Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Daniel 11: comentario de Juan Calvino

Daniel 11:1

Los intérpretes explican este versículo de varias maneras. Algunos piensan que el ángel peleó por el rey persa, y siguen su opinión porque no comenzaba ahora por primera vez a defender aquella monarquía en favor del pueblo escogido, sino que lo había hecho desde el principio mismo. Otros lo refieren a Miguel, pues el ángel declara que introdujo la ayuda de Miguel. Pero eso es forzado y frío. No dudo en afirmar que el argumento es de lo mayor a lo menor, y tenemos un ejemplo de esto en una tragedia de Ovidio: He podido conservarte; ¿preguntas si puedo destruirte? Así dice el ángel: Yo he levantado la monarquía persa; no tengo la menor duda de mi poder presente para contener a estos reyes, no sea que derramen su furor sobre el pueblo. El sentido pleno es éste: el rey de los persas no es nada y nada puede hacer sino por mí. Yo fui siervo de Dios al trasladar la monarquía de los medos y caldeos a los persas, y también la de los babilonios a los medos. Dios, dice, me confió ese oficio, y así puse a Darío sobre el trono. Ves ahora cuán completamente lo tengo en mi poder y cómo puedo impedirle que dañe a mi pueblo si tuviera inclinación a hacerlo. Cuando el ángel se gloría de *haberse puesto de pie para ayudar a Darío, *no reclama nada para sí, sino que habla como en la persona de Dios. Pues los ángeles no tienen poder distinto del de Dios cuando él usa su agencia y su ayuda. No hay razón para investigar si el ángel debe usar este lenguaje jactancioso y reclamar algo para sí. Porque no reclama nada como realmente suyo, sino que se muestra a sí mismo como agente en el cambio de dinastía cuando Babilonia fue sometida por los medos y el imperio fue transferido a Darío. Pues, aunque, como hemos mostrado antes, Ciro obtuvo la victoria, transfirió sin embargo los honores del gobierno a su tío Ciaxares. Los hebreos acostumbran considerarlo rey durante los dos primeros años; Ciro comenzó a reinar después de este período; y ahora, cuando el ángel aparece a Daniel, había llegado el año tercero, como vimos al comienzo del capítulo.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, ya que cada día y familiarmente te dignas concedernos la luz de la doctrina celestial, que vengamos a tu escuela con verdadera humildad y modestia. Que nuestra docilidad sea realmente manifiesta; que recibamos con reverencia todo lo que procede de tus labios, y que tu majestad sea notoria entre nosotros. Que gustemos de aquella bondad que nos manifiestas en tu palabra, y podamos regocijarnos en ti como nuestro Padre; que nunca temamos tu presencia, sino que disfrutemos del dulce testimonio de tu gracia y favor paternales. Que tu palabra nos sea más preciosa que el oro y los tesoros del mundo, y, entretanto, que nos alimentemos de su dulzura, hasta que lleguemos a toda aquella plena saciedad que nos está guardada en los cielos, por Cristo nuestro Señor. — Amén.

Lección quincuagésima sexta

Daniel 11:2

2. Y ahora yo te mostraré la verdad. He aquí que aún habrá tres reyes en Persia, y el cuarto se hará de grandes riquezas más que todos ellos; y al hacerse fuerte con sus riquezas, levantará a todos contra el reino de Grecia.

2. Et nunc veritatem annuntio tibi: ecce adhuc tres reges stabunt in Perside, et quartus ditabitur opibus mignis, prae omnibus et secundum fortitudinem suam, in, inquam, opibus suis, excitabit omnes contra regnum Graecorum.

Daniel 11:2

Debemos entender ahora cuál era la intención de Dios al informar así a su siervo Daniel de acontecimientos futuros. Claramente no quería satisfacer una curiosidad vana, sino que se extendió sobre sucesos que era necesario conocer, capacitando así al profeta no solo para apoyarse en privado en la gracia de Dios, mediante esta manifestación de su cuidado por su Iglesia, sino también para exhortar a otros a perseverar en la fe. Este capítulo parece una narración histórica bajo la forma de una descripción enigmática de sucesos entonces futuros. El ángel relata y pone ante sus ojos hechos que aún habían de cumplirse. De aquí deducimos con toda claridad cómo hablaba Dios por medio de sus profetas; y así Daniel, solo por su carácter profético, es para nosotros una prueba evidente del favor peculiar de Dios hacia los israelitas. Aquí el ángel trata, no del estado general del mundo, sino primero del reino de Persia, luego de la monarquía de Alejandro, y después de los dos reinos de Siria y Egipto. De esto percibimos con claridad cómo todo el discurso se dirigía a los fieles. Dios no miraba el bienestar de otras naciones, sino que quería beneficiar a su Iglesia, y principalmente sostener a los fieles en las tribulaciones que se acercaban. Era para asegurarles que Dios nunca se olvidaría de su pacto, y que moderaría de tal modo las convulsiones que entonces se producían por todo el mundo, que siempre protegería a su pueblo con su ayuda. Pero tendremos que repetir esto otra vez, y aun más de una vez, a medida que avancemos.

Ante todo, el ángel declara: Todavía se levantarán tres reyes en Persia. Respecto a la cláusula He aquí, yo te anuncio la verdad, expliqué en la lección de ayer cuán a menudo confirmaba su profecía cada vez que trataba sucesos de la mayor importancia, que parecían casi increíbles. Te diré la verdad cierta; se levantarán tres reyes. Los judíos no solo son muy ignorantes de todo, sino también muy necios; además no tienen sentido de la vergüenza y están dotados de una audacia perversa; porque piensan que solo hubo tres reyes de Persia, y descuidan toda la historia, y mezclan y confunden cosas perfectamente claras y completamente distintas. Hubo ocho reyes de Persia de los cuales aquí no se hace mención. ¿Por qué, entonces, dice el ángel que se levantarían tres reyes? Este era el primer año de Darío, como vimos antes. Por tanto, en su cuenta de reyes se incluye a Ciro, el primer monarca, junto con su hijo Cambises. Una vez decididos estos dos reyes, surgirá de nuevo una nueva cuestión; pues algunos añaden a Smerdis después de Cambises, aunque era solo un impostor; porque los magos lo introdujeron falsamente como hijo de Darío, con el fin de adquirir para sí el poder soberano. Así fue reconocido como rey durante siete meses; pero descubierto el engaño, fue muerto por siete de los nobles, entre los cuales estaba Darío, hijo de Histaspes, y este, según la narración común, fue hecho rey por consentimiento de los otros al relinchar su caballo. Las variaciones de los intérpretes podrían impedirnos leerlos, y por eso debemos recoger la verdad a partir del suceso. Pues Smerdis, como he dicho, no puede ser contado entre los reyes de Persia, ya que no fue sino un impostor. Por lo tanto lo excluyo, siguiendo la prudencia de otros que han considerado el punto con atención.

Debemos observar ahora por qué Daniel menciona cuatro reyes, el cuarto de los cuales, dice, será muy rico. Cambises sucedió a Ciro, que reinaba cuando se pronunció la profecía. Este se movía siempre hacia lugares lejanos; apenas se concedía descanso durante un solo año; era sumamente deseoso de gloria, insaciable en su ambición, y siempre promovía nuevas guerras. Cambises, su hijo, que había matado a su hermano, murió en Egipto, y sin embargo añadió este país al imperio persa. Le sucedió Darío, hijo de Histaspes, y a este siguió Jerjes. Se engañan los que piensan que Darío, hijo de Histaspes, es el cuarto rey; sin duda el profeta se refería a Jerjes, que cruzó el mar con un poderoso ejército. Llevó consigo 900.000 hombres; y por increíble que esto parezca, todos los historiadores lo afirman constantemente. Estaba tan hinchado de orgullo que dijo que venía a poner grillos al Helesponto, mientras su ejército cubría toda la región vecina. Este es un punto; los cuatro reyes fueron Ciro, Cambises, Darío hijo de Histaspes, y Jerjes, omitiendo a Smerdis. Podemos preguntar ahora por qué el ángel limita el número a cuatro, siendo así que el sucesor de Jerjes fue Artajerjes, o Darío Longímano, el de las manos largas, y algunos otros después de él. Esta dificultad se resuelve por el siguiente método probable: Jerjes destruyó el poder del imperio persa por su temeridad; escapó con la mayor deshonra, y apenas se salvó por la bajeza de su huida. Se llevó consigo solo unos pocos compañeros, apresuradamente, en un barquichuelo, y no pudo conseguir un solo transporte, aunque el Helesponto había estado antes cubierto de sus naves. Todo su ejército fue casi hecho pedazos, primero en las Termópilas, luego en Leuctra, y después en otros lugares. Desde aquel momento el imperio persa declinó, pues aniquilada su gloria guerrera, el pueblo se entregó a la pereza y al ocio, según el testimonio de Jenofonte. Algunos intérpretes explican la frase se levantarán tres reyes del período floreciente de la monarquía persa: toman las palabras «se levantarán» enfáticamente, ya que desde aquel período el poder de la nación empezó a menguar. Porque Jerjes, a su regreso, fue aborrecido por todo el pueblo, primero por su necedad, luego por haber dado muerte a su hermano, por su conducta vergonzosa hacia su hermana, y por sus otros crímenes; y estando tan cargado de infamia ante su propio pueblo, fue muerto por Artabano, que reinó siete meses. Como el poder de Persia fue entonces casi enteramente destruido, o al menos empezaba a declinar, algunos intérpretes dicen que estos tres reyes se levantan, y luego añaden a Jerjes como el cuarto y el más opulento. Pero ¿y si tomamos la palabra «se levantará» en sentido relativo, con respecto a la Iglesia? Porque el ángel declara que el príncipe de Persia, Cambises, se puso delante de él, en actitud de hostilidad y conflicto. El ángel parece más bien insinuar el levantarse de cuatro reyes de Persia, con el propósito de recordar a los judíos los graves males y las penosas tribulaciones que debían sufrir bajo su dominio. En este sentido interpreto el verbo «levantarse», refiriéndolo a las luchas con que Dios afligió a la Iglesia hasta la muerte de Jerjes. Pues en aquel período, cuando declinó el poder de los persas, se concedió al pueblo de Dios un tiempo más largo de reposo y descanso. Esta es la razón por la que el ángel omite y pasa en silencio a todos los reyes desde Artabano hasta Darío, hijo de Arsaces; pues Arsaces fue el penúltimo rey, y aunque Oco reinó antes que él, sabemos por los historiadores profanos cómo su posteridad fue reducida al rango más bajo bajo el último Darío, a quien venció Alejandro, como veremos enseguida. Por esta razón pienso que este es el sentido genuino del pasaje: desde Ciro hasta Jerjes se levantarían reyes de Persia contra los israelitas, y durante todo ese período las luchas se renovarían, y los judíos estarían a punto de perecer por la desesperación bajo aquella serie continua de males. Algunos dicen que cuatro reyes se levantarían hasta que todos los judíos fueran sacados; y sabemos que esto nunca se completó, pues solo una pequeña parte volvió. En cuanto a mi propia opinión, no quiero contender con otros, pero no vacilo en destacar el deseo del ángel de exhortar a todos los piadosos a la paciencia, pues anunció el levantarse de estos cuatro reyes, que traerían sobre ellos diversas tribulaciones. Respecto al cuarto rey, la declaración de este pasaje conviene exactamente a Jerjes. El cuarto, dice, se enriquecerá con riquezas; pues el sustantivo tiene un significado semejante al verbo, ya que ambos proceden de la misma raíz. Es muy cierto que Darío, hijo de Histaspes, resolvió hacer la guerra a Grecia; lo intentó pero sin éxito, especialmente en la batalla de Maratón. Fue arrebatado por una muerte repentina cuando sus tesoros estaban preparados y se habían reunido muchas fuerzas. Dejó así a su hijo el material de guerra. Jerjes, en la flor de su edad, vio todos los preparativos de guerra dispuestos a su mano; abrazó con avidez la ocasión, y no hizo caso del consejo sano. Pues, como ya hemos dicho, se destruyó a sí mismo y a toda la monarquía, no por una sola matanza, sino por cuatro. Y este poder de levantar un ejército de 900.000 hombres no fue un hecho ordinario. Si solo hubiera llevado consigo a través del mar 100.000 hombres, habría sido una fuerza grande. Pero su capacidad de alimentar fuerzas tan grandes mientras pasaba por tantas provincias, y luego de transportarlas por el mar, excede los límites ordinarios de nuestra creencia. No nos sorprende, pues, que el ángel predijera la extrema riqueza de este rey.

Añade: Con su fortaleza y con sus riquezas levantará a todos contra el reino de los griegos. Esto no lo realizó Darío, hijo de Histaspes. Conforme a lo que dije antes, atacó ciertas ciudades griegas, pero sin producir confusión en todo el Oriente, como hizo Jerjes, su sucesor. En cuanto a la frase «el reino de Javán», suscribo de buen grado la opinión de quienes piensan que la palabra equivale a la griega Jonia. Pues Javán salió hacia aquella parte, y habitó allí con su posteridad en el territorio griego, de donde casi toda Grecia recibió su nombre actual. Toda la nación griega es llamada a menudo «Quitim», y algunos ven buena razón para que se los llame «Maquetas», por Quitim, hijo de Javán, y así, añadiendo una letra, llegamos a los macedonios. Porque es probable la conjetura de que este pueblo se llamó primero Maquetas, y después macedonios. Sin duda, en este pasaje y en muchos otros, Javán se pone por toda Grecia, pues Jonia era la parte del país más célebre en Judea y en todo el Oriente en general. Jerjes, pues, levantó contra el reino de Javán, es decir, Grecia, a todos los pueblos del Oriente; pues es bien sabido cómo su imperio se extendía ampliamente en todas direcciones. Sigue:

Daniel 11:3

3. Se levantará luego un rey valiente, el cual dominará con gran dominio y hará según su voluntad.

3. Et stabit rex fortis, et dominabitur dominatione magna, et faciet secundum voluntatem suam.

Daniel 11:3

Esto se refiere a Alejandro de Macedonia. Ya he expuesto brevemente la razón por la que el ángel pasó por alto a todos los reyes persas desde Artabano hasta el último Darío: no entraron en ningún conflicto con los judíos hasta Jerjes. Pero cuando Alejandro invadió Asia, llenó de terror a los judíos, lo mismo que a todas las demás naciones. Vino como un relámpago, y no es de ningún modo sorprendente que los judíos se asustaran de su llegada, porque, como expresamos antes, volaba con asombrosa rapidez. Alejandro, pues, se levantó, no solo por las riquezas y el poder de sus preparativos bélicos, sino que necesariamente infundió temblor a los judíos cuando percibieron su incapacidad de resistirle, y así les fue con razón hostil, porque desde el comienzo habían despreciado su imperio. Josefo nos informa también cómo se conmovió a la vista del sumo sacerdote, y cómo resolvió mitigar su ira contra los judíos. Pues estando en su patria, antes de pasar a Asia, se le presentó la visión del sumo sacerdote, porque Dios había enviado a su ángel bajo ese disfraz. Alejandro supuso que era alguna deidad; pero cuando el sumo sacerdote le salió al encuentro en procesión, la visión volvió a su memoria, y quedó herido como si hubiera visto a Dios apareciéndosele desde el cielo. Cualquiera que fuera el propósito de este suceso, Alejandro vino claramente a Judea con la intención de destruir por completo a toda la nación. Esta es la razón por la que el ángel predice cuidadosamente este cambio. Un rey valiente, pues, se levantará, y dominará con extenso dominio, y hará según su voluntad; es decir, tendrá éxito como si tuviera todos los acontecimientos de la guerra en su propia mano y según su propio gusto, como el suceso mismo lo probó con toda plenitud. Sigue:

Daniel 11:4

4. Pero cuando él se haya levantado, su reino será quebrantado, y repartido hacia los cuatro vientos del cielo; no a sus descendientes, ni según el dominio con que él dominó: porque su reino será arrancado, aun para otros fuera de ellos.

4. Et ubi constiterit, frangetur, vel, conteretur, regnum ejus, et dividetur in quatuor ventos coelorum, hoc est, in quatuor plagas mundi, et non posteritati ejus, et non secundum dominationem ejus, qua dominatus fuerit: quia extirpabitur, radicitus evelletur, regnum ejus, et aliis absque illis.

Daniel 11:4

Este lenguaje es conciso, pero no hay ambigüedad en el sentido. Ante todo el ángel dice que, después que aquel rey valiente se hubiera levantado, su imperio sería quebrantado: pues cuando Alejandro había llegado a su cumbre, cayó de repente enfermo, y poco después murió en Babilonia. Se habían reunido en torno a él embajadores de todas partes. Estaba completamente embriagado por la prosperidad, y es muy probable que él mismo se envenenara. Los historiadores, sin embargo, lo han visto como un ejemplo notable de singular valor, y así han fingido y han relatado, porque al menos así lo pensaron, que fue envenenado con engaño por Casandro. Pero todos sabemos cuán intemperada e inmoderadamente se entregaba a la bebida; casi se sepultaba en vino, y fue atacado por la enfermedad en medio de sus copas, y sucumbió a ella, porque no se halló remedio para él. Este fue, pues, el veneno de Alejandro. De cualquier modo que lo entendamos, cayó de repente, casi tan pronto como empezó a levantarse. Después de conquistar casi todo el Oriente, llegó a Babilonia, y estaba indeciso en sus planes sobre el empleo de sus fuerzas, tras haber procurado la paz a todo el Oriente. Estaba entonces ansioso por trasladar sus ejércitos a Europa o a África. El ángel dice: Después que se haya levantado, es decir, después que haya adquirido la monarquía de todo el Oriente, su reino será quebrantado. Usa esta comparación porque todo el poder de Alejandro no fue tanto extinguido como roto en partes separadas. Sabemos cómo los doce jefes que eran sus generales atrajeron hacia sí los despojos; cada uno tomó una porción de su reino, y la repartió entre ellos, como hemos dicho antes, como si fuera arrancada del cuerpo de su señor. Todos consintieron en elevar a su hermano Arideo a la dignidad de rey, y lo llamaron Filipo, para que, mientras sus hijos eran jóvenes, la memoria de su padre los recomendara al mundo. Pero finalmente cuatro reinos salieron de la monarquía de Alejandro. No es necesario referirnos aquí a lo que podemos leer con calma en los escritos de los historiadores.

El profeta solo toca brevemente aquellos puntos que se relacionan con la instrucción de la Iglesia; no relata en orden ni en detalle los sucesos narrados en la historia; solo dice: Su imperio será quebrantado, y será repartido, dice, hacia los cuatro vientos del cielo. El ángel omite aquella partición que asignó el tesoro a uno, y dio a Filipo el oficio de consejero: Perdicas fue el tutor de su hijo, y él con otros obtuvo una porción de sus dominios. Seleuco obtuvo Siria, a quien sucedió su hijo Antíoco; Antígono llegó a ser prefecto de Asia Menor; Casandro, el padre de Antípatro, se apoderó para sí del reino de Macedonia; Tolomeo, hijo de Lago, que había sido soldado raso, poseyó Egipto. Estos son los cuatro reinos de que trata ahora el ángel. Pues Egipto estaba situado al sur de Judea, y Siria al norte, como tendremos ocasión de observar después. Macedonia vino después, y luego Asia Menor, tanto al oriente como al occidente. Pero el ángel no entra en detalles complicados, sino que enumera brevemente todo lo necesario para la instrucción común del pueblo elegido. El consentimiento común de todos los escritores nos ha transmitido estos hechos: cuatro reinos se constituyeron al fin de muchas porciones, después que los jefes se hubieron matado unos a otros de tal modo que solo sobrevivieron cuatro, a saber, Tolomeo, Seleuco, Antígono y Casandro. Después el reino de Antíoco se extendió cuando Antígono fue vencido; pues Antíoco añadió Asia Menor al reino de Siria. Pero Antíoco subsistió solo por un tiempo, y por eso el ángel declara con verdad y propiedad que este imperio sería dividido en cuatro partes.

Añade luego: Y no a su posteridad. Nadie habría podido adivinar lo que el ángel predijo tantos años antes del nacimiento de Alejandro; pues este no nació sino cien años después de este período. Quienes conocen la audacia de sus planes bélicos, la rapidez de sus movimientos y el éxito de sus medidas, nunca se persuadirían de este resultado: la completa destrucción de toda su posteridad y la total extinción de su raza.

Si Alejandro hubiera vivido tranquilo en casa, podría haberse casado y haber llegado a ser padre de hijos que habrían sido sus sucesores indiscutidos. Murió joven, poco después de cumplir los treinta años; aun así podría haberse casado y haber tenido herederos de su trono. Tenía un hermano, Arideo, y otros parientes, entre ellos su tío Pirro, rey de Epiro, y así podría haberse conservado una descendencia real, y habérsele preparado un sucesor. Después de haber sometido el Asia superior y la inferior, llegó a ser señor de Siria, Egipto y Judea, y extendió su poder a los persas, mientras su fama se extendía por África y Europa. Puesto que nadie se atrevía a levantar un dedo contra él, ya que poseía un ejército magnífico, y todos sus generales estaban ligados a él por beneficios importantísimos, y tantos de sus prefectos se habían enriquecido por su extrema liberalidad, ¿quién habría pensado que toda su posteridad y parentela serían así borradas? Dejó dos hijos, pero fueron muertos, lo mismo que su hermano Arideo, mientras sus esposas y su madre, de ochenta años, corrieron la misma suerte. Tampoco Casandro la perdonó, porque conspiraba contra él. Al fin, como si Dios quisiera castigar tantas matanzas cometidas por Alejandro, quiso que toda su posteridad fuera extinguida. Y sin embargo, como he dicho, ningún enemigo extranjero fue el agente que infligió tan pesados castigos. Había sometido todo el Oriente, y su porte era como si toda la monarquía de aquella parte del mundo le hubiera descendido de sus antepasados por derecho hereditario. Como el mundo no contenía ningún enemigo para él, sus enemigos surgieron de su propia casa; mataron a su madre, a sus esposas, a sus hijos y a todos sus parientes, y arrancaron de raíz toda su raza. Observamos, pues, con qué claridad y certeza predice el ángel sucesos enteramente ocultos para aquella época, y para cien años después, y tales que la humanidad jamás los habría creído. Parece haber un gran contraste en el lenguaje: su reino será quebrantado, será repartido hacia los cuatro vientos del cielo, y no a su posteridad; es decir, aunque los cuatro reinos surgirían en las cuatro partes del mundo, ninguno de los descendientes de Alejandro permanecería en un solo lugar, ni obtendría siquiera la menor parte de sus dominios. Esta fue una prueba notable de la ira de Dios contra la crueldad de Alejandro; no que fuera salvaje por naturaleza, sino que la ambición se apoderó de él, lo hizo sanguinario, y lo dejó sin deseo de poner fin a sus guerras. Dios, pues, vengó aquella disposición codiciosa de Alejandro permitiendo que toda su raza pereciera así con deshonra y horrible crueldad. Por esta razón aquel orgullo suyo que quería ser tenido por hijo de Júpiter, y que condenaba a muerte a todos sus amigos y seguidores que no se postraban ante él como ante un dios; aquel orgullo, digo, nunca pudo asegurar un solo descendiente que reinara en su lugar, ni siquiera que poseyera una sola satrapía. No a su posteridad, dice el ángel, y no según su dominio.

Pasa a los cuatro reyes de que había hablado: No saldrá, dice, a saber, de los cuatro reyes. Ya había declarado su origen extranjero, sin derivar en modo alguno de la familia de aquel rey; pues ninguno de los cuatro igualaría su poder, porque su reino se habría extinguido. Aquí el ángel parece omitir los sucesos intermedios, y habla de una destrucción final. Sabemos cómo el pasado rey Perseo fue vencido por los romanos, y cómo el reino de Antíoco fue destruido en parte por la guerra, y en parte oprimido por el fraude. Y el ángel parece señalar esto. Podemos interpretarlo más al caso considerando el cese del imperio de Alejandro con referencia a su propia raza, como si el ángel hubiera declarado que ninguno de sus sucesores adquiriría poder igual al suyo. ¿Y por qué? Ninguno de ellos podía lograrlo. Alejandro adquirió un nombre tan poderoso que todos los pueblos se sometían de buena gana a su dominio, y ningún sucesor pudo sostener la carga del conjunto. Por eso su reino, en cuanto se relacionaba con él mismo y con su posteridad, fue dividido, y nadie sucedió en su poder y su opulencia. Y será dado a otros. El ángel explica aquí su significado. La destrucción del reino no debe explicarse particularmente de partes sueltas, pues cada uno se apoderó de su propia porción, y sus sucesores fueron todos extraños. Y a otros fuera de ellos; es decir, su reino será tomado por oficiales que no son de su posteridad; esto es, extraños se lanzarán al lugar de Alejandro, y ningún sucesor surgirá de su propia parentela. Sigue después:

Daniel 11:5

5. Y el rey del sur será fuerte, y uno de sus príncipes; y se hará fuerte sobre él, y dominará; su dominio será un gran dominio.

5. Et roborabitur rex austri, et ex principibus ejus, et roborabitur adversus eum, et dominabitur: dominatio magna, dominatio ejus.

Daniel 11:5

Aquí el ángel comienza a tratar de los reyes de Egipto y de Siria. No menciona todavía al rey de Siria, pero lo hará en el versículo siguiente; comienza con el rey de Egipto, la monarquía vecina de la de Israel. Dice que el rey del sur, es decir, el rey de Egipto, sería valiente. Añade luego: y uno de sus príncipes. Muchos lo toman en un solo contexto; pero yo pienso que el ángel traslada su discurso a Antíoco, hijo de Seleuco. Y uno de sus príncipes, dice, es decir, uno de los príncipes de Alejandro se fortalecerá contra él. Porque la letra ו, vau, se toma en sentido de oposición, e implica una oposición entre Tolomeo, hijo de Lago, y Antíoco, rey de Siria. Por tanto el rey del sur se hará fuerte; otro de los jefes de Alejandro se hará fuerte contra él, y tendrá dominio. Sabemos cuánto mayor y más rico era el reino de Siria que el de Egipto, especialmente cuando se le añadió Asia Menor. Sin duda el ángel conocía la futura superioridad de Antíoco sobre Tolomeo, cuando estos dos reyes se comparan entre sí. Pero lo demás, mañana.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, ya que no solo te dignaste desplegar sucesos futuros a tu siervo Daniel y a los piadosos que esperaban el advenimiento de tu Hijo unigénito, para que estuvieran preparados para todos los sufrimientos y percibieran que la Iglesia reposa bajo tu cuidado y protección, sino que quisiste también que estas profecías nos aprovechen hoy y nos confirmen en la misma doctrina: concédenos aprender a echar todos nuestros cuidados y ansiedades sobre tu providencia paternal. Que nunca dudemos de tu vigilancia sobre los cuidados de tu Iglesia en estos días, y de tu protección contra el furor de los impíos que prueban todos los medios para destruirla. Que reposemos en paz bajo aquella custodia que nos has prometido, y luchemos bajo el estandarte de la cruz; y poseamos nuestras almas con paciencia, hasta que al fin aparezcas como nuestro Redentor con brazo extendido, en la manifestación de tu Hijo, cuando vuelva a juzgar al mundo. Amén.

Lección quincuagésima séptima

Daniel 11:6

6. Y al cabo de años se aliarán; porque la hija del rey del sur vendrá al rey del norte para hacer un acuerdo; pero ella no retendrá la fuerza del brazo; ni él permanecerá, ni su brazo; sino que ella será entregada, y los que la habían traído, y el que la engendró, y el que la fortaleció en aquellos tiempos.

