Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Éxodo 32: comentario de Juan Calvino

Éxodo 32:1

1. Y viendo el pueblo que Moisés. En esta narración percibimos la detestable impiedad del pueblo, su ingratitud peor que vil y su monstruosa locura, mezclada con estupidez. Por causa de ellos Moisés había sido elevado por encima del estado de la vida terrenal, para que recibiera las órdenes de su misión y para que su autoridad estuviera fuera del alcance de toda controversia. Ellos declaran perversamente que no saben qué ha sido de él; más aún, hablan de él con desprecio, como de una persona que les fuera desconocida. Por esto los censura severamente Esteban: A este Moisés (dice) a quien vuestros padres rechazaron, siendo él el ministro de su salvación. (Hch 7:35.) Confiesan que había sido su libertador, y sin embargo no pueden tolerar su ausencia por un poco de tiempo, ni sienten reverencia alguna hacia él, a menos que lo tengan delante de sus ojos. Además, aunque Dios se les ofrecía como presente con ellos de día y de noche en la columna de fuego y en la nube, despreciaron aun así una imagen tan ilustre y viva de su gloria y poder, y desean que se les represente en la forma de un ídolo muerto. Pues ¿qué podían querer decir con «haznos dioses que vayan delante de nosotros»? ¿No podían ver la columna de fuego y la nube? ¿No era la solicitud paternal de Dios abundantemente manifiesta cada día en el maná? ¿No estaba cerca de ellos de innumerables maneras?

Sin embargo, no estimando en nada todas estas señales verdaderas, seguras y manifiestas de la presencia de Dios, desean tener una figura que satisfaga su vanidad. Y este fue el origen de la idolatría: que los hombres suponían que no podían poseer de otro modo a Dios, sino sometiéndolo a su propia imaginación. Nada, sin embargo, puede ser más absurdo; pues como las mentes de los hombres y todos sus sentidos quedan muy por debajo de la altura de Dios, cuando intentan rebajarlo a la medida de su débil capacidad lo parodian. En una palabra, todo lo que la razón del hombre concibe de Él es pura falsedad; y no obstante, este deseo depravado apenas puede reprimirse, tan ferozmente irrumpe. Los mueven también el orgullo y la presunción, cuando no vacilan en arrastrar su gloria, por así decirlo, desde el cielo y en someterla a elementos terrenales. Entendemos ahora qué motivo impulsó principalmente a los israelitas a esta locura de exigir que se pusiera delante de ellos una figura de Dios, a saber, porque lo medían por sus propios sentidos. Admirable fue ciertamente su estupidez al desear que un dios fuera hecho por hombres mortales, como si pudiera ser dios, o mereciera ser tenido por tal, quien obtiene su divinidad por el capricho de los hombres. Con todo, no es probable que fueran tan absurdos como para desear que se creara para ellos un dios nuevo; pero llaman «dioses», por metonimia, a esas imágenes exteriores, mirando las cuales los supersticiosos imaginan que Dios está cerca de ellos. Y esto es evidente por el hecho de que no solo el sustantivo sino también el verbo está en plural; pues aunque se contentaban con un solo Dios, lo despedazaban en cierto modo con sus diversas representaciones de Él. No obstante, por más que se engañen bajo este o aquel pretexto, desean todavía ser creadores de Dios.

Los que suponen que la palabra «tardaba» implica confusión se equivocan, en mi opinión; pues aunque la palabra בשש, boshesh, con su tercera radical duplicada, deriva de בוש, bush, que significa avergonzarse, es claro por Jueces 5:28 que se usa simplemente por tardar, donde se dice, en las palabras de la madre de Sísara: «¿Por qué tarda (o demora) su carro en venir?»

De aquí podemos entender que los hipócritas temen a Dios de tal modo que la religión se desvanece de sus corazones, a menos que haya algún capataz (exactor) a su lado que los mantenga en el camino del deber. Obedecían debidamente a Moisés y reverenciaban su persona; pero, como solo los movía su presencia, en cuanto se vieron privados de ella dejaron de temer a Dios. Así, mientras vivió Josué y los otros santos jueces, parecían fieles en el ejercicio de la piedad, pero cuando estos murieron, recayeron de inmediato en la desobediencia.

Éxodo 32:2-3

2. Y Aarón les dijo: Arrancad los zarcillos de oro. No dudo de que Aarón, vencido por el clamor importuno del pueblo, procuró escapar por medio de un subterfugio; con todo, esto no es excusa válida para él, pues debió oponérseles de corazón con una respuesta directa y reprender con aspereza su impía renuncia a Dios. Al mandarles que le dieran oro, pudo haber calmado sus exigencias desmedidas por el temor del gasto; pero era un remedio con más probabilidades de éxito arrebatarles aquellos adornos y alhajas de que las mujeres no se dejan privar de buen grado. Por tanto, les exige a propósito algo odioso, o por lo menos nada agradable, para estorbar así su designio pecaminoso; pero sin éxito, pues el poder de la superstición para arrastrar a la gente no es menor que el de la lujuria. Quizá también tenía a la vista el tabernáculo, no fuera que procedieran sacrílegamente a echar mano de los vasos sagrados; y era probable que, si permanecía intacto, su vista pudiera por fin devolverlos a mejor sentir. Además, el recuerdo de su reciente y profusa liberalidad podía haber apagado o enfriado su ardor, por el temor de quedar completamente agotados. Dice con énfasis: «Arrancad los zarcillos de vuestras mujeres e hijos», para que desistan del propósito por miedo de ofender, ya que las mujeres son lentas en desprenderse de tales objetos de placer. Pero se añade inmediatamente después que estaban tan cegados por el fervor de su necio celo, que en nada estimaban todo en comparación con su deseo perverso, y así les fueron quitados los adornos de las orejas. Admirable fue la presteza con que se hizo esto; y no por una persona, ni por unas pocas, sino por todo el pueblo, como en emulación unos de otros. Aun en nuestros días los orientales llevan zarcillos, aunque entre nosotros no es tan común. Ahora bien, si los incrédulos son tan pródigos en sus desatinos que arrojan así descuidada y temerariamente todo lo que les es precioso, ¿cómo será excusable la tenacidad de los que son tan mezquinos en proveer para el servicio de Dios? De aquí aprendamos a guardarnos de malgastar necialmente nuestros bienes en gastos innecesarios, y a ser generosos donde debemos; sobre todo a estar dispuestos a gastarnos a nosotros mismos y lo que tenemos, cuando sabemos que nuestras ofrendas son agradables y aceptables a Dios.

Éxodo 32:4

4. Y él los tomó de sus manos. Narra brevemente este acto vil y vergonzoso; pero muestra suficientemente que, mientras Aarón cedía a su locura, deseaba aún curarla, aunque, al mismo tiempo, era débil y estaba asustado, de modo que fingió dar su asentimiento porque temía las consecuencias del tumulto para sí mismo. Pues ¿por qué no manda echar los zarcillos en algún cofre, para no contaminarse con el contagio del sacrilegio? Por tanto, el recibirlos en sus propias manos fue señal de un ánimo servil y afeminado; y así se dice que fue el fundidor, o escultor, del becerro, aunque es probable que se emplearan obreros en él. Pero la infamia del crimen recae justamente sobre él, por cuanto fue su principal autor, y con su culpa traicionó la religión y el honor de Dios.

La palabra hebrea חרט, cheret, algunos la traducen estilo o buril, otros molde; los primeros piensan que la masa tosca fue formada por escultura en figura de becerro; los segundos, que el becerro fue fundido o vaciado; como decimos, jetter en mousle, echar en un molde. Ridícula es, sin embargo, la fábula de que, arrojado el oro en un horno, salió como un becerro sin obra de manos humanas; pero así se entretienen licenciosamente los judíos con sus fantasiosas invenciones. La conjetura más probable es que Aarón buscó deliberadamente un remedio para la necedad del pueblo.

