Comentarios bíblicos · Juan Calvino

Ezequiel 16: comentario de Juan Calvino

Ezequiel 16:1-2

Este capítulo contiene reproches muy severos contra el pueblo de Judea que había quedado en Jerusalén. Pues aunque Ezequiel había sido guía de los israelitas y de los judíos desterrados, Dios quiso, sin embargo, que su ayuda aprovechara también a otros. De ahí que el oficio que Dios había impuesto a su profeta se extienda ahora a los ciudadanos de Jerusalén, cuyas abominaciones se le ordena sacar a la luz. El modo se expresa después, cuando Dios muestra la condición de aquella nación antes de abrazarla con su favor. Pero tras recordar los beneficios con que había adornado al pueblo, reprende su ingratitud, y muestra con muchas palabras y con diversas figuras cuán detestable era su perfidia al rebelarse, y tan lejos de Dios después de haberlos tratado con tanta liberalidad. Estas cosas se tratarán ahora cada una en su orden. En cuanto a que a Ezequiel se le ordena poner al descubierto ante los judíos sus abominaciones, de aquí concluimos que los hombres están a menudo tan cegados por sus vicios que no perciben lo que es suficientemente evidente para todos los demás. Y sabemos que el pueblo estaba completamente ebrio de soberbia, pues se cegaban voluntariamente con sus propias adulaciones. No es extraño, pues, que Dios les ordene traer al medio sus abominaciones, para que por fin se sientan pecadores. Y este pasaje es digno de notarse, porque pensamos que esas amonestaciones son superfluas hasta que Dios nos arrastra a la luz y pone nuestros pecados delante de nuestros ojos. No hay nadie, en verdad, cuya conciencia no lo reprenda, ya que la ley de Dios está escrita en el corazón de todos, y así distinguimos por naturaleza entre el bien y el mal; pero si pensamos cuán grande es nuestra estupidez para ocultar nuestras faltas, no nos maravillaremos de que los profetas dieran este mandato: poner delante de nosotros mismos nuestras abominaciones. Pues ese conocimiento de sí mismo del que he hablado no solo es frío, sino también envuelto en mucha oscuridad, de modo que el que solo en parte tiene conciencia se endurece de buena gana mientras se complace a sí mismo. Además, hay que recordar que con los judíos se debía argumentar de este modo porque se agradaban a sí mismos con sus propias supersticiones. Pues el profeta muestra que su mayor maldad consistía en abandonar la ley de Dios, en prostituirse a los ídolos y en levantar un culto adúltero como casas de mala fama; pero en esto se complacían, como vemos cada día en el papado, que bajo este pretexto se disfrazan las idolatrías más inmundas, pues piensan que con ello adoran a Dios.

No es extraño, pues, que Dios reprenda aquí de manera indirecta la estupidez y la pereza de los judíos cuando manda sacar a la luz sus abominaciones, que ya eran suficientemente conocidas de todos. Después, para empezar a mostrar cuán indebidamente se comportaba el pueblo, los hace volver al primer origen o fuente de su linaje. Pero debemos notar que Dios habla de modo diverso del origen del pueblo. Pues a veces les recuerda la condición de Abraham antes de que extendiera su mano y los arrastrara, por así decirlo, desde las regiones más bajas hacia la vida, como se dice en el último capítulo de Josué (Jos 24:2, 3): «Tu padre Abraham adoraba ídolos cuando Dios lo adoptó». Pero a veces el comienzo se toma del pacto de Dios, cuando eligió para sí a Abraham con su posteridad. Pero en este pasaje Dios toma el tiempo desde el período en que la pequeña banda de hombres emergía, por un crecimiento admirable, hasta ser una nación, aunque habían sido tan miserablemente oprimidos en Egipto; pues la redención del pueblo, que siguió inmediatamente, se llama a veces su nacimiento. Así aquí Dios dice que los judíos nacieron allí cuando se multiplicaron tan increíblemente, aunque, oprimidos por la tiranía egipcia, apenas tenían lugar entre los vivos. Y lo que dice de los judíos se aplica igualmente a toda la posteridad de Abraham: pues la condición de las diez tribus era la misma que la de Judea. Pero como el profeta habla a un pueblo que aún sobrevivía, calla lo que habría dicho si se le hubiera mandado pronunciar este mensaje a los desterrados y cautivos, así como a los ciudadanos de Jerusalén. Sea cual sea su sentido, Dios declara aquí que los judíos procedían de la tierra de Canaán, de un padre amorreo y de una madre hetea

Ezequiel 16:3

Aquí surge una pregunta: cuando Dios había adoptado a Abraham doscientos años antes, ¿por qué no se tuvo en cuenta ese pacto? Pues aquí parece que no magnifica su propia fidelidad y la constancia de su promesa cuando rechaza a los judíos como descendientes de cananeos o amorreos; pero esto solo muestra lo que eran en sí mismos: porque aunque él nunca se apartó de su propósito, y su elección nunca fue en vano, debemos sostener, en cuanto al pueblo, que son considerados como gentiles profanos. Pues sabemos cómo se corrompieron en Egipto. Puesto que, entonces, estaban tan degenerados y eran tan completamente distintos de sus padres, no es extraño que Dios diga que descendían de cananeos y amorreos. Pues por Oseas dice que todos habían nacido de una ramera, y que el lugar de su nacimiento fue una casa de mala fama (Os 2:4). Esto debe entenderse metafóricamente: pues aquí Dios no reprende a las mujeres que habían sido infieles a sus maridos y habían dado a luz una descendencia adúltera; sino que simplemente quiere decir que los judíos eran indignos de ser llamados o considerados simiente de Abraham. ¿Por qué? Porque aunque Dios permanecía firme en su pacto, sin embargo, si consideramos el carácter de los judíos, ellos mismos se habían separado por completo por su infidelidad. Puesto que, entonces, no se diferenciaban de los gentiles profanos, son rechazados con razón con reproche, y se les llama descendencia de Canaán, como en otros lugares. Ahora, pues, entendemos la intención del profeta, o más bien del Espíritu Santo. Pues si Dios hubiera dicho solamente que se compadecería de aquella raza reducida a extrema miseria, no se la habría sometido a un reproche tan severo y pesado, como veremos. Por eso Dios no solo relata su bondad hacia ellos, sino que al mismo tiempo muestra de qué estado había tomado a los judíos cuando por primera vez los auxilió, y cuál era su condición cuando se dignó sacarlos de tan grande miseria. Además, puesto que él estaba a mano para recogerlos, su redención se fundaba en el pacto, y así fueron sacados, porque Dios había prometido a Abraham cuatro siglos antes que sería el libertador del pueblo. Para que no ignoraran el favor con que Dios se había obligado a Abraham, el profeta les sale al encuentro, y los declara simiente de Canaán, sin nada en común con Abraham, porque, en cuanto a ellos, según el uso común, la promesa de Dios estaba extinguida, y su adopción muerta y sepultada. Puesto que habían obrado tan pérfidamente, ya no podían jactarse de ser hijos de Abraham. Por eso dice: tus moradas, es decir, el lugar de su origen. Jerónimo lo traduce «raíz»; pero la palabra «nacimiento» conviene mejor, o suelo natal, o condición de nacimiento en la tierra de Canaán: y tu padre amorreo y tu madre hetea. Había otras tribus de Canaán, pero aquí se ponen dos o tres clases por el conjunto. Ahora sigue:

Ezequiel 16:4-5

4. Y en cuanto a tu nacimiento, el día que naciste no fue cortado tu ombligo, ni fuiste lavada con aguas para limpiarte; no fuiste salada con sal, ni fuiste envuelta con fajas.

4. Et nativitates tuae in die qua nata es tu non praecisus fuit umbilicus tuus, aquis non fuisti lota, ad mollitiem sale non fuisti salita, et non fuisti involuta fasciis.

5. Ningún ojo se compadeció de ti para hacerte algo de esto, para tener compasión de ti; sino que fuiste arrojada sobre la faz del campo, para desprecio de tu persona, el día que naciste.

5. Non misertus est super te oculus faciendum tibi unum ex his ad considerandum super te et projecta fuisti in superficie agri, in probrum animae tuae quo die nata es.

