Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Éxodo 33: comentario de Juan Calvino

Éxodo 33:1-3

1. Anda, sube de aquí, tú y el pueblo. He empleado el pluscuamperfecto, pues aquí se da la razón por la cual Moisés fue movido a tal vehemencia en la oración, a saber, porque, aunque Dios no había abandonado del todo el cuidado del pueblo, había renunciado sin embargo a su pacto, y les había proclamado que, una vez cumplido su compromiso de darles la posesión de la tierra, no tendría ya nada más que ver con ellos. Por tanto, lo que aquí se relata precedió, en el orden del tiempo, a la oración de Moisés; pues, atónito ante el triste y casi mortal mensaje, prorrumpió en aquella petición confusa y desatinada de ser borrado del libro de la vida.

Procuremos ahora sacar el verdadero sentido del pasaje. Es claro que, cuando Dios manda a Moisés partir con el pueblo, renuncia por completo al cuidado que él mismo había tenido hasta entonces. Solamente promete que hará que alcancen la herencia prometida, y no que los presidirá, los guardará allí en seguridad y hasta los cuidará, como un padre a sus hijos; en suma, que se limitará a cumplir la promesa que había hecho a sus padres. Y así se anticipa a sus quejas; pues podrían replicar que en consecuencia su promesa resultaría vana e ineficaz; pero, por vía de anticipación, dice que, aunque los desechara, mantendría sin embargo esta verdad, porque echará fuera a los habitantes de la tierra de Canaán, de modo que su morada quedaría vacía para ellos. En suma, los repudia, para que no se cuenten ya como su pueblo peculiar, ni esperen de él más que si fueran extraños; menciona su juramento, para que no lo acusen de infidelidad; como si dijera que quedaría libre de su compromiso cuando hubieran obtenido la tierra. Y así, mientras los priva de la esperanza de salvación y de la gracia de la adopción, afirma todavía la estabilidad y firmeza de su pacto. Entiendo, por tanto, la palabra ángel en un sentido distinto del que tiene poco antes y en muchos otros pasajes de este libro; pues, cuando antes se hizo mención del ángel, se significaba con él la presencia familiar de Dios, y hasta se usaba indistintamente con el nombre mismo de Dios. Pero aquí se dice que Dios enviará al ángel de tal modo que se separa a sí mismo del pueblo. «No subiré en medio de ti (dice)»; y se añade la razón, a saber, porque no podía soportar más tiempo sus espíritus perversos. De nuevo usa una comparación tomada de los bueyes indómitos, que no se dejan domar para llevar el yugo. En suma, porque son tan intratables, Dios no puede desempeñar el oficio de guía suyo sin destruirlos al instante.

Éxodo 33:4-6

4. Y oyendo el pueblo esta mala noticia. De aquí se ve más claramente que, como he dicho, fue para ellos como un rayo que Dios se retirara del pueblo; pues este divorcio es más funesto que innumerables muertes. A primera vista podría parecer, en efecto, deleitoso ser dueños de una tierra rica y fértil; pero, por torpe que fuera en general el pueblo, Dios los hirió de repente, de modo que todos sus deleites se volvieron insípidos, y su fertilidad como el hambre misma, al percibir que serían solamente engordados para el día de la matanza. De aquí se obtiene una útil enseñanza, a saber, que si descuidamos el favor de Dios y nos cautiva la dulzura de sus bendiciones, somos atrapados como peces en un anzuelo. Dios prometió a los israelitas lo que podía atraerlos por un breve tiempo; les negó lo que debían haber deseado por encima de todo, que él fuera su Dios. La mala noticia los afligió con tristeza, pues sintieron que los hombres no pueden ser felices si Dios no les es propicio; más aún, que nada puede ser más miserable que estar alejado de él. «Para mí el acercarme a Dios es el bien», dice David (Sal 73:28); y en otro lugar: «Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová» (Sal 33:12 y Sal 144:15); y de nuevo: «Jehová es la porción de mi herencia… Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos» (Sal 16:5, 6). Esto, pues, es el colmo de todas las miserias: tener a Dios en contra, mientras somos alimentados con su bondad; y por tanto los israelitas empezaron a mostrar alguna sabiduría cuando, despertando de su letargo, tuvieron todas las demás cosas por nada, a menos que Dios los persiguiera con su favor paternal. Por la grosería de su estupidez inferimos que fue por un don especial de Dios que se vieron afectados por tal tristeza que los condujo a un luto solemne. Primero, Moisés dice que no se pusieron sus atavíos, y luego que Dios les mandó quitárselos; pero esto concuerda perfectamente si tomamos lo segundo como explicativo, como si dijera que no llevaban sus atavíos porque Dios lo había prohibido, al mandarles hacer luto.

