Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Daniel 12: comentario de Juan Calvino
Daniel 12:1
El ángel ya no relata especialmente sucesos futuros, sino que proclama que Dios es en general el guardián de su Iglesia, de modo que la preserva maravillosamente en medio de muchas dificultades y terribles conmociones, así como en la profunda oscuridad del desastre y de la muerte. Este es el sentido de esta frase. Este versículo consta de dos partes: la primera se refiere a aquel período desdichadísimo que estaría lleno de calamidades diversas y casi innumerables; y la segunda nos asegura la protección y preservación nunca fallidas que Dios da a su Iglesia por su propio poder innato. En esta segunda parte la promesa se restringe a los elegidos, y así puede distinguirse una tercera cláusula, pero es solo una adición a la segunda recién mencionada. Al final del versículo el ángel nos presenta una definición de la Iglesia, pues muchos profesaban ser pueblo de Dios sin serlo realmente. Dice: Miguel, el príncipe del pueblo, se levantará. Luego declara la razón: Las calamidades de aquel período serían tales como nunca se vieron desde el principio del mundo. Como se dirige a Daniel, dice: los hijos de tu pueblo; pues él era uno de los hijos de Abraham, y la nación de la cual procedía Daniel era en ese sentido «suya». De esto se sigue que las calamidades de las cuales tratará luego pertenecen a la verdadera Iglesia, y no a las naciones profanas. La ayuda singular de Miguel no habría sido necesaria si la Iglesia no hubiera estado oprimida por las más desastrosas angustias. Percibimos, pues, que el sentido del ángel es según mi explicación. La Iglesia estaría sujeta a muy numerosas y graves calamidades hasta el advenimiento de Cristo, pero sin embargo sentiría la disposición propicia de Dios, asegurando su propia salvación bajo su ayuda y protección. Por Miguel muchos convienen en entender a Cristo como cabeza de la Iglesia. Pero si parece mejor entender a Miguel como el arcángel, este sentido resultará adecuado, pues bajo Cristo como cabeza los ángeles son los guardianes de la Iglesia. Sea cual fuere el sentido verdadero, Dios era el preservador de su Iglesia por mano de su Hijo unigénito, y porque los ángeles están bajo el gobierno de Cristo, podía encomendar este deber a Miguel. Aquel inmundo hipócrita, Servet, ha osado apropiarse este pasaje; pues lo ha inscrito como frontispicio de sus horribles comentarios, ¡porque se llamaba Miguel! Observamos qué furor diabólico se ha apoderado de él, pues osó reclamar como suyo lo que aquí se dice de la ayuda singular que Cristo presta a su Iglesia. Era un hombre de los sentimientos más impuros, como ya hemos dado a conocer suficientemente. Pero esto fue una prueba de su impudencia y sacrílega locura: adornarse con este epíteto de Cristo sin sonrojarse, y elevarse a sí mismo al lugar de Cristo, ¡jactándose de ser Miguel, el guardián de la Iglesia y el poderoso príncipe del pueblo! Este hecho es bien conocido, pues tengo el libro a la mano por si alguien desconfiara de mi palabra.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios omnipotente, ya que estamos colocados en angustias semejantes a aquellas de las cuales quieres advertirnos por tu ángel, así como a tu antiguo pueblo, que tu luz resplandezca sobre nosotros por medio de tu Hijo unigénito. Que nos sintamos siempre seguros bajo su invencible poder. Que habitemos con seguridad bajo su sombra, y combatamos con ardor y denuedo hasta el fin contra Satanás y toda su impía banda. Y cuando toda nuestra milicia haya terminado, que lleguemos por fin a aquel bienaventurado reposo donde nos aguarda el fruto de nuestra victoria, en el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.
Lección sexagésima quinta.
El capítulo doce comenzó, como dijimos en la lección de ayer, con la predicción del ángel acerca del estado futuro de la Iglesia después de la manifestación de Cristo. Estaría sujeta a muchas miserias, y por eso este pasaje aliviaría el dolor de Daniel y de todos los piadosos, pues promete todavía seguridad a la Iglesia por medio de la ayuda de Dios. Daniel representó, pues, a Miguel como el guardián de la Iglesia, y Dios había encomendado este deber a Cristo, como aprendemos del capítulo 10 de Juan (Jn 10:28, 29). Como dijimos ayer, Miguel puede significar un ángel; pero abrazo la opinión de quienes lo refieren a la persona de Cristo, porque conviene mejor al asunto representarlo como puesto en pie en defensa de su pueblo elegido. Es llamado el gran príncipe, porque naturalmente oponía la fortaleza invicta de Dios a aquellos peligros a que el ángel representa sujeta a la Iglesia. Bien sabemos por cuán ligeras causas el terror se apodera a menudo de nuestro ánimo, y cuando comenzamos a temblar, nada puede calmar nuestro tumulto y agitación. El ángel, pues, al tratar de combates gravísimos y del inminente peligro de la Iglesia, llama a Miguel el gran príncipe. Como si hubiera dicho: Miguel sería el guardián y protector del pueblo elegido, ejercería un inmenso poder, y él solo, sin la menor duda, bastaría para su protección. Cristo confirma la misma afirmación, como acabamos de ver, en el capítulo 10 de Juan. Dice que todos sus elegidos le fueron dados por su Padre, y que ninguno de ellos perecería, porque su Padre era mayor que todos; nadie, dice, arrebatará mis ovejas de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos; es decir, Dios posee poder infinito, y lo despliega para la seguridad de aquellos a quienes escogió antes de la creación del mundo, y me lo ha encomendado, o lo ha depositado en mis manos. Percibimos ahora la razón de este epíteto, que designa a Miguel como el gran príncipe. Pues, a causa de la magnitud del combate, debemos gozar de la oferta de una fuerza insuperable que nos capacite para alcanzar tranquilidad en medio de las mayores conmociones. No era en modo alguno superfluo que el ángel predijera tan grandes calamidades como inminentes sobre la Iglesia, y en el día de hoy las mismas expresiones nos son utilísimas. Percibimos, pues, cómo los judíos imaginaban un estado de felicidad bajo Cristo, y el mismo error fue adoptado por los apóstoles, quienes, cuando Cristo discurría sobre la destrucción del templo y de la ciudad, pensaron que el fin del mundo estaba cerca, y esto lo vincularon con su propia gloria y triunfo (Mt 24:3). El profeta es instruido, pues, aquí por el ángel sobre cómo Dios dirigiría el curso de su Iglesia cuando les manifestara a su Hijo unigénito. Con todo, la severidad de la angustia aguardaba a todos los piadosos; como si hubiera dicho: Aún no ha llegado el tiempo de vuestro triunfo; debéis continuar vuestra milicia, que resultará laboriosa y agobiante. Aquí se compara la condición del nuevo pueblo con la del antiguo, que sufrió muchos peligros y aflicciones de parte de Dios. El ángel dice, pues, que aunque los fieles sufrieron muy severamente bajo la ley y los profetas, estaba cerca una época más opresiva, durante la cual Dios trataría a su Iglesia con mucho más rigor que antes, y la sometería a pruebas mucho más punzantes. Este es el sentido del pasaje: surgiría un tiempo lleno de aflicciones, cual las naciones nunca habían visto desde que empezaron a existir. Esto puede referirse a la creación del mundo, y si lo referimos al pueblo mismo, la exposición resultará correcta; pues aunque la Iglesia había sido en períodos anteriores desdichada, después de la aparición de Cristo sufriría muchas más calamidades que antes. Recordamos el lenguaje del salmista: Los impíos se han opuesto a mí a menudo desde mi juventud; han trazado el arado sobre mi espalda (Sal 129:1-3). A lo largo de todas las edades, pues, Dios sujetó a su Iglesia a verdaderos males y desastres. Pero aquí se instituye una comparación entre dos estados diferentes de la Iglesia, y el ángel muestra cómo después de la aparición de Cristo estaría lejos de la quietud y la felicidad. Como sería oprimida con aflicciones más pesadas, no es de sorprender que los padres quisieran que fuéramos hechos conformes a la imagen de su Hijo unigénito (Ro 8:29). Desde el tiempo de la resurrección de Cristo, aunque nos aguarde una milicia más agobiante, debemos soportarla con gran ecuanimidad, porque la gloria del cielo está puesta ante nuestros ojos mucho más claramente de lo que lo estuvo ante los de ellos.
Por fin añade: En aquel tiempo tu pueblo será preservado. Con esta expresión el ángel nos señala la gran importancia de la protección de Miguel: promete salvación cierta a su pueblo elegido, como si hubiera dicho que, aunque la Iglesia estuviera expuesta a los mayores peligros, con respecto a Dios mismo estaría siempre a salvo y victoriosa en todos los combates, porque Miguel sería superior a todo enemigo. El ángel, pues, al exhortar así a los fieles a llevar su cruz, muestra cuán libres deberían estar de toda duda en cuanto al desenlace, y la absoluta certeza de su victoria. Aunque a primera vista esta profecía podría inspirarnos temor y desaliento, este consuelo debería bastarnos: «Seremos vencedores en medio del fuego y de la espada, y en medio de muchas muertes estamos seguros de la vida». Como aquí se nos presenta perfecta seguridad, debemos sentirnos seguros y entrar con presteza en todo combate. Ciertamente estamos obligados a luchar, pero Cristo ha vencido por nosotros, como dice él mismo: «Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). Pero el ángel restringe, a modo de corrección, lo que había dicho en general. Muchos profesaban pertenecer al pueblo de Dios, y todo el que naturalmente procedía de la estirpe de Israel se jactaba de ser descendencia de simiente divina. Como todos querían pertenecer indistintamente al pueblo de Dios, el ángel restringe su expresión con una frase limitante: todo el pueblo, dice, que se halle escrito en el libro. Esta cláusula no significa todo Israel según «la carne» (Ro 9:6-8), sino aquellos a quienes Dios estima verdaderos israelitas conforme a la sola elección gratuita. Distingue aquí entre los hijos carnales y espirituales de Abraham, entre la Iglesia externa y aquella comunidad interna y verdadera que el Todopoderoso aprueba. ¿De qué depende, pues, la diferencia entre quienes se jactan de ser hijos de Abraham y son rechazados por Dios, y quienes son real y verdaderamente sus hijos? De la mera gracia y favor de Dios. Él declara su elección cuando regenera a sus elegidos por su Santo Espíritu, y así los marca con una señal cierta, mientras que ellos prueban la realidad de esta filiación por todo el curso de su vida y confirman su propia adopción. Entre tanto estamos obligados a ir de una vez a la fuente; solo Dios, por su elección gratuita, distingue la Iglesia externa, que no tiene sino el título, de la Iglesia verdadera, que nunca puede perecer ni caer. Observamos así en cuántos pasajes de la Escritura son rechazados los hipócritas en medio de su soberbia hinchada, pues nada tienen en común con los hijos de Dios sino los símbolos externos de la profesión.
