Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Daniel 10: comentario de Juan Calvino

Daniel 10:1

Observamos que el profeta no se contenta en absoluto con la fórmula habitual de presentación, sino que quiere despertar la atención de los piadosos y asegurarles cuán dignas de especial atención son las profecías que siguen. Señala el tiempo, el año tercero del rey Ciro, cuando a los judíos se les prohibía por un nuevo edicto edificar su templo, aunque antes se les había concedido libertad para hacerlo. Dice que «una palabra» le fue revelada, *y añade que *la palabra era verdadera, *aunque el tiempo fuera largo. El tiempo se trata con más detenimiento en el versículo siguiente. Por decir *que una palabra le fue manifestada, se piensa que distingue esta profecía de las otras, pues no le fue dada ni por sueño ni por visión. Usa la palabra מראה, *merah, *«visión», al final de este versículo, pero no veo por qué el sustantivo «palabra» deba tomarse en un sentido tan restringido. Los intérpretes, por otra parte, buscan una razón por la que menciona su propio nombre como Beltsasar; unos piensan que celebra algún honor al que fue elevado; otros lo toman como una recomendación de la superioridad de sus capacidades, pues el nombre significa «descendido del cielo»; y otros proponen diversas conjeturas. Yo no dudo en afirmar que Daniel quiso levantar algún monumento ilustre de su vocación entre los medos, los persas y los caldeos. Allí, con toda probabilidad, se le llamaba comúnmente Beltsasar, y el nombre de Daniel casi se había sepultado en el olvido; así quiso testificar que no era extraño al pueblo de Dios, aunque había consentido que se le impusiera un nombre extranjero, pues ya hemos visto que no podía evitarlo. Por tanto, pienso que el profeta no tuvo otra intención que hacer célebre esta profecía en todas aquellas regiones en que era bien conocido con el nombre de Beltsasar. Además, quiso testificar a sus compatriotas que no estaba enteramente separado de la iglesia por el hecho de que los caldeos lo llamaran Beltsasar; pues siempre era el mismo, y, desterrado de su patria, había sido dotado con el Espíritu de profecía, como hemos visto antes. Como el nombre de Daniel era casi desconocido en Caldea, quiso dar a conocer la existencia de sus dos nombres.

Sigue ahora: Y la palabra era verdadera. Daniel recomienda aquí la certeza de la profecía, como si dijera: No pongo ante ustedes sino lo que es firme y estable, y cuyo cumplimiento real los fieles deben esperar con confianza. *La palabra era verdadera, *dice; es decir, no había lugar para dudar de sus afirmaciones, pues había sido instruido por Dios acerca de acontecimientos que se cumplirían a su debido tiempo. Entiendo lo que sigue en el sentido de «aunque el tiempo fuera largo». Algunos rabinos toman צבא, *tzeba, *por las huestes angélicas, lo cual es del todo absurdo en este lugar. La palabra significa «ejército» y también tiempo señalado, pero la exposición que ellos imponen al pasaje no se sostiene. La partícula «y», según pienso, debe tomarse aquí en sentido adversativo, con el sentido de «aunque». Así el profeta proclama que necesitamos serenidad de ánimo y paciente espera hasta que Dios cumpla y lleve a cabo realmente lo que ha anunciado de palabra. Esta disposición debe extenderse a todas las profecías. Sabemos cuán ardientes son las disposiciones de los hombres y cuán aprisa se dejan arrastrar por sus deseos. Estamos, pues, obligados a refrenar nuestro ímpetu si queremos progresar en la escuela de Dios, y debemos admitir este principio general: Si la promesa tarda, espérala, porque sin duda vendrá y no tardará (Hab 2:3). Aquí Daniel afirma de modo particular que *el tiempo será largo; *esto retendría a los fieles de lanzarse de cabeza con demasiada prisa; dominarían sus sentimientos y permanecerían tranquilos hasta que llegara la plena madurez del plazo.

Añade después: *Comprendió la visión; *con esta afirmación confirma la profecía que está a punto de explicar, y así nos asegura que no dirá nada confuso ni oscuro. Induce también a todos los piadosos a esperar el ejercicio del mismo entendimiento que él alcanzó; como si dijera: Sé lo que Dios quiso; él me ha explicado por medio de su ángel diversos acontecimientos que expondré ahora por su orden; que cada uno lea estas profecías con atención y reverencia, y que Dios le conceda el mismo don de entendimiento y lo conduzca a un conocimiento cierto. La enseñanza que transmite el profeta pertenece a todos los piadosos, para apartarlos de la pereza y de la desesperación. A primera vista esta enseñanza puede parecer muy oscura, pero deben pedir al Señor esa luz de manifestación que él se dignó conceder al profeta mismo. Sigue ahora:

Daniel 10:2-3

2. En aquellos días yo Daniel estuve afligido por tres semanas completas.

2. Diebus illis ego Daniel dedi me luctui tribus hebdomadibus dierum.

3. No comí pan agradable, ni carne ni vino entraron en mi boca, ni me ungí en absoluto, hasta que se cumplieron tres semanas enteras.

3. Panem deliciarum non comedi: et caro et vinum non intravit in os meum: et unguendo non fui unctus donec impletae sunt tres hebdomades dierum.

Daniel 10:2-3

Por este pasaje entendemos por qué el ángel se apareció al profeta en el año tercero de Ciro. Dice que *entonces estaba en la mayor aflicción; *¿y cuál era la causa? En aquel tiempo sabemos que se había interrumpido la obra de reedificación del templo y de la ciudad. Ciro se había ido lejos; había partido hacia el Asia Menor y hacía la guerra contra los escitas. Su hijo Cambises fue corrompido por sus emisarios y prohibió a los judíos proseguir la reedificación de su ciudad y de su templo. La libertad del pueblo podía parecer entonces vana. Pues Dios había prometido a los judíos en lenguaje deslumbrante el regreso a su patria con sus estandartes desplegados. Además, conocemos el espléndido lenguaje de los profetas acerca de la gloria del segundo templo (Is 52:12; Hag 2:9, y en otros lugares). Privados así de toda oportunidad de reedificar su templo, ¿qué podían concluir los judíos sino que habían sido engañados al volver a su país, y que Dios había hecho el ademán de defraudar unas esperanzas que habían resultado una mera burla y un engaño? Esta fue la causa de la pena y de la angustia que oprimían al santo profeta. Entendemos ahora por qué menciona el año tercero de Ciro, pues las circunstancias de aquel tiempo señalan, aún hoy, la razón de que se abstuviera de todo manjar delicado.

Dice: Estuvo afligido por tres semanas de días. Los hebreos usan a menudo la expresión semanas o tiempos de días para períodos completos. Es muy posible que Daniel use aquí la palabra «días» para evitar una confusión que podía surgir fácilmente, puesto que hablaba hacía poco de semanas de años. Así se marca con más claridad la distinción entre las setenta semanas de años explicadas antes y estas tres semanas de días que aquí se mencionan. Y el ángel parece haberse detenido a propósito en el cumplimiento de estas tres semanas, ya que éste era el año tercero del reinado del rey Ciro. Dice: *No comió pan delicado, y se abstuvo de carne y de vino, *dando a entender su costumbre de unir el ayuno con el luto. Aquí se representa al santo profeta usando libremente la carne y otros alimentos mientras la iglesia de Dios permanecía en tranquilidad; pero cuando hubo peligro de que los pocos que habían vuelto a su patria fueran disminuidos, y muchos todavía sufrían en Babilonia aquellas graves calamidades a las que estaban sometidos durante su destierro por parte de los enemigos vecinos, entonces el profeta se abstuvo de todo manjar delicado. Al principio de este libro había declarado que él y sus compañeros se contentaban con pan, legumbres y agua como comida y bebida. Esta declaración no contradice el pasaje presente. No hay necesidad de recurrir a esa sutileza que permite a un anciano usar el vino que nunca tocó en su juventud y en la flor de su edad. Ese comentario es demasiado frío. Hemos mostrado cómo, al comienzo de su destierro, la única razón por la que el profeta se abstenía de los manjares del palacio era el deseo de conservarse libre de toda corrupción. Pues ¿cuál era el propósito de la astucia del rey al mandar que a Daniel y a sus compañeros se les tratara con tanto regalo y lujo? Quería que fueran olvidando poco a poco su nación, que adoptaran las costumbres de los caldeos, y que mediante tales halagos se vieran apartados de la observancia de la ley, del culto a Dios y de los ejercicios de piedad. Cuando Daniel percibió la manera artera con que se les trataba a él y a sus compañeros, pidió que se le alimentara con legumbres, rehusó probar el vino del rey y despreció todos sus manjares. Su razón, por tanto, respondía a las exigencias de los tiempos, como señalé entonces extensamente. Entretanto, no debemos dudar en suponer que, después de dar esta prueba de su constancia y de escapar de estos lazos del diablo y del monarca caldeo, vivió más bien con holgura que con frugalidad, y usó mejor pan, y carne fresca, y vino, que antes. Este pasaje, pues, aunque afirma su abstinencia de carne y de vino, no tiene por qué implicar un verdadero ayuno. El modo de vivir de Daniel era claramente conforme a la práctica común de los caldeos, y de ningún modo implica el rechazo del vino, ni de la carne, ni de ninguna clase de viandas. Cuando dice: *No comió pan delicado, *esto era un símbolo de pena y de luto, como la abstinencia de carne y de vino. El propósito de Daniel al rechazar el pan delicado y el vino durante aquellas tres semanas no era meramente fomentar la templanza, sino implorar suplicante al Todopoderoso que no permitiera que se repitieran los sufrimientos bajo los cuales su iglesia había padecido antes. Pero aquí no puedo tratar extensamente el objeto y el uso del ayuno. Lo he hecho en otro lugar; y aunque quisiera hacerlo, ahora no tengo tiempo. Mañana, quizá, diré unas palabras sobre el tema, y luego proseguiré con el resto de mis observaciones.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, ya que nos pones delante un ejemplo tan notable en tu santo profeta, a quien adornaste de tantas maneras, de modo que luchó hasta la extrema vejez con pruebas diversas y casi innumerables, y sin embargo nunca se quebrantó su ánimo: Concédenos ser dotados de la misma fortaleza incansable. Que avancemos en el curso de nuestra santa vocación sin el menor desaliento, suceda lo que suceda. Cuando veamos a tu iglesia al borde de la ruina, y a sus enemigos conspirando desesperadamente para destruirla, que esperemos constantemente aquella libertad que has prometido. Que luchemos con ánimo inquebrantable, hasta que por fin seamos relevados de nuestra milicia y reunidos en aquel bienaventurado reposo que sabemos que nos está guardado en los cielos, por Cristo nuestro Señor. — Amén.

