Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Daniel 9: comentario de Juan Calvino
Daniel 9:1
En este capítulo Daniel nos explicará dos cosas. Primero, con cuánto ardor acostumbraba orar cuando se acercaba el tiempo de la redención señalado por Jeremías; y luego relatará la respuesta que recibió de Dios a sus fervientes súplicas. Estas son las dos partes de este capítulo. Primero, Daniel nos informa cómo oró cuando entendió por los libros el número de los años. De donde deducimos que Dios no promete aquí a sus hijos bendiciones terrenales, sino la vida eterna, y que, mientras ellos se entorpecen y dejan de lado todo cuidado y preocupación espiritual, él los urge con más ahínco a la oración. Pues ¿de qué nos sirven las promesas de Dios si no las abrazamos por la fe? Pero la oración es el principal ejercicio de la fe. Esta observación de Daniel es digna de atención. Fue estimulado a orar porque conoció por los libros el número de los años. Pero dejaré el resto para mañana.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios omnipotente, ya que en estos días nos has llamado a una suerte semejante a la que antes experimentaron los padres bajo la Ley, y como tú los confirmaste en la paciencia, los armaste para la constancia en la lucha y los hiciste superiores en todos los conflictos con Satanás y el mundo, concédenos, te ruego, que nosotros hoy, a quienes quieres unir con ellos, progresemos en tu palabra. Que esperemos llevar la cruz durante toda nuestra vida. Que estemos preparados para el combate y prefiramos la miserable aflicción bajo el estandarte de la cruz a pasar una vida segura y regalada en nuestros propios placeres, y así vernos privados de aquella esperanza de victoria que tú nos has prometido, y cuyo fruto has guardado para nosotros en el cielo, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Lección cuadragésima cuarta.
Daniel 9:2
Comenzamos a decir ayer que los fieles no descansan en las promesas de Dios de tal modo que se entorpezcan y se vuelvan ociosos y perezosos por la certeza de su persuasión de que Dios cumplirá sus promesas, sino que más bien son estimulados a orar. Porque la verdadera prueba de la fe es la seguridad, cuando oramos, de que Dios cumplirá realmente lo que nos ha prometido. Daniel se nos presenta aquí como ejemplo de esto. Pues cuando entendió que el tiempo de la liberación estaba cerca, este conocimiento fue para él un estímulo para orar con más fervor que de costumbre. Queda claro, pues, como ya hemos visto, que el profeta era diligente y solícito en este particular. No se apartó de su hábito acostumbrado cuando vio el mayor riesgo de ser muerto; pues aunque el edicto del rey prohibía a todos orar a Dios, él seguía dirigiendo su rostro hacia Jerusalén. Este era el hábito diario del santo profeta. Pero percibiremos el carácter extraordinario de su oración presente cuando dice que oró en polvo y ceniza. De aquí se ve cómo la promesa de Dios lo estimuló a la súplica, y de ahí deducimos lo que he tocado hace poco: que la fe no es una especulación descuidada, satisfecha con asentir simplemente a Dios. Pues los necios parecen asentir por el oír externo, mientras que la verdadera fe es algo mucho más serio. Cuando abrazamos realmente la gracia de Dios que nos ofrece, él sale a nuestro encuentro y se nos adelanta con su bondad, y así nosotros a su tiempo respondemos a sus ofrecimientos y damos testimonio de nuestra expectación de sus promesas. Nada, pues, puede ser mejor para nosotros que pedir lo que él ha prometido. Así, en las oraciones de los santos se unen estos sentimientos, pues alegan las promesas de Dios en aquello que le piden. Y no podemos ejercer verdadera confianza en la oración sino apoyándonos firmemente en la palabra de Dios. Un ejemplo de esta clase se nos presenta aquí en el caso de Daniel. Cuando entendió que se acercaba el número de los años de que Dios había hablado por Jeremías, aplicó su mente a la súplica. Vale la pena notar lo que he mencionado: Daniel no trata aquí de sus oraciones diarias. Fácilmente podemos colegir, de toda su vida, cómo Daniel se había ejercitado en la oración antes de que Jeremías hablara de los setenta años. Porque sabía que el tiempo de la redención estaba cerca, fue entonces estimulado a más que sus súplicas habituales. Lo expresa diciendo: en ayuno, cilicio y ceniza. Pues los santos no solían echarse ceniza sobre la cabeza todos los días, ni apartarse para orar mediante el ayuno o vistiéndose de cilicio. Esta acción era rara, y solo se usaba cuando Dios daba alguna señal de su ira, o cuando concedía algún beneficio escaso y singular. La oración presente de Daniel no era conforme a su hábito usual, sino que, cuando se vistió de cilicio, se roció de ceniza y soportó el ayuno, se postró suplicante ante Dios. También rogó por perdón, como veremos después, y pidió el cumplimiento de lo que el Todopoderoso había prometido con seguridad.
De esto debemos aprender dos lecciones. Primero, debemos ejercitar perseverantemente nuestra fe mediante las oraciones; luego, cuando Dios nos promete algo notable y valioso, debemos entonces ser tanto más estimulados y sentir esta expectación como un aguijón más agudo. Con referencia al ayuno, al cilicio y a la ceniza, podemos observar brevemente cómo los santos padres bajo la ley solían añadir a sus oraciones ceremonias extraordinarias, especialmente cuando querían confesar sus pecados a Dios y arrojarse ante él como enteramente culpables y convictos, y como poniendo toda su esperanza en su súplica de misericordia. Y en el día de hoy los fieles tienen razón en añadir a sus oraciones ciertos ritos externos; aunque no puede ni debe establecerse de antemano ninguna necesidad en este caso. Sabemos también que los orientales son más devotos de las ceremonias que nosotros mismos. Y debe notarse esta diferencia entre el pueblo antiguo y la nueva Iglesia, ya que Cristo con su venida abolió muchas ceremonias. Pues los padres bajo la Ley eran, en este sentido, como niños, como dice Pablo. (Gá 4:3.) La disciplina que Dios había instituido antes implicaba el uso de más ceremonias de las que se practicaron después. Como hay esta importante diferencia entre nuestra posición y la de ellos, quien desee copiarlos en todas sus acciones sería más bien el mono que el imitador de la antigüedad. Entretanto, debemos notar que la realidad permanece para nosotros, aunque los ritos externos hayan sido abolidos. Existen, pues, dos clases de oración; una que debemos practicar diariamente, por la mañana, por la tarde y, si es posible, a cada momento; pues vemos cómo la constancia en la oración se nos recomienda en la Escritura. (Lc 18:1; Ro 12:12; 1 Ts 5:17.) La segunda clase se usa cuando Dios denuncia su ira contra nosotros, o tenemos necesidad de su ayuda especial, o le pedimos algo inusitado. Este era el método de orar de Daniel cuando se vistió de cilicio y se roció de ceniza. Pero como he tratado este asunto en otro lugar, uso ahora mayor brevedad.
Cuando Daniel percibió cercano el período de la liberación, no solo oró como de costumbre, sino que dejó todas sus otras ocupaciones con el fin de estar completamente sosegado y desocupado, y así aplicó su mente exclusivamente a la oración y se valió de otras ayudas para la devoción. Pues el cilicio y la ceniza valían mucho más que un mero testimonio externo; son ayudas para aumentar nuestro ardor en la oración, cuando alguien se siente perezoso y lánguido. Es verdad, ciertamente, que cuando los padres bajo la Ley oraban con cilicio y ceniza, esta apariencia era útil como señal externa de su profesión. Testificaba ante los hombres cómo comparecían ante Dios como suplicantes culpables y ponían toda su esperanza de salvación únicamente en el perdón. Sin embargo, esta conducta era útil de otro modo, pues los estimulaba más vivamente al deseo de orar. Y ambos puntos deben notarse en el caso de Daniel. Porque si el profeta tenía tanta necesidad de esta ayuda, ¿qué se dirá de nuestras necesidades? Todos deberían comprender cuán torpe y frío es cada uno en este deber. Nada más queda, pues, sino que cada uno se haga consciente de su flaqueza, reúna todas las ayudas que pueda disponer para corregir su pereza y así se estimule a sí mismo a ardor en la súplica. Pues cuando Daniel, según su costumbre diaria, oraba de tal modo que corría peligro de muerte por ello mismo, debemos colegir de esto cuán naturalmente solícito era en la oración a Dios. Era consciente de la falta de suficiencia en sí mismo, y por eso añade el uso del cilicio, la ceniza y el ayuno.
Paso por alto lo que podría tratarse más extensamente: cómo el ayuno se añade a menudo a las oraciones extraordinarias. Concluimos también que las obras por sí mismas no logran agradar al Todopoderoso, según las ficciones de los papistas de hoy y también las necias imaginaciones de muchos otros. Pues piensan que el ayuno es parte del culto a Dios, aunque la Escritura siempre nos lo recomienda para otro fin. Por sí mismo no tiene ninguna importancia, pero cuando se mezcla con oraciones, con exhortaciones a la penitencia y con la confesión de la pecaminosidad, entonces es aceptable, y no de otro modo. Así observamos que Daniel usó el ayuno correctamente, no queriendo aplacar a Dios con esta disciplina, sino hacerse más ferviente en sus oraciones.
Debemos notar luego otro punto. Aunque Daniel era intérprete de sueños, no se engreía con confianza ni orgullo hasta despreciar la enseñanza transmitida por otros profetas. Jeremías estaba entonces en Jerusalén cuando Daniel fue arrastrado al destierro, donde después desempeñó por largo tiempo el oficio de maestro, de modo que Babilonia vino a ser una especie de púlpito. Y Ezequiel lo nombra tercero entre los más excelentes siervos de Dios (Ez 14:14), porque la piedad, la integridad y la santidad de vida de Daniel eran ya entonces celebradas. En cuanto a Jeremías, sabemos que o acababa de morir en Egipto, o quizá todavía vivía, cuando se ofreció esta visión a Daniel, quien había leído sus profecías antes de esta ocasión. Observamos también la gran modestia de este santo varón, pues se ejercitaba en la lectura de los escritos de Jeremías y no se avergonzaba de confesar cuánto se aprovechaba de ellos. Porque sabía que este profeta había sido designado para instruirlo a él lo mismo que al resto de los fieles. Así se sometía de buen grado a la instrucción de Jeremías y se contaba entre sus discípulos. Y si no se hubiera dignado leer aquellas profecías, habría sido indigno de participar en la liberación prometida. Como era miembro de la Iglesia, debía ser discípulo de Jeremías, y de la misma manera Jeremías no habría puesto objeción a aprovechar a su vez, si alguna profecía de Daniel le hubiera sido presentada. Este espíritu de modestia debe florecer entre los siervos de Dios, aun cuando sobresalgan en el don de profecía, induciéndolos a aprender unos de otros, sin que nadie se eleve por encima del nivel común. Mientras somos maestros, debemos al mismo tiempo seguir siendo aprendices. Y Daniel nos enseña esto diciendo que entendió por los libros el número de los años, y que el número era conforme a la palabra de Jehová al profeta Jeremías. Muestra por qué se ejercitaba en los escritos de Jeremías: porque estaba persuadido de que Dios había hablado por su voz. Así no le causaba molestia leer lo que sabía que procedía de Dios.
Debemos ahora notar El Tiempo De Esta Profecía: el primer año de Darío. No me detendré en este punto aquí, porque preferiría discutir los años cuando lleguemos a la segunda parte del capítulo. Dije ayer que este capítulo abarcaba dos divisiones principales. Daniel registra primero su propia oración, y luego añade la predicción que le fue traída por mano del ángel. Hablaremos después de los setenta años, porque entonces la discusión será bastante larga. Tocaré ahora brevemente solo un punto: el tiempo de la redención estaba cercano, pues la monarquía babilónica fue cambiada y transferida a los medos y persas. Para hacer más notoria la redención de su pueblo, Dios quiso despertar a todo el Oriente después de que medos y persas vencieron a los babilonios. Ciro y Darío publicaron su edicto casi al mismo tiempo, por el cual se permitió a los judíos volver a su patria. En aquel año, pues, es decir, el año en que Darío comenzó a reinar. Aquí puede preguntarse: ¿Por qué nombra solo a Darío, cuando Ciro lo superaba con mucho en destreza militar, en prudencia y en otras dotes? La respuesta es fácil: Ciro partió de inmediato a otras expediciones, pues sabemos qué ambición insaciable se había apoderado de él. No era estimulado por la avaricia sino por una ambición insensata, y nunca podía descansar quieto en un lugar. Así, cuando hubo adquirido Babilonia y toda aquella monarquía, partió hacia el Asia Menor y se afligió casi hasta la muerte con inquietud continua. Algunos dicen que murió en batalla, mientras que Jenofonte describe su muerte como si estuviera recostado en su lecho y, a sus anchas, instruyera a sus hijos en lo que quería que se hiciera. Pero sea cual sea el relato verdadero, toda la historia da testimonio de su constante movimiento de un lugar a otro. De ahí que no nos sorprenda que el profeta hable aquí solo de Darío, que era de más edad y más lento en sus movimientos durante toda su vida. Está suficientemente comprobado que no era hombre aficionado a la guerra; Jenofonte lo llama Ciaxares y afirma que era hijo de Astiages. Sabemos, por otra parte, que Astiages era abuelo materno de Ciro; y así este Darío era tío además de suegro de Ciro, pues la madre de Ciro era hermana suya. Cuando el profeta llama a su padre Asuero, no debe causarnos ninguna dificultad, pues los nombres varían mucho cuando se comparan el griego y el hebreo. Sin la menor duda, Astiages se llamaba Asuero, o al menos uno era su nombre y el otro su sobrenombre. Toda duda se disipa con la expresión: Darío era de la descendencia de los medos. Distingue aquí entre medos y persas, porque los medos se habían apoderado de territorios ricos y espléndidos, que se extendían lejos por todos lados, mientras que los persas estaban encerrados dentro de sus propias montañas y eran más austeros en su manera de vivir. Pero el profeta afirma aquí de este Darío su origen medo, y añade otra circunstancia, a saber, que obtuvo el reino de los caldeos. Pues Ciro permitió que fuera llamado rey, no solo por su edad y por ser a la vez su tío y suegro, sino porque no quería intentar nada contra su autoridad. Sabía que no tenía heredero que pudiera en el futuro volverse molesto para él. Ciro, pues, cedió el título vacío a su suegro, mientras que todo el poder y la influencia permanecían completamente en sus propias manos.
Dice, pues: Cuando miré atentamente en los libros el número de los años para cumplir las desolaciones de Jerusalén, a saber, setenta años. Esta profecía se halla en el capítulo 25 de Jeremías (Jer 25), y se repite en el 29 (Jer 29). Dios fijó de antemano setenta años para el cautiverio de su pueblo, pues era una dura prueba ser echados de la tierra de Canaán, que les había sido concedida como herencia perpetua. Recordaban aquellas célebres sentencias:
«Este es para siempre el lugar de mi reposo», y «Poseeréis la tierra para siempre». (Sal 132:14.)
Daniel 9:3
Cuando fueron echados y dispersados por los diversos países de la tierra, parecía como si el pacto de Dios hubiera sido abolido, y como si ya no hubiera ventaja alguna en derivar su origen de aquellos santos padres a quienes se había prometido su tierra. Para salir al paso de estas tentaciones, Dios fijó de antemano un tiempo determinado para su destierro, y Daniel recurre ahora a esta predicción. Añade: Entonces volví mi rostro. Propiamente es אתנה, ath-neh, puse; pero como algunos intérpretes parecen recibir esta palabra de modo demasiado fantasioso, como si Daniel hubiera mirado entonces hacia el santuario, yo prefiero traducir: Levantó su rostro a Dios. Es muy cierto que, mientras el altar estaba en pie y el arca del pacto estaba en el santuario, el rostro de Dios estaba allí, y hacia él debían dirigir los fieles tanto sus votos como sus oraciones; pero ahora las circunstancias eran diferentes por haber sido derribado el templo. Hemos leído antes que Daniel oraba y volvía sus ojos en esa dirección, hacia Judea, pero su propósito no era un deseo de orar a la manera de sus padres. Pues entonces no existía ni santuario ni arca del pacto. (Dn 6:10.) Su propósito al volver el rostro hacia Jerusalén era mostrar abiertamente su profesión de morar con el pensamiento en aquella tierra que Dios había destinado para la raza de Abraham. Con aquel gesto y ceremonia externos el profeta reclamaba la posesión de la Tierra Santa, aunque todavía cautivo y desterrado. Con respecto al presente pasaje, lo entiendo simplemente como que levantó su rostro hacia Dios. Para buscar, dice, por súplica y oraciones. Algunos traducen: para buscar súplica y oración. Ambas cosas convienen igualmente al sentido, pero la primera versión es menos forzada, porque el profeta buscaba a Dios con súplicas y oraciones. Y esta forma de hablar es bastante común en la Escritura, pues se dice que buscamos a Dios cuando testificamos nuestra esperanza de que cumplirá lo que ha prometido. Sigue ahora:
Daniel 9:4
4. Y oré a Jehová mi Dios, e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos;
4. Rt oravi Jehovam Deum meum, et confessus sum, et dixi. Quaeso Domine Deus magne et terribilis, custodiens foedus et misericordam diligentibus ipsum, et custodientibus praecpeta ejus.
Daniel 9:4
Aquí Daniel relata la sustancia de su oración. Dice: Oró y confesó delante de Dios. La mayor parte de esta oración es una súplica para que Dios perdone a su pueblo. Siempre que pedimos perdón, el testimonio de arrepentimiento debe preceder a nuestra petición. Pues Dios anuncia que será propicio y fácil de rogar cuando los hombres se arrepienten seria y sinceramente. (Is 58:9.) Así, la confesión de culpa es un medio de obtener perdón; y por esta razón Daniel llena la mayor parte de su oración con la confesión de su pecaminosidad. Nos lo recuerda, no para jactarse, sino para instruirnos con su ejemplo a orar como debemos. Dice, pues, que oró e hizo confesión. La adición de «mi Dios» a la palabra Jehová no es en absoluto superflua. Oré, dice, a mi Dios. Muestra aquí que no pronunciaba sus oraciones temblando, como los hombres hacen con demasiada frecuencia, pues los incrédulos huyen a menudo a Dios, pero sin confianza alguna. Disputan consigo mismos si sus oraciones producirán algún fruto; Daniel, por tanto, nos muestra abierta y claramente dos cosas, puesto que oraba con fe y arrepentimiento. Con la palabra confesión da a entender su arrepentimiento, y al decir que oró a Dios expresa la fe y la ausencia de toda temeridad en malgastar sus oraciones, como hacen los incrédulos cuando oran a Dios confusamente, y están todo el tiempo distraídos por una variedad de pensamientos intrusos. Oré, dice, a mi Dios. Nadie puede usar este lenguaje sin una firme confianza en las promesas de Dios y sin dar por supuesto que se mostrará dispuesto a ser rogado. Añade ahora: Te ruego, Señor. La partícula אנא, ana, se traduce de varias maneras; pero propiamente es, en el lenguaje de los gramáticos, la partícula de súplica. Señor Dios, dice, grande y terrible. Daniel parece poner un obstáculo en su propio camino al usar este lenguaje; pues tal es la santidad de Dios que nos aleja a distancia apenas la concebimos en la mente: por lo cual este terror parece ser removido cuando buscamos un acercamiento familiar al Todopoderoso. Podría suponerse que este modo de orar no es en absoluto adecuado, pues Daniel pone ante sus ojos a Dios como grande y formidable. Parece algo así como asustarse a sí mismo; sin embargo, el profeta guarda debida moderación, mientras por un lado reconoce que Dios es grande y terrible y por otro admite que guarda su pacto con los que lo aman y obedecen sus estatutos. Veremos después que se añade un tercer punto: Dios recibirá a los ingratos y a todos los que se han apartado de su pacto. El profeta une estas dos cosas.
Con referencia a los epítetos grande y terrible, debemos sostener lo que ya he dicho, a saber, la imposibilidad de que oremos rectamente a menos que nos humillemos ante Dios; y esta humildad es una preparación para el arrepentimiento. Daniel, pues, pone ante sí la majestad de Dios para instarse a sí mismo y a otros a postrarse ante el Todopoderoso, a fin de que, conforme a su ejemplo, sientan realmente arrepentimiento delante de él. Dios, pues, dice, es grande y terrible. Nunca atribuiremos a Dios el honor debido a menos que nos abatamos, como muertos, delante de él. Y debemos notar esto con diligencia, porque con demasiada frecuencia somos descuidados en la oración a Dios y la tratamos como un mero asunto de observancia externa. Debemos saber cuán imposible es obtener algo de Dios si no comparecemos en su presencia con temor y temblor, y nos humillamos verdaderamente ante él. Este es el primer punto que debe notarse. Luego Daniel mitiga la aspereza de su afirmación añadiendo: que guarda su pacto y se compadece de los que lo aman. Aquí hay un cambio de persona: la tercera se sustituye por la segunda, pero no hay oscuridad en el sentido; como si hubiera dicho: Tú guardas tu pacto con los que te aman y observan tus estatutos. Aquí Daniel todavía no explica plenamente el asunto, pues esta declaración es demasiado débil para ganar la confianza del pueblo; ellos se habían rebelado pérfidamente contra Dios, y en lo que a él tocaba, su acuerdo había llegado a su fin. Pero Daniel desciende gradualmente y con pasos seguros para poner un fundamento que inspire al pueblo una confianza firme en la misericordia de Dios. Dos puntos se abarcan en esta cláusula: primero, nos muestra que no hay razón para que los judíos reclamen a Dios y se quejen de ser tratados por él con excesiva severidad. Daniel, pues, acalla toda expresión de rebeldía diciendo: Tú, oh Dios, guardas tu pacto. Debemos notar aquí la condición real del pueblo: los israelitas estaban en el destierro; sabemos cuán dura era aquella tiranía, cómo eran oprimidos con los más crueles oprobios e ignominias, y cuán brutalmente los trataban sus conquistadores. Esto podía impulsar a muchos a clamar, como sin duda realmente clamaban: «¿Qué quiere Dios de nosotros? ¿En qué somos mejores por haber sido escogidos como su pueblo peculiar? ¿De qué sirve nuestra adopción si seguimos siendo las más miserables de todas las naciones?». Así los judíos podían quejarse con el más amargo dolor y cansancio del peso del castigo que Dios les había infligido. Pero Daniel afirma aquí que se presentaba ante Dios no para criticar y murmurar, sino solo para suplicar su perdón. Por esta razón, pues, dice primero: Dios guarda su pacto con todos los que lo aman; pero al mismo tiempo pasa a rogar por perdón, como percibiremos después. Trataremos de este pacto y de la misericordia del Todopoderoso en la próxima lección.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios omnipotente, ya que en el presente nos castigas merecidamente por nuestros pecados, conforme al ejemplo de tu pueblo antiguo, que volvamos nuestro rostro a ti con verdadera penitencia y humildad. Que nos arrojemos suplicantes y postrados ante ti; y, desesperando de nosotros mismos, pongamos nuestra única esperanza en tu misericordia que nos has prometido. Que confiemos en aquella adopción que está fundada y sancionada en tu Hijo unigénito, y nunca vacilemos en acudir a ti como a un padre siempre que huyamos a ti. Entretanto, afecta tú de tal modo nuestras mentes que no solo oremos a ti por deber, sino que verdadera y seriamente nos refugiemos en ti, seamos tocados por el sentimiento de nuestros pecados y jamás dudemos de tu disposición propicia hacia nosotros, en el nombre de ese mismo tu Hijo, nuestro Señor. Amén.
Lección cuadragésima quinta.
En la última lección dijo Daniel que oró y confesó. Ahora, al narrar la forma de su oración, comienza por la confesión. Debemos notar esto para poder entender el alcance que Daniel tenía en mente, así como el objeto especial de su oración. Este es el comienzo que hace: el pueblo es culpable ante Dios y suplica perdón; pero antes de llegar a esta súplica, el profeta confiesa cómo el pueblo fue castigado muy severa y justamente por el Señor, pues había provocado su ira de manera tan grave y variada. Ante todo, llama a Dios terrible, pues he recitado y traducido sus palabras. Cuando el profeta desea atraer el favor de Dios hacia sí, comienza poniendo por delante su majestad. Con estas palabras se despierta a sí mismo y al resto de los fieles a la reverencia, instándolos a acercarse a la presencia de Dios con sumisión, a reconocerse del todo condenados y privados de toda esperanza excepto en la mera misericordia de Dios. Lo llama, pues, grande y terrible, a fin de humillar las mentes de todos los piadosos delante de Dios, para impedir que aspiren a exaltarse a sí mismos o se hinchen con alguna confianza propia. Porque, como hemos dicho en otro lugar, los epítetos de Dios son unas veces perpetuos y otras variables según las circunstancias del asunto que se trata. Dios puede siempre ser llamado grande y terrible; pero Daniel lo llama así aquí para despertarse a sí mismo y a todos los demás a la humildad y a la reverencia, como he observado antes. Luego añade: Es fiel en guardar su pacto y en mostrar misericordia hacia todos sus verdaderos adoradores. He mencionado un cambio de persona en esta cláusula, pero no oscurece el sentido ni lo hace de ningún modo dudoso. He explicado cómo estas palabras testifican también que no hay causa alguna para que el pueblo murmure o se queje de ser tratado con demasiada dureza. Pues una vez establecida la fidelidad de Dios a sus promesas, los hombres no tienen la menor razón para quejarse cuando los trata con menos clemencia o los frustra porque se los halla falaces y pérfidos; pues Dios permanece siempre fiel a sus palabras. (1 Co 1:9; 1 Co 10:13; 2 Ts 3:3.) En este sentido Daniel anuncia que Dios guarda su pacto con todos los que lo aman. Debemos notar luego cómo añade la palabra «misericordia» a «pacto». No pone estas dos palabras, ברית, berith, y חסד, chesed, como diferentes entre sí, sino que las une, y la frase debe entenderse por una figura de lenguaje común, dando a entender que Dios hizo un pacto gratuito que fluye de la fuente de su misericordia. ¿Qué es, pues, este acuerdo o pacto y misericordia de Dios? El pacto fluye de la misericordia de Dios; no brota ni de la dignidad ni de los méritos de los hombres; tiene su causa, estabilidad, efecto y cumplimiento solo en la gracia de Dios. Debemos notar esto, porque quienes no están bien versados en las Escrituras pueden preguntar por qué Daniel distingue la misericordia del pacto, como si existiera una estipulación mutua cuando Dios entra en pacto con el hombre, y así el pacto de Dios dependería simplemente de la obediencia del hombre. Esta cuestión se resuelve cuando entendemos la forma de expresión aquí usada, pues esta clase de frase es frecuente en las Escrituras. Porque siempre que se menciona el pacto de Dios, se añade también su clemencia, o bondad, o inclinación al amor. Daniel confiesa, por tanto, en primer lugar, la naturaleza gratuita del pacto de Dios con Israel, afirmando que no tiene otra causa ni origen que la gratuita bondad de Dios. Luego testifica de la fidelidad de Dios, pues nunca viola su acuerdo ni se aparta de él, como en muchos otros lugares la verdad y fidelidad de Dios se unen con su clemencia. (Sal 36:6, y en otros lugares.) Es necesario que nos apoyemos en la mera bondad de Dios, pues nuestra salvación descansa enteramente en él, y así le rendimos la gloria debida a su misericordia, y así nos es necesario, en segundo lugar, obtener una clara aprehensión de la clemencia de Dios. El lenguaje del profeta expresa ambos puntos, cuando muestra cómo el pacto de Dios depende de su gracia y fluye de ella, y también cuando añade la fidelidad del Todopoderoso en guardar su acuerdo.