Ezequiel 16:4-5

Aquí el profeta describe metafóricamente aquel estado miserabilísimo en que Dios halló a los judíos. Pues sabemos que apenas hubo nación alguna oprimida tan cruel y vergonzosamente. Porque cuando todos fueron obligados a trabajos serviles sin recompensa, salió el edicto de que sus varones fueran exterminados (Éx 1:16, 22). No se omitió ninguna especie de afrenta, y su vida era peor que cien muertes. Esta es, pues, la razón por la que Dios dice que los judíos fueron así arrojados sobre la faz de la tierra, sin ningún auxilio de las cosas necesarias comunes de la vida. Toma estas figuras de la costumbre; pues es habitual cortar el cordón umbilical a los recién nacidos: porque el ombligo les da alimento en el vientre de sus madres, y madre e hijo perecerían ambos si no se hiciera la separación; y si el cordón no se atara, el niño perecería; pues toda la sangre fluye por ese órgano, ya que el niño recibía por él su sustento: y este es el principal cuidado de la partera tan pronto como nace el niño: cortar lo que después debe ser restituido a su lugar, y atar la parte, y hacerlo, como he dicho, con el mayor cuidado, pues de ello depende la vida del infante.

Pero Dios dice que el cordón umbilical de los judíos no fue cortado. ¿Por qué? Porque fueron arrojados, dice, sobre la superficie de la tierra; es decir, fueron abandonados y expuestos, — con una sola palabra. Añade ahora: no fueron lavados con agua: pues sabemos cuánto necesitan los niños pequeños la ablución; y si no se hace de inmediato, perecerán. Por eso dice que no fueron lavados con agua. Añade: para suavizarlos o refrescarlos, o «arreglarlos», como dice la frase común; pues el agua suaviza y alisa la piel, aunque otros lo traducen en el sentido de hacerla brillar: pero entendemos suficientemente el sentir del profeta. Después añade: no fueron frotados con sal; pues se esparce sal sobre el cuerpo del infante para endurecer la carne, cuidando no volverla demasiado dura; y esta moderada dureza se logra con el esparcimiento de sal. El sentido completo es que los judíos, en su nacimiento, fueron arrojados con tanto desprecio que carecían del cuidado necesario que la vida requiere. Añade: Ningún ojo se compadeció de ti, para cumplir alguna de estas obligaciones y mostrarte compasión: y esto es suficientemente evidente, pues los israelitas habrían sido destruidos si nadie se hubiera apiadado de ellos; porque estaban en cierto modo sepultados en la tierra de Egipto; pues sabemos cuán cruel fue la conspiración de toda la tierra contra ellos. No es extraño, pues, que Dios relate aquí que fueron arrojados sobre la superficie de la tierra, de modo que ningún ojo los miraba ni les mostraba compasión. Añade: fueron arrojados para aborrecimiento de su vida. Simplemente quiere decir que eran tan despreciables que no tenían lugar entre los hombres; pues aborrecimiento de la vida significa lo mismo que rechazo. Ahora sigue:

Ezequiel 16:6

6. Y pasé junto a ti, y te vi contaminada en tu sangre, y te dije: Aunque estás en tu sangre, vive; sí, te dije: Aunque estás en tu sangre, vive.

6. Et transivi juxta te, et vidi te foedatam in sanguinibus tuis: et dixi tibi, in sanguinibus tuis, Vive: et dixi tibi, in sanguinibus tuis, Vive.

Ezequiel 16:6

Ya he explicado el tiempo al que alude el profeta, cuando la simiente de Abraham comenzó a ser oprimida tiránicamente por los egipcios. Pues Dios asume aquí el carácter de un viajero cuando dice que pasó junto a ella. Porque había dicho que los judíos y todos los israelitas eran como una niña arrojada y abandonada. Ahora, pues, añade que este espectáculo le salió al paso mientras pasaba: como los que viajan echan los ojos a uno y otro lado, y si ocurre algo inusual lo observan y lo consideran; entre tanto Dios declara que cuidaba de su pueblo. Y en verdad el asunto es suficientemente evidente, pues parecía haber descuidado a aquellos miserables, cuando los había auxiliado de manera admirable. Porque habrían podido perecer cien veces al día, y si él no hubiera reparado en ellos, no habrían arrastrado su vida hasta el fin. Es bien conocida aquella célebre sentencia: «He visto, he visto la aflicción de mi pueblo». Cuando mandó llamar a Moisés y le ordenó libertar al pueblo, lo introduce de esta manera: «He visto, he visto» (Éx 3:7). Por tanto, hacía tiempo que había visto, aunque parecía desdeñarlos cerrando los ojos. No hay duda de que la duplicación de la palabra significa aquí que Dios velaba siempre por la salvación de este pueblo desesperado, aunque no lo auxiliara directamente: ahora quiere decir lo mismo cuando dice que pasó junto a ti: pasé, pues, junto a ti, y te vi contaminada de sangre. Aquel espectáculo no pudo apartar los ojos de Dios; pues todo lo que es contrario a la naturaleza excita horror. Dios muestra, por tanto, cuán compasivo fue con el pueblo, porque no se horrorizó de aquella vergonzosa inmundicia, cuando vio al niño tan sumergido en su propia sangre, sin forma alguna. En cuanto a la frase siguiente, te dije, no quiere decir que hablara abiertamente de modo que el pueblo oyera su voz, sino que anuncia lo que había determinado acerca del pueblo. La expresión vive en tu sangre puede, en efecto, tomarse con desprecio, como si Dios hubiera rehusado mover su mano, no fuera que el solo contacto resultara contagioso; pues no tocamos de buena gana ninguna sangre pútrida. Las palabras vive en tu sangre pueden explicarse así, ya que al principio Dios no se dignó cuidar del pueblo. Pero por el contexto es evidente que Dios expresa aquí la virtud secreta por la que el pueblo fue preservado contra el sentir común. Porque si consideramos lo que se ha dicho antes, el pueblo ciertamente no habría vivido un solo día si no hubiera recibido vigor de esta voz de Dios. Pues si un niño recién nacido es abandonado, ¿cómo podrá soportar el frío de la noche? Sin duda expirará al instante: y ya he dicho que la muerte aguarda a los niños si su cordón umbilical no se corta. Puesto que, por tanto, cien muertes rodeaban al pueblo, nunca habría podido seguir con vida si la voz secreta de Dios no lo hubiera sostenido.

Dios, por tanto, al mandarles vivir, muestra ya que los preservaba de buena gana y de manera admirable en medio de diversas clases de muerte. Como se dice en el salmo 68 (Sal 68:20): «De Jehová el Señor es el librar de la muerte», de modo que la muerte se convierte en vida: pues él es el soberano y señor de ambas. Pero esta frase está duplicada, porque el pueblo fue afligido en Egipto no por poco tiempo. Y si aquella tiranía hubiera durado solo unos pocos años, habrían tenido que ser consumidos. Pero su esclavitud se prolongó muchos años: de donde ocurrió aquel notable prodigio de que su memoria y su nombre no fueran borrados con frecuencia. Vemos, pues, que Dios tiene razón suficiente para pronunciar aquella sentencia en que se incluía la salvación del pueblo: vive en tus sangres, vive en tus sangres. El hecho mismo muestra que el pueblo fue preservado porque así agradó a Dios. La historia que Moisés relata en el libro de Éxodo es un espejo en que podemos contemplar la imagen viva de aquella vida de la que hemos hecho mención, la cual toma todo su vigor del secreto beneplácito de Dios. Ahora se pregunta la razón por la que Dios no tomó a su pueblo abierta y directamente, y no lo trató con tanta bondad como lo hizo durante su juventud. La razón es suficientemente manifiesta: si el pueblo hubiera sido libertado desde el primer momento, el recuerdo del beneficio se habría desvanecido pronto, y el poder de Dios habría sido más oscuro. Porque sabemos que los hombres, si no están plenamente convencidos de su propia miseria, nunca reconocen haber obtenido salvación por la compasión de Dios. El pueblo pensó entonces que vivía de tal modo que siempre tenía la muerte delante de los ojos, más aún, como si estuviera atado con las cadenas de la muerte. Vivió, pues, en sangres, es decir, en el sepulcro, como un cadáver que permanece en su propia putrefacción, mientras su vida yace oculta: así les ocurrió a los hijos de Abraham. Ahora, pues, entendemos la intención de Dios al no levantar con grandeza desde el principio a los hijos de Abraham, sino permitir que arrastraran una vida miserable y fueran empapados en la misma inmundicia de la muerte. Ahora sigue:

Ezequiel 16:7

7. Te hice multiplicar como la hierba del campo; y creciste, y te hiciste grande, y llegaste a ser muy hermosa; tus pechos se formaron, y tu pelo creció; pero estabas desnuda y descubierta.

