Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Daniel 2: comentario de Juan Calvino

Daniel 2:1

Daniel dice aquí que el rey Nabucodonosor soñó en el segundo año de su reinado. Esto parece contrario a la opinión expresada en el primer capítulo. Pues si Nabucodonosor sitió Jerusalén en el primer año de su reinado, ¿cómo podía Daniel ser ya contado entre los sabios y astrólogos, cuando todavía no era sino discípulo? Así se colige fácilmente del contexto que él y sus compañeros ya habían sido presentados para servir ante el rey. A primera vista estas cosas no concuerdan, porque en el primer año del reinado de Nabucodonosor, Daniel y sus compañeros fueron entregados a instrucción; y en el segundo estaba en peligro de muerte por estar en el número de los magos. Algunos, como hemos mencionado en otra parte, cuentan el año segundo desde la captura y destrucción de la ciudad, pues dicen que Nabucodonosor fue llamado rey desde el tiempo en que obtuvo la monarquía en paz. Antes de haber exterminado la ciudad y el templo junto con la nación, su monarquía no podía tratarse como unida; por eso refieren esto a la captura de la ciudad, como he dicho. Pero yo me inclino más bien a otra conjetura como más probable: la de que reinaba con su padre, y he mostrado que cuando sitió Jerusalén en tiempo de Joacim fue enviado por su padre; luego volvió a Caldea de la expedición a Egipto, por su deseo de reprimir las rebeliones, si alguien se atrevía a rebelarse. En esto, pues, no hay nada fuera de lugar. Nabucodonosor reinó antes de la muerte de su padre, porque ya había estado unido con él en el poder supremo; luego reinó solo, y la presente narración sucedió en el año segundo de su reinado. En esta explicación no hay nada forzado, y como la historia concuerda con ella, la adopto como la mejor.

Dice que soñó sueños, y sin embargo se narra un solo sueño; pero como en este sueño se hallaban implicadas muchas cosas, no es sorprendente el uso del plural. Se añade ahora: su espíritu se quebrantó, para mostrarnos cuán fuera de lo común fue realmente el sueño. Pues Nabucodonosor no comenzó entonces a soñar, y no se espantaba antes cada noche tanto como para mandar llamar a todos los magos. Por tanto, en este sueño hubo algo extraordinario, que Daniel quiso expresar en estas palabras. La cláusula al final del versículo, que suelen traducir se le interrumpió el sueño, no parece tener este sentido; otra explicación que les dio nuestro hermano D. Antonius le conviene mejor, a saber: su sueño vino sobre él, es decir, comenzó a dormir de nuevo. El sentido genuino y sencillo de las palabras me parece ser: su espíritu se turbó, esto es, un terror muy grande se había apoderado de su mente. Sabía, ciertamente, que el sueño era enviado del cielo; luego, asombrado, durmió otra vez y quedó como un muerto, y cuando consideró la interpretación del sueño, se atontó y volvió a dormirse y olvidó la visión, como veremos después. Sigue:

Daniel 2:2

2. Y mandó el rey llamar magos, astrólogos, hechiceros y caldeos, para que explicasen al rey sus sueños. Vinieron, pues, y se presentaron delante del rey.

2. Etedixit rex ut vocarentur astrologi, et conjectores, et divini, et Chaldei, annuntiarent regi somnia sua et venerunt et steterunt in conspectu regis.

Daniel 2:2

Este versículo prueba con más claridad lo que ya he dicho: que el sueño hizo sentir al rey que Dios era su autor. Aunque no era su primer sueño, el terror que Dios imprimió en su mente lo obligó a convocar a todos los magos, pues no podía descansar ni siquiera volviendo a dormirse. Sentía como un aguijón en su mente, porque Dios no le permitía reposar, sino que quería que estuviera turbado hasta recibir la interpretación del sueño. Incluso los escritores profanos consideran, con mucho acierto, que los sueños tienen relación con la acción divina. Expresan opiniones diversas, porque no podían saber nada con perfecta certeza; pero la persuasión de que hay alguna acción divina en los sueños estaba fija en sus mentes. Sería necio y pueril extender esto a todos los sueños, como vemos que algunos no dejan pasar ni uno solo sin hacer alguna conjetura, y así se vuelven ridículos. Sabemos que los sueños surgen de causas diferentes; por ejemplo, de nuestros pensamientos de cada día. Si he meditado en algo durante el día, algo me ocurre de noche en un sueño; porque la mente no está completamente sepultada en el sopor, sino que conserva alguna semilla de inteligencia, aunque esté sofocada. La experiencia también nos enseña suficientemente cómo nuestros pensamientos diarios vuelven durante el sueño, y de ahí que las diversas afecciones de la mente y del cuerpo produzcan muchos sueños. Si alguien se acuesta apesadumbrado, sea por la muerte de un amigo o por alguna pérdida, o por haber sufrido alguna injuria o adversidad, sus sueños participarán de la disposición previa de su ánimo. El cuerpo mismo causa sueños, como vemos en los que padecen fiebre: cuando domina la sed, se imaginan fuentes, ardores y fantasías semejantes. Percibimos también cómo la intemperancia perturba a los hombres en su sueño; porque los borrachos se sobresaltan y sueñan mientras duermen, como si estuvieran en un estado de frenesí. Como hay muchas causas naturales de los sueños, sería muy fuera de lugar buscar en todos ellos una acción divina o una razón fija; y por otra parte, es suficientemente evidente que algunos sueños están bajo la regulación divina. Omito los hechos referidos en las historias antiguas; pero ciertamente el sueño de Calpurnia, la esposa de Julio César, no pudo ser una ficción; porque antes de que él fuera muerto corrió comúnmente la voz: «César ha sido muerto», tal como ella lo había soñado. Lo mismo puede decirse del médico de Augusto, que le había ordenado salir de su tienda el día de la batalla de Farsalia; y no había razón alguna para que el médico mandara sacarlo de la tienda en una litera, a menos que hubiera soñado que era necesario. ¿Cuál era la naturaleza de esa necesidad? Una que no podía conjeturarse por habilidad humana, pues el campamento de Augusto fue tomado en ese mismo momento. No dudo de que hay muchos relatos fabulosos, pero aquí puedo escoger lo que creeré, y todavía no toco los sueños que se mencionan en la palabra de Dios, pues hablo simplemente de lo que los hombres profanos se vieron obligados a pensar sobre este asunto. Aunque Aristóteles rechazó libremente todo sentido de adivinación, por estar prejuiciado en la materia y desear reducir la naturaleza de la Deidad al alcance del ingenio humano, y comprenderlo todo con su agudeza, con todo expresa esta confesión: que no todos los sueños ocurren al azar, sino que μαντίκη, es decir, «adivinación», es el origen de algunos. Discute, en efecto, si pertenecen a la parte intelectual o a la parte sensitiva del alma, y concluye que pertenecen a esta última, en cuanto es imaginativa. Después, al indagar si son causas o algo semejante, se inclina a considerarlos solo como síntomas o accidentes que ocurren fortuitamente. Entre tanto, no admite que los sueños sean enviados desde el cielo; y agrega como razón que muchos hombres estúpidos sueñan y muestran en ellos la misma razón que los más sabios. Observa luego a los animales irracionales, algunos de los cuales, como los elefantes, sueñan. Como sueñan los brutos, y los sabios más raramente que los idiotas más toscos, Aristóteles no considera probable que los sueños sean divinamente inspirados. Niega, pues, que sean enviados por Dios, o divinos, pero afirma que provienen de los Daimones; es decir, se figura que son algo intermedio entre la naturaleza de la Deidad y la de los Daimones. Sabemos en qué sentido usan los filósofos esa palabra, que en la Escritura tiene por lo común un sentido malo. Dice que los sueños eran ocasionados por aquellas inspiraciones aéreas, pero que no vienen de Dios; porque, dice, la naturaleza del hombre no es divina, sino inferior; y sin embargo es más que terrena, puesto que es angélica. Cicerón trata de este asunto largamente en su primer libro sobre la Adivinación, aunque en el segundo refuta todo lo que había dicho, siendo discípulo de la Academia. Pues entre otros argumentos para probar la existencia de las deidades, añade los sueños: si hay alguna adivinación en los sueños, se sigue que hay una Deidad en el cielo, porque la mente del hombre no puede concebir ningún sueño sin inspiración divina. El razonamiento de Cicerón es válido: si hay adivinación en los sueños, entonces hay también una Deidad. La distinción hecha por Macrobio merece atención, aunque confunde ignorantemente las especies y los géneros, por ser una persona de juicio imperfecto, que ensartaba en rapsodias todo lo que leía, sin discernimiento ni orden. Esto, pues, debe quedar firme: la opinión sobre la existencia de alguna clase de acción divina en los sueños no fue implantada temerariamente en los corazones de todos los hombres. De ahí aquella expresión de Homero: el sueño viene de Júpiter. No lo dice en general y sin distinción de todos los sueños; pero lo hace notar cuando nos presenta el carácter de sus héroes, puesto que fueron divinamente amonestados en su sueño.

Llego ahora al sueño de Nabucodonosor. En él hay dos puntos dignos de notarse. Primero, todo recuerdo de su contenido había sido completamente borrado; y segundo, no se halló interpretación alguna para él. A veces el recuerdo de un sueño no se perdía aunque su interpretación fuera desconocida. Pero aquí Nabucodonosor no solo estaba perplejo ante la interpretación del sueño, sino que incluso la visión misma se había desvanecido, y así su perplejidad y su angustia se duplicaban. En cuanto al punto siguiente, no hay novedad en que Daniel dé a conocer la interpretación; pues a veces, aunque raramente, sucede que alguien sueña sin figura ni enigma, y con gran claridad, sin necesidad alguna de adivinos, nombre que se daba a los intérpretes de sueños. Esto sucede, en verdad, pocas veces, pues lo ordinario en los sueños es que Dios hable por ellos de manera alegórica y oscura. Y esto ocurre tanto en el caso de los profanos como en el de los siervos de Dios. Cuando José soñó que el sol y la luna lo adoraban (Gn 37:9), ignoraba su significado; cuando soñó que su gavilla era adorada por las gavillas de sus hermanos, no entendió su significado, sino que simplemente lo contó a sus hermanos. Así, Dios habla a menudo en enigmas por los sueños, hasta que se añade la interpretación. Y tal fue el sueño de Nabucodonosor.

Vemos, pues, que Dios revela su voluntad aun a los incrédulos, pero no con claridad; porque viendo no ven, como si miraran un libro cerrado o una carta sellada; como dice Isaías: Dios habla a los incrédulos con labios de tartamudos y en lengua extraña (Is 28:11 y Is 29:11). La voluntad de Dios fue revelada a Nabucodonosor de tal modo que él siguió perplejo y quedó completamente atónito. Su sueño no le habría servido de nada si, como veremos, Daniel no le hubiera sido presentado como su intérprete. Porque Dios no solo quiso mantener al rey en suspenso, sino que borró así de su mente el recuerdo del sueño, para aumentar la fuerza de su aguijón. Como los hombres suelen descuidar los sueños que no recuerdan, Dios clavó interiormente en la mente de este incrédulo un aguijón tal, como ya he dicho, que no podía descansar, sino que estaba siempre en vela en medio de su soñar, porque Dios lo atraía hacia sí con cadenas secretas. Esta es la verdadera razón por la que Dios le negó la explicación inmediata de su sueño y borró de su mente el recuerdo de él, hasta que recibiera ambas cosas de Daniel. Dejaremos el resto para mañana.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que todo don perfecto viene de ti, y puesto que unos sobresalen sobre otros en inteligencia y talentos, pero nadie tiene nada propio, sino que tú te dignas repartir al hombre una medida de tu generosidad llena de gracia: concédenos que toda la inteligencia que nos confieras la apliquemos a la gloria de tu nombre. Concédenos también que reconozcamos con humildad y modestia que lo que has puesto a nuestro cuidado es tuyo; y procuremos ser contenidos por la sobriedad, no desear nada superfluo, no corromper jamás el conocimiento verdadero y genuino, y permanecer en aquella sencillez a la que tú nos llamas. Finalmente, que no descansemos en estas cosas terrenas, sino que aprendamos más bien a elevar nuestras mentes a la verdadera sabiduría, a reconocerte como el Dios verdadero y a entregarnos a la obediencia de tu justicia; y que nuestro único propósito sea dedicarnos y consagrarnos por entero a la gloria de tu nombre durante toda nuestra vida, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Lección quinta.

Vimos ayer que los magos fueron convocados por edicto del rey, no solo para explicarle su sueño, sino también para narrar el sueño mismo, que se le había escapado de la memoria. Pero como aquí se usan cuatro clases de magos, o al menos tres, y su descripción se añade en cuarto lugar, tocaré brevemente lo que me parece su significado. הרטמים, Hartummim, suele explicarse por «adivinos», y luego אשפים, Assaphim, piensan que significa «médicos». No quiero discutir la primera interpretación; pero no veo razón para la segunda. La interpretan como «médicos» porque juzgan la salud de los hombres tomando el pulso; pero como no tienen mejor razón que esta, adopto la opinión de que se refiere a los astrólogos. En tercer lugar se usa מכשפים, Mecasphim, que significa «hechiceros», aunque algunos cambian la significación y dicen que significa «observadores de las estrellas», que indican acontecimientos futuros y predicen los desconocidos por la posición de los astros. No tengo nada más probable que esto que aducir, salvo la incertidumbre de lo que los hebreos quisieron decir con la palabra; pues, estando el asunto mismo tan sepultado en el olvido, ¿quién puede distinguir entre las palabras que pertenecen a la profesión de un arte desconocido? כשדים, Casdim, está sin duda puesto por una raza, pues es el nombre de una nación; pero por su excelencia, los magos se lo apropiaron, como si la nobleza y la excelencia de toda la nación estuvieran en su poder; y se sabe que este nombre es de uso común en Grecia y en Italia. A todos los que profesaban poder predecir acontecimientos futuros u ocultos por los astros o por otras conjeturas se les llamaba caldeos. En cuanto a las otras tres palabras, no dudo de su significado honroso, y por esta razón se llamaban a sí mismos matemáticos, como si no hubiera ciencia en el mundo sino entre ellos. Además, aunque sus principios fueran buenos, estaban ciertamente repletos de muchas supersticiones, pues eran adivinos y agoreros, y sabemos que prestaban especial atención a los augurios. Aunque eran muy estimados por sus compatriotas, la ley de Dios los condena, porque toda su pretensión de ciencia era un completo engaño. Se les llama generalmente magos, y también caldeos, como poco después, cuando Daniel repita lo que ellos hablaron ante el rey, no enumerará aquellas tres especies, sino que los llamará simplemente caldeos. Es sorprendente que Daniel y sus compañeros no fueran llamados entre ellos, pues debió llamársele de los primeros, ya que el rey, como hemos dicho, había hallado a estos cuatro diez veces mejores que todos los magos y adivinos de todo su reino. Puesto que su destreza no era desconocida para el rey, ¿por qué los pasa completamente por alto, mientras los otros magos están a mano y son llamados a un caso tan arduo? Muy probablemente el rey los omitió porque confiaba más en los naturales del país, o porque sospechaba de los cautivos y no quería confiarles sus secretos, pues aún no había probado suficientemente su fidelidad y constancia. Esta pudo ser la razón, pero es mejor que consideremos el propósito del Todopoderoso, pues no dudo de que este olvido por parte del rey ocurrió por la providencia de Dios, que desde el principio no quiso mezclar a su siervo Daniel y a los demás con los magos y adivinos. Esto explica que Daniel no fuera llamado con los demás; con lo cual, como veremos, su adivinación sería después más ilustre. Sigue ahora:

Daniel 2:3-4

3. Y les dijo el rey: He tenido un sueño, y mi espíritu se ha turbado por saber el sueño.

3. Et dixit illis rex, Somnium somniavi, et contritus est spiritus meus, ad sciendum somnium.

4. Entonces hablaron los caldeos al rey en siriaco: Rey, vive para siempre; di el sueño a tus siervos, y mostraremos la interpretación.

4. Et dixerunt Chaldaei regi Syriace, Rex in eternum vive: dic somnium servis tuis, et expositionem indicabimus.

Daniel 2:3-4

Daniel relata primero la gran confianza de los caldeos, pues se atrevieron a prometer la interpretación de un sueño que todavía les era desconocido. El rey dice que estaba turbado por el deseo de entender el sueño; con lo cual da a entender que se le había puesto delante, por voluntad divina, una especie de enigma. Confiesa su ignorancia, y la importancia del asunto puede deducirse de sus palabras. Puesto que el rey testifica su deseo de indagar un asunto oscuro y profundo, que excedía su comprensión, y puesto que expresa claramente que su espíritu está quebrantado, cierto temor y ansiedad debieron tocar a estos caldeos; sin embargo, prometen con seguridad ofrecer la mejor interpretación del sueño tan pronto como lo oigan. Cuando dicen: Rey, vive para siempre, no es una simple oración sin sentido, sino que más bien ordenan al rey que esté alegre y de buen ánimo, pues ellos pueden quitar de su mente todo cuidado y ansiedad, porque la explicación del sueño estaba a la mano. Sabemos cuán pródigos en palabras fueron siempre aquellos impostores; según el dicho de un antiguo poeta, enriquecían los oídos y vaciaban las bolsas de los demás. Y en verdad, los que cortejan con curiosidad la brisa con sus oídos merecen alimentarse de ella y ser engañados por tales fraudes. Y todas las edades han probado que nada supera la confianza de los astrólogos, que no se contentan con la ciencia verdadera, sino que adivinan la vida y la muerte de cada uno, conjeturan todos los acontecimientos y profesan saberlo todo.

Debemos sostener en general que el arte de conjeturar por los sueños es temerario y necio; hay, ciertamente, una cierta interpretación fija de los sueños, como dijimos ayer, pero, como veremos después, esto no debe atribuirse a una ciencia segura, sino a un don singular de Dios. Así como un profeta no sacará lo que tiene que decir de razonamientos fijos, sino que explicará los oráculos de Dios, así también el que interprete correctamente los sueños no seguirá ciertas reglas distintas; sino que, si Dios ha explicado el significado del sueño, entonces asumirá el oficio de interpretarlo conforme a la dotación de este don. Hablando con propiedad, estas dos cosas son opuestas entre sí y no concuerdan: la ciencia general y perpetua, y la revelación especial. Puesto que Dios reclama este poder de abrir por medio de un sueño lo que ha grabado en la mente de los hombres, el arte y la ciencia no pueden alcanzarlo, sino que debe esperarse una revelación del Espíritu. Cuando los caldeos prometen así con audacia ser buenos intérpretes del sueño, no solo traicionan su temeridad, sino que se muestran meros impostores, que fingen ser expertos en una ciencia de la que nada saben, como si pudieran predecir por sus conjeturas el significado del sueño del rey. Sigue ahora:

Daniel 2:5

5. Respondió el rey y dijo a los caldeos: El asunto lo olvidé; si no me mostráis el sueño y su interpretación, seréis hechos pedazos, y vuestras casas serán convertidas en muladares.

5. Respondit rex et dixit Chaldaeis, Sermo a me exiit, si non indicaveritis mihi somnium et interpretationem ejus, frusla efficiemini, et domus vestrae ponentur sterquilinium.

Daniel 2:5

Aquí el rey exige de los caldeos más de lo que ellos profesaron ofrecerle; pues aunque su jactancia, como hemos dicho, fue necia al prometer interpretar cualquier sueño, nunca pretendieron tener el poder de narrar a alguien sus sueños. Por tanto, el rey me parece obrar injustamente al no tener en cuenta lo que hasta entonces habían profesado, y los límites de su arte y ciencia, ¡si es que tenían alguna ciencia! Cuando dice que el asunto o la palabra se había ido de él, las palabras admiten un doble sentido, porque מלתה, millethah, puede tomarse por un «edicto», como veremos después; y así podría leerse: se ha escurrido; pero como la misma forma de expresión se repetirá en breve donde parece usarse del sueño (Dn 2:8), esta explicación es bastante adecuada, ya que el rey dice que su sueño se había desvanecido; así que dejo el punto indeciso. Vale la pena notar de nuevo lo que dijimos ayer: que el terror se había fijado de tal modo en el rey que le quitaba el reposo, y sin embargo no estaba tan instruido como para que quedara el menor sabor de la revelación; como si un buey, aturdido por un golpe violento, se agitara y diera vueltas y más vueltas. Tal es la locura de este desdichado rey, porque Dios lo hostiga con terribles tormentos; y entre tanto el recuerdo del sueño está enteramente borrado de su mente. Por eso confiesa que su sueño se le había escapado; y aunque los magos habían prescrito los límites de su ciencia, como se jactaban de ser intérpretes de los dioses, no dudó en exigirles lo que nunca habían profesado. Esta es la justa recompensa de la arrogancia, cuando los hombres, hinchados de una confianza perversa, asumen ante los demás más de lo que deben y, olvidados de toda modestia, quieren ser estimados como espíritus angélicos. Sin la menor duda, Dios quiso hacer burla de esta necia jactancia que era notoria entre los caldeos, cuando el rey les exigió con aspereza que relataran su sueño y ofrecieran además una exposición de él.

Añade después amenazas claramente tiránicas: si no exponen el sueño, su vida está en peligro. No amenaza con un castigo común, sino que dice que serán hechos «pedazos», si tomamos el significado de la palabra como pedazos. Si pensamos que significa «sangre», el sentido será el mismo. Esta ira del rey es claramente furiosa; más aún, Nabucodonosor en esto superó toda la crueldad de las fieras. ¿Qué culpa podía imputarse a los caldeos si no sabían el sueño del rey? Ciertamente nunca habían profesado esto, como veremos después; y ningún rey había exigido jamás lo que estaba más allá de la facultad del hombre. Vemos cómo el rey manifestó una rabia brutal cuando denunció la muerte y toda cruel tortura contra los magos y hechiceros. Los tiranos, en verdad, dan a menudo rienda suelta a su lujuria y piensan que todo les es lícito; de ahí también estas palabras del trágico: Lo que él quiere es lícito. Y Sófocles dice con evidente verdad que cualquiera que entra en el umbral de un tirano debe dejar su libertad; pero si reuniéramos todos los ejemplos, apenas hallaríamos uno como este. Se sigue, pues, que el ánimo del rey era impulsado por un furor diabólico, que lo urgía a castigar a los caldeos, que con respecto a él eran bastante inocentes. Sabemos que eran impostores y que el mundo había sido engañado por sus imposturas, lo cual los hacía merecedores de muerte, pues por los preceptos de la ley era un crimen capital que alguien pretendiera tener el poder de profecía por artes mágicas (Lv 20:6). Pero, en cuanto concernía al rey, no podían ser acusados de crimen alguno. ¿Por qué, entonces, los amenazó de muerte? Porque el Señor quiso mostrar el milagro que veremos después. Pues si el rey hubiera dejado ir a los caldeos, habría podido sepultar de inmediato aquella ansiedad que torturaba y atormentaba su mente. El asunto, además, habría sido menos notado por el pueblo; por eso Dios atormentó la mente del rey hasta que se precipitó en su furor, como hemos dicho. Así, esta atroz y cruel amenaza debió despertar a todos los hombres; pues no hay duda de que los grandes y los pequeños temblaron juntos cuando oyeron tal vehemencia en la ira del monarca. Este es, pues, el sentido completo, y debemos notar el propósito de la providencia de Dios al permitir así que la ira del rey ardiera sin freno. Sigue:

Daniel 2:6

6. Pero si me mostráis el sueño y su interpretación, recibiréis de mí dones y favores y gran honra; por tanto, mostradme el sueño y su interpretación.