Era cosa deshonrosa postrarse ante un becerro, en el cual no había conexión ni afinidad alguna con la gloria de Dios; y con esto les reprocha expresamente el profeta que «cambiaron su gloria (es decir, Dios, en quien solo debían haberse gloriado) por la imagen de un buey que come hierba». (Sal 106:20.) Pues si es insultar a Dios forzarlo a la semejanza de los hombres, ¡con cuánta mayor e inexcusable ignominia se mancilla su majestad cuando se le compara con los animales brutos! Con todo, esto no tuvo efecto alguno para llevarlos al arrepentimiento; y esto se expresa con mucha fuerza inmediatamente después, cuando se dijeron unos a otros: «Éstos son tus dioses, oh Israel.» Ciertamente la fealdad del espectáculo debió haberlos llenado de horror, de modo que condenaran voluntariamente su propia locura; pero, al contrario, se exhortan mutuamente a la obstinación; pues no hay duda de que Moisés indica que eran como abanicos unos para otros, y así que su frenesí se excitaba recíprocamente. Porque, así como Isaías y Miqueas exhortan a los creyentes a que cada uno extienda la mano a su hermano y se digan unos a otros:

«Venid, y subamos al monte del Señor» (Is 2:3; Mi 4:2),

así la emulación perversa incita a los incrédulos a excitarse mutuamente a avanzar en el pecado. Con todo, ni hablan irónicamente ni burlándose de Dios, ni tienen intención de apartarse de Él; sino que encubren su pecado contra Él bajo un pretexto engañoso, como si negaran que con su nuevo e insólito modo de culto desearan menoscabar el honor de su Redentor; más bien, que así era engrandecido, porque lo adoraban a Él mismo bajo una imagen visible. Así hacen hoy los papistas, que imponen audazmente a Dios sus ritos fingidos, y se jactan de que hacen más por Él con sus adiciones e invenciones que si se mantuvieran simplemente dentro de los límites prescritos por Él mismo. Pero aprendamos de este pasaje que, sea cual fuere el colorido que la superstición dé a sus ídolos, y con cualesquiera títulos que los dignifique, siguen siendo ídolos; pues, por más que se enorgullezcan de sus buenas intenciones los que corrompen con sus invenciones el culto puro de Dios, niegan aun así al Dios verdadero y ponen demonios en su lugar.

Es probable la conjetura de quienes suponen que Aarón ideó el becerro conforme a la superstición egipcia; pues es bien sabido con qué insensato culto honraba aquella nación a su dios Anubis. Es verdad que mantenían un toro vivo para consultarlo como dios supremo; pero, por cuanto el pueblo estaba acostumbrado a esta deidad ficticia, Aarón parece haber seguido, en obediencia a su locura, aquella antigua costumbre, de donde habían contraído el error tan hondamente arraigado en sus corazones. Así, por los malos ejemplos el contagio se desliza fácilmente en los corazones de quienes de otro modo estarían sin mancha; y no sin razón protesta David que los ídolos le serían tan abominables que ni siquiera «tomaría sus nombres en sus labios» (Sal 16:4); pues, a menos que aborrezcamos seriamente a los impíos y nos apartemos cuanto sea posible de sus supersticiones, enseguida nos infectan con su influencia pestilente.

Éxodo 32:5

5. Y viendo esto Aarón, edificó un altar delante del becerro. Cuando ve al pueblo tan enfurecido que desespera de poder resistir su conspiración, cede a la complacencia con pérfida cobardía. Y este fin aguarda a todos los que no se atreven a mantener franca y firmemente lo recto, sino que regatean, por así decirlo, y descienden a componendas; porque, después de vacilar algún tiempo, terminan por sucumbir del todo, de modo que no rehúyen nada, por indigno y vergonzoso que sea. Parece, ciertamente, que con su pregón levanta sus mentes al culto del Dios verdadero; pero, cuando está violando la ley recién dada, es un miserable sofisma amparar su culto ofensivo y degenerado bajo el nombre sagrado de Dios.

Éxodo 32:6

6. Y al día siguiente se levantaron de mañana. Se vuelve a exponer el empeño del pueblo en proseguir su error; pues no hay duda de que fue a petición suya que Aarón proclamó el sacrificio solemne; y ahora no solo se añade que estuvieron prontos a tiempo, sino que su extraordinaria diligencia se declara en que comparecieron al mismo romper del día. Ahora bien, si los incrédulos, por instigación del diablo, son así lanzados de cabeza a su perdición, ¡ay de nuestra inercia, si al menos no se manifiesta en nuestro celo una prontitud igual! Así se dice en el Salmo (110:3):

«Tu pueblo (vendrá) con ofrendas voluntarias en el día (de la reunión) de tu ejército.»

Lo que sigue acerca de que el pueblo se sentó «a comer y a beber», muchos lo tuercen ignorantemente para significar intemperancia; como también exponen mal su «levantarse a regocijarse» como si significara lascivia; cuando Moisés designa más bien con ello el banquete sagrado y los juegos celebrados en honor de los ídolos; pues, como hemos visto en otro lugar, los fieles banqueteaban delante de Dios en sus sacrificios, y así también las naciones paganas celebraban fiestas sagradas mientras adoraban a sus ídolos con juegos. De este punto es Pablo el intérprete más seguro, quien cita este pasaje para condenar la idolatría del pueblo antiguo, y lo acomoda hábilmente al propósito que traía entre manos; pues los corintios no habían llegado al exceso de doblar las rodillas ante los ídolos, sino que eran compañeros de mesa de los incrédulos en sus sacrificios contaminados. (1 Co 10:20.)

Éxodo 32:7

7. Entonces el Señor dijo a Moisés: Anda, desciende. Esta fue una violenta tentación para sacudir la fe de Moisés. Pensaba que su felicidad y la del pueblo era absolutamente completa, cuando el pacto de Dios estaba grabado en las tablas para asegurar su perpetuidad; mientras que ahora oye que este pacto fue violado, y casi aniquilado, por la perfidia y rebelión del pueblo, y que su abolición implicaba la pérdida de la salvación y de todas las demás bendiciones. Además, para herir más hondamente el ánimo del santo varón, Dios le habla exactamente como si parte de la ignominia recayera sobre él mismo; pues hay un reproche indirecto implícito en las palabras: «tu pueblo, que sacaste de la tierra de Egipto». Sin embargo, Moisés solo había tomado este encargo sobre sí por mandato de Dios, y, en verdad, de mala gana; ¿cómo, pues, se le echa en cara esta liberación, en la cual solo había obedecido a Dios? ¿y por qué se habla con burla de su entrega, como si hubiera empleado mal su trabajo, cuando ninguna parte de la culpa le toca? Ya he dicho que Dios traspasa a veces así hasta lo vivo el corazón de los piadosos, para probar su paciencia, como si su celo bien encaminado hubiera sido la causa de los males que ocurren. Algunos dan a esto una exposición demasiado sutil, a saber, que se les llama el pueblo de Moisés porque habían dejado de ser el pueblo de Dios; y suponen que hay aquí una antítesis, como si se dijera: vuestro pueblo, y no mío; pero temo que esto no esté bien fundado; pues, puesto que habían quebrantado el pacto, no estaban más alejados de Dios que de Moisés, el ministro de la Ley. No niego que sea un repudio implícito de ellos; pero debemos tener presente aquel designio de Dios, al cual ya me he referido, de que Moisés fuera en cierto modo implicado en su crimen, para que su paciencia fuera probada y también para que se afligiera más por su enormidad. Entre tanto, es obvio que Dios se refiere a su gracia reciente, porque era cosa monstruosa e increíble que quienes habían sido libertados poco antes por este asombroso poder, y con quienes acababa de renovar su pacto, fueran tan súbitamente arrastrados a la rebelión. Añade también, para agravar su crimen, que se habían apartado enseguida del camino que se les había señalado. Aún no habían pasado cuarenta días desde que Moisés los dejó, cuando su depravación los impulsó a tal locura. Poco antes habían manifestado un celo admirable por el servicio de Dios, contribuyendo abundantemente con lo que se requería; la gloria del tabernáculo se presentaba ante sus ojos para refrenarlos; y sin embargo irrumpen a través de todas estas barreras y se lanzan impetuosamente tras su propia lujuria, cuando apenas habían pasado seis meses desde la promulgación de la Ley. El verbo שחת, shicheth, estando en la conjugación Piel, es activo; y sin embargo se emplea sin ser intensivo; por eso lo he traducido se han corrompido, aunque podría tomarse adecuadamente en pasiva, a saber, que el pueblo había sido corrompido.

