Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Efesios 4: comentario de Juan Calvino

Efesios 4:1

Los tres capítulos restantes consisten enteramente en exhortaciones prácticas. La concordia mutua es el primer tema, en cuyo curso se introduce una discusión sobre el gobierno de la iglesia, como instituido por nuestro Señor con el fin de mantener la unidad entre los cristianos.

1. Yo pues, preso en el Señor. Se apela a su prisión, que podía suponerse más apta para hacerlo despreciado, como ya hemos visto, para confirmar su autoridad. Era el sello de aquella embajada con la que había sido honrado. Todo lo que pertenece a Cristo, aunque a los ojos de los hombres vaya acompañado de ignominia, debe ser visto por nosotros con el más alto respeto. La cárcel del apóstol es más verdaderamente venerable que el espléndido séquito o el carro triunfal de los reyes.

Que andéis como es digno. Esta es una sentencia general, una especie de prefacio en el que se fundan todas las afirmaciones siguientes. Había ilustrado antes la vocación con que fueron llamados y les recuerda ahora que deben vivir en obediencia a Dios, para no ser indignos de tan distinguida gracia.

Efesios 4:2

2. Con toda humildad. Desciende ahora a los detalles y menciona en primer lugar la humildad. La razón es que iba a entrar en el tema de la unidad, a la cual la humildad es el primer paso. Esta, a su vez, produce mansedumbre, que nos dispone a soportar a nuestros hermanos y a conservar así esa unidad que de otro modo se rompería cien veces al día. Recordemos, pues, que, al cultivar el amor fraternal, debemos comenzar por la humildad. ¿De dónde vienen la rudeza, el orgullo y el lenguaje desdeñoso hacia los hermanos? ¿De dónde vienen las riñas, los insultos y los reproches? ¿No vienen de que cada uno lleva a exceso el amor a sí mismo y la atención a sus propios intereses? Al dejar a un lado la altivez y el deseo de complacernos a nosotros mismos, nos volveremos mansos y apacibles y adquiriremos esa moderación de carácter que pasará por alto y perdonará muchas cosas en la conducta de nuestros hermanos. Observemos cuidadosamente el orden y disposición de estas exhortaciones. De nada servirá inculcar la paciencia mientras no se haya sometido la fiereza natural y adquirido la mansedumbre; y será igualmente vano hablar de mansedumbre mientras no hayamos empezado por la humildad.

Soportándoos los unos a los otros en amor. Esto concuerda con lo que se enseña en otra parte: que «el amor es sufrido, es benigno». (1 Co 13:4.) Donde el amor es fuerte y prevalece, practicaremos muchos actos de mutua paciencia.

Efesios 4:3

3. Solícitos en guardar la unidad del Espíritu. Con buena razón recomienda la paciencia, como conducente a promover la unidad del Espíritu. Cada día surgen innumerables ofensas que podrían producir riñas, en particular si consideramos la extrema amargura del temperamento natural del hombre. Algunos entienden que la unidad del Espíritu significa aquella unidad espiritual que es producida en nosotros por el Espíritu de Dios. No cabe duda de que solo él nos hace «unánimes, sintiendo una misma cosa» (Fil 2:2) y así nos hace uno; pero pienso que es más natural entender las palabras como denotando armonía de opiniones. Esta unidad, nos dice, se mantiene por el vínculo de la paz, pues las disputas suelen dar origen al odio y al resentimiento. Debemos vivir en paz si queremos que el amor fraternal sea permanente entre nosotros.

Efesios 4:4

4. Un cuerpo. Procede a mostrar más plenamente cuán completamente deben estar unidos los cristianos. La unión debe ser tal que formemos un solo cuerpo y una sola alma. Estas palabras designan al hombre entero. Debemos estar unidos no solo en parte, sino en cuerpo y alma. Lo respalda con un argumento poderoso: como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación. Somos llamados a una sola herencia y a una sola vida; de ahí se sigue que no podemos obtener la vida eterna sin vivir en mutua armonía en este mundo. Habiéndose dirigido a todos una sola invitación divina, deben estar unidos en la misma profesión de fe y prestarse toda clase de ayuda unos a otros. ¡Oh, si este pensamiento se grabara profundamente en nuestras mentes: que estamos sujetos a una ley que no permite que los hijos de Dios discrepen entre sí más de lo que permite que el reino de los cielos se divida, con cuánto empeño cultivaríamos el amor fraternal! ¡Cómo temeríamos toda clase de animosidad si reflexionáramos debidamente en que todo lo que nos separa de los hermanos nos aleja del reino de Dios! Y sin embargo, cosa extraña, mientras olvidamos los deberes que los hermanos se deben unos a otros, seguimos jactándonos de que somos hijos de Dios. Aprendamos de Pablo que nadie es en absoluto apto para esa herencia si no es un solo cuerpo y un solo espíritu.

Efesios 4:5

5. Un Señor. En la primera Epístola a los Corintios emplea la palabra Señor para denotar simplemente el gobierno de Dios:

«Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo.» (1 Co 12:5.)

En el presente caso, como poco después hace mención expresa del Padre, da este nombre estrictamente a Cristo, a quien el Padre ha designado para ser nuestro Señor y a cuyo gobierno no podemos estar sujetos si no somos de un mismo sentir. La frecuente repetición de la palabra un es enfática. Cristo no puede ser dividido. La fe no puede ser desgarrada. No hay diversos bautismos, sino uno que es común a todos. Dios no puede dejar de ser uno e inmutable. No puede sino ser nuestro deber cultivar la santa unidad, que está atada con tantos lazos. La fe, el bautismo, Dios el Padre y Cristo deben unirnos hasta casi llegar a ser un solo hombre. Todos estos argumentos en favor de la unidad merecen ser ponderados, pero no pueden explicarse plenamente. Considero suficiente echar una rápida mirada al sentido del apóstol, dejando su plena ilustración a los predicadores del evangelio. La unidad de la fe, que aquí se menciona, depende de la única y eterna verdad de Dios, sobre la cual está fundada.

Un bautismo. Esto no significa que el bautismo cristiano no deba administrarse más de una vez, sino que un solo bautismo es común a todos, de modo que, por medio de él, comenzamos a formar un solo cuerpo y una sola alma. Pero si ese argumento tiene alguna fuerza, uno mucho más fuerte se fundará en la verdad de que el Padre, el Hijo y el Espíritu son un solo Dios; pues es un solo bautismo el que se celebra en el nombre de las Tres Personas. ¿Qué responderán los arrianos o los sabelianos a este argumento? El bautismo posee tal fuerza que nos hace uno; y en el bautismo se invoca el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. ¿Negarán que una sola Deidad es el fundamento de esta santa y misteriosa unidad? Nos vemos obligados a reconocer que la ordenanza del bautismo prueba la existencia de Tres Personas en una sola esencia divina.

Efesios 4:6

6. Un Dios y Padre de todos. Este es el argumento principal, del cual fluyen todos los demás. ¿Cómo es que estamos unidos por la fe, por el bautismo, o incluso por el gobierno de Cristo, sino porque Dios el Padre, extendiendo a cada uno de nosotros su presencia benigna, emplea estos medios para reunirnos consigo? Las dos expresiones, ἐπὶ πάντων καὶ διὰ πάντων, pueden significar sobre todas las cosas y por todas ellas, o sobre todos los hombres y por todos ellos. Cualquiera de los dos sentidos se aplica bastante bien, o más bien, en ambos casos el sentido será el mismo. Aunque Dios con su poder sostiene, mantiene y gobierna todas las cosas, Pablo no habla ahora del gobierno universal, sino del gobierno espiritual que pertenece a la iglesia. Por el Espíritu de santificación, Dios se difunde por todos los miembros de la iglesia, abraza a todos en su gobierno y habita en todos; pero Dios no es incoherente consigo mismo y, por tanto, no podemos sino estar unidos a él en un solo cuerpo.

Esta unidad espiritual la menciona nuestro Señor:

«Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros.» (Jn 17:11.)

Esto es verdad, ciertamente, en sentido general, no solo de todos los hombres, sino de todas las criaturas. «Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos» (Hch 17:28). Y también: «¿No hinche yo el cielo y la tierra? dice Jehová» (Jer 23:24). Pero debemos atender a la conexión en que se halla este pasaje. Pablo ilustra ahora la relación mutua de los creyentes, que nada tiene en común ni con los malvados ni con los animales inferiores. A esta relación debemos limitar lo que se dice sobre el gobierno y la presencia de Dios. Por esta razón, también, el apóstol usa la palabra Padre, que se aplica solo a los miembros de Cristo.

Efesios 4:7-10

7. Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo.

7. Unicuique autem nostrum data est gratia; secundum mensuram donationis Christi.

8. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.

8. Propterea dicit: Postquam ascendit in altum, captivam duxit captivitatem, et dedit dona hominibus. (Sal 68:19.)

9. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?

9. Illud autem Ascendit, quid est, nisi quod etiam descenderat prius in inferiores partes terrae?

10. El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.

10. Qui descendit, ipse est etiam qui ascendit super omnes coelos, ut impleret omnia.

Efesios 4:7

7. Pero a cada uno. Describe ahora la manera en que Dios establece y conserva entre nosotros una relación mutua. Ningún miembro del cuerpo de Cristo está dotado de tal perfección que pueda, sin la ayuda de otros, suplir sus propias necesidades. A cada uno se le asigna cierta proporción, y solo comunicándose unos con otros gozan todos de lo suficiente para mantener sus respectivos lugares en el cuerpo. La diversidad de dones se trata en otra epístola, y casi con el mismo fin:

«Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo.» (1 Co 12:4.)

Allí se nos enseña que tal diversidad, lejos de perjudicar, tiende a promover y fortalecer la armonía de los creyentes.