6. Et si somnium, et interpretationem ejus indicaveritis, donum, et munus, et honorem, vel pretium, magnum accipietis a facie mea: propterea somnium, et interpretationem ejus indicate mihi.

Daniel 2:6

Aquí el rey, por el contrario, desea atraerlos con la esperanza de ganancia para que se apliquen a narrar su sueño. Ya había intentado llenarlos de horror para arrancarles, aunque no quisieran, la narración del sueño y su interpretación. Entre tanto, si pudieran ser inducidos por halagos, prueba con ellos este argumento; pues promete un don, una recompensa y honra, es decir, promete una gran remuneración si narraban su sueño y eran fieles intérpretes. De aquí deducimos lo que toda la historia declara: que los magos sacaban provecho de sus predicciones y adivinanzas. Los sabios de la India, siendo frugales y austeros en su modo de vivir, no estaban del todo entregados a la ganancia; pues se sabe que vivían sin necesidad alguna de dinero, ni de muebles, ni de cosa alguna. Se contentaban con raíces, no necesitaban vestido, dormían en el suelo y así estaban libres de avaricia. Pero los caldeos, como sabemos, corrían de acá para allá para obtener dinero de los sencillos y crédulos. Por eso el rey habla aquí según la costumbre cuando promete una gran recompensa. Debemos notar aquí cómo los caldeos esparcían sus profecías por amor a la ganancia; y cuando el conocimiento se vuelve vendible, seguramente se adultera con muchos defectos. Como cuando Pablo habla de los corruptores del evangelio, dice que traficaban con él (2 Co 2:17), porque cuando se hace ganancia, como hemos dicho antes, aun los maestros honorables degeneran necesariamente y pervierten toda sinceridad con su mentira. Pues donde reina la avaricia, hay adulación, servil obsequiosidad y astucia de toda clase, mientras la verdad se extingue por completo. De ahí que no sorprenda que los caldeos fueran tan inclinados al engaño, pues se les hizo natural por la búsqueda de ganancia y el afán de riquezas. Algunos maestros honestos pueden recibir sustento del tesoro público; pero, como hemos dicho, cuando alguien es arrastrado por el lucro, necesariamente pervierte y deprava toda pureza de doctrina. Y de este pasaje deducimos además la ansiedad del rey, pues no quería ahorrar gasto alguno si por ese medio podía sacar de los caldeos la interpretación de su sueño; mientras tanto está furiosamente airado contra ellos, porque no obtiene lo que la recompensa ofrecida debía procurarle. Sigue ahora:

Daniel 2:7-9

7. Respondieron la segunda vez y dijeron: Diga el rey el sueño a sus siervos, y mostraremos la interpretación.

7. Responderunt secundo, et dixerunt, Rex sonmium exponat servis suis, et interpretationem indicabimus.

8. El rey respondió y dijo: Ciertamente yo sé que vosotros ganáis tiempo, porque habéis visto que el asunto se me ha ido.

8. Respondit rex et dixit, Vere novi ego quod tempus redimitis, quia scitis quod exierit sermo a me.

9. Si no me mostráis el sueño, una sola sentencia hay para vosotros; porque habéis preparado palabra mentirosa y perversa que decir delante de mí, entretanto que el tiempo se muda; por tanto, decidme el sueño, para que yo sepa que me podéis dar su interpretación.

9. Propterea si somnium non indicaveritis mihi, una haec sententia* est; *et sermonem mendacem et corruptum praeparastis ad dicendum coram me, donec tempus mutetur; propterea somnium narrate mihi, et cognoscam quod interpretationem ejus mihi indicetis.

Daniel 2:7

Aquí se narra la excusa de los magos. Declaran la verdad: que su arte solo les permitía descubrir la interpretación de un sueño; pero el rey quería conocer el sueño mismo. De ahí que parezca haber sido de nuevo presa de un furor prodigioso y se mostrara completamente implacable. Los reyes a veces se encienden, pero se apaciguan con una sola advertencia, y de ahí que sea muy verdadera esta sentencia: la ira se calma con palabras suaves. Pero como la respuesta razonable de los magos no mitigó la ira del rey, fue completamente arrebatado por una vehemencia diabólica. Y todo esto, como he dicho, era gobernado por el consejo secreto de Dios, para que la explicación de Daniel fuera más notada. Luego piden al rey que relate su sueño, y entonces prometen, como antes, interpretarlo de inmediato. Y aun esto era una jactancia demasiado grande, como hemos dicho, y debieron corregir su propia presunción y necia jactancia en tan grave dificultad. Pero puesto que persisten en aquella necia y falaz presunción, esto nos muestra cuán cegados estaban por el diablo, como los que han quedado enredados en engaños supersticiosos defienden con confianza su propia locura. Tenemos tal ejemplo en los magos, que siempre pretendieron tener el poder de interpretar los sueños.

Daniel 2:8

Sigue ahora la objeción del rey: Yo sé, dice, que vosotros ganáis tiempo, puesto que sabéis que el asunto se me ha ido, o que la palabra ha sido pronunciada, si adoptamos el primer sentido. El rey los acusa aquí de una astucia más vergonzosa, pues los magos no tienen nada que ofrecer y desean escapar tan pronto como saben que el rey ha perdido todo recuerdo de su sueño. Es como si hubiera dicho: Me prometisteis ser intérpretes seguros de mi sueño, pero esto es falso; porque si yo pudiera narrar el sueño, sería fácil probar vuestra arrogancia, ya que no podríais explicar ese enigma; pero como sabéis que he olvidado mi sueño, por eso me pedís que lo relate; pero esto es solo para ganar tiempo, dice; así lográis ocultar vuestra ignorancia y conservar vuestro crédito de sabiduría. Pero si mi sueño permaneciera todavía en mi memoria, pronto descubriría vuestra ignorancia, pues no podéis cumplir vuestras jactancias. Vemos, pues, cómo el rey carga aquí a los magos con un nuevo crimen, porque eran impostores que engañaban al pueblo con falsas jactancias; y por eso los muestra dignos de muerte, a menos que relaten su sueño. El argumento es, en verdad, enteramente vicioso; pero no es de sorprender cuando los tiranos aparecen con los verdaderos colores de su crueldad. Entre tanto, debemos recordar lo que he dicho: los magos merecían este reproche, pues estaban hinchados de vanidad y hacían falsas promesas, conjeturando el futuro por sueños, augurios y cosas semejantes. Pero en el caso del rey, nada era más injusto que inventar tal crimen contra los magos, pues si engañaban a otros, ello provenía de estar ellos mismos engañados. Estaban cegados y fascinados por la necia persuasión de su propia sabiduría, y no tenían intención de engañar al rey; pues pensaban que podía ocurrir algo de inmediato que librara su mente de toda ansiedad. Pero el rey seguía siempre el impulso más ciego de su ira. Entre tanto debemos notar el origen de este sentimiento: estaba siendo atormentado divinamente y no podía descansar un solo momento hasta obtener una explicación de su sueño. Añade luego: Si no me explicáis mi sueño, esta sola sentencia queda para vosotros, dice; es decir, ya está decretado acerca de todos vosotros; no inquiriré en particular cuál de vosotros tiene la culpa y cuál quiere engañarme; sino que cortaré por completo a toda la tribu de los magos, y nadie escapará al castigo, a menos que me expliquéis el sueño y su interpretación.

Daniel 2:9

Añade de nuevo: Habéis preparado una palabra falaz y perversa para decir aquí delante de mí, como vuestra excusa. De nuevo el rey los acusa de fraude y malicia, de los cuales no eran culpables; como si hubiera dicho que buscaban a propósito pretextos especiosos para practicar el engaño. Pero dice una palabra mentirosa, o falaz y perversa; es decir, la vuestra es una excusa gastada, como solemos decir, y me repugna. Si hubiera algún pretexto aceptable, podría admitir lo que decís, pero no veo en vuestras palabras sino falacias, y además de las que huelen a corrupción. Ahora, pues, observamos que el rey no solo está airado porque los magos no pueden relatar su sueño, sino que les imputa como crimen mayor el haber traído una excusa gastada y haber querido engañarlo a propósito. Añade luego: decidme el sueño, y entonces sabré, o entonces sabré que podéis interpretar fielmente su significado. Aquí el rey toma otro argumento para convencer a los magos de astucia. Os jactáis, en verdad, de que no tenéis dificultad en interpretar el sueño. ¿Cómo podéis estar seguros de esto, si el sueño mismo os es todavía desconocido? Si yo os lo hubiera contado, podríais entonces decir si podíais explicarlo o no; pero cuando ahora os pregunto por el sueño, que ni vosotros ni yo conocemos, decís que, cuando lo haya relatado, lo demás está en vuestro poder; yo, pues, os probaré buenos y verdaderos intérpretes de sueños si podéis decirme el mío, ya que lo uno depende de lo otro, y sois demasiado temerarios al presumir sobre lo que aún no está descubierto. Puesto que, por tanto, os lanzáis tan apresuradamente y queréis persuadirme de que estáis seguros de la interpretación, evidentemente estáis del todo engañados en esto; y vuestra temeridad y fraude quedan aquí descubiertos, porque claramente me estáis engañando. Esta es la sustancia; el resto, mañana.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que durante nuestra peregrinación en este mundo necesitamos cada día la enseñanza y el gobierno de tu Espíritu, que con verdadera modestia dependamos de tu palabra y de tu secreta inspiración, y no tomemos demasiado sobre nosotros mismos. Concédenos también que seamos conscientes de nuestra ignorancia, ceguera y estupidez, y huyamos siempre a ti, y nunca permitamos ser desviados de modo alguno por la astucia de Satanás y de los impíos. Que permanezcamos tan firmes en tu verdad que jamás nos apartemos de ella, mientras tú nos diriges durante todo el curso de nuestra vocación, y que lleguemos entonces a aquella gloria celestial que nos ha sido obtenida por la sangre de tu Hijo unigénito. Amén.

Lección sexta.

Daniel 2:10

10. Los caldeos respondieron delante del rey y dijeron: No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto del rey; además de esto, ningún rey, príncipe ni señor preguntó cosa semejante a ningún mago, ni astrólogo, ni caldeo.

10. Responderunt Chaldaei coram rege, et dixerunt, Non est homo super terram qui sermonem regis posset explicare; propterea nullus rex, princeps, vel prefectus rem consimilem exquisivit ab ullo mago, et astrologo, et Chaldaeo.

Daniel 2:10

Los caldeos se excusan de nuevo por no relatar el sueño del rey. Dicen, en realidad, que este no es su arte o ciencia peculiar; y que no conocen ningún ejemplo transmitido de sabios a quienes se haya preguntado de este modo y a quienes se haya exigido responder tanto de facto como de jure, como se dice. Se jactaban de ser intérpretes de sueños, pero sus conjeturas no podían extenderse a descubrir los sueños mismos, sino solo su interpretación. Esta era una excusa justa, y sin embargo el rey no la admite, sino que es impulsado por su propia ira y por el instinto divino a mostrar que los magos, hechiceros y astrólogos son meros impostores y engañadores del pueblo. Y debemos observar el fin que se tenía en vista, porque Dios quiso exaltar a su siervo Daniel y separarlo de la multitud común. Añaden que ningún rey había tratado jamás así a los magos y sabios. Sigue después:

Daniel 2:11

11. Porque el asunto que el rey demanda es difícil, y no hay quien lo pueda declarar delante del rey, salvo los dioses cuya morada no es con la carne.

11. Et sermo de quo rex inquirit pretiosus est; et nullus est qui possit exponere coram rege, nisi dii, quorum habitatio cum carne non est ipsis.

Daniel 2:11

Añaden que el objeto de la indagación del rey superaba el poder del ingenio humano. No hay duda de que fueron lentos en confesar esto, porque, como dijimos antes, habían adquirido la fama de tan gran sabiduría que el vulgo pensaba que nada les era desconocido ni oculto. Y muy gustosamente habrían escapado a la terrible necesidad de confesar su ignorancia en este punto, pero en su extremidad se vieron obligados a recurrir a este subterfugio. Puede preguntarse por qué pensaban que el asunto sobre el que el rey inquiría era precioso; pues, como ignoraban el sueño del rey, ¿cómo podían conocer su valor? Pero no es de sorprender que los hombres, bajo la influencia de extrema ansiedad y temor, digan cualquier cosa sin juicio. Dicen, pues: este asunto es precioso; así mezclan la adulación con sus excusas para mitigar la ira del rey, esperando escapar de la injusta muerte que estaba a la mano. El asunto sobre el que el rey inquiere es precioso; y sin embargo probablemente se diría, puesto que el asunto era insólito, que el sueño fue enviado divinamente al rey y fue después sepultado de repente en el olvido. Ciertamente había aquí algún misterio, y por eso los caldeos consideraron muy razonablemente que todo el asunto superaba en magnitud la medida común de la capacidad humana; por eso añaden: no puede haber otros intérpretes que dioses o ángeles. Algunos lo refieren a los ángeles, pero sabemos que los magos adoraban una multitud de dioses. De ahí que sea más sencillo explicarlo de la multitud de deidades que ellos imaginaban. Tenían, en verdad, dioses menores; pues entre todas las naciones ha existido la persuasión de un Dios supremo que reina solo. Después imaginaron deidades inferiores, y cada uno fabricó un dios para sí según su gusto; por eso se les llama «dioses», según la opinión y el uso comunes, aunque debieran más bien ser denominados genios o demonios del aire. Pues sabemos que todos los incrédulos estaban imbuidos de esta opinión acerca de la existencia de deidades intermedias. Los apóstoles combatieron con fuerza contra este antiguo error, y sabemos que los libros de Platón están llenos de la doctrina de que los demonios o genios actúan como mediadores entre el hombre y la Deidad celestial.

Podemos, pues, entender oportunamente estas palabras en el sentido de que los caldeos pensaban que los ángeles eran los únicos intérpretes; no porque imaginaran a los ángeles como la Escritura habla de ellos clara y sinceramente, sino porque la doctrina platónica florecía entre ellos, y también la superstición acerca de los genios que habitan en el cielo y mantienen trato familiar con el Dios supremo. Puesto que los hombres están revestidos de carne, no pueden elevarse hacia el cielo de modo que perciban todos los secretos. De ahí se sigue que el rey obraba injustamente al exigirles el cumplimiento de un deber angélico o divino. Esta excusa era, en verdad, probable, pero los oídos del rey estaban sordos porque era arrastrado por sus pasiones, y Dios además lo aguijoneaba con furias que no le dejaban reposo. De ahí esta conducta salvaje que Daniel registra.

Daniel 2:12

12. Por esto el rey con ira y con gran enojo mandó que mataran a todos los sabios de Babilonia.

Daniel 2:12

La amenaza anterior era horrible, pero ahora Nabucodonosor va más allá; pues no solo amenaza a los caldeos con la muerte, sino que ordena que se ejecute. Apenas se hallará un ejemplo semejante en la historia; pero debe notarse la causa de su ira, pues Dios quería que su siervo Daniel fuera presentado y observado por todos los hombres. Esta fue la preparación por la cual se hizo patente a todos que los sabios de Babilonia eran vanos, por prometer más de lo que podían cumplir; aun si hubieran estado dotados de la mayor sabiduría, habrían carecido todavía de aquel don de revelación que fue conferido a Daniel. De ahí que el rey denunciara la muerte contra todos ellos por su edicto; pues quizá reconocería entonces lo que nunca había percibido antes: que su jactancia no era sino vanidad y sus artes estaban llenas de supersticiones. Porque cuando la superstición fracasa, sucede inmediatamente la locura; y cuando los que son tenidos y llamados notablemente devotos perciben que su culto ficticio no vale de nada, entonces estallan en la locura que he mencionado, y maldicen sus ídolos y detestan lo que hasta entonces habían seguido. Así ocurrió aquí, cuando Nabucodonosor sospechó impostura en un asunto tan grave, y ninguna sospecha previa había entrado en su mente; pero ahora, cuando ve a través del engaño en un caso tan perplejo y en tan gran ansiedad, al verse privado del consejo de aquellos de quienes esperaba todo, entonces se enfurece cien veces más que si hubiera estado antes en un estado de perfecta calma. Sigue después:

Daniel 2:13-15

13. Y se publicó el edicto de que los sabios fuesen llevados a la muerte; y buscaron a Daniel y a sus compañeros para matarlos.

13. Et edictum exiit et sapientes interficiebantur; et quaerebant Daniel et socios ejus ad interficiendum.

14. Entonces Daniel habló sabia y prudentemente a Arioc, capitán de la guardia del rey, que había salido para matar a los sabios de Babilonia:

14. Et tunc Daniel sciscitatus est *de *consilio et edicto ab Arioch principe satellitum regis, qui exierat ad interficiendum sapientes Babylonis.

15. Habló y dijo a Arioc, capitán del rey: ¿Cuál es la causa de que este edicto se publique tan apresuradamente de parte del rey? Entonces Arioc hizo saber el asunto a Daniel.

15. Respondit et dixit ipsi Arioch praefecto regis, Ad quid edictum festinat e conspectu regis? Tunc rem patefecit Arioch ipsi Danieli.

Daniel 2:13

De estas palabras se desprende que algunos de los sabios habían sido muertos, pues al principio no se requiere a Daniel para la matanza; pero cuando los magos y caldeos eran arrastrados sin distinción al castigo, Daniel y sus compañeros corrieron el mismo peligro. Y esto se expresa claramente así: cuando salió el edicto, es decir, cuando fue publicado, según la expresión latina, y los sabios eran muertos, entonces se buscó también a Daniel; porque el rey nunca habría permitido que su decreto fuera despreciado una vez publicado; pues si hubiera mandado públicamente que esto se hiciera, y no se hubiera añadido la ejecución, ¿no habría sido ridículo? De ahí que, muy probablemente, la matanza de los magos y caldeos fuera extensa. Aunque el rey no tenía razón legítima para esta conducta, ellos merecían su castigo; pues, como dijimos ayer, merecían ser exterminados del mundo, y la peste debía ser removida si era posible lograrlo. Si Nabucodonosor hubiera sido como David, o Ezequías, o Josías, habría podido con toda justicia destruirlos a todos y purgar la tierra de tales contaminaciones; pero como solo fue arrastrado por el ardor de su ira, él mismo tenía la culpa. Entre tanto, Dios castiga justamente a los caldeos, y esta advertencia debía aprovechar a todo el pueblo. Estaban endurecidos en su error, y sin duda quedaron más sin excusa al ser cegados ante tal juicio de Dios. Porque Daniel fue condenado a muerte, aunque no había sido llamado por el rey, se hace más manifiesta la injusticia de los edictos de aquellos reyes que no indagan las causas de las que son jueces.

Daniel 2:14

Nabucodonosor había oído hablar a menudo de Daniel y se había visto obligado a admirar la destreza de su genio y el don singular de su sabiduría. ¿Cómo es, pues, que lo pasó por alto cuando tenía necesidad de su singular habilidad? Aunque el rey inquiere con ansiedad acerca del sueño, observamos con todo que no obra con seriedad; pues sin duda le habría venido a la mente: «He aquí que antes habías visto en los cautivos de Judá el increíble don de la sabiduría celestial: ¡envía, pues, por ellos en primer lugar!». Aquí se descubre la desidia del rey, porque no envió por Daniel entre los demás. Hemos dicho que esto era gobernado por la secreta providencia de Dios, que no quería que su siervo se mezclara con aquellos ministros de Satanás, cuyo saber consistía todo en trucos y errores. Vemos ahora cómo el rey había descuidado el don de Dios y había sofocado la luz que se le ofrecía; pero Daniel es luego arrastrado a la muerte. Por eso dije que los tiranos son, por esta razón, muy injustos y ejercen una violencia cruel porque no quieren tomarse el trabajo y la molestia de indagar. Entre tanto vemos que Dios arrebata maravillosamente a los suyos de las fauces de la muerte, como sucedió en el caso de Daniel; pues podemos sorprendernos de que Arioc perdonara su vida cuando mataba a los otros, que eran naturales del país. ¿Cómo explicar que Daniel encontrara más humanidad que los caldeos, aunque era extranjero y cautivo? Porque su vida estaba en la mano y custodia de Dios, que refrenó la mente y la mano del prefecto para que no se mostrara salvaje de inmediato con él. Pero se dice que Daniel inquirió acerca del consejo y del edicto. Algunos traducen prudentemente y astutamente, y עטא, gneta, significa «prudencia», así como טעם, tegem, se toma metafóricamente por «inteligencia» cuando significa gusto. Pero hallaremos después que esta última palabra se usa por un edicto, y como este sentido parece convenir mejor, lo adopto, pues Daniel había preguntado al prefecto el significado del edicto y el designio del rey. A Arioc se le llama también el príncipe de los satélites. Algunos lo traducen de los verdugos, y otros de los cocineros, pues טבח, tebech, significa «matar», pero el nombre derivado de este significa cocinero. Así se llama a Potifar, a quien fue vendido José (Gn 39:1). Me parece una especie de absurdo llamarlo príncipe de carceleros; y si decimos prefecto de cocineros, es igualmente inadecuado para su oficio de ser enviado a matar a los caldeos. Prefiero, pues, interpretarlo más suavemente, suponiendo que fuera el prefecto de la guardia; pues, como he dicho, Potifar es llamado רב טבחים, reb tebechi, y aquí solo se cambia la pronunciación. Sigue:

Daniel 2:15

Daniel había dicho también: ¿A qué se apresura el edicto de parte del rey? Por estas palabras parece que Daniel reprende de manera indirecta la ira y la ingratitud del rey, porque no indagó con suficiente diligencia antes de lanzarse a aquel cruel castigo. Parece entonces señalar su ingratitud, pues ahora es condenado a muerte sin merecerlo, sin haber sido llamado, aunque el rey habría podido saber lo que había en él. Al referirse a la prisa, no dudo de que se queja ante el rey, ya que no había sido llamado ni escuchado, y sin embargo iba a ser muerto con los demás, como si fuera culpable de la misma falta que los caldeos. La conclusión es: no había razón para tanta prisa, pues el rey probablemente hallaría lo que deseaba si indagaba con más diligencia. Se añade después: Arioc explicó el asunto a Daniel. De donde se ve que Daniel ignoraba antes todo el asunto; y por eso podemos conjeturar la magnitud del terror que se apoderó del hombre piadoso. Pues no había sabido nada de ello y era conducido al castigo de repente e inesperadamente, como si fuera culpable. Por eso le fue necesario ser fortalecido divinamente, para poder buscar con serenidad, tanto del prefecto como del rey, el tiempo oportuno para relatar el sueño y añadir su interpretación. El poder de Daniel para obrar con tanta serenidad provino del don singular de Dios, pues de otro modo el terror se habría apoderado de su mente; porque sabemos que en los sucesos repentinos nos vemos privados de todo plan y perdemos la presencia de ánimo. Puesto que nada de esto se percibió en Daniel, resulta claro que su mente era gobernada por el Espíritu de Dios. Se añade después:

Daniel 2:16

16. Y Daniel entró y pidió al rey que le diese tiempo, y que él mostraría la interpretación al rey.

16. Et Daniel ingressus est, et postulavit a rege, ut tempus daret sibi, et expositionem afferret regi.

Daniel 2:16

Este versículo no contiene nada nuevo, salvo que debemos notar lo que no se expresa: que el prefecto no estaba enteramente sin temor al introducir a Daniel ante el rey. Pues sabía que el rey estaba muy airado, y que él mismo estaba bajo grave disgusto por no ejecutar de inmediato el edicto. Pero, como ya hemos dicho, Dios había tomado a Daniel en su confianza, y de tal modo dobla y doma el ánimo del prefecto que ya no vacila en introducir a Daniel ante el rey. Del contexto se deduce también otro punto: que Daniel obtuvo lo que pedía; pues se dice que volvió a su casa, sin duda porque obtuvo del rey un solo día con miras a satisfacer sus demandas al día siguiente. Y sin embargo es sorprendente que se concediera este favor, puesto que el rey quería que el sueño le fuera narrado de inmediato. Aunque Daniel no relata aquí las razones que empleó con el rey, muy probablemente confesó lo que observaremos después en su lugar: que no estaba dotado de inteligencia suficiente para exponer el sueño, pero que, esperando en la bondad de Dios, volvería al día siguiente con una nueva revelación. De otro modo el rey nunca lo habría permitido, si Daniel hubiera pedido con duda; o si no hubiera dado testimonio de su esperanza de alguna revelación secreta de Dios, habría sido rechazado de inmediato y habría provocado todavía más la ira del rey. Los hebreos mencionan muy comúnmente después, en el contexto, lo que omiten en su lugar propio. Así, cuando confiesa modestamente su incapacidad para satisfacer al rey hasta haber recibido del Señor un mensaje fiel, el rey le concede el tiempo requerido, como veremos más claramente después. Sigue:

Daniel 2:17-18

17. Fue entonces Daniel a su casa, e hizo saber lo que había a Ananías, Misael y Azarías, sus compañeros,

17. Tunc Daniel in domum venit, et Hananiae, et Misaeli, et Azariae sociis suis sermonem patefecit.

18. para que pidiesen misericordias del Dios del cielo sobre este misterio, a fin de que Daniel y sus compañeros no pereciesen con los otros sabios de Babilonia.