Éxodo 32:8

8. Pronto se han apartado del camino. Una transgresión tan rápida, como he dicho, agrava su crimen. Dios declara entonces la naturaleza de su corrupción: que han adorado un becerro de fundición, es decir, obra de sus propias manos. Pero hay que observar que lo que habían puesto como colorido de su impiedad se alega al final, como el colmo de su pecado; pues, cuando dijeron que éstos eran sus dioses que los habían sacado, su objeto era presentar una excusa legítima, como si no se apartaran del culto del Dios verdadero y Libertador suyo, sino que más bien era prueba de su celo más ferviente que se postraran como adoradores ante el becerro en honor de Él. Pero Dios se lo devuelve, y se queja de la grosera indignidad que se le infería cuando la imagen muerta de un becerro se ponía en lugar de su gloria.

Éxodo 32:9-10

9. Yo he visto a este pueblo, y he aquí. Esta fue, en verdad, la prueba más aguda y dolorosa de la fe de Moisés, cuando Dios parecía contradecirse a sí mismo y apartarse de su pacto. Si alguna vez, después de haber sido largamente oprimidos por calamidades excesivas, no solo nos fatiga la tardanza, sino que nos agitan además diversas dudas que al fin nos tientan a la desesperación, como si Dios nos hubiera defraudado con promesas engañosas, el combate es duro y terrible; pero cuando Dios parece a primera vista desacreditar sus propias palabras, necesitamos una fortaleza y firmeza poco comunes para sostener este asalto. Pues, siendo la fe fundada en la Palabra, cuando esa Palabra parece estar en pugna consigo misma, ¿cómo podrían sostenerse en circunstancias tan opuestas las mentes piadosas si no fueran apoyadas por el incomparable poder del Espíritu? Sin embargo, en la mente de Abraham hubo tal fortaleza de fe que salió vencedor de esta clase de tentación. Había oído de la propia boca de Dios: «En Isaac te será llamada descendencia»; después se le manda matarlo y reducir su cuerpo a cenizas; pero, porque está persuadido de que Dios es poderoso para levantarle descendencia aun de entre los muertos, obedece el mandato. (He 11:17-19.) Lo mismo se registra aquí de Moisés, ante quien Dios pone una especie de contradicción en su Palabra, cuando declara que tiene la intención de destruir a aquel pueblo al cual había prometido la tierra de Canaán. Sin embargo, vemos con qué éxito luchó, pues, confiando en el pacto eterno e inviolable de Dios, no cesó de abrigar buena esperanza. Si alguien preguntara todavía si le era lícito despreciar o tener en nada lo que se le dijo en segundo lugar acerca de la destrucción total del pueblo, respondo que la victoria de su fe no consistió en disquisiciones sutiles, sino que, habiendo abrazado el pacto de Dios con ambos brazos, como dicen, estaba tan fortalecido por su confianza que no tenía lugar para objeciones; y, de hecho, las mentes piadosas que descansan en firme seguridad, aunque no puedan librarse de toda perplejidad que se presente, no vacilan sin embargo, sino que se aferran con fuerza a lo que el Espíritu de Dios les ha sellado una vez; y si a veces sucede que empiezan a dudar o a titubear, vuelven no obstante a su fundamento y rompen todo obstáculo, de modo que nunca desisten de invocar a Dios. Entre tanto, es cierto que, mientras Dios prueba la fe de Moisés, aviva su ánimo para que sea más ferviente en la oración, así como el mismo Moisés era llevado en esa dirección por la influencia secreta del Espíritu. Y no hay motivo para que lenguas calumniadoras impugnen aquí a Dios, como si fingiera ante los hombres lo que no había decretado en sí mismo; pues no es prueba de que sea variable o engañoso el que, al hablar de los pecados de los hombres y señalar lo que merecen, no descubra su consejo incomprensible. Aquí se presenta a sí mismo en el carácter de Juez; pronuncia sentencia de condenación contra los criminales; difiere su perdón para un tiempo oportuno. De ahí deducimos que sus juicios secretos son un gran abismo; mientras que, al mismo tiempo, su voluntad se nos declara en su palabra en cuanto basta para nuestra edificación en la fe y la piedad. Y esto lo expresa más claramente el contexto; pues pide a Moisés que lo deje. Ahora bien, ¿qué significa esto? ¿No es que, si no obtuviera una tregua de un ser humano, no podría ejecutar libremente su venganza? —adoptando, es decir, con este modo de expresión, el carácter de otro, declara la alta estima en que tiene a su siervo, a cuyas oraciones concede tal deferencia que dice que le son un impedimento. Así se dice en el Salmo 106:23 que Moisés «se puso en la brecha, para apartar la ira» de Dios. De aquí percibimos claramente la admirable bondad de Dios, que no solo oye las oraciones de su pueblo cuando humildemente lo invocan, sino que permite que sean en cierto modo intercesores ante Él.

Asigna como razón de que fuera implacable que conocía bien la perversidad desesperada e incurable del pueblo; pues por «dura cerviz» se expresa metafóricamente una obstinación indomable; y la comparación está tomada de los bueyes tercos que no pueden ser llevados a someterse al yugo. Ahora bien, donde existe tal dureza y obstinación no hay lugar para el perdón. Es ciertamente una expresión que no debe tomarse literalmente, que Dios hubiera sabido por experiencia que eran un pueblo de dura cerviz; pero sabemos que Dios asume a menudo sentimientos humanos; pues si no descendiera así hasta nosotros, nuestras mentes nunca podrían alcanzar su altura. La suma es que el carácter del pueblo era desesperado, por cuanto ya habían manifestado su inflexible perversidad con muchas pruebas. Con todo, para que Moisés no se doliera de la pérdida de su noble jefatura, se le promete una compensación; por cuya prueba se vio que no miraba sus propios intereses o ventajas privadas.

Éxodo 32:11-12

11. Entonces Moisés oró en presencia del Señor su Dios. Es claro que esta oración brotó de la fe, aunque en ella parece luchar contra la misma palabra de Dios; pues Dios había dicho: Desciende a tu pueblo; pero su respuesta es: No, es tuyo. Pero, como he dicho hace poco, por cuanto se aferraba firmemente al principio de que era imposible que el pacto de Dios quedara sin efecto, rompe o supera todos los obstáculos con los ojos cerrados, por así decirlo. Prueba que son pueblo de Dios por el beneficio que tan recientemente habían recibido; pero se apoya principalmente en el pacto; más aún, menciona su liberación como resultado de él; pues luego prosigue diciendo: «Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel». Vemos, pues, que el primer fundamento de su confianza es la promesa, aunque Moisés se refiere en primer lugar al hecho de que el pueblo había sido libertado por la mano de Dios. Particulariza tan expresamente su «mano fuerte» y su «gran fortaleza» para dar a entender que cuanto más notorios habían sido los milagros de Dios, tanto más expuesta quedaba su gloria a las calumnias de los impíos; y esto lo explica inmediatamente después: «¿Por qué han de hablar los egipcios?», etc.

La partícula ברעה, beragnah, que el antiguo intérprete traduce astutamente y otros maliciosamente, prefiero traducirla simplemente para mal (ad malum), como denotando un desenlace desafortunado y desdichado. La exposición que otros dan, «bajo una estrella aciaga», me parece demasiado rebuscada. No tengo duda, por tanto, de que Moisés da a entender que sería un consuelo para los egipcios en sus desgracias que el pueblo fuera destruido, como si Dios los hubiera así vengado de sus enemigos; además, por este malentendido se habría destruido la memoria de la gracia de Dios, así como la de su juicio; porque los egipcios se habrían endurecido y no los habría tocado sentimiento alguno de culpa, juzgando que Dios no mostraría misericordia a su pueblo elegido.

Lo que sigue, «arrepiéntete de este mal», se dice conforme al lenguaje común, pues los santos a menudo balbucean en sus oraciones, y, al descargar sus cuidados en el seno de Dios, le hablan en su flaqueza de un modo que de ninguna manera conviene a su naturaleza; como, por ejemplo, cuando le preguntan: ¿Hasta cuándo dormirás? ¿o te olvidarás? ¿o cerrarás tus ojos? ¿o esconderás tu rostro? Pero en Dios el arrepentimiento no es sino un cambio de trato, en el cual parece desandar su camino, como si hubiera concebido algún nuevo designio. Cuando, por tanto, se dice un poco más adelante que «el Señor se arrepintió del mal», equivale a decir que fue aplacado; no porque retracte en sí mismo lo que una vez decretó, sino porque no ejecuta la sentencia que había pronunciado. Si mis lectores desean más sobre este punto, consulten mis Comentarios sobre Génesis y los Profetas.