El sentido de este versículo puede resumirse así: «A nadie ha concedido Dios todas las cosas. Cada uno ha recibido cierta medida. Dependiendo así unos de otros, hallan necesario poner sus dones individuales en el fondo común y prestarse así ayuda mutua». Las palabras gracia y don nos recuerdan que, sean cuales fueren nuestros logros, no debemos enorgullecernos de ellos, porque nos ponen bajo obligaciones más profundas para con Dios. Se dice que estas bendiciones son el don de Cristo; porque, así como el apóstol mencionó primero al Padre, su propósito, como veremos, es representar todo lo que somos y todo lo que tenemos como reunido en Cristo.

Efesios 4:8

8. Por lo cual dice. Para servir al propósito de su argumento, Pablo se ha apartado no poco del verdadero sentido de esta cita. Los malvados le acusan de haber hecho un uso desleal de la Escritura. Los judíos van todavía más lejos y, para dar a sus acusaciones mayor apariencia de verosimilitud, pervierten maliciosamente el sentido natural de este pasaje. Lo que se dice de Dios lo aplican a David o al pueblo: «David, o el pueblo», dicen, «subió a lo alto cuando, a consecuencia de muchas victorias, se elevó por encima de sus enemigos». Pero un examen cuidadoso del Salmo convencerá a cualquier lector de que las palabras subió a lo alto se aplican estrictamente a Dios solo.

Todo el Salmo puede considerarse un ἐπίνικιον, un canto de triunfo que David canta a Dios por las victorias que había obtenido; pero, tomando ocasión de la narración de sus propias hazañas, hace un repaso de pasada de las asombrosas liberaciones que el Señor había obrado antes para su pueblo. Su objeto es mostrar que debemos contemplar en la historia de la Iglesia el glorioso poder y la bondad de Dios; y entre otras cosas dice: Subiste a lo alto. (Sal 68:18.) La carne es propensa a imaginar que Dios permanece ocioso y dormido cuando no ejecuta abiertamente sus juicios. A los ojos de los hombres, cuando la Iglesia es oprimida, Dios es en cierto modo humillado; pero cuando extiende su brazo vengador para librarla, entonces parece despertar y subir a su trono de juicio:

«Entonces despertó el Señor como quien duerme, como un valiente que grita excitado del vino, e hirió a sus enemigos por detrás; les dio perpetua afrenta.» (Sal 78:65-66.)

Este modo de expresión es bastante común y familiar; y, en suma, la liberación de la Iglesia se llama aquí la ascensión de Dios.

Percibiendo que es un canto de triunfo en el que David celebra todas las victorias que Dios había obrado para la salvación de su Iglesia, Pablo citó muy acertadamente la relación de la ascensión de Dios y la aplicó a la persona de Cristo. El más noble triunfo que Dios haya alcanzado jamás fue cuando Cristo, después de someter el pecado, vencer la muerte y poner en fuga a Satanás, se elevó majestuosamente al cielo para ejercer su glorioso reinado sobre la Iglesia. Hasta aquí no hay fundamento para la objeción de que Pablo haya aplicado esta cita de una manera incoherente con el designio del salmista. David representa la continua existencia de la Iglesia como una manifestación de la gloria divina. Pero jamás ocurrirá una ascensión de Dios más triunfante ni más memorable que la que tuvo lugar cuando Cristo fue llevado a la diestra del Padre para reinar sobre todas las autoridades y potestades y llegar a ser el guardián y protector eterno de su pueblo.

Llevó cautiva la cautividad. Cautividad es un nombre colectivo por enemigos cautivos; y el sentido llano es que Dios redujo a sujeción a sus enemigos, lo cual se cumplió más plenamente en Cristo que de cualquier otro modo. No solo ha ganado una victoria completa sobre el diablo, el pecado, la muerte y todo el poder del infierno, sino que de rebeldes forma cada día «un pueblo voluntario» (Sal 110:3), cuando somete con su palabra la obstinación de nuestra carne. Por otra parte, sus enemigos, clase a la que pertenecen todos los malvados, son mantenidos atados con cadenas de hierro y refrenados por su poder para que no ejerzan su furia más allá de los límites que él les asigne.

Y dio dones a los hombres. Hay algo más de dificultad en esta cláusula, pues las palabras del Salmo son: «has recibido dones para los hombres», mientras que el apóstol cambia esta expresión en dio dones y parece así presentar un sentido opuesto. Sin embargo, no hay absurdo aquí, pues Pablo no siempre cita las palabras exactas de la Escritura, sino que, después de remitirse al pasaje, se contenta con transmitir su sustancia en su propio lenguaje. Ahora bien, es claro que los dones que menciona David no fueron recibidos por Dios para sí mismo, sino para su pueblo; y por eso se nos dice, en una parte anterior del Salmo, que se había repartido el despojo entre las familias de Israel. (Sal 68:12.) Puesto que, por tanto, la intención de recibir era dar dones, difícilmente puede decirse que Pablo se haya apartado de la sustancia, sea cual fuere la alteración en las palabras.

Al mismo tiempo, me inclino a una opinión distinta: que Pablo cambió la palabra a propósito y la empleó, no como tomada del Salmo, sino como una expresión suya adaptada a la ocasión presente. Habiendo citado del Salmo unas pocas palabras descriptivas de la ascensión de Cristo, añade, en su propio lenguaje, y dio dones, con el fin de establecer una comparación entre lo mayor y lo menor. Pablo pretende mostrar que esta ascensión de Dios en la persona de Cristo fue mucho más ilustre que los antiguos triunfos de la Iglesia, porque es una distinción más honrosa para un vencedor repartir su generosidad abundantemente a todas las clases que recoger despojos de los vencidos.

La interpretación dada por algunos, de que Cristo recibió del Padre lo que iba a distribuir entre nosotros, es forzada y totalmente contraria al propósito del apóstol. Ninguna solución de la dificultad, en mi opinión, es más natural que esta. Habiendo hecho una breve cita del Salmo, Pablo se tomó la libertad de añadir una afirmación que, aunque no está contenida en el Salmo, es verdadera con referencia a Cristo, afirmación por la cual, además, se prueba que la ascensión de Cristo es más ilustre y más digna de admiración que aquellas antiguas manifestaciones de la gloria divina que David enumera.

Efesios 4:9

9. Y eso de que subió. Aquí de nuevo los calumniadores claman que el razonamiento de Pablo es frívolo e infantil. «¿Por qué intenta aplicar a una ascensión real de Cristo unas palabras que se dijeron en sentido figurado acerca de una manifestación de la gloria divina? ¿Quién no sabe que la palabra subir es metafórica? La conclusión, que también descendió primero, carece, por tanto, de peso.»

Respondo que Pablo no razona aquí a la manera de un lógico, sobre lo que necesariamente se sigue o puede inferirse de las palabras del profeta. Sabía que lo que David dijo acerca de la ascensión de Dios era metafórico. Pero tampoco puede negarse que la expresión se refiere a cierta humillación de parte de Dios que había existido antes. Es esta humillación la que Pablo infiere con justicia de la declaración de que Dios había subido. ¿Y en qué momento descendió Dios más bajo que cuando Cristo se despojó a sí mismo? (᾿Αλλ ᾿ ἑαυτὸν ἐκένωσε, Fil 2:7.) Si hubo alguna vez un tiempo en que, después de aparentar haber dejado a un lado el resplandor de su poder, Dios subió gloriosamente, fue cuando Cristo fue levantado de nuestra condición más baja sobre la tierra y recibido en la gloria celestial.

Además, no es necesario investigar con demasiado cuidado la exposición literal del Salmo, pues Pablo solo alude a las palabras del profeta, del mismo modo que en otra ocasión acomoda a su propio tema un pasaje tomado de los escritos de Moisés. «Mas la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos.)» (Ro 10:6, 7; Dt 30:12.) Pero la propiedad de la aplicación que Pablo hace del pasaje a la persona de Cristo no es el único terreno sobre el cual debe defenderse. El propio Salmo ofrece evidencia suficiente de que esta expresión de alabanza se refiere al reino de Cristo. Sin mencionar otras razones que podrían alegarse, contiene una profecía clara del llamamiento de los gentiles.

A las partes más bajas de la tierra. Estas palabras no significan otra cosa que la condición de la vida presente. Retorcerlas para que signifiquen el purgatorio o el infierno es sumamente necio. El argumento tomado del grado comparativo, «las partes más bajas», es del todo insostenible. La comparación no se establece entre una parte de la tierra y otra, sino entre la tierra entera y el cielo; como si dijera que desde aquella excelsa morada Cristo descendió a nuestro profundo abismo.

Efesios 4:10

10. Subió por encima de todos los cielos; esto es, más allá de este mundo creado. Cuando se dice que Cristo está en el cielo, no debemos imaginarlo habitando entre las esferas y contando las estrellas. El cielo designa un lugar más alto que todas las esferas, que fue asignado al Hijo de Dios después de su resurrección. No es que sea literalmente un lugar más allá del mundo, pero no podemos hablar del reino de Dios sin usar nuestro lenguaje ordinario. Otros, por su parte, considerando que las expresiones por encima de todos los cielos y ascensión al cielo tienen el mismo sentido, concluyen que Cristo no está separado de nosotros por distancia de lugar. Pero han pasado por alto un punto. Cuando Cristo es puesto por encima de los cielos, o en los cielos, queda excluido todo lo que rodea la tierra, todo lo que está bajo el sol y las estrellas, bajo toda la estructura del mundo visible.