Añade: Con los que te aman y guardan tus mandamientos. Debemos notar esto con diligencia, porque Daniel aleja aquí a todo el pueblo de la defensa que muchos podrían alegar; los hipócritas se enojan de buena gana con Dios; más aún, le reprochan audazmente que no los perdone ni los consienta. Daniel, pues, para frenar este orgullo y cortar todo pretexto de disputa por parte de los impíos, dice: Dios es fiel con todos los que lo aman. Nos advierte así: Dios nunca es severo sino cuando es provocado por los pecados de los hombres; como si hubiera dicho: El pacto de Dios es firme en sí mismo; cuando los hombres lo violan, no es de extrañar que Dios se retire de sus promesas y se aparte de su acuerdo al verse tratado con perfidia y desconfianza. El pueblo, pues, es aquí condenado oblicuamente, mientras Daniel testifica de la constancia de Dios en guardar sus promesas, si los hombres por su parte obran de buena fe con él. En suma, muestra cómo el pueblo se alborotaba cuando Dios alteró su curso habitual de trato bondadoso y benéfico, y puso en ejecución en su lugar su más severa venganza, cuando el pueblo fue expulsado de la tierra de Canaán, que era su herencia perpetua. Daniel explica aquí cómo toda culpa debe ser apartada de Dios, pues el pueblo se había rebelado contra él y con su perfidia había violado su pacto. Vemos, por tanto, cómo echa la culpa de todas sus calamidades sobre el pueblo mismo, y así absuelve a Dios de toda culpa y de todo reproche injusto. Además, el profeta muestra cómo el objeto especial del culto a Dios es inducirnos a amarlo. Pues muchos observan la ley de Dios a la manera de esclavos; pero debemos recordar este pasaje: Dios ama al dador alegre. (2 Co 9:7.) Cuando, pues, los hipócritas son arrastrados violentamente a la obediencia, el profeta distingue aquí entre los verdaderos adoradores de Dios y los que cumplen su deber solo de manera rutinaria y no de corazón. Afirma que el principio del culto a Dios es un amor diligente hacia él, y este sentimiento se encuentra con frecuencia en los escritos de Moisés. (Dt 10:12.) Debemos sostener, pues, la imposibilidad de agradar a Dios con la obediencia a menos que proceda de un afecto sincero y libre del ánimo. Esta es la primerísima regla en el culto de Dios. Debemos amarlo; debemos estar preparados para consagrarnos enteramente a la obediencia a él y al cumplimiento voluntario de todo lo que requiera de nosotros. Como se dice en los Salmos: «Tu ley es mi delicia» (Sal 119:24). Y de nuevo, en el mismo Salmo, David declara que la ley de Dios le es preciosa más que el oro y la plata, y aun agradable y dulce más que la miel. (Sal 119:72, 103.) A menos que amemos a Dios, no tenemos razón para concluir que él aprobará ninguna de nuestras acciones: todos nuestros deberes se corromperán ante él, a menos que procedan de la fuente de un afecto generoso hacia él. De ahí que el profeta añada: A los que guardan sus estatutos. La observancia externa jamás nos beneficiará si no la precede el amor de Dios. Pero debemos notar también esto a su vez: Dios no puede ser sinceramente amado por nosotros a menos que todos nuestros miembros externos acompañen este afecto del alma. Nuestras manos y todo lo que nos pertenece se mantendrán firmes en su deber, si este amor espontáneo florece dentro de nuestros corazones. Porque si alguien afirma mil veces que ama a Dios, todo se descubrirá vano y falaz a menos que toda la vida corresponda a ello. Nunca podemos separar el amor y la obediencia. Sigue ahora:
Daniel 9:5-7
5. Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos obrado impíamente, hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas.
5. Peccavimus, et inique egimus et imprope nos gessimus, et rebellavimus, et recessimus a praeceptis tuis, et judicii tuis.
6. No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres, y a todo el pueblo de la tierra.
6. Et non auscultavimus servis tuis prophetis, qui loquuti sunt in nomine tuo ad reges nostros, principes nostros, et partres nostros, et ad populum terrae.
7. Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en este día lo es de todo hombre de Judá, de los moradores de Jerusalén, y de todo Israel, de los de cerca y de los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti.
7. Tibi domine justitia, et nobis pudor vultus, scuti hodie viro Jehudah, et incolis Jerusalem, et toti Israeli, propinquis, et longinquis, in omnibus terris, quo expulsisti eos, ob transgressiones, quibus transgressi sunt contra te.
Daniel 9:5
Daniel continúa aquí su confesión de pecado. Como ya hemos dicho, debe comenzar aquí, porque debemos observar en general la imposibilidad de agradar a Dios con nuestras oraciones a menos que nos acerquemos a él como criminales y depositemos todas nuestras esperanzas en su misericordia. Pero había una razón especial para el carácter extraordinario de las oraciones del profeta y su uso del ayuno, el cilicio y la ceniza. Este era el método usual de confesión por el cual Daniel se unía al resto del pueblo, con el fin de testificar por todas las edades la justicia del juicio que Dios había ejercido al expulsar a los israelitas de la tierra prometida y desheredarlos por completo. Daniel, por tanto, insiste en este punto. Podemos notar aquí, en primer lugar, que las oraciones no están rectamente concebidas a menos que se funden en la fe y el arrepentimiento, y así, al no ser conforme a la ley, no pueden hallar ni gracia ni favor delante de Dios. Pero gran peso ha de darse a las frases en que Daniel usa más de una sola palabra al decir que el pueblo obró impíamente. Pone חטאנו, chetanu, hemos pecado, en primer lugar, pues la palabra no implica cualquier clase de falta, sino más bien un crimen u ofensa grave. Nosotros, pues, hemos pecado; luego hemos obrado inicuamente; después hemos obrado impíamente; pues רשע, reshegn, es más fuerte que חטא, cheta. Hemos obrado inicuamente, hemos sido rebeldes, dice, al transgredir tus estatutos y mandamientos. ¿De dónde esta abundancia de expresión, sino de que Daniel quería estimularse a sí mismo y a todo el pueblo a la penitencia? Porque, aunque somos fácilmente inducidos a confesarnos culpables ante Dios, apenas uno de cada cien es afectado por un remordimiento serio; y los que sobresalen entre los demás, y temen a Dios pura y reverentemente, son todavía muy torpes y fríos al enumerar sus pecados. Primero, reconocen apenas uno de cada cien; luego, de los que vienen a su mente, no estiman plenamente su tremenda culpa, sino que más bien atenúan su magnitud; y, aunque se perciben dignos de cien muertes, sin embargo no son tocados por su amargura, y temen humillarse como deben; más aún, apenas se desagradan de sí mismos y no aborrecen sus propias iniquidades. Daniel, pues, no acumula tantas palabras en vano, cuando quiere confesar sus propios pecados y los del pueblo. Aprendamos entonces cuán lejos estamos de la penitencia mientras solo reconocemos nuestra culpa de palabra; y percibamos luego la necesidad que tenemos de muchos incentivos que nos despierten de nuestra pereza; pues aunque alguien sienta grandes terrores y tiemble ante los juicios de Dios, todos esos sentimientos de pavor se desvanecen demasiado pronto. Se hace, pues, necesario fijar el temor de Dios en nuestros corazones con cierta violencia. Daniel nos lo muestra al usar la frase: El pueblo ha pecado; ha obrado injustamente; se ha conducido impíamente y se ha vuelto rebelde, y se ha apartado de los estatutos y mandamientos de Dios. Esta doctrina, por tanto, debe notarse con diligencia, porque, como he dicho, todos los hombres piensan haber cumplido su deber para con Dios si se profesan suavemente culpables ante él y reconocen su falta con una sola palabra. Pero como el arrepentimiento verdadero es algo sagrado, es un asunto de mucha mayor importancia que una ficción de esta clase. Aunque la multitud no percibe cómo solo se engaña a sí misma cuando confiesa una falta, entretanto no hacen sino jugar con Dios como niños, mientras unos dicen que no son sino hombres, y otros se amparan en la multitud de los ofensores. «¿Qué podía yo hacer? No soy sino un hombre; solo he seguido el ejemplo de los muchos». Por último, si examinamos cuidadosamente las confesiones de los hombres en general, hallaremos siempre alguna hipocresía latente, y que son poquísimos los que se postran ante Dios como deben. Debemos entender, por tanto, esta confesión de Daniel como un estímulo para sí mismo y para otros al temor de Dios, y como un gran énfasis sobre los pecados del pueblo, a fin de que cada uno sienta por sí mismo alarmas reales y serias.
Daniel 9:6
Luego muestra cuán impía, inicua y pérfidamente se habían rebelado los israelitas, y cómo se habían apartado de los estatutos y mandamientos de Dios. Daniel se extiende sobre la culpa del pueblo, pues no tenían pretexto de ignorancia después de haber sido instruidos en la ley de Dios. Eran como un hombre que tropieza en pleno día. Sin duda no tiene excusa el que levanta los ojos al cielo o los cierra mientras anda, o se lanza hacia adelante con impulso ciego, pues si cae no hallará a nadie que se compadezca de él. Así Daniel se extiende aquí sobre el crimen del pueblo, pues la ley de Dios era como una lámpara que señalaba el sendero tan claramente que eran voluntaria y aun maliciosamente ciegos. (Sal 119:105.) Si no hubieran cerrado los ojos, no podrían haber errado mientras Dios les señalaba fielmente el camino que debían seguir y en el que debían perseverar. Este es el primer punto. Pero debemos colegir otra doctrina de este pasaje, a saber, que no hay razón para que los hombres se aparten enteramente de Dios, aun cuando hayan transgredido sus mandamientos, porque, aunque se agraden a sí mismos y a otros, y piensen haber obtenido la buena opinión de todo el mundo, esto de nada servirá a los hombres si se apartan de los mandamientos y estatutos de Dios. Quien tiene, pues, la ley en sus manos y se desvía en cualquier dirección, aunque use la elocuencia de todos los retóricos, no hallará defensa alguna que le valga. Esta perfidia es ciertamente inexcusable: desobedecer al Todopoderoso apenas nos muestra lo que aprueba y lo que requiere. Luego, cuando prohíbe algo, si nos desviamos aunque sea un poco de su enseñanza, somos pérfidos e impíos, rebeldes y apóstatas. Por último, este pasaje prueba que no hay regla de vida santa, piadosa y sobria excepto el cumplimiento cabal de los mandamientos de Dios. Por esta razón pone estatutos y juicios, para mostrar que el pueblo no pecó por ignorancia. Podría haber concluido la frase en una palabra: nos hemos apartado de tus mandamientos; pero une el juicio a los mandamientos. ¿Y por qué? Para señalar cuán fácil, claro y suficientemente familiar era la institución de Dios, si los israelitas hubieran sido dóciles. Podemos notar aquí la frecuente repetición de esta reiteración. Los inexpertos piensan que estos sinónimos se amontonan sin objeto, cuando se usan estatutos, juicios, leyes y preceptos, pero el Espíritu Santo los usa para asegurarnos de que nada nos faltará si inquirimos de la boca de Dios. Él nos instruye perfectamente para regular todo el curso de nuestras vidas, y así nuestros errores se vuelven conscientes y voluntarios, cuando la ley de Dios se nos ha puesto claramente delante, la cual contiene en sí una regla perfecta de doctrina para nuestra guía.
Añade después: No hemos obedecido a tus siervos los profetas que han hablado en tu nombre. Debemos notar también esto con diligencia, porque los impíos a menudo dejan malvadamente de discernir la presencia de Dios, siempre que él no desciende abiertamente del cielo y les habla por ángeles; y así su impiedad aumenta a lo largo de todas las edades. Así, en estos días, muchos piensan haber escapado jactándose de la ausencia de toda revelación del cielo: todo el asunto, dicen, está lleno de controversia; el mundo entero está en confusión; y ¿qué pretenden los maestros de la Iglesia promoviendo tal contienda entre sí? Luego se jactan y piensan como les place, y están ciegos por su propia voluntad. Pero Daniel muestra aquí cómo ningún volverse a Dios es de la menor utilidad si no se le atiende cuando envía a sus profetas, porque todos los que desprecian a esos profetas que hablan en el nombre del Señor son pérfidos y apóstatas, impíos y rebeldes. Vemos, pues, la propiedad de este lenguaje de Daniel y la necesidad de esta explicación: El pueblo era impío, injusto, rebelde e inicuo, porque no obedeció a los profetas. No afirma que este carácter impío, inicuo, contumaz y pérfido del pueblo proceda de no escuchar a Dios tronando desde el cielo, o a sus ángeles cuando les eran enviados, sino de no haber obedecido a sus profetas. Además de esto, llama a los profetas siervos de Dios que hablan en su nombre. Distingue entre profetas verdaderos y falsos; pues sabemos cuántos impostores abusaban antiguamente de este título en la Iglesia antigua; como en estos días los perturbadores de nuestras iglesias pretenden falsamente el nombre de Dios, y con esta audacia muchos de los sencillos son engañados. Daniel, pues, distingue aquí entre los profetas verdaderos y falsos, que en todas partes se jactan de su elección divina al oficio de maestros. Habla aquí del efecto, tratando todas estas jactancias como vanas y necias, pues no ignoramos de qué manera todos los ministros de Satanás se transforman en ángeles de luz. (2 Co 11:14.) Así los malos como los buenos hablan en el nombre de Dios; es decir, los impíos no menos que los maestros justos ponen por delante el nombre de Dios; pero aquí, como hemos dicho, Daniel se refiere al efecto y a la cosa misma, como dice la frase. Así, cuando Cristo dice: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre» (Mt 18:20), esto no ha de aplicarse a engaños como los que se observan en el papado, cuando usan orgullosamente el nombre de Dios como aprobando ciertas asambleas suyas. No es cosa nueva, pues, que una Iglesia engañadora oculte su bajeza bajo esta máscara. Pero cuando Cristo dice: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre», se refiere a un afecto verdadero y sincero. Así también Daniel en este pasaje dice: Los verdaderos profetas hablan en el nombre de Dios; no solo porque se amparan bajo este nombre por causa de su autoridad, sino porque tienen pruebas sólidas del ejercicio de la autoridad de Dios y son realmente conscientes de su verdadera vocación.
Añade después: A nuestros reyes, nuestros príncipes, nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra. Aquí Daniel postra toda cosa elevada de este mundo con el fin de exaltar solo a Dios y para impedir que se levante algún orgullo en el mundo que oscurezca su gloria, como de otro modo haría. Aquí, pues, implica en la misma culpa a reyes, príncipes y padres; como si hubiera dicho: todos han de ser condenados sin excepción ante Dios. Esto, de nuevo, debe notarse con diligencia. Pues vemos cómo el pueblo común piensa que le está permitido todo lo que aprueban sus reyes y consejeros. Porque, en la opinión común de los hombres, ¿en qué descansa todo el fundamento del bien y del mal sino en la voluntad arbitraria y el capricho de los reyes? Todo lo que agrada a los reyes y a sus consejeros se estima lícito, sagrado y fuera de toda controversia; y así Dios es excluido de su supremo dominio. Como, pues, los hombres se envuelven así en nubes y de buena gana se meten en tinieblas e impiden su acercamiento a Dios, Daniel expresa aquí cuán inexcusables son todos los hombres que no obedecen a los profetas, aunque mil reyes se lo estorben y el esplendor del mundo entero los deslumbre. Con nubes como estas la majestad de Dios nunca puede ser oscurecida; más aún, esto no puede ofrecer el menor impedimento al dominio de Dios ni estorbar el curso de su doctrina. Estos puntos podrían tratarse más copiosamente: solo estoy explicando brevemente el sentido del profeta y la clase de fruto que debe recogerse de sus palabras. Finalmente, es un testimonio notable en favor de la doctrina del profeta cuando los reyes y sus consejeros son obligados a someterse, y toda la altivez del mundo es sujetada a los profetas, como dice Dios en Jeremías: «Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar». (Jer 1:10.) Allí Dios afirma la autoridad de su enseñanza y muestra su superioridad sobre todo lo que hay en el mundo; de modo que todos los que quieren verse libres de ella, como si estuvieran dotados de algún privilegio peculiar, son a la vez necios y ridículos. Esto, pues, debe notarse en las palabras del profeta, cuando dice: Dios habló por sus profetas a reyes, príncipes y padres. Respecto a los «padres», vemos cuán frívola es la excusa de quienes usan a sus padres como escudo para oponerse a Dios. Pues aquí Daniel une a padres e hijos en la misma culpa, y muestra cómo todos merecen igualmente condenación cuando no escuchan a los profetas de Dios, o más bien a Dios que habla por medio de sus profetas.
Daniel 9:7
Añade luego: Tuya, oh Señor, es la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en este día. El sentido es que la ira de Dios, que manifiesta hacia su pueblo, es justa, y nada queda sino que todo el pueblo caiga en confusión y reconozca sinceramente que está justamente condenado. Pero este contraste que une cláusulas opuestas debe notarse también, porque colegimos de las palabras del profeta que Dios no puede ser estimado justo ni su equidad ser suficientemente ilustre, sino cuando las bocas de los hombres están cerradas y todos están cubiertos y sepultados en ignominia, y se confiesan sujetos a justa acusación, como dice también Pablo: «Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso», y «para que toda boca se cierre» (Ro 3:4, 26); es decir, que los hombres dejen de cavilar y de buscar algún alivio a su culpa o sus subterfugios. Mientras, pues, los hombres están así abatidos y postrados, la verdadera gloria de Dios es ilustrada. El profeta enuncia ahora la misma enseñanza uniendo estas dos cláusulas de significado opuesto. La justicia es de ti, pero la vergüenza es nuestra. Así no podemos alabar a Dios, y sobre todo mientras nos castiga y nos pena por nuestros pecados, a menos que nos avergoncemos de nuestros pecados y nos sintamos destituidos de toda justicia. Por último, cuando sentimos y confesamos la equidad de nuestra condenación, y cuando esta vergüenza se apodera de nuestras mentes, entonces comenzamos a confesar la justicia de Dios; pues quien no puede soportar esta autocondenación, muestra su disposición a contender contra Dios. Aunque los hipócritas aparentemente dan testimonio de la justicia de Dios, sin embargo, siempre que reclaman algo como debido a su propio mérito, al mismo tiempo derogan a su juez, porque es claro que la justicia de Dios no puede resplandecer a menos que nos sepultemos en vergüenza y confusión. Como en este día, dice Daniel. Añade esto para confirmar su enseñanza; como si hubiera dicho: la impiedad del pueblo es suficientemente manifiesta por su castigo. Entretanto, mantiene el principio de que el pueblo fue justamente castigado; pues los hipócritas, cuando son obligados a reconocer el poder de Dios, siguen clamando contra su equidad. Daniel une ambos puntos: así, Dios ha afligido a su pueblo, y este mismo hecho prueba que son inicuos y pérfidos, impíos y rebeldes. Como en este día, es decir: no me quejaré de ningún rigor inmoderado, no diré que has tratado cruelmente a mi pueblo; pues aunque los castigos que nos has infligido son severos, tu justicia resplandece en ellos: confieso, por tanto, cuán plenamente los merecemos todos. Al hombre de Judá, dice. Aquí Daniel parece querer quitar a propósito la máscara a los israelitas, bajo la cual pensaban esconderse. Pues era un título honroso ser llamado judío, habitante de Jerusalén, israelita. Era una raza sagrada, y Jerusalén era una especie de santuario y reino de Dios. Pero ahora, dice, aunque hasta aquí hemos sido elevados tan alto que superábamos a todo el mundo, y aunque Dios se ha dignado concedernos tantos favores y beneficios, sin embargo la confusión de rostro está sobre nosotros: sea justo nuestro Dios. Entretanto, cesen todas estas jactancias vacías, como la de derivar nuestro origen de padres santos y habitar en una tierra sagrada; no nos aferremos más a estas cosas, dice, porque de nada nos servirán ante Dios. Pero veo que ya soy demasiado prolijo.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios omnipotente, ya que ningún otro camino de acceso a ti está abierto para nosotros sino por la humildad sin fingimiento, que aprendamos a menudo a abatirnos con sentimientos de verdadero arrepentimiento. Que nos desagrademos de tal modo de nosotros mismos que no nos contentemos con una sola confesión de nuestras iniquidades; sino que continuemos en el mismo estado de meditación y seamos más y más penetrados de un dolor verdadero. Entonces huyamos a tu misericordia, postrémonos ante ti en silencio y no reconozcamos otra esperanza sino tu misericordia y la intercesión de tu Hijo unigénito. Que seamos de tal modo reconciliados contigo que no solo seamos absueltos de nuestros pecados, sino también gobernados durante todo el curso de nuestra vida por tu Espíritu Santo, hasta que por fin disfrutemos la victoria en toda clase de combate y lleguemos a aquel dichoso reposo que nos has preparado por el mismo Señor nuestro Jesucristo. Amén.
Lección cuadragésima sexta
Daniel 9:8
8. Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres, porque contra ti pecamos.
8. Jehovah, nobis pudor faciei, regibus nostris, principibus nostris, et patribus nostris, quia peccavinus in te.
Daniel 9:8
En este versículo Daniel completa su propia confesión. Hemos dicho que el comienzo de su oración fue este: se postró ante Dios como un criminal, con todo el pueblo, y rogó con ahínco por el perdón. Era su deber comenzar así: antes había nombrado a todo el pueblo; ahora habla de reyes, príncipes y padres, y así comprende también al pueblo común. Además, los reyes suelen eximirse a sí mismos, y a quienes se acercan a su presencia, de todas las leyes ordinarias; por eso Daniel emplea la expresión reyes, príncipes y padres. Mientras trataba del pueblo, mostró que tanto los que estaban lejos como los que estaban en casa se hallaban igualmente sujetos a la ira de Dios, porque, si Dios hubiera ejecutado su venganza con equidad sobre todos, nadie estaba tan libre de maldad como para quedar libre de castigo. Dios no había expulsado a todos los judíos a Caldea o a Asiria, y muchos habían permanecido en las naciones vecinas. Sin embargo, Daniel no les concede ninguna disminución de su culpa, aunque Dios los hubiera tratado con más humanidad, perdonándoles una parte de su sufrimiento. Este pasaje nos enseña que los crímenes o la culpabilidad de los hombres no siempre han de medirse por la magnitud de su castigo. Pues Dios obra con mucha suavidad con algunos que merecerían una severidad aún mayor; y si no nos perdona por completo, nos remite en parte su rigor, ya sea para atraernos al arrepentimiento, ya por algunas razones que hasta ahora ignoramos. Sea cual sea la razón, aunque Dios no nos castigue abiertamente a todos, esto no debe llevarnos a excusarnos, ni a alimentar la complacencia, porque no experimentemos de parte de Dios la misma severidad. La conclusión que debe sacarse es esta: todos los israelitas son afligidos con justicia, porque, de principio a fin, todos se han conducido impíamente. Pues Daniel repite la palabra que no significa meramente apartarse, sino obrar con grosera maldad; como si dijera: los israelitas no merecían un castigo común, y por tanto no debe sorprendernos que Dios ejecute contra ellos una venganza tan terrible. Sigue: —
Daniel 9:9
9. Del Señor nuestro Dios son las misericordias y los perdones, aunque nos hemos rebelado contra él;
9. Domino Deo nostro miserationes, et veniae, quamvis rebelles fuerimus in ipsum.
Daniel 9:9
Daniel se refugia aquí en la misericordia de Dios como en un asilo sagrado; pues no basta reconocer y confesar nuestros pecados, si no nos sostiene la confianza de obtener el perdón de la misericordia de Dios. Vemos a muchos que usan gran prolijidad para dar testimonio de la verdad de que merecen con creces toda clase de castigos; pero de esto no resulta ningún bien, porque la desesperación los abruma y los hunde en un abismo. El reconocimiento de la falta no tiene en verdad el menor provecho, a menos que se le añada la esperanza del perdón. Daniel, pues, después de confesar con franqueza que el trato que todo el pueblo había recibido de Dios era merecido, aunque tan severo y duro, aun así se acoge a su compasión. Según el dicho común, es como el que se ahoga y se agarra a una paja. Observamos también que David se vale del mismo principio: «Pero en ti hay perdón, para que seas temido» (Sal 130:4). Y esta moderación debe notarse con diligencia, porque Satanás, o bien nos adormece en una seguridad aletargada, o bien nos agita de tal modo que nuestras mentes quedan por completo absorbidas por la tristeza. Estas dos artimañas de Satanás nos son suficientemente conocidas. Por eso debe mantenerse esa moderación que he mencionado, no sea que nos aletarguemos en medio de nuestros vicios, y nos entreguemos de tal modo al desprecio de Dios que lleguemos a olvidarnos de él. Por otra parte, tampoco debemos asustarnos y cerrarnos así la puerta de la esperanza y del perdón. Daniel, pues, sigue aquí el mejor orden y nos prescribe la misma regla. Pues, al confesar la maldad del pueblo, no desecha del todo la esperanza del perdón, sino que se sostiene a sí mismo y a otros con este consuelo: Dios es misericordioso. Apoya esta esperanza de perdón en la naturaleza misma de Dios; como si dijera: nada hay tan propio de Dios como la compasión, y por eso nunca debemos desesperar. Del Señor, dice, son las misericordias y los perdones. Sin duda Daniel tomó esta expresión de Moisés, especialmente de aquel pasaje notable y memorable donde Dios se proclama severo vengador, pero lleno de misericordia, inclinado a la clemencia y al perdón, y de mucha paciencia (Éx 34:6). Así, como Daniel sostenía que es imposible que Dios deje de lado sus afectos de compasión, toma esto como el punto principal de su enseñanza, y viene a ser el fundamento principal de sus esperanzas y de su petición de perdón. Argumenta así: De Dios son las bondades; por tanto, como él nunca puede negarse a sí mismo, siempre será misericordioso. Este atributo es inseparable de su esencia eterna; y por mucho que nos hayamos rebelado contra él, nunca rechazará ni despreciará nuestras oraciones.