Debemos notar esta restricción, que nos asegura de la total inutilidad de la pompa externa, y de la naturaleza infructuosa incluso de una alta posición en la Iglesia externa, a menos que estemos verdaderamente entre el pueblo de Dios. Esto se expresa plenamente en los Salmos 15 y 24, mientras que el Salmo 73 confirma los mismos sentimientos: ¡Cuán bueno es Dios para con Israel, especialmente para con los limpios de corazón! En estos pasajes de los Salmos la causa no se declara ser la elección secreta de Dios, sino el testimonio externo de la conducta; y esto, aunque inferior en grado, no es contrario a la causa primera que lo produce. Esto tiene su lugar propio, pero la elección de Dios es siempre superior. La palabra libro se refiere a aquel consejo eterno de Dios, por el cual nos eligió y nos adoptó como hijos antes de la fundación del mundo, como leemos en el capítulo primero de Efesios (Ef 1:4). En el mismo sentido Ezequiel arremete contra los falsos profetas que engañaban al pueblo de Israel (Ez 13:9). Mi mano, dice Dios, estará sobre aquellos profetas que engañan a mi pueblo: no estarán, por tanto, en la congregación secreta de mi pueblo, ni serán hallados en el registro de la casa de Israel. Aquí se usa la palabra que significa escribir: no serán escritos en el censo de la casa de Israel. La palabra libro se usa aquí en el mismo sentido, y sin embargo no necesitamos adoptar la grosera idea de que el Todopoderoso tenga necesidad de un libro. Su libro es aquel consejo eterno que nos predestina para sí y nos elige para la esperanza de la salvación eterna. Entendemos ahora el pleno sentido de esta instrucción, pues la Iglesia permanecerá en seguridad en medio de muchas muertes, y aun en el último extremo de la desesperación escapará por la misericordia y la ayuda de Dios. Debemos también recordar esta definición de una iglesia, porque muchos se jactan de ser hijos de Dios que le son completamente extraños. Esto nos lleva a considerar el tema de la elección, pues nuestra salvación fluye de esa fuente. Nuestro llamamiento, que es su testimonio externo de ella, sigue a aquella adopción gratuita que está oculta dentro de él mismo; y así Dios, cuando nos regenera por su Espíritu, imprime en nosotros sus marcas y señales, por las cuales puede reconocernos como sus verdaderos hijos. Sigue:
Daniel 12:2
2. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua.
2. Et multi ex dormientibus in terra pulvere, evigilabunt hi in vitam seculi, hoc est, perpetuo, hi vero in opprobium et in abominationem perpetuam.
Daniel 12:2
En cuanto a la traducción de las primeras palabras, es literalmente: muchos que duermen en la tierra de polvo, o que están en tierra y polvo; pues el genitivo se usa como epíteto, aunque puede leerse como en aposición con la palabra anterior, dormir, significando los que están reducidos a tierra y polvo.
El ángel parece señalar aquí una transición desde el comienzo de la predicación del evangelio hasta el día final de la resurrección, sin ocasión suficiente para ello. Pues ¿por qué pasa por alto el tiempo intermedio durante el cual muchos sucesos podrían ser materia de profecía? Une muy apta y propiamente estos dos temas, conectando la salvación de la Iglesia con la resurrección final y con la segunda venida de Cristo. Dondequiera que miremos a nuestro alrededor, nunca hallamos fuente alguna de salvación en la tierra. El ángel anuncia la salvación de todos los elegidos. Estos están miserablemente oprimidos por todos lados, y adondequiera que vuelven los ojos no perciben sino confusión. De ahí que la esperanza de la salvación prometida no pudiera ser concebida por el hombre antes de que los elegidos eleven su mente a la segunda venida de Cristo. Es como si el ángel hubiera dicho: Dios será el constante preservador de su Iglesia, aun hasta el fin; pero la manera en que la preservará no debe tomarse en sentido carnal, pues la Iglesia será como un cuerpo muerto hasta que resucite de nuevo. Percibimos aquí al ángel enseñando la misma verdad que Pablo entrega en otras palabras, a saber, que estamos muertos, y nuestra vida está escondida con Cristo; entonces será manifestada cuando él aparezca en los cielos (Col 3:3). Debemos sostener esto ante todo: Dios es suficientemente poderoso para defendernos, y no debemos vacilar en sentirnos seguros bajo su mano y protección. Entre tanto es necesario añadir este segundo punto: mientras fijemos los ojos solo en este presente estado de cosas y nos detengamos en lo que el mundo nos ofrece, seremos siempre como los muertos. ¿Y por qué? Nuestra vida debe estar escondida con Cristo en Dios. Nuestra salvación está segura, pero todavía la esperamos, como dice Pablo en otro pasaje (Ro 8:23, 24). Lo que se espera no se ve, dice. Esto nos muestra cuán completamente oportuna es la transición de esta doctrina acerca de los elegidos de Dios al último advenimiento de Cristo. Esto basta, pues, con respecto al contexto. La palabra muchos parece aquí claramente puesta por todos, y esto no debe considerarse en modo alguno absurdo, pues el ángel no usa la palabra en contraste con todos o pocos, sino solo con uno. Algunos de los judíos fuerzan esta expresión para significar la restauración de la Iglesia en este mundo bajo ellos mismos, lo cual es perfectamente frívolo. En este caso el lenguaje siguiente no sería correcto: Unos resucitarán para vida, y otros para vergüenza y confusión. De ahí que, si esto concerniera solo a la Iglesia de Dios, ciertamente nadie resucitaría para vergüenza y condenación. Esto muestra que el ángel trata de la última resurrección, que es común a todos y no admite excepciones. He explicado hace poco por qué nos llama la atención hacia el advenimiento de Cristo. Puesto que todas las cosas que vuelan en el mundo serán constantemente confusas, nuestra mente debe necesariamente elevarse hacia arriba y vencer lo que observamos con los ojos y comprendemos con los sentidos externos.
Los que duermen en la tierra y en el polvo; es decir, dondequiera que existan la tierra y el polvo, no obstante resucitarán, dando a entender la esperanza de una resurrección no fundada en causas naturales, sino dependiente del poder inestimable de Dios, que supera todos nuestros sentidos. De ahí que, aunque los elegidos así como los impíos serán reducidos a tierra y polvo, esto no formará en modo alguno obstáculo a que Dios los resucite de nuevo. Usa tierra y polvo. A mi juicio אדמת, admeth, «de la tierra», es el género, y עפר, gnepher, «polvo», es la especie, significando que, aunque no sean sino cadáveres pútridos, serán reducidos a polvo, que son partículas diminutas de tierra. Dios, pues, está dotado de poder suficiente para llamar a los muertos a novedad de vida. Este pasaje es digno de especial atención, porque los profetas no contienen testimonio más claro que este de la última resurrección, particularmente porque el ángel afirma distintamente la futura resurrección tanto de los justos como de los impíos. La eternidad se opone aquí a aquellas miserias temporales a que ahora estamos sujetos. Aquí podemos notar la admonición de Pablo, de que aquellas aflicciones momentáneas con que Dios nos prueba no pueden compararse con aquella gloria eterna que nunca cesará (Ro 8:18). Esta es, por tanto, la razón por la cual el ángel expresa tan claramente que la vida eterna aguarda a los elegidos, y la vergüenza y condenación eternas serán la suerte de los impíos. Después añade:
Daniel 12:3
3. Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad.
3. Et prudentes fulgebunt quasi fulgor expansionis, et qui justificant multos, sicut stellae in seculum et seculum, id est, in perpetuum.
Daniel 12:3
La palabra «prudentes» significa dotados de inteligencia. Algunos la toman en sentido transitivo, y en este pasaje su opinión es probablemente correcta, porque el oficio de justificar será asignado muy pronto a estos prudentes. Pero el sentido anterior se ajusta mejor al capítulo 11, y en el versículo 10 se usará de manera absoluta. Por tanto, significa los que están dotados de entendimiento. El ángel confirma aquí lo que he expresado hace poco acerca de la resurrección final, y muestra cómo disfrutaremos de sus frutos, porque la gloria eterna está reservada para nosotros en los cielos. No debemos quejarnos de ser tratados indignamente, siempre que nos parezca que sufrimos dureza de parte de Dios, porque debemos darnos por satisfechos con la gloria del cielo y con la existencia perpetua de aquella vida que se nos ha prometido. Dice, pues: los maestros, o los que sobresalen en entendimiento, resplandecerán como la luz del cielo. Si se prefiere la palabra «maestros», habrá una figura retórica, en que se pone la parte por el todo, y por eso sigo la explicación habitual. Aplica la frase «dotados de entendimiento» a los que no se apartan del conocimiento verdadero y puro de Dios, como se explicará más plenamente después. Pues el ángel contrasta a los profanos, que se enfurecen contra Dios con soberbia y desprecio, con los fieles, cuya sabiduría entera consiste en someterse a Dios y adorarle con el afecto más puro de su alma. Diremos más sobre este asunto mañana. Pero ahora dice que los que conservaron la piedad sincera serían semejantes a la luz del firmamento; es decir, que serán herederos del reino de los cielos, donde disfrutarán de aquella gloria que supera todo el esplendor del mundo. Sin duda, el ángel emplea aquí figuras para explicar lo incomprensible, dando a entender que no puede hallarse en el mundo nada que corresponda a la gloria del pueblo escogido.
Y los que justificarán a muchos serán como estrellas, dice. Repite lo mismo con otras palabras, y ahora habla de estrellas, habiendo usado antes la frase el resplandor del firmamento en el mismo sentido; y en lugar de «los que están dotados de entendimiento», dice los que habrán justificado. Sin duda, el ángel designa aquí especialmente a los maestros de la verdad, pero en mi opinión abarca también a todos los piadosos adoradores de Dios. Ninguno de los hijos de Dios debe limitar su atención a sí mismo en privado, sino que, en lo posible, cada uno debe interesarse por el bienestar de sus hermanos. Dios ha depositado en nosotros la enseñanza de su salvación, no para que la guardemos en privado para nosotros mismos, sino para que mostremos a todos los hombres el camino de la salvación. Este es, pues, el deber común de los hijos de Dios: promover la salvación de sus hermanos. Con esta palabra «justificar», el ángel no quiere decir que esté en poder de un hombre justificar a otro, sino que aquí se transfiere a sus ministros lo que es propio de Dios. Entretanto, somos justificados por toda enseñanza que pone la fe a nuestro alcance con tanta claridad como somos justificados por la fe que nace de esa enseñanza. ¿Por qué se atribuye siempre nuestra justificación a la fe? Porque nuestra fe nos dirige a Cristo, en quien está la perfección completa de la justificación, y así nuestra justificación puede atribuirse igualmente a la fe enseñada y a la doctrina que la enseña. Y los que nos presentan esta enseñanza son los ministros de nuestra justificación. La afirmación del ángel es, en otras palabras, esta: los hijos de Dios que, entregados por completo a Dios y gobernados por el espíritu de prudencia, muestran a otros el camino de la vida, no solo se salvarán ellos mismos, sino que poseerán una gloria sobresaliente, muy superior a todo lo que existe en este mundo. Esta es la explicación completa. De aquí concluimos que la naturaleza de la verdadera prudencia consiste en someternos a Dios con sencilla docilidad, y en mostrar además el cuidado de promover la salvación de nuestros hermanos. El efecto de este trabajo nuestro debe aumentar nuestro ánimo y presteza. Pues ¡cuán grande es el honor que nos concede nuestro Padre celestial al querer que seamos ministros de su justicia! Como dice Santiago: salvamos a los que están a punto de perecer si los volvemos al buen camino (Stg 5:19). Santiago nos llama salvadores, así como el ángel nos llama justificadores; ni el ángel ni el apóstol quieren restar nada a la gloria de Dios, sino que mediante estas formas de hablar el Espíritu nos presenta como ministros de justificación y de salvación, cuando unimos consigo mismos, con los mismos lazos, a todos los que necesitan nuestra ayuda y nuestros esfuerzos. Sigue después:
Daniel 12:4
4. Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin; muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia aumentará.
4. Et tu Daniel, claude, vel, obsera verba, sermones, et obsigna librum ad tempus finis; discurrent multi, et augebitur scientia.