Lección quincuagésima tercera

Ayer expusimos la razón por la que Daniel se abstuvo de carne y de vino durante tres semanas. Era la condición dolorosa y abatida de la iglesia mientras se prohibía a los judíos edificar su templo. Hemos señalado las opiniones engañosas de quienes piensan que siempre fue tan abstemio en la flor de su edad. Aunque vivió de pan y legumbres, fue solo para mantenerse puro sin inclinación alguna hacia las costumbres de los caldeos, pues el designio del rey era apartarlo a él y a sus compañeros del pueblo de Dios, como si hubieran tenido su origen en Caldea. Esa razón, por tanto, era solo temporal. Pero ahora declara: *No había probado pan delicado, *es decir, hecho de flor de harina, *y no había probado ni vino ni carne, *durante el tiempo en que se había impedido la edificación del templo. Debemos notar esto con diligencia, pues muchos celebran el ayuno como si fuera una parte principal del culto a Dios. Lo consideran un acto de obediencia particularmente agradable a Dios. Pero es un error craso, porque el ayuno por sí mismo debe tratarse como cosa sin importancia e indiferente. No merece alabanza sino con referencia a su fin. Ahora bien, los fines del ayuno son varios; el principal es éste: que los fieles puedan, suplicantes, apartar la ira de Dios con el solemne testimonio de su arrepentimiento, y estimularse unos a otros a mayor fervor en sus oraciones. Las oraciones ordinarias de cada día no requieren ayuno; pero cuando nos apremia alguna gran necesidad, se añade ese ejercicio como ayuda, para aumentar la viveza y el fervor de nuestro ánimo al derramar la oración. Por esta razón las Escrituras unen a menudo el ayuno con el luto, y Daniel sigue aquí la práctica habitual. Percibimos, pues, la razón por la que rechazó todo manjar delicado en comida y bebida: su deseo de apartarse enteramente de todo estorbo y de aplicarse con más intensidad a sus oraciones. Toco ahora el ayuno solo brevemente, porque no puedo detenerme en pasajes ocasionales como éstos. Debemos notar, sin embargo, cuán necia y absurdamente se observa hoy el ayuno entre los papistas, quienes piensan haber cumplido ese deber comiendo una sola vez al día y absteniéndose de carne. La regla del ayuno entre los papistas es evitar la carne y no tomar ni cena ni comida. Pero el verdadero ayuno requiere algo muy distinto, a saber, la perfecta abstinencia de todo manjar delicado. Pues Daniel extiende este ayuno incluso al pan. Dice: *No probó vino, *es decir, se abstuvo de todo vino. Luego, en cuanto a la palabra «carne», no se refiere solo a la de bueyes, o terneros, o corderos, o aves de corral, o aves en general, sino que todo alimento, excepto el pan, queda incluido bajo el término carne. Porque Daniel no jugó con Dios de manera pueril, como lo hacen hoy los papistas, que se alimentan sin escrúpulo religioso alguno de las viandas mejores y más exquisitas con tal que eviten la carne. Esto aparece más claramente por la declaración: *No comió pan agradable, *es decir, hecho de flor de harina o de lo mejor del trigo. Se contentaba con pan sencillo para satisfacer sus necesidades. Esto prueba abundantemente la superstición de quienes distinguen entre la carne, los huevos y el pescado. Ahora bien, el ayuno consiste en esto: poner freno a los deseos de los hombres, comiendo solo con parquedad y ligereza lo que es absolutamente necesario, y contentándose con pan negro y agua. Entendemos ahora cómo el ayuno, en este pasaje y otros semejantes, no se toma por aquella templanza que Dios nos recomienda durante todo el curso de nuestra vida. Los fieles deben ser habitualmente templados y, por la frugalidad, guardar un ayuno continuo; no deben entregarse a comidas y bebidas inmoderadas ni a hábitos de lujo, no sea que con tales excesos debiliten el ánimo y quebranten el cuerpo. Como señal de luto y ejercicio de humildad, los fieles pueden imponerse la ley del ayuno más allá de su sobriedad ordinaria, cuando sienten alguna señal de la ira de Dios y desean estimularse al fervor en la oración, según lo que dijimos antes, y confesarse culpables ante todo el mundo ante el tribunal de Dios. Tal era la intención de Daniel al no permitirse probar pan agradable, ni beber vino, ni comer carne. Sigue ahora:

Daniel 10:4

4. Y a los veinticuatro días del mes primero, estando yo junto al gran río, que es Hidekel,

4. Die vicessima quarta mensis primi, ego fui super ripam fluvii magni, nempe Hidekel.

Daniel 10:4

Daniel narra ahora la aceptación de sus oraciones, porque un ángel se apareció y lo instruyó sobre la condición futura de la iglesia. Sin la menor duda, el ayuno ya descrito era una preparación para la oración, como hemos dicho antes y como podemos recoger de muchos pasajes de la Escritura, especialmente de la afirmación de Cristo, cuando dice que el demonio no podía ser echado fuera sino con oración y ayuno (Mt 17:21). Daniel, pues, no se abstuvo de todo alimento, y de vino, y de lujos con la mira de rendir alguna obediencia a Dios, sino para testificar su propio dolor; además, estaba ansioso de despertarse a la oración y, con esa señal de humildad, de prepararse mucho mejor para el arrepentimiento. Dice ahora: el día veinticuatro del mes primero —es decir, marzo, el primer mes del año judío—, *estaba de pie a la orilla del gran río, *a saber, el Tigris. La palabra יד, *yid, *se usa metafóricamente para la orilla, y los intérpretes concuerdan en identificar *Hidekel *con el Tigris. Los geógrafos dicen que el nombre de este río es en algunos lugares, y especialmente cerca de su fuente, *Digliton, *que responde al nombre hebreo común Hidekel. Sin duda, este río es llamado Pisón por Moisés, ya que el Tigris tiene tres nombres entre las naciones profanas. Su nombre usual es Tigris, y en una parte de su curso pasa a ser el Hidekel, y tiene también los nombres de *Pasitigris *y *Fasis, *que equivale a Pisón. El profeta relata que *estaba de pie a la orilla de este gran río. *Es incierto si estaba entonces en aquella parte del mundo, o si Dios puso ante sus ojos la vista del río, como hemos visto en otro lugar. Me inclino más bien a la opinión de que fue arrebatado en el espíritu profético y obtuvo la visión del río, y no a que estuviera realmente allí. Es posible que aquella provincia hubiera sido puesta bajo su gobierno en el curso de los grandes cambios que tuvieron lugar en aquellos tiempos. Mientras vivió Belsasar, no pudo haber estado en Susa, y por eso nos vimos obligados a explicar su lenguaje anterior por el arrebato profético. Y en cuanto al pasaje presente, no disputaré con la opinión de quien suponga que Daniel habitaba en aquel distrito, pero, como he dicho antes, pienso que lo más probable es que este espectáculo se ofreció al santo profeta estando muy lejos de la orilla del río, y que solo podía contemplarla en visión. Es posible también que comenzara su *abstinencia *de carne, y de alimento, y de todas las viandas agradables, y luego relajara su ayuno por tres semanas, pues aquí marca la fecha en el día veinticuatro. Pero dejo esto dudoso, por la imposibilidad de determinar el punto con certeza. Procedamos ahora:

Daniel 10:5-6

5. Alcé entonces mis ojos y miré, y he aquí un varón vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz.

5. Et levavi oculos meos, et vidi, et ecce vir unus indutus lineis, vestibus scilicet, et lumbi ejus accincti auro Uphaz.

6. Su cuerpo era como de berilo, y su rostro parecía un relámpago, y sus ojos como antorchas de fuego, y sus brazos y sus pies como de color de bronce pulido, y el sonido de sus palabras como el estruendo de una multitud.

6. Et corpus ejus sieut tharsis, et facies ejus quasi lampades ignis: et brachia ejus, et pedes ejus quasi conspectus aeris politi, et vox sermonum ejus quasi vox multitudinis.

Daniel 10:5-6

En cuanto a la palabra Ufaz, *algunos piensan que es una perla o piedra preciosa, y toman la palabra כתם, *kethem, *que la precede, por oro puro. Otros toman *ufaz como adjetivo, por oro puro. Yo no supongo que sea un epíteto, sino que prefiero suscribir la opinión de quienes lo entienden como el nombre propio de un lugar, porque esta opinión concuerda con la fraseología del capítulo décimo de Jeremías. Hay otra opinión que no es adecuada. Se dice que Ufaz deriva del sustantivo Faz, y que se le llama «puro», siendo superflua la letra Aleph. El pasaje de Jeremías antes mencionado basta para probar mi afirmación de que significa cierta región; y así algunos lo han traducido por Ofir. Se piensa que la palabra תרשש, *tarsis, *significa crisólito; algunos piensan que denota el color del mar y que luego, por figura de lenguaje, se toma en general por cualquier mar. También se dice que significa color de cielo.