De este pasaje podemos concluir que ninguna oración es lícita ni está rectamente compuesta si no consta de estos dos miembros. Primero, todos los que se acercan a Dios deben postrarse ante él y reconocerse merecedores de mil muertes; después, para poder salir del abismo de la desesperación y elevarse a la esperanza del perdón, deben invocar a Dios sin temor ni duda, y con una confianza firme y estable. Esta confianza en Dios no puede tener otro apoyo que la naturaleza misma de Dios, y de ella ha dado amplio testimonio. Respecto al final del versículo, puede explicarse de dos maneras: Porque, o aunque, somos rebeldes contra él. He dicho que prefiero tomar la partícula כי, ki, en sentido de oposición. Aunque nos hemos rebelado contra Dios, aun así él se dejará rogar, y nunca olvidará su compasión. Si alguien prefiere tomarla en sentido causal, encajará bastante bien; como si Daniel hubiera dicho: al pueblo no le queda otra esperanza que la misericordia de Dios, pues ha sido convicto de pecado una y otra vez. Porque hemos obrado impíamente contra él, ¿qué nos queda sino arrojarnos con toda nuestra confianza sobre la clemencia y la bondad de Dios, puesto que él ha dado testimonio de que es propicio a los pecadores que imploran su favor de veras y de corazón? Sigue ahora: —
Daniel 9:10
10. Y no obedecimos a la voz de Jehová nuestro Dios, para andar en sus leyes, que él puso delante de nosotros por medio de sus siervos los profetas.
10. Et non auscultavimus voci Jehovae Dei nostri, ut ambularemus in legibus ejus, quas proposuit coram facie nostra per manum servorum suorum prophetarum.
Daniel 9:10-11
Aquí, de nuevo, Daniel muestra cómo los israelitas provocaron contra sí la ira de Dios por la maldad de su conducta. Señala una clase especial de pecado y un modo especial de obrar mal, a saber, despreciar la enseñanza que procedía de Dios como su autor y que les era expuesta por sus profetas. Debemos notar esto con diligencia, como ya advertimos antes; pues aunque nadie es excusable ante Dios con el pretexto de la ignorancia, vemos sin embargo cómo se agrava nuestra maldad cuando a sabiendas y de propósito nos empeñamos en rechazar lo que Dios manda y enseña. Daniel, pues, amplifica el crimen del pueblo añadiendo la circunstancia: no quisieron oír a los profetas. Todo lo que habría sido una falta en los caldeos o en los asirios era la más grave maldad en el pueblo elegido. Su obstinación era tanto más provocadora porque, habiéndoles señalado Dios el camino por medio de sus profetas, le habían vuelto la espalda. No hemos oído. Con toda claridad este versículo se añade a modo de explicación, como si Daniel pudiera exponer la razón de su maldad. Por eso llama «doctrina» a las leyes de Dios, que consta de muchas partes; pues es cierto que Dios no omitió nada de lo que era útil saber, y así abarcó en su discurso toda la perfección de la justicia. Trata aquí no solo de la ley de Moisés, sino de la enseñanza de los profetas, como lo señalan claramente las palabras; y el sustantivo תורה, torah, «ley», ha de tomarse por «doctrina». Es como si Daniel hubiera dicho: Dios fue rechazado cuando quiso gobernar a su pueblo por medio de sus profetas. Pero el número plural parece denotar lo que he indicado, a saber, que la perfección de la doctrina estaba comprendida en los profetas; pues Dios no omitió nada mientras completaba la revelación de todo lo necesario para la dirección de la vida. Sin embargo, esto quedó del todo inútil por la perversidad de la naturaleza del pueblo, manifiesta en su rechazo de todas las leyes de Dios.
Daniel confirma este sentimiento añadiendo: Esas leyes fueron puestas delante del pueblo. Esto muestra cómo todo se había provisto al pueblo, pues Dios les había entregado familiarmente todo lo necesario para el mayor grado de piedad y de justicia. Pues esta expresión, poner algo delante del rostro de alguien, significa entregar abiertamente todo conocimiento útil, con claridad y lucidez, y con gran familiaridad y habilidad. Así nada queda dudoso o complicado, nada permanece oscuro, inconexo o confuso. Por tanto, como Dios había desplegado todo el alcance de la justicia por medio de su ley, la impiedad del pueblo era más grave y detestable, porque no quisieron aprovechar una instrucción tan familiar. El profeta pretende mostrar con estas palabras cómo pecadores tan obstinados eran dignos de doble castigo. Ante todo, son convictos de contumacia porque no tenían pretexto en su ignorancia; hicieron un asalto abierto y furioso contra Dios, pues aunque se les había señalado el camino, se desviaron en todas direcciones y se arrojaron de cabeza. Debemos recordar lo que ya he tocado antes, a saber, el valor de un ministerio externo, porque sabemos cómo el pueblo antiguo, rebelde contra los profetas, solía pretender que en realidad no despreciaba a Dios. Como, pues, los hipócritas piensan que sus pecados quedan ocultos bajo una cobertura de esta clase, Daniel expresa claramente que Dios es despreciado en sus profetas, aunque no descienda del cielo ni envíe a sus ángeles. Y este es el sentido de la expresión: los profetas eran siervos de Dios; declara que no enseñaban nada ni temerariamente, ni en su propio nombre, ni por su propio impulso, sino que ejecutaban fielmente los mandatos del Todopoderoso. Sigue: —
Daniel 9:11
11. Sí, todo Israel traspasó tu ley, y se apartó para no obedecer tu voz; por lo cual ha caído sobre nosotros la maldición, y el juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios, porque pecamos contra él.
11. Et totus Israel transgressi sunt legem tuam, et defecerunt, ne auscultarent voci tuae. Ideo, effesa est super nos, maledicto, et jusjurandum, quod scriptum est in lege Mosis sevei Dei, quai peccavimus contra ipsum.
Daniel confirma de nuevo lo que dije antes: que el castigo fue infligido con toda justicia al pueblo. No tenían motivo para la menor queja de algún exceso de severidad de parte de Dios. Ahora dice: Todo Israel había pecado. No enumera los distintos rangos del pueblo como lo hizo antes, sino que declara transgresores a todos con una sola palabra, pues habían quebrantado la ley de Dios desde el menor hasta el mayor. Usa unas veces la segunda persona y otras la tercera, como señal de su vehemencia y ardor, pues Daniel habla ahora en nombre del mundo entero, y luego se postra ante Dios y se dispone a acercarse a su tribunal. Es como si unas veces se confesara culpable ante Dios y los ángeles, y otras subiera a un teatro y diera testimonio de su propia infamia y de la de todo el pueblo ante todo el género humano. Rebelándose, dice, para no oír. Con estas palabras Daniel expresa la obstinación decidida del pueblo, dando a entender que esto no fue ocasionado por error ni por ignorancia; más aún, ni siquiera la pereza fue la causa de la ceguera voluntaria de Israel y de su desatención a los preceptos de Dios, sino que fue solo el comienzo de este acto de rebeldía. Rebelándose, pues, para no oír tu voz. Entendemos ahora el sentido del profeta. No se contentó con la simple condenación del pueblo, sino que quiso marcar distintamente las diversas formas de rebeldía, para imprimir en los israelitas un sentimiento más hondo de la grave manera en que habían provocado la ira de Dios. No solo se habían apartado del camino recto por negligencia o necedad, sino que habían transgredido la ley de Dios a sabiendas. Debemos notar esto con cuidado. Aunque los hipócritas testifican estar dispuestos a obedecer, si pudieran estar del todo seguros de que Dios les habla, ciertamente los retiene alguna depravación oculta de salir abiertamente a la luz. Y siempre que la palabra de Dios se pone delante de nosotros, el que no se muestra de disposición dócil, aunque jure cien veces que está perplejo y que debe declinar abrazar la enseñanza que se le propone, porque duda si Dios le habla o no, miente; y la verdad de la afirmación de Daniel siempre quedará manifiesta; pues todos los que no oyen a Dios cuando les habla son apóstatas y perversos en su interior, y por la depravación de su naturaleza ponen ante sí un velo que oscurece sus percepciones, y luego sus propias mentes les impiden hacerse obedientes a Dios.
Añade luego: Por esta causa la maldición de la que Moisés había escrito se ha derramado sobre nosotros. Con esta circunstancia amplifica el crimen del pueblo, porque hacía mucho que habían sido advertidos de los juicios inminentes, y sin embargo cerraron los ojos y despreciaron tanto las amenazas como la instrucción. Esta era la cumbre misma de la maldad; pues los israelitas eran intratables, aunque Dios extendía su mano hacia ellos, les señalaba el camino de la salvación y les enseñaba fielmente todo lo que les era útil; pero esto no hacía sino aumentar su perversidad, mientras trataban sus amenazas como si fueran del todo inútiles. Además de esto, añadieron el desprecio de su enseñanza al ridiculizar sus amenazas, pues pensaban o bien que Dios los engañaba cuando anunciaba por Moisés su venganza venidera si no obedecían su ley, o bien se imaginaban que todo eso era invención de Moisés, y que Dios no podía de ningún modo ejecutar sus amenazas. Así el pueblo es convicto de una impiedad desesperada, pues ni atendía a la enseñanza del Todopoderoso ni creía en la autoridad de sus amenazas. Si un padre amenaza a su hijo, o un amo a su siervo, la venganza será justa, como dice el poeta cómico: No digas que no se te avisó (Terencio, Andria, acto 1, escena 2). Como Dios había predicho durante tantos siglos que los israelitas no quedarían sin castigo si transgredían la ley, esto prueba cuán completamente ingobernables eran (Lv 26; Dt 28). Y cuando dice que la maldición fue derramada, o destilada, confiesa cómo la ira de Dios inundó a todo el pueblo como un diluvio, aunque estaba por completo bajo control. Pues Dios había predicho por boca de Moisés lo que pensaba hacer, y quien lea esas maldiciones que Moisés pronuncia contra los transgresores de la ley, confesará que no son de ningún modo inmoderadas. Cuando, pues, la ejecución ocurre de veras, ¿no hemos de reconocer el resplandor de la justicia de Dios sin la menor posibilidad de reproche? He dicho que la palabra שבועה, shebugneh, es explicada por unos como «juramento» y por otros como «maldición»: propiamente significa maldición, y se deduce de la palabra שבוע, shebugn, que parece tomarse en un sentido extraordinario, porque esta palabra significa propiamente siete, y la palabra derivada de ella significa «jurar», por la práctica de presentar un cierto número de testigos; y de ahí que el sustantivo signifique un juramento. Pero como a menudo se interpone una maldición, y el que jura llama a Dios por testigo contra sí mismo si no cumple su compromiso verbal, algunos intérpretes sacan el sentido de una maldición derramada. Pero puede haber aquí algún cambio de construcción, y así lo interpreto de buena gana. La maldición y el juramento, pues, son derramados; es decir, la maldición que Dios ha sancionado con un juramento, por una figura de dicción bien conocida de los gramáticos con el nombre de hipálage. La maldición, pues, fue jurada por la boca del mismo Dios; y sabemos cómo las amenazas causan más terror al ser confirmadas con juramento, así como Dios, por otra parte, añade firmeza a las promesas de su favor.
Añade después: Porque hemos obrado impíamente contra él. Con esta expresión, Daniel afirma brevemente pero con claridad que el pueblo no tiene motivo de queja, pues sus calamidades no fueron resultado ni del accidente ni del azar. Podían contemplar el origen mismo de sus males en la ley de Dios. De no haber habido predicciones de esta clase, los israelitas habrían podido dudar e incluso disputar consigo mismos sobre el origen y la causa de que sus enemigos los hubieran esclavizado, y de que hubieran sido arrojados con el mayor desprecio y crueldad a tierras lejanas. Entonces habrían podido indagar las causas de sus males, como si fueran del todo desconocidas. Pero cuando la ley de Moisés estaba ante sus ojos, y Dios había jurado en ella que cumpliría las mismas amenazas tal como habían sucedido, no podía quedar duda alguna. Este, pues, es el resumen del sentido de Daniel: la sola denuncia de estos castigos bastaba para condenar a los israelitas, porque sus pecados se les echaban en cara una y otra vez, cuando Dios cumplió contra ellos lo que antes había predicho por su siervo Moisés. Sigue, —
Daniel 9:12
12. Y él ha confirmado sus palabras, que habló contra nosotros y contra nuestros jueces que nos juzgaron, trayendo sobre nosotros un gran mal; porque nunca fue hecho debajo de todo el cielo como el que se ha hecho en Jerusalén.
12. Et stabilivit sermonem suum, quem loquutus fuerat super nos, et super judices, ut adduceret super nos malum magnum quod non factum est sub toto coelo, sicut factum est in Jerusalem.
Daniel 9:12
Daniel prosigue con el mismo sentimiento, mostrando cómo los israelitas no tenían motivo alguno para reclamar a Dios por verse tan duramente afligidos, ni razón para dudar de su origen o de su intención. Pues ahora todo había sucedido exactamente como se había predicho hacía mucho. Dios, pues, ha despertado su palabra contra nosotros; como si dijera: no hay razón para que contendamos con Dios, pues contemplamos su veracidad en los castigos que nos ha infligido, y sus amenazas no son meros espantajos vanos, ni invenciones fabulosas fabricadas para asustar a los niños. Ahora Dios prueba realmente cuán en serio había hablado. ¿De qué sirve, entonces, que le volvamos la espalda, o por qué hemos de buscar excusas vanas cuando la veracidad de Dios brilla con tanta claridad en nuestra destrucción? ¿Queremos privar a Dios de su veracidad? Ciertamente, por grande que sea nuestro empeño, nunca lo lograremos. Que esto baste, pues, para condenarnos: Dios ha predicho todo lo que ocurre, y así se prueba eficaz y experimentalmente como vengador. Dios, pues, ratificó su palabra; es decir, la palabra de Dios habría quedado sin la menor eficacia y vigor, si esta maldición no se hubiera cernido sobre nuestra cabeza; pero mientras yacemos postrados y casi sepultados bajo nuestras calamidades, la palabra de Dios es llevada en alto; es decir, Dios hace visible de manera conspicua su veracidad, que de otro modo apenas sería perceptible. Si Dios no castigara la maldad de los hombres, ¿quién no trataría como pueril la amenaza de su ley? Pero cuando demuestra con pruebas ciertas las mejores razones para aterrar a los hombres, de inmediato se imparten eficacia y vigor a sus palabras. Además de esto, Daniel pretende aquí desechar todos los subterfugios, y hacer que el pueblo reconozca con franqueza, y sienta realmente, que es afligido con justicia. Dice: contra nosotros y contra nuestros jueces que nos juzgaron. De nuevo, Daniel derriba toda altivez de la carne, con el fin de exaltar solo a Dios y de impedir que ningún esplendor mortal oscurezca la autoridad de la Ley. Pues sabemos cómo el pueblo común piensa tener un escudo para defender todos sus crímenes, cuando puede citar el ejemplo de reyes y jueces. En este mismo día, siempre que argumentamos contra las supersticiones del papado, dicen: «¡Bueno! Si nos equivocamos, sin embargo Dios ha puesto sobre nosotros tanto reyes como obispos que nos gobiernan a su manera; ¿por qué, pues, hemos de ser culpados cuando tenemos el mandato de Dios de seguir a quienes están revestidos de poder y dignidad?». Como, pues, el vulgo suele agarrarse generalmente a un subterfugio como este, Daniel afirma de nuevo que, aunque los que transgreden la ley de Dios estén dotados de gran autoridad mundana, no están sin embargo exentos ni de culpa ni de castigo, ni puede excusarse a la multitud ordinaria si sigue su ejemplo. Por tanto, dice: como había hablado por Moisés contra nuestros jueces que nos juzgaron; es decir, aunque se les había conferido poder para gobernarnos, toda su ordenación viene de Dios; pero después de que abusaron por completo de su gobierno, y violaron la justicia de Dios, y así procuraron hacer descender a Dios, si fuera posible, de su elevación, Daniel afirma que su altura de ningún modo los resguardará de las consecuencias de la transgresión.
Añade después: Trayendo sobre nosotros un gran mal, que nunca ha sucedido debajo de todo el cielo, como ha sucedido ahora en Jerusalén. Aquí Daniel previó una objeción que tenía alguna ligera fuerza. Aunque Dios había castigado merecidamente a los israelitas, sin embargo, al mostrar su ira contra ellos con más severidad que contra otras naciones, podía parecer que se olvidaba de su equidad. Daniel quita aquí toda apariencia de incongruencia, aun si Dios es más severo contra su pueblo elegido que contra las naciones profanas, porque la impiedad de este pueblo era mucho mayor que la de todos los demás a causa de su ingratitud, contumacia y obstinación imposible de tratar, como ya hemos dicho. Puesto que los israelitas superaron a todas las naciones en malicia, ingratitud y toda clase de iniquidad, Daniel declara aquí cuán merecidas eran sus desastrosas aflicciones. Además, se nos recuerda aquí, siempre que Dios castiga severamente a su Iglesia, aquel principio al que debemos volver, a saber: nuestra impiedad es tanto más detestable a Dios cuanto más se nos acerca; y cuanto más bondadoso es con nosotros, más culpables somos, a menos que por nuestra parte nos mostremos agradecidos y obedientes. Este estado de cosas no debe parecernos molesto, pues la venganza comienza por la casa de Dios, y él presenta contra su propio pueblo ejemplos de su ira mucho más tremendos que contra otros; esto, digo, no debemos llevarlo a mal, como ya he explicado la razón. No nos sorprende ver a los gentiles andar a tientas en las tinieblas, pero cuando Dios resplandece sobre nosotros y le resistimos con terca obstinación, somos doblemente impíos. Esta comparación, pues, debe notarse, pues el mal fue derramado sobre Jerusalén; es decir, no se infligió castigo semejante a otras naciones, pues lo que sucedió en Jerusalén, dice Daniel, nunca ocurrió debajo de todo el cielo. Sigue, —
Daniel 9:13
13. Como está escrito en la ley de Moisés, todo este mal vino sobre nosotros; y no hemos implorado el favor de Jehová nuestro Dios, para volvernos de nuestras iniquidades y entender tu verdad.
13. Sicuti scriptum est in lege Mosis, totum malum hoc venit super nos, et non deprecati sumus faciem Jehovae Dei nostri, ut reverteremur ab iniquitatibus nostris, et attenti essemus ad veritatum tuam.
Daniel 9:13
Repite lo que ya había dicho, sin superfluidad alguna, mostrando cómo los juicios de Dios se prueban por sus efectos, pues la ley de Moisés contiene en sí todas las penas que los israelitas soportaron. Como, pues, existía un acuerdo tan manifiesto entre la ley de Dios y la experiencia del pueblo, no debían ponerse reacios ni haber buscado sin provecho toda clase de subterfugios. Solo con esto Dios se probó suficientemente como justo vengador de sus crímenes, porque había predicho muchos siglos antes lo que después cumplió plenamente. Este es el propósito de la repetición, cuando Daniel dice que el pueblo sintió la justicia de las penas denunciadas contra ellos en la ley de Moisés, pues entre tanto añade: no hemos implorado el rostro de Dios. Aquí reprende con severidad la dureza del pueblo, porque ni siquiera golpeado con azotes se hizo nunca sabio. Se dice: los necios necesitan calamidades que les enseñen sabiduría. Esta, pues, era la cumbre de la locura en el pueblo: permanecer así obstinados bajo la vara del Todopoderoso, aun cuando les infligía los golpes más duros. Siendo el pueblo tan obstinado en su maldad, ¿quién no percibe cuán sinceramente había de lamentarse esta conducta? No hemos implorado, pues, el rostro de nuestro Dios. Este pasaje nos enseña cómo el Señor ejerce sus juicios no destruyendo por completo a los hombres, sino manteniendo en suspenso su sentencia final, pues por estos medios quiere impulsar a los hombres al arrepentimiento. Ante todo, invita con dulzura y misericordia, por su palabra, tanto a malos como a buenos, y añade además promesas, con la intención de atraerlos; y luego, cuando los ve lentos o rebeldes, emplea amenazas con la intención de despertarlos de su sueño; y si las amenazas no producen efecto, sale armado y castiga la pereza de los hombres. Si estos azotes no producen mejoría, el carácter desesperado del pueblo queda manifiesto. De este modo Dios se queja en Isaías de su falta de sanidad; todo el cuerpo del pueblo está lleno de llagas desde la cabeza hasta la planta del pie (Is 1:6); y sin embargo perdería todo su trabajo, por ser ellos del todo ingobernables. Daniel afirma ahora la existencia de la misma falta en el pueblo, al decir que los israelitas estaban tan poco tocados por el sentimiento de sus calamidades que nunca suplicaron perdón. No puedo completar hoy el resto.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios Todopoderoso, aprender a considerar seriamente de cuántas maneras nos hacemos culpables ante ti, especialmente mientras seguimos provocando cada día tu ira contra nosotros. Que seamos humillados por un arrepentimiento verdadero y serio, y huyamos con ansia a ti, pues nada nos queda sino tu sola compasión; y cuando estemos abatidos y confundidos, y reducidos a nada en nosotros mismos, que huyamos a esta sagrada ancla, pues tú te dejas rogar con facilidad y has prometido obrar como padre de misericordias con todos los pecadores que te buscan. Así podamos acercarnos a ti con verdadera penitencia, y confiando en tu bondad, nunca dudar de que nos concederás nuestras peticiones; y libres por tu misericordia de la tiranía de Satanás y del pecado, seamos gobernados por tu Espíritu Santo, y dirigidos de tal modo en el camino de la justicia que glorifiquemos tu nombre durante toda nuestra vida, hasta que lleguemos a aquella vida feliz e inmortal que sabemos que nos está reservada en los cielos, por Cristo nuestro Señor. — Amén.
Lección cuadragésima séptima.
EN la lección de ayer nos detuvimos en que el profeta amplificaba el crimen del pueblo, que resistía la impresión causada por los castigos de Dios; pero ahora demuestra más claramente la clase de obstinación que mostraron. Pues no se volvieron de sus iniquidades, ni fueron atentos a la verdad de Dios. Había dicho antes: no hemos implorado la ira de Dios. Pero aquí expresa algo más, a saber, que aun concediendo que hubiera algún pretexto de oración, no había verdadera sinceridad. Sabemos cuán impíamente abusan los hipócritas del nombre de Dios, y fingen la forma externa de la oración, e incluso el mayor fervor, pero no hay realidad en sus oraciones. Así el profeta tiene buena razón para unir lo que nunca debe separarse, y luego convence a los israelitas de obstinación, porque no huyeron suplicantes a la misericordia de Dios con arrepentimiento y fe. Sin duda quedaba entre el pueblo alguna forma de piedad; pero Daniel estima aquí las oraciones según la palabra de Dios, y así nos pone delante estas dos cosas, a saber, arrepentimiento y fe. Debemos notar esto con diligencia. Pues nada es más común que una ferviente súplica de perdón cuando son manifiestas las señales de la ira de Dios; esto fue siempre costumbre entre todas las naciones y en todos los tiempos, y sin embargo no existía ni arrepentimiento ni fe. De ahí que sus oraciones fueran mera falsedad y vanidad. Este es el sentido de las palabras del profeta cuando dice: No hemos rogado ante el rostro de Jehová nuestro Dios, apartándonos de nuestras iniquidades (o para volvernos), y siendo instruidos en tu verdad. En fin, podemos deducir de este pasaje cuál es realmente la regla de la oración piadosa y aceptable: primero, debemos estar descontentos de nosotros mismos por nuestros pecados; después, debemos considerar las amenazas y las promesas del Todopoderoso. En cuanto al primer miembro de la frase, la experiencia nos enseña con qué temeridad muchos prorrumpen en oración, aun cuando su mala conducta se levanta abiertamente contra Dios. Por una parte, están tan enfurecidos que no dudan en hacer guerra a Dios, y sin embargo oran a él, porque el terror se apodera de sus mentes y los obliga a someterse a Dios. El profeta, pues, muestra aquí la total inutilidad de esa apariencia externa y de esa mezcla perversa de ruido y adulación, porque Dios no puede aprobar ninguna oración que no brote igualmente del arrepentimiento y de la fe. Cuando dice: el pueblo no fue atento a la verdad de Dios, en mi opinión esto se extiende por igual a las amenazas y a las promesas, y la fe aprehende tanto la compasión de Dios como sus juicios. Pues, ciertamente, no puede ser de otro modo, cuando el terror mueve a los piadosos a huir a la misericordia de Dios. Como, pues, Dios abarca cada cualidad en su palabra, ya que cita ante su propio tribunal a todos los que han pecado, y luego les da esperanza de reconciliación si el pecador se convierte de veras a él; así también Daniel, al decir: los israelitas no fueron atentos a la verdad de Dios, sin duda tenía en cuenta ambos objetos, a saber, su falta de suficiente consideración de los juicios de Dios, y luego su estupidez al despreciar su compasión cuando se les presentaba claramente. En conjunto, este pasaje nos muestra la imposibilidad de que nuestras oraciones agraden a Dios, a menos que fluyan del verdadero arrepentimiento y de la fe; es decir, cuando sentimos de corazón nuestra maldad, huimos entonces a la misericordia de Dios y confiamos en sus promesas. De ahí descubrimos que tres cosas son necesarias para hacernos propicio a Dios: primero, el descontento con nosotros mismos, que ocasiona tristeza, por ser conscientes de nuestros pecados y de haber provocado la ira de Dios. Este es el primer punto. En segundo lugar, necesariamente debe añadirse la fe. Por último, debe seguir la oración como prueba de nuestro arrepentimiento y de nuestra fe. Cuando los hombres permanecen sin arrepentimiento y sin fe, observamos cómo el nombre de Dios es profanado, aunque concibamos y pronunciemos muchas oraciones, justamente cuando faltan por completo las dos disposiciones principales. Sigamos ahora, —
Daniel 9:14
14. Por tanto, Jehová veló sobre el mal, y lo trajo sobre nosotros; porque justo es Jehová nuestro Dios en todas sus obras que ha hecho, pues no obedecimos a su voz.