Dios asume aquí el carácter de un juez airado, que se prepara para ejecutar venganza en su ira, en las palabras: «En un momento subiré en medio de ti, y te consumiré»; para que su alarma los humille más y los estimule a una oración ferviente. Era señal visible de luto estar en suciedad e inmundicia, para que así se testificara abiertamente su penitencia; pues no había eficacia alguna en el rito y la ceremonia para aplacar a Dios, sino en cuanto el afecto interior del alma se manifestaba en una confesión verdadera y genuina. Porque debemos tener presente lo que Dios exige por medio de Joel (2:13), que «rasguemos nuestro corazón, y no nuestros vestidos»; sin embargo, aunque no se interesa por la apariencia exterior, más aún, aunque abomina la hipocresía, con todo, si el pecador se ha arrepentido de veras, no puede ser sino que, reconociendo humildemente su culpa, añada la profesión exterior de ella. Pues si Pablo, que era inocente de toda ofensa, juzgó que debía llorar por los corintios cuando no se habían «arrepentido de la inmundicia y fornicación y lascivia» que habían cometido, porque Dios lo humillaba a él en el pecado de ellos (2 Co 12:21), ¿cómo no han de llorar públicamente los que son conscientes de su propia culpa, sobre todo cuando, convictos por el juicio de los hombres, son citados al tribunal de Dios? Y por eso no sin razón enseña en otro lugar que la tristeza que produce arrepentimiento debe dar también estos otros frutos, a saber, solicitud, defensa, indignación, temor, ardiente afecto, celo y vindicación (2 Co 7:10, 11). También por el bien del ejemplo, los pecadores no solo deben afligirse en silencio delante de Dios, sino sufrir de buena gana la pena de la ignominia delante de los hombres, para confesar, por la propia condenación, que Dios es un Juez justo, para mover a otros a imitarlos y, con esta advertencia de la fragilidad humana, para impedirles una caída semejante.

Sin embargo, después que Dios los ha llenado de temor, aplaca como si dijéramos su ira, y declara que considerará lo que hará con ellos, para que cobren ánimo para pedir perdón; pues, aunque no los perdona realmente, los despierta suficientemente a la esperanza dándoles alguna muestra de su misericordia; porque, al parecer dejarlos en suspenso, no es con la intención de que se acerquen a él con vacilación para pedir perdón, sino para que su ansiedad los impulse más y más a una oración ferviente, y los mantenga en un estado de humildad.

Éxodo 33:7-10

7. Y Moisés tomó el tabernáculo. Era señal del divorcio entre Dios y los israelitas que el tabernáculo fuera quitado del campamento y levantado a distancia, como si Dios estuviera cansado de su relación con ellos. Había prometido como bendición especial que habitaría en medio del pueblo; y ahora, al irse a otra parte, los declara contaminados. En una palabra, la remoción del tabernáculo fue como la rotura de las tablas; pues así como Moisés, al romper las tablas, disolvió el pacto de Dios, así privó por un tiempo a los israelitas de su compañía y presencia. La explicación que algunos dan, de que era el tabernáculo del propio Moisés, queda refutada por muchos argumentos sólidos. Primero, no se dice que quitó su propio tabernáculo, sino que la palabra tabernáculo se usa simplemente y sin ningún afijo, κατ᾿ ἐξοχήν. Segundo, no cambió su propio lugar de habitación, sino que solamente salía allí de tiempo en tiempo para adorar, o, al menos, para consultar a Dios. Tercero, de ningún modo habría sido lícito dar a un tabernáculo privado el nombre sagrado que Dios había otorgado a su Santuario. Cuarto, Dios, al manifestar allí su gloria, testificaba que era su propia morada. Quinto, habría sido absurdo que el pueblo buscara a Dios en aquella dirección, a menos que el lugar fuera sagrado. Sexto, hay que tomar en consideración el propósito (de su remoción) a que he aludido arriba, pues Moisés no se apartó del pueblo, sino que más bien continuó, como era su costumbre, en medio del campamento, y solo quiso mostrar que Dios se retiraba de aquel lugar profano para no ser infectado por el contagio; de modo que era una especie de excomunión. Se dice, ciertamente, que lo levantó para sí, pero no para su uso privado, como es claro por el contexto, sino conforme a la forma común de expresión, en la cual לו, lo, es a menudo redundante; sin embargo, hablando con propiedad, lo levantó para sí, pues solo él tenía acceso a él, aparte de los demás. Los que entienden que era su tabernáculo privado suponen que su opinión se apoya en lo que sigue, a saber, que lo llamó el tabernáculo Moed; pues de ahí infieren que antes no se había distinguido con ese título honroso. Pero esta objeción se supera fácilmente, pues es más probable que esto se insertara entre paréntesis en el texto, y por tanto puede traducirse correctamente en pluscuamperfecto. Porque con esta cláusula se alega la razón por la cual Dios se había ido a otra parte, a saber, para que el lugar que había designado para pactar con el pueblo quedara desierto. Con todo, si lo refiriéramos a este tiempo actual, no sería inadecuado que al pueblo, en el momento presente, se le recordara su triste separación, y que Moisés, para infligirles más ignominia y vergüenza, lo hubiera llamado el tabernáculo de reunión, aunque ahora estaba muy lejos del campamento. En cuanto a la palabra Moed, no repetiré lo que he dicho en otro lugar. Remito, pues, a mis lectores al final del capítulo 29.