Daniel comienza ahora a relatar la manera en que se le ofreció la visión. Dice que, estando él a la orilla del río, se le apareció un hombre distinto del orden común de los hombres. Lo llama hombre, pero muestra que estaba dotado, o adornado, de atributos que inspiran plena confianza en su gloria celestial. Hemos dicho en otro lugar que a los ángeles se les llama hombres siempre que Dios quiso que tomaran esa forma exterior. El nombre de hombres se usa, pues, metafóricamente siempre que tomaron esa forma por mandato de Dios, y ahora Daniel habla según la manera acostumbrada. Algunos, entretanto, imaginan absurdamente que los ángeles fueron realmente hombres, puesto que tomaron esta apariencia y se revistieron de un cuerpo humano. No debemos creer que sean realmente hombres porque aparecieron bajo forma humana. Cristo, ciertamente, fue realmente hombre, por descender de la simiente de Abraham, de David y de Adán. Pero en cuanto a los ángeles, Dios los reviste por un solo día o por un corto período de cuerpos, con un fin determinado y para un uso particular. Por eso afirmo que yerran gravemente quienes suponen que los ángeles se hacen hombres cada vez que son corporalmente visibles en forma humana. Con todo, pueden llamarse hombres, porque la Escritura se acomoda a nuestros sentidos, como sabemos bien. Daniel dice, pues, que vio a un hombre, *y luego lo distingue del género humano, y muestra señales fijas y notables inscritas en él, que lo descubren como un ángel enviado del cielo y no un mero mortal terrenal. Algunos filosofan con sutileza sobre la palabra *alcé, *como si Daniel alzara así sus ojos hacia arriba hasta quedar inconsciente de todos los objetos terrenales; pero esto no me parece suficientemente cierto. El profeta quiere imprimir la certeza de la visión; su mente no solo estaba serena y recogida, sino que aplicó todos sus sentidos al único objeto que tenía delante: obtener algún consuelo de parte de Dios. El profeta indica, pues, el ardor de su deseo, pues al mirar a su alrededor se hallaba sujeto a muchos cuidados y ansiedades. Además, con respecto a las señales por las que Daniel podía inferir que el objeto de su visión no era ni terrenal ni mortal, dice primero que *estaba vestido de lino. Esta clase de vestido era bastante común entre los pueblos de Oriente. Aquellas regiones son extremadamente cálidas, y sus habitantes no necesitan protegerse del frío, como nosotros nos vemos necesariamente obligados a hacer. Rara vez usan vestidos de lana. Pero en ocasiones especiales, cuando quieren usar un atavío más espléndido, se ponen túnicas de lino, como sabemos no solo por muchos pasajes de la Escritura, sino también por los escritores profanos. Por eso tomo este pasaje como si Daniel hubiera dicho que el hombre se le apareció con un atavío espléndido. Pues se supone que בדים, *bedim, *no significa lino común, sino una clase más exquisita de tejido. Éste es un punto.

Dice después: Estaba ceñido de oro puro; *es decir, con un cinturón de oro. Los orientales solían ceñirse antiguamente con cinturones o fajas, pues sus vestidos eran largos y llegaban casi hasta los pies. Por eso era necesario que quienes querían moverse con presteza se ciñeran con cinturones. Cuando el ángel apareció con ropa de esta clase, se mostró al profeta la diferencia entre él y los demás hombres. Algunos refieren el vestido de lino al sacerdocio de Cristo y tratan la faja como emblema de rigor. Pero éstas son meras sutilezas, y me parecen desprovistas de toda realidad. Por tanto, me contento con la opinión sencilla que he tocado, a saber, que esta forma de vestir distinguía al ángel de los mortales ordinarios. Pero esto aparecerá más claro por el versículo siguiente. Pues Daniel dice: *Su cuerpo era color de cielo, *o como la piedra preciosa llamada berilo, de tono dorado. Sin duda, el profeta contempló algo distinto de una forma humana, a fin de averiguar con claridad que la visión no era un hombre, sino un ángel en forma de hombre. Dejo aquí la alegoría, aunque continúa por todo el versículo. Soy consciente de lo plausibles que resultan las alegorías, pero cuando sopesamos con reverencia las enseñanzas del Espíritu Santo, esas especulaciones que a primera vista nos agradaban en extremo se desvanecen de nuestra vista. Yo mismo no me dejo cautivar por estos atractivos, y deseo que todos mis oyentes se persuadan de esto: nada puede ser mejor que un tratamiento sobrio de la Escritura. Nunca debemos traer de lejos explicaciones sutiles, pues el verdadero sentido, como lo he expresado antes, fluirá naturalmente de un pasaje cuando se lo pesa con una deliberación más madura. Dice: *Su rostro parecía un relámpago. Esto, a su vez, aseguraba al profeta de que no era un mero mortal terrenal. Sus ojos llevarían a la misma conclusión; eran como antorchas de fuego; *luego, *sus brazos y sus pies eran como bronce pulido o bruñido; *por último, *el sonido de sus palabras era el sonido de un tumulto, o estruendo, o multitud. *La suma de todo es ésta: el ángel, aunque vestido de forma humana, poseía ciertas señales notables por las que Dios lo separaba de la turba común de los hombres. Así Daniel percibió claramente la misión divina del ángel, y Dios quiso establecer la confianza y la certeza de aquellas profecías que seguirán después en el capítulo once. Sigamos:

Daniel 10:7

7. Y solo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los hombres que estaban conmigo, sino que se apoderó de ellos un gran temor, y huyeron y se escondieron.

7. Et vidi ego Daniel solus visionem, et viri qui erant mecum, non viderunt visionem, imo terror magnus irruit super eos, et fugerunt in latebras.

Daniel 10:7

Prosigue su propia narración, en la que parece prolijo, pero no sin designio. Esta profecía requería toda clase de sanción para inspirar confianza sin vacilación en ella, no solo en los judíos de aquella generación, sino en toda la posteridad. Aunque las predicciones del capítulo once se han cumplido, su utilidad se nos manifiesta como sigue: primero, contemplamos en ellas el cuidado perpetuo de Dios por su iglesia; segundo, observamos que los piadosos nunca quedan desprovistos de ningún consuelo necesario; y, por último, percibimos, como en un espejo o en un cuadro vivo, al Espíritu de Dios hablando en los profetas, como he observado antes y tendré ocasión de observar de nuevo. Daniel, pues, tiene buenas razones para imprimirnos la certeza de la visión y todo lo que tiende a probar su realidad. Dice: Solo yo vi la visión; pero los hombres que estaban conmigo no la vieron; *así como los compañeros de Pablo no oyeron la voz de Cristo, sino solo un sonido confuso: no entendieron su lenguaje, pues solo a Pablo se le concedió comprenderlo (Hch 9:7). Esto se relata para promover la fe en la profecía. La facultad de oír de Daniel no era superior a la de sus compañeros, pero Dios quiso dirigirse a él solo. Así la voz, aunque era como la voz de una multitud, no penetró en los oídos de los que estaban con él. Él solo fue el receptor de estas profecías, como él solo fue dotado del poder de predecir los acontecimientos futuros, y de consolar y exhortar a los piadosos a vivir, dándoles conocimiento del futuro hasta el último día. Si alguien pregunta cómo llevó consigo a sus compañeros mientras probablemente estaba acostado en su lecho lejos de la orilla del río, la respuesta es fácil. Tenía consigo a sus domésticos; la orilla del río solo existía en la visión, y él fue llevado completamente fuera de sí, de modo que su familia se enteró del éxtasis sin conocer la causa. Daniel permaneció, pues, en su propia casa y solo visitó la orilla del río durante la visión; aunque había muchos testigos presentes, Dios los hirió a todos de asombro, mientras que Daniel solo percibió lo que después se narra. Dios lo juzgó digno de este singular honor para capacitarlo como maestro e instructor de otros. *Los hombres que estaban conmigo, *dice, *no vieron la visión; pero cayó sobre ellos un gran terror. Esta distinción, como he dicho, muestra que Daniel fue escogido como único oyente de la voz del ángel, y como quien recibía la información que había de transmitir después a otros. Entretanto, Dios quiso que muchos testigos notaran que Daniel estaba enteramente libre de cualquier engaño de sueño o de imaginación pasajera. Sus compañeros, *pues, *quedaron con los ojos despavoridos. Este terror prueba que el profeta fue instruido divinamente y que no padecía ningún delirio. Huyeron, *por tanto, *a lugares donde esconderse. Sigue después:

Daniel 10:8

8. Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno.

8. Et ego relictus fui solus, et vidi visionem magnam hanc, et non fuit residuum in me robur atque etiam decor meus eversus fuit super me, in me, ad corruptiones et non retinui vigorem.

