que antes estaban inflamados. Como, pues, esto es común casi a todos los hombres, resulta que los idumeos debieron de ser doble y triplemente bárbaros cuando se alegraron de la calamidad de sus hermanos, se deleitaron en un espectáculo tan triste y lamentable, y aun hablaron con soberbia y se burlaron de los miserables judíos; porque este, como hemos dicho, es el sentido de las palabras, ensanchar la boca.

Abdías 1:13

Sigue: No debiste entrar por las puertas de mi pueblo en el día de su ruina, ni mirar su calamidad. Probablemente los idumeos habían hecho una irrupción en compañía de los asirios y caldeos, cuando debían haberse quedado en casa y allí lamentar la matanza de sus hermanos. Porque si no puedo salvar a mi amigo de la muerte o de una calamidad, me retiraré sin embargo, pues no podría soportar mirar; pero si me viera obligado a mirar a mi amigo y no pudiera socorrerlo en su necesidad, preferiría cerrar los ojos; porque en los ojos, sabemos, hay la más tierna simpatía. Como, pues, los idumeos salieron voluntariamente y entraron en Jerusalén con los enemigos, de ahí era evidente que no eran mejores que las fieras. No debiste, pues, dice, entrar por las puertas de mi pueblo en el día de la matanza, ni debiste especialmente entonces mirar. Repite otra vez גם אתה gam ate, tú también, o, especialmente tú: «Si otros vecinos hacen esto, tú debías abstenerte, porque eres de la misma sangre; si no puedes traer ayuda, muestra al menos alguna señal de dolor y de compasión; pero como miras de buen grado y con gusto sus calamidades, es del todo evidente que no hay en ti una partícula de sentimiento recto».

Añade después: No debiste echar tu mano a sus bienes. Aquí acusa a los idumeos de haber tomado parte, con los demás enemigos, en el despojo, como si dijera: «No solo habéis permitido que vuestros hermanos fueran saqueados, sino que os hicisteis ladrones vosotros mismos. Debíais haber sentido dolor al verlos angustiados por enemigos extranjeros; pero habéis saqueado con ellos y os habéis enriquecido con los despojos; esto ciertamente de ningún modo ha de soportarse».

Abdías 1:14

Sigue: Ni debiste pararte en la salida. La palabra פרק perek significa romper, disipar, desgarrar; por eso פרק perek, como sustantivo, significa en hebreo desgarramiento y rotura. Por tanto, algunos lo toman metafóricamente por un lugar donde se encuentran dos caminos, cuando un camino se corta o se divide en dos. Cuando los dos se encuentran, hay una salida por dos caminos; por eso toman פרק, perek, por tal lugar. Pero podemos tomarlo simplemente por el desgarramiento del pueblo. Aunque ciertamente me agrada la primera explicación, no limito sin embargo la palabra a ese significado; y prefiero la idea de salida, porque armoniza mejor con el contexto: Te has parado, pues, en la salida; ¿y con qué fin? Para destruir a los que habían escapado, y para detener o entregar a los cautivos que le quedaban en el día de la angustia. En suma, el profeta quiere decir que los idumeos ocuparon todos los caminos para interceptar a los miserables desterrados, para quienes la huida era el único medio de salvación.

Como, pues, los miserables judíos procuraban por salidas tortuosas proveer a su propia seguridad, el profeta dice que fueron interceptados por los idumeos, para que ninguno escapara, y que fueron detenidos para que después fueran muertos por sus enemigos. Puesto que los asirios y los caldeos eran un pueblo muy remoto de Judea, es probable que los caminos les fueran desconocidos y que temieran caer en una emboscada; pero los idumeos, que conocían familiarmente todos sus caminos, podían apostarse en todas las salidas. Algunos dan la siguiente explicación, pero es demasiado fría: No debiste pararte ante el desgarramiento de tus hermanos, es decir, no debías quedarte quieto, sino esforzarte por extender una mano que ayudara a los angustiados; pero esto, como he dicho, es demasiado frío y forzado. No debiste, pues, pararte en la salida de los caminos para destruir. Vemos ahora lo que el profeta tenía en mira: para destruir, dice, ¿y a quiénes destruían? A aquellos que ya habían escapado. Se señala, pues, aquí expresamente la crueldad a que me he referido: que los idumeos no se contentaban con la ruina de la ciudad y la gran matanza que se había hecho; sino que, por si alguno había escapado furtivamente, ocupaban las salidas de los caminos para que no huyera; y lo mismo se significa cuando añade que fueron entregados o detenidos todos los que habían quedado con vida en el día de la angustia.

Entendemos ahora el sentido del profeta: que los idumeos no podían quejarse de que Dios fuera demasiado severo con ellos cuando los redujo a nada, porque habían dado ejemplos de extrema crueldad con sus propios hermanos, y en un tiempo en que las calamidades de estos debían haber borrado todo odio y toda vieja enemistad, como suele suceder aun con los hombres más distanciados entre sí. Sigamos:

Abdías 15

15. Porque cercano está el día de Jehová sobre todas las naciones: como tú hiciste, se hará contigo; tu recompensa volverá sobre tu cabeza.

15. Quia propinquus dies Jehovae super omnes gentes; sicut fecisti fiet tibi; merces tua revertetur in caput tuum.

Abdías 1:15

Al decir que el día de Jehová estaba cercano sobre todas las naciones, puede considerarse que el profeta razona de lo mayor a lo menor: «Si Dios no perdonará a otras naciones, ¿cómo podrás tú escapar de su mano?». De modo semejante habla Jeremías en el capítulo 49 (Jer 49:12), dirigiéndose a los idumeos con estas palabras: «He aquí que los que no estaban condenados a beber la copa, beberán; ¿y tú serás absuelto del todo? No quedarás impune, sino que de cierto beberás» hasta las heces. Muestra, pues, que los idumeos merecían una doble venganza; porque si en verdad se los comparaba con los asirios y caldeos, la culpa de estos parecería pequeña: los caldeos podían alegar algunas causas para la guerra, eran extranjeros, eran, en suma, enemigos declarados; pero los idumeos eran vecinos y parientes. Lo mismo podría decirse también de otras naciones. Pero las palabras pueden explicarse de manera más sencilla: que Dios no tomaría venganza solo de una o dos naciones, sino de todas. «Mira», dice, «tendrá lugar un cambio no solo en un rincón, sino en todo el mundo. El Señor mostrará así que es el juez de toda la tierra. De ahí se sigue que los idumeos también deben rendir cuentas, porque Dios ha resuelto ejecutar juicio sobre todas las naciones; ninguna será pasada por alto».