7. Y sucedía que cualquiera que buscaba a Jehová. Algunos traducen «pedía consejo»; pero, en mi opinión, es preferible el significado ordinario. Ya fuera, pues, que desearan testificar su piedad con el culto público, o que oraran, o que buscaran consejo en asuntos dudosos, salían hacia aquel santuario para que sus ojos descansaran en él. Moisés no quiere decir que llegaran realmente al lugar, a cuyo acceso sabían que tenían prohibida la entrada a causa de su contaminación. Pero su salir así era señal de arrepentimiento; como si reconocieran que eran indignos de recibir respuesta de Dios, a menos que se alejaran de aquel lugar que habían profanado con su atroz crimen. Ahora bien, les era útil ser así humillados, para que la idolatría fuera tenida en mayor detestación. Ni hay contradicción en lo que sigue, a saber, que «cada cual estaba en pie a la puerta de su tienda» siempre que Moisés salía; pues la gloria de Dios, que en aquel tiempo era más manifiesta, era tal que entonces les inspiraba mayor reverencia y terror. Siempre, pues, que el mediador se presentaba delante de Dios, no se les permitía más que contemplar desde lejos la columna de nube que entonces envolvía a Moisés, de modo que lo separaba de ellos. Entre tanto, hay que observar que, aunque Dios en este tiempo se apartó de ellos, fue solo en cuanto a rechazarlos de un acceso cercano a él, y no que quedaran del todo alejados. Porque su culto era señal de fe; se les permitía orar a Dios e implorar su favor; y sabían que eran oídos en la persona de Moisés. Su separación, por tanto, no era tal que cortara totalmente la esperanza de perdón, sino tal que avivara su ansiedad y los ejercitara en el arrepentimiento. Así Dios a menudo oculta de propósito su rostro a los pecadores para invitarlos a sí en verdadera humillación. Y a esto debemos atender cuidadosamente, no sea que, cuando nos castiga de palabra o de hecho, el terror o el sentido de nuestra culpa estorbe nuestras oraciones; antes bien, busquémoslo desde cualquier distancia, por grande que sea. El objeto de la excomunión es casi semejante; pues los que la Iglesia rechaza de la compañía de los fieles son entregados a Satanás, pero solo «para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor» (1 Co 5:5); y por eso Pablo no quiere que sean tenidos por enemigos, sino amonestados como hermanos (2 Ts 3:15).

Cuando se dice que «todo el pueblo se levantaba, y cada cual estaba en pie a la puerta de su tienda», algunos, impropiamente a mi parecer, lo refieren a mero respeto hacia él como magistrado civil, como si así se rindiera honor a su jefe; pero yo más bien supongo que, cuando a horas fijas Moisés se presentaba ante Dios en nombre de todos, ellos participaban en su servicio y culto. Por eso también lo seguían con los ojos hasta que la nube lo cubría. Con el mismo fin se repite este levantarse inmediatamente después, donde se hace referencia a la columna de nube. Por eso no dudo de que ambos versículos deben exponerse como referidos al culto espiritual. Pero hemos mostrado en otro lugar cómo testificaban su piedad ante la señal visible, sin adorar en ella a Dios con ninguna imaginación grosera.

Éxodo 33:11

11. Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara. Moisés será más adelante dignificado con esta distinción, cuando Dios quiera declarar la diferencia entre él y los demás profetas (Nm 12:8). En esta frase se describe, pues, un trato familiar, como si se dijera que Dios se aparecía a Moisés por un modo extraordinario de revelación. Si alguien objeta que hay contradicción entre esta afirmación y lo que veremos enseguida: «No podrás ver mi rostro», la solución es fácil, a saber, que aunque Dios se reveló a Moisés de una manera peculiar, nunca se apareció en la plenitud de su gloria, sino solo en cuanto la debilidad del hombre podía soportarlo. Pues esta expresión contiene una comparación implícita, es decir, que ningún hombre fue jamás igual a Moisés, ni llegó a tal altura de dignidad. Y esto tiende a magnificar la Ley, que Moisés, su ministro, transmitiera lo que había aprendido familiarmente, de modo que no pudiera sospecharse ambigüedad alguna. Cuando se dice que Josué no se apartaba del tabernáculo, colegimos que la morada de Moisés estaba en el campamento; y quizá se menciona que era joven para ilustrar más altamente la gracia de Dios al escoger que tuviera a su cargo el santuario. Es verdad que Josué en este tiempo era de edad madura; pero la bendición especial de Dios se manifestó en él, en que Dios pasó por alto a muchos ancianos, y puso al más joven como guardián de su tabernáculo.