6. Et in fine annorum sociabuntur, convenient inter se, et filia regis austri veniet ad regem aquilonis ut faciat recta: et non retinebit vires brachii, et non stabit ipse, neque semen ejus, et dabitur ipsa, et qui adduxerit eam, et qui genuerit ipsam, et roborabit eam temporibus illis, vel, roboraverit.

Daniel 11:6

En cuanto a la explicación de las palabras, hemos dicho que el rey del sur es el rey de Egipto, y el del norte, el de Siria. Hacer cosas rectas significa hacer una paz mutua; no retendrá la fuerza de su brazo quiere decir que su brazo no retendrá su fuerza; no permanecerá se refiere a su padre Tolomeo, o a Antíoco Teos, como veremos después. Y luego debemos tomar la ו, vau, en sentido negativo, y leer: ni su simiente, lo cual algunos traducen su brazo. Será entregada implica ser entregada a la muerte, mientras algunos entienden que quien la engendró es su madre o su nodriza. Aquí, pues, el ángel profetiza el estado de los reinos de Egipto y de Siria; y sin embargo mira a la Iglesia de Dios, como dijimos ayer, que estaba situada en medio de estas dos naciones. Debemos esforzarnos siempre por averiguar la intención del Espíritu Santo. Quería sostener a los piadosos en aquellas convulsiones con que serían agitados y afligidos. Su confianza podría haber sido completamente subvertida de no haber estado persuadidos de que nada sucede al azar, ya que todos estos sucesos fueron proclamados de antemano. Además, Dios había enviado su ángel a Daniel, lo cual probaba tanto su poder como su determinación de defender a su Iglesia, y lo cumpliría, porque quería que los fieles fueran advertidos de antemano ni temerariamente ni sin provecho. Pero primero debemos relatar la historia: el ángel dice: Al fin de los tiempos dos reyes entrarán en pacto y amistad. Había anunciado la superioridad del rey de Siria; pues cuando Antígono fue vencido, y su hijo había muerto, Seleuco, el primer rey de Siria, superó con mucho a Tolomeo en su poder y en la magnitud de su dominio. Pero surgió entre ellos una rivalidad mutua, y hubo algunas escaramuzas ligeras por ambas partes, hasta que la condición de Tolomeo se debilitó, y entonces Seleuco se lanzó tumultuosamente, con la ferocidad de un salteador más que con la magnanimidad de un rey. Después de haber continuado la contienda por algún tiempo, Berenice, hija del segundo Tolomeo, llamado Filadelfo, fue dada en matrimonio a Antíoco Teos. Se la llama también Beronice y Bernice. Este estaba tan cegado de orgullo, que tomó el nombre de Teos, que significa Dios; fue el tercero de ese nombre, llamándose el rey anterior Sóter, que significa salvador. Porque, como Seleuco había adquirido tantas y tan poderosas posesiones, sus hijos no consideraban plenamente establecida su autoridad, y así asumieron estos títulos magníficos con el fin de inspirar a todas las naciones el terror de su fama. De ahí que el primer Antíoco fuera llamado Sóter, y el segundo Teos. Ahora bien, el segundo Tolomeo, llamado Filadelfo, dio a su hija en matrimonio a Antíoco Teos. Por este vínculo se establecieron entre ellos la paz y la amistad, como en Roma Pompeyo se casó con Julia, hija de César. Y observamos a diario casos semejantes, pues cuando un rey tiene en su poder una hija, o sobrina, u otras parientas, otro rey se encuentra con parientes varones y mujeres, por cuyo matrimonio mutuo confirman un tratado de paz. Así fue en este caso, aunque los historiadores atribuyen cierto grado de astucia a Filadelfo al dar su hija a Antíoco Teos. Suponía que este era un medio por el cual podría adquirir finalmente el dominio sobre toda Siria, y sobre las otras provincias sujetas al poder de Antíoco. Fuera esto así o no, los historiadores profanos prueban el cumplimiento de la predicción del ángel. Sin la menor duda, Dios, en sus maravillosos designios, dictó a estos historiadores lo que leemos en el presente, y los hizo testigos de su propia verdad. Este pensamiento, ciertamente, nunca pasó por sus mentes, pero cuando Dios gobierna las mentes y las lenguas de los hombres, quiere establecer un testimonio claro y convincente de esta profecía, con el propósito de mostrar la verdadera predicción de cada suceso. Al fin de los años, dice, se unirán.

Declara luego: Y la hija del rey del sur, es decir, Bernice, a quien hemos mencionado, vendrá al rey del norte, es decir, al rey de Siria, Antíoco Teos. Esta alianza se contrajo en desafío de la justicia. Pues Antíoco repudió a su esposa Laodice, que era madre de dos hijos que ella había dado a Antíoco, a saber, Seleuco Calínico, y Antíoco el menor, llamado Hierax, el halcón, por su rapacidad. Percibimos, pues, cómo contrajo un segundo matrimonio, después de un divorcio injusto e ilegal de su primera esposa. Por tanto no es de sorprender que esta alianza fuera maldecida por el Todopoderoso. Resultó desgraciada tanto para los reyes de Egipto como para los de Siria. Tolomeo no debió imponer a su hija a Antíoco, que ya estaba casado, ni permitir que fuera segunda esposa, mientras la verdadera esposa del rey era divorciada. Percibimos, pues, cómo Dios se hizo vengador de estos crímenes, mientras los planes de Antíoco y de Filadelfo salieron mal. Algunos piensan que Antíoco fue envenenado con engaño por su primera esposa, pero como el punto es dudoso, no emito opinión. Fuera así o no, Antíoco tuvo un hijo de Bernice, y murió inmediatamente después de reconciliarse con su anterior esposa. Algunos historiadores declaran que, después de haber recobrado su dignidad y rango de reina, habiendo experimentado una vez la inconstancia y perfidia de su marido, tomó medidas seguras para impedir otro repudio. Muerto Antíoco, esta mujer se encendió en venganza, y en la perversidad de su carácter impulsó a su hijo a asesinar a su rival, estimulando especialmente a Seleuco Calínico, que sucedió en el trono a su padre. Hierax era entonces prefecto de Asia Menor; por eso ella estimuló con furor a su hijo a asesinar a su rival. Pues, aunque Antíoco Teos se había reconciliado con ella, todavía se conservaba cierto grado de rango y honor en Bernice, la hija de Tolomeo. Y su hijo perpetró este asesinato con la mayor disposición, y con la más baja crueldad y perfidia; pues la persuadió de que se confiara a su cuidado, y entonces asesinó a ella y a su hijo.

El ángel dice ahora: Cuando la hija del rey del sur venga al rey del norte, su brazo no retendrá su fuerza. El lenguaje es metafórico, pues aquel matrimonio era como un brazo común a ambas partes; porque el rey de Egipto extendía su mano al rey de Siria para la protección mutua. Aquel brazo, pues, no retuvo su fuerza; pues Bernice fue muy malvadamente muerta por su hijastro Seleuco Calínico, como hemos dicho. Dice también: vendría para hacer alianzas. Aquí, a modo de concesión, el ángel llama a aquel vínculo conyugal מישדים, misrim, «rectitudines», «condiciones de acuerdo», porque al principio todas las partes pensaban que tendería a ese resultado. Pero Antíoco ya había violado su voto matrimonial, y se había apartado de su alianza legítima. Nada, pues, era recto de su parte. Sin la menor duda obtuvo alguna ventaja del plan, como los reyes acostumbran siempre. Y respecto a Tolomeo, muchos historiadores, como ya hemos mencionado, suponen que anhelaba el reino de Siria. Fuera así o no, sus tratos mutuos no eran sinceros, y por eso la palabra que significa «rectitud» se usa, como hemos dicho, solo por concesión. El ángel no habla en alabanza de ellos, ni excusa la perfidia de ninguno, sino que más bien amplifica su crimen, y de aquí deducimos cómo abusaron de la santidad tanto del matrimonio como de los tratados, que Dios quiso que toda la humanidad tuviera por sagrados. Por lo tanto, aunque la palabra es honrosa en sí misma, se usa aquí en sentido deshonroso, para mostrarnos cómo el ángel condenaba al rey Tolomeo por esta vil prostitución de su hija, y a Antíoco por rechazar a su esposa y casarse con otra que no era una esposa verdadera, sino solo una concubina. Y quizá Dios quiso usar los labios de su ángel para señalar la tendencia de todos los tratados reales. Siempre tienen las apariencias más especiosas: la tranquilidad nacional, la paz pública y objetivos semejantes que pueden destacarse con destreza. Pues los reyes siempre buscan para sí el favor y la alabanza del necio vulgo, cada vez que hacen tratados de paz. Así todas estas alianzas no tienen otra tendencia que producir engaño social, y al fin degeneran en perfidia mutua, cuando una parte trama insidiosa y malvadamente contra la otra.

El ángel añade luego: No permanecerá; usando el género masculino, y muy probablemente refiriéndose a Antíoco, así como a Tolomeo su suegro. Ni él ni su simiente permanecerán, es decir, su hijo de Bernice, la hija de Tolomeo. No me atrevo a traducirlo «brazo», porque en mi opinión la letra ו, vau, es necesaria en la palabra para «brazo»; por eso la tomo como «simiente». Añade después: Y ella será entregada —volviendo así a Berenice— ya sea por traición o a la muerte; y los que la sacaron, es decir, sus acompañantes. Siempre que se contrae un matrimonio incestuoso, algunas personas de carácter vergonzoso intervienen sin falta en llevar al rey su nueva esposa. Y muy probablemente había facciones en el palacio de Antíoco; una parte más adicta a Seleuco y a su hermano, y a su madre Laodice; mientras otros deseaban un cambio de gobierno, según el estado ordinario de las cosas. Los consejeros del matrimonio entre Antíoco y Bernice fueron enviados como guardia de honor para acompañarlos a Siria, y el ángel declara que todos estos fueron entregados junto con la reina. Añade después: Y los que eran sus padres. Por la ausencia de un punto gramatical bajo la letra ה, he, muchos piensan que el sustantivo es de género femenino. Y como puede significar madre, lo tratan como si se entendiera su nodriza, pero dejo la cuestión en duda. Añade ahora: y los que la fortalecieron en aquellos tiempos. Sin duda quiere designar a todos los que deseaban congraciarse con el rey, y así participaron en este matrimonio entre él y la hija del rey de Egipto. Toda aquella facción pereció cuando Berenice fue muerta por Seleuco Calínico. Si, pues, no perdonó a su madrastra, mucho menos perdonaría a la facción por la cual fue privado de su esperanza del reino, y por medio de la cual su madre Laodice había sufrido la deshonra de un divorcio. Sigue ahora:

Daniel 11:7

7. Pero un renuevo de sus raíces se levantará en su lugar, el cual vendrá con ejército, y entrará en la fortaleza del rey del norte, y hará con ellos, y prevalecerá:

7. Et stabit ex germine, vel, surculo, *radicum ejus, *nempe Berenice, in gradu suo, et veniet cum exercitu, et veniet in munitionem regis Aquilonis, et faciet in illis, et praevalebit.

Daniel 11:7

El ángel trata aquí de Tolomeo Evérgetes, el tercer rey de Egipto, que sucedió a su padre Filadelfo. Reunió grandes fuerzas para vengar el insulto hecho a su hermana, y así hizo la guerra a Seleuco Calínico, que había llegado a ser rey después de la muerte de su padre. El ángel, pues, toca ahora brevemente esta guerra, diciendo: Se levantará un renuevo de la raíz de aquella reina. Es muy posible que fuera más joven que su hermana Berenice. Dice: Se levantará en su propio grado, es decir, en el rango real. Es forzada la interpretación de quienes traducen: Se levantará en el rango de su padre. ¿Qué es, entonces? Se levantará en su propio rango; es decir, llegará a su propio rango por derecho hereditario. Aunque, pues, al principio todos pensaron que la muerte de Berenice quedaría sin vengar por estar muerto su padre, aquí el ángel anuncia que su hermano sería como un retoño, y se haría el vengador de esta gran maldad. Se levantará, pues, en su rango, es decir, llegará al trono real, del renuevo o germen de su raíz, a saber, Berenice. Vendrá con un ejército contra Calínico. Los escritores profanos dan testimonio de esto. Y vendrá hasta la fortaleza del rey del norte. Entró en Siria, y causó tan gran terror que muchas ciudades fortificadas se le rindieron. Durante esta guerra atrajo a sí muchas ciudades que parecían inexpugnables; de donde no es sorprendente que el ángel declare su llegada a las fortalezas. Algunos lo traducen «morada», pero sin razón, y así dañan el sentido del profeta. Vendrá hasta la misma fortaleza, es decir, llegará a Siria, y poseerá muchas ciudades fortificadas.

Añade luego: Y hará con ellos, es decir, prosperará; pues esta palabra, cuando se usa sin ninguna adición, implica en hebreo realizar grandes hazañas. Avanzará, y adquirirá poder sobre la mayor parte de Siria, y prevalecerá. Con esta última palabra explica cuán superior sería a Calínico. Pues este rey mandó llamar a su hermano menor, de cuya fidelidad sospechaba, y pensó que lo más seguro era tratar con su enemigo. Pero el joven Hierax, el halcón, resolvió usar aquella expedición en su propio provecho. No se contentaba con su propia provincia de Asia Menor, sino que esperaba ser el único heredero de su padre, especialmente porque había contratado algunas tropas de las Galias, que habían invadido Asia Menor, Bitinia y otras provincias. Estaba muy hinchado, y delató su propia codicia. Seleuco Calínico prefirió hacer la paz con su enemigo antes que fomentar los recursos de su hermano. Al fin Hierax fue desarrollando más y más la perversidad de su ánimo. Pues declaró abiertamente la guerra a su hermano, en cuyo auxilio fingía haber venido, después de haber sido llamado conforme a lo convenido. Su hermano Seleuco le había prometido una parte de Asia hasta el monte Tauro; y cuando se vio víctima de sus impías y vergonzosas asechanzas, hizo abiertamente la guerra a su hermano. Pero fue vencido finalmente, y recibió así la recompensa de su impiedad. Así prevaleció Tolomeo Evérgetes, y se retiró de Siria después de despojar a su enemigo, conforme a lo que sigue:

Daniel 11:8

8. Y también llevará cautivos a Egipto sus dioses, con sus príncipes, y con sus vasos preciosos de plata y de oro; y él se mantendrá más años que el rey del norte.

8. Atque etiam deos ipsorum cum conflatibus ipsorum, et cum vasis pretiosis ipsorum, auri et argenti in captivatem ducent in AEgyptum, et ipse pluribus annis stabit quam rex aquilonis.

Daniel 11:8

El ángel explica más plenamente lo que ya había declarado brevemente, a saber, que Tolomeo sería el vencedor, y despojaría casi a su placer toda Siria. Los escritores profanos nos muestran también el gran número de imágenes que fueron llevadas, y cómo Egipto recobró sus dioses de plata y oro que había perdido hacía mucho tiempo. Así el suceso probó la verdad de la profecía del ángel. La partícula גם, gam, se interpone para amplificar el asunto, para informarnos de la condición desigual de la paz, y de cómo Tolomeo ejerció los derechos de un vencedor despojando toda Siria según su deseo. Se añade: Se mantendrá más años que el rey del norte. Algunos restringen esto a la duración de la vida de cada rey, y otros lo extienden más lejos. Probablemente el ángel habla de Tolomeo Evérgetes, que reinó cuarenta y seis años. Habiendo extendido Dios su vida tanto tiempo, no nos sorprende que el ángel diga que duraría más que la del rey de Siria. Esta explicación es aplicable al presente caso, pues si hubiera muerto antes, Calínico podría haber recobrado los efectos de la guerra; pero como Tolomeo sobrevivió, no se atrevió a intentar nada, estando seguro de la total inutilidad de cualquier esfuerzo contra el rey que lo había vencido. Sigue:

Daniel 11:9

9. Así vendrá el rey del sur a su reino, y volverá a su propia tierra.

9. Et veniet in rename rex austri, et redibit in terram suam.

Daniel 11:9

Esta cláusula pertenece al versículo anterior; como si hubiera dicho: Tolomeo volverá en marcha pacífica después de esta invasión hostil de Siria. Pues podía tener algunos temores de que su enemigo no estuviera completamente postrado. Pero como se retiró como vencedor, el ángel anuncia su llegada segura a su propia tierra. Las palabras «vendrá» y «volverá» se usan enfáticamente, implicando la ausencia de toda molestia, temor y peligro. Volvió a su reino y a su propia tierra, ya que no podía fiarse de la quietud de los enemigos a quienes había postrado. Sigue:

Daniel 11:10-11

10. Pero sus hijos se airarán, y reunirán multitud de grandes fuerzas: y uno vendrá ciertamente, e inundará, y pasará: luego volverá, y será incitado, hasta su fortaleza.

10. Et filii ejus provocabuntur, et congregabunt multitudinem copiarum magnarum: et veniendo veniet, inundabit et transibit: revertetur et incitabitur usque ad munitionem ejus.

11. Y el rey del sur se enfurecerá, y saldrá y peleará con él, es decir, con el rey del norte: y pondrá en campo gran multitud, pero la multitud será entregada en su mano.

11. Tum exacerbabitur rex austri, et egressus pugnabit adversus eum, adversus regem aquilonis, et stare faciet, statuet, multitudinem magnam, tradeturque multitudo illa in manum ejus.

Daniel 11:10-11

Aquí el ángel pasa a la tercera guerra, a saber, la que el hijo de Calínico suscitó contra Tolomeo Filopátor. Después de la muerte de Evérgetes, los dos hijos de Calínico unieron sus fuerzas, y procuraron recobrar Siria, y especialmente aquella parte de ella de que habían sido privados. Cuando ya estaban en su expedición, y sus fuerzas estaban en marcha, murió el mayor, Seleuco, y su hermano sobreviviente fue Antíoco, llamado el Grande. Tolomeo, llamado Filopátor, que significa amante de su padre, vivía entonces. Se le llamó así a causa del parricidio de que fue culpable, habiendo dado muerte a ambos padres, junto con su hermano. La palabra se usa por burla, y este epíteto, que en sí mismo es honroso y expresa la virtud de la piedad filial, implica un sentido opuesto al que expresa. Pues mató a su padre, a su madre y a su hermano, y a causa de todos estos asesinatos impíos se le aplicó el nombre de Filopátor como marca de deshonra. Como, pues, era tan completamente aborrecido por su propio pueblo, los hijos de Calínico, a saber, Seleuco Cerauno el mayor, y Antíoco el Grande, pensaron que había llegado el momento de recobrar las ciudades perdidas de Siria. Pues era detestado y despreciado a causa de sus numerosos crímenes. Anticiparon, por tanto, poca dificultad en recobrar sus posesiones, cuando su enemigo estaba así marcado con la infamia, y tenía muchos enemigos domésticos. Esta es la razón por la que el ángel dice de los hijos de Calínico: Serán provocados, y llevarán una multitud de grandes ejércitos; puede significar «grandes fuerzas», pues algunos historiadores relatan la reunión de dos ejércitos muy fuertes. Si no me equivoco, Antíoco el Grande tenía 70.000 de infantería y 5000 de caballería. Tolomeo era superior en caballería, pues tenía 6000 jinetes pero solo 62.000 de infantería, como nos informa Polibio en su libro quinto. Eran casi iguales en fuerzas, pero la confianza de los dos hijos de Calínico, de quienes solo habla ahora el ángel, aumentó cuando vieron a su malvado enemigo tan grandemente detestado a consecuencia de su parricidio. Dice después: Vendrá. Cambia el número, pues el hermano mayor, siendo el hijo primogénito de Calínico, a saber, Seleuco Cerauno, murió mientras se preparaban para la guerra, y dicen que fue muerto por sus asistentes al pasar por Asia Menor. Fuera así o no, todos los historiadores concuerdan en afirmar que Antíoco el Grande solo hizo la guerra a Filopátor. Vendrá de modo que inunde y pase. Recobró aquella parte de Siria que había perdido, y cuando se acercó a Egipto, entonces Filopátor le salió al encuentro. Los historiadores profanos dicen que era un cobarde, y que nunca obtuvo poder por valentía manifiesta, sino solo por el miedo. Se retrasó demasiado en preparar sus fuerzas para resistir a su enemigo.

Esta es la razón por la que el ángel dice: El rey de Siria, o del norte, vendrá hasta las ciudadelas, o fortalezas; pues al fin Filopátor se despertó de su sueño, pues nunca tomó las armas para repeler a un enemigo, salvo cuando lo forzaba la más terrible necesidad. Por eso añade: El rey del sur se irritará, o se exasperará. Usa la palabra «exasperará», porque, como acabo de decir, nunca se habría opuesto a su enemigo Antíoco si no hubiera percibido su propio reino puesto en gran peligro. Podría haber soportado con paciencia la pérdida de Siria, mientras Egipto estuviera a salvo; pero cuando su vida y todas sus posesiones estuvieron en peligro, se exasperó lo suficiente para atacar a su enemigo; y sin embargo prevaleció, como veremos después. No puedo concluir hoy este asunto, y por eso terminaré. Filopátor resultó victorioso, y sin embargo era tan indolente que desconfiaba por igual de sus amigos y de sus enemigos, y se vio forzado por este mismo miedo a hacer la paz con su enemigo, aunque era realmente el vencedor. No solo podría haber rechazado a su enemigo, a quien había vencido, sino que podría haber tomado posesión de sus territorios; pero no se atrevió a hacerlo, tenía conciencia de ser un parricida, y sabía por su costo cuán odioso era su nombre entre todos los hombres. Por eso, aunque superior en fuerzas, y de hecho vencedor de su enemigo en batalla, no se atrevió a avanzar más. Pero explicaremos el resto en otra ocasión.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, ya que te has dignado poner ante nuestros ojos como en un espejo esa providencia peculiar tuya con que defiendes a tu Iglesia: concédenos que, confirmados por estos ejemplos, aprendamos a reposar enteramente en ti. En medio de las numerosas perturbaciones con que el mundo es agitado en este tiempo, que permanezcamos tranquilos bajo tu protección. Que de tal modo encomendemos nuestra seguridad a ti que nunca vacilemos, suceda lo que suceda, acerca de nuestra futura salvación y seguridad. Cualquier cosa que sufriéramos, que todo resulte en nuestra salvación, mientras somos protegidos por tu mano; así invocaremos tu nombre con sinceridad de ánimo, y tú, a cambio, te mostrarás como nuestro Padre en tu Hijo unigénito. Amén.

Lección quincuagésima octava

En nuestra última lección explicamos por qué el ángel menciona la exasperación del rey Tolomeo. Si no hubiera sido arrastrado a la guerra, su carácter era tan indolente que habría permitido que le arrebataran muchas ciudades, y nunca se habría conmovido ni por la deshonra ni por la pérdida. Pero al fin tomó las armas, al ver con qué severo y audaz enemigo tenía que tratar. Después añade: Saldrá a la batalla contra el rey del norte, es decir, Antíoco, rey de Siria. Y pondrá en orden una gran multitud. Esto puede referirse a cualquiera de los dos, pues Antíoco llevó entonces al campo un gran ejército; tenía 5000 de caballería y 70.000 de infantería. Tolomeo era superior en su caballería, que ascendía a 6000 hombres. Esta cláusula convendrá al caso de Antíoco. Pondrá en el campo una gran multitud, y la multitud será entregada en su mano, es decir, la de Tolomeo. El contexto parece así fluir con más facilidad; pero si alguien prefiere considerarlo aplicable al mismo Tolomeo, no contenderé sobre el punto. No tiene mucha importancia, porque el ángel simplemente pronuncia la superioridad de Tolomeo en esta batalla, en que venció a Antíoco el Grande. Además, debemos notar que no fue vencedor por su propia industria, valor, consejo o habilidad militar; sino porque el Señor, que regula los sucesos de las batallas, quiso en aquel tiempo someter el orgullo de Antíoco el Grande. Sigue ahora:

Daniel 11:12

12. Y cuando haya quitado la multitud, su corazón se ensoberbecerá; y derribará muchas decenas de millares: pero no se fortalecerá por ello.

12. Et tolletur multitudo illa, hoc est, sese attollet, et elevabitur cor ejus, et dejiciet myriades, hoc est, magnas copias, et non roborabitur.

Daniel 11:12

El ángel marca aquí el fin de la guerra. Si el valor de Tolomeo hubiera secundado su buena fortuna, fácilmente podría haberse apoderado de todo el reino de Siria, como refieren los historiadores profanos. Pero estaba tan entregado a sus propias pasiones, que de buen grado entró en tratado con su enemigo. A su regreso a su reino mató a su esposa Eurídice, y fue culpable de otras enormidades; permitió que una mujer malvada, la hermana de Agatocles, víctima de sus pasiones, gobernara su reino, y por último llegó a ser un ejemplo muy sucio de hombre muy cruel y degradado. Por tanto el ángel dice al principio: su ejército lo elevará en alto; su corazón se enaltecerá, a consecuencia de su prosperidad. No solo causó terror a Antíoco, sino por todas las regiones vecinas. Donde podría haber atraído a sí todo el poder del Oriente, declinó entonces en su carrera. Sometió, ciertamente, a un ejército hostil, y en esta hazaña fue ayudado en no pequeño grado por su hermana Arsínoe, como relatan los historiadores, pero sin embargo, después de grandes matanzas, no conservó su posición. ¿Y cuál fue el obstáculo? Su ociosidad y embriaguez, y su no cuidarse de nada sino de banquetes y libertinajes, y de los placeres más obscenos. Esto causó su caída, después de haber sido elevado hasta las nubes por sus victorias. Sigue después:

Daniel 11:13-14

13. Porque el rey del norte volverá, y pondrá en campo una multitud mayor que la primera, y vendrá ciertamente al cabo de algunos años con gran ejército y con muchas riquezas.

13. Et redibit rex aquilonis, rex Syriae, *et statuet multitudinem magnam praeut antea, et circiter finem temporum annorum, *ad verbum, veniendo veniet cum exercitu magno, et cum opibus magnis.

14. Y en aquellos tiempos muchos se levantarán contra el rey del sur: también los salteadores de tu pueblo se exaltarán para establecer la visión; pero caerán.

14. Et temporibus illis multi stabunt contra regem AEgypti, et filii dissipatores populi tui sese attollent, ad stabiliendam visionem, et corruent.