He aquí, pues, cercano está el día de Jehová. Hemos dicho que el tiempo en que Abdías profetizó nos es desconocido. Pero no es de extrañar que declare que cercano está el día de Jehová; porque el Señor no se apresura a la manera de los hombres; pero al mismo tiempo conoce sus propios tiempos; y esto se cumple siempre: que cuando los impíos se creen en reposo, entonces los sorprende la destrucción repentina.

Saca esta conclusión: Como tú hiciste, así se hará contigo. Parece, sin embargo, haber aquí implícita una comparación entre el castigo del pueblo escogido y el castigo que será infligido a otras naciones. Cuando los idumeos vieron que el reino de Israel y el de Judá eran pisoteados, pensaron que los hijos de Abraham eran castigados así porque habían despreciado a sus propios profetas, porque se habían hecho inmorales y perversos en extremo. Así se eximían a sí mismos y a otros del castigo. Ahora el profeta declara que Dios había sido el juez de su pueblo, pero que es también el juez de todo el mundo, y que esto se haría pronto evidente. Cuando, pues, dice que cercano estaba el día de Jehová, tenía en cuenta, no tengo duda, como ya he dicho, el castigo de la Iglesia; como si dijera: «Así como Dios se ha mostrado como quien castiga con justicia los pecados en cuanto a Israel y Judá, así también al fin subirá a su tribunal para juzgar a todas las naciones; nadie, pues, escapará al castigo. Todos, pues, en sus diferentes condiciones, serán obligados a dar cuenta de sus acciones, porque el Señor no perdonará a nadie; y aunque ha comenzado con su Iglesia y su propia casa, vendrá después el tiempo oportuno para tomar venganza, cuando extenderá su mano para castigar a todas las naciones paganas». Este me parece ser el verdadero sentido.

Con razón, pues, concluye: Como tú hiciste, se hará contigo: «No pienses que quedarás sin castigo por haber ido contra tu hermano. Era propósito de Dios ofrecer un ejemplo de su severidad a otros, mientras te perdonaba a ti; pero has abusado de su paciencia; porque podías haberte quedado tranquilo en casa: el Señor te pagará, pues». Y luego añade: Tu recompensa recaerá, o volverá sobre tu propia cabeza. Aquí el profeta anuncia lo que también dice Cristo:

«Con la medida con que medís, os será medido» (Mt 7:2).

Esta sentencia merece ser notada: porque cuando Dios deja a los inocentes a la voluntad de los impíos, estos piensan que pueden hacer con impunidad todo lo que quieran, como si fueran los verdugos de Dios. Como, pues, se vuelven así insolentes cuando el Señor los perdona, notemos lo que dice aquí el profeta: que para cada uno hay una recompensa preparada, y que cualquier crueldad que ejerzan los impíos recaerá sobre sus propias cabezas. Sigue:

Abdías 16

16. Porque como vosotros bebisteis en mi santo monte, beberán continuamente todas las naciones; beberán, y engullirán, y serán como si no hubieran sido.

16. Quia sicuti bibistis super montem sanctum meum, bibent omnes gentes jugiter, bibent (inquam) et sorbebunt; et erunt quasi non sint.

Abdías 1:16

Aquí Abdías avanza más y dice que Dios vengaría los agravios hechos a su Iglesia. La declaración del versículo anterior era general: «He aquí, sobre todas las naciones está cercano el día de Jehová; como tú, pues, hiciste, Dios te pagará»; pero ahora muestra que esto sería porque Dios se proponía defender a sus propios siervos (clientes, clientes); y como habían sido tratados cruelmente, se haría vengador de sus agravios; Como vosotros, pues, bebisteis en mi santo monte, etc. El profeta, no tengo duda, tomando una parte por el todo, incluyó en la palabra beber sus triunfos y regocijos. Así como vosotros os regocijasteis en mi santo monte, así también todas las naciones beberán y continuarán su exceso; beberán hasta agotar, de modo que vosotros pereceréis por completo. Pero me parece evidente que el profeta añade aquí una prueba de su avaricia. Poco antes había acusado a los idumeos de haber tomado parte del botín, junto con las naciones extranjeras, cuando los miserables judíos eran saqueados. Así también dice ahora: Habéis bebido, en señal de triunfo y regocijo.

Habéis bebido, pues, vino en mi santo monte: ahora beberán todas las naciones. Este segundo beber ha de tomarse en un sentido distinto del primero. ¿Qué, pues? Beberán, y agotarán, es decir: «Consumirán todos vuestros bienes». Y añade después: Y beberán continuamente; y serán como si no hubieran sido, es decir, no cesarán de comer y beber hasta que consuman todo lo que hay entre vosotros. Da, pues, a entender que los idumeos, que se habían enriquecido con los despojos de sus hermanos, y que también habían celebrado banquetes en señal de su alegría en el santo monte, serían después alimento de otros, porque todas las naciones beberían, y los agotarían. Beber significa, pues, aquí lo mismo que consumir. Sigue (pues me veo en la necesidad de terminar hoy esta profecía, y el tiempo, espero, lo permitirá):

Abdías 17

17. Mas en el monte de Sion habrá liberación, y será santo; y la casa de Jacob poseerá sus posesiones.

17. Et in monte Sion erit evasio, et erit sanctitas (nempe mons ipse;) et possidebit domus Jacob possessiones suas (alii vertunt, eos a quibus possidebantur.