Éxodo 33:12-13

12. Mira, tú me dices a mí: Saca a este pueblo. Moisés sigue empeñado diligentemente en procurar reconciliar al pueblo, pues la promesa más plena fue insertada por vía de anticipación. Desde la rebelión, sin embargo, Dios no había prometido más que daría la tierra al pueblo; y aunque, queriendo solamente asegurarles que poseerían la tierra, había añadido que su ángel los guiaría, esto era con todo una bendición temporal, y de las que suele conceder indistintamente también a otras naciones. Así Moisés veía que él y el pueblo estaban privados de un privilegio especial que antes habían gozado; pues aquel mismo ángel que había ido delante de ellos era llamado con frecuencia el Dios de los ejércitos, para que percibieran que Dios estaba presente con ellos de una manera peculiar. Por eso Moisés se queja no sin causa de que Dios no hubiera indicado a quién enviaría, ya que, cuando habló en general de un ángel ordinario, había retirado a aquel Libertador especial, el guardián del pueblo y el sostenedor perpetuo de su seguridad. No pide, pues, que se le devuelva a Aarón, ni que se le asocie algún compañero en su tarea difícil y ardua; sino que desea que se le asegure la continuación del favor anterior de Dios. Como fundamento de su confianza al pedir, no alega más que las promesas de Dios. No descansa, pues, en dignidad alguna propia, ni alega deberes cumplidos con los que hubiera merecido tan gran favor; sino que se contenta con esta breve declaración: Señor, haz que el suceso corresponda a tus palabras. Ya hemos mostrado lo que es «conocer por nombre», a saber, escoger de entre otros, o tener en peculiar honor. Sin embargo, después que Moisés hubo mencionado lo que Dios había prometido, le suplica por esta gracia: «si (dice) he hallado gracia en tus ojos», confírmala o ratifícala con esta prueba, es decir, volviendo a tomar el cuidado de nosotros; pues por el camino de Dios entiende aquella guía en la cual había declarado que iría delante de ellos para mostrarles el camino. En una palabra, pide que se les dé esta señal de favor, que Dios guíe continuamente a su pueblo. Por tanto, dice, así te conoceré, y se verá que soy acepto a ti. Por último, se refiere al pacto de Dios con todo el pueblo; como si dijera que, aunque Dios no quisiera concedérselo a él solo individualmente, había con todo una razón más poderosa, a saber, que Dios había adoptado a aquel pueblo; y, en consecuencia, era justo que lo distinguiera de las demás naciones con señales peculiares.

Éxodo 33:14

14. Y él dijo: Mi presencia irá contigo. De esta respuesta colegimos cuál era el deseo de Moisés, pues Dios, al aceptar su oración, afirma en una palabra que irá delante de ellos como solía, y esto era prenda segura de su presencia de un modo nada ordinario. Porque, aunque todo el mundo es gobernado por su providencia, su rostro no aparece en ello tan visiblemente como en su protección del bienestar de la Iglesia. Y, de hecho, puesto que el mismo Ángel que antes había presidido el campamento toma ahora a su cargo guiar al pueblo, queda claramente probada de aquí la eterna divinidad de Cristo.

Esta cláusula, «Mi rostro irá delante», equivale a decir: Iré delante de ti de tal manera que percibas verdaderamente que estoy contigo, como si vieras mi rostro puesto ante tus ojos en un espejo. Ahora bien, puesto que esto se cumplió en Cristo, se sigue que él es el Dios eterno, cuya gloria, poder y majestad están muy por encima de todas las criaturas. El descanso que promete se refiere a la perseverancia de su gracia y a su cumplimiento final, como si se dijera: cuando el pueblo haya entrado en la tierra, estará bajo la protección y guarda de Dios; pues lo que era común a todo el pueblo se atribuye a la persona de Moisés.

