Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Amós 2: comentario de Juan Calvino
Amós 2:1
Amós profetiza aquí contra los moabitas y proclama acerca de ellos lo que hemos notado respecto a las demás naciones: que los moabitas eran del todo perversos, que no se podía esperar arrepentimiento, pues habían añadido crímenes a crímenes y llegado al punto más alto de la maldad; porque, como hemos dicho, el número siete lo significa. El profeta imputa, pues, aquí perversidad a los moabitas; y de aquí aprendemos que la venganza de Dios no vino apresuradamente sobre ellos, pues su maldad era intolerable ya que seguían así de crimen en crimen. Pero menciona una cosa en particular: que quemaron los huesos del rey de Edom.
Algunos toman aquí huesos por valor, como si el profeta hubiera dicho que toda la fuerza de Edom había sido reducida a cenizas; pero esta es una exposición forzada; y sus propios autores confiesan que se ven obligados a ella por necesidad, cuando no la hay. No les agrada el comentario de los rabinos: que el cuerpo de cierto rey había sido quemado, y que luego los moabitas habían empleado extrañamente las cenizas para hacer argamasa en lugar de cal. Así desvarían los rabinos a su manera acostumbrada; pues cuando se presenta un lugar oscuro, inventan enseguida alguna fábula; aunque no haya historia, ejercitan su ingenio en glosas fabulosas; y esto me desagrada del todo: pero ¿qué necesidad hay de recurrir a la alegoría, cuando podemos tomar simplemente lo que dice el profeta, que el cuerpo del rey de Edom había sido quemado? Pues el profeta, no lo dudo, imputa a los moabitas una crueldad bárbara. Desenterrar los cuerpos de los enemigos y quemar sus huesos es un acto inhumano y del todo bárbaro. Pero era más detestable en los moabitas, que tenían alguna conexión con el pueblo de Edom; pues descendían de la misma familia; y debía haberse mantenido la memoria de aquel parentesco, ya que Abraham crió a Lot, el padre de los moabitas; y así los moabitas tenían una obligación para con los idumeos. Si hubiera existido en ellos alguna humanidad, debían haber refrenado sus pasiones para no tratar tan cruelmente a sus hermanos. Ahora bien, cuando excedieron toda moderación en la guerra, y se ensañaron con cuerpos muertos y quemaron los huesos de los muertos, fue, como he dicho, una conducta sumamente bárbara. El sentido es, pues, que los moabitas ya no podían ser soportados; pues en este solo caso dieron un ejemplo de crueldad salvaje. Si hubiera habido en ellos una gota de humanidad, habrían tratado con más bondad a sus hermanos, los idumeos; pero quemaron hasta calcinarlos, es decir, hasta reducirlos a cenizas, los huesos del rey de Edom, y con ello demostraron que habían olvidado toda humanidad y justicia. Entendemos ahora el sentido del profeta.
Amós 2:2
Añade, por tanto, una amenaza: Enviaré fuego sobre Moab, y consumirá los palacios de קריות, Queriot. Hemos dicho que lo que el profeta quiere decir con estos modos de hablar es que Dios consumiría a los moabitas con un castigo violento como con un fuego ardiente, que los lugares fortificados no podrían impedirle ejecutar su venganza, y que aunque se enorgullecían de sus palacios, estos de nada les servirían.
Y añade: Morirá Moab con tumulto, con estruendo, con sonido de trompeta; es decir, enviaré enemigos fuertes que vendrán y no harán paz con los moabitas, sino que tomarán posesión de todo lugar, y de las ciudades fortificadas, por la fuerza y por la espada. Pues lo que el profeta quiere decir con el tumulto, el clamor y el sonido de trompeta es que los moabitas no caerían bajo el poder de sus enemigos por ciertos acuerdos y pactos, como cuando se hace una rendición voluntaria, que suele mitigar la ira hostil de los enemigos; no, dice, no será así; porque sus enemigos tendrán no solo sus riquezas, sino también sus vidas.
Amós 2:3
Añade finalmente: Y quitaré al juez de en medio de ella, y mataré a sus príncipes, dice Jehová. Dios declara aquí que el reino de los moabitas y el pueblo dejarán de ser; pues sabemos que los hombres no pueden existir como cuerpo sin algún gobierno civil. Dondequiera, pues, que hay una reunión de hombres, debe haber príncipes que los rijan y gobiernen. Por eso, cuando Dios declara que ya no habría juez entre los moabitas, es lo mismo que si hubiera dicho que su nombre sería borrado; pues si el pueblo de Moab hubiera continuado, habrían debido necesariamente, como hemos dicho, quedar entre ellos algunos príncipes. Cuando los príncipes son destruidos, el pueblo debe perecer también, pues no hay seguridad para él. El profeta no denuncia aquí, pues, un castigo temporal sobre los moabitas, sino ruina total, de la cual nunca se levantarían. Este es el sentido. Sigamos ahora adelante:
Amós 2:4-5
4. Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Judá, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque menospreciaron la ley de Jehová y no guardaron sus ordenanzas, y les hicieron errar sus mentiras, en pos de las cuales anduvieron sus padres.
4. Sic dicit Jehova, Super tribus sceleribus Jehudah, et super quatuor non convertam cum; quia spreverunt (vel, abjecerunt) legem Jehovae, et statuta ejus non custodierunt; et errare eos fecerunt mendacia sua, post quae ambulaverunt patres ipsorum:
5. Enviaré fuego a Judá, y consumirá los palacios de Jerusalén.
5. Et mittam ignem in Jehudah, qui devorabit palatia Jerusalem.
Amós 2:4
Amós vuelve ahora su discurso a la tribu de Judá y a aquel reino, que continuaba aún en la familia de David. Hasta ahora ha hablado de naciones paganas e incircuncisas: lo que dijo de ellas fue preludio de la destrucción que estaba cerca del pueblo escogido; pues si Dios no perdonaba a otros que habían pecado por ignorancia, ¿qué sería del pueblo de Israel, que había sido enseñado en la ley? Porque el siervo que, sabiendo la voluntad de su señor, no la hace, es digno de muchos azotes (Lc 12:47). Dios no podía, pues, perdonar a los hijos de Abraham, a quienes había adoptado como su pueblo peculiar, cuando infligía tan graves castigos a naciones paganas, cuya ignorancia, como comúnmente piensan los hombres, era excusable. Es verdad, en efecto, que todos los que sin ley pecaron perecerán justamente, como dice Pablo en Romanos 2; pero cuando se compara a los hijos de Israel con los miserables paganos que estaban sumidos en errores, estos últimos eran sin duda dignos de ser perdonados, en comparación con aquel pueblo que había mostrado su perversidad y, por así decirlo, se había propuesto deliberadamente atraer sobre sí la venganza de Dios.
El profeta, habiendo hablado hasta ahora de los gentiles, vuelve su discurso al pueblo escogido, los hijos de Abraham. Pero habla de la tribu de Judá, de la cual procedía, como dije al principio; y lo hizo para que nadie lo acusara de favorecer a sus compatriotas: había emigrado, en efecto, al reino de Israel, pero allí era forastero. Veremos ahora con cuánta severidad los reprendió. Si hubiera callado, pues, acerca de la tribu de Judá, habría podido estar sujeto a calumnia; pues muchos habrían podido decir que había connivencia entre él y sus propios compatriotas, que ocultaba sus vicios y que invectivaba ferozmente contra sus vecinos por una emulación perversa, a fin de transferir de nuevo el reino a la familia de David. Por eso, para que ninguna sospecha tal empañara su doctrina, el profeta cita aquí a juicio a la tribu de Judá y no habla en lenguaje más suave de los judíos que de las otras naciones: pues dice que ellos, por su terquedad, habían provocado de tal modo la ira de Dios que no había esperanza de perdón; pues tal era la masa de sus vicios que Dios ejecutaría ahora justamente la venganza extrema, ya que un castigo moderado no sería suficiente. Entendemos ahora, pues, el propósito del profeta.