Daniel 11:13

Aquí el ángel profetiza de otras guerras. Pues describe primero la guerra que Antíoco hizo contra los egipcios, después de la muerte de Filopátor, que dejó como heredero a un hijito llamado Tolomeo Epífanes. Cuando, pues, percibió que la tierra estaba privada de su rey, levantó un ejército e invadió Egipto. Como los egipcios no tenían fuerza para resistirle, se envió una embajada a Roma; y sabemos cuán ansiosos estaban los romanos de verse envueltos en todos los asuntos del mundo. Con la mira de extender su imperio todavía más y más ampliamente, enviaron inmediatamente a Antíoco el Grande, y le mandaron desistir de la guerra; pero después de muchas pruebas fracasó, hasta que trabó una batalla muy desesperada con Scopas, y al fin obtuvo una victoria. Entretanto, los egipcios estaban lejos de estar ociosos: aunque esperaban poder someter el imperio de Antíoco con la ayuda del Senado, prepararon cuidadosamente un armamento propio bajo su general Scopas, que tuvo éxito en muchos de sus planes, pero fue finalmente derrotado en las fronteras de Judea. El ángel describe ahora esta guerra. El rey de Siria volverá, dice; es decir, después de la muerte de Tolomeo Filopátor, descansó por un tiempo, porque había fracasado con sus fuerzas, y estaban tan completamente desorganizadas que no tenía confianza en el éxito de ninguna expedición. Pero pensó que Egipto no le daría ningún problema, pues había perdido su cabeza y era como un cadáver sin vida. Entonces se elevó con nueva confianza, y volvió a Egipto. Y dispondrá una multitud mayor que al principio. Tenía un ejército grande y poderoso, como hemos dicho, y un noble armamento de caballería: tenía 70.000 de infantería, y seguía reuniendo fuerzas mayores. El ángel significa la futura llegada del rey de Siria, tras el intervalo de cierto tiempo. Al fin de los tiempos de los años vendrá ciertamente, es decir, irrumpirá. El ángel parece usar esta expresión para aumentar su certeza; pues al principio despreciaba a los romanos a causa de su gran distancia de él, y no temía lo que sucedió después. Nunca supuso que tuvieran tal audacia como para cruzar el mar contra él.

Daniel 11:14

Añade después: Y en aquellos tiempos muchos se levantarán contra el rey del sur, o Egipto. El ángel insinúa que Antíoco el Grande no sería su único enemigo; y los historiadores nos informan de su tratado y alianza con Filipo, rey de Macedonia, para hacer esta guerra. Sin duda los dos reyes levantaron a toda Asia Menor, y eran tan poderosos unidos que muchos se sintieron impulsados a tomar parte con ellos. Parecía que todo había terminado para el reino de Egipto, y por eso el ángel dice: muchos se levantarán contra el rey del sur. Añade: y los hijos de la disipación de tu pueblo. Los hebreos llaman «salteadores» a פריצים, pheritzim. La raíz de esta palabra es פרץ, pheretz, que significa quebrar o disipar, y a veces destruir. Sin duda el ángel usa aquí la palabra para dar a entender hombres facciosos, pues el pueblo no tenía otra oportunidad de mantenerse en pie sino permaneciendo quieto y unido. La palabra se aplica, pues, a los que violaban esa unidad; porque cuando alguien se adhería a monarcas extranjeros, Judea quedaba expuesta como presa ya sea de los sirios o de los egipcios. Algunos intérpretes aplican este pasaje a Onías el joven, que se apoderó de Heliópolis, y atrajo consigo a algunos desterrados, y construyó allí un templo, como sabemos por Josefo y por el libro de los Macabeos. Pues pretendía tener de su parte la profecía de Isaías 19, donde se dice: Y habrá altar para Jehová en medio de la tierra de Egipto (Is 19:19). Sin duda el profeta predice aquí la ampliación del reino de Dios por la propagación de su religión en todo el mundo. Como Egipto estaba entregado hasta el último grado a la idolatría, Isaías muestra aquí cómo el culto puro y perfecto de Dios prevalecería en Egipto. Como si hubiera dicho: Aun los egipcios, que hasta ahora han procurado abolir la piedad verdadera y sincera, serán añadidos al pueblo de Dios, y lo adorarán de manera aceptable. Sabemos que el profeta trata aquí figuradamente del reino espiritual de Cristo, y que siempre presenta las sombras de su propio tiempo. Con la palabra «altar» significa simplemente el culto de Dios. Aquel impostor, Onías, cuando erigió su templo profano y contaminó el altar sagrado, se jactaba de cumplir esta profecía de Isaías.

Este es, pues, el sentido del pasaje. Los hijos, disipadores de tu pueblo, se exaltarán para establecer la visión; es decir, bajo un falaz pretexto de cumplir la predicción de Isaías, y sin embargo caerán. También puede tener un sentido indefinido, como si el ángel declarara que estas multitudes no saldrían sino por el consejo secreto de Dios. Sabemos cuánto tiende este pensamiento a aliviar el dolor de los piadosos, y cuánto consuelo trae, cuando reconocemos que todos los tumultos del mundo proceden del consejo fijo de Dios. Nada, pues, parece suceder al azar, sino que los mortales son agitados porque Dios desea infligirles sus castigos, y la Iglesia es a menudo sacudida porque Dios quiere probar y examinar la paciencia de su pueblo. Podemos, por tanto, tomar esta profecía absolutamente; como si el ángel hubiera dicho: Estos apóstatas y disipadores nunca se propusieron cumplir esta profecía de Isaías, y sin embargo no hubo nada confuso ni desordenado en todos estos sucesos, pues Dios cumplía lo que había testificado por sus propios profetas. Por lo tanto podemos recibir esta predicción simplemente, como hacemos con otras semejantes esparcidas por los profetas. Hemos oído ya cómo el profeta fue prevenido de las muchas angustias de la Iglesia, a fin de llevar a los fieles a aquietarse en la providencia de Dios, cuando vieran las cosas tan perturbadas por todo el mundo. Sigue después:

Daniel 11:15

15. Vendrá, pues, el rey del norte, y levantará baluarte, y tomará la ciudad más fortificada: y los brazos del sur no resistirán, ni su pueblo escogido, ni habrá fuerza para resistir.

15. Et veniet rex aquilonis et fundet aggerem, et capiet urbem munitionum; et brachia austri, hoc est, AEgypti, *non stabunt, neque populus electorum ejus, neque virtus *erit ad standum.

Daniel 11:15

El ángel prosigue el mismo pensamiento. Dice: Cuando Antíoco el Grande irrumpa, no habrá valor en los egipcios para resistirle, pues tomará una ciudad fortificada. Hay aquí un cambio de número, pues quiere decir ciudades fortificadas. Porque recobraría las ciudades que antes había perdido, y llegaría a la ciudad de Rafia en Egipto. Sigue la explicación: Los brazos de Egipto no resistirán, ni el pueblo de sus levas. Esto se refiere a Scopas, que fue enviado con grandes fuerzas: al principio prosperó, pero después fue vencido en el combate, y no tuvo ánimo para perseverar en la resistencia. Sigue después:

Daniel 11:16

16. Y el que vendrá contra él hará su voluntad, y no habrá quien se le pare delante: y estará en la tierra gloriosa, la cual será consumida por su mano.

16. Et faciet veniens ad eum pro beneplacito suo,* hoc est, pro suo libidine,* et nullus stabit coram facie ejus, et stabit in terra desiderabili, et consumetur, alii nomen esse volunt, consumptio, in manu ejus.

Daniel 11:16

El ángel prosigue con el mismo discurso. Dice que Antíoco el Grande cumpliría sus deseos, y esparciría el terror de sus armas en todas direcciones, y así nadie se atrevería a oponérsele. Hará, pues, según su voluntad, dice, y nadie se parará delante de su rostro; y estará en la tierra deseable; es decir, llevará su ejército victorioso a Judea, y habrá gran consumición bajo su mano, o Judea será consumida y arruinada bajo su mano. Dijimos al principio que la misión del ángel no le autorizaba a relatar estos sucesos como los historiadores suelen narrar las hazañas militares. Se revela lo suficiente para llevar a los fieles a reconocer el cuidado continuo de Dios por su seguridad. La experiencia nos asegura también que todo suceso fue divinamente previsto, y así reconocerían cómo todo tendía a promover su bienestar. Las predicciones de Dios sobre sucesos futuros nunca fueron vanas, y el ángel declara ahora la venida futura de Antíoco a la tierra deseable. Hemos dado antes la razón del uso de este epíteto aplicado a Judea: no por ninguna excelencia natural sobre otras tierras, sino porque Dios la había escogido para sí como su sede y morada. La excelencia de esta tierra dependía enteramente de la beneficencia gratuita de Dios. Podría parecer incoherente conceder tal licencia a un tirano y salteador impío, y permitirle recorrer Judea, que Dios había señalado con honor peculiar, adoptándola como su morada, y llamándola su residencia (Sal 132:14). Pero sabemos que la Iglesia, mientras peregrina en este mundo, no goza de libertad frente a muchas aflicciones; pues conviene a los hijos de Dios ser humillados bajo la cruz, para que no se vuelvan indóciles en el mundo, y se entreguen a los lujos, y duerman sobre los deseos de la carne. El ángel, ciertamente, omite la razón por la que Dios permitió que Antíoco oprimiera tan cruelmente la tierra santa; pero los fieles habían sido enseñados por la Ley y los Profetas cómo la Iglesia estaba sujeta a diversas tribulaciones. Basta, pues, relatar el suceso con sencillez: y la tierra deseable será consumida bajo su mano, o habrá una consumición. Importa poco de qué manera lo leamos, en cuanto al sentido. El ángel anima aquí a Daniel y a todos los demás al ejercicio de la paciencia, para que no desmayen bajo este azote divino; pues permitió que Antíoco anduviera errante como un salteador, y ejerciera una severa tiranía y crueldad contra los judíos. No necesito discutir estos sucesos más largamente, pues se encuentran en los libros de los Macabeos. Solo tocaré brevemente un punto: Antíoco no hostigó a los judíos por su propia voluntad llevando su ejército a su país, sino que fue incitado por sacerdotes impíos. Tan grande era su perfidia y barbarie que de buen grado traicionaron el templo de Dios y expusieron a su nación a las más angustiosas calamidades. Aquella fue una prueba severa: por eso Dios miró por los intereses de sus propios adoradores prediciendo sucesos que pudieran debilitar su confianza y llevarlos a entregarse a la desesperación. Sigue:

Daniel 11:17

17. Pondrá luego su rostro para entrar con la fuerza de todo su reino, y rectos con él; y hará así: y le dará la hija de las mujeres para destruirlo; pero ella no permanecerá de su parte, ni será para él.

17. Et ponet faciem suam ad veniendum cum potentia totius regni, et rectitudines cum eo: et faciet, et filiam mulierum dabit illi ad perdendum eam, sed non stabit ipsa, et non erit ipsa ei.

Daniel 11:17

Describe aquí la segunda guerra de Antíoco contra Epífanes, que entonces era joven; y por eso le dio a su hija Cleopatra en matrimonio, esperando de este modo, mediante sutiles artificios, someter el reino de Egipto. Pues pensaba que su hija permanecería fiel a sus intereses; pero ella más bien conservó su fidelidad conyugal a su marido, y no vaciló en abrazar la causa de su marido contra su padre. Se adhirió fielmente a los intereses de su marido conforme a su deber, y nunca escuchó los designios astutos de Antíoco. Así fue privado de su expectativa, y su hija nunca fue el medio de que adquiriera autoridad sobre Egipto. Antes de este matrimonio de su hija con Tolomeo, había probado el efecto de la guerra, pero en ella fracasó; y cuando percibió la interposición de los romanos, desistió de hostilidades futuras, y se consoló con el pensamiento que ya hemos expresado, de recibir ayuda inmediata contra Egipto por medio de su hija. Se vuelve, pues, para venir con el poder de todo su reino; es decir, reúne todas sus fuerzas para abrumar a Tolomeo Epífanes, que entonces no era sino un joven, y no había obtenido gran autoridad, ni alcanzado sana sabiduría y discreción. Cuando percibió su falta de éxito en la fortuna de la guerra, le dio la hija de las mujeres, refiriéndose a su belleza. Esta es la explicación de los intérpretes, que suponen que la frase implica su notable hermosura.

En cuanto a la cláusula siguiente, quienes la traducen y los rectos con él piensan que se trata de los judíos, pues Antíoco los había recibido en rendición, y hubo muchos que abrazaron abiertamente su causa. Piensan que se llama así a los judíos como marca de honor, y como rectos respecto al culto de Dios. Pero esto me parece demasiado forzado. No vacilo en suponer que el ángel significa el carácter superior del acuerdo entre Antíoco y Tolomeo, cuando el primero halló imposible obtener el reino de su adversario por guerra abierta. Aunque los romanos no habían enviado todavía ningún armamento, Antíoco empezó a temerlos, y prefirió el uso de la astucia para proveer a sus propios intereses. Además de esto, como mencionamos hace poco, anhelaba otro botín, pues trasladó inmediatamente la guerra a Grecia, como nos informará el ángel. Pero primero anuncia su entrega de su hija para destruirla. Reprueba aquí el artificio de Antíoco el Grande, que vendía así bajamente a su hija, como si fuera una ramera. En cuanto le fue posible, la indujo a matar a su marido ya con veneno ya con otros artificios. Por eso, dio su hija para destruirla, pero ella no permaneció de su parte, ni fue para él; es decir, no asintió a los deseos impíos de su padre, y no quiso favorecer tan monstruosa maldad. Leemos en los escritores profanos el cumplimiento de estas predicciones del ángel, y así aparece más claramente cómo Dios puso ante los ojos de los piadosos un espejo en que pudieran contemplar su providencia al regir y conservar a su Iglesia. Sigue ahora:

Daniel 11:18

18. Después volverá su rostro a las costas, y tomará muchas: mas un príncipe hará cesar, de su parte, el oprobio de él; y aun hará volver sobre él su oprobio.

18. Et vertet faciem suam ad insulas, et capiet multas, et quiescere faciet, hoc est, retorquebit, princeps opprobrium ejus apud ipsum. Ideo non torquebit opprobrium suum in ipsum.

Daniel 11:18

Hay cierta oscuridad en estas palabras, pero la historia determinará después el sentido del ángel. Primero, en cuanto a la palabra «islas», sin duda significa Asia Menor y las costas marítimas; también Grecia, Chipre y todas las islas del mar Mediterráneo. Era costumbre judía llamar «islas» a todos los lugares de ultramar, pues no eran muy hábiles en la navegación. Por eso dice: Volverá su rostro a las islas; es decir, se volverá a las regiones opuestas del mundo. Es sabido que el mar Mediterráneo está entre Siria y Asia Menor; también Cilicia está entre ellas, la cual estaba igualmente bajo el dominio de Antíoco, aunque el asiento de su poder era Siria. Por eso llama a Asia Menor, a Grecia y a las islas del Mediterráneo, a todas «islas», con respecto a Siria y Judea. Esto ocurrió cuando los etolios renovaron la guerra después de la derrota de Filipo. Los romanos fueron los iniciadores de esta guerra en Grecia, y tenían el honroso pretexto de liberar a toda Grecia después que Filipo de Macedonia se había apoderado de muchas ciudades hábilmente fortificadas. Pero los etolios eran orgullosos y estaban hinchados por el deseo de superioridad, como el suceso lo probó al fin. Se jactaban de ser los libertadores de Grecia; usaron la ayuda de los romanos, pero profesaban ser los principales jefes en la guerra, y cuando vieron que Calcis y otras ciudades estaban en poder de los romanos, el espíritu de envidia se apoderó de ellos. Tito Flaminino retiró sus guarniciones de sus ciudades, pero aun así los etolios no se dieron por satisfechos; pues querían la preeminencia exclusiva y la completa partida de los romanos. Con esta mira enviaron sus embajadores a Nabis, el tirano de los lacedemonios, al rey Filipo, y también a Antíoco. Toante fue el principal autor de esta contienda, pues después de incitar a las naciones vecinas, partió él mismo a Antíoco. Cuando los etolios se hincharon con las grandes promesas que él trajo, esperaron producir la paz por toda Grecia sin la menor dificultad. Entretanto Antíoco solo avanzó hasta Asia Menor con una fuerza pequeña. Llevó consigo a Aníbal, cuya sola fama infundía pavor a los romanos; y si hubiera tomado su consejo, ciertamente no habría tenido dificultad en expulsar a los romanos. Pero los aduladores de su corte no permitieron que el consejo de Aníbal prevaleciera con este rey necio. Luego también Vilio hizo astutamente sospechoso a Antíoco el consejo de Aníbal: pues había sido enviado como embajador a Asia Menor, se había insinuado en su favor, y había adquirido su amistad, y estaba tan ocupado en conferenciar a diario con él, que Antíoco sospechó de la fidelidad de Aníbal a sus intereses. Por eso hizo aquella guerra enteramente sin método, ni plan, ni perseverancia. Cuando llegó a Calcis, quedó herido de pasión por una doncella de allí, y celebró con ella un necio matrimonio, como si hubiera estado completamente en paz. Así tuvo por suegro a un ciudadano de Calcis, siendo él un poderoso monarca, sin igual en todo el mundo. Aunque se conducía de manera tan inconsiderada, sin embargo la celebridad de su fama, más que sus esfuerzos personales, le permitió al principio tomar muchas ciudades, no solo en Asia Menor y en la costa del mar Mediterráneo, sino también en la misma Grecia. Recobró Calcis y otras ciudades que habían sido tomadas por los romanos. El ángel relata esto como si el suceso ya hubiera ocurrido, y sin embargo sabemos que todos eran todavía futuros.

Volverá su rostro a las islas, y tomará muchas, y un jefe lo hará cesar, y volverá su oprobio contra él mismo. Antíoco combatió a menudo contra los romanos, y siempre sin éxito, aunque a veces se creyó superior; pero desde el momento en que Atilio, prefecto de la flota, interceptó sus provisiones, y así detuvo su avance, M. Acilio, el cónsul, empezó a obtener el dominio por tierra, y el poder de Antíoco se fue debilitando gradualmente más y más. Cuando fue vencido en un combate naval por Livio, el pretor, sufrió una pérdida severa, y entonces, demasiado tarde, reconoció su error de no haber obedecido los consejos de Aníbal; pero había perdido la oportunidad de renovar la guerra. Por eso el ángel dice aquí: Un jefe hará volver su oprobio sobre él mismo. Esto significa cómo Antíoco se hincharía de necio orgullo, y cómo sus insensatas jactancias rebotarían sobre su propia cabeza, pues las había vomitado con la boca abierta contra los romanos. Cuando habla aquí de su deshonra, la interpreto activamente, como hacer permanecer su oprobio; pues la palabra חרפת, cherepheth, significa oprobio, pero hay dos maneras de interpretarla, activa y pasivamente. Pero como ya he dicho, es más probable que el ángel hable de su necia jactancia, pues había despreciado a los romanos con desdén e insulto. Sabemos cuán neciamente los insultó por medio de sus embajadores entre todas las asambleas de Grecia. Un jefe, pues, ya sea Acilio o Lucio Escipión, que lo echó más allá del monte Tauro, hizo que su deshonra descansara sobre él mismo, y no apartará su propia deshonra; es decir, Antíoco vomitó sus oprobios contra los romanos con mejillas hinchadas, pero con total inutilidad. Todos estos discursos vergonzosos vinieron a nada, y nunca perjudicaron en lo más mínimo a los romanos; sino que aquel jefe, ya sea Lucio Escipión o Acilio, según mi afirmación, devolvió sobre sí mismo estos oprobios con que esperaba postrar a los romanos, pero resultaron nada sino viento. El ángel, pues, se burla del orgullo de Antíoco diciendo: Vendrá un jefe que arrojará de vuelta estos oprobios sobre él mismo, y les impedirá volver sobre este jefe o sobre los romanos. Toma la cabeza como representante del cuerpo entero.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, ya que te place ejercitar nuestra confianza no permitiéndonos ningún reposo fijo ni estable sobre la tierra, que aprendamos a descansar en ti mientras el mundo da vueltas y vueltas aun cien veces. Que nunca dudemos ni de nuestra protección bajo tu mano, ni del resultado perpetuo de todas las cosas para nuestro bien. Aunque no estamos fuera del alcance de los dardos, que sepamos sin embargo que es imposible que suframos ninguna herida mortal, cuando tú extiendes tu mano para escudarnos. Que tengamos plena confianza en ti, y nunca dejemos de marchar bajo tu estandarte con valor constante e invencible, hasta que al fin nos reúnas en aquel feliz reposo que nos está reservado en el cielo, por Cristo nuestro Señor. Amén.

Lección quincuagésima novena

Daniel 11:19

19. Luego volverá su rostro a las fortalezas de su tierra; mas tropezará y caerá, y no será hallado.

19. Et vertet faciem suam ad munitiones terrae suae, et impinget, et cadet, neque invenietur.

Daniel 11:19

Aquí se denota o bien el fin vil de Antíoco, que fue muerto en un tumulto popular mientras despojaba el templo de Belo, o bien se describe el desenlace de la guerra entre él y los romanos. Esta guerra se condujo bajo los auspicios de Lucio Escipión, porque Cneo Escipión, el conquistador de África, se había ofrecido como lugarteniente de su hermano, y tras su muerte aquella provincia le fue encomendada. Pero, como hemos dicho, los recursos de Antíoco habían sido cortados antes de esto. Había perdido las ciudades de Asia, y si las hubiera cedido al principio, podría haber retenido tranquilamente la mayor parte de Asia Menor. Pero como extendió sus alas sobre Grecia, y esperó llegar así a ser completamente señor de toda Grecia y Macedonia, no pudo ser inducido a retirar sus guarniciones de aquellas ciudades, sino que al fin se vio obligado a ceder Asia Menor. De este modo, pues, el ángel describe el progreso de la guerra diciendo: Volverá su rostro hacia las fortalezas de su propia tierra; es decir, cuando se vea obligado a abandonar Grecia, se refugiará en lugares fortificados. Estaba allí muy seguro, y en una región suficientemente en paz; tenía por todos lados ciudades casi inexpugnables, y parecía estar libre de guerra. Los historiadores relatan que esto se hizo por la habilidad de Cneo Escipión. Pues su hijo estaba entonces cautivo bajo Antíoco, y él sabía que tenía mayor autoridad que su hermano, aunque solo poseía el título de lugarteniente. Registran que persuadió a Antíoco de no probar su fortuna en ningún combate decisivo. Como quiera que fuese, es muy evidente que retrasó el combate hasta que se vio forzado por un sentido de vergüenza, pues todos los hombres lo acusaban de cobardía por no atreverse a probar el resultado de un combate cuando poseía un ejército tan grande. Los romanos apenas habían salido nunca a campaña contra una fuerza tan fuerte, y sin embargo, según la narración de Tito Livio, nunca mostraron menos terror o preocupación. La magnitud de las fuerzas de Antíoco se hace fácilmente evidente por la matanza que ocurrió; en un día perecieron 50.000 hombres; y esto sería casi increíble si no estuviera respaldado por numerosos y fidedignos testimonios. De este modo dijo el ángel: Antíoco volvería, pues no salió al encuentro de Lucio Escipión, sino que le permitió pasar. Si hubiera dado la menor señal de resistencia, sin duda Filipo habría tenido en su mano y poder toda la fuerza de los romanos. Muchos, en verdad, pronunciaron temeraria la conducta de L. Escipión al atreverse a permitir tal licencia a Filipo, pues había sido vencido poco antes, y estaba todavía exasperado a consecuencia de la pérdida y la deshonra que había sufrido. Pues si Antíoco hubiera estado alerta para contener al enemigo, todo habría terminado para el ejército romano en aquellos desfiladeros angostos y escarpados; pero, como hemos dicho, mantuvo su ejército en ociosidad y lujo entre ciudades fortificadas. Si se prefiere otro sentido probable, la frase se aplica a su vil retirada al Asia más lejana, donde cayó, muerto por la población rústica. Caerá, y no será hallado. Antíoco, en verdad, continuó reinando desde el período de la destrucción de su ejército y de su aceptación de las condiciones que los romanos impusieron. Obtuvo la paz, pero no sin el pago de una fuerte multa, mientras retenía el nombre de rey. Aunque se unió con los romanos en un tratado honroso, fue forzado sin embargo a retirarse más allá del monte Tauro, a pagar una gran suma de dinero por los gastos de la guerra, a dar rehenes, y a repartir las naves por igual con los romanos. En este último caso fue grosera y fraudulentamente burlado, pues L. Escipión mandó que todas las naves fueran cortadas en pedazos, y entregó los materiales a Antíoco, a quien eran enteramente inútiles. Conocía al hombre como engañoso e inquieto, y por eso lo trató con barbarie, según sus merecimientos. En cuanto a los rehenes, hallamos a Antíoco y a Demetrio, sus hijos, como rehenes en Roma aun después de su muerte. Fue dejado en paz, ciertamente, pero fue privado de las ciudades de Asia Menor, y se le ordenó retirarse más allá del monte Tauro. Aquellas gargantas fueron el límite de su imperio; una parte de Asia fue asignada a Eumenes, y muchas ciudades llegaron a ser independientes. Antíoco, para encubrir su deshonra, hizo de ello una broma, diciendo que había obrado con inteligencia, pues el gobierno de Asia Menor le era una gran molestia. Tenía otro reino amplio y opulento con el cual bien podía contentarse: Hasta ahora, solía decir, no he sido sino un mayordomo en Asia, y los romanos me han aliviado de aquella carga.

Cuando, pues, el ángel dice: Después de su caída, no será más rey; esto puede entenderse de su muerte ignominiosa que siguió poco después. Su avaricia era insaciable, y cuando se vio forzado a pagar un gran tributo a los romanos, fingió estar reducido a extrema pobreza; entonces quiso despojar el templo de Júpiter Dodoneo, y fue muerto allí durante un tumulto. Esta última palabra debe referirse propiamente a este suceso, pues el rey Antíoco no fue hallado, porque estos rústicos lo mataron en el tumulto que se produjo. Hasta aquí lo concerniente a Antíoco el Grande; sigue ahora Seleuco, que fue su primer sucesor. Tuvo tres hijos: Seleuco, a quien muchos llaman Cerauno, luego Antíoco Epífanes, y Demetrio. Acerca de Seleuco el ángel habla como sigue:

Daniel 11:20

20. Entonces se levantará en su lugar uno que hará pasar un cobrador de tributos por la gloria del reino: pero en pocos días será quebrantado, no en ira, ni en batalla.

20. Et stabit super locum ejus transire faciens exactorem in honore regni, et diebus paucis conteretur, idque non ira, neque in praelio.

Daniel 11:20

Seleuco, es bien sabido, no sobrevivió mucho a su padre, pues fue muerto ya con veneno, ya por sus domésticos. La sospecha recayó sobre su hermano Antíoco, que fue enviado de vuelta a su país cuando se supo la muerte de su padre. Solo Demetrio fue retenido, el cual escapó después huyendo, pues salió de la ciudad con pretexto de cazar, y siguió la orilla del Tíber hasta Ostia, donde se embarcó en una pequeña nave, prefiriendo correr todos los riesgos a permanecer en perpetuo destierro. Acerca de Seleuco, el ángel dice: se levantará en su lugar, es decir, sucederá por derecho hereditario en el oficio de Antíoco el Grande. Así hará pasar al cobrador de tributos. Algunos traducen: Quitará al cobrador; pues el verbo עבר, gnaber, en Hifil, significa quitar. Los hebreos usan el verbo de esta cláusula en el sentido de excluir. Algunos intérpretes piensan que este lenguaje implica el elogio de Seleuco por haber disminuido los tributos impuestos por su padre, pero los historiadores muestran que este punto de vista es falso, y condenan su avaricia y rapacidad. En algunos puntos era superior a su hermano Antíoco; aunque lujurioso y cruel con los que le rodeaban. Por entregarse a grandes gastos, no podía ser moderado y benigno con sus súbditos; pues el lujo y la prodigalidad siempre arrastran consigo la crueldad en la exacción de tributos. Porque el que es así pródigo debe necesariamente extraer la sangre misma de su pueblo. Como Seleuco estaba así entregado a la complacencia de sí mismo, este sentido es más apropiado: hizo pasar al cobrador, es decir, impuso tributos nuevos y frescos sobre todos sus súbditos. No se dice de él nada más que esto, ya que fue inmediatamente muerto, como nos informa la segunda cláusula del versículo. Si preferimos tomar las palabras «la gloria del reino» a modo de oposición, Seleuco será alabado como honor y ornamento. Pero pienso que debemos suplir la letra ל, l, y entender el pasaje así: El que haga pasar al cobrador se levantará en su lugar, y será quebrantado en pocos días. Con la palabra «quebrantado» significa una muerte sangrienta. Pero no en ira, dice. Me admiro de que algunos traduzcan «en conflicto mutuo», pues los hebreos implican «ira» con esta palabra; es decir, no perecería en guerra abierta, ni en el curso de una batalla, sino por manos de sus domésticos. Los historiadores difieren en cuanto al género de muerte que murió, diciendo unos que fue envenenado, y otros, muerto a espada. Pero esta diferencia no tiene importancia. Antíoco Epífanes le sucede luego.