18. Et misericordias ad petendum a facie Dei coelorum super arcano hoc, ut ne interficerentur Daniel et socii ejus cum residuo sapientum Babylonis.

Daniel 2:17-18

Observamos con qué propósito y con qué confianza Daniel pidió una prórroga. Su propósito era implorar la gracia de Dios. Se añadía también la confianza, pues percibía que le aguardaba un doble castigo si defraudaba al rey; si hubiera vuelto al día siguiente sin respuesta, el rey no se habría contentado con una muerte fácil, sino que habría ensañado su crueldad contra Daniel por haberlo engañado. Sin la menor duda, Daniel esperaba lo que obtuvo, a saber, que el sueño del rey le sería revelado. Por eso exhorta a sus compañeros a implorar unidos la misericordia de Dios. Daniel había obtenido ya el don singular de ser intérprete de sueños y, como hemos visto, él solo era profeta de Dios. Dios solía manifestar sus designios a sus profetas por sueños o visiones (Nm 12:6), y Daniel había obtenido ambos. Puesto que Misael, Ananías y Azarías se unían a él en la oración, deducimos que no los movía la ambición a desear algo para sí; pues si hubieran sido rivales de Daniel, no habrían podido orar en concordia con él. No oraban por sus asuntos privados, sino solo para que la interpretación del sueño fuera dada a conocer a Daniel. Observamos también con cuánta sinceridad concuerdan en sus oraciones, cómo se deja a un lado todo orgullo y ambición, y sin deseo alguno de ventaja propia. Además, es digno de notarse por qué se dice que pidieron misericordia de parte de Dios. Aunque no se presentan ante Dios como criminales, esperaban sin embargo que su petición fuera concedida con gracia, y de ahí que se use la palabra «misericordia». Siempre que huimos a Dios para que socorra nuestras necesidades, nuestros ojos y todos nuestros sentidos deben estar siempre vueltos hacia su misericordia, pues solo su buena voluntad nos reconcilia con él. Cuando se dice, al final del versículo: no perecerían con los otros sabios de Babilonia, algunos lo explican como si hubieran estado ansiosos por la vida de los magos y quisieran arrebatarlos también de la muerte. Pero aunque querían que todos estuvieran a salvo, aquí claramente se separan de los magos y caldeos; su conducta era muy diferente. Sigue ahora:

Daniel 2:19

19. Entonces el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche, por lo cual bendijo Daniel al Dios del cielo.

19. Tunc Danieli in visione noctis arcanum patefactum est: tunc Daniel benedixit Deum coeli.

Daniel 2:19

De aquí puede deducirse que Daniel no vacilaba ni oraba con sus compañeros por alguna duda de su ánimo. Pues debe venirnos a la memoria aquella sentencia de Santiago: que los que vacilan, y tiemblan, y oran a Dios con duda, no son dignos de ser oídos. No piense tal hombre, dice Santiago, que recibirá cosa alguna del Señor, si es arrastrado de acá para allá como las olas del mar (Stg 1:6). Así pues, como Dios se mostró propicio a las oraciones de Daniel, concluimos que oró con verdadera fe y estaba claramente persuadido de que su vida estaba en las manos de Dios; por eso también sentía que Dios no hostigaba en vano la mente del rey Nabucodonosor, sino que le preparaba algún juicio señalado y notable. Porque Daniel estaba imbuido de esta firme persuasión, ejerce una confianza segura y ora a Dios como si ya hubiera obtenido su petición. Por otra parte, percibimos que Dios nunca cierra sus oídos cuando se le invoca recta y cordialmente, como también se dice en los Salmos (Sal 145:18): «Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras»; pues no puede haber verdad donde falta la fe; pero como Daniel llevó fe y sinceridad a sus oraciones, fue escuchado, y el secreto acerca del sueño le fue dado a conocer en una visión de noche. No puedo avanzar más ahora.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que estamos en peligro cada día y cada momento, no solo por la crueldad de un solo tirano, sino por el diablo, que subleva contra nosotros al mundo entero, armando a los príncipes de este mundo e impulsándolos a destruirnos: concédenos, te rogamos, que sintamos y demostremos por experiencia que nuestra vida está en tu mano, y que bajo tu fiel custodia no permitirás que caiga ni un cabello de nuestra cabeza. Defiéndenos también de tal modo que los mismos impíos reconozcan que no nos gloriamos en vano en tu nombre hoy, ni te invocamos sin éxito. Y cuando hayamos experimentado tu paterna solicitud durante todo el curso de nuestra vida, que lleguemos a aquella bienaventurada inmortalidad que nos has prometido y que está guardada para nosotros en el cielo, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Lección séptima.

Daniel 2:20

20. Daniel habló y dijo: Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría.

20. Loquutus est Daniel et dixit, Sit nomen Dei benedictum a seculo et in seculum ejus est sapientia, et robur ipsius.

Daniel 2:20

Daniel prosigue aquí su narración y da gracias a Dios después de que el sueño del rey Nabucodonosor le fue dado a conocer, mientras relata el sentido de las palabras que había usado. Sea bendito el nombre de Dios, dice, de siglos en siglos. Debemos desear esto cada día; pues cuando oramos que el nombre de Dios sea santificado, se denota continuidad bajo esta forma de oración. Pero Daniel prorrumpe aquí en alabanzas de Dios con mayor vehemencia, porque reconoce su singular beneficio al haber sido arrebatado de la muerte, junto con sus compañeros, más allá de su esperanza. Siempre que Dios confiere alguna bendición notable a sus siervos, estos se sienten más estimulados a alabarlo, como dice David (Sal 40:3): «Puso luego en mi boca cántico nuevo». E Isaías usa también dos veces esta forma de hablar (Is 42:10), como si Dios le hubiera dado materia para un cántico nuevo e inusitado, al obrar tan maravillosamente con su Iglesia. Así también, no hay duda de que Daniel quiso aquí alabar a Dios de manera notable, pues había recibido una rara prueba de su favor al ser librado de la muerte inminente. Añade después: cuya (o puesto que suyas) es la sabiduría y la fortaleza; pues el relativo se toma aquí por la partícula causal, y la frase debe expresarse así; las partículas añadidas pueden servir para reforzar la expresión y tomarse de modo exclusivo, como si hubiera dicho: solo a Dios debe atribuirse la alabanza de la sabiduría y de la virtud. Sin él, ciertamente, ambas se buscan en vano; pero estas gracias no parecen convenir al propósito presente; pues Daniel debía más bien celebrar las alabanzas de Dios porque esta visión le había sido abierta, y esto bastaba para contentarlo. Pero puede hablar aquí de la gloria de Dios tanto por su poder como por su sabiduría; como cuando la Escritura quiere distinguir al Dios verdadero de todas las ficciones, toma estos dos principios: primero, que Dios gobierna todas las cosas con su propia mano y las mantiene bajo su dominio; y segundo, que nada le está oculto; y estos puntos no pueden separarse cuando ha de probarse su majestad. Vemos a los hombres fabricarse deidades, multiplicando así los dioses y distribuyendo a cada uno su propio oficio, porque no pueden descansar en la simple unidad cuando se trata de Dios. Algunos se figuran que Dios retiene solo la mitad de sus atributos; como, por ejemplo, los charlatanes de la mera presciencia. Admiten que nada está oculto a Dios, y que él conoce todas las cosas; y esto lo prueban por las profecías que se encuentran en las Escrituras. Lo que dicen es verdad; pero disminuyen mucho la gloria de Dios; más aún, la despedazan al compararlo con Apolo, cuyo oficio era anteriormente, en la opinión de los paganos, predecir los acontecimientos futuros. Cuando buscaban predicciones de acontecimientos futuros, dotaban a Apolo de la virtud de darles a conocer lo que había de suceder. Muchos en el tiempo presente piensan que Dios es capaz de prever todas las cosas, pero suponen que o disimula o se retira a propósito del gobierno del mundo.

Por último, su noción de la presciencia de Dios no es sino una especulación fría y ociosa. Por eso dije que despojan a Dios de la mitad de su gloria y, en cuanto pueden, lo despedazan. Pero la Escritura, cuando quiere afirmar lo que es propio de Dios, une inseparablemente estas dos cosas: primero, que Dios prevé todas las cosas, pues nada se oculta a sus ojos; y luego, que él dispone los acontecimientos futuros y gobierna el mundo por su voluntad, sin permitir que nada ocurra por azar o sin su dirección. Daniel asume aquí este principio, o más bien une los dos, al afirmar que solo el Dios de Israel merece el nombre, pues tanto la sabiduría como la fortaleza están en su poder. Debemos recordar cómo se defrauda a Dios de su justa alabanza cuando no unimos estos dos atributos: su previsión universal y su gobierno del mundo, que no permite que nada suceda sin su permisión. Pero como sería demasiado frío afirmar que solo a Dios pertenecen la sabiduría y la fortaleza, si su sabiduría no fuera patente y su fortaleza abiertamente reconocida, de ahí que se siga inmediatamente después:

Daniel 2:21

21. Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.

21. Et ipse mutat tempora, et articulos temporum, constituit reges et admovet reges: dat sapientiam sapientibus, et scientiam iis qui scientiam cognoscunt.

Daniel 2:21

Daniel explica en estas palabras lo que podía haber resultado oscuro; pues enseña que Dios es la verdadera fuente de la sabiduría y de la virtud, y que no las encierra solo en sí mismo, sino que las difunde por el cielo y la tierra. Y debemos notar esto con diligencia; pues cuando Pablo afirma que solo Dios es sabio, esta alabanza no parece suficientemente magnífica (Ro 16:27); pero cuando pensamos en la sabiduría de Dios y la ponemos delante de nuestros ojos, en todo nuestro derredor, sentimos con más fuerza el sentido de las palabras de Pablo: que solo Dios es sabio. Dios, pues, como ya he dicho, no mantiene su sabiduría encerrada en sí mismo, sino que la hace fluir por todo el mundo. El sentido pleno del versículo es: toda la sabiduría y el poder que hay en el mundo son un testimonio de los del Todopoderoso. Tal es la ingratitud de los hombres: siempre que hallan algo digno de alabanza en sí mismos o en otros, lo reclaman directamente como propio, y así la gloria de Dios es disminuida por la depravación de los que reciben de él sus bendiciones. Aquí se nos enseña a no quitar nada a la sabiduría y al poder de Dios, puesto que dondequiera que estas cualidades sean patentes en el mundo, deben más bien reflejar su gloria. Percibimos ahora el sentido del profeta: Dios pone ante nuestros ojos, como en un espejo, las pruebas de su sabiduría y de su poder, cuando los asuntos del mundo van rodando, y los hombres se hacen poderosos por la sabiduría, y unos son levantados a lo alto y otros caen por tierra. La experiencia nos enseña que estos sucesos no proceden de la habilidad humana ni del curso uniforme de la naturaleza, mientras los reyes más elevados son derribados y otros son elevados a los más altos puestos de honor. Daniel, pues, nos amonesta a no buscar solo en el cielo la sabiduría y el poder de Dios, puesto que se nos hacen manifiestos en la tierra, y cada día se presentan a nuestra observación pruebas de ello. Vemos ahora cómo estos dos versículos se unen entre sí. Había dicho que la sabiduría pertenece exclusivamente a Dios; ahora muestra que no está oculta dentro de él, sino que se nos manifiesta; y podemos percibir por una experiencia familiar cómo toda sabiduría fluye de él como de su fuente exclusiva. Debemos sentir también el mismo poder concurrente.

Él es, pues, quien muda los tiempos y las partes del tiempo. Sabemos que se atribuye a la fortuna cuando el mundo pasa por cambios tan inciertos que todo cambia cada día. De ahí que los profanos consideren que todas las cosas son movidas por un impulso ciego, y otros afirmen que el género humano es una especie de juguete de Dios, puesto que los hombres son lanzados de un lado a otro como pelotas. Pero, como ya he dicho, no es de sorprender que hombres de disposición perversa y corrompida pervirtan así el objeto de todas las obras de Dios. Para nuestro propio provecho práctico debemos considerar lo que el profeta enseña aquí: cómo las revoluciones, como se las llama, son testimonios del poder de Dios y señalan con el dedo la verdad de que los asuntos de los hombres son regidos por el Altísimo. Pues necesariamente hemos de adoptar una u otra de estas opiniones: o que la naturaleza rige los acontecimientos humanos, o que la fortuna da vueltas en toda dirección a cosas que debieran tener un curso uniforme. En cuanto a la naturaleza, su curso sería uniforme, a menos que Dios, por su singular consejo, como hemos visto, cambie así el curso de los tiempos. Sin embargo, aquellos filósofos que asignan a la naturaleza la autoridad suprema son mucho más sensatos que otros que ponen a la fortuna en el primer rango. Pues si admitimos por un momento esta última opinión, de que la fortuna dirige los asuntos humanos por una especie de impulso ciego, ¿de dónde viene esta fortuna? Si les pedís una definición, ¿qué responderán? Se verán ciertamente obligados a confesar esto: que la palabra «fortuna» no explica nada. Pero ni Dios ni la naturaleza tendrán lugar alguno en este vano y cambiante gobierno del mundo, donde todas las cosas se lanzan a formas distintas sin el menor orden ni conexión. Y si esto se concede, verdaderamente será recibida la doctrina de Epicuro, porque si Dios renuncia al gobierno supremo del mundo, de modo que todas las cosas se mezclen temerariamente, ya no es Dios. Pero en esta variedad él más bien muestra su mano al reclamar para sí el imperio sobre el mundo. En tantos cambios, pues, que nos salen al paso por todas partes, y por los cuales toda la faz de las cosas es renovada, debemos recordar que la providencia de Dios resplandece; y las cosas no fluyen en un curso uniforme, porque entonces la propiedad peculiar de Dios podría con alguna apariencia de razón atribuirse a la naturaleza. Dios, digo, cambia de tal modo los imperios, y los tiempos, y las estaciones, que aprendamos a mirar hacia él. Si el sol saliera y se pusiera siempre al mismo tiempo, o al menos tuvieran lugar cada año ciertos cambios simétricos, sin ningún cambio casual; si los días del invierno no fueran cortos, ni largos los del verano, podríamos entonces descubrir el mismo orden de la naturaleza, y de este modo Dios sería rechazado de su propio dominio. Pero cuando los días del invierno no solo difieren en longitud de los del verano, sino que ni siquiera la primavera conserva siempre la misma temperatura, sino que a veces es tormentosa y nevosa, y otras cálida y apacible; y puesto que los veranos son tan variados, sin que ningún año sea igual al anterior; puesto que el aire cambia cada hora y los cielos toman nuevos aspectos; cuando discernimos todas estas cosas, Dios nos despierta para que no nos entorpezcamos en nuestra propia grosería y levantemos la naturaleza a deidad, y lo privemos de su legítima honra, y transfiramos a nuestra imaginación lo que él reclama para sí solo. Si, pues, en estos acontecimientos ordinarios nos vemos obligados a reconocer la providencia de Dios, cuando surge algún cambio de mayor momento, como cuando Dios transfiere los imperios de una mano a otra y casi transforma todo el mundo, ¿no debiéramos entonces estar tanto más afectados, a menos que seamos completamente estúpidos? Daniel, pues, corrige con mucha razón la opinión perversa que comúnmente se apodera de los sentidos de todos: que el mundo rueda al azar, o que la naturaleza es la deidad suprema, cuando afirma: Dios muda los tiempos y las edades.

Del contexto es evidente que aquí habla propiamente de los imperios, pues él pone y quita reyes. Sentimos gran dificultad en creer que los reyes son puestos en sus tronos por un poder divino y después depuestos de nuevo, puesto que naturalmente nos figuramos que adquieren su poder por sus propios talentos, o por derecho hereditario, o por accidente fortuito. ¡Entre tanto se excluye todo pensamiento de Dios cuando se ensalza la industria, o el valor, o el éxito, o cualquier otra cualidad del hombre! De ahí que se diga en los Salmos: ni de oriente ni de occidente, sino que solo Dios es el juez (Sal 75:6-7). El profeta se burla allí de los discursos de aquellos que se llaman a sí mismos sabios, y que recogen razones de todas partes para mostrar cómo el poder es asignado al hombre, sea por su propio consejo y valor, sea por buena fortuna u otros instrumentos humanos e inferiores. Mira alrededor, dice, dondequiera que quieras, desde el nacimiento hasta la puesta del sol, y no hallarás razón por la cual un hombre llega a ser señor de sus semejantes más bien que otro. Solo Dios es el juez; es decir, el gobierno debe permanecer enteramente en el único Dios. Así también en este pasaje se dice que el Señor pone reyes y los levanta de entre el resto de los hombres según le place. Como este argumento es de la mayor importancia, podría tratarse con más amplitud; pero puesto que se presentará la misma ocasión en otros pasajes, comento solo brevemente el contenido de este versículo; pues a menudo habremos de tratar del estado de los reinos y de sus ruinas y cambios. No quiero, pues, añadir nada más por ahora, ya que basta explicar así brevemente la intención de Daniel.

Añade después: da la sabiduría a los sabios y la ciencia a los que están dotados de ella. En esta segunda cláusula el profeta confirma lo que ya hemos dicho: que la sabiduría de Dios no está envuelta en tinieblas, sino que se nos manifiesta, pues él nos da cada día pruebas seguras y notables de ello. Entre tanto, corrige aquí la ingratitud de los hombres que se atribuyen a sí mismos la alabanza de sus propias excelencias, que provienen de Dios, y así se hacen casi sacrílegos. Daniel, pues, afirma que los hombres no tienen más sabiduría que la que procede de Dios. Los hombres son, en verdad, hábiles e inteligentes, pero surge la pregunta: ¿procede de ellos mismos? Nos muestra también cómo los hombres son dignos de reproche al reclamar algo como propio, puesto que realmente no tienen nada que les pertenezca, por más absortos que estén en la admiración de sí mismos. ¿Quién, pues, se jactará de hacerse sabio por su propia fuerza innata? ¿Ha originado él el intelecto del que está dotado? Porque Dios es el único autor de la sabiduría y del conocimiento, los dones con que ha adornado a los hombres no deben oscurecer su gloria, sino más bien ilustrarla. Añade después:

Daniel 2:22

22. Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz.

22. Ipse patefecit profunda et abscondita cognoscit quod in tenebris, et lux cum eo habitat.

Daniel 2:22

Prosigue el mismo pensamiento y lo confirma: que todos los mortales reciben del Espíritu de Dios toda la inteligencia y la luz de que gozan; pero en este versículo avanza un paso más que en el anterior. Había dicho en general que los hombres reciben sabiduría y entendimiento por la buena voluntad de Dios; pero aquí habla en particular; pues cuando el entendimiento de un hombre es raro e inusual, allí el don de Dios resplandece con más claridad; como si hubiera dicho: Dios no solo distribuye a cada uno, según la medida de su propia liberalidad, toda la agudeza e ingenio que poseen, sino que adorna a algunos con tal inteligencia que aparecen como sus intérpretes. Habla, pues, aquí en particular del don de profecía; como si hubiera dicho: la bondad de Dios es patente no solo en la prudencia ordinaria de los hombres, pues nadie está hecho de tal modo que no pueda discernir entre la justicia y la injusticia y trazar algún plan para regular su vida; sino que en los profetas hay algo extraordinario, que hace más sorprendente la sabiduría de Dios. ¿De dónde, pues, obtienen los profetas el poder de profetizar acerca de sucesos ocultos, y penetrar por encima de los cielos, y sobrepasar todos los límites? ¿Es esto común a todos los hombres? Ciertamente esto excede con mucho la capacidad ordinaria del hombre, y el profeta enseña aquí que la beneficencia y el poder de Dios merecen más alabanza, porque revela las cosas ocultas y secretas; y en este sentido añade: la luz mora con Dios; como si hubiera dicho: Dios es muy diferente de nosotros, pues nosotros estamos envueltos en muchas nubes y nieblas; pero para Dios todas las cosas son claras; no tiene ocasión de vacilar ni de indagar, ni necesidad de ser impedido por la ignorancia. Ahora entendemos plenamente el sentido del profeta.