Daniel 12:4
Ya hemos explicado que «el tiempo del fin» es un período fijado de antemano por Dios y establecido por su propio designio. La palabra siguiente se refiere a rastrear y correr de aquí para allá, pero no necesariamente en mal sentido, pues significa también investigar. Los intérpretes explican la intención del ángel como si muchos fueran indignos de recibir esta profecía de parte de Daniel; y por eso debía cerrarse y entregarse solo de manera enigmática a unos pocos, porque apenas uno entre cien prestaría atención a lo que él había entregado. Pienso que el Espíritu Santo tiene aquí una intención distinta. El consejo del ángel es este: no hay razón para que esta profecía cause desánimo o espanto porque pocos la reciban. Aunque fuera universalmente despreciada y ridiculizada, cierra, sin embargo, el libro como un tesoro precioso. Isaías tiene un pasaje casi semejante (Is 8:16): «Ata el testimonio, sella la ley entre mis discípulos». El ánimo de Isaías se quebrantaría al verse objeto de burla universal y los sagrados oráculos de Dios pisoteados; así podría perder todo el valor y rehusar el oficio de maestro. Pero Dios le ofrece consuelo: Cierra, dice, mi ley entre mis discípulos, y no hagas caso de esta chusma profana; aunque todos desprecien tu enseñanza, no creas que tu voz merece su burla; ciérrala, ciérrala entre mis discípulos, dice; por pocos que acepten tu enseñanza, que permanezca sagrada y guardada en el corazón de los piadosos. El profeta dice después: «He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová». Aquí se gloría de contentarse con poquísimos, y así triunfa sobre la multitud impía e insolente. Así, en el tiempo presente, en el papado y en todo el mundo, la impiedad prevalece tan extensamente que apenas hay un solo rincón en que la mayoría concuerde en la verdadera obediencia a Dios. Como Dios previó cuán poquísimos recibirían esta profecía con la reverencia debida, el ángel quiso animar al profeta, para que no se cansara ni estimara en poco esta profecía por no recibir el aplauso de todo el mundo.
Cierra el libro, pues; pero ¿qué implica la frase? No esconderlo de todos los hombres, sino dar satisfacción al profeta cuando veía que pocos recibían con reverencia la enseñanza tan claramente expuesta ante él por el ángel. Esto no es propiamente un mandato; el ángel simplemente dice a Daniel que oculte o selle este libro y estas palabras, ofreciéndole al mismo tiempo mucho consuelo. Si todos los hombres desprecian tu doctrina y rechazan lo que les presentas, si la mayoría pasa de largo con desdén, ciérralo y séllalo, no tratándolo como algo sin valor, sino conservándolo como un tesoro. Yo lo depositaré en el tiempo; guárdalo tú entre mis discípulos. Tú, Daniel; aquí se menciona el nombre del profeta. Si te crees solo, con todo, más adelante se te añadirán compañeros que tratarán esta profecía con verdadera piedad. Cierra, pues, y sella, hasta el tiempo del fin; porque Dios demostrará por el acontecimiento que no ha hablado en vano, y la experiencia mostrará que yo fui enviado por él, pues cada suceso ha sido predicho de antemano. Ahora sigue:
Muchos investigarán, y la ciencia aumentará. Algunos autores toman esta segunda cláusula en sentido contrario, como si muchos espíritus errantes anduvieran de aquí para allá con vagas especulaciones y se desviaran de la verdad. Pero esto es demasiado forzado. No dudo en suponer que el ángel promete la llegada de un tiempo en que Dios reuniría para sí a muchos discípulos, aunque al principio fueran poquísimos e insignificantes. Muchos, pues, investigarán; es decir, aunque quienes se jactan de ser pueblo de Dios sean sumamente descuidados y perezosos, con todo Dios reunirá para sí una gran multitud de otras partes. Pequeño e insignificante es, en verdad, el número aparente de los fieles que se interesan por la verdad de Dios y muestran algún afán de aprenderla, pero que esta escasez no te conmueva. Los hijos de Dios aumentarán pronto. Muchos investigarán, y la ciencia aumentará. Esta profecía no estará siempre sepultada en la oscuridad; el Señor hará al fin que muchos la abracen para su propia salvación. Este acontecimiento sucedió realmente. Antes de la venida de Cristo, esta doctrina no era estimada según su valor. Es notoria la extrema ignorancia y rudeza del pueblo, mientras su religión estaba casi arruinada, hasta que Dios aumentó después su Iglesia. Y en el tiempo presente cualquiera que considere con cuidado esta predicción experimentará su utilidad. Apenas puede expresarse plenamente con palabras; pues, si esta profecía no hubiera sido conservada y guardada como un tesoro inestimable, gran parte de nuestra fe habría desaparecido. Esta ayuda divina nos da fuerza y nos capacita para vencer todos los ataques del mundo y del diablo.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios todopoderoso, ya que hemos de librar batalla durante todo el curso de nuestra vida y nuestra fuerza puede fallar de diversas maneras, que seamos sostenidos por tu poder y así perseveremos hasta el fin. Que nunca nos cansemos, sino que aprendamos a vencer a todo el mundo y a esperar aquella feliz eternidad a la que nos invitas. Que nunca vacilemos mientras Cristo, tu Hijo, pelea por nosotros, en cuya mano y poder está puesta nuestra victoria, y que él nos admita siempre en alianza consigo en aquella conquista que ha obtenido para nosotros, hasta que por fin nos reúna en el último día para gozar de aquel triunfo en que él ha ido delante de nosotros. — Amén.
Lección sexagésima sexta.
Daniel 12:5-7
5. Entonces yo Daniel miré, y he aquí otros dos que estaban en pie, el uno a un lado del río, y el otro al otro lado del río.
5. Et aspexi ego Daniel, et ecce duo alii stantes, unus hac ad ripam fluminis, et unus, id est, alter, illac ad ripam fluminis.
6. Y uno dijo al varón vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río: ¿Cuándo será el fin de estas maravillas?
6. Et dixit ad virum qui indutus erat lineis, *vestibus subaudiendum est, *qui erat supra aquas fluminis, Quousque finis mirabilium?
7. Y oí al varón vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río, cuando alzó su diestra y su siniestra al cielo, y juró por el que vive eternamente que sería por un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo; y cuando se acabe la dispersión del poder del pueblo santo, todas estas cosas serán cumplidas.
7. Et audivi virum indutum lineis, qui erat supra aquas fluvii, et sustulit dextram suam, et sinistram suam versus coelos, et juravit per viventem in aeternum, quod ad tempus praefixum, tempora praefixa, et dimidium: et ut consumpserint, vel, compleverint, dispersionem, vel, contritionem, manus populi sancti, complebuntur omnia haec.
Daniel 12:5-6
Daniel relata aquí su visión de otros ángeles que estaban en pie en cada orilla del río. Alude al Tigris, que había mencionado antes, pues allí se le ofreció la visión. Dice: Uno preguntó al otro: ¿Cuándo será el fin? El que fue interrogado juró, con las manos alzadas al cielo, por el Dios viviente, que ninguna predicción era vana, pues la verdad se haría evidente en su propio período, y los hombres debían esperar el tiempo, los tiempos y la mitad de un tiempo. Este es el resumen del pasaje. Cuando dice que miró, recomienda a nuestra atención la certeza de la visión. Si no hubiera estado atento ni aplicado seriamente su mente a estos misterios, su narración no habría producido confianza. Pero como su ánimo estaba completamente sereno y deseaba recibir la instrucción que Dios transmitía por medio de su ángel, no puede arrojarse la menor duda sobre lo que tan fielmente nos entrega. Habla de los ángeles como si fueran hombres, por la razón ya indicada. No da a entender que fueran realmente hombres, sino que emplea esa expresión por su apariencia exterior, pues, como tenían rostro humano, se les llamaba hombres. No afirmo que sus cuerpos fueran meramente imaginarios, ni diré que Daniel vio solo formas especiales y figuras humanas, pues Dios pudo haber revestido a sus ángeles de cuerpos reales por el momento, y aun así no por eso se harían hombres. Porque Cristo tomó sobre sí nuestra carne y fue verdaderamente hombre, siendo Dios manifestado en carne (1 Ti 3:16). Pero esto no es verdad de los ángeles, que recibieron solo un cuerpo temporal mientras cumplían los deberes de su oficio. No hay duda de esta afirmación: el nombre de «hombres» no puede pertenecer propiamente a los ángeles, pero conviene muy bien a la forma o semejanza humana que a veces vistieron.
No nos sorprende que un ángel interrogue a otro. Cuando Pablo exalta el misterio del llamamiento de los gentiles, que había estado oculto a las edades anteriores, añade que fue objeto de asombro para los ángeles, pues nunca lo habían esperado y por tanto no les había sido revelado (Ef 3:10). Tan admirablemente obra Dios en su Iglesia que causa admiración entre los ángeles del cielo, dejándoles desconocidas muchas cosas, como Cristo testifica acerca del último día (Mt 24:36). Esta es la razón por la cual el ángel usa la interrogación: ¿Cuánto falta para el fin de estas maravillas? Sin duda Dios impulsó aquí al ángel a inquirir sobre un acontecimiento velado en la oscuridad, con el propósito de despertar nuestra atención. Absurdo sería, en verdad, que pasáramos por alto estas cosas sin atención cuando los mismos ángeles muestran tal ansiedad con sus preguntas, al percibir huellas del poder secreto de Dios. A menos que seamos notablemente torpes, esta duda del ángel debe estimularnos a mayor diligencia y atención. Esta es también la fuerza de la palabra פלאות phlaoth, «cosas maravillosas»; pues el ángel llama maravilloso todo lo que no entendía. Si se permite la comparación, ¡cuán grande sería nuestra ingratitud si no diéramos toda nuestra atención a la consideración de estos misterios que los ángeles se ven obligados a confesar que exceden su capacidad! El ángel, como asombrado, llama «maravillosas» a aquellas cosas que estaban ocultas no solo a la mente de los hombres, sino también a él mismo y a sus compañeros. Pero el otro responde; de donde se sigue cierta diferencia, aunque no perpetua, entre los ángeles. La filosofía de Dionisio no debe admitirse aquí, pues especula con demasiada sutileza, o más bien con demasiada profanidad, al tratar del orden de los ángeles. Yo solo afirmo que existe alguna diferencia, porque Dios asigna diversos deberes a ciertos ángeles, y reparte a cada uno cierta medida de gracia y de revelación, según su beneplácito. Sabemos que hay un solo maestro de los hombres y de los ángeles: el Hijo de Dios, que es su sabiduría y verdad eternas. Este pasaje puede referirse a Cristo, pero como no puedo hacer ninguna afirmación positiva, me contento con la simple declaración ya hecha. Dice que el vestido de este ángel eran vestiduras de lino, lo que implica esplendor. Las vestiduras de lino eran entonces de gran valor; por eso se aplica aquí a los ángeles un adorno y ornato, pues Dios los separa de la multitud común de los hombres. Así Daniel comprendería con más facilidad que estas personas no eran mortales nacidos de la tierra, sino ángeles revestidos por Dios, por breve tiempo, de forma humana.
Daniel 12:7
Dice: Este ángel alzó sus manos al cielo. Se equivocan los que consideran esta acción como símbolo de poder, pues sin duda el profeta quiso manifestar el modo habitual de jurar. Solían alzar la mano derecha, según el testimonio de numerosos pasajes de la Escritura: «He alzado mi mano a Jehová» (Gn 14:22). Aquí el ángel alza ambas manos, queriendo expresar con esta acción la importancia del asunto. Así, alzar ambas manos, como duplicando el juramento, es más fuerte que alzar la mano derecha de la manera ordinaria. Debemos considerar, pues, que el uso de ambas manos tenía por fin confirmar el juramento, pues el asunto era de gran importancia. Sigue: por un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo. He expuesto mi objeción a la opinión de quienes piensan que aquí se alude a un año, dos y medio. Confieso que el pasaje debe entenderse de aquella profanación del templo que el profeta ya ha tratado. La historia nos asegura claramente que el templo no fue purificado hasta el final del tercer año y siete u ocho meses después. Esa explicación puede convenir a su propio pasaje, pero con referencia a la doctrina que aquí se entrega, su sentido es muy sencillo: tiempo significa un período largo, tiempos, un período más largo, y la mitad significa el fin o período final. La suma del conjunto es esta: deben transcurrir muchos años antes de que Dios cumpla lo que su profeta había declarado. Tiempo, por tanto, significa un período largo; tiempos, el doble de este período; como si dijera: mientras los hijos de Dios son mantenidos tanto tiempo en suspenso sin obtener respuesta a sus peticiones, el tiempo se prolongará, y aun se duplicará. Vemos, pues, que un tiempo no significa precisamente un año, ni tiempos significan dos años, sino un período indefinido. En cuanto a la mitad de un tiempo, esto se añade para consuelo de los piadosos, a fin de que no sucumban ante la demora, porque Dios no cumple su deseo. Así descansan con paciencia hasta que pase este «tiempo» y también «los tiempos». Además, se les pone delante el desenlace con las palabras la mitad de un tiempo, para que no desesperen por excesivo cansancio. Admito la alusión a años, pero las palabras no han de entenderse literalmente sino metafóricamente, y significan, como ya he dicho, un período indefinido.
