Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Deuteronomio 32: comentario de Juan Calvino
Deuteronomio 32:1
1. Escuchad, cielos. Moisés comienza con un tono magnífico, para que el pueblo no desdeñe este cántico con su soberbia habitual, o incluso lo rechace por completo, exasperado por sus severas censuras y reproches. Pues bien sabemos cuánto anhela el mundo, por naturaleza, ser lisonjeado, y que ningún canto le es grato si no le cosquillea y suaviza el oído con alabanzas. Pero Moisés aquí no solo arremete amargamente contra los vicios del pueblo, sino que con la mayor vehemencia posible estigmatiza su naturaleza perversa, sus costumbres del todo corrompidas, su obstinada ingratitud y su incorregible contumacia. Además, quería que estas acusaciones, con las que hacía detestable su nombre, resonaran a diario en sus lenguas; y así se hacían aún más ofensivas. Era, pues, necesario que su impaciencia fuera como refrenada, para que recibieran con paciencia y humildad estas justas reprensiones, por severas que fueran. Si, pues, repudiaran este cántico, o le cerraran los oídos, declara desde el principio que el cielo y la tierra serían testigos de su prodigiosa torpeza; más aún, se vuelve y se dirige al cielo y a la tierra, y así significa que era digno de la atención de todas las criaturas, aunque carecieran de inteligencia o sentimiento. Porque es un modo de expresión hiperbólico cuando atribuye la facultad de oír y ser instruidos a los elementos insensibles; tal como Isaías, cuando quiere dar a entender que no hallaba quien le prestara atención en todo el pueblo, apela de igual modo a los cielos y a la tierra, y hasta los cita a dar testimonio de la prodigiosa iniquidad de que hubiera menos inteligencia en todo el pueblo que en los bueyes y los asnos (Is 1:2, 3). Porque es una exposición pobre la que algunos dan de estas palabras: que se usan, por metonimia, por los ángeles y los hombres.
Deuteronomio 32:2
2. Goteará como la lluvia mi enseñanza. Algunos, a mi parecer impropiamente, resuelven aquí el tiempo futuro en modo optativo, pues en este espléndido elogio celebra más bien, para recomendar su doctrina, la fecundidad que de hecho le imparte el Espíritu Santo, que pedir que le sea dada; y mis lectores han de percibir de inmediato que tal petición no habría sido de ningún modo oportuna. Compara, pues, su discurso a la lluvia o al rocío, como si dijera que, con tal que el pueblo fuera como la tierra en estado de blandura y preparación, les entregaría una doctrina que los regaría hasta una abundante fecundidad.
Aunque esta expresión se refiere especialmente, y κατ᾿ ἐξοχὴν, al Cántico, su fuerza y propiedad se extiende a toda enseñanza divina; porque Dios nunca habla sino para hacer fructíferos a los hombres en buenas obras, así como, infundiendo savia y vigor a la tierra por medio de la lluvia, la hace fértil para producir fruto. Pero, como las rocas y las piedras, que no embeben humedad de las lluvias más abundantes, así muchos son impedidos por su propia perversidad de ser fecundados por el riego espiritual. Por eso Moisés echa indirectamente la culpa a los israelitas, si la doctrina de este Cántico gotea sobre ellos en vano.
Deuteronomio 32:3
3. Porque el nombre de Jehová proclamaré. Con estas palabras significa que, si hubiera alguna chispa de piedad en los israelitas, debía manifestarse en que acogieran este discurso, en el cual resplandece la majestad de Dios. La primera cláusula del versículo, pues, queda en último lugar en el orden, ya que es la asignación de una razón para la otra. Porque cuando los exhorta a que atribuyan a Dios la gloria que merece, les inculca obediencia y atención, como si dijera que, a menos que se sometieran reverentemente a su enseñanza, Dios sería defraudado de este honor debido; y esto lo confirma añadiendo como razón que proclamará sincera y fielmente el nombre de Dios. Porque la palabra invocar no se usa aquí como en muchos otros pasajes, sino que equivale a hacer profesión de Dios. Moisés, pues, se declara su pregonero, para que, al amparo de su santísimo nombre, despierte la atención a sus palabras.
Deuteronomio 32:4
4. Su obra es perfecta. Los que toman estas expresiones en general, y sin referencia particular a este pasaje, no solo oscurecen su sentido, sino que también disminuyen la fuerza de la doctrina que contienen. Entendamos, pues, que la perfección de las obras de Dios, la rectitud de sus caminos, etc., se contrastan con la rebelión del pueblo; porque si hubiera algo imperfecto y desordenado en las obras de Dios, si su modo de obrar fuera deficiente en rectitud, si su verdad fuera dudosa; si, en una palabra, hubiera algo que faltara, entonces habría habido una excusa natural para que el pueblo buscara algo mejor de lo que hallaba en Él, puesto que el deseo de obtener lo mejor no merece reprensión. Para que los israelitas no ofrecieran tal pretexto, Moisés se les anticipa. Antes de comenzar a tratar de la malvada ingratitud del pueblo, establece este principio: que no fueron inducidos a trasladar sus afectos a otra parte por ninguna deficiencia en Dios. La declaración general es, ciertamente, verdadera en sí misma, y puede aplicarse a diversos propósitos; pero debemos considerar cuál es aquí el objeto de Moisés, a saber, quitar al pueblo todo pretexto para su impía y pérfida rebelión, y esto para que su asombrosa necedad sea más evidente, cuando abandonan la fuente de aguas vivas y se cavan cisternas con grietas, como el mismo Dios se queja en Jer 2:13. Percibimos, por tanto, que toda distinción honrosa que aquí se atribuye a Dios marca al pueblo con una correspondiente señal de ignominia, en que a sabiendas y voluntariamente se habían privado de la plenitud de todos los bienes que podrían haber disfrutado si no se hubieran alejado de Dios.
De la obra de Dios se habla no solo con referencia a la creación del mundo, sino a todo el curso de su providencia; como si se dijera que nada podía descubrirse en las obras de Dios que pudiera censurarse.
Ahora bien, esta perfección no es perceptible en cada cosa individual, pues hasta las alimañas son criaturas de Dios; y entre los hombres unos son ciegos, otros cojos, otros sordos y otros mutilados en uno de sus miembros; y muchos frutos nunca llegan a madurar. Con todo, vemos claramente que es necio e impropio presentar cuestiones como estas a modo de objeciones a la perfección de Dios, aquí celebrada por Moisés, puesto que los mismos defectos y manchas de nuestros cuerpos tienden a este fin: que la gloria de Dios sea manifestada (Jn 9:3).
La declaración siguiente, que todos sus caminos son rectos, transmite una verdad semejante; porque es bien sabido que la palabra משפט, mishphat, se usa por rectitud, y obras y caminos son sinónimos.
La última parte del versículo es una confirmación de la primera, pues Moisés significa en ambas que todos los que censuran a Dios pueden ser claramente convictos de petulante impiedad, puesto que la suprema justicia resplandece en todos sus actos.
Las palabras que he traducido «Dios es verdad», otros las construyen con el genitivo: «un Dios de verdad». Una y otra son verdaderas y conformes al uso de la Escritura; pero la aposición es más enfática, pues declara que Dios no solo es veraz, sino la Verdad misma. En todo caso, esto se aplica a las personas que rinden entera lealtad a la palabra de Dios, pues sus esperanzas nunca serán frustradas. Así el pueblo es indirectamente reprendido por su incredulidad, en que abandonaron a Dios, cuya fidelidad no solo había sido probada y comprobada, sino que es la misma fuente de la verdad.
Aunque lo que sigue, que no hay iniquidad en Dios, parece a algunos tener poca fuerza, es con todo de gran importancia; porque bien sabemos cuán a menudo los hombres son tan absurdos en sus subterfugios que en cierto modo acusan a Dios en vez de a sí mismos; y aunque no se atreven a acusarle abiertamente, no dudan en absolverse a sí mismos, y así lanzar directo oprobio sobre Él. En otro lugar, por tanto, Dios pregunta por su profeta «qué iniquidad el pueblo había hallado en Él» (Jer 2:5), y en otro lugar los reprende porque era cargado con su odio y su abuso, como si obrara injustamente con tales pecadores (Ez 18:2, 5). Cuando, pues, se vindica a sí mismo de tales calumnias, se sigue que ninguna culpa recae sobre Él, sino que la maldad de los que se apartan de Él queda abundantemente condenada.
Deuteronomio 32:5
5. Se han corrompido contra él. Moisés arremete ahora sin vacilar contra la perfidia del pueblo, y da rienda suelta a los más desmedidos reproches; porque si Dios es justo y veraz, entonces era bastante claro que los israelitas eran una nación depravada y perversa. Esta nación perversa, dice, se ha corrompido contra Él, a saber, contra Aquel a quien acaba de elogiar por su perfecta justicia y fidelidad; y los acusa de haber prostituido bajamente a toda clase de pecado la castidad que habían prometido a Dios. No hay duda de que fueron duramente heridos por estos epítetos, y se habrían enfurecido, si no hubieran visto que el incomparable siervo de Dios, llamado ya a morir por mandato de Dios, hablaba como desde el cielo. La voz, pues, del moribundo refrenó su soberbia, de modo que ya no se atrevían a oponérsele como a un mortal; y después, cuando la condenación había sido asentida por autoridad pública y por común acuerdo, tuvieron menos libertad para desfogar su locura contra ella. Introduce, a modo de anticipación, la declaración de que no eran sus hijos; pues de otro modo podrían haber objetado, con toda evidencia, que a la raza sagrada de Abraham, que Dios había adoptado, debía tratarse con menos reproche. Moisés, por tanto, declara que no son hijos, porque son una nación perversa. Pues, aunque su adopción siempre permaneció firme, su eficacia estaba con todo restringida a la parte elegida de ellos, de modo que Dios, sin quebrantar su pacto, pudiera desechar al cuerpo general. Pero para explicar el asunto más claramente, debe tenerse presente que el Espíritu, por diferentes motivos, ya da a los hipócritas el nombre de hijos de Dios, ya se lo quita; porque a veces es un agravante de su criminalidad cuando se les llama hijos de Abraham y de Jacob, así como de Dios, de lo cual pronto ocurrirá un ejemplo. Aquí, en cambio, para que dejen de gloriarse sin causa, se dice que no son hijos, porque son degenerados, y por tanto desheredados por Dios, de modo que ya no conservan su honrosa posición. En este sentido declara Moisés que no son hijos, por haber rechazado a Dios como su Padre. Se añade que esto se hizo con su mancha (o deshonra); a menos que se prefiera tomarlo en el sentido de que fueron corrompidos por sus manchas, o por sus pecados, a lo cual asiento de buen grado; aunque no rechazo el otro sentido, a saber, que su alejamiento de Dios los había hecho ignominiosos, o que habían contraído la mancha de la deshonra por su infidelidad.