Daniel 10:8

Todo este lenguaje tiende al mismo propósito: asegurarnos que Daniel no escribió sus comentarios con ligereza, sino que fue enseñado verdadera y claramente por el ángel en todos los puntos que puso por escrito, y así se disipa toda vacilación en cuanto a abrazar lo que percibiremos después, pues es un fiel intérprete de Dios. Declara primero que vio una visión. *Ya lo había dicho antes, pero lo repite para producir la debida impresión; llama *grande *a la visión para despertar nuestra atención sobre su importancia. Añade: *fue privado de todo vigor; *como si hubiera quedado sin vida por el soplo del Espíritu. Así recogemos el objeto de la exhibición de todas estas señales exteriores: no solo ponen ante nosotros a Dios hablando por boca de su ángel, sino que prepararon al profeta mismo y lo adiestraron en la reverencia. Dios, sin embargo, no aterra a sus hijos como si nuestra inquietud fuera para él un objeto de deleite, sino únicamente porque nos es provechoso; pues si nuestros sentimientos carnales no fueran enteramente sometidos, nunca estaríamos dispuestos para recibir mejora. Esto requiere necesariamente violencia, a causa de nuestra perversidad innata; y ésta es la razón por la que el profeta fue reducido a este estado de falta de vida. Aun *mi hermosura, *o belleza, o apariencia, *se cambió en desfallecimiento; *es decir, mi deformidad fue semejante a la que produce la muerte. Añade, por último: *No retuve mi vigor. Usa una variedad de frases para mostrarse abatido por el soplo celestial, pues solo quedaba en él una pequeña porción de vida, y apenas se libró de la muerte misma. Debemos aprender a aplicarnos esta enseñanza, no por la desaparición de nuestro vigor ni por el cambio de nuestro aspecto cada vez que Dios nos habla, sino porque toda nuestra resistencia cede y todo nuestro orgullo y altivez se postran delante de Dios. En suma, nuestra disposición carnal debe quedar completamente reducida a nada, pues nunca se hallará en nosotros verdadera docilidad hasta que todos nuestros sentidos estén completamente mortificados; porque siempre debemos recordar cuán hostiles son a la voluntad de Dios todos nuestros pensamientos naturales. Sigue después; pero no puedo avanzar más hoy; debo aplazar hasta mañana mi comentario sobre los versículos siguientes.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, que así como te apareciste en otro tiempo a Daniel, tu santo siervo, y a los demás profetas, y por su doctrina hiciste visible tu gloria para nosotros hoy, nos acerquemos reverentemente a ella y la contemplemos. Cuando nos hayamos entregado enteramente a ti, que aquellos misterios que te ha placido ofrecernos por medio de su mano y de sus labores reciban de nosotros su debida estima. Que seamos abatidos en nosotros mismos y levantados por la esperanza y la fe hacia el cielo; postrados ante tu rostro, que nos conduzcamos de tal manera en el mundo que, mientras tanto, nos veamos libres de todos los deseos y pasiones depravadas de nuestra carne, y moremos con la mente en el cielo. Entonces, por fin, que seamos retirados de esta milicia terrenal y lleguemos a aquel reposo celestial que has preparado para nosotros, por el mismo Jesucristo nuestro Señor. — Amén.

Lección quincuagésima cuarta.

Daniel 10:9-10

9. Pero oí el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra.

9. Et audivi vocem sermonum ejus, et cum audirem vocem sermonum ejus, tunc ego fui sopitus super faciem meam, et facies mea in terram, projecta fuit scilicet.

10. Y he aquí una mano me tocó, e hizo que me pusiera sobre mis rodillas y sobre las palmas de mis manos.

10. et ecce manus tetigit me, et movere me fecit super genui mea, et palmas, aut volas, manum mearum.

Daniel 10:9-10

En la lección de ayer Daniel confesó que estaba atónito ante la vista del ángel y privado de toda fuerza interior. Añade después: Al oír el sonido de sus palabras se arrojó al suelo; *pues éste es el sentido del versículo noveno, como lo acabamos de leer. Se representa a sí mismo *en un desmayo y en el estado de inconsciencia que suele ocurrir cuando todos nuestros sentidos quedan paralizados por un temor excesivo. Mientras yacía así, sin sentido, en el suelo, He aquí, *añade, *unas manos me tocaron y me pusieron sobre mis rodillas y sobre las palmas de mis manos. Menciona que el ángel lo levantó en parte, no solo por el sonido de su voz, sino por el toque de su mano. Da a entender que aún no había sido levantado ni a la postura de pie ni a la de sentado; solo fue puesto sobre sus rodillas con las manos en el suelo, siendo esta postura señal de su abatimiento. Así fue aliviado en parte, y el temor ya no se apoderaba ni de su mente ni de sus miembros. De este pasaje debemos aprender que, cuando somos postrados por la voz de Dios, no podemos ser restaurados sino por su fuerza. Sabemos que la mano es el símbolo de la fuerza. Si Dios mismo no extiende su mano hacia nosotros, permaneceremos siempre como muertos. Ésta es una lección. El profeta añade luego las palabras que el ángel le dirigió:

Daniel 10:11

11. Y me dijo: Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras que te hablaré, y ponte en pie; porque a ti he sido enviado ahora. Mientras hablaba esto conmigo, me puse en pie temblando.

11. Et loquutus est ad me, Daniel vir desideriorum intellige, attentus sis, ad verba quae loquor tecum et sta super stare tuum: quia nunc missus sum ad te. Et cum loqueretur mecum sermonem hunc, steti tremens, vel, trepidus

Daniel 10:11

Relata aquí cómo fue fortalecido por la exhortación del ángel. Comienza ahora a levantarse de su posición anterior, y el ángel le ordena alzar su espíritu abatido, y lo llama varón muy amado. Hemos discutido antes esta palabra, que algunos refieren al celo de Daniel y toman en sentido pasivo, porque estaba inspirado con un ardor invencible por su ansiedad por el bien común de la iglesia. Yo me inclino más bien a la opinión contraria, pensando que se le llama así por la fuerza de sus deseos, porque era caro y precioso para Dios. Con este epíteto el ángel quiso animar al santo profeta, y calmar y sosegar su mente para escuchar lo que tan ardientemente esperaba. Entiende, *pues, dice, o está atento, *a las palabras que te hablaré, y ponte en pie. Algunos traducen: en tu lugar, pero «lugar» no se refiere a la posición del cuerpo. Ya he mostrado cómo el profeta no estaba ahora del todo postrado; tenía el rostro hacia la tierra, mientras se sostenía con las manos y las rodillas; y percibimos ahora que se levanta un paso más. Esta doctrina nos es provechosa, porque muchos se creen enteramente descuidados y abandonados por Dios si no recobran de inmediato su vigor de ánimo. Pero Dios no devuelve la vida de golpe a aquellos a quienes ha dejado casi sin ella, sino que comunica nueva vida por grados e inspira nuevo ánimo a los muertos. Percibimos que así se hizo en el caso de Daniel. Por tanto, nunca me sorprendo cuando Dios nos levanta gradualmente por pasos distintos y cura nuestra debilidad poco a poco; pero si se nos suministra siquiera una sola gota de su virtud, debemos contentarnos con este consuelo, hasta que complete lo que ha comenzado en nosotros. En fin, este pasaje nos descubre cómo obra Dios en sus siervos: no los hace perfectos de una vez, sino que permite que quede alguna debilidad hasta la conclusión de su propia obra.

Daniel añade después: Cuando oyó esta exhortación, se puso en pie. Observamos aquí el efecto y el fruto de la exhortación del ángel, pues Daniel ya no necesitaba apoyarse en las manos y las rodillas. Podía estar derecho, aunque añade: permaneció temblando. Aunque estaba así erguido de cuerpo, no estaba enteramente libre de sentimientos de pavor; y, aunque estaba de pie, no se hallaba aún aliviado de toda trepidación, ni siquiera por el mandato del ángel. Esto confirma mi observación anterior: Dios deja en sus siervos algunas señales de temor, para recordarles su debilidad; se atreven a elevarse por la esperanza por encima del mundo, pero no olvidan que son solo polvo y ceniza, y así se contienen dentro de los límites de la humildad y la modestia. Sigue ahora:

Daniel 10:12

12. Entonces me dijo: Daniel, no temas; porque desde el primer día que dedicaste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y yo a causa de tus palabras he venido.

12. Et dixit ad me, ne timeas Daniel, quia a die primo quo adjecisti cor tuum ad, intelligendum, et affigendum te, vel, humiliandum, coram facie Dei tui, exaudita sunt verba tua: et ego veni in verbis tuis, hoc est, propter verba tua.

Daniel 10:12

Por el hecho de que el ángel mande al profeta tener un ánimo sereno y tranquilo, deducimos que su susto continuaba y que todavía no podía escuchar con sosiego. Y, sin embargo, este temblor mejoraba su docilidad. Sin la menor duda, Dios quiso preparar así a su siervo para hacerlo más atento a sus discípulos, y con todo, este mismo terror impedía a Daniel reunir todos sus sentidos para escuchar el discurso del ángel. El remedio se expone en estas palabras: Daniel, no temas. El ángel no quiso quitar todo temor del ánimo del profeta, sino más bien calmarlo, para que su temblor no le impidiera prestar la debida atención a las profecías que pronto discutiremos. Ya he dicho bastante sobre el tema de esta exhortación. Como Dios sabe que el temor nos es útil, no quiere que estemos enteramente libres de él, pues un exceso de confianza en nosotros mismos produciría de inmediato pereza y orgullo. Dios, por tanto, quiere que nuestros temores nos contengan como un freno, pero entretanto modera este pavor en sus siervos, para que sus ánimos no queden heridos y perturbados, e incapacitados así para acercarse a él con calma.