Añade después: Y en el cumplimiento o consumación de la dispersión o quebrantamiento de la mano del pueblo de Dios, todas estas cosas serán cumplidas: primero debe pasar el tiempo, luego deben añadirse los tiempos, después debe seguir la mitad de un tiempo; todas estas cosas deben llegar a su cumplimiento, y cuando se hayan cumplido por completo, dice, entonces vendrá el quebrantamiento de la mano del pueblo santo. El ángel proclama de nuevo cómo la Iglesia de Dios sería oprimida por muchas calamidades; y así todo este versículo contiene una exhortación a la perseverancia, para que los fieles no queden totalmente sin esperanza ni pierdan por completo el ánimo a causa de sufrir graves y multiplicadas angustias, no por unos pocos meses solamente, sino por largo tiempo. Usa esta frase, el desgaste de la mano del pueblo santo —si se quiere leer así—, de manera metafórica, para significar que el pueblo santo sería privado de fuerza, como si sus manos estuvieran completamente desgastadas. Toda la agilidad que poseen los hombres suele mostrarse en las manos, y Dios se las dio a los hombres con el propósito especial de que se extiendan a todas las partes del cuerpo y de que ejecuten las operaciones ordinarias de la humanidad. Esta metáfora es ahora muy apropiada, pues el pueblo estaba tan mutilado que se veía privado de toda fuerza y vigor. Este es un ligero bosquejo del sentido de la cláusula.
Si leemos «dispersión» según la significación común, convendrá muy bien, ya que la mano del pueblo santo sería dispersada; es decir, la Iglesia sería extranjera en el mundo y estaría dispersa por él. Esto se ha cumplido continuamente desde aquel día hasta el presente. ¡Cuán triste es la dispersión de la Iglesia en estos días! Dios, ciertamente, la defiende con su poder, pero esto es más allá de toda esperanza humana. Pues ¿cómo nos aparece ahora el cuerpo de la Iglesia? ¿Cómo ha aparecido a lo largo de todas las edades? Sin duda siempre ha sido despedazada y dispersada. Por tanto, la predicción del ángel no es vana si adoptamos la interpretación de que la mano del pueblo santo sería dispersada, pero que el fin sería, con todo, próspero, como había anunciado antes al tratar de su resurrección y salvación final. Sigue ahora:
Daniel 12:8
8. Y yo oí, mas no entendí; y dije: Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas?
8. Et ego audivi, et non intellexi: et dixi, Domine mi, quod postremum horum?
Daniel 12:8
Ahora Daniel comienza a hacer preguntas siguiendo el ejemplo del ángel. Primero había oído a un ángel preguntar al otro; luego cobra ánimo, se vuelve deseoso de información y pregunta cuál sería el fin o desenlace. Dice que oyó sin entender. Con la palabra «oír» da testimonio de que no hubo ignorancia, pereza ni desprecio. Muchos se marchan sin percibir nada de un asunto, aunque esté muy bien explicado, porque no le prestaron atención. Pero aquí el profeta afirma que oyó; con lo cual da a entender que no sería culpa de su diligencia si no entendía, porque deseaba aprender y había empleado todas sus fuerzas, como indicamos antes, y con todo confiesa que no entendió. Daniel no quiere profesar una estupidez total, sino que limita su ignorancia al tema de esta interrogación. ¿De qué era ignorante, pues, Daniel? Del desenlace final. No podía alcanzar el significado de estas predicciones, que eran sumamente oscuras, y esto era necesario para su plena y cabal comprensión. Es completamente claro que Dios nunca pronuncia su palabra sin esperar fruto; como se dice en Isaías: «No hablé en secreto, en un lugar oscuro de la tierra; no dije a la descendencia de Jacob: En vano me buscáis» (Is 45:19). Dios no quiso dejar a su profeta en esta perplejidad de oír sin entender, pero sabemos que hay grados distintos de aprovechamiento en la escuela de Dios. Además, es notorio que a los profetas se les confirió revelación suficiente para el desempeño de su oficio, y sin embargo ninguno de ellos entendió perfectamente las predicciones que entregaba. Sabemos también lo que dice Pedro: «No para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas» (1 P 1:12). De ningún modo fueron inútiles para su propia edad, pero cuando se compara nuestra edad con la de ellos, ciertamente la instrucción y disciplina de los profetas es más útil para nosotros y produce en nuestra época un fruto más rico y más maduro que en la suya. No nos sorprende, pues, que Daniel confiese que no entendió, mientras restrinjamos las palabras a este único caso. Sigue ahora:
Daniel 12:9
9. Y él dijo: Anda, Daniel, pues estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin.
9. Et dixit, Vade Daniel, quia clausi sunt, et obsignati sermones ad tempus finis.
Daniel 12:9
Aunque a Daniel no lo movió ninguna necia curiosidad a preguntar al ángel el desenlace de estos admirables acontecimientos, con todo no obtuvo lo que pedía. Dios quiso que algunas de sus predicciones fueran entendidas solo en parte, y que las demás permanecieran ocultas hasta que llegara el período pleno de la revelación completa. Esta es la razón por la que el ángel no respondió a Daniel. El deseo era, en verdad, piadoso y, como hemos dicho antes, no contenía nada ilícito; pero Dios, sabiendo lo que le convenía, no concedió su petición. El ángel lo despide porque las palabras estaban cerradas y selladas. El ángel usa esta expresión en un sentido diferente del anterior. Pues ordenó a Daniel que cerrara y sellara las palabras como tesoros preciosos, ya que serían tenidas en nada por muchos incrédulos y por casi todo el pueblo. Aquí, en cambio, dice que las palabras estaban cerradas y selladas, porque no había ocasión oportuna para revelarlas. Es como si dijera: nada ha sido predicho en vano ni a la ligera, pero todavía no se ha derramado sobre la predicción la plena claridad de la luz; por tanto, debemos esperar hasta que la verdad misma sea probada por el acontecimiento, y así se haga manifiesta la declaración divina del ángel. Este es el resumen. Dice luego: hasta el tiempo del fin. Alguien podría objetar: ¿con qué propósito se entregó, entonces, esta predicción? Pues el mismo Daniel, que fue instruido por el ángel, no podía comprender cabalmente su propio mensaje, y los demás fieles, aunque versados en estos estudios proféticos, se sentían aquí en un laberinto. La respuesta está a la mano: hasta el tiempo del fin; y debemos recordar también que ni Daniel ni los demás fieles quedaron privados de todo el provecho de esta profecía, pues Dios les explicó lo que bastaba para las necesidades de su propio tiempo. Debo pasar por alto ligeramente algunos puntos, con la intención de terminar hoy. Sigue:
Daniel 12:10
10. Muchos serán limpiados, y emblanquecidos y purificados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán.
10. Mundabuntur, et dealbabuntur, et fundentur multi, et impie se gerent impii: et non intelligent omnes impii, et prudentes intelligent.
Daniel 12:10
De nuevo el ángel menciona las persecuciones que estaban cerca, con el fin de armar a los fieles para los combates que se acercaban. Sabemos por otras fuentes cuán tiernos y débiles son naturalmente nuestros ánimos, pues apenas surge alguna causa de temor, antes de llegar a los golpes, caemos sin vida por el terror. Por tanto, siendo tan grande nuestra flaqueza natural, necesitamos de muchos estímulos para la paciencia, para que luchemos con empeño y nunca cedamos a ninguna tentación. Esta es la razón por la cual el ángel anuncia la necesidad de tan múltiples purificaciones: para limpiarlos, como el trigo de la paja; para emblanquecerlos, como el paño por el batanero; y para fundirlos, como el metal que ha de separarse de la escoria. En primer lugar, como he explicado antes, advierte a Daniel y a todos los piadosos sobre el estado futuro de la Iglesia, para llevarlos a prepararse y ceñirse para la batalla, y a reunir su fortaleza invicta, puesto que la condición de vida que se les propone es la de abrirse paso en medio de las tribulaciones. Este es un punto. Luego el ángel muestra la utilidad práctica de esta clase de vida, que de otro modo podría parecer demasiado amarga. Rehusamos naturalmente la cruz porque la sentimos contraria a nuestra inclinación, mientras que Dios muestra a los piadosos que nada puede serles más provechoso que una variedad de aflicciones. Este es un segundo punto. Pero las aflicciones por sí mismas podrían consumirnos, y por eso somos arrojados a un horno. Ahora bien, ¿podríamos esperar que estos sufrimientos promuevan nuestra salvación, si Dios no cambiara su naturaleza de algún modo admirable, siendo su tendencia natural efectuar nuestra destrucción? Pero mientras somos fundidos, emblanquecidos y limpiados, percibimos cómo Dios mira por nuestro bien al presionarnos con su cruz y hacernos someter a la adversidad. Ahora, en tercer lugar, el ángel muestra la insuficiencia de un solo acto de limpieza y nuestra necesidad de muchos más. Este es el objeto de esta acumulación de palabras: serán limpiados, y emblanquecidos, y fundidos, o derramados. Pudo haber abarcado toda la idea en una sola palabra; pero, como durante toda nuestra vida Dios no cesa de probarnos de diversas maneras, el ángel acumula estas tres palabras para mostrar a los fieles su necesidad de limpieza continua mientras estén revestidos de carne; así como las vestiduras de uso diario necesitan lavarse continuamente. Por muy blanco como la nieve que sea un manto, se ensucia en seguida cuando se usa aunque sea un solo día; requiere constante lavado para recobrar su pureza original. Así nos vemos en contacto con las contaminaciones del pecado; y mientras seamos peregrinos en este mundo, quedamos necesariamente sujetos a constante impureza. Y como los fieles están también infectados por el contagio de numerosas iniquidades, necesitan purificaciones diarias de diferentes maneras. Debemos, pues, observar diligentemente estos tres procesos distintos.
El ángel añade después: Los impíos obrarán impíamente, y no entenderán nada; pero los prudentes estarán siempre dotados de inteligencia. Aquí quiere fortalecer a los piadosos contra un tropiezo que hallan en su camino, cuando ven que los profanos despreciadores de Dios se regocijan por todas partes y desafían a Dios en su propia cara. Cuando los fieles ven el mundo tan lleno de impíos, que parecen entregarse tan libremente a la lujuria como si no hubiera Dios en el cielo, naturalmente quedan sujetos a grave tristeza y angustia. Para que esta prueba no agite sus ánimos, el ángel anuncia cómo los impíos se conducirían impíamente; lo cual significa: no hay razón para que tú, oh Daniel, ni los demás justos, dependan del ejemplo de otros; Satanás pondrá astutamente delante de ustedes todos los obstáculos que puedan arrastrarlos al desprecio de Dios y al abismo de la impiedad, a menos que sean notablemente cautelosos; pero que la conducta de los impíos no haga tropezar ni a ti ni a los demás piadosos. Como quiera que ellos se conduzcan, mantengan ustedes una firmeza invencible. Asigna luego una razón de su conducta: no entienden nada, están perfectamente cegados. Pero ¿cuál es el origen de esta ceguera? Que han sido entregados a una mente reprobada. Si alguien viera caer a un ciego y se arrojara tras él, ¿sería excusable? Ciertamente la ceguera de aquel fue la causa de que pereciera tan miserablemente, pero ¿por qué el otro se destruye voluntariamente? Siempre que vemos a los impíos precipitarse furiosamente a su destrucción, mientras Dios les advierte que su ceguera procede de Satanás y que han sido entregados a una mente reprobada, ¿no estamos doblemente locos si los seguimos voluntariamente? La causa, pues, de este proceder impío de parte de los malvados se añade con buena razón: a saber, que no entienden nada. Entretanto, los fieles son llamados al verdadero remedio, y el ángel agrega: Pero los prudentes entenderán, lo cual significa que no se dejarán enredar en los errores de aquellos a quienes ven completamente entregados a su propia destrucción. Por último, el ángel nos señala el verdadero remedio que impedirá que Satanás nos arrastre hacia la impiedad y que los impíos nos contagien con sus malos ejemplos: que nos apliquemos con empeño a la búsqueda de la doctrina celestial. Si, por tanto, deseamos de corazón ser enseñados por Dios y llegar a ser sus verdaderos discípulos, la instrucción que de él recibamos nos arrebatará de la destrucción. Este es el verdadero sentido del pasaje. Sigue después:
Daniel 12:11-12
11. Y desde el tiempo que fuere quitado el continuo sacrificio y fuere puesta la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días.