14. Et vigilavit Jehovah super malum, et immisit illud spuer nos: quai justus est Jehovah Deus noster in omnibus operibus suis quae fecit, hoc est, facit, et non auscultavimus voci ejus.
Daniel 9:14
Daniel confirma lo que había dicho antes acerca de que la matanza que afligió a los israelitas no fue hija del azar, sino del juicio cierto y notable de Dios. Por eso usa la palabra שקר, seked, que significa velar y aplicar la mente con atención a algo. Se usa propiamente de los guardias de las ciudades, que vigilan tanto de noche como de día. Esta expresión no me parece implicar prisa, sino más bien cuidado continuo. Dios usa a menudo esta metáfora de su velar para castigar a hombres que se apresuran con demasiado ardor a precipitarse en el pecado. Conocemos la gran intemperancia de los hombres, y su desprecio de toda moderación siempre que los deseos de la carne se apoderan de ellos. Dios, por otra parte, dice que no será ni perezoso ni negligente en corregir esta intemperancia. La razón de esta metáfora se expresa en el capítulo cuarenta y cuatro de Jeremías, donde se dice que los hombres irrumpen y son arrastrados por sus apetitos, y entonces Dios está continuamente en vigilia hasta que llega el tiempo de su venganza. He mencionado cómo esta palabra denota más bien diligencia continua que rapidez apresurada; y el profeta parece dar a entender aquí que, aunque Dios había soportado la maldad del pueblo, al fin había cumplido realmente sus amenazas anteriores, y estaba siempre en vigilia, haciendo imposible que el pueblo escapara de sus juicios sobre la maldad a la que se entregaba. Por tanto, dice: Jehová ha atendido de cerca a la calamidad, y la ha hecho venir sobre nosotros. Para comprender más plenamente la intención del profeta, debemos notar lo que Dios pronuncia por Jeremías en las Lamentaciones (Lm 3:38), donde acusa al pueblo de pereza, porque no reconocían la justicia de los castigos que sufrían; los reprende así: «¿Quién es aquel que dice que de la boca del Altísimo no proceden los males y los bienes?»; como si pronunciara una maldición contra los que ignoran que las calamidades vienen de Dios cuando castiga al pueblo. Este sentimiento no se limita a un solo pasaje. Pues Dios a menudo se lanza contra esa estupidez que nace con los hombres, y los lleva a atribuirlo todo a la fortuna y a descuidar la mano del que hiere (Is 9:13). Esta clase de enseñanza se encuentra por todas partes en los profetas, que muestran cómo nada puede ser peor que tratar los juicios de Dios como si fueran accidentes bajo la influencia del azar. Esta es la razón por la que Daniel insiste tanto en este punto. Sabemos también lo que Dios denuncia en su ley: «Si anduviereis conmigo en oposición, yo también andaré en oposición a vosotros» (Lv 26:27, 28); es decir, si no cesáis de atribuir a la fortuna todo mal que sufrís, me lanzaré contra vosotros con los ojos cerrados, y contenderé con vosotros con igual temeridad; como si dijera: si no podéis distinguir entre la fortuna y mis juicios, os afligiré por todos lados, tanto a la derecha como a la izquierda, sin la menor discreción; como si fuera un hombre ebrio, conforme a la expresión: «Con el perverso te mostrarás perverso». Por esta razón Daniel confiesa ahora: Dios veló sobre la calamidad, para hacer descender todas aquellas aflicciones con las que el pueblo era oprimido.
En este pasaje se nos enseña a reconocer la providencia de Dios tanto en la prosperidad como en la adversidad, para movernos a ser agradecidos por sus beneficios, mientras que sus castigos deben producir humildad. Pues cuando alguien explica estas cosas por la fortuna y el azar, prueba con ello su ignorancia de la existencia de Dios, o al menos del carácter de la Deidad que adoramos. Pues ¿qué le queda a Dios si lo despojamos de su providencia? Basta aquí tocar estos puntos, que ocurren a menudo y de los cuales solemos oír algo cada día. Para la exposición de este pasaje basta observar cómo el profeta opone de pasada el juicio y la providencia de Dios a todas las nociones de azar.
Añade luego: Jehová nuestro Dios es justo en todas sus obras. En esta cláusula el profeta confirma su enseñanza anterior, y la expresión Dios es justo parece dar razón de su proceder; pues la naturaleza de Dios proporciona una razón por la cual resulta imposible que algo suceda por el impulso ciego de la fortuna. Dios está sentado como juez en los cielos; de ahí que estas dos ideas sean directamente contrarias entre sí. Así, si se afirma una de las siguientes proposiciones, se niega al mismo tiempo la otra: si Dios es el juez del mundo, la fortuna no tiene lugar en su gobierno; y todo lo que se atribuye a la fortuna se le quita a la justicia de Dios. Así tenemos una confirmación de nuestra sentencia anterior mediante el uso de contrarios u opuestos; pues necesariamente hemos de atribuir al juicio de Dios tanto el bien como el mal, tanto la adversidad como la prosperidad, si gobierna el mundo por su providencia y ejerce el oficio de juez. Y si nos inclinamos en lo más mínimo a la fortuna, entonces el juicio y la providencia de Dios dejarán de ser reconocidos. Entre tanto, Daniel no solo atribuye poder a Dios, sino que celebra también su justicia; como si dijera: no gobierna el mundo arbitrariamente, sin regla alguna de justicia o equidad, sino que es justo. No debemos suponer la existencia de ninguna ley superior que ate al Todopoderoso; él es ley para sí mismo, y su voluntad es la regla de toda justicia; con todo, debemos establecer este punto: Dios no reina como tirano sobre el mundo, aunque, en la perfección de su equidad, haga algunas cosas que nos parecen absurdas, solo porque nuestras mentes no pueden elevarse lo bastante para abarcar una razón apenas manifiesta en parte, y casi enteramente oculta e incomprensible en los juicios de Dios. Daniel, pues, quiso expresar esto con estas palabras: Jehová nuestro Dios, dice, es justo en todas las obras que hace. El sentido es: el pueblo no habría sido castigado con tanta severidad ni afligido con tantas calamidades miserables, si no hubiera provocado la ira de Dios; esto podía deducirse fácilmente de las amenazas que Dios había denunciado muchos siglos antes, y que en aquel tiempo demostró en verdad que no eran en absoluto frívolas. Luego se añade una segunda parte, pues en la matanza del pueblo resplandece no solo el poder de Dios, sino su justicia; y he tocado brevemente cada uno de estos puntos, en cuanto era necesario para la explicación. Pero debemos notar la alusión del profeta en estas palabras a aquellas numerosas pruebas que habían caído sobre los fieles para probar su fe. Se veían a sí mismos como los más despreciados y miserables de los mortales; el pueblo propio y santo de Dios sufría el mayor oprobio y aborrecimiento, aunque Dios lo había adoptado por su ley con la intención de que sobresaliera sobre todos los demás pueblos. Mientras, pues, se veían sumergidos en ese hondo remolino de calamidades y deshonra, ¿qué supondrían sino que Dios los había engañado, o que su pacto había quedado enteramente aniquilado? Daniel, pues, establece la justicia de Dios en todas sus obras con el fin de salir al paso de esta tentación, y de confirmar a los piadosos en su confianza, y de inducirlos a huir a Dios en el extremo de sus calamidades.
Añade, como razón: Porque no escucharon su voz. Aquí, de nuevo, señala el crimen del pueblo, que no había transgredido por ignorancia o error, sino que había tomado las armas contra Dios a propósito. Una vez que la voluntad de Dios nos es dada a conocer, no tenemos ya excusa de ignorancia; pues nuestro abierto desafío al Todopoderoso surge de que nos dejamos arrastrar por los deseos de la carne. Y de ahí deducimos cuán detestable es la culpa de todos los que no obedecen la voz de Dios siempre que se digna enseñarnos, y que no se someten al instante a su palabra. Sigue ahora, —
Daniel 9:15-17
15. Ahora, pues, Señor Dios nuestro, que sacaste tu pueblo de la tierra de Egipto con mano fuerte, y te hiciste renombre cual lo tienes hoy; hemos pecado, hemos obrado impíamente.
15. Et nunc Domine Deus noster, qui eduxisti populum tuum e terra Aegypt cum manu forti, et fecisti, comparasti, tibi nomen secundum diem hanc, peccavimus, impie egimus.
16. Oh Señor, conforme a todas tus justicias, te ruego que se aparte tu ira y tu furor de tu ciudad Jerusalén, tu santo monte; porque por nuestros pecados, y por las iniquidades de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo han venido a ser el oprobio de todos los que están en derredor nuestro.
16. Domine secundum omnes justitias tuas avertatur, quaeso, ira tua, et excandescentia tua ab urbe tua Jerusalem, monte sanctitatis tuae: quoniam ob peccata nostra, et ob iniquitates, patrum nostrorom, Jerusalem, et populus tuus est in probum cunctis vicinis, circuitibus nostris.
17. Ahora, pues, oh Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos, y haz resplandecer tu rostro sobre tu santuario asolado, por amor del Señor.
17. Et nunc audias, Deus noster, precationem servi tua, et orationem ejus atque illumina faciem tuam super sanctuarium tuum quod vastatum est,* vel, desolatum, *propter Dominum.
Daniel 9:15
Después de que Daniel ha confesado suficientemente la justicia de aquellos juicios que Dios había infligido al pueblo, vuelve de nuevo a rogar por perdón. Primero, quiere conciliar el favor para sí mismo; luego, quiere estimular las mentes de los piadosos a la confianza, y por eso les pone delante aquella prueba de gracia que debe valer para sostener las mentes de los piadosos hasta el fin del mundo. Pues cuando Dios sacó a su pueblo de Egipto, no les puso delante meramente un beneficio momentáneo, sino que dio testimonio de la adopción de la raza de Abraham con la condición de ser su Salvador perpetuo. Por eso, siempre que Dios quiere reunir a los dispersos y levantar sus ánimos de un estado de desesperación a una alegre esperanza, les recuerda que es su Redentor. «Yo soy aquel Dios, dice, que os hice salir de Egipto» (Lv 11:45, y a menudo en otros lugares). Dios no solo recomienda en tales pasajes su propio poder, sino que indica el objeto de su redención; pues entonces recibió a su pueblo bajo su cuidado precisamente sobre la base de no dejar nunca de obrar con ellos con el amor y la solicitud de un padre. Y cuando, a su vez, tal ansiedad se apoderaba de los fieles que los llevaba a temer su propio total abandono por Dios, acostumbran asirse a este escudo: Dios no sacó en vano a nuestros padres de Egipto. Daniel sigue ahora este razonamiento: Tú, oh Señor Dios nuestro, dice, que sacaste a tu pueblo; como si dijera: invocaba a Dios, porque con una sola prueba había atestiguado a todas las edades el carácter sagrado de la raza de Abraham. Observamos, pues, cómo se estimula a sí mismo y a todos los demás piadosos a la oración, porque, poniendo este fundamento, podía tanto quejarse con familiaridad como pedir sin temor a Dios que tuviera compasión de su pueblo y pusiera fin a sus calamidades. Entendemos ahora el sentido del profeta, cuando dice: el pueblo fue sacado de Egipto.
Añade luego otra causa: Dios adquirió entonces renombre para sí, como el suceso lo mostró claramente. Aquí une el poder de Dios con su compasión, dando a entender que cuando el pueblo fue sacado, no fue solo una muestra del favor paternal hacia la familia de Abraham, sino también una exhibición del poder divino. De donde se sigue que no podía desecharse a su pueblo sin destruir también el recuerdo de aquel poderoso poder con el que Dios había adquirido renombre para sí. Y el mismo sentimiento aparece a menudo en los profetas cuando usan este argumento: si este pueblo perece, ¿qué impediría la extinción de tu gloria, y así todo lo que habías conferido a este pueblo quedaría sepultado en el olvido? Así, pues, Daniel dice ahora: Sacando a tu pueblo de la tierra de Egipto, te hiciste un nombre; es decir, te procuraste una gloria que debe florecer por todas las edades hasta el fin del mundo. ¿Qué ocurrirá, pues, si ahora es destruido todo tu pueblo? Añade luego: Hemos obrado impíamente, y hemos actuado con maldad. Con estas palabras Daniel declara cómo no quedaba nada sino que Dios se considerara a sí mismo más que a su pueblo, pues mirándolos a ellos no encontraría sino materia de venganza. El pueblo habría de perecer necesariamente si Dios obrara con ellos como merecían. Pero Daniel aparta aquí de algún modo el rostro de Dios de los pecados del pueblo, con la mira de fijar su atención en sí mismo solo y en su propia compasión, y en su constante fidelidad a aquel pacto perpetuo que había hecho con sus padres.
Daniel 9:16
Por último, no permitiría que fallara aquella redención que era una prueba ilustre y eterna de su virtud, favor y bondad. Por eso añade: Oh Señor, que se aparte tu ira conforme a toda tu justicia, y tu indignación de tu ciudad Jerusalén, el monte de tu santidad. Observamos cómo Daniel excluye aquí cualquier mérito que pudiera haber en el pueblo. En realidad no poseían ninguno, pero hablo conforme a esa necia imaginación que los hombres apenas pueden despojarse. Siempre se atribuyen méritos, aunque sean convictos de sus pecados cien veces, y todavía desean conciliar el favor de Dios alegando algún mérito ante Dios. Pero aquí Daniel excluye todas esas consideraciones cuando alega ante Dios la justicia del propio Dios, y usa la expresión fuerte: conforme a toda tu justicia. Los que toman esta palabra «justicia» como «juicio» están en error y son inexpertos en la interpretación de las Escrituras; pues suponen que la justicia de Dios se opone a su compasión. Pero nosotros conocemos la justicia de Dios tal como se manifiesta, especialmente en los beneficios que nos concede. Es como si Daniel hubiera dicho que la única esperanza del pueblo consistía en que Dios mirara solo a sí mismo, y de ningún modo a la conducta de ellos. Por eso toma la justicia de Dios por su liberalidad, su favor gratuito, su fidelidad constante y la protección que prometió a sus siervos: Oh Dios, dice, pues, conforme a todas tus misericordias prometidas; es decir, tú no fallas a los que confían en ti, no prometes nada temerariamente, y no tienes costumbre de abandonar a los que huyen a ti; ¡oh!, por tu misma justicia, socórrenos en nuestra angustia. Debemos notar también la partícula universal «toda», porque cuando Daniel reúne tantos pecados que podrían hundir al pueblo mil veces en un abismo, opone a esta totalidad las misericordias prometidas de Dios. Como si hubiera dicho: aunque el número de nuestras iniquidades es tan grande que deberíamos perecer cien veces, sin embargo tus misericordias prometidas son mucho más numerosas; es decir, tu justicia sobrepasa cuanto puedas encontrar en nosotros del más profundo tinte de culpa.
Dice de nuevo: Que se aparte tu ira, y tu ardiente furor, de tu ciudad Jerusalén y de tu santo monte. Al unir la ira y el ardiente furor, el profeta no da a entender exceso alguno de parte de Dios, como si vengara con demasiada severidad los pecados del pueblo, sino que representa de nuevo la agravación de su maldad, que lo llevó a airarse tanto contra ellos que dejó de lado su carácter habitual y trató su adopción como vana e infructuosa. Daniel no se queja en este caso de la severidad del castigo, sino que más bien se condena a sí mismo y al resto del pueblo por causar la necesidad de medidas tan severas. Una vez más, pone ante Dios el santo monte que había escogido, y de este modo aparta su rostro del juicio, para que no les pida cuentas por tantos pecados, por los cuales Dios estaba justamente airado. Aquí, pues, se interpone la elección de Dios, porque había consagrado para sí el monte Sión, y quería ser adorado allí, donde también su nombre sería celebrado y se le ofrecerían sacrificios. En este aspecto, pues, Daniel obtiene favor para sí delante de Dios, y, como he dicho, excluye todas las demás consideraciones.
Añade después: Porque a causa de nuestros pecados, y de las iniquidades de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de todos nuestros vecinos. Con otro argumento, el profeta desea mover a Dios a compasión; pues Jerusalén y el pueblo eran una deshonra para las naciones; pero esto hacía caer igual deshonra sobre el mismo Dios. Como, pues, los gentiles hacían de los judíos objeto de burla, no respetaban el sagrado nombre de Dios; más aún, los judíos eran tan despreciados que los gentiles apenas se dignaban hablar de ellos, y el Dios de Israel era difamado con desprecio, como si hubiera sido vencido, por haber permitido que su templo fuera destruido y toda la ciudad de Jerusalén consumida con incendio y cruel matanza. El profeta, pues, toma ahora este argumento, y al hablar de la ciudad santa se refiere sin duda a lo sagrado del nombre de Dios. Su lenguaje implica: tú escogiste Jerusalén como una especie de residencia real; fue tu deseo ser adorado allí, y ahora esta ciudad se ha convertido en objeto del mayor oprobio para nuestros vecinos. Así declara cómo el nombre de Dios estaba expuesto a los oprobios de los gentiles. Afirma luego lo mismo del pueblo de Dios, no a modo de queja porque los judíos sufrieran estos oprobios, pues los merecían por sus pecados, sino que el lenguaje es enfático, y sin embargo eran el pueblo de Dios. El nombre de Dios estaba íntimamente ligado al de su pueblo, y toda infamia que los profanos arrojaban sobre ellos recaía principalmente sobre el mismo Dios. Aquí Daniel pone ante el Todopoderoso su propio nombre; como si dijera: ¡Oh Señor!, sé tú el vindicador de tu propia gloria; tú nos adoptaste una vez con esta condición, y que el recuerdo de tu nombre esté siempre inscrito sobre nosotros; no permitas que seamos tan oprobiosamente calumniados, no dejes que los gentiles te insulten por causa nuestra. Y sin embargo dice que esto se hizo a causa de las iniquidades del pueblo y de sus padres; con lo cual quita toda posibilidad de duda. ¡Oh! ¿Cómo puede suceder que Dios postre así a su pueblo? ¡Por qué no ha perdonado al menos su propio nombre! Daniel, pues, testifica aquí que él es justo, porque la iniquidad del pueblo y de sus padres había subido tan alto que Dios se vio obligado a ejercer tal venganza contra ellos.
Daniel 9:17
Su petición siguiente es: Oye tú, que eres nuestro Dios, la oración de tu siervo, y sus ruegos, y haz resplandecer tu rostro. Con estas palabras Daniel lucha contra la desconfianza, no por su propio bien en privado, sino por el de toda la Iglesia, a la cual presentaba el verdadero método de oración. Y la experiencia enseña a todos los piadosos cuán necesario es este remedio en aquellas dudas que irrumpen en todas nuestras oraciones, y hacen que nuestro ahínco y ardor en la oración se embote y se enfríe dentro de nosotros, o al menos oramos sin una confianza compuesta y tranquila, y este temblor echa a perder todo lo que habíamos concebido antes. Como, pues, esto sucede cada día a todos los piadosos cuando dejan el deber de la oración aunque sea por un corto período, y alguna duda los aparta y cierra la puerta del acceso familiar a Dios, esta es la razón por la que Daniel repite tantas veces la frase: Oye, oh Señor, la oración de tu siervo. David también inculca tales sentimientos en sus oraciones, y tiene la mayor necesidad de obrar así. Y los que se ejercitan verdaderamente en orar sienten cuán buena causa tienen los siervos de Dios para tal lenguaje siempre que oran a él. Pero completaré el resto mañana.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios Todopoderoso, ya que te has dignado reunirnos una vez entre tu pueblo, y has querido que llevemos también tu nombre y el de tu Hijo unigénito, aunque tan a menudo provocamos tu ira con nuestros pecados y nunca dejamos de amontonar mal sobre mal: concédenos que nunca seamos expuestos como objeto de burla y espectáculo, para deshonra de tu sagrado nombre. Como, pues, ves ahora a los impíos aprovechar todas las ocasiones para calumniar groseramente a ti mismo, y a tu santo evangelio, y el nombre de tu Hijo unigénito, no les permitas, te rogamos, que te insulten con petulancia. Que tu Espíritu nos gobierne de tal modo que deseemos glorificar tu nombre. Que sea glorificado a pesar de Satanás y de todos los impíos, hasta que seamos reunidos en aquel reino celestial que nos has prometido en el mismo Cristo nuestro Señor. — Amén.
Lección cuadragésima octava
Ayer comenzamos nuestro comentario sobre el pasaje en que Daniel pide al Todopoderoso que haga resplandecer su rostro sobre su propio santuario. Sabemos bien cuántas veces aparece esta expresión en las Escrituras, donde se dice que Dios manifiesta su oposición ocultando su rostro, cuando no ayuda a su pueblo, sino que se esconde como si se hubiera olvidado de él. Como la Escritura compara en todas partes nuestras calamidades y adversidades con las tinieblas, por eso se dice que Dios, en cuyo favor está puesta nuestra felicidad, oculta su rostro cuando no nos socorre; y de nuevo se dice que hace brillante y visible su rostro cuando nos da alguna señal de su favor paternal. Dios parecía haber abandonado durante mucho tiempo su santuario, y por eso el profeta le ruega que haga resplandecer su rostro. Debemos notar su expresión: sobre tu santuario que está asolado. De ella deducimos que, aunque el profeta veía todo perdido en sentido carnal, no desesperó ni desistió de sus oraciones. Y esta regla debe notarse: la gracia de Dios no ha de estimarse por el aspecto presente de las cosas, porque a menudo se muestra airado con nosotros. Nuestra razón carnal debe ser vencida, si queremos orar a Dios en la adversidad, como el profeta nos enseña aquí con su propio ejemplo. Pues el santuario había sido cortado; su misma devastación podría haber sido una excusa para que Daniel y todos los piadosos no ofrecieran ya sus oraciones. ¿Qué éxito podía esperarse en un estado de cosas tan deplorable? Daniel muestra con esta circunstancia cómo siguió luchando sin permitir que obstáculo alguno interrumpiera el curso de su oración. Añade: por amor del Señor; todos los doctores hebreos están de acuerdo en que la palabra אדני, Adoni, cuando se escribe con el gran punto karnetz, se toma solo por Dios; pero en ciertos pasajes de la Escritura se usa con la misma claridad también para el Mediador. Y muy probablemente tiene aquí este sentido; aunque los hebreos usan esta forma por amor de Dios, o por amor de ti, cuando hacen una apelación directa a la Deidad, confieso sin embargo que a menudo usan la tercera persona. Pero ¿qué necesidad hay de acudir a esta forma de hablar más dura, cuando el otro sentido parece más apropiado al pasaje? Dirá después: por causa de ti, Dios mío; pero dice aquí: por amor del Señor. Si, no obstante, hubiera de contender con una persona de disposición capciosa, confieso que no podría convencerla desde este pasaje; pero si pesamos sin contienda las palabras del profeta, nos inclinaremos más bien a este modo de ver el asunto. Aquí, pues, pone ante Dios al Mediador por cuyo favor espera obtener su petición. Con todo, si alguien prefiere aplicar esto a Dios, que conserve su opinión. Sigamos ahora, —
Daniel 9:18
18. Inclina, Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no presentamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias.
18. Inclina Deus mi, aurem tuam, et audi: eperi oculos tuos, et respice desolationes nostras, et civitem super quam invocatum est nomen tuum, super eam, quia non propter justitias nostras nos prosternimus preces nostras coram facie tua, sed propter misericordias tuas multas,* vel, magnas.*
Daniel 9:18
Esta breve cláusula respira un admirable fervor y vehemencia de oración; pues Daniel derrama sus palabras como si estuviera fuera de sí. Los hijos de Dios a menudo están en éxtasis en la oración; gimen y ruegan a Dios, usan diversos modos de hablar y mucha tautología, y no pueden darse por satisfechos. En las formas de hablar, ciertamente, los hipócritas a veces son superiores; no solo rivalizan con los sinceros adoradores de Dios, sino que se dejan llevar enteramente por las pompas externas, y con un vasto cúmulo de palabras en sus oraciones llegan a mucha elegancia y esplendor, e incluso se hacen grandes retóricos. Pero Daniel muestra aquí solo una parte de sus sentimientos; no cabe duda de que quería dar testimonio a toda la Iglesia de con cuánta vehemencia y fervor oraba, con la mira de inflamar a otros con ardor semejante. En este versículo dice: Oh Dios mío, inclina tu oído y oye. Habría bastado decir simplemente: escucha; pero como Dios parecía permanecer sordo a pesar de tantas oraciones y súplicas, el profeta le ruega que incline su oído. Hay aquí una antítesis silenciosa, porque los fieles parecían estar hablando a sordos, mientras sus gemidos habían subido continuamente al cielo durante setenta años sin el menor efecto. Añade luego: abre tus ojos y mira. Pues el que Dios no respondiera debía abatir las esperanzas de los piadosos, porque los israelitas eran tratados tan inmerecidamente. Eran oprimidos con toda forma posible de oprobio, y sufrían la más grave molestia en sus bienes y en todo lo demás. Sin embargo, Dios pasaba por alto todas estas calamidades de su pueblo, como si tuviera cerrados los ojos; y por esta razón Daniel le ruega ahora que abra sus ojos. Es provechoso notar con diligencia estas circunstancias, para aprender cómo orar a Dios: primero, cuando estamos en paz y podemos expresar nuestras peticiones sin la menor inquietud, y luego, cuando la tristeza y la ansiedad se apoderan de todos nuestros sentidos y las tinieblas nos rodean por todas partes; aun entonces nuestras oraciones deben continuar con constancia en medio de estos grandes obstáculos. Y deducimos al mismo tiempo que, mientras Dios nos aprieta hasta el extremo de nuestra vida, debemos ser aún más importunos, porque el nuevo objeto de esta nuestra severa aflicción es despertarnos en medio de nuestra pereza. Así se dice en los Salmos: «Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado» (Sal 32:6). Nuestra oportunidad surge cuando las necesidades más extremas nos abruman, porque entonces Dios nos despierta y, como he dicho, corrige nuestra lentitud. Aprendamos, pues, a acostumbrarnos a la vehemencia en la oración siempre que Dios nos urge y nos incita con un estímulo de esta clase.