Aprendamos de este pasaje a atribuir a Dios aquella alabanza que la mayor parte del mundo reclama para sí con audacia sacrílega, aunque Dios muestra que le pertenece a él. Cualquier entendimiento o juicio que poseamos, debemos recordar que fue recibido primero de Dios. De ahí también que, si tenemos solo una pequeña porción de sentido común, estemos igualmente en deuda con Dios, pues seríamos como troncos o piedras si él, por su secreto instinto, no nos hubiera dotado de entendimiento. Pero si alguien sobresale entre los demás y obtiene la admiración de todos los hombres, debe todavía someterse modestamente a Dios y reconocerse tanto más obligado a él cuanto más ha recibido que los demás. Pues ¿quién se conoce plenamente sino Dios? Cuanto más sobresalga, pues, en entendimiento, tanto más depondrá toda pretensión propia y ensalzará la beneficencia de Dios. En tercer lugar, aprendamos que el entendimiento de las cosas espirituales es un don raro y singular del Espíritu Santo, en el cual el poder de Dios resplandece de manera conspicua. Guardémonos de aquel orgullo diabólico del cual vemos hinchado y embriagado a casi todo el mundo. Y en este respecto debemos glorificar principalmente a Dios, pues no solo nos ha adornado con la previsión ordinaria, que nos permite discernir entre el bien y el mal, sino que nos ha elevado por encima del nivel ordinario de la naturaleza humana y nos ha iluminado de tal modo que podemos entender cosas que exceden con mucho nuestra capacidad. Cuando Daniel declara que la luz está con Dios, debemos suplir una antítesis tácita; pues indica, como ya he dicho, que los hombres están rodeados de espesas tinieblas y andan a tientas en la oscuridad. La habitación de los hombres se contrapone aquí indirectamente al santuario de Dios; como si el profeta hubiera dicho que no hay luz pura y perfecta sino en Dios solo. Por tanto, cuando permanecemos en nuestro estado natural, necesariamente hemos de andar errantes en tinieblas, o al menos oscurecidos por muchas nubes. Estas palabras nos llevan naturalmente a no contentarnos con nuestra condición, sino a buscar de Dios aquella luz en la cual solo él mora. Entre tanto, debemos recordar cómo Dios habita en luz inaccesible (1 Ti 6:16), a menos que se digne extender su mano hacia nosotros. Por tanto, si deseamos llegar a ser partícipes de esta luz divina, estemos en guardia contra la audacia, y atentos a nuestra ignorancia; busquemos la iluminación de Dios. Así su luz no nos será inaccesible, cuando por su Espíritu nos conduzca más allá de los cielos. Añade después:

Daniel 2:23

23. A ti, oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo, porque me diste sabiduría y fuerza, y ahora me has revelado lo que te pedimos; pues nos has dado a conocer el asunto del rey.

23. Tibi confiteor, Deus patrum meorum et laudo ego, qui dedisti mihi sapientiam et robur, et nunc notificasti mihi quae postulavimus abs te; qui negotium regis patefecisti nobis.

Daniel 2:23

Daniel dirige su discurso a Dios. Te confieso, dice, oh Dios de mis padres, y te alabo. Aquí distingue más abiertamente al Dios de los israelitas de todas las ficciones de las naciones. Y no usa en vano este epíteto cuando alaba al Dios de sus padres; pues quiere reducir a nada todas las invenciones de los gentiles acerca de una multitud de deidades. Daniel rechaza esto como cosa vana y necia, y muestra cómo solo el Dios de Israel es digno de alabanza. Pero no funda la gloria de Dios en la autoridad de sus padres, como los papistas, quienes, cuando quieren atribuir el poder supremo a Jorge, o a Catalina, o a cualesquiera otros, cuentan el número de siglos durante los cuales ha prevalecido el error. Así quieren que se reciba como oráculo todo lo que el consentimiento de los hombres ha aprobado. Pero si la religión dependiera del consentimiento común de los hombres, ¿dónde estaría su estabilidad? No conocemos nada más vano que las mentes de los hombres. Si el hombre es pesado con la vanidad en una balanza, dice el profeta, la vanidad misma pesará más (Sal 62:9). Nada, pues, es más necio que este principio de este rey: lo que ha prevalecido por el consentimiento de muchos siglos debe ser religiosamente verdadero. Pero aquí Daniel recomienda en parte al Dios de sus padres, porque sus padres eran hijos de Dios. Pues entre los judíos prevalecía aquella sagrada adopción por la cual Dios escogió para sí a Abraham y a toda su familia. Daniel, pues, no ensalza aquí las personas de los hombres, como si pudieran o debieran añadir a Dios algo a su gusto; sino que la razón por la que dice el Dios de Israel es el Dios de sus padres es que era de aquella raza que el Todopoderoso había adoptado. En suma, de tal modo opone el Dios de Israel a todos los ídolos de los gentiles que la señal de separación está en el pacto mismo y en la doctrina celestial por la cual se reveló a los santos padres. Pues mientras los gentiles no tienen visión cierta y siguen solo sus propios sueños, Daniel presenta aquí con razón al Dios de sus padres.

Añade después: porque me has dado sabiduría y fortaleza. En cuanto a la sabiduría, la razón por la que Daniel da gracias a Dios es bastante clara, pues había obtenido, como dice poco después, la revelación del sueño. Había sido dotado también antes del espíritu profético y de visiones, como relató en el primer capítulo (Dn 1:17). Podemos preguntar aquí qué quiere decir con fortaleza. No era notable por su honra entre los hombres, ni fue jamás comandante en asuntos militares, y no tenía ningún don superior de poder magnífico que lo moviera a dar gracias a Dios. Pero Daniel considera como punto principal que el Dios de Israel fue entonces reconocido como el verdadero y único Dios; porque toda la sabiduría y virtud que existe en el mundo fluye de él como de su única fuente. Por esta razón habla de sí mismo así como de todos los demás, como si hubiera dicho: Si tengo alguna fortaleza o entendimiento, todo te lo atribuyo a ti; es enteramente tuyo. Y, en verdad, aunque Daniel no era rey ni prefecto, aquella grandeza de ánimo invicta que hemos visto no debía estimarse como sin valor. Por eso reconoce muy apropiadamente que algo de esta clase le había sido conferido desde el cielo. Por último, su intención es humillarse a sí mismo y atribuir a Dios lo suyo; pero habla concisamente, como hemos dicho, puesto que bajo las frases «poder» y «sabiduría» había abarcado antes la prueba de su divinidad. Añade después: Me has revelado lo que te pedimos; nos has dado a conocer la demanda del rey. Parece haber aquí una ligera discrepancia, pues alaba a Dios por concederle a él la revelación del sueño, y luego une a otros consigo. Sin embargo, la revelación no les fue común, sino peculiar de él. La solución es fácil; pues primero expresa que esto le fue dado a él en particular, para que conociera el sueño del rey y entendiera su interpretación. Cuando ha confesado esto, extiende el beneficio a sus compañeros, y con razón; porque aunque ellos no entendían todavía lo que Dios había conferido a Daniel, él había obtenido esto a favor de ellos: todos fueron arrebatados de la muerte, y todas sus oraciones fueron atendidas. Y esto valió mucho para la confirmación de su fe, pues les aseguró que no habían orado en vano. Porque dijimos que no había ambición en sus oraciones, como si alguno deseara algún don peculiar con el cual adquirir honra y estimación para sí en el mundo. Nada de eso. Les bastaba mostrar el nombre de Dios entre los incrédulos, porque por su bondad habían sido librados de la muerte. Por eso Daniel dice muy apropiadamente que el sueño del rey le fue dado a conocer con su interpretación; y esto lo transferirá después a sus compañeros.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que tenemos cada día delante de nuestros ojos tantos testimonios de tu gloria, aunque parecemos tan ciegos que cerramos toda la luz con nuestra ingratitud: concédenos, te rogamos, que aprendamos por fin a abrir los ojos; más aún, ábrelos tú por tu Espíritu. Que reflexionemos en el número, la magnitud y la importancia de tus beneficios para con nosotros; y mientras tú pones delante de nosotros la prueba de tu eterna divinidad, concédenos que aprovechemos en esta escuela de piedad. Que aprendamos a atribuirte la alabanza de todas las virtudes, hasta que no quede sino ensalzarte a ti solo. Y cuanto más te dignes mostrarte liberal con nosotros, tanto más ardientemente deseemos adorarte. Que nos entreguemos a ti sin reservarnos la más mínima alabanza propia, cuidando solo de esto: que tu gloria permanezca y resplandezca por todo el mundo, por Cristo nuestro Señor. Amén.

Lección octava.

Daniel 2:24

24. Después de esto Daniel entró a Arioc, al cual el rey había puesto para matar a los sabios de Babilonia; fue, y le dijo así: No mates a los sabios de Babilonia; llévame a la presencia del rey, y yo le mostraré la interpretación.

24. Itaque ingressus est Daniel ad Arioch, quem prefecerat rex ad perdendum sapientes Babylonis, venit ergo, et sic loquutus est ei, Sapientes Babylonis ne perdas, introduc me ad regem et interpretationem regi indicabo.

Daniel 2:24

Antes de que Daniel enviara su mensaje al rey, como vimos ayer, cumplió el deber de la piedad como debía, pues testificó su gratitud a Dios por revelarle el secreto. Pero ahora dice que fue a Arioc, que había sido enviado por el rey para matar a los magos, y le pidió que no los matara, pues él tenía una revelación, de la cual trataremos después. Debemos notar aquí que algunos de los magos fueron muertos, como he dicho. Pues después de que Arioc recibió el mandato del rey, nunca se habría atrevido a retrasarlo ni siquiera unos pocos días; pero hubo una demora después de que Daniel pidió que se le concediera un breve espacio de tiempo. Entonces Arioc relajó la severidad de la orden del rey contra los magos; y ahora Daniel le pide que perdone a los restantes. Parece, en verdad, haber hecho esto con poco juicio, porque debemos desear la completa abolición de las artes mágicas, pues vimos antes que eran hechicerías diabólicas. Puede responderse así: aunque Daniel veía muchas faltas y corrupciones en los magos y en su arte, o ciencia, o falsas pretensiones de conocimiento, sin embargo, como los principios eran verdaderos, no quería permitir que fuera borrado lo que había procedido de Dios. Pero me parece que el propósito de Daniel era algo diferente; pues aunque los magos podían haber sido destruidos por completo sin la menor dificultad, él mira más bien a la causa, y por eso quiso que se perdonara a las personas. Ocurrirá a menudo que se llame a juicio a hombres malvados lo mismo que a los que han merecido diez veces la muerte; pero si no son castigados por una razón justa, debemos perdonar sus personas, no por su dignidad, sino por nuestro habitual sentido de equidad y rectitud. Es probable, pues, que Daniel, cuando vio que el mandato del rey sobre la matanza de los magos era tan tiránico, saliera a su encuentro, para que no fueran todos muertos con violencia salvaje y cruel, sin la menor razón. Pienso, por tanto, que Daniel perdonó a los magos, pero no por consideración personal alguna; quería que estuvieran a salvo, pero con otro propósito: aguardar su castigo de parte de Dios. Su iniquidad no estaba todavía madura para la destrucción por la indignación del rey. No es de sorprender, pues, que Daniel quisiera, en cuanto fuera posible, impedir esta crueldad. Sigue después:

Daniel 2:25

25. Entonces Arioc llevó prontamente a Daniel ante el rey, y le dijo así: He hallado un varón de los deportados de Judá, el cual dará al rey la interpretación.

25. Tunc Arioch cum festinatione introduxit Danielem ad regem, et sic locutus est ei, Inveni virum ex filiis captivitatis Jehudah, qui interpretationem regi notam faciet.

Daniel 2:25

Aquí puede preguntarse en qué sentido habla Arioc de llevar a Daniel ante el rey, como si fuera algo nuevo. Pues Daniel ya había pedido al rey tiempo para orar, como hemos visto. ¿Por qué, entonces, se jacta ahora Arioc de haber hallado un varón de los deportados de Judá, como si hablara de una persona oscura y desconocida? Pero muy probablemente Daniel pidió el tiempo para orar a Arioc, pues sabemos por la historia cuán difícil era acercarse a aquellos reyes; porque pensaban que era una profanación de su majestad ser corteses y humanos. La conjetura, pues, es probable: que Arioc fue el conducto por el cual el rey concedió el tiempo a Daniel; o bien podemos suponer que las palabras de Arioc no se narran simplemente, sino que Daniel muestra la gran jactancia de los cortesanos, que siempre alaban sus propios buenos oficios y los adornan con el esplendor de las palabras. De ahí que Arioc recuerde al rey cómo se había encontrado con Daniel y había obtenido por fin lo que el rey deseaba con tanta urgencia. No me detengo, pues, más en esto, ya que o bien Arioc explicó entonces más claramente al rey que Daniel podía interpretar su sueño; o juntó lo que se había hecho antes; o bien Daniel lo había obtenido antes; o había rogado al rey que se diera algún tiempo a Daniel. Pone hijos de transmigración, o de cautividad, frase usual de la Escritura para los cautivos, aunque este nombre es colectivo. Sigue ahora:

Daniel 2:26

26. Respondió el rey y dijo a Daniel, al cual llamaban Beltsasar: ¿Podrás tú hacerme conocer el sueño que vi, y su interpretación?

26. Respondit *rex, *et dixit Danieli cujus nomen *erat *Baltesazzar, Estne tibi facultas ad notificandum mihi somnium quod vidi, et interpretationem ejus?

Daniel 2:26

El rey usa estas palabras por su desesperación de toda interpretación, pues percibía que todos los magos eran en este respecto sin juicio ni entendimiento; porque al principio estaba persuadido de que solo los magos poseían la sabiduría. Puesto que les había preguntado en vano, el error con que estaba imbuido, como he dicho, le impedía esperar algo mejor en otra parte. Por sorpresa, pues, pregunta aquí, como si la cosa fuera imposible: ¿Tienes tú ese poder? No hay duda de que Dios arrancó esta pregunta al orgulloso rey para hacer más ilustre su gracia en Daniel. Cuanto menor era la esperanza en el rey mismo, tanto mayor era en la revelación de la dignidad y de la reverencia, como veremos después; ¡pues el rey se asombró y cayó postrado por el estupor en tierra ante un cautivo! Esta es la razón por la que Daniel relata el uso de esta pregunta por el rey. Sigue ahora:

Daniel 2:27

27. Daniel respondió delante del rey, diciendo: El misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos, ni adivinos lo pueden revelar al rey.

27. Respondit Daniel regi, et dixit, Arcanum quod rex postulat sapientes, magi, astrologi, genethliasi non possunt indicare regi.

28. Pero hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer al fin de los días. Tu sueño, y las visiones de tu cabeza sobre tu cama, son esto:

28. Sed est Deus in coelis, qui revelat arcana; et indicavit regi Nebuchadnezzar quid futurum sit in fine dierum somnium tuum, et visio capitis tuisuper lectum tuum, haec est.

Daniel 2:27

Primero, con respecto a estos nombres, no necesitamos preocuparnos mucho, ya que aun los mismos judíos se ven obligados a adivinarlos. Son muy audaces en sus definiciones y temerarios en sus afirmaciones, y sin embargo no pueden distinguir claramente en qué se diferenciaba una clase de sabios de las otras; por eso nos basta sostener que el discurso trata ahora de los que entonces eran estimados «sabios», bajo las diversas designaciones de magos, adivinos y astrólogos. Ahora, en cuanto a la respuesta de Daniel. Dice que no era de sorprender que el rey no hallara lo que esperaba entre los magos, pues Dios le había inspirado este sueño más allá de la comprensión del intelecto humano. No sé si están en lo cierto los intérpretes que piensan que aquí se condenan simplemente las artes mágicas; pues yo más bien pienso que se establece una comparación entre el sueño del rey y la sustancia de la ciencia de los magos. Excluyo siempre las supersticiones con que viciaban la ciencia verdadera y genuina. Pero en cuanto a los principios, no podemos condenar precisamente la astronomía y cuanto pertenece a la consideración del orden de la naturaleza. Esta me parece ser toda la intención: el sueño del rey no estaba sujeto al conocimiento humano, pues los mortales no tienen una habilidad natural tal que puedan comprender el significado del sueño, y Dios manifiesta aquellos secretos que necesitan la revelación peculiar del Espíritu. Cuando Daniel dice que los magos, astrólogos y los demás no pueden explicar al rey su sueño y no son intérpretes adecuados de él, la verdadera razón es que el sueño no era natural ni tenía nada en común con las conjeturas humanas, sino que era la revelación peculiar del Espíritu. Como cuando Pablo discute acerca del evangelio, reúne en orden toda clase de inteligencia entre los hombres, porque los que están dotados de alguna notable agudeza o habilidad piensan que pueden lograrlo todo. Pero la doctrina del evangelio es un misterio celestial (1 Co 2:4) que no puede ser comprendido por los más doctos y talentosos entre los hombres. El verdadero sentido de las palabras de Daniel es este: los magos, astrólogos y adivinos no tenían poder para exponer el sueño del rey, puesto que no era ni natural ni humano.

Esto es claramente evidente por el contexto, porque añade:

Daniel 2:28

Hay un Dios en los cielos que revela los misterios. Pues tomo aquí ברם, berem, por la partícula adversativa. Opone, pues, la revelación de Dios a las conjeturas e interpretaciones de los magos, ya que todas las ciencias humanas están encerradas, por decirlo así, dentro de sus propios límites y cerrojos. Daniel, por tanto, dice que el asunto requiere el don singular del Espíritu Santo. El mismo Dios que reveló a Daniel el sueño del rey, distribuye a cada uno de nosotros la capacidad y la destreza según su beneplácito. ¿De dónde viene que unos sean notables por su agudeza y otros por su torpeza y pereza? ¿Que unos progresen en las artes y el saber humanos, y otros permanezcan del todo ignorantes, sino porque Dios muestra, por esta variedad, cómo por su poder y voluntad las mentes de los hombres se iluminan o permanecen embotadas y torpes? Como el Todopoderoso es el origen supremo de toda inteligencia en el mundo, lo que Daniel dice aquí no es verdad en sentido general; y este contraste, si no descendemos a lo particular, es frío o superfluo. Entendemos, pues, por qué dijo en el versículo anterior que los magos y astrólogos no podían explicar el sueño del rey, ya que el Todopoderoso había elevado al rey Nabucodonosor por encima del nivel común para explicarle el porvenir por medio de su sueño.

Hay, pues, un Dios en los cielos que revela los misterios; él muestra al rey Nabucodonosor lo que ha de suceder. Confirma lo que he dicho: que el rey era totalmente incapaz de comprender el sentido de su propio sueño. A menudo sucede que las mentes de los hombres van de un lado a otro y así hacen conjeturas ingeniosas; pero Daniel excluye todos los medios humanos, y habla del sueño como procedente directamente de Dios. Añade: lo que sucederá al fin o extremo de los días. Podemos preguntar qué quiere decir con la palabra «extremo». Los intérpretes piensan que debe referirse al advenimiento de Cristo; pero no explican por qué esta palabra significa el advenimiento de Cristo. No hay oscuridad en la frase: «el fin de los días» significa el advenimiento de Cristo, porque fue una especie de renovación para el mundo. Es verdad, ciertamente, que el mundo sigue en el mismo estado de agitación en que estaba cuando Cristo se manifestó en la carne; pero, como veremos después, Cristo vino precisamente para renovar el mundo, y puesto que su evangelio es una especie de perfección de todas las cosas, se dice que estamos «en los postreros días». Daniel compara todo el período anterior al advenimiento de Cristo con este extremo de los días. Dios quiso, pues, mostrar al rey de Babilonia lo que sucedería después de que una monarquía destruyera a otra, y también que habría un fin de esos cambios cuando llegara el reino de Cristo. Por ahora toco este punto solo brevemente, ya que habrá que decir más sobre él enseguida.

Este, dice, es el sueño y las visiones de tu cabeza sobre tu lecho. Puede parecer absurdo que Daniel profese aquí explicar al rey la naturaleza de su sueño y su interpretación, y sin embargo intercale algo más. Pero, como no añadirá nada fuera de lugar, no debemos cuestionar la propiedad de que diga que esta fue la visión del rey y su sueño; pues su objeto era despertar al rey con más urgencia a prestar atención tanto al sueño como a su interpretación. Aquí debemos notar cómo el profeta persiste en esto, con el fin de persuadir al rey de que Dios era el autor del sueño sobre el cual preguntaba a Daniel; pues las palabras se perderían por completo si los hombres no estuvieran plenamente persuadidos de que la explicación dada procedía de Dios. Pues muchos hoy oirán de buena gana lo que se diga acerca del evangelio, pero no son tocados interiormente por él, y todo lo que oyen se desvanece y se les escapa enseguida. Por eso la reverencia es el principio del entendimiento verdadero y sólido. Así Daniel no presenta abruptamente ni la explicación ni la narración del sueño, sino que prepara al orgulloso rey para escuchar, mostrándole que no soñó al azar ni conforme a sus propios pensamientos, sino que fue instruido y advertido divinamente acerca de sucesos ocultos. Sigue ahora:

Daniel 2:29

29. En cuanto a ti, oh rey, tus pensamientos vinieron a tu mente sobre tu lecho, acerca de lo que había de suceder en lo por venir: y el que revela los misterios te ha declarado lo que ha de suceder.

29. Tibi, rex, cogitationes tuae super lectum tuum ascenderunt, quid futurum esset posthac; et qui revelat arcana exposuit tibi quid futurum esset.

Daniel 2:29

Confirma de nuevo lo que acabo de tocar, pues quiso grabar esto en la mente del rey: que Dios era el autor del sueño, para inducir al rey a prepararse para su interpretación con la debida sobriedad, modestia y docilidad. Pues si no hubiera sido afectado seriamente, habría despreciado la interpretación de Daniel; así como vemos que los hombres no se benefician, por su propio orgullo o descuido, aun cuando Dios les habla familiarmente. Por eso debemos observar este orden, y estar plenamente dispuestos a escuchar a Dios, y aprender a poner freno a nosotros mismos al oír su nombre sagrado, sin rechazar jamás lo que él nos propone, sino tratándolo con la debida gravedad. Esta es la verdadera razón por la que Daniel repite que el rey Nabucodonosor fue instruido divinamente en los acontecimientos futuros. Dice, en la primera cláusula: Los pensamientos del rey subieron; la expresión es hebrea y caldea. Se dice que los pensamientos suben cuando se revuelven en el cerebro o la cabeza, como vimos antes: esta visión estaba en tu cabeza; puesto que la sede de la facultad de razonar está en la cabeza. Daniel afirma, por tanto, que el rey estaba inquieto por el porvenir, pues los más grandes monarcas piensan en lo que sucederá después de su muerte, y cada uno sueña con gozar del imperio del mundo entero. Así que es muy probable que el rey Nabucodonosor se entregara a estos pensamientos. Pero sigue enseguida que sus pensamientos no podían aprovecharle a menos que Dios descubriera el futuro, porque era su oficio propio, dice el profeta, revelar los misterios. Aquí vemos claramente cuán en vano se inquietan los hombres cuando dan vueltas una y otra vez a asuntos que superan sus capacidades. El rey Nabucodonosor podría haberse fatigado mucho tiempo sin provecho si no hubiera sido instruido por el oráculo. Por eso estas palabras tienen peso: El que revela los misterios ha declarado al rey lo que sucederá; es decir, no puedes entender el sueño por tus propios pensamientos, pero Dios te ha juzgado digno de este favor singular cuando quiso hacerte consciente de misterios que de otro modo te habrían estado completamente ocultos, pues nunca habrías podido penetrar en tal profundidad.