Daniel 11:21

21. Y le sucederá en su lugar un hombre vil, al cual no darán la honra del reino: pero vendrá sin ruido, y tomará el reino con halagos.

Daniel 11:21

Los historiadores concuerdan en representar a Antíoco Epífanes como de carácter muy astuto, y algunos declaran que su partida de Roma fue a escondidas. Lo más probable es que fuera despedido por los romanos, al saberse la muerte de su padre, pues estaban contentos con su hermano Demetrio. Tenían además otros rehenes, que estaban entre los principales nobles de la tierra, así como este tercer hijo del rey. Como quiera que fuese, todos concuerdan en relatar su astucia. Era tan cruel y fiero, que Polibio dice que se le llamaba Epímanes por apodo, y como había asumido el nombre de Ilustre, se le llamó el Loco, a causa de su carácter turbulento. Era un monstruo hinchado de diversos vicios; siendo de temperamento servil y adulador, procuró adquirir el favor de Roma por artificio, como descubriremos después. Pero cuando no lo movía el temor, su crueldad y ferocidad no tenían límites. Por esta razón se le llama despreciable. Gozaba de cierta estima en Roma, y fue recibido por una parte de su pueblo con gran aplauso. Pero no estaba dotado de ninguna cualidad heroica ni siquiera regia, pues siempre adulaba a los romanos, y se insinuaba así en el favor de los ciudadanos, hasta que vino a su reino como suplicante; y entonces el ángel lo llama persona despreciable o vil. Puede aducirse otra razón igualmente probable, a saber, su apoderarse del trono por fraude y maldad, después de apartar al heredero legítimo. Pues Seleuco dejó un sucesor a quien este pérfido intrigante privó de sus derechos, y así adquirió fraudulentamente el reino para sí. Sabemos de cuánta importancia hace Dios la vocación de cada uno, y cómo detiene a los hombres para que no se arroguen temerariamente nada, pues siempre deben estar satisfechos con aquella posición que Dios les asigna. Como, pues, Antíoco se apoderó del reino sin derecho alguno a él, y expulsó al heredero legítimo, fue despreciable ante Dios, y nunca habría sido rey en absoluto sino por violencia y tiranía de su parte, así como por engaño y artificios astutos. No vacilo en afirmar que el ángel censura aquí la conducta perversa de Antíoco, llamándolo despreciado por la ausencia de toda nobleza de sentimientos.

Añade luego: No le conferirán el honor de la realeza. Con estas palabras anuncia la injusticia de su reinado por no haber sido elegido por los votos del pueblo. Hemos dicho que el hijo de Seleuco debió reinar sin ninguna disputa, pero la misma persona que debía haber sido tutor de su sobrino, privó malvadamente a su pupilo de su herencia paterna. Por eso el ángel habla de él más bien como de un salteador que como de un rey, porque se apoderó del reino, y no fue elegido por la elección popular. Sigue: vendrá en paz, y tomará el reino con halagos. Esta es la explicación de la última cláusula. Podría preguntarse: ¿cómo privó a su sobrino de su reino? la respuesta es: vendrá pacíficamente, es decir, dejará a un lado todo lo que agitaba en su mente, y no se jactará abiertamente de ser rey, sino que obrará engañosamente en el carácter de tutor hasta tener el poder de arruinar a su pupilo. Vendrá, pues, pacíficamente, y tomará el reino con halagos. Vemos así el sentido del ángel en estas palabras. Además, aunque Daniel no vio todas estas cosas, ni siquiera muchos del pueblo escogido, sin embargo gustaron lo suficiente de estas profecías para satisfacerse y desterrar la ansiedad de sus mentes. Se les permitió percibir a Dios hablando por su ángel, y la experiencia les enseñó la verdad de todo lo que aquí se contiene, aunque muchos sucesos les quedaran ocultos. Pero el objeto de Dios era sostener los espíritus de los piadosos, hasta el advenimiento de Cristo, y retenerlos en tranquilidad en medio de las mayores perturbaciones. Así reconocerían el valor de la promesa del Redentor, después de haber sido puesto en evidencia, como se mencionará al cierre del capítulo. Procederé ahora a las palabras siguientes.

Daniel 11:22

22. Y los brazos serán inundados de delante de él, y serán quebrantados; y también el príncipe del pacto.

22. Et brachia inundatione obruentur, ad verbum, inundabuntur, a conspectu ejus, et conterentur, atque etiam dux foederis.

Daniel 11:22

Podemos conjeturar con naturalidad que los dominios de Antíoco no quedaron en paz de inmediato, porque una parte de su corte favorecía al heredero legítimo. Como sucede siempre en todo cambio de gobierno, hubo muchos tumultos en Siria antes de que Antíoco pudiera apartar de su camino a sus adversarios. Pues aunque el reino de Egipto estaba entonces sin cabeza, ya que Ptolomeo, llamado Filométor, no era más que un niño, sus consejeros estaban a favor del hijo de Seleuco, y así, con ayudas secretas, prestaban su apoyo a la facción opuesta a Antíoco. Tuvo muchas dificultades no solo con su propio pueblo, sino también con las naciones vecinas. Todos se compadecían de la suerte de su pupilo, y el que este no mereciera en absoluto tal suerte movía a muchos a prestarle toda la ayuda posible. El niño era ayudado por el favor de Egipto y de otras naciones. Así, Antíoco estuvo sujeto a muchas y graves conmociones, pero el ángel anuncia su conquista final. Los brazos, dice, serán inundados. Esta es una expresión metafórica; pues cualquier ayuda que el hijo de Seleuco obtuvo no se debió a sus propios esfuerzos, porque él no podía emplear ninguno, sino a los de sus amigos. Los brazos, pues, es decir, todos los auxiliares que ayudaran en la restauración del hijo de Seleuco, serán anegados por una inundación. Esta es otra metáfora, que significa que serán ahogados como por un diluvio; y con esta figura el ángel insinúa no solo la victoria de Antíoco, sino su gran facilidad. Fue como un diluvio, no por su propia fuerza, sino porque Dios quiso servirse de la mano de este tirano para afligir a los israelitas, como veremos después, y también para hostigar tanto a Egipto como a Siria. Antíoco fue en verdad el azote de Dios, y por eso se le compara a un diluvio. De ahí que diga: de delante de él. Muestra que el terror de Antíoco sería tan grande que, con su sola aparición, desalentaría y postraría a sus enemigos, aunque no tuviera fuerzas y no fuera un guerrero ni audaz ni perseverante.

Y serán quebrantados, dice, y también el caudillo del pacto; es decir, que Ptolomeo tomará en vano el partido de su pariente. Porque el hijo de Seleuco era primo de Ptolomeo Filométor, ya que, como hemos dicho, Cleopatra se había casado con Ptolomeo Filopátor, de quien descendía este Filométor, y Seleuco era hermano de Cleopatra. Este, pues, era el caudillo del pacto. Ptolomeo, en efecto, que no era más que un niño, no podía emprender ni llevar a cabo nada por su propio consejo, pero tal era su dignidad en el reino de Egipto que con razón fue llamado caudillo del pacto, puesto que todos los demás seguían el poder de aquel rey. El desenlace demostró plenamente con qué mal éxito pelearon contra Antíoco todos los que procuraron expulsarlo de sus posesiones. Sigue ahora:

Daniel 11:23

23. Y después del pacto hecho con él, obrará engañosamente; porque subirá y se hará fuerte con poca gente.

23. Et a conjunctione cum eo faciet dolum, et ascendet, et praevalebit cum exigua gente, vel, manu.

Daniel 11:23

El ángel señala una cierta interrupción de las guerras, porque Antíoco se contentaría por un tiempo con Siria y no intentaría nada contra Egipto. Era un gran logro rechazar los intentos de todos los que querían recuperar los derechos de su sobrino. No hay duda de que todo el país estaba empobrecido y agotado por el gasto continuo de estas guerras; pues cada vez que surgía una nueva conmoción, era necesario sacar nuevas levas de aquellas provincias, y esto ocasionaba un gasto muy grande. No es de extrañar, pues, que Antíoco, que era de natural astuto, negociara una paz temporal con su sobrino Ptolomeo Filométor, rey de Egipto. Su hermana Cleopatra aún vivía, y esto era una excusa honrosa. El ángel, pues, declara primero la propuesta de una tregua que condujera a una paz estable entre los dos soberanos. Añade, sin embargo, la conducta pérfida de Antíoco en sus amistades. Durante, o después de estos acuerdos, obrará con engaño contra él. Aunque, pues, fingía ser amigo y aliado de su sobrino, se condujo con él de manera engañosa. Y subirá, y prevalecerá con una pequeña tropa; es decir, que atacará de repente al muchacho. Pues cuando Ptolomeo esperaba una amistad duradera con su tío, Antíoco aprovechó la oportunidad para atacar fraudulentamente algunas ciudades con una fuerza pequeña. Así engañó a su enemigo, que pensaba que todo estaría tranquilo por su parte; y así, cuando Ptolomeo no temía nada de su tío, perdió de repente algunas de sus ciudades. El ángel quiere decir esto: se levantará con engaño, y prevalecerá sin grandes fuerzas, porque no habrá sospecha de guerra. Es bastante fácil oprimir a un enemigo que está en estado de tranquilidad y en ausencia de todo temor. Se añade después:

Daniel 11:24

24. Entrará en paz en los lugares más fértiles de la provincia, y hará lo que no hicieron sus padres ni los padres de sus padres; botín, despojos y riquezas repartirá a sus soldados, y contra las fortalezas formará sus designios, y esto por un tiempo.

24. In pace, et in pinguedinibus regionis, aut provinciae, veniet,* hoc est, in deliciis,* et faciet quae non fecerunt patres ejus, et patres patrum ejus: spolia et praedam, et substantiam illis dispertiet, et super munitiones cogitabit cogitationes suas, idque ad tempus.

Daniel 11:24

Aquí se continúa la historia: el ángel muestra cómo Antíoco, en poco tiempo y con una pequeña tropa, adquiriría muchas ciudades, pues vendría en paz sobre lo fértil de la provincia, dando a entender que las oprimiría mientras dormían confiadas. Muestra también cómo llegaría a ser vencedor, no por una invasión hostil de Egipto, sino que con astucia y a escondidas privaría al rey Ptolomeo de sus ciudades cuando menos lo esperaba. No habría apariencia de guerra; por eso dice: vendrá en paz sobre lo fértil de la tierra. La palabra «fertilidad» se usa metafóricamente por «riqueza». Cuando los egipcios suponían que todo peligro estaba lejos, y estaban persuadidos de la amistad de Antíoco hacia ellos, y confiaban en él como en un aliado si sobrevenía alguna adversidad, se entregaron a los placeres hasta que Antíoco llegó de repente y los sometió. Añade luego: Despreciará el botín, los despojos y los bienes que les pertenecían. Algunos toman las palabras botín y despojos en el sentido de «soldados», y las unen con el verbo יבזור ibzor, «dispersará», es decir, que repartirá sus posesiones entre sus soldados para ganarse su buena voluntad y prepararlos para nuevas guerras, pues sabemos con qué facilidad se atrae a los soldados cuando reciben la recompensa de su servicio; porque los mueve únicamente la codicia y la avaricia. Algunos escritores lo exponen así: Antíoco repartirá el botín entre sus soldados; pero yo prefiero el otro sentido: dispersará el botín, los despojos y los bienes de los egipcios. Después de oprimir de repente a los egipcios, procederá a despojarlos como un ladrón.

Añade después: Y contra las fortalezas maquinará designios, es decir, que trazará sus planes para apoderarse de las ciudades fortificadas. Porque al principio penetró hasta ciertas ciudades, y ocupó primero Celesiria y después Fenicia, pero no pudo apoderarse con rapidez de las ciudades fortificadas; por eso aplazó la ejecución de sus planes para un tiempo más oportuno. Por tanto, el ángel dice: dispondrá sus planes contra las ciudades fortificadas, pero solo por un tiempo; es decir, que no sacará de inmediato a la luz sus intenciones, esperando oprimir a su sobrino cuando estuviera desprevenido. Así, bajo el disfraz de la paz, siempre tendría abierto el acceso a esas ciudades, y se reconciliaría con todos los que pudiera corromper con dádivas o con otros artificios. Percibimos, pues, cómo se nos presenta aquí un resumen de las artes y tramas con que Antíoco privaría a su sobrino de una parte de su territorio y de sus ciudades; con qué rapidez invadiría algunas de las más débiles en un estado de tranquilidad confiada; y cómo poco a poco inventaría maquinaciones para apoderarse de las ciudades más fuertes como mejor pudiera. Dice también: por un tiempo. La astucia y la malicia de Antíoco se mostraron siempre a lo largo de estos hechos. No se lanzó a una guerra abierta, sino que se esforzaba siempre por acrecentar sus posesiones con fraudes indirectos, un camino que no careció de éxito.

Cuando se dice: Hará lo que no hicieron ni sus padres ni los padres de sus padres, esto debe limitarse únicamente a Egipto. Pues Seleuco, el primer rey de Siria, disfrutó de un vasto dominio, prosperó luego en la guerra, y su fama floreció hasta una buena vejez; y aunque al fin no tuvo éxito en la batalla, en conjunto fue un guerrero superior y célebre. Además sabemos que fue uno de los principales generales de Alejandro Magno. En cuanto a su hijo Antíoco, hemos observado antes la amplia extensión de su dominio y cuán estimado era por su prudencia y valor. El ángel no compara a Antíoco Epifanes en general ni con su padre, ni con su abuelo, ni con su bisabuelo, sino solo con respecto a Egipto. Pues sus antepasados anhelaron siempre Egipto, pero sus designios contra él se frustraron por completo; él, en cambio, tuvo más éxito en su agresión donde sus antepasados habían fracasado en sus intentos. De ahí se hace manifiesto cómo Dios gobierna los sucesos de la guerra, de modo que el vencedor y héroe triunfante no es el que sobresale en consejo, en prudencia o en valor, sino el que combate bajo el caudillo celestial. A Dios le place en un momento afligir a las naciones, y en otro ponerles reyes que son realmente sus siervos. Así quiso castigar a Egipto por mano de este ladrón. Sigue después:

Daniel 11:25

25. Y despertará sus fuerzas y su ánimo contra el rey del sur con gran ejército; y el rey del sur se empeñará en la guerra con un ejército grande y muy fuerte, pero no prevalecerá, porque le harán traición.

25. Et excitabit robur suum, et cor suum adversus regem austri, cum exercitu magno: et rex austri irritabitur ad praelium cum exercitu magno, et robusto valde: et non stabit, quia cogitabunt contra eum cogitationes.

Daniel 11:25

El ángel anuncia aquí cómo Antíoco Epifanes, después de prevalecer por fraude, se haría más audaz en su atrevimiento. Se arriesgaría a levantar un ejército hostil e invadir Egipto abiertamente, sin más disimulo. Dice, por tanto: al fin despertará sus fuerzas y su ánimo. Antes se había arrastrado por escondrijos y lugares recónditos, y no había despertado ni sus fuerzas ni su ánimo mientras permanecía tranquilo en su casa; entretanto obtenía la posesión de varias ciudades por traición y otros artificios. Esto era solo avanzar a rastras, minando bajo tierra. Pero ahora declara abiertamente la guerra y lleva sus fuerzas al campo de batalla, y así despierta sus fuerzas y su ánimo. Como ya he dicho, este nuevo modo de guerrear se describe aquí como inusual en él, pues su audacia, sin duda, fue creciendo poco a poco por aquella serie de éxitos que había disfrutado, y por los cuales se había hecho más poderoso que su sobrino mediante la práctica del engaño. Añade luego: con gran ejército. Había mencionado una pequeña tropa; ahora le opone un gran ejército; pues se requería un largo espacio de tiempo para reunir cuantiosos recursos de dinero para sostener la guerra, y también para ensanchar y extender sus propios límites. Así pudo alistar nuevas levas, mientras que su prosperidad inducía a muchos a ser sus auxiliares. Como se veía superior a su sobrino en todo sentido, reunió un gran ejército. También el rey del sur se irritará; es decir, que no se atreverá a hostigar a su propio tío Antíoco, pero se verá forzado a una guerra abierta. Vendrá, pues, con gran ejército, muy grande, fuerte y poderoso, dice, pero no prevalecerá, porque tramarán designios contra él; es decir, que será vencido por traición. Aquí el ángel da a entender que Ptolomeo tendría valor suficiente para resistir, si no hubiera sido traicionado por sus allegados. Lo percibiremos con más claridad en el versículo siguiente, mañana.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, permanecer tranquilos bajo tu abrigo y protección en medio de aquellas numerosas perturbaciones que sometes siempre a nuestros ojos en este mundo. Que nunca perdamos el ánimo cuando se da ocasión a Satanás y a nuestros enemigos para oprimirnos, sino que permanezcamos seguros bajo tu protección, y a cada hora y a cada momento recurramos a tu amparo. Confiando en tu poder invencible, que nunca dudemos en pasar así por todas las conmociones, de modo que reposemos con ánimo sereno en tu gracia, hasta que por fin seamos reunidos en aquel feliz y eterno reposo que nos has preparado en los cielos, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Lección sexagésima

Daniel 11:26

26. Aun los que coman de su pan lo quebrantarán, y su ejército será anegado, y caerán muchos muertos.

26. Et qui comedent portionem cibi ejus, conterent eum, et exercitus ejus obruetur, et cadent vulnerati multi.

Daniel 11:26

El ángel predijo ayer que Ptolomeo no se sostendría en la batalla, por la traición de sus propios allegados. Expresa ahora la clase de traición, pues sus principales cortesanos o consejeros serían los autores de esta perfidia. Opone los soldados rasos a sus jefes, pues en la segunda cláusula muestra cómo los soldados cumplirían su deber sin escatimar ni su vida ni su sangre. Entendemos ahora la intención del Espíritu Santo en este versículo, pues dice que los autores de esta perfidia no serían hombres ordinarios, sino los principales entre los consejeros. Se dice que comen a la mesa del rey, como vimos en el primer capítulo que se dio una porción a Daniel y a sus compañeros de la comida real de la mesa del rey. Así muestra cuán deshonrosa era esta perfidia, pues comían a su mesa y eran sus compañeros íntimos. Lo quebrantarán, dice, y su ejército será anegado. Muestra que muchos estaban dispuestos para este deber, que expondrían con audacia y libremente su vida al peligro por la seguridad de su rey y la defensa de su patria, pero muchos caerían heridos. Da a entender que habría una gran matanza en su ejército, y que el desenlace de la batalla no sería conforme a su deseo, porque sus generales no guardarían fidelidad a su soberano. Con este ejemplo el ángel nos describe la situación ordinaria de los reyes. Escogen a sus consejeros no por su honradez, sino por la mera apariencia de afinidad con sus afectos y gustos. Si un rey es avaro, o astuto, o cruel, o sensual, desea tener amigos y servidores que no frenen ni su avaricia ni su astucia, ni su crueldad ni su lujuria. Por eso merecen el trato que reciben, y experimentan la traición de aquellos a quienes no deberían tratar con tanto honor, si se consideraran obligados para con Dios y para con su pueblo. Sigue ahora:

Daniel 11:27

27. El corazón de estos dos reyes será para hacer el mal, y en una misma mesa hablarán mentira; mas no servirá de nada, porque el plazo aún no habrá llegado hasta el tiempo señalado.

27. Et duorum regum cor ipsorum, hoc est, et cor his duobus regibus, *in malum: et in mensa eadam, *una, mendacium loquentur, et non prospere eveniet, quia adhuc finis ad tempus statutum.

Daniel 11:27

El ángel narra aquí que el final de esta guerra sería por tratados y una pretensión hueca de paz, después de la matanza que Ptolomeo había sufrido. Aunque Antíoco podría haber seguido adelante con su buena fortuna, no se atrevió a llevar su ventaja hasta el extremo, sino que, según su carácter, pensó que le convenía más hacer la paz con su enemigo. Ya hemos aludido a su astucia y a su falta de franqueza e integridad. El ángel predice que habría mala fe en ambos reyes; el tío y el sobrino se reunirán, dice, y cenarán juntos, y fingirán la mayor amistad, pero hablarán mentira, dice, en la misma mesa; es decir, que conspirarán el uno contra el otro, y cada uno obrará fraudulentamente para sus propios fines. Esta profecía parece, en efecto, de poca importancia para los fieles; pero era necesario mostrar que en tal estado de confusión no podrían mantenerse firmes sin ser provistos de toda clase de apoyo. Si el ángel hubiera dicho solo en general que primero habrá guerra y luego una paz temporal, esto no habría bastado para sostener el ánimo de los piadosos; pero cuando los detalles se señalan con tanta claridad, se les ofrece una notable confirmación. Así, los fieles no tienen motivo para dudar de que Dios ha hablado, cuando el ángel predice lo futuro con tanta exactitud, y lo narra tan abiertamente como si fuera un asunto de historia.

Añade después: Pero no servirá de nada, porque el fin es para el tiempo, dice. El ángel hace volver a los fieles a la providencia de Dios, pues nuestro espíritu se detiene siempre, por naturaleza, en medio de las cosas terrenales. Aprehendemos con la mente solo hasta donde vemos con los ojos. Preguntamos siempre las razones de «por qué sucede esto» y «por qué aquel proceder no ha salido bien», omitiendo por completo la voluntad de Dios. Por eso el ángel sale al paso de esta falta y estupidez de los hombres diciendo que todo lo que estos reyes tramaban fracasaría, puesto que el fin era para el tiempo; es decir, que Dios mantendría en suspenso muchos acontecimientos. Mientras, pues, consideramos solo las causas segundas, percibimos cómo el poder supremo reside solo en Dios, y él gobierna por su voluntad los asuntos mutuos de los hombres. De esta enseñanza resultaría para los fieles una ventaja nada pequeña, porque, mientras los reyes urden muchos planes y emplean gran astucia y todos los perversos artificios de la diplomacia, Dios sigue refrenando su ánimo. Tiene los sucesos con su freno secreto, y no permite que nada ocurra sin su decreto celestial. Aunque podemos recoger esta instrucción general de este pasaje, sin duda el ángel limita lo que he dicho a los hechos históricos que tenemos inmediatamente delante. El fin aún no se había acercado, pero el tiempo oportuno estaba fijado de antemano por el consejo secreto de Dios, de modo que Antíoco vence en un período y se retira en otro, como veremos. Sigue:

Daniel 11:28

28. Y volverá a su tierra con grandes riquezas, y su corazón será contra el pacto santo; hará su voluntad, y se volverá a su tierra.

28. Et revertetur in terram suam cum opibus magnis, et cor ejus ad foedus sanctitatis, et faciet, et revertetur in terram suam.

Daniel 11:28

Aquí el ángel predice el carácter calamitoso de aquella paz para el pueblo de Dios, porque Antíoco volvería sus armas contra Jerusalén y todo el pueblo judío. Se dice: Volverá a su tierra, porque no poseerá Egipto. Este regreso implica la victoria de Antíoco, y sin embargo su retirada a los límites de su propio reino. Cuando añade, con gran pompa, o grandes riquezas, muestra la fuente de donde se derivaría aquella riqueza: su corazón sería contra el pacto santo. Destruyó en parte Jerusalén y el templo de Dios. Se vio obligado a dejar el templo y muchos tesoros, ya por vergüenza, ya por reverencia, ya por un milagro, como leemos en el libro 2.º de los Macabeos (2 Mac 5:2). De buena gana habría despojado todo el templo, pero Dios lo contuvo entonces, aunque reunió para sí grandes riquezas. Por eso el ángel une los dos hechos: volvería a Siria con grandes riquezas, y su corazón estaría contra el pacto santo. Algunos refieren esto a personas, como si el ángel se refiriera al pueblo que estaba en pacto con Dios. Pero me agrada más el sentido más sencillo: haría la guerra contra Dios, porque no se enriqueció con los amplios despojos que había esperado. Hemos mencionado que hizo las paces con su enemigo; para que esta expedición no resultara estéril, despojó el templo de Dios. Así su corazón se ensoberbeció contra Dios y contra su pacto santo. La otra exposición es demasiado fría y forzada.

Y hará su voluntad, y se volverá a su tierra. Este regreso al final del versículo se toma en un sentido distinto del del principio, pues ahora usaría su propia voluntad como conquistador, y nadie se opondría a su llegada a sus propios territorios. Estas dos expresiones han de leerse juntas: hará su voluntad y volverá a sus dominios. El significado de la palabra «hacer» ya lo hemos explicado. El ángel da a entender la ausencia de todo obstáculo que pudiera impedir la destrucción de la ciudad y del templo por Antíoco. Esta fue una prueba severa, y haría que el ánimo de los fieles se turbara y se agitara de un lado a otro, porque Dios entregó su templo a este cruel tirano, y permitió que los vasos sagrados y los tesoros ocultos fueran llevados con la mayor ignominia. Era necesario, pues, informar de antemano a los fieles de esta dolorosa matanza, para que su novedad no los asombrara y derribara la constancia de su fe. De aquí recogemos esta enseñanza práctica: Dios nos predice a menudo muchos acontecimientos dolorosos, y sin embargo esta instrucción no debe amargar nuestros sentimientos; pues él quiere fortalecernos contra la prueba que debe ocasionar la novedad del suceso. Así el ángel, al tratar de acontecimientos nada agradables, fue un heraldo útil de todas las calamidades que debían sobrevenir, para que nada insólito o inesperado cayera sobre los piadosos. Así reconocerían que la aflicción procedía de la mano de Dios; y que, aunque estaban expuestos a la lujuria de Antíoco, Dios, por su consejo cierto e incomprensible, permitía mucha licencia a este tirano impío. Sigue después:

Daniel 11:29-30

29. Al tiempo señalado volverá, y entrará en el sur; mas no será la postrera venida como la primera.

29. Ad tempus revertetur et veniet in AEgyptum: et non erit ut prius, it a posterius.

30. Porque vendrán contra él naves de Quitim, y se contristará, y volverá, y se enojará contra el pacto santo: así hará; volverá, pues, y se entenderá con los que abandonen el pacto santo.

30. Et venient contra eum naves Cithim, et debilitabitur, et revertetur, et indignabitur adversus foedus sanctitatis, et faciet, et revertetur, et intelliget, ad desertores foederis sanctitatis.