Vengo ahora a las palabras: Porque menospreciaron, dice, la ley de Jehová. Aquí imputa a los judíos apostasía; pues habían desechado el culto de Dios y la doctrina pura de la religión. Este era un crimen gravísimo. Vemos, pues, que el profeta condena aquí libre y honestamente, como le convenía, los vicios de su propio pueblo, de modo que no quedó lugar a la calumnia cuando después se hizo severo censor y reprensor de los israelitas; pues no toca a la ligera algo malo en la tribu de Judá, sino que dice que eran apóstatas y pérfidos, por haber desechado la ley de Dios. Pero podría preguntarse por qué el profeta imputa a los judíos un crimen tan atroz, puesto que la religión, como hemos visto en las profecías de Oseas, seguía existiendo entre ellos. Pero a esto hay una respuesta pronta: el culto de Dios se había corrompido entre ellos, aunque no se habían apartado de él tan abiertamente como los israelitas. Quedaba, en verdad, la circuncisión entre los israelitas; pero sus sacrificios eran contaminaciones, sus templos eran burdeles: pensaban que adoraban a Dios; pero como se había edificado un templo en Betel contra el mandato de Dios, todo el culto era una profanación. Los judíos eran algo más puros; pero ellos también, lo sabemos, habían degenerado del culto genuino de Dios. Por eso el profeta no dice injustamente aquí que habían menospreciado la ley de Dios.
Pero debemos notar la explicación que sigue enseguida: que no guardaron sus ordenanzas. El modo, pues, con que Amós prueba que los judíos eran violadores del pacto, y que, tras repudiar la ley de Dios, habían caído en perversas supersticiones, es diciendo que no guardaron los preceptos de Dios. Podría parecer, sin embargo, que los trata aquí con demasiada severidad; pues alguien podría no guardar del todo los mandamientos de Dios por ignorancia, descuido o alguna otra falta, y no ser sin embargo violador del pacto ni apóstata. Respondo que en estas palabras del profeta no se reprocha a los judíos mera negligencia, sino que se les condena por apartarse deliberadamente, es decir, a sabiendas y voluntariamente, de los mandamientos de Dios, e idear para sí diversos modos de culto. No es, pues, guardar los preceptos de Dios cuando los hombres no permanecen bajo su ley, sino que se fabrican audazmente nuevas formas de culto; no tienen en cuenta lo que Dios manda, sino que se aferran a cualquier cosa agradable que se les ocurre. Este crimen condena ahora el profeta en los judíos; y de ahí venía que hubieran menospreciado la ley de Dios. Porque los hombres jamás deben presumir tanto como para cambiar algo en el culto de Dios; sino que debe influir en ellos la debida reverencia a Dios; si estuvieran persuadidos de esto, de que no hay sabiduría sino la que viene de Dios, ciertamente se limitarían a sus mandamientos. Siempre que inventan, pues, formas de culto nuevas y ficticias, muestran suficientemente que no tienen en cuenta lo que el Señor quiere, lo que manda, lo que prohíbe. Así, pues, menosprecian su ley, e incluso la desechan.
Este es un pasaje notable; pues vemos, primero, que el profeta condena un pecado gravísimo, y ese pecado es que los judíos no se limitaban a la ley de Dios, sino que se tomaban la libertad de innovar; esto es una cosa; y aprendemos también cuánto estima Dios la obediencia, que es mejor, como se dice en otro lugar, que todos los sacrificios (1 S 15:22). Y para que no pensemos que este es un pecado leve o insignificante, notemos la expresión: que menospreciaron la ley de Dios. Todos deben temer esto como la cosa más monstruosa; pues no podemos menospreciar la ley de Dios sin insultar su majestad. Y sin embargo el Espíritu Santo declara aquí que repudiamos y rechazamos la ley de Dios, a menos que sigamos del todo lo que ella manda y permanezcamos dentro de los límites que ella prescribe. Percibimos ahora lo que el profeta quiere decir.
Pero añade también que sus mentiras los engañaron o les hicieron errar. Confirma aquí su doctrina anterior; pues los judíos tenían siempre a mano una defensa: que hacían con buena intención lo que el profeta condenaba en ellos. ¡Ellos, ciertamente, adoraban a Dios con empeño, aunque mezclaban su propia levadura, con la cual sus sacrificios se corrompían: no era su propósito gastar en vano su hacienda, hacer grandes gastos en sacrificios y emprender mucho trabajo, si no hubieran pensado que era un servicio aceptable a Dios! Como, pues, el pretexto de la buena intención (como dicen) engaña siempre a los incrédulos, el profeta condena este pretexto y muestra que es del todo falaz y de ningún valor. «No sirve de nada», dice, «que aleguen ante Dios alguna buena intención; sus propias mentiras los engañan». Y Amós menciona sin duda aquí estas mentiras en oposición a los mandamientos de Dios. En cuanto los hombres se desvían de la palabra de Dios, se envuelven en muchas ilusiones y no pueden sino errar; y esto merece especial atención. En verdad vemos cuánta sabiduría se atribuye el mundo: pues en cuanto inventamos algo, nos deleitamos mucho en ello; y el mono, según el viejo proverbio, siempre se complace con su propia cría. Pero este vicio prevalece especialmente cuando con nuestras invenciones corrompemos y adulteramos el culto de Dios. Por eso el profeta declara aquí que todo lo que se añade a la palabra de Dios, y todo lo que los hombres inventan en su propio cerebro, es mentira: «Todo esto», dice, «no es sino impostura». Vemos ahora de qué sirve la buena intención: con ella, en verdad, los hombres se endurecen; pero no pueden hacer que el Señor se retracte de lo que una vez ha declarado por boca de su profeta. Procuremos, pues, permanecer dentro de los límites de la palabra de Dios y no saltar nunca ni a un lado ni a otro; pues cuando nos desviamos por poco que sea de la pura palabra de Dios, quedamos de inmediato envueltos en muchos engaños.
Sigue luego: En pos de las cuales anduvieron sus padres; literalmente es: Que sus padres han andado en pos de ellas: pero hemos dado el sentido. El profeta exagera aquí su pecado, el furor insaciable del pueblo; pues los hijos seguían ahora a sus padres. Este vicio, lo sabemos, prevaleció en todas las edades entre los judíos; dejando la palabra de Dios, siguieron siempre sus propios sueños y las ilusiones de Satanás. Puesto que Dios había intentado ya muchas veces corregir este vicio por sus profetas, y no seguía fruto alguno, el profeta les imputa aquí dureza, y con esta circunstancia realza el pecado de los judíos: «No es nada nuevo», dice, «que los hijos imiten a sus padres y sean del todo semejantes a ellos: son, pues, los malos huevos de malos cuervos». Así dijo también Esteban:
«¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros» (Hch 7:51).
Entendemos ahora la intención del profeta.
Pero de aquí aprendemos de qué sirve el subterfugio al que recurren los papistas cuando se jactan de la antigüedad. Pues oponen a la Ley, a los profetas y al Evangelio este escudo: que la suya es la religión antigua, que no han sido ellos los primeros fundadores, sino que siguen lo que se les ha transmitido desde los primeros tiempos y se ha observado durante muchos siglos. Cuando los papistas declaran todo esto con jactancia, piensan que dicen lo bastante para acallar a Dios y rechazar del todo su Palabra. Pero vemos cuán frívola es esta clase de argucias y cuán sin valor ante Dios: pues el profeta no concede a los judíos el ejemplo de los padres como excusa, sino que presenta su pecado como mayor porque siguieron a sus padres pérfidos, que habían abandonado la Ley del Señor. Lo mismo dice también Ezequiel:
«No andéis en los estatutos de vuestros padres» (Ez 20:18).