7. Et magnam te feci quasi germen agri: et crevisti, et adolevisti, et venisti in ornamentum ornamentorum: ubera tua aptata sunt, et pilus tuus germinavit: tu autem nuda et discooperta eras.

Ezequiel 16:7

Aquí se expresa ahora claramente lo que poco antes toqué: que el pueblo, en su extrema angustia, no solo estuvo a salvo, sino que creció por el singular favor de Dios. Pues si el niño, tras ser abandonado, conserva la vida, seguirá siendo un aborto débil. Por eso Dios engrandece aquí su favor con esta circunstancia: el pueblo creció como si hubiera sido cuidado con propiedad y atención, y como si no se hubiera omitido ningún oficio de bondad. Este es el sentido de las palabras fueron multiplicados; pues aunque mira a la propagación de la familia de Abraham, sin embargo hay que observar la comparación, porque el pueblo se compara con una niña expuesta en un campo desde su nacimiento, y su crecimiento tuvo lugar cuando Dios los multiplicó tan increíblemente, como sabemos. Y ciertamente la bendición de Dios fue grande cuando entraron en Egipto siendo 75, y eran muchos miles cuando salieron de allí (Hch 7:14; Éx 12:37). Porque en 250 años la familia de Abraham se multiplicó tanto que llegaban a 800.000 cuando Dios los libertó. Pero como el profeta habla metafóricamente cuando dice que el pueblo fue multiplicado, y, bajo la imagen de una tierna niña, hasta que creció a una edad conveniente; entre tanto muestra que esto se hizo solo por el admirable consejo y poder de Dios. Te puse, dice. Dios reclama para sí la alabanza por esta gran multiplicación, y luego confirma lo que he dicho, a saber, que la salvación del pueblo estaba incluida en aquella frase vive en sangres: luego dice: llegó al adorno de los adornos. Aquí עדי, gnedi, no puede significar un adorno ocasional, puesto que se añade enseguida: estabas desnuda y descubierta. Se sigue, pues, que se refiere a la gracia personal. Significa que la niña no solo creció en altura de estatura, sino en hermosura de persona. Por tanto, la elegancia y la belleza se señalan aquí, como nos muestra el contexto. Llegaste, pues, a excelente o exquisita hermosura, pues sabemos que este es el sentido del genitivo, que significa excelencia. Añade al mismo tiempo: tus pechos fueron dispuestos, pues כון, kon, significa preparar, fortalecer: pero como habla de los pechos, no tengo duda de que quiere decir que se habían desarrollado como debían. Tus pechos, pues, fueron formados, es decir, del tamaño conveniente, como en las doncellas casaderas. Tu cabello también creció. En fin, el profeta expresa así toscamente lo que habría podido decir más brevemente, a causa de la rudeza del pueblo. Tu cabello creció mientras estabas desnuda y descubierta; es decir, aún no tenías adorno exterior, eras como una doncella casadera: tenías gran hermosura de persona, noble estatura, y todas las partes de tu cuerpo en mutua armonía, pero tenías motivo para avergonzarte de tu desnudez. Y tal era la condición del pueblo, pues los egipcios tramaban todo contra ellos y conspiraban por todos los medios para su destrucción: vemos, pues, cómo Dios extendió su mano no solo para defensa del pueblo, sino para sacarlos contra la tiranía de Faraón y de todo Egipto. Señala como cercano el tiempo de su redención, porque el pueblo había crecido y se había multiplicado, igual que una joven que ha llegado a sus veinte años. Ahora sigue:

Ezequiel 16:8

8. Y pasé yo junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez; y te di juramento y entré en pacto contigo, dice el Señor DIOS, y fuiste mía.

8. Et transivi juxta te, et vidi te; et ecce tempus tuum tempus amorum: et extendi alam meam super te, et texi nuditatem tuam, et juravi tibi, et veni in foedus tecum, dicit Dominator Iehovah: et fuisti mea.

Ezequiel 16:8

Dios reprocha ahora a los judíos su bondad hacia ellos, pues los había vestido con espléndidos adornos, y sin embargo ellos después se arrojaron a las más viles pasiones, como veremos. Pero debemos recordar que el profeta habla ahora del tiempo de su liberación. Mas Dios dice que pasó otra vez y vio el estado del pueblo, — no porque lo hubiera olvidado alguna vez. Pues sabemos que, aun cuando disimula y parece cerrar los ojos y apartarlos de nosotros, o incluso dormir, siempre está solícito por nuestra salvación. Y ya hemos dicho que hizo falta su poder presente para que el pueblo prolongara su vida, pues si no les hubiera infundido vida, cien muertes habrían prevalecido de inmediato. Pero es bastante común y habitual señalar con el aspecto de Dios una declaración abierta de ayuda. Cuando Dios aparece tan abiertamente para librarnos que se puede percibir con los sentidos, entonces se dice que nos mira desde lo alto, que se levanta y se vuelve hacia nosotros. Pasó, pues, junto al pueblo, a saber, cuando llamó a Moisés del desierto y lo constituyó ministro de su favor (Éx 3); entonces vio a su pueblo, y demostró por su prueba que no lo había desechado del todo. Miré, pues, y he aquí tu tiempo, tu tiempo de años. Aquí Dios habla toscamente, aunque conforme a la capacidad del pueblo. Pues representa a un hombre impresionado por la belleza de una joven y que le propone matrimonio. Pero Dios no se afecta como los hombres, como bien sabemos, de modo que no es propio de su naturaleza amar como aman los jóvenes. Pero tal era la estupidez del pueblo que no podía ser enseñado provechosamente si el profeta no se acomodaba a su tosquedad. Añádase también que el pueblo no habría sido en absoluto amable si Dios no lo hubiera abrazado con su bondad, de modo que su amor dependía de su beneplácito hacia ellos. Por el tiempo de los amores debemos entender el tiempo cumplido de su redención, pues Dios había determinado sacar al pueblo de Egipto cuando le placiera, y eso se había prometido a Abraham: «Después de cuatrocientos años yo seré su vengador» (Gn 15:13, 14; Hch 7:6, 7). Vemos, pues, que los años en que Dios redimiría al pueblo estaban fijados de antemano. Compara ahora esa unión a un matrimonio. De modo que si Dios quería ligar a su pueblo consigo mediante un matrimonio, así también se obligaría a la fidelidad conyugal. Pero no puedo avanzar más: debo dejar el resto para mañana.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que desde nuestro primer origen hemos sido por completo malditos, de modo que estábamos totalmente sucios y contaminados ante tu vista, que tengamos presente nuestra condición, y reconozcamos tu inestimable compasión hacia nosotros, pues te has dignado sacarnos del estado más bajo y adoptarnos entre tus hijos: y que deseemos de tal modo pasar toda nuestra vida en obediencia a ti, que disfrutemos por fin de aquella bienaventurada gloria a la que nos has llamado, y que has preparado para nosotros en tu Hijo unigénito. Amén.

Lección cuarenta y tres.

Comenzamos ayer a explicar otro punto que trata el profeta, a saber, la liberación del pueblo. Pues entonces fue el tiempo oportuno en que Dios los desposó consigo. Añade ahora que extendió el borde de su manto para cubrir la inmundicia y la vergüenza del pueblo. Este extender comprende todas las virtudes que Dios ejerció al libertar a su pueblo. Porque entonces los libró de todos los oprobios con que fueron tratados vergonzosa e ignominiosamente en Egipto. Algunos piensan que era un rito nupcial que el esposo o marido cubriera a la novia con su manto, pero esto es solo una conjetura. Por eso yo simplemente lo interpreto así: se extendió el borde del manto cuando Dios vindicó a su pueblo de los oprobios con que habían sido deformados. Después añade: y te he jurado, y he entrado en pacto contigo. No hay duda de que esto debe referirse a la promulgación de la ley. Porque aunque Dios había hecho mucho antes un pacto con Abraham, y la adopción del pueblo se fundaba en él, sin embargo, ese favor, por parte del pueblo, casi se había desvanecido, como dije ayer; de ahí que Dios declare que había adoptado de nuevo al pueblo, por así decirlo. Fue como la renovación del pacto, cuando Dios ligó al pueblo a sí con una ley fija, y les prescribió un método fijo de culto. Estos eran, pues, los ritos acostumbrados del matrimonio. Pero Dios anuncia con razón que había entrado en pacto, porque entonces unió consigo al pueblo; de donde también aquel elogio de Moisés: «¿Qué nación hay tan grande que tenga a Dios tan cerca de ella, como lo está Jehová nuestro Dios?». «Vosotros me seréis un reino de sacerdotes; vosotros seréis mi heredad» (Dt 4:7; Éx 19:6). Debemos notar como enfática la palabra jurar, pues Dios aumenta su condescendencia cuando dice que juró. Si pensamos en la majestad de Dios y en lo que era su pueblo, esto es ciertamente increíble: que Dios se dignara descender hasta jurar como los hombres acostumbrados a dar su palabra y a sancionarla con un juramento. Ahora, pues, vemos expresado aquí el singular beneficio con que Dios adornó a su pueblo cuando, al dar la ley, los eligió como suyos y los constituyó reino de sacerdotes. Ahora sigue:

Ezequiel 16:9

9. Te lavé con agua; sí, lavé tu sangre de encima de ti, y te ungí con aceite.

9. Et lavi te aquis, et mundavi sanguines tuos abs te et unxi te oleo.

Ezequiel 16:9

Aquí Dios explica más claramente lo que antes había tocado, a saber, que entonces se casó con el pueblo, como un joven se casa con su novia. Pero aquí declara que la dotó; pues no habrían sido adoptados suficientemente por Dios si no hubieran sido adornados con presentes superiores; porque si hubieran quedado en aquella miserable esclavitud con que eran oprimidos, el favor de Dios habría sido muy oscuro. Ahora, pues, Dios quiere decir que por su ley había entrado en un nuevo pacto con su pueblo, de modo que no los dejó desnudos y descubiertos, sino vestidos con notables dones. Ante todo dice: Te lavé con agua. Aunque acababa de decir que el pueblo era como una hermosa doncella, y había alabado su belleza, la inmundicia de que había hablado el profeta aún permanecía: debía, por tanto, ser limpiada de aquellas manchas: Te he limpiado con agua, dice, y lavé tus sangres, a saber, la sangre corrompida que la doncella de que habla Ezequiel había conservado desde su nacimiento. Por último, Ezequiel dice que Dios cumplió aquellos oficios que la nodriza cumple con el niño. Después añade:

Ezequiel 16:10-13

10. Te vestí de bordado, te calcé de tejón, te ceñí de lino fino y te cubrí de seda.

10. Et vestivi te Phrygionica veste, et calceavi te taxo, et cinxi te bysso, et operui te serico.

11. Te atavié con adornos, y puse brazaletes en tus manos y collar en tu cuello.

11. Et ornavi te ornatu, et posui armillas in manibus tuis, et torquem in collo tuo.

12. Puse joyas en tu frente, y zarcillos en tus orejas, y una hermosa corona en tu cabeza.

12. Et posui circulum super faciem tuam, et inaures super aures tuas, et coronam decoris in capite tuo.

13. Fuiste adornada de oro y de plata, y tu vestido fue de lino fino, de seda y de bordado; comiste flor de harina, miel y aceite; y fuiste hermosa en gran manera, y prosperaste hasta llegar a reino.

13. Et ornata fuisti auro et argento, et vestitus tuus byssus, et sericum et variegatus: similam, et mel, et oleum comedisti, et pulchra fuisti in valde valde, et prospere progressa es usque ad regnum.

Ezequiel 16:10-12

Aquí el profeta, en una metáfora, relata otros beneficios de Dios con que adornó generosamente a su pueblo; pues sabemos que no se omitió nada en el derramar Dios las riquezas de su bondad sobre el pueblo. Y en cuanto a las explicaciones que algunos dan de estos adornos femeninos de manera alegórica, no las apruebo, porque conjeturan infructuosamente muchas fruslerías que discrepan entre sí. Ante todo, sus conjeturas pueden refutarse con las palabras del profeta: luego, si permitimos que las palabras del profeta sean torcidas y retorcidas, lo que estos intérpretes alegóricos charlan entre sí es enteramente contrario en su significado. Contentémonos, pues, con el sentido genuino: que Dios fue tan generoso con los israelitas que derramó todas sus bendiciones para enriquecerlos. Ahora bien, si alguien pregunta ¿cómo fue adornado el pueblo?, respondo que de dos maneras: primero, Dios los abrazó con su favor, y prometió ser su Dios, y este fue su principal honor; como dice Moisés que estaban desnudos, y su vergüenza fue descubierta cuando levantaron un ídolo en lugar de Dios. Añade ahora una segunda clase de bendición, cuando Dios cuidó de ellos en el desierto: se les apareció de día en una nube, y de noche en una columna de fuego: el agua manó para ellos de la peña; se les dio cada día alimento del cielo, como si Dios con sus propias manos lo hubiera puesto en su boca: luego, con su fuerza vencieron a sus enemigos y entraron en la tierra prometida; mientras él les mataba las naciones, y les daba allí tranquila posesión y dominio: luego bendijo la tierra, de modo que los alimentó abundantemente, y la hizo testificar que no era vana promesa que la tierra fluiría leche y miel (Éx 3:17; 13:21, 22; 16:15, 16; 17:6; 22:25; Nm 20:11). Ezequiel incluye todas estas cosas bajo collares, brazaletes, oro, plata, vestidos de lino, bordados, etc. En cuanto a las palabras particulares, no insistiré con exactitud, a no ser que toque brevemente uno o dos puntos que puedan ocasionar duda.

Cuando dice que los vistió, רקמה, rekmeh, esto está de acuerdo con las costumbres orientales: pues solían usar vestidos de diferentes colores; como Benjamín llevó un vestido de esta clase cuando era niño; y esto no era esplendor regio de parte de su padre, que era pastor, sino simplemente la costumbre usual. Hoy día, en efecto, si alguno de nosotros llevara un vestido de varios colores, no sería varonil: más aún, las mujeres que desean tal variedad de colores demuestran haber desechado todo pudor. Pero entre los orientales, como he dicho, esta era la clase usual de vestido. Después añade: te calcé de tejón. No sé por qué Jerónimo lo traduce de color violeta, y otros jacinto: es bastante claro que era una clase preciosa de piel. La palabra la usa Moisés a menudo al tratar del tabernáculo; pues las cubiertas eran de piel de color violeta, y todo el tabernáculo estaba cubierto con ellas. El tejón era un animal desconocido para nosotros: pero como aquí trata de calzado, no hay duda de que la piel era más elegante y más estimada por Dios (Éx 35:23; 36:19). Después añade: te ceñí de lino fino. Sabemos que los vestidos de lino eran de uso más frecuente entre aquel pueblo que en Grecia o en Italia, o en estas regiones: pues el lino rara vez se usaba entre los romanos, incluso en su mayor lujo; pero en Oriente vestían lino, por ser aquella región muy cálida. Pero sabemos que el lino es muy fino, y que solían tejer velos transparentes. Ahora bien, este vestido lo llevaban comúnmente los hombres en Oriente, aunque no es en absoluto varonil: más aún, en las mujeres apenas es tolerable. Pero los sacerdotes adoptaron después la costumbre, y se vestían de lino al realizar los ritos sagrados. Los sacerdotes papistas también — monos en todo — han imitado la costumbre; y aunque no llevan lino fino, usan sin embargo túnicas de lino, que llaman sobrepellices.

Añade ahora: y te cubrí de seda, o vestidos de seda, o tela de seda. Añade que puso brazaletes en las manos: los bárbaros los llaman ajorcas. Este lujo estaba extendido casi por todas partes; pero el adorno circular que el profeta le añade era rechazado por otras naciones. Pone una cadena en el cuello: las cadenas eran de uso común como lo son hoy: más aún, a los collares se añadían cadenas más sueltas — dobles, triples y cuádruples; pues esta falta era demasiado común. Y lo que añade después del anillo se dejó a los orientales, pues tenían joyas colgando de las narices: y me asombro de que los intérpretes pongan aquí zarcillos, y luego en lugar de zarcillos pongan aretes de nariz. Pero el profeta aquí quiere decir un anillo, del que colgaba una joya de la nariz; y esto entre nosotros es ridículo y deforme: pero en aquellas regiones bárbaras tanto hombres como mujeres llevan gemas colgando de la nariz y de las orejas. Añade: una corona en tu cabeza. No quiere decir una diadema o corona como signo de realeza, sino un adorno bastante común.