Para llenarlo todo. Llenar significa a menudo cumplir, y podría tener aquí ese sentido; pues por su ascensión al cielo Cristo entró en posesión de la autoridad que el Padre le había dado, para regir y gobernar todas las cosas. Pero, en mi opinión, se obtendrá una visión más hermosa uniendo dos sentidos que, aunque en apariencia contradictorios, son perfectamente compatibles. Cuando oímos hablar de la ascensión de Cristo, al instante se nos viene a la mente que ha sido llevado a gran distancia de nosotros; y así es en efecto, en cuanto a su cuerpo y su presencia humana. Pero Pablo nos recuerda que, aunque está alejado de nosotros en presencia corporal, lo llena todo con el poder de su Espíritu. Dondequiera que se manifiesta la diestra de Dios, que abarca el cielo y la tierra, Cristo está presente espiritualmente por su poder ilimitado; aunque, en cuanto a su cuerpo, vale lo que dijo Pedro:

«a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.» (Hch 3:21.)

Al aludir a la aparente contradicción, el apóstol añadió no poca belleza a su lenguaje. Subió; pero fue para que quien antes estaba limitado a un pequeño espacio lo llenara todo. ¿Pero no lo llenaba antes? En su naturaleza divina, lo reconozco, sí; pero el poder de su Espíritu no se ejercía de ese modo, ni su presencia se manifestaba tanto, como después de haber entrado en posesión de su reino.

«Aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.» (Jn 7:39.)

Y de nuevo:

«Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros.» (Jn 16:7.)

En una palabra, cuando comenzó a sentarse a la diestra del Padre, comenzó también a llenarlo todo.

Efesios 4:11-14

11. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros,

11. Et ipse dedit alios quidem apostolos, alios autem prophetas, alios vero evangelistas, alios pastores et doctores,

12. a fin de perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo;

12. Ad instaurationem sanctorum, in opus ministerii, in aedificationem corporis Christi,

13. hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;

13. Usquedum occurramus omnes in unitatem fidei, et cognitionis Filii Dei, in virum perfectum, in mensuram aetatis plenitudinis Christi;

14. para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error.

14. Ne amplius simus pueri, qui fluctuemur, et circumferamur quovis vento doctrinae, per aestum hominum, per versutiam ad circumventionem imposturae.

Efesios 4:11

Vuelve a explicar la distribución de los dones, y ilustra más ampliamente lo que había insinuado de pasada: que de esta variedad surge la unidad en la iglesia, así como los diversos tonos en la música producen una dulce melodía. El sentido puede resumirse así: «El ministerio externo de la palabra es también recomendado a causa de las ventajas que ofrece. Ciertos hombres, designados para ese oficio, se ocupan en predicar el evangelio. Es la disposición mediante la cual el Señor tiene a bien gobernar su iglesia, mantener su existencia y asegurar finalmente su más alta perfección.»

Puede causar sorpresa que, tratándose de los dones del Espíritu Santo, Pablo enumere oficios en lugar de dones. Respondo que, cuando Dios llama a los hombres, los dones están necesariamente unidos a los oficios. Dios no confiere a los hombres el mero nombre de apóstoles o de pastores, sino que también los dota de dones, sin los cuales no pueden desempeñar debidamente su oficio. Aquel a quien Dios ha designado para ser apóstol no lleva un título vacío e inútil; pues el mandato divino y la capacidad de cumplirlo van juntos. Examinemos ahora las palabras en detalle.

11. Y él mismo constituyó. Se declara primero que el gobierno de la iglesia por la predicación de la palabra no es una invención humana, sino una ordenanza santísima de Cristo. Los apóstoles no se designaron a sí mismos, sino que fueron escogidos por Cristo; y hoy los verdaderos pastores no se lanzan temerariamente por su propio juicio, sino que son levantados por el Señor. En suma, el gobierno de la iglesia por el ministerio de la palabra no es un invento de hombres, sino una designación hecha por el Hijo de Dios. Como ley suya inalterable, exige nuestro asentimiento. Quienes rechazan o desprecian este ministerio insultan a Cristo, su Autor, y se rebelan contra él. Es él mismo quien los constituyó; pues si él no los levanta, no habrá ninguno. Otra inferencia es que ningún hombre será apto ni estará capacitado para un oficio tan distinguido si no ha sido formado y moldeado por la mano del propio Cristo. A Cristo debemos que tengamos ministros del evangelio, que abunden en las cualidades necesarias, que cumplan el encargo que se les ha confiado. Todo, todo es don suyo.

A unos, apóstoles. Los diferentes nombres y oficios asignados a diferentes personas nacen de esa diversidad de los miembros que forma la integridad de todo el cuerpo, quedando así eliminado todo motivo de emulación, envidia y ambición. Si cada persona mostrara un carácter egoísta, se esforzara por eclipsar a su prójimo y no atendiera más asuntos que los suyos; o si las personas más eminentes fueran objeto de envidia para quienes ocupan un lugar más bajo, en todos y cada uno de estos casos los dones no se aplican a su debido uso. Les recuerda, por tanto, que los dones concedidos a cada uno no están destinados a retenerse para sus intereses personales y separados, sino a emplearse en beneficio de todos. De los oficios que aquí se enumeran hemos hablado ya con bastante extensión, y ahora no diremos más de lo que la exposición del pasaje parece requerir. Se mencionan cinco clases de oficiales, aunque sobre este punto, lo sé, hay diversidad de opiniones; pues algunos consideran que los dos últimos forman un solo oficio. Dejando a un lado las opiniones de otros, pasaré a exponer la mía.

Tomo la palabra apóstoles no en el sentido general que podría autorizar la derivación del término, sino en su significado propio, para aquellas personas sumamente favorecidas a quienes Cristo exaltó al más alto honor. Tales fueron los doce, a cuyo número se añadió después Pablo. Su oficio era difundir la doctrina del evangelio por todo el mundo, plantar iglesias y levantar el reino de Cristo. No tenían iglesias propias que se les hubieran encomendado; el mandato dado a todos ellos era predicar el evangelio dondequiera que fueran.

Después de ellos vienen los evangelistas, que estaban muy próximos por la naturaleza de su oficio, pero tenían un rango inferior. A esta clase pertenecían Timoteo y otros; pues aunque Pablo los menciona junto con él en los saludos de sus epístolas, no habla de ellos como compañeros suyos en el apostolado, sino que reclama este nombre como propio y peculiar. Los servicios en que el Señor los empleaba eran auxiliares de los de los apóstoles, a quienes seguían inmediatamente en rango.

A estas dos clases el apóstol añade los profetas. Con este nombre algunos entienden a aquellas personas que poseían el don de predecir acontecimientos futuros, entre las cuales estaba Agabo. (Hch 11:28; 21:10.) Pero yo, por mi parte, como el tema presente es la doctrina, preferiría definir la palabra profetas, como en una ocasión anterior, en el sentido de distinguidos intérpretes de profecías, que, por un notable don de revelación, las aplicaban a los asuntos que les tocaba tratar; sin excluir, con todo, el don de profecía, del que solía ir acompañada su enseñanza doctrinal.

Algunos suponen que pastores y maestros designan un solo oficio, porque el apóstol no dice, como en las otras partes del versículo, y a unos, pastores; y a otros, maestros; sino τοὺς δὲ, ποιμένας καὶ διδασκάλους, y a otros, pastores y maestros. Crisóstomo y Agustín son de esta opinión; sin mencionar los comentarios de Ambrosio, cuyas observaciones sobre el asunto son verdaderamente pueriles e indignas de él. Estoy en parte de acuerdo con ellos en que Pablo habla indistintamente de pastores y maestros como pertenecientes a una misma clase, y en que el nombre de maestro se aplica, hasta cierto punto, a todos los pastores. Pero esto no me parece razón suficiente para confundir dos oficios que encuentro distintos entre sí. Enseñar es, sin duda, el deber de todos los pastores; pero mantener la sana doctrina requiere aptitud para interpretar la Escritura, y un hombre puede ser maestro sin estar capacitado para predicar.

Pastores, en mi opinión, son quienes tienen a su cargo un rebaño particular; aunque no tengo inconveniente en que reciban también el nombre de maestros, siempre que se entienda que existe una clase distinta de maestros, que presiden tanto la formación de los pastores como la instrucción de toda la iglesia. Puede suceder a veces que una misma persona sea pastor y maestro, pero los deberes que han de cumplirse son enteramente diferentes.

Merece atención, además, que de los cinco oficios aquí enumerados no están destinados a ser perpetuos más que los dos últimos. Los apóstoles, evangelistas y profetas fueron dados a la iglesia solo por un tiempo limitado, salvo en aquellos casos en que la religión ha caído en decadencia y se levantan evangelistas de manera extraordinaria para restaurar la doctrina pura que se había perdido. Pero sin pastores y maestros no puede haber gobierno de la iglesia.

Los papistas tienen alguna razón para quejarse de que su primado, del que tanto se jactan, es abiertamente insultado en este pasaje. El tema en discusión es la unidad de la iglesia. Pablo investiga los medios por los que se asegura su continuidad y las expresiones externas por las que se promueve, y llega por fin al gobierno de la iglesia. Si conocía un primado con residencia fija, ¿no era su deber, para beneficio de toda la iglesia, presentar una cabeza ministerial puesta sobre todos los miembros, bajo cuyo gobierno seamos reunidos en un solo cuerpo? Debemos acusar a Pablo de una negligencia y una necedad inexcusables, por haber omitido el argumento más apropiado y poderoso, o reconocer que este primado está en desacuerdo con la institución de Cristo. En verdad, él lo rechaza claramente como carente de fundamento, cuando atribuye la superioridad a Cristo solo y presenta a los apóstoles y a todos los pastores como inferiores a él, ciertamente, pero asociados entre sí en un mismo nivel de igualdad. No hay pasaje de la Escritura por el que esa jerarquía tiránica, regida por una sola cabeza terrenal, sea derribada más por completo. A Pablo lo ha seguido Cipriano, que da una definición breve y clara de lo que constituye la única monarquía legítima en la iglesia. Hay, dice, un solo episcopado, que une las diversas partes en un todo. Este episcopado lo reclama para Cristo solo, dejando su administración a los individuos, pero en calidad de unidos, sin que a ninguno se le permita exaltarse por encima de los demás.