Dice luego: Mira nuestras desolaciones —de esto ya hemos dicho bastante— y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre. De nuevo Daniel pone ante sí el fundamento seguro de su confianza: Jerusalén había sido escogida como santuario de Dios. Sabemos que la adopción de Dios es sin arrepentimiento, como dice Pablo (Ro 11:29). Daniel, pues, toma aquí el método más fuerte de apelar al honor de Dios, instando su deseo de ser adorado en el monte Sión, y que había destinado Jerusalén para sí como sede real. La expresión «ser llamado por el nombre de Dios» significa considerar el lugar o la nación como pertenecientes a Dios. Pues se dice que el nombre de Dios es invocado sobre nosotros cuando profesamos ser su pueblo, y él nos distingue con su marca, como si quisiera mostrar abiertamente a los ojos de los hombres que reconoce nuestra profesión. Así el nombre de Dios fue invocado sobre Jerusalén, porque su elección se había celebrado ya durante muchos siglos, y también había reunido un pueblo peculiar, y había señalado un lugar donde quería que se le ofrecieran sacrificios.
Añade después: Porque no derramamos nuestros ruegos delante de tu rostro confiados en nuestra justicia, o por medio de ella (כי, ki, «sino», está puesto aquí, en mi opinión, en sentido adversativo), sino a causa de tus muchas o grandes misericordias. Daniel confirma más claramente lo que se dijo ayer, mostrando cómo su esperanza estaba fundada solo en la misericordia de Dios. Pero he dicho cómo expresa su sentido con más claridad oponiendo dos miembros de una frase naturalmente contrarios entre sí. No en nuestra justicia, dice, sino en tus compasiones. Aunque esta comparación no siempre se pone tan distintamente, sin embargo debe mantenerse esta regla: siempre que los santos se apoyan en la gracia de Dios, renuncian al mismo tiempo a todos sus méritos, y no encuentran nada en sí mismos que haga propicio a Dios. Pero este pasaje debe notarse con diligencia, pues Daniel excluye cuidadosamente todo lo que se opone a la bondad gratuita de Dios; y luego muestra cómo, al presentar algo propio, como si los hombres pudieran merecer la gracia de Dios, disminuyen en igual grado su misericordia. Las palabras de Daniel contienen también otra verdad, que manifiesta la imposibilidad de conciliar dos cosas opuestas, a saber, que los fieles se refugien en la misericordia de Dios, y que sin embargo traigan algo propio y descansen en sus méritos. Como, pues, existe una completa repugnancia entre la bondad gratuita de Dios y todos los méritos del hombre, ¡cuán necios son los que se esfuerzan por combinarlos, conforme a la práctica habitual del papado! E incluso ahora, los que no ceden de buena gana a Dios y a su palabra, quieren echar un manto sobre su error atribuyendo la mitad de la alabanza a Dios y a su misericordia, y reteniendo el resto como propio del hombre. Pero toda duda queda eliminada cuando Daniel pone estos dos principios en oposición el uno al otro, según mi observación anterior: la justicia del hombre y la misericordia de Dios. Nuestros méritos, en verdad, no se unirán con la gracia de Dios más que el fuego y el agua, mezclados en el vano intento de buscar algún acuerdo entre cosas tan opuestas. Llama luego «grandes» a estas misericordias, como ya notamos antes el uso de una gran variedad de palabras para expresar las diversas maneras en que el pueblo era responsable ante su juicio. Aquí, pues, implora las misericordias de Dios como muchas y grandes, pues la maldad del pueblo había llegado a su extremo más alto.
En cuanto a la expresión siguiente, El pueblo derrama sus ruegos delante de Dios, la Escritura parece en cierta medida discrepar de sí misma, por el uso frecuente de una metáfora distinta, que representa las oraciones como elevadas hacia el cielo. Esta expresión aparece a menudo: Oh Dios, elevamos o levantamos nuestras oraciones a ti. Aquí también, como en otros lugares, el Espíritu dicta una forma diferente de expresión, que representa a los fieles echando por tierra sus votos y oraciones. Cada una de estas expresiones es igualmente adecuada, porque, como dijimos ayer, tanto el arrepentimiento como la fe deben estar unidos en nuestras oraciones. Pero el arrepentimiento arroja a los hombres hacia abajo, y la fe los levanta de nuevo hacia arriba. A primera vista estas dos ideas no parecen fáciles de conciliar; pero al sopesar estos dos miembros de una forma de hablar verdadera y lógica, no hallaremos posible elevar al cielo nuestras oraciones y votos sin deprimirlos, por así decirlo, hasta las más bajas profundidades. Pues, por una parte, cuando el pecador llega a la presencia de Dios, necesariamente debe caer del todo, más aún, desvanecerse como sin vida ante él. Este es el genuino efecto del arrepentimiento. Y de este modo los santos echan por tierra todas sus oraciones, siempre que reconocen suplicantes que son indignos de la atención del Todopoderoso. Cristo nos pone delante un cuadro de esta clase en el carácter del publicano, que se golpea el pecho y pide perdón con semblante abatido (Lc 18:13). Así también los hijos de Dios echan por tierra sus oraciones en ese espíritu de humildad que brota de la penitencia. Luego elevan sus oraciones por la fe; pues cuando Dios los invita a sí, y les da el testimonio de su disposición propicia, se levantan y sobrepasan las nubes, sí, aun el cielo mismo. De ahí brilla también esta doctrina: «Tú oyes la oración», como leemos en los Salmos (Sal 65:2). Como los fieles tienen por cierto que Dios es propicio, se acercan con denuedo a su presencia y oran con ánimo erguido, con la seguridad de que Dios se complace en el sacrificio que ofrecen. Sigue:
Daniel 9:19
19. Oye, Señor; perdona, Señor; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo.
19. Domine audi, Domine propitius esto, Domine attende, vel, animadverte, et fac, ne moreris propter te, Deus mi, quia nomen tuum invocatum est super urbem tuam, et super populum tuum.
Daniel 9:19
Aquí la vehemencia está mejor expresada, como ya he observado. Pues Daniel no hace ostentación de su elocuencia, como suelen hacer los hipócritas, sino que simplemente enseña con su ejemplo la verdadera ley y método de la oración. Sin duda, fue impulsado por un celo singular con el propósito de arrastrar consigo a otros. Dios, pues, obró en el profeta por su Espíritu, para hacerlo guía de todos los demás, y de su oración una especie de fórmula común para toda la Iglesia. Con esta intención, Daniel relata ahora sus propios pensamientos. Había orado sin testigo alguno, pero ahora convoca a toda la Iglesia, y quiere que se haga testigo de su celo y fervor, e invita a todos los hombres a seguir esta prescripción, que procede no de él mismo sino de Dios. Oye, oh Señor, dice; y luego: Oh Señor, sé propicio. Con esta segunda cláusula da a entender la sordera continua e intencionada del Todopoderoso, porque estaba justamente airado con el pueblo. Y debemos observar esto, porque necesariamente nos extrañamos de que Dios no conteste nuestras oraciones tan pronto como el deseo ha salido de nuestros labios. También debe notarse su razón. La lentitud de Dios brota de nuestra frialdad y torpeza, mientras que nuestras iniquidades interponen un obstáculo entre nosotros y su oído. Sé propicio, pues, oh Señor, para que oigas. Así debe resolverse la frase. Añade luego: Oh Señor, presta atención. Con esta palabra Daniel quiere dar a entender que, aunque el pueblo había provocado de muchas maneras y durante largo tiempo la ira de Dios, era oprimido indignamente por enemigos impíos y crueles, y que esta severa calamidad debía inclinar a Dios a compadecerse de ellos. Oh Señor, dice, pues, presta atención y no tardes. Ya Dios había desechado a su pueblo durante setenta años, y había permitido que sus enemigos lo oprimieran de tal modo que causaba a los fieles el más profundo abatimiento de ánimo. Así percibimos cómo en este pasaje el santo profeta luchaba con denuedo contra la más severa tentación. Pide a Dios que no tarde ni difiera. Habían pasado ya setenta años desde que Dios había desechado formalmente a su pueblo y les había negado toda señal de su buena voluntad hacia ellos.
La inferencia práctica de este pasaje es la imposibilidad de orar de manera aceptable si no nos elevamos por encima de lo que nos acontece; y si estimamos el favor de Dios según nuestra propia condición, perderemos el deseo mismo de orar, más aún, nos consumiremos cien veces en medio de nuestras calamidades, y seremos totalmente incapaces de elevar nuestra mente a Dios. En fin, siempre que Dios parece haber tardado mucho tiempo, se le debe suplicar constantemente que no tarde. Añade luego: Por amor de ti mismo, oh Dios mío. De nuevo Daniel reduce a nada aquellas fuentes de confianza con las que los hipócritas se imaginan capaces de obtener el favor de Dios. Aunque una cláusula de la frase no es realmente lo opuesto de la otra, como lo era antes, sin embargo cuando dice por amor de ti podemos entender que la inferencia es: por tanto, no por amor de nosotros. Confirma este modo de ver con el resto del contexto: Por amor de ti, oh Dios mío, porque tu nombre ha sido invocado sobre tu ciudad, dice, y sobre tu pueblo. Observamos, pues, cómo Daniel no dejó medio alguno por probar para obtener su petición, aunque se apoyaba en su adopción gratuita y nunca dudó de los sentimientos propicios de Dios hacia su propio pueblo. No halla ciertamente causa alguna para ellos en los mortales ni en sus méritos, pero quiere que los hombres contemplen perpetuamente sus beneficios y que perseveren firmes hasta el fin. Sigue: —
Daniel 9:20-21
20. Aún estaba hablando, y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramando mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios;
20. Et adhuc ego loquens, et precarer, et confiterer peecatum meum, et peccatum populi mei Israel, et prosternerem, precationem meam coram Jehova Deo meo, super montem sanctuarii Dei me.
21. Aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, me tocó como a la hora del sacrificio de la tarde.
21. Cum, inquam, loquerer in precatione mea, tunc vir Gabriel quem videram in visione principio voluntam volatu, tetigit me circa tempus oblationis vespertinae.
Daniel 9:20
En cuanto a la traducción, algunos la toman como yo; otros dicen «volando velozmente», dando a entender fatiga y presteza. Algunos derivan la palabra «volando» de עוף, gnof, que significa volar, y la unen con su propio participio, lo cual es común en hebreo; otros, en cambio, piensan que deriva de יעף, yegnef, que significa fatigarse, y luego la explican metafóricamente como volar apresuradamente.
Aquí Daniel comienza a mostrarnos que sus oraciones no fueron en modo alguno inútiles ni carentes de fruto, pues Gabriel fue enviado para elevar su ánimo con confianza y aliviar su dolor con consuelo. Luego lo presenta como ministro de la gracia de Dios para toda la Iglesia, para inspirar a los fieles la esperanza de un pronto regreso a su patria, y animarlos a soportar sus aflicciones hasta que Dios les abriera el camino de regreso. Después, en cuanto a nosotros, no debemos sorprendernos de que Dios a veces rehúse respuesta a nuestras oraciones, porque los que parecen orar mucho mejor que los demás apenas poseen la centésima parte del celo y fervor requeridos. Al comparar nuestro método de oración con esta vehemencia del profeta, ciertamente estamos en verdad muy por detrás de él; y no es en absoluto sorprendente que, siendo tan grande la diferencia, el éxito sea tan distinto. Y, sin embargo, podemos estar seguros de que nuestras oraciones nunca serán en vano, si seguimos al santo profeta aunque sea a larga distancia. Si la limitada medida de nuestra fe impide que nuestras oraciones emulen el celo del profeta, Dios las escuchará no obstante, mientras estén fundadas en la fe y en la penitencia. Daniel dice, pues: Mientras yo aún hablaba, y oraba, y confesaba mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel. Ante todo, debemos notar cómo el Espíritu Santo dictó aquí al profeta, de propósito, que la gracia de Dios está preparada y se extiende a todos los desdichados que huyen a ella y la imploran. El profeta, pues, muestra por qué estamos tan desprovistos de ayuda: pues si el dolor ocasiona tantos gemidos, nunca alzamos los ojos a Dios, de quien siempre se ha de buscar consuelo en todos los males. Así nos exhorta al hábito de la oración diciendo que sus ruegos fueron oídos. No presenta ningún ejemplo singular, sino que, como ya he dicho, pronuncia en general que las oraciones de los que buscan a Dios como libertador nunca serán ni vanas ni infructuosas. He mostrado cómo nuestras súplicas no siempre encuentran la misma atención ni una atención igual, pues nuestro letargo requiere que Dios difiera en la ayuda que proporciona. Pero de este modo el profeta nos enseña cómo los que poseen verdadera fe y arrepentimiento, por leves que sean, nunca ofrecerán en vano sus oraciones a Dios.
Añade luego lo que es necesario para conciliar el favor de Dios, a saber, que los hombres se anticipen al juicio de Dios condenándose a sí mismos. Así afirma: Confesaba su pecado y el de su pueblo. No habla aquí de una clase de pecado, sino que bajo la palabra חטא, cheta, comprende toda clase de maldad; como si dijera: cuando me confesaba empapado en pecado y ahogado en iniquidad, confesaba lo mismo en nombre de mi pueblo. Debemos notar también la expresión el pecado de mi pueblo Israel. Podía haber omitido este sustantivo, pero quiso testificar ante Dios que la Iglesia era culpable y no tenía la menor esperanza de absolución, a menos que Dios, a quien habían ofendido tan merecidamente, se dignara reconciliarlos benignamente consigo. Pero la primera cláusula es más digna de notarse, donde Daniel relata la confesión de sus propios pecados ante Dios. Sabemos lo que dice Ezequiel, o más bien el Espíritu que habla por su boca (Ez 14:14). Pues Dios nombra los tres caracteres más perfectos que habían existido entonces en el mundo, e incluye entre ellos a Daniel, aunque vivía en aquel tiempo. Aunque Daniel era un ejemplo de justicia angelical, y es celebrado con un honor tan notable, sin embargo, si aun él estuviera delante de mí e intercediera por este estado, no lo escucharía, sino que lo libraría solo a causa de su propia justicia. Si, pues, Dios exalta así a su propio profeta, y lo eleva como si estuviera más allá de toda la contaminación y los vicios del mundo, ¿dónde hallaremos en la tierra un hombre que pueda jactarse de estar libre de toda mancha y falta? Que se nos presenten los caracteres más perfectos: ¡qué diferencia entre ellos y Daniel! Pero aun él se confiesa pecador ante Dios, y renuncia por completo a su propia justicia, y da testimonio abiertamente de que su única esperanza de salvación está puesta en la sola misericordia de Dios. De ahí que Agustín, con mucha sabiduría, cite a menudo este pasaje contra los seguidores de Pelagio y Celestio. Sabemos bien con cuán especiosos pretextos estos herejes oscurecían la gracia de Dios, cuando argumentaban que los hijos de Dios no debían permanecer siempre en la cárcel, sino llegar a la meta. La doctrina es ciertamente pasable, que los hijos de Dios deben estar libres de toda falta, pero ¿dónde se halla realmente tal integridad? Agustín, pues, con la mayor propiedad, respondía siempre a aquellos charlatanes mostrando que nunca existió nadie tan justo en este mundo que no necesitara la misericordia de Dios. Pues si hubiera existido tal carácter, ciertamente el Señor, que es el único juez idóneo, lo habría hallado. Pero afirma que su siervo Daniel está entre los más perfectos, si se toman solo tres desde el principio del mundo. Pero como Daniel se arroja en la grey de los pecadores, no por fingido pretexto ni humildad, sino expresando la plenitud de su ánimo ante Dios, ¿quién reclamará ahora para sí mayor santidad que esta? Cuando, pues, confieso mis pecados delante del rostro de mi Dios. Aquí ciertamente no hay ficción, de donde se sigue que los que pretenden esta perfección imaginaria son demonios en forma humana, como Castalio y otros cínicos, o más bien perros como él.
Debemos, pues, aferrarnos a este principio: ningún hombre, aunque sea semiangélico, puede acercarse a Dios, si no concilia su favor con una confesión sincera y franca de sus pecados, como realmente un criminal ante Dios. Esta es, pues, nuestra justicia: confesarnos culpables para que Dios nos absuelva gratuitamente. Estas observaciones, además, respecto a los israelitas nos conciernen también a nosotros, como vemos por la indicación que Cristo nos ha dado de decir: «Perdónanos nuestras deudas» (Mt 6:12; Lc 11:4). ¿Para quiénes quiso Cristo esta petición? Ciertamente para todos sus discípulos. Si alguien piensa que no necesita esta forma de oración, y esta confesión de pecado, que se aparte de la escuela de Cristo y entre en una piara de cerdos.
Añade ahora: Por el monte del santuario de mi Dios. Aquí el profeta sugiere otra razón por la que fue oído, a saber, su solicitud por el bienestar y la seguridad común de la Iglesia. Pues siempre que alguien atiende a sus intereses privados y es descuidado con la ventaja de su prójimo, es indigno de obtener algo ante Dios. Si, pues, deseamos que nuestras oraciones sean agradables a Dios y produzcan fruto útil, aprendamos a unir con nosotros a todo el cuerpo de la Iglesia, y a mirar no solo lo que nos conviene a nosotros, sino lo que tienda al bienestar común de todo el pueblo elegido. Mientras, pues, dice, yo aún hablaba, y en medio de mi oración. Parece que Daniel oraba no solo con sus afectos, sino que prorrumpía en alguna expresión externa. Es muy cierto que esta palabra se restringe a menudo a la expresión mental; pues aun cuando una persona no use su lengua, puede decirse que habla cuando solo piensa mentalmente dentro de sí. Pero puesto que Daniel dijo: Cuando yo aún hablaba en mi oración, parece haber prorrumpido en alguna expresión verbal; pues aunque los santos no se proponen pronunciar nada oralmente, el celo se apodera de ellos y a veces se les escapan palabras. Hay también otra razón para esto: somos naturalmente lentos, y entonces la lengua ayuda a los pensamientos. Por estas razones Daniel pudo no solo concebir sus oraciones en silencio y mentalmente, sino pronunciarlas verbal y oralmente.
Añade luego: Vino Gabriel; pero no puedo completar hoy mis comentarios sobre este suceso.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios Todopoderoso, aprender cada vez más plenamente a escudriñarnos a nosotros mismos y a descubrir las faltas de que somos culpables; más aún, que el grave peso de nuestra maldad nos humille de veras cuando venimos a tu presencia y te invocamos desde lo más profundo. Que nunca dejemos de esperar tu gracia; que por esa esperanza seamos elevados hasta los cielos más altos, y estemos firmemente seguros de que siempre te mostrarás Padre propicio con nosotros. Y como nos has concedido un Mediador que nos procure tu favor, que nunca vacilemos en acercarnos a ti con familiaridad, confiando en él. Siempre que nuestras miserias nos induzcan a la desesperación, que nunca sucumbamos a ella; sino que con fortaleza de ánimo invencible perseveremos en invocar tu nombre e implorar tu compasión, hasta que percibamos el fruto de nuestras oraciones, y después de ser libres de toda guerra, lleguemos al fin a aquel bienaventurado reposo que nos está reservado en los cielos, por el mismo Cristo nuestro Señor. — Amén.
Lección cuadragésima novena
Daniel 9:21
En la última lección explicamos la aparición del ángel a Daniel, que satisfizo el ardor de sus deseos. Pues oraba con gran fervor cuando percibió que había transcurrido el tiempo que Dios había fijado de antemano por boca de Jeremías, mientras el pueblo permanecía aún cautivo (Jer 25:11). Hemos mostrado cómo el ángel fue enviado por Dios al santo profeta, para aliviar su tristeza y quitar el peso de su ansiedad. Llamó al ángel un varón, porque tomó forma de hombre, como ya hemos dicho. Solo queda una cosa: que dice que la visión le fue ofrecida como a la hora del sacrificio de la tarde. Ya habían pasado setenta años durante los cuales Daniel nunca había visto ofrecer sacrificio alguno; y sin embargo menciona aún los sacrificios como si estuviera en la costumbre de asistir diariamente al templo, que realmente no existía. De donde se ve cómo los siervos de Dios, aunque privados por el momento de los medios externos de gracia, pueden sin embargo hacerlos prácticamente útiles meditando en Dios, y en los sacrificios, y en los demás ritos y ceremonias de su institución. Si hoy alguien es echado en prisión, e incluso se le prohíbe participar de la Cena del Señor hasta el fin de su vida, no debe por ello desechar el recuerdo de ese sagrado símbolo; sino considerar dentro de sí cada día por qué nos fue concedida esa Cena por Cristo, y qué provechos desea que saquemos de ella. Tales, pues, percibimos que fueron los sentimientos del santo profeta, pues habla de estos sacrificios diarios como si estuvieran entonces en uso real. Sin embargo, sabemos que habían sido abolidos, y no pudo haber estado presente en ellos durante muchos años, aunque durante ese período el templo estaba en pie. Sigamos ahora, —
Daniel 9:22
22. Y me instruyó, y habló conmigo, y dijo: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento.
22. Et docuit me, et loquutus est mecum, et dixit, Daniel, nunc exivi ut te intelligere facerem intelligentiam.
Daniel 9:22
Aquí el ángel prepara el ánimo del profeta diciendo que venía del cielo para enseñarle. Salí, dice, para hacerte entender. Pues Daniel debía entender, por el oficio de este ángel, lo que él mismo debía hacer. Como Dios se había dignado honrarlo tan altamente poniendo ante él a uno de sus ángeles como maestro y enseñador suyo, el profeta no debía descuidar un favor tan singular, para no parecer ingrato a Dios. Entendemos ahora por qué el ángel testifica que venía a enseñar al profeta. Y nosotros también debemos reflexionar en esto siempre que entramos en el templo de Dios, o leemos algún pasaje de la santa Escritura, y reconocer que se nos envían maestros de parte de Dios para ayudarnos en nuestra ignorancia y para interpretarnos las Escrituras. Debemos admitir también que la Escritura se nos da para que hallemos en ella lo que de otro modo nos estaría oculto. Pues Dios abre, por así decirlo, su propio corazón a nosotros, cuando nos da a conocer sus secretos por medio de la Ley, y los Profetas, y también sus apóstoles. Así Pablo muestra que el evangelio es predicado para la obediencia de la fe (Ro 1:5); como si dijera: no escaparemos con impunidad, a menos que abracemos con obediencia la doctrina del evangelio; de lo contrario, hacemos cuanto podemos para frustrar los designios de Dios y eludir sus consejos, si no obedecemos fielmente su palabra. Sigue, —
Daniel 9:23
23. Al principio de tus ruegos salió la orden, y yo he venido para enseñártela, porque tú eres muy amado; entiende, pues, el asunto, y comprende la visión.
23. Principio precationum tuarum exivit verbum, et ego veni ut annuntiarem, quia tu desideriorum vir, itaque intellige in sermone, et intellige in visione.
Daniel 9:23
Aquí el ángel no solo exige docilidad al profeta, sino que además lo exhorta a una mayor atención. Más adelante veremos que esta profecía singular y extraordinaria no requería un estudio común. Esta es la razón por la que el ángel no solo manda a Daniel que reciba su mensaje con la obediencia de la fe, sino también que preste más atención que de costumbre, porque se trataba de un misterio importante y singular. Declara en primer lugar: la palabra salió desde el tiempo en que el profeta comenzó a orar. No me detendré en recitar las opiniones de otros, porque creo entender el sentido genuino del pasaje; a saber, que Dios oyó las oraciones de su siervo, y entonces promulgó lo que ya había decretado. Pues con la palabra «salió» expresa la publicación de un decreto hecho antes; fue entonces promulgado, del mismo modo que se dice que los decretos de los príncipes salen cuando se difunden públicamente. Dios había determinado lo que haría, apenas Daniel hubo cesado, pues el consejo de Dios nunca dejaría de cumplirse; pero aquí señala que es imposible que las oraciones de sus santos sean vanas, porque les concede precisamente aquello que habría otorgado aunque no hubieran orado por ello, como si fuera obediente a sus deseos y aprobara su conducta. Está bastante claro que nada podemos obtener con nuestra oración sin que Dios haya determinado antes concedérnoslo; sin embargo, estos puntos no son contrarios entre sí; pues Dios atiende a nuestras oraciones, como se dice en los Salmos: cumple nuestros deseos, y a la vez ejecuta lo que había determinado antes de la creación del mundo (Sal 145:19). Él había predicho por medio de Jeremías (Jer 25:11), como hemos observado antes, el fin del exilio del pueblo a los setenta años; Daniel ya lo sabía, como relató al principio del capítulo, y sin embargo no aflojó en sus oraciones, pues sabía que las promesas de Dios no nos dan motivo ni ocasión para la pereza ni la desidia. El profeta, pues, oró, y Dios muestra que sus deseos de ningún modo fueron vanos, ya que se referían al bienestar de toda la Iglesia. A continuación declara: la palabra salió tan pronto como Daniel comenzó a orar; es decir, tan pronto como abrió sus labios recibió respuesta divina. Después añade: vino para hacértelo saber, porque, dice, tú eres un hombre muy amado. Algunos toman la palabra «amado» en sentido activo, como si Daniel ardiera con un celo intenso; pero esto es forzado y contrario al uso de la lengua. Sin duda el profeta emplea la palabra en el sentido de ser aceptado por Dios, y la mayoría de los intérpretes concuerdan plenamente conmigo. El ángel, pues, anuncia su llegada en favor de Daniel, porque este gozaba del favor de Dios. Y esto es digno de notarse, pues deducimos del pasaje que es imposible que nuestros votos y oraciones nos alcancen favor delante de Dios, a menos que ya estemos abrazados por su benevolencia; porque de ningún otro modo hallamos propicio a Dios sino cuando huimos por la fe a su benignidad. Entonces, confiados en Cristo como nuestro Mediador y Abogado, nos atrevemos a acercarnos a él como hijos a un padre. Por estas razones nuestras oraciones de nada valen delante de Dios si no están en alguna medida fundadas en la fe, que es la única que nos reconcilia con Dios, puesto que nunca podemos serle agradables sin perdón y remisión de pecados. Observamos también en qué sentido se dice que los santos agradan a Dios aun cuando a veces no obtienen lo que piden. Pues Daniel estuvo sujeto a continuos gemidos durante muchos años, y fue afligido por mucho dolor; y sin embargo nunca percibió haber logrado algo digno de sus esfuerzos. Bien podía concluir que todo su trabajo estaba enteramente perdido, después de orar tantas veces y con tanta perseverancia sin resultado. Pero finalmente el ángel sale a su encuentro y atestigua que es aceptado por Dios, y le hace reconocer que no había sufrido ningún rechazo, aunque no hubiera alcanzado el objeto de sus ardientes deseos. Por tanto, cuando nuestros pensamientos se llenan de ansiedad y somos inducidos a la desesperación por la ausencia de todo provecho o fruto de nuestras oraciones, y por la falta de una respuesta abierta e inmediata, debemos sacar esta enseñanza de lo que el ángel enseña: Daniel, que era agradabilísimo a Dios, fue oído al fin, sin que se le permitiera ver con sus ojos corporales el objeto de sus deseos. Murió en el exilio, y nunca contempló el cumplimiento de las profecías del profeta sobre el estado feliz de la Iglesia, como si esta se preparara de inmediato a celebrar sus triunfos. Al final del versículo, como ya he mencionado, el ángel estimula a Daniel a un mayor celo, y lo urge a aplicar su mente y todos sus sentidos con atención para entender la profecía que el ángel había recibido el mandato de presentarle. Sigue ahora:
Daniel 9:24
24. Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la transgresión, y para poner fin a los pecados, y para expiar la iniquidad, y para traer la justicia eterna, y para sellar la visión y la profecía, y para ungir al Santo de los santos.