Amós 2:5
Vemos ahora qué clase de crimen es el de que habla el profeta. Por último sigue una amenaza: «Dice el Señor: Enviaré fuego a Judá, y consumirá los palacios de Jerusalén». Pero todo esto ya lo hemos explicado. Sigamos ahora adelante:
Amós 2:6
6. Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Israel, y por el cuarto, no revocaré su castigo; porque vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos.
6. Sic dicit Jehova, Super tribus sceleribus Israel et super quatuor non convertam cum (vel, ad eum,) quia emerunt (vel, vendiderunt: quidam enim deducunt a כרת, et putant מ esse literam formalem nominis: alii autem deducunt a מכר quod est vendere vel mercari; sed sensus Prophetae eodem redit, quia intelligit quasi ad nundinationem expositos fuisse justos; ideoque proestabit vertere, pretium ipsorum; quasi diceret, commercium non secus ac de merce voenale fuisse habitum; quoniam ergo emerunt) justum pro argento, et miserum pro calceamentis.
Amós 2:6
El profeta ataca aquí a los israelitas, a quienes había sido enviado, como hemos dicho al principio. Omite ahora toda referencia a otras naciones; pues su tarea era con los israelitas, de quienes fue designado especialmente maestro. Pero quiso poner ante ellos, como en diversos espejos, el juicio de Dios que les aguardaba, para despertarlos con mayor eficacia; y quiso también exhibir en los mismos judíos un ejemplo de la venganza extrema de Dios, aunque entre ellos había mayor pureza, al menos una religión más pura, y prevalecía todavía más reverencia a Dios. De este modo preparó a los israelitas, para que no rechazaran con obstinación y soberbia su doctrina. Se dirige ahora a ellos y dice que continuaban impasibles en sus muchos pecados. El sentido de todo es que si los moabitas, los idumeos, los tirios, los sidonios y otras naciones, y si los judíos igual que ellos, eran irreductibles en su obstinación, de modo que sus enfermedades eran incurables y su maldad tal que Dios ya no podía soportarla, los israelitas se hallaban también en la misma condición; pues también ellos continuaban perversos en su maldad, y provocaban a Dios, y no se arrepentían, aunque Dios había esperado largo tiempo y los había exhortado a arrepentirse.
Nos conviene ahora tener presente lo que ya hemos dicho: que si la impiedad estaba tan desenfrenada en aquella época y el desprecio de Dios prevalecía tanto que los hombres no podían ser devueltos a un sano juicio, y si la iniquidad desbordaba por doquier (pues Amós no acusa a unos pocos pueblos, sino a muchas naciones), cuidémonos hoy de que tales corrupciones no prevalezcan entre nosotros; pues, ciertamente, el mundo es ahora mucho peor que entonces: más aún, puesto que el profeta dice aquí que tanto los israelitas como los judíos eran del todo irreductibles en su obstinación, no hay excusa para nosotros hoy si nos engañamos con un nombre vacío porque tenemos el símbolo de la fe, por haber sido bautizados; y en caso de que tengamos otras marcas que parezcan pertenecer a la Iglesia de Dios, no pensemos que por eso estamos libres de culpa, si nos permitimos aquella indocilidad que el profeta condena aquí tanto en los israelitas como en los judíos; pues se habían endurecido contra toda instrucción, contra toda advertencia. Que estos ejemplos, pues, despierten nuestra atención, no sea que, como ellos, nos endurezcamos tanto que obliguemos al Señor a ejecutar sobre nosotros la venganza extrema.
Observemos ahora especialmente lo que el profeta pone a cargo de Israel. Comienza por sus obras crueles; pero todo el libro está ocupado con reprensiones; hay hasta el final una acusación continua respecto a aquellos crímenes que entonces prevalecían entre el pueblo de Israel. No señala, pues, un solo crimen particular, como respecto a las demás naciones; sino que escudriña todos los vicios de que el pueblo era culpable, como si quisiera disecarlos a fondo. Pero los iremos notando en su debido orden.
Ahora, en cuanto a lo primero, el profeta dice que el justo entre los israelitas era vendido por dinero, más aún, por zapatos. Podría preguntarse: ¿por qué no comienza con aquellas supersticiones en que superaban a los judíos? Pues si Dios había resuelto destruir Jerusalén y su propio templo porque habían caído en modos supersticiosos y espurios de culto, ¡cuánto más debía ejecutarse tal juicio sobre los israelitas, que habían pervertido toda la ley y se habían hecho del todo degenerados; y hasta la circuncisión no era sino una profanación del pacto de Dios! ¿Por qué, pues, no toca el profeta este punto? A esto respondo que, como la superstición había prevalecido ya muchos años entre ellos, el profeta no hace de esto ahora su tema; pero veremos después que no ha perdonado estas depravaciones impías que se habían desenfrenado entre los israelitas. Acusa, en efecto, con aspereza todas sus supersticiones; pero lo hace en su lugar adecuado. Era necesario comenzar ahora por los males comunes; y esto era mucho más oportuno que si hubiera hablado al principio de supersticiones; pues habrían podido decir que ciertamente adoraban a Dios. Prefirió, por tanto, condenar a los judíos por alejarse de los mandamientos puros de Dios; y en cuanto a los israelitas, reprende aquí sus vicios burdos. Pero después de haberles imputado crueldad, rapacidad desvergonzada y muchas concupiscencias, después de haber expuesto sus inmundas abominaciones, toma entonces la ocasión, por ser entonces más oportuna, de clamar contra las supersticiones. Nuestro profeta observó deliberadamente este orden, como veremos más plenamente por la conexión de su discurso.
Vuelvo ahora a las palabras: que vendieron al justo por dinero, y al pobre por zapatos. Quiere decir que no había justicia ni equidad entre los israelitas, pues hacían venta de los hijos de Dios: y era una cosa vergonzosísima que no hubiera remedio para las injurias. Porque de aquí, sin duda, aprendemos que el profeta dirige su reprensión contra los jueces que entonces ejercían autoridad. El justo, dice, es vendido por dinero: esto no podía aplicarse a particulares, sino a jueces, a quienes correspondía tender una mano de ayuda a los miserables y a los pobres, vengar los agravios y dar a cada uno su derecho. Es lo mismo, pues, que si el profeta hubiera dicho que reinaba triunfante entre los israelitas una licencia desenfrenada, de modo que los justos eran expuestos como presa y puestos, por así decirlo, en venta. Dice primero que eran vendidos por dinero, y luego añade por zapatos: y esto debe observarse con cuidado; pues cuando los hombres comienzan a desviarse del camino recto, se abandonan al mal sin ninguna vergüenza. Cuando se intenta por primera vez desviar a un hombre justo, íntegro y libre de corrupción, no es vencido de inmediato; aunque se le ofrezca un gran precio, permanecerá firme; pero cuando ha vendido su integridad por diez piezas de oro, después puede ser comprado con facilidad, como suele ocurrir con las mujeres. Una mujer, mientras es pura, no puede ser fácilmente apartada de su fidelidad conyugal; sin embargo puede ser corrompida por un gran precio; y una vez corrompida, se prostituirá después, de modo que pueda ser comprada por un mendrugo de pan. Lo mismo ocurre con los jueces. Los que al principio codician dinero, es decir, los que no pueden ser corrompidos sino con un soborno rico y pingüe, después trocarán su integridad por la más ínfima recompensa; pues ya no queda en ellos ninguna vergüenza. Esto es lo que el profeta señala con estas palabras: que vendieron al justo por dinero, es decir, que lo vendieron por un precio alto, y luego que se corrompían con el más mezquino regalo, de modo que si alguien les ofrecía un par de zapatos, estarían dispuestos a recibir tal soborno sin rubor alguno.