11. Et a tempore quo ablatum fuerit juge, nempe sacrificium, et posita fuerit abominatio obstupefaciens, erunt dies mille ducenti et nonaginta.
12. Bienaventurado el que espere, y llegue a los mil trescientos treinta y cinco días.
12. Beatus qui expectaverit, et attigerit usque ad dies mille trecentos et triginta quinque.
Daniel 12:11-12
A causa de la oscuridad de este pasaje, ha sido torcido de diversas maneras. Al final del capítulo 9 he mostrado la imposibilidad de que se refiera a la profanación del templo ocurrida bajo la tiranía de Antíoco; en esa ocasión el ángel da testimonio de una destrucción tan completa del templo que no dejaba lugar a la esperanza de su reparación y restauración. Luego las circunstancias del tiempo nos lo confirman. Pues entonces dijo: Cristo confirmará el pacto con muchos por una semana, y hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después se añadirá la abominación que causa estupor, y desolación o pasmo, y entonces la muerte destilará, dice, sobre el asolado o pasmado. El ángel trata allí, por tanto, de la devastación perpetua del templo. Así también en este pasaje, sin duda, trata del período posterior a la destrucción del templo; no podía haber esperanza de restauración, pues la ley con todas sus ceremonias llegaría entonces a su término. Con esta mira cita Cristo este pasaje en Mateo 24, al exhortar a sus oyentes a que lo atiendan diligentemente. El que lee, entienda, dice. Hemos dicho que esta profecía es oscura, y por eso requiere un grado nada ordinario de la más estrecha atención. En primer lugar, debemos sostener este punto: el tiempo que ahora trata el ángel comienza en la última destrucción del templo. Aquella devastación sucedió apenas comenzó a promulgarse el evangelio. Dios abandonó entonces su templo, porque solo había sido fundado por un tiempo y era apenas una sombra, hasta que los judíos violaron de tal modo todo el pacto que no quedó santidad alguna ni en el templo, ni en la nación, ni en la tierra misma. Algunos restringen esto a aquellas insignias que Tiberio erigió en la cumbre más alta del templo, y otros a la estatua de Calígula, pero ya he declarado mi parecer sobre estas opiniones por demasiado forzadas. No dudo en referir este lenguaje del ángel a aquella profanación del templo que ocurrió después de la manifestación de Cristo, cuando cesaron los sacrificios y fueron abolidas las sombras de la ley. Desde el tiempo, pues, en que realmente cesó de ofrecerse el sacrificio; esto se refiere al período en que Cristo, con su venida, abolió las sombras de la ley, haciendo así totalmente sin valor toda ofrenda de sacrificios a Dios. Desde ese tiempo, pues. Luego, desde el tiempo en que haya sido puesta la abominación que causa estupor. La ira de Dios siguió a la profanación del templo. Los judíos nunca esperaron el cese final de sus ceremonias, y siempre se jactaban de su culto externo peculiar, y si Dios no lo hubiera demostrado abiertamente ante sus ojos, nunca habrían renunciado a sus sacrificios y ritos como meras representaciones sombrías. Por eso Jerusalén y su templo quedaron expuestos a la venganza de los gentiles. Esto, pues, fue el establecimiento de esta abominación que causa estupor; fue un claro testimonio de la ira de Dios, que exhortaba a los judíos, en su confusión, a no jactarse más de su templo y de su santidad.
Por tanto, desde ese período habrá 1290 días. Estos días suman tres años y medio. No dudo en suponer que el ángel habla metafóricamente. Así como antes puso un año, o dos años, y medio año para una larga duración de tiempo y un feliz desenlace, así pone ahora 1290 días. ¿Y por qué razón? Para mostrarnos lo que debe suceder cuando nos oprimen las angustias y los problemas. Si un hombre cae enfermo, no dirá: Ya llevo aquí un mes, sino: Tengo un año por delante; no dirá: Ya llevo aquí tres días, sino: Ahora languidezco miserablemente por treinta o sesenta. El ángel, pues, pone a propósito días por años, dando a entender que, aunque ese tiempo parezca prolongado sin medida, y pueda asustarnos por su duración y postrar por completo el ánimo de los piadosos, con todo debe soportarse. El número de días es, pues, 1290, y sin embargo no hay razón para que los hijos de Dios desesperen a causa de este número, porque siempre deben volver a este principio: si esas aflicciones nos esperan por un tiempo y tiempos, la mitad de un tiempo seguirá después.
Luego añade: Bienaventurado el que haya esperado y soportado hasta los 1335 días. En cálculos numéricos no soy ningún prestidigitador, y los que exponen este pasaje con excesiva sutileza solo juegan en sus propias especulaciones y restan autoridad a la profecía. Algunos piensan que los días deben entenderse como años, y así hacen el número de años 2600. El tiempo que transcurrió desde esta profecía hasta la venida de Cristo fue de unos 600 años. Desde esta venida quedan 2000 años, y piensan que este es el período asignado hasta el fin del mundo, pues también la ley floreció unos 2000 años desde la fecha de su promulgación hasta su cumplimiento en la venida de Cristo. Por eso se fijan en este sentido. Pero se equivocan por completo al separar los 1290 días de los 1335, pues claramente se refieren al mismo período, con una pequeña excepción. Es como si el ángel hubiera dicho: aunque la mitad del tiempo se prorrogue, con todo los fieles deben persistir constantemente en la esperanza de liberación. Pues añade unos dos meses, o un mes y medio, poco más o menos. Con la mitad de un tiempo, dijimos, se señalaba el desenlace, como Cristo nos informa en Mateo 24:22. Si aquellos días no hubieran sido acortados, ninguna carne se salvaría. Aquí se hace clara referencia a esa abreviación del tiempo por causa de la Iglesia. Pero el ángel añade ahora cuarenta y cinco días, que hacen un mes y medio, dando a entender: Dios aplazará la liberación de su Iglesia más allá de seis meses, y con todo debemos ser fuertes y valientes, y perseverar en la vigilancia. Dios al fin no los defraudará: los socorrerá en todos sus males y los reunirá en su bendito reposo. Por eso, la cláusula siguiente de la profecía es esta:
Daniel 12:13
13. Pero tú, vé hasta el fin de los días, porque reposarás, y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días.
13. Et tu vade ad finem, et quiesces, et stabis in sorte tua ad finem dierum.
Daniel 12:13
Aquí el ángel repite lo que había dicho antes: aún no había llegado el tiempo pleno de la luz perfecta, porque Dios quiso mantener en suspenso el ánimo de su pueblo hasta la manifestación de Cristo. El ángel, por tanto, despide al profeta y, al mandarle que se vaya, dice: Conténtate con tu suerte, porque Dios quiere aplazar la manifestación completa de esta profecía para otro tiempo, que él mismo conoce como el oportuno. Añade después: Y entonces reposarás y te levantarás. Otros traducen: reposa y levántate; pero me parece que el ángel no manda ni ordena lo que quiere que se haga, sino que anuncia sucesos futuros, como si dijera: Reposarás, es decir, morirás, y entonces te levantarás; es decir, tu muerte no será destrucción completa. Pues Dios hará que te levantes en tu suerte con el resto de los escogidos; y esto, además, al fin de los días, en tu suerte; es decir, después de que Dios haya probado suficientemente la paciencia de su pueblo y, con largos y numerosos —más aún, infinitos— combates, haya humillado a su Iglesia y la haya purificado, hasta que llegue el fin. En ese período final te levantarás en tu propia suerte, aunque necesariamente debe intervenir un tiempo de reposo.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios todopoderoso, ya que no nos propones otro fin que el de una guerra constante durante toda nuestra vida, y nos sujetas a muchos cuidados hasta que lleguemos a la meta de esta carrera pasajera: concédenos, te rogamos, que nunca nos fatiguemos. Que estemos siempre armados y equipados para la batalla, y que, sean cuales sean las pruebas con que nos pruebes, nunca seamos hallados faltos. Que aspiremos siempre al cielo con alma recta, y procuremos con todos nuestros esfuerzos alcanzar aquel bendito reposo que nos está reservado en los cielos, en Jesucristo nuestro Señor. — Amén.
Alabado sea Dios.
Disertación 1.
LA VISIÓN DE LAS CUATRO BESTIAS
Daniel 7:1-3
Habiendo cerrado nuestro volumen anterior la parte histórica de las profecías de Daniel, nuestro segundo volumen se ocupa de los comentarios de Calvino sobre aquellas visiones proféticas que siempre han despertado el más profundo interés en la mente de los cristianos reflexivos. El intervalo de tiempo desde el primer versículo de este capítulo hasta el comienzo de Daniel 10 es de unos veintidós años. La visión de este capítulo es la única escrita en caldeo, y su semejanza con la del capítulo 2 puede explicar que se use el mismo idioma en ambas.
El método más apropiado para ilustrar estas Lecciones es citar los pareceres de varios eminentes reformadores y teólogos posteriores que han discutido con competencia el lenguaje del profeta, y compararlos luego con las soluciones propuestas por nuestro lector.
Daniel 7:4. — Se supone que el león con alas de águila guarda cierta semejanza con el Nisroc de cabeza de buitre, con el cual nos han familiarizado los recientes descubrimientos asirios. Vaux, en su «Nineveh and Persepolis», página 32, cita la pregunta de Beyer en sus notas a la obra de Selden De Diis Syriis, sobre si hay conexión entre esta célebre deidad asiria y la representación registrada en este versículo. Rosenmuller explica el arrancamiento de las alas como la privación de algún adorno, facultad o vigor innato, y cita a Cicerón, Ep. ad Att., lib. 4, ep. 2, en referencia a esta deplumatio. La última cláusula, «le fue dado corazón de hombre», es bien explicada por Jerónimo en relación con el regreso de Nabucodonosor a su reino tras su destierro y con su recuperación del corazón que había perdido. El frontispicio de la portada de «Nineveh and its Palaces», de Bonomi, es una representación muy exacta de este versículo. La obra contiene muchos excelentes grabados que explican el lenguaje simbólico de este profeta.
Daniel 7:5 — Teodoreto y Jerónimo interpretan el levantarse el oso de un lado como la invasión del imperio caldeo por el persa. Wintle piensa que lo que sobresalía de su boca eran «colmillos», pero Rosenmuller objeta esta suposición. Las notas de Wintle son en conjunto tan sumamente juiciosas que no dudamos en recomendar de nuevo al lector que las lea, pues en la mayoría de los casos confirman las interpretaciones adoptadas en estas Lecciones. Hipólito, citado por Ecolampadio in loc., explica las tres «costillas» como los tres pueblos: asirios, medos y babilonios. La opinión de nuestro Reformador, volumen 2, página 16, es sólida y satisfactoria.
Daniel 7:6. — «Cuatro alas en su espalda». Esta representación simbólica aparece en las esculturas de Nínive. Véase Bonomi, página 257, y en otros lugares.