Ezequiel 16:13

Si alguien hace alguna pregunta sobre estas varias clases de vestidos, si era lícito a las mujeres usar tantos adornos, la respuesta es fácil: el profeta aquí no aprueba lo que relata, sino que usa una imagen común. Dijimos que su única intención era mostrar que Dios no podía haber tratado más generosamente a su pueblo; pues de todas maneras había desplegado los incomparables tesoros de su beneficencia al adornar a los israelitas. Describe ahora esto en una metáfora, y bajo figuras tomadas de la práctica común recibida en todas partes. No se sigue, por tanto, que las mujeres deban adornarse de este modo. Porque sabemos que los adornos superfluos son tentaciones; y sabemos también la vanidad de las mujeres, y su ambición de lucirse, como dice el refrán: y vemos cuán duramente se censura este afán de las mujeres, especialmente por Isaías (Is 3). Pero basta sacar lo que Dios quiso enseñar con estas figuras, a saber, que no había omitido ninguna clase de liberalidad. De donde se sigue que la ingratitud del pueblo era tanto menos excusable, como Ezequiel añadirá enseguida. Pero antes de seguir adelante, debemos aplicar esta enseñanza a nuestro uso. Lo que se ha dicho hasta aquí de los israelitas no nos conviene, lo confieso, en todo; pero hay sin embargo cierta semejanza entre ellos y nosotros. Si reflexionamos sobre nuestro origen, todos nacemos hijos de ira, todos malditos, todos siervos de Satanás (Ef 2:3); y aunque muchos han sido bien criados, sin embargo en cuanto a nuestro estado espiritual somos como niños pequeños o el recién nacido, expuestos y sumergidos en su propia inmundicia y corrupción. Pues ¿qué se puede hallar en el hombre antes de su renovación sino la maldición de Dios? De ahí que seamos tan esclavos de Satanás que Dios nos aborrece, como se dice en Génesis (Gn 6:7): «Me arrepiento de haber hecho al hombre»; donde no reconoce en nosotros su imagen, que no solo está manchada por el pecado original, sino casi extinguida; ciertamente esta es la cumbre de la deformidad: y aunque no percibamos con nuestros sentidos lo que se dice, somos sin embargo suficientemente detestables ante Dios y los ángeles. No tenemos motivo, pues, para agradarnos a nosotros mismos; más aún, si abrimos los ojos, la inmundicia que he mencionado nos resultará bastante clara. Entre tanto, Dios nos ayudó de tal modo que cumplió verdaderamente lo que Ezequiel relata. Pues aunque no fuimos libertados de ninguna tiranía externa, sin embargo Dios nos desposó: luego nos adoptó en su Iglesia: este fue nuestro mayor honor; esto fue más que dignidad real. Vemos, pues, que esta enseñanza nos es útil también en este tiempo, con tal que consideremos en qué nos parecemos al pueblo antiguo. Casi había omitido un punto — el alimento. Dios aquí no solo les recuerda que había adornado al pueblo con varias clases de vestidos, y collares, y gemas, y plata; sino que añade también: comiste flor de harina, o harina fina, y miel y aceite, y fuiste muy hermosa, y prosperaste hasta llegar a reino. Aquí Dios de nuevo recomienda y ensalza su beneficencia, porque no solo vistió suntuosamente a su esposa de quien habla, sino que también la alimentó abundantemente con el alimento mejor, más dulce y más delicado. Pone solo tres especies: no hace mención de vino ni de carne; pero por la flor de harina quiere decir que no les faltaba ningún manjar delicado: el aceite y la miel significan lo mismo. Esta cláusula señala una acumulación de gracia cuando dice que progresaron felizmente hasta llegar a reino: no se podían contar todos los beneficios de Dios: dice que su novia no solo fue magníficamente vestida y delicadamente criada, sino que avanzó hasta la dignidad real. En el versículo siguiente les sigue recordando sus beneficios.

Ezequiel 16:14

14. Y salió tu renombre entre las naciones a causa de tu hermosura; porque era perfecta, por mi hermosura que yo puse sobre ti, dice el Señor DIOS.

14. Et egressum tibi fuit nomen in gentibus in pulchritudine tua: quia perfecta fuisti in decore quem posueram super te, dicit Dominator Iehovah.

Ezequiel 16:14

Aquí el profeta sigue todavía recitando aquellas bendiciones de Dios con que había ligado al pueblo a sí mismo. En cuanto a que dice que su nombre había salido, no puede restringirse a un período breve; sino que abarca una serie continuada de favores de Dios hasta que el pueblo alcanzó la cumbre de la felicidad; y esto ocurrió bajo David. No hay duda de que Dios quiere decir aquí que fue tan continuamente liberal con el pueblo que su fama se hizo célebre, pues el nombre de los israelitas se difundió por todas partes; y Dios cuenta con razón su nobleza o celebridad de fama entre sus beneficios: por eso añade: a causa de la hermosura o elegancia que puse sobre ti, dice; porque eras perfecta por el adorno que yo había puesto sobre ti. Aquí, pues, Dios significa que el pueblo no había ganado su fama por su propia virtud, ni eran nobles por su propia excelencia nativa, por así decirlo; sino más bien por el adorno que se les había concedido. Tú, pues, tuviste gran nombre entre las naciones, dijo. Pero ¿en qué consistía aquella nobleza y excelencia? Ciertamente en mis dones. Pues nada se logró por ti misma para llegar a un nombre y dignidad más que reales. Por aquel adorno tu fama se difundió entre las naciones. Pero hay que notar este ensanchamiento, ya que el pueblo no solo había experimentado la bondad de Dios en aquel rincón de Judea, sino que, cuando debían contentarse con su suerte, eran admirados y estimados entre los extranjeros. Ahora sigue el reproche:

Ezequiel 16:15

15. Pero confiaste en tu hermosura, y te prostituiste a causa de tu renombre, y derramaste tus fornicaciones a cuantos pasaban; suya eras.

15. Et confisa es in pulchritudine tua, et fornicata es pro nomine tuo, et effudisti fornicationes tuas ad omnem transeuntem; illius fuit.

Ezequiel 16:15

Aquí Dios comienza a quejarse de su pueblo; y con este fin relata todos los beneficios que durante largo tiempo había concedido a los israelitas, y especialmente a la tribu de Judá. El profeta se dirige ahora a ellos. Nada era más indigno o absurdo que el que los judíos se ensoberbecieran con el pretexto de los dones de Dios. Pero este vicio ha abundado siempre en el mundo, como ahora es demasiado prevaleciente, y especialmente entre las mujeres hermosas; pues, aunque la belleza es don de Dios, nueve de cada diez mujeres que la poseen son soberbias, y aficionadas a los hombres, y unen la lujuria con la elegancia de forma. Esto es del todo indigno de ellas; pero fue costumbre en todas las edades, como lo es hoy: pues reconocemos lo mismo en los hombres; porque según cada uno sobresale en algo, así se arroga más de lo que debe, cuando se engríe contra Dios y se muestra injurioso hacia los demás. Si alguien abunda en riquezas, enseguida se entrega al lujo y a la vana pompa; y otros las emplean en diversos usos perversos, e incluso corruptos. Si alguien está dotado de habilidad, vuelve su agudeza a la astucia y al fraude; luego traza muchas intrigas, como si quisiera mezclar tierra y cielo. Así casi todos los hombres profanan los dones de Dios. Pero aquí el profeta muestra la fuente de esta soberbia, cuando dice que los judíos confiaron en su propia hermosura: pues si floreciera en nosotros la modestia, ciertamente bastaría para refrenar toda insolencia; pero una vez sacudido ese freno, no hay moderación ni ante Dios ni ante los hombres. Este pasaje, pues, es digno de observación, donde Dios reprende a su antiguo pueblo por confiar en su hermosura: porque la figura significa que sacaban su materia de soberbia de los dones que más bien debían llevarlos a la piedad; pues los dones que recibimos de la mano de Dios deben ser invitaciones a la gratitud: pero nos hinchamos de soberbia y de lujo, de modo que profanamos los dones de Dios, en los cuales debía resplandecer su gloria. Debemos observar también que Dios ha recitado hasta aquí sus beneficios para que la ingratitud del pueblo aparezca más detestable: pues Dios da todas las cosas abundantemente, y no zahiere, como dice Santiago (Stg 1:5); es decir, si reconocemos que todo se lo debemos a él, y así nos dedicamos y consagramos en obediencia a su gloria, con las bendiciones que nos ha concedido. Pero cuando Dios nos ve impíamente sepultando y profanando sus dones, y, por confiar en ellos, volviéndonos insolentes, no es extraño que nos reprenda más de lo acostumbrado. De ahí vemos que Dios asume como otro carácter cuando se queja de nosotros por nuestra ingratitud; porque reconoce de buena gana sus dones en nosotros, y los recibe como si fueran nuestros; como llamamos nuestro al pan con que nos alimenta, aunque se ve obligado a cambiar su naturaleza en cuanto a nosotros. Siempre permanece el mismo en sí mismo; pero hablo de la forma externa. Dios, por tanto, se transfigura, por así decirlo, para reprender sus propios dones, concedidos para que nos gloriemos solo en él (Mt 7:11; Lc 11:13).