Efesios 4:12

12. Para la restauración de los santos. En esta versión sigo a Erasmo, no porque prefiera su parecer, sino para dar al lector la oportunidad de comparar su versión con la Vulgata y con la mía, y de escoger luego por sí mismo. La antigua traducción era (ad consummationem) para la consumación. La palabra griega que emplea Pablo es καταρτισμός, que significa literalmente la adaptación de cosas que poseen simetría y proporción; del mismo modo que en el cuerpo humano los miembros están unidos de manera debida y regular; de suerte que la palabra viene a significar perfección. Pero como Pablo quiso expresar aquí una disposición justa y ordenada, prefiero la palabra (constitutio) constitución u ordenamiento, tomándola en el sentido en que se dice que una república, un reino o una provincia está constituida cuando la confusión da paso a la administración regular de la ley.

Para la obra del ministerio. Dios podría haber realizado por sí mismo esta obra, si lo hubiera querido; pero la ha confiado al ministerio de los hombres. Esto pretende anticiparse a una objeción: «¿No puede la iglesia ser constituida y debidamente ordenada sin la intervención de los hombres?» Pablo afirma que se requiere un ministerio, porque tal es la voluntad de Dios.

Para la edificación del cuerpo de Cristo. Es lo mismo que antes llamó la constitución o perfeccionamiento de los santos. Nuestra verdadera integridad y perfección consisten en estar unidos en el único cuerpo de Cristo. No podría haberse empleado un lenguaje que recomendara más el ministerio de la palabra que atribuirle este efecto. ¿Qué hay más excelente que producir la verdadera y completa perfección de la iglesia? Y, sin embargo, el apóstol declara aquí que esta obra tan admirable y divina se cumple por el ministerio externo de la palabra. Que quienes descuidan este instrumento esperen llegar a ser perfectos en Cristo es pura locura. Tales son, por un lado, los fanáticos, que fingen estar favorecidos con revelaciones secretas del Espíritu, y, por otro, los hombres soberbios, que se imaginan que les basta la lectura privada de las Escrituras y que no tienen necesidad del ministerio ordinario de la iglesia.

Si la edificación de la iglesia procede de Cristo solo, él tiene sin duda derecho a prescribir de qué manera ha de ser edificada. Pero Pablo afirma expresamente que, conforme al mandato de Cristo, no se alcanza verdadera unión ni perfección sino por la predicación externa. Debemos permitir que hombres nos gobiernen y nos enseñen. Esta es la regla universal, que se extiende por igual a los más altos y a los más bajos. La iglesia es la madre común de todos los piadosos, que engendra, nutre y cría hijos para Dios, tanto a reyes como a campesinos; y esto se hace por el ministerio. Quienes descuidan o desprecian este orden pretenden ser más sabios que Cristo. ¡Ay de la soberbia de tales hombres! Es, sin duda, algo posible en sí mismo que la sola influencia divina nos perfeccione sin ayuda humana. Pero la cuestión presente no es qué puede lograr el poder de Dios, sino cuál es la voluntad de Dios y la institución de Cristo. Al emplear instrumentos humanos para llevar a cabo su salvación, Dios ha otorgado a los hombres un favor nada común. Ni puede hallarse ejercicio más adecuado para promover la unidad que reunirse en torno a la doctrina común, el estandarte de nuestro General.

Efesios 4:13

13. Hasta que todos lleguemos. Pablo ya había dicho que por el ministerio de los hombres la iglesia es regida y gobernada, de modo que alcance la más alta perfección. Pero ahora lleva más lejos su recomendación del ministerio. La necesidad que había alegado no se limita a un solo día, sino que continúa hasta el fin. O, para hablar con más claridad, recuerda a sus lectores que el uso del ministerio no es temporal, como el de una escuela para niños (παιδαγωγία, Gá 3:24), sino constante mientras permanezcamos en el mundo. Los entusiastas sueñan que el uso del ministerio cesa tan pronto como hemos sido llevados a Cristo. Los soberbios, que llevan su deseo de conocimiento más allá de lo debido, miran con desprecio la instrucción elemental de la infancia. Pero Pablo sostiene que debemos perseverar en este camino hasta que se suplan todas nuestras deficiencias; que debemos avanzar hasta la muerte bajo la enseñanza de Cristo solo; y que no debemos avergonzarnos de ser alumnos de la iglesia, a la cual Cristo ha encomendado nuestra educación.

A la unidad de la fe. Pero ¿no debería reinar entre nosotros la unidad de la fe desde el mismo comienzo? Reina, lo reconozco, entre los hijos de Dios, pero no tan perfectamente como para hacerlos llegar juntos. Tal es la debilidad de nuestra naturaleza que basta con que cada día acerque a unos a otros, y a todos más a Cristo. La expresión llegar juntos denota esa unión estrechísima a la que aún aspiramos y que nunca alcanzaremos hasta que se haya despojado este vestido de la carne, que va siempre acompañado de algunos restos de ignorancia y debilidad.

Y del conocimiento del Hijo de Dios. Esta cláusula parece añadida para explicar. La intención del apóstol era explicar cuál es la naturaleza de la verdadera fe y en qué consiste; es decir, cuando se conoce al Hijo de Dios. La fe debe mirar solo al Hijo de Dios; en él se apoya; en él descansa y termina. Si va más lejos, desaparecerá y ya no será fe, sino ilusión. Recordemos que la verdadera fe limita su mirada tan enteramente a Cristo que ni conoce ni desea conocer otra cosa.

A un varón perfecto. Esto debe leerse en conexión inmediata con lo anterior; como si dijera: «¿Cuál es la más alta perfección de los cristianos? ¿Cómo se alcanza esa perfección?» La plena madurez se halla en Cristo; pues los necios no buscan debidamente su perfección en Cristo. Debe mantenerse entre nosotros como principio fijo que todo lo que está fuera de Cristo es dañino y destructivo. Quien es hombre en Cristo es, en todo sentido, un hombre perfecto.

La EDAD de la plenitud significa edad plena o madura. No se hace mención de la vejez, porque en el progreso cristiano no se le encuentra lugar. Todo lo que envejece tiende a decaer; pero el vigor de esta vida espiritual avanza continuamente.

Efesios 4:14

14. Para que ya no seamos niños. Tras hablar de aquella perfecta madurez hacia la cual avanzamos durante todo el curso de nuestra vida, nos recuerda que, durante ese progreso, no debemos parecernos a niños. Se señala así un período intermedio entre la niñez y la edad adulta. «Niños» son los que aún no han avanzado un paso en el camino del Señor, sino que todavía vacilan, que no han determinado aún qué camino deben escoger, sino que se mueven unas veces en una dirección y otras en otra, siempre dudosos, siempre inseguros. Los que, en cambio, están cabalmente fundados en la doctrina de Cristo, aunque todavía no son perfectos, tienen sabiduría y vigor suficientes para escoger bien y proseguir con firmeza por el camino recto. Así vemos que la vida de los creyentes, marcada por un deseo constante y un progreso hacia aquellas metas que finalmente alcanzarán, se asemeja a la juventud. En ningún momento de esta vida somos varones plenos. Pero que tal afirmación no se lleve al otro extremo, como si no hubiera progreso más allá de la niñez. Después de haber nacido para Cristo, debemos crecer, de modo que no seamos «niños en el modo de pensar». (1 Co 14:20.) De aquí se ve qué clase de cristianismo debe de ser el sistema papista, cuando sus pastores se esfuerzan con todo su poder por mantener al pueblo en absoluta infancia.

Fluctuantes, llevados por doquiera. La angustiosa vacilación de quienes no confían absolutamente en la palabra del Señor se ilustra con dos metáforas notables. La primera está tomada de las naves pequeñas, expuestas al furor de las olas en alta mar, que no llevan rumbo fijo, guiadas ni por la destreza ni por el designio, sino arrastradas por la violencia de la tempestad. La segunda está tomada de las pajas u otras cosas ligeras, que son llevadas de aquí para allá según las empuja el viento, y a menudo en direcciones opuestas. Tal debe ser el carácter cambiante e inestable de todos los que no descansan sobre el fundamento de la verdad eterna de Dios. Es su justo castigo por mirar no a Dios, sino a los hombres. Pablo declara, en cambio, que la fe, que descansa en la palabra de Dios, permanece inconmovible frente a todos los ataques de Satanás.

De todo viento de doctrina. Con una hermosa metáfora, todas las doctrinas de los hombres, por las que somos apartados de la sencillez del evangelio, se llaman vientos. Dios nos dio su palabra, por la cual habríamos podido ponernos fuera de toda posibilidad de ser movidos; pero, cediendo a las artimañas de los hombres, somos llevados en todas direcciones.

Por estratagema de hombres. Siempre habrá impostores que hagan ataques insidiosos contra nuestra fe; pero si estamos fortificados por la verdad de Dios, sus esfuerzos serán vanos. Ambas partes de esta afirmación merecen nuestra cuidadosa atención. Cuando surgen nuevas sectas o doctrinas perversas, muchas personas se alarman. Pero los intentos de Satanás por oscurecer con sus mentiras la pura doctrina de Cristo no se interrumpen en ningún momento; y es voluntad de Dios que estas luchas sean la prueba de nuestra fe. Cuando se nos informa, por otra parte, que la mejor y más pronta defensa contra toda clase de error es presentar aquella doctrina que hemos aprendido de Cristo y de sus apóstoles, esto es ciertamente un consuelo nada común.