Deuteronomio 32:6
6. ¿Así pagáis a Jehová? Para exponer a mayor infamia la ingratitud del pueblo, comienza ahora a recordar los beneficios con los que Dios los había obligado para consigo: porque cuanto más liberalmente nos trata Dios, más ferviente debe ser la piedad despertada en nuestros corazones; más aún, su bondad, apenas la hemos probado, debe atraernos de inmediato a Él. Ahora bien, Dios, aunque siempre ha sido generoso para con todo el género humano, había derramado de modo peculiar sobre aquel pueblo una inmensa abundancia de su generosidad; esto, pues, alega Moisés, y muestra cuán bajamente ingratos habían sido. Primero los interpela con una pregunta, inquiriendo si esta era una retribución apropiada por las bendiciones especiales de Dios; y luego procede a enumerarlas. Les pregunta, pues, si Dios no era su padre desde el tiempo en que los había honrado con la distinción de su adopción: y bajo este solo encabezamiento comprende muchas cosas, porque de esta fuente procedían todas las bendiciones que Dios les había conferido. Pero, sin examinar cada punto con la exactitud que merece, ¿qué obligación más vinculante podía imaginarse que el que Dios hubiera escogido para sí una nación de todo el mundo, de la cual fuera padre por especial privilegio? Porque, aunque todos los seres humanos, por haber sido creados a imagen de Dios, son a veces llamados sus hijos, con todo el ser tenidos por sus hijos era el privilegio especial de los hijos de Abraham. Y, para probar que esta no era una dignidad natural, sino adquirida, Moisés explica inmediatamente después de qué modo era Dios su Padre: a saber, que los compró, los hizo y los preparó. El fundamento y origen, pues, fue el beneplácito gratuito de Dios, cuando los tomó como su pueblo peculiar. En otro lugar, ciertamente, se menciona su segunda compra, cuando los redimió de Egipto; aquí, sin embargo, Moisés se remonta más atrás, a saber, al pacto hecho con Abraham, por el cual fueron separados de las demás naciones, como pronto aparecerá más claramente. Rechazo, por no estar en armonía con el contexto, la traducción que algunos dan de la palabra קנה, kanah, es decir, poseer.
En el mismo sentido se añade que fueron hechos por Dios: lo cual no se refiere a la creación en general, sino solo al privilegio de la adopción, por el cual llegaron a ser nueva obra de Dios, y en el cual se les impartió otra forma; en cuyo sentido también es llamado su formador, o Hacedor. En otro lugar, también, cuando el profeta dice:
«Reconoced que Jehová es Dios; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos» (Sal 100:3),
sin duda magnifica aquella prerrogativa especial por la cual Dios había distinguido a los hijos de Abraham por encima de todas las demás razas. Porque, puesto que la caída de Adán había traído deshonra sobre toda su posteridad, Dios restaura a los que separa como suyos, de modo que su condición sea mejor que la de todas las demás naciones. Al mismo tiempo debe notarse que esta gracia de renovación queda borrada en muchos que después la han profanado. En consecuencia, la Iglesia es llamada obra y creación de Dios en dos sentidos, esto es, en general con respecto a su llamamiento externo, y en especial con respecto a la regeneración espiritual, en cuanto toca a los elegidos; porque el pacto de gracia es común a los hipócritas y a los verdaderos creyentes. Por este motivo, de todos los que Dios reúne en su Iglesia se dice indistintamente que son renovados y regenerados: pero la renovación interna pertenece solo a los creyentes; a los cuales Pablo, por eso, llama «hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano», etc. (Ef 2:10). Tal es también la tendencia de la tercera palabra, que puede, sin embargo, tomarse por «establecer»; aunque he preferido seguir el sentido más recibido, a saber, que Dios había preparado a su pueblo, como el artífice modela y ajusta su obra.
Deuteronomio 32:7-8
7. Acuérdate de los días del siglo. Esta es una explicación del versículo precedente, pues Moisés muestra de nuevo cómo Dios había adquirido a este pueblo, a saber, porque había querido separarlos de las demás naciones conforme a su propio beneplácito. Pero, como los israelitas podían ensoberbecerse por su actual superioridad, se les recuerda su origen, y Moisés les manda considerar no solo lo que son ahora, sino también de dónde habían sido tomados, y con este fin dice: Acuérdate de los tiempos antiguos; pregunta a los ancianos, etc. Porque sabemos cómo los hombres, cuando no reflexionan en que todo lo que tienen procede de Dios y se tiene, por así decirlo, a voluntad suya, se ciegan con su dignidad, de modo que no solo desprecian a otros, sino que se exaltan contra el Autor de todas las cosas buenas. Moisés, para domar esta arrogancia, dice que todos los pueblos estaban por igual bajo la mano y el poder de Dios, y que por tanto su diversidad no estaba en su naturaleza original, sino que se derivaba de otra parte, es decir, de la libre elección de Dios. En la palabra בהנחל, behanchel, hay cierta ambigüedad: pues algunos la traducen: Cuando el Altísimo repartió la tierra a las naciones; y, aunque no lo rechazo, he preferido, con todo, el sentido más conforme al contexto; pues Moisés dice dos veces la misma cosa, y la segunda cláusula es la explicación de la primera. Dice, pues, que Dios distribuyó las naciones, como se reparte una herencia; y luego esto se repite más claramente cuando menciona la separación de los hijos de Adán. Cuando, en la última parte del versículo, se dice que fijó los límites de las naciones según el número de los hijos de Israel, comúnmente se explica que fijó los límites de las naciones de tal modo que les quedara asegurada la habitación de los hijos de Abraham. Algunos de los hebreos lo toman en un sentido más restringido, a saber, que en la distribución del mundo se dio a las siete naciones de Canaán lo que bastara para los hijos de Israel. A mi parecer, sin embargo, su sentido es que en toda la ordenación del mundo el objeto que Dios tenía en vista era proveer para su pueblo elegido: porque, aunque su generosidad se extendía a todos, tenía con todo tal consideración por los suyos que, principalmente por causa de ellos, su cuidado se extendía también a los demás. La palabra número se emplea expresamente; como si Moisés hubiera dicho que, por pequeña que fuera la porción del género humano que constituía la posteridad de Abraham, aquel número estaba, con todo, ante los ojos de Dios cuando ordenaba el estado de todo el mundo; a menos que se prefiera tomar la palabra מספר, misphar, por una razón; pero no será inadecuado al pasaje entenderlo de modo que este pequeño cuerpo era tan precioso para Dios que dispuso toda la distribución del mundo con miras a su bienestar. Algunos lo refieren al llamamiento de los gentiles, como si Moisés hubiera dicho que el imperio de todo el mundo estaba destinado a la simiente de Abraham, porque había de propagarse por todas las regiones del mundo; pero esto es del todo erróneo, pues aquí no se indica nada sino la distinción conferida antes a una sola nación.
Deuteronomio 32:9
9. Porque la porción de Jehová es su pueblo. Este es el punto principal: que Dios no fue movido por nada sino por su propio beneplácito a hacer tanto caso de este pueblo, que había derivado de un origen común con todos los demás: porque cuando dice que Jacob era la porción de Jehová y la suerte de su heredad, no quiere decir que hubiera en ellos algo mejor que en los otros, sino que asigna la razón por la que Dios prefirió esta sola nación al resto del género humano; a saber, porque la tomó para sí como su porción hereditaria, dignidad que depende de su gratuita elección.
Deuteronomio 32:10-11
10. Lo halló en tierra de desierto. Si la intención de Moisés hubiera sido registrar todos los ejemplos de la bondad paternal de Dios hacia el pueblo, habría tenido que comenzar desde el tiempo de Abraham; como el profeta que, al presentar una narración completa en el Salmo, comienza desde aquel pacto original que Dios había hecho con los padres (Sal 105:8); e introduce también los beneficios que les había conferido cuando eran pocos en número y extranjeros en la tierra, cuando iban de nación en nación, y aun así no permitió que nadie les hiciera mal, y por causa de ellos castigó a los reyes (Sal 105:14). Pero Moisés, buscando la brevedad, juzgó suficiente aducir una bendición más reciente y notoria; más aún, omite la primera parte de su liberación, y solo hace mención del desierto; dice, pues, que Dios los halló en el desierto; no porque entonces comenzara a compadecerse de ellos, puesto que antes habían sido rescatados de la tiranía de Faraón por su maravilloso poder, y habían pasado el Mar Rojo a pie enjuto, sino porque les era provechoso tener ante sus ojos cómo habían sido sacados del profundo abismo de la muerte, para que reconocieran con mayor facilidad que esto había sido, por así decirlo, el comienzo de su vida. Pues ¿qué era aquel yermo desolado y estéril, en el que no se hallaba una migaja de pan ni una gota de agua, sino una tumba para tragarse mil vidas? y por eso se le llama además «soledad de horror». El sentido es que era una especie de tipo de resurrección, no de una sola muerte, sino de innumerables muertes, que el pueblo hubiera escapado de él a salvo. Que lo hicieran, incluso si su marcha por él hubiera sido recta y rápida, no habría podido suceder sin un milagro; pero, por cuanto anduvieron errantes en él cuarenta años, nuestras mentes apenas pueden comprender la centésima parte de los milagros (que se sucedieron unos a otros). Así la palabra «rodeó» no es superflua, pues el poder de Dios fue mucho más conspicuo que si hubieran volado velozmente por el aire. Aplico el mismo sentido a lo que sigue, «lo instruyó»; pues algunos, a mi parecer impropiamente, lo refieren a la Ley, cuando se relaciona más bien con la enseñanza de la experiencia. Porque hubo múltiple e inusitada instrucción en todos estos actos de generosidad y de castigo, en los cuales Dios, por así decirlo, extendió su mano y manifestó su gloria.
Siguen dos símiles para expresar el amor de Dios, mezclado con una solicitud más que paternal. Primero dice que Dios los protegió de todo daño y molestia con no menos ansiedad que la que suele poner cada uno en proteger la niña de su ojo, que es la parte más tierna del cuerpo, y contra cuyo daño se toman las mayores precauciones. Y David también, cuando pide ser guardado a salvo bajo la especial custodia de Dios, usa la misma expresión (Sal 17:8). En segundo lugar, Dios se compara a un águila, que no solo abriga a sus polluelos bajo sus alas extendidas, sino que también con indulgencia y ternura maternal los incita a volar. Sería inoportuno entrar aquí en discusiones filosóficas más sutiles sobre la naturaleza del águila. Los judíos, que suelen jugar temerariamente con las cosas que no entienden, han inventado fábulas sobre este pasaje, que no tienen relación con el sentido de Moisés, quien sin duda habló del águila como habría podido hablar de cualquier otra ave. Ni puede dudarse de que Cristo, cuando se compara a una gallina, quiso expresar el mismo cuidado solícito:
«¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mt 23:37).