Después añade:

Daniel 2:30

30. Y a mí me ha sido revelado este misterio, no porque en mí haya más sabiduría que en todos los vivientes, sino para que se dé a conocer al rey la interpretación, y para que entiendas los pensamientos de tu corazón.

30. Et ego, non in sapientia quae sit in me prae cunctis viventibus, arcanum hoc patefactum est mihi; sed ut interpretationem regi exponerem, et cogitationes cordis tui cognosceres.

Daniel 2:30

Aquí Daniel sale al paso de una objeción que Nabucodonosor podría hacer: Si solo Dios puede revelar los misterios, ¿cómo puedes hacerlo tú, te ruego, siendo un simple mortal? Daniel se anticipa a esto, y transfiere toda la gloria a Dios, y confiesa con franqueza que no tiene ninguna interpretación propia que ofrecer, sino que se presenta como llevado de la mano de Dios para ser su intérprete; y como quien nada tiene por sus talentos naturales, sino que obra según agradó a Dios designarlo siervo suyo para este oficio, y valiéndose de su ayuda. Este misterio, pues, dice, me ha sido revelado. Con estas palabras declara suficientemente cómo su empresa de interpretar el sueño era un don peculiar de Dios. Pero expresa más claramente que este don es sobrenatural, como se le llama, al decir: no por la sabiduría que hay en mí. Pues aunque Daniel hubiera superado en inteligencia al mundo entero, ¡nunca habría podido adivinar lo que había soñado el rey de Babilonia! Sobresalía, ciertamente, en capacidades superiores y en saber, y estaba dotado, como hemos dicho, de dones notables; pero nunca habría podido obtener este poder, que adquirió de Dios por la oración (lo repito otra vez), por su propio estudio o industria, o por ningún esfuerzo humano.

Observamos cómo Daniel excluye aquí cuidadosamente no solo lo que los hombres reclaman neciamente como propio, sino también lo que Dios confiere naturalmente; pues sabemos que los profanos están dotados de talentos singulares y de otras facultades eminentes; y estas se llaman naturales, porque Dios desea que sus dones de gracia resplandezcan en el género humano mediante tales ejemplos. Pero aunque Daniel reconoce estar dotado de poderes nada comunes, por el beneplácito y la disciplina de Dios, aunque lo confiese, digo, coloca esta revelación en un plano más alto. Observamos también cómo los dones del Espíritu difieren entre sí, porque Daniel actuaba en una especie de doble condición respecto de los dones con que Dios quiso adornarlo. En primer lugar, hizo rápidos progresos en todas las ciencias, y sobresalió mucho en agudeza intelectual, y ya hemos mostrado claramente que esto se debía a la mera liberalidad de Dios. Esta liberalidad pone todas las cosas en su debido orden, a la vez que muestra el favor singular de Dios en la explicación del sueño.

Este misterio, pues, no me fue revelado por ninguna sabiduría que haya en mí más que en el resto de los hombres. Daniel no afirma que él sea superior a todos los hombres en sabiduría, como algunos tuercen falsamente estas palabras, sino que lo deja en duda al decir: Esto no debe atribuirse a la sabiduría, pues si yo fuera el más agudo de todos los hombres, toda mi sagacidad no me serviría de nada; y, de nuevo, si fuera el más rudo de los necios, aun así es Dios quien me usa como siervo suyo para interpretarte el sueño. No debes, pues, esperar nada humano de mí, sino que has de recibir lo que te digo, porque soy el instrumento del Espíritu de Dios, igual que si hubiera descendido del cielo. Este es el sentido sencillo de las palabras. De aquí podemos aprender a atribuir la alabanza solo a Dios, a quien se debe; pues es su oficio propio iluminar nuestras mentes, para que comprendamos los misterios celestiales. Porque aunque naturalmente estamos dotados de la mayor agudeza, que también es don suyo, podemos llamarla, sin embargo, una dotación limitada, pues no alcanza hasta los cielos. Aprendamos, pues, a dejar a Dios lo que es suyo, como nos amonesta esta expresión de Daniel.

Después añade: Sino para que se dé a conocer al rey la interpretación, y tú entiendas los pensamientos de tu corazón. Daniel usa el número plural, pero de manera indefinida; como si dijera: Dios te ha dejado hasta ahora ciertamente en suspenso; pero no te inspiró en vano este sueño. Estas dos cosas, pues, están unidas entre sí, a saber: Dios te ha revelado este secreto, y me ha designado a mí su intérprete. Así percibimos el sentido de Daniel. Pues Nabucodonosor podría objetar: ¿Por qué me atormenta así Dios? ¿Qué significa mi perplejidad? Primero sueño, y luego se me escapa el sueño, y su interpretación me es desconocida. Para que Nabucodonosor no argumentara así contra Dios, Daniel se anticipa aquí a él, y muestra cómo ni el sueño ni la visión ocurrieron en vano; sino que Dios concede ahora lo que faltaba, a saber, que el sueño vuelva a la memoria de Nabucodonosor, y a la vez su reconocimiento de su sentido y de la razón por la cual le fue enviado.

ORACIÓN.

Concede, Dios Todopoderoso, ya que quieres que nos diferenciemos de los brutos, y por eso imprimiste en nuestras mentes la luz del entendimiento, concede, te rogamos, que aprendamos a reconocer y engrandecer este favor singular, y que nos ejercitemos en el conocimiento de aquellas cosas que nos inducen a reverenciar tu soberanía. Además de esto, que distingamos entre ese sentido común que nos has otorgado y la iluminación de tu Espíritu y el don de la fe, para que solo tú seas glorificado al ser injertados por la fe en el cuerpo de tu Hijo unigénito. Te pedimos también de ti mayor progreso y aumento de esa misma fe, hasta que por fin nos lleves a la plena manifestación de la luz. Entonces, siendo semejantes a ti, contemplaremos tu gloria cara a cara, y la disfrutaremos en Cristo nuestro Señor. Amén.

Lección novena

Daniel 2:31-35

31. Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible.

31. Tu rex videbas, et ecce imago una grandis, imago illa magna, et splendor ejus pretiosus stabat coram te et species ejus terribilis.

32. La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce;

32. Hujus imaginis caput ex auro bono, pectus ejus et brachia ejus ex argento, venter ejus et femora ejus ex aere,* oes*

33. sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro.

33. Crura ejus ex ferro, pedes ejus partim ex ferro, et partim testa.

34. Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro, y los desmenuzó.

34. Videbas, quousque excisus fuit lapis, qui non ex manibus, et percussit imaginem ad pedes qui erant ex ferro et testa, et contrivit eos.

35. Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano; y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno; pero la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte, que llenó toda la tierra.

35. Tunc contrita sunt simul ferrum, testa, aes, argentum, et aurum: et fuerunt quasi quisquiliae ex area aestivali; et abstulit ea ventus, et non inventus est locus eorum; et lapis qui percusserat imaginem, fuit in montem magnum, et implevit totam terram.

Daniel 2:31-32

Aunque Daniel registra aquí el sueño, y no toca su interpretación, no debemos sin embargo avanzar más sin discurrir sobre el asunto mismo. Cuando se añada después la interpretación, confirmaremos lo que hemos dicho antes, y ampliaremos según lo guíe el contexto. Aquí Daniel relata cómo Nabucodonosor vio una imagen compuesta de oro, plata, bronce y hierro, pero cuyos pies eran mezclados, en parte de hierro y en parte de barro. Ya hemos tratado del nombre de «visión», pero lo repito brevemente: el rey Nabucodonosor no vio esta imagen aquí mencionada con sus ojos naturales, sino que era una muestra de la revelación que sabía con certeza que se le había ofrecido divinamente. De otro modo, podría haberse despreocupado de todo y haber obrado a su antojo; pero Dios lo mantuvo sujeto en completo tormento, hasta que Daniel llegó como su intérprete.

Nabucodonosor, pues, vio una imagen. Todos los escritores dotados de sano juicio y que desean con sinceridad explicar el sentido del profeta, entienden esto, sin controversia, de las cuatro monarquías que se suceden unas a otras. Los judíos, apremiados por esta interpretación, confunden el imperio turco con el romano, pero su ignorancia y falta de honradez se prueban fácilmente. Pues cuando quieren escapar a la confesión de que Cristo ha sido mostrado al mundo, buscan calumnias rancias que no requieren refutación; pero todavía habrá que decir algo después en su lugar. Mi afirmación es del todo correcta: los intérpretes de juicio moderado y sinceros explican todos el pasaje de las monarquías babilónica, persa, macedonia y romana, y el mismo Daniel lo muestra después suficientemente con sus propias palabras. Surge, sin embargo, una cuestión: ¿por qué Dios representó estas cuatro monarquías bajo esta imagen? Pues no parece corresponder en todo, ya que los romanos nada tenían en común con los asirios. La historia nos ha informado plenamente de cómo los medos y los persas sucedieron a los caldeos; cómo Babilonia fue sitiada por el enemigo; y cómo Ciro, tras obtener la victoria, transfirió el imperio a los medos y persas. Quizá parezca absurdo que se proponga una sola imagen. Pero es probable, más aún, puede mostrarse, que Dios no considera aquí ninguna concordancia entre estas cuatro monarquías, pues no la había en absoluto, sino el estado del mundo en general. Dios quiso, pues, representar bajo esta figura la condición futura del mundo hasta el advenimiento de Cristo. Esta es la razón por la que Dios unió estos cuatro imperios, aunque realmente diferentes; pues el segundo surgió de la destrucción del primero, y el tercero de la del segundo. Este es un punto, y podemos ahora preguntar, en segundo lugar, por qué Daniel llama al reino de Babilonia con el honroso término de oro. Pues conocemos la extensión de su tiranía y el carácter de los asirios, y su unión con los caldeos. Sabemos también de la destrucción de Nínive, y de cómo los caldeos hicieron de Babilonia su capital, para conservar entre ellos la sede del imperio. Si consideramos el origen de esa monarquía, hallaremos ciertamente a los asirios como bestias salvajes, llenos de avaricia, crueldad y rapacidad, y a los caldeos superiores a todos estos vicios. ¿Por qué, entonces, se llama a ese imperio la cabeza, y por qué cabeza de oro?

En cuanto al nombre de «cabeza», puesto que esa monarquía surgió primero, nada tiene de sorprendente que Daniel le asigne el lugar más alto. Y en cuanto a que pase por alto Nínive, no es sorprendente, porque esa ciudad ya había sido destruida, y él trata ahora de sucesos futuros. El imperio caldeo, pues, era el primero en el orden del tiempo, y se llama «de oro» por comparación; porque el mundo empeora a medida que envejece; pues los persas y medos que se apoderaron de todo el Oriente bajo los auspicios de Ciro eran peores que los asirios y caldeos. Así los poetas profanos inventaron fábulas sobre las Cuatro Edades, la de Oro, la de Plata, la de Bronce y la de Hierro. No mencionan el barro, pero sin duda recibieron esta tradición de Daniel. Si alguien objeta que Ciro sobresalió en las cualidades más nobles, y era de disposición heroica, y celebrado por los historiadores por su prudencia, perseverancia y otras dotes, respondo que no debemos mirar aquí el carácter de un solo hombre, sino el estado continuado del imperio persa. Esto es suficientemente probable al comparar el imperio de los medos y persas con el de los babilonios, que se llama «de plata»; pues sus costumbres se habían deteriorado, como ya hemos dicho. La experiencia demuestra también cómo el mundo degenera siempre, y se inclina poco a poco a los vicios y corrupciones.

Luego, en cuanto al imperio macedonio, no debe parecer absurdo hallarlo comparado con el bronce, ya que conocemos la crueldad del carácter de Alejandro. Es frívolo fijarse en esa cortesía que le ha ganado el favor de los historiadores; pues si reflexionamos sobre su carácter natural, ciertamente respiraba crueldad desde su misma niñez. ¿No discernimos en él, siendo todavía un muchacho, envidia y emulación? Cuando vio a su padre victorioso en la guerra, y sometiendo por industria o por artes depravadas las ciudades de Grecia, lloró de envidia, porque su padre no le dejaba nada que conquistar. Ya que manifestó tal orgullo de muchacho, concluimos que fue más cruel que humano. ¿Y con qué propósito e intención emprendió la expedición por la cual llegó a ser rey de reyes, sino por no estar contento solo con su propio poder, sino con la posesión del mundo entero? Sabemos también cómo lloró cuando oyó de aquella filosofía imaginativa que había más mundos que este. «¡Cómo! —dijo—, ¡yo no poseo ni siquiera uno!». Puesto que un mundo no bastaba a un hombre de pequeña estatura, debía ciertamente despojarse de toda humanidad, como en efecto parecía hacerlo. Nunca perdonó la sangre de nadie; y dondequiera que irrumpía, como una tempestad devoradora, destruía todo. Además, lo que aquí se dice de esa monarquía no debe restringirse a la persona de Alejandro, que fue su jefe y autor, sino que se extiende a todos sus sucesores. Sabemos que cometieron horribles crueldades, pues antes de que su imperio se dividiera en cuatro partes, que constituyeron los reinos de Asia, Siria, Egipto y Macedonia, ¡cuánta sangre se derramó! Dios quitó a Alejandro toda su descendencia. Podría haber vivido en su casa y engendrado hijos, y así su memoria habría sido noble y celebrada entre toda la posteridad; pero Dios exterminó del mundo a toda su familia. Su madre pereció por la espada a la edad de ochenta años; también su esposa y sus hijos, así como un hermano de juicio no sano. En fin, fue una horrible prueba de la ira de Dios contra la descendencia de Alejandro, con el fin de imprimir en todas las edades un sentido de su desagrado ante tal crueldad. Si, pues, extendemos el imperio macedonio hasta el período en que Perseo fue vencido, y Cleopatra y Ptolomeo muertos en Egipto, y Siria, Asia y Egipto reducidos bajo el dominio de Roma; si comprendemos todo este período, no nos asombraremos de que el profeta Daniel llame «de bronce» a esa monarquía.

Cuando habla del Imperio Romano como «de hierro», debemos recordar siempre la razón que he señalado, que se refiere al mundo en general y a la naturaleza depravada de la humanidad; de donde sus vicios e inmoralidades crecen siempre hasta llegar a una altura aterradora. Si consideramos cómo se condujeron los romanos, y cuán cruelmente tiranizaron a otros, enseguida aparecerá la razón por la que Daniel llama a su dominio «de hierro». Aunque parecen haber poseído cierta habilidad en los asuntos políticos, conocemos su ambición, avaricia y crueldad. Apenas puede hallarse nación alguna que padeciera como los romanos esas tres enfermedades, y puesto que estaban tan sujetos a ellas, así como a otras, no es sorprendente que el profeta les reste fama y les prefiera a los macedonios, persas, medos, y aun a los asirios y caldeos.

Daniel 2:33

Cuando dice: los pies de la imagen eran en parte de hierro y en parte de barro, esto debe referirse a la ruina que sobrevino cuando Dios dispersó y despedazó, por así decirlo, esa monarquía. El poder caldeo cayó primero; luego los macedonios, tras someter el Oriente, se hicieron los únicos monarcas a quienes estaban sujetos los medos y persas. Lo mismo ocurrió a los macedonios, que fueron por fin sometidos por los romanos; y todos sus reyes que sucedieron a Alejandro fueron eliminados. Pero hubo otra razón por la que Dios quiso derribar la monarquía romana. Pues cayó por sí misma conforme a la predicción de esta profecía. Puesto que, pues, sin ninguna fuerza externa se deshizo por sí misma, aparece fácilmente que fue quebrantada por Cristo, según este sueño del rey Nabucodonosor. Es positivamente cierto que nada ha sido jamás estable desde el principio del mundo, y fue siempre verdadera la afirmación de Pablo: la apariencia de este mundo se pasa. (1 Co 7:31.) Con la palabra «apariencia» quiere decir que todo lo que resplandece en el mundo es también sombrío y fugaz; añade, además, que todo lo que nuestros ojos contemplan debe desvanecerse. Pero, como he dicho, la razón fue distinta cuando Dios quiso destruir el imperio de los caldeos, persas y macedonios; porque esto se mostró más claramente en el caso de los romanos, cómo Cristo por su advenimiento quitó todo lo que había de esplendoroso, magnífico y admirable en el mundo. Esta es, pues, la razón por la que Dios asigna especialmente a los romanos pies de barro. Hasta aquí, pues, lo que respecta a los cuatro imperios.

Daniel 2:34-37

En tercer lugar, puede dudarse por qué se dice que Cristo rompió esta imagen desde los montes. Pues si Cristo es la sabiduría eterna de Dios (Pr 8:15), por quien reinan los reyes, esto apenas parece concordar; pues ¿cómo, por su advenimiento, habría de quebrantar el orden político que sabemos que Dios aprueba, y que ha establecido y asentado con su poder? Respondo: los imperios terrenales son tragados y quebrantados por Cristo accidentalmente, como dicen. (Sal 2:9.) Pues si los reyes ejercen su oficio honradamente, bastante claro es que el reino de Cristo no es contrario a su poder. ¿De dónde viene, entonces, que Cristo hiera a los reyes con cetro de hierro, y los quebrante, y arruine, y reduzca a nada? Justamente porque su orgullo es indomable, y alzan su cabeza hasta el cielo, y quieren, si fuera posible, derribar a Dios de su trono. Por eso necesariamente sienten la mano de Cristo opuesta a ellos, porque no pueden ni quieren someterse a Dios.

Pero puede plantearse otra cuestión: Cuando Cristo se manifestó, esas monarquías habían caído mucho antes; pues la caldea, la persa y la de los sucesores de Alejandro habían pasado. La solución está a mano, si entendemos lo que he mencionado antes: que bajo una sola imagen se nos describe aquí todo el estado del mundo. Aunque no todos los sucesos ocurrieron en el mismo momento, hallaremos sin embargo esencialmente verdadero el lenguaje del profeta: que Cristo destruiría todas las monarquías. Pues cuando se cambió la sede del imperio de Oriente, y fue destruida Nínive, y los caldeos fijaron entre ellos la sede del imperio, esto sucedió por el justo juicio de Dios, y Cristo reinaba ya como rey del mundo. Esa monarquía fue verdaderamente quebrantada por su poder, y lo mismo puede decirse del imperio persa. Pues cuando degeneraron de una vida de austeridad y sobriedad a otra de lujo vil e infame; cuando se enfurecieron tan cruelmente contra toda la humanidad, y se hicieron en extremo rapaces, su imperio tuvo necesariamente que pasar de ellos, y Alejandro ejecutó el juicio de Dios. Lo mismo ocurrió a Alejandro y sus sucesores. Por eso el profeta quiere decir que antes de que Cristo apareciera, ya poseía el supremo poder, tanto en el cielo como en la tierra, y así quebrantaba y aniquilaba el orgullo y la violencia de todos los hombres.

Pero Daniel dice que la imagen pereció cuando fue quebrantado el imperio romano, y sin embargo observamos en el Oriente y las regiones vecinas a los más grandes monarcas reinando todavía con un poderío muy formidable. Respondo: debemos recordar lo que dijimos ayer: el sueño fue presentado al rey Nabucodonosor para que entendiera todos los acontecimientos futuros hasta la renovación del mundo. Por eso Dios no quiso instruir al rey de Babilonia más allá de informarle de las cuatro monarquías futuras que poseerían todo el globo, y oscurecerían con su esplendor todos los poderes del mundo, y atraerían hacia sí todos los ojos y toda la atención; y que después vendría Cristo y derribaría esas monarquías. Dios, pues, quiso informar a Nabucodonosor de estos acontecimientos; y aquí debemos notar la intención del Espíritu Santo. No se hace mención de otros reinos, porque aún no habían alcanzado importancia suficiente para compararse con estas cuatro monarquías. Mientras reinaban los asirios y los caldeos, no había rivalidad con sus vecinos, pues todo el Oriente les obedecía. ¡Era increíble que Ciro, surgido de una región bárbara, pudiera atraer a sí tales recursos tan fácilmente, y apoderarse de tantas provincias en tan poco tiempo! Pues fue como un torbellino que destruyó todo el Oriente. Lo mismo puede decirse de la tercera monarquía; pues si los sucesores de Alejandro hubieran estado unidos entre sí, no habría habido entonces en el mundo imperio alguno que pudiera haber aumentado su poder. Los romanos estaban plenamente ocupados en luchar con sus vecinos, y todavía no estaban en reposo en su propio suelo; y después, cuando Italia, Grecia, Asia y Egipto les obedecieron, ningún otro imperio rivalizó con su fama; pues todo el poder y la gloria del mundo fue absorbido entonces por sus armas.

Entendemos ahora por qué Daniel mencionó esos cuatro reinos, y por qué sitúa su fin en el advenimiento de Cristo. Cuando hablo de Daniel, esto debe entenderse del sueño; pues sin duda Dios quiso animar a los judíos a no desesperar, cuando primero el brillo de la monarquía caldea, luego el de la persa, después el de la macedonia, y por último el de los romanos, abrumó al mundo. Pues ¿qué podrían haber determinado por sí mismos en el tiempo en que Nabucodonosor soñó con los cuatro imperios? El reino de Israel estaba entonces del todo destruido, las diez tribus eran desterradas, el reino de Judá estaba reducido a desolación. Aunque la ciudad de Jerusalén aún estaba en pie, ¿dónde estaba el reino? Estaba lleno de ignominia y deshonra; más aún, la posteridad de David reinaba entonces precariamente en la tribu de Judá, y aun allí solo sobre una parte; y después, aunque se les permitió el regreso, sabemos sin embargo cuán miserablemente fueron afligidos. Y cuando Alejandro, como una tempestad, devastó el Oriente, sufrieron, como sabemos, la mayor angustia; fueron frecuentemente saqueados por sus sucesores; su ciudad quedó reducida casi a soledad, y el templo profanado; y cuando su condición era la mejor, seguían siendo tributarios, como veremos después. Ciertamente era necesario que sus ánimos fueran sostenidos en tan grande y tan confusa perturbación. Esta fue, pues, la razón por la que Dios envió al rey de Babilonia el sueño sobre esas monarquías. Si Daniel hubiera soñado, los fieles no habrían tenido un asunto tan notable para la confirmación de su fe; pero cuando el sueño del rey se divulga por casi todo el Oriente, y su interpretación es igualmente célebre, los judíos podían recobrar el ánimo y reavivar sus esperanzas a su tiempo, puesto que entendían desde el principio que estas cuatro monarquías no existirían por meros vaivenes de la fortuna; pues el mismo Dios que había predicho al rey Nabucodonosor los acontecimientos futuros, determinaba también lo que él haría, y lo que quería que sucediera.

Los judíos sabían que los caldeos reinaban solo por decreto del cielo; y que después surgiría otro imperio más destructor; en tercer lugar, que debían sufrir una servidumbre bajo los macedonios; por último, que los romanos serían los vencedores y señores del mundo, y todo esto por decreto del cielo. Cuando reflexionaban sobre estas cosas, y oían finalmente del Redentor, como Rey perpetuo según la promesa, y que todas las monarquías, entonces tan resplandecientes, carecían de estabilidad, todo esto resultaría una fuente de fortaleza nada común. Ahora, pues, entendemos con qué intención quiso Dios que lo que hasta entonces había estado oculto se promulgara por todas partes; los judíos, además, transmitirían a sus hijos y nietos lo que habían oído de Daniel, y después esta profecía subsistiría y sería para ellos admiración a lo largo de todas las edades.