Abdías 1:17

Aquí el profeta promete liberación a los judíos; porque otros consuelos no habrían sido de gran importancia si los que entonces perecían no tenían esperanza de ser algún día restituidos a la seguridad. Los judíos habrían podido objetar y decir: «¿Qué nos importa que el Señor vengue nuestros agravios? Aunque los idumeos sean destruidos por causa nuestra, ¿qué provecho nos traerá? Nosotros entre tanto estamos destruidos y no tenemos esperanza de liberación». El profeta responde aquí a esta objeción y dice: En el monte de Sion habrá escape. Aunque, pues, los idumeos habían intentado interceptar todas las salidas, como se ha mencionado antes, Dios promete aquí que habría escape en el monte de Sion: no dice desde el monte de Sion, sino en el mismo monte. ¿Qué significa esto? Que Dios restauraría a los que parecían entonces perdidos. Abdías promete, pues, claramente que habría una restauración de la Iglesia.

Pero se nos enseña en este lugar que el castigo con que el Señor corrige a su pueblo por sus pecados es siempre por un tiempo. Siempre que Dios inflige heridas a su Iglesia, tiene preparado al mismo tiempo el remedio; porque Dios no quiere ni permite que su propio pueblo se pierda del todo. Esto podemos aprenderlo de las palabras del profeta, cuando dice que habría escape en Sion. Y no fue un consuelo ordinario para los judíos saber que, aun en su extrema decadencia, les quedaba alguna esperanza de liberación, y que el pueblo, que podía parecer entonces extinguido, sería con todo salvado y conservado con vida, como si resucitara de los muertos.

Dice que el monte de Sion sería santidad, o santo, con lo cual quiere decir que Dios se acordaría de su pacto. Como había escogido el monte de Sion para ser adorado allí, el profeta da a entender que el nombre de Dios no estaba allí invocado con presunción ni en vano. Puesto que Dios había escogido este monte para sí, era santo; porque se dice que Dios profanó la tierra y el templo cuando los abandonó y los entregó en manos de los enemigos. Así también ahora, cuando el profeta dice que el monte de Sion sería santo, es lo mismo que si hubiera dicho que Dios tendría cuidado de este monte, porque una vez lo había consagrado para sí y había querido que fuera su propia morada. Se pone, pues, aquí la causa por su efecto. Había dicho que los judíos sobrevivirían, por muy semejantes que por un tiempo fueran a los perdidos y a los muertos: ¿Cómo podría ser tal cosa? La razón es esta: el monte de Sion será santo: fue una terrible profanación del monte de Sion cuando el templo fue destruido, cuando los vasos sagrados fueron llevados por los babilonios, cuando, en suma, los enemigos mostraron allí toda clase de insolencia. Pero cuando el Señor restauró a su pueblo, cuando se volvió a edificar el altar y se ofrecieron sacrificios, entonces el monte de Sion recobró su santidad, esto es, Dios manifestó que la gracia de su elección no había sido abolida, porque había santificado de nuevo el monte de Sion, y así había querido que fuera conservado a salvo. Santo, pues, será el monte de Sion. Si alguien quisiera refinar más las palabras del profeta, podría decir que evidentemente se trata de la manera de nuestra salvación, cuando se dice que Dios nos santifica o gobierna por su Espíritu; pero el profeta, no tengo duda, mira aquí simplemente a la elección de Dios.

Y la casa de Jacob poseerá de nuevo sus posesiones, esto es, todo lo que Dios ha dado como heredad a los hijos de Abraham, se lo restituirá cuando vuelvan del destierro. Si alguien prefiere tomar por posesiones las de Edom, no me opongo. Pero pienso sin embargo que el verdadero sentido del profeta es que cuando los hijos de Israel volvieran del destierro, Dios les restituiría su antiguo país, para que poseyeran todo lo que había sido prometido a su padre Abraham. Entiende, pues, por sus posesiones toda la tierra que por suerte vino a poder del pueblo escogido, como había sido prometida a Abraham. Sigue:

Abdías 18

18. Y la casa de Jacob será fuego, y la casa de José llama, y la casa de Esaú paja, y los quemarán y los consumirán; ni aun resto quedará de la casa de Esaú, porque Jehová lo ha dicho.

18. Et erit domus Jacob ignis, et domus Joseph in flammam (flamma, ut respondeat,) et domus Esau erit palea; et ardebunt in ipsis et consument (vorabunt) eos; et non erit quidquam residuum domui Esau, quia Jehova loquutus est.

Abdías 1:18

Aquí de nuevo el profeta sale al paso de una duda que podía venir a la mente de cada uno de ellos; porque los idumeos florecían y su condición era independiente cuando los israelitas, lo mismo que los judíos, eran llevados al destierro, y Jerusalén con su templo era destruida. En tales circunstancias podían desesperar; pero el profeta muestra que, aunque por un tiempo la casa de Jacob parecía muerta, se encendería sin embargo un fuego que consumiría a los idumeos, aunque entonces estaban orgullosos de su poder y sus riquezas, y también del próspero resultado de la victoria sobre los judíos, porque se habían enriquecido, lo mismo que los asirios, con el derrocamiento de sus hermanos. Un modo de hablar semejante adopta también Isaías; aunque dirige su discurso, no a los idumeos, sino a otros, su manera de hablar es la misma cuando dice que Dios, la luz de Israel, sería fuego y llama para consumir a los malvados (Is 29:6).

Pero esto se cumplió cuando el Señor vengó la crueldad de Edom, aunque los judíos estaban entonces en el destierro y no podían mover un dedo, cuando estaban sin armas, más aún, cuando eran miserables esclavos: los idumeos fueron consumidos aun entonces, ¿por qué fuego? ¿cómo se encendió este incendio? Aun entonces la casa de Jacob y la casa de José eran como fuego y llama. La causa de esta ruina, es verdad, no apareció inmediatamente a los idumeos; pero debemos mirar aquí al propósito de Dios. ¿Por qué castigó Dios con tanta severidad a los idumeos? Porque quería mostrar con este ejemplo cuánto amaba a su Iglesia. Puesto que, pues, su crueldad fue la causa de la ruina de los idumeos, con razón dice el profeta que la casa de Jacob y la casa de José serían como fuego y llama para consumirlos. Y no fue un pequeño alivio para los miserables desterrados cuando entendieron que Dios los tenía todavía en cuenta en su condición abatida. Puesto que estaban, pues, expuestos al oprobio y a la burla de todos, plugo a Dios testificar que eran objeto de su cuidado, y que por causa de ellos destruiría naciones enteras, aun aquellas que entonces se gloriaban de su poder. Vemos, pues, ahora por qué el profeta adoptó este lenguaje figurado. Por la casa de José entiende, como hemos dicho en otro lugar, el reino de Israel; menciona una parte por el todo. Sigue:

Abdías 19-20

19. Y los del Neguev poseerán el monte de Esaú; y los de la llanura, a los filisteos; poseerán también los campos de Efraín y los campos de Samaria; y Benjamín poseerá a Galaad.