Si, no obstante, alguien quisiera aplicar aquí lo que escribe Aristóteles acerca del águila, no me opondría: aunque no creo que Moisés tuviera en su mente nada más allá de lo que las palabras expresan naturalmente. Y ciertamente lo que se nos ocurre de inmediato debe bastarnos, a saber, que debemos ser arrebatados de justa admiración ante la inestimable bondad e indulgencia de Dios, cuando se digna inclinarse así hacia nosotros para protegernos con sus alas, como un ave, y, revoloteando ante nosotros, instruirnos y acostumbrarnos a seguirle: en las cuales últimas palabras se representa una ansiedad más que maternal por enseñarnos.
Deuteronomio 32:12
12. Jehová solo lo condujo. Esto se dice por anticipación, para quitar todo pretexto a los israelitas, en caso de que procuraran, según su costumbre, mezclar sus supersticiones con el puro servicio de Dios. Porque, cuando traían de todas partes dioses de diversas naciones, esta era la excusa que solían dar: que Dios no era así despojado de su debido honor; y de ahí resultó que se permitieron amontonar una multitud de dioses falsos, a los que adoraban como sus patronos. Pero Moisés se les anticipa, y declara que Dios, como quien no necesitaba ayuda externa, no había asociado consigo ningún dios extraño en la preservación del pueblo. De ahí se sigue que cualesquiera dioses que el pueblo introdujera, les transferían el honor debido al único Dios verdadero. Aprendamos, pues, de este pasaje que, a menos que Dios sea servido sin rival, la religión queda del todo pervertida por la impía mezcla.
Deuteronomio 32:13-14
13. Lo hizo subir sobre las alturas. Es frívola la imaginación de quienes suponen que Judea se llamaba así por ser el ombligo o centro de la tierra; es más probable que se la llamara alta con referencia a Egipto; y, en efecto, no es en absoluto una expresión inusitada que los que van a Egipto se dice que descienden, y los que vienen a Judea que suben. Con todo, me inclino más bien a pensar que por altura denota su excelencia; por cuanto aquella tierra, por sus ilustres dotes, era, por así decirlo, el más noble teatro del mundo.
Moisés celebra su fertilidad cuando dice que el pueblo chupó miel de la peña y aceite del pedernal: pues quiere indicar que ninguna parte de ella era improductiva, puesto que recogían miel de las rocas, y sobre ellas también crecía el olivo. Lo mismo es la intención de las otras figuras: que comieron «manteca de vacas y leche de ovejas»; con lo cual significa que la tierra estaba llena de ricos pastos. Por «grosura de corderos» entiende sin duda la gordura de su carne, porque no era lícito comer su grasa propiamente dicha; pero no es inusitado denotar con esta palabra cualquier clase de riqueza, como poco después llama «grosura del trigo» a la mejor harina, de la cual se hacía la clase más delicada de pan. Con respecto al vino, magnifica la liberalidad de Dios mediante una figura poética cuando dice que bebieron la sangre de la uva. No hay duda de que alude a su color; pero toma ocasión de ensalzar más altamente la beneficencia de Dios, dando a entender que, cuando se exprime el jugo de las uvas, es como si su sangre fluyera para el sustento de los hombres. Puesto que, pues, la metáfora está tomada del rojo del vino, no he dudado en traducir el epíteto חמר, chamer, al final del versículo, rojo. Por muchos pasajes parece haber sido muy delicioso; y en Is 27:2 la palabra חמר, chamer, se usa para una vid de gran precio y de exquisito sabor. Los que lo traducen puro han tenido en cuenta más bien el hecho que la significación de la palabra.
Deuteronomio 32:15
15. Pero engordó Jesurún. Moisés censura aquí severamente la ingratitud del pueblo, porque, saciados de manjares, comenzaron a insolentarse contra Dios; pues, según el proverbio vulgar, la saciedad engendra violencia; pero esto procede de la detestable depravación de los hombres, que más bien deberían inclinarse a la humildad y a la mansedumbre por la benignidad de Dios, puesto que cuanto más abundantemente nos provee de alimento, más nos invita a mostrar el afecto que conviene a los hijos, por cuanto así se declara más estrecha y familiarmente nuestro Padre. Intolerable es, pues, la impiedad de los profanos, que aumentan en insolencia contra Él cuando se han hartado de abundancia de todas las cosas buenas. Aquí se los compara a caballos rebeldes que, si son bien alimentados, sin ejercicio, tiran coces bajo su jinete y se vuelven casi indómitos. Al usar la palabra «recto» para Israel, les echa en cara irónicamente que se habían apartado de la rectitud y, recordándoles la alta dignidad que se les había conferido, reprende con más severidad su pecado de infidelidad. Porque en otro lugar Israel es honrado con el mismo título sin ninguna imputación mala respecto a su vocación; pero aquí Moisés les muestra con reproche cuánto se habían apartado de la búsqueda de aquella piedad, al cultivo de la cual habían sido llamados.
Deuteronomio 32:16-17
16 Le provocaron a celos. Solo en sentido figurado se atribuyen los celos a Dios, que está libre de toda pasión; pero, como los hombres nunca reflexionan lo bastante sobre cuán grande contaminación contraen con sus idolatrías, es necesario que la gravedad del pecado se exprese en términos como este, que dan a entender que los hombres no hacen menor injuria a Dios cuando trasladan a otros el honor que a Él se debe, y que la ofensa no es más leve que si una mujer licenciosa provocara los celos de su marido y le infligiera una herida corriendo tras los adúlteros. Estos celos se refieren al matrimonio sagrado y espiritual con que Dios había unido a su pueblo consigo. En suma, los israelitas insultaban a Dios con sus supersticiones tanto como si lo hubieran provocado a propósito.
En el versículo siguiente sigue una amplificación, a saber, que habían trasladado a los demonios el culto debido solo a Dios. Por consentimiento general de todas las naciones, Dios debe ser adorado con sacrificios; pues, aunque los gentiles se inventaron dioses diversos, prevalecía sin embargo la persuasión de que este servicio era la prerrogativa propia de la Deidad. Nada, pues, podía ser más vergonzoso ni detestable que despojar a Dios de su honra y ofrecerla a los demonios. Esto, ciertamente, nunca lo habrían admitido los israelitas, ya que pretendían que sus dioses menores eran sus abogados ante el supremo y único Creador del mundo, y no dudaban en tener por rendido a Él todo lo que repartían entre sus ídolos. Pero aquí Él, en primer lugar, repudia todas esas mezclas con que su santo nombre es indignamente profanado, y no consiente ser asociado con los ídolos; y, en segundo lugar, con cualesquiera títulos que honren a sus ídolos, declara que todos los dioses falsos son demonios. De ahí se sigue que los sacrificios que se les hacen están infectados de sacrilegio. Ambos puntos merecen cuidadosa atención, a saber, que Dios abomina todas las corrupciones de su culto; y también que, sean cuales sean los nombres que el mundo invente para sus dioses, son otras tantas máscaras bajo las cuales el diablo se oculta para engañar a los sencillos.
Además, Moisés reprende la necedad de los israelitas por haberse entregado indistintamente a dioses desconocidos, como una mujer adúltera que se prostituyera sin distinción a todos los que llegan. Cuando dice que vinieron de cerca, se refiere al tiempo, y equivale a decir que habían surgido hacía poco. En tercer lugar, se dice que esos dioses no fueron honrados por sus padres; pues así se prueba contra ellos su perversa afición a las novedades, ya que ni siquiera se habían dejado llevar por la imitación de sus padres, sino que en su inquieto afán de innovar se habían procurado dioses nuevos e insólitos. No es que la ley de la piedad se funde solo en la antigüedad, como si bastara seguir las costumbres transmitidas por nuestros antepasados; porque así podría probarse la verdad de cualquiera de las religiones de los gentiles; sino que la tradición genuina y fiel de sus padres sería la regla segura y aprobada para el culto de Dios. Pues Moisés parte de un principio más alto, a saber, que sus padres fueron verdadera e inequívocamente instruidos sobre quién era el único Dios, en quien solo debían confiar. Con todo, aquí hay que distinguir entre estos santos padres y los réprobos; porque la imitación de los padres, que aquí parece tenerse por digna de alabanza, es condenada severamente en otros lugares, porque los judíos se dejaban arrastrar, sin discernimiento, tras los malos ejemplos de sus padres. Moisés, por tanto, no se refiere aquí a otros padres que a los que estaban en condiciones de transmitir lo que habían aprendido del mismo Dios. La palabra temor comprende a menudo, por sinécdoque, todo el servicio de Dios, y a veces se aplica a las ceremonias externas; aquí, sin embargo, se usa la palabra שער, sagnar, que significa propiamente estremecerse ante algo, o temer; pero en el mismo sentido.
Deuteronomio 32:18
18. De la Roca que te engendró. Vuelve a agravar la culpa del pueblo refiriéndose a su ingratitud, puesto que no cayeron por ignorancia, sino que sofocaron voluntariamente aquel conocimiento de Dios que debía haber brillado con claridad en todos sus corazones; pues este es el efecto del reproche, que se olvidaron de su Roca: como si dijera que nunca se habrían entregado a sus impías supersticiones si no hubieran echado en voluntario olvido a aquel Dios que, por las pruebas más manifiestas, habían experimentado ser el fundamento y sostén de su salvación.
Deuteronomio 32:19-20
19. Y lo vio Jehová. El ver de Dios, que aquí se menciona, se refiere a su paciencia en el juicio: como si se dijera que no obra con precipitación, y que no se aparta de sus hijos sin haber examinado debidamente su caso; del mismo modo que se dice en otro lugar: «Por cuanto el clamor contra Sodoma… se ha aumentado, descenderé ahora, y veré si» es así, y «lo sabré» (Gn 18:20, 21). Ciertamente Dios no necesita hacer ningún examen, puesto que nada escapa a sus ojos, por oculto que esté; pero este descender e inquirir se contrapone a la precipitación desordenada. Así, en este pasaje Moisés muestra que Dios se airó cuando vio a sus hijos y a sus hijas arrastrados tan infielmente tras sus ídolos. Además, cuando los llama hijos de Dios, no los juzga tales por sus méritos, sino en referencia a la adopción de Dios, la cual, aunque quedó anulada por lo que a ellos toca, tuvo con todo el efecto de agravar la culpa de su ingratitud. Y por la misma razón por la que acaba de decir que Dios los vio, Moisés lo presenta como deliberando, para que se percibiera que había llegado plenamente el tiempo de castigarlos. Pero debemos notar los grados; porque Dios no estalla de inmediato en extrema severidad, sino que se dice que esconde su rostro, para considerar en secreto lo que harían: pues esto es un término medio entre la manifestación patente de su gracia y favor y las señales de su ira. Es cierto que en otros muchos pasajes se dice que Dios esconde su rostro cuando rechaza las oraciones de los hombres y retira su ayuda; pero aquí asume el papel de un hombre que, al ver que no logra nada obrando, se aparta a algún lugar desde donde pueda contemplar tranquilamente el resultado. Y así se expresa su cansancio de ellos; pues cuando por fin vio que sus esfuerzos por dominarlos eran en vano, abandonó el cuidado de ellos. Es falsa la inferencia que algunos sacan de aquí, que los hombres, cuando Dios los abandona, se recobran por el ejercicio de su propio libre albedrío; como si Dios estuviera sentado, tranquilo e inactivo, en una atalaya esperando lo que ellos hagan; ya que este esconderse suyo se refiere solo a la manifestación externa de su gracia. En una palabra, es una comparación tomada de la conducta de los hombres, con la cual Dios da a entender que está vencido por el cansancio, y que ya no será el guía y guardián del pueblo hasta que se vea con toda evidencia que es del todo indócil. Y esto se deduce de la razón que se añade enseguida, en la cual censura su naturaleza rebelde y su falta de fe, como si dijera que, tras larga prueba, no le quedaba sino abandonarlos.