Vemos, pues, ahora el crimen del que Amós acusó a los israelitas. No podían oponer aquí una objeción, como habrían podido hacer si tocara sus supersticiones. Quiso, por tanto, adquirir autoridad reprobando primero sus crímenes manifiestos y evidentes. Después, como se ha dicho, habla en su lugar propio de aquel culto ficticio que ellos abrazaron tras rechazar la Ley de Dios. Sigue:
Amós 2:7
7. Que pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos, y tuercen el camino de los humildes; y el hijo y su padre se llegan a la misma joven, profanando mi santo nombre.
7. Anhelantes super pulverem terrae ad caput inopum, viam miserorum (vel, pauperum) deflectere facient: vir et pater ejus ingredientur ad puellam ut profanent nomen sanctum meam (vel, nomen sanctitatis meae.)
Amós 2:7
Aquí Amós les imputa primero una avaricia insaciable: anhelaban las cabezas de los pobres en el polvo de la tierra. Este lugar, en mi opinión, no ha sido bien entendido. שאף, shaph, significa jadear y respirar, y se toma a menudo metafóricamente como desear; por eso algunos traducen las palabras: «Desean que las cabezas de los pobres estén en el polvo de la tierra»; es decir, están ansiosos por ver a los inocentes derribados y postrados en tierra. Pero no hacen falta muchas palabras para refutar este comentario; pues veis que es forzado. Otros dicen que en su codicia arrojaban a los miserables al polvo; piensan, pues, que una codicia depravada está unida a la violencia, y ponen el deseo por el hecho mismo.
Pero ¿qué necesidad hay de recurrir a estos sentidos ajenos, cuando las palabras del profeta son en sí bastante llanas y claras? Dice que jadeaban por las cabezas de los pobres en el suelo; como si hubiera dicho que no se contentaban con derribar a los miserables, sino que boqueaban ansiosos hasta destruirlos por completo. No hay, pues, nada que cambiar ni añadir en las palabras del profeta, que concuerdan bien entre sí y significan que por codicia jadeaban por las cabezas de los pobres después de que los pobres habían sido derribados y yacían postrados en el polvo. La misma miseria de los pobres, a quienes veían en su poder y tendidos a sus pies, debía haberlos satisfecho; pero cuando una codicia tan insaciable los inflamaba todavía, de modo que jadeaban por más castigo sobre los pobres y miserables, ¿no era un furor del todo desmedido? Percibimos ahora el sentido del profeta: señala de nuevo lo que ha dicho en el versículo anterior: que los israelitas estaban entregados a la rapacidad, la avaricia y la crueldad de toda clase.
Añade por último: y pervierten el camino de los humildes. Sigue invectivando contra los jueces; pues apenas puede convenir a los particulares, sino que propiamente corresponde a los jueces pervertir la justicia y violar la equidad por soborno; de modo que el que tenía la mejor causa salía perdiendo, porque no traía un soborno suficientemente amplio. Vemos ahora cuál era la acusación que presentó contra los israelitas. Pero sigue otra imputación, la de la entrega a las concupiscencias.
Oración.
Concede, Dios omnipotente, que, ya que vemos tan graves castigos ejecutados en otro tiempo sobre incrédulos que nunca habían gustado el conocimiento puro de tu palabra, seamos advertidos por su ejemplo, de modo que nos abstengamos de toda maldad y permanezcamos en pura obediencia a tu palabra; y que, como nos has dado a conocer que aborreces todas aquellas supersticiones y depravaciones por las que nos apartamos de tu palabra, concede, oh, que estemos siempre atentos a aquella regla que tú nos has prescrito en la Ley, lo mismo que en los profetas y en el Evangelio, para que permanezcamos constantemente en tus preceptos, y dependamos por completo de las palabras de tu boca, y nunca nos desviemos ni a la derecha ni a la izquierda, sino que glorifiquemos tu nombre, como nos has mandado, ofreciéndote un culto verdadero, sincero y espiritual, por Cristo nuestro Señor. Amén.
Lección quincuagésima segunda
Sigue, en el versículo siete, que el hijo y el padre se llegaron a la misma joven. El profeta imputa aquí al pueblo de Israel las concupiscencias desenfrenadas que prevalecían entonces entre ellos; que eran promiscuas e incluso incestuosas. Es, lo sabemos, una monstruosidad detestable que un padre y un hijo tengan relación con la misma mujer; pues el sentir común de la humanidad aborrece tal infamia. Pero los israelitas estaban tan entregados a sus propias concupiscencias que el padre y el hijo tenían en común a la misma mujer; como en verdad debe ocurrir cuando los hombres se permiten excesivas licencias. Una ramera admitirá, ciertamente, sin dificultad a un hijo y a un padre sin diferencia alguna, pues no tiene vergüenza; y ningún temor de Dios refrena a las mujeres perdidas, entregadas a la inmundicia. De ahí que se haga cosa común que un padre y un hijo se contaminen con un concubinato incestuoso. Pero no es disminución de la culpa ante Dios cuando los hombres, cegados por sus concupiscencias, no hacen diferencia alguna, y sin discriminación y sin vergüenza siguen sus propias inclinaciones pecaminosas. Siempre que esto ocurre, prueba ciertamente que no hay temor de Dios y que hasta el sentir común de la naturaleza se ha extinguido. Por eso el profeta condena ahora con justicia en los israelitas este crimen: que el padre y el hijo se llegaron a la misma mujer.
Se añade también una ampliación de este crimen: que así profanaban el santo nombre de Dios. Sabemos, en verdad, que el pueblo de Israel fue escogido con este fin: que el nombre de Dios fuera invocado por ellos; y bien conocida es aquella declaración, repetida a menudo por Moisés:
«Santos seréis, porque yo soy santo» (Lv 11:44).
Por tanto, los hijos de Israel no podían contaminarse sin profanar al mismo tiempo el nombre de Dios, que estaba grabado en ellos. Dios se queja, pues, aquí de esta profanación; pues los hijos de Israel no solo se contaminaban a sí mismos, sino que profanaban también todo lo que había de sagrado entre ellos, por cuanto el nombre de Dios quedaba expuesto al oprobio cuando el pueblo se entregaba así a sus inmundas concupiscencias. Entendemos ahora lo que el profeta quiere decir. Sigue:
Amós 2:8
8. Y sobre las ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar; y el vino de los condenados beben en la casa de su dios.
8. Et super vestes oppignoratas accubuerunt prope omne altare, et vinum damnatorum biberunt in domo Dei sui.
Amós 2:8
Aquí el profeta vuelve a lanzarse contra la avaricia del pueblo, y dirige su discurso especialmente a los principales; pues lo que menciona no podía haberlo hecho la gente común, ya que las clases bajas y humildes no podían hacer banquetes con despojos obtenidos mediante procesos judiciales. El profeta condena aquí, pues, sin duda, el lujo y la rapacidad de los hombres de alta posición. Se acuestan, dice, sobre ropas empeñadas junto a cualquier altar. Dios había prohibido en su ley tomar de un pobre una prenda cuya falta le privaría de lo necesario para el sustento de la vida y para el uso diario (Éx 22:26). Por ejemplo, la ley prohibía tomar a un pobre su capa o su túnica, o tomar la cubierta de su lecho, o cualquier otra cosa que necesitara. Pero el profeta acusa ahora a los israelitas de que tomaban prendas y vestidos sin distinción alguna, y se acostaban sobre ellos junto a sus altares. Esto correspondía a los ricos.
