Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Amós 3: comentario de Juan Calvino

Amós 3:1

Sin duda el profeta quiso con estas palabras confirmar su propia autoridad, pues veía que su doctrina era mirada con desprecio; y es probable que las palabras que aquí se recitan no las pronunciara una sola vez, sino que las había repetido a menudo. Sabemos cuán grande era el orgullo y la confianza de aquel pueblo; era, pues, necesario abatirlo, para que se acostumbraran al temor y al respeto cuando Dios los reprendía por sus profetas.

Era, entonces, el modo común de hablar cuando decía: Oíd la palabra que Dios ha hablado acerca de vosotros, hijos de Israel. Presenta aquí el nombre de Dios para que supieran que no tenían que ver con un hombre mortal, ni con un pastor, como era él. Observamos aquí, por tanto, lo que acabo de referir: que el profeta procura reforzar su autoridad como maestro, para ganar más respeto entre el pueblo. Pero añade: acerca de toda la familia que yo hice subir de Egipto. Es cierto que este discurso no se dirigía sino a las diez tribus; ¿por qué habla entonces el profeta aquí tan en general? Precisamente porque el reino de Israel formaba la mayor parte de la raza de Abraham, y por esto se jactaban de que la adopción continuaba en su posesión. Puesto que, pues, despreciaban a la tribu de Judá y a la media tribu de Benjamín, que estaba unida con ella, y siempre se habían jactado de su gran número, el profeta dice aquí, a modo de concesión, que eran en verdad la simiente bendita, la posteridad de Abraham; en una palabra, el pueblo elegido, al que Dios había redimido de Egipto. El profeta no incluye, pues, aquí el reino de Judá, sino que concede a los israelitas aquello de que se jactaban: que eran el pueblo elegido, la raza santa de Abraham, la nación misma que había sido librada milagrosamente. «Concédanse, pues —dice—, todas estas jactancias; con todo, Dios no cesará por ello de ejecutar su juicio sobre ellos.»

Comprendemos ya el designio del profeta: primero procura ganar respeto para su doctrina, y toma ocasión para hablar de su propia vocación: que no traía nada de sí mismo, sino que cumplía fielmente el oficio que se le había encomendado; más aún, que era el órgano del Espíritu Santo, y que no aducía nada de su propia mente, sino que solo decía lo que el Señor le había mandado. Y luego, como los israelitas, confiando en su gran número, pensaban que se les hacía agravio cuando los profetas los reprendían con severidad, y como había entre ellos y el reino de Judá una rivalidad absurda, el profeta les concede aquello de que neciamente se enorgullecían; pero muestra, al mismo tiempo, que confiaban en vano en su número, puesto que Dios los citaba a juicio, aunque eran el pueblo elegido, y la simiente santa, y la nación redimida. Estos son los puntos principales.

Amós 3:2

El profeta declara luego lo que tenía encargado: Solamente a vosotros he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por vuestras iniquidades. Muchos piensan que aún concede a los israelitas aquello de lo que solían jactarse: que estaban separados de la clase común de los hombres, porque el Señor los había adoptado; pero parece más bien un reproche que se les hace. Dios presenta, pues, aquí sus beneficios, de los cuales notamos ayer un caso semejante, para realzar más el pecado del pueblo, que devolvía la peor recompensa a Dios, por quien habían sido tratados con tanta liberalidad y bondad: «Yo —dice— os he amado solamente a vosotros.» Es verdad, en efecto, que los israelitas, como hemos observado a menudo en otros lugares, se gloriaban de sus privilegios; pero el profeta no parece tener esto en vista. Dios discute, pues, con ellos por ser tan ingratos: A vosotros solamente, dice, he conocido. Es cierto, en efecto, que el cuidado de Dios se extiende a todo el género humano, más aún, a los bueyes y a los asnos, y a los mismos gorriones. Hasta los hijos de los cuervos claman a él, y el ave más pequeña es alimentada por él. Vemos, pues, que la providencia de Dios se extiende a todos los seres mortales; pero no en igual grado. Dios ha conocido siempre a todos los hombres de modo que les da lo necesario para conservar la vida. Por eso ha hecho salir su sol sobre todo el género humano, y ha hecho también que la tierra produzca alimento. Así, en cuanto a las necesidades de la vida, desempeña el oficio de Padre para con todos los hombres. Pero ha conocido a su pueblo escogido, porque lo ha separado de las demás naciones, para que fuera como su propia familia. Se dice, pues, que Israel fue conocido, porque Dios los favoreció solos con una adopción gratuita, y los destinó a ser un pueblo peculiar suyo. Este es el conocimiento del que ahora habla el profeta.

Pero al decir que solamente ellos, רק, rek, habían sido conocidos, muestra que habían sido escogidos por el singular favor de Dios, pues no había diferencia entre la simiente de Abraham y las demás naciones, considerados en sí mismos; de otro modo, esta excepción habría sido superflua. Pues si hubiera habido alguna superioridad o mérito en el pueblo de Israel, se habría podido hacer fácilmente esta objeción: «Ciertamente hemos sido escogidos, pero no sin causa, pues Dios tuvo en cuenta nuestra dignidad.» Pero como en nada diferían de las demás naciones, y como la condición de todos era igual por naturaleza, el Señor les reprocha que solamente a ellos había conocido; como si dijera: «¿Cómo ha sucedido que seáis mi posesión y herencia peculiar? ¿Ha sido por vuestro mérito? ¿Ha sido porque yo estaba más obligado a vosotros que a las demás naciones? No podéis alegar esto. Ha sido, pues, mi adopción gratuita. Estáis, por tanto, más obligados a mí, y es menos excusable vuestra ingratitud al darme una recompensa tan injusta.» Así dice también Pablo: «Porque ¿quién te distingue?» (1 Co 4:7). Quería mostrar que toda excelencia en los hombres debe atribuirse a Dios. Con el mismo fin se dice aquí: Solamente a vosotros he amado y conocido de todas las familias de la tierra: «¿Qué erais? Erais hijos de Adán, como todas las demás naciones; el mismo ha sido el comienzo de todos. No hay, pues, razón para que digáis que yo estaba apegado a vosotros por alguna predilección; os escogí gratuitamente, y os escogí a vosotros solos.» Todo esto tiende a magnificar la gracia; y la ingratitud de su parte resulta con ello más evidente. Pues si Dios hubiera dicho estas palabras de sus beneficios generales, la culpa de su pueblo escogido no habría sido tan grande; pero cuando dice que solo ellos habían sido escogidos, mientras otros fueron pasados por alto, su impiedad parecía sin duda más baja y perversa por no reconocer a Dios a su vez, de modo que se consagraran por completo a aquel a quien debían todo.