Cuando llegamos a las palabras, dice: una imagen era grande y extensa, su esplendor era precioso, y su aspecto terrible. Con esta frase Dios quiso salir al paso de una duda que podía introducirse en las mentes de los judíos, al ver prosperar a cada uno de esos imperios en su turno. Cuando los judíos, cautivos y desamparados, veían a los caldeos formidables en todo el mundo, y por tanto muy estimados y casi adorados por el resto de la humanidad, ¿qué podían pensar de ello? Pues no tendrían esperanza de volver, porque Dios había elevado a sus enemigos a tan gran poder que su avaricia y crueldad eran como un profundo remolino. Los judíos podían así concluir que estaban ahogados en un abismo muy profundo, del que no podían esperar escapar. Pero cuando el imperio fue transferido a los medos y persas, aunque se les permitió la libertad de volver, sabemos sin embargo cuán pequeño número usó esa indulgencia, y el resto fue ingrato. Fuera así o no, pocos de los judíos volvieron a su país; y estos tuvieron que hacer la guerra a sus vecinos, y estuvieron sujetos a continua molestia. Hasta donde les guiara el sentido común, les era más fácil no moverse un paso de Caldea, Asiria y las otras partes del Oriente, ya que sus vecinos en su propio país les eran todos tan hostiles. Mientras fueron tributarios y estimados casi como siervos y esclavos, y mientras su condición era tan humillante, subsistió la misma tentación. Pues, si eran el pueblo de Dios, ¿por qué no cuidaba de ellos hasta librarlos de esa cruel tiranía? ¿Por qué no los restituía a la calma, y los libraba de tan variados inconvenientes, y de tantas injurias? Cuando sucedió el imperio macedonio, fueron más miserables que antes; estaban expuestos cada día como presa, y se practicaba contra ellos toda especie de crueldad. Luego, respecto de los romanos, sabemos con qué soberbia los dominaron. Aunque Pompeyo, en su primer asalto, no despojó el templo, al fin se hizo más audaz, y Craso poco después lo destruyó todo hasta que siguió la más horrible y prodigiosa matanza. Como los judíos debían sufrir estas cosas, necesariamente había que ofrecerles este consuelo: el Redentor llegará por fin, y quebrantará todos estos imperios.

En cuanto a que Cristo sea llamado la piedra cortada sin manos humanas, y se le señale con otras frases, no puedo explicarlas ahora.

ORACIÓN.

Concede, Dios Todopoderoso, ya que andamos por este mundo de modo que nuestra atención es fácilmente detenida y nuestro juicio oscurecido, cuando contemplamos el poder de los impíos resplandeciente y terrible para nosotros y para otros, concede, te rogamos, que alcemos nuestros ojos hacia arriba, y consideremos cuánto poder has conferido a tu Hijo unigénito. Concede también que él nos rija y gobierne con la fuerza de su Espíritu, nos proteja con su fidelidad y tutela, y obligue a todo el mundo a promover nuestra salvación; así podamos descansar tranquilos bajo su protección, y luchar con la audacia y la paciencia que él manda y recomienda, hasta que por fin gocemos del fruto de la victoria que has prometido, y que nos darás en tu reino celestial. Amén.

Lección décima

Ya hemos explicado la intención de Dios al ofrecer al rey Nabucodonosor el sueño sobre las cuatro monarquías, y el reino de Cristo que les pondría fin. Hemos mostrado que no fue tanto por causa del rey como para consuelo y sostén del remanente de los fieles en aquellos gravísimos problemas que les aguardaban y estaban cercanos. Pues cuando se les había prometido la redención, y los profetas habían ensalzado en magníficos términos esa notable beneficencia de Dios, su confianza podía faltarles en medio de aquellas revoluciones que sobrevinieron después. Pues Dios quiso sostener sus ánimos, para que en medio de tales agitaciones y tumultos permanecieran constantes, y esperaran con paciencia y quietud al Redentor prometido. Mientras tanto Dios quiso dejar sin excusa a todos los caldeos, porque este sueño del rey fue celebrado por todas partes, y sin embargo ninguno de ellos sacó provecho de él, en cuanto al reino eterno de Cristo. Pero este era el punto principal del sueño, como veremos después. Pero Dios quiso, en primer lugar, velar por los intereses de sus elegidos, para que no se desalentaran entre esas llamadas revoluciones, que podían parecer contrarias a aquellas numerosas profecías, por las cuales se prometía no simple libertad, sino felicidad perpetua y continua bajo la mano de Dios. Entendemos ahora el fin que Dios pretendía con este sueño. Debemos tratar ahora su explicación. Ya hemos tocado algunos puntos, pero el mismo Daniel nos guiará por el camino que hemos de seguir. Lo primero que dice es:

Daniel 2:36-38

36. Este es el sueño; también la interpretación de él diremos en presencia del rey.

36. Hoc est somnium; et interpretationem ejus dicemus coram rege.

37. Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad.

37. Tu rex, rex regum es, cui Deus coelorum regnum, potentiam et robur dedit, et gloriam tibi.

38. Y dondequiera que habitan hijos de hombres, bestias del campo y aves del cielo, él los ha entregado en tu mano, y te ha dado el dominio sobre todo. Tú eres aquella cabeza de oro.

38. Et ubicunque habitant filii hominum, bestia agri, et volucris coelorum, dedit in manum tuam, et praefecit to omnibus tu ipse caput *es *aureum.

Daniel 2:38

Daniel declara aquí que «la cabeza de oro de la imagen» es el reino babilónico. Sabemos que los asirios fueron sometidos antes de que la monarquía fuera transferida a Babilonia; pero como no prevalecieron lo bastante para ser considerados gobernantes supremos en aquel territorio oriental, se menciona aquí primero el imperio babilónico. Vale también la pena notar que Dios no quiso referirse aquí a lo que ya había ocurrido, sino que más bien propuso que el pueblo dependiera en lo futuro de esta profecía y descansara en ella. Aquí habría sido superfluo decir algo sobre los asirios, puesto que ese imperio ya había pasado. Pero los caldeos habían de reinar todavía algún tiempo, digamos setenta años o por lo menos sesenta. Por eso Dios quiso mantener en suspenso los ánimos de sus siervos hasta el fin de esa monarquía, y entonces despertarlos con nuevas esperanzas, hasta que la segunda monarquía pasara, para que después descansaran con paciencia bajo la tercera y la cuarta, y percibieran por fin que el tiempo del advenimiento de Cristo estaba cercano. Esta es la razón por la que Daniel coloca aquí la monarquía caldea en el primer rango y orden. Y en este punto no hay dificultad, porque declara que el rey Nabucodonosor es la cabeza de oro de la imagen. Podemos deducir del contexto la razón de que se le llame la cabeza de oro, a saber, porque su integridad era entonces mayor que bajo el imperio de los medos y persas. Es muy cierto que los caldeos eran los más crueles ladrones, y sabemos cómo era entonces Babilonia detestada por todos los adoradores piadosos y sinceros de Dios. Sin embargo, como las cosas suelen empeorar con el transcurso del tiempo, el estado del mundo era todavía tolerable bajo aquella soberanía. Esta es la razón por la que Nabucodonosor es llamado «la cabeza de oro»; pero esto no debe referirse a él personalmente, sino extenderse más bien a todo su reino y a todos sus sucesores, entre los cuales Belsasar fue el más odioso despreciador de Dios; y por comprensión se dice que forma parte de esta cabeza de oro. Pero Daniel muestra que no adulaba al rey, ya que da esta razón de que Nabucodonosor sea la cabeza de oro: Dios lo había puesto por encima de toda la tierra. Pero esto parece común a todos los reyes, ya que ninguno de ellos reina sin permiso de Dios, sentimiento que es parcialmente verdadero, pero el profeta da a entender que Nabucodonosor fue elevado de una manera especial, porque sobresalía sobre todos los demás soberanos. Sigue ahora:

Daniel 2:39

39. Y después de ti se levantará otro reino inferior al tuyo; y luego un tercer reino de bronce, el cual dominará sobre toda la tierra.

39. Et post to exsurget regnum aliud inferius te, et regnum tertium aliud quod *erit *aeneum, et dominabitur in tota terra.

Daniel 2:39

En este versículo Daniel abarca la Segunda y la Tercera Monarquías. Dice que la segunda sería inferior a la caldea ni en poder ni en riqueza; pues el imperio caldeo, aunque se extendió tan lejos y tan ampliamente, fue añadido al de los medos y persas. Ciro sometió primero a los medos; y aunque hizo a su suegro Ciaxares su aliado en la soberanía, había expulsado sin embargo a su abuelo materno, y así obtuvo la posesión pacífica del reino por toda Media. Después conquistó a los caldeos y asirios, así como a los lidios y al resto de las naciones del Asia Menor. Vemos, pues, que su reino no se llama inferior por tener menos esplendor u opulencia en la estimación humana, sino porque la condición general del mundo era peor bajo la segunda monarquía, pues los vicios y corrupciones de los hombres aumentan más y más. Ciro era, es verdad, un príncipe prudente, pero sanguinario. La ambición y la avaricia lo arrastraban con furia, y vagaba en todas direcciones, como una bestia salvaje, olvidado de toda humanidad. Y si examinamos con exactitud su carácter, hallaremos que era, como dice Isaías, muy ávido de sangre humana. (Is 13:18.) Y aquí podemos notar que no trata solamente de las personas de los reyes, sino de sus consejeros y de todo el pueblo. Por eso Daniel pronuncia con razón que el segundo estado del reino era inferior al primero; no porque Nabucodonosor sobresaliera en dignidad, o riqueza, o poder, sino porque el mundo no había degenerado tanto como lo hizo después. Pues cuanto más se extienden estas monarquías, más aumenta la licencia en el mundo, según enseña la experiencia. De donde se hace patente la necedad y locura de los que desean tener reyes muy poderosos, como si alguien deseara que un río fuera muy rápido, como dice Isaías al combatir esta necedad. (Is 8:7.) Pues cuanto más veloz, más hondo y más ancho corre un río, mayor es la destrucción de su desbordamiento para toda la vecindad. Por eso es insensato el que desea las mayores monarquías, porque por positiva necesidad ocurrirán algunas cosas fuera del orden legítimo cuando un hombre ocupa un espacio tan amplio; y esto ocurrió bajo el dominio de los medos y persas.

Sigue ahora la descripción de la Tercera Monarquía. Se llama de bronce, no tanto por su dureza como por ser peor que la segunda. El profeta enseña cómo la diferencia entre la segunda y la tercera monarquía es semejante a la que hay entre la plata y el bronce. Los rabinos confunden las dos monarquías, por su deseo de comprender bajo la segunda lo que llaman el reino de los griegos; pero muestran la más burda ignorancia y deshonestidad. Pues no yerran por simple ignorancia, sino que desean deliberadamente derribar lo que la Escritura declara aquí claramente acerca del advenimiento de Cristo. Por eso no se avergüenzan de mezclar y confundir la historia, y de pronunciarse con descuido sobre asuntos que desconocen; desconocidos, digo, no porque escapen a los hombres medianamente versados en historia, sino por ser ellos mismos brutos y no discernir nada. Pues en lugar de Alejandro, hijo de Filipo, ponen a Alejandro, hijo de Mamea, que poseyó el imperio romano, cuando la mitad de sus provincias ya se habían separado de él. Era un muchacho sin espíritu, y fue muerto en su tienda con la mayor ignominia por sus propios soldados; además de que nunca gobernó realmente, sino que vivió como menor bajo el dominio de su madre. Y sin embargo los judíos no se avergüenzan de torcer y retorcer lo que se refiere al rey de Macedonia para aplicarlo a este Alejandro hijo de Mamea. Pero su maldad e ignorancia son fácilmente refutadas por el contexto, como veremos después. Aquí Daniel declara brevemente que habrá una tercera monarquía, no describe su carácter ni la explica plenamente; pero veremos en otro lugar el sentido de su profecía. Interpreta ahora el sueño del rey de Babilonia, tal como se le había ofrecido la visión de los cuatro imperios. Pero el ángel se lo confirma después mediante una visión, y muy claramente además, como se verá en su lugar. Sin duda esta narración de la imagen de bronce se refiere al reino macedonio. ¿Cómo, pues, se quita toda duda? Por la descripción del cuarto imperio, que es mucho más completa, e indica claramente lo que veremos pronto: que el imperio romano era como los pies, en parte de barro y en parte de hierro. Dice, pues:

Daniel 2:40-43

40. Y el cuarto reino será fuerte como hierro; y como el hierro desmenuza y rompe todas las cosas, desmenuzará y quebrantará todo.

40. Et regnum quartum erit robustum instar ferri: quia sicuti ferrum conterit et comminuit omnia, et sicuti ferrum contundit omnia haec, conteret et contundet.

41. Y lo que viste de los pies y los dedos, en parte de barro cocido de alfarero y en parte de hierro, será un reino dividido; mas habrá en él algo de la fuerza del hierro, de la manera que viste el hierro mezclado con el barro cocido.

41. Quod autem vidisti pedes et digitos partim ex luto fictili, et partim ex ferro: regnum divisum erit, et de fortitudine ferri erit in *eo, *propterea vidisti ferrum mixtum cum testa luti.

42. Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro y en parte de barro cocido, el reino será en parte fuerte, y en parte frágil.

42. Et digiti pedum partim ex ferro, et partim ex terra, ex parte regnum *illud *erit robustum, et exparte erit fragile.

43. En cuanto a aquello que viste del hierro mezclado con barro, se mezclarán por medio de alianzas humanas; pero no se unirán el uno con el otro, como el hierro no se mezcla con el barro.

43. Quod vidisti ferrum commixtum testae luteae, commiscebunt se inter se in semine hominis, et non cohaerebunt alius cum alio, sicuti ferrum non miscetur cum testa.

Daniel 2:40-43

Aquí se describe el Cuarto Imperio, que solo concuerda con el romano, pues sabemos que los cuatro sucesores de Alejandro fueron por fin sometidos. Filipo fue el primer rey de Macedonia, y Antíoco el segundo; pero Filipo no perdió nada de su propio reino; solo lo cedió a las ciudades libres de Grecia. Estuvo, pues, hasta entonces entero, salvo que pagó tributo a los romanos algunos años por los gastos de la guerra. También Antíoco, cuando se vio obligado a aceptar las condiciones impuestas por el vencedor, fue empujado más allá del monte Tauro; pero Macedonia fue reducida a provincia cuando Perseo fue vencido y capturado. Los reyes de Siria y de Asia sufrieron del mismo modo; y, por último, Egipto fue ocupado por Augusto. Pues su posteridad había reinado hasta entonces, y Cleopatra fue la última de esa raza, como es suficientemente sabido. Cuando, pues, las tres monarquías fueron absorbidas por los romanos, el lenguaje del profeta les conviene bastante bien; pues, como la espada disminuye, y destruye, y arruina todas las cosas, así esas tres monarquías fueron quebrantadas y deshechas por el imperio romano. Nada hay de sorprendente en que enumere aquí esa forma popular de gobierno entre las «monarquías», ya que sabemos cuán pocos eran los gobernantes entre ese pueblo, y cuán habitual era llamar imperio a toda clase de gobierno entre ellos, ¡y a los mismos ciudadanos gobernantes de todo el mundo! Pero el profeta los compara con el «hierro», no solo por su dureza, aunque esta razón está claramente expresada, sino también por otra clase de semejanza: eran peores que todos los demás, y superaban en crueldad y barbarie tanto a los macedonios como a los medo-persas. Aunque se jactan mucho de su propio valor, si alguien ejerce un juicio sano sobre sus acciones, descubrirá que su tiranía fue mucho más cruel que la de todos los demás; aunque se jactan de que sus senadores eran tan grandes como reyes ordinarios, hallaremos sin embargo que no eran mejores que ladrones y tiranos, pues apenas uno de cada cien mostró un grano de equidad, ya fuera cuando era enviado a alguna provincia o al desempeñar alguna magistratura; y en cuanto al cuerpo del imperio mismo, todo era horrible contaminación. Esta es, pues, la razón por la que el profeta dice que esa monarquía estaba compuesta en parte de hierro y en parte de barro de alfarero, ya que sabemos cómo sufrieron por desórdenes intestinos. El profeta no requiere aquí otra interpretación, porque, dice, esta mezcla de hierro y barro, que se une tan mal, es señal de desunión, por no mezclarse nunca entre sí.

El reino, pues, será dividido, y añade todavía otra mezcla: se mezclarán por medio de alianzas humanas, es decir, serán vecinos de otros, y ese mutuo intercambio que debía promover la verdadera amistad resultará del todo infructuoso. La opinión de los que introducen la alianza de Pompeyo y César es traída de lejos, pues el profeta habla de un gobierno continuado. Si se busca la estabilidad en alguna clase de gobierno, ciertamente debería resplandecer en una república, o por lo menos en una oligarquía antes que en un despotismo; porque, cuando todos son esclavos, el rey no puede confiar tan seguro en sus súbditos, por su constante temor por sí mismos. Pero cuando todos se unen en el gobierno, y hasta los más bajos reciben alguna ventaja mutua de su república, entonces, como he dicho, la estabilidad superior debería ser manifiesta. Pero Daniel pronuncia que, aun si el poder superior residiera en el senado y el pueblo (pues hay dignidad en el senado y majestad en el pueblo), ese imperio caería sin embargo. Además, aunque estuvieran mutuamente unidos por vecindad y parentesco, esto no les impediría luchar entre sí con salvaje enemistad, hasta la destrucción de su imperio. Aquí, pues, el profeta nos ofrece un vívido cuadro del imperio romano, al decir que era como hierro, y también mezclado con barro, o lodo, pues se destruyeron a sí mismos por discordia intestina después de llegar a la cumbre de la fortuna. Hasta aquí, lo que concierne a las cuatro monarquías.

Podemos preguntar ahora por qué Daniel dijo: La piedra que había de ser cortada del monte destruiría todos estos imperios; ya que no parece, a primera vista, convenir al reino de Cristo. La monarquía babilónica había sido abolida antes; los medos y persas habían sido completamente postrados por Alejandro; y tras las conquistas de Alejandro, se habían dividido en cuatro reinos; los romanos sometieron todas esas tierras; y entonces se objeta que el lenguaje del profeta es absurdo: una piedra saldrá de un monte que quebrantará todos los imperios. La solución, como he dicho antes, está a mano. Daniel no declara aquí que los sucesos ocurrirán juntos, sino que simplemente quiere enseñar cómo los imperios del mundo fracasarán, y un reino será eterno. No considera, pues, cuándo ni por qué cayeron los imperios de los caldeos y de los persas, sino que compara el reino de Cristo con todas esas monarquías que han sido mencionadas. Y debemos recordar siempre lo que he tocado: que el profeta habla por el pueblo cautivo, y acomoda su estilo a los fieles, a quienes quería tender la mano, y fortalecerlos en aquellas gravísimas sacudidas que estaban cercanas. Y por eso, cuando habla de todas las tierras y naciones, si alguien objeta que entonces había otros imperios en el mundo, la respuesta es fácil: el profeta no describe aquí lo que sucedería a través de todas las edades del mundo, sino solo lo que los judíos verían. Pues los romanos eran señores de muchas regiones antes de pasar a Grecia; sabemos que tenían dos provincias en España, y que tras el fin de la segunda guerra púnica eran dueños de aquel mar superior, y poseían sin disputa todas las islas, así como la Galia Cisalpina y otras regiones. No se hace mención de este imperio hasta que fue conocido de los judíos, pues podrían haberse entregado a la más absoluta desesperación, al no poder percibir el fin de aquellas tormentas que casi arruinaron el mundo; y, entre tanto, eran los más miserables de todos los hombres, porque las variadas y continuas calamidades del mundo nunca cesaban. Debemos recordar este modo de ver las cosas, pues de otro modo toda la profecía sería fría e inútil para nosotros. Vuelvo ahora al reino de Cristo.

Se dice que el Reino de Cristo quebranta todos los imperios del mundo, no directamente, sino solo accidentalmente, como se dice. Pues Daniel asume aquí un principio, suficientemente entendido por los judíos: que esas monarquías eran opuestas al reino de Cristo. Pues los caldeos habían derribado el templo de Dios, y habían procurado cuanto pudieron extinguir todo su culto, y exterminar la piedad del mundo. En cuanto a los medos y persas, aunque por su bondad se concedió permiso al pueblo para volver, muy pronto después los reyes de los medos y persas se enfurecieron contra ese pueblo miserabilísimo, hasta que la mayor parte de ellos prefirió permanecer en el exilio antes que volver a casa. Por fin llegó el furor macedonio; y aunque los judíos fueron perdonados por un breve período, sabemos con qué ímpetu los reyes de Siria y de Egipto invadieron Judea, cuán cruelmente trataron al pueblo desdichado con rapiña y saqueo, y con el derramamiento de sangre inocente. Además, es bien conocida la extrema barbarie de Antíoco al ordenar que fueran quemados todos los libros proféticos, y al casi exterminar la religión misma (1 Mac 1:59).

¡No es extraño, pues, que Daniel oponga aquí el reino de Cristo a tales monarquías! Luego, en cuanto a los romanos, sabemos con cuánto esmero y soberbia despreciaron el nombre de «cristiano»; más aún, procuraron por todos los medios arrancar del mundo el evangelio y la doctrina de la salvación, como cosa abominable. Todo esto nos es familiar. Por eso, para informar a los fieles de su condición futura hasta el advenimiento de Cristo, Daniel muestra cómo todos los imperios del mundo serían adversos a Dios, y todos sus más poderosos reyes y soberanos serían sus peores y más crueles enemigos, y emplearían todos los medios a su alcance para extinguir la verdadera piedad. Así los exhorta a llevar su cruz, y a no ceder jamás ante aquellos espectáculos miserables y dolorosos, sino a proseguir con firmeza el curso de su vocación, hasta que apareciera el Redentor prometido. Dijimos que esto es «accidental», ya que todos los reinos de este mundo están claramente fundados en el poder y la beneficencia de Cristo; pero debía existir contra todos ellos una memorable prueba de la ira de Dios, porque se alzaron contra el Hijo de Dios, el Rey supremo, con tan extremo furor y hostilidad.

Ahora bien, Cristo es comparado a una piedra cortada de un monte. Algunos restringen esto, sin necesidad, a la generación de Cristo, porque nació de una virgen, fuera del curso ordinario de la naturaleza. Por eso dice, como hemos visto, que fue cortada de un monte sin mano de hombre; es decir, fue enviado divinamente, y su imperio fue separado de todos los terrenales, ya que era divino y celestial. Entendemos ahora, pues, la razón de este símil.