Éxodo 32:13-14

13. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos. No los presenta como patronos, con cuya voz pudiera obtener lo que pide; sino porque la promesa estaba depositada en ellos, y la transmitieron como herencia a sus descendientes. Debemos observar, pues, la cualidad o carácter de que Dios había investido a los patriarcas. Por eso se dice en el Salmo 132:1: «Acuérdate, oh Señor, de David, y de toda su aflicción.» Y de aquí se refuta fácilmente la ignorancia y necedad de los papistas, que imaginan por estos testimonios que los muertos están ordenados para ser intercesores.

Se refiere también a propósito al juramento de Dios, con el cual se había obligado más solemnemente, de modo que su promesa fuera más segura y autorizada. El apóstol, en la Epístola a los Hebreos 6:13, nos dice por qué Dios jura por sí mismo, a saber, «por no tener otro mayor por quien jurar»; aunque a veces, con el mismo efecto, jura por su trono en el cielo o por su santuario.

En fin, es incierto si hay o no un ὕστερον πρότερον en esta oración, pues veremos conforme avancemos que, cuando Moisés volvió por segunda vez, oró por la conservación del pueblo y fue oído. Y esto no se hizo en un momento; sino que ocupó otra vez cuarenta días en reconciliar al pueblo con Dios. A mí me parece probable que Moisés, asombrado por la horrible denuncia, ofreció enseguida su oración; y sin recibir respuesta que prometiera perdón, descendió en suspenso para aplicar remedio al mal; pues de ninguna manera era verosímil que, después de haber oído una amenaza tan severa y grave, no hubiese interpuesto súplicas, estando tan hondamente solícito por la salvación del pueblo.

Éxodo 32:15-16

15. Y volvió Moisés y descendió del monte. Moisés desciende por mandato de Dios para ser espectador de esta impía revuelta, para que la enormidad del acto lo despertara más a la repugnancia y detestación del crimen, y al empeño de hallarle remedio. Aunque, sin embargo, Dios había pronunciado sentencia de rechazo contra el pueblo, deja con todo las tablas que daban testimonio del pacto intactas en las manos de Moisés, no porque quisiera que permanecieran enteras, como veremos pronto, sino para que primero su vista, y luego su rotura, inspiraran mayor horror a los apóstatas, a quienes su locura había aturdido de otro modo.

Por qué la Ley fue dividida en dos tablas se ha visto en otro lugar, a saber, porque primero expone la piedad y el culto de Dios; y, en segundo lugar, prescribe la regla de la vida justa entre hombre y hombre, e instruye en los deberes mutuos de la caridad. Sin duda fue en testimonio de la perfección de su doctrina que estaban escritas por ambos lados. Se añadió ciertamente después una revelación más plena; pero Dios quiso que se entendiera claramente que había abarcado así todo en diez mandamientos, de modo que no era lícito añadir nada; y por eso, para que los hombres no anexaran nada de sus propias invenciones, Dios llenó ambos lados, de modo que no quedó nada sin escribir. Además, las tablas se llaman «obra de Dios» porque Él las había preparado con el propósito de escribir en ellas. Así se distinguen de las que vinieron después, en las cuales, aunque Dios inscribió su Ley, quiso sin embargo que las piedras fueran talladas y labradas por la mano y la obra de los hombres. La suma es que no solo los diez mandamientos fueron escritos por Dios en las primeras tablas, sino que no hubo nada humano en la hechura de las piedras; y si se pregunta cómo fueron grabadas las piedras y formadas las letras en ellas, Moisés responde ciertamente con una comparación, que fue hecho con el dedo de Dios, dando a entender con ello su poder secreto; pues Él, que creó el mundo de la nada con su mera voluntad (nutu), puede con la misma palabra convertir todas las criaturas a su propio uso de la manera que le plazca.

Éxodo 32:17-18

17. Y cuando oyó Josué el clamor del pueblo. Esto se introduce para informarnos con cuánta desmesura se enfurecía el pueblo en su insensato culto al becerro, pues su griterío se oía desde lejos. Así hechiza el diablo a los pobres miserables, de modo que la licencia disoluta es en ellos ardor piadoso. Así no hay nada demasiado vergonzoso o abominable que no agrade a los gentiles, para demostrar que no omiten nada que pueda aplacar a sus falsos dioses. Ni puede dudarse de que, bajo pretexto de santo celo, los supersticiosos se entregan a las complacencias de la carne; y Satanás cebó sus modos ficticios de culto con tales atractivos que son asidos de buen grado y con avidez, y obstinadamente retenidos. De la solicitud de Josué por el pueblo proviene que juzgue que es el grito de batalla; mientras que Moisés, informado por Dios, conjetura que no es la voz de hombres que pelean, pues no lanzan ningún grito que corresponda a las exhortaciones de los vencedores, ni hay sonido alguno como el lamento de los vencidos.

Éxodo 32:19

19. Y aconteció que cuando él llegó cerca del campamento. El que antes había suplicado humildemente por la salvación del pueblo, ahora, al ver el becerro, estalla en ira, y la fealdad del crimen lo despierta a sentimientos diferentes. Ahora bien, puesto que aquí se menciona la ira con alabanza, los estoicos deben abandonar su paradoja de que todas las pasiones (motus animi) son viciosas. Concedo, ciertamente, que mientras los hombres son guiados por la naturaleza nunca se airan sin vicio; porque siempre exceden los límites debidos, y a menudo tampoco apuntan a un objeto adecuado. Pero hay que observar que esto ocurre por la corrupción de la naturaleza; y, en consecuencia, la ira no ha de condenarse en sí misma ni absolutamente. Pues el principio que asumen los estoicos, de que todas las pasiones son perturbaciones y como enfermedades, es falso y tiene su origen en la ignorancia; porque o bien afligirse, o temer, o regocijarse, o esperar, no repugna de ningún modo a la razón, ni estorba la tranquilidad y moderación del ánimo; solo el exceso o la intemperancia corrompe lo que de otro modo sería puro. Y ciertamente el dolor, la ira, el deseo, la esperanza, el temor son afectos de nuestra naturaleza no caída (integrae), implantados en nosotros por Dios, y tales que no podemos hallarles falta sin insultar al mismo Dios. Además, la ira que aquí se atribuye a Moisés se atribuye, en Deuteronomio 9, a la persona del mismo Dios. De donde inferimos que, como procedía del impulso del Espíritu, era una virtud digna de alabanza.

Al romper las tablas, sin embargo, parece haberse olvidado de sí mismo; pues ¿qué clase de venganza era esta, desfigurar la obra de Dios? Por detestable que fuera el crimen del pueblo, debió haberse respetado el santo pacto de Dios. Por eso ciertos rabinos, para excusarlo, inventan una de sus acostumbradas fábulas: que, cuando las tablas fueron llevadas al lugar contaminado, la escritura se borró. Otros piensan que lo arrebató su ira, y que no consideró suficientemente lo que hacía, como lo habría hecho si su ánimo hubiera estado sereno. No tengo duda, sin embargo, de que rompió las tablas con relación a su oficio, como para anular por un tiempo el pacto de Dios; pues sabemos que Dios confía ambos encargos a los ministros de su palabra: ser los pregoneros de su venganza, así como los testigos de su gracia. Así, todo lo que atan en la tierra queda también atado en el cielo, y retienen los pecados para condenación, y están armados de venganza contra los incrédulos y rebeldes. (Mt 16:19; Jn 20:23; 2 Co 13:10.) Por tanto, Dios rechazó al pueblo por mano de Moisés, renunciando al pacto que había establecido recientemente en una ceremonia solemne; y esta severidad fue más útil como ejemplo que si hubiera enviado de vuelta a Moisés con las manos vacías; pues de otro modo nunca se les habría ocurrido a los israelitas de cuán incomparable tesoro habían sido privados. Era necesario entonces que se presentaran las tablas, como si Dios se mostrara así a su vista y enseñara su rostro paternal; pero cuando, por otra parte, se topó con la monstruosa abominación del becerro, convenía que esas mismas tablas fueran rotas, como si Dios les volviera la espalda y se retirara. Entre tanto, debe tenerse presente que el pacto de Dios no fue del todo anulado, sino solo, por así decirlo, interrumpido, hasta que el pueblo se arrepintiera de corazón. Con todo, esta ruptura temporal, si puedo llamarla así, no impidió que el pacto mismo permaneciera inviolable. De la misma manera también después Dios desechó a su pueblo, como si lo hubiera renunciado por completo, pero su gracia y verdad nunca faltaron; de modo que tenía por lo menos algunas raíces ocultas de donde la Iglesia brotó de nuevo; como se dice en el Salmo 102:18: «El pueblo que está por nacer alabará al Señor.»