Y la generosidad de Dios resplandece también en que había conocido a los israelitas solos, aunque había muchas otras naciones. Si Dios hubiera debido algo a los hombres, no se lo habría negado; esto es cierto. Pero puesto que repudió a todas las demás naciones, se sigue que fueron justamente rechazadas, cuando no hizo cuenta de ellas. ¿De dónde procedió, pues, que escogiera a los israelitas? Vemos aquí cuán alto es ensalzada la gracia de Dios con esta comparación de un pueblo con todas las demás naciones. Y lo mismo se desprende también de estas palabras: de todas las familias de la tierra; como si Dios hubiera dicho: «Había muchas naciones en el mundo, el número de los hombres era muy grande; pero a todos los consideré como nada, para tomaros bajo mi protección; y así me contenté con un pequeño número, siendo todos los hombres míos; y esto lo he hecho por puro favor, pues no había en vosotros nada por lo cual superarais a los demás, ni ellos podían alegar que habían sido rechazados injustamente. Puesto que, pues, os preferí por mi propia voluntad, es evidente que yo no tenía obligación alguna para con vosotros.» Entendemos ya, pues, el designio de las palabras del profeta.

Añade luego: Por tanto, castigaré en vosotros vuestras iniquidades. Dios declara aquí que los israelitas tendrían que sufrir un juicio más pesado, porque no reconocían sus obligaciones para con Dios, sino que parecían despreciar deliberadamente su favor y menospreciarlo a él, autor de tantas bendiciones. Puesto que, pues, los israelitas estaban obligados por tantos y tan singulares beneficios, y eran al mismo tiempo tan malvados como las demás naciones, el profeta muestra que merecían un castigo más pesado, y que el juicio de Dios, tal como lo merecían, estaba cercano. Esta es la sustancia de todo. Sigue ahora:

Amós 3:3-8

3. ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?

3. An duo ambulabunt simul nisi inter ipsos conveniat?

4. ¿Rugirá el león en el bosque sin tener presa? ¿Dará el leoncillo su rugido desde su guarida, si no ha apresado nada?

4. An rugiet leo in sylva et praeda non erit ei? an dabit leo (vel, leunculus edet, vel, emittet) vocem suam e cubili suo (vel, lustro) quum nihil ceperit?

5. ¿Caerá el ave en el lazo sobre la tierra, sin que haya trampa para ella? ¿Se levantará el lazo de la tierra sin haber apresado nada?

5. An cadet avis super laqueum ad terram absque aucupe (et auceps non erit ei? Ad verbum;) an tollet auceps laqueum ex terra priusquam capturam ceperit? (ad verbum, et capiendo non capiet: sed ego redidi sensum Prophetae.)

6. ¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?

6. An clanget tuba in urbe et populus non contremiscet? An erit malum in urbe quod Jehova non fecerit?

7. Porque (o ciertamente) no hará nada el Señor Jehová sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.

7. Quia (vel, certe) non faciet Dominator Jehova quidquam nisi revelaverit secretum suum servis suis Prophetis.

8. Si el león ha rugido, ¿quién no temerá? Si el Señor Jehová ha hablado, ¿quién no profetizará?

8. Leo rugivit, quis non timeat? Dominator Jehova locutus est, quis non prophetet?

Amós 3:3

El profeta acumula aquí semejanzas que pueden, sin embargo, reducirse a cinco puntos. Muestra primero que no pronunciaba palabras vacías, sino que tenía la autoridad de Dios para lo que decía; y lo invoca como su testigo y aprobador: esto es una cosa. Muestra luego que Dios anuncia deliberadamente el castigo que infligiría a los transgresores, para que a tiempo se arrepintieran, y que no clama sin motivo, como los hombres irreflexivos se encolerizan por nada, sino que es movido a la ira por causas justas, y por eso los aterra por sus profetas. Enseña, en tercer lugar, que nada sucede por casualidad, para que los israelitas consideraran con más atención los juicios de Dios. En cuarto lugar, declara que los hombres son sumamente estúpidos cuando no los mueven las amenazas que oyen proceder de Dios. Da a entender, en quinto lugar, que su ejecución estaba lista para cumplirse, y que cuando Dios ha anunciado algo, sus amenazas no son vanas, como aquellas con que se aterra a los niños.

Estos son, pues, los cinco puntos, que observaremos después en su debido orden. Confirma al mismo tiempo lo que había dicho al comienzo del capítulo: que Dios no tomaba venganza súbitamente de los israelitas, sino que los llamaba al arrepentimiento, con tal que fueran sanables. Había hablado antes, en efecto, con más claridad: «Por tres pecados, y por el cuarto, no seré propicio a ellos»; pero ahora reclama la atención del pueblo de Israel: «Oíd esto, hijos de Israel: ¿Andarán dos hombres juntos, si no estuvieren de acuerdo entre sí?» Con estas palabras enseña que, aunque Dios habría podido traer sobre ellos el castigo inmediata e inesperadamente, los perdonaba sin embargo y suspendía su juicio hasta que se arrepintieran, con tal que no fueran del todo incorregibles. Amós confirma ahora, pues, la verdad de que Dios no castigaría a los israelitas como podía hacerlo con justicia, sino que probaría primero si había alguna esperanza de arrepentimiento.

Vengamos ahora a la primera semejanza; pregunta: ¿Andarán dos juntos sin estar de acuerdo? Algunos aplican mal, con violencia, las palabras del profeta, como si el sentido fuera que Dios se veía obligado a apartarse de aquel pueblo, porque veía que se extraviaban tan perversamente tras sus deseos. El sentido, según ellos, sería: «¿Queréis que yo ande con vosotros?», es decir: «¿Queréis que mi bendición habite entre vosotros, que os muestre, como de costumbre, mi amor paternal y os sustente con largueza? ¿Por qué entonces no andáis conmigo, o por qué no habría de haber mutuo acuerdo? ¿Por qué no me correspondéis? Pues yo estoy dispuesto a andar con vosotros.» Pero esta exposición, como veis, es demasiado forzada. Hay otras dos, que son estas: o bien que el profeta da a entender aquí que tantos siervos de Dios no amenazaban en vano a los israelitas, como si fuera con una sola boca; o bien que el acuerdo de que habla era el de Dios con sus profetas. Esta última exposición, por ser algo oscura, requiere explicarse con más claridad. Algunos toman, pues, el sentido de este versículo como sigue: «No soy yo el único que os anuncia castigo; pues Dios os ha advertido antes por otros profetas; muchos de ellos viven aún; y veis cuán bien concordamos entre nosotros: no hemos conspirado a la manera de los hombres, y no ha sucedido por ningún pacto que Isaías y Miqueas os anuncien lo que oís de mi boca. Es, pues, una concordia oculta, que procede del Espíritu Santo.» Este sentido no es inadecuado.