¡De qué espantosa maldad son culpables, pues, los papistas, que quitan a la palabra de Dios toda certeza y sostienen que no hay firmeza de fe sino la que depende de la autoridad de los hombres! Si alguien tiene alguna duda, es en vano decirle que consulte la palabra de Dios: debe atenerse a sus decretos. Pero nosotros hemos abrazado la ley, los profetas y el evangelio. Esperemos, pues, con confianza que recogeremos la ventaja que aquí se promete: que todas las imposturas de los hombres no nos harán daño. Nos atacarán, en verdad, pero no prevalecerán. Tenemos derecho, lo reconozco, a esperar de la iglesia la dispensación de la sana doctrina, porque Dios se la ha encomendado; pero cuando los papistas se valen del disfraz de la iglesia para sepultar la doctrina, dan suficiente prueba de que tienen una sinagoga diabólica.

La palabra griega κυβεία, que he traducido astucia, está tomada de los jugadores de dados, que acostumbran practicar muchas artes de engaño. Las palabras ἐν πανουργίᾳ, con astucia, dan a entender que los ministros de Satanás son sumamente expertos en la impostura; y se añade que están al acecho para atrapar (πρὸς τὴν μεθοδείαν τὢς πλάνης). Todo esto debe despertar y aguzar nuestras mentes para aprovechar la palabra de Dios. Si lo descuidamos, podemos caer en las trampas de nuestros enemigos y sufrir el severo castigo de nuestra pereza.

Efesios 4:15-16

15. sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,

15. Veritatem autem sectantes in charitate, crescamus in eum per omnia, qui est caput, nempe Christum;

16. de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.

16. Ex quo totum corpus compositum et compactum per omnem juncturam subministrationis, secundum efficaciam in mensura uniuscujusque partis, incrementum corporis facit in aedificationem sui, in charitate.

Efesios 4:15

15. Sino que siguiendo la verdad. Habiendo dicho ya que no debemos ser niños, faltos de razón y de juicio, ahora nos manda crecer en la verdad. Aunque no hayamos llegado a la edad adulta, debemos al menos, como ya hemos dicho, ser niños adelantados. La verdad de Dios debe aferrarnos con tanta firmeza que todas las artimañas y ataques de Satanás no nos aparten de nuestro camino; y, sin embargo, como hasta ahora no hemos alcanzado la fuerza plena y completa, debemos progresar hasta la muerte.

Señala el propósito de este progreso: que Cristo sea la cabeza, «para que en todo tenga la preeminencia» (Col 1:18), y que solo en él crezcamos en vigor o en estatura. Vemos de nuevo que nadie queda exceptuado; a todos se les manda someterse y ocupar su propio lugar en el cuerpo.

¿Qué aspecto presenta entonces el papado, sino el de una persona torcida y deforme? ¿No queda destruida toda la simetría de la iglesia cuando un hombre, obrando en oposición a la cabeza, se niega a ser contado como uno de los miembros? Los papistas lo niegan, y alegan que el papa no es más que una cabeza ministerial. Pero tales sutilezas no les sirven de nada. Debe reconocerse que la tiranía de su ídolo es del todo incompatible con el orden que Pablo aquí recomienda. En una palabra, una condición saludable de la iglesia exige que Cristo solo «crezca» y que todos los demás «disminuyan». (Jn 3:30.) Cualquier crecimiento que obtengamos debe regularse de tal manera que permanezcamos en nuestro propio lugar y contribuyamos a exaltar la cabeza.

Cuando nos manda atender a la verdad en amor, emplea la preposición en (ἐν), como la preposición hebrea ב (beth), en el sentido de con: siguiendo la verdad con amor. Si cada individuo, en lugar de atender exclusivamente a sus propios asuntos, desea el trato mutuo, habrá un progreso agradable y general. Tal, nos asegura el apóstol, debe ser la naturaleza de esta armonía: que no se permita a los hombres olvidar las exigencias de la verdad ni, desatendiéndolas, forjar un acuerdo según sus propios criterios. Esto prueba la maldad de los papistas, que dejan a un lado la palabra de Dios y se esfuerzan por forzar nuestra aceptación de sus decisiones.

Efesios 4:16

16. De quien todo el cuerpo. Todo nuestro crecimiento debe tender a exaltar más la gloria de Cristo. Esto se prueba ahora con la mejor razón posible. Es él quien suple todas nuestras necesidades, y sin cuya protección no podemos estar seguros. Como la raíz comunica la savia a todo el árbol, así todo el vigor que poseemos debe fluir hacia nosotros desde Cristo. Hay aquí tres cosas que merecen nuestra atención. La primera es lo que se acaba de decir: toda la vida o salud que se difunde por los miembros fluye de la cabeza, de modo que los miembros ocupan un rango subordinado. La segunda es que, por la distribución hecha, la porción limitada de cada uno hace absolutamente necesaria la comunicación entre todos los miembros. La tercera es que, sin amor mutuo, no puede mantenerse la salud del cuerpo. A través de los miembros, como por canales, se transmite desde la cabeza todo lo necesario para el alimento del cuerpo. Mientras se mantiene esta conexión, el cuerpo está vivo y sano. Cada miembro, además, tiene su propia porción, según la actividad propia de cada miembro.

Por último, muestra que la iglesia es edificada por el amor: para ir edificándose en amor. Esto significa que ningún crecimiento es provechoso si no guarda justa proporción con todo el cuerpo. Se equivoca quien desea su propio crecimiento separado. Si una pierna o un brazo creciera hasta un tamaño prodigioso, o la boca se abriera más de la cuenta, ¿acaso el agrandamiento desmedido de esas partes sería otra cosa que perjudicial para todo el organismo? De igual modo, si queremos ser considerados miembros de Cristo, que nadie sea algo para sí mismo, sino que seamos todos lo que somos para el beneficio de los demás. Esto se cumple por el amor; y donde este no reina, no hay «edificación», sino una absoluta dispersión de la iglesia.

Efesios 4:17-19

17. Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente,

17. Hoc ergo dico et testificor in Domino, ne ambuletis amplius, quemadmodum et gentes reliquae ambulant,

18. teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón;

18. In vanitate mentis suae, excaecatae in intelligentia, alienatae a vita Dei propter ignorantiam, quae in illis est, propter caecitatem cordis earum;

19. los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza.

19. Quae postquam dolore tangi desierunt, seipsas tradiderunt lasciviae, ad perpetrandam omnem immunditiam cum aviditate.

Efesios 4:17

17. Esto, pues, digo. Se ha considerado ya el gobierno que Cristo ha establecido para la edificación de su iglesia. Ahora investiga qué frutos debe rendir la doctrina del evangelio en la vida de los cristianos; o, si se prefiere, empieza a explicar minuciosamente la naturaleza de esa edificación que debe seguir a la doctrina.

Que ya no andéis en la vanidad. Primero los exhorta a renunciar a la vanidad de los incrédulos, argumentando desde su incompatibilidad con lo que ahora conocen. Que quienes han sido enseñados en la escuela de Cristo e iluminados por la doctrina de la salvación sigan la vanidad y no se diferencien en nada de aquellas naciones incrédulas y ciegas sobre las que nunca ha brillado luz de verdad, sería singularmente necio. Con este fundamento los llama muy acertadamente a demostrar con su vida que han obtenido algún provecho al hacerse discípulos de Cristo. Para dar mayor seriedad a su exhortación, les ruega en el nombre de Dios: esto digo y requiero en el Señor, recordándoles que, si desprecian esta instrucción, un día tendrán que dar cuenta.

Como los otros gentiles. Se refiere a los que aún no se habían convertido a Cristo. Pero, al mismo tiempo, recuerda a los efesios cuán necesario era que se arrepintieran, pues por naturaleza se parecían a hombres perdidos y condenados. La condición miserable y espantosa de las demás naciones se presenta como motivo para un cambio de disposición. Afirma que los creyentes difieren de los incrédulos; y señala, como veremos, las causas de esta diferencia. Respecto de los últimos, acusa a su mente de vanidad; y recordemos que habla en general de todos los que no han sido renovados por el Espíritu de Cristo.

En la vanidad de su mente. Ahora bien, la mente ocupa el más alto rango en la constitución humana, es la sede de la razón, preside la voluntad y refrena los deseos pecaminosos; tanto que nuestros teólogos de la Sorbona suelen llamarla la Reina. Pero Pablo hace que la mente no consista en otra cosa que en vanidad; y, como si no hubiera expresado con suficiente fuerza su sentido, no da mejor título a su hija, el entendimiento. Tal es mi interpretación de la palabra διανοία; pues, aunque significa el pensamiento, como está en singular se refiere a la facultad de pensar. Platón, hacia el final de su libro sexto de la República, asigna a διανοία un lugar intermedio entre νόησις y πίστις, pero sus observaciones se limitan tan enteramente a temas geométricos que no admiten aplicación a este pasaje. Habiendo afirmado antes que los hombres nada ven, Pablo añade ahora que son ciegos en el razonamiento, aun en los asuntos más importantes.