19..Et possidebunt meridiem montis Esau, et planietiem Philistim, et possidebunt agros Ephraim et agros Samariae; et Benjamin possidebit Gilead.

20. Y los cautivos de este ejército de los hijos de Israel poseerán lo de los cananeos hasta Sarepta; y los cautivos de Jerusalén que están en Sefarad poseerán las ciudades del Neguev.

20. Et migratio exercitus hujus filiorum Israel, quod Chananaeorum fuit usque ad Zerphath (vel, qui sunt in Chananaeis,) et migratio Jerusalem, quod in Sepharad, possidebunt (in quam) urbes Australes (vel, meridionales.)

Abdías 1:19

El profeta continúa con el mismo asunto: que Dios no solo reuniría los restos de su pueblo del destierro de Babilonia, sino que restauraría a los desterrados para que dominaran lejos y a lo ancho, y para que su condición fuera mejor que antes; porque el profeta, según pienso, dirige la atención a la primera bendición de Dios, que había sido depositada en la mano de Abraham. Dios había prometido a la posteridad de Abraham toda la tierra desde el Éufrates hasta el mar. Ahora bien, esta tierra nunca había sido poseída por los hijos de Abraham. Esto sucedió, como es bien sabido, por su pereza e ingratitud. David en su tiempo amplió las fronteras; pero hizo tributarios únicamente a aquellos a quienes Dios había mandado destruir. Así esta bendición nunca se había cumplido, porque el pueblo puso un obstáculo en el camino. El profeta, hablando ahora de la restauración de la Iglesia, dice al pueblo que volvería del destierro que ocuparía el país que había sido prometido a sus padres, como si dijera: «Vendrá a vosotros una herencia plena y completa».

Ahora bien, es cierto que esta profecía nunca se ha cumplido por completo: sabemos que los judíos poseyeron solo una pequeña porción de la tierra. ¿Qué hemos de entender, pues, por esta profecía? Sin duda parece que el profeta habla aquí del reino de Cristo; y sabemos que entonces la Iglesia fue realmente restaurada, y que los judíos no solo recobraron su estado anterior, del cual habían caído, sino que su reino fue acrecentado: porque ¡cuán grande fue el esplendor del reino y del templo bajo Cristo! Esto es, pues, lo que el profeta quiere decir ahora cuando promete a los judíos la heredad que habían perdido; más aún, Dios ensanchó entonces las fronteras de Judea. Por eso muestra que no solo serían restituidos a su condición anterior, sino que el reino sería acrecentado en esplendor y riqueza cuando viniera Cristo. Repasemos ahora las palabras.

Poseerán, pues, el sur del monte de Esaú. El espacio era sin duda grande: aun cuando reinó David, los judíos no poseyeron aquella parte o porción meridional del monte de Seir. El profeta, pues, como he dicho, muestra que las fronteras del reino serían más extensas de lo que habían sido. Y la llanura, dice, de los filisteos. También por ese lado el Señor haría que los judíos se extendieran más allá de su reino. Y poseerán los campos de Efraín. Aquí no gastaré mucho trabajo en describir la tierra; pero nos basta entender que el propósito del profeta era mostrar que el estado del pueblo después de su destierro sería mucho más espléndido de lo que había sido antes, aun bajo el reinado de David. Lo que quiere decir con Galaad no es muy claro; pero no es probable que se refiera aquí al monte Galaad, que no estaba muy distante de la tribu de Benjamín, sino más bien que se señala una ciudad o algún lugar distante de aquella parte y no incluido en su porción.

Abdías 1:20

Añade después: Y los cautivos de este ejército de los hijos de Israel, etc. Hay aquí oscuridad en las palabras. Los hebreos entienden por Canaán tanto a los ilirios como a los alemanes, y también a los galos: porque dicen que la dispersión que se esparcirá en la Galia, en Germania y en estas regiones lejanas poseerá las ciudades del sur. Por Sarepta entienden España. Pero sabemos, como hemos dicho en otro lugar, que los judíos son muy atrevidos en sus glosas: porque no se avergüenzan de divagar y de mezclar cosas frívolas; y afirman esto como si fuera evidente por la historia y fácil de averiguar. Así charlan acerca de cosas que les son desconocidas, y esto lo hacen sin razón ni discernimiento. El profeta, no lo dudo, quiere decir aquí que todos aquellos territorios que habían sido prometidos antes a los hijos de Abraham vendrían a su posesión cuando el Señor enviara a su Cristo, no solo para restaurar lo que había caído, sino también para hacer bienaventurado en todo sentido el estado del pueblo. El sentido de todo es, pues, que los judíos no solo recobrarán lo que habían perdido, sino lo que hasta entonces no se les había dado a poseer: todo esto el Señor se lo concedería cuando viniera Cristo. Sigue:

Abdías 21

21. Y subirán salvadores al monte de Sion para juzgar al monte de Esaú; y el reino será de Jehová.

21. Et ascendent servatores in montem Sion, ad judicandum montem Esau; et erit Jehovae regnum.

Abdías 1:21

Aquí dice el profeta que hay en la mano de Dios ministros, cuya labor emplea para preservar a su propio pueblo. Alude aquí, no tengo duda, a la historia de los jueces. Sabemos, en efecto, que el pueblo de Israel se vio a menudo tan angustiado que su liberación parecía casi increíble, y que, sin embargo, fue librado de tal manera que quedó evidente que la mano de Dios se había manifestado desde el cielo. Siendo esto, pues, bien conocido por los judíos, el profeta les recuerda aquí que Dios tenía todavía en su mano libertadores, siempre que le agradara reunir a su pueblo. Dios enviará, pues, salvadores, así como los envió antiguamente a vuestros padres. Ellos habían comprobado por experiencia lo que el profeta dice aquí, no una vez, sino más de diez veces. Esto debía, pues, servir mucho para confirmar esta profecía.