Pero hay un tercero igualmente apropiado, al que me he referido brevemente, y es que el profeta afirma aquí que habla por mandato de Dios, como cuando dos se ponen de acuerdo siguiendo el mismo camino; como cuando uno se encuentra con un compañero casual, le pregunta adónde va, y cuando este responde que va a cierto lugar, le dice: voy por el mismo camino que tú. Amós, pues, con esta semejanza expone muy oportunamente la concordia entre Dios y sus profetas; pues estos no se entrometían temerariamente para anunciar algo según su propia voluntad, sino que esperaban el llamamiento de Dios, y estaban plenamente persuadidos de que no se extraviaban por casualidad, sino que seguían el camino que el Señor había señalado. Esto no habría podido ser por sí mismo una prueba suficientemente satisfactoria de su llamamiento; pero el profeta había comenzado ya su carrera de enseñanza; y aunque casi todo el pueblo clamaba contra él, había dado sin embargo pruebas no oscuras de su llamamiento. No menciona aquí, pues, toda la evidencia, como si pretendiera mostrar que era desde el principio profeta de Dios; sino que solo confirma, a modo de reproche, lo que su enseñanza había atestiguado antes lo bastante. Por eso pregunta: ¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo entre sí?, como si dijera: «Os equivocáis al juzgarme, como si yo estuviera solo, y al no hacer cuenta de Dios: pensáis que soy un pastor, y esto es verdad; pero debe añadirse que soy enviado por Dios y dotado del don de profecía. Puesto que, pues, hablo por el Espíritu de Dios, no ando solo; pues Dios va delante, y yo soy su compañero. Sabed, pues, que todo lo que presento no procede de mí, sino que Dios es el autor de lo que enseño.»

Este parece ser el genuino sentido del profeta: con esta semejanza afirma que cumplía fielmente su oficio, pues no se había separado de Dios, sino que era su compañero: como cuando dos se ponen de acuerdo para recorrer el mismo camino; así muestra también que él y Dios estaban de acuerdo. Si, no obstante, se aprueba más la interpretación anterior, no disputaré el punto; es decir, que el profeta confirma aquí su propia doctrina alegando que no estaba solo, sino que tenía otros colegas; pues no era pequeña confirmación que resultara evidente que los otros profetas añadían su testimonio a lo que él enseñaba. Como, sin embargo, él no aplica esta semejanza de ese modo, no sé si tal fue su designio; por eso he presentado lo que me parece una opinión más sencilla.

Amós 3:4

Sigue la segunda semejanza: ¿Rugirá el león en el bosque sin presa? ¿Dará su voz el león desde su guarida cuando nada ha apresado? Con este versículo da a entender que Dios no clama en vano por sus profetas; pues los impíos suponían que el aire solo se hacía resonar con un sonido vacío cuando los profetas amenazaban: «Estas —decían— son meras palabras»; como si en verdad no pudieran descubrir que la necesidad de clamar nacía de ellos mismos, porque habían provocado a Dios con sus vicios. Por eso el profeta, saliendo al paso de su objeción, dice: «Si los leones no rugen sino cuando han conseguido una presa, ¿clamará Dios desde el cielo y hará llegar su voz hasta la tierra, cuando no hay presa?» El sentido es que los israelitas despreciaban muy vergonzosamente la palabra de Dios, como si no hubiera razón para clamar, como si Dios jugara con ellos. Su palabra es, en efecto, preciosa, y no se arroja sin cuidado al aire, como si fuera mera basura; sino que es una simiente inestimable. Puesto que el Señor clama, no es, dice Amós, sin causa legítima. ¿Cómo así? Los leones no rugen, en efecto, sin presa; Dios, pues, no clama por sus profetas sino por la mejor razón. De ahí se sigue que los israelitas eran hasta entonces sumamente estúpidos, puesto que no escuchaban con más empeño y atención la enseñanza de los profetas, como si Dios hubiera emitido solo un sonido vacío.

Amós 3:5

Sigue ahora la tercera semejanza: ¿Caerá el ave en la tierra, dice, sin que haya cazador? El profeta quiere decir aquí que nada sucede sin ser previsto por Dios; pues así como se tienden redes para las aves, Dios enreda a los hombres con sus castigos ocultos. Inesperadamente, en verdad, viene la calamidad, y comúnmente se atribuye al azar; pero el profeta nos recuerda aquí que Dios tiende sus redes, en las cuales los hombres son apresados, aunque piensen que rige el azar y no adviertan la mano de Dios. Se engañan, dice; pues el ave no prevé el lazo que se le ha preparado; pero sin embargo no cae en la tierra sin que haya cazador: pues las redes no se tejen solas por casualidad, sino que las hace la industria del hombre que caza aves. Así también las calamidades no suceden por casualidad, sino que proceden del propósito secreto de Dios. Pero debemos observar que las semejanzas no deben aplicarse con demasiada rigidez al asunto de que se trata. Si alguien preguntara cómo pudo Dios compararse aquí con un cazador, siendo que hay astucia y artificio en cazar aves inocentes cuando se les tienden redes, sería una pregunta frívola; pues es bastante evidente lo que el profeta quiso decir, y que el designio de sus palabras era mostrar que los castigos caen sobre los hombres y que son enredados por el propósito secreto de Dios; pues Dios ha previsto desde hace mucho lo que hará, aunque los hombres obren sin cuidado, como las aves que nada prevén.

Sigue luego, en cuarto lugar: ¿Quitará el cazador su lazo antes de haber hecho una captura? En esta segunda cláusula el profeta da a entender que la amenaza de Dios no quedaría sin efecto; pues ejecutará todo lo que declara. Es cierto, en verdad, que los cazadores vuelven a menudo a casa con las manos vacías, y recogen sus redes aunque nada hayan apresado; pero el profeta, como he dicho, al usar estas semejanzas, solo expone lo que los cazadores suelen hacer cuando tienen esperanza de alguna presa. Por ejemplo, cuando uno tiende sus redes, esperará, y no recogerá sus redes hasta tomar alguna presa, si llegara a venir alguna; puede, en efecto, esperar en vano toda la noche. Así como los cazadores no se cansan y no quieren perder su trabajo después de haber tendido sus redes, así también dice el profeta que Dios no proclama en vano sus amenazas para que sirvan de vanos espantajos, sino que sus redes permanecen hasta que haya tomado su presa; lo cual significa que Dios ejecutará realmente lo que ha amenazado por sus profetas. El sentido es, pues, que la palabra de Dios no es ineficaz, sino que cuando Dios declara algo, es seguro que se cumplirá; y por eso reprende a los israelitas por recibir tan descuidadamente y con oídos sordos todas las amenazas de Dios, como si solo jugara con ellos. «No será —dice— como esperáis; pues Dios tomará su presa antes de recoger sus redes.»