Deuteronomio 32:21
21. Ellos me movieron a celos. Avanza ahora más, a saber, que Dios, después de haberse retirado por un tiempo, llegaría por fin a ser el enemigo declarado del pueblo, de modo que les pagaría con la misma moneda. Y señala la manera de esta retribución: que así como ellos habían puesto insolentemente en oposición a Dios fantasmas vacíos y vanidades, así Él, por su parte, levantaría contra ellos naciones bárbaras y sin valor. Esta comparación se toma también de los maridos celosos, que, cuando se ven despreciados por sus mujeres adúlteras, se vengan con sus propios amoríos. Por qué Dios se atribuye el sentimiento de los celos se explicó al tratar el Segundo Mandamiento; Moisés muestra ahora solamente que sería una manera equitativísima de venganza que Dios insultara, por medio de naciones despreciadas e innobles, a aquellos apóstatas que se habían hecho ídolos en menosprecio suyo.
El cumplimiento de esta sentencia se manifestó de tiempo en tiempo, cuando fueron oprimidos tiránicamente por las naciones vecinas. Es cierto que los egipcios, los asirios y los caldeos estaban comprendidos entre aquellos pueblos de nada y naciones insensatas, aunque sobresalían en poder y riqueza y eran famosos por otros espléndidos dones; pero no es de extrañar que, en comparación con la dignidad que Dios había conferido a los israelitas, todas las demás naciones fueran tenidas por desecho. En suma, la venganza de Dios estaba dispuesta para castigar las vanidades de su pueblo, ya que podía crear de la nada a los enemigos por quienes serían reducidos a nada. Hay mucha elegancia en la alusión de Pablo, en la cual extiende esta sentencia más allá, ya que, cuando Dios introdujo a los gentiles en su Iglesia, provocó a celos a los judíos, para que fueran llevados al arrepentimiento por el sentimiento de su ignominia. Ciertamente la vocación de los gentiles fue exactamente como si hubiera creado sombras para preferirlas a su pueblo reprobado (Ro 10:19).
Deuteronomio 32:22-23
22. Porque fuego se ha encendido en mi ira. Confirma lo anterior, pero de modo más general; pues compara su ira a un fuego ardiente que penetraría hasta los abismos más profundos y consumiría por completo su tierra, sin perdonar siquiera las raíces de los montes. Esta metáfora es, ciertamente, frecuente; pero aquí expresa más que en otros pasajes. En el mismo sentido se añade enseguida que Dios agotaría sobre ellos todos sus azotes y saetas; pues, una vez despertada su ira implacable, no hay límites a su severidad. Sin embargo, el verbo אספה, aspheh, puede tomarse también por amontonar o añadir; pero sigo de buen grado la interpretación más recibida, a saber, que Dios no omitirá nada para destruirlos, como si aplicara a este fin todas las armas que tuviera a mano.
Deuteronomio 32:24-25
24. Serán consumidos de hambre. Desciende ahora a algunas formas particulares de castigo, no para enumerarlas todas, sino solo para presentar ejemplos tales que inspiraran mayor terror al pueblo, ya que las meras generalidades no lo habrían impresionado lo suficiente. Menciona tres azotes especiales, la pestilencia, el hambre y la espada, sobre los cuales insisten constantemente los profetas cuando su objeto era aplicar la Ley al uso real del pueblo, de donde procede que empleen familiarmente muchas de las expresiones usadas por Moisés. Introduce, ciertamente, otros castigos, que también mencionan los profetas; pero la suma de lo que dice es esta: que los israelitas sentirían que Dios estaba armado con todos los castigos que solo demasiado bien se conocían por experiencia, y que con ellos los destruiría por completo.
Primero dice que se secarían, o más bien se abrasarían, de hambre. En lugar de la pestilencia usa las palabras ardor (uredinem) y amarga destrucción; y antes de hablar de la espada declara que enviaría bestias y serpientes, de modo que por un lado los asaltara la violencia abierta, y por otro las asechanzas secretas. Amós imitó también esta figura:
«¿Para qué queréis vosotros el día de Jehová? Será de tinieblas, y no de luz. Como el que huye de delante del león, y se encuentra con el oso; o como si entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una culebra» (Am 5:18, 19).
A la guerra y a lacrueldad de los enemigos añade otro mal, a saber, el terror: y este es, ciertamente, un agravante peor que la muerte misma, cuando temblamos por dentro de espanto, pues sería mejor ser muerto diez veces valientemente peleando en batalla que ser consumido por un miedo constante, como por una muerte lenta.
Aprendamos, pues, de este pasaje que, cualesquiera peligros nos rodeen y cualesquiera adversidades, son armas de Dios, y que no ocurren por casualidad a esta o aquella persona, sino que son dirigidas por su mano. Así sucede que no solo levanta contra nosotros enemigos, sino también bestias feroces y dañinas; que cierra el cielo y la tierra; que infecta la atmósfera con enfermedades mortales; que, en una palabra, saca de todos los elementos múltiples medios de destrucción.
Pero si es un hecho que los piadosos son envueltos en castigos semejantes, puesto que sufren hambre y necesidad y no están exentos de ningún mal; pues aun Pablo reconoce que él mismo había experimentado lo que Dios denuncia aquí contra los que lo desprecian impíamente, ya que dice que estaba atribulado «de fuera, con conflictos; de dentro, con temores» (2 Co 7:5); debemos tener presente que todas las adversidades son en sí mismas señales de la ira de Dios, puesto que derivan su origen del pecado; pero que por la admirable providencia de Dios sucede que para los creyentes son ejercicios de su fe y pruebas de su paciencia. De ahí que veamos a menudo a los hijos de Dios afligidos en común con los impíos, pero para un fin diferente; aunque no por ello dejan todas las adversidades de ser pruebas de la ira de Dios contra los réprobos. Sobre este punto he hablado más extensamente al tratar de las maldiciones de la Ley.
Deuteronomio 32:26-27
26. Yo dije que los esparciría. Dios se representa de nuevo en el carácter de un hombre, como si meditara determinaciones opuestas y moderara su vehemencia en consideración de los impedimentos que encontraba. Lo que viene a significar, sin embargo, es que Dios suspendió su juicio final sobre ellos por ninguna otra razón sino porque miraba a su propia gloria, que de otro modo habría quedado expuesta a las burlas de los gentiles. De ahí que se recordara a los judíos que, habiendo merecido una destrucción cierta, fueron preservados por ningún otro motivo sino porque Dios no quería soltar las riendas a la insolencia de los gentiles. La expresión ira se usa aquí por jactancia arrogante, porque en su prosperidad los hombres impíos y profanos estallan en crueldad; a menos que se prefiera traducirla simplemente irritación, sentido en que se usa en 2 Reyes 23. Inmediatamente después se explica: «no sea que sus adversarios se envanezcan» (lit. «se comporten extrañamente»). נכר, nacar, significa unas veces ser extraño, otras tomar un aspecto diferente, otras reconocer. Así no dudo de que Moisés quiso expresar la arrogancia de los que en cierto modo se transforman para deslumbrar los ojos de los sencillos con su pompa y su vana exaltación. Si alguien aprueba otro sentido, a saber, que no se separen de Dios y se arroguen lo que pertenece a Él solo, no pongo objeción; y esto, ciertamente, parece concordar con lo que sigue: «Nuestra mano poderosa ha hecho todo esto, y no Jehová»; pues cuando los hombres se entregan a tan desenfrenada licencia, se extravían hasta no tener nada en común con Dios. Así el juicio de Dios, que debía haberse hecho patente en estos castigos, habría quedado fuera de vista cuando los enemigos se apropiaron la gloria de la destrucción del pueblo. Con todo, los impíos no dejaron de enorgullecerse de sus victorias (como se queja Dios por Isaías, y Habacuc lo confirma); aunque su insolencia fue en alguna medida reprimida mientras se conservaron algunos restos del pueblo elegido.
Solo en sentido figurado dice Dios que temió esta insolencia, que podía haber remediado y reprimido fácilmente: pero ya he dicho que habla a la manera de los hombres, para mostrar a los israelitas que escaparon más por causa de sus enemigos que por sus propios méritos. Surge, sin embargo, la pregunta de cómo pudo tener lugar una deliberación semejante después de que Dios había determinado consumirlos con el fuego de su ira; respondo que la consunción allí indicada no era tal que aniquilara totalmente a la nación, sin que quedaran ruinas como testigos de su antiguo estado; mientras que ahora habla de la destrucción que borraría por completo el nombre de la nación, como si nunca hubiera sido elegida por Dios.
Deuteronomio 32:28-29
28. Porque son nación privada de consejo. Se señala la causa por la que Dios había casi borrado del todo la memoria del pueblo, a saber, porque su mal era incurable: pues no indica meramente que su conducta fuera temeraria e inconsiderada por faltarles razón y discreción, sino que no podían ser traídos de ningún modo a su sano juicio y que, de hecho, no existía en ellos ni una gota de sagacidad. La prueba sigue enseguida, a saber, que las señales de la ira de Dios estaban puestas ante sus ojos con demasiada claridad para escapar a su atención, a menos que fueran completamente ciegos y estúpidos. La palabra לו, lu, que traducen «Ojalá» (utinam), denota conmiseración más que deseo; y por eso puede traducirse bien: «¡Oh, si entendieran!», etc.