Subirán, pues, los que juzgarán el monte de Esaú, quienes, dotados del poder de Dios y de su autoridad, ejecutarán juicio sobre el monte de Seir y sobre toda la nación, y vengarán la crueldad que Edom ejerció contra los hijos de Abraham.

Pero este pasaje muestra que Cristo no vino a ser ministro de nuestra liberación y salvación de manera ordinaria, sino que llegó a ser nuestro salvador de una manera especial, de modo que él solo ocupa ese lugar; y este es un argumento muy fuerte contra los judíos. Ellos confiesan que el Mesías sería el Redentor de su pueblo, pero le atribuyen este oficio de manera general, como lo hacen con David y otros reyes. Pero ciertamente se ve por este pasaje que el Mesías no sería de la clase común, pues los salvadores estarían bajo él como sus ministros. Esto los judíos no se atreven a negarlo, aunque murmuran, porque sería absurdo que él fuera uno de su número. Puesto que, entonces, fue enviado para ser Redentor y Salvador de una manera distinta de los demás, se sigue que no es solamente hombre, sino que es el Autor de la salvación. Sería en verdad fácil responder: «¿Por qué nos habláis de muchos redentores? ¿No esperáis un solo Salvador? Si Dios va a confiar este oficio a muchos en igual grado, ¿por qué hay tantas promesas gloriosas acerca del Mesías? ¿Por qué se nos recuerda siempre solo a él? ¿Por qué se nos presenta solo a él como el fundamento de nuestra salvación?». De ahí se ve ciertamente que Cristo debe ser distinguido de todos los demás, y que los otros son salvadores bajo su autoridad; y tales fueron los apóstoles, y tales son hoy todos aquellos cuya labor y ministerio emplea Dios para defender y sostener a su Iglesia.

Añade ahora: De Jehová será el reino. Pero como es cierto que el propósito de Dios era reinar entre su pueblo, después de haberlo restaurado, de ningún otro modo que por el poder de Cristo, el profeta, al decir que el reino de Cristo sería de Jehová, quiere decir que sería verdaderamente divino, y más ilustre que si hubiera empleado la labor de hombres. Pero debemos observar aquí dos cosas: que Dios mismo reina realmente en la persona de Cristo, y que es la manera legítima de gobernar la Iglesia que solo Dios presida y tenga él solo el poder supremo. De ahí se sigue que, cuando Dios no aparece como el único Rey, todo está en confusión, sin orden alguno. Ahora bien, a Dios no se le llama Rey como un mero título vacío; solo se le tiene por Rey en realidad cuando todos se someten a él, cuando son gobernados por su palabra; en suma, cuando todas las criaturas callan en su presencia. A Dios, pues, pertenece el reino. Vemos por tanto que la Iglesia no existe donde la palabra de Dios no prevalece con tal autoridad que abata toda altivez que haya en los hombres y los someta al yugo, de modo que todos dependan solo de Dios, que todos alcen los ojos hacia él, y que él los tenga a todos sujetos a sí mismo.

Oración.

Concédenos, Dios Todopoderoso, que, así como estamos tan dispersos en nuestra peregrinación por este mundo, que incluso un espectáculo espantoso se presenta a nuestros ojos cuando vemos a tu Iglesia tan miserablemente desgarrada, concédenos, te rogamos, que, dotados del poder verdadero de tu Espíritu y reunidos en uno, cultivemos de tal manera el amor fraternal entre nosotros que cada uno procure ayudar al otro, y al mismo tiempo mantengamos nuestros ojos fijos en Cristo Jesús; y aunque nos aguarden duros combates, estemos sin embargo bajo su cuidado y protección, y ejercitemos de tal modo la paciencia que, habiendo terminado nuestra milicia, gocemos al fin de aquel bendito reposo que nos has prometido, y que nos está guardado en el cielo, y que además ha sido comprado para nosotros con la sangre de Cristo, tu Hijo, un solo Señor. Amén.

Fin de los comentarios sobre Abdías.

Traducción

de la versión de Calvino

de las profecías de Joel.

Capítulo 1

1 La palabra de Jehová que vino a Joel, hijo de Petuel.

2 Oíd esto, vosotros, ancianos; y escuchad, todos los habitantes de la tierra; ¿Ha acontecido esto en vuestros días, o en los días de vuestros padres?

3 Esto contadlo a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la generación siguiente:

4 «Lo que dejó la oruga lo comió la langosta, «lo que dejó la langosta lo comió el pulgón, «lo que dejó el pulgón lo comió el revoltón».

5 Despertad, borrachos, y llorad; gemid todos los que bebéis vino, por el vino nuevo; porque cortado ha sido de vuestra boca.

6 Porque una nación subió sobre mi tierra, fuerte y sin número: sus dientes, dientes de león, y sus mandíbulas, las de un leoncillo:

7 Puso mi vid en desolación, y mi higuera en descortezamiento; al desnudarla la desnudó y la arrojó, blancas han quedado sus ramas.

8 Lamenta como una joven, ceñida de cilicio, por el esposo de su juventud.

9 Cortados están la ofrenda y la libación de la casa de Jehová; los sacerdotes, ministros de Jehová, hacen duelo;

10 Asolado está el campo, la tierra hace duelo; porque destruido está el trigo, secado está el vino, desfallecido el aceite.

11 Avergonzaos, labradores, gemid, viñadores, por el trigo y por la cebada; porque se perdió la mies del campo,

12 La vid está seca, y la higuera destruida; el granado, también la palmera y el manzano, todos los árboles del campo se han secado: ¡ciertamente se secó el gozo de los hijos de los hombres!