Sigue luego otra cláusula que, hablando con propiedad, debe limitarse a los jueces y gobernantes: Han bebido el vino de los condenados en la casa, o en el templo, de su Dios. Esto puede entenderse también de los ricos, que acostumbraban entregarse al lujo con despojos mal habidos: pues litigaban sin causa; y cuando ganaban la sentencia a su favor, pensaban que les era lícito banquetear con más suntuosidad. Por tanto, esta expresión del profeta puede extenderse a cualquiera de los ricos. Pero parece condenar aquí más específicamente la crueldad y la rapacidad de los jueces. Percibimos ya, pues, lo que el profeta tenía en vista al decir que se acostaban sobre vestidos empeñados.
Dice luego que bebían vino procedente de las multas que se habían impuesto a los condenados. Pero hay que observar esta circunstancia que se añade: que se acostaban junto a los altares y bebían en el mismo templo; pues el profeta se burla aquí de la grosera superstición de los israelitas, que pensaban cumplir su deber para con Dios con tal que fueran al templo y ofrecieran sacrificios en el altar. Así, en efecto, suelen los hipócritas aplacar a Dios, como si alguien jugara con un niño por medio de muñecos. Esta ha sido una maldad muy común en todos los tiempos, y el profeta la imputa aquí a los israelitas: se atrevían a entrar en el templo con la frente alta, y a llevar allí las ropas empeñadas, y a banquetear con sus despojos. Los hipócritas siempre hacen del templo de Dios una cueva de ladrones (Mt 21:13), pues piensan que todo les es lícito con tal que, mediante el culto externo, den la apariencia de estar consagrados a Dios. Puesto que, pues, los israelitas se prometían impunidad y se tomaban libertad para pecar porque cumplían las ceremonias religiosas, el profeta los reprende aquí con aspereza: incluso se atrevían a hacer de Dios testigo de su crueldad llevando ropas empeñadas y mezclando sus despojos con sus sacrificios, como si Dios tuviera parte con los ladrones.
Vemos, por tanto, que el profeta no condena aquí solamente la rapacidad y la avaricia, sino que reprueba también la grosera superstición de los israelitas, porque pensaban que no habría castigo para ellos, aunque saquearan y robaran a los pobres, con tal que reservaran una parte del botín para Dios, como si un sacrificio de lo injustamente adquirido no fuera una abominación para él.
Pero se podría preguntar: ¿por qué condena así el profeta a los israelitas, si no tenían un templo sagrado? Sabemos también (como se ha dicho en otro lugar) que los templos en que pensaban adorar a Dios eran inmundos burdeles, llenos de toda obscenidad. ¿Cómo es, entonces, que el profeta se lanza ahora con tanta aspereza contra ellos porque mezclaban sus despojos con sus sacrificios impuros? A esto se responde que él tenía en cuenta sus opiniones, y se burlaba de la grosería de sus mentes, que jugaban así, de modo pueril, con el Dios que se habían imaginado. Lo mismo decimos hoy a los papistas: que mezclan lo profano con lo sagrado cuando prostituyen sus misas, y también cuando juegan con Dios en sus ceremonias. Es cierto que todo lo que hacen los papistas es abominación, pues toda su religión está adulterada; pero no cesan, con todo, de agraviar a Dios, cuyo nombre pretenden profesar. Tales eran también entonces los israelitas: aunque aún profesaban adorar a Dios, eran sin embargo sacrílegos; aunque ofrecían sacrificios a los becerros de Dan y de Bet-el, afrentaban sin embargo a Dios, pues siempre abusaban de su nombre. Este es, pues, el crimen que el profeta condena ahora en ellos. Pero debe recordarse lo que he dicho: que se reprende en los israelitas esta ciega seguridad, por la cual pensaban que los despojos eran lícitos con tal que profesaran adorar a Dios; pero así duplicaban su crimen, como hemos dicho, pues intentaban hacer de Dios el socio de los ladrones, mezclando como mezclaban sus contaminaciones con sus sacrificios. Sigamos adelante.
Amós 2:9-12
9. «Y yo destruí delante de ellos al amorreo, cuya altura era como la altura de los cedros, y fuerte como las encinas; y destruí su fruto arriba y sus raíces abajo.»
9. Et ego exterminavi Amorrhaeum a facie ipsorum, cujus proceritas erat sicut proceritas cedrorum, et qui fortis erat sicut quercus; et perdidi fructum ejus superne et radicem ejus subtus.
10. «Y a vosotros os hice subir de la tierra de Egipto, y por cuarenta años os conduje por el desierto, para que poseyeseis la tierra del amorreo.»
10. Et ego eduxi vos e terra Egypti, et deduxi vos (ambulare feci vos ad verbum) in deserto per quadraginta annos ad possidendam terram Amorrhaei.
11. «Y levanté profetas de vuestros hijos, y nazareos de vuestros jóvenes. ¿No es esto así, hijos de Israel? dice Jehová.»
11. Et suscitavi ex filiis vestris prophetas, et ex juvenibus vestris Nazaraeos: annon etiam hoc, filii Israel? dicit Jehovah.
12. «Pero vosotros disteis de beber vino a los nazareos, y a los profetas mandasteis diciendo: No profeticéis.»
12. Et propinastis Nazaraeis vinum, et super prophetis mandastis, dicendo, Non prophetabitis.
Amós 2:9
Dios discute aquí con los israelitas por su ingratitud. Recuerda los beneficios que antes había concedido a aquel pueblo, y luego muestra cuán indigna y vergonzosamente se habían conducido; pues olvidaron sus muchas bendiciones y despreciaron con soberbia a Dios, y obraron como si fueran semejantes a las demás naciones, y no estuvieran obligados a Dios por el singular beneficio de la adopción. La suma es, pues, que Dios se queja aquí de haber concedido mal sus bendiciones; y reprende al pueblo por su impiedad, porque no llevaron una vida más santa después de haber sido redimidos gratuitamente.
Dice primero: Yo exterminé al amorreo delante de ellos. Dios muestra aquí que fue vergonzosamente defraudado por los israelitas, por cuya causa había destruido antes a los amorreos. Pues ¿por qué fueron exterminados los amorreos, sino porque Dios quería limpiar la tierra, y también darle allí morada a su propio pueblo, para ser adorado con pureza? Entonces el pueblo de Israel debía haberse entregado por completo al servicio de Dios; pero como descuidaron hacerlo, frustraron el propósito de Dios, que había expulsado a los amorreos de aquella tierra, más aún, los había destruido totalmente. La primera queja es, pues, que los hijos de Israel no eran en nada mejores que los amorreos, aunque Dios les había dado la tierra, que fue quitada a sus nativos, para que habitaran en ella, y con la condición de que allí se adorara su nombre. Por eso dicen los profetas en otro lugar que eran amorreos. Debían haber sido un pueblo nuevo; pero como seguían los ejemplos de otros, ¿en qué se diferenciaban de ellos? Se les llama, por tanto, su posteridad. Pero el profeta no habla aquí con tanta severidad; solo reprende a los israelitas porque en nada se diferenciaban de los amorreos, de quienes sabían que habían sido destruidos para que ellos fueran introducidos en su lugar y sucedieran en su herencia.