Con la expresión «su fin» se censura su extremada estupidez: pues ni siquiera con muchas y largas experiencias fueron despertados a reflexionar sobre las causas de sus calamidades; siendo así que el largo tiempo arranca por fin algún entendimiento aun a las personas más torpes y casi idiotas. Era, pues, señal de desesperada estupidez que siguieran sin entendimiento después de tantos años; como si por la experiencia misma se hubieran endurecido, cuando debían haber sacudido su letargo y haberse puesto a indagar con empeño. Con justicia, pues, les reprocha Moisés no haber considerado ni siquiera su postrimería; porque no una vez sola, ni en un solo año, sino con constantes castigos durante una larga serie de años, habían sido instruidos sin provecho.
Deuteronomio 32:30-31
30. ¿Cómo podría perseguir uno a mil? De entre las muchas señales de la ira de Dios escoge una particularmente llamativa; pues mientras Dios estuvo de su parte, habían puesto en fuga poderosos ejércitos, sin ser sostenidos por ninguna multitud de fuerzas. Ahora, cuando, siendo muchos, son vencidos por pocos, este cambio muestra claramente que están privados de la ayuda de Dios, sobre todo cuando mil, que antes solían con una pequeña tropa derrotar a los mayores ejércitos, cedían ante diez hombres. Moisés, pues, condena la estupidez del pueblo, porque no se le ocurre pensar que es rechazado por Dios, cuando es vencido tan fácilmente por unos pocos enemigos a quienes supera con mucho en número. Moisés, sin embargo, va todavía más lejos y dice que habían sido vendidos y entregados; ya que Dios, habiéndolos hallado tantas veces indignos de su ayuda, no solo los abandonó, sino que los sometió a naciones paganas y, por así decirlo, los vendió para que fueran sus esclavos. Esta amenaza es repetida a menudo por los profetas; e Isaías, queriendo despertar en ellos la esperanza de liberación, les dice que Dios redimiría al pueblo que había vendido. Pero, por si alguno objetara que no era de extrañar que la incierta suerte de la guerra concediera a otros la victoria que a menudo, como dice un poeta profano,
«Se cierne entre los dos con alas dudosas»,
Moisés se anticipa a la objeción declarando que, a menos que el pueblo fuera privado de la ayuda de Dios, no podía dejar de vencer. Se establece, pues, una comparación entre el Dios verdadero y los dioses falsos: como si Moisés hubiera dicho que, donde preside el Dios de los ejércitos, el desenlace de la guerra nunca puede ser dudoso. De ahí se sigue que el pueblo elegido y peculiar de Dios está exento de la condición ordinaria de las naciones, salvo en cuanto merece ser rechazado por su ingratitud. Llama a los mismos incrédulos a ser árbitros y testigos de ello, ya que habían experimentado a menudo el formidable poder de Dios y sabían con certeza que el Dios de Israel no era como sus ídolos. Es, pues, exactamente como si hubiera dicho que esto era patente aun a los ciegos, o como si citara por testigos a quienes no gozan de ninguna luz de lo alto. Al invitar así a los incrédulos a ser jueces, no es que suponga que pronunciarían lo que era verdad y lo que ellos entendían a fondo, sino que habían de ser convencidos por la experiencia: pues, si alguien hubiera preguntado a los paganos si el supremo gobierno y poder del cielo y de la tierra estaban en manos del único Dios de Israel, nunca habrían confesado que sus ídolos eran pura vanidad. Con todo, por maliciosamente que quitaran algo a la gloria de Dios, Moisés no vacila en jactarse, siendo ellos mismos los jueces, de que Dios había desplegado magníficamente su invencible poder; aunque se refiere más bien a la experiencia de los hechos mismos que a sus sentimientos. Otros comentaristas extraen un sentido diferente, a saber, que aunque los incrédulos pudieran vencer, Dios no por ello quedaba afectado: ni su brazo estaba quebrantado porque permitiera que afligieran a los israelitas apóstatas: la exposición anterior, sin embargo, es la más apropiada.
Deuteronomio 32:32-33
32. Porque de la vid de Sodoma es la vid de ellos. Pienso que estaba lejos de la intención de Moisés, como algunos lo entienden, referirse al castigo que los israelitas merecían; sino que más bien se lanza contra sus costumbres corrompidas y su obstinada disposición. Pero metafóricamente los llama un vástago de la vid de Sodoma y Gomorra, ya que se asemejan en su naturaleza a ambas naciones, tanto como si hubieran descendido de ellas, así como los injertos de la vid producen frutos semejantes a los troncos de que se toman. Dios se queja por Isaías de que, cuando esperaba de su viña uvas buenas y dulces, llevó uvas silvestres (Is 5:2). Y también por Jeremías, de que, habiendo plantado una simiente fiel y genuina, se convirtió en sarmientos de vid extraña (Jer 2:21); pero Moisés va aquí más lejos: que el pueblo no era solamente una vid degenerada, sino venenosa, que no producía sino lo mortal; y por eso añade no solo que sus racimos eran amargos, sino que su vino era veneno de serpientes, y ponzoña cruel de áspides; con lo cual da a entender que no podía imaginarse nada peor ni más abominable que aquella nación.
Deuteronomio 32:34
34. ¿No tengo yo esto guardado conmigo? Aunque algunos explican este versículo como referido a sus castigos, como si Dios afirmara que tenía guardados consigo diversos géneros de ellos, que podía sacar cuando quisiera, es más correcto entenderlo de sus crímenes. Sabemos bien que los impíos, cuando Dios detiene su severidad, se prometen la impunidad, como si su paciencia fuera una especie de connivencia. Si, pues, no alza enseguida su mano para castigarlos, se imaginan que toda memoria de sus crímenes se ha desvanecido de delante de Él; y por eso los profetas recuerdan a menudo a los hipócritas el día de la visitación, para que no supongan que han ganado algo con la tardanza. Por esta razón dice Jeremías que
«el pecado de Judá escrito está con cincel de hierro, y con punta de diamante» (Jer 17:1).
Moisés emplea una figura diferente: que, aunque Dios no aparezca como vengador inmediato, sin embargo sus pecados están guardados en sus tesoros, y Él los sacará a la luz en el momento oportuno. De ahí sacamos la provechosa lección de que, aunque Dios haga como que no ve (dissimulet) por un tiempo, no olvida las iniquidades, cuya memoria los miserables hombres se imaginan neciamente borrada si no son perseguidos por la venganza inmediata de Dios.
Deuteronomio 32:35
35 Mía es la venganza. Este pasaje es citado con fines diferentes por Pablo y por el autor de la Epístola a los Hebreos (Ro 12:19; He 10:30); pues Pablo, con el fin de persuadir a los creyentes a soportar pacientemente las injurias, los exhorta a «dar lugar a la ira», ya que Dios declara que la venganza es suya; pero el autor de la Epístola a los Hebreos, proclamando que Dios será el vengador de la impiedad, confirma su declaración con este testimonio. De ahí que una parte de los comentaristas suponga que aquí se denuncia castigo contra las naciones paganas porque han afligido cruelmente al pueblo elegido de Dios. Y, ciertamente, este parece ser el sentido de las palabras de Pablo, que las injurias deben soportarse con paciencia, puesto que Dios reclama para sí el oficio de Vengador; pero nada impide que la misma afirmación se acomode a usos diferentes, y por tanto Pablo no confirmó impertinentemente su exhortación con este dicho de Moisés, aunque literalmente se refiere a los castigos internos de la Iglesia. Además, los apóstoles no acostumbran citar cada palabra de los testimonios que alegan, sino que recuerdan brevemente a sus lectores que examinen más de cerca los pasajes citados. Pero, puesto que Dios une aquí las dos cosas, que castigará los pecados de su pueblo y que será al mismo tiempo el vengador de las opresiones que sufra, no habrá nada absurdo en decir que Pablo, por así decirlo, señala con el dedo este pasaje; con todo, la explicación sencilla será que la declaración general se acomoda a un caso especial, para que los creyentes soporten pacientemente sus injurias y dejen a Dios el oficio que declara pertenecerle. En mi opinión, ciertamente, estas palabras están conectadas con el versículo anterior; pues Dios confirma con pertinencia su afirmación de que lleva cuenta del número de los pecados de los hombres y los tiene guardados entre sus tesoros, añadiendo que el poder y el oficio de juzgar residen en Él; ya que son dos cosas contrarias entre sí que Él tenga conocimiento de todo lo que se hace injusta y malamente, y que sin embargo lo deje sin castigo. No porque sea contrario a la justicia de Dios perdonar a los pecadores cuando se arrepienten, sino porque este principio permanece siempre firme, que Dios es el juez del mundo, para castigo de todas las iniquidades. Así queda destruida la confianza de los hipócritas, que se lisonjean con la esperanza de la impunidad si no son alcanzados por el castigo inmediato.
La cláusula que sigue la pervierten algunos intérpretes supliendo el relativo: «en el tiempo en que su pie resbalará»; mientras que Moisés concluye simplemente que caerán a su debido tiempo, o que, aunque piensen que están en pie, su ruina o caída no estaba lejos; y esto se confirma además con lo que añade, a saber, que el día de su calamidad estaba cercano. Esta declaración, como ya he dicho, se encuentra a menudo en los Profetas: que hay para Dios un tiempo oportuno para castigar los pecados que ha parecido pasar por alto, y por eso su longanimidad no resta nada al juicio que aplaza. En esta doctrina hay una doble enseñanza moral; primero, que aquellos a quienes Dios perdona por un tiempo no se entreguen a la complacencia; y, segundo, que la prosperidad de los impíos no turbe el ánimo de los creyentes, sino que permitan a Dios decidir el tiempo y el lugar de ejecutar la venganza. Sin embargo, como la tardanza de Dios hace que los hipócritas se sientan seguros, de modo que se adormecen en sus vicios y, aunque oyen que habrán de rendir cuenta de ellos, se entregan irreflexivamente al goce mientras dura su tiempo de disfrute, Moisés declara que el día está cerca y se apresura; porque, si Dios no los alarma abiertamente ni los reduce a estrechez, se regocijan en su impunidad. De ahí aquellos dichos blasfemos que registra Isaías (Is 5:19): «Venga ya, apresure su obra, para que veamos; acérquese y venga el consejo del Santo de Israel, para que lo sepamos». Mientras tanto, debemos tener presentes las palabras de Habacuc (Hab 2:3): «Aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará».