Amós 3:6

Añade, en último lugar: ¿Sonará la trompeta y no temblará el pueblo? Aquí reprende, como he dicho, el entorpecimiento del pueblo, para quien todas las amenazas eran un juego: «Cuando suena una trompeta —dice—, todos tiemblan; pues es señal de peligro. Todos, entonces, o huyen en busca de ayuda o quedan atónitos, cuando suena la trompeta. Dios mismo clama, y su voz merece mucha más atención que la trompeta que llena de espanto el ánimo de los hombres; y sin embargo es un sonido emitido a sordos. ¿Qué prueba esto, sino que la locura se ha apoderado del ánimo de los hombres? ¿No están desprovistos de todo juicio y de toda facultad de razonar?» Vemos, pues, que el profeta quiso mostrar con estas palabras que los israelitas estaban de algún modo fascinados por el diablo, pues no pensaban en los males; y aunque sabían que Dios tocaba la trompeta y anunciaba ruina, permanecían sin embargo descuidados, y no se conmovían más que si todo estuviera en calma. Lo que resta no puedo terminarlo ahora.

Oración.

Concédenos, Dios omnipotente, que así como te complaces en exhortarnos cada día al arrepentimiento, y no ejecutas súbitamente tu juicio, con el cual podríamos ser abrumados en un instante, sino que nos das tiempo para buscar la reconciliación, concédenos, te rogamos, que ahora atendamos a tu enseñanza, y a todas tus amonestaciones y amenazas, y nos hagamos dóciles y obedientes a ti, no sea que, hallándonos endurecidos contra tu amenaza y del todo incorregibles, te veas obligado a traer sobre nosotros la venganza extrema; haz, pues, que nos sometamos de tal modo a ti con espíritu de docilidad y obediencia, que, puestos bajo la protección de tu Hijo, podamos invocarte verdaderamente como nuestro Padre, y hallarte tal en realidad, cuando nos muestres aquel amor paternal que has prometido, y que todos hemos experimentado desde el principio los que hemos invocado verdaderamente y de corazón tu nombre, por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.

Lección quincuagésima cuarta

En nuestra última lección se notaron estas palabras de Amós: que todo un pueblo tiembla al sonido de una trompeta; ahora parece añadir una frase del todo distinta, y dice: No sucede calamidad sino por Dios. Pero había dicho antes lo que ya notamos acerca del sonido de la trompeta, para que el pueblo entendiera que nada sucede por accidente, y que los castigos son infligidos por el Señor por causas justas; y esto lo confirma poco después diciendo que Dios no hacía nada sin haber revelado primero su secreto a sus profetas. El sentido es, pues, que el pueblo de Israel era sumamente estúpido por no haberse arrepentido después de tantas advertencias; más aún, permanecían todavía en su perversidad, aunque habían sido apremiados por los medios más poderosos.

Comprendemos ya, pues, lo que quiere decir el profeta; pero para que todo el asunto quede más claro, notemos esta frase intermedia: no hay mal en la ciudad que Dios no haya hecho. Con estas palabras el profeta nos recuerda que las calamidades no suceden por casualidad, como cree el vulgo de los hombres; pues las palabras «fortuna próspera o adversa» están, lo sabemos, en boca de todos, como si Dios estuviera ocioso en el cielo y no se cuidara de los asuntos humanos. Por eso, todo lo que sucede, el mundo suele atribuirlo a la fortuna. Pero el profeta muestra aquí que el gobierno de este mundo es administrado por Dios, y que nada sucede sino por su poder. No trata aquí, ciertamente, del pecado; sino que el profeta, según la costumbre, llama רעה, roe, mal, a todo lo que nos es adverso. Todo aquello, pues, que naturalmente rehuimos suele llamarse mal; y este modo de hablar sigue aquí Amós, así como se dice por Isaías que Dios tiene en su poder la noche y el día, la luz y las tinieblas, el bien y el mal (Is 45:7). Cuando allí se habla del bien y del mal, es cierto que se refiere a la prosperidad y la adversidad. Así también aquí, el profeta enseña que los hombres son castigados por Dios siempre que les sucede algo adverso, como si dijera que no rige la fortuna, como el mundo se imagina, y que las cosas no suceden al azar, sino que Dios es en todo tiempo el juez del mundo. En suma, Amós quiso llamar al pueblo a un examen de su vida, como si lo citara ante el tribunal de Dios; y mostró con señales externas evidentes que Dios estaba justamente ofendido con los israelitas: «Veis que se os trata con dureza; ¿pensáis que Dios duerme ocioso en el cielo? Puesto que nada sucede sino por la voluntad de Dios, ahora se propone despertaros tratándoos con tanta aspereza y severidad, para que conozcáis vuestros vicios.» Percibimos ahora, pues, el designio del profeta al decir que no había mal en la ciudad que Dios no hubiera hecho.

De manera semejante, también, Dios por Jeremías discute con aspereza con el pueblo, porque imputaban a la fortuna las matanzas de la guerra, el hambre y otros males. Cuando, por tanto, sucedía alguna calamidad, los judíos se quejaban de mala fortuna, como suele hacer el mundo. Dios se disgustó y reprendió severamente esta idea profana; pues así se le quitaba el gobierno del mundo: pues si algo sucediera contra su voluntad, otro tanto se restaría a su poder; y además los hombres se endurecerían en sus pecados; pues por grave que fuera el castigo que les infligiera, no reconocerían todavía su mano: podrían, en efecto, clamar bajo los golpes y sentir cuán severos eran sus azotes; pero no mirarían la mano del que golpea, que es lo principal, como se dice en otro lugar (Is 9:13). El profeta da, pues, por supuesto que, siempre que sucede alguna calamidad, los hombres son sumamente estúpidos si no se despiertan y reflexionan sobre sus pecados, y consideran las señales de la ira de Dios, de modo que huyan a él, y se confiesen culpables e imploren su misericordia.

Amós 3:7

Pero había hablado antes del sonido de la trompeta; pues así se quitaba toda excusa a los israelitas, ya que Dios no solo los había hecho volver al buen camino con sus azotes, sino que los había precedido con su palabra; y muestra cuán justamente estaba disgustado con ellos; por eso el profeta añade otra frase: Porque el Señor Jehová no hará nada sin revelar su secreto a sus siervos los profetas. El profeta declara en este versículo que Dios no trataba a los israelitas como a las naciones paganas; pues Dios castigaba a otros pueblos sin advertirles por su palabra; no citó a juicio ni a los idumeos, ni a los amonitas, ni a los egipcios, sino que ejecutó su venganza, aunque nunca les habló. Diferente fue su trato con los israelitas; pues Dios no solo trajo sobre ellos el castigo que merecían, sino que lo precedió con su palabra, y mostró de antemano qué mal los amenazaba, para que se adelantaran a evitarlo; les dio, en efecto, tiempo para arrepentirse, y estaba dispuesto a perdonarlos si hubieran sido capaces de ser restaurados. Ahora, pues, el profeta agrava la culpa del pueblo, porque no solo habían sido castigados por el Señor, sino que habrían podido, si hubieran querido, apartar su castigo; en vez de hacerlo, se endurecieron en su maldad.