13 Ceñíos y lamentad, sacerdotes; gemid, ministros del altar; venid, pasad la noche en cilicio, ministros de mi Dios; porque de la casa de vuestro Dios se ha retirado la ofrenda y la libación:

14 Santificad un ayuno, convocad asamblea, congregad a los ancianos y a todos los habitantes de la tierra en la casa de Jehová vuestro Dios, y clamad a Jehová.

15 ¡Ay del día! Porque cercano está el día de Jehová, y como una desolación del Todopoderoso vendrá.

16 ¿No ha sido cortado el alimento delante de vuestros ojos, la alegría y el gozo de la casa de nuestro Dios?

17 Se han podrido los granos bajo los terrones, desolados están los graneros, derribadas han sido las alholíes, porque se secó el trigo.

18 ¡Cómo gimió la bestia! ¡Confundidos están los hatos de bueyes! Porque les faltan pastos; también los rebaños de ovejas están desolados.

19 A ti, Jehová, clamaré; porque el fuego consumió los pastos del desierto, y la llama quemó todos los árboles del campo:

20 También las bestias del campo clamarán a ti; porque se han secado los arroyos de aguas, porque el fuego consumió los pastos del desierto.

Capítulo 2

1 Tocad trompeta en Sion, y dad voces en mi santo monte: tiemblen todos los habitantes de la tierra; porque viene el día de Jehová, porque cercano está,

2 Día de tinieblas y de oscuridad densa, día de nublado y de sombra, como el alba que se extiende sobre los montes; un pueblo grande y fuerte, cual nunca desde el principio ha habido, ni después de él habrá por muchas generaciones;

3 Delante de ellos, fuego consumidor, y tras ellos, llama que abrasará; como el huerto del Edén la tierra delante de ellos, y tras ellos, un desierto de soledad; y así no habrá escape de ellos:

4 Como el aspecto de caballos, su aspecto, y como jinetes correrán;

5 Como el estruendo de carros sobre las cimas de los montes saltarán, como el estruendo de la llama de fuego que consume la hojarasca, como un pueblo fuerte dispuesto para la batalla;

6 Ante su rostro los pueblos temerán, todos los rostros se ennegrecerán;

7 Como gigantes correrán de aquí para allá, como hombres de guerra subirán el muro, y cada uno irá por sus caminos, y no detendrán su marcha;

8 Nadie empujará a su hermano, cada uno marchará por su camino; caerán sobre la espada, y no serán heridos;

9 Por la ciudad irán, sobre el muro correrán, por las casas subirán, por las ventanas entrarán como ladrón:

10 Delante de ellos temblará la tierra, y en angustia estarán los cielos, el sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retirarán su resplandor;

11 Y Jehová dará su voz delante de su ejército, porque muy grande será su campamento. Porque fuerte es el que ejecuta su palabra; porque grande será el día de Jehová, y muy terrible, ¿y quién lo soportará?

12 Pero aun ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, y llanto, y lamento;

13 Y rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque es propicio y misericordioso, lento para la ira y grande en bondad, y se arrepentirá del mal:

14 ¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá, y dejará tras sí bendición: ofrenda y libación para Jehová vuestro Dios?

15 Tocad trompeta en Sion, santificad un ayuno, proclamad asamblea,

16 Reunid al pueblo, santificad la congregación, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman los pechos; salga el novio de su aposento, y la novia de su cámara;

17 Entre el pórtico y el altar lloren los sacerdotes, ministros de Jehová, y digan: «Sé propicio, Jehová, a tu pueblo, «y no entregues tu heredad al oprobio, «para que las naciones se enseñoreen de ellos; «¿por qué han de decir entre los pueblos: «“¿Dónde está su Dios?”»

18 Entonces celoso será Jehová por su tierra, y será propicio a su pueblo;

19 Y Jehová responderá, y dirá a su pueblo: «He aquí yo os envío trigo, y vino, y aceite, «y con ellos seréis saciados; «y nunca más os pondré en oprobio entre las naciones;

20 «Y al del norte alejaré de vosotros, «y lo echaré a una tierra seca y desierta, «con su faz hacia el mar oriental, «y su retaguardia hacia el mar occidental; «y subirá su hedor, «y subirá su podredumbre; «porque se engrandeció en gran manera para hacer su propósito».

21 No temas, tierra; alégrate y regocíjate; porque Jehová se ha engrandecido en gran manera para hacer su propósito:

22 No temáis, bestias del campo; porque brotarán los pastos del desierto, porque el árbol dará su fruto, la higuera y la vid darán su sustancia:

23 Y vosotros, hijos de Sion, alegraos, y regocijaos en Jehová vuestro Dios; porque os dará la lluvia en su justa medida, y hará descender para vosotros el aguacero, y la lluvia en el primer mes;

24 Y se llenarán las eras de trigo, y rebosarán los lagares de vino y aceite;

25 Y os restituiré los años por los que comió la langosta, el pulgón y el revoltón, mi gran ejército, que envié contra vosotros:

26 Y comiendo comeréis y os saciaréis, y alabaréis el nombre de Jehová vuestro Dios, porque ha obrado maravillosamente con vosotros; y no será avergonzado mi pueblo para siempre.

27 Y sabréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo, Jehová, soy vuestro Dios, y no hay otro; y no será avergonzado mi pueblo para siempre.

28 Y será después de esto que derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones;

29 Y también sobre los siervos y las siervas derramaré en aquellos días mi Espíritu:

30 Y pondré prodigios en el cielo y en la tierra: sangre y fuego, y columnas de humo;

31 El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible:

32 Entonces será que todo aquel que invocare el nombre de Jehová, será librado; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá liberación, como Jehová ha dicho, y para el remanente al cual Jehová llamare.

Capítulo 3

1 Porque he aquí que en aquellos días, y en aquel tiempo, cuando yo restaure la cautividad de Judá y de Jerusalén, entonces reuniré a todas las naciones, y las haré descender al valle de Josafat; y allí contenderé con ellas, por mi pueblo y por mi heredad Israel; porque lo han esparcido entre las naciones,

2 Y repartieron mi tierra, y sobre mi pueblo echaron suertes, y dieron un niño por una ramera, y vendieron una niña por vino para beber.