Deuteronomio 32:36
36. Porque Jehová juzgará a su pueblo. Algunos conectan esta frase con lo que la precede, y toman así la palabra juzgar por castigar, y el Apóstol en la Epístola a los Hebreos parece apoyar su opinión, ya que prueba con este testimonio cuán terrible cosa es «caer en manos del Dios vivo» (He 10:30, 31). Pero no hay razón por la que el Apóstol no haya acomodado a un propósito diferente lo que Moisés expuso para consuelo de los piadosos, a fin de que los creyentes fueran más cuidadosos cuanto más cerca vieran a Dios mostrarse como Juez de su Iglesia; a menos que se prefiera quizá interpretar las palabras de Moisés así: Aunque Dios juzgue a su pueblo, con todo al fin se aplacará, o se arrepentirá, de modo que templará la vehemencia de su ira. De cualquier manera que las entendamos, la diferencia será poca en lo principal; pues, después de que Moisés ha amenazado a los que desprecian a Dios y a los apóstatas, que quieren ser tenidos por miembros de su casa, la Iglesia, se vuelve ahora a los extraños y les denuncia que la crueldad que han ejercido contra los israelitas no quedará sin castigo, porque Dios se acordará por fin de su pacto y perdonará a su pueblo elegido. Si tomas la palabra juzgar por gobernar o tomar su causa, la partícula porque debe traducirse adversativamente, como si se dijera sin embargo o pero; si preferimos el otro sentido, equivaldrá a aunque o si bien. Sin duda el objeto de Moisés es alentar las esperanzas de los piadosos, que han aprovechado el castigo de Dios, mostrando que mitigará su severidad hacia su pueblo elegido y que en su ira se acordará de la misericordia (Hab 3:2). Así, pues, Moisés enseña aquí lo mismo que Dios desplegó después más claramente a David:
«Si dejaren sus hijos mi ley… entonces castigaré con vara su rebelión… mas no quitaré de él mi misericordia», etc. (Sal 89:30, 32, 33; 2 S 7:14, 15).
Porque nada es más apropiado para sostenernos en las aflicciones que el que Dios prometa que habrá algún límite para ellas, de modo que no destruirá por completo a los que ha escogido. Siempre, pues, que los males que sufrimos nos tienten a la desesperación, acuda a nuestra mente esta lección: que los castigos con que Dios corrige a sus hijos son temporales, ya que su promesa nunca fallará de que «por un momento será su ira» (Sal 30:5), mientras que el flujo de su misericordia es continuo. De ahí también aquella lección dirigida especialmente a la Iglesia:
«Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con misericordia» (Is 54:7); y: «con misericordia eterna tendré compasión de ti» (Is 54:8).
Aquí los llama sus siervos, no porque hubieran merecido su perdón por su obediencia, sino porque se digna reconocerlos como suyos; pues este honor se refiere a su elección gratuita; como cuando David dice: «Yo soy tu siervo, hijo de tu sierva» (Sal 116:16), ciertamente no se arroga nada peculiar; sino que se gloría solo de que desde el vientre había pertenecido a la familia de Dios, así como los esclavos nacen en la casa de sus amos. Al mismo tiempo debemos observar que, siempre que Dios declara que será misericordioso con sus siervos, se refiere solo a los que buscan de corazón la reconciliación, y no a los réprobos, que son arrastrados a la perdición por su desesperada obstinación. En suma, para que Dios se arrepienta de su severidad se requiere el arrepentimiento de parte de los pecadores; como enseña en otro lugar:
«Volveos a mí… y yo me volveré a vosotros» (Zac 1:3).
En lugar de se arrepentirá, algunos traducen la palabra se consolará. Jerónimo, atendiendo al sentido del pasaje más que al de la palabra, la traduce tendrá misericordia.
Debemos, sin embargo, notar el tiempo que Dios señala para el ejercicio de su gracia, a saber, cuando toda su fuerza (virtus) se haya ido de ellos y todo quede reducido a una destrucción casi total; pues la palabra mano se usa por vigor; como si se dijera que Dios de ningún modo se contentaría con un castigo leve y, por consiguiente, no se aplacaría hasta que hubieran llegado a los extremos. Esta circunstancia es muy digna de atención, para que nuestras esperanzas no desfallezcan ni siquiera en las más severas aflicciones de la Iglesia; sino que estemos seguros de que, aunque todo esté en el peor estado posible, llegará aún la sazón debida de la restauración.
Que nadie quede atrás, o preso ni libre, es una frase casi proverbial en hebreo; como cuando se dice (1 R 14:10): «Yo destruiré de Jeroboam… al preso y al libre en Israel», es decir, tanto en la ciudad como en el campo, o en casa como fuera. Y esto se repite de nuevo respecto a la posteridad de Acab (Ibid. 21:21). Y de aquí es evidente que se equivocan los que lo explican como referido a riquezas encerradas en tesoros y a ganado disperso por los campos. Y esto será aún más claro por otro pasaje en que el Profeta se refirió indudablemente a esto: «Jehová miró la muy amarga aflicción de Israel; porque no había preso ni libre», y como no había determinado borrar el nombre de Israel, los salvó «por mano de Jeroboam»; como si dijera que Dios, como lo había prometido, tuvo piedad de su pueblo en su extrema desolación (2 R 14:26, 27).
Deuteronomio 32:37-38
37. Y dirá: ¿Dónde están sus dioses? Los comentaristas discrepan aquí, pues unos continúan el párrafo, como si Moisés refiriera las jactancias e insultos de los enemigos en el estado afligido de la Iglesia; mientras que otros lo consideran una piadosa exultación en la que los fieles celebrarán la liberación de la Iglesia. Si suponemos que hablan aquí los enemigos, será incongruente que se use la palabra «dioses» en plural: además, lo que sigue procederá de su error e ignorancia, que los israelitas «comían la grosura», lo cual no les era lícito ni siquiera en su comida ordinaria, y mucho menos en los sacrificios en que se quemaba la grosura. La otra exposición, sin embargo, es la que prefiero, a saber, que cuando se invirtieran las cosas y Dios se hubiera mostrado vengador de la cruel injusticia de los incrédulos, los hijos de Dios tendrían libertad para reprocharles. La palabra «dirá» se usa de modo indefinido por «Será dicho por cualquiera o por todos los hijos de Dios». Así, pues, como los incrédulos, cuando ven afligidos a los santos, ridiculizan descaradamente su fe, de la misma manera Moisés, cuando Dios viene en ayuda de su Iglesia, introduce a los santos preguntando con burla dónde están los dioses de los gentiles y dónde están todos sus patronos; pues todos ellos, como es notorio, tenían sus dioses tutelares. Así se satirizan sus sacrificios impuros y espurios en que comían la grosura y bebían el vino de las libaciones. En suma, Moisés da a entender que, cuando Dios socorre a su pueblo, se abre su boca para cantar el cántico de triunfo a la gloria del Dios verdadero y para reprochar a los incrédulos la falsa confianza con que son engañados.
Deuteronomio 32:39
39 Ved ahora que yo, yo soy. Los que atribuyen los versículos anteriores a los incrédulos introducen ahora a Dios hablando, como de repente, y afirmando su gloria en reprensión de sus blasfemias. Pero es más bien una confirmación de aquella santa jactancia que Él acaba de dictar a los creyentes, cuando Dios no solo manda a su pueblo alzar su voz contra los ídolos, sino que Él mismo sale adelante para condenar la insensatez de los gentiles; aunque el contexto muestra claramente que se dirige a los fieles. Después, pues, de exhortar a su pueblo a despreciar los ídolos, añade ahora que Él les provee amplios motivos de confianza en sí mismo. Pues cuando les manda «ver», significa que no tienen ante sus ojos una oscura manifestación de su poder, si tan solo le prestan atención. La repetición del pronombre «yo» es enfática, tanto para despertar al pueblo de su indolencia como para mantener firmes sus ánimos, no sea que vacilen como en duda. Pues sabemos que el ánimo de los hombres difícilmente es llevado al verdadero conocimiento de Dios, porque se enredan en rodeos para no dirigirse derechamente a Él. Y, por otra parte, cuando llegan a aprehender a Dios, sabemos con cuánta facilidad son apartados de Él; pues las vicisitudes de las cosas los ofuscan, de modo que andan de acá para allá en la incertidumbre. Por esta razón, cuando Dios ha derribado todas las deidades ficticias, declara que Él permanece siempre el mismo, ya sea que mate o que dé vida, para que en la densa oscuridad de la aflicción los creyentes no dejen de mirarle a Él. Aprendamos de este pasaje que Dios es defraudado de su derecho si Él solo no es preeminente, quedando todos los ídolos reducidos a nada; y también que nuestra fe está entonces verdaderamente fija en Él y tiene raíces firmes, si, en medio de los diversos cambios que ocurren, no se tambalea ni vacila, sino que supera tales obstáculos, de modo que no deja de esperar en Él aun cuando parece «matarnos», como dice Job (Job 13:15). Y ciertamente nada es más irrazonable que nuestra fe mire en derredor a todos los acontecimientos para depender de ellos; pues Dios quiere que sus promesas nos vivifiquen en la muerte misma. El final del versículo puede referirse con propiedad a sus enemigos, ya que Dios declara que nadie puede librarlos de su mano.
Deuteronomio 32:40
40. Porque yo alzaré a los cielos mi mano. Otros lo traducen: «Cuando yo haya alzado mi mano», y lo leen enlazado con el versículo anterior, de modo que el poder de Dios para destruir y preservar se hará manifiesto si alza su mano al cielo. No dudo, sin embargo, de que es el comienzo de una nueva frase, y que Dios empieza así para afirmar con más fuerza lo que añade inmediatamente respecto a la futura destrucción de sus enemigos. Si, no obstante, alguien prefiere el adverbio de tiempo «cuando», no tengo gran objeción, con tal que estas cláusulas se conecten así: «Tan pronto como yo haya alzado mi mano al cielo, pondré en confusión a los enemigos de mi Iglesia».
Alzar la mano se explica de dos maneras; pues unos suponen que es una manifestación de poder, como suelen los hombres, alzando la mano, gloriarse cuando confían en su fuerza y desprecian a sus enemigos. Otros, sin embargo, con más corrección, afirman que es una forma de juramento. Dios, que está exaltado sobre todos los cielos, no puede decirse, ciertamente, que alce su mano literalmente; pero no es nuevo que tome prestadas formas de expresión de los hábitos y costumbres comunes de los hombres, especialmente cuando se eleva de repente de nuevo a la sublimidad, después de haber parecido por un momento descender por debajo del nivel de su grandeza. Ciertamente las palabras que siguen contienen un juramento: «Vivo yo para siempre»; y por eso es probable que el alzar su mano expresara que prestaba juramento.
Dios jura por su vida en un sentido muy diferente del de los hombres. A veces, ciertamente, adopta nuestros modos comunes de hablar, como cuando se dice que jura por su alma; pero aquí «vivo yo» equivale a jurar por sí mismo, o por su esencia eterna.
Deuteronomio 32:41
41 Si afilare mi reluciente espada. La partícula condicional no deja el asunto dudoso ni en suspenso, sino que debe resolverse en un adverbio de tiempo; como si hubiera dicho: Tan pronto como tome las armas, la destrucción de los enemigos será cierta; no que Dios carezca de armas para el derrocamiento de sus enemigos; así como cuando añade directamente después: «Y mi mano tomare el juicio», no quiere decir que alguna vez se le quite o se le escape, sino que designa así su operación presente y manifiesta. Puesto que, pues, Dios, cuando perdona a sus enemigos, parece haber arrojado sus armas y estar en reposo, habiendo dejado de ejercer el oficio de juez, declara que sus armas estarán listas para destruir a sus enemigos; y de nuevo, que entonces tomará otra vez sobre sí el juicio que había parecido deponer; palabras con las que censura indirectamente la necia seguridad de los que se figuran que su poder está aniquilado si no lo ejerce abiertamente, y que el juicio que aplaza está del todo extinto.