Dios dice después que el pueblo se había prostituido conforme a su renombre. No dudo de que el profeta alude a las rameras famosas que sobresalen en hermosura, y los intérpretes no lo han observado lo suficiente; pues no explican nada al decir: has fornicado en tu nombre: porque así como muchos amantes acuden de todas partes en tropel hacia una ramera famosa, así el profeta dice que los judíos eran como ella; y puesto que eran universalmente conocidos, estaban expuestos a la lujuria promiscua, y atraían amantes hacia sí. Aquí el profeta condena dos clases de fornicación en los judíos; una que consistía en supersticiones y en la multiplicación de ídolos, — la otra en pactos perversos e ilícitos: y sabemos que esta es la peor clase de fornicación, cuando se vicia el culto de Dios; pues esta es nuestra castidad espiritual: adorar a Dios puramente conforme a la prescripción de su enseñanza, no desviarnos ni a la derecha ni a la izquierda de sus mandamientos: así, por otra parte, tan pronto como pasamos la meta fijada por él, vagamos como rameras impuras, y todas nuestras supersticiones son otros tantos actos de contaminación. El profeta comienza con la primera clase, cuando dice que los judíos habían fornicado, a saber, con sus ídolos. Pero antes de llegar a eso, muestra que su lujuria había sido insaciable, pues se habían acercado tan ansiosa y ardientemente a sus diversos ídolos, así como una ramera arde con deseo insatisfecho, y es llevada de aquí para allá, y necesita un número de hombres; así el profeta dice aquí que los judíos fornicaron, no con uno o dos solamente, sino con cuantos encontraban; y esto fue ocasionado por aquel favor del que antes hablamos. Ahora sigue:

Ezequiel 16:16

16. Y tomaste de tus vestidos, y te hiciste diversos lugares altos, y te prostituiste sobre ellos: no vendrán cosas semejantes, ni será así

16. Et sumpsisti e vestibus tuis, et fecisti tibi excelsa conspersa maculis, et scortata es cum illis: non venientes: deinde et non erit.

Ezequiel 16:16

Dice que los judíos se erigieron casas de mala fama; y el lenguaje es mixto, porque el profeta expresa simplemente la clase de prostitución de que habla, y sin embargo mezcla entre tanto otra figura; pues dice que tomaron vestidos y se hicieron altares. Sin duda compara los lugares altos con tiendas, como si una ramera quisiera atraer hacia sí un gran número de ojos, y, por deseo de multitud, pusiera su estandarte en un lugar elevado. Así también el profeta dice que los judíos, cuando se entregaron a la fornicación, se hicieron lugares altos. Cuando dice lugares altos de diferentes colores, algunos lo refieren a adornos; sin embargo puede tomarse en mal sentido, ya que aquellos lugares altos estaban manchados, de modo que podían distinguirse de las moradas castas y modestas; como si hubiera dicho: Si hubieras sido una mujer modesta, habrías permanecido retirada en casa, como hacen las matronas honradas, y no habrías hecho nada para atraer hombres hacia ti; pero has erigido tus lugares altos, como casas de mala fama bien visibles, como si una mujer, olvidada del pudor y de la delicadeza, pusiera un letrero y mostrara su casa abierta a todos, y especialmente a sus propios adúlteros. Me parece que el profeta quiere decir esto; pues cuando añade que fornicaron con ellos, quiere decir sin duda con sus amantes, y con todos los demás; pero este no es el sentido de las palabras במות טלאות, bemoth telaoth. Ahora, al final del versículo, donde dice: no vendrán, ni será así, algunos explican esta parte como si el profeta hubiera dicho que no hubo caso semejante en edades pasadas, y que no habría otro igual en adelante. De este modo entienden que se condena la insana lujuria del pueblo, como si fuera un prodigio, como nunca se vio ni se espera ver. Otros dicen que tal era la multitud de lugares altos que nunca hubo nada semejante; porque, aunque los gentiles construyeron ídolos, y templos, y altares por todas partes, sin embargo el profeta dice que la locura y el furor del pueblo superaron la intemperancia de los gentiles: — esto en verdad viene al caso. Entre tanto, en cuanto al alcance general, no importa mucho; como en el versículo anterior, donde dijo suya será, algunos entienden apetito o deseo. Pero yo lo interpreto más sencillamente: que ella estaba expuesta a todo el que pasaba, y que estaba en su poder tomarla. El sentido no me parece dudoso, porque los judíos estaban tan arrojados que no les quedaba libertad alguna, como cuando una mujer se abandona, es esclava de todos, y todos la usan ignominiosamente después, pues ya no es dueña de sí misma. Ezequiel reprende ahora a los judíos por el mismo vicio.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, que consideremos diligentemente de cuántas maneras estamos ligados a ti, y engrandezcamos con razón tu paternal condescendencia hacia nosotros, de modo que en retorno deseemos consagrarnos a ti: concédenos también que, así como nos has adornado con tu gloria, procuremos glorificar tu nombre, hasta que por fin lleguemos al disfrute de aquella gloria eterna que has preparado para nosotros en el cielo por Cristo nuestro Señor. Amén.

Lección cuarenta y cuatro.

Ezequiel 16:17

17. Tomaste asimismo tus hermosas joyas de mi oro y de mi plata, que yo te había dado, y te hiciste imágenes de varón, y fornicaste con ellas,

17. Et sumpsisti vasa pulchritudinis tuae ex auro meo et ex argento meo quae dederam tibi: et fecisti tibi imagines masculi, et scortata es cum illis.

Ezequiel 16:17

El profeta los reprende porque usaron plata y oro para hacerse ídolos. No solo condena la idolatría, sino la ingratitud, ya que volvieron en deshonra de Dios los dones que él les había concedido. Primero, la profanación de sus dones era vil; además de esto, habían abusado temerariamente y a propósito de su liberalidad para deshonrarlo, y eso no era de soportar. Reprende al mismo tiempo su ciega intemperancia, pues se entregaban de buena gana a la licencia y se sepultaban en sus supersticiones. Pero no dice que tomaron simplemente oro y plata, sino vasos de elegancia o hermosura de oro y de plata. De donde se ve que estaban cegados por furiosas pasiones, como hemos visto. Sigue todavía la comparación de la fornicación, cuando llama a estas deidades fabricadas imágenes de varones; y parece señalar de manera indirecta el exceso de lujuria al tener trato con sombras; con lo cual quiere decir que eran arrebatados por nada por sus apetitos desenfrenados, como una mujer alimenta su pasión con la mera pintura de su amante. Ahora sigue:

Ezequiel 16:18-19

18. Y tomaste tus vestidos de diversos colores, y los cubriste; y mi aceite y mi incienso pusiste delante de ellos.

18. Et tulisti vestes tuas discolores, et operuisti eos et oleum meum, et suffitum meum dedisti coram ipsis.

19. Mi pan también, que yo te había dado, la flor de harina, el aceite y la miel, con que yo te sustentaba, pusiste delante de ellos para olor suave; y fue así, dice el Señor DIOS.

19. Et. panem meum quem dederam tibi, similam, et oleum, et mel quibus te cibaveram etiam dedisti coram ipsis in odorem quietis: et ita fuit, dicit Dominator Iehovah.