Daniel 11:29

Ante todo, dice el ángel, Antíoco volvería poco tiempo después y tomaría posesión de Egipto. Este fue el fruto de aquella paz fingida y amistad pérfida que ya se ha mencionado. Pues el tío y el sobrino banquetearon juntos con mutua desconfianza, como el ángel ya ha declarado, y como encontramos en el versículo 27 de este capítulo. Este engaño se disolvió poco después, cuando Antíoco, sin motivo razonable, volvió a Egipto. De este modo mostró que no le faltaba más que una oportunidad para romper la tregua, y solo la aplazó por un tiempo, porque no quería oprimir con prisa a su sobrino. Este, pues, es un punto. Podemos tomar la palabra מועד moghed, «tiempo», como un período predeterminado por Dios; pero como esta explicación puede parecer demasiado forzada, me contento con la común. Volverá, pues, por un tiempo, y vendrá, dice, a Egipto; pero la segunda venida no será como la primera; porque todo el aparato de guerra que había infundido tanto terror en Egipto perdería su efecto. Había tomado una parte del reino, y el rey Ptolomeo Filométor estaba sitiado cuando llegó Publio Popilio, de quien el ángel hablará enseguida. Pues se añade la causa de su regreso:

Daniel 11:30

Vendrán naves de Quitim. Hemos explicado esta palabra en otro lugar. Comparando todos los pasajes de la Escritura en que aparece la palabra, hallaremos que designa a todos los gentiles, desde Macedonia a través de toda Grecia, hasta Iliria e Italia. Los antiguos usaban otro término para los macedonios; los llaman Maketoe, y algunos piensan que la letra M es un añadido inútil. Pero sea esto así o no, las circunstancias muestran que los macedonios, los griegos y otras naciones de ultramar fueron llamados Quitim. Si alguien sigue disputando sobre esta palabra, desistamos de toda contienda; con todo, no podemos dejar de observar lo que nos permite descubrir el tenor perpetuo de la Escritura: que los macedonios, los griegos y los italianos están incluidos bajo este término. Este pasaje está libre de toda duda, porque Antíoco fue contenido no por los griegos, sino por los romanos. Estos enviaron embajadores, no solo con este propósito, sino para investigar todo el estado de Grecia y de Asia Menor. Los asuntos de Grecia estaban entonces muy inestables, y los romanos volvían su atención hacia Acaya, porque pensaban que la liga aquea llegaría a ser demasiado poderosa. Entre estos embajadores estaba P. Popilio, hombre severo, como podemos conjeturar, pero austero y bárbaro. Cuando se encontró con Antíoco, que entonces sitiaba Alejandría y tenía cautivo al rey niño, le habló a su manera. El rey Antíoco lo recibió con amabilidad, con mansedumbre e incluso con halago, y quiso incluso saludarlo, pues, como ya hemos declarado, su carácter era naturalmente servil. Popilio rechazó todos estos avances, y le ordenó reservar sus familiaridades para el trato privado; porque Antíoco había tenido intimidad con él cuando estuvo de rehén en Roma, en vida de su padre. Rechazó todos estos actos de cortesía, le explicó las órdenes del Senado y le mandó que saliera de inmediato de Egipto. El rey dijo que consultaría con sus amigos. Pero Popilio no pudo deponer su acostumbrada dureza; trazó un círculo con la vara que tenía en la mano, y ordenó al rey que convocara a sus consejeros y deliberara allí mismo, pues de otro modo debía declarar la guerra al instante. Cuando el rey vio que este bárbaro obraba con tanta decisión, no se atrevió ya a vacilar ni a disimular, sino que se puso de inmediato en poder del Senado y se retiró de repente del país. Esta historia es la que describe ahora el ángel. Todos estos hechos estaban aún sin cumplirse, pero Dios puso ante los ojos de los piadosos lo que entonces estaba enteramente oculto y era contrario a la expectativa de los hombres. El ángel declara, pues, la razón por la que aquella expedición de Antíoco sería muy distinta de la última. Vendrán contra él, dice, naves de Quitim, es decir, de Italia, y se contristará y volverá; esto es, obedecerá, aunque se sentirá indignado por un trato tan imperioso, y se verá forzado a retirarse con toda señal de deshonra. Era indigno de un rey humillarse tanto a la mera palabra de su adversario.

Esto explica su indignación: Pero volverá y se indignará contra el pacto de santidad; es decir, volverá su ira contra el templo y la ciudad de Dios. Este segundo regreso envolvió a los judíos en un período de matanza mucho más largo que el primero. Antíoco no quiso entonces volver a su país sin cargar de despojos, después de fingir que establecía la paz; pero ahora se vio obligado a retirarse con gran deshonra, y esto solo lo exasperó y enfureció. De ahí que obrara de la manera más ultrajante contra el pueblo y el templo de Dios. Así el ángel dice: Se indignará contra el pacto santo, y así hará, y volverá. Repite dos veces las mismas palabras, como si dijera: Antíoco volvería a Siria sin lograr su objetivo, por obedecer al Senado romano, o más bien a su antiguo amigo a quien había conocido en Roma. Ya hemos declarado la razón, que explicaremos más plenamente después, por la que el ángel predijo el furor del rey como vuelto contra el pacto santo. Es esta: la confianza de los piadosos sufriría naturalmente un daño al observar el permiso divino concedido al tirano para despojar el templo.

Añade después: Y se entenderá con los que abandonen el pacto santo. El ángel señala aquí el modo en que habría acuerdos secretos entre Antíoco y aquellos apóstatas que abandonarían el santo pacto de Dios. Es del todo claro que fue llamado a Jerusalén primero por Jasón y luego por Menelao (2 Mac 4:19-23). Tocaré solo brevemente los hechos que consigna la historia. Los autores profanos nos informan con exactitud de estos sucesos, y además un libro entero de los Macabeos nos da información semejante y pone claramente ante nosotros lo que el ángel predice aquí. Todo el que quiera leer estas profecías con provecho debe familiarizarse con esos libros y procurar recordar toda la historia. Onías el anciano era un hombre santo; su hijo ha sido mencionado antes (2 Mac 3:1). Pues, con el fin de escapar de las trampas, partió hacia Egipto y edificó un templo, como nos informa Josefo, y fingió cumplir aquel pasaje de Isaías que dice: Habrá un altar para Dios en Egipto. Pero Onías el anciano, que desempeñó fiel y santamente el oficio de sumo sacerdote, fue puesto en fuga y finalmente muerto. Entonces Jasón, a quien había enviado para apaciguar a Antíoco, se apoderó del sumo sacerdocio, y traicionó el templo y a toda la nación, así como el culto de Dios (2 Mac 4:35-37; también el 7). Después recibió la recompensa que merecía, pues fue muerto, y entonces le sucedió Menelao, que se granjeó el favor de Antíoco (2 Mac 5:9; 4:27). La autoridad del sacerdocio prevaleció hasta el punto de permitirle arrastrar tras sí a gran parte del pueblo. Aquí, pues, el ángel predice cómo Antíoco, al acercarse a la ciudad, tendría por compañeros a desertores y apóstatas. Las palabras son: Aplicará su mente a los que abandonen el pacto santo, y el sentido no es en modo alguno oscuro. Antíoco no haría guerra abierta contra los judíos, sino que una facción saldría a su encuentro y se congraciaría con él. Recorro estos hechos brevemente, porque cuando llegue después a un resumen general será mucho más conveniente extraer el provecho general. El ángel dice luego:

Daniel 11:31-32

31. Y se levantarán de su parte tropas, y profanarán el santuario de fortaleza, y quitarán el sacrificio continuo, y pondrán la abominación desoladora.

32. Con lisonjas seducirá a los que violen el pacto; mas el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará.

Daniel 11:31

Aquí el ángel describe los males intestinos de la Iglesia, y explica más plenamente lo que había tocado en el versículo anterior. Dice: Los brazos se levantarán a favor de Antíoco. Algunos lo explican de la guarnición que aquel tirano impuso en Jerusalén; pero parece demasiado rebuscado. No dudo en suponer que el ángel se refiere aquí a los apóstatas y a los que abandonan la Ley. Brazos, pues, se levantarán de su parte, es decir, que no combatirá con su propia fuerza, sino que confiará en la ayuda del pueblo. Muchos se ofrecerían a obedecerle, y así Antíoco hallaría en Jerusalén un partido entregado a él, que se prostituiría de buena gana a su voluntad. Añade después: Profanarán el santuario de fortaleza. El ángel une aquí a Antíoco con estos impíos apóstatas (2 Mac 5:2). Se dice que, para favorecerlo, el templo fue contaminado, y esto se cumplió cuando se erigió allí la estatua de Júpiter Olímpico. La tiranía y la violencia de Antíoco continuaron mucho tiempo después, como veremos en su propio lugar. Introdujo en el templo la estatua de Júpiter Olímpico con el propósito de derribar el culto de Dios, y luego introdujo otras corrupciones que viciaron la pureza del servicio de Dios. En un solo momento podría haber derribado toda la Ley, pero intentó primero mezclar muchas supersticiones con la Ley de Dios, y así apartar poco a poco a los judíos de la piedad verdadera y sincera. El ángel habla del santuario de poder, para mostrar a los fieles que Antíoco no es el vencedor de Dios, el cual nunca fue privado de su poder, sino que siguió siendo guardián y custodio de su templo hasta el fin. Usa este epíteto para el templo a fin de asegurar a los piadosos que Dios no había cedido a la violencia del tirano. Su autoridad permaneció intacta e incontaminada, aunque su templo estaba expuesto a una profanación tan inmunda.

Por último, quiso que los fieles conservaran, mediante esta enseñanza, el sentido del poder invencible de Dios al elegir aquel templo como su morada, aunque por un tiempo Antíoco fuera tan insolente y se le permitiera profanarlo con su impía turba. Esta instrucción urgía a los piadosos a mirar el poder de Dios con el ojo de la fe, aunque entonces estuviera oculto a su vista y fuera hollado por los impíos en el orgullo de su audacia. Triste era en verdad el espectáculo de esta estatua erigida dentro del templo, pues Dios, según lo que hemos dicho antes, prometió ser el defensor de aquel monte sagrado. Cuando los impíos se enfurecían tan insolentemente, ¿quién no habría pensado que Dios estaba del todo vencido e incapaz de defender ya su morada? El ángel anima aquí, pues, a los fieles a cultivar pensamientos muy distintos de los que sugería el panorama que tenían delante. El templo, pues, parecía débil y privado de toda protección, y sin embargo, con respecto a Dios, seguía siendo un santuario de fortaleza. Añade luego: Y quitarán el sacrificio continuo, lo cual ocurrió realmente; pero lo paso por alto ahora brevemente, pues tendré otra oportunidad de explicarlo conveniente y plenamente. Y pondrán, o levantarán, aquella abominación que causará asombro. Pues ¿quién no se habría asombrado al ver el templo abandonado por el Todopoderoso? Porque si Dios se preocupaba por los servicios del templo, ¿por qué no resistía una furia como esta? ¿Por qué se dejaba someter a una indignidad tan vergonzosa? El ángel sale al paso de tentaciones como estas diciendo que, aun si los mejores hombres se asombran ante tal deshonra, nada sucede por casualidad; pues Dios ya había previsto y decretado todas las cosas. No habrían sido predichas, si Dios no hubiera querido probar la fe del pueblo y exigir el castigo de su ingratitud. Pero hoy no puedo completar el tema.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, que, instruidos por tu Espíritu y armados con tu santa enseñanza, hagamos con valor la guerra a los enemigos declarados y a todos los que se oponen audazmente a la verdadera religión. Que también despreciemos constantemente a todos los enemigos domésticos y a los apóstatas, y les resistamos con denuedo. Que nunca nos turbemos, aunque se levanten diversos tumultos en tu Iglesia. Que fijemos nuestros ojos en ti, y esperemos siempre un desenlace más feliz que el que parece posible en el momento, hasta que por fin cumplas tus promesas. Y que todos los sucesos que ahora nos parecen contrarios resulten en nuestra salvación, cuando tu Hijo, nuestro Redentor, aparezca. Amén.

Lección sexagésima primera

Daniel 11:32

Declaramos en la lección anterior la gravedad de la prueba con que Dios probó la fidelidad de su pueblo, al permitir a Antíoco una libertad tan ilimitada para profanar el templo y para abolir por un tiempo todos los sacrificios y servicios. Luego puso en medio del templo aquella abominación que abatió el ánimo de los piadosos; pues aquel prodigio no podía verse sin el más profundo asombro. Nadie podría suponer posible que Dios expusiera su propio santuario a tal deshonra, siendo el único que había escogido en todo el mundo. Sigue ahora: Y con lisonjas seducirá a los transgresores del pacto, pero el pueblo que conoce a su Dios lo retendrá firmemente y lo pondrá por obra. Aquí Daniel expresa con más claridad lo que había dicho antes sobre la corrupción y la subversión del culto de Dios, pues Antíoco ganaría para sí, con halagos, una parte pérfida de quienes eran, al menos de nombre, pueblo de Dios. Repite así lo que observamos antes. Estos hipócritas eran como los brazos de Antíoco; pues aunque hubiera tomado la ciudad por la fuerza de las armas, no se habría atrevido a infligir estos insultos al templo de Dios si no hubiera recibido ayuda de aquellos apóstatas que rechazaban todo temor del Todopoderoso, y a quienes solo la ambición y la avaricia habían impulsado a unirse con aquel impío tirano, enemigo declarado y confeso de su religión. El ángel confirma aquí, pues, lo que había dicho antes, mostrando cómo los impíos y despreciadores del pacto serían instrumentos en la mano de este ladrón. Porque la primera palabra del versículo 32 deriva de רשע reshogn, «obrar impíamente», y se refiere a aquel acto especial de maldad, su desprecio del pacto de Dios. Esto se refiere a aquellos enemigos intestinos que antes se habían jactado de ser hijos de Abraham, y que se enmascaraban con la circuncisión, señal de aquel pacto. No señala aquí a ninguna mera hez del pueblo, sino a los sacerdotes impíos, Menelao, Jasón y otros semejantes, como ya se ha explicado el pasaje. Dice, pues, que estos serían engañados por los halagos de Antíoco. Sin duda ofreció a los sacerdotes y a otros lo que pensaba que más estimarían; a uno lo puso al frente del templo, a otro lo engañó por un tiempo con promesas vanas y falaces, repartiendo entre ellos una variedad de regalos. De este modo los corrompió a todos con sus lisonjas. A estos opone el profeta los verdaderos adoradores de Dios, y la cópula hebrea debe entenderse aquí como implicando este contraste. Ya había hablado de muchos como engañados por promesas vanas, y los había llamado transgresores del pacto; ahora añade: Pero el pueblo que conoce a Dios se esforzará y lo pondrá por obra. El ángel quiere decir que la perfidia de aquellos de quienes había hablado no prevalecería sobre los piadosos para llevarlos a la misma alianza de maldad y arrojarlos de cabeza en los mismos lazos. Aunque tal era la perfidia de estos desertores, sin embargo todos los que conocen a Dios, dice, se esforzarán.

Este pasaje es especialmente digno de nota, pues la experiencia enseña cuán pocos se mantienen firmes cuando muchos se desvían. El ejemplo de uno arrastra a menudo a cien a la misma regla; pero la constancia de cien apenas basta para retener a uno en su puesto. En este caso contemplamos la profundidad de nuestra depravación natural. Porque no solo somos movidos, sino sacudidos por las brisas más ligeras, e incluso cuando Dios pone ante nosotros un firme lugar de reposo, no cesamos en nuestra vacilación. Cuando un apóstol nos pone delante los ejemplos de los santos, dice que una nube de testigos nos está mirando siempre, con el fin de retenernos en el temor de Dios y en la pura confesión de nuestra fe (He 12:1). Pero esa nube se desvanece demasiado pronto de nuestra vista. Entretanto, si algún frívolo a quien sabemos hombre de ningún peso, y a quien nosotros mismos hemos condenado, si alguien así se desvía aunque sea un poco del camino recto, pensamos que tal ejemplo basta para excusarnos. Por eso tenía buena razón para decir que este pasaje nos pone al descubierto nuestro carácter perverso y malicioso. Apenas podemos ser atraídos hacia Dios con una multiplicidad de recursos, pero somos arrastrados con facilidad hacia el diablo para nuestra propia destrucción. Por tanto, debemos meditar diligentemente en este pasaje y reflexionar continuamente en las palabras del profeta. Aunque los apóstatas puedan ser engañados por lisonjas y rechacen el culto de Dios, traicionen a la Iglesia y se despojen de toda apariencia de piedad, todos los piadosos se mantendrán firmes en la fe. Que nadie cite, pues, el ejemplo de los irreflexivos para excusar su falta, si trata con los pérfidos, los de doble ánimo y los hipócritas. El ángel nos pinta aquí un cuadro de la Iglesia, mostrando cuántos resultarían apóstatas; pero esta ligereza, inconstancia y perfidia nunca deben ser un obstáculo para que los amigos de Dios se detengan en su avance en la fe y la piedad.

Debemos notar también el epíteto que designa a los piadosos. Se les llama un pueblo que conoce a su Dios. Podría suponerse que el pueblo significa el vulgo, pero esto es forzado. También puede oponerse simplemente a los gentiles profanos; pero pienso que hay aquí un contraste implícito entre los verdaderos y genuinos hijos de Abraham y los falsos israelitas, que se jactaban de ser miembros de la Iglesia cuando no tenían más que el título vacío. Pues en los profetas, como en los escritos de Moisés, el nombre «pueblo» se usa a menudo en buen sentido para aquella nación elegida que Dios había adoptado como suya de manera peculiar. Todos los israelitas descendientes de Abraham según la carne solían jactarse con mucha vanidad de ser el pueblo elegido, y así la palabra estaba siempre en sus labios. Por eso el profeta reprende la necia jactancia de quienes tenían costumbre de refugiarse bajo el nombre de Dios sin tener nada real en sí mismos. Por tanto, el pueblo, es decir, el pueblo de Dios, se esforzará; pero, para corregir cualquier idea errónea, añade: que conocerá a Dios, como en el Salmo 73: «Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón» (Sal 73:1). Aquí el profeta restringe el nombre de Israel a los hijos elegidos de Abraham que cultivan la piedad seria y sinceramente, pues se había hecho costumbre general abusar con descuido de este nombre de Dios. Así aquí, el pueblo que conocerá a su Dios significa su pueblo verdadero, aquellos a quienes reconoce como sus elegidos. El ángel hace aquí una distinción entre los piadosos hijos de Abraham y los piadosos adoradores de Dios. Es digno de atenta observación que el ángel señala su conocimiento de Dios como la causa y el fundamento de su constancia. ¿Cómo sucede entonces, podemos preguntar, que queden algunos pocos cuando los apóstatas se prostituyen así? Porque su conocimiento de Dios prevalecerá y les permitirá vencer estos ataques, rechazarlos con valentía y ponerse por encima de cualquier tentación. Vemos, pues, la fuente de donde se deriva nuestra propia fortaleza: el conocimiento de Dios. Este reconocimiento no es una imaginación vana y fría, sino que brota de aquella fe que extiende su raíz viva en nuestros corazones. De ahí se sigue que no reconocemos realmente a Dios si no combatimos con audacia cuando somos puestos a prueba, y no permanecemos firmes y estables, aunque Satanás se empeñe, con diversas maquinaciones, en debilitar nuestra fidelidad. Y si no persistimos en la firmeza que aquí se describe, es del todo claro que Dios nunca ha sido verdadera y realmente reconocido por nosotros. La relación tampoco carece de peso en la frase el pueblo que conocerá a su Dios. Hay aquí una reprensión silenciosa, pues Dios se reveló a los israelitas cuanto bastaba para retener su fidelidad. Nadie, pues, podría presentar excusa alguna sin ser culpable de impiedad, sacrilegio y perfidia, después de haber sido tan plenamente instruido por la Ley y los profetas. Esta instrucción debe aplicarse ahora a nuestros propios tiempos.

Observamos en nuestros días cuántos se apartan de la Iglesia. La persecución criba a todos los que profesan pertenecer a Cristo, y así muchos son aventados como paja, y solo una pequeña porción permanece firme. Su apostasía no debe derribar nuestra fidelidad cuando abandonan con tanto descuido toda piedad, ya sea atraídos por los halagos de Satanás, ya engañados por la conducta de los impíos. Tengamos presente la afirmación del ángel, y así el verdadero conocimiento de Dios reinará supremo en nuestros corazones, y seguiremos adelante en el camino que hemos recorrido. Y para mostrar con cuánta constancia progresan los fieles en la enseñanza de la Ley y del evangelio, dice: se esforzarán y lo pondrán por obra. Aquí la palabra «hacer» se toma en el sentido de «ejecutar», «exploiter», como decimos en Francia; es decir, que reunirán ánimo para cumplir su deber; pues la palabra «hacer», o «ejecutar», se refiere a la vocación de los piadosos; no deben ser perezosos ni negligentes en el cumplimiento de su deber, dice el profeta, sino cobrar ánimo para estos combates. ¿Y de dónde? Del reconocimiento de Dios. Observamos también que la fe no es un sentimiento ocioso ni una imaginación fría, que yace sofocada en nuestra mente, sino un principio enérgico. Pues podemos decir que de la fe brota la fortaleza, y de la fortaleza la ejecución, y así evitamos toda pereza en nuestra vocación. Sigue:

Daniel 11:33-34

33. Y los sabios del pueblo instruirán a muchos; y caerán a espada y a fuego, en cautiverio y despojo, por muchos días.

33. Et intelligentes populi docebunt multos, et cadent in gladio, et flamma, et exilio, vel, captivitate, et direptione, diebus multis.

34. Y en su caer serán ayudados con pequeño socorro; y muchos se juntarán a ellos con lisonjas.

34. Et in cadendo, juvabuntur auxilio modico: et adjungent se illis multi in blanditiis.

Daniel 11:33

En cuanto a las palabras, significan: los que sean enseñados entre el pueblo harán entender a muchos. Algunos toman la primera palabra del versículo en sentido transitivo, como «los que instruirán», pero esto es erróneo; y muestran su ignorancia suponiendo sobrentendido el pronombre relativo antes del verbo siguiente, como si fuera «y los que enseñarán». El sentido sencillo es: «Los que sean sabios entre el pueblo enseñarán a muchos». Aquí el profeta, bajo la guía del ángel, predice la multitud de apóstatas, así como la existencia de algunos de carácter opuesto, que retendrían al pueblo en el culto puro y el temor de Dios. Sin duda habla especialmente de los sacerdotes. La mayor parte eran prevaricadores, y implicaron al necio vulgo en su maldad. Observamos efectos semejantes hoy en el papado, pues corrompen a todo el mundo con sus sacrificios. En aquel tiempo los sacerdotes tendían lazos al pueblo y lo arrastraban casi todo consigo a la misma impiedad. El ángel admite aquí la existencia de algunos sabios entre el pueblo; no lo restrinjo por completo a los sacerdotes, aunque supongo que el ángel comienza por ellos. Una pequeña parte de ellos enseñaba la verdad, y Dios unió un partido con ellos, pero el ángel predice, con todo, la existencia de otro remanente. Pero después, en segundo lugar, abarca a otros que eran verdaderamente aprovechados en la ley de Dios, y aunque las obligaciones del sacerdocio no los ataban, se esforzaban por hacer volver a los extraviados al camino de salvación. Dice, pues: Todo el que sea entendido enseñará a muchos. Hay también aquí un contraste tácito entre los siervos honrados de Dios y aquellos maestros fingidos que se enorgullecen de sus títulos; como vemos un ejemplo de esto en nuestros días en el papado. Pues obispos y cardenales, abades y fingidores de esta clase se pavonean con insolencia y atontan al miserable vulgo. ¿Cómo? ¿No representamos nosotros a la Iglesia? ¿No está el juicio con nosotros, lo mismo que la interpretación de la Ley y de la Escritura? Así, pues, como en estos tiempos esos impostores se arrogan todo el conocimiento y quieren ser tenidos por iguales a los ángeles, sabemos que así sucedió entre el pueblo antiguo. El profeta, por tanto, castiga aquí esa necia confianza diciendo: Los que sean entendidos entre el pueblo; es decir, los verdaderamente sabios. Como si dijera: esos hipócritas enmascarados se granjean reputación, pero sin la menor razón. Dios tiene por inteligentes solo a los que permanecen en la pura doctrina de su Ley y practican la piedad con sencillez y sinceridad. Por eso llama a estos los entendidos entre el pueblo. Repite la palabra «pueblo» en el mismo sentido de antes, dando a entender que no todos los que usan este nombre son verdaderos israelitas delante de Dios, pues se requiere el verdadero conocimiento de él. Qué clase de conocimiento o saber se quiere decir, lo averiguamos fácilmente por el versículo siguiente. Pues todo conocimiento que los hombres piensan poseer sin esta familiaridad con Dios no es más que vanidad. Estos, pues, enseñarán a muchos. Esta predicción del ángel no solo afirma la existencia de algunos entre el pueblo que permanecerían constantes en medio de tan graves asaltos y preservarían la integridad de su fe, sino que dice que serían los guías de otros; como si dijera: Dios concederá a cada uno de sus elegidos no solo el poder de una resistencia audaz y de conservarse puro e incontaminado en medio de toda corrupción, sino que al mismo tiempo hará de estos buenos hombres los sostenes de otros, ya impidiendo su decaimiento, ya, si han caído, devolviéndolos al camino recto.

Por último, el ángel significa cuán pequeña semilla conservaría Dios en su Iglesia como maestros y gobernantes de otros, aunque pocos en número; como dice Isaías, Dios consumirá a su pueblo, pero esa consumación dejaría algún remanente, y entonces rebosará (Is 10:22). El sentido de este pasaje es el mismo: aunque muchos degeneren y se aparten de la fe, y este espíritu se extienda a todo el pueblo, algunos pocos, quizá diez entre mil, se mantendrían firmes, y estos serían los ministros de Dios para reunir una nueva Iglesia; y así la tierra antes estéril se beneficiaría de este riego y produciría nueva semilla. Los, pues, que sean sabios entre el pueblo enseñarán a muchos. Aunque el ángel predice aquí lo futuro, debemos tomar para nosotros esta advertencia: cuanto más aprovechado en la fe llegue a ser cada uno de nosotros, tanto más debe poner todo su empeño en enseñar a sus prójimos rudos e ignorantes conforme a esta exhortación del ángel. Dios no extiende su mano hacia nosotros para llevar a cada uno a seguir su propio camino, sino para ayudar a otros y promover su progreso espiritual. Leemos, pues, aquí una condenación de la pereza de aquellos a quienes Dios ha concedido mucho conocimiento y fe, cuando dejan de usar lo que se les ha confiado para la edificación de sus hermanos. Esta predicción del ángel debe influir en cada uno de nosotros, como ley y regla, para buscar el provecho de sus hermanos según la medida de su entendimiento. El ángel añade que estos no serían maestros de sombras, que prescriben a su comodidad el deber de los hombres y disputan sin inconveniente, peligro ni molestia personal sobre lo que es recto en sí mismo y agradable a Dios, sino que serían denodados guerreros por la verdad. Aquí, pues, el ángel une su instrucción con la fortaleza, pues de esta manera vencería todos los peligros, ansiedades y terrores. El pasaje resulta así utilísimo para nosotros en estos días, con tal que aprendamos a reflexionar en lo que Dios nos comunica por su ángel y su profeta. En conclusión, pues, el ángel demuestra cómo Dios nunca aprueba a maestro alguno como verdadero y legítimo, a menos que entreguen su mensaje como dispuestos a defenderlo y preparados para sellarlo con su sangre siempre que sea necesario. Debemos leer juntas las dos cláusulas: Los que enseñen a muchos el culto de Dios caerán a espada y a fuego; es decir, que preferirían caer o perecer cien veces a espada y a fuego antes que desistir de su oficio de enseñar. Además, el ángel menciona aquí las diversas clases de muerte, por vía de exhortación; pues si hubiera mencionado solo la espada, no habría expresado plenamente la utilidad de esta instrucción. Cualesquiera maestros que Dios ponga al frente de su Iglesia, no quedan plenamente probados en el cumplimiento de su deber por vencer una sola forma de tentación, sino que han de combatir con enemigos a la derecha y a la izquierda, y no deben permitir que la variedad de sus peligros debilite su constancia o su fortaleza. Si la espada los amenaza por un lado y el fuego por otro, si han de sufrir el despojo de sus bienes y el destierro de su hogar, con todo estos maestros deben perseverar en su camino. Observamos, pues, la multiplicidad de conflictos que el ángel enumera aquí para enseñarnos la fuerza de la gracia del Espíritu en sostener a los maestros y gobernantes de la Iglesia, e impedirles ceder a tentación alguna mientras luchan incluso con la espada, el fuego, el destierro y el despojo de sus bienes.