El ángel añade: Desde el primer día en que comenzaste a aplicar tu mente a entender y a afligirte delante de Dios, fueron oídas tus oraciones. Esta razón muestra suficientemente en qué sentido y con qué intención el ángel prohibió los temores del profeta: porque, *dice, *tus oraciones han sido oídas. No quería desterrar todo temor, sino ofrecer alguna esperanza y consuelo; y, apoyado en esta expectativa, el profeta podía esperar la revelación que tan ardientemente deseaba. Declara que sus oraciones habían sido oídas desde el tiempo en que aplicó su mente a entender y se afligió delante de Dios. Pueden notarse aquí dos puntos: primero, por la palabra «entender» el ángel nos informa de que Dios era propicio a las oraciones de su siervo, porque eran sinceras y legítimas. Pues ¿qué espectáculo contemplaba Daniel? Veía la condición de la iglesia enteramente confusa, y deseaba que se le comunicara alguna señal de favor que lo asegurara de que Dios todavía se acordaba de su pacto y de que no despreciaba a aquellos miserables israelitas que había adoptado. Siendo éste el objeto de la oración del profeta, obtuvo hasta ese punto lo que pedía, y el ángel da testimonio de que Dios fue movido por sus ruegos. Se nos enseña, pues, por este pasaje que, si estamos ansiosos de que nuestras súplicas sean oídas y aprobadas por Dios, no debemos ceder a esas necias pasiones y apetitos que nos solicitan y seducen. Debemos observar la regla aquí prescrita por el ángel y conformar nuestros ruegos a la voluntad de Dios. Sabemos, dice Juan, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye (1 Jn 5:14). Éste es el primer punto. El segundo es la adición de la penitencia al fervor en la devoción, cuando el ángel dice que el ánimo de Daniel fue afligido o humillado. Aquí se nos presenta una segunda condición de la verdadera oración, cuando los fieles se humillan delante de Dios y, tocados de verdadera penitencia, derraman delante de él sus gemidos. El ángel muestra, pues, cómo Daniel obtuvo lo que pedía: afligiéndose suplicante delante de Dios. No pronunció oraciones por la iglesia de un modo meramente formal, sino que, como hemos visto antes, unió el ayuno con la súplica y se abstuvo de todo manjar delicado. Por esta razón Dios no rechazó sus peticiones. Dice: delante de tu Dios; *esta expresión del ángel da a entender que la súplica del profeta procedía de una fe verdadera. Las oraciones de los impíos, en cambio, siempre repelen al Todopoderoso, y nunca pueden estar seguros de que les sea propicio. A causa de la vacilación y la inconstancia de los incrédulos, se pone delante de Daniel este testimonio de fe verdadera: *oró a su propio Dios. Todo el que se acerca a Dios, dice el apóstol (He 11:6), debe reconocer que existe y que se deja alcanzar fácilmente por todos los que lo buscan y lo invocan. Debemos notar esto con diligencia, pues este defecto es muy manifiesto en todas las edades: los hombres a menudo oran a Dios, pero por su vacilación derraman sus peticiones al aire. No se dan cuenta de que Dios es su Padre. Otro pasaje nos recuerda también cuán inútil es la esperanza de obtener algo por la oración si estamos agitados y zarandeados en nuestros afectos (Stg 1:6-7). Si la fe no resplandece, no debemos extrañarnos de que quienes invocan a Dios pierdan todo su trabajo por profanar su nombre. Por último, con esta expresión el ángel nos muestra cómo la oración de Daniel se fundaba en la fe; no había buscado a Dios con temeridad, sino que estaba claramente persuadido de ser bien recibido entre los hijos de Dios. Oró, *pues, *a su propio Dios, y por esta razón sus peticiones fueron oídas. Luego añade el ángel: *vino a causa de sus palabras; *como se dice en los Salmos (Sal 145:19). Dios se inclina con deseo hacia los que le temen; y en este sentido el ángel está al servicio de Daniel. Sigue ahora:

Daniel 10:13

13. Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí que Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y yo quedé allí con los reyes de Persia.

13. Et Princeps regni Persarum stetit coram me, vel, e regione, viginti diebus et uno. Et ecce Michael unus principum primorum venit ad opem ferendam mihi, et ego residuus fui apuds reges Persarum, vel, Persidis.

Daniel 10:13

El ángel da ahora una razón de por qué no se apareció de inmediato, desde el primer momento, al profeta, quien podría quejarse así: «¿Qué trato es éste, dejarme consumirme de dolor durante tanto tiempo?», pues Daniel había permanecido tres semanas seguidas en la más severa aflicción. Dios lo había oído, ciertamente, desde el primer día; ¿cómo, entonces, podía todavía ver a este hombre miserable postrado en el luto? ¿Por qué no hizo que apareciera abierta y realmente que no había orado en vano? El ángel responde ahora a esta objeción y muestra cómo había estado ocupado en otra parte, promoviendo el bienestar del profeta. Debemos notar esto con cuidado, porque la demora nos turba a menudo cuando Dios no extiende de inmediato su ayuda y durante mucho tiempo nos oculta el fruto de nuestras oraciones. Siempre que nuestras pasiones estallan con fuerte ímpetu y manifestamos fácilmente señales de impaciencia, debemos notar esta expresión del ángel, pues nuestras oraciones pueden estar ya oídas mientras el favor y la misericordia de Dios nos están ocultos. La experiencia de Daniel se cumple a diario en cada miembro de la iglesia, y sin la menor duda la misma disciplina se ejerce con todos los piadosos. Ésta es nuestra reflexión práctica. Debemos notar, en segundo lugar, la condescendencia de Dios al dignarse explicarse por medio del ángel a su propio profeta. Ofrece una razón de la demora del regreso del ángel, y la causa de este estorbo era, como ya he dicho, su cuidado por la seguridad de su pueblo escogido. La admirable clemencia del Todopoderoso se prueba aquí en que ofrece una excusa tan benignamente a su profeta, porque no se mostró fácil de rogar el mismo día en que se le ofreció la oración. Pero debemos sacar otro provecho práctico del pasaje: Dios no deja de mirarnos con favor aun cuando no le plazca hacérnoslo sentir, pues no siempre lo pone delante de nuestros ojos, sino que más bien lo oculta a nuestra vista. De esto inferimos el cuidado constante de Dios por nuestra seguridad, aunque no se muestre exactamente del modo que nuestras mentes puedan concebir y comprender. Dios supera toda nuestra comprensión en la manera en que provee a nuestra seguridad, pues el ángel relata aquí su misión en una dirección bien distinta, y sin embargo al servicio de la iglesia. Aparece ahora cómo Daniel obtuvo respuesta a sus oraciones desde el primer día en que las ofreció, y sin embargo permaneció inconsciente de ello, hasta que Dios le envió algún consuelo en medio de sus angustias. Se ha propuesto una interpretación muy distinta de este versículo, pues algunos expositores piensan que el ángel fue enviado a Persia para proteger aquel reino. Hay cierta probabilidad en esta explicación, porque los israelitas estaban todavía bajo la monarquía persa, y Dios pudo haber prestado alguna ayuda a los reyes de Persia por amor de su propio pueblo. Pero yo pienso que el ángel se puso en directa oposición y conflicto contra Cambises, para impedir que se ensañara más ferozmente contra el pueblo de Dios. Había promulgado un cruel edicto que impedía a los judíos edificar su templo, y manifestaba completa hostilidad a su restauración. No se habría dado por satisfecho con este trato riguroso si Dios no hubiera contenido su crueldad con la ayuda y la mano del ángel.

Si sopesamos estas palabras con juicio, concluiremos fácilmente que el ángel luchó más bien contra el rey de los persas que en su favor. *El príncipe, *dice, *del reino de los persas, *es decir, Cambises, con su padre Ciro, cruzó el mar y combatió con los escitas, y también en el Asia Menor. El príncipe del reino de Persia estaba alineado contra él, como si dijera: Me detuvo para que no llegara hasta ti, pero fue por el bien de tu raza, pues si Dios no me hubiera usado para ayudarte, su crueldad se habría agravado y tu condición habría sido enteramente desesperada. Ves, pues, cómo no ha faltado celo de mi parte, pues Dios nunca fue sordo a tus súplicas. *El príncipe del reino de los persas se me opuso durante veintiún días; *es decir, desde el tiempo en que comenzaste a derramar tus oraciones delante de Dios, nunca he retrocedido ante ningún ataque o asalto con que pudiera defender a tu pueblo. *El príncipe del reino de los persas se me opuso; *es decir, estaba tan encendido contra los israelitas que pretendía derramar hasta las heces de su ira, de no haber mediado divinamente la ayuda que yo te presté.

Añade luego: He aquí que Miguel, uno de los principales jefes o príncipes, vino para fortalecerme. Algunos piensan que la palabra Miguel representa a Cristo, y yo no me opongo a esta opinión. Es bastante claro que, si todos los ángeles velan por los fieles y elegidos, sin embargo Cristo tiene entre ellos el primer lugar, porque es su cabeza y usa su ministerio y ayuda para defender a todo su pueblo. Pero como esto no se admite generalmente, lo dejo por ahora en duda, y diré más sobre el tema en el capítulo doce. De este pasaje podemos deducir claramente la conclusión siguiente: los ángeles luchan por la iglesia de Dios, tanto en general como por cada miembro, según se necesite su ayuda. Sabemos que ésta es parte de la ocupación de los ángeles, que protegen a los fieles según el Salmo 34 (Sal 34:7). Plantan su campamento en derredor de ellos. Dios, por tanto, planta a sus ángeles frente a todos los esfuerzos de Satanás y a todo el furor de los impíos que desean destruirnos y están siempre urdiendo nuestra ruina completa. Si Dios no nos protegiera de este modo, estaríamos enteramente perdidos. Conocemos el horrible odio de Satanás contra nosotros y el poderoso furor con que nos asalta; sabemos cuán hábil y variadamente trama sus artificios; lo conocemos como el príncipe de este mundo, que arrastra y precipita tras sí a la mayor parte del género humano, mientras éstos derraman impíamente sus amenazas contra nosotros. ¿Qué impide a Satanás devorar cada día cien veces toda la iglesia, colectiva e individualmente? Es evidente que Dios debe oponerse a su furor, y lo hace por medio de los ángeles. Mientras ellos combaten por nosotros y por nuestra seguridad, no percibimos esta malicia oculta, porque ellos nos la ocultan.