Daniel 7:7. — La cuarta bestia de este versículo ha sido tratada tan habitualmente como el Imperio romano que basta citar las excepciones a esta opinión. Rosenmuller registra un intento de refutar esta interpretación por J. C. Becman, en una disertación sobre la cuarta monarquía, publicada en 1671 en Fráncfort del Oder, y da un ligero bosquejo de su argumento. El Dr. Todd, en sus hábiles «Lectures on Antichrist», ha empleado todos los argumentos posibles contra la aplicación de esto al Imperio romano, y su teoría ha sido expuesta con equidad y hábilmente combatida por Birks en sus «First Elements of Sacred Prophecy». Londres, 1843. Con referencia a esta cuarta bestia, el Dr. Todd cree que todavía es futura; y por eso sus exposiciones se clasifican con las de los futuristas. Nuestros lectores recordarán que, como expositor de la profecía, Calvino es preterista, y que su sistema general de interpretación está tan alejado de la teoría del día-año de Birks, Faber y otros como de las especulaciones futuristas de Maitland, Tyso y Todd. A pesar del desacuerdo entre estas Lecciones y los escritos de Birks, recomendamos encarecidamente su lectura a todo estudiante que quiera llegar a ser plenamente competente en las profecías de Daniel. El primer paso hacia el progreso es renunciar a todas nuestras nociones preconcebidas y prepararnos para la posibilidad de que se desvanezcan ante la fuerza de la razón santificada y de la verdad que todo lo penetra.
Los comentaristas judíos tienen especial cuidado en negar que este cuarto imperio se aplique a los romanos. Los rabinos Aben Ezra y Saadia lo interpretan del dominio turco y lo extienden a tiempos todavía presentes y aún futuros. Sostienen que el Hijo del hombre es el Mesías, quien en su opinión aún no ha llegado. Lacunza ha sugerido una interpretación diferente en La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, traducida por el reverendo E. Irving. 2 vols. 8vo. Londres, 1827. Parte 2, Fenómeno 1. La opinión de que el cuarto imperio es Alejandro y sus sucesores está contenida en la Dissert. ad Vaticin. Daniel emblem. de Venema. 4to. Leovard, 1745.
El rabino Sal. Jarchi entiende que las tres costillas de Daniel 7:5 son aquellas cosas de Persia: Ciro, Asuero y Darío, que destruyeron el templo. Piensa que los diez reyes son los emperadores de Roma desde Julio César hasta Vespasiano. La boca que hablaba arrogantemente de Daniel 7:8 la refiere a Tito, adoptando así la suposición de que el cuarto imperio es la Roma pagana.
Maldonado expone el pasaje de la Roma pagana, y siente que se enciende su ira contra aquellos «herejes y luteranos» que lo llevan hasta los tiempos papales, y se alegra de la oportunidad de citar a Calvino, «su maestro», contra «el absurdo» de sus discípulos. Véase Comment. in Dan., página 673. Pero el docto jesuita debió haber sabido que el célebre abad Joaquín, fundador de la orden florentina a fines del siglo XII, interpretó este imperio de la mística Babilonia y del Anticristo papal. No dudó en aplicar las fechas de esta profecía al período definido de tres años y medio, desde 1256 hasta 1260 d. C. Fue un audaz precursor de aquellos expositores modernos que sostienen exactamente la misma opinión que él acerca del papado. Véase British Mag., volumen 16, páginas 370 y siguientes; también páginas 494 y siguientes; y Liber de Flore Telesforo Cosentino. Fol. 29, a. apud Todd, página 460.
Disertación 2.
LOS DIEZ CUERNOS
Daniel 7:7
La controversia que ha surgido entre los comentaristas acerca de estos diez cuernos se refiere primero a la cuestión de si eran «reyes» o «reinos»; y luego, si «reyes», quiénes son, y si reinos, cuáles son. Se suele suponer que son los reinos en que se dividió el Imperio romano. Vitringa, en su Comentario sobre el Apocalipsis, página 788, los enumera según su propio método, y es tan grande la variedad en el cómputo de estos reinos que muchos escritores la han usado como objeción a que sean reinos. Agustín (De civit. Dei, lib. 20, c. 23) considera que el número «diez» es indefinido e incluye a todos los reyes del Imperio romano. Willet, in loc., ha reunido una variedad de interpretaciones de diferentes autores; mientras que Tyso da una tabla de veintinueve listas distintas, que muestra que se han sugerido sesenta y cinco reinos y personas diferentes. Elucidation of the Prophecies. 8vo, Londres, 1838, páginas 100-114.
Rosenmuller los trata como reyes. Para él, el cuarto imperio no es Roma, sino el de los Seléucidas y Lágidas. Con esta suposición se hallan fácilmente diez reyes entre los que reinaron tanto sobre Egipto como sobre Siria entre Alejandro y Antíoco Epífanes, quien según este plan es el cuerno pequeño. Simplemente declara su opinión sin apoyarla con argumentos. De ningún modo los requiere, pues la declaración misma es su mejor refutación. Esta opinión fue adoptada por Bertholdt y ha sido derribada por Hengstenberg con su acostumbrada erudición y habilidad. Véanse las páginas 164 y siguientes de la obra citada en el volumen 1. La determinación de algunos escritores alemanes de hacer de Antíoco Epífanes el cuerno pequeño los ha llevado a dividir así los cuatro imperios: el caldeo, el medo, el persa y el macedonio, este último incluyendo los diversos reinos que de él surgieron. Véase Eichorn Einl., 4to, Ausg., B. 4, página 48; también las obras de Jahn, Dereser, De Wette y Bleek, ap. Hew. páginas 161-169.
Alguna luz se arroja sobre este asunto en el Second Advent de Fry, volumen 2, página 16, edición de 1822, Londres. Traduce esta y otras visiones y profecías de Daniel con gran claridad, y las cien páginas que dedica a su explicación son muy dignas de leerse. Contienen muchas citas juiciosas de Sir Isaac Newton, Mede, Faber y los más celebrados expositores ingleses de la profecía. Como considera que la cuarta bestia es el Imperio romano y extiende su duración a lo largo de la historia moderna de Europa, adopta las opiniones del obispo Chandler y de Faber en cuanto a que los diez cuernos son diez reinos en que se dividió ese imperio tras la irrupción de los bárbaros. Las naciones del norte se repartieron entre sí el Imperio romano. Estas naciones invadieron el imperio y se establecieron dentro de él. Ahora bien, consta por la historia que hubo diez reinos principales en que se dividió el Imperio romano. Estos diez reinos primarios se enumeran luego según Maquiavelo; pero está fuera de nuestro campo proseguir más esta vertiente del tema; basta remitir a las traducciones de Fry de pasajes difíciles de este profeta, como claras, sólidas y juiciosas. El Editor considera su deber señalar las mejores opiniones y explicaciones dondequiera que las halle, y dirigir la atención del lector especialmente a las que ilustran el Comentario de nuestro Reformador.
Disertación 3.
EL CUERNO PEQUEÑO
Daniel 7:8
El expositor que más simpatiza con nuestro lector entre los escritores de nuestros días es el difunto profesor Lee, de Cambridge. En sus traducciones de las Escrituras hebreas no tiene rival; ningún erudito de nuestra época puede acercársele en la extensión de su saber ni en la solidez de su erudición. Su sistema expositivo de las profecías de Daniel y de san Juan encontrará en estos días la más vehemente condenación, y felizmente no corresponde al Editor de estas Lecciones expresar otra opinión que la de que arrojan luz sobre las opiniones de nuestro Reformador. Bastará por ahora remitir al lector a su valiosa obra titulada «An Inquiry into the Nature, Progress, and End of Prophecy», Cambridge, 1849. Discute el tema de nuestro segundo volumen desde la página 152 hasta la 230, y traduce el texto hebreo y caldeo de Daniel, añadiendo valiosas notas explicativas. Antes de que el estudiante sea competente para emitir una opinión sobre las conclusiones hermenéuticas del profesor, debe estar íntimamente familiarizado con sus elaboradas críticas verbales.
Sostiene que el cuarto reino es el romano, y especifica, en particular, «el Imperio romano inferior»; los diez cuernos son «una serie de reyes, cada uno de los cuales constituye un imperio universal por el momento». Se dice que el cuerno pequeño es «el último dominio del poder romano» (p. 165). Se niega toda referencia a Antíoco Epífanes; y el argumento concluye con la siguiente frase: «Por toda consideración, por tanto, es evidente que el cuerno pequeño de los capítulos séptimo y octavo de Daniel es idénticamente el mismo, y que este simbolizaba aquel sistema de dominio romano que arruinó a Jerusalén y luego hizo guerra contra los santos siervos y seguidores del Hijo del hombre; y en esto prosperó y obró, hasta que él a su vez cayó, como sus predecesores, para no levantarse jamás» (p. 168).
Esta visión ha sido ilustrada con competencia y plenitud por el profesor Bush de Nueva York, en «the Hierophant», 1844; y como la «exposición» del profesor americano es sumamente clara, plena e instructiva, se insertan aquí algunas citas de ella. «Nos proponemos, si es posible, determinar el verdadero carácter del juicio aquí descrito y, mediante una cuidadosa confrontación con otras Escrituras, determinar sus relaciones con la serie de acontecimientos conectados con la segunda venida de Cristo y sus grandes futuridades afines». «Este cuerno pequeño», afirma, «es sin duda el poder eclesiástico del papado», y «el juicio comienza un tiempo considerable antes de la transición de la bestia de su estado pagano a su estado cristiano»... «Este cuerno no surgió sino después de que el imperio recibió su herida mortal a manos de los godos». Esta divergencia con los sentimientos de nuestro Reformador nos obliga a evitar citar más extensamente el esquema de interpretación del profesor Bush. Está hábilmente planeado y cuidadosamente ejecutado. Supone que el cuerno pequeño prevalece contra los santos durante 1260 años; y añade: «nada es más notorio que el hecho de que el Imperio romano, después de subsistir no lejos del espacio de 1260 años desde su fundación, sucumbió a la espada de su invasor godo, y hacia el 476 d. C. quedó imperialmente extinguido, bajo su entonces cabeza». Esto forma otro período para la supuesta terminación de los 1260 años, muy diferente del que mantienen habitualmente los autores británicos. Se dice que se renovó de nuevo en tiempo de Carlomagno, y se cita en prueba de ello el testimonio de Sigonio, Hist. de Reg. Ital., libro 4, página 1.58. Véase Hierophant, página 156.
Disertación 4.
EL ANCIANO DE DÍAS — EL HIJO DEL HOMBRE
Daniel 7:9 y Daniel 7:13
Esta expresión es tratada en sentido activo por Wintle: «El que hace envejecer los días» y, en consecuencia, dispuesto a expirar o cesar. Supone que con este término se entiende a la Deidad, y nos remite, para una explicación de los atributos humanos asignados al Ser divino, a los Sermones del Dr. Sam. Clarke, volumen 1, Disertación 5. Grocio nos recuerda muy oportunamente que los antiguos tronos y sillas curules tenían ruedas; y Rosenmuller los trata como indicación de la velocidad con que Dios contempla y juzga todas las cosas. Algunos escritores judíos leen: los tronos fueron quitados; lo cual implica el derrocamiento de los dominios de este mundo y el establecimiento del del Mesías. Ambos rabinos, Leví y Saadías, aplican este pasaje a la futura prosperidad de Israel solamente.