Dios, pues, no hará nada sin revelar su secreto a sus siervos los profetas. Esto debe limitarse a aquel pueblo, y debe limitarse también a los castigos de que habla el profeta. Es cierto que Dios ejecuta muchos juicios que están ocultos tanto a los hombres como a los ángeles; y Amós no quiso imponer una necesidad a Dios, como si no fuera libre de hacer algo sin revelarlo previamente; tal no era el designio del profeta; sino que su objeto era simplemente condenar a los israelitas por su perversidad y obstinación incorregibles, porque, habiendo sido advertidos, no pensaban seriamente en arrepentirse, sino que despreciaban todas las amenazas de Dios, y hasta se burlaban de ellas. Dios no hará, pues, nada; es decir: «Dios no os tratará de manera ordinaria, como hace con otras naciones, a las que castiga sin hablarles. Ellas, en su mayor parte, no entienden lo que se hace; pero Dios, de manera paternal, os recuerda con bondad vuestros pecados, os muestra por qué resuelve castigaros y os advierte de antemano, para que tengáis tiempo de buscar y pedir perdón.»

Dios, pues, revela su secreto a sus profetas; es decir: «No os castiga súbita ni inesperadamente, como podría hacerlo, y como veis que lo hace con respecto a otros; sino que proclama lo que hará, y envía a sus mensajeros, como si fueran heraldos enviados a declararos la guerra; y al mismo tiempo abren un camino de reconciliación, con tal que no estéis del todo perdidos y no seáis perversos en vuestra maldad. Sois, pues, doblemente inexcusables, si Dios nada puede lograr por su palabra y por el castigo que después añade a su palabra.» Comprendemos ya el objeto del profeta. Necia es, pues, la pregunta, o al menos desrazonable: «¿Se obliga aquí Dios por una cierta ley a no hacer nada sino lo que revela previamente a sus profetas?» Pues Amós no quiere decir esto, sino que solo afirma que era el método común que el Señor adoptaba al castigar a aquel pueblo. Es cierto que los profetas no sabían muchas cosas; pues Dios les distribuía su Espíritu por medida: no todas las cosas eran, pues, reveladas a los profetas. Pero Amós solo da a entender aquí que Dios no trataba a su pueblo escogido como a las naciones paganas; pues estas hallaban a menudo a Dios inesperadamente airado contra ellas, y no tenían tiempo para reflexionar a fin de arrepentirse. Con mucha más bondad y misericordia, dice Amós, ha obrado Dios con aquel pueblo; pues Dios no quiso abrumarlo ni sorprenderlo súbitamente, sino que lo ha advertido por sus profetas. Vemos cuán ampliamente se abre esta doctrina; pero basta entender el designio del profeta y conocer el propósito al que debe aplicarse su discurso.

Dios, pues, no hará nada sin revelar primero su secreto a los profetas. Lo llama secreto, porque los hombres quedan perplejos y atónitos cuando Dios ejecuta venganza sobre ellos; pero cuando son advertidos a tiempo, entonces lo que Dios se propone se les hace evidente, y conocen la causa y la fuente del castigo. Así se revela el secreto que estaba oculto a los miserables hombres; y la culpa del pueblo se duplica cuando, después de estas amenazas, no se arrepienten.

Amós 3:8

Sigue ahora: Ruge el león, ¿quién no temerá? Habla el Señor Jehová, ¿quién no profetizará? En este versículo el profeta reprendió a los israelitas por sus acostumbradas contiendas con los profetas cuando se reprendían con aspereza sus pecados. Así, en verdad, suelen hacer los hombres; no consideran que los profetas son enviados de lo alto y que se les ha encomendado un cargo. Por eso, cuando los profetas son severos en sus palabras, el mundo clama y disputa: «¿Qué pretenden estos hombres? ¿Por qué nos acosan tanto? ¿Por qué no nos dejan descansar en paz? Pues provocan contra nosotros la ira de Dios.» Siempre que los hombres se irritan, amenazan en seguida a los profetas de Dios con pleitos y contiendas, y no consideran que las amenazas proceden del mismo Dios. Este vicio condena ahora el profeta: Ruge el león, dice, ¿quién no temerá? Habla Dios, ¿quién no profetizará? «Pensáis que soy vuestro adversario; pero nada ganáis con disputar conmigo: aunque yo callara, la voz de Dios sería por sí misma bastante formidable. El mal no procede, pues, de mi boca, sino del mandato de Dios; pues yo me veo obligado, quiera o no, a obedecer a Dios: él me ha escogido para ser profeta, y ha mostrado lo que quiere que yo proclame. ¿Qué puedo hacer?, dice. No soy libre de inventar revelaciones; sino que os presento fielmente lo que el Señor me ha entregado. ¡Cuán grande es, pues, vuestra locura, que contendéis conmigo, y no consideráis que vuestra pelea y contienda es con el mismo Dios!» Vemos ahora lo que el profeta quiso decir, y entendemos también por qué adujo las cuatro semejanzas de que ya hemos hablado. Paso ahora al resto del contexto.

Amós 3:9

9. Proclamad en los palacios de Asdod, y en los palacios de la tierra de Egipto, y decid: Reuníos sobre los montes de Samaria, y ved los grandes tumultos en medio de ella, y las opresiones en medio de ella.

9. Promulgate in palatiis Asdod, et in palatiis terrae Aegypti, et dicite, Congregamini super montes Samaria, et videte tumultus multos (vel, concussiones multas) in medio ejus, et oppressiones in medio ejus.

Amós 3:9

Amós comienza aquí a poner jueces sobre los israelitas; pues no querían someterse con paciencia al juicio de Dios; y constituye y pone sobre ellos como jueces a los egipcios y a los idumeos. Esta profecía exasperó sin duda cada vez más el ánimo del pueblo, que ya era muy rebelde y refractario; pero esto era necesario. Dios, en efecto, los había citado ante su tribunal mientras quedaba esperanza de reconciliación; cuando se airaron a causa de la amenaza de Dios, clamaron contra sus siervos, más aún, disputaron con obstinación, como si no tuvieran culpa alguna, ¿qué quedaba sino que Dios constituyera sobre ellos jueces, a quienes el profeta nombra: los egipcios y los idumeos? «No podéis soportar mi juicio; los incrédulos, que ya están condenados, pronunciarán sentencia sobre vosotros. Yo soy, en verdad, vuestro juez legítimo; pero como me habéis repudiado, os probaré cuán verdadero es mi juicio; yo callaré, los egipcios hablarán.» ¿Y quiénes eran estos egipcios? Los mismos que eran igualmente culpables que los israelitas, y estaban sujetos a los mismos cargos, o que al menos no estaban lejos de merecer un castigo semejante; y sin embargo Dios obligaría a los israelitas a oír la sentencia que habían de pronunciar sobre ellos los egipcios y los idumeos. Sabemos con cuánta soberbia se gloriaban los israelitas de su primogenitura; pero el Señor expone aquí al escarnio esta arrogancia, porque hacían tan mal uso de sus beneficios. Percibimos ahora, pues, la intención del profeta.