Vayan ahora los hombres y enorgullézcanse del libre albedrío, cuya guía está aquí marcada con tan profunda deshonra. Pero se nos dirá que la experiencia está abiertamente en desacuerdo con esta opinión; pues los hombres no son tan ciegos como para ser incapaces de ver nada, ni tan vanos como para ser incapaces de formar juicio alguno. Respondo que, con respecto al reino de Dios y a todo lo que se refiere a la vida espiritual, la luz de la razón humana difiere poco de las tinieblas; pues, antes de haber señalado el camino, se extingue; y su capacidad de percepción es poco más que ceguera, porque antes de haber llegado al fruto, ya se ha ido. Los verdaderos principios que posee la mente humana se parecen a chispas; pero estas son sofocadas por la depravación de nuestra naturaleza antes de haber sido aplicadas a su debido uso. Todos los hombres saben, por ejemplo, que hay un Dios y que es nuestro deber adorarlo; pero tal es el poder del pecado y de la ignorancia que de este conocimiento confuso pasamos de golpe a un ídolo, y lo adoramos en lugar de Dios. E incluso en el culto a Dios conduce a grandes errores, particularmente en la primera tabla de la ley.

En cuanto a la segunda objeción, nuestro juicio concuerda ciertamente con la ley de Dios respecto de las meras acciones externas; pero el deseo pecaminoso, que es la fuente de todo mal, escapa a nuestra atención. Además, Pablo no habla solamente de la ceguera natural que trajimos con nosotros desde el vientre, sino que se refiere también a una ceguera aún más grosera, con la que, como veremos después, Dios castiga transgresiones anteriores. Concluimos observando que la razón y el entendimiento que los hombres poseen por naturaleza los dejan sin excusa ante Dios; pero, mientras se permitan vivir según su disposición natural, solo pueden errar, caer y tropezar en sus propósitos y acciones. De aquí se ve en qué estima y valor debe aparecer ante Dios el falso culto, cuando procede del abismo de la vanidad y del laberinto de la ignorancia.

Efesios 4:18

18. Ajenos de la vida de Dios. La vida de Dios puede significar lo que se considera vida a los ojos de Dios, como en aquel pasaje:

«Porque amaron más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (Jn 12:43),

o bien aquella vida que Dios otorga a sus elegidos por el Espíritu de regeneración. En ambos casos el sentido es el mismo. Nuestra vida ordinaria, como hombres, no es más que una imagen vacía de vida, no solo porque pasa rápidamente, sino también porque, mientras vivimos, nuestras almas, al no mantenerse unidas a Dios, están muertas. Hay tres clases de vida en este mundo. La primera es la vida animal, que consiste solo en movimiento y sentidos corporales, y que tenemos en común con los brutos; la segunda es la vida humana, que tenemos como hijos de Adán; y la tercera es aquella vida sobrenatural que solo los creyentes obtienen. Y todas ellas proceden de Dios, de modo que cada una puede llamarse la vida de Dios. En cuanto a la primera, Pablo, en su discurso en Atenas, dice (Hch 17:28): «Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos»; y el salmista dice:

«Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra.» (Sal 104:30.)

De la segunda dice Job:

«Vida y misericordia me concediste, y tu cuidado guardó mi espíritu.» (Job 10:12.)

Pero la regeneración de los creyentes se llama aquí, por excelencia, la vida de Dios, porque entonces Dios vive verdaderamente en nosotros, y disfrutamos de su vida, cuando nos gobierna por su Espíritu. De esta vida Pablo declara destituidos a todos los hombres que no son nuevas criaturas en Cristo. Mientras permanezcamos, pues, en la carne, es decir, en nosotros mismos, ¡cuán miserable debe ser nuestra condición! Podemos ahora formarnos un juicio de todas las virtudes morales, como se las llama; pues ¿qué clase de acciones producirá aquella vida que, afirma Pablo, no es la vida de Dios? Antes de que pueda comenzar a proceder de nosotros algo bueno, debemos ser primero renovados por la gracia de Cristo. Este será el comienzo de una vida verdadera y, como se dice, vital.

Por la ignorancia que en ellos hay. Debemos atender a la razón que aquí se da; pues, así como el conocimiento de Dios es la verdadera vida del alma, así, por el contrario, la ignorancia es su muerte. Y para que no adoptemos la opinión de los filósofos de que la ignorancia, que nos lleva a equivocarnos, es solo un mal accidental, Pablo muestra que tiene su raíz en la ceguera de su corazón, con lo cual da a entender que reside en su misma naturaleza. La primera ceguera, por tanto, que cubre las mentes de los hombres es el castigo del pecado original; porque Adán, después de su rebelión, fue privado de la verdadera luz de Dios, en cuya ausencia no hay sino espantosas tinieblas.

Efesios 4:19

19. Los cuales, después que perdieron toda sensibilidad. A la descripción que se había dado de la depravación natural sigue la de el peor de todos los males, acarreado sobre los hombres por su propia conducta pecaminosa. Habiendo destruido las sensibilidades del corazón y adormecido los aguijones del remordimiento, se abandonan a toda clase de iniquidad. Somos por naturaleza corruptos y propensos al mal; más aún, estamos enteramente inclinados al mal. Los que están destituidos del Espíritu de Cristo dan rienda suelta a la complacencia de sí mismos, hasta que nuevas ofensas, engendrando otras en sucesión constante, atraen sobre ellos la ira de Dios. La voz de Dios, proclamada por una conciencia acusadora, sigue oyéndose todavía; pero, en lugar de producir sus debidos efectos, parece más bien endurecerlos contra toda amonestación. A causa de tal obstinación, merecen ser abandonados del todo por Dios.

El síntoma habitual de haber sido así abandonados es la insensibilidad al dolor que aquí se describe: habiendo perdido toda sensibilidad. Sin conmoverse ante el juicio inminente de Dios, a quien ofenden, siguen tranquilos y se entregan sin temor y sin freno a los placeres del pecado. No sienten vergüenza, no guardan miramiento alguno por su reputación. El roer de una conciencia culpable, atormentada por el temor del juicio divino, puede compararse al pórtico del infierno; pero una seguridad tan endurecida como esta es un torbellino que traga y destruye. Como dice Salomón:

«Cuando viene el impío, viene también el menosprecio.» (Pr 18:3.)

Con toda propiedad, pues, presenta Pablo aquel espantoso ejemplo de la venganza divina, en el cual hombres abandonados por Dios, habiendo adormecido la conciencia y destruido todo temor del juicio divino, en una palabra, habiendo perdido toda sensibilidad, se entregan con violencia brutal a toda maldad. Esto no ocurre universalmente. Muchos, incluso de los reprobados, son refrenados por Dios, cuya infinita bondad impide la confusión absoluta en que el mundo se vería envuelto de otro modo. La consecuencia es que tal lujuria manifiesta, tal intemperancia desenfrenada, no aparece en todos. Basta con que las vidas de algunos presenten tal espejo, apto para despertar nuestra alarma por si algo semejante nos llegara a suceder a nosotros.

Lascivia (ἀσελγείᾳ) me parece designar aquella disolución con que la carne se entrega a la intemperancia y al libertinaje, cuando no la refrena el Espíritu de Dios. Impureza se pone por las enormidades escandalosas de toda descripción. Se añade: con avidez. La palabra griega πλεονεξία, que así se traduce, significa a menudo codicia (Lc 12:15; 2 P 2:14), y así la explican algunos en este pasaje; pero no puedo adoptar ese parecer. Siendo insaciables los deseos depravados y perversos, Pablo los representa acompañados y seguidos por la avidez, que es lo contrario de la moderación.

Efesios 4:20-24

20. Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo,

20. Vos autem non ita didicistis Christum;

21. si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús.

21. Si quidem ipsum audistis, et in ipso estis edocti, quemadmodum est veritas in Iesu;

22. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,

22. Ut deponatis, secundum pristinam conversationem, Veterem hominem, qui corrumpitur secundum concupiscentias erroris;

23. y renovaos en el espíritu de vuestra mente,

23. Renovemini autem spiritu mentis vestrae,

24. y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.

24. Et induatis Novum hominem, qui secundum Deum creatus est, in justitia et sanctitate veritatis.

Efesios 4:20

20. Mas vosotros no. Establece ahora un contraste con la vida cristiana, para dejar en evidencia cuán absolutamente incompatible es con el carácter de un hombre piadoso contaminarse sin cuidado con las abominaciones de los gentiles. Porque los gentiles andan en tinieblas, no distinguen entre lo recto y lo malo; pero aquellos sobre quienes brilla la verdad de Dios deben vivir de manera diferente. Que quienes tienen por regla de vida la vanidad de los sentidos se entreguen a bajas pasiones no es de sorprender; pero la doctrina de Cristo nos enseña a renunciar a nuestras disposiciones naturales. Quien no difiere en su vida de los incrédulos nada ha aprendido de Cristo; pues el conocimiento de Cristo no puede separarse de la mortificación de la carne.

Efesios 4:21

21. Si le habéis oído. Para excitar más su atención y su seriedad, no solo les dice que habían oído a Cristo, sino que emplea una expresión todavía más fuerte, habéis sido enseñados en él, como si dijera que esta doctrina no les había sido señalada a la ligera, sino fielmente transmitida y explicada.

Conforme a la verdad que está en Jesús. Esto contiene una reprensión de aquel conocimiento superficial del evangelio, del que se envanecen muchos que desconocen por completo la novedad de vida. Piensan que son sumamente sabios, pero el apóstol declara que es una opinión falsa y equivocada. Hay un doble conocimiento de Cristo: uno, que es verdadero y genuino, y otro, que es falso y espurio. No es que, hablando con propiedad, haya dos clases; pero la mayoría de los hombres se imaginan falsamente que conocen a Cristo, cuando no conocen sino lo que es carnal. En otra epístola dice:

«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es.» (2 Co 5:17.)

Así también aquí afirma que cualquier conocimiento de Cristo que no vaya acompañado de la mortificación de la carne no es verdadero ni sincero.