Deuteronomio 32:42
42 Embriagaré de sangre mis saetas. En estas palabras describe una horrible matanza, como si hubiera dicho: No habrá fin a mi venganza hasta que la tierra esté llena de sangre y de cadáveres. En otros lugares también se dice que la espada de Dios está «embriagada de sangre», como aquí sus saetas, cuando su ira procede a infligir grandes matanzas; y en el mismo sentido se dice aquí que «devorará carne».
El segundo מדם, midam, algunos lo traducen «a causa de la sangre»; y admito que la מ, mem, es a veces partícula causal. Entienden, pues, que esta sería la justa retribución de su crueldad, cuando los impíos que habían matado a los israelitas, o los habían llevado cautivos, fueran cortados por Dios. Pero no veo por qué la misma palabra haya de exponerse en dos sentidos diferentes; y no dudo de que es una repetición de lo mismo, que Dios «embriagará de sangre sus saetas»; pero dice «con la sangre de los muertos y de los cautivos», ya que, cuando un ejército pasa a cuchillo, unos caen en la batalla misma, mientras que otros, mutilados y heridos, hacen esfuerzos por escapar.
La conclusión del versículo se tuerce en varios sentidos; algunos exponen la palabra «cabeza» cambiando el número, «cabezas», como si se dijera: «Cortaré las cabezas de los enemigos»; sería, sin embargo, más plausible aplicarla metafóricamente a los jefes. Pero otros traducen más correctamente «el comienzo», no ciertamente con referencia al tiempo, sino como si se dijera la flor, o lo mejor de la multitud, según la frase común «del primero al último». Mi interpretación de «las venganzas del enemigo» es que no se trata de las que Dios infligirá a sus enemigos, sino de las capitales, o mortales, como si hubiera dicho que trataría como enemigo a los impíos, de modo que no hubiera lugar para la misericordia.
Deuteronomio 32:43
43. Alegraos, naciones, con su pueblo. La lectura en aposición que algunos prefieren, «Alabadle, naciones, a su pueblo», supliendo la palabra «Dios», es forzada. Pues no hay incongruencia en la idea de que los gentiles celebren los beneficios que Dios ha concedido a su pueblo; en todo caso, es más sencillo tomarlo así: que el favor de Dios hacia los israelitas fue tan manifiesto que su conocimiento y su fama debían difundirse a lo lejos y a lo ancho, y ser célebres aun entre los gentiles. Pues la Escritura magnifica así algunas de las más memorables obras del poder de Dios, especialmente cuando se refiere a la redención del pueblo elegido, y manda que su alabanza sea proclamada entre las naciones, ya que de ningún modo sería conveniente que se confinara dentro de los estrechos límites de Judea. Surge, sin embargo, una cuestión, porque Pablo parece citar este pasaje de manera diferente; pues dice: «Alegraos, gentiles, con su pueblo» (Ro 15:10); e indudablemente la palabra נקם, nakam, que usa Moisés, significa también alegrarse. Si admitimos que Pablo tomó esta frase de Moisés, el mismo Espíritu, que habló por Moisés y por Pablo, es el mejor intérprete de sus propias palabras; ni será incoherente que los gentiles se regocijen por la felicidad del pueblo de Dios. Pero puede haber sido que Pablo no tomara este testimonio de un lugar particular, sino de la enseñanza general de la Escritura. En todo caso, se celebra la dignidad del pueblo sobre la base de que Dios estima preciosa su sangre y tendrá por adversarios suyos a sus perseguidores.
La palabra כפר, caphar, al final del versículo, algunos la traducen expiar, otros ser propicio, que es la traducción que he preferido, aunque no rechazo el primer significado. El verbo כפר, caphar, significa que se hace expiación con sacrificio para aplacar a Dios; y es probable que Moisés aluda al modo legal de reconciliación; sin embargo, a mi juicio, quiere decir que Dios restituirá su tierra y su pueblo a su favor.
Repetición de la misma historia
Números 27
Números 27:12-14
12. Y Jehová dijo a Moisés: Sube a este monte Abarim, y mira la tierra que he dado a los hijos de Israel.
12. Dixit Jehova ad Mosen, Ascende in montem istum Abarim: et vide terram quam dedi fillis Israel.
13. Y cuando la hayas visto, tú también serás reunido a tu pueblo, como lo fue Aarón tu hermano.
13. Ubi videris eam, aggregaberis ad populos tuos tu quoque, sicut aggregatus est Aharon frater tuus.
14. Porque os rebelasteis contra mi mandato en el desierto de Zin, en la contienda de la congregación, para santificarme en las aguas ante los ojos de ellos: estas son las aguas de Meriba en Cades, en el desierto de Zin.
14. Quandoquidem rebelles fuistis ori meo in deserto Sin, in jurgio congregationls, ut sanctificaretis me in aquis coram oculis eorum. Istae sunt aquae jurgii Cades in deserto Sin.
Deuteronomio 32:44-47
Deuteronomio 32:44. Y vino Moisés y habló. No sin razón registra Moisés de nuevo que repitió este Cántico ante el pueblo; porque de ahí se ve cuán lejos estaba de toda ambición, pues no temió, al final mismo de su vida, irritar los ánimos de todos, hasta hacer odiosa la memoria de su nombre; y además, su autoridad quedó sancionada por el silencio y la sumisión del pueblo, cuando se dejó tratar con tanta severidad. Pues, tal era su general contumacia, que nunca lo habrían escuchado si no hubiera intervenido la secreta inspiración del Espíritu para sujetarlos.
Asocia consigo a Josué, a quien sin duda deseaba dotar de igual autoridad, y, lo que es digno de observación, les manda estar atentos a las amenazas y reprensiones, para obtener reverencia a la ley. Pues vemos a menudo que la doctrina desnuda es fría y sin nervio, a menos que se estimule con viveza la pereza que, por así decirlo, ahoga el ánimo de los hombres; para que, pues, la enseñanza de la Ley no fuera despreciada u olvidada, o, siendo recibida con languidez, se fuera borrando poco a poco de sus mentes, los aguija, por así decirlo, con la vehemencia de este Cántico, y manda que sus descendientes sean instruidos en él, para que su atención sea despertada por sus amenazas. En el versículo siguiente (47) les recomienda el celo en la observancia de la Ley por razón de su provecho; pues los traductores lo vierten impropiamente, a mi parecer: «Para que no sea una palabra vana para vosotros», o «No es palabra vana, de las que debáis despreciar». Mejor es la traducción de Jerónimo: «Los preceptos no os son dados en vano»; pues Moisés da a entender simplemente que la Ley no fue dada en vano, de modo que terminara en infructuosidad; y por consiguiente debían guardarse de frustrar el propósito de Dios, que deseaba hacerles bien. רק, rek, se usa, pues, como lo contrario de «fructífero», como aparece más claramente por la confirmación que se añade enseguida, que «prolongaréis vuestros días en la tierra» prometida. Se dice, pues, que la Ley no es vana porque es fructífera para salvación. De qué manera es también mortal y no tiene eficacia inherente, ya lo he mostrado. Es cierto que la Ley, como regla segura de justicia, no promete engañosamente la salvación a los hombres; pero, como no hay nadie que cumpla realmente lo que Dios exige, por la culpa accidental de los hombres la vida se convierte en muerte; pero, cuando todos están sumidos bajo la maldición, sobreviene un nuevo remedio, y por el perdón gratuito de Dios son reconciliados con Él, de modo que su obediencia, tal cual es, se hace aceptable.
Deuteronomio 32:48-50
48. Y habló Jehová a Moisés. Inferimos que esto no está registrado en su orden regular, porque es cierto que Moisés fue advertido de su próxima muerte antes de que se compusiera el Cántico; y esto lo confirma expresamente el segundo pasaje que he añadido aquí; pues dice que, antes de poner a Josué en su lugar, le fue señalado el sitio en que había de morir. No es, sin embargo, en modo alguno inusitado que se invierta el orden de la narración.
Podemos percibir aquí un singular ejemplo de fe y obediencia. Todos huyen naturalmente de la muerte, de modo que nadie se apresura hacia ella por propia voluntad. Nunca habría entrado, pues, voluntariamente en el sepulcro de no apoyarse en la esperanza de una vida mejor. Ya hemos visto un caso semejante en Aarón: aunque la resurrección no estaba entonces tan claramente revelada como lo está ahora por el Evangelio, ni había aparecido Cristo, que es las primicias de los que resucitan. Por tanto, aunque nuestro sentido carnal sea contrario a la muerte, prevalezca nuestra fe para vencer todos sus terrores: como Pablo enseña que los hijos de Dios, aunque no quieren ser «desnudados», anhelan sin embargo ser «revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida» (2 Co 5:4). Era, con todo, una obediencia notable la de prepararse para la muerte no menos gustosamente que si hubiera sido invitado a algún alegre banquete. Así es evidente que estos santos varones se habían consagrado de tal modo a Dios, que estaban dispuestos a vivir o a morir según su voluntad.
El monte Abarim parece haber obtenido su nombre de sus ángulos o lados, porque estaba dividido en muchas colinas; como se le llama también Nebo en este lugar, y en otros por diversos nombres. Otros piensan que su nombre procede de un paso; pero la otra opinión es más probable, ya que se llama en plural Abarim, es decir, alturas, o cumbres, o intersticios, que estaban situados en alturas opuestas.
Aunque veremos enseguida que había otra razón por la que Dios quería retirar a su siervo de la vista de los hombres, debemos con todo notar el consuelo a que aquí se alude: que el dolor de su muerte fue aliviado por el permiso de contemplar la tierra de Canaán. Por esta razón se le manda subir a la cumbre del monte; pues, aunque se habría contentado con la mera promesa de Dios, aun si hubiera sido privado de esta bendición, no tuvo con todo escaso efecto adicional en ayudarle a dejar más alegremente al pueblo en el umbral de su heredad. Porque la fe no priva del todo a los hijos de Dios de los sentimientos humanos; pero nuestro Padre celestial, en su indulgencia, se compadece de su flaqueza. Así, como era motivo de tristeza para Moisés ser apartado de entrar en la tierra, fue sostenido por un oportuno remedio, para que no fuera estorbado en su carrera por este impedimento.