Se añade luego que los amorreos eran altos de estatura, y también que eran hombres fuertes. Con estas palabras el profeta da a entender que los amorreos no fueron vencidos por el valor del pueblo, sino por el poder maravilloso de Dios. Sabemos, en efecto, que el pueblo de Israel les tenía temor, pues eran como gigantes. Habla, pues, el profeta aquí de su altura y fuerza para que los israelitas consideraran que no los vencieron por su propio valor, sino que la tierra les fue dada por un milagro, pues tenían que habérselas con gigantes, a quienes apenas se atrevían a mirar. Fue, pues, Dios quien derribó los cedros y las encinas delante de su pueblo. De aquí aprendemos que los israelitas no podían jactarse de sus propias fuerzas como si hubieran tomado posesión de la tierra porque por medio de la guerra echaron a sus enemigos; pues esto se hizo por la singular bondad de Dios. No habrían podido, en efecto, contender con sus enemigos si no se hubiera cumplido lo que el Señor había anunciado tantas veces: «Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Éx 14:14). Percibimos ahora la intención del profeta. Pero podemos aprender además que los israelitas no habían poseído la tierra porque fueran más excelentes que los amorreos, sus antiguos habitantes, sino porque así agradó a Dios. No había, pues, razón para que el pueblo de Israel se enorgulleciera por excelencia alguna. De aquí se ve que los que no consideraron este notable beneficio que se les hizo fueron más que doblemente ingratos para con Dios.
Dice que su fruto arriba y su raíz abajo fueron destruidos. Con esta metáfora Dios amplía lo que había dicho antes, que los amorreos habían sido exterminados de modo que no quedó ninguno de ellos. «He demolido —dice— o he destruido por completo la raíz de abajo y el fruto de arriba; he extinguido el nombre mismo de la nación.» Y sin embargo los israelitas no eran mejores, aunque los amorreos fueron así destruidos; sino que, habiendo sucedido en su lugar, se hicieron semejantes a ellos: esto era del todo inexcusable. Cuanto más severa había sido la venganza de Dios contra los amorreos, más debían haber ensalzado los israelitas su favor; pero cuando con los ojos cerrados pasaron por alto un testimonio tan notable del amor paternal de Dios, resulta que eran sumamente malvados e ingratos.
Amós 2:10
Añade luego: Yo os hice subir de la tierra de Egipto; os hice andar en el desierto por cuarenta años, para que poseyeseis la tierra del amorreo. Las circunstancias que aquí se especifican tienen por fin confirmar lo mismo: que Dios había redimido milagrosamente a su pueblo. Los hombres, lo sabemos, en su mayor parte disminuyen los favores de Dios; más aún, este mal es innato en nosotros. Esta es la razón por la cual el profeta describe y ensalza tan ampliamente la redención del pueblo. Por eso dice ahora que habían sido sacados de la tierra de Egipto. Y debían haber recordado cuál había sido su condición en Egipto; pues allí fueron oprimidos de la manera más miserable. Cuando, por tanto, se les ponía delante aquella salida, era lo mismo que si Dios les hubiera recordado cuán vergonzosamente habían sido tratados y cuán dura había sido su servidumbre en Egipto. Aquel comienzo debía haberlos humillado, y también estimulado al cultivo de la piedad. Cuando ahora exultaban con soberbia contra Dios, cuando ningún recuerdo de su liberación se apoderaba de ellos, el profeta les imputa justamente este vicio: «Mirad —dice—, yo os saqué de la tierra de Egipto; ¿qué erais entonces? ¿cuál era vuestra nobleza? ¿cuáles vuestras riquezas o caudales? ¿cuál vuestro poder? Pues los egipcios os trataban como a los más viles esclavos; vuestra condición era entonces sumamente ignominiosa; estabais como perdidos, y yo os redimí; y ahora está sepultado el recuerdo de tan ilustre beneficio, que merecía ser recordado para siempre.»
Añade luego: Os hice andar, etc. El profeta les recuerda aquí el desierto para que los israelitas supieran que Dios habría podido cerrarles con justicia la entrada a la tierra, aunque la había prometido en herencia a Abraham. Pues ¿cómo es que el Señor los llevó dando vueltas por tanto tiempo, sino porque ellos, en cuanto pudieron, habían negado a Dios y se habían hecho indignos de gozar de la tierra prometida? Entonces el profeta culpa aquí indirectamente a los israelitas de haber sido la causa por la cual Dios los detuvo cuarenta años sin introducirlos inmediatamente en la tierra prometida; lo cual habría podido hacerse con facilidad si ellos mismos no se hubieran cerrado la puerta con su ingratitud. Esta es una razón por la cual el profeta habla ahora de los cuarenta años. Y luego, como Dios había testificado de varias maneras su bondad hacia los israelitas, los había atado así más a sí mismo; pero un impío olvido había sepultado todos sus favores. Dios les hacía llover cada día maná del cielo; les dio también de beber de una roca seca; los guiaba de día con una columna de nube, y de noche con fuego; y sabemos también cuántas veces Dios los soportó, y cuántas pruebas les dio de su paciencia. El profeta, pues, al hablar aquí de los cuarenta años, quiso aconsejar a los israelitas que trajeran a la memoria los muchos favores con los cuales estaban obligados a Dios, mientras él los guiaba milagrosamente por cuarenta años en el desierto.
Amós 2:11
Añade ahora: Levanté profetas de vuestros hijos, y nazareos de vuestros jóvenes o hombres fuertes (pues בחרים, becharim, como hemos dicho en otro lugar, son llamados por los hebreos hombres escogidos); es decir, de vuestra juventud o de vuestros escogidos levanté nazareos. ¿No fue así, hijos de Israel? o ciertamente fue así: pues la partícula אף, aph, a veces es una simple afirmación, y a veces una adición. ¿No es, pues, verdad todo esto, hijos de Israel? dice Jehová. Dios les recuerda primero que había levantado profetas de entre sus hijos. Es una notable prueba del amor de Dios que se digne guiar a su pueblo por profetas: pues si Dios hablara él mismo desde el cielo, o enviara a sus ángeles, parecería mucho más digno; pero cuando se rebaja hasta emplear a hombres mortales y a nuestros propios hermanos, que son los agentes de su Espíritu, en quienes habita y por cuya boca habla, no puede estimarse, en verdad, como merece, que el Señor se acomode así a nosotros de manera tan familiar. Esta es la razón por la que dice ahora que había levantado profetas de sus hijos. Podrían haber objetado y dicho que él había introducido la Ley, y que entonces el cielo se conmovió y la tierra tembló; pero él habla de su favor cotidiano, de haberse complacido en hablar continuamente a su pueblo, por así decirlo, de boca a boca, y esto por medio de hombres: levanté, dice, profetas de vuestros hijos; es decir: «He escogido ángeles de en medio de vosotros.» Los profetas son, en efecto, como embajadores celestiales, y Dios manda que se les oiga, lo mismo que si él mismo apareciera en forma visible. Puesto que, pues, escoge ángeles de en medio de nosotros, ¿no es esto un favor inestimable? Vemos, por tanto, cuánta fuerza contiene este reproche, cuando el Señor dice que habían sido escogidos profetas de su propio pueblo.
Y menciona también a los nazareos. Por Números 6:1-8 se ve con suficiente claridad por qué Dios instituyó nazareos. Nada hay más difícil, lo sabemos, que inducir a los hombres a seguir una regla común; pues siempre buscan algo nuevo; y de ahí han surgido tantas invenciones, tantas adiciones, en suma, tantas levaduras con que se corrompe el culto de Dios; pues cada cual quiere ser más santo que otro y afecta alguna singularidad. Por si alguno quería, pues, consagrarse a Dios más allá de lo que se exigía comúnmente, el Señor instituyó una observancia peculiar, para que el pueblo no intentara nada sin al menos su permiso. Por eso, cuando alguien quería consagrarse a Dios, aunque todos eran santos, observaba sin embargo ciertas normas: se abstenía del vino; dejaba crecer su cabello; en una palabra, observaba aquellos ritos ceremoniales que hallamos en el capítulo ya citado. Dios recuerda ahora a los israelitas que no había omitido nada de lo que podía conservarlos puros y santos, e íntegros en su culto.