Éxodo 32:20

20. Y tomó el becerro que habían hecho. Podría parecer un castigo cruel e inhumano que Moisés infectara en cierto modo las entrañas del pueblo con la corrupción del crimen. Ya habían contaminado más que suficiente sus cuerpos y almas, sin que el contagio penetrara más hondo. Además, era probable que así los llevara a la desesperación, cuando llevaban dentro de sí el fundamento de su condenación, como la mujer nutre en el vientre a su criatura. Sin embargo, tal era el remedio que había de aplicarse a su insensatez; pues, por más que se hubieran aterrado por un momento, el recuerdo de su crimen y su temor del castigo se habrían desvanecido enseguida si esta marca de su inmundicia no se les hubiera impreso a fondo. Esto fue, pues, una especie de cauterio, por el cual sintieran que la deshonra de tan sucia idolatría no solo se adhería a su piel, sino que estaba fijada hondamente en sus mismas entrañas. Pues así también se les hizo sentir su vergüenza cuando admitieron la sustancia de su dios en el vientre, para ser expulsada poco después con sus excrementos. Por eso fueron obligados a beber y a evacuar una parte de su dios, para que su superstición les resultara más ofensiva. Además, si las cenizas se hubieran esparcido por el suelo, había peligro de que algunos de los más obstinados recogieran las reliquias; y este mal se previno cuando el oro, del cual estaba fundido el falso dios, se mezcló con inmundicia. Finalmente, se dice que Moisés les hizo beber del agua maldita, no porque él mismo diera la copa a cada uno, sino porque el polvo fue echado en la corriente de la cual todos bebían; como se afirma en Deuteronomio 9:21.

Éxodo 32:21

21. ¿Qué te ha hecho este pueblo? Echa la culpa a Aarón, por cuanto quien tiene el poder parece permitir el mal que no impide. Hemos visto antes que, cuando Moisés subió al monte, dejó su encargo a Aarón; era, pues, deber suyo presidirlos de tal modo que, en virtud de su poder, refrenara al pueblo, por perverso que fuera. En consecuencia, es reprendido merecidamente con esta severidad, como si hubiera sido el autor del pecado que había dejado cometer. De aquí deducimos cuán pesada carga llevan todos los que son puestos para gobernar; pues si se comete algún pecado por su negligencia, o timidez, o indolencia, ellos mismos deben dar cuenta de ello, como si hubieran dado la señal para la licencia. La reprensión aquí es muy enfática, a saber, que era un enemigo tan amargo del bien público como si hubiera deseado vengarse de sus enemigos mortales. No que la venganza fuera lícita, aunque hubiera tenido algún motivo con apariencia de justo, sino que Moisés quiere decir que, si Aarón hubiera deseado arruinar a algunas personas, y para ello se hubiera esforzado deliberadamente en hacerles lo peor que pudiera, no habría podido dañarlas más. Por eso merece mayor reprensión por haber cuidado tan mal de este pobre pueblo, cuyo cargo había asumido; más aún, por haberles traído, en cuanto estuvo en su mano, la destrucción final. Esto también es digno de observación: que, cuando está en cuestión el servicio de Dios, Moisés no perdona a su único hermano más de lo que perdonaría a un extraño total. Si hubiera consultado a la carne y la sangre, le habría sido fácil inventar algún pretexto para ser más indulgente con su hermano, puesto que había sido obligado por la necesidad y la violencia a hacer el becerro; pero, por cuanto sabía con cuánto empeño debemos luchar por la gloria de Dios, ataca a su hermano como si no tuviera relación alguna con él. Esta es una virtud rara; pero, a menos que nos esforcemos por alcanzarla, traicionaremos a menudo la causa de Dios con nuestra indulgencia pérfida hacia nuestros parientes.

Éxodo 32:22-24

22. Y respondió Aarón: No se enoje mi señor. Aarón atenúa su crimen cuanto puede. La suma, sin embargo, es que el pueblo, que el propio Moisés sabía depravado y perverso, lo había asaltado tumultuosamente y lo había obligado contra su voluntad. Ahora bien, aunque el comienzo de su discurso tiene apariencia de modestia, la excusa es frívola. Con razón, ciertamente, se somete Aarón con reverencia a su hermano, aunque es el mayor; pues lo reconoce como ministro de Dios y tiembla ante su reprensión; pero habría sido mejor confesar francamente su culpa que escapar a la ignominia de la condenación por subterfugios; porque era asunto del jefe guiar a todo el cuerpo y aquietar el tumulto con autoridad y firmeza; y, aunque su extravagancia hubiera llegado hasta la locura, morir diez veces antes que ceder con tan vil y servil complacencia. Pero por el final se ve que, mientras en nuestra ansiedad por la reputación nos esforzamos en ocultar o excusar nuestras faltas, nuestra hipocresía acaba por parecer ridícula. Es obvio que, cuando Aarón dice que echó el oro al fuego y salió el becerro, procura de todos modos cubrir la falta, que no puede borrar del todo, con este pobre y endeble cuento; pero con esta puerilidad solo delata su descaro, de modo que tan necia confianza no hace sino completar su condenación. Esta es la justa recompensa de nuestra ambición, cuando nos refugiamos en disfraces y oponemos nuestra hipocresía al juicio de Dios.

Éxodo 32:25-26

25. Y viendo Moisés que el pueblo estaba desnudo. Aquí se registra la venganza que Moisés empleó para expiar el pecado; no que este castigo fuera satisfactorio, como dicen, ante Dios; sino porque fue útil para borrar la memoria de su culpa; o por lo menos provechoso como ejemplo. Pues con la matanza de tres mil de ellos se les recordó que todos habían merecido lo mismo. Y no puede dudarse de que limpió el campamento de los principales autores del mal, para que Dios estuviera más inclinado a perdonar. Primero, pues, se expone la causa por la cual se inflamó a tal severidad, a saber, porque vio al pueblo en tal estado de desnudez que estaba hasta expuesto como irrisión ante sus enemigos. La exposición que algunos dan de su desnudez, es decir, que fueron despojados de sus adornos, no es de ningún modo coherente; pues se añade enseguida que fue «para vergüenza entre sus enemigos»; y se verá en el capítulo siguiente que aún estaban espléndidamente adornados; más aún, que llevaban las señales exteriores del regocijo profano. No hay duda, pues, de que da a entender que fueron rechazados por Dios, quien era para ellos como su único vestido de adorno, y bajo cuya protección estaban seguros. La enormidad del mal se expone, por tanto, en estas palabras, porque no solo estaban privados del auxilio de Dios, que es llamado «morada» de su pueblo (Sal 90:1), sino también abandonados a la ignominia, mientras estaban rodeados por todas partes de enemigos. De ahí la santa indignación de Moisés al infligir castigo a los cabecillas de la rebelión. Y se ha de notar, de nuevo, que a Aarón se le imputa la mayor parte del crimen, porque no había resistido con suficiente firmeza la necedad del pueblo.

En esto se manifestó el asombroso poder de Dios: que cuando Moisés convocó a los levitas y les mandó abiertamente en la puerta que se ciñeran sus espadas, las otras tribus no se amotinaron todas; pues era verosímil que se les armara así para ejecutar el castigo sobre los criminales. ¿Cómo, pues, ocurrió que los que eran conscientes de su culpa estuvieron quietos, sino porque el poder del Espíritu de Dios refrenó su valor y su furor?