Añade: Y esto por muchos días. Esta circunstancia tiene gran peso, pues vemos que muchos resisten por un tiempo con ánimo viril e intrépido, y luego languidecen, se desvanecen y llegan a ser del todo distintos de lo que eran. El ángel, sin embargo, promete aquí a los que serían sostenidos por el Espíritu de Dios una constancia invencible. Cobrarían nuevo ánimo para nuevos conflictos, no solo por un día, un mes o un año, sino que nunca les faltaría. Añade luego:

Daniel 11:34

Y cuando caigan, o hayan caído, serán fortalecidos, o ayudados, con pequeño socorro. Sin la menor duda, el ángel habla aquí de los Macabeos, por cuya ayuda los fieles fueron reunidos y completamente separados de aquellos apóstatas que habían traicionado el templo y el culto de Dios. Llama pequeño al socorro, y en verdad lo fue. Pues ¿qué podían hacer los Macabeos para resistir a Antíoco? Es bien conocida la poderosa influencia de este rey; y ¿qué era Judea comparada con Siria? Los judíos, en efecto, habían destruido su propio poder; ya hemos visto cómo violaron los tratados y corrompieron a la mayoría de su propio pueblo; no había entre ellos ni habilidad, ni plan, ni concierto. El socorro, pues, que Dios les envió fue pequeño. Pero entonces el ángel muestra cómo Dios daría auxilio a su pueblo en la angustia, y les permitiría cierto alivio de la crueldad del tirano.

Añade luego: Muchos se juntarán a ellos con lisonjas. Incluso de este pequeño número el ángel recorta la mayor parte, e informa a los fieles de la miserable condición de la Iglesia, porque muy pocos se atreverían a oponerse a la locura del tirano, y de esos pocos muchos serían hipócritas. Todo este capítulo debe interpretarse de Antíoco, y sin embargo, sin duda, Dios quiere promover nuestro provecho con estas profecías. Nos pertenecen igualmente; pues así como Dios gobierna a su Iglesia de diversas maneras, así la sostiene siempre bajo sus diversas cruces y pruebas.

Además de esto, el viejo enemigo, el diablo, que antes se oponía a la Iglesia, nos es igualmente molesto. Nos asalta en parte por enemigos de fuera y en parte por enemigos de dentro. Tal enseñanza era útil no solo a los antiguos, sino también a nosotros en el día de hoy. Ante todo, el ángel predice que la ayuda que los fieles recibirían sería pequeña. Aprendamos, pues, que cuando Dios quiere socorrernos y ayudarnos, no siempre despliega la plenitud de su poder. No truena desde el cielo ni derriba a nuestros enemigos con el primer golpe de su rayo; sino que nos capacita para luchar con éxito con nuestra cruz, y así quedamos muy separados de los reprobados por nuestra firmeza en la resistencia. Otra vez, de la segunda cláusula debemos notar la certeza absoluta de que se hallarán muchos hipócritas mezclados con los hijos de Dios, y que cuando Dios purga a su Iglesia, solo una pequeña porción permanecerá sincera, así como en estos días se exhibe ante nuestros ojos el fiel reflejo de esta profecía. Todo el papado es llamado la Iglesia de Dios; nosotros somos pocos en número, y sin embargo, ¡qué mezcla hay incluso entre nosotros! ¡Cuántos en estos días profesan apego al evangelio, en quienes no hay nada sólido ni sincero! Si Dios escudriñara de cerca las pequeñas Iglesias, aun entre estos pocos se hallarían algunos engañadores. Nunca ha sido de otro modo, ni será distinto hasta el fin del mundo. Aquí, pues, se nos amonesta a desear, hasta donde esté en nuestra mano, la pureza de la Iglesia, y a evitar toda impureza, porque, si deseamos con demasiado afán auxiliares en la presión de alguna necesidad urgente, seguramente quedaremos salpicados de muchas manchas que al fin podrían cubrirnos de confusión. Sin duda el ángel reprueba aquí una falta en la conducta de los Macabeos. Aunque Dios los suscitó para dar algún consuelo a su Iglesia, sus procederes no han de aprobarse; pues no se sigue que todas sus acciones fueran dignas de elogio porque su causa fuera piadosa y santa. Pero debo aplazar este asunto hasta mañana.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, ya que en este día pruebas la fe de tu pueblo con muchas pruebas, que obtengan fuerza de la invencible fortaleza de tu Espíritu Santo. Que marchemos constantemente bajo tu estandarte, hasta el fin, y nunca sucumbamos a tentación alguna. Que unamos allí la inteligencia con el celo en la edificación de tu Iglesia: así como cada uno de nosotros está dotado de dones superiores, así procure la edificación de sus hermanos con mayor audacia, hombría y fervor, mientras se esfuerza por añadir números a la causa. Y si disminuyera el número de quienes son miembros declarados de tu Iglesia, que siempre quede alguna semilla, hasta que de ella brote una abundante cosecha, y surja tal fertilidad que tu nombre sea glorificado en todo el mundo, en Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Lección sexagésima segunda

Comenzamos ayer a explicar lo que el ángel dijo sobre la futura persecución de la Iglesia y su posterior consuelo. Mostró primero cómo todos los entendidos entre el pueblo estarían sujetos a la crueldad de sus enemigos, a consecuencia de su viril perseverancia en enseñar a otros. Hemos mostrado cuán ineficaces serían los maestros que Dios ha puesto al frente de su Iglesia si cumplieran sus deberes con comodidad y a la sombra, y no estuvieran preparados para sufrir todos los combates y exponer intrépidamente su vida a una variedad de peligros. Este, pues, es un método vivo y eficaz de enseñar: no cesar de cumplir nuestros deberes en medio de la espada y el fuego. Pero, por otra parte, debemos notar cuánto se busca esta instrucción cuando surgen estos conflictos mortales. Muchos en estos días escuchan nuestra instrucción acerca de Cristo; solo que ha de continuar sin daño ni molestia. Vemos a muchos beber con avidez las doctrinas evangélicas; pero con todo, cuando algo dispersa a la multitud, huyen de inmediato, y con tan poca consideración como cuando se unieron por primera vez a la asamblea. Esa conducta que observamos a diario era igualmente común en tiempos pasados. Bastante claro es que esta falta ha sido rampante en todas las edades, y es innato en los hombres no solo escapar de la cruz y de todo lo molesto, sino especialmente descubrir sus propias flaquezas, porque no quieren afrontar ningún peligro por el culto de Dios y la libre confesión de la verdad. Debe notarse, pues, este pasaje, ya que el profeta no solo exhorta a los doctos y sabios a instruir a otros, sino que prescribe una regla para los débiles e indoctos, instándolos a fortalecerse contra todas las tentaciones, cuando ven todas las cosas en confusión y a Satanás tramando la completa aniquilación de la piedad. Siendo este el lenguaje del ángel, debemos notar con diligencia las circunstancias de los tiempos, pues no estaba instituyendo aquí una escuela tranquila, ni discurriendo como filósofos a su comodidad sobre la virtud sin ningún combate práctico; sino que impone el deber de aprender y de enseñar, aunque se pusiera ante nuestros ojos una variedad de muertes. Habla luego, como he dicho hace poco, el lenguaje del consuelo. Dios muestra cómo daría ayuda a sus elegidos, aunque posiblemente les pareciera de ningún valor. Pues insiste en lo pequeño del socorro, lo cual sucedió literalmente. Sin duda el ángel se refería a Matatías y sus hijos, llamados comúnmente los Macabeos (1 Mac 2:1). Se pone una restricción a esa ayuda con una alusión a los miembros que resultarían hipócritas de entre aquella pequeña tropa. Sabemos bien cómo la Iglesia quedaría reducida en su extensión, pues no todos resultarían sanos en la fe, sino que la mayor parte sería arrastrada por aquellas falacias que el ángel llama aquí lisonjas. Esta fue una prueba muy grave para los fieles cuando percibieron su propio reducido número y su debilidad ante sus enemigos. Además, no se atrevían a fiarse de aquellos aliados que les habían dado su palabra y hecho maravillosas promesas, puesto que muchos fueron engañados por estas lisonjas y abandonaron la causa por falta de sinceridad de ánimo.

Ya hemos aludido a la utilidad de tal instrucción para nuestros propios tiempos; pues debemos aplicárnosla personalmente, ya que nuestras circunstancias son semejantes a las de los antiguos. De la gran multitud de los que quieren ser estimados cristianos, vemos cuán pocos conservan el culto de Dios puro e incorrupto. Los papistas tratan a su propia comunidad, contaminada con inmundicia de toda clase, como la única Iglesia; allí la piedad está por completo subvertida o bien contaminada con la multitud de supersticiones. E incluso en esa pequeña compañía que se ha retirado de las idolatrías papales, la mayor parte está llena de perfidia y engaño. Fingen un celo notable, pero si se los examina a fondo, se los hallará llenos de engaño. Pues si Dios sondeara a su Iglesia hasta lo vivo, como lo hizo hace algunos años en Alemania, y como puede hacerlo pronto en nuestro propio caso, en todos estos graves conflictos y en medio de estas persecuciones, muchos se jactarán de la valentía de su campeonato, y sin embargo su celo se escurrirá pronto. Cuando el Señor, pues, nos ejercita con métodos semejantes a aquellos con que probó a la antigua Iglesia, esta instrucción debe acudir siempre a nuestra memoria, para que nuestro ánimo no se embote ni languidezca.

Este pasaje puede llevarnos a preguntar si el ángel aprobó todas las hazañas de los Macabeos. Podemos responder a la cuestión de dos maneras opuestas. Ante todo, si alguien persiste en sostener, por las palabras del ángel, la aprobación de Dios a toda acción de los Macabeos, esta opinión no es en modo alguno correcta. Dios pudo usar a los Macabeos para socorrer a los miserables israelitas, y sin embargo no se sigue que llevaran la buena causa de manera adecuada y lícita. Sucede muy a menudo, cuando los fieles ofrecen sus servicios a Dios y tienen un objetivo ante sí, que fallan ya por celo inconsiderado, ya por ignorancia parcial. Tomemos o no esta opinión, nuestro objetivo es a menudo bueno cuando nuestro modo de proceder es censurable. Y así fue con los Macabeos; Dios, sin duda, suscitó a Matatías para reunir el remanente disperso del pueblo, restaurar su culto y purgar su templo de las abominaciones que Antíoco había puesto. Sin embargo, en los tiempos turbulentos que sobrevinieron, sus hijos, sin duda, faltaron en muchos puntos del deber. La causa que emprendieron era justa, mientras que acciones particulares suyas no podemos aprobarlas. Sigue ahora:

Daniel 11:35

35. Y algunos de los entendidos caerán para ser depurados, limpiados y emblanquecidos, hasta el tiempo determinado; porque aún será para el tiempo señalado.

35. Et ex intelligentibus cadent ad probandum in ipsis, et mundandos, et dealbandos usque ad tempus finis, id est, finitum, quoniam adhuc usque ad praefixum tempus.

Daniel 11:35

El ángel prosigue el mismo pensamiento de antes, mostrándonos cómo los hijos de Dios, en su empeño por defender la causa de la piedad, estarían sujetos a muchas y graves persecuciones. Algunos de los doctos caerán; es decir, que la calamidad no sería solo por un instante; pues quienes deseaban con ardor defender el verdadero culto de Dios perecerían a espada, por fuego y por otros medios de destrucción, y sus sucesores sufrirían también las mismas calamidades. La frase los doctos caerán implica el perecer de la misma flor de la Iglesia. Siempre habrá mucha escoria en un pueblo, y la mayor parte huye y se rebela cuando su religión les exige el sacrificio de la vida. Quedan unos pocos, llamados aquí entendidos, que, como declaramos ayer, no son sabios según la carne. Proveer para la carne implica cuidar de sí mismos y de sus propios intereses, no correr riesgos y evitar todos los problemas; mientras que se llama entendidos a los que, olvidados de su propia vida, se ofrecen en sacrificio a Dios. No vacilan en incurrir en el odio universal, y están preparados para afrontar la muerte con fortaleza. El ángel predice, pues, el perecer de la flor de la Iglesia. Porque ¿quién habría esperado que el nombre de Dios subsistiera sobre la tierra cuando todos sus sinceros adoradores eran así asesinados con impunidad? Es notoria la severidad del despotismo de Antíoco: nadie se atrevía a decir una palabra, todos los libros sagrados fueron quemados, y él pensó que el culto de Dios quedaba enteramente abolido. Mujeres con sus hijos eran apresadas indistintamente para ser quemadas, y los satélites de este tirano no perdonaban a las madres con los niños colgados de sus pechos (1 Mac 1). En el curso de tan atroz crueldad, ¿quién no habría pensado que toda la simiente de Dios se había extinguido? Pero el ángel muestra aquí que el verdadero resultado fue distinto, a saber, que los hijos de Dios serían depurados, limpiados y emblanquecidos. Da a entender que todos los sucesos no resultarían tan destructivos, sino que más bien promoverían su salvación. Este pasaje nos despliega la naturaleza de la verdadera prudencia a los ojos de Dios; pues debemos estar preparados para la muerte antes que ser desviados de la profesión libre y franca de la doctrina celestial y del verdadero culto de Dios. Porque esta necesidad se impone a los hijos de Dios: caer a espada o por fuego, y sufrir el despojo de sus bienes y el destierro de sus hogares. El ángel señala, por el resultado, cómo las persecuciones que parecen terminar en la destrucción de la Iglesia son sin embargo provechosas y saludables para los hijos de Dios, pues este es el modo en que son depurados, limpiados y emblanquecidos. Pero debemos recordar siempre que permanecen en los elegidos, incluso entre los santos mártires, algunas heces contaminantes que necesitan ser eliminadas. El ángel no trata aquí de los hipócritas ni de los creyentes ordinarios, sino de lo más conspicuo y perfecto de la Iglesia, y sin embargo afirma su necesidad de purificación. Nadie, concluye, posee tal santidad y pureza que no quede el resto de alguna contaminación que deba ser quitada. Por tanto, les es necesario pasar por el horno y ser purificados como el oro y la plata. Esto se extiende a todos los mártires de Dios.

Esto nos recuerda la gran necedad de los papistas, que imaginan que los méritos de los santos se nos transfieren, como si tuvieran más de lo que necesitaban para sí mismos. Las indulgencias, como las llaman, dependen de este error, según el siguiente razonamiento: si Pedro hubiera vivido hasta el período ordinario de la vida humana, habría sido fiel hasta el fin, y entonces habría merecido la corona del reino celestial; pero cuando fue más allá de esto y derramó su sangre en el martirio, sobraron algunos méritos; estos no deben perderse, y por eso la sangre de Pedro y de Pablo nos aprovecha hoy para la remisión de los pecados. Esta es la teología papal, y estos miserables sofistas no se avergüenzan de estas groseras blasfemias, mientras vomitan tan inmundo sacrilegio. Pero la enseñanza del ángel es muy distinta: los propios mártires son beneficiados al encontrar la muerte por su adhesión a la verdad, porque Dios los depura, los limpia, los refina y los emblanquece. El ángel no habría dicho esto si alguna mezcla de escoria no contaminara aún la pureza de los santos. Pero esta doctrina debería bastar y sobrar para animarnos a afrontar todos los peligros, cuando nos vemos manchados y contaminados con escoria oculta; además de esto, ciertamente debemos determinar que la muerte sería provechosa en este sentido, pues Dios nos purgará entonces de aquellos vicios con que estamos infectados y contaminados. De ahí el valor de la repetición aquí; el ángel no dice simplemente depurarlos, sino que añade: limpiarlos y emblanquecerlos. Por mucha santidad que resplandezca en los mejores hombres, sin embargo muchas manchas y mucha contaminación permanecen ocultas en ellos; y así, a causa de sus muchas faltas, la persecución les fue siempre útil.

El ángel suaviza lo que pudiera parecer en extremo amargo diciendo: hasta el tiempo del fin, es decir, un tiempo fijo y definido. Estas palabras implican el carácter misericordioso de Dios, que no urge a su pueblo más allá de sus fuerzas, como Pablo declara también su fidelidad al darles una feliz salida de sus pruebas, y no presionarnos más allá de la medida de aquella fuerza y fortaleza que nos ha conferido (1 Co 10:13). El ángel predice un fin a estos males, y confirma esta opinión diciendo: hasta un tiempo determinado. En la última cláusula dio a entender el carácter temporal de las persecuciones de que había hablado; pues no cesarían de inmediato, ni siquiera en dos o tres años. Con las palabras aún hasta un tiempo determinado urge a los hijos de Dios a prepararse para nuevos combates, pues no llegarían a la meta en el espacio de un año. Pero si Dios quisiera humillarlos por tres, diez o cien años, no deberían desanimarse, sino esperar el tiempo predeterminado por Dios, sin depender de su propia voluntad. Esta es la sustancia de la instrucción transmitida. Sigue ahora:

Daniel 11:36

36. Y el rey hará a su voluntad; y se ensalzará y se engrandecerá sobre todo dios, y contra el Dios de los dioses hablará maravillas, y prosperará hasta que sea acabada la ira; porque lo determinado se cumplirá.

36. Et faciet secundum voluntatem suam, vel, libidinem, *rex: et extollet se, et magnificabit se supra omnem Deum, et contra Deum deorum loquetur mirabilia, et prospere aget usque ad consummationem irae, quoniam decisio facta est, *vel decisa est, nempe consumptio.

Daniel 11:36

Este pasaje es muy oscuro, y por eso los intérpretes lo han explicado de maneras muy opuestas. Y lo que es oscuro suele ser dudoso, y sería de poca utilidad y no tendría fin que yo narrara las opiniones de todos ellos. Seguiré, por tanto, otro método, y omitiendo todo trabajo superfluo, me limitaré a indagar el sentido del ángel. Debo, sin embargo, referirme brevemente a las opiniones recibidas por el consentimiento de la mayoría, porque ocupan la mente de muchos y cierran así la puerta a la interpretación correcta. Los judíos, por ejemplo, no están de acuerdo entre sí, y su diferencia de opinión solo sirve para producir y perpetuar la oscuridad, más que para difundir la claridad de la luz. Unos lo explican de Antíoco, y otros de los romanos, pero de una manera distinta a la que yo expondré después. Los expositores cristianos presentan mucha variedad, pero el mayor número se inclina a ver cumplida la profecía en el Anticristo. Otros, de nuevo, usan mayor moderación al suponer que aquí se alude indirectamente al Anticristo, sin excluir a Antíoco como tipo e imagen del Anticristo. Esta última opinión tiene gran probabilidad, pero no la apruebo, y puedo refutarla fácilmente. Antíoco no sobrevivió mucho a la profanación del templo, y los hechos que siguen no convienen en absoluto con los sucesos de este tiempo. Tampoco pueden sus hijos ser puestos justamente en su lugar, y por eso debemos pasar a algún otro rey, distinto de Antíoco y de sus herederos. Como ya he dicho, algunos rabinos lo explican de los romanos, pero sin juicio, pues primero aplican el pasaje a Vespasiano y a Tito su hijo, y luego lo extienden a los tiempos presentes, lo cual carece por completo de razón, ya que desvarían neciamente, según su costumbre. Los que lo explican del Anticristo tienen cierta apariencia de razón en su opinión, pero no hay solidez en su conclusión, y lo percibiremos mejor en el avance de nuestra exposición. Debemos ahora descubrir a qué rey designa aquí el ángel. Ante todo, lo aplico enteramente al Imperio romano, pero no considero que comience con el reinado de los Césares, pues esto sería inadecuado y fuera de tiempo, como veremos. Por la palabra «rey» no creo que se indique una sola persona, sino un imperio, sea cual fuere su gobierno, ya por un senado, ya por cónsules, ya por procónsules. Esto no debe parecer duro ni absurdo, pues el profeta había tratado antes las cuatro monarquías, y al hablar de los romanos llama reino a su poder, como si tuvieran un solo gobernante sobre ellos. Y cuando habló de la monarquía persa, no se refirió a un solo gobernante, sino que los incluyó a todos, desde Ciro hasta el último Darío, que fue vencido por Alejandro. Este modo de hablar nos es ya muy familiar, pues la palabra «rey» significa a menudo «reino». El ángel, pues, al decir: hará un rey lo que quiera, no alude a Antíoco, pues toda la historia lo refuta. Y tampoco se refiere a un solo individuo, pues ¿dónde hallaremos a uno que se haya exaltado contra todos los dioses? ¿que haya oprimido a la Iglesia de Dios, y haya fijado su palacio entre dos mares, y se haya apoderado de todo el Oriente? Solo los romanos hicieron esto. Pienso mostrar más claramente mañana cuán hermosa y apropiadamente se aplica al Imperio romano todo lo que relata el ángel; y si algo pareciera oscuro o dudoso, una interpretación continuada lo sacará a la luz y lo confirmará.

Establecemos esto de una vez: el ángel no profetizó de Antíoco, ni de un solo monarca, sino de un imperio nuevo, es decir, el romano. Tenemos a mano la razón por la cual el ángel pasa directamente de Antíoco a los romanos. Dios quiso sostener el ánimo de los piadosos, para que no fueran abrumados por el número y el peso de las matanzas que les aguardaban a ellos y a toda la Iglesia hasta el advenimiento de Cristo. No bastaba predecir los sucesos bajo la tiranía de Antíoco; pues después de su tiempo, la religión judía fue cada vez más dañada, no solo por enemigos extranjeros, sino por su propio sacerdocio. Nada quedó sin contaminar, pues su avaricia y su ambición habían llegado a tal extremo que pisoteaban toda la gloria de Dios y la ley misma. Los fieles necesitaban ser fortalecidos contra tantas y tan numerosas tentaciones, hasta que vino Cristo, y entonces Dios renovó la condición de su Iglesia. Por tanto, el tiempo que medió entre los Macabeos y la manifestación de Cristo no debía ser omitido. La razón es ya bastante clara de por qué el ángel pasa de inmediato de Antíoco a los romanos.

Debemos averiguar luego cómo los romanos llegaron a vincularse con el pueblo elegido de Dios. Si su dominio se hubiera limitado solo a Europa, la alusión a ellos habría sido inútil y fuera de lugar. Pero desde el tiempo en que los reyes de Siria fueron oprimidos por muchas y constantes devastaciones en la guerra, tanto en el interior como en el exterior, no pudieron dañar a los judíos como antes lo habían hecho; entonces surgieron nuevos problemas por medio de los romanos. Sabemos, en efecto, cómo, mientras muchos de los reyes de Siria se entregaban a la arrogancia, los romanos interpusieron su autoridad, y eso con mala fe, con el propósito de sujetar el Oriente a sí mismos. Luego, cuando Átalo hizo heredero al pueblo romano, toda el Asia Menor fue absorbida por ellos. Se hicieron dueños de Siria por voluntad de este rey insensato, que defraudó a sus herederos legítimos, pensando adquirir con esta conducta algún renombre para su memoria después de su muerte. Desde aquel tiempo, cuando los romanos gustaron por primera vez las riquezas de estas regiones, nunca dejaron de hallar algún motivo de guerra. Por fin Pompeyo sometió a Siria, y Luculo, que antes había hecho la guerra contra Mitrídates, devolvió el reino a Tigranes. Pompeyo, como ya he observado, sujetó Siria a los romanos. Dejó, ciertamente, el templo intacto, pero podemos conjeturar la crueldad que ejerció contra los judíos por la práctica ordinaria de este pueblo. La clemencia de los romanos hacia las naciones que sometían es bastante notoria. Después que Craso, el más rapaz de todos los hombres, hubo oído mucho de las riquezas de los judíos, deseó esa provincia para sí. Sabemos también cómo Pompeyo y César, mientras fueron amigos, se repartieron entre ellos todo el mundo. Las Galias e Italia fueron asignadas por entero a César; Pompeyo obtuvo España, y parte de África y Sicilia; mientras que Craso obtuvo Siria y las regiones del Oriente, donde pereció miserablemente, y su cabeza, llena de oro, fue llevada en burla de un lugar a otro. Una segunda calamidad ocurrió durante aquella incursión de Craso, y desde entonces los judíos fueron hostigados por muchas y continuas guerras. Antes de este tiempo habían entrado en alianza con los romanos, como nos informan los libros de los Macabeos, así como los escritores profanos. Por eso, cuando concedieron libertad a los judíos (1 Macabeos 8 y 14), se dijo que eran generosos a costa de otros. Esta era su práctica ordinaria y habitual: al principio recibían con amistad a todos los que buscaban su alianza por tratado, y luego los trataban con la mayor crueldad. Así fueron tratados los desdichados judíos. El ángel alude, pues, primero a ellos, y después habla de Antíoco. Todos estos puntos, así mencionados brevemente, debemos tenerlos presentes para poder entender el contexto y para mostrar la imposibilidad de interpretar la profecía de otro modo que de los romanos.

Paso ahora a las palabras: El rey hará según su voluntad. He dicho que no necesitamos restringir esta expresión a una sola persona, pues el ángel profetiza el curso continuado de la monarquía romana. Se levantará y se engrandecerá, dice, sobre todo dios. Esto se explicará enseguida, donde se dice que el rey es un despreciador de todas las deidades. Pero respecto al presente pasaje, aunque la impiedad y el desprecio de Dios se extendieron por todo el mundo, sabemos cuán peculiarmente puede decirse esto de los romanos, porque su soberbia los llevaba a emitir juicio sobre el derecho de cada deidad a ser adorada. Y, por tanto, el ángel usará un epíteto para Dios, que significa fortalezas y baluartes, מעזים megnezim, como en Dn 11:38. Ese pasaje, os lo mostraré mañana, ha sido mal explicado; pues los intérpretes, como descubriremos, están por completo «en alta mar» en cuanto a su sentido. Pero aquí el ángel, al atribuir a los romanos el desprecio del Dios único y de todas las deidades, da a entender su intensa soberbia y altivez, en las cuales superaron a las demás naciones profanas. Y, en verdad, no conservaron ni siquiera un temor supersticioso de Dios; y aunque hacían alarde de la piedad superior de sus antepasados y de ellos mismos, una lectura cuidadosa de sus escritos descubrirá lo que realmente pensaban. Hicieron burla de todas las divinidades, ridiculizaron el nombre mismo y la apariencia de la piedad, y la usaron solo con el fin de mantener a sus súbditos en la obediencia. El ángel dice, pues, con toda verdad de su imperio: se engrandecerá contra todas las deidades; y hablará maravillas contra el Dios de los dioses, con lo cual se alude a la religión judía. Pues antes de pasar al Asia Menor y de penetrar más allá del monte Tauro, ignoraban la ley de Dios y nunca habían oído el nombre de Moisés. Empezaron entonces a reparar en el culto de algún dios peculiar de esa nación, y en que la forma de su piedad era distinta de la de todos los demás pueblos. Desde el momento en que el conocimiento de las peculiaridades de la religión judía se extendió entre los romanos, comenzaron a vomitar sus blasfemias contra el Dios de los dioses. No necesitamos reunir la prueba de esto de sus historias; pero Cicerón, en su discurso en favor de Flaco (sección 28), despedaza con el mayor desprecio el nombre del Dios verdadero; y ese impuro calumniador —pues merece el nombre— suelta de tal modo sus calumnias, como si el Dios que se había revelado a su pueblo elegido por su ley fuera indigno de ser contado con Venus o Baco, o con sus demás ídolos. Por último, trata las numerosas matanzas a que estuvieron expuestos los judíos como una prueba de que su religión era odiada por todas las deidades; y piensa que esto debe ser señal suficiente del carácter detestable de su religión. El ángel tiene, pues, toda razón para declarar a los romanos hinchados de soberbia y altivez, ya que no vacilaron en tratar con tan marcado desprecio el nombre del Dios verdadero.