Proclamad, dice, en los palacios de Asdod, en los palacios de la tierra de Egipto, y decid, ¿qué? «Reuníos sobre los montes de Samaria.» Quiere que los egipcios y los idumeos se reúnan, y que los montes de Samaria sean como el teatro, aunque la idea de un tribunal es más adecuada a la semejanza que se emplea. Era, pues, como si los egipcios y los idumeos hubieran de sentarse en un lugar elevado, y Dios les expusiera las opresiones, los robos y los saqueos inicuos que prevalecían en el reino de Israel. Reuníos, pues, sobre los montes de Samaria. El profeta alude a la situación del país: pues aunque Samaria estaba situada en una llanura, había sin embargo montes a su alrededor; y ellos se creían ocultos allí, y eran como vino asentado sobre sus heces. Dios dice ahora: «Que se reúnan los egipcios y los idumeos y contemplen la escena; les asignaré un lugar desde el cual puedan ver cuánto prevalece toda clase de iniquidad en el reino de Israel. Ellos habitan, en efecto, en su llanura, y se creen suficientemente defendidos por los montes que los rodean; pero desde estos montes hasta los ciegos podrán ver cuán abominable y vergonzosa es su condición.»

Que vengan y vean, dice, las opresiones en medio de ella. La palabra que usa es מהומת, meumet, tumultos; pero quiere decir opresiones, cometidas sin consideración alguna a la razón ni a la justicia, cuando todo se hace con griterío y violencia. «Que vean, pues, las opresiones, que vean las angustias.» Habla de sus obras; menciona después a las personas; pero el profeta quiere decir lo mismo, aunque use diferentes formas de expresión: que el reino de Israel estaba lleno de muchos crímenes; pues allí prevalecía el saqueo de toda clase, y los hombres no se mantenían dentro de límite alguno de moderación, sino que con tumulto y griterío despojaban a los pobres y a los miserables. Sigue ahora:

Amós 3:10

10. Porque no saben hacer lo recto, dice el Señor, los que atesoran en sus palacios violencia y robo.

10. Et non noverunt facere rectum, dicit Jehova, thesaurizantes rapinam et praedam in palatiis suis.

Amós 3:10

En este versículo confirma lo que ya he dicho de las opresiones: dice que despreciaban todo lo recto. Pero el no saber esto no disminuye su culpa, como si ofendieran por ignorancia; sino que el profeta quiere decir, al contrario, que habían arrojado lejos de sí todo lo que era justo y se permitían toda libertad para pecar, sin distinción alguna, sin vergüenza alguna; como si dijera: «Son animales brutos, que carecen de todo juicio, de toda razón y de toda vergüenza; pues ya no procuran tener un entendimiento claro.» Aquí, pues, acusa a los israelitas de ceguera voluntaria; pues se endurecían en todo mal, y extinguieron todo juicio, vergüenza y razón, de modo que ya no distinguían entre lo justo y lo injusto; y menciona una cosa en particular: que acumulaban muchas riquezas por el saqueo y el robo. Sin duda los israelitas eran culpables de muchos otros crímenes; pero, poniendo una parte por el todo, menciona una cosa que incluye otras, y da a entender que el pueblo estaba totalmente entregado a toda clase de crímenes, y que, como habían desechado toda vergüenza, borrado toda distinción y repudiado todo respeto a la justicia, se abandonaban a toda clase de maldad. Este es el sentido de las palabras del profeta.

Pero nuestro profeta señala aquí los pecados groseros de los israelitas, porque había constituido antes a los ciegos como sus jueces. Era, pues, lo mismo que si hubiera dicho: «Aunque los egipcios y los idumeos carecen de luz, vuestra iniquidad es tan palpable que podrán percibirla. No hay, en verdad, necesidad de ninguna disputa sutil, puesto que los saqueos y los despojos se practican con tanta violencia, puesto que ya no se observa moderación ni equidad, y no existe vergüenza; sino que los hombres se lanzan de cabeza con ciega impetuosidad a toda clase de mal; de modo que hasta los ciegos, aunque sin ojos, pueden conocer cuál es vuestro estado. Entonces los egipcios y los idumeos percibirán vuestros vicios, situados en los montes vecinos.» Este es el sentido. Sigue ahora:

Amós 3:11-12

11. Por tanto, así dice el Señor Dios: Un adversario habrá, y en verdad alrededor de la tierra; y derribará de ti tu fortaleza, y tus palacios serán saqueados.

11. Propterea sic dicit Dominus Jehova, Adversarius et quidem in circuitu terrae, et tollet abs te robur tuum et diripientur palatia tua.

12. Así dice Jehová: Como el pastor arranca de la boca del león dos piernas, o la parte externa de una oreja, así serán arrebatados los hijos de Israel que habitan en Samaria en el rincón de una cama, y en Damasco sobre un lecho.

12. Sic dicit Jehova, Quemadmodum eripit pastor ex ore leonis duo crura vel externam partem auris, sic eripientur filii Israel qui habitant in Samaria in angulo lecti, et in Damasco tanquam in grabato.

Amós 3:11

El profeta anuncia aquí el castigo que Dios infligiría a los israelitas. Un enemigo, dice, y en verdad alrededor, etc. Algunos piensan que צר, tsar, es un verbo en modo imperativo; pero esto no puede sostenerse. Amós declara aquí que había un enemigo cerca de los israelitas, que los sitiaría por todos lados. Los impíos suelen buscar siempre escapatorias, y si ven el más pequeño agujero, piensan que pueden escapar. Extraña es la presunción de los hombres con respecto a Dios: cuando se ven cercados, se asustan de veras, más aún, se desaniman por completo; pero con todo buscan subterfugios a derecha e izquierda, y nunca se someten a Dios sino cuando son obligados. Esta es la razón por la cual el profeta dice ahora que un enemigo estaba cerca, y en verdad alrededor de ellos; como si dijera: «No tenéis razón para pensar que se os abra alguna vía de escape; pues Dios os ha cercado por todos lados; hay, pues, un sitio que os encierra de tal modo que en vano esperáis escapar.» Un enemigo, dice, está en verdad alrededor, alrededor de toda la tierra, que quitará de ti tu fortaleza. Aquí el profeta quita a los israelitas su vana confianza; pues no podían pensar en la venganza de Dios mientras miraban su propio poder. Pensaban, en efecto, que tenían protección suficiente en su gran número, sus riquezas y sus armas, como suelen los hombres oponer a Dios lo que procede de él mismo, como si las criaturas pudieran algo contra él, y como si Dios no pudiera quitar, cuando le place, lo que ha dado; y sin embargo tal es la ceguera de los hombres. Por eso dice el profeta que todas las riquezas y toda la fuerza en que sobresalían los israelitas serían inútiles, puesto que un enemigo, dice, armado por Dios, quitará de ti tu fortaleza, y tus palacios serán saqueados.