Éxodo 33:15-16

15. Y él respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo. Moisés acepta lo que se le concede, y al mismo tiempo da a entender que sería mejor y más deseable para él perecer en el desierto que ir más lejos sin la señal manifiesta de la presencia de Dios; y esto lo confirma en el versículo siguiente, y por eso he insertado la partícula expletiva certe (ciertamente), aunque la cópula podría también resolverse en la partícula causal nam (porque). Pues declara que el favor paternal con que Dios había abrazado al pueblo no podría conocerse a menos que él permaneciera con ellos. Se equivocan los que suponen que aquí se indica algo distinto de lo que se dijo poco antes, pues exactamente en el mismo sentido se dice que Dios va delante y que habita en medio de su pueblo; pero Moisés se refiere a la promesa ya dada, cuyo símbolo era el Tabernáculo del Pacto, que poco antes había sido quitado de su lugar propio para castigar el pecado del pueblo. Lo que añade al final del versículo, «y seamos apartados», puede también resolverse: «para que así seamos apartados», o «porque de esta manera seremos apartados». De donde queda sobradamente claro que el favor que se menciona se refiere a su elección o adopción gratuita, y es su fruto o efecto. Pues la intención de Moisés era restaurar el Pacto, violado por el pueblo, a su fuerza original, como si el pueblo fuera repuesto en aquella honrosa condición de la cual había caído. Y ciertamente esta es, después de todo, nuestra verdadera felicidad, ser apartados de las naciones paganas como propiedad de Dios; según se dice en el Salmo 106:4: «Acuérdate de mí, oh Jehová, según tu benevolencia para con tu pueblo; visítame con tu salvación».

Éxodo 33:17

17. Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto. No añade nada nuevo, sino que confirma con la repetición lo que acababa de decir, para quitar toda duda. Declara, con todo, que no lo mueve otra razón que el favor gratuito con que había abrazado a Moisés. Esto es, pues, una especie de renovación del Pacto, cuando el pueblo es consagrado a Dios, de modo que recobra el reino sacerdotal.

Éxodo 33:18

18. Él entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria. Hasta aquí los deseos de Moisés se habían mantenido dentro de los límites de la moderación y la sobriedad, pero ahora es llevado más allá de lo debido, y anhela más de lo lícito o conveniente; pues es claro, por el rechazo que sufre, que había avanzado inconsideradamente más de lo que debía. Desea que Dios se le revele más de cerca, y en forma más manifiesta que antes. Con todo, no es una necia curiosidad lo que lo impulsa a ello, la cual tantas veces cosquillea las mentes de los hombres, de modo que se atreven a penetrar en los más hondos secretos del cielo; pues no tenía otro designio que ser animado a la confianza, con lo cual pudiera proseguir más alegremente su cometido. Pero que el deseo mismo era impropio aunque su objeto fuera recto, lo aprendemos de la respuesta de Dios, en la cual muestra que sería dañoso y fatal para Moisés si obtuviera lo que busca como gran privilegio. ¿Qué será, entonces, de nosotros, si la vanidad de nuestra naturaleza nos tienta a investigar la gloria de Dios más profundamente de lo que es debido? Sirva, pues, este pasaje de freno para nosotros, para reprimir las especulaciones demasiado desenfrenadas y atrevidas que hay en nosotros, cuando deseamos saber lo que Dios quiere tener oculto. Esta es la regla del conocimiento sano, legítimo y provechoso: contentarse con la medida de la revelación, y de buena gana ignorar lo que es más profundo que esto. Ciertamente debemos avanzar en la adquisición de la instrucción divina, pero debemos mantenernos de tal modo en el camino que sigamos la guía de Dios.

Éxodo 33:19

19. Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien. Al principio declara hasta dónde ha escuchado a Moisés; pero enseguida se añade una limitación para evitar el exceso. Así su oración no es rechazada del todo, sino solo en cuanto estaba demasiado ansiosamente empeñado en contemplar la perfección de la gloria de Dios. El pasar significa una visión de breve duración; como si dijera: Baste que hayas visto una vez, como por un momento, mi gloria, cuando pase delante de tus ojos. La palabra טוב, tub, que he traducido hermosura (decorem), otros la traducen bien (bonum); y de aquí algunos la toman por bondad; pero la expresión hermosura (pulchritudinis, vel decoris) es más adecuada, y en ese sentido la encontramos usada más de una vez. De aquí que lo que es agradable y deleitable se dice que es bueno para ser mirado.

«Proclamar el nombre de Jehová» lo entiendo así: declarar con voz clara y alta lo que nos es útil saber acerca de Dios mismo. Se había dicho antes a Moisés: «Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; pero con mi nombre… no me di a conocer a ellos» (Éx 6:3). Así que, siendo Moisés ya superior a los patriarcas, es ahora aún más altamente exaltado, por cuanto Dios se le da a conocer más plenamente y lleva su manifestación de sí mismo a lo sumo. Primero, pues, hay que tener presente que Dios era ahora conocido de Moisés más familiarmente que hasta entonces; con todo, al mismo tiempo, obsérvese que, aunque se exhibió una visión a sus ojos, lo principal estaba en la voz; porque el verdadero conocimiento de Dios se hace más por los oídos que por los ojos. Se da, en efecto, la promesa de que contemplará a Dios; pero la última bendición es más excelente, que Dios proclamará este nombre, de modo que Moisés pueda conocerlo más por su voz que por su rostro; pues las visiones mudas serían frías y del todo evanescentes, si no tomaran eficacia de las palabras. Así, pues, así como los lógicos comparan un silogismo al cuerpo, y el razonamiento que incluye al alma, así, propiamente hablando, el alma de una visión es la doctrina misma, de la cual brota la fe.