Efesios 4:22

22. En cuanto a que os despojéis. Exige de un hombre cristiano el arrepentimiento, o vida nueva, que hace consistir en la abnegación y en la regeneración del Espíritu Santo. Comenzando por lo primero, nos manda dejar a un lado, o despojarnos del viejo hombre, empleando la metáfora de los vestidos, que ya hemos tenido ocasión de explicar. El viejo hombre, como hemos dicho repetidamente al exponer el capítulo 6 de la epístola a los Romanos y otros pasajes donde aparece, significa la disposición natural que traemos con nosotros desde el vientre de nuestra madre. En dos personas, Adán y Cristo, nos describe lo que puede llamarse dos naturalezas. Como primero nacemos de Adán, la depravación de la naturaleza que derivamos de él se llama el hombre viejo; y como nacemos de nuevo en Cristo, la enmienda de esta naturaleza pecaminosa se llama el hombre nuevo. En una palabra, quien desea despojarse del viejo hombre debe renunciar a su naturaleza. Suponer que las palabras viejo y nuevo contienen una alusión al Antiguo y al Nuevo Testamento es sumamente poco filosófico.

En cuanto a la pasada manera de vivir. Para hacer más evidente que esta exhortación a los efesios no era innecesaria, les recuerda su vida anterior. «Antes de que Cristo se revelara a vuestras mentes, el viejo hombre reinaba en vosotros; y por tanto, si deseáis dejarlo a un lado, debéis renunciar a vuestra vida anterior.» Que está viciado. Describe al viejo hombre por sus frutos, es decir, por los deseos perversos que atraen a los hombres a la perdición; pues la palabra viciado alude a la vejez, que está estrechamente emparentada con la corrupción. Guardémonos de considerar que los deseos engañosos significan, como hacen los papistas, nada más que los deseos groseros y visibles, que generalmente se reconocen como bajos. La palabra incluye también aquellas disposiciones que, en lugar de ser censuradas, son a veces aplaudidas, tales como la ambición, la astucia y todo lo que procede del amor propio o de la falta de confianza en Dios.

Efesios 4:23

23. Y renovaos. La segunda parte de la regla para una vida piadosa y santa es vivir no en nuestro propio espíritu, sino en el Espíritu de Cristo. Pero ¿qué significa el espíritu de vuestra mente? Entiendo que significa simplemente: Renovaos no solo en cuanto a los apetitos o deseos inferiores, que son manifiestamente pecaminosos, sino también en cuanto a aquella parte del alma que se considera la más noble y excelente. Y aquí presenta de nuevo a aquella Reina que los filósofos suelen casi adorar. Hay un contraste implícito entre el espíritu de nuestra mente y el Espíritu divino y celestial, que produce en nosotros otra mente, una mente nueva. Cuánto hay en nosotros de sano o incorrupto puede deducirse fácilmente de este pasaje, que nos manda corregir principalmente la razón o mente, en la cual tendemos a imaginar que no hay sino lo que es virtuoso y digno de elogio.

Efesios 4:24

24. Y vestíos del nuevo hombre. Todo lo que quiere decir es: «Renovaos en el espíritu, o renovaos interiormente o por completo, comenzando por la mente, que parece la parte más libre de toda mancha de pecado.» Lo que se añade acerca de la creación puede referirse a la primera creación del hombre o a la segunda creación, que se efectúa por la gracia de Cristo. Ambas exposiciones serán verdaderas. Adán fue creado al principio a imagen de Dios, y reflejaba, como en un espejo, la justicia divina; pero esa imagen, desfigurada por el pecado, debe ahora ser restaurada en Cristo. La regeneración de los piadosos no es, en verdad, como hemos explicado antes, otra cosa que la formación de nuevo de la imagen de Dios en ellos. Hay, sin duda, una manifestación mucho más rica y poderosa de la gracia divina en esta segunda creación que en la primera; pero nuestra más alta perfección se presenta uniformemente en la Escritura como consistente en nuestra conformidad y semejanza con Dios. Adán perdió la imagen que había recibido originalmente, y por eso es necesario que nos sea restaurada por Cristo. El propósito que persigue la regeneración es hacernos volver de nuestros extravíos a aquel fin para el cual fuimos creados.

En la justicia. Si se toma justicia como término general para la rectitud, santidad será algo más elevado, o aquella pureza que consiste en estar dedicado al servicio de Dios. Me inclino más bien a considerar que santidad se refiere a la primera tabla de la ley, y justicia a la segunda, como en el cántico de Zacarías:

«Que sin temor, librados de nuestros enemigos, le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días.» (Lc 1:74, 75.)

Platón establece correctamente la distinción de que la santidad (ὁσιότης) está en el culto a Dios, y que la otra parte, la justicia (δικαιοσύνη), se refiere a los hombres. El genitivo de la verdad (τὢς αληθείας) está puesto en lugar de un adjetivo y se refiere a ambos términos; de modo que, aunque literalmente dice en justicia y santidad de la verdad, el sentido es en verdadera justicia y santidad. Nos advierte que ambas deben ser sinceras, porque tenemos que tratar con Dios, a quien es imposible engañar.

Efesios 4:25-28

25. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.

25. Quare, deposito mendacio, loquimini veritatem unusquisque cum proximo suo; quia sumus vicissim inter nos membra.

26. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo,

26. Irascimini, et ne peccetis. (Salmo 4:5.) Sol non occidat super iracundiam vestram:

27. ni deis lugar al diablo.

27. Et ne detis locum diabolo.

28. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.

28. Qui furabatur, jam non furetur; magis autem laboret, operando quod bonum est manibus, ut habeat quod eroget opus habenti.

Efesios 4:25

25. Por lo cual, desechando la mentira. De este punto de doctrina, es decir, de la justicia del nuevo hombre, fluyen todas las exhortaciones piadosas, como arroyos de una fuente; pues, aunque se reunieran todos los preceptos relativos a la vida, sin este principio tendrían poco valor. Los filósofos siguen un método diferente; pero, en la doctrina de la piedad, no hay otro camino que este para regular la vida. Ahora, pues, pasa a establecer exhortaciones particulares, derivadas de la doctrina general. Habiendo concluido de la verdad del evangelio que la justicia y la santidad deben ser verdaderas, argumenta ahora desde la afirmación general hasta un caso particular: que cada uno hable verdad con su prójimo. Mentira se pone aquí por toda clase de engaño, hipocresía o astucia; y verdad, por el trato honesto. Exige que toda clase de comunicación entre ellos sea sincera; y lo refuerza con esta consideración: porque somos miembros los unos de los otros. Que los miembros no concuerden entre sí, que obren con engaño unos hacia otros, es una maldad monstruosa.

Efesios 4:26

26. Airaos, pero no pequéis. Si el apóstol tenía en vista una parte del Salmo 4 o no, es incierto. Las palabras que usa (᾿Οργίζεσθε καὶ υὴ ἁμαρτάνετε) se encuentran en la traducción griega, aunque algunos consideran que la palabra ὀργίζεσθε, que se traduce airaos, significa temblad. El verbo hebreo רגז (ragaz) significa ya ser agitado por la ira, ya temblar. En cuanto al pasaje del Salmo, la idea de temblar será muy apropiada: «No escojáis parecer a los insensatos, que se lanzan sin temor en cualquier dirección, sino que el temor de ser tenidos por temerarios os mantenga en reverencia.» La palabra significa a veces contender o reñir, como en aquel caso (Gn 45:24): «No riñáis por el camino»; y en consecuencia el salmista añade: «Meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad», es decir, absteneos de enfrentamientos furiosos.

En mi opinión, Pablo solo alude al pasaje con el siguiente propósito. Hay tres faltas por las que ofendemos a Dios al airarnos. La primera es cuando nuestra ira nace de causas leves, y a menudo de ninguna causa, o al menos de injurias u ofensas privadas. La segunda es cuando sobrepasamos los debidos límites y nos vemos arrastrados a excesos desmedidos. La tercera es cuando nuestra ira, que debería haberse dirigido contra nosotros mismos o contra los pecados, se vuelve contra nuestros hermanos. Con toda propiedad, por tanto, Pablo, al querer describir la debida limitación de la ira, empleó el conocido pasaje: Airaos, pero no pequéis. Cumplimos este mandato si los objetos de nuestra ira se buscan no en otros, sino en nosotros mismos, si derramamos nuestra indignación contra nuestras propias faltas. Respecto de los demás, debemos airarnos no contra sus personas, sino contra sus faltas; ni debemos ser movidos a ira por ofensas privadas, sino por celo por la gloria del Señor. Por último, nuestra ira, pasado un tiempo razonable, debe dejarse que se apacigüe, sin mezclarse con la violencia de las pasiones carnales.

No se ponga el sol. Sin embargo, es casi imposible que no cedamos alguna vez a una pasión impropia y pecaminosa, tan fuerte es la tendencia de la mente humana hacia lo malo. Pablo sugiere, por tanto, un segundo remedio: que reprimamos pronto nuestra ira y no permitamos que cobre fuerza con el tiempo. El primer remedio era: Airaos, pero no pequéis; pero, como la gran debilidad de la naturaleza humana hace esto sumamente difícil, el siguiente es no alimentar demasiado tiempo la ira en nuestras mentes ni darle tiempo suficiente para hacerse fuerte. Por eso manda: no se ponga el sol sobre vuestro enojo. Si alguna vez nos ocurre airarnos, procuremos apaciguarnos antes de que el sol se haya puesto.