La forma del mandato también es digna de observación: «El que esté por el Señor, júntese conmigo»; de donde aprendemos que, si amamos la religión como merece, no debemos titubear entre dos bandos; sino que se nos exige una confesión franca, de modo que cada uno se alinee bajo el estandarte de Dios; pues, al llamar a sí a todos los siervos de Dios, condena la cobardía, más aún, la traición, de todos los que permanezcan indecisos.

Surge, sin embargo, la cuestión de si los levitas no estaban implicados en el crimen, puesto que se adelantan de inmediato a ejecutar su mandato, como sinceros defensores de la gloria de Dios. Respondo que, aunque no estaban libres de culpa, con todo, por cuanto cedieron al pueblo bajo la influencia del miedo, su pecado fue más leve que si hubieran aprobado con su consentimiento la detestable idolatría. Pero aquí percibimos la admirable indulgencia de Dios, que no solo los perdonó, sino que se dignó afirmar su gloria por medio de ellos, y los constituyó ministros suyos para el castigo de un crimen en cuya tolerancia habían incurrido en vil molicie y cobardía. De nuevo, puede preguntarse cómo ocurrió que del resto de la multitud ninguno movió un pie al mandato de Moisés. Mi opinión es que los contuvo no el desprecio ni la obstinación, sino solo la vergüenza; y que a todos los inspiró tanto sobresalto que esperaban atónitos a ver qué hacía Moisés y hasta dónde llegaría. Es probable, sin embargo, que los levitas fueran llamados por nombre, y esto lo deducimos del resultado; porque todos se adelantaron enseguida, y ninguno de otra tribu.

Éxodo 32:27-28

27. Así ha dicho el Señor, Dios de Israel. Manda a los levitas que se ciñan sus espadas, para llevar la matanza por todo el campamento; y esto puede parecer a primera vista cruel e inhumano, cuando se les prohíbe perdonar a sus hermanos, amigos y vecinos; pero de ningún modo era excesivo, si reflexionamos cuánto más grave es profanar el culto sagrado de Dios que inferir daño al hombre. Tampoco desea que todos sean muertos indiscriminadamente; sino que solo manda a los levitas proceder con valor; de modo que, si por casualidad toparan con alguno digno de muerte, ni el parentesco, ni la amistad, ni la familiaridad estorbaran o retrasaran el justo curso de la severidad. Más aún, puesto que poco después sigue que los levitas hicieron como se les mandó, deducimos que se contentó con una moderación más próxima a la lenidad que al rigor. Si en un ejército ha surgido alguna sedición que ha llegado a la violencia y a la matanza, el general acostumbra, como regla ordinaria, a diezmar a los culpables; ¡cuánto más suave es aquí la tasa del castigo, cuando solo perecen tres mil de seiscientos mil! Aunque haya tratado, pues, con dureza a unos pocos, el castigo debe parecer benigno, pues permite escapar a tantos, aunque culpables del mismo crimen. Se pregunta, sin embargo, si hicieron alguna distinción, y cuál; pues habría sido un acto de impetuosidad ciega y atolondrada matar a todo el que encontraran. Para eludir este absurdo, algunos de los judíos se refugian, como de costumbre, en una necia fábula: que los vientres de los que estaban contaminados por el pecado se hincharon después de beber el agua. Si esto se acepta, la hinchazón debió haberlos afectado a todos. Pero, desechando todas esas invenciones, es probable que los levitas no ignoraran quiénes eran los principales cabecillas del mal consejo, por cuya instigación los demás fueron arrastrados a la rebelión. Judicialmente, pues, y con discernimiento ejecutaron la venganza sobre tres mil; y de ahí vino que la severidad fuera soportable, y que todo el pueblo se sometiera tranquilamente, al ver que se miraba por su propio bien con la remoción de en medio de ellos de estas personas pestilentes. Pero, aunque Moisés se contiene, hay que notar que exige de los levitas una firmeza inflexible, para que ninguna consideración a la intimidad ablande sus corazones, porque nada hay más opuesto a un juicio sano que la προσωποληψία (acepción de personas). Ahora bien, no sin razón se alaba a los levitas por obedecer su mandato; pues exigía una magnanimidad nada común atacar a las doce tribus enteras, a las cuales no igualaban ni en una duodécima parte. Vemos generalmente que, cuando muchas personas están implicadas en un crimen, los jueces se alarman por el temor de la sedición, y al final no tienen valor para cumplir su deber. Fue, pues, un ejemplo extraordinario de celo en los levitas que, dejando a un lado toda consideración de peligro, se atrevieran intrépidamente a provocar contra sí tan gran multitud. Y esta santa indignación fue el fruto de su arrepentimiento, puesto que no vacilaron en atacar con espadas desenvainadas a aquellos cuyos rostros amenazantes habían temido antes. Ciertamente habría sido causa de ofensa más leve haber impedido la idolatría del pueblo con una reprensión audaz que ejecutar pena capital sobre los transgresores. Su piedad y temor de Dios, por tanto, despertaron sus corazones a nuevo vigor cuando no temieron peligro de muerte alguno.

Éxodo 32:29

29. Porque Moisés había dicho: Consagrad hoy. Es obvio que este versículo fue añadido a modo de explicación, para dar la razón de que este ardor impávido impulsara a los levitas a cumplir varonilmente su encargo, a saber, porque la exhortación de Moisés los llevó por encima de todo obstáculo. El verbo «había dicho» debe, por tanto, entenderse en pluscuamperfecto. La traducción de algunos, «habéis consagrado vuestras manos», en perfecto, es muy inadecuada, puesto que se añade enseguida la promesa como medio de estimularlos a mayor presteza; de donde se ve que el mandato de Moisés, que ya se ha mencionado, se repite ahora con otras palabras. Se acrecienta, sin embargo, su fuerza, pues declara que será un sacrificio grato y aceptable a Dios si, olvidando la carne y la sangre, vengan el culto contaminado de Dios. Se introduce la partícula causal, ci, que he traducido nempe (a saber), por ser aquí intensiva, como si dijera: tal sumisión a Dios debe mostrarse aquí, que ni siquiera detengan su mano, si es necesario, de sus propios hijos y hermanos. Por tanto, lo que se dijo poco antes de sus parientes en general, y aquí de sus hijos, debe tomarse como en modo potencial; pues, si todos los levitas se habían unido a Moisés, ¿qué necesidad había de mandarles ejecutar el castigo sobre sus hermanos o hijos? De modo que Moisés solo quiso condenar aquella absurda consideración a la humanidad con que los jueces se ciegan a menudo, y, en detrimento de la religión, son cruelmente misericordiosos al tolerar y fomentar la impiedad. Primero, pues, aprendamos de este pasaje que, cuando los jueces pasan por alto los crímenes, sus manos se manchan con su misma remisión, porque la impunidad acrecienta la licencia en el pecado. Así enseña Salomón que:

«El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación al Señor.» (Pr 17:15.)

Aprendamos también que nada es menos coherente que castigar severamente los crímenes con que se perjudica a los mortales, mientras disimulamos los errores impíos o los modos sacrílegos de culto con que se viola la majestad de Dios.

Éxodo 32:30

30. Y aconteció que al día siguiente dijo Moisés. Por cuanto este juicio de Dios fue terrible, para que los israelitas no cayeran del todo en la desesperación, Moisés les dirige un consuelo para calmar su dolor, prometiendo que hará súplica a Dios en favor de ellos. Entre tanto, para que acudieran como humildes suplicantes a la misericordia de Dios, les recuerda la enormidad de su pecado. Las palabras hebreas significan literalmente: habéis pecado un gran pecado; no hay, sin embargo, ambigüedad en el sentido; pues quiere humillarlos poniendo ante ellos la grandeza de su crimen, para que se entreguen con fervor al arrepentimiento. Al mismo efecto va la partícula אולי, auli, que a menudo se usa para expresar incertidumbre, pero aquí, como en muchos otros lugares, denota solo dificultad; no sea que, como sucede con frecuencia, pensaran en pedir perdón con indiferencia y descuido, y no con ansiosa seriedad. Así, cuando Pedro habla a Simón el mago, le manda orar «si quizá» le será perdonada su iniquidad (Hch 8:22); no para que vacilara o titubeara en su ánimo como los que están en suspenso o duda, sino para que, aterrado por el temor de la ira de Dios, buscara con ansiedad el remedio.