Respecto de la palabra «piedra», Cristo no es llamado aquí piedra en el sentido de la palabra en Sal 118:22, e Is 8:14, y Zac 9:15, y en otros lugares. Pues allí el nombre de piedra se aplica a Cristo, porque su Iglesia está fundada sobre él. Allí se denota la perpetuidad de su reino, así como aquí; pero, como ya he dicho, estas frases deben distinguirse. Debe añadirse ahora: Cristo es llamado una piedra cortada sin manos humanas, porque desde el principio estaba casi sin forma ni hermosura, en cuanto a la apariencia humana. Hay también un contraste tácito entre su magnitud, que el profeta mencionará pronto, y este comienzo. La piedra cortada del monte descenderá, y se hará un gran monte, y llenará toda la tierra. Vemos cómo el profeta predice aquí el comienzo del Reino de Cristo como despreciable y abyecto ante el mundo. No era conspicuo por su excelencia, como se dice en Isaías: Un vástago ha brotado de la raíz de Isaí. (Is 11:1.) Cuando la posteridad de David fue privada de toda dignidad, el nombre real quedó del todo sepultado, y la diadema pisoteada, como se dice en Ezequiel (Ez 17:19). Por eso Cristo apareció al principio abatido y humilde; pero el vástago creció maravillosamente y más allá de toda expectación y cálculo, hasta un tamaño inmenso, hasta llenar toda la tierra. Percibimos ahora cuán apropiadamente habla Daniel del reino de Cristo; pero el resto lo trataremos mañana.

ORACIÓN.

Concede, Dios Todopoderoso, que recordemos que somos peregrinos en el mundo, y que ningún esplendor de riqueza, ni de poder, ni de sabiduría mundana ciegue nuestros ojos, sino que dirijamos siempre nuestros ojos y todos nuestros sentidos hacia el reino de tu Hijo. Que los fijemos siempre allí, y que nada nos impida avanzar presurosos en el curso de nuestra vocación, hasta que por fin recorramos la carrera y alcancemos la meta que has puesto delante de nosotros, y a la cual nos invitas hoy por el anuncio de tu evangelio. Reúnenos por fin en aquella feliz eternidad que nos ha sido obtenida por la sangre de ese mismo tu Hijo. Que nunca seamos separados de él, sino que, sostenidos por su poder, seamos por fin levantados por él hasta los cielos más altos. Amén.

Lección undécima

DEBEMOS ahora explicar más claramente lo que dijimos ayer acerca del reino eterno de Cristo. Al relatar el sueño, el profeta dijo: La piedra cortada del monte sin manos es el quinto reino, por el cual los cuatro reinos habían de ser quebrantados y destruidos, según la visión mostrada al rey Nabucodonosor. Debemos ver ahora si este es o no el reino de Cristo. Las palabras del profeta son estas:

Daniel 2:44-45

44. Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre.

44. Et in diebus illis regum illorum suscitabit Deus coelorum regnum, quod in seculum non dissipabitur, et regnum *hoe *populo alieno non derelinquetur confringet et conteret omnia illa regna, et ipsum stabit perpetuo.

45. De la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con mano, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, el Dios grande ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir; y el sueño es verdadero, y fiel su interpretación.

45. Propterea vidisti, nempe e monte excisum lapidem et absque manu, qui confregit ferrum, aes, testam, argentum et aurum, Deus magnus patefecit regi quid futurum esset postero tempore, et verum est somnium, et fidelis interpretatio ejus.

Daniel 2:44-45

Los judíos coinciden con nosotros en pensar que este pasaje no puede entenderse de otro modo que del reino perpetuo de Cristo, y atribuyen de buena gana y con ansia a la gloria de su propia nación todo lo que está escrito por todas partes en las Escrituras; más aún, a menudo rebajan muchos testimonios de la Escritura con el fin de jactarse de sus propios privilegios. No niegan, pues, que el sueño fue enviado al rey Nabucodonosor acerca del reino de Cristo; pero difieren de nosotros en esperar un Cristo propio. Por eso se ven obligados de muchas maneras a corromper esta profecía; porque, si conceden que el cuarto imperio o monarquía se cumplió en los romanos, necesariamente tienen que acceder al evangelio, que testifica de la llegada de aquel Mesías que fue prometido en la Ley. Pues Daniel afirma aquí abiertamente que el reino del Mesías llegaría al término de la cuarta monarquía. Por eso huyen al miserable refugio de que por la cuarta monarquía debe entenderse el imperio turco, que llaman el de los ismaelitas; y así confunden el imperio romano con el macedonio. Pero ¿qué pretexto tienen para hacer un solo imperio de dos tan diferentes? Dicen que los romanos descendían de los griegos; y si lo concedemos, ¿de dónde descendían los griegos? ¿No surgieron de los montes Caspios y del Asia Superior? Los romanos referían su origen a Troya, y en el tiempo en que la profecía debía cumplirse, esto se había oscurecido por completo; pero ¿qué tiene que ver con el asunto, si no tuvieron reputación alguna durante mil años después? Pero los turcos, mucho tiempo después, a saber, 600 años, irrumpieron de repente como un diluvio. En tal variedad de circunstancias, y a tal distancia de tiempo, ¿cómo pueden formar un solo reino? Además no muestran diferencia alguna entre ellos y el resto de las naciones. Pues nos remiten al principio del mundo, y de este modo hacen un reino de dos, y esta mezcla carece del todo de razón o de pretensión alguna. No hay duda, pues, de que Daniel entendió a los romanos por el cuarto imperio, ya que ayer vimos cómo, de manera contraria a la naturaleza, ese imperio pereció finalmente por discordia intestina. Allí no reinó un solo monarca, sino solo una democracia. Todos se creían igualmente reyes, pues todos eran parientes. Esta unión debía haber sido el más firme vínculo de perpetuidad. Pero Daniel testifica aquí de antemano cómo, aun si estaban íntimamente emparentados, ese reino no sería sociable, sino que perecería por sus propias disensiones. En fin, es ahora suficientemente evidente que las palabras del profeta no pueden explicarse de otro modo que del imperio romano, ni pueden ser desviadas, sino por la violencia, al imperio turco.

Relataré ahora lo que nuestro hermano Antonio me ha sugerido, tomado de cierto rabino Barbinel, que parece sobresalir entre los demás en agudeza. Se esfuerza en mostrar con seis argumentos principales que el quinto reino no puede referirse a nuestro Cristo, Jesús, el hijo de María. Primero asume este principio: puesto que los cuatro reinos eran terrenales, el quinto no puede compararse con ellos, a menos que su naturaleza sea la misma. La comparación sería, dice, tan inapropiada como absurda. ¡Como si la Escritura no comparara siempre el reino celestial de Dios con los de la tierra! pues no es necesario ni importante que todos los puntos de una comparación sean precisamente semejantes. Aunque Dios mostró al rey de Babilonia las cuatro monarquías terrenales, no se sigue que la naturaleza de la quinta fuera la misma, pues podía ser muy diferente. Más aún, si pesamos bien todas las cosas, es necesario marcar alguna diferencia entre aquellas cuatro y esta última. El razonamiento, pues, de aquel rabino es frívolo, cuando infiere que el reino de Cristo debería ser visible, ya que de otro modo no podría corresponder a los otros reinos. La segunda razón, con la que se opone a nosotros, es esta: si la religión hace la diferencia entre los reinos, se sigue que el babilónico, el persa y el macedonio son todos el mismo; ¡pues sabemos que todas esas naciones adoraban ídolos, y estaban dedicadas a la superstición! La respuesta a un argumento tan débil es bastante fácil, a saber: estos cuatro reinos no diferían simplemente en la religión, sino que Dios privó a los babilonios de su poder, y transfirió la monarquía a los medos y persas; y por la misma providencia de Dios los macedonios les sucedieron; y luego, cuando todos esos reinos fueron abolidos, los romanos poseyeron el dominio sobre todo el Oriente. Ya hemos explicado el sentido del profeta. Quiso simplemente enseñar esto a los judíos: no debían desesperar al contemplar las diversas agitaciones del mundo, y su sorprendente y espantosa confusión; aunque aquellas edades estuvieran sujetas a muchos cambios, el rey prometido llegaría por fin. Por eso el profeta quiso exhortar a los judíos a la paciencia, y mantenerlos en suspenso por la expectación del Mesías. No distingue estas cuatro monarquías por la diversidad de religión, sino porque Dios hacía girar el mundo como una rueda mientras una nación expulsaba a otra, para que los judíos aplicaran toda su mente y atención a aquella esperanza de redención que había sido prometida por el advenimiento del Mesías.

El tercer argumento que aquel rabino presenta puede ser refutado sin la menor dificultad. Deduce de las palabras del profeta que el reino de nuestro Cristo, el hijo de María, no puede ser el reino del que habla Daniel, ya que aquí se expresa claramente que no habría paso ni cambio de este reino: no pasará a otro pueblo, o extraño. Pero los turcos, dice, ocupan una gran porción del mundo, y la religión entre los cristianos está dividida, y muchos rechazan la doctrina del evangelio. Se sigue, pues, que Jesús, el hijo de María, no es aquel rey de quien profetizó Daniel, es decir, acerca del cual tuvo el rey de Babilonia el sueño que Daniel explicó. Pero desvaría muy neciamente, porque asume lo que nosotros siempre negaremos: que el reino de Cristo es visible. Pues por muy dispersos que estén los hijos de Dios, sin reputación alguna entre los hombres, es bien claro que el reino de Cristo permanece seguro y firme, ya que por su propia naturaleza no es externo sino invisible. Cristo no pronunció en vano estas palabras: «Mi reino no es de este mundo». (Jn 18:36.) Con esta expresión quiso apartar su reino de las formas ordinarias de gobierno. Aunque, pues, los turcos se hayan extendido ampliamente, y el mundo esté lleno de impíos despreciadores de Dios, y los judíos ocupen todavía una parte de él, sin embargo el reino de Cristo existe y no ha sido transferido a otros. Por eso este razonamiento no solo es débil sino pueril.

Sigue un cuarto argumento: Parece muy absurdo que Cristo, que nació bajo Octavio o César Augusto, sea el rey de quien profetizó Daniel. Pues, dice, el comienzo de la cuarta y de la quinta monarquía fue el mismo, lo cual es absurdo; pues la cuarta monarquía debe durar algún tiempo, y luego debe sucederle la quinta. Pero aquí no solo traiciona su ignorancia, sino su completa estupidez, ya que Dios cegó de tal modo a todo el pueblo que eran como perros rebeldes. He conversado mucho con muchos judíos; nunca he visto ni una gota de piedad ni un grano de verdad o sinceridad; más aún, nunca he hallado sentido común en judío alguno. Pero este individuo, que parece tan agudo e ingenioso, exhibe su propio descaro para gran deshonra suya. Pues pensó que la monarquía romana comenzó con Julio César. ¡Como si el imperio macedonio no hubiera sido abolido cuando los romanos tomaron posesión de Macedonia y la redujeron a provincia, cuando también Antíoco fue reducido al orden por ellos! más aún, cuando la tercera monarquía, a saber, la macedonia, empezó a declinar, entonces la cuarta, que es la romana, le sucedió. La misma razón nos dicta contar de este modo, pues a menos que confesemos que la cuarta monarquía sucedió directamente al pasar la tercera, ¿cómo podrían seguir las demás? Debemos observar también que el profeta no mira a los Césares cuando trata de estas monarquías; más aún, como vimos acerca de la mezcla de razas, esto no puede convenir de ningún modo a los Césares; pues mostramos ayer cómo los que restringen este pasaje a Pompeyo y César solo desvarían, y carecen por completo de juicio en este respecto. Pues el profeta habla en general y continuadamente de un estado popular, ya que eran todos parientes entre sí, y sin embargo el imperio no era estable, porque se consumían internamente por guerra intestina. Siendo así, concluimos que este rabino es muy necio y palpablemente absurdo al afirmar que el Cristo no es el hijo de María que nació bajo Augusto, aunque yo no sostengo que el reino de Cristo comenzara en su natividad.

Su quinto argumento es este: Constantino y otros Césares profesaron la fe de Cristo. Si recibimos, dice, a Jesús, el hijo de María, como el quinto rey, ¿cómo concordará esto? pues el Imperio Romano seguía existiendo bajo este rey. Porque donde florece la religión de Cristo, donde él es adorado y reconocido como el único Rey, ese reino no debe ser separado del suyo. Cuando, pues, Cristo, bajo Constantino y sus sucesores, obtuvo gloria y poder entre los romanos, su monarquía no puede separarse de la de ellos. Pero la solución de esto es fácil, pues el profeta pone aquí fin al Imperio Romano cuando empezó a ser despedazado. En cuanto al tiempo en que empezó el reinado de Cristo, acabo de decir que no debe referirse al tiempo de su nacimiento, sino a la predicación del evangelio. Desde el tiempo en que el evangelio empezó a promulgarse, sabemos que la monarquía romana fue disipada y por fin se desvaneció. Por eso el imperio no perduró por Constantino ni por otros emperadores, ya que su estado era diferente; y sabemos que ni Constantino ni los demás Césares eran romanos. Desde el tiempo de Trajano el imperio empezó a ser transferido a extranjeros, y reinaron forasteros en Roma. ¡Sabemos también con qué monstruos destruyó Dios la antigua gloria del pueblo romano! pues nada podía ser más abandonado o vergonzoso que la conducta de muchos de los emperadores. Si alguien recorre sus historias, descubrirá enseguida que ningún otro pueblo tuvo jamás tales monstruos por gobernantes como los romanos bajo Heliogábalo y otros semejantes; omito a Nerón y Calígula, y hablo solo de extranjeros. El Imperio Romano fue, pues, abolido después de que el evangelio comenzó a promulgarse y Cristo llegó a ser generalmente conocido por todo el mundo. Así observamos en este argumento la misma ignorancia del rabino que en los otros.

La última afirmación es: El imperio romano todavía subsiste en parte, por tanto lo que aquí se dice de la quinta monarquía no puede pertenecer al hijo de María; es necesario que el cuarto imperio haya llegado a su fin, si el quinto rey comenzó a reinar cuando Cristo resucitó de los muertos y fue predicado en el mundo. Respondo, como ya he dicho, que el imperio romano cesó, y fue abolido, cuando Dios transfirió todo su poder, con vergüenza y oprobio, a extranjeros, que no solo eran bárbaros, ¡sino horribles monstruos! Mejor habría sido para los romanos sufrir el completo borrado de su nombre, antes que someterse a tal deshonra. Percibimos cómo se desvanece esta sexta y última razón. Quise reunirlas para mostrarles cuán neciamente hacen guerra a Dios esos razonadores judíos, y se oponen furiosamente a la clara luz del evangelio.

Vuelvo ahora a las palabras de Daniel. Dice: Un reino vendrá y destruirá todos los demás reinos. Expliqué ayer en qué sentido Cristo quebrantó aquellas antiguas monarquías, que habían llegado a su fin mucho antes de su advenimiento. Pues Daniel no quiere declarar precisamente lo que haría Cristo en un solo momento, sino lo que sucedería desde el tiempo del cautiverio hasta su aparición. Si atendemos a esta intención, toda dificultad desaparecerá del pasaje. La conclusión, pues, es esta: los judíos verían los imperios más poderosos, que los herirían de terror, y los asombrarían por completo, y sin embargo resultarían ni estables ni firmes, por oponerse al reino del Hijo de Dios. Pero Isaías pronuncia maldiciones sobre todos los reinos que no obedecen a la Iglesia de Dios. (Is 60:12.) Como todos aquellos monarcas alzaron sus crestas contra el Hijo de Dios y la verdadera piedad, con audacia diabólica, deben ser completamente barridos, y la maldición de Dios, anunciada por el profeta, debe hacerse manifiesta sobre ellos. Así Cristo desarraigó todos los imperios del mundo. El imperio turco, ciertamente, sobresale hoy en riqueza y poder, y en la multitud de naciones bajo su dominio; pero no era el propósito de Dios explicar los acontecimientos futuros posteriores a la aparición de Cristo. Solo quiso que los judíos fueran amonestados, e impedidos de hundirse bajo el peso de su carga, ya que estarían en inminente peligro por el surgimiento de tantas tiranías nuevas en el mundo, y la ausencia de todo reposo. Dios quiso, pues, fortalecer sus ánimos con entereza. Una razón era esta: hacerles meditar en la redención prometida, y experimentar cuán fugaces e inciertos son todos los imperios del mundo que no están fundados en Dios, y no están unidos al reino de Cristo. Dios, pues, levantará el reino de los cielos, que nunca será disipado. Aquí vale la pena notar en qué sentido usa Daniel el término «perpetuidad». No debe restringirse a la persona de Cristo, sino que pertenece a todos los piadosos y a todo el cuerpo de la Iglesia. Cristo es ciertamente eterno en sí mismo, pero también nos comunica su eternidad, porque conserva la Iglesia en el mundo, y nos invita con la esperanza de una vida mejor que esta, y nos engendra de nuevo por su Espíritu para una vida incorruptible. La perpetuidad, pues, del reinado de Cristo es doble, sin considerar su persona. Primero, en todo el cuerpo de los creyentes; pues aunque la Iglesia es a menudo dispersada y escondida a los ojos de los hombres, nunca perece del todo; sino que Dios la preserva por su incomprensible virtud, de modo que sobrevivirá hasta el fin del mundo. Luego hay una segunda perpetuidad en cada creyente, ya que cada uno nace de simiente incorruptible, y es renovado por el Espíritu de Dios. Los hijos de Adán no solo son ahora mortales, sino que llevan en sí una vida celestial; pues el Espíritu en ellos es vida, como dice san Pablo en la epístola a los Romanos. (Ro 8:10.) Sostenemos, pues, que siempre que la Escritura afirma que el reinado de Cristo es eterno, esto se extiende a todo el cuerpo de la Iglesia, y no necesita confinarse a su persona. Vemos, pues, cómo el reino desde el cual empezó a promulgarse la doctrina del evangelio era eterno; pues aunque la Iglesia estuvo en cierto sentido sepultada, Dios dio vida sin embargo a sus elegidos, aun en el sepulcro. ¿De dónde sucedió, entonces, que los hijos de la Iglesia fueran sepultados, y se necesitara un pueblo nuevo y una nueva creación, como en Sal 102:18? De aquí aparece fácilmente que Dios es servido por un remanente, aunque no sean evidentes a la observación humana.

Añade: Este reino no pasará a otro pueblo. Con esta frase el profeta quiere decir que esta soberanía no puede ser transferida, como en los otros casos. Darío fue vencido por Alejandro, y su posteridad se extinguió, hasta que por fin Dios destruyó aquella desdichada raza macedonia, hasta que no sobrevivió nadie que se jactara de descender de aquella familia. Respecto de los romanos, aunque siguieron existiendo, fueron sin embargo tan vergonzosamente sujetados a la tiranía de extranjeros y bárbaros, que quedaron completamente cubiertos de vergüenza y totalmente deshonrados. Luego, en cuanto al reinado de Cristo, no puede ser privado del imperio que se le ha conferido, ni podemos nosotros, que somos sus miembros, perder el reino del que nos ha hecho partícipes. Cristo, pues, tanto en sí mismo como en sus miembros, reina sin peligro de cambio, porque permanece siempre a salvo y seguro en su propia persona. En cuanto a nosotros, ya que somos preservados por su gracia, y nos ha recibido bajo su propio cuidado y protección, estamos fuera del alcance del peligro; y, como ya he dicho, nuestra seguridad está asegurada, pues no podemos ser privados de la herencia que nos aguarda en el cielo. Nosotros, pues, que somos guardados por su poder mediante la fe, como dice Pedro, podemos estar seguros y tranquilos (1 P 1:5), porque cualquier cosa que Satanás urda, y por muchos planes que el mundo intente para nuestra destrucción, permaneceremos todavía seguros en Cristo. Vemos así cómo deben entenderse las palabras del profeta, cuando dice que este quinto imperio no ha de ser transferido y enajenado a otro pueblo. La última cláusula de la frase, que es esta: desmenuzará y quebrantará todos los demás reinos, y él mismo permanecerá perpetuamente, no requiere larga exposición. Hemos explicado la manera en que el reino de Cristo destruiría todos los reinos terrenales de los que Daniel había hablado antes; pues todo lo que es adverso al Hijo unigénito de Dios debe necesariamente perecer y desvanecerse del todo. Un profeta exhorta a todos los reyes de la tierra a besar al Hijo. (Sal 2:12.) Puesto que ni los babilonios, ni los persas, ni los macedonios, ni los romanos se sometieron a Cristo, más aún, emplearon sus mayores esfuerzos para oponerse a él, fueron enemigos de la piedad, y debían ser extinguidos por el reino de Cristo; porque, aunque el imperio persa no existía cuando Cristo apareció en el mundo, su recuerdo era sin embargo maldito ante Dios. Pues Daniel no toca aquí solo las cosas que eran visibles a los hombres, sino que eleva más nuestras mentes, asegurándonos muy claramente que no puede hallarse verdadero sostén en que podamos descansar, salvo en Cristo solo. Por eso pronuncia que sin Cristo todo el esplendor, y poder, opulencia y fuerza del mundo es vano, e inestable, y sin valor. Confirma el mismo sentimiento en el versículo siguiente, donde Dios mostró al rey de Babilonia lo que sucedería en los últimos tiempos, cuando señaló una piedra cortada del monte sin manos. Dijimos que Cristo fue cortado del monte sin manos, porque fue enviado divinamente, de modo que los hombres no pueden reclamar nada para sí en este respecto, ya que Dios, al tratar de la redención de su propio pueblo, habla así por Isaías: Como Dios no vio ayuda en el mundo, se apoyó en su propio brazo y en su propio poder. (Is 63:5.) Como, pues, Cristo fue enviado solo por su Padre celestial, se dice que fue cortado sin manos.

Entre tanto, debemos considerar lo que he añadido en segundo lugar: que se denota el origen humilde y abyecto de Cristo, ya que era como una piedra tosca y sin pulir. En cuanto a la palabra «monte», no dudo de que Daniel quiso mostrar aquí que el reino de Cristo es sublime, y por encima de todo el mundo. Por eso la figura del monte significa, en mi opinión, que Cristo no brotaría de la tierra, sino que vendría en la gloria de su Padre celestial, como se dice en el profeta: Y tú, Belén Efrata, pequeña eres entre las familias de Judá; de ti me saldrá el que será Señor en Israel, y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad. (Mi 5:2.) Daniel, pues, se acomoda aquí a esas groseras imaginaciones a las que están sujetas nuestras mentes. Porque, al principio, la dignidad de Cristo no aparecía tan grande como la discernimos en los reyes del mundo, y hasta hoy a algunos les parece oscurecida por la vergüenza de la cruz; muchos, ¡ay!, lo desprecian y no reconocen en él dignidad alguna. Daniel, pues, eleva ahora nuestros ojos y sentidos, cuando dice que esta piedra sería cortada del monte. Entre tanto, si alguien prefiere tomar el monte por el pueblo elegido, no me opondré, pero esto me parece no conforme al sentido genuino del profeta. Por fin añade: Y el sueño es verdadero, y fiel su interpretación. Aquí Daniel afirma con seguridad e intrepidez que no presenta conjeturas dudosas, sino que explica fielmente al rey Nabucodonosor lo que ha recibido del Señor. Aquí reclama para sí la autoridad profética, para inducir al rey de Babilonia a reconocerlo como intérprete seguro y fiel de Dios. Vemos cómo los profetas hablaron siempre con esta confianza, de otro modo toda su enseñanza sería inútil. Si nuestra fe dependiera de la sabiduría del hombre, o de cualquier cosa semejante, sería ciertamente variable. Por eso es necesario fijar este fundamento de verdad: Todo lo que los profetas nos presentan procede de Dios; y la razón por la que insisten tan constantemente en esto es para que su doctrina no se suponga fabricada por hombres. Así también en este lugar, Daniel dice primero: el sueño es verdadero; como si dijera: el sueño no es uno común, como fabulan los poetas acerca de una puerta de cuerno; el sueño no es confuso, como imaginan los hombres cuando apenas están cuerdos, o repletos de comida y bebida, o por constitución corporal, sea melancólica o colérica. Declara, pues, que el sueño del rey de Babilonia fue un verdadero oráculo; y añade: su interpretación es cierta. Donde, como en la cláusula siguiente, el profeta urge de nuevo su propia autoridad, para que Nabucodonosor no dudara de su instrucción divina para explicar la verdad de su sueño. Sigue ahora:

Daniel 2:46

46. Entonces el rey Nabucodonosor se postró sobre su rostro y se humilló ante Daniel, y mandó que le ofreciesen presentes e incienso.