Y seré clemente para con el que seré clemente. Conviene considerar cómo esta sentencia se conecta con la anterior, cosa que o se ha descuidado del todo o no se ha atendido lo suficiente. En cuanto a mí, aunque pienso que la misericordia de Dios es magnificada por el hecho de que trata tan indulgentemente a este pueblo culpable, no dudo con todo de que quiso de propósito cortar la ocasión a la audacia de los hombres, para que no clamen contra su liberalidad desacostumbrada y hasta entonces no oída; porque, ya sea que Dios ejecute sus juicios, ya que perdone misericordiosamente los pecados, los hombres profanos no cesan de disputar con él; así, por mera afición a disputar, preguntan por qué demoró tantos siglos el advenimiento de su Hijo; por qué ha tenido a bien sacar la luz del Evangelio de las tinieblas en nuestros propios días; más aún, se remontan hasta la creación del mundo, pues les parece absurdo que Dios haya estado ocioso por tantos siglos, y por eso preguntan, burlándose, por qué se le ocurrió por fin hacer el mundo, que aún no ha llegado a su sexto milenio. Pero sobre todo la perversidad de muchos avanza más allá de todo límite debido en este punto, a saber, porque no aparece la razón de por qué Dios habría de ser misericordioso con una nación o una edad, y severo tanto con otras edades como con otras naciones. De aquí que el admirable consejo de Dios, por el cual ha escogido a unos y reprobado a otros, haya estado siempre expuesto a las calumnias de los impíos; pues si no ven la causa de la diversidad, no vacilan en condenar la injusticia de Dios al hacer esta distinción entre unos y otros. Dios refrena aquí esta locura, y afirma su poder, del cual los hombres, o mejor, los gusanos de la tierra, de buena gana lo despojarían, a saber, que según su propia voluntad ejerce una misericordia peculiar hacia quienquiera que le place. Cuando el profeta relata cómo los padres obtuvieron la posesión de la tierra de Canaán, no da otra razón sino que Dios «los quería» (Sal 44:3). Y esta doctrina, que perros inmundos acometen sin cesar con sus ladridos, se encuentra por todas partes en las Escrituras. Pero sobre todo la vituperan cuando Dios se muestra propicio y benéfico para con los indignos. Por esta razón Pablo recuerda a los creyentes el consejo incomprensible de Dios, porque por la predicación del Evangelio reveló el misterio que se había mantenido oculto desde los tiempos eternos (Ro 16:25). De nuevo, porque al injertar a los gentiles en el cuerpo de la Iglesia, de la cual habían sido tanto tiempo extraños, recomienda las profundidades de aquel misterio que, aunque oculto aun a los ángeles, dio a conocer a todos los hombres en el cumplimiento del tiempo (Ef 3:9). Con la misma intención, declara aquí expresamente que la causa de que se manifieste a Moisés más plenamente que antiguamente a los patriarcas ha de buscarse solamente en su propio consejo o beneplácito. Ahora bien, aunque esto en primer lugar se refiere a Moisés, con todo, por cuanto él contempló la gloria de Dios para el bien común del pueblo, esta misericordia a que se alude se extiende a todos ellos. Y ciertamente fue una prueba inestimable de la gracia de Dios que, después de esta vergonzosísima caída y perversa apostasía del pueblo, se revelara sin embargo más claramente que antes a Moisés para el bien espiritual de ellos. Esto, por cierto, es seguro: que con esta respuesta se pone freno a cuanto los sentimientos carnales pudieran alegar considerando la novedad del acto; como si Dios hubiera declarado en una palabra que la dispensación de su gracia está en su solo poder; y que los hombres no solo obran mal, sino que son arrastrados por una locura impía y blasfema cuando procuran intervenir contra él; como si les tocara a ellos citar a juicio a aquel Juez supremo de quien son súbditos. El modo de expresión tiende simplemente a esto, que la voluntad de Dios está por encima de todas las causas, de modo que es la razón de todas las razones, la ley de las leyes y la regla de las reglas. Y ciertamente, mientras los hombres se permitan inquirir en los consejos secretos de Dios, no habrá límites a su sedición. Dios, pues, no corrige esta locura disputando con ella, sino afirmando su derecho a ser libre en la dispensación de su gracia; pues en su soberanía dice que será misericordioso con quienquiera que él quiera. Guardémonos, pues, de que, cuando él es bueno, nuestro ojo sea malo.