Efesios 4:27

27. Ni deis lugar (τῷ διαβόλῳ) al diablo. Conozco la interpretación que algunos dan a este pasaje. Erasmo, que lo traduce «ni deis lugar al Calumniador» (calumniatori), muestra claramente que lo entendió como referido a hombres malintencionados. Pero no tengo duda de que la intención de Pablo era guardarnos de permitir que Satanás tome posesión de nuestras mentes y, manteniendo en sus manos esta ciudadela, haga lo que quiera. Sentimos cada día cuán imposible, o al menos cuán difícil, es curar un odio prolongado. ¿Cuál es la causa de esto, sino que, en lugar de resistir al diablo, le cedemos la posesión de nuestro corazón? Antes de que el veneno del odio haya hallado camino hasta el corazón, la ira debe ser completamente desalojada.

Efesios 4:28

28. El que hurtaba, no hurte más. Esto incluye no solo los hurtos más groseros que son castigados por las leyes humanas, sino los de naturaleza más encubierta, que no caen bajo el conocimiento de los hombres: toda clase de despojo por el que nos apoderamos de los bienes ajenos. Pero no se limita a prohibirnos tomar esos bienes de manera injusta o ilegítima. Nos manda ayudar a nuestros hermanos hasta donde esté en nuestro poder.

Para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. «Tú, que antes hurtabas, no solo debes obtener tu sustento por un trabajo lícito e inofensivo, sino que debes dar ayuda a otros.» Se le exige primero trabajar, haciendo con sus manos, para que no provea a sus necesidades a expensas de sus hermanos, sino que sostenga la vida con un trabajo honroso. Pero el amor que debemos a nuestro prójimo nos lleva mucho más lejos. Nadie debe vivir para sí solo y descuidar a los demás. Todos deben trabajar para suplir las necesidades unos de otros.

Pero surge una pregunta: ¿obliga Pablo a todos los hombres a trabajar con sus manos? Esto sería sumamente duro. Respondo que el sentido es claro, si se considera debidamente. A todo hombre se le prohíbe hurtar. Pero muchos acostumbran alegar necesidad, y esa excusa se previene mandándoles trabajar más bien (μᾶλλον δε κοπιάτω) con sus manos. Como si dijera: «Ninguna condición, por dura o desagradable que sea, puede dar derecho a nadie a hacer daño a otro, ni siquiera a abstenerse de contribuir a las necesidades de sus hermanos.»

Lo que es bueno. Esta última cláusula, que contiene un argumento de lo mayor a lo menor, añade no poca fuerza a la exhortación. Como hay muchas ocupaciones que poco contribuyen a los goces lícitos de los hombres, les recomienda escoger aquellos empleos que rinden mayor provecho a sus prójimos. No debemos extrañarnos de esto. Si aquellos oficios que no pueden tener otro efecto que conducir a los hombres a la inmoralidad eran denunciados como sumamente deshonrosos por los paganos, entre ellos Cicerón, ¿los contaría un apóstol de Cristo entre las vocaciones lícitas de Dios?

Efesios 4:29-31

29. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la edificación, según la necesidad del momento, a fin de dar gracia a los oyentes.

29. Omnis sermo spurcus ex ore vestro non procedat; sed si quis est bonus ad edificationem usus, ut det gratiam audientibus.

30. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

30. Et ne contristetis Spiritum Sanctum Dei, quo obsignati estis in diem redemptionis.

31. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.

31. Omnis amarulentia, et indignatio, et ira, et clamor, et maledicentia, removeatur a vobis cum omni malitia.

Efesios 4:29

29. Ninguna palabra corrompida. Prohíbe primero a los creyentes usar cualquier lenguaje obsceno, incluyendo bajo este nombre todas aquellas expresiones que suelen emplearse para inflamar la lujuria. No satisfecho con la eliminación del vicio, les manda orientar su conversación a la edificación. En otra epístola dice: «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal.» (Col 4:6.) Aquí se emplea una frase distinta: si alguna (palabra) es buena para la edificación según la necesidad, que significa simplemente: si es útil. El genitivo, de la necesidad, puede sin duda considerarse, según el modismo hebreo, puesto en lugar de un adjetivo, de modo que para la edificación de la necesidad (πρὸς οἰκοδομὴν τὢς χρείας) pueda significar para una edificación útil; pero cuando considero con cuánta frecuencia, y en cuán amplio sentido, aparece la metáfora de la edificación en los escritos de Pablo, prefiero la primera exposición. La edificación de la necesidad significará así el progreso de nuestra edificación, pues edificar es llevar adelante. Para explicar de qué manera esto se hace, añade: a fin de dar gracia a los oyentes, entendiendo por la palabra gracia el consuelo, el consejo y todo lo que ayuda a la salvación del alma.

Efesios 4:30

30. Y no contristéis. Como el Espíritu Santo habita en nosotros, a él deben estar dedicadas todas las partes de nuestra alma y de nuestro cuerpo. Pero si nos entregamos a algo impuro, puede decirse que lo echamos de hacer su morada con nosotros; y, para expresar esto de manera aún más familiar, se atribuyen al Espíritu Santo afectos humanos, como la alegría y el pesar. Procura que el Espíritu Santo habite alegremente contigo, como en una morada agradable y gozosa, y no le des ocasión de pesar. Algunos lo entienden de otro modo: que contristamos al Espíritu Santo en otros cuando ofendemos, con lenguaje obsceno o de cualquier otra manera, a los hermanos piadosos, que son guiados por el Espíritu de Dios. (Ro 8:14.) Todo lo que es contrario a la piedad no solo disgusta a los oídos piadosos, sino que, apenas oído, produce en ellos profundo dolor y angustia. Pero que el sentido de Pablo era otro se ve por lo que sigue.

Con el cual fuisteis sellados. Como Dios nos ha sellado con su Espíritu, lo contristamos cuando no seguimos su guía, sino que nos contaminamos con pasiones perversas. Ningún lenguaje puede expresar adecuadamente esta solemne verdad: que el Espíritu Santo se regocija y se alegra por causa nuestra cuando le obedecemos en todo y no pensamos ni decimos nada que no sea puro y santo; y que, por el contrario, se contrista cuando admitimos en nuestras mentes algo indigno de nuestra vocación. Reflexione ahora cualquiera qué espantosa maldad debe haber en contristar al Espíritu Santo hasta el punto de obligarlo a retirarse de nosotros. El profeta Isaías usa el mismo modo de hablar, pero en un sentido diferente; pues dice solamente que «contristaron su santo espíritu» (Is 63:10), en el mismo sentido en que solemos hablar de afligir el ánimo de un hombre. Con el cual fuisteis sellados. El Espíritu de Dios es el sello con que somos distinguidos de los impíos, y que está impreso en nuestros corazones como evidencia segura de la adopción.

Para el día de la redención, es decir, hasta que Dios nos conduzca a la posesión de la herencia prometida. Ese día se llama habitualmente el día de la redención, porque entonces seremos por fin librados de todas nuestras aflicciones. No es necesario hacer observaciones sobre esta frase, además de las que ya se han hecho al exponer Ro 8:23 y 1 Co 1:30. En este pasaje, la palabra sellados puede tener un sentido diferente del que suele tener: que Dios ha impreso su Espíritu como su marca sobre nosotros, para reconocer como hijos suyos a aquellos que ve que llevan esa marca.

Efesios 4:31

31. Quítese toda amargura. Condena de nuevo la ira; pero, en esta ocasión, considera junto con ella las ofensas que suelen acompañarla, como las disputas ruidosas y los improperios. Entre enojo e ira (Θυμὸν καὶ ὀργὴν) hay poca diferencia, salvo que el primero denota la fuerza y la segunda el acto; pero aquí la única diferencia es que la ira es un ataque más repentino. La corrección de todo lo demás será grandemente ayudada por la eliminación de la malicia. Con este término expresa aquella depravación de ánimo que se opone a la humanidad y a la justicia, y que suele llamarse malignidad.

Efesios 4:32

32. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

32. Sitis autem mutuo comes, misericordes, condonantes vobis inter vos, quemadmodum et Deus vobis in Christo condonavit.

Efesios 4:32

32. Antes sed benignos unos con otros. A la amargura opone la benignidad, o suavidad de semblante, de lenguaje y de modales. Y como esta virtud nunca reinará en nosotros si no va acompañada de compasión (συμπάθεια), nos recomienda ser misericordiosos. Esto nos llevará no solo a compadecernos de las angustias de nuestros hermanos como si fueran propias, sino a cultivar aquella verdadera humanidad que se conmueve por todo lo que les sucede, del mismo modo que si estuviéramos en su lugar. Lo contrario es la crueldad de aquellos hombres bárbaros y de corazón de hierro, que contemplan los sufrimientos de otros sin preocupación alguna.

Perdonándoos unos a otros. Se supone que la palabra griega aquí traducida perdonando (χαριζόμενοι ἑαυτοῖς) significa beneficencia. Erasmo, en consecuencia, la traduce (largientes) generosos. Aunque la palabra admite ese sentido, el contexto me induce a preferir el otro: que estemos dispuestos a perdonar. Puede suceder a veces que los hombres sean benignos y misericordiosos y que, sin embargo, cuando reciben un trato indebido, no perdonen con tanta facilidad las injurias. Para que aquellos a quienes su bondad de corazón dispone en otros aspectos a actos de humanidad no fallen en su deber por la ingratitud de los hombres, los exhorta a mostrar prontitud para dejar a un lado el resentimiento. Para dar mayor peso a su exhortación, presenta el ejemplo de Dios, que nos ha perdonado, por medio de Cristo, mucho más de lo que ningún mortal puede perdonar a sus hermanos.

CAPÍTULO 5

Efesios 5:1-2

1. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.

1. Sitis ergo imitatores Dei quemadmodum filii dilecti;

2. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.

2. Et ambulate in charitate quemadmodum et Christus nos dilexit, ac se ipsum tradidit pro nobis oblationem et hostiam Deo, in odorem bonae fragrantiae.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.