Éxodo 32:31-32

31. Entonces volvió Moisés al Señor. Esta relación no está en su lugar propio, pues, como ya hemos dicho, Moisés no guarda exactamente el orden del tiempo. Porque veremos en el capítulo siguiente que Dios rehúsa, con respecto a su ángel, lo que aquí concede; ya que es un mero sofisma decir que aquí se promete un simple ángel ordinario, en quien Dios no manifestará su presencia como lo había hecho antes. Por tanto, Moisés registra ahora brevemente lo que expondrá después más plenamente, es decir, cómo Dios fue aplacado y recibió de nuevo al pueblo en su favor, lo cual no ocurrió hasta que se le mandó labrar o pulir las nuevas tablas. Y sabemos que era un modo de hablar común entre los hebreos tocar los puntos principales de un asunto, y luego llenar, en el curso de la historia, lo que se había omitido.

Su oración comienza con la confesión; pues en un caso de tan impía ingratitud no quedaba sino reconocer libremente su culpa, para no buscar en ninguna otra parte salvación en su estado de ruina y desesperación sino en la misericordia de Dios; porque los hipócritas solo inflaman más su ira al atenuar sus ofensas. La partícula אנא, ana, que con otros hemos traducido «ruego» (obsecro), a veces expresa exhortación y se usa como Agedum (vamos); aquí solo significa lo que los latinos expresan con amabo. Después de haberse anticipado al juicio de Dios con la confesión de su culpa, implora sin embargo el perdón; y esto con extremo fervor, que es la razón por la cual su discurso se interrumpe de repente, pues la frase queda incompleta, como ocurre a menudo en los ruegos patéticos: «si perdonas su pecado». No tengo objeción si alguno traduce la partícula אם, im, «quisiera» (utinam); aun así, en la vehemencia de sus sentimientos parece prorrumpir en una exclamación: «¡Oh, si perdonas!»; aunque puede ser solo una petición modesta: «¿Perdonarás?»; porque, aunque las oraciones de los santos fluyen de su confianza, tienen que luchar con dudas e interrogantes dentro de sí mismos sobre si Dios quiere escucharlos. De ahí proviene que sus oraciones comiencen titubeando, hasta que la fe prevalece.

Lo que sigue puede parecer absurdo en muchos aspectos; pues Moisés tanto dicta imperiosamente la ley a Dios, como en su ansioso ímpetu procura derribar, cuanto puede, su consejo eterno, y despoja inconsideradamente a Dios de su justicia. Ciertamente todos deben condenar la soberbia de este discurso: Si no perdonas a los culpables, no me cuentes entre tus siervos; ni parece haber menos necedad en su intento de reducir a nada la predestinación eterna de Dios. Además, cuando desea que él mismo sea envuelto en el mismo castigo, ¿qué es esto sino destruir toda distinción, que Dios condene temerariamente a los inocentes con los transgresores? Y no negaría, en verdad, que Moisés fue arrebatado por tal vehemencia que habla como un poseso. Con todo, debe observarse que, cuando los creyentes descargan sus cuidados en el seno de Dios, no siempre proceden discretamente ni con lenguaje bien ordenado, sino que a veces balbucean, a veces derraman «gemidos indecibles», a veces pasan por alto todo lo demás y se aferran a una petición particular y la urgen. Ciertamente nada estaba menos presente en la mente de Moisés que dictar a Dios; ni, si se le hubiera preguntado, habría dicho que lo que Dios decretó acerca de sus elegidos antes de la creación del mundo pudiera ser derribado. Además, sabía que nada era más ajeno al Juez de toda la tierra que destruir a los inocentes junto con los reprobados. Pero, puesto que su cuidado por el pueblo, cuya salvación sabía que Dios le había confiado, había absorbido, por así decirlo, todos sus sentidos, ninguna otra cosa ocupa su mente sino que se salven, y no alberga un solo pensamiento que estorbe esta su gran solicitud. De ahí que, arrogándose demasiado, se lance como fiador del pueblo, y olvide que está predestinado a la salvación por el consejo inmutable de Dios; y, finalmente, no considere suficientemente lo que convendría a Dios. Y no solo Moisés ha sido así arrebatado; Pablo ha ido aún más lejos, expresándose así por escrito después de plena premeditación: «Deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos.» (Ro 9:3.) El hecho es que, atentos al bien del pueblo elegido, ninguno de los dos examina críticamente los pormenores, y por eso se consagran en favor de toda la Iglesia; por cuanto este principio general estaba hondamente arraigado en sus mentes, que si se aseguraba el bien de todo el cuerpo, iría bien a los miembros individuales. De aquí surge la cuestión de si es un sentimiento piadoso preferir la salvación de otros a la nuestra. Algunos, temiendo que el ejemplo de Moisés y de Pablo fuera perjudicial, han dicho que los movía solo su celo por la gloria de Dios cuando se consagraban a la destrucción eterna; y que no preferían la salvación del pueblo a la suya propia. Aunque, sin embargo, esto se aceptara, sus palabras habrían sido aun así hiperbólicas; pues, aunque la gloria de Dios bien puede preferirse a cien mundos, Él se acomoda de tal modo a nuestra ignorancia que no quiere que la salvación eterna de los creyentes sea puesta en oposición a su gloria; sino que más bien las ha unido inseparablemente, como causa y efecto. Además, es abundantemente claro que Moisés y Pablo se consagraron a la destrucción por consideración a la salvación general. Valga, pues, aquella solución que he adelantado, que su petición era tan confusa que, en la vehemencia de su ardor, no vieron la contradicción, como hombres fuera de sí. Ni es de extrañar que hubieran estado en tal perplejidad, puesto que suponían que con la destrucción del pueblo elegido se abandonaba la fidelidad de Dios, y Él mismo quedaba en cierto modo reducido a nada, si fallaba la adopción eterna con que había honrado a los hijos de Abraham.

Por «el libro», en el cual se dice que Dios escribió a sus elegidos, debe entenderse, metafóricamente, su decreto. Pero la expresión que usa Moisés, pidiendo ser borrado del número de los piadosos, es incorrecta, pues no puede ser que quien una vez ha sido elegido llegue a ser reprobado; y aquellos lunáticos que, por esta razón, derriban cuanto pueden ese artículo principal de nuestra fe acerca de la predestinación eterna de Dios, demuestran con ello su malicia no menos que su ignorancia. David usa dos expresiones en el mismo sentido, «borrados» y «no escritos»:

«Sean raídos del libro de los vivientes, y no sean escritos entre los justos.» (Sal 69:28.)

No podemos inferir de aquí cambio alguno en el consejo de Dios; sino que esta frase equivale meramente a decir que Dios hará por fin manifiesto que los reprobados, que por un tiempo son contados entre el número de los elegidos, en nada pertenecen al cuerpo de la Iglesia. Así el catálogo secreto, en el cual están escritos los elegidos, se contrapone en Ezequiel 13:9 a aquella profesión externa, que a menudo es engañosa. Con razón, pues, manda Cristo a sus discípulos regocijarse «de que sus nombres están escritos en los cielos» (Lc 10:20); porque, aunque el consejo de Dios, por el cual somos predestinados a salvación, nos es incomprensible,

«sin embargo (como Pablo testifica) el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos.» (2 Ti 2:19.)

Éxodo 32:33

33. Al que haya pecado contra mí, a éste raeré. En estas palabras Dios se acomoda a la comprensión de la mente humana, cuando dice: «a éste raeré»; pues los hipócritas hacen tal falsa profesión de su nombre que no son tenidos por ajenos hasta que Dios los repudia abiertamente: y de ahí que su manifiesto rechazo se llame borradura. Además, Dios reprende la petición descabellada de Moisés, por cuanto no es conforme a su justicia rechazar al inocente; de donde se sigue que Moisés había orado inconsideradamente. La suma es que Dios, siempre que castiga a los impíos e inicuos, les paga el salario que han ganado; mientras que nunca castiga a los justos. Pero hay que observar que, cuando Dios declara que será vengador de los pecados, no queda excluida su misericordia, con la cual sepulta las transgresiones de su pueblo, de modo que no vengan a la memoria. Así, cuando Pablo dice: «Ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los ladrones, ni los avaros, ni los homicidas, ni los maldicientes heredarán el reino de Dios» (1 Co 6:9, 10), sería incorrecto concluir que todos ellos quedan excluidos de la esperanza de salvación; puesto que habla solo de los reprobados, que nunca se arrepienten para que, convertidos, obtengan gracia.