Además, para convencer mejor a los descontentos de su orgullo y temeridad, presenta su misericordia y compasión; como si dijera que no está obligado a nadie; y por tanto que es cosa indigna de ellos murmurar, porque no hace bien indistintamente a aquellos a quienes nada debe. De aquí se ve cuán apropiadamente Pablo, al tratar de la elección gratuita, acomoda este pasaje al asunto que tiene entre manos (Ro 9:15), a saber, que de ningún modo debe tenerse a Dios por injusto porque pasa por alto a unos y elige a otros; pues las palabras proclaman en alta voz que la gracia de Dios está destinada a un cierto número de hombres, de modo que no aparece igualmente en todos. La frase misma no necesita exposición, pues es común en todas las lenguas, cuando queremos evitar que se investiguen nuestras razones, repetir el punto en cuestión; así, una persona que quiere librarse de las censuras de otros diría: Iré adonde iré, o haré lo que haré.

Éxodo 33:20

20. Dijo más: No podrás ver mi rostro. Moisés lo había visto, en efecto, pero en un modo de revelación tal que era muy inferior a su plena refulgencia. Mucho antes del nacimiento de Moisés, Jacob había dicho: «He visto a Dios cara a cara» (Gn 32:30); y a Moisés, como he mostrado hace poco, se le concedió una visión aún más clara. Ahora, sin embargo, obtiene algo mejor y más excelente; y con todo no de manera que vea perfectamente a Dios tal como es en sí mismo, sino en cuanto la mente humana es capaz de soportar. Porque, aunque se dice que los ángeles ven el rostro de Dios de manera más excelente que los hombres, ni ellos aprehenden la inmensa perfección de su gloria, por la cual serían absorbidos. Con justicia, pues, declara Dios que no puede ser visto por un hombre mortal; pues no lo veremos tal como es, hasta que seamos semejantes a él (1 Jn 3:2). Porque forzosamente aquel resplandor incomprensible nos reduciría a la nada. Dios, pues, aunque nos retiene de un conocimiento completo de sí, se manifiesta sin embargo hasta donde conviene; más aún, templando la cantidad de luz a nuestra humilde capacidad, toma el rostro que podemos soportar.

Éxodo 33:21-23

21. Y dijo aún Jehová: He aquí un lugar junto a mí. Esta descripción puede parecer, en efecto, pueril, pero está bien adaptada a nuestra imperfección; ni la despreciará nadie que tenga debida conciencia de su propia debilidad e ignorancia. Parece haber contradicción entre estas dos cosas: que la hermosura de Dios se muestre a Moisés, y que sin embargo se le niegue la vista de él. Esta dificultad se resuelve aquí, pues Moisés habría de ver a Dios solo por detrás. Es una comparación tomada de los hombres, a quienes solo reconocemos en parte si tienen vuelto el rostro; pues el reconocimiento claro solo se obtiene viendo el rostro y el semblante.

La hendidura u hoyo de la peña era como una ventana estrecha y oblicua, que admite los rayos del sol hasta el punto de que quien está encerrado en un lugar profundo y oscuro pueda recibir algún provecho de la luz, aunque nunca vea el sol mismo ni goce de su resplandor. Así nosotros, aprisionados como en nuestros cuerpos, no podemos contemplar la gloria de Dios libre y directamente; pero él nos ilumina oblicuamente, de modo que al menos lo vemos por detrás. No hablo de todos, sino de los más perfectos entre nosotros, como lo fue Moisés, quien, aunque obtuvo el extraordinario privilegio que aquí se registra, no podía con todo soportar la gloria de Dios por la debilidad de su carne; y por eso se interpuso la mano de Dios, para que solo lo viera en parte. Por la mano de Dios se entiende la oscuridad con que fue cubierto, para que los ojos de Moisés no se extendieran con curiosidad a ver más lejos de lo lícito. Algunos refieren «mis espaldas» al cumplimiento del tiempo, cuando Cristo se manifestó en la carne, como si se dijera: No me verás hasta que esté revestido de la naturaleza humana; esta es una especulación sutil, pero de ningún modo sana, más aún, totalmente alejada del sentido genuino.

Éxodo 34

Éxodo 34:1-10, 27-35

1. Y Jehová dijo a Moisés: Alísate dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré sobre ellas las palabras que estaban en las tablas primeras que quebraste.

1. Et ait Jehova ad Mosen, Dola tibi duas tabulas instar priorum: et scribam in his tabulis verba quae fuerunt in tabulis prioribus quas fregisti.

2. Y prepárate para la mañana, y sube de mañana al monte de Sinaí, y presentate ante mí sobre la cumbre del monte.

2. Esto ergo paratus mane, et ascende mane montem Sinai: stesque mihi illic super verticem ipsius montis.

3. Y no suba nadie contigo, ni sea visto nadie en todo el monte; ni ovejas ni bueyes pasten delante del monte.

3. Nullus ascendat tecum, nec ullus videatur in toro monte, etiam oves ant boves non pascantur in prospectu montis hujus.