Ecolampadio supone que aquí se significa a Cristo como el cordero inmolado desde el principio del mundo y, por tanto, «Anciano». Tras citar a Crisóstomo y a Basilio sobre la frase «los libros fueron abiertos», pregunta con agudeza: «Pero ¿qué necesidad hay de libros? La conciencia de cada hombre será su propio volumen abierto». El tono cristiano de los sentimientos de este comentarista hace sus escritos mucho más valiosos que la mayoría de los de su propia época y de las siguientes. Trata este capítulo con su habitual destreza y espiritualidad, difiriendo, sin embargo, en algunos puntos del tenor general de estas Lecciones. Enumera las cuatro visiones de estos últimos seis capítulos: la primera y la última, dice, se refieren a las persecuciones que surgirán bajo el Anticristo; la segunda, en Daniel 8, a la profanación del templo bajo Antíoco; y la tercera, en el capítulo noveno, a su devastación bajo Tito. No toma la palabra «reyes» simplemente por el monarca, sino que incluye bajo el término a sus consejeros, guerreros y ministros de estado. «Un rey» significa para él a los sucesores de un monarca tanto como a él mismo. Cita extensamente a Eusebio, Evan. Dem., libro 15, el conocido pasaje en que se registra esta visión con toda plenitud. Sus ilustraciones de las tres primeras bestias son juiciosas, y hemos expuesto antes (volumen 1, página 427) su opinión sobre el cuarto imperio como coincidente con la de Calvino. Refuta los comentarios de Policronio y de Aben Ezra, que aplican el cuarto reino a los sucesores de Alejandro; y objeta a Jerónimo, a Lactancio y a Ireneo, que tratan los diez reyes como diez monarquías surgidas de la Roma pagana. El número diez no se toma literalmente sino místicamente, como número perfecto, es decir, formado por la suma de uno, dos, tres y cuatro. Los diez cuernos, piensa, siguen a la cuarta bestia, existiendo durante su propia época y conduciendo directamente al Anticristo. Aprueba a Apolinar, que interpreta el versículo 8 del Anticristo, y explica luego, muy copiosamente, sus opiniones sobre dónde ha de hallársele. «Muy posiblemente», observa, «los Gregorios, los Alejandros y los Julios no desagradaron a Dios de manera tan notable mientras ocupaban la silla papal: solo Dios es su juez. Pero durante este reinado se cometen enormidades tan innumerables que son dignas del verdadero Anticristo, y así recaen sobre sus cabezas». Establece luego el paralelo entre Mahoma y el papado, y con gran exactitud y brío trata al falso profeta como el Anticristo del oriente, y al pontífice romano como su correspondiente en todo el occidente. Los «ojos de hombre» de Daniel 7:8 se explican de la apariencia amable y benigna de este personaje insinuante, mientras que las blasfemias de su boca se interpretan de las impías jactancias de Mahoma y del papa. El modo en que tanto Mahoma como el papado han «cambiado los tiempos» se discute ampliamente, y el lenguaje tanto de Daniel como de san Juan se aplica a la historia moderna de las religiones de la Media Luna y de la Cruz en toda Asia y Europa.
Al comentar Daniel 7:9, lo refiere al destino futuro del Anticristo y, comparando este pasaje con san Juan, expone su parecer sobre los tres años y medio, o cuarenta y dos meses, o media semana. Siete es un número perfecto que representa perpetuidad, y Dios, que está perpetuamente airado, se detiene a medio camino en su curso de castigo. Ecolampadio es severo con los quiliastas, semejantes a los futuristas de nuestros días, que esperan un Anticristo personal único aún por revelarse. Aunque los llama «semijudíos», su solución de este gran problema de la profecía puede resultar, a fin de cuentas, la correcta, y la cristiandad puede todavía en lo futuro reivindicar su sagacidad de largo alcance. El resto del capítulo está conectado con la segunda venida de Cristo para juzgar y con la victoria final de los santos cuando se recoja la cosecha del mundo y «los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre». La introducción del Anticristo y del papado junto con la impostura mahometana, existiendo como han existido durante muchos años desde el primer advenimiento y como se supone que lo harán hasta el segundo, da a los comentarios de Ecolampadio un tono muy diferente del de Calvino. Resulta sumamente instructivo compararlos y contrastarlos, pues así podemos sacar provecho de ambos y corregir nuestra propia presunción, si nos sentimos tentados a estimar a cualquiera de los dos como necesaria y exclusivamente perfecto.
Daniel 7:9. — «Los tronos fueron puestos» — Versión Autorizada. El profesor Bush concuerda con Calvino, volumen 2, página 32, en preferir fueron colocados, puestos o dispuestos, aduciendo como partidarios suyos a Jerónimo, Arias Montano, las versiones siríaca, árabe y ginebrina, además de las de Lutero y Diodati. «Los santos de quienes se dice después que poseyeron el reino formaban el cónclave celestial y se sentaban en los tronos circundantes». Prefiere el sentido «Permanente de días» o «Duradero de días» a la traducción común «Anciano de días». Cocceio favorece esta expresión, y también Michaelis, que asigna el sentido primario de durar y permanecer a la palabra hebrea. Véase también Job 31:7 e Isaías 33:18. La designación duradero de días lleva sin duda consigo un contraste latente con las muchas vicisitudes y la naturaleza transitoria de los tronos y reinos que aquí se esbozan como dominios antagonistas del de Dios eterno. Cita luego los comentarios de Calvino sobre este versículo como «singularmente apropiados y llamativos». Su vestidura (literalmente) era como la nieve blanca. El blanco resplandeciente de sus vestiduras inmaculadas indicaba la exquisita equidad, justicia e imparcialidad de sus juicios, mientras que los cabellos de su cabeza, más puros que la lana lavada de los vellones más finos, no indican nada de la debilidad de la extrema vejez, sino la gravedad considerada, la reflexión madura, la sabiduría cabal, la experiencia ilustrada, la autoridad venerable y la serena decisión que se asocian naturalmente con la «cabeza cana». Refiriéndose al trono de fuego y a las ruedas ardientes, añade: «Como todo el suntuoso aparato descrito por el profeta se refiere primariamente a un período anterior a los tiempos del Nuevo Testamento, cuando el reino de Dios no había obtenido aún aquella firmeza que se le atribuye en visiones posteriores, por eso su trono se representa con el acompañamiento de ruedas». La escena, afirma, «es un juicio que se produce en la tierra en la providencia de Dios, y no un juicio al fin del mundo, como a menudo entienden los lectores de la revelación»... «El escenario ha de considerarse ideal y no real. Es la sombra celestial de una realidad terrenal. Toda la escena, que se describe imparcialmente como transcurriendo en el cielo, tiene lugar realmente en la providencia de Dios en la tierra, de modo que estos jueces y coasesores son realmente hombres, que son hechos agentes para ejecutar los propósitos divinos relativos al derrocamiento del dominio anticristiano representado por la bestia y el cuerno pequeño». El profesor, aunque difiere de Calvino en algunos puntos, corrobora firmemente sus opiniones en otros. Las declaraciones de las páginas 26 y 28 de este volumen se amplían y refuerzan en varios pasajes del Hierophant. Por ejemplo, en la página 109: «Que la visión y la escena no se refieren a lo que suele llamarse “el juicio final”, que tendrá lugar en algún período futuro y simultáneamente con la resurrección final y la consumación de todas las cosas, es obvio por todo el tenor de la visión. El juicio es un juicio local, y su objeto no es toda la raza de los hombres, sino un poder particular, despótico, perseguidor, idólatra y blasfemo, que los consejos del cielo han condenado a la destrucción». Esto está enteramente de acuerdo con Faber. Véase Calvino sobre Prof., volumen 2, página 108.
Daniel 7:13 — El Hijo del hombre. Se admite habitualmente que es el Mesías. Hengstenberg hace observaciones sobre las razones de nuestro Señor para usar esta designación de sí mismo. Compara con acierto diversos pasajes del Evangelio de san Mateo con los de este capítulo, y muestra cómo se relacionan con la autenticidad de las profecías de Daniel.)
Ecolampadio refuta las nociones de los judíos que tratan la frase «el Hijo del hombre» como su propia nación. Argumenta contra el rabino Saadías y los quiliastas y, tras sostener plenamente la unión de las naturalezas divina y humana en Cristo, aprueba los instructivos comentarios de Crisóstomo y de Cirilo. Su venida al Anciano de días se explica por la afirmación de san Pablo: Entregará el reino a su Padre; y así la victoria de los santos viene a ser aquel triunfo final de la justicia que se exhibirá visiblemente en el segundo advenimiento del Redentor.
La posesión del reino por los santos del Altísimo (Daniel 7:22) fue interpretada por los primeros Padres de la expansión general del cristianismo después del primer advenimiento. El profesor Lee, al responder al Dr. Todd, ha reunido su testimonio sobre el reinado de Cristo y de sus santos, extendido a lo largo y a lo ancho en el período más temprano de la historia del evangelio. Su lista de autoridades respaldará el sistema de interpretación adoptado por Calvino.
Véase Tertuliano adv. Jud., página 105. Ed. 1580.
Ireneo. Edic. Grabe, páginas 45, 46, 221, etc.
Justino Mártir. Edic. Thirlby, páginas 369, 328, 400.
Cipriano adv. Jud., libro 2, passim, y De Unit. Eccl., página 108. Edic. Dodwell. Euseb. Hist. Eccl., libro 8, y en otros lugares. De Vit. Const., libro 1, capítulos 7, 8, y sus otros escritos.
Fabricii Lux. Sanct. Evan. contiene extractos semejantes de los primeros Padres con el mismo propósito.
Para la opinión propia del profesor, véase su Tratado sobre los pactos, página 112 y siguientes. Cuenta con el apoyo competente del profesor Bush, quien limita correctamente esta visión al primer establecimiento del reinado del Mesías y a la temprana predicación del evangelio. El profesor americano arroja gran luz sobre el pasaje mediante una crítica clara y comprensiva de las palabras hebreas. Sus observaciones sobre el Hijo del hombre que viene con las nubes del cielo son ingeniosas. No entiende la palabra «nubes» en su sentido ordinario, sino como denotando «una multitud de acompañantes celestiales». Cita 1 Tesalonicenses 4:17, de lo cual concluye que el sentido no es que seremos arrebatados en las nubes, sino en multitudes. Se dice que el hecho de que el Hijo del hombre sea llevado hasta el Anciano de días expone la investidura del Hijo del hombre con aquel señorío virreinal que, en la economía divina, ejerció sobre las naciones de la tierra y a través de la perpetuidad del tiempo. «La cuestión suprema que ha de resolverse es la de la verdadera época de esta ordenada asunción por el Mesías de la majestad del reino». Determina luego la cuestión exactamente como lo hace Calvino, diciendo: «Esto, pensamos, ha de situarse claramente en la ascensión del Salvador»... «Es en este pasaje de Daniel donde hallamos el germen de casi todos los anuncios del Nuevo Testamento relativos a la fundación de aquella monarquía espiritual»... «Concibiendo, pues, las nubes de la visión del profeta como realmente nubes de ángeles, estaremos mejor preparados para comprender el sentido de la narración del Nuevo Testamento, Hechos 1:9. Fue por esta nube de acompañantes celestiales como él fue llevado, en el lenguaje de Daniel, al Anciano de días, para recibir, por así decir, los sellos de aquel alto oficio que había de desempeñar como cabeza del imperio espiritual universal que iba a establecerse ahora». No hay, por tanto, concebimos, mayor error en cuanto a toda la razón de ser de esta profecía que entender el juicio y la venida del Hijo del hombre aquí mencionados como el juicio final y la venida final de Cristo, sincrónicos con una anticipada catástrofe física del globo.
El profesor Bush cita con aprobación a Calvino sobre Daniel 7:12 y añade la paráfrasis rabínica de Jaquiades en apoyo de sus conclusiones conjuntas. Vitringa, en sus Disertaciones sobre los emblemas de este profeta, página 504, extrae un sentido diferente. Hace idénticos la «vida» y el «dominio». Sir J. Newton sostiene que las tres bestias estaban, a los ojos de la profecía, todavía vivas en su día, y habían de buscarse allí donde existía su sede geográfica en el tiempo de su ascendencia. — Observ. on Daniel, página 31. Aunque el obispo Newton y otros concuerdan con él, no hay fundamento para esta ingeniosa conjetura. La opinión de Mede es todavía distinta, y Bush señala «una objeción seria y probablemente insuperable contra ella»; mientras que él mismo se desliza hacia los «despotismos principales del oriente, incluyendo quizá los de Rusia y Turquía», contrariamente a los sentimientos expresados en la página 26 de este volumen. Véanse las páginas 162, 163.