24. Septuaginta hebdomades finitae sunt super populum tuum et super urbem tuam sanctum, ad claudendum scelus, et obsignandum peccatum, et expiandam iniquitatem, et adducendam justitiam aeternam, et obsignandam visionem, et prophetiam, et ungendum sanctum sanctorum.
Daniel 9:24
Este pasaje ha sido tratado de tantas maneras, y de tal modo distraído y casi despedazado por las diversas opiniones de los intérpretes, que podría considerarse casi inútil a causa de su oscuridad. Pero, con la seguridad de que ninguna predicción es realmente vana, podemos esperar entender esta profecía, con tal de que seamos atentos y dóciles conforme a la amonestación del ángel y el ejemplo del profeta. No suelo referirme a las opiniones encontradas, porque no me complace refutarlas, y el método sencillo que adopto es el que más me agrada, a saber, exponer lo que creo que el Espíritu de Dios ha transmitido. Pero no puedo escapar a la necesidad de refutar diversas opiniones sobre el presente pasaje. Comenzaré con los judíos, porque no solo pervierten su sentido por ignorancia, sino por vergonzosa impudencia. Siempre que son expuestos a la luz que brilla desde Cristo, al instante dan la espalda con total desvergüenza, y muestran una completa falta de ingenuidad. Son como perros a quienes les basta con ladrar. En este pasaje, especialmente, revelan su petulancia, porque con frente de bronce eluden el sentido del profeta. Observemos, pues, lo que piensan, porque en vano los condenaríamos si no pudiéramos convencerlos con razones igualmente firmes y ciertas. Cuando Jerónimo relata la enseñanza de los judíos que vivieron antes de su tiempo, les atribuye mayor modestia y discreción que las que han mostrado sus descendientes posteriores. Refiere su confesión de que este pasaje no puede entenderse de otro modo que del advenimiento del Mesías. Quizá Jerónimo no quiso enfrentarlos en combate abierto, por no estar plenamente persuadido de su necesidad, y por eso presumió más de lo que ellos habían concedido. Lo creo muy probable, pues no deja caer una sola palabra sobre qué interpretación aprueba, y se excusa por presentar toda clase de opiniones sin prejuicio alguno de su parte. De ahí que no se atreva a pronunciar si los intérpretes judíos son más acertados que los griegos o los latinos, sino que deja a sus lectores enteramente en suspenso. Además, es muy claro que todos los rabinos expusieron esta profecía de Daniel como referida a aquel castigo continuo que Dios iba a infligir a su pueblo después de su regreso del cautiverio. Así excluyen por completo la gracia de Dios, y culpan al profeta, como si hubiera cometido un error al pensar que Dios sería propicio a estos miserables desterrados, devolviéndolos a sus hogares y reedificando su templo. Según su parecer, las setenta semanas comenzaron con la destrucción del primer templo, y terminaron con la ruina del segundo. En un punto concuerdan con nosotros: en considerar que el profeta cuenta las semanas no por días sino por años, como en Levítico (Lv 25:8). No hay diferencia entre nosotros y los judíos en la cuenta de los años; confiesan que el número de años es 490, pero discrepan de nosotros enteramente en cuanto al fin de la profecía. Dicen, como ya he insinuado, que aquí se predicen las calamidades continuas que oprimieron al pueblo. El profeta esperaba que el fin de sus tribulaciones se acercaba rápidamente, pues Dios había testificado por Jeremías su perfecta satisfacción con los setenta años de cautiverio. Dicen también que el pueblo fue miserablemente hostigado por sus enemigos al derribar de nuevo su segundo templo; así fueron privados de sus hogares, y la ciudad en ruinas se convirtió en un triste espectáculo de devastación y desastre. De este modo, mostré cómo excluían la gracia de Dios; y, para resumir brevemente su enseñanza, esta es su sustancia: el profeta se engaña al pensar que el estado de la Iglesia mejoraría al cabo de los setenta años, porque todavía quedaban setenta semanas; es decir, Dios multiplicó así el número con el propósito de castigarlos, hasta que al fin aboliría la ciudad y el templo, dispersaría su nación por toda la tierra y destruiría su mismo nombre, hasta que por fin llegara el Mesías a quien esperaban. Esta es su interpretación, pero toda la historia refuta tanto su ignorancia como su temeridad. Pues, como observaremos después, todos los que están dotados de recto juicio difícilmente aprobarán esto, porque todos los historiadores relatan que transcurrió un período más largo entre la monarquía de Ciro y los persas, y la venida de Cristo, del que Daniel calcula aquí. Los judíos incluyen además los años transcurridos desde la ruina del primer templo hasta el advenimiento de Cristo y la destrucción final de su ciudad. De ahí que, según la opinión comúnmente recibida, amontonen unos seiscientos años. Diré después hasta qué punto apruebo este cómputo y hasta qué punto discrepo de él. Con todo, es bastante claro que los judíos son vergonzosamente engañados y engañan a otros cuando así amontonan, sin juicio alguno, períodos distintos.
Una refutación positiva de este error se obtiene fácilmente de la profecía de Jeremías, del comienzo de este capítulo y de la opinión de Esdras. Aquel engañador e impostor, Barbinel, que se imagina el más agudo de todos los rabinos, cree tener aquí una salida cómoda, pues elude el asunto con una sola palabra y responde solo a una objeción. Pero mostraré brevemente cómo juega con frívolas bagatelas. Al rechazar a Josefo, se gloría de una fácil victoria. Confieso con franqueza que no puedo confiar en Josefo ni en todo momento ni sin excepción. Pero ¿qué conclusiones sacan Barbinel y sus seguidores de este pasaje? Vayamos a aquella profecía de Jeremías que he mencionado, y en la cual se refugia. Dice que los cristianos hacen reinar a Nabucodonosor cuarenta y cinco años, pero que no completó ese número. Así recorta medio año, o quizá uno entero, a esas monarquías. Pero ¿qué tiene esto que ver? Porque aún quedarán 200 años, y la contienda entre nosotros versa sobre este período. Percibimos, pues, con qué puerilidad se entretiene, descontando cinco o seis años de un número muy grande, y aun así queda la carga de 200 años que no remueve. Pero, como ya he dicho, aquella profecía de Jeremías sobre los setenta años permanece inconmovible. Pero ¿cuándo comienzan? ¿Desde la destrucción del templo? Esto no encaja en absoluto.
Barbinel hace el número de los años cuarenta y nueve o por ahí, desde la destrucción del templo hasta el reinado de Ciro. Pero antes vimos que el profeta fue entonces instruido acerca del fin del cautiverio. Ahora, aquel descarado y sus seguidores no se avergüenzan de afirmar que Daniel fue un mal intérprete de esta parte de la profecía de Jeremías, porque pensó que el castigo estaba cumplido, aunque faltaba todavía algún tiempo. Algunos de los rabinos hacen esta afirmación, pero su carácter frívolo se ve en esto: Daniel no confiesa aquí error alguno, sino que afirma con seguridad que oró por haber aprendido del libro de Jeremías el cumplimiento del tiempo del cautiverio. Luego Esdras usa estas palabras: Cuando se cumplieron los setenta años que Dios había predicho por Jeremías, él despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, para dar libertad al pueblo en el primer año de su monarquía (Esd 1:1). Aquí Esdras declara abiertamente que Ciro dio libertad al pueblo por el impulso secreto del Espíritu. ¿Se había vuelto olvidadizo el Espíritu de Dios cuando apresuró el regreso del pueblo? Pues entonces necesariamente tendremos que convencer a Jeremías de engaño y falsedad, mientras que Esdras trata el regreso del pueblo como una respuesta a la profecía. Por otra parte, citan un pasaje del capítulo primero de Zacarías (Zac 1:12): «¿Hasta cuándo no tendrás piedad de Jerusalén…, con la cual has estado airado por estos setenta años?» Pero aquí el profeta no señala el momento en que se cumplieron los setenta años, sino que, habiendo vuelto una parte del pueblo a su tierra con permiso de Ciro, y estando aún impedida la edificación del templo, después de un lapso de veinte o treinta años, se queja de que Dios no hubiera libertado completa y plenamente a su pueblo. Sea así o no, los judíos deben explicar el comienzo de los setenta años desde el primer exilio, antes de la destrucción del templo; de otro modo los pasajes citados de Daniel y de Esdras no concordarían. Nos vemos así obligados a cerrar estos setenta años antes del reinado de Ciro, pues Dios había dicho que entonces pondría fin al cautiverio de su pueblo, y en ese punto se cumplió el período.
Además, casi todos los escritores profanos cuentan 550 años desde el reinado de Ciro hasta el advenimiento de Cristo.
No dudo en suponer aquí algún error, porque con este cálculo nos quedaría una dificultad nada leve, pero diré después el método correcto de calcular el número de los años. Entretanto, percibimos cómo los judíos en todo caso exceden el número de 600 años, al comprender el cautiverio de setenta años bajo estas setenta semanas; y luego añaden el tiempo transcurrido desde la muerte de Cristo hasta el reinado de Vespasiano. Pero los hechos mismos son su mejor refutación. Pues el ángel dice: las setenta semanas fueron terminadas. Barbinel toma la palabra חתך, chetek, por «cortar», y quiere que notemos las miserias continuas con que el pueblo fue afligido; como si el ángel hubiera dicho: el tiempo de la redención aún no ha llegado, pues el pueblo era continuamente desdichado, hasta que Dios le infligió aquel golpe final que fue una matanza desesperada. Pero cuando esta palabra se toma en el sentido de «terminar» o «acabar», el ángel anuncia evidentemente aquí la conclusión de las setenta semanas. Aquel impostor contiende con este argumento: las semanas de años se usan aquí en vano, a menos que sea con referencia al cautiverio. Esto es en parte verdad, pero él las alarga más de lo debido. Nuestro profeta alude a los setenta años de Jeremías, y me sorprende que los defensores de nuestra causa no hayan considerado esto, pues nadie sugiere razón alguna de por qué Daniel cuenta los años por semanas. Con todo, sabemos que esta figura se usa a propósito, porque quiso comparar setenta semanas de años con los setenta años. Y quien se tome la molestia de considerar esta semejanza o analogía, hallará a los judíos muertos por su propia espada. Pues el profeta compara aquí la gracia de Dios con su juicio; como si hubiera dicho: el pueblo ha sido castigado con un exilio de setenta años, pero ahora ha llegado su tiempo de gracia; más aún, ha amanecido el día de su redención, y ha resplandecido con continuo esplendor, ensombrecido, es cierto, por unas pocas nubes, durante 490 años hasta el advenimiento de Cristo. El lenguaje del profeta debe interpretarse así: una oscuridad dolorosa se ha cernido sobre ustedes durante setenta años, pero Dios hará seguir ahora a este período otro de favor siete veces mayor en duración, porque, aligerando sus cuidados y moderando sus dolores, no cesará de mostrarse propicio a ustedes hasta el advenimiento de Cristo. Este acontecimiento era notoriamente la principal esperanza de los santos que aguardaban la aparición del Redentor.
Comprendemos ahora por qué el ángel no usa la cuenta de años, o de meses, o de días, sino de semanas de años, porque esto tiene una referencia tácita a la pena que el pueblo había soportado según la profecía de Jeremías. Por otra parte, esto muestra la gran benignidad de Dios, pues manifiesta consideración por su pueblo hasta el momento en que presente la salvación prometida en su Cristo. Setenta semanas, pues, dice, fueron terminadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad. No apruebo la opinión de Jerónimo, quien piensa que esto alude al rechazo del pueblo; como si hubiera dicho: el pueblo es tuyo y no mío. Estoy seguro de que esto es enteramente contrario a la intención del profeta. Afirma que aquí se llama el pueblo y la ciudad de Daniel porque Dios había repudiado a su pueblo y rechazado su ciudad. Pero, como dije antes, Dios quiso llevar algún consuelo a su siervo y a todos los piadosos, y sostenerlos con esta confianza durante su opresión por sus enemigos. Pues Dios ya había fijado el tiempo de enviar al Redentor. Se dice que el pueblo y la ciudad pertenecen a Daniel porque, como vimos antes, el profeta estaba ansioso por la seguridad común de su nación y por la restauración de la ciudad y del templo. Por último, el ángel confirma su expresión anterior: Dios escuchó la oración de su siervo, y promulgó la profecía de la redención futura. La cláusula siguiente convence a los judíos de corromper a propósito las palabras y el sentido de Daniel, porque el ángel dice: el tiempo fue cumplido para poner fin a la maldad, y para sellar los pecados, y para expiar la iniquidad. Deducimos de esta cláusula los sentimientos compasivos de Dios para con su pueblo una vez cumplidas estas setenta semanas. ¿Con qué propósito determinó Dios ese tiempo? Ciertamente para prohibir el pecado, para cerrar la maldad y para expiar la iniquidad. No observamos aquí continuación alguna del castigo, como vanamente se imaginan los judíos; pues suponen a Dios siempre hostil a su pueblo, y reconocen en la completa destrucción del templo un signo de gravísima ofensa. El profeta, o más bien el ángel, nos da una visión del caso totalmente opuesta, explicando cómo Dios quiso poner fin y cerrar su pecado, y expiar su iniquidad. Después añade: para traer la justicia eterna. Percibimos primero qué mensaje tan gozoso se presenta acerca de la reconciliación del pueblo con Dios; y luego, algo prometido mucho mejor y más excelente que cualquier cosa concedida bajo la ley, e incluso bajo los tiempos florecientes de los judíos con David y Salomón. El ángel anima aquí a los fieles a esperar algo mejor de lo que experimentaron sus padres, a quienes Dios había adoptado. Hay una especie de contraste entre las expiaciones bajo la ley y esta que el ángel anuncia, y también entre el perdón aquí prometido y el que Dios había dado siempre a su pueblo antiguo; y hay también el mismo contraste entre la justicia eterna y la que floreció bajo la ley.
Añade a continuación: para sellar la visión y la profecía. Aquí la palabra «sellar» puede tomarse en dos sentidos. O bien el advenimiento de Cristo sancionaría todo lo que antes había sido predicho (y la metáfora lo implica bastante bien), o bien podemos tomarla de otro modo, a saber: la visión será sellada, y así finalmente cerrada, de modo que todas las profecías cesen. Barbinel cree señalar aquí un gran absurdo, afirmando que de ningún modo es conforme al carácter de Dios privar a su Iglesia de la notable bendición de la profecía. Pero aquel ciego no comprende la fuerza de la profecía, porque nada entiende acerca de Cristo. Sabemos que la ley se distingue del evangelio por esta peculiaridad: antiguamente tuvieron un largo curso de profecía, según el lenguaje del apóstol (He 1:1): Dios habló antiguamente de muchas maneras por los profetas, pero en estos postreros tiempos por su Hijo unigénito. Y también, la ley y los profetas duraron hasta Juan, dice Cristo (Mt 11:11-13; Lc 16:16; Lc 7:28). Barbinel no percibe esta diferencia, y, como he dicho antes, cree haber descubierto un argumento contra nosotros afirmando que no debería quitarse el don de profecía. Y, en verdad, no deberíamos ser privados de este don, a menos que Dios quisiera aumentar el privilegio del nuevo pueblo, porque el más pequeño en el reino de los cielos es superior en privilegio a todos los profetas, como Cristo declara en otro lugar. Añade luego: y para ungir al Santo de los santos. Aquí, de nuevo, tenemos un contraste tácito entre las unciones de la ley y la última que había de realizarse. No solo se ofrece aquí consuelo a todos los piadosos, porque Dios iba a mitigar el castigo que había infligido, sino porque quiso derramar la plenitud de toda su misericordia sobre la nueva Iglesia. Pues, como he dicho, los judíos no pueden escapar a esta comparación, de parte del ángel, entre el estado de la Iglesia bajo el pacto legal y el nuevo; pues los privilegios de este último serían mucho mejores, más excelentes y más deseables que los existentes en la Iglesia antigua desde su comienzo. Pero lo demás, mañana.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios todopoderoso, ya que por nuestra extrema ceguera no podemos contemplar la luz abierta del día, que seamos iluminados por tu Espíritu. Que aprovechemos todas tus profecías, con las cuales quieres dirigirnos a tu Hijo unigénito; que lo abracemos con fe verdadera y cierta, y permanezcamos obedientes a él como nuestro gobernante y guía; y después de haber atravesado este mundo, lleguemos por fin a aquel reposo celestial que nos ha sido alcanzado por la sangre del mismo Hijo tuyo. Amén.
Lección quincuagésima
Comenzamos ayer a mostrar cuán neciamente los rabinos corrompen con sus comentarios esta profecía que ahora tratamos; pues suponen que el ángel trata de la ira continua de Dios que el pueblo judío había experimentado en parte, y que según su suposición habría de ser todavía de mayor duración y severidad. Hemos explicado cuán abiertamente esto se opone a las palabras de Daniel, quien aquí promete el retorno del favor de Dios a su pueblo, y luego muestra el objeto y la intención del Espíritu Santo. Con este consuelo quiso aligerar el dolor del santo varón, a quien ya hemos visto sumamente ansioso por el estado de la Iglesia, que entonces percibía tan deplorable. La frase que ya hemos comentado confirma el mismo punto, pues el ángel promete, a la llegada del período predicho, un fin al pecado y a la maldad, y a la iniquidad, porque la iniquidad sería entonces expiada. Promete luego la llegada de la justicia eterna; y por último añade el sellado de la visión y la profecía, junto con la unción espiritual del Santo de los santos. Todos admiten que esta es la promesa de una bendición más excelente que cualquiera bajo la ley. No puede recibirse ninguna otra interpretación sino la que la refiere al advenimiento de Cristo y a la restauración completa de la Iglesia de Dios. Siguen otros argumentos. Pues el profeta añade lo que repetiré de nuevo, porque debo explicar más plenamente lo que ahora solo recorro de pasada.
Daniel 9:25
25. Sabe, pues, y entiende, que desde la salida del mandato para restaurar y edificar Jerusalén hasta el Mesías, el Príncipe, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas: se reedificará la plaza y el muro, y esto en tiempos angustiosos.
25. Cognosces ergo et intelliges, ab exitu verbi de reditu, et de aedificanda Jerosolyma usque ad Christum ducem hebdomadas septam, et hebdomadas sexaginta duas, et reducetur, et re-aedificabutur platea, et murus, idque in angustia temporum.
Daniel 9:25
Daniel repite aquí las divisiones del tiempo ya mencionadas. Antes había declarado setenta semanas; pero ahora hace dos porciones, una de siete semanas y otra de sesenta y dos. Hay claramente otra razón por la que quiso dividir en dos partes el número usado por el ángel. Una porción contiene siete semanas y la otra sesenta y dos; se omite una sola semana que se mencionará después. Los judíos descartan las siete semanas, del gobierno de Herodes al de Vespasiano. Confieso que esto concuerda con el modo de hablar judío; en lugar de sesenta y dos y siete, dirán siete y sesenta y dos, poniendo así primero el número menor. Los años del hombre (dice Moisés) serán veinte y ciento (Gn 6:3); los griegos y los latinos dirían: serán ciento veinte años. Confieso que esta es la frase común entre los hebreos; pero aquí el profeta no relata la duración de una serie de años, como si tratara de la vida de un solo hombre, sino que primero marca el espacio de siete semanas, y luego corta otro período de sesenta y dos semanas. Las siete semanas preceden claramente en el orden del tiempo; de otro modo no podríamos explicar suficientemente el pleno sentido del ángel.
Trataremos ahora en qué sentido debe recibirse la salida del edicto. Entretanto, no se puede negar que el ángel pronuncia esto acerca del edicto que había sido promulgado sobre la restitución del pueblo y la restauración de la ciudad. Sería, por tanto, necio aplicarlo a un período en que la ciudad no estaba restaurada y no se había dictado ni hecho público decreto alguno semejante. Pero, ante todo, debemos tratar lo que dice el ángel: hasta el Cristo, el Mesías. Algunos quieren tomar este sustantivo singular en sentido plural, como si fuera el ungido del Señor, es decir, sus sacerdotes; otros lo refieren a Zorobabel, y otros a Josué. Pero bastante claramente el ángel habla de Cristo, de quien tanto los reyes como los sacerdotes bajo la ley eran tipo y figura. Algunos, por otra parte, piensan que se rebaja la dignidad de Cristo por el uso de la palabra נגיד, negid, «príncipe» o «caudillo», como si en su caudillaje no existiera ni realeza, ni cetro, ni diadema. Esta observación carece por completo de razón; pues a David se le llama caudillo del pueblo, y a Ezequías, cuando llevaba diadema y estaba sentado en su trono, también se le llama caudillo (2 S 5:2; 2 R 20:5). Sin duda, la palabra implica aquí una excelencia superior. Todos los reyes eran gobernantes sobre el pueblo de Dios, y los sacerdotes estaban dotados de cierto grado de honor y autoridad. Aquí, pues, el ángel llama a Cristo caudillo, porque superaba con mucho a todos los demás, fueran reyes o sacerdotes. Y si el lector no es capcioso, este contraste será admitido de inmediato.
Añade luego: El pueblo volverá o será traído de vuelta, y se edificará la plaza, y el muro, y eso en el estrecho límite de los tiempos. Sigue otro argumento, a saber: después de sesenta y dos semanas Cristo será cortado. Esto lo entienden los judíos de Agripa, quien ciertamente fue cortado cuando Augusto obtuvo el imperio. En esto solo buscan algo que decir; pues todos los lectores sanos y sensatos quedarán perfectamente convencidos de que obran sin juicio ni vergüenza, y vomitan lo que se les viene al pensamiento. Se dan por satisfechos cuando hallan algo plausible que decir. Aquel charlatán, Barbinel, de quien he hablado antes, piensa que Agripa tiene tanto derecho a ser llamado un Cristo como Ciro; admite su defección a los romanos, pero afirma que fue contra su voluntad, pues aún era adorador de Dios. Aunque era claramente un apóstata, sin embargo lo trata como de ningún modo peor que todos los demás, y por esta razón quiere que se le llame el Cristo. Pero, ante todo, sabemos que Agripa no fue un rey legítimo, y su tiranía era directamente contraria al oráculo de Jacob, pues el cetro había sido arrebatado de la tribu de Judá (Gn 49:10). De ningún modo puede llamársele Cristo, aunque hubiera superado a todos los ángeles en sabiduría, virtud, poder y todo lo demás. Aquí se trata del gobierno legítimo del pueblo, y esto no se hallará en la persona de Agripa. Por tanto, los argumentos judíos son enteramente fútiles. Luego se añade otra afirmación: confirmará el pacto con muchos. Los judíos eluden la fuerza de esta cláusula con gran deshonestidad y sin la menor vergüenza. La tuercen hacia Vespasiano y Tito. Vespasiano había sido enviado por Nerón a Siria y al Oriente. Es perfectamente cierto que, por deseo de evitar una grave matanza de sus soldados, probó todas las condiciones de paz, y atrajo a los judíos con todo estímulo posible a rendirse a él, antes que forzarlo a llegar al último extremo. Con toda verdad, pues, Vespasiano exhortó a los judíos a la paz, y Tito, después que su padre pasó a Italia, siguió la misma política; pero ¿era esto confirmar el pacto? Cuando el ángel de Dios trata acontecimientos de la máxima importancia, y abarca toda la condición de la Iglesia, es fútil la explicación de quienes lo refieren a los jefes romanos que deseaban entrar en un tratado con el pueblo. Intentaban o bien obtener por pacto la posesión de todo el imperio de Oriente, o bien estaban resueltos a emplear la máxima fuerza para tomar la ciudad. Esta explicación, pues, es absolutamente absurda. Es bien claro que los judíos no solo carecen de toda razón cuando explican este pasaje de la continua ira de Dios, y excluyen su favor y su reconciliación con el pueblo, sino que son completamente deshonestos, y profieren palabras sin vergüenza, y echan una niebla sobre el pasaje para oscurecerlo. Al mismo tiempo queda expuesta su vanidad, pues no tienen pretexto alguno para sus comentarios.