3 Y con todo, ¿qué tenéis vosotros conmigo, oh Tiro y Sidón, y todas las regiones de Palestina? ¿Me devolveréis la paga?

4 Ahora bien, si me pagáis con esto, pronto, de repente haré volver vuestra paga sobre vuestra propia cabeza.

5 Porque habéis tomado mi plata y mi oro, y mis cosas preciadas las habéis llevado a vuestros templos,

6 Y habéis vendido los hijos de Judá y los hijos de Jerusalén a los hijos de los griegos, para alejarlos de sus propios confines;

7 He aquí que yo los levantaré del lugar al cual los vendisteis, y haré volver vuestra paga sobre vuestra cabeza;

8 Porque venderé vuestros hijos y vuestras hijas a los hijos de Judá, y ellos los venderán a los sabeos, nación lejana; porque así ha hablado Jehová.

9 Proclamad esto entre las naciones, pregonad guerra, despertad a los fuertes, vengan, suban todos los hombres de guerra:

10 Forjad vuestras rejas en espadas, y vuestras hoces en lanzas; diga el débil: «Fuerte soy».

11 Reuníos y venid, todas las naciones, congregaos de todas partes; allí postrará Jehová a todos tus valientes.

12 Despierten las naciones, y suban al valle de Josafat; porque allí me sentaré para juzgar a todas las naciones de alrededor.

13 Meted la hoz, porque la mies está madura; venid, descended, porque el lagar está lleno, rebosan los lagares, porque se ha multiplicado su maldad.

14 ¡Multitudes, multitudes en el valle de la trilla! Porque cercano está el día de Jehová en el valle de la trilla: el sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retirarán su resplandor;

15 Y Jehová rugirá desde Sion, y desde Jerusalén dará su voz, y temblarán los cielos y la tierra;

16 Pero Jehová será esperanza para su pueblo, y fortaleza para los hijos de Israel:

17 Entonces sabréis que yo, Jehová, soy vuestro Dios, que habito en Sion, monte de mi santidad; y Jerusalén será santa, y extraños no pasarán más por ella.

18 Y será en aquel día que los montes destilarán mosto, y los collados harán fluir leche, y todos los ríos de Judá enviarán aguas; también saldrá una fuente de la casa de Jehová, y regará el valle de Sitim.

19 Egipto será una soledad, y Edom será un desierto de soledad, por la violencia hecha a los hijos de Judá, porque derramaron sangre inocente en su propia tierra:

20 Pero Judá habitará para siempre seguro, y Jerusalén de generación en generación; y limpiaré su sangre que no he limpiado, y Jehová habitará en Sion.

Traducción

de la versión de Calvino

de las profecías de Amós.

Capítulo 1

1 Las palabras de Amós, que estaba entre los pastores de Tecoa, que vio acerca de Israel, en los días de Uzías, rey de Judá, y en los días de Jeroboam, hijo de Joás, rey de Israel, dos años antes del terremoto; y dijo:

2 Jehová rugirá desde Sion, y desde Jerusalén dará su voz; y perecerán las moradas de los pastores, y se secará la cumbre del Carmelo.

3 Así dice Jehová: Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no seré propicio a ella; (157) porque trillaron Galaad con trillos de hierro:

4 Y enviaré fuego a la casa de Hazael, y consumirá los palacios de Ben-adad;

5 Y quebraré el cerrojo de Damasco, y cortaré al morador del llano de Avén, y al que tiene el cetro de la casa de Edén; y el pueblo de Siria será llevado a Kir, dice Jehová.

6 Así dice Jehová: Por tres pecados de Gaza, y por el cuarto, no seré propicio a ella; porque llevaron cautiva una cautividad completa, para encerrarlos en Edom:

7 Y enviaré fuego sobre el muro de Gaza, y consumirá sus palacios;

8 Y cortaré al morador de Asdod, y al que tiene el cetro de Ascalón; y volveré mi mano contra Ecrón, y perecerá el remanente de los filisteos, dice el Señor Jehová.

9 Así dice Jehová: Por tres pecados de Tiro, y por el cuarto, no seré propicio a ella; porque encerraron una cautividad completa en Edom, y no se acordaron del pacto de hermanos:

10 Y enviaré fuego sobre el muro de Tiro, y consumirá sus palacios.

11 Así dice Jehová: Por tres pecados de Edom, y por el cuarto, no seré propicio a él; porque persiguió a espada a su propio hermano, y destruyó sus propias misericordias; y su ira ha rugido continuamente, y ha guardado su furor perpetuamente:

12 Y enviaré fuego sobre Temán, y consumirá los palacios de Bosra.

13 Así dice Jehová: Por tres pecados de los hijos de Amón, y por el cuarto, no seré propicio a él; porque abrieron a las mujeres encintas de Galaad, para extender sus propios confines:

14 Y encenderé fuego en el muro de Rabá, y consumirá sus palacios, con clamor en el día de la batalla, con torbellino en el día de la tempestad;

15 Y su rey irá en cautiverio, él y sus príncipes juntamente, dice Jehová.

Capítulo 2

1 Así dice Jehová: Por tres pecados de Moab, y por el cuarto, no seré propicio a él; porque quemó los huesos del rey de Edom hasta reducirlos a cenizas:

2 Y enviaré fuego sobre Moab, y consumirá los palacios de Queriot; y morirá Moab en tumulto, con gritería, al sonido de la trompeta;

3 Y cortaré al juez de en medio de él, y con él mataré a todos sus príncipes, dice Jehová.

4 Así dice Jehová: Por tres pecados de Judá, y por el cuarto, no seré propicio a él; porque menospreciaron la ley de Jehová, y no guardaron sus estatutos; y los hicieron errar sus mentiras, tras las cuales anduvieron sus padres:

5 Y enviaré fuego sobre Judá, y consumirá los palacios de Jerusalén.

6 Así dice Jehová: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no seré propicio a él; porque vendieron al justo por dinero, y al pobre por un par de zapatos;

7 Anhelando el polvo de la tierra sobre la cabeza de los pobres, tuercen el camino de los humildes; el hijo y su padre entran a la misma joven, de modo que profanan mi santo nombre;

8 Y sobre vestidos empeñados se acuestan junto a cualquier altar, y el vino de los condenados beben en la casa de su dios.