Amós 3:12-13

En el versículo siguiente deja alguna esperanza, aunque no lo hace de manera declarada. Pues cuando dice que algunos se salvarían, como cuando un pastor arrebata de las fauces de un león la oreja de una oveja o dos piernas, el designio del profeta no es mitigar el severo juicio del que había hablado antes; sino que muestra, al contrario, que cuando alguno se salvara, no sería porque el pueblo se defendiera o pudiera resistir; sino que sería como cuando un pastor tembloroso arrebata alguna pequeña porción del botín de la boca del león. Hay que tener presente lo que acabo de decir de la orgullosa confianza del pueblo; pues los israelitas pensaban que estaban bastante seguros del peligro, y por eso despreciaban todas las amenazas. Pero ¿qué dice Amós? «No penséis —dice— que habrá defensa alguna para vosotros, pues vuestros enemigos serán como leones, y no habrá más fuerza en vosotros para resistirlos que en las ovejas cuando no solo los lobos, sino los leones, las atrapan y las toman como presa.» Cuando algo se salva, es, pues, como por un milagro; el pastor podrá quizá tomar de la boca del león una parte de la oreja o dos piernas cuando este esté saciado. El pastor no se atreve a contender con el león; siempre huye de él, pero el león tendrá su presa y la devorará a su placer; cuando deje una parte de la oreja o dos piernas, el pastor las tomará entonces, y dirá: «Mirad cuántas ovejas han sido devoradas por leones»; y estas serán las pruebas de su pérdida. Así dice ahora el profeta: «El Señor os expondrá como presa a vuestros enemigos, y su rapacidad no será menos temida por vosotros que la de un león: en vano pensáis, pues, que estáis defendidos por vuestras fuerzas; pues ¿qué es una oveja ante un león? Pero si alguna parte de vosotros quedara, será como una oreja o una pierna; y aún más: como cuando un león devora una oveja, y después de tomar su presa no deja nada hasta saciarse, así os sucederá a vosotros.»

Se equivocan, pues, los que piensan que la conminación precedente se mitiga aquí a propósito; pues el profeta no hace esto, sino que continúa el mismo asunto, y muestra que todo el pueblo llegaría a ser presa, que sus enemigos serían como leones, y que no tendrían fuerza para resistir. Admito, en verdad, que se da aquí alguna esperanza al pueblo; pues, como se ha visto antes, Dios quería que siempre quedara algún remanente como simiente en aquel pueblo escogido. Esto, lo admito, es verdad; pero debemos atender todavía a lo que trata el profeta, y a lo que tenía en vista. No pretendía, pues, consolar expresamente aquí a los israelitas; aunque incidentalmente dice que algunos quedarían, su objeto era mostrar que todo el reino estaba ya entregado como presa a los leones, y que nada se salvaría sino una porción muy pequeña, como cuando un pastor se lleva una oreja cuando los lobos y los leones se han saciado. Sigue:

Amós 3:13-14

13. Oíd, y testificad en la casa de Jacob, dice el Señor Dios, el Dios de los ejércitos:

13. Audite et testificamini in domo Jacob, dicit Dominus Jehova, Deus exercituum,

14. Que en el día que yo visite las transgresiones de Israel sobre él, visitaré también los altares de Bet-el; y serán cortados los cuernos del altar, y caerán por tierra.

14. Quia die quo visitabo scelera Israel super ipsum, etiam visitabo super altaria Bethel: et scindentur cornua altaris et cadent ad terram.

Amós 3:14

Amós, no tengo duda, añadió este pasaje para mostrar que las supersticiones en que sabía que los israelitas confiaban falsamente estarían tan lejos de ayudarles que, al contrario, los llevarían a la ruina, porque con ellas el pueblo provocaba más la ira de Dios contra sí mismo. Cuando los israelitas oían que Dios estaba ofendido con ellos, miraban sus sacrificios y otras supersticiones como su escudo y su cobertura; pues así se burlan los hipócritas de Dios. Pero sabemos que los sacrificios ofrecidos en Bet-el eran meras profanaciones; pues todo el culto era espurio. Dios había escogido, en verdad, para sí un lugar donde quería que se ofrecieran sacrificios. Los israelitas edificaron un templo sin mandato alguno, más aún, contra la prohibición manifiesta de Dios. Puesto que, pues, habían violado y corrompido así todo el culto de Dios, ¡extraña era su locura al atreverse a imponer a Dios sus supersticiones, como si pudieran así aplacar su desagrado! El profeta reprende ahora esta estupidez y dice: En el día en que Dios visite los pecados de Israel, infligirá castigo sobre los altares de Bet-el. Por los pecados que menciona el profeta entiende el saqueo, las exacciones injustas, el robo y crímenes semejantes; pues prevalecían entonces, como hemos visto, entre el pueblo una crueldad, una avaricia y una perfidia desenfrenadas.

Por eso dice ahora: Cuando Dios visite los pecados de Israel; es decir, cuando castigue la avaricia, el orgullo y la crueldad; cuando ejecute venganza sobre los saqueos y los robos, entonces visitará también los altares de Bet-el. Los israelitas pensaban que Dios les sería propicio mientras sacrificaban, aunque estuvieran del todo abandonados en su vida: pensaban, en efecto, que toda impureza quedaba purificada por sus expiaciones; y pensaban que Dios quedaba satisfecho mientras practicaban un culto externo. Por eso, cuando ofrecían sacrificios, se imaginaban que así hacían un pacto con Dios, y presentaban tal compensación que él no se atrevería a castigar sus pecados. «Su propia fantasía los engaña grandemente», dice Amós. Pues, como sabemos, este era, al mismo tiempo, su pecado principal: que osaban temerariamente cambiar el culto de Dios, que osaban edificar un templo sin su mandato; en suma, que habían violado toda la ley. Dios comenzará, pues, por las supersticiones al ejecutar el juicio por los pecados del pueblo. Entendemos ahora, pues, el designio del profeta al decir que Dios visitaría los altares de Bet-el cuando infligiera castigo por los pecados de Israel.