Vengo ahora a los escritores antiguos. Jerónimo, como dije brevemente ayer, recita diversas opiniones. Pero antes de tratarlas una por una, debo responder en pocas palabras a la calumnia de aquel rabino impuro y obstinado, Barbinel. Para privar a los cristianos de toda confianza y autoridad, les objeta sus diferencias mutuas; como si las diferencias entre hombres no suficientemente ejercitados en las Escrituras pudieran derribar por completo su verdad. Supongamos, por ejemplo, que yo argumentara contra él la falta de consentimiento entre los mismos judíos. Si alguien está deseoso de reunir sus diferentes opiniones, puede exultar como vencedor en este aspecto, pues no hay acuerdo entre los rabinos. Más aún, él no señala toda la extensión de las diferencias que se dan entre los cristianos, pues estoy dispuesto a conceder mucho más de lo que exige. Porque aquel pendenciero ignoraba todas las cosas, y solo muestra petulancia y locuacidad. Sus libros son sin duda muy plausibles entre los judíos, que no buscan nada más. Pero toma como autoridades entre nosotros a Africano y a Nicolás de Lira, a Burgense, y a cierto maestro llamado Remond. Ignora los nombres de Eusebio, Orígenes, Tertuliano, Hipólito, Apolinar, Jerónimo, Agustín y otros escritores semejantes. Percibimos aquí cuán descarado es este parlanchín, que se atreve a balbucear sobre materias que están totalmente fuera de su conocimiento. Pero, como he dicho, concedo muchas diferencias entre los cristianos. El mismo Eusebio concuerda con los judíos en referir la palabra «Cristo» a los sacerdotes, y cuando el ángel habla de la muerte de Cristo, piensa que aquí se alude a la muerte de Aristóbulo, que fue asesinado. Pero esto es enteramente necio. Es cristiano, dirás; cierto, pero cayó en ignorancia y error. La opinión de Africano es más acertada, pero el tiempo de ningún modo concuerda con el de Darío, hijo de Histaspes, como mostraré después. Yerra otra vez en otro capítulo, al tomar los años por lunares, como hace Lira. Sin duda esto fue solo una objeción capciosa suya; al no hallar que sus propios años encajaran, pensaron que el número total podía completarse usando años intercalares junto con los 490. Pues antes de que el año se ajustara al curso del sol, los antiguos acostumbraban contar doce meses lunares, y luego añadir otro. El número total de años puede completarse según su imaginación, si añadimos esos períodos adicionales a los años aquí enumerados por el profeta. Pero yo rechazo esto por completo. Hipólito también yerra en otra dirección; pues cuenta las siete semanas como el tiempo transcurrido entre la muerte y la resurrección de Cristo, y en esto concuerda con los judíos. Apolinar también se equivoca, pues piensa que debemos comenzar en el nacimiento de Cristo, y luego extiende la profecía hasta el fin del mundo. Eusebio también, que discute con él en cierto pasaje, toma la última semana por todo el período que debe transcurrir hasta que llegue el fin del mundo. Por mi parte, estoy dispuesto a reconocer que todas estas interpretaciones son falsas, y sin embargo no permito que falle la verdad de Dios.
¿Cómo, pues, llegaremos a una conclusión cierta? No basta refutar la ignorancia de otros, si no podemos hacer patente la verdad y probarla con razones claras y satisfactorias. De buena gana excuso los nombres de los comentaristas vivos y de los que han vivido en nuestros propios días, y sin embargo debo decir lo que resulte útil a mis lectores; entretanto, hablaré con cautela, porque deseo mucho callar en todos los puntos, salvo aquellos que son útiles y necesarios de conocer. Si alguien tiene el gusto y el ocio necesario para indagar diligentemente el tiempo aquí mencionado, Ecolampadio nos amonesta con razón y prudencia que debemos hacer el cómputo desde el principio del mundo. Pues hasta la ruina del templo y la destrucción de la ciudad, podemos reunir con certeza el número de años transcurridos desde la creación del mundo; aquí no hay lugar para el error. La serie es bastante clara en las Escrituras. Pero después de esto dejan al lector a otras fuentes de información, puesto que el cómputo desde el derribo del templo es vago e inexacto, según Eusebio y otros. Así, desde el regreso del pueblo hasta el advenimiento de Cristo se hallará que transcurrieron 540 años. Vemos así cuán imposible es satisfacer a lectores sensatos, si solo contamos los años del modo en que lo ha hecho Ecolampadio.
Felipe Melanchthon, que sobresale en ingenio y erudición y está felizmente versado en los estudios de la historia, hace un doble cómputo. Comienza un plan desde el segundo año de Ciro, es decir, desde el comienzo de la monarquía persa; pero calcula que las setenta semanas se cumplen hacia la muerte de Augusto, que es el período del nacimiento de Cristo. Cuando llega al bautismo de Cristo, añade otro método de cómputo, que comienza en los tiempos de Darío; y en cuanto al edicto aquí mencionado, entiende que fue promulgado por Darío, hijo de Histaspes, puesto que la edificación del templo fue interrumpida durante unos sesenta y seis años. En cuanto a este cómputo, de ningún modo puedo aprobarlo. Y sin embargo confieso la imposibilidad de hallar otra exposición de lo que dice el ángel, hasta Cristo el Caudillo, a menos que se refiera al bautismo de Cristo.
Estos dos puntos, pues, a mi juicio, deben mantenerse como fijos: primero, las setenta semanas comienzan con la monarquía persa, porque entonces se concedió al pueblo un regreso libre; y segundo, no terminaron hasta el bautismo de Cristo, cuando comenzó abiertamente su obra de satisfacer los requisitos del oficio que su Padre le había asignado. Pero debemos ver ahora cómo esto concordará con el número de años. Confieso aquí que existen tan grandes diferencias entre los escritores antiguos que debemos usar conjeturas, porque no tenemos ninguna explicación cierta que presentar y que podamos señalar como la única suficiente. Conozco las diversas calumnias de quienes desean volver oscuras todas las cosas, y derramar las tinieblas de la noche sobre la más clara luz del día. Pues los profanos y los escépticos se aferran de inmediato a esto; porque cuando ven alguna diferencia de opinión, quieren mostrar la incertidumbre de toda nuestra enseñanza. Así, si perciben alguna diferencia en las opiniones de diversos intérpretes, aun en materias de la menor importancia, concluyen que todas las cosas están envueltas en completa oscuridad. Pero su perversidad no debe asustarnos, porque cuando ocurren discrepancias en las narraciones de los historiadores profanos, no declaramos fabulosa toda la historia. Tomemos la historia griega: ¡cuánto difieren entre sí los griegos! Si alguien tomara esto como pretexto para rechazarlos a todos, y afirmara que todas sus narraciones son falsas, ¿no lo condenaría todo el mundo como singularmente impudente? Ahora bien, si las Escrituras no se contradicen a sí mismas, sino que manifiestan ligeras diversidades en años o lugares, ¿las declararemos por eso enteramente carentes de crédito? Bien sabemos que existen algunas diferencias en todas las historias, y sin embargo esto no les hace perder su autoridad; se las sigue citando y se deposita confianza en ellas.
Con respecto al presente pasaje, confieso que no puedo negar la existencia de mucha controversia sobre estos años entre todos los escritores griegos y latinos. Esto es verdad: pero, entretanto, ¿enterraremos todo lo que ya pasó, y pensaremos que el mundo se interrumpió en su curso? Después de que Ciro transfirió a los persas el poder de Oriente, claramente le siguieron algunos reyes, aunque no es evidente quiénes fueron, y los escritores también difieren sobre el período y los reinados de cada uno de ellos, y sin embargo en los puntos principales hay un acuerdo general. Pues algunos enumeran unos 200 años; otros 125 años; y algunos entre ambos, contando 140 años. Sea cual sea la cifra correcta, hubo claramente alguna sucesión de reyes persas, y transcurrieron muchos años adicionales antes de que Alejandro el Macedonio obtuviera la monarquía de todo el Oriente. Esto es bien claro. Ahora bien, desde la muerte de Alejandro el número de años es bien conocido. Felipe Melanchthon cita un pasaje de Ptolomeo que los hace 292; y pueden aducirse muchos testimonios que confirman ese espacio de tiempo. Si alguien objeta que el número de años podría contarse por períodos de cinco años, como solían hacer los romanos, o por olimpíadas, con los griegos, confieso que el cómputo por olimpíadas elimina toda fuente de error. Los griegos usaron gran diligencia y minuciosidad, y eran muy deseosos de gloria. No podemos decir lo mismo del imperio persa, pues no podemos determinar con exactitud bajo qué olimpíada vivió cada rey, y el año en que comenzó a reinar y en que murió. Sea cual fuere la conclusión que adoptemos, mi afirmación anterior es perfectamente verdadera: si los hombres capciosos son rebeldes y oscurecen la clara luz de la historia, sin embargo no pueden arrancar este pasaje de su verdadero sentido, porque podemos reunir, tanto de los historiadores griegos como de los latinos, la suma total de los tiempos, que cuadrará muy claramente con esta profecía de Daniel. Quien compare todo el testimonio histórico con deseo de aprender, y, sin contienda alguna, cuente cuidadosamente los años, hallará imposible expresarlos mejor que con la expresión del ángel: setenta semanas. Por ejemplo, que cualquier persona estudiosa, dotada de agudeza, experiencia y destreza, descubra todo lo que se ha escrito en griego y en latín, y distinga el testimonio de cada escritor bajo capítulos distintos, y después compare a los escritores entre sí, y determine la credibilidad de cada uno y hasta qué punto es una autoridad idónea y clásica, hallará el mismo resultado que el dado aquí por el profeta. Esto debería bastarnos. Pero, entretanto, debemos recordar cómo nuestra ignorancia proviene principalmente de esta costumbre persa: quien emprendía una expedición bélica, nombraba a su hijo su virrey. Así, Cambises reinó, según algunos, veinte años, y según otros, solo siete; porque la corona fue puesta sobre su cabeza en vida de su padre. Además de esto, hubo otra razón. Los pueblos de Oriente son notoriamente muy inquietos, fácilmente excitables, y siempre desean cambio de gobernantes. De ahí que con frecuencia surgieran contiendas entre parientes cercanos, de las cuales tenemos amplias narraciones en las obras de Heródoto. Lo menciono entre otros, pues el hecho es suficientemente conocido. Cuando los padres veían el peligro de que sus hijos se destruyeran mutuamente, solían crear rey a uno de ellos; y si querían preferir al hermano menor sobre el mayor, lo llamaban «rey» con el concurso de su consejo. De ahí que los años de sus reinados se entremezclaran, sin ningún método fijo de contarlos. Y, por tanto, dije que, aun si las olimpíadas nunca pudieran engañarnos, esto no podría afirmarse del imperio persa. Aunque admitimos mucha diversidad y contradicción unidas a gran oscuridad, siempre hemos de volver al mismo punto: puede hallarse alguna conclusión que concuerde con esta predicción del profeta. Por tanto, no contaré estos años uno por uno, sino que solo amonestaré a cada uno de ustedes a sopesar por sí mismo, conforme a su capacidad, lo que lee en la historia. Así todos los hombres sanos y moderados quedarán conformes, cuando perciban cuán bien concuerda esta profecía de Daniel con el testimonio de los escritores profanos, en su alcance general, según mis explicaciones anteriores.
Dije que debemos comenzar con la monarquía de Ciro; esto se deduce claramente de las palabras del ángel, y especialmente de la división de las semanas. Pues dice: Las siete semanas se refieren a la reparación de la ciudad y del templo. Ninguna objeción capciosa puede privar de su verdadera fuerza a la expresión del profeta: desde la salida del edicto sobre la restitución del pueblo y la edificación de la ciudad hasta el Mesías, el Caudillo, habrá siete semanas; y luego, sesenta y dos semanas; después añade: Después de las sesenta y dos semanas Cristo será cortado. Cuando, por tanto, pone siete semanas en primer lugar, y expresa claramente que cuenta el comienzo de este período desde la promulgación del edicto, ¿a qué podemos referir estas siete semanas, sino a los tiempos de la monarquía de Ciro y la de Darío, hijo de Histaspes? Esto es evidente por la historia de los Macabeos, así como por el testimonio del evangelista Juan; y podemos recoger la misma conclusión de las profecías de Hageo y Zacarías, pues la edificación del templo fue interrumpida durante cuarenta y seis años. Ciro permitió al pueblo edificar el templo; los cimientos fueron puestos cuando Ciro salió a la guerra de Escitia; los judíos fueron entonces obligados a cesar sus trabajos, y su sucesor Cambises fue hostil a este pueblo. De ahí que los judíos digan (Jn 2:20): «En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás?» Procuran burlarse de Cristo porque había dicho: Destruid este templo, y yo lo reedificaré en días futuros, pues era entonces expresión común, transmitida por sus padres, que el templo había ocupado este período en su construcción. Si se suman los tres años durante los cuales se pusieron los cimientos, tendremos entonces cuarenta y nueve años, o siete semanas. Puesto que el acontecimiento muestra abiertamente el cumplimiento de lo que el ángel había predicho a Daniel, quien quiera torcer el sentido del pasaje solo muestra su propia temeridad. ¿Y no hemos de rechazar toda otra interpretación, por oscurecer un sentido tan claro y evidente? Debemos recordar ahora lo que dije antes. En la lección de ayer vimos que setenta semanas fueron cortadas para el pueblo; el ángel había declarado también la salida del edicto por el cual Daniel había orado. ¿Qué necesidad hay, pues, de tratar como dudosa una certeza? ¿Y por qué litigar el punto cuando Dios pronuncia que el comienzo de este período está en el término de los setenta años proclamados por Jeremías? Es bien cierto que estos setenta años y setenta semanas deben unirse. Puesto que, por tanto, estos períodos son continuos, quien refiere este pasaje al tiempo de Darío Histaspes, en primer lugar rompe los eslabones de una cadena de acontecimientos todos conectados entre sí, y luego pervierte todo el espíritu del pasaje; pues, como dijimos ayer, el objeto del ángel era ofrecer consuelo en medio del dolor. Durante setenta años el pueblo había sido miserablemente afligido en el exilio, y parecía enteramente abandonado, como si Dios ya no reconociera a estos hijos de Abraham como su pueblo y heredad. Siendo esta la intención del Todopoderoso, es bien claro que el comienzo de las setenta semanas no puede interpretarse de otro modo que refiriéndolo a la monarquía de Ciro. Este es el primer punto.
Debemos volvernos ahora a las sesenta y dos semanas; y si no puedo satisfacer a todos, me contentaré con gran sencillez, y confío en que todos los discípulos sanos y humildes de Cristo aceptarán fácilmente esta exposición. Si contamos los años desde el reinado de Darío hasta el bautismo de Cristo, se hallará que han transcurrido sesenta y dos semanas, poco más o menos. Como observé antes, no soy escrupuloso por unos pocos días o meses, ni siquiera por un solo año; pues ¡cuán grande es la perversidad que nos llevaría a rechazar lo que relatan los historiadores porque no todos concuerdan en un solo año! Sea cual fuere la conclusión correcta, hallaremos unos 480 años entre el tiempo de Darío y la muerte de Cristo. De ahí que sea necesario prolongar estos años hasta el bautismo de Cristo, porque cuando el ángel habla de la última semana, declara claramente: El pacto será confirmado en aquel tiempo, y luego el Mesías será cortado. Como esto había de hacerse en la última semana, debemos necesariamente extender el tiempo hasta la predicación del evangelio. Y por esta razón Cristo es llamado «Caudillo», porque en su concepción estaba destinado a ser rey del cielo y de la tierra, aunque no comenzó su reinado hasta que fue públicamente ordenado Maestro y Redentor de su pueblo. La palabra «Caudillo» se aplica como nombre antes de que se asumiera el oficio; como si el ángel hubiera dicho: el fin de las setenta semanas ocurrirá cuando Cristo asuma abiertamente el oficio de rey sobre su pueblo, reuniéndolo de aquella miserable y horrible dispersión bajo la cual había sido oprimido tanto tiempo. Dejaré el resto para mañana.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios todopoderoso, ya que tus siervos, antes de la manifestación de tu Hijo unigénito, fueron sostenidos por aquellos oráculos que aún no se habían realizado en los hechos, que nosotros hoy aprendamos a poner nuestra confianza en nuestro Señor, quien tan claramente se nos ha revelado por su evangelio. Que permanezcamos tan firmes y constantes en la fe de ese evangelio que nunca seamos sacudidos por las perturbaciones y los tumultos de este mundo. Que avancemos siempre en el curso de tu santo llamamiento, hasta que por fin seamos liberados de todas las contiendas, y lleguemos a aquel bendito reposo que está guardado para nosotros en el cielo, por el mismo Señor nuestro Jesucristo. Amén.
Lección quincuagésima primera.
En la lección de ayer expliqué mis opiniones sobre las setenta semanas. Vuelvo ahora a las palabras del profeta, que toqué solo brevemente. Primero dice: Setenta semanas han sido cortadas sobre tu pueblo y sobre la santa ciudad. Con estas palabras implica primero que los israelitas estarían bajo el cuidado y la protección de Dios hasta la llegada de Cristo; y luego, que Cristo vendría antes del cumplimiento de los setenta años. El ángel anuncia estos dos puntos para asegurar a los fieles el perpetuo recuerdo que Dios tiene de su pacto, y para sostenerlos en medio de todas sus ansiedades y angustias. Sigue ahora un pasaje notable sobre el oficio de Cristo. El ángel predice lo que debían esperar de Cristo. Ante todo, anuncia la remisión de pecados; pues lo señala con la forma de expresión: prohibir o cerrar la maldad, sellar la pecaminosidad, y expiar la iniquidad. No nos sorprende hallar que el ángel use muchas frases en un asunto de tal importancia. Tal repetición en el lenguaje nos parece superflua, pero el conocimiento de la salvación se comprende bajo este encabezamiento. Se nos informa así cómo Dios se reconcilia con nosotros por el perdón gratuito, y esta es la razón por la que el ángel insiste en este asunto con tantas palabras (Lc 1:77). Pero debemos recordar lo que dije anteayer: hay un contraste tácito entre la remisión que ahora se nos ofrece bajo el evangelio y la que antiguamente se ofrecía a los padres bajo la ley. Desde la creación del mundo nadie podía invocar a Dios con ánimo tranquilo y con segura confianza, sino apoyándose en la esperanza del perdón. Pues sabemos que la puerta de la misericordia está cerrada para todos nosotros por estar con razón bajo la ira de Dios. De ahí que, si no resplandeciera la doctrina de la remisión gratuita de los pecados, no gozaríamos de libertad alguna para invocar a Dios, y toda esperanza de salvación se extinguiría al mismo tiempo. Se sigue, por tanto, que los padres bajo la ley tenían este beneficio en común con nosotros, a saber, cierta persuasión de que Dios les era propicio y de que perdonaba sus transgresiones. ¿Cuál es, pues, el significado de la frase: Cristo, a su venida, sellará los pecados y expiará las iniquidades? Aquí, como he dicho, se muestra una diferencia entre la condición de la Iglesia antigua y la nueva. Los padres ciertamente tenían esperanzas de remisión de sus pecados, pero su condición era inferior a la nuestra en dos aspectos. Su enseñanza no era tan clara como la nuestra, ni sus promesas tan plenas y firmes. Los superamos también en otro aspecto. Dios nos da testimonio de que es nuestro Padre, y así huimos a él con la mayor libertad y sin temor; y, además de esto, Cristo ya nos ha reconciliado con el Padre por su sangre (Ro 8:15; Gá 4:6). Así somos superiores a ellos, no solo en instrucción, sino en efecto y plenitud, pues hoy Dios no solo nos promete el perdón de nuestros pecados, sino que testifica y afirma que han sido enteramente borrados y abolidos por el sacrificio de Cristo su Hijo. Esta diferencia la denota abiertamente el ángel cuando dice: Los pecados serían cerrados y sellados, y las iniquidades también expiadas, cuando Cristo viniera. De ahí que dijéramos antes que se prometía algo mejor de lo que los padres experimentaron antes de la manifestación de Cristo.
Percibimos aquí en qué sentido Cristo cerró los pecados, y selló la maldad, y expió la iniquidad; pues no solo introdujo la doctrina del perdón gratuito, y prometió que Dios sería aplacado por el pueblo, por su deseo de perdonar su iniquidad, sino que realmente cumplió todo lo necesario para reconciliar a los hombres con Dios. Derramó su sangre, con la cual borró nuestros pecados; se ofreció también a sí mismo como víctima expiatoria, y satisfizo a Dios con el sacrificio de su muerte, de modo que nos absolviera enteramente de culpa. Moisés usa a menudo la palabra חטא, cheta, al hablar de sacrificios; pero el ángel nos enseña aquí indirectamente cómo todas las expiaciones bajo la ley eran solo figurativas, y nada más que sombras de lo por venir; pues, si los pecados hubieran sido entonces realmente expiados, no habría habido necesidad de la venida de Cristo. Por tanto, como la expiación estaba en suspenso hasta la manifestación de Cristo, nunca hubo verdadera expiación bajo la ley, sino que todas sus ceremonias no eran sino representaciones sombrías. Después añade: Para traer la justicia eterna. Esta justicia depende de la expiación. Pues ¿cómo podría Dios contar justos a los fieles, o imputarles justicia, como nos informa Pablo, sino cubriendo y sepultando sus pecados, o purgándolos en la sangre de Cristo (Ro 4:11)? ¿No es el mismo Dios aplacado por el sacrificio de su Hijo? Estas frases, pues, deben unirse: La iniquidad será expiada, y la justicia eterna será traída manifiestamente. Ninguna justicia se hallará jamás en el hombre mortal, a menos que la obtenga de Cristo; y si usamos gran exactitud de expresión, la justicia no puede existir en nosotros de otro modo que por aquel perdón gratuito que obtenemos mediante el sacrificio de Cristo. Entretanto, la Escritura une a propósito la remisión de pecados y la justicia, como también dice Pablo: Cristo murió por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación (Ro 4:25). Su muerte obtuvo satisfacción por nosotros, de modo que no permaneciéramos siempre culpables ni estuviéramos sujetos a la condenación de la muerte eterna, y luego por su resurrección nos obtuvo justicia, y adquirió también la vida eterna. La razón por la que el profeta trata aquí la justicia como perpetua o «de los siglos» es esta: los padres bajo la ley estaban obligados a agradar a Dios con sacrificios diarios. No habría habido necesidad de repetir los sacrificios, como nos amonesta el apóstol, si hubiera habido alguna virtud inherente en un solo sacrificio para aplacar al Todopoderoso (He 10:1). Pero puesto que todos los ritos de la ley tendían al mismo propósito de prefigurar a Cristo como la única y perpetua víctima para reconciliar a los hombres con Dios, necesariamente debían ofrecerse sacrificios diarios. De ahí que, como dijimos antes, estas satisfacciones eran claramente insuficientes para obtener justicia. Por tanto, solo Cristo trajo la justicia eterna: solo su muerte bastó para expiar todas las transgresiones. Pues Cristo padeció no solo para satisfacer por nuestros pecados, sino que nos pone delante su propia muerte, en la cual debemos descansar. De ahí que esta justicia eterna dependa del efecto permanente de la muerte de Cristo, puesto que la sangre de Cristo fluyó, por así decirlo, delante de Dios, y mientras somos purgados y limpiados diariamente de nuestra contaminación, Dios es también aplacado diariamente por nosotros. Observamos, pues, cómo la justicia no fue plenamente revelada bajo la ley, pero ahora se nos presenta bajo el evangelio. Sigue: Para sellar la visión y la profecía.
Esta cláusula puede tener dos sentidos, porque, como dije antes, Cristo selló todas las visiones y profecías, pues todas son sí y amén en él, como dice Pablo (2 Co 1:20). Como, por tanto, todas las promesas de Dios fueron satisfechas y cumplidas en Cristo para la salvación de los fieles, con propiedad afirma el ángel de su advenimiento: Sellará la visión y la profecía. Este es un sentido. El otro es que la visión será sellada en el sentido de que cesará, como si el ángel hubiera dicho: Cristo pondrá fin a las profecías, porque nuestra posición espiritual difiere de la de los padres. Pues Dios antiguamente habló de muchas maneras, ya que la Iglesia tenía que pasar por una variedad de estados y circunstancias conflictivos. Pero cuando Cristo fue manifestado, llegamos al cierre de los tiempos proféticos. De ahí que su advenimiento se llame la plenitud de los tiempos (Gá 4:4; He 1:1); y en otro lugar Pablo dice que hemos llegado a los postreros días (1 Co 10:11), puesto que esperamos el segundo advenimiento de Cristo, y no tenemos necesidad de nuevas profecías como antes. Entonces todas las cosas eran muy oscuras, y Dios gobernaba a su pueblo bajo la densa sombra de una nube. Nuestra condición en estos días es diferente. Por eso no nos sorprende que el ángel pronuncie selladas todas las visiones y profecías; pues la ley y los profetas fueron hasta Juan, pero desde entonces el reino de Dios comenzó a ser anunciado; es decir, Dios apareció mucho más claramente que antes (Mt 11:13; Lc 16:16). El mismo nombre de visión implica algo oscuro y dudoso. Pero ahora Cristo, el Sol de justicia, ha brillado sobre nosotros, y estamos en el esplendor del mediodía; la ley aparece solo como una candela en el gobierno de nuestra vida, porque Cristo nos señala en pleno esplendor el camino de la salvación. Sin duda, el ángel quiso aquí que distinguiéramos entre la enseñanza oscura de la ley, con sus antiguas figuras, y la luz abierta del evangelio. Además, el nombre «profecía» se toma tanto por el oficio profético como por las predicciones dadas.
Después añade: Para ungir al Santo de los santos. El ángel alude aquí al rito de consagración que se observaba bajo la ley; pues el tabernáculo con sus accesorios era consagrado mediante unción. Se muestra aquí cómo la unción perfecta y verdaderamente espiritual fue diferida hasta el advenimiento de Cristo. Él mismo es llamado propia y merecidamente el Santo de los santos, o el Tabernáculo de Dios, porque su cuerpo fue realmente el templo de la deidad, y de él debe buscarse la santidad (Col 2:9). El profeta nos recuerda aquí que la unción del santuario bajo la ley era solo una figura; pero en Cristo tenemos la verdadera exhibición de la realidad, aunque no fue ungido visiblemente con aceite, sino espiritualmente, cuando el Espíritu de Dios reposó sobre él con todos sus dones. Por eso dice (Jn 17:19): Por ellos yo me santifico a mí mismo.