Después de haber relatado estas dos cosas, les pregunta: ¿No es verdad todo esto? Los hechos eran, en efecto, bien conocidos; se podría decir, pues, que la pregunta era superflua. Pero el profeta preguntó a los israelitas esto a propósito: ¿No es así?, para tocar más hondamente sus corazones. A menudo, en efecto, despreciamos las cosas bien conocidas, y vemos cuántos admiten sin cuidado lo que oyen, y pasan por alto las cosas sin pensar. Tal debió de ser el entorpecimiento de los israelitas; habrían podido confesar sin discutir que todo esto era verdad: que el Señor había levantado profetas de entre sus hijos, y que les había dado aquel servicio peculiar del que hemos hablado; pero habrían podido, al mismo tiempo, pasarlo todo por alto con desprecio, de no haberse añadido esto: «¿Qué pretendéis, oh israelitas? Bien veis que nada ha quedado sin hacer por mí para retener vuestro servicio; ¿cómo es, pues, que ahora vuestra codicia os aleja de mí, y que, habiendo sacudido el yugo, os desmandáis así contra mí?» Percibimos ahora por qué el profeta intercaló esta cláusula, pues era necesario que los israelitas fueran despertados con más aspereza, para que, convencidos, reconocieran su culpa.
Amós 2:12
Pero sigue ahora: A los nazareos disteis a beber vino, y a los profetas les impusisteis un mandato de que no profetizaran. Dios se queja aquí de que el servicio que había instituido fue violado por el pueblo. Parece, en efecto, una ofensa leve haber dado vino a los nazareos; pues el reino de Dios, lo sabemos, no es comida ni bebida (Ro 14:17); y aunque esta sentencia de Pablo aún no se había dado a conocer, era sin embargo verdadera en todos los tiempos. Era, pues, lícito a los nazareos beber vino, con tal que usaran moderación. A esto se responde simplemente que era lícito beber vino, pues ellos por su propia voluntad se comprometían a abstenerse de él. De manera semejante prohibió Dios a los sacerdotes beber vino o sidra siempre que entraban en el templo. Dios, en verdad, no quería ser servido con esta clase de ceremonia; pero su intención era mostrar, con tal rito, que se requiere mayor templanza en los sacerdotes que en el pueblo en general. Su propósito era, pues, apartarlos del modo común de vivir cuando entraban en el templo; pues eran como mediadores entre Dios y su pueblo: debían, por tanto, consagrarse de modo especial. Vemos ahora que a los sacerdotes se les recordaba con este símbolo externo que se requería en ellos mayor santidad que en el pueblo. Lo mismo hay que decir de los nazareos. Los nazareos podían beber vino; pero durante el tiempo en que se consagraban a Dios no se les permitía beberlo, para que con ello reconocieran que estaban en cierto modo separados de las costumbres comunes de los hombres y se habían acercado más a Dios. Entendemos ya por qué no era lícito a los nazareos beber vino.
Pero es frívolo que los papistas finjan este ejemplo y lo introduzcan en defensa de sus supersticiones y de sus votos necios y temerarios, que emprenden sin consideración alguna hacia Dios: pues Dios sancionó y confirmó expresamente todo lo que hacían los nazareos bajo la ley. Que los papistas muestren una prueba de sus votos monásticos y de los ritos necios con que ahora juegan con Dios. Sabemos también que hay gran diferencia entre los nazareos y los monjes papistas; pues los monjes hacen voto de celibato perpetuo; otros hacen voto de abstenerse de carne durante toda la vida; y estas cosas se hacen necia y temerariamente. Piensan, en efecto, que el culto de Dios consiste en estas bagatelas. Prometen lo que no está en su poder; pues renuncian al matrimonio cuando no saben si están dotados del don de la castidad. Y abstenerse de carne toda la vida es todavía más necio, porque hacen de ello una parte del servicio de Dios. Me asombra, al mismo tiempo, que aduzcan este ejemplo, ya que no hay nadie tan santo bajo el papado que se abstenga del vino. En cuanto a los cartujos y otros monjes de la clase más santa, parecen resueltos a vengarse de la abstinencia de carne, pues eligen el vino más dulce y más generoso; como si quisieran obtener una compensación por la pérdida y privación que sufren cuando prometen a Dios su abstinencia de carne, reservándose para sí el mejor vino. Estas cosas son sumamente ridículas. Además, es respuesta suficiente aducir lo que ya he dicho: que los nazareos no hacían bajo la ley sino lo que Dios en su palabra aprobaba y sancionaba.
Puesto que Dios reprendió, pues, con tanta aspereza y severidad a los israelitas por dar vino a los nazareos, ¿qué debe esperarse ahora, cuando transgredimos los principales mandamientos de Dios, cuando corrompemos todo su culto espiritual? Parecía aparentemente solo un pecado venial, por así decirlo, que los nazareos bebieran vino. Si se hubieran desmandado, o robado, o hecho mal a sus hermanos, o cometido falsedad, la acusación contra ellos habría sido sin duda mucho más atroz. Sin embargo, el profeta no deja ahora de quejarse amargamente de que bebieran vino. Entonces, puesto que Dios quiere que lo adoremos de manera espiritual, pesa sobre nosotros una acusación mucho más grave si violamos su culto espiritual. Por ejemplo, si ahora contaminamos los sacramentos, si corrompemos la pureza del culto divino, si tratamos su palabra con desprecio, más aún, si transgredimos en estos puntos principales de la religión, mucho menor es nuestra excusa. Recordemos, pues, que el profeta reprende aquí a los israelitas por dar vino a los nazareos.
Añade luego que mandaron a los profetas que no profetizaran. Es cierto que no se prohibía a los profetas hablar, al menos no se les prohibía expresamente; pero cuando se quita a los siervos de Dios la libertad de enseñar fielmente como deben hacerlo, y se les da un mandato a este efecto, es lo mismo que rechazar por completo su doctrina. Los israelitas querían que hubiera profetas entre ellos, y sin embargo no podían soportar sus claros reproches. Pero cuando habían contaminado el culto de Dios, cuando toda su conducta se hizo disoluta, los profetas se lanzaron con aspereza contra ellos: esta libertad no podían soportarla los israelitas; querían que se les perdonara y se les adulara. Lo que el profeta les imputa ahora es, pues, que prohibían a los siervos de Dios declarar la palabra con libertad y sinceridad como Dios les había mandado. Por eso dice: A los profetas impusieron el mandato de que no profetizaran.
Este mal reina hoy en el mundo. Sería, en verdad, una audacia execrable rechazar del todo la palabra del Señor; esto no se atreven a hacerlo abiertamente ni siquiera los impíos; pero quieren al mismo tiempo que se adopte algún término medio, para que Dios no ejerza plenamente su autoridad sobre ellos. Querrían de buen grado poner freno al Espíritu Santo, de modo que no le permitieran hablar sino dentro de ciertos límites: «Mira, de buena gana te permitimos algunas cosas, pero esto no lo podemos soportar: tanta aspereza es sumamente odiosa.» Y bajo el papado se suprime hoy por completo la libertad de profetizar; y entre nosotros, ¿cuántos hay que quieren imponer a los siervos de Dios leyes más allá de las cuales no deban pasar? Pero vemos lo que dice aquí el profeta: que la palabra de Dios es repudiada cuando se restringe la libertad de enseñar, y los hombres quieren ser adulados, y desean que sus pecados sean encubiertos, y no pueden soportar las amonestaciones libres.