Ezequiel 16:18-19

Aquí Dios se queja de que los judíos convirtieron su abundancia de todas las cosas en culto perverso: pues, así como un marido que trata con generosidad a su esposa le provee todo lo que necesita, así una mujer inmodesta toma lo que ha recibido de su marido y se lo da a los adúlteros; así también los judíos fueron pródigos en el culto de los ídolos, y malgastaron en ellos las bendiciones que Dios les había concedido. Ezequiel sigue, pues, ahora este pensamiento. Dice que tomaron aquellos vestidos de colores, de que hablamos ayer, y cubrieron sus ídolos: como si una adúltera vistiera a sus amantes con los mismos vestidos que había recibido de la liberalidad de su marido: los cubriste, dice. Después añade: ofreciste mi aceite y mi incienso. Aquí habla con más claridad, aunque no se aparta mucho de la figura, pues solían usar aceite en los sacrificios; y el incienso lo usaban todas las naciones cuando querían propiciar a sus deidades. No hay duda de que los incrédulos imitaban a los santos padres, pero pecaminosamente, porque no consideraban el fin correcto. Sabemos que los padres usaban aceite en sus sacrificios (Lv 2:1, y a menudo en otros lugares); sabemos que el incienso fue prescrito por la ley de Dios, y lo usaban promiscuamente todas las naciones, pero sin razón ni juicio. Así que ahora Dios se queja de que hicieron incienso de sus hierbas, y ofrenda del aceite que él había concedido a los judíos. Añade luego lo mismo acerca del pan, y de la flor de harina, el aceite y la miel. Dijimos ayer que con estas palabras se quería decir alimento abundante y delicado; pues por la figura de la parte por el todo, la flor de harina comprende el pan mejor y más dulce, así como otros manjares. Se añaden aceite y miel. Es, pues, como si el profeta hubiera dicho que los judíos rebosaban de todos los lujos, y sin embargo los consumían mal. Pero esto era una burla intolerable, cuando los judíos, después de ser enriquecidos por la beneficencia de Dios, lo echaban todo a perder temerariamente, y no solo eso, sino que adornaban a sus falsos dioses en deshonra del mismo Dios, cuando debían haberle ofrecido a él lo que malgastaban en los ídolos. Por esta razón lo llama su propio pan, y explica el pasaje en este sentido: que los judíos no podían atribuirse a sí mismos la abundancia de sus posesiones, ni gloriarse de la fertilidad del suelo; pues todas estas cosas fluían de la mera benevolencia de Dios. Esta ingratitud, pues, era demasiado inmunda: dar a los ídolos lo que Dios había dado para un fin muy distinto. Yo, dice, te he alimentado. Muestra el uso legítimo de tan múltiple abundancia. Puesto que abundaban en trigo, de donde obtenían la flor de harina, y estaban repletos de otros manjares, debían pensar en elevarse hacia Dios y ejercitarse en los deberes de la gratitud; pero abusaron de aquella abundancia para adornar a falsas deidades.

Se lo ofreciste a ellos, pues, para olor de paz. Reposo significa sin duda aquí apaciguamiento, como con frecuencia en Moisés, aunque otros traducen «para olor de suavidad»; pero no expresan suficientemente el sentido de Moisés; pues quiere decir que cuando Dios es apaciguado hay paz entre él y los hombres (Lv 3:9, 13, 17, y a menudo). No hay duda de que «el olor de reposo» significa una expiación justa, con la que Dios es apaciguado, de modo que recibe a los hombres en su favor. Esto se dice en todas partes de los sacrificios de la ley, ya que no había otro medio por el cual los hombres pudieran ser reconciliados con Dios, sino ofreciendo sacrificios conforme a su mandato. Ahora el profeta transfiere esto irónicamente a su culto impío, cuando dice que ofrecían a los ídolos todos los manjares con que Dios alimenta a su pueblo. ¿A qué fin? Para olor suave; es decir, para que te sean propicios. Pero era ridículo querer apaciguar a dioses de piedra, de madera y de plata. Vemos, pues, cómo Ezequiel reprende la necedad del pueblo cuando dice que ofrecían tanto flor de harina como otras cosas a sus ídolos para reconciliarse con ellos. Ahora el crimen aumenta, porque los judíos no reconocían aquel singular beneficio de estar de tal modo reconciliados con Dios que él ya no les imputaba sus pecados. ¡Ay de nosotros, en verdad, si carecemos de este remedio! Porque constantemente cometemos diversas faltas, y así estamos sujetos a los juicios de Dios. Si Dios no nos recibe, pues, en su favor, vemos que nada puede haber más miserable para nosotros. Pero él ha prescrito una regla fija y fácil por la cual será apaciguado, a saber, por sacrificios — hablo de los padres que vivieron bajo la ley: pues sabemos que nosotros, en este tiempo, debemos acudir al único sacrificio de Cristo, que los sacrificios de la ley prefiguraban. Puesto que, por tanto, los judíos podían volver al favor de Dios, y sepultar todos sus pecados, y redimirse de la maldición, ¡cuán grande era su locura al privarse voluntariamente de tan inestimable beneficio! Por eso el profeta reprende ahora esta necedad, cuando dice que propiciaban a sus ídolos para apaciguarlos. Concluye al fin: y fue así, dice el Señor Jehová. Aquí Dios quita toda ocasión de desviarse, cuando dice que fue así; pues sabemos que los hombres siempre tienen diversos pretextos con los que echan la culpa a otros, o la atenúan, o la cubren con algún disfraz. Pero Dios dice aquí que no hay lugar para disputa, puesto que el asunto es perfectamente claro. Vemos, pues, que esta palabra se usa con énfasis cuando dice yo soy el Señor; porque, si Ezequiel lo hubiera anunciado, no lo habrían escuchado; pero Dios mismo se presenta ante ellos, y corta todas las excusas a los judíos. Sigue:

Ezequiel 16:20

20. Además tomaste tus hijos y tus hijas, que habías dado a luz para mí, y los sacrificaste a ellos para que fueran consumidos. ¿Era poco esto de tus fornicaciones,

20. Et sumpsisti filios tuos, et filias tuas quos genueras mihi: et jugulasti eos ad comedendum: an parum a scortationibus tuis?

Ezequiel 16:20

Aquí Dios los inculpa de otro crimen: el de sacrificar su descendencia a los ídolos. Esta era una superstición muy ciega, por la cual los padres despojaban todo sentimiento de humanidad. Es, en efecto, un prodigio detestable cuando un padre rechaza a sus hijos y no tiene ningún cuidado ni respeto por ellos. Hasta los filósofos colocan entre los principios de la naturaleza aquellos afectos que llaman afectos naturales. Cuando, pues, cesa el afecto de un padre hacia sus hijos, que está naturalmente implantado en todos nuestros corazones, entonces el hombre se vuelve verdaderamente un monstruo. Pero no solo se apoderó de los judíos un furor inconsiderado, sino que, matando a su propia descendencia, pensaban que obedecían a Dios, como hoy los papistas se contentan con el nombre de buenas intenciones, y no piensan que se pueda rechazar ofrenda alguna con tal que esté embadurnada con el título de buena intención o celo por el bien. Tal era también la confianza de los judíos; pero, como he dicho, vemos que los poseyó un furor diabólico cuando mataron a sus hijos e hijas. Abraham se dispuso a ofrecer a su hijo a Dios, pero tenía un mandato claro (Gn 22:9, 10; He 11:19).

Sabemos, además, que su obediencia se fundaba en la fe, porque estaba ciertamente persuadido, como dice el apóstol, de que de las cenizas de su hijo podía surgir una nueva descendencia. Puesto que, por tanto, ensalzaba el poder de Dios como igual a este efecto, no dudó en matar a su hijo. Pero como estos miserables mataron a sus hijos sin mandato, deben ser condenados con razón por prodigiosa locura. El profeta, pues, nos pone ahora delante este crimen: que habían tomado a sus hijos y a sus hijas, y los mataron a los ídolos. Añade ahora: para consumirlos, ya que es probable, y puede colegirse de varios pasajes, que los hijos no siempre eran muertos, sino que había dos clases de ofrendas. A veces mataban a sus hijos o los arrojaban vivos al fuego y los quemaban como víctimas. A veces los llevaban alrededor y los hacían pasar por el fuego, de modo que los recibían de nuevo sanos y salvos. Pero Dios muestra aquí que trata de aquella ofrenda bárbara y cruel, puesto que no perdonaron a sus hijos.