Podemos ahora tratar este pasaje un poco más en detalle. El ángel estaba apostado en Persia para reprimir la audacia y la crueldad de Cambises, que no se contentaba con un solo edicto, sino que habría arrastrado por la fuerza a los miserables israelitas a un nuevo destierro. Y lo habría conseguido si no se le hubiera enfrentado primero un ángel y luego otro. El ángel nos informa ahora cómo Miguel, uno de los principales jefes, llegó con los refuerzos necesarios. La defensa de un solo ángel podría haber bastado, pues los ángeles no tienen más poder que el que se les confiere. Pero Dios no está atado a ningún medio particular; no está limitado ni a uno ni a mil, como cuando Josafat habla de un pequeño ejército, dice: Nada importa delante de Dios que seamos pocos o muchos (2 Cr 14:11; 1 S 14:6). Pues Dios puede salvar a su pueblo con una fuerza pequeña o con una poderosa; y lo mismo es verdad de los ángeles. Pero Dios está ansioso de testificar el cuidado que dedica al bienestar de su pueblo y su singular benignidad hacia los israelitas, mostrada por el envío de un segundo ángel. Dobló su refuerzo para dar testimonio de su amor hacia estos desventurados e inocentes, que eran oprimidos por las calumnias de sus enemigos y por la tiranía de aquel rey impío. Finalmente, el ángel dice que quedó con los reyes de Persia, con el fin de remover los numerosos obstáculos en el camino del pueblo escogido; pues si Dios no hubiera resistido con su propio escudo aquel diluvio de armas, los judíos habrían sido sepultados bajo él en el acto. Sigamos:

Daniel 10:14

14. Y he venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu pueblo en los postreros días; porque la visión es aún para muchos días.

14. Et veni ut tibi patefacerem quod occurret populo tuo in extremitate dierum, *diebus postremis, *quia adhuc visio ad dies.

Daniel 10:14

El ángel prosigue con el mismo pensamiento. Declara que ha llegado para predecir a Daniel los acontecimientos venideros, y éstos, además, para un largo período de tiempo. Prueba además que las oraciones de Daniel no fueron ni vanas ni infructuosas, pues produjeron este conflicto con los reyes de Persia, padre e hijo. Aduce ahora otra prueba de esto, porque Dios quería que su profeta fuera instruido para esperar con paciencia la llegada de los acontecimientos, después de haber sido plenamente informado de que el pueblo escogido estaba bajo el cuidado y la protección de Dios. Esto lo reconocería fácilmente por las profecías del capítulo siguiente. Añade luego: al fin de los días. Con esta expresión el ángel recomienda la gracia de Dios hacia el profeta, de la cual era ministro especial. Su misión no era solo anunciarle los sucesos de tres o cuatro años, o de algún período breve, sino que debía extender sus predicciones a lo largo de muchos años, hasta el extremo de los días. De buena gana refiero este período a la renovación de la iglesia que sucedió en el advenimiento de Cristo. Las Escrituras, al usar la frase los últimos días, o tiempos, señalan siempre la manifestación de Cristo, por la cual fue renovada la faz del mundo. Es exactamente semejante a que el ángel dijera que daría a Daniel pleno conocimiento de todos los acontecimientos futuros, hasta la redención final del pueblo, cuando Cristo fue manifestado para la salvación de su iglesia. Por eso el ángel abarca los 490 años de que había hablado. Pues el advenimiento de Cristo determinó la plenitud de los tiempos, y la razón añadida conviene admirablemente al pasaje. La visión es aún para días, dice; así toman estas palabras, con frialdad, algunos expositores. Estoy persuadido de que el ángel quiere mostrar cómo Dios abre ahora a su siervo los sucesos futuros, y así estas profecías se vuelven como una lámpara que alumbra siempre en la iglesia. Los fieles se quejan en el Salmo 74 (Sal 74:9) de la ausencia de toda señal, porque no queda ningún profeta. No vemos nuestras señales, dicen; no existe profeta entre nosotros. Esto era un indicio de que Dios los había rechazado y abandonado. Por débilmente que la luz de su doctrina brille sobre nosotros, el menor destello debería bastar para producir paciencia y reposo. Pero cuando toda la luz de la Palabra se apaga, nos parece estar completamente envueltos en tinieblas tartáreas. Como los israelitas sufrieron tantas aflicciones durante casi 500 años, este remedio debía restaurarlos por completo; pues cuando el ángel testifica que la visión es aún para días, *quiere decir que, aunque Dios permite que su pueblo sea miserablemente afligido, con esta nueva prueba muestra que no los había desechado del todo. Quedaba alguna visión; es decir, por la luz de la profecía manifestará siempre su cuidado por sus escogidos, y ellos pueden incluso esperar un feliz desenlace de todas sus penas. Entendemos ahora el sentido del ángel cuando dice: *la visión es aún para días. Las profecías, en efecto, cesaron poco después, y Dios ya no envió otros profetas a su pueblo, pero su enseñanza permaneció siempre como un indicador del camino, pues en ella se completaba toda la serie de los tiempos hasta el advenimiento de Cristo. Sus hijos nunca estuvieron desprovistos de todo consuelo necesario; porque, aunque no sobrevivían profetas que pudieran instruir al pueblo en los mandamientos de Dios de viva voz, la enseñanza de Daniel floreció durante casi 500 años después de su muerte. Cumplió también su parte en sostener el ánimo de los piadosos y en mostrarles la firmeza del pacto de Dios, a pesar de toda oposición. Aunque la iglesia fue agitada de diversas maneras, Dios es coherente en todas sus promesas hasta la completa redención de su iglesia por el advenimiento de su Hijo unigénito.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, ya que es tal la debilidad de nuestra fe que casi se desvanece en la menor ocasión: Concédenos, te rogamos, que no dudemos en sacar sostén de este notable y memorable ejemplo que quieres proponernos en Daniel, aunque por un tiempo escondas de nosotros tu rostro y yazgamos postrados en tinieblas. Aun así, permanece cerca de nosotros; y con esperanza sin dudas que seamos constantes en nuestras oraciones y gemidos, hasta que por fin aparezca el fruto de nuestras oraciones. Así podamos hacer guerra continua a toda clase de pruebas y persistir invictos hasta que extiendas tu mano desde el cielo hacia nosotros y nos eleves a aquel bienaventurado reposo que allí nos está guardado por Cristo nuestro Señor. — Amén.

Lección quincuagésima quinta.

Daniel 10:15

15. Y mientras él me decía tales palabras, puse mi rostro en tierra y enmudecí.

15. Et cum loqueretur mecum secundum verba haec, posui faciem meam in terram, et obmutui.

Daniel 10:15

Daniel vuelve a significar con estas palabras que estaba tan lleno de reverencia por el ángel que no podía mantenerse en pie. Esto tiende a recomendar la profecía a nuestra atención: a mostrarnos cómo el santo profeta no solo fue instruido por el ángel, sino a confirmar lo que registrará después en el capítulo 11 y librarlo de toda duda. Por último, nos permite confiar en las palabras del ángel, que no fueron pronunciadas de modo ordinario, sino tan obviamente divinas que arrojaron a Daniel de cabeza sobre la tierra. A mi juicio, yerran los expositores de la frase *enmudeció *que la refieren a su arrepentimiento de su oficio profético, por suponer que sus oraciones habían sido desatendidas. Esto es demasiado forzado, porque el profeta no expresa nada más que el haber sido asaltado por el miedo, de modo que sus pies y su lengua se negaron a cumplir sus funciones habituales. Así fue, al parecer, llevado fuera de sí. Al postrarse en tierra manifestó su reverencia, y al enmudecer mostró su asombro. Ya he explicado brevemente el objeto de todas estas afirmaciones: probarnos cómo el ángel estaba adornado con sus propios atributos y qué plena autoridad debe darse a sus palabras. Sigue:

Daniel 10:16-18

16. Y he aquí, uno con semejanza de hijo de hombre tocó mis labios; entonces abrí mi boca y hablé, y dije al que estaba delante de mí: Señor mío, con la visión me han sobrevenido dolores, y no me queda fuerza.

16. Et ecce secundum similitudinem filiorum hominis, tetgit labia mea, et aperui os meum, et loquutus sum; et dixi ad eum qui stabat ad conspectum meum, Domine, in visione conversi sunt dolores mei super me, et non continui robur.

17. ¿Cómo, pues, podrá el siervo de mi señor hablar con mi señor? Porque al instante me faltó la fuerza, y no me quedó aliento.

17. Et quomodo poterit servus Domini mei hujus loqui cum domino meo hoc? Et exinde non stetit in me robur; et anima, halitus, non fuit residuus in me.