Pronunciará, dice, cosas extraordinarias contra el Dios de los dioses. El ángel parece referirse a un solo individuo, pero hemos dicho que su referencia es a este imperio. Añade luego: Y prosperará hasta la consumación, o cumplimiento, o consumación de la indignación, porque la determinación está hecha. También aquí el ángel trata de una larga sucesión y serie de victorias, que impiden aplicar el pasaje a Antíoco. Pues este murió inmediatamente después de haber despojado el templo; toda su descendencia pereció por manos de unos y otros; y los romanos, para su gran deshonra, adquirieron la posesión de Siria y de aquella porción del Oriente. Necesariamente debemos explicar esto de los romanos, pues es notorio que prosperaron en sus guerras, sobre todo en el continente de Asia. Y si a veces se vieron en dificultades, como veremos mañana al tratar las palabras que el ángel usará entonces, pronto recobraron su éxito habitual. El ángel dice aquí: Este rey prosperará hasta el fin de la indignación; es decir, hasta que Dios castigue a los hipócritas y así humille a su Iglesia. Refiero esto a Dios, como explicaré más extensamente mañana.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que en estos días los asuntos del mundo están en estado de perturbación, y adondequiera que volvemos los ojos no vemos sino una horrible confusión: concédenos, te rogamos, que estemos atentos a tu enseñanza. Que nunca nos extraviemos tras nuestras propias imaginaciones, que ningún afán nos arrastre, y que nunca nos apartemos de nuestro curso señalado. Que permanezcamos firmes en tu palabra, buscándote siempre y confiando siempre en tu providencia. Que nunca vacilemos acerca de nuestra seguridad, pues tú has tomado a tu cargo ser el guardián de nuestra salvación, sino que siempre te invoquemos en el nombre de tu Hijo unigénito. Amén.

Lección sexagésima tercera

Ayer comenzamos la explicación de la profecía, en la cual el ángel empieza a tratar del Imperio romano. Mostré entonces la imposibilidad de aplicar al pasaje cualquier otra exposición, pues habría sido absurdo pasar por alto el punto más necesario de conocer. Desde el principio dijimos que Dios no informó a Daniel de otros sucesos para complacer la necia y vana curiosidad de la multitud, sino para fortalecer a sus siervos y evitar que cayeran en medio de estos gravísimos combates. Pero después de la muerte de Antíoco, sabemos con cuán diversas y graves maquinaciones procuró Satanás destruir la fe de todos los piadosos. Por esta razón su ánimo necesitaba sostén. Si todo este período hubiera sido pasado en silencio, Dios habría parecido descuidar a sus siervos. Por tanto, o bien nuestro tema de ayer habría sido inútil, o bien debe añadirse esta cláusula, para que la profecía no parezca defectuosa o mutilada. Y ya observamos antes que, mientras el ángel predecía los cambios futuros, no se omitió el Imperio romano, que se introduce de nuevo aquí. Recordemos, pues, que el ángel no habla ahora de Antíoco, ni da un salto hacia el Anticristo, como piensan algunos, sino que quiere decir una serie perpetua. Así los fieles quedarían preparados para todos los asaltos que pudieran hacerse contra su fe, si este baluarte no hubiera sido interpuesto. Resta ahora explicar el resto del versículo: Hasta el fin de la ira, porque la decisión está hecha. El ángel había narrado la perversidad de este rey, que no perdonaba al Dios vivo, sino que lanzaba contra él sus calumnias. Añade ahora: Prosperará hasta el fin de la ira. Sin duda el ángel sale aquí al encuentro de la prueba siguiente, que podría abrumar por completo a los fieles si no esperaran algún término para ella. Por ira no entiende la rabia de los que eran enviados como procónsules a Asia y al Oriente, ni siquiera la aspereza y el rigor del pueblo y del Senado romanos, sino que la palabra se refiere a Dios. Debemos recordar, pues, lo que he inculcado antes, a saber, que los hijos de Dios son llamados a examinar sus faltas y a humillarse delante de Dios, sin murmurar ni quejarse cuando son castigados con sus varas. Sabemos cuán impaciente es la naturaleza humana para soportar la adversidad, y con qué mala gana se someten los hombres a la cruz, no solo rehusándola con terquedad, sino rebelándose abiertamente contra Dios. De ahí que los que son oprimidos por su mano siempre se desaforan, a menos que él se muestre como su juez. El ángel nos presenta, pues, aquí una razón por la cual Dios no expuso a la ligera a su Iglesia a la codicia de los impíos; solo quiso exigir el castigo debido a sus pecados; y el juicio debe comenzar siempre por la casa de Dios, como aprendemos de otro profeta (Is 10:12; Jer 25:29; 1 P 4:17).

La conclusión es, pues, que el ángel exhorta, en primer lugar, a los piadosos al arrepentimiento, y les muestra con cuánta justicia puso Dios su mano sobre ellos, porque era absolutamente necesario. Luego mitiga lo que de otro modo habría sido demasiado severo, añadiendo: hasta el fin, o cumplimiento. La palabra significa tanto consumación como fin, pero aquí quiere decir fin, o cumplimiento. Sigue después la explicación: porque la determinación, o decisión, está hecha, dice. Esto significa que Dios no perseguirá a sus hijos hasta los extremos sin moderación, sino que pondrá fin a su castigo después de que hayan sido humillados. Como leemos en el capítulo 40 de Isaías, el tiempo de su milicia se había cumplido cuando Dios tuvo piedad de su Iglesia y la libró de la tiranía de sus enemigos (Is 40:2). Isaías habla allí en persona de Dios; la Iglesia había recibido el doble, es decir, se le había exigido castigo suficiente. Casi da a entender que él mismo se disgusta consigo mismo por haber sido demasiado severo con su Iglesia, pues conocemos la indulgencia con que solía tratar a sus hijos. Dice, pues, en este pasaje: Hasta el fin de la ira; es decir, el castigo sería solo temporal, pues Dios había prescrito un término cierto que pondría fin a todos sus problemas y angustias. Sigue:

Daniel 11:37

37. Ni hará caso del Dios de sus padres, ni del deseo de las mujeres, ni hará caso de dios alguno; porque sobre todo se engrandecerá.

37. Et ad deos patrum suorum non attendet, et ad desiderium, vel, amorem, mulierum, et ad ullum Deum non attendet, quia super omne, super omnia, sese magnificabit.

Daniel 11:37

No me extraña que quienes explican esta profecía de Antíoco experimenten alguna dificultad con estas palabras; pues no pueden darse por satisfechos, porque esta predicción del ángel nunca se cumplió en Antíoco, que ni descuidó todas las deidades ni al dios de sus padres. Luego, en cuanto al amor de las mujeres, esto no conviene a esta persona. Pero es fácil probar, por otras razones ya mencionadas, que aquí no hay ninguna alusión a Antíoco. Algunos refieren esta profecía al papa y a Mahoma, y la frase «el amor de las mujeres» parece dar probabilidad a este parecer. Pues Mahoma permitió a los hombres la brutal libertad de castigar a sus mujeres, y así corrompió aquel amor y fidelidad conyugal que une al marido con la esposa. A menos que cada hombre se contente con una sola esposa, no puede haber amor, porque no puede haber felicidad conyugal dondequiera que exista rivalidad entre las esposas inferiores. Como, por tanto, Mahoma dio rienda suelta a diversas concupiscencias al permitir que un hombre tuviera varias esposas, esto parece una explicación de su falta de atención al amor de las mujeres. Quienes piensan que aquí se alude al papa nos recuerdan que impone el celibato, con lo cual se pisotea el honor del matrimonio. Sabemos con qué inmundicia ladran los pontífices romanos cuando se les insinúa el matrimonio, como podemos ver en los decretos del papa Siricio, en el capítulo séptimo del primer volumen de los Concilios. Citan el pasaje: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios»; y así comparan el matrimonio con la fornicación, arrojando de manera vergonzosa e injuriosa desprecio sobre una ordenanza sancionada por Dios. Observamos, pues, alguna ligera correspondencia, pero los demás puntos no convienen a esta idea. Algunos afirman que, así como Mahoma inventó una nueva forma de religión, así lo hizo el papa; es verdad, pero ninguno de los dos es aquí aludido, y la razón es que Dios quiso sostener el ánimo de su pueblo hasta la primera venida de Cristo. Por eso predice por su ángel los sufrimientos que había de soportar la Iglesia hasta que Cristo se manifestara en carne. Debemos volver ahora a los romanos, de quienes comenzamos a explicar el pasaje.

El ángel dice: El rey no hará caso de los dioses de sus padres. La aplicación de esta cláusula es oscura a primera vista; pero si llegamos a reflexionar sobre la desmedida soberbia y la barbarie de los romanos, no dudaremos ya del sentido de las palabras del profeta. El ángel declara dos circunstancias: que este rey sería un despreciador de todas las deidades, y que sin embargo adoraría a un dios, mientras que la pompa singular y magnífica desplegada excedería todas las prácticas comunes. Estos dos puntos, tan aparentemente opuestos, se hallaron unidos en los romanos. Nuestra explicación parecerá más clara añadiendo los versículos siguientes:

Daniel 11:38-39

38. Mas honrará en su lugar al dios de las fortalezas, y a un dios que sus padres no conocieron honrará con oro, plata, piedras preciosas y cosas de gran precio.

38. Et Deum fortitudinum, vel, munitionum, in loco suo honorabit: et Deum quem non cognoverunt patres ejus honorabit cum auro, et argento, et lapide pretioso, et desiderabilibus, hoc est, rebus omnibus pretiosis.

39. Así hará con las fortalezas más fuertes, con el dios ajeno, a quien reconocerá y aumentará en gloria; y los hará enseñorear sobre muchos, y repartirá la tierra por precio.

39. Et faciet adversus munitiones fortitudinum cum Deo alieno, quem agnoverit, multiplicabit gloriam, et dominari faciet eos in multis, et terram dividet pretio.

Daniel 11:38

Como ya he insinuado, a primera vista estas declaraciones parecen opuestas entre sí; el rey de quien ahora tratamos despreciará todas las deidades, y sin embargo adorará a cierto dios de una manera nada ordinaria. Esto concuerda muy bien con los romanos, si estudiamos sus disposiciones y costumbres. Como trataban el culto de sus deidades simplemente como un asunto de negocios, estaban evidentemente desprovistos de toda percepción de la divinidad, y eran solo simuladores de religión. Aunque las demás naciones profanas andaban a tientas en la oscuridad, ofrecían sin embargo un culto supersticioso a algunas divinidades. Los romanos, en cambio, no estaban sujetos ni a error ni a ignorancia, sino que manifestaban un burdo desprecio de Dios, mientras mantenían la apariencia de piedad. Deducimos este parecer de una revisión de toda su conducta. Pues aunque trajeron muchas deidades de todos los rincones del mundo, y adoraron en común con otras naciones a Minerva, Apolo, Mercurio y otros, observamos sin embargo cómo trataban todos los demás ritos como carentes de valor. Consideraban a Júpiter como la deidad suprema. Pero ¿qué era Júpiter para ellos en su propio país? ¿Lo estimaban en un solo céntimo, o al dios del Olimpo? Antes bien, se burlaban de sus adoradores y de él mismo. ¿Qué era entonces realmente su dios supremo? Pues el resplandor del Capitolio; sin el título adicional de Señor del Capitolio no era nadie en absoluto. Ese título lo distinguía como especialmente ligado a ellos. Por esta razón el profeta llama a este Júpiter romano dios de baluartes, o de poderes. Los romanos nunca pudieron ser persuadidos de que ningún otro Júpiter o Juno fueran dignos de adoración; confiaban en su propia fuerza inherente, se consideraban de más importancia que los dioses y reclamaban a Júpiter como solo suyo. Porque su sede estaba en su capital, era para ellos más que cien gobernantes celestiales, pues su soberbia había concentrado todo el poder de la deidad en su propia capital. Se creían fuera del alcance de todos los cambios de la fortuna, y era tal su audacia, que cada uno fabricaba nuevas deidades a su gusto. Había un templo dedicado a la fortuna ecuestre; pues esto satisfacía la vanidad del general que había hecho buen uso de su caballería y había obtenido una victoria por medio de ella; y al construir un templo a la fortuna ecuestre, quería que la multitud lo estimara a él mismo como una deidad. Luego Júpiter Stator era un dios, ¿y por qué? porque esto agradaba a algún otro; y así Roma se llenó de templos. Uno erigía una imagen de la fortuna, otro de la virtud, un tercero de la prudencia, y un cuarto de cualquier otra divinidad, y cada uno osaba levantar sus propios ídolos según su fantasía, hasta que Roma quedó completamente llena de ellos. De este modo fue deificado Rómulo; ¿y qué derecho tenía a este honor? Si alguien objeta aquí que otras naciones hacían lo mismo, lo admitimos, pero sabemos también en qué estado necio, brutal y bárbaro de antigüedad permanecían. Pero los romanos, como ya he insinuado, no eran instigados a esta fabricación de ídolos ni por error ni por superstición, sino por una vanidad arrogante que los elevaba a sí mismos al primer rango entre los hombres y reclamaba superioridad sobre todas las deidades. Por ejemplo, permitieron que se les erigiera un templo en Asia, que se les ofrecieran sacrificios y que se les aplicara el nombre de deidad. ¡Qué soberbia es esta! ¿Es esto una prueba de creencia en la existencia de un dios o de muchos? ¡Roma es ciertamente la única deidad, y debe ser adorada reverentemente antes que todas las demás!

Observamos, pues, cuán aplicable es a los romanos la expresión de este versículo; adoraron al dios de los baluartes, es decir, reclamaron un poder divino como propio, y solo concedieron a sus dioses lo que juzgaban útil para sus propios fines. Con el fin de reclamar ciertas virtudes como suyas, inventaron toda clase de deidades según su gusto. Omito el testimonio de Plutarco por no ser del todo aplicable al presente asunto. Dice en sus Problemas que era ilícito pronunciar el nombre de cualquier deidad bajo cuya protección y guarda estaba puesto el Estado romano. Nos cuenta cómo Valerio Sorano fue llevado a la muerte por haber pronunciado insensatamente el nombre de esa deidad, fuera varón o mujer. Estas son sus mismas palabras. Y añade como razón su práctica de usar encantamientos mágicos al adorar a su divinidad desconocida. De nuevo, sabemos en qué notable honor tenían a «la buena diosa». El sexo masculino ignoraba por completo su naturaleza, y solo mujeres entraban en la casa del sumo sacerdote y celebraban allí sus orgías. ¿Y con qué propósito? ¿Qué era aquella «buena diosa»? Ciertamente existió siempre este dios de los baluartes, puesto que los romanos no reconocían más deidad que ellos mismos. Se erigían altares a sí mismos, y sacrificaban toda clase de víctimas a su propio éxito y buena fortuna; y de este modo reducían todas las deidades a su propio dominio, mientras les ofrecían solo la imagen especiosa y engañosa de reverencia. No hay nada forzado en la expresión del ángel: no prestará atención a los dioses de sus padres; es decir, no seguirá la costumbre habitual de todas las naciones de retener ceremonias supersticiosas con error e ignorancia. Pues aunque los griegos eran muy agudos, no osaban hacer movimiento alguno ni proponer discusiones en materia de religión. Una cosa sabemos que estaba fija entre ellos: adorar a los dioses transmitidos por sus padres. Pero los romanos osaban insultar todas las religiones con libertad y petulancia, y promover el ateísmo hasta donde les era posible. Por eso el ángel dice que no prestará atención al dios de sus padres. ¿Y por qué? Mirarán por sí mismos, y no reconocerán más deidad que su propia confianza en su peculiar fortaleza. Interpreto la frase el deseo de las mujeres como denotando, por esa figura del lenguaje que pone la parte por el todo, la barbarie de sus costumbres. El amor de las mujeres es una frase de la Escritura para un afecto muy peculiar; y Dios ha infundido este afecto mutuo en los sexos para hacer que permanezcan unidos entre sí mientras conserven alguna chispa de humanidad. Así se dice que David amó a Jonatán más allá, o por encima, del amor de las mujeres (2 S 1:26). Allí no se halla falta alguna en este acuerdo, pues de otro modo el amor de David hacia Jonatán quedaría marcado con deshonra. Sabemos cuán sagrados eran sus sentimientos hacia él, pero «el amor de las mujeres» se usa aquí par excellence, dando a entender la fuerza extraordinaria de este afecto. Como, por tanto, Dios ha establecido este vínculo de afecto tan estrechísimo entre los sexos como lazo natural de unión en todo el género humano, no es de sorprender que todos los deberes de humanidad estén comprendidos bajo esta palabra por una figura del lenguaje. Es como si el ángel hubiera dicho: este rey, del cual profetiza, sería impío y sacrílego al osar despreciar así a todas las deidades; luego sería tan malo que estaría por completo desprovisto de todo sentimiento de caridad. Observamos, pues, cuán completamente carecían los romanos de afecto natural, sin amar ni a sus esposas ni al sexo femenino. No necesito referirme ni siquiera a unos pocos ejemplos con los que pueda probarse esta afirmación. Pero en toda la nación existió una barbarie tan extrema que realmente debería llenarnos de horror. Nadie puede formarse una idea adecuada de esto sin hacerse completamente versado en sus historias; pero quien estudie sus hazañas contemplará como en un espejo el sentido del ángel. Este rey, pues, no cultivaría ni la piedad ni la humanidad.

Y no prestará atención a otros dioses, porque se engrandecerá contra todos ellos. Se asigna aquí la causa por la cual este rey sería un burdo despreciador de todas las deidades, y feroz y bárbaro contra todos los mortales: porque se engrandecería sobre todos ellos. Esa soberbia cegó de tal modo a los romanos que les hizo olvidar tanto la piedad como la humanidad; y así esta intolerable confianza en sí mismos fue la razón por la cual no tributaban honor a ninguna deidad y pisoteaban a todos los mortales. La humildad es ciertamente el principio de toda verdadera piedad; y esta semilla de religión está implantada en el corazón del hombre, haciéndole reconocer, quiera o no, alguna deidad. Pero los romanos estaban tan hinchados de presunción que se exaltaban por encima de todo objeto de adoración y trataban todas las religiones con desprecio burlón; y al despreciar así a todos los seres celestiales, necesariamente miraban por encima del hombro a toda la humanidad, lo cual era literal y notoriamente un hecho. Ahora bien, la segunda cláusula se opone a esto: Adorará u honrará al dios de las fortalezas. Antes había usado esta palabra del templo, pero esta explicación no parece adecuada aquí, porque el ángel había expresado antes la unidad de Dios, mientras que ahora enumera muchos dioses. Pero el ángel usa la palabra «fortalezas», o «baluartes», para aquella perversa confianza de que estaban hinchados los romanos, y que los inducía a tratar a Dios y a los hombres como nada en comparación consigo mismos. ¿Cómo concordaban entonces estos dos puntos: el desprecio de todas las deidades entre los romanos, y sin embargo la existencia de algún culto? Primero despreciaban toda tradición respecto a los dioses, pero después se elevaban por encima de todo objeto celestial, y avergonzándose de su bárbara impiedad, fingían honrar a sus deidades. ¿Pero dónde buscaban esas deidades, como Júpiter por ejemplo, al cual estaba sujeta toda su tribu? Pues en su propio Capitolio. Sus deidades eran la prole de su propia imaginación, y nada se estimaba divino sino lo que les agradaba a ellos mismos. De ahí que se diga: Lo honrará en su lugar. Aquí el ángel quita toda duda, mencionando el lugar en que este dios de fortalezas sería honrado. Los romanos veneraban a otras deidades dondequiera que las hallaban, pero esto era mera apariencia exterior. Sin duda limitaban a Júpiter a su propio Capitolio y ciudad; y fuera lo que fuere lo que profesaban respecto a otras divinidades, no había en ellos verdadera religión, porque se adoraban a sí mismos con preferencia a aquellos seres ficticios. De ahí que adorará al dios de las murallas en su lugar, y honrará a un dios ajeno que sus padres no conocieron.

De nuevo: Lo honrará con oro, plata, piedras preciosas y todas las cosas deseables; es decir, adorará a su propia deidad magníficamente y con notable pompa. Y sabemos cómo las riquezas de todo el mundo fueron amontonadas para adornar sus templos. Pues tan pronto como alguien se proponía erigir un templo, se veía obligado a apoderarse de todo en todas direcciones, y así a despojar todas las provincias para enriquecer sus propios templos. Roma, además, no originó este esplendor por superstición, sino solo para engrandecerse y llegar a ser la admiración de todas las naciones; y así observamos cuán bien se explica esta profecía por el curso de los sucesos posteriores. Algunas naciones, en verdad, eran supersticiosas en el culto de sus ídolos, pero los romanos superaban a todas las demás. Cuando se hicieron por primera vez dueños de Sicilia, sabemos qué cantidad de riquezas sustrajeron de una sola ciudad. Pues si alguna vez hubo templos adornados con gran y copioso esplendor y muchas riquezas, ciertamente confesarían la extrema excelencia de los de Sicilia. Pero Marcelo despojó casi todos los templos para enriquecer a Roma y adornar los santuarios de sus falsas deidades. ¿Y por qué? ¿Era porque Júpiter, y Juno, y Apolo, y Mercurio eran mejores en Roma que en otras partes? De ningún modo; sino porque quería enriquecer la ciudad, y convertir toda suerte de deidades en objeto de burla, y llevarlas en triunfo, para mostrar que no había otra deidad ni excelencia sino en Roma, la señora del mundo. Después añade: Hará. Aquí, de nuevo, el ángel parece hablar de prosperidad. Sin duda quería aquí infundir ánimo a los piadosos, que de otro modo vacilarían y se volverían apóstatas al observar un éxito tan continuado e increíble en una nación tan impía y sacrílega, y notable por una crueldad tan bárbara. De ahí que declare cómo los romanos alcanzarían sus fines en cuanto emprendieran, si su fortaleza prevaleciera, como si fuera su deidad. Aunque despreciaran todas las deidades, y solo fabricaran un dios para sí mismos por espíritu de ambición, aun esto les traería éxito. A este se le llama ahora dios ajeno. La Escritura usa esta palabra para distinguir entre los ídolos ficticios y el único Dios verdadero. El ángel parece no decir nada que se aplique especialmente a los romanos. Pues los atenienses y los espartanos, los persas y los asiáticos, así como todas las demás naciones, adoraban dioses ajenos. ¿Cuál es, entonces, el significado del nombre? Porque claramente el ángel no habló según la manera ordinaria. Lo llama ajeno porque no era transmitido de unos a otros; pues mientras se jactaban vanamente de su veneración de los ídolos recibidos de sus antepasados, junto con todas sus instituciones sagradas y sus ritos inviolables, interiormente se burlaban de ellos y no los estimaban en una paja, sino que solo querían retener alguna forma falaz de religión por un sentimiento de vergüenza. Recordamos el dicho de Catón sobre los augures: «¡Me pregunto cómo, cuando uno se encuentra con otro, puede abstenerse de reír!», mostrando así cómo se burlaba de ellos. Si alguien hubiera preguntado a Catón, en el senado o en privado: ¿Qué piensas de los augures y de toda nuestra religión?, habría respondido: «¡Ah! que perezca todo el mundo antes que los augures; pues estos constituyen la seguridad misma del pueblo y de toda la república: los recibimos de nuestros antepasados, ¡guardémoslos, pues, para siempre!». Así habría hablado aquel astuto individuo, y así también todos los demás. Pero mientras parloteaban así unos con otros, no se avergonzaban de negar la existencia de una Deidad, y de ridiculizar así todo lo que se había creído desde el mismo principio, hasta reducir enteramente a nada las tradiciones recibidas de sus antepasados. No nos sorprende hallar al ángel hablando de un dios ajeno que se adoraba en Roma, no, como he dicho, por superstición o error, sino solo para impedir que su barbarie se hiciera abominable en todo el mundo. Aquel Dios, dice, a quien había reconocido: se atribuye gran peso a esta palabra. El ángel quiere decir que toda la divinidad descansaba en la opinión y la voluntad del pueblo soberano, porque era conforme a su inclinación y promovía su interés particular. Como se aprobaría el plan de adorar a cualesquiera dioses, y ellos se envanecerían de su propio gusto, se jactarían con gran confianza de que no podía haber piedad sino en Roma. ¿Pero por qué? Porque reconocen dioses ajenos, y determinan y decretan la forma de culto que debía conservarse. El ángel pone así toda la religión de Roma en la concupiscencia, y muestra que son impuros despreciadores de Dios.