Éxodo 32:34

34. Ahora, pues, ve, conduce al pueblo. Con estas palabras Dios muestra que se ha aplacado, pues era señal segura de su reconciliación que su ángel fuera designado para guiarlos durante el resto del camino. La explicación que algunos dan, de que se les promete ahora un ángel que cuide de ellos, como el que Daniel testifica haber sido asignado a veces incluso a naciones paganas, y de lo cual veremos un ejemplo en el capítulo siguiente, no es sino una pobre conjetura; además, Dios declara que, aunque el pueblo se ha apartado de la fe, él permanece firme en su acuerdo en cuanto a que gocen de la herencia prometida.

El aplazamiento de su castigo es una reprensión indirecta de la maldad del pueblo, como si dijera que eran de naturaleza tan perversa que más adelante darían muchas ocasiones nuevas para ello. Si alguien objeta que, cuando Dios castigó después otros pecados, no tomó entonces en cuenta este acto de idolatría, respondo que no es cosa nueva en Dios, cuando los hombres contraen de nuevo culpas nuevas, acumular sus castigos, y también llamar a juicio muchos pecados juntos bajo un solo castigo general. Además, sabemos que Dios hace recaer la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación. Por último, nada le impide visitar en otro tiempo con castigos temporales la iniquidad que una vez ha perdonado; porque ¿por qué los perdonó entonces? ¿No fue para que no pereciera la verdad de su pacto? A aquellos, pues, a quienes así no quiso destruir, podía en su propio tiempo volver a llamarlos para castigo, con tal que el castigo fuera moderado. Aprendamos, por tanto, a no lisonjearnos si alguna vez Dios suspende su juicio, ni a abusar de su paciencia, como si hubiéramos escapado impunes.

Éxodo 32:35

35. Y Jehová hirió al pueblo. Moisés atribuye aquí brevemente a Dios lo que antes había relatado acerca de la matanza de los tres mil, para que nadie piense que los había herido con una severidad desmedida. Por eso Pablo nos manda considerar en esta historia, como en un espejo, cuán desagradable es a Dios la idolatría, para que no imitemos a los que fueron heridos por su mano (1 Co 10:7). La indignación de Moisés va unida, pues, al mandato de Dios. Entre tanto, ensalza la misericordia de Dios por haber perdonado a Aarón, aunque habla del becerro como obra suya, así como de todo el pueblo; de otra manera, ciertamente, pues Aarón formó el becerro a petición de ellos; con todo, la culpa era común a ellos.

Éxodo 33

Éxodo 33:1-23

1. Y Jehová dijo a Moisés: Anda, sube de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré:

1. Loquutus autem fuerat Jehova ad Mosen: Vade, ascende hinc tu et populus quem eduxisti e terra *A*Egypti in terram de qua juravi ipsi Abraham, Isaac, et Jacob, dicendo, Semini tuo dabo eam.

2. Y enviaré delante de ti un ángel, y echaré fuera al cananeo, al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo;

2. Et mittam ante to Angelum, et ejiciam Chananaeum, et Amorrhaeum, et Hitthaeum, et Perizaeum, Hivaeum, et Jebusaeum.

3. a una tierra que fluye leche y miel; porque yo no subiré en medio de ti, pues eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino.

3. Ad terram scilicet fluentem lacte et melle. Non enim ascendam in medio tui (nam populus durae cervicis es) ne forte consumam to in via.

4. Y oyendo el pueblo esta mala noticia, hizo luto, y ninguno se puso sus atavíos.

4. Audiens autem populus verbum hoc malum, luxerunt: nec posuit quisquam ornamentum suum super se.

5. Porque Jehová había dicho a Moisés: Di a los hijos de Israel: Vosotros sois pueblo de dura cerviz; en un momento subiré en medio de ti, y te consumiré. Quítate, pues, ahora tus atavíos, para que yo sepa lo que te he de hacer.

5. Dixerat enim Jehova ad Mosen, Die filiis Israel, Vos estis populus durae cervicis: momento uno ascendam in medium tui, et consumam te. Nunc ergo depone ornamentum tuum a te, et sciam quid faciam tibi.

6. Y los hijos de Israel se despojaron de sus atavíos desde el monte Horeb.

6. Et spoliaverunt se filii Israel ornamentis suis a monte Horeb.

7. Y Moisés tomó el tabernáculo, y lo levantó lejos del campamento, y lo llamó el tabernáculo de reunión. Y sucedía que cualquiera que buscaba a Jehová salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento.

7. Moses autem accepit tabernaculum, et extendit illud sibi extra castra, procul a castris: (vocaverat autem illud tabernaculum conventionis) et quicunque requirebat Jehovam, egrediebatur ad tabernaculum conventionis quod erat extra castra.

8. Y sucedía que cuando salía Moisés al tabernáculo, todo el pueblo se levantaba, y cada cual estaba en pie a la puerta de su tienda, y miraban en pos de Moisés, hasta que él entraba en el tabernáculo.

8. Praeterea quando egrediebatur Moses ad tabernaculum, assurgebat universus populus: stabantque singuli ad ostium tentorii sui, et aspiciebant post Mosen, donec ingrederetur tabernaculum.

9. Y cuando Moisés entraba en el tabernáculo, la columna de nube descendía y se ponía a la puerta del tabernáculo, y Jehová hablaba con Moisés.

9. Erat autem quando egrediebatur Moses tabernaculum, descendebat columna nubis, stabatque ad ostium tabernaculi, et loquebatur eum Mose.

10. Y todo el pueblo veía la columna de nube que estaba a la puerta del tabernáculo; y todo el pueblo se levantaba y adoraba, cada uno a la puerta de su tienda.

10. Videns vero universus populus columnam nubis stantem ad ostium tabernaculi, assurgebat universus populus, et adorabat quisque ad ostium tentorii sui.

11. Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero. Después volvía al campamento; pero el joven Josué hijo de Nun, su servidor, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo.

11. Et loquebatur Jehova facie ad faciem, quemadmodum alloquitur quispiam amicum sumn: postea revertebatur ad castra, at minister ejus Jehosua filius Nun juvenis non recedebat e medio tabernaculi.

12. Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices a mí: Saca a este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dijiste: Te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos.

12. Et dixit Moses ad Jehovam, Vide tu dicis mihi, Educ populum hunc, et tu non indicasti mihi quem missurus sis mecum. Atqui tu dixisti, Novi te ex nomine, atque etiam invenisti gratiam in oculis meis.

13. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y considera que esta gente es tu pueblo.

13. Nunc ergo si modo inveni gratiam in oculis tuis, ostende quaeso mihi viam tuam et cognoscam to, atque inventare gratiam in oculis ruts, et vide quod populus tuus sit gens ista.

14. Y él dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso.

14. Et dixit, Facies mea praecedet, et requiescere faciam te.

15. Y él respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí.

15. Cui respondit, Nisi facies tua praecedat, ne educas nos hinc.

16. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?

16. Et (certe) qua in re notum erit hic quod invenerim gratiam in oculis tuis ego, et populus tuus? nonne quum ambulaveris nobiscum, et separabimur ego et populus tuus ab omni populo qui est super faciem terrae?

17. Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre.

17. Et dixit Jehova ad Mosen, Etiam rem hanc quam dixisti faciam: quia invenisti gratiam in oculis meis, et novi te ex nomine.

18. Él entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria.

18. Adjecitque, Ostende mihi quaso gloriam tuam.

19. Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente.

19. Cui respondit, Ego praeterire faciam omnem decorem meum ante faciem tuam, et vocabo ex nomine Jehovae coram te: et miserebor, cujus miserebor: et clemens ero in quem clemens ero.

20. Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.

20. Dixit praeterea, Non poteris videre faciem meam: quid non videbit me homo, et vivet.

21. Y dijo aún Jehová: He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña;

21. Dixit postremo Jehova, Ecce, locus apud me, et stabis supra petram.

22. y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado;

22. Erit autem quum pertransibit gloria mea, ponam te in spelunca petrae, et protegam te manu mea donec transiero.

23. y apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro.

23. Postea removebo manum meam, et videbis posteriors mea, facies vero non videbitur.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.