18. Y aquél que tenía semejanza de hombre me tocó otra vez, y me fortaleció,

18. Et addidit, hoc est, secundo, tetigit me secundum similitudinem hominis, et roboravit me.

Daniel 10:16-18

Daniel narra aquí cómo el ángel que infligió la herida trajo al mismo tiempo el remedio. Aunque había sido abatido por el miedo, el toque del ángel lo levantó, no porque hubiera virtud alguna en el mero toque, sino porque sabemos que Dios estimula vivamente el uso de símbolos, como hemos observado antes. Así el ángel levantó al profeta no solo con su voz, sino con su toque. De donde deducimos la naturaleza opresiva del terror por la dificultad con que fue despertado de él. Esto debe referirse a su propio fin, que era estampar en la profecía el sello de la autoridad y proclamar abiertamente la misión de Daniel de parte de Dios. Sabemos también cómo Satanás se transfigura en ángel de luz (2 Co 11:14); y por eso Dios distingue esta predicción, con señales fijas, de todos los engaños de Satanás. En fin, por todas estas circunstancias el profeta muestra que Dios es el autor de la profecía que será pronunciada después, pues el ángel trajo consigo credenciales fidedignas, con las cuales se ganó el favor y probó abiertamente su misión ante Daniel. Dice que apareció a semejanza de hombre, o de los hijos de hombre. Parece hablar aquí de otro ángel; pero conforme avancemos percibiremos que el ángel es el mismo del principio. Antes le había dado el nombre de hombre; ahora, para distinguirlo de los hombres y probar que era humano solo en forma y no en naturaleza, dice que llevaba la semejanza de los hijos de hombre. Algunos lo restringen a Cristo, pero temo que esto sea demasiado forzado; y cuando todos los puntos se hayan discutido con mayor exactitud, ya he anticipado el resultado, pues lo más probable es que aquí se designe al mismo ángel de quien Daniel ha hablado hasta ahora. Ya hemos dicho que no es Cristo, porque esta interpretación se ajusta mejor a aquel Miguel que ya se ha mencionado y que se mencionará de nuevo al final de este capítulo. De donde es más sencillo recibirlo así: el ángel *fortaleció a Daniel tocando sus labios; *y el ángel, llamado antes hombre, lo era solo en apariencia, llevando la figura e imagen humana, sin participar de nuestra naturaleza. Pues, aun concediendo que Dios haya enviado a sus ángeles revestidos con frecuencia de cuerpos humanos, nunca los creó hombres en el sentido en que Cristo fue hecho hombre; porque ésta es la diferencia especial entre los ángeles y Cristo. Hemos dicho antes cómo Cristo nos fue representado bajo esta figura. Y no hay en esto nada sorprendente, porque Cristo asumió alguna forma de naturaleza humana antes de ser manifestado en carne, y los mismos ángeles han tomado la apariencia humana.

Dice después: abrió su boca y habló. Con estas palabras explica con más plenitud lo que dijimos antes: estaba completamente estupefacto de terror y, según toda apariencia, muerto. Entonces comenzó a abrir la boca y fue animado a la confianza. No es de extrañar, pues, que los hombres caigan y se desmayen cuando Dios muestra tales señales de su gloria; porque cuando Dios despliega su fuerza contra nosotros, ¿qué somos? Solo con su aparición se derriten los montes; solo con su voz tiembla toda la tierra (Sal 104:32). ¿Cómo, pues, pueden mantenerse en pie los hombres, que son solo polvo y ceniza, cuando Dios aparece en su gloria? Daniel, pues, estaba postrado, pero recobró después sus fuerzas cuando Dios le devolvió el ánimo. Debemos entender la certeza de que nos vemos obligados a desvanecernos en nada siempre que Dios pone ante nosotros alguna señal de su poder y majestad; y sin embargo nos restaura de nuevo, y se muestra como nuestro padre, y da testimonio de su favor hacia nosotros con palabras y otras señales. El lenguaje de esta cláusula podría parecer superfluo: *abrió su boca, y habló, y dijo; *pero con esta repetición quiso, como he dicho, expresar claramente la recuperación del uso de la palabra, después de ser reanimado por el toque del ángel.

Dice que habló al que estaba enfrente. Esta frase nos permite concluir que el ángel enviado aquí es el mismo que el anterior; y esto aparecerá más claramente por el final del capítulo y a medida que avancemos en nuestro tema. Luego dice: Señor mío, en la visión mis angustias se han vuelto sobre mí, y no he retenido mi fuerza. Llama aquí «Señor» al ángel, según la costumbre hebrea. Era verdad la afirmación de Pablo, que bajo la ley no hay más que un Señor (1 Co 8:6), pero los hebreos usan la palabra sin distinción cuando se dirigen a alguien con un título de respeto. No era menos habitual entre ellos que entre nosotros usar esta expresión en casos especiales. Confieso que es una debilidad; pero siendo una forma común de expresión, el profeta no hace ceremonia alguna al llamar señores a los ángeles. Al ángel, pues, se le llama *señor *simplemente por respeto, como se aplica el título a los hombres que sobresalen en dignidad. *En la visión misma, *es decir, antes de que comenzaras a hablar, estaba sepultado en el dolor y privado de fuerza. ¿Cómo, pues, dice, puedo hablar ahora? Tú con tu sola aparición me has abatido; no es extraño que quedara enteramente mudo; y ahora, si abro la boca, no sé qué decir, pues el espanto que tu presencia me causó mantuvo todos mis sentidos completamente hechizados. Percibimos que el profeta estaba solo en parte erguido, sujeto todavía a algún grado de temor, y por eso incapaz de expresar libremente los pensamientos de su mente. Por eso añade: *¿Y cómo podrá el siervo de este mi Señor hablar con este mi Señor? *El demostrativo זה, *zeh, *parece usarse para amplificar, según la frase bastante común en nuestros días: «con un tal». Daniel no señala simplemente la presencia del ángel, sino que quiere expresar su rara y singular excelencia. Sería superfluo y fuera de lugar disputar si alguien afirmara que es ilícito atribuir tal autoridad al ángel. Pues, según mi observación anterior, el profeta usa el lenguaje común de la época. Nunca pretendió en modo alguno detraer de la monarquía de Dios. Conocía la existencia de un solo Dios, y que Cristo es el único príncipe de la iglesia; entretanto, se permitió libremente seguir la forma de hablar común y popular. Y en verdad somos demasiado propensos a evitar o descuidar el ceremonial religioso en el uso de las palabras. Aunque sostenemos que el profeta siguió las formas de expresión acostumbradas, no quitó nada a Dios al trasladarlo al ángel, como hacen los papistas cuando fabrican innumerables santos patronos y despojan a Cristo de su justo honor. Daniel no habría sancionado esto, sino que trató al ángel con honor, como lo haría con cualquier mortal notable e ilustre, conforme a mi afirmación anterior. Sabía que era un ángel, pero en su discurso con él no cedió a escrúpulos vacíos. Como lo veía bajo la forma de hombre, conversó con él como tal; y en cuanto a la certeza de la profecía, estaba claramente persuadido de la misión del ángel como instructor celestial.

Añade después: Desde ahora no quedó fuerza en mí, y mi aliento no me quedó más. Algunos traducen esto en tiempo futuro: no se mantendrá; y ciertamente el verbo יגמד, ignemed, *«se mantendrá», está en futuro; pero luego sigue el pasado cuando dice: *no quedó aliento en mí. Sin duda, esto no es sino una repetición de lo que observamos antes; pues Daniel fue asaltado no solo por el miedo, sino también por el estupor ante la vista del ángel. De donde aparece cuán enteramente desprovisto estaba de entendimiento y de lengua, tanto para comprender como para expresarse en respuesta al ángel. Éste es el sentido pleno de las palabras. Añade, en segundo lugar, que fue fortalecido por el toque de aquel que tenía la semejanza de hombre; *pues *me tocó, dice. Con estas palabras Daniel explica más claramente cómo no recobró todas sus fuerzas con el primer toque, sino que fue despertado gradualmente, y al principio solo pudo pronunciar tres o cuatro palabras. Percibimos, pues, cuán imposible es que quienes son postrados por Dios recojan todas sus fuerzas en el primer momento, y cómo recobran en parte y gradualmente las fuerzas que habían perdido. De ahí la necesidad de un segundo toque, para que Daniel pudiera oír al ángel hablarle con la mente perfectamente serena. Y aquí nos inspira de nuevo fe en la profecía, pues no estaba de ningún modo en éxtasis mientras el ángel discurría acerca de los sucesos futuros. Si hubiera yacido siempre postrado, nunca habría podido prestar atención al mensaje del ángel, y nunca habría podido cumplir para con nosotros el deber de profeta y maestro. Así Dios unió estas dos condiciones —el terror y la renovación de fuerzas— para hacer posible que Daniel recibiera con calma la enseñanza del ángel y nos transmitiera fielmente lo que había recibido de Dios por mano del ángel. Sigue:

Daniel 10:19

19. Y dijo: Varón muy amado, no temas; la paz sea contigo; esfuérzate y aliéntate. Y mientras él hablaba conmigo, recobré las fuerzas, y dije: Hable mi señor, porque me has fortalecido.

19. Et dixit, ne timeas vir desideriorum, Pax tibi, comfortare, et confortare. Et cum loqueretur mecum, roboravi me: tunc dixi, Loquatur dominus meus, quia roborasti me.

Daniel 10:19

Primero explica cómo recobró el ánimo por la exhortación del ángel; pues refiere este aliento como una orden de tener buen ánimo. No temas, *pues, *varón de deseos. El ángel se dirige aquí a Daniel con suavidad, para calmar sus temores, pues necesitaba algún atractivo cuando estaba oprimido de miedo ante las palabras y el aspecto del ángel. Ésta es la razón por la que lo llama varón deseable. Añade: paz a ti, *saludo acostumbrado entre los hebreos, que con esta frase quieren decir lo mismo que la expresión latina: Que te vaya bien. La paz, como la usaban los judíos, significa un estado de prosperidad, felicidad y quietud, y todo lo de esta clase. *Paz, *pues, *a ti, *es decir, que prosperes. Con esta palabra el ángel declara su llegada en favor del profeta para dar testimonio de los sentimientos misericordiosos de Dios hacia los israelitas, y de la acogida de sus oraciones. Debemos notar esto con diligencia, porque, como ya he observado, siempre que Dios despliega alguna señal de su majestad, nos espantamos necesariamente. Ningún otro remedio iguala al favor de Dios plenamente manifestado hacia nosotros y a su testimonio de que se acerca a nosotros como padre. El ángel expresa este sentimiento con la frase que usa, mostrando con qué justicia cayó Daniel sin vida por la reverencia ante la presencia de Dios, y la necesidad de que estuviera sereno y recogido cuando supo que era enviado para dar testimonio del favor de Dios. *Paz, *pues, *a ti. Añade después: esfuérzate, esfuérzate. Con esta repetición el ángel enseña cuán fuerte esfuerzo se requería para despertar al profeta; si hubiera estado solo ligeramente aterrado, una palabra habría bastado para recobrarlo. Pero como estaba fuera de sí y todos sus sentidos le habían fallado, el ángel inculca dos veces la misma exhortación a ser fuerte. *Esfuérzate, *pues, *esfuérzate; *es decir, recobra tu ánimo; y si esto no puede hacerse en un momento, persevera en recuperar aquella presteza que pueda hacerte un discípulo apto; porque, mientras permaneces así atónito, en vano te hablaría. Hay dos razones por las que debemos notar que el profeta nos informa de nuevo cuán abatido estaba. Primero, prueba cuán libre de ambigüedad era realmente esta revelación y cuán claramente estaba sellada con marcas de autenticidad. Segundo, debemos aprender cuán formidable nos es la presencia de Dios, si no estamos persuadidos del ejercicio de su amor paternal hacia nosotros. Por último, debemos observar cómo, una vez derribados, no podemos recobrar inmediata y completamente nuestro ánimo, sino que debemos darnos por satisfechos si Dios nos inspira gradual y sucesivamente nuevas fuerzas.