Notemos también la palabra mandato que usa el profeta. צוה, tsue, significa ordenar, mandar o decretar con autoridad. El profeta no discute, pues, con ellos porque hubiera muchos que clamaban, que murmuraban contra los profetas, como sucede siempre; sino que condena más bien la audacia de los principales por atreverse a deliberar cómo podrían silenciar a los profetas y no permitirles la plena libertad de enseñar, como vemos que se hace aun ahora. Pues no solo en las tabernas y en los escondrijos clamen los impíos cuando se reprenden severamente sus pecados, sino que salen también públicamente y se quejan de que se concede demasiada libertad a los ministros de la palabra, y de que debería adoptarse alguna medida para hacerlos hablar con más moderación. Es, pues, este sacrilegio lo que el profeta reprende ahora cuando dice que los impíos mandaron a los profetas que no profetizaran, como si hicieran una ley, como si quisieran proclamar un decreto de que los profetas no hablaran con tanta audacia y libertad. Sigue ahora:
Amós 2:13
13. He aquí que yo estoy oprimido bajo vosotros, como se oprime un carro lleno de gavillas.
13. Ecce ego angustians (vel, angustiatus, constrictus, vel, constringens) in loco vestro (vel, sub vobis,) sicuti constringitur plaustrum quod plenum est manipulo (id est, manipulis.)
Amós 2:13
El verbo עיק, oik, en hebreo es a menudo transitivo, y es también neutro. Este lugar admite, pues, dos interpretaciones. La primera es que Dios estaba oprimido bajo los israelitas, como un carro gime bajo demasiado peso; y así se queja Dios por Isaías de que los israelitas lo agobiaban: «Me habéis dado trabajo con vuestros pecados» (Is 43:24). El sentido de que Dios estaba oprimido bajo ellos puede, pues, considerarse no inadecuado; y sin embargo la interpretación más recibida es esta: «He aquí que yo os apretaré como se aprieta un carro.» Yo me inclino, no obstante, más al primer sentido: que Dios reprende aquí a los israelitas porque había sido oprimido por ellos; pues תחתיכם, tacheticam, significa propiamente «bajo vosotros», lo que algunos traducen, pero forzadamente, «en vuestro lugar»; pues cuando el verbo es transitivo, dicen que תחתיכם, tacheticam, debe traducirse «en vuestro lugar»; pero esto es frío y forzado; y todo el pasaje correrá mejor si decimos: «Estoy apretado bajo vosotros, como si fuerais un carro lleno de gavillas»; es decir: «Me sois intolerables.» Pues Dios llevaba a aquel pueblo sobre sus hombros; y cuando lo cargaban con el peso de las iniquidades, no es extraño que dijera que eran como un carro, un carro lleno de muchas gavillas: «Sois ligeros como el viento, pero sois también muy pesados para mí, y me veo obligado por fin a sacudiros»; y esto lo muestra después.
Oración.
Concédenos, Dios omnipotente, que así como no solo nos has redimido por la sangre de tu Hijo unigénito, sino que también nos guías durante nuestra peregrinación terrenal y nos provees de todo lo necesario, concédenos, te rogamos, que no seamos olvidadizos de tantos favores, ni nos apartemos de ti y sigamos nuestros deseos pecaminosos, sino que permanezcamos sujetos a tu servicio, y nunca te agobiemos con nuestros pecados, sino que nos sometamos de buen grado a ti en verdadera obediencia, para que, glorificando tu nombre, te llevemos tanto en el cuerpo como en el alma, hasta que por fin nos reúnas en aquel reino bienaventurado que nos ha sido alcanzado por la sangre de tu Hijo. Amén.
Lección quincuagésima tercera
Amós 2:14-16
14. Por tanto, perecerá la huida del ligero, y el fuerte no afirmará su fuerza, ni el valiente salvará su vida:
14. Peribit fuga a veloce, et fortis non roborabit vires suas, et robustus non servabit (non liberabit) animam suam:
15. Ni se mantendrá firme el que maneja el arco; y el ligero de pies no escapará, ni el que monta a caballo salvará su vida:
15. Et tenens arcum non stabit, et velox pedibus suis non liberabit, neque ascensor equi liberabit animam suam.
16. Y el valeroso de corazón entre los fuertes huirá desnudo en aquel día, dice el Señor.
16. Et qui robustus est corde suo inter fortes nudus fugiet die illa, dicit Jehova.
Amós 2:14-16
Expliqué ayer el versículo en que el profeta dice, en nombre de Dios, que el pueblo era como una carga gravosa y pesada, como si fuera un carro cargado de muchas gavillas. Dije que las palabras del profeta son explicadas de otro modo por muchos intérpretes, que sostienen esta opinión: que Dios se compara a sí mismo con un carro cargado, bajo el cual el pueblo iba a ser aplastado. Pero ninguna necesidad nos obliga a tomar el mismo verbo en dos sentidos, activo y neutro, como ellos hacen; y además la comparación no parece del todo adecuada; y, por otra parte, es mejor, como he dicho, decir que Dios se queja de que estaba cargado y oprimido bajo el pueblo, que traducir תחתיכם, tacheticm, «en vuestro lugar»; pues esta es una traducción del todo forzada. Pero el sentido del profeta es muy adecuado cuando se entiende como la queja de Dios de que era cosa gravosa soportar las cargas del pueblo, cuando veía que eran hombres de ligereza y, al mismo tiempo, pesados.
Por eso el profeta denuncia ahora una venganza como la que merecían; y dice primero: Perecerá la huida del ligero, etc.; es decir, nadie será tan ligero que escape huyendo; y el valiente nada logrará peleando; pues afirmar la fuerza es cuando uno resiste al adversario y rechaza los asaltos. El valiente, por tanto, peleará sin ventaja alguna; y luego: El fuerte no salvará su propia vida; el que maneja el arco no se mantendrá firme; es decir, el que está equipado con un arco y rechaza a su enemigo desde lejos, no podrá mantenerse en su lugar. El ligero de pies no podrá huir, ni el que monta a caballo; lo cual significa que, sean de a pie o de a caballo, no podrán con su rapidez escapar de la muerte. Y por último, el que es robusto e intrépido de corazón entre los valientes huirá desnudo, contentándose solo con la vida y ocupado únicamente en proveer a su propia seguridad.
El profeta da a entender con todas estas palabras que la matanza del pueblo sería tan grave que sería un milagro si alguno escapaba.
Vemos, pues, con cuánta severidad trató el profeta a este pueblo desde el mismo comienzo. Sin duda observó su gran obstinación: pues no los habría atacado tan duramente al principio si no hubieran sido rebeldes durante largo tiempo y hubieran despreciado todas las advertencias y amenazas. Amós no fue el primero que les habló; sino que los israelitas se habían endurecido contra todas las amenazas antes de que él viniera a ellos. Le convenía, por tanto, reprenderlos con aspereza, pues Dios trata a los hombres según su disposición. Paso ahora al capítulo tercero.
Capítulo 3
Amós 3:1-2
1. Oíd esta palabra que el Señor ha hablado contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto, diciendo:
1. Audite verbum hoc quod pronunciat Jehova super vos, filii Israel, super totam familiam eduxi (vel, ascendere feci) e terra Aegypti, dicendo,
2. Solamente a vosotros he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, castigaré sobre vosotros todas vuestras iniquidades.
2. Tantummodo vos cognovi ex omnibus familiis terrae: propterea visitabo super vos omnes iniquitates vestras.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.