Daniel 11:39

Después dice: Multiplicará la gloria. Esto puede referirse a Dios, pero yo apruebo más bien una interpretación diferente. Los romanos adquirirían para sí grandes riquezas, y crecerían maravillosamente en opulencia, en la magnitud de su imperio y en todas las demás fuentes de fuerza. Por tanto, multiplicarán la gloria, es decir, adquirirán nuevos territorios, aumentarán su poder y acumularán multitud de tesoros. Esta explicación encaja muy bien con el final del versículo, donde añade: los hará enseñorear sobre muchos, lejos y ampliamente. Esta es una porción de aquella gloria que este rey amontonará sobre sí, pues sería superior a los reyes de muchas tierras, y repartiría el botín que había adquirido, y eso por precio. Dice, pues, los hará enseñorear sobre muchos; porque el relativo carece de sujeto, lo cual es práctica frecuente de los hebreos. ¿A quiénes, entonces, haría dominar el rey romano, o el Imperio romano? A todo el que les prestara alguna ayuda, que recibiría su recompensa de mano ajena, como sabemos que Eumenes fue enriquecido con el botín y los despojos de Antíoco. Las provincias eran también distribuidas según su voluntad. La isla fue entregada a los rodios, mientras que a otro se le arrebataba un reino, y los etolios ampliaban sus dominios. Como cada parte trabajaba arduamente en su beneficio e incurría en grandes gastos, así los romanos les conferían riquezas. Después de vencer a Antíoco, se volvieron más liberales con Átalo y Eumenes, y así llegaron a ser dueños de la mayor parte de Asia. De nuevo, cuando hubieron privado a Nabis, el tirano de Esparta, de la mayor parte de sus territorios, quienes habían cuidado de complacer a los romanos fueron favorecidos con los despojos que habían tomado de él. Tenemos otro ejemplo en los favores otorgados a Masinisa después de la conquista de Cartago; pues después de ser expulsado de su propio reino, su dominio se extendió lejos y ampliamente por el continente de África: privado de su soberanía paterna, no tenía un lugar en el mundo donde plantar el pie hasta que le concedieron lo que habían arrebatado a los cartagineses. ¿Y cómo lo manejaron? Repartirán la tierra por precio, dice el ángel; reprendiendo así oblicuamente la astucia del senado y del pueblo romano, porque no daban gratuitamente estos amplios dominios; de buena gana habrían devorado cuanto habían adquirido, pero hallaron mejor política venderlos que retenerlos. No vendían a un precio fijo —pues la palabra «precio» no necesita aquí restringirse a una suma determinada de dinero—, sino que mostraban su avaricia, y vendían y distribuían por afán de ganancia, tanto como si todos estos territorios hubieran sido reducidos de inmediato a provincias de su imperio. Necesitaban grandes recursos; era objetable mantener perpetuamente su guarnición en las ciudades de Grecia, y por eso proclaman libertad perfecta a través de todas ellas. ¿Pero qué clase de libertad era esta? Cada estado podía elegir su senado según el agrado de los romanos, y así, conforme cada uno adquiría rango y honor en su propia nación, quedaría ligado y esclavizado al pueblo romano. Y luego, en esta condición de cosas, si surgía alguna guerra, buscaban ayuda de estos amigos y aliados. Pues si hubieran sido solo confederados, los romanos nunca se habrían atrevido a exigir tanto a cada estado tributario. Tomemos el caso de los cartagineses. Después de ser reducidos por muchas exacciones al más bajo grado de pobreza, sin embargo, cuando los romanos hicieron la guerra contra Filipo y Macedonia, y contra Antíoco, exigieron naves a estos aliados. Exigieron además, como subsidio, una cantidad inmensa de oro, plata, provisiones, vestidos y armas, hasta que por fin estos desdichados cartagineses, a quienes los romanos habían drenado la sangre misma, enviaron aún para la guerra todo el oro que les quedaba y cuanto pudieron rebañar. Así Filipo, rey de Macedonia, se ve forzado a destruirse, hundiéndose su propia espada en el cuerpo; pues todos los estados de Grecia fueron obligados a contribuir con su propia porción a los gastos de la guerra.

Percibimos, pues, cómo las tierras eran repartidas por precio, cada una con miras a su propia utilidad, no fijando un valor definido en dinero, sino según la medida de la conveniencia política. ¿Y qué clase de regateo ejecutaron luego entre sí? Tenemos un ejemplo en la prevalencia de la proscripción entre los romanos, con la cual volvieron su rapacidad contra sus propias entrañas. Antes habían confiscado los bienes de sus enemigos. Filipo, por ejemplo, fue forzado a pagar una gran suma de dinero para recomprar el nombre de rey y la porción de territorio que le quedó. Antíoco y los cartagineses estuvieron sujetos a la misma dureza. Los romanos, en suma, nunca vencieron a nadie sin agotar al monarca y a sus dominios para satisfacer su insaciable avaricia y codicia. Percibimos ahora cómo repartían las tierras por precio, teniendo a todos los reyes en sujeción a sí mismos y otorgando larguezas a uno de la propiedad de otro.

Percibimos ahora el sentido del ángel en todo este versículo: El rey sería tan poderoso que daría dominio a quien quisiera sobre muchos y amplios territorios, pero no gratuitamente. Hemos tenido ejemplos de algunos despojados de su dignidad y poder reales, y de otros restituidos a la autoridad de que habían sido privados. Luculo, por ejemplo, optó por expulsar a un rey de sus dominios, mientras otro general lo restituía a sus posesiones. Un solo ciudadano romano podía así crear a un gran monarca; y así ocurría a menudo. Claudio propuso al pueblo proscribir al rey de Chipre, aunque era de raza real; su padre había sido amigo y aliado del pueblo romano, él no había cometido crimen alguno contra el Imperio romano, y no había razón para declararle la guerra. Mientras tanto él permanecía seguro en su casa, y no tuvo lugar ninguna de aquellas ceremonias con que suele declararse la guerra. Fue proscrito en la plaza pública por unos pocos vagabundos, e inmediatamente se envía a Catón a devastar toda la isla. Tomó posesión de ella para los romanos, y este desdichado se ve forzado a arrojarse al mar en un arrebato de desesperación. Observamos, pues, cómo la predicción del ángel no fue en modo alguno vana; los procónsules romanos distribuían reinos y provincias, pero por precio, pues se apoderaban de todo en el mundo, y arrastraban todas las riquezas, todos los tesoros y cada partícula de valor al torbellino de su insatisfecha codicia. Dejaremos el resto para después.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que en todas las edades la ceguera de los hombres ha sido tan grande que los ha llevado a adorarte errónea y supersticiosamente, y puesto que manifiestan tal doblez y soberbia que desprecian tu nombre, y también los mismos ídolos que se han fabricado: concédenos, te rogamos, que la verdadera piedad eche hondas raíces en nuestros corazones. Que el temor de tu nombre quede de tal modo grabado en nosotros que seamos sincera y plenamente devotos a ti. Que cada uno de nosotros desee de corazón glorificar tu nombre, y procure llevar a nuestros hermanos por el mismo camino. Purifícanos más y más de toda disimulación, hasta que por fin lleguemos a aquella perfecta pureza que nos está reservada en el cielo, por medio de Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Lección sexagésima cuarta

Daniel 11:40

40. Y al cabo del tiempo el rey del sur contenderá con él; y el rey del norte se levantará contra él como una tempestad, con carros y gente de a caballo, y muchas naves; y entrará por las tierras, e inundará, y pasará.

40. Et im tempore finis configet cum eo rex austri, et tanquam turbo iruet rex aquilonis, cum curru et equitibus, et navibus multis: et veniet in terras, et exundabit, et transibit, pervadet

Daniel 11:40

En cuanto al tiempo aquí mencionado, es un período cierto o predeterminado; los reyes del sur y del norte, ya hemos mostrado que se refieren a Egipto y Siria, siendo tal su posición respecto a Judea. La palabra נגח neech, confliget, es literalmente «embestirá con los cuernos», mientras que la palabra traducida «se lanzará como un torbellino» se deduce de שער segner, «ser tempestuoso». El ángel predice aquí las numerosas victorias por medio de las cuales los romanos extenderían su imperio lejos y ampliamente, aunque no sin grandes dificultades y peligros. Declara: El rey del sur hará la guerra a los romanos por un período definido. No me atrevo a fijar el tiempo preciso que el ángel tenía en mente. Tan grande era el poder de Egipto que, si los reyes de ese país hubieran confiado en sus recursos nativos, habrían podido cobrar ánimo para hacer la guerra a los romanos. Gabinio, el procónsul, condujo allí su ejército con el fin de restaurar a Tolomeo. Expulsó a Arquelao sin mucha dificultad, y luego, como un mercenario, arriesgó allí su vida y su fama, así como su ejército. César estuvo allí en peligro, después de vencer a Pompeyo; luego Antonio hizo la guerra a Augusto, asistido por las fuerzas de Cleopatra; entonces Egipto desplegó todo su vigor, y al fracasar él quedó reducido a una provincia de Roma. El ángel no se proponía señalar una serie continuada de tiempos, sino solo advertir brevemente a los fieles que se mantuvieran firmes en medio de aquellas gravísimas conmociones que entonces estaban cerca. Sea cual fuere el sentido preciso, el ángel sin duda señaló la naturaleza difícil de la lucha entre los romanos y los egipcios. Ya he dicho que la historia da testimonio del hecho de que los egipcios nunca hicieron la guerra contra los romanos en su propio nombre; a veces los sucesos fueron tan confusos que los egipcios se coaligaron con los sirios, y entonces debemos leer las palabras conjuntamente: así el rey del sur, asistido por el rey del norte, haría la guerra a los romanos. El ángel nos muestra así cómo el rey de Siria proporcionaría mayores fuerzas y suministros que el monarca egipcio, y esto ocurrió realmente al comienzo del triunvirato. Declara luego: El rey del sur vendría con carros y caballos y muchas naves. Y no es necesario indicar aquí el período preciso, puesto que los romanos sostuvieron muchas guerras en el Oriente, durante las cuales ocuparon Asia, mientras que una parte de Libia cayó en sus manos por voluntad de su rey, sin armas ni fuerza de ninguna clase.

Respecto a estos dos reinos, tantas veces mencionados, muchos jefes gobernaron Siria en poco tiempo. Primero se elevó al trono a uno de los nativos y luego a otro, hasta que el pueblo se cansó de ellos y transfirió la soberanía a extranjeros. Luego Alejandro se elevó gradualmente al poder, y por fin adquirió muy grande fama: no era de noble cuna, pues su padre era de origen desconocido. Este hombre procedía de una familia oscura, y en un tiempo no poseyó ni autoridad ni recursos. Fue hecho rey de Siria porque pretendía ser hijo de Seleuco, y fue muerto enseguida, mientras que su sucesor inmediato reinó solo por breve tiempo. Así Siria pasó a los romanos a la muerte de este Seleuco. Se mandó entonces llamar a Tigranes, rey de Armenia, y fue hecho gobernante de Siria hasta que Luculo lo venció, y Siria quedó reducida a provincia. Los más viles de los hombres reinaron sobre Egipto. Fiscón, que fue contenido por los romanos cuando intentaba arrebatar Siria al poder de su soberano, era sumamente depravado tanto de cuerpo como de mente, y de ahí obtuvo este apelativo vergonzoso. Pues la palabra es griega, equivalente a la francesa andouille; porque physce significa aquel intestino más grueso en el cual se suelen meter los demás. Esta deformidad dio origen a su nombre habitual, que significa «panzudo», implicando tanto deformidad corporal como semejanza con los brutos, mientras que no estaba dotado ni de inteligencia ni de ingenio. El último rey que hizo a los romanos tutores de su hijo recibió el nombre de Auletes, y Cicerón usa este epíteto de «flautista», porque era inmoderadamente aficionado a este instrumento musical. En cada reino había, pues, una horrible deformidad, ya que quienes ejercían la autoridad real se parecían más a perros o cerdos que a hombres. Tigranes, es bien sabido, dio mucho trabajo a los romanos. Por otro lado, Mitrídates los ocupó durante muy largo tiempo, y con éxito diverso y opuesto. Los romanos, por toda Asia, fueron pasados a cuchillo en cierto momento, y cuando se libró un combate cerrado, Mitrídates fue a menudo superior, y después unió sus fuerzas con las de Tigranes, su suegro. Cuando Tigranes tenía Armenia, era rey de otros reyes, y después añadió a sus dominios una porción de Siria. Por fin, cuando el último Antíoco fue puesto sobre el reino de Siria por Luculo, fue removido de su mando por orden de Pompeyo, y entonces, como hemos dicho, Siria se hizo provincia de Roma. Pompeyo cruzó el mar, y sometió toda Judea así como Siria; después entró en el templo y se llevó alguna parte de sus posesiones, pero respetó los tesoros sagrados. Craso le sucedió: un insaciable torbellino, que anhelaba esta provincia por ninguna otra razón que su desmedido afán de riquezas. Despojó el templo de Jerusalén; y por último, después de ser vencida Cleopatra, Egipto perdió su raza real y pasó a ser provincia romana. Si los romanos hubieran conquistado otras cien provincias, el ángel no las habría mencionado aquí; pues ya he notado su especial atención al pueblo escogido. Por eso se detiene solo en aquellas matanzas que tenían más o menos relación con los desdichados judíos. Ante todo predice la gran contienda que surgiría entre los reyes de Egipto y de Siria, que vendrían como un torbellino, mientras que los romanos se precipitarían sobre las tierras como un diluvio, y pasarían sobre ellas. Compara al rey de Siria con un torbellino, pues al principio se lanzaría impetuosamente, llenando tierra y mar con sus fuerzas. Así poseería una flota bien tripulada, y así excitaría nuevos terrores, y sin embargo se desvanecería rápidamente como un torbellino. Pero los romanos son comparados a un diluvio. El nuevo rey del cual había hablado vendría, dice, e inundaría, sepultando todas las fuerzas tanto de Egipto como de Siria; dando a entender que los fundamentos enteros de ambos reinos serían barridos cuando los romanos pasaran sobre ellos. Pasará, dice; es decir, dondequiera que lleguen, el camino les estará abierto y nada cerrado contra ellos. Repetirá esta idea de otra forma. No habla ahora de una sola región, sino que dice: vendrán sobre las tierras, dando a entender una desolación extendida, mientras que nadie osaría oponérseles resistiendo a su furia.

Daniel 11:41-42

41. Entrará también en la tierra gloriosa, y muchas regiones caerán; mas estas escaparán de su mano: Edom, Moab, y la primicia de los hijos de Amón.

41. Et veniet in terram desiderii, et multae, regiones scilicet, cadent, et hae evadent e manu ejus, Edom, Moab, et principium filiorum Ammon.

42. Extenderá su mano a las tierras, y la tierra de Egipto no escapará.

42. Et mittet, *hoc est, extendet, *manum suam in terras, et terra AEgypti non erit in evasionem.

Daniel 11:41-42

La tierra de Judea es llamada la tierra agradable o deseable, porque Dios la juzgó digna de su favor peculiar. La eligió para su morada, la llamó su lugar de reposo y hizo que su bendición permaneciera en ella. En este versículo se trata también de regiones, y no meramente de ciudades, como las regiones de Edom y de Moab. Después de que el ángel hubo predicho brevemente la ocurrencia de las guerras más graves con los romanos, añade ahora lo que había comenzado brevemente en el versículo anterior, a saber, que llegarían a ser conquistadores de todas las naciones. Vendrán, dice, a la tierra deseable. Esta es la razón por la cual el ángel profetiza del Imperio romano, pues no fue enviado para explicar a Daniel la historia de todo el mundo, sino para retener a los fieles en su lealtad y persuadirlos a permanecer, en medio de las más agobiantes convulsiones, bajo la protección y custodia de Dios. Por eso declara: vendrán a la tierra deseable. Esta sería una tentación terrible, y podría derribar todo sentimiento de piedad, pues los judíos serían hostigados por todos lados, primero por los sirios y luego por los egipcios. Y sabemos con qué crueldad procuró Antíoco no solo oprimir sino borrar por completo a toda la nación. Ni los sirios ni los egipcios los perdonaron. Los romanos venían casi del otro lado del globo; al principio hicieron alianza con estos estados, y luego entraron en Judea como enemigos. ¿Quién habría supuesto que esa región estaba bajo la protección de Dios, cuando estaba tan expuesta a todos los ataques del robo y la opresión? De ahí que fuera necesario advertir a los fieles que no se apartaran a causa de esta total confusión.

Vendrán, pues, a la tierra deseable, y muchas regiones caerán; es decir, no quedaría esperanza para los judíos después de la llegada de los romanos, pues la victoria estaba ya preparada a su mano. El que el ángel pusiera ante los fieles esta materia de desesperación no parecía propio para inducir confianza y consuelo, pero, como conocían estas predicciones divinas, sabían también que el remedio estaba preparado por el mismo Dios que los había advertido por medio del ángel. Estaba en su poder salvar a su Iglesia de cien muertes. Esta profecía vino a ser un tesoro inestimable, que inspiraba a los fieles la esperanza de la liberación prometida. El ángel añadirá después la promesa destinada a sostener, fortalecer y reanimar su ánimo decaído. Pero aquí anuncia que la ayuda de Dios no aparecería de inmediato, porque daría a los romanos plena licencia para ejercer un dominio cruel, tiranía y robo por toda Asia y el Oriente. Dice: Las tierras de Edom, Moab y una porción de Amón escaparán de su matanza. Esta prueba afectaría no ligeramente el ánimo de los piadosos: ¿Qué quiere decir? ¡Permite que la tierra que prometió que estaría en reposo sea ahora tomada y asolada por sus enemigos! ¡La tierra de Moab está en paz y goza de la mayor tranquilidad, y la condición de los hijos de Amón es próspera! Aquí debemos tener presente lo que dicen los profetas de estas tierras: Esaú fue desterrado a las ásperas montañas, y Dios asignó a los moabitas un territorio más allá de los límites de la tierra de bendición (Mal 1:3). Solo los judíos tenían algún derecho y privilegio peculiar a reclamar aquel territorio en el cual el Señor les había prometido perfecto reposo. Ahora, cuando Judea es asolada y sus enemigos, a su placer, no solo se apoderan de todo lo valioso en la ciudad y en el campo, sino que parecen tener un permiso especial para devastar la tierra a su voluntad, ¿qué podían conjeturar los judíos? El ángel sale, pues, al paso de esta objeción y alivia estos sentimientos de ansiedad a que los fieles podían estar sujetos por tales matanzas. Declara que los territorios de Edom y de Moab, y de los hijos de Amón, estarían tranquilos y a salvo de aquellas calamidades. Con la expresión la primicia de los hijos de Amón se refiere muy probablemente a aquel retiro de donde procedían los amonitas. Pues sin duda los romanos no habrían perdonado a los amonitas si no hubieran estado ocultos entre las montañas, porque todo distrito en la vecindad de Judea estaba sujeto a la misma angustia. Quienes interpretan este pasaje del Anticristo suponen que la seguridad se extiende solo a aquella porción de los fieles que escaparán del mundo y se refugiarán en los desiertos. Pero no hay razón en este parecer, y basta retener el sentido ya propuesto como el genuino. Después añade: Los romanos enviarán su ejército a la tierra, e incluso en la tierra de Egipto no escaparán. Sin duda el ángel trata aquí de las numerosas victorias que los romanos obtendrían en breve tiempo. Sostuvieron la guerra con Mitrídates por largo período, y entonces Asia estuvo casi perdida; pero poco después comenzaron a extender su poder, primero sobre toda el Asia Menor, y luego sobre Siria; Armenia fue añadida luego a su dominio, y Egipto después: entre tanto esto fue solo una adición moderada, hasta que por fin gobernaron sobre los persas, y así su poder se hizo formidable. Por tanto esta profecía se cumplió por extender ellos su poder sobre muchas regiones, y por pasar la tierra de Egipto a ser una porción de su botín. Sigue:

Daniel 11:43

43. Y se apoderará de los tesoros de oro y plata, y de todas las cosas preciosas de Egipto; y los de Libia y de Etiopía le seguirán.

43. Et dominabitur thesauris auri, et argenti, et omnibus desiderabilibus AEgypti, et Lybiae, et Aethiopiae ingressibus suis.

Daniel 11:43

Ya he dicho antes que, aunque el lenguaje se aplica a un solo rey, ha de entenderse un reino, y nuestras observaciones anteriores se confirman aquí. Aunque muchas naciones procuraran resistir a los romanos, serían sin embargo completamente victoriosos, y finalmente adquirirían un inmenso botín. Su avaricia y codicia eran del todo asombrosas; pues dice: adquirirán dominio sobre los tesoros de oro y plata, y atraerán hacia sí todas las cosas preciosas de Egipto, Libia y Etiopía; y eso, además, en sus pasos. En estas palabras explica con más claridad nuestras observaciones anteriores sobre el emblema del diluvio. Todas las tierras les serían abiertas; aunque las ciudades estuvieran fortificadas, y así les resistieran con sus puertas cerradas, el camino les estaría sin embargo abierto, y nadie les impediría irrumpir sobre todo el Oriente y someter al mismo tiempo ciudades, pueblos y aldeas. Sabemos que esto se cumplió realmente. De ahí que no haya nada forzado en todo este contexto, y la profecía queda justamente interpretada por la historia. Después añade:

Daniel 11:44

44. Pero noticias del oriente y del norte lo atemorizarán; y saldrá con gran ira para destruir y matar a muchos.

44. Rumores vero, terrebunt eum ab oriente, et ab aquilone: egredieturque cum ira magna, ut perdat et internecione deleat multos.

Daniel 11:44

La narración del ángel parece aquí diferir algo de la anterior, pues los romanos no tendrían tan completo éxito como para evitar ser detenidos en medio de su curso victorioso. Dice: serán atemorizados por rumores, y los sucesos convienen a este caso, pues aunque los romanos sometieron todo el Oriente casi sin problema y en pocos años, fueron después detenidos por la adversidad. Pues Craso pereció miserablemente después de despojar el templo, y se destruyó a sí mismo y a la flor del ejército romano; fue vencido en Carras, cerca de Babilonia, en un combate importante, por la traición de un espía en quien había puesto demasiada confianza. Antonio, de nuevo, después de dividir el mundo en tres partes entre él mismo, Octavio y Lépido, sufrió miserablemente en la misma vecindad contra los partos. No nos sorprende que el ángel diga: Los romanos serán atemorizados desde el oriente y el norte, pues esto ocurrió realmente. Luego añade: vendrán con gran ira; es decir, aunque perdieran muchas tropas, esta severa matanza no abatiría su ánimo. Cuando sus circunstancias eran desesperadas, se excitaban hasta el furor como bestias salvajes de presa, hasta que se precipitaban a su propia destrucción. Esto ocurrió más especialmente bajo el reinado de Augusto; durante breve tiempo contendió con éxito con los partos, y los obligó a rendirse. Les impuso luego condiciones de paz; y como las águilas romanas habían sido llevadas a Persia, con gran deshonra para ellos, obligó a este pueblo a devolverlas. Con esta imposición borró la deshonra que habían sufrido bajo Antonio. Vemos, pues, cuán extremadamente bien conviene esto al contexto: los romanos vendrán con gran ira para destruir a muchos; pues los partos esperaban gozar de tranquilidad por muchas edades, y estar perfectamente libres de todo intento o ataque futuro de los romanos. Sigue ahora:

Daniel 11:45

45. Y plantará las tiendas de su palacio entre los mares, en el monte glorioso y santo; pero llegará a su fin, y no tendrá quien le ayude.

45. Et figet tabernacula palatii sui inter maria ad montem desiderii sanctitatis, et veniet ad finem suum, et non auxiliator ei.

Daniel 11:45

El ángel concluye por fin con el dominio establecido de los romanos en el Asia Menor y en las regiones de la costa, así como en Siria, Judea y Persia. Ya hemos mostrado cómo todo lo aquí predicho es relatado por los historiadores profanos, y cada suceso es bien conocido de todos los moderadamente versados en el conocimiento de aquellos tiempos. Debemos notar ahora la frase: el rey romano plantará las tiendas de su palacio. Esta expresión significa no solo la conducción de la guerra por los romanos en el Oriente, sino que serían señores de toda aquella región. Cuando había dicho que plantarían sus tiendas según la práctica habitual de la guerra, podría haberse contentado con el modo ordinario de hablar, pero contrasta la palabra «palacio» con las frecuentes migraciones, y da a entender que no medirían su campamento según el uso de la guerra, sino que ocuparían una posición fija de manera permanente. ¿Por qué, entonces, habla de tiendas? Porque Asia no era la sede de su imperio; pues cuidaban de no atribuir a ningún lugar más dignidad de la que les convenía a ellos mismos. Por esta razón los procónsules llevaban consigo numerosos servidores, y para evitar la necesidad de un palacio fijo tenían sus propias tiendas, y a menudo permanecían en las moradas temporales que hallaban en su camino. Este lenguaje del ángel —plantarán las tiendas de su palacio— conviene extremadamente a los romanos, porque reinaron allí en tranquilidad una vez sometido el Oriente; y sin embargo no tenían morada fija, porque no querían que ningún lugar llegara a ser lo bastante fuerte para rebelarse contra ellos. Cuando dice entre los mares, algunos piensan que se alude al Mar Muerto y al Lago Asfaltites, en oposición al Mar Mediterráneo. No dudo de que el ángel se refiere al Mar Pérsico. No dice que los romanos se harían dueños de todas las tierras entre los dos mares, sino solo que plantarían las tiendas de su palacio entre los mares; y sabemos que esto se hizo cuando tuvieron el dominio entre el Euxino y el Golfo Pérsico. La extensión del dominio de Mitrídates es bien conocida, pues los historiadores registran veintidós naciones sujetas a su poder. Después, de un lado estaba el Asia Menor, que constaba de muchas naciones, según dijimos en otro lugar, y Armenia pasó a ser suya después de vencido Tigranes, mientras que Cilicia, aunque solo parte de una provincia, era una región muy extensa y rica. Tenía muchos desiertos y muchas montañas pedregosas e incultas, mientras que había en Cilicia muchas ciudades ricas, aunque no formaba una sola provincia, como Siria y Judea, de modo que no es de sorprender que el ángel diga que los romanos plantarían sus tiendas entre los mares, pues su morada estaba más allá del Mar Mediterráneo. Pasaron primero a Sicilia y luego a España; en tercer lugar, comenzaron a extender su poder a Grecia y al Asia Menor contra Antíoco, y entonces se apoderaron de todo el Oriente. En una orilla estaba el Asia Menor y muchas otras naciones; y en la otra parte estaba el Mar de Siria, que incluía a Judea hasta el Mar de Egipto. Observamos, pues, la tranquilidad del Imperio romano entre los mares, y sin embargo no tenía allí sede permanente, porque los procónsules pasaban su tiempo como extranjeros en medio de un país ajeno.

Por fin añade: Vendrán al monte del deseo de santidad. Ya he expresado la razón por la cual se pronunció esta profecía; fue para impedir que la novedad de estos sucesos perturbara el ánimo de los piadosos, cuando vieran a una nación tan bárbara y distante pisotearlos y gobernar con soberbia, insolencia y crueldad. Cuando, por tanto, se ponía ante los ojos de los piadosos un espectáculo tan doloroso, necesitaban no ordinarios apoyos para no ceder a la presión de la desesperación. El ángel predice, pues, los sucesos futuros, para producir el reconocimiento de que nada ocurre realmente por casualidad; y luego, para mostrar cómo todos estos turbulentos movimientos por el mundo son gobernados por un poder divino. Sigue el consuelo: llegarán por fin a su fin, y nadie les traerá ayuda. Esto no se cumplió de inmediato, pues después de que Craso despojó el templo y sufrió en un combate adverso contra los partos, los romanos no decayeron de una vez, sino que su monarquía floreció aún más y más bajo Augusto. La ciudad fue entonces arrasada por Tito, y el nombre mismo y la existencia de la nación judía casi aniquilados. Luego, después de esto, los romanos sufrieron derrotas vergonzosas; fueron arrojados de casi todo el Oriente, y obligados a tratar con los partos, los persas y otras naciones, hasta que su imperio quedó enteramente arruinado. Si estudiamos la historia de los cien años siguientes, no se hallará nación que haya sufrido castigos tan severos como los romanos, ni monarquía alguna fue jamás derribada con mayor deshonra. Dios derramó entonces tal furor sobre esa nación que la hizo espectáculo del mundo. Las palabras del ángel no son vanas: su propio fin llegaría pronto; después de que hubieron devastado y despoblado todas las tierras, y penetrado y recorrido todo lugar, y todo el mundo se había entregado a su poder, los romanos quedaron entonces totalmente arruinados y barridos. Irían en su ayuda. Sin duda esta profecía puede extenderse aquí a la promulgación del evangelio; pues aunque Cristo nació como una edad antes de la predicación del evangelio, resplandeció verdaderamente al mundo por medio de esa promulgación. El ángel llevó, pues, su profecía hasta ese momento. Añade ahora:

CAPÍTULO 12

Daniel 12:1

1. En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo; y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el libro.

1. Et tempore illo stabit Michael princeps, magnus stans pro filiis populi tui, et erit tempus afflictionis, quale non fuit abesse gentem, hoc est, ex quo coeperunt esse gentes, ad tempus illud usque: et tempore illo servabitur populus tuus quicunque inventus fuerit scriptus in libro.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.