9 Yo, sin embargo, exterminé al amorreo delante de ellos, cuya altura era como la altura de los cedros, y fuerte como una encina; y destruí su fruto arriba y su raíz abajo;

10 Y os hice subir de la tierra de Egipto, y os conduje por el desierto cuarenta años, para que poseyeseis la tierra del amorreo;

11 Y levanté profetas de vuestros hijos, y de vuestros jóvenes, nazareos; ¿No es esto así, oh hijos de Israel? dice Jehová:

12 Pero a los nazareos disteis a beber vino; y a mis profetas mandasteis, diciendo: «No profeticéis».

13 He aquí que yo estoy apretado bajo vosotros, (196) como está apretado un carro lleno de gavillas.

14 Perecerá la huida del ligero, y el valiente no afirmará su fuerza, y el fuerte no librará su vida,

15 Y el que maneja el arco no resistirá, y el ligero de pies no escapará, ni el que monta a caballo salvará su vida;

16 Sí, el más valiente de corazón entre los fuertes huirá desnudo en aquel día, dice Jehová.

Capítulo 3

1 Oíd esta palabra que Jehová pronuncia contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto, diciendo:

2 «Solamente a vosotros he conocido de todas las familias de la tierra; «por tanto, visitaré sobre vosotros todas vuestras iniquidades».

3 ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?

4 ¿Rugirá el león en la selva sin tener presa? ¿Dará el leoncillo su rugido desde su guarida, si no ha apresado algo?

5 ¿Caerá el ave en la trampa sobre la tierra sin que haya cazador? ¿Se levantará la trampa de la tierra antes de que haya atrapado?

6 ¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y el pueblo no temerá? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?

7 Porque nada hará el Señor Jehová, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.

8 Rugió el león, ¿quién no temerá? Habló el Señor Jehová, ¿quién no profetizará?

9 Proclamad en los palacios de Asdod, y en los palacios de la tierra de Egipto, y decid: «Reuníos sobre los montes de Samaria, «y ved los grandes tumultos dentro de ella, «y las opresiones en medio de ella».

10 Y no saben hacer lo recto, dice Jehová, atesorando el fruto de robo y de rapiña en sus palacios.

11 Por tanto, así dice el Señor Jehová: ¡He aquí un adversario! ¡Y uno alrededor de la tierra! Y te quitará tu fortaleza, y tus palacios serán saqueados.

12 Así dice Jehová: Como cuando el pastor rescata de la boca del león dos patas o la punta de una oreja, así serán rescatados los hijos de Israel, que moran en Samaria en la esquina de una cama, y en Damasco sobre un lecho.

13 Oíd y testificad contra la casa de Israel, dice el Señor Jehová, Dios de los ejércitos:

14 Que en el día en que yo visite sobre él los pecados de Israel, visitaré también los altares de Bet-el; y serán quebrados los cuernos del altar, y caerán a tierra;

15 Y heriré la casa de invierno con la casa de verano, y perecerán las casas de marfil, y tendrán fin las casas grandes, dice Jehová.

Capítulo 4

1 Oíd esta palabra, vacas de Basán, que estáis en el monte de Samaria, que oprimís a los pobres, que quebrantáis a los menesterosos, que decís a vuestros señores: «Traed, y beberemos».

2 Jehová el Señor juró por su santuario que, he aquí, vienen sobre vosotras días en que os llevará con anzuelos, y a vuestros residuos con anzuelos de pescador;

3 Y saldréis por las brechas, cada una por delante de sí; y os arrojaréis desde el palacio, dice Jehová.

4 Id a Bet-el y prevaricad, y en Gilgal multiplicad la prevaricación, y traed por la mañana vuestros sacrificios, al tercer año vuestros diezmos,

5 Y quemad incienso con levadura en acción de gracias. Y pregonad ofrendas voluntarias, proclamadlas; porque así lo queréis, hijos de Israel, dice el Señor Jehová.

6 Pero yo también os di limpieza de dientes en todas vuestras ciudades, y falta de pan en todos vuestros términos; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová:

7 Yo también os detuve la lluvia cuando aún faltaban tres meses para la siega; e hice llover sobre una ciudad, y sobre otra ciudad no hice llover; una parte fue llovida, y la parte sobre la cual no llovió se secó;

8 Y venían dos y tres ciudades a una ciudad para beber agua, y no se saciaban; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová:

9 Os herí con viento solano y con tizoncillo; vuestros muchos huertos y vuestras viñas, (236) y vuestras higueras y vuestros olivares los devoró el pulgón; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová:

10 Envié entre vosotros mortandad al modo de Egipto; maté a espada a vuestros jóvenes, y cautivé vuestros caballos; hice subir el hedor de vuestros campamentos hasta vuestras narices; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová:

11 Os trastorné como Dios trastornó a Sodoma y a Gomorra, y fuisteis como tizón arrebatado del incendio; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová.

12 Por tanto, así haré contigo, Israel, y porque te he de hacer esto, prepárate para venir al encuentro de tu Dios, Israel.

13 Porque he aquí que el que forma los montes, el que crea el espíritu, el que declara al hombre cuál es su pensamiento, el que hace el alba y las tinieblas, el que pisa los lugares altos de la tierra: Jehová, Dios de los ejércitos, es su nombre.

Capítulo 5

1 Oíd esta palabra que yo levanto sobre vosotros, una lamentación, oh casa de Israel.

2 Caída está la virgen de Israel, y no volverá a levantarse; abandonada está en su tierra, no hay quien la levante.

3 Porque así dice el Señor Jehová: La ciudad de la cual salían mil, quedarán en ella cien; y aquella de la cual salían cien, quedarán diez para la casa de Israel.

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Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.