Deuteronomio 32:51-52
51. Por cuanto prevaricasteis contra mí. Percibimos por su castigo cuán necesaria era a Moisés una señal de favor como esta. Pues la muerte en sí misma no habría sido tan amarga, pero la causa, que se alega de nuevo, hería gravemente el ánimo del santo varón, porque se veía excluido, por la justa venganza de Dios, de la herencia común a causa de su propia culpa, lo cual es más aflictivo para los piadosos que cien muertes, y aun innumerables. De ahí aquellas lastimeras quejas de David y Ezequías, y de otros en otros lugares, cuando un Dios airado les quita la vida:
«Porque el Seol no te exaltará, ni te alabará la muerte; ni los que descienden al hoyo esperarán tu verdad» (Is 38:18; Sal 6:5; Sal 115:17).
Ciertamente no era para ellos tan temible el morir, que no habrían partido del mundo con calma y alegría cuando llegara su hora; pero lo que deprecaban era el terrible juicio de Dios, ante cuyo pensamiento se alarmaban. La misma aflicción podría haber abrumado el ánimo de Moisés, si no hubiera sido aliviada.
Pero, puesto que ninguno, por eminente que sea, ha estado del todo exento de castigos temporales, aprendamos a soportarlos con paciencia. Dios no perdonó a Moisés; ¿qué tiene de extraño que nuestra condición no sea mejor que la suya? Además, en opinión de los hombres era una ofensa leve aquella por la cual fue castigado tan severamente; pues, arrastrado por la indignación, se había irritado tanto contra el pueblo que había atribuido a Dios menos poder del que le era debido. Ahora bien, los errores en que caemos por irreflexiva impetuosidad se perdonan más fácilmente; pero de aquí se hace manifiesto cuán preciosa es para Dios su gloria, cuando no permite que sea oscurecida impunemente ni siquiera por inadvertencia. Al mismo tiempo se nos enseña también que nada es más irracional que arrogarnos el juicio sobre los pecados y pesarlos en nuestra propia balanza, cuando Dios es su único tasador legítimo.
Pero, aunque declara que Moisés y Aarón se rebelaron y fueron rebeldes «a su boca», con todo, para que no se pensara que rehusaron deliberadamente dar crédito a la palabra de Dios, se añade una especie de salvedad, a saber, que no santificaron a Dios en medio, o a los ojos, de los hijos de Israel. De ahí es evidente que fueron condenados solo por la excesiva violencia de su pasión, con la cual no mantuvieron la gloria de Dios ante el pueblo con suficiente energía.
En cuanto a lo demás, puede buscarse en Números 20.
Deuteronomio 33
Deuteronomio 33:1-29
1. Y esta es la bendición con que Moisés, varón de Dios, bendijo a los hijos de Israel antes de su muerte.
1. Haec autem benedictio qua benedixit Moses vir Dei filiis Israel in morte sua.
2. Y dijo: Jehová vino de Sinaí, y de Seir les amaneció; resplandeció desde el monte de Parán, y vino con diez millares de santos; de su diestra salió una ley de fuego para ellos.
2. Et dixit, Jehova e Sinai prodiit, et ortus est e Seir ipsis, illuxit e monte Pharam, et venit cum decem millibus sanctitatis: a dextra ejus ignea lex illis:
3. Sí, amó a los pueblos; todos sus santos están en tu mano; y ellos se sentaron a tus pies; cada uno recibirá de tus palabras.
3. Utique diligit populos, onmes sancti in manibus tuis, et ipsi adhaeserunt pedibus tuis, ut sumerent ex eloquiis tuis.
4. Moisés nos mandó una ley, la herencia de la congregación de Jacob.
4. Legem praecepit nobis Moses in haereditatem coatus Israel.
5. Y fue rey en Jesurún, cuando se reunieron los jefes del pueblo y las tribus de Israel.
5. Et fuit in Recto rex, in colligendis capitibus populi, simulque tribubus Israel.
6. Viva Rubén, y no muera; y no sean pocos sus hombres.
6. Vivat Ruben, et non moriatur, et (vel, quamvis) sit parvus numero.
7. Y esta es la bendición de Judá; y dijo: Oye, Jehová, la voz de Judá, y llévalo a su pueblo; bástenle sus manos, y sé tú su ayuda contra sus enemigos.
7. Hoc etiam Judae, et dixit, Audi Jehova vocem Jehuda, et ad populum suum duc eum, manus ejus sufficiat el, dum auxilio fueris contra hostes ejus.
8. Y de Leví dijo: Tus Tumim y tus Urim sean con tu santo, a quien probaste en Masah, y con quien contendiste en las aguas de Meriba;
8. Ad Levi vero dixit: Perfectiones tuae et splendores tui fuerunt viro misericordi tuo, quem tentasti in Masa: et contendere fecisti eum ad aquas Meriba.
9. el que dijo a su padre y a su madre: No lo he visto; ni reconoció a sus hermanos, ni conoció a sus hijos; porque guardaron tu palabra y observaron tu pacto.
9. Qui dixit patri suo et matri suae, Non vidi eum: et fratres suos non agnovit, et filios suos non cognovit: nam custodierunt eloquium tuum, et pactum tuum servarunt.
10. Enseñarán a Jacob tus juicios, y a Israel tu ley; pondrán incienso delante de ti, y holocausto sobre tu altar.
10. Docebunt judicia tua ipsum Jacob, et legem tuam Israelem: ponent suffitum in nares tuas: et holocaustum super altare tuum.
11. Bendice, Jehová, sus bienes, y acepta la obra de sus manos; hiere los lomos de los que se levanten contra él, y de los que le aborrecen, para que no se levanten otra vez.
11. Benedic Jehova substantiae ejus, et in opere manuum ejus complaceas tibi: transfige lumbos inimicorum ejus, et odio habentium eum: ne resurgant.
12. Y de Benjamín dijo: El amado de Jehová habitará seguro junto a él; Jehová lo cubrirá todo el día, y morará entre sus hombros.
12. Ad Benjamin dixit, Dilectus Jehovae habitabit confidenter juxta illum, tegens illurn tota die, et inter humeros ejus habitabit.
13. Y de José dijo: Bendita de Jehová sea su tierra, por lo precioso del cielo, por el rocío, y por el abismo que yace abajo,
13. Ad Joseph vero dixit, Benedicta a Jehova terra ejus ab excellentia coeli, ob rorem, et ob voraginem cubantern deorsmn.
14. y por los preciosos frutos que produce el sol, y por las cosas preciosas que da la luna,
14. Et ob praestantiam proventuum solis, et ob praestantiam fructuum lunae:
15. y por lo principal de los montes antiguos, y por las cosas preciosas de los collados eternos,
15. Et ob praestantiam cacuminis montium antiquorum, et ob praestantiam collium perpetuorum.
16. y por las cosas preciosas de la tierra y su plenitud, y por la buena voluntad del que habitó en la zarza: venga la bendición sobre la cabeza de José, y sobre la coronilla del que fue apartado de sus hermanos.
16. Et ob prastantiam terrae, et ob plenitudinem ejus: et beneplacitum habitatoris rubi veniat super caput Joseph, et super verticem separati a fratribus suis.
17. Su gloria es como la del primogénito de su toro, y sus cuernos como cuernos de unicornio; con ellos corneará a los pueblos juntos hasta los extremos de la tierra; y son los diez millares de Efraín, y son los millares de Manasés.
17. Primogeniti boris ejus decor erit ei, et cornua unicornis cornua ejus: ipsis populos cornupetes simul usque ad fines terrae. Atque haec sunt decem millia Ephraim, et ista millia Manasse.
18. Y de Zabulón dijo: Alégrate, Zabulón, en tu salida; e Isacar, en tus tiendas.
18. Et ipsi Zebulon dixit, Laetare Zebulon quum egredieris, et Issachar in tabernaeulis tuis.
19. Llamarán a los pueblos al monte; allí ofrecerán sacrificios de justicia; porque chuparán la abundancia de los mares, y los tesoros escondidos en la arena.
19. Populos ad montem vocabunt: et illic sacrificabunt sacrificia justitiae, quoniam affluentiam maris sugent, et tecti thesauri arenae.
20. Y de Gad dijo: Bendito el que ensancha a Gad; habita como león, y desgarra el brazo con la coronilla de la cabeza.
20. Et ad Gad dixit, Benedictus qui dilatare fecit Gad: sicut leo habitabit, et rapiet brachium atque verticem.
21. Y se proveyó de la primera parte para sí, porque allí, en la porción del legislador, fue asentado; y vino con los jefes del pueblo, ejecutó la justicia de Jehová, y sus juicios con Israel.
21. Et vidit principium sibi, quod illic portio legislatoris tecta, veniet autem cum principibus populi: justitiam Jehovae faciet, et judicia ejus cum Israele.
22. Y de Dan dijo: Dan es cachorro de león; saltará desde Basán.
22. Et ad Dan dixit, Dan ut catulus leonis saltabit e Basan.
23. Y de Neftalí dijo: Oh Neftalí, saciado de favor y lleno de la bendición de Jehová, posee el occidente y el mediodía.
23. Et Nephthali dixit, O Nephthali satur beneplacito, et plene benedictione Jehovae, occidentem et meridiem posside.
24. Y de Aser dijo: Sea Aser bendito con hijos; sea agradable a sus hermanos, y moje en aceite su pie.
24. Et Aser dixit, Benedictus prae filiis Aser, erit beneplacens fratribus suis, et tingens in oleo pedem suum.
25. Tu calzado será de hierro y de bronce; y como tus días, así será tu fuerza.
25. Ferrnm et, aes, calceamenta tua (vel, ferae tuae): et sicut dies tui fortitudo tua.
26. No hay nadie como el Dios de Jesurún, que cabalga sobre el cielo en tu ayuda, y sobre las nubes en su excelencia.
26. Non est similis Deo recti, qui equitat super coelos in auxilium tuum, et in magnificentia sua super nubes.
27. El Dios eterno es tu refugio, y debajo están los brazos eternos; y echará al enemigo de delante de ti, y dirá: Destruye.
27. Habitaculum est Deus aeternus: et subter brachia sempiterna, ejecit a facie tua inimicum, et dixit, Disperde.
28. Israel, pues, habitará seguro, solo: la fuente de Jacob estará sobre una tierra de grano y de vino; también sus cielos destilarán rocío.
28. Et habitabit Israel confidenter solus (vel, suus) oculus Jacob: in terra frumenti et vini, etiam coeli ejus stillabunt rorem.
29. Dichoso tú, oh Israel: ¿quién como tú, pueblo salvado por Jehová, escudo de tu ayuda, y espada de tu excelencia? Y tus enemigos te serán hallados mentirosos, y tú hollarás sus lugares altos.
29. Beatus es o Israel, quis similis tibi popule qui servaris in Jehova scuto auxilii tui, et gladio excellentiae tuae? humiliabuntur inimici tui, et tu super excelsa eorum calcabis.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.