4. Y alisó dos tablas de piedra como las primeras; y se levantó de mañana y subió al monte de Sinaí, como le mandó Jehová, y llevó en su mano las dos tablas de piedra.

4. Dolavit ergo duas tabulas lapideas instar priorum: consurgens Moses mane ascendit in montem Sinai, sicut praeceperat ei Jehova, et accepit in manu sua duas tabulas lapideas.

5. Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, y proclamó el nombre de Jehová.

5. Tunc descendit Jehova in nube, et stetit coram eo illic, et clamavit in nomine Jehova.

6. Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: Jehová, Jehová, Dios misericordioso y clemente, tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;

6. Transiens, inquam, Jehova ante eum, clamavit, Jehova, Jehova, Deus misericors et clemens, tardus ad iram, et multus misericordia et veritate:

7. que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al culpable; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos, y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.

7. Servans misericordiam millibus, auferens iniquitatem, et transgressionem, et peccatum, et innocentem non faciens, visitaris iniquitatem patrum super filios filiorum in tertios et quartos.

8. Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo, y adoró.

8. Festinans autem Moses inclinavit se ad terram, et adoravit,

9. Y dijo: Si ahora, Señor, he hallado gracia en tus ojos, vaya ahora el Señor en medio de nosotros (porque es pueblo de dura cerviz), y perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos por tu heredad.

9. Dixitque, Si nunc inveni gratiam in oculis tuis, Domine mi, proficiscatur agedum Dominus meus in medio nostri: et quia populus durae cervicis est, propitius sis iniquitati nostrae et peccato nostro, ut possideas nos in hereditatem.

10. Y él dijo: He aquí, yo hago pacto delante de todo tu pueblo; haré maravillas que no han sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna, y verá todo el pueblo en medio del cual estás tú la obra de Jehová; porque será cosa terrible la que yo haré contigo.

10. Et dixit, Ecce, ego pereutiam foedus eoram toro populo tuo, et edam miracula quae non sunt creata in universa terra, et in cunctis nationibus: et videbit totus populus in eujus medio es, quod terribile sit opus Jehovae quod facio tecum.

27. Y Jehová dijo a Moisés: Escribe tú estas palabras; porque conforme a estas palabras he hecho pacto contigo y con Israel.

27. Et dixit Jehova ad Mosen, Scribe tibi verba haec: quia secundum verba haec pepigi foedus tecum, et cum Israele.

28. Y él estuvo allí con Jehová cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan, ni bebió agua; y escribió en las tablas las palabras del pacto, las diez palabras.

28. Fuit autem ibi cum Jehova quadraginta dies, et quadraginta noctes: panem non edit et aquam non bibit: et scripsit in tabulis verba foederis, decem verba.

29. Y sucedió que cuando descendió Moisés del monte Sinaí, con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía que la piel de su rostro resplandecía, por haber hablado con él.

29. Factum est autem quum descenderet Moses e monte Sinai, habens duas tabulas testimonii in manu sun: quum ergo descenderet e monte, nesciebat quod resplenduisset cutis faciei suae quando loquutus erat cum eo.

30. Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él.

30. Viditque Aharon et omnes filii Israel ipsum Mosen, et ecce, splendebat cutis faciei ejus: timueruntque accedere ad eum.

31. Y Moisés los llamó; y Aarón y todos los príncipes de la congregación volvieron a él, y Moisés les habló.

31. Et vocavit filius Moses: reversique sunt ad eum Aharon et omnes principes coetus. Tunc loquutus est Moses ad cos.

32. Después se acercaron todos los hijos de Israel, y les mandó todas las cosas que Jehová le había dicho en el monte Sinaí.

32. Deinde appropinquarunt omnes filii Israel, et praecepit eis cuncta quae loquutus fuerat Jehova cum eo in monte Sinai.

33. Y cuando Moisés hubo acabado de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro.

33. Porro quum finem fecisset loquendi Moses cum eis, posuit velamen super faciem suam.

34. Pero cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con él, se quitaba el velo hasta que salía; y saliendo, decía a los hijos de Israel lo que le había sido mandado.

34. Quum vero ingrederetur Moses in conspectum Jehovae ad loquendum cum illo, auferebat velamen, donec egrederetur: egressus autem alloquebatur filios Israel quod jussus erat.

35. Y los hijos de Israel veían el rostro de Moisés, que la piel de su rostro resplandecía; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con él.

35. Videbunt igitur filii Israel faciem Mosis, quod resplenderet curts faciei Mosis, et reducebat Moses velamen super factem suam, donec ingrederetur ad loquendum cum co.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.