Daniel dice después: fue fortalecido, y dijo: Hable mi señor, porque me has hecho fuerte. Con estas palabras indica su paz de ánimo después de que el ángel lo despertó tocándolo dos veces y dándole valor con su exhortación. Nos es muy útil notar debidamente esta tranquilidad mental, porque el profeta debe hacerse primero un discípulo diligente para poder después cumplir para nosotros el oficio de fiel maestro. Con la mayor propiedad repite su afirmación sobre la recuperación de sus fuerzas, que le permitió dirigirse al ángel con facilidad. Sigue ahora:

Daniel 10:20

20. Y dijo: ¿Sabes por qué he venido a ti? Ahora volveré para pelear contra el príncipe de Persia; y al terminar con él, he aquí que el príncipe de Grecia vendrá.

20. Et dixit, An cognoscia, scisne, quare venerim ad te, et nunc revertar ad pugnandum cum principe Persarum; et ego egrediens, hoc est ubi egressus fuero, tunc ecce princeps Javan, hoc est, Graecorum, veniet.

Daniel 10:20

El ángel parece llevar aquí en vano al profeta por un rodeo; pues podría haberle dicho directa y sencillamente por qué había venido. Era necesario devolver al profeta a sus sentidos, pues por un tiempo apenas era dueño de sus actos. No estaba, ciertamente, dañado de modo permanente en su mente, pero la perturbación de sentimientos por la que había pasado había descompuesto temporalmente la calma de sus pensamientos. Este suceso ocurrió y se narra para nuestro provecho. Ésta es la razón por la que el ángel usa de nuevo este preámbulo: ¿Sabes? como si quisiera reunir los sentidos del profeta, que antes andaban errantes y dispersos. Lo urge a prestar gran atención. Y ahora, *dice, *volveré; *es decir, después de haberte explicado lo que oirás luego, *volveré otra vez a contender con el príncipe de los persas. Aquí el ángel indica la razón de la demora de su misión, no porque Dios descuidara los gemidos y oraciones de su profeta, sino porque aún no había llegado el tiempo oportuno. El ángel había declarado antes cómo el príncipe persa se le había opuesto; es decir, me detuvo, y me vi obligado a entrar en conflicto con él, pues su crueldad hacia el pueblo se había vuelto mucho más formidable e insolente. Ésta es la cuenta que da de su ocupación. Pero ahora añade: *Volveré para pelear contra el príncipe de los persas; *dando a entender: Dios me envió a propósito para desplegarte los sucesos futuros, pero ya sabes cuán lejos estaba yo de tener ocio, o lo estaré en adelante. Vengo ahora a ser testigo de Dios y heraldo de su buena voluntad hacia ti y hacia tu pueblo. En realidad, soy el defensor de tu seguridad, pues tengo que luchar constantemente por ti con el príncipe de los persas. Se refiere a Cambises. Sigo mi interpretación anterior de un combate entre el ángel y el rey de Persia, a quien hombres malvados habían estimulado a la crueldad; pues había revocado el edicto de su padre. El ángel resistió el furor del rey, que era por naturaleza muy turbulento, y los escritores profanos han descrito su carácter de manera semejante.

Añade ahora: *Iré a pelear contra el príncipe de los persas; *pues עם, *gnem, *tiene aquí, como en muchos otros pasajes, el sentido de «contra». Añade luego: *Y cuando yo salga, *es decir, cuando me haya ido, *vendrá el príncipe de Grecia, *dice; es decir, Dios lo ejercitará de otra manera. No quiere que esto se refiera a Cambises, sino a otros reyes persas, como diremos en su lugar. Es muy correcto suponer que el rey de Macedonia llegó con permiso de Dios; pero el ángel quiere simplemente declarar la existencia de varios métodos con que Dios estorba la crueldad de los reyes siempre que intentan dañar a su pueblo. Enviará al príncipe de los griegos, dice. Dios, pues, contuvo así a Cambises con la ayuda del ángel, y luego protegió a su pueblo de la crueldad ejercida por Alejandro, rey de Macedonia. Dios provee siempre a la seguridad de su pueblo, y tiene siempre una variedad de métodos en operación. El ángel quiso enseñarnos esto con toda sencillez. Por fin añade:

Daniel 10:21

21. Pero yo te declararé lo que está escrito en la Escritura de la verdad; y ninguno me ayuda contra ellos, sino Miguel vuestro príncipe.

21. Verum indicabo tibi quod exeratum est in Scriptura veraci: et non unus qui se roboret, vel, qui viriliter agat, mecum in his, nisi Michael princeps vester.

Daniel 10:21

Omito la interpretación de quienes dicen que, tras la partida del ángel, se adelantó el príncipe de los griegos, porque Dios dejó de prestar ayuda al reino de los persas. Esto es del todo diferente del sentido del profeta, y debemos mantener la explicación que he adoptado. El ángel añade ahora el objeto de su misión: hacer conocer a Daniel lo que relatará después. Atrae de nuevo nuestra confianza hacia su mensaje, no solo por el bien del profeta en privado, sino para asegurar a todos los piadosos cuán libres estaban los escritos de Daniel de cualquier engaño o invención humana, y cuán plenamente fueron inspirados desde lo alto. Anunciaré, *pues, *lo que ha sido grabado, *o esculpido, *en la Escritura de la verdad. Con esta frase, «la Escritura de la verdad», sin duda quiere decir el decreto eterno e inviolable del mismo Dios. Dios no necesita libros; el papel y los libros son solo ayudas para nuestra memoria, que de otro modo dejaría escapar fácilmente las cosas; pero como él nunca padece olvido, no necesita libros. Sabemos cuán a menudo la santa Escritura adopta formas de hablar según las costumbres humanas. Esta cláusula implica lo mismo que si el ángel hubiera dicho que no traía sino lo que Dios ya había determinado antes, y así el profeta esperaría su cumplimiento pleno y completo.

Añade luego: No hay nadie que me apoye en este deber, sino Miguel, *a quien llama *príncipe del pueblo escogido. Sorprende por qué el ángel y Miguel solos pelearon por la seguridad del pueblo. Escrito está: Los ángeles acampan en derredor de los que temen a Dios (Sal 34:7), y entonces solo existía una iglesia en el mundo. ¿Por qué, pues, no encomendó Dios este cargo a más ángeles que uno? ¿Por qué no envió poderosas fuerzas? Reconocemos que Dios no se limita a ninguna regla fija; puede ayudarnos tanto con muchas fuerzas como con un solo ángel o con más. Y no se sirve de los ángeles como si no pudiera prescindir de ellos. Ésta es la razón de la variedad que observamos: primero se contenta con un ángel, y luego le añade más. A un hombre le dará un gran ejército, como leemos de Eliseo, y como otros pasajes de la Escritura nos ofrecen ejemplos. (2 R 6:17): el siervo de Eliseo vio el aire lleno de ángeles. Así también dijo Cristo: ¿Acaso no puedo pedir a mi Padre, y él me enviaría, no un ángel solo, sino una legión? (Mt 26:53). Además, el Espíritu de Dios asigna muchos ángeles a cada uno de los fieles (Sal 91:11). Entendemos ahora por qué Dios envía más ángeles, no siempre con el mismo propósito o intención, para informarnos de que él basta para darnos protección aunque no se suministrara otra ayuda. Provee a nuestras debilidades trayéndonos ayuda por medio de sus ángeles, que obran como manos para ejecutar sus mandatos. Pero he observado antes que ésta no es una práctica invariable, y no debemos atarlo con condiciones fijas a suplir siempre nuestras necesidades del mismo modo. Dios pareció, al menos por un tiempo, dejar a su pueblo sin ayuda, y después fueron enviados dos ángeles a combatir por ellos; primero se envió uno solo a Daniel, y luego Miguel, a quien algunos tienen por Cristo. No me opongo a esta opinión, pues lo llama príncipe de la iglesia, y este título no parece pertenecer en absoluto a ningún ángel, sino ser peculiar de Cristo. En suma, el ángel significa que Dios no desplegó toda su fuerza al combatir por su iglesia, sino que se muestra siervo para promover su seguridad hasta que llegue el tiempo de la liberación. Añade después —pues el versículo siguiente puede tratarse brevemente y debe unirse a éste en un mismo contexto.

CAPÍTULO 11

Daniel 11:1

1. Y en el año primero de Darío el medo, yo estuve para animarlo y fortalecerlo.

1. Et ego anno primo Darii medi steti in roboratorem, et auxilium illi.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.