Sigue ahora: Sabrás y entenderás que desde la salida de una palabra (o decreto) para la restitución del pueblo y la edificación de Jerusalén hasta Cristo el Caudillo, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas, y el pueblo volverá (o será traído de vuelta), y la plaza será edificada, y el muro (o foso), y eso en el estrecho intervalo de los tiempos; pues así resuelvo la conjunción. Como ya hemos dicho, el tiempo que había sido fijado de antemano para el estado perfecto de la Iglesia se divide. En primer lugar, pone siete semanas por sí solas; luego añade sesenta y dos semanas, y deja una, de la cual hablaremos después. Explica inmediatamente por qué separa las siete semanas del resto, haciendo innecesario a cualquier otro intérprete. Luego, en cuanto a la salida del edicto, hemos dicho cuán inadmisible es toda interpretación que no sea el primer decreto de Ciro, que permitió al pueblo volver libremente a su país. Pues las siete semanas, que suman cuarenta y nueve años, prueban claramente esta afirmación. Desde el comienzo de la monarquía persa hasta el reinado de Darío, hijo de Histaspes, es notoria la hostilidad de todas las naciones vecinas hacia los judíos, especialmente al interrumpir la edificación de su templo y ciudad. Aunque el pueblo tenía libre permiso para volver a su país, allí fueron hostigados por hostilidades, y casi se vieron inducidos a lamentarse de esta señal del favor de Dios. Gran parte de ellos prefirió su anterior exilio a una vida fatigosa y perpleja pasada entre sus más crueles enemigos. Esta es la razón por la que el ángel les informa de las siete semanas que habrían de transcurrir después de que el pueblo fuera traído de vuelta, pues no debían esperar pasar su vida en paz, ni edificar su ciudad y su templo sin inconveniente alguno; porque anuncia que este acontecimiento ocurrirá en la angostura del tiempo. Con la palabra צוק, tzok, no quiere decir «brevedad», sino que significa más bien el carácter angustioso de los tiempos, a consecuencia de las numerosas tribulaciones que todos sus vecinos traerían sobre el desdichado pueblo. Valía la pena sostener a los piadosos con esta amonestación previa, para que no abandonaran el deseo de edificar el templo, ni se abatieran por completo por el peso de las aflicciones que debían soportar. Sabemos qué ardientes predicciones pronunciaron los profetas acerca del estado feliz de la Iglesia tras su regreso; pero la realidad fue muy distinta, y los fieles podrían haberse ahogado del todo en la desesperación si el ángel no hubiera levantado sus ánimos con esta profecía. Percibimos así la gran utilidad de esta amonestación, y a la vez puede aplicarse como ejemplo práctico a nosotros mismos. Aunque la benignidad de Dios hacia nosotros fue admirable cuando el evangelio puro emergió de aquella espantosa oscuridad en que había estado sepultado durante tantos siglos, con todo experimentamos todavía el aspecto turbulento de los asuntos. Los impíos se oponen todavía incesante y furiosamente a la miserable Iglesia, tanto con la espada como con la virulencia de sus lenguas. Los enemigos domésticos usan artes clandestinas en sus planes para subvertir nuestro edificio; los hombres malvados destruyen todo orden, e interponen muchos obstáculos para impedir nuestro progreso. Pero Dios quiere todavía en estos días edificar su templo espiritual en medio de las angustias de los tiempos; los fieles tienen aún que sostener la llana en una mano y la espada en la otra, como hallamos en el libro de Nehemías (Neh 4:17), porque la edificación de la Iglesia debe todavía estar unida a muchas luchas. Sigue después:
Daniel 9:26
26. Y después de sesenta y dos semanas será cortado el Mesías, pero no por sí mismo: y el pueblo del príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra están determinadas las desolaciones.
26. Et post hebdomadas sexaginta duas excidetur Christus, et nihil erit, et urbem et sanctuarium perdet populus ducis venientis, et finis ejus cum inundatione erit, vel, in diluvio, et ad finem belli definitio desolationum.
Daniel 9:26
Aquí Daniel trata de las sesenta y dos semanas que transcurrieron entre el año sexto de Darío y el bautismo de Cristo, cuando el evangelio comenzó a ser promulgado, pero al mismo tiempo no descuida las siete semanas de las que había estado hablando. Pues estas comprenden el espacio de tiempo que medió entre la monarquía persa y el segundo edicto que otorgó de nuevo libertad al pueblo después de la muerte de Cambises. Después de las sesenta y dos semanas, que habían de suceder a las siete anteriores, el Mesías será cortado, dice. Aquí el ángel predice la muerte de Cristo. Los judíos refieren esto a Agripa, pero esto, como ya hemos observado, es enteramente fútil y necio. Eusebio y otros lo refieren a Aristóbulo, pero esto carece igualmente de razón. Por tanto, el ángel habla del único Mediador, como en el versículo anterior había dicho: hasta Cristo el Caudillo. Extender esto a todo el sacerdocio es tan forzado como absurdo. El ángel quiere decir más bien esto: Cristo se manifestaría entonces para tomar el gobierno de su pueblo; o, en otras palabras, hasta que el Mesías aparezca y comience su reinado. Ya hemos comentado sobre quienes explican errónea y pueril y neciamente el nombre «Caudillo», como si fuera inferior en dignidad al de rey. Como el ángel había usado el nombre «Cristo» en el sentido de Mediador, así lo repite en este pasaje en el mismo sentido. Y ciertamente, puesto que antes había tratado de aquellas singulares muestras del favor de Dios por las cuales la nueva Iglesia había de superar a la antigua, no podemos entender el pasaje de otro modo que de Cristo solo, de quien los sacerdotes y los reyes bajo la ley eran igualmente tipo. El ángel, pues, afirma aquí: Cristo moriría, y al mismo tiempo especifica la clase de muerte diciendo: nada le quedará. Esta breve cláusula puede tomarse en varios sentidos, pero no dudo en representar el sentido del ángel como este: Cristo moriría de tal modo que quedaría enteramente reducido a nada. Algunos la exponen así: la ciudad o el pueblo serán como nada para él; es decir, será divorciado del pueblo, y cesará su adopción, puesto que sabemos que los judíos se apartaron de tal modo de la verdadera piedad por su perfidia que quedaron enteramente alejados de Dios, y perdieron el nombre de Iglesia. Pero eso es forzado. Otros piensan que significa que no será ni hostil ni favorable; y otros, que nada le quedará en el sentido de quedar privado de toda ayuda; pero todos estos comentarios me parecen demasiado fríos. El sentido genuino, no tengo duda, es el siguiente: la muerte de Cristo sería sin atractivo ni hermosura alguna, como dice Isaías (Is 53:2). En verdad, el ángel nos informa del carácter ignominioso de la muerte de Cristo, como si fuera a desvanecerse de la vista de los hombres por falta de hermosura. Nada, pues, le quedará, dice; y la razón obvia es que los hombres lo juzgarían enteramente abolido.
Añade ahora: El caudillo del pueblo que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario. Aquí el ángel inserta lo que concierne más bien al fin del capítulo, pues después volverá a Cristo. Menciona aquí lo que sucedería a la muerte de Cristo, e interrumpe a propósito el orden de la narración para mostrar que su impiedad no escaparía al castigo, pues no solo rechazaron al Cristo de Dios, sino que lo mataron y procuraron borrar su memoria del mundo. Y aunque el ángel se refería especialmente solo a los fieles, era necesario amonestar a los incrédulos con el fin de dejarlos sin excusa. Bien conocemos la indolencia y la brutalidad de este pueblo, mostradas en su dar muerte a Cristo; pues este acontecimiento ocasionó un triunfo para los sacerdotes y todo el pueblo. De ahí que estos puntos deban unirse. Pero el ángel miraba por los intereses de los fieles, pues quedarían grandemente conmovidos por la muerte de Cristo, a la que hemos aludido, y también por su ignominia y rechazo. Siendo esta una manera de perecer tan horrible en la opinión de los hombres, el ánimo de todos los piadosos podría desfallecer del todo si el ángel no hubiera acudido en su socorro. De ahí que proponga un remedio apropiado: El caudillo del pueblo que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; como si hubiera dicho: No hay estímulo alguno para que los incrédulos se complazcan y se lisonjeen, porque Cristo fue reducido a nada en sentido carnal; la venganza los alcanzará al instante; el caudillo del pueblo que ha de venir destruirá tanto la ciudad como el santuario. Nombra un caudillo venidero, para impedir que los incrédulos descansen seguros por lisonjearse a sí mismos, como si Dios no fuera a extender al instante su mano para vengarse de ellos. Aunque el ejército romano que habría de destruir la ciudad y el santuario no apareció inmediatamente, el profeta les asegura sin embargo la llegada de un caudillo con un ejército que ocasionaría la destrucción de la ciudad y del santuario. Sin la menor duda, significa aquí que Dios infligiría una terrible venganza sobre los judíos por su asesinato de su Cristo. Aquel charlatán, Barbinel, deseoso de refutar a los cristianos, dice que transcurrieron más de doscientos años entre la destrucción del templo y la muerte de Cristo. ¡Qué ignorante era! Aun si negáramos toda confianza a los evangelistas y apóstoles, los escritores profanos lo convencerían pronto de necedad. Pero tal es la barbarie de su nación, y tan grande su obstinación, que de nada se avergüenzan. Por lo que a nosotros toca, deducimos con suficiente claridad del pasaje cómo el ángel tocó brevemente la futura matanza de la ciudad y la destrucción del templo, para que los fieles no fueran abrumados por las pruebas a consecuencia de la muerte de Cristo, y para que los incrédulos no se endurecieran por este acontecimiento. La interpretación de algunos escritores respecto al pueblo del caudillo venidero, como si Tito quisiera perdonar la más hermosa ciudad y conservarla intacta, me parece demasiado refinada. Lo tomo simplemente como un caudillo que ha de venir con su ejército para destruir la ciudad y derribar por completo el templo.
Después añade: Su fin será con inundación. Aquí el ángel quita toda esperanza a los judíos, cuya obstinación podría llevarlos a esperar alguna ventaja a su favor, pues ya conocemos su gran estupidez cuando están en estado de desesperación. Para que los fieles no se abandonaran a los mismos sentimientos de los apóstatas y rebeldes, dice: El fin del caudillo, Tito, será con inundación; es decir, derribaría la ciudad y la organización nacional, y pondría fin por completo al sacerdocio y a la raza, mientras todos los favores de Dios serían retirados al mismo tiempo. En este sentido su fin será con inundación. Por último, al fin de la guerra una desolación decisivísima. La palabra נחרצת, nechretzeth, «un cumplimiento», apenas puede tomarse de otro modo que como sustantivo. Sigue un nombre plural, שממות, shemmoth, «de desolaciones» o «de devastaciones»; y tomado verbalmente significa «asolamiento definido o terminado». Los gramáticos más hábiles admiten que la primera de estas palabras puede tomarse sustantivamente por «término», como si el ángel hubiera dicho: Aun si los judíos experimentan variedad de fortuna en la batalla, y tienen esperanzas de ser superiores a sus enemigos, y de hacer salidas e impedir a sus adversarios entrar en la ciudad; más aún, aun si los rechazan, el fin de la guerra resultará en completa devastación, y su destrucción está claramente definida. Dos puntos, pues, deben notarse aquí: primero, toda esperanza ha de quitarse a los judíos, pues se les debe enseñar la necesidad de su perecer; y segundo, se asigna una razón para esto, a saber, la determinación del Todopoderoso y su decreto inviolable. Sigue después:
Daniel 9:27
27. Y confirmará el pacto con muchos por una semana: y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda, y por la extensión de las abominaciones lo dejará desolado, hasta la consumación, y lo determinado se derramará sobre el desolado.
27. Et roborabit, foedus multis, hebdomade una: et dimidia hebdomade quiescere faciet sacrificium, et oblationem: et super extensionem abominationem obstupescet, et ad finem, et ad determinationem stillabit super stupentem.
Daniel 9:27
El ángel vuelve ahora a Cristo. Hemos explicado por qué hizo mención de la matanza venidera: primero, para mostrar a los fieles que no tenían razón para permanecer en el cuerpo de la nación más bien que ser cortados de ella; y luego, para impedir que los incrédulos se complacieran en su obstinación y en su desprecio de sus inestimables bendiciones, al rechazar la persona de Cristo. Así fue interpuesta esta cláusula sobre la futura devastación de la ciudad y del templo. El ángel continúa ahora su discurso sobre Cristo diciendo: confirmará el pacto con muchos por una semana. Esta cláusula corresponde a la anterior, en la que Cristo es llamado Caudillo. Cristo tomó sobre sí el carácter de caudillo, o asumió el oficio de rey, cuando promulgó la gracia de Dios. Esta es la confirmación del pacto de la que habla ahora el ángel. Como ya hemos dicho, la expiación legal y las demás ceremonias rituales que Dios quiso conferir a los padres se contraponen a las bendiciones derivadas de Cristo; y deducimos ahora la misma idea de la frase: la confirmación del pacto. Sabemos cuán seguro y estable era el pacto de Dios bajo la ley; él fue desde el principio siempre veraz, y fiel, y coherente consigo mismo. Pero en cuanto al hombre, el pacto de la ley era débil, como aprendemos de Jeremías (Jer 31:31-32). Haré con ustedes un nuevo pacto, dice; no como el que hice con sus padres, pues ellos lo invalidaron. Observamos aquí la diferencia entre el pacto que Cristo sancionó con su muerte y el de la ley judía. Así queda establecido con nosotros el pacto de Dios, porque hemos sido reconciliados una vez por la muerte de Cristo; y al mismo tiempo se añade el efecto del Espíritu Santo, porque Dios inscribe la ley en nuestros corazones; y así su pacto no está grabado en piedras, sino en nuestros corazones de carne, según la enseñanza del profeta Ezequiel (Ez 11:19). Ahora, pues, entendemos por qué dice el ángel que Cristo confirmaría el pacto por una semana, y por qué esa semana fue puesta en último orden. En esta semana confirmará el pacto con muchos. Pero no puedo terminar esta exposición ahora.
ORACIÓN.
Concédenos, Dios todopoderoso, ya que todos los tesoros de tu bondad e indulgencia fueron tan liberalmente difundidos cuando apareció tu Hijo unigénito, y ahora se nos ofrecen diariamente por el evangelio: concédenos, te rogamos, que no nos privemos por nuestra ingratitud de tan importantes bendiciones. Que abracemos a tu Hijo con fe verdadera, y disfrutemos del beneficio de la redención que él nos ha obtenido. Limpiados y purgados por su sangre, seamos aceptables a tu vista, y nos atrevamos con plena y cierta confianza a llamarte Padre. Que huyamos a tu compasión y socorro en todas nuestras miserias y angustias, hasta que por fin nos reúnas en aquel reposo eterno que nos ha sido alcanzado por la sangre de tu Hijo unigénito. Amén.
Lección quincuagésima segunda.
En la última lección explicamos cómo Cristo confirmó el pacto con muchos durante la última semana; pues reunió a los hijos de Dios de su estado de dispersión cuando la devastación de la Iglesia era tan horrible y miserable. Aunque el evangelio no fue promulgado de inmediato entre las naciones extranjeras, con razón se dice sin embargo que Cristo confirmó el pacto con muchos, pues las naciones fueron llamadas directamente a la esperanza de salvación (Mt 10:5). Aunque prohibió a los discípulos predicar entonces el evangelio a los gentiles o a los samaritanos, les enseñó sin embargo que muchas ovejas estaban dispersas en el extranjero, y que estaba cerca el tiempo en que Dios haría un solo redil (Jn 10:16). Esto se cumplió después de su resurrección. Durante su vida comenzó a anticipar levemente el llamamiento de los gentiles, y así interpreto estas palabras del profeta: confirmará el pacto con muchos. Pues tomo aquí la palabra «muchos», רבים, rebim, en sentido comparativo, por los gentiles fieles unidos a los judíos. Es muy sabido que el pacto de Dios fue depositado por una especie de derecho hereditario en los israelitas, hasta que el mismo favor se extendió también a los gentiles. Por tanto, se dice que Cristo no solo renovó el pacto de Dios con una sola nación, sino generalmente con el mundo entero. Confieso, ciertamente, el uso de la palabra muchos por todos, como en el capítulo quinto de la epístola a los Romanos y en otros lugares (Ro 5:19), pero parece haber un contraste entre la Iglesia antigua, encerrada dentro de límites muy estrechos, y la nueva Iglesia, que se extiende por todo el mundo. Sabemos cuántos, antes extranjeros, han sido llamados por el evangelio desde las regiones lejanas de la tierra, y unidos en alianza a los judíos de tal modo que todos están en la misma comunión y todos son contados igualmente hijos de Dios.
El profeta añade ahora: Hará cesar el sacrificio y la ofrenda por media semana. Debemos referir esto al tiempo de la resurrección. Pues mientras Cristo pasó por el período de su vida en la tierra, no puso fin a los sacrificios; pero después de haberse ofrecido a sí mismo como víctima, entonces todos los ritos de la ley llegaron a su fin. Con las palabras «sacrificio y ofrenda» el profeta implica todas las ceremonias, poniendo una parte por el todo; como si hubiera dicho: después de que Cristo hubo ofrecido un solo sacrificio eterno, todas las ceremonias acostumbradas de la ley fueron abolidas; pues de otro modo la muerte de Cristo habría sido superflua, si no hubiera puesto fin a todas las antiguas sombras de la ley. Aunque los sacrificios continuaron muchos años después de la muerte de Cristo, ya no podemos llamarlos «legítimos», pues no puede ofrecerse razón alguna de por qué los sacrificios de la ley habrían de agradar a Dios, salvo su referencia a aquel modelo celestial que Moisés vio en el monte (Éx 25:40). De ahí que, después de que Cristo hubo aparecido y expiado todos los pecados del mundo, fuera necesario que cesaran todos los sacrificios (He 8:5). Esta es la intención del profeta cuando dice: Cristo haría cesar los sacrificios por media semana. Abarca dos puntos a la vez: primero, Cristo puso fin real y eficazmente a los sacrificios de la ley; y segundo, lo probó al mundo en la predicación del evangelio por sus apóstoles. Observamos, pues, en qué sentido Dios testificó por su profeta el cese de los sacrificios después de la resurrección de Cristo. El velo del templo fue entonces rasgado en dos; fue proclamada la verdadera libertad; los fieles podían entonces sentirse hombres ya crecidos, y no sujetos ya a aquel gobierno de la niñez al que se habían sometido bajo la ley.
Sigue ahora la segunda cláusula del versículo: ya la hemos leído antes, pero la repetimos ahora para refrescar la memoria. Y sobre la extensión, o expansión, de las abominaciones causará asombro, o estupefacción; y hasta la consumación y la determinación se derramará sobre el desolador. Algunos traducen: Se derramará o destilará; trataremos las palabras después. El pasaje es oscuro, y puede traducirse de diversas maneras, y por consiguiente los intérpretes difieren mucho entre sí. Algunos toman כנף, knaph, «un ala», por un «querubín»; luego cambian los números de singular a plural, y piensan que el profeta alude a querubines alados. Esto da a quienes adoptan esta traducción un doble método de explicarlo. Algunos dicen que la abominación estará sobre las alas, es decir, sobre el arca del pacto, porque el templo fue profanado, y la abominación fue tan ruinosa que destruyó hasta los mismos querubines. Otros lo toman en sentido causal: las abominaciones serán por causa de los querubines. Pero dejo estas sutilezas, pues no me parece que tengan solidez alguna. Otros, por su parte, siguen la versión griega, tal como la cita Cristo en el capítulo 24 de Mateo (Mt 24) y en otros lugares, aunque Cristo parece referirse más bien al capítulo 12 de nuestro profeta. Pero como estos dos pasajes se refieren a la misma abominación, no insistiré en este punto; solo observaré sobre la traducción de una palabra. Quienes traducen «las abominaciones de la desolación» tratan las palabras de Daniel con demasiado descuido, pues no hay dependencia gramatical de una palabra respecto de la otra, o, técnicamente hablando, no hay estado de régimen. La opinión preferible es la que considera que la palabra «ala» significa extremidad o extensión. Otros, por su parte, tratan «extremidad» como si significara un estado de desesperación; como si el ángel hubiera dicho: a causa de la extremidad de las abominaciones, pues los males se acumularían sobre males sin fin hasta que las cosas llegaran al último extremo de desesperación. Otros, por su parte, explican «el ala de las abominaciones» más sencillamente por la expansión misma, como si el ángel hubiera dicho: el templo será abiertamente profanado, y la contaminación será visible a lo lejos y a lo ancho.
Los intérpretes difieren de nuevo sobre las palabras משמם, mesmem, y שמם, semem, traducidas por lo común «hacer desolado» y «desolación». Algunos toman la primera transitivamente, y otros como neutra; la segunda significa destruir y asolar, y también maravillarse y asombrarse. Pienso que estas dos palabras deben usarse en el mismo sentido; como si el profeta hubiera dicho: todos se asombrarán de la extensión de las abominaciones; cuando perciban el culto del templo barrido como por un diluvio, entonces se asombrarán sobremanera. Después añade la calamidad que comenzó cuando Dios mostró la contaminación del templo: destilará o se derramará sobre el que está asombrado. Trataremos el acontecimiento mismo para que podamos entender mejor el sentido de las palabras. No dudo en afirmar que Dios quería cortar toda esperanza de restauración a los judíos, a quienes sabemos que cegaba una necia confianza, y que suponían confinada la presencia de Dios a un templo visible. Como estaban así firmemente persuadidos de la imposibilidad de que Dios se apartara jamás de ellos, debían ser privados de su falsa confianza, y no engañarse más con tan lisonjeras esperanzas. Así fue mostrada por Ezequiel la contaminación temporal del templo (Ez 10:18). Pues cuando los profetas proclamaban constantemente la aproximación de sus enemigos para destruir tanto la ciudad como el templo, la mayor parte del pueblo se burlaba de ellos. En su opinión esto derribaría toda su confianza en Dios, como si hubiera faltado a su palabra al prometerles reposo perpetuo en el monte Sión (Sal 132:14). Aquí Ezequiel relata su visión de Dios sentado en el templo; luego se desvaneció, y el templo quedó privado de toda su gloria. Esto fue solo temporal.
Pero tratamos ahora de una profanación del templo que había de resultar, si se me permite la frase, eterna e irreparable. Sin la menor duda, esta profecía se cumplió cuando la ciudad fue capturada y derribada, y el templo enteramente destruido por Tito, hijo de Vespasiano. Esto explica satisfactoriamente los acontecimientos aquí predichos. Algunos consideran que la palabra «abominaciones» se usa metafóricamente, y significa la ruina de la ciudad; pero esto me parece forzado. Otros lo explican de la estatua de Calígula erigida en el templo; y otros, del estandarte de Tiberio, que ordenó colocar las águilas en el pináculo del templo. Pero yo lo interpreto simplemente de aquella profanación que ocurrió después de que el evangelio comenzó a ser promulgado, y del castigo infligido a los judíos cuando percibieron su templo sujeto a las más groseras formas de profanación, porque no quisieron admitir al Hijo unigénito de Dios como su verdadera gloria. Otros, por su parte, entienden las doctrinas impías y las supersticiones, así como los perversos errores de que estaban imbuidos los sacerdotes. Pero pienso que el pasaje señala en general el cambio que tuvo lugar directamente después de la resurrección de Cristo, cuando fue plenamente descubierta la obstinada impiedad del pueblo. Fueron entonces convocados al arrepentimiento; aunque habían procurado extinguir toda esperanza de salvación por medio de Cristo, Dios extendió sin embargo su mano hacia ellos, y probó si su maldad tenía cura o no. Después de que la gracia de Cristo hubo sido obstinadamente rechazada, siguió entonces la extensión de las abominaciones; es decir, Dios abrumó el templo con la profanación, e hizo que su santidad y su gloria pasaran enteramente. Aunque esta venganza no tuvo lugar inmediatamente después del cierre de la última semana, Dios vengó sin embargo suficientemente su impío desprecio de su evangelio, y además de esto, muestra que ya no tenía necesidad de templo visible alguno, pues había dedicado ya a sí mismo el mundo entero, de oriente a occidente.
Vuelvo ahora de nuevo a la explicación de las palabras por separado. El ángel dice: Sobre la extensión de las abominaciones, asombro, o asombrando; pues algunos piensan que es un adjetivo, y otros un sustantivo; pero el sentido es que todos serían estupefactos, o asombrados. No me opongo del todo al sentido ya mencionado, a saber, traducir la palabra «ala» como «extremidad»; pues el sentido será entonces: cuando las abominaciones lleguen a su colmo o extremidad; y el sentido es el mismo si usamos la palabra «expansión». Dios pretende mostrarnos el extenso alcance de las contaminaciones: hacia arriba, hacia abajo y por todos lados, oscurecerían y sepultarían la gloria del templo. De ahí que a causa de la extremidad o expansión de las abominaciones habrá asombro, pues todos quedarán atónitos. El ángel parece oponer este estupor al orgullo; pues los judíos estaban plenamente persuadidos de que Dios estaba estrictamente ligado a ellos, y de la imposibilidad de que fuera arrancado de su propio templo, donde había fijado su morada eterna. Predice la aproximación de este asombro en lugar de su indolente seguridad.
Añade luego: Y hasta la consumación. כלה, keleh, significa «fin» y «perfección», así como «destrucción». Lo tomo aquí por consumación o destrucción. Fluirá hasta el asombro. Ya he comentado las palabras que implican este asombro; antes del verbo debe sobrentenderse matanza, o algo semejante. No hay duda alguna sobre el sentido del profeta. Dice que esta matanza sería como una lluvia continua, que consumiría a todo el pueblo. Habla del pueblo como asombrado por sus calamidades, y privado de toda esperanza de escapar de ellas; pues la matanza fluirá sobre el pueblo asombrado. Entretanto muestra cuán necia era la soberbia en que se complacían los judíos y cuán falazmente se lisonjeaban suponiendo al Todopoderoso permanentemente apegado y ligado a ellos y a su templo visible. La matanza fluirá hasta la consumación; es decir, hasta que todo el pueblo perezca. Añade también otro sustantivo: hasta un fin determinado. Ya hemos desplegado el significado de este sustantivo. Aquí el profeta explica la causa de aquella distinción eterna que el Todopoderoso había determinado y decretado como irrevocable.
Capítulo 10
Sigue ahora el capítulo décimo, que Daniel introduce como prefacio al undécimo y al duodécimo. Relata la manera en que fue afectado cuando se le presentó la última visión. Esto lo explica brevemente como referido a los acontecimientos que habían de ocurrir hasta el advenimiento de Cristo; y luego lo extiende hasta el día final de la resurrección. Dios había predicho antes a su profeta la condición futura de la Iglesia desde su regreso de Babilonia hasta el advenimiento de Cristo, pero en el capítulo undécimo señala con el dedo más distinta y claramente cada acontecimiento, como percibiremos al proseguir nuestros comentarios. En este capítulo Daniel nos asegura que las profecías que está a punto de tratar son dignas de más que ordinaria atención; cuando el ángel apareció, fue inmediatamente afectado de tristeza y dolor; luego estuvo en un momento asombrado, y al siguiente abatido por el secreto instinto del Espíritu; yació como muerto, hasta que fue restaurado una y otra vez por el ángel de Dios. Observaremos estos puntos al avanzar. Primero dice:
Daniel 10:1
1. En el año tercero de Ciro rey de Persia fue revelada una palabra a Daniel, llamado Beltsasar; y la palabra era verdadera, pero el tiempo señalado era largo; y él comprendió la palabra, y tuvo inteligencia en la visión.
1. Anno tertio Cyri regis Persarum sermo revelatus fuit Danieli, cujus nomen Beltsazar, et veritas sermo, et tempus magnum, et intellexit sermonem, et intelligentia ei fuit in visione.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.