Pero como era difícil producir convicción sobre este asunto, el profeta invita aquí a la atención: Oíd y testificad, dice, en la casa de Jacob. Después de mandarles oír, introduce a Dios como el que habla; pues los israelitas, como sabemos que solían hacerlo, habrían podido fingir que Amós había amenazado sin autoridad tal castigo. «Nada es mío», dice. Vemos, pues, el designio de esta exhortación cuando dice: Oíd: muestra que Dios es el autor de esta profecía, y que nada era suyo sino el ministerio. Oíd, pues, y testificad en la casa de Jacob. Con la palabra testificad sella su profecía para que tuviera más peso, para que no pensaran que era una mera burla, sino que supieran que Dios trataba con ellos en serio. Testificad, pues, en la casa de Jacob. Y con el mismo fin son los títulos que atribuye a Dios: El Señor Jehová, dice, el Dios de los ejércitos. Podría haber usado una sola palabra: «Así dice Jehová», como hacen casi siempre los profetas; pero le atribuye dominio, y presenta también ante ellos su poder; ¿con qué fin? Para herir de terror a los israelitas, a fin de que las vanas lisonjas no se apoderaran de ellos, como hasta entonces; sino que entendieran que, lejos de lograr algo para aplacar la ira de Dios con sus supersticiones, con ellas lo provocaban más.

Oración.

Concédenos, Dios omnipotente, que, puesto que cada día te provocamos de tal modo con nuestros pecados que somos dignos de eterna destrucción, y no queda bien alguno en nosotros, y aunque somos severamente castigados con castigos temporales, no nos quitas sin embargo la esperanza de aquella misericordia que has prometido en tu Hijo a los que de veras y de corazón se arrepienten y te invocan como su Padre, concédenos, te rogamos, que, tocados por el sentimiento de nuestros males, nos ofrezcamos a ti en sacrificio, con verdadera humildad y con genuino sentimiento de penitencia, y busquemos perdón con tales gemidos que, habiendo soportado los castigos temporales, gocemos finalmente de aquella gracia que está reservada para todos los pecadores que de veras y de corazón se vuelven a ti e imploran aquella misericordia que ha sido preparada para todos los que realmente se muestran miembros de tu Hijo unigénito. Amén.

Lección quincuagésima quinta

Una cosa se me escapó ayer: un dolor de cabeza me impidió mirar el libro. El profeta dice en el versículo doce que los hijos de Israel serían librados como cuando un pastor rescata solo una oreja, o alguna parte de una oveja; añade: «Así serán rescatados los hijos de Israel que habitan en Samaria en el rincón de una cama, y en Damasco sobre un lecho.» Esta semejanza no la expliqué. Algunos piensan que Damasco se compara aquí con Samaria, como ciudad más opulenta; pues Jeroboam II había extendido los límites de su reino hasta esa ciudad y sometido alguna porción del reino de Siria: suponen, pues, que Samaria es llamada rincón de una cama por su estado reducido, y Damasco un lecho; pero no hay razón para esto. Mejor habría podido llamar a Damasco una cama. Otros dan esta exposición: «Los que escapen entre el pueblo de Israel no serán los valientes y los bravos, que opondrán resistencia al ataque del enemigo o se defenderán con las armas en la mano; sino que estarán a salvo los que se escondan y huyan a sus camas.» Pero el profeta parece comparar aquí Damasco y Samaria con camas por esta razón: porque los israelitas pensaban que hallarían en ellas un receptáculo seguro: «Aunque habitéis en Samaria y en Damasco como en un nido seguro, será sin embargo un milagro que unos pocos de vosotros escapen; será como cuando un pastor se lleva la oreja de una oveja después de que el león se ha saciado.» Este parece ser el genuino sentido del profeta; pues no dudo de que se burla de la necia confianza en que se complacían los israelitas, pensando que estaban seguros de todo peligro cuando se encerraban dentro de las puertas de Samaria o de Damasco. «Pensáis que estos nidos serán seguros para vosotros; pero los leones irrumpirán, y apenas uno de cien, o de mil, escapará en el rincón de una cama; será como cuando un león deja una oreja o parte de una pierna.» Sigamos ahora:

Amós 3:15

15. Y heriré la casa de invierno con la casa de verano; y las casas de marfil perecerán, y las casas grandes tendrán fin, dice el Señor.

15. Et percutiam domum hyemalem cum domo aestiva, et peribunt domus eburneae et deficient domus magnae, dicit Jehova.

Amós 3:15

Amós muestra de nuevo que en vano confiaban los grandes en sus riquezas y en sus lugares fortificados; porque estos no podían impedir que Dios los sacara para el castigo. Así pues, como la abundancia ciega a los hombres, y como se imaginan estar, por así decirlo, fuera de todo alcance, sobre todo cuando habitan en grandes palacios, el profeta declara aquí que esas casas no serían impedimento alguno para que se abriera paso la venganza de Dios: Destruiré, pues, la casa de invierno junto con la casa de verano. Sin duda Amós quiso designar los palacios con esta paráfrasis. A los pobres les parece bastante tener una choza lo mismo para el invierno que para el verano; porque no cambian las partes de sus edificios, de modo que habiten la más cálida en invierno y se refresquen en la más fresca durante el verano; los pobres no poseen tal comodidad, pues se contentan con la misma morada toda la vida. Pero como los ricos buscaban el calor en invierno y tenían sus aposentos de verano, el profeta dice que sus edificios grandes y magníficos no serían protección alguna para los ricos, porque la venganza de Dios penetraría a través de ellos: Destruiré, pues, la casa de invierno con la casa de verano.

Y luego dice: Perecerán las casas de marfil. Vemos ahora con más claridad que el profeta habla aquí contra los ricos y poderosos, que habitaban palacios espléndidos y magníficos. Perecerán, pues, las casas de marfil, y se acabarán las casas grandes; algunos dicen muchas casas, pero impropiamente; porque el profeta continúa la misma idea; y así como antes había mencionado las casas de marfil, ahora las llama casas grandes; pues no estaban construidas solo para el uso y la comodidad, como las casas comunes y plebeyas, sino también para la ostentación y el lucimiento; porque los ricos, bien lo sabemos, son siempre pródigos y desmedidos, no solo en su mesa y su vestido, sino también en sus palacios. Este es el sentido. Sigue ahora:

Capítulo 4.

Amós 4:1

1. Oíd esta palabra, vacas de Basán, que estáis en el monte de Samaria, que oprimís a los pobres, que quebrantáis a los menesterosos, que decís a vuestros amos: Traed, y beberemos.

1. Audite verbum hoc vaccae Basan, qui estis in monte Samariae, quae opprimitis pauperes, quae conteritis egenos, quae dicitis dominis eorum, Affer et bibemus.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.