Ha surgido entre los comentaristas una cuestión importante sobre el significado de la palabra «reyes» en Daniel 7:17. ¿Se refiere a personas o a dinastías? El profesor Bush argumenta a favor de un sentido simbólico y cita a Teodoción, que la traduce «reinos». Se afirma luego que el término reino no ha de aplicarse a «una forma de gobierno puramente regia», sino a «cualquier forma de existencia nacional en que podamos reconocer un poder gobernante establecido». Havernick observa que «reyes» está aquí en concreto por dinastías o reinos, la representación de los reinos por los reinos mismos. La palabra «reinado» expresa esta idea de Havernick mejor que reino. Bush lo trata como una denominación potiore, que traduce con acierto «un título tomado de lo principal».
Daniel 7:18. — Los santos del Altísimo. Bush dice que esta frase indica a los judíos, «como formando una parte por lo menos de los santos que han de ser los poseedores del reino de que aquí se habla». Hay fuertes razones para creer que el pueblo santo que había de ser destruido y dispersado (Daniel 8:24 y Daniel 12:7) eran los judíos. El dolor de Daniel se debía, en gran medida, a la previsión de las crueles opresiones a que su propio pueblo sería sometido durante el dominio de la bestia y del cuerno pequeño». Se dice que la forma plural de la palabra, que Calvino conserva y advierte con exactitud, recuerda «aquel pueblo santo y consagrado que ha nacido de lo alto». Bush traduce sancti altissimorum, los santos de los Altísimos.
Disertación 5.
EL SIGNIFICADO PROFÉTICO DE «UN TIEMPO».
Daniel 7:25
Es importante determinar con exactitud el significado de esta frase y de otras semejantes. La palabra «tiempo» es, como observa Calvino, naturalmente indefinida, mientras que su uso en este profeta lleva a la conclusión de que significa «años». El pasaje de Daniel 4:16, «Siete tiempos», se entiende habitualmente como siete años, aunque nada puede apoyarse legítimamente en esta interpretación. La frase de este versículo se toma habitualmente como la mitad de siete tiempos, y se usa de nuevo en Daniel 12:7. Los otros pasajes que se refieren a períodos de tiempo se expresan con mayor precisión; por ejemplo, 2300 «tardes y mañanas», Daniel 8:14-26; las setenta semanas o sietes, Daniel 9:24; los 1290 «días», Daniel 12:11, y los 1335 días, Daniel 12:12. «Los términos en los cuatro primeros casos», dice Bickersteth en su Practical Guide to the Prophecies, edic. sexta, 1839, página 184, «son en sí mismos bastante ambiguos y generales. No hay nada que determine, respecto del número 2300 y de las setenta semanas, si se entienden años o días; pero la analogía nos llevaría a suponer que todos han de interpretarse según un principio común». Prosigue diciendo: «De Daniel 12:7 parece que el fin de los tres tiempos y medio está estrechamente conectado con la reunión de los judíos; y de Zacarías 1:18-21, que el poder de las cuatro monarquías gentiles queda entonces quebrantado; y esto confirma el significado extendido de ambos. Dios mira todo el curso de la historia de este mundo como solo unos pocos días. Daniel, cuando oyó el período de los tiempos y la mitad anunciado por el ángel, no entendió, y al preguntar recibió la respuesta: Las palabras están selladas hasta el tiempo del fin; y se da a entender que, aun cuando sean desselladas, solo los sabios entenderán. Aprendemos así que el significado encerrado en esta expresión fue ocultado a propósito por un tiempo, pero había de ser desplegado después a los sabios. La promesa no es de una nueva revelación, sino de una explicación de un período ya dado. Y parece haber habido un fin sabio en este velar el tiempo, pues habría sido desconcertante para la fe y mortal para las esperanzas de los israelitas que todo el intervalo hubiera sido declarado abierta y explícitamente», página 186. Este excelente hombre era partidario del sentido simbólico de las expresiones cronológicas; así, sobre los «siete tiempos», dice: «esto parece denotar claramente la estación durante la cual el dominio gentil de las cuatro monarquías sería corrupto y mundano, como se exhibe después en las cuatro bestias que suben del mar». Y también: «los siete tiempos» corresponderían entonces a «los tiempos de los gentiles» mencionados por nuestro Señor. Hace además las siguientes declaraciones: «El tiempo, los tiempos y la mitad de un tiempo, los cuarenta y dos meses y los 1260 días son el mismo intervalo; el tiempo, los tiempos y la mitad, de Daniel y del Apocalipsis, son el mismo período; un día profético es un año natural; los tres tiempos y medio son la mitad de siete tiempos, toda la estación del poder gentil, y lo mismo que los últimos tiempos de san Pablo. Un tiempo denota 360 años, y chronos equivale a kairos» (p. 365). Como estas afirmaciones no se hallan en ninguna parte de la Santa Escritura, Calvino ha manifestado su sabiduría al exponer el texto tal como lo encuentra y evitar todas las afirmaciones conjeturales. Sin embargo, como muestra de un esquema fundado en principios opuestos a los sostenidos en estas Lecciones, citaremos un último pasaje sobre este asunto, encabezado Tiempos particulares (p. 366): «El tiempo, los tiempos y la mitad, y los 1260 días del Apocalipsis son el mismo período. Los cuarenta y dos meses tienen una fecha algo posterior, como las dos fechas del cautiverio de setenta años»; (pero obsérvese el extracto anterior. — Ed.) «Los 1290 y 1335 días de Daniel comienzan ambos con los 1260 días del Apocalipsis, o tiempo, tiempos y mitad, de ambas profecías; los siete tiempos de los gentiles comienzan con la sujeción de Israel bajo Salmanasar; los tres tiempos y medio comienzan con el código eterno de Justiniano, 532-3 d. C.; los cuarenta y dos meses concluyen casi con los 1335 días; los cuarenta y dos meses comienzan en 604 d. C., o 607-8 d. C., con la reunión de los diez reinos, o el establecimiento público de la idolatría; los 1335 días terminan en 1867-8 d. C.». Los argumentos a favor de esta teoría, dirigidos principalmente contra los futuristas, se hallan en los «First Elements of Sacred Prophecy», desde el capítulo 12, página 308, hasta el final del volumen. Discusiones semejantes se contienen en «The Morning Watch», passim, especialmente una sobre «Los números sagrados», volumen 5, páginas 273-285, Londres, 1832. El lector curioso de tales cálculos numéricos hallará mucho de su gusto en los volúmenes de este periódico.
Brooks, en su útil compendio «Elements of Prophetical Interpretation», ha dedicado el capítulo 10 al «Tiempo expresado místicamente». Examina por extenso el argumento de Maitland, que defiende el sentido literal de días en «An Inquiry into the grounds on which the prophetic period of Daniel and St. John has been supposed to consist of 1260 years». Brooks aduce los razonamientos habituales con los que se supone derribado el sentido literal de la palabra «día», y combate a Maitland con mucho brío. Establece de manera bastante positiva que «el sentido literal de un tiempo es un año», y considera luego que la expresión de este versículo 25 «puede significar, místicamente, si se calcula por tiempo lunar, un período de 1260 años». Algunos, se añade, «han considerado que un tiempo significa místicamente un siglo de años». Vitringa declara que esta es la opinión de los valdenses, que esperaban un pronto término de sus persecuciones y estaban persuadidos de que el poder anticristiano que se les oponía solo podía durar 350 años. Bengel adopta en un momento, y rechaza en otro, la explicación día-año, y la modifica a su gusto en su «Introducción a la interpretación del Apocalipsis», traducida por Robertson, páginas 147, 212, 258. «Otro principio importante que ha de tenerse en cuenta es la gran probabilidad de que pueda haber un cumplimiento místico de algunas de las fechas y hechos conectados con las profecías cronológicas, y también un cumplimiento literal». Especulaciones de esta clase no están en modo alguno en el espíritu de los comentarios de Calvino; evita cuidadosamente expresiones como «días místicos», y con todo el lector hallará en este pequeño volumen muchos extractos de escritores de reputación que ilustran los rasgos prominentes de las profecías de Daniel.
El profesor Bush, en el Hierophant, página 180, comenta con gran habilidad crítica la palabra hebrea que significa «tiempo» en este versículo. La compara con la palabra זמן, zemen, correctamente traducida «sazón» en la versión autorizada. El sentido principal de esta palabra, afirma, «es el de una estación fija, prescrita, determinada», y en este aspecto difiere de la palabra más general tiempo, como el griego kairos, «sazón», difiere de chronos, tiempo. En cuanto a la otra palabra, עדן gneden, se usa en su mayor parte en un sentido más amplio y corresponde con más exactitud al hebreo עת Gneth, «tiempo». «Hallamos mención en el último capítulo de Daniel de otros dos períodos, uno de 1290, otro de 1335 años». Los números adicionales que expresan 30 y 45 períodos semejantes se llaman términos suplementarios. En la página 241 hay una hábil carta al profesor Stuart de Andover, E. U., sobre las designaciones de tiempo en la profecía. Este docto escritor es, como Calvino, preterista, y en consecuencia sus escritos sobre este asunto son una hábil elucidación de los principios de estas lecciones. Aprueba la afirmación de Davidson en su «Sacred Hermeneutics» de que los días son días y los años años. Así lo sostiene el autor con no poca destreza y fuerza de argumentación. El profesor Bush, por su parte, replica: «el gran principio al que ha de reducirse el uso de emplear un día por un año es el de la simbolización en miniatura». El argumento entre los dos teólogos americanos se prosigue luego por algún espacio; solo es necesario aquí remitirse a él, según el principio general que hemos adoptado al ilustrar estas lecciones, a saber, mostrar que la decisión de Calvino cuenta con muchos hábiles partidarios y expositores entre los autores británicos, continentales y americanos, así como con numerosos, fervientes y voluminosos opositores.
Disertación 6.
EL LUGAR DE LA VISIÓN.
Daniel 8:2
Han surgido diferencias en cuanto a la realidad del traslado de Daniel a Susa y a las orillas del Ulai o Coaspes. El Dr. Blayney piensa que Elam era una provincia de Babilonia que Daniel presidía realmente; pero en su sentido más amplio comprendía todo el país a ambos lados del Eulaeo, siendo un lado Elimaida y el otro Susiana. Véase Plinio, Nat. Hist., libro 6. «Susiana», dice Birks, «cerca del Tigris, era distinta de Persia propiamente dicha, y podía estar todavía bajo el poder de Belsasar».
En este octavo capítulo se reanuda la lengua hebrea, y se usa en todas las visiones siguientes. Esto se ha considerado emblemático del tema, que se relaciona principalmente con el estado futuro de Israel y de los reinos en relación política con él. Las visiones de este capítulo se refieren claramente a los imperios persa y griego. Estos están íntimamente conectados con aquellas persecuciones bajo las cuales los judíos gemían tan gravemente, por la profanación de su templo y la supresión de su sacrificio continuo. Estas aflicciones continúan por 2300 días hasta que el santuario es purificado. El lector hallará estos puntos ilustrados clara e históricamente en «las dos últimas visiones de Daniel» a que antes se ha hecho referencia: Daniel 1 y 2. La exposición del duque de Manchester es digna de atención. Compara y conecta las visiones y profecías de Daniel 8 y 9, y difiere de los esquemas habituales hasta ahora sometidos a nuestra atención. Véanse las páginas 392-397. «La visión abarca un período de tiempo que comienza después de la conquista de la India por Darío, hasta el último fin de la indignación, pues el carnero embestía hacia el occidente, el norte y el sur, pero no hacia el oriente».
Disertación 7.
EL CARNERO Y EL MACHO CABRÍO.
Capítulo 8:3
La exposición moderna más clara que conoce el Editor es la de Birks, y bastará para nuestro propósito hacer algunos extractos de su obra. «El carnero es e
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.