46. Tunc rex Nebuchadnezer cecidit in faciem suam, et Danielem adoravit et oblationem, et suffitum odoriferum, jussit illi sacrificari.

Daniel 2:46

Cuando el rey de Babilonia se postró sobre su rostro, ello debe considerarse en parte digno de alabanza y en parte de reproche. Fue señal de piedad y de modestia que se postrara ante Dios y ante su profeta. Conocemos la fiereza y el orgullo de los reyes; es más, los vemos obrar como locos, porque no se cuentan entre los mortales y se ciegan con el esplendor de su grandeza. Nabucodonosor era en verdad un monarca muy poderoso, y le era difícil moderar su ánimo de tal modo que atribuyera la gloria a Dios. Así, el sueño que Daniel interpretó no podía serle agradable. Veía su monarquía maldita ante Dios y a punto de perecer en la ignominia; veía también que otros reinos que le sucederían estaban ordenados en el cielo; y aunque pudiera recibir algún consuelo de la destrucción de los demás reinos, era sin embargo muy duro para oídos delicados oír que un reino que parecía el más floreciente, y que todos creían que sería perpetuo, era de muy corta duración y estaba destinado a perecer. Por tanto, el que el rey se postrara así ante Daniel es, como he dicho, una señal de piedad, al reverenciar así a Dios y abrazar la profecía, que de otro modo le habría resultado amarga y desagradable. Fue también una señal de modestia, porque se humilló así ante el profeta de Dios. Hasta aquí el rey de Babilonia es digno de alabanza; mañana trataremos de lo que faltó a su reverencia.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios todopoderoso, ya que nos has mostrado por tantos, tan claros y tan sólidos testimonios que no podemos esperar otro Redentor que aquel a quien tú has presentado; y ya que has sancionado su poder divino y eterno con tantos milagros, y lo has sellado tanto por la predicación del evangelio como por el sello de tu Espíritu en nuestros corazones, y lo confirmas por la experiencia diaria, —concédenos que permanezcamos firmes y estables en él. Que nunca nos apartemos de él; que nuestra fe nunca vacile, sino que resista todas las tentaciones de Satanás; y que nosotros perseveremos de tal modo en el curso de tu santo llamamiento, que seamos reunidos al fin en aquella bienaventuranza eterna y en aquel reposo perpetuo que nos ha sido obtenido por la sangre de ese mismo tu Hijo. —Amén.

Lección duodécima

Dijimos ayer que el rey Nabucodonosor era digno de alabanza, porque se postró ante Daniel después de oír la narración de su sueño y la interpretación que se le añadió. Pues dio con ello algún testimonio de piedad, ya que en la persona de Daniel adoró al Dios verdadero, como diremos más adelante. Así se mostró dócil, siendo que el profeta podía exasperar su ánimo; porque los tiranos casi nunca soportan nada que disminuya su poder. Pero no puede ser excusado por completo. Aunque confiesa que el Dios de Israel es el único Dios, transfiere sin embargo una parte de su culto a un hombre mortal. Los que excusan esto no recuerdan lo bastante cómo los profanos mezclan las cosas celestiales y las terrenales; aunque a veces tienen buenas disposiciones, vuelven enseguida a sus propias supersticiones. Sin duda la confesión que hallaremos enseguida se limitó a esta sola ocasión. Nabucodonosor no se convirtió real y plenamente a la verdadera piedad, hasta arrepentirse de sus errores, sino que reconoció en parte que el poder supremo estaba en el Dios de Israel. Esta reverencia, sin embargo, no corrigió todas sus idolatrías; antes bien, por un impulso repentino, como he dicho, confesó que Daniel era siervo del Dios verdadero. Al mismo tiempo no se apartó de los errores a los que estaba acostumbrado, y después volvió a una mayor dureza, como veremos en el capítulo siguiente. Así también vemos a Faraón dando gloria a Dios, pero solo por un momento (Éx 9:27 y Éx 10:16); entre tanto continuó resueltamente soberbio y cruel, y nunca se despojó de su disposición original. Nuestro juicio sobre el rey de Babilonia debe ser del mismo tipo, aunque distinto en grado. La obstinación del rey Nabucodonosor no era igual al orgullo de Faraón. Ambos, ciertamente, mostraron alguna señal de reverencia, pero ninguno se sometió verdadera y sinceramente al Dios de Israel. Por eso se inclina ante Daniel, no porque lo tenga por un dios, sino mezclando y confundiendo, como hacen los profanos, lo negro y lo blanco; y sabemos que desde el principio hasta los hombres más torpes tuvieron alguna percepción del único Dios. Porque nadie negó jamás que existiera una Deidad suprema, pero después los hombres se fabricaron una multitud de dioses y transfirieron una parte del culto divino a los mortales. Estando el rey Nabucodonosor envuelto en estos errores, no nos sorprende que adore a Daniel y confiese a la vez que no hay sino un solo Dios. Y hoy vemos cómo todos en el papado confiesan esta verdad, y sin embargo despedazan el nombre de Dios, no de palabra, sino de hecho; porque dividen de tal modo el culto de Dios, que cada uno se lleva parte del botín y del despojo. Daniel relata lo que la experiencia nos enseña aun ahora. Esta adoración era, es verdad, comúnmente recibida entre los caldeos, pues los orientales fueron siempre excesivos en sus ceremonias, y sabemos que sus reyes eran adorados como dioses. Pero como aquí se usa la palabra para sacrificar, y aparece también la palabra מנחה, mencheh, que significa «ofrenda», es del todo claro que Daniel fue adorado sin reflexión, como si fuera un semidiós caído del cielo. De aquí debemos concluir que el rey Nabucodonosor obró mal al ofrecer este honor a Daniel.

Debe haber moderación en nuestro respeto a los profetas de Dios, y no hemos de enaltecerlos más allá de lo que merecen; sabemos con qué condición nos llama el Señor: que solo él sea exaltado, mientras todos sus maestros, profetas y siervos permanecen en su lugar. Surge una pregunta acerca del profeta mismo: ¿por qué permitió que lo adoraran? Pues si Nabucodonosor pecó, como hemos dicho, el profeta no tenía excusa para permitirlo. Algunos comentaristas se esfuerzan con ansiedad por excusarlo; pero si pasó esto en silencio, nos veremos obligados a confesar que estaba en cierto grado corrompido por los halagos de la corte, pues es difícil tener trato familiar allí sin quedar enseguida sujeto a su contagio. La defensa de cualquier hombre, por perfecto que sea, no debe jamás interferir con este principio firme: nada debe restarse al honor de Dios, y es señal de perversidad cada vez que, y de cualquier modo que, el culto que es propio de Dios se transfiere a las criaturas. Quizá Daniel lo rechazó decididamente y así contuvo la locura del rey de Babilonia; pero dejo el punto en duda, pues nada se dice al respecto. Aunque apenas es probable que no se diera por enterado entonces, cuando vio que el honor de Dios se transfería en parte a él; porque esto habría sido hacerse partícipe del sacrilegio y de la impiedad. Un santo profeta difícilmente podía caer en este lazo. Sabemos que en la narración se omiten muchas cosas, y Daniel no refiere lo que se hizo, sino lo que el rey ordenó. Se postró sobre su rostro; pero quizá Daniel mostró que esto no era lícito. Cuando ordenó que se ofreciera sacrificio, Daniel pudo haberlo rechazado como un gran pecado. Pues Pedro corrigió debidamente el error de Cornelio, que era más tolerable, ya que quería adorar a Pedro conforme a la costumbre común. Si, pues, el apóstol no soportó esto, sino que reprendió audazmente el hecho (Hch 10:26), ¿qué habrá que decir del profeta? Pero, como he dicho, no me atrevo a afirmar nada por ninguna de las dos partes, fuera de lo que la conjetura hace probable: que el siervo de Dios rechazó este honor desordenado. Si en verdad lo permitió, no tuvo excusa para su pecado; pero aun así, como hemos dicho, es muy difícil que quienes desean conservar su pureza tengan mucho trato con las cortes sin contraer algunas manchas de corrupción. Lo vemos aun en la persona de José. Aunque estaba completamente dedicado a Dios, en su lenguaje, como muestra su juramento, estaba contaminado por la costumbre egipcia (Gn 42:15). Y si esto fue pecado en él, lo mismo puede decirse de Daniel. Sigamos:

Daniel 2:47

47. Respondió el rey a Daniel y dijo: Ciertamente es que vuestro Dios es Dios de dioses, y Señor de los reyes, y revelador de los secretos, pues pudiste revelar este secreto.

47. Respondit rex Danieli, et dixil, Exvero Deusvester ipse *est *Deusdeorum, et dominus regum, et revelator arcanorum, quod potueris revelare arcanum hoc.

Daniel 2:47

Esta confesión es bastante piadosa y santa, está llena de rectitud y sinceridad, y hasta podría tomarse como prueba de verdadera conversión y arrepentimiento. Pero, como les recordé hace poco, los hombres profanos son a veces asaltados por una admiración de Dios, y entonces profesan amplia y abundantemente todo lo que cabría esperar de los verdaderos adoradores de Dios. Sin embargo, esto es solo momentáneo, pues durante todo ese tiempo permanecen envueltos en sus propias supersticiones. Dios, por tanto, les arranca este lenguaje cuando hablan tan piadosamente; pero ellos retienen interiormente sus faltas, y luego recaen fácilmente en sus costumbres habituales, como pronto nos probará un ejemplo memorable. Sea cual sea el sentido que se adopte, Dios quiso que su gloria fuera proclamada por boca del rey profano, y quiso que él fuera el heraldo de su propio poder e influencia. Pero esto fue particularmente provechoso para aquellos judíos que permanecían aún firmes en su lealtad; pues la mayor parte se había rebelado —notoriamente— y había degenerado con gran facilidad del culto puro de Dios. Llevados al cautiverio, se hicieron idólatras y apóstatas, y negaron al Dios vivo; pero quedaba un pequeño número de piadosos; Dios quiso procurar su provecho y fortalecer sus ánimos cuando arrancó esta confesión al rey de Babilonia. Pero se logró además otro fin, pues el rey, y con él todos los caldeos y asirios, quedaron más sin excusa. Porque si el Dios de Israel era verdaderamente Dios, ¿por qué conservaba Bel entre tanto su rango? Es el Dios de dioses: hay que añadir enseguida que es el enemigo de los dioses falsos. Observamos cómo Nabucodonosor mezcla aquí luz con tinieblas, y negro con blanco, al confesar que el Dios de Israel es supremo entre los dioses y seguir, sin embargo, adorando a otras deidades. Porque si el Dios de Israel obtiene su derecho, todos los ídolos se desvanecen. Por eso Nabucodonosor contiende consigo mismo en este lenguaje. Pero, como he dicho, es asaltado por un impulso violento y no está del todo en sus cabales cuando declara tan libremente el poder del único Dios.

Por lo que toca a las palabras, dice: Ciertamente vuestro Dios es él mismo Dios de dioses. La partícula ciertamente no es de ningún modo superflua aquí; es fuertemente afirmativa. Porque si alguien le hubiera preguntado si Bel y los demás ídolos debían ser adorados como dioses, habría podido responder «sí»; pero lo habría hecho con duda, y según una opinión preconcebida, pues todos los adoradores supersticiosos están perplejos, y si alguna vez defienden sus supersticiones, lo hacen con la temeridad que el diablo les sugiere, pero no según su juicio. En verdad, sus mentes no están tranquilas cuando se atreven a afirmar que sus propias supersticiones son piadosas y santas. Pero Nabucodonosor parece aquí renunciar formalmente a sus propios errores; como si hubiera dicho: Hasta ahora reconocía otros dioses, pero ahora cambio de opinión; he descubierto que vuestro Dios es el jefe de todos los dioses. Y, en verdad, si hablara realmente su propio sentir, podría percibir que hacía injusticia a sus propios ídolos, si había en ellos alguna divinidad; confesadamente, el Dios de Israel era tenido en total odio y abominación por las naciones profanas. Al exaltarlo por encima de todos los dioses, rebaja a Bel y a toda la turba de dioses falsos que los babilonios adoraban. Pero, como hemos dicho, se dejaba llevar por el impulso y hablaba sin pensar. Estaba en una especie de entusiasmo, pues Dios lo asombró y luego lo arrastró a maravillarse de su poder y a declararlo. Lo llama Señor de los reyes, elogio con el cual reclama para él el dominio supremo sobre el mundo; quiere afirmar que el Dios de Israel no solo aventaja a todos los demás, sino que tiene las riendas del gobierno del mundo. Porque si es el Señor de los reyes, ¡todos los pueblos están bajo su mano y dominio!, y la multitud de los hombres no puede ser sustraída de su imperio, si él rige a sus mismos monarcas. Entendemos, pues, el sentido de estas palabras, a saber: cualquier deidad que se adore es inferior al Dios de Israel, porque él está muy por encima de todos los dioses; además, su providencia rige el mundo, siendo él Señor de todos los pueblos y reyes y gobernando todas las cosas por su voluntad.

Añade: es revelador de los secretos. Esta es nuestra prueba de la Divinidad, como hemos dicho en otro lugar. Pues Isaías, queriendo probar la existencia de un solo Dios, toma estos dos principios, a saber: que nada sucede sin su permiso, y que él prevé todas las cosas (Is 48:3-5). Estos dos principios han sido unidos inseparablemente. Aunque Nabucodonosor no entendía cuál era la verdadera peculiaridad de la Divinidad, aquí es impulsado, por el instinto secreto del Espíritu de Dios, a exponer claramente el poder y la sabiduría de Dios. Por eso confiesa que el Dios de Israel aventaja a todos los dioses, puesto que tiene poder en todo el mundo y nada le está oculto. Añade la razón: Daniel pudo revelar ese secreto. Esta razón no parece muy buena; porque infiere que el mundo es gobernado por un solo Dios porque Daniel dio a conocer este secreto. Pero, se dirá, «esto no se refiere a su poder». La respuesta a esta observación es fácil; mostramos en otro lugar cómo no debemos imaginar un dios como Apolo, que solo puede predecir acontecimientos futuros. Y, en verdad, es demasiado insípido atribuir a Dios una simple presciencia, como si los acontecimientos del mundo dependieran de algo distinto de su poder; porque se dice que Dios tiene un conocimiento previo de los acontecimientos futuros porque determinó lo que quería que se hiciese. De ahí que Nabucodonosor concluyera que el dominio del mundo entero está en manos de Dios, porque podía predecir el porvenir; pues si no tuviera pleno poder sobre lo futuro, no podría predecir nada con certeza. Por tanto, como predice realmente los acontecimientos futuros, esto determina claramente que todas las cosas son ordenadas por él, y refuta la existencia del azar, mientras él cumple todo lo que ha decretado.

Aprendamos de este pasaje cuán insuficiente es celebrar la sabiduría y el poder de Dios con una declamación ruidosa, si al mismo tiempo no rechazamos de nuestras mentes todas las supersticiones y no nos aferramos al único Dios de modo que digamos de corazón adiós a todos los demás. No se puede exigir una confesión verbal más plena que la que aquí se nos presenta; y sin embargo observamos cómo Nabucodonosor estuvo siempre envuelto en los engaños de Satanás, porque quiso conservar sus dioses falsos y pensó que bastaba ceder el primer lugar al Dios de Israel. Aprendamos, a la vez, a hacer lo mejor posible para purgar la mente de todas las supersticiones, a fin de que el único Dios penetre todos nuestros sentidos. Entre tanto, debemos observar cuán severo y terrible es el juicio que aguarda a los papistas y a todos los semejantes a ellos, que por lo menos deberían estar imbuidos de los rudimentos de la piedad, pues confiesan la existencia de un solo Dios supremo y, sin embargo, mezclan una gran multitud de deidades, y deshonran tanto su poder como su sabiduría, y a la vez observan lo que aquí dice un rey profano. Porque los papistas no solo dividen el poder de Dios, repartiéndolo en partes a cada uno de sus santos, sino que, cuando hablan del mismo Dios, se lo imaginan como quien lo conoce todo de antemano y, sin embargo, deja todas las cosas contingentes de la libre voluntad del hombre; primero creando todas las cosas y luego dejando todo suceso en suspenso. De ahí que el cielo y la tierra, según soporten los méritos o los crímenes de los hombres, se vuelvan unas veces útiles y otras adversos a la humanidad. Es verdad que ni la lluvia, ni el calor, ni el tiempo nublado o sereno, ni cosa alguna sucede sin el permiso de Dios; y todo lo adverso es señal de su maldición, y todo lo próspero y deseable es señal de su favor. Esto, en efecto, es verdad; pero cuando los papistas ponen su fundamento en la voluntad del hombre, vemos cómo privan a Dios de sus derechos. Aprendamos, pues, de este pasaje a no atribuir a Dios menos de lo que concedió este rey profano.

Daniel 2:48

48. Entonces el rey engrandeció a Daniel, y le dio muchos honores y dones grandes, y lo puso por gobernador de toda la provincia de Babilonia, y jefe supremo de todos los sabios de Babilonia.

48. Tunc rex Danielem magnificavit, et munera praeclara, et magna dedit ei, et constituit eum super totam povinciam Babylonis, et magistrum procerum super omnes sapientes Babylonis.

Daniel 2:48

Aquí se añade también otro punto, a saber, cómo el rey Nabucodonosor elevó al profeta de Dios y lo adornó con los más altos honores. Hemos hablado de aquel culto desordenado que él mismo mostró y mandó que otros ofrecieran. En cuanto a los dones y al desempeño de los cargos públicos, no podemos condenar a Nabucodonosor por honrar al siervo de Dios, ni tampoco a Daniel por permitir que se le exaltara así. Todos los siervos de Dios deben cuidarse de no hacer de su oficio una ganancia, y sabemos cuán pestilente es la enfermedad cuando los profetas y maestros son adictos a la ganancia o reciben con facilidad los regalos que se les ofrecen. Porque donde no hay desprecio del dinero, necesariamente brotan muchos vicios, pues todos los avaros y codiciosos adulteran la palabra de Dios y trafican con ella (2 Co 2:17). Por eso todos los profetas y ministros de Dios deben vigilar para no ser codiciosos de dones. Pero en lo que toca a Daniel, podía recibir lo que el rey le ofrecía, así como José pudo lícitamente encargarse del gobierno de todo Egipto (Gn 41:40). No hay duda de que Daniel tenía otras miras que su ventaja privada y personal. No debemos creerlo codicioso de ganancia, cuando soportó su exilio con tanta paciencia y, además, cuando con riesgo de su vida prefirió abstenerse de la comida real antes que separarse del pueblo de Dios. Si manifiestamente prefirió la vergüenza de la cruz con que el pueblo de Dios era entonces oprimido a la opulencia, al lujo y al honor, ¿quién lo creerá cegado por la avaricia por recibir regalos? Pero, viendo a los hijos de Dios miserable y cruelmente oprimidos por los caldeos, quiso socorrerlos en sus miserias hasta donde pudiera. Sabiendo bien que esto daría algún consuelo y apoyo a su raza, se dejó nombrar prefecto de una provincia. Y la misma razón lo movió a buscar algún puesto de autoridad para sus compañeros, como sigue:

Daniel 2:49

49. Y Daniel solicitó del rey, y él puso sobre los negocios de la provincia de Babilonia a Sadrac, Mesac y Abed-nego; pero Daniel estaba en la puerta del rey.

49. Et Daniel petiit a rege; et constituit super opus provinciae Babylonis Sidrach, Mesach, et Abed-nego: Daniel antem *erat *in porta regis.

Daniel 2:49

Se podría notar aquí cierta ambición en el profeta, puesto que procura honores para sus propios compañeros. Pues cuando el rey le ofrece espontáneamente un mando, se ve obligado a aceptarlo; no debía ofender el ánimo del soberbio rey. Había necesidad de esto, porque él mismo solicita del rey prefecturas para otros. ¿Cuál diremos que fue el origen de esta conducta? Como ya he insinuado, aquí se puede sospechar que Daniel era ambicioso, pues se le podría imputar como delito que hacía ganancia de la doctrina que había recibido de Dios. Pero más bien miraba a su pueblo y quería llevarle algún consuelo en su opresión. Porque los caldeos trataban tiránicamente a sus esclavos, y sabemos que los judíos eran totalmente odiados por todo el mundo. Cuando, pues, Daniel, movido por la compasión, busca algún consuelo para el pueblo de Dios, no hay razón para acusarlo de falta alguna, porque no se dejó arrastrar por la ventaja privada y no deseaba honores ni para sí mismo ni para sus compañeros; antes bien, estaba atento a aquel objeto, a fin de que sus compañeros pudieran socorrer a los judíos en sus angustias. Por eso la autoridad que obtiene para ellos no tiene otro objeto que lograr que los judíos fueran tratados un poco más humanamente, pues su condición no sería tan dura y amarga si tenían prefectos de su propio pueblo que se esforzaran por tratarlos como a hermanos. Vemos ahora cómo Daniel puede ser rectamente absuelto de este cargo sin dificultad ni argumento; pues el asunto mismo es bastante claro, y podemos deducir fácilmente que Daniel era piadoso y humano, y libre de toda acusación de pecado. De las palabras estaba en la puerta del rey no debemos entender que fuera portero. Algunos suponen que se usa esta frase porque allí solían administrar justicia; pero transfieren a los caldeos lo que la Escritura nos enseña de los judíos. Yo lo tomo más sencillamente. Daniel era jefe de la corte del rey, puesto que tenía allí el mando supremo; y ese sentido es más genuino. Además, conocemos bien la costumbre de los caldeos y asirios de hacer difícil el acceso al rey. Se dice, pues, de Daniel que estaba a la puerta para impedir toda entrada al palacio del rey sin su permiso. Sigue ahora:

CAPÍTULO 3

Daniel 3:1

1. El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro, cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia.

1. Nebuchadnezer rex fecit imaginem ex auro, altitudo ejus cubitorum sexaginta, latitudo cubitorum sex: erexit eam in planitie Dura, in provincia Babylonis.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.