En este sentido añade que mataron a sus hijos para comerlos, o consumirlos. Pero se menciona otra agravación de su crimen, cuando Dios se queja de la injuria recibida: tú, dice, has matado a tus hijos y a tus hijas, pero también son míos, porque me los diste a luz. Aquí Dios se pone en el lugar de un padre, porque había adoptado al pueblo como suyo: el cuerpo del pueblo era como su esposa o mujer. Toda su descendencia eran sus hijos, ya que, si el trato de Dios con el pueblo era un matrimonio, todos los que procedían del pueblo debían ser considerados hijos suyos. Dios llama, pues, hijos suyos a los que así fueron muertos, como si un marido reprochara a su mujer privarlo de sus hijos comunes. Dios, por tanto, no solo censura su crueldad y superstición, sino que añade también que se veía privado de sus hijos. Pero esto, como es bien sabido, es una clase atrocísima de injuria. Pues ¿quién no prefiere su propia sangre a los campos, o las mercancías, o el dinero? Como los hijos son más preciosos que todos los bienes, así un padre es más gravemente injuriado si se le quitan los hijos, como Dios declara aquí que él lo había sido: me los habías dado a luz, dice. Por tanto, al ser idólatras añadieron el sacrilegio al privarme de ellos. Pronto los llamará de nuevo suyos en el mismo sentido. Aquí surge una pregunta: ¿cómo cuenta Dios entre sus hijos a los que eran completamente extraños a él? Había dicho al principio del capítulo (Ez 16:3) que el pueblo derivaba su origen de los amorreos y los heteos, pues se habían apartado de la piedad de Abraham y de los demás padres. Puesto que, entonces, los judíos fueron desechados mientras estaban en Egipto, y después fueron tales violadores del pacto como el profeta ha mostrado hasta aquí, ¿no eran extraños? Sí; pero Dios mira aquí su pacto, que era inviolable y no podía ser anulado por la perfidia del hombre. Los judíos, pues, de quienes ahora habla el profeta, ya no podían dar hijos a Dios: pues había dicho que el cuerpo del pueblo era como una ramera inmunda que anda de un lado a otro, y da vueltas, y busca encuentros vagos y promiscuos. Siendo así, los hijos que tales idólatras daban a luz eran espurios, en vez de ser dignos de tal honor que Dios los llamara hijos suyos: esto es verdad respecto a ellos, pero en cuanto al pacto, se les llama hijos de Dios. Y esto es digno de observación, porque en el papado ha crecido tal declinación a lo largo de muchas edades que han negado por completo a Dios. Por eso no tienen conexión con él, porque han corrompido todo su culto con su sacrilegio, y su religión está viciada de tantas maneras que en nada se diferencia de la corrupción de los paganos. Y sin embargo es cierto que queda entre ellos una parte del pacto de Dios, porque aunque se hayan separado de Dios y lo hayan abandonado por completo con su perfidia, Dios permanece fiel (Ro 3:3, 4). Pablo, cuando habla de los judíos, muestra que el pacto de Dios con ellos no está abolido, aunque la mayor parte del pueblo había abandonado por completo a Dios. Así también debe decirse de los papistas, ya que no estaba en su poder borrar por completo el pacto de Dios, aunque, en cuanto a ellos mismos, como he dicho, estén sin él; y muestran con su obstinación que son enemigos jurados de Dios. De aquí proviene que nuestro bautismo no necesite renovación, porque aunque el diablo ha reinado largo tiempo en el papado, no pudo sin embargo extinguir del todo la gracia de Dios: más aún, entre ellos hay una Iglesia; pues de otro modo la profecía de Pablo habría sido falsa, cuando dice que el Anticristo estaría sentado en el templo de Dios (2 Ts 2:4). Si en el papado hubiera solo una mazmorra o burdel de Satanás, y no hubiera quedado en él ninguna forma de Iglesia, esto habría sido una prueba de que el Anticristo no se sienta en el templo de Dios. Pero esto, como he dicho, agrava su crimen, y está muy lejos de permitirles levantar la cresta como hacen. Pues cuando truenan con las mejillas llenas: «Somos la Iglesia de Dios», o «La sede de la Iglesia está con nosotros», la solución es fácil: la Iglesia está en efecto entre ellos, es decir, Dios tiene allí su Iglesia, pero oculta y admirablemente preservada: pero no se sigue que sean dignos de honor alguno; más aún, son más detestables, porque deberían dar hijos e hijas a Dios: pero los dan al diablo y a los ídolos, como enseña este pasaje. Sigue:

Ezequiel 16:21

21. ¿Que degollaste a mis hijos, y los entregaste para hacerlos pasar por el fuego a favor de ellos?

21. Et maetasti filios meos, et posuisti eos ut transirent illis.

Ezequiel 16:21

Refuerza la misma sentencia, y explica más claramente que ofrecían a sus hijos e hijas sacrificándolos cruelmente cuando los hacían pasar por el fuego. Esto era una especie de purificación, como hemos visto en otro lugar. Cuando, pues, hacían pasar a sus hijos por el fuego, era un rito de purificación y expiación; y los llevaban al fuego, como poco antes he explicado, de dos maneras diferentes. Aquí el profeta habla especialmente de aquella ofrenda cruel y brutal. Ya hemos mencionado en qué sentido Dios reclama un derecho sobre los hijos de su pueblo, no como miembros de la Iglesia propiamente dicha, sino como adoptados por Dios. Y aquí de nuevo debemos mantener lo que dice Pablo: que no todos los descendientes de Abraham eran hijos legítimos, pues debe hacerse diferencia entre hijos de la carne e hijos de la promesa (Ro 9:7, 8). Esto es todavía en parte oscuro, pero puede explicarse en breve. Podemos observar que hubo una doble elección de Dios: pues hablando en general, eligió a toda la familia de Abraham. Porque la circuncisión era común a todos, siendo el símbolo y sello de la adopción: ya que cuando Dios quiso que todos los hijos de Abraham fueran circuncidados desde el menor hasta el mayor, a la vez los eligió como hijos suyos: esta era una clase de adopción o elección. Pero la otra era secreta, porque Dios tomó para sí de aquella multitud a los que quiso: y estos son hijos de la promesa, estos son remanente por gratuito favor, como dice Pablo (Ro 11:5). Esta distinción, pues, quita ahora toda duda, ya que el profeta habla de los incrédulos y los profanos que se habían apartado del culto de Dios. Pues esta su incredulidad era una abdicación completa. Es verdad, pues, que en cuanto a ellos mismos eran extraños, y así la elección secreta de Dios no florecía en ellos, pero aun así eran pueblo de Dios en lo que toca a la profesión externa. Si alguien objeta que esta circuncisión era inútil, y por tanto su elección sin el menor efecto, la respuesta está a mano: Dios, por su singular bondad, honró a aquellos miserables abriéndoles un camino de acceso a la esperanza de vida y salvación mediante los testimonios externos de la adopción. En cuanto a que al mismo tiempo eran extraños, ello ocurrió por su propia culpa. De donde podemos sostener brevemente que los judíos eran por naturaleza malditos por ser simiente de Adán: pero por privilegio sobrenatural y singular estaban exentos y libres de la maldición: pues la circuncisión era un testimonio de la adopción con que Dios los había consagrado a sí mismo: por eso eran santos; y en cuanto a que fueran impuros, no podía, como hemos dicho, abolir el pacto de Dios. Lo mismo debe prevalecer en este tiempo en el papado. Porque todos nacemos bajo la maldición: y sin embargo Dios reconoce sobrenaturalmente como hijos suyos a todos los que descienden de los fieles, no solo en el primero o segundo grado, sino hasta mil generaciones. Y así Pablo dice que los hijos de los fieles son santos, ya que el bautismo no pierde su eficacia, y la adopción de Dios permanece firme (1 Co 7:14), y sin embargo la mayor parte está fuera del pacto por su propia incredulidad. Entre tanto Dios se ha reservado un remanente en todas las edades, y hoy elige a quien quiere de entre la multitud promiscua.

Sigamos ahora. Había omitido al final del último versículo la frase: ¿Era poco tus fornicaciones? Con esta pregunta Dios quiere apretar a los judíos, pues no solo habían violado la fidelidad conyugal prostituyéndose a los ídolos, sino que habían añadido la crueldad que hemos visto al matar a sus hijos. En fin, muestra que su impiedad era desesperada.

Ezequiel 16:22

22. Y en todas tus abominaciones y tus fornicaciones no te has acordado de los días de tu juventud, cuando estabas desnuda y descubierta, y te revolcabas en tu sangre.

22. Et in omnibus abominationibus tuis et scortationibus tuis non recordata es dierum adolescentiae tuae, cum tu esses nuda et discooperta, et foedata in sanguinibus tuis esses.

Ezequiel 16:22

Aquí Dios acomoda a sus propios fines lo que hasta ahora ha relatado, a saber, la extrema maldad y bajeza de la ingratitud del pueblo al prostituirse así a los ídolos. Por eso les trae a la memoria su condición cuando los desposó. Pues si la miserable esclavitud de la que habían sido librados hubiera estado presente en su mente, no habrían estado tan cegados por una confianza perversa, ni habrían exultado en su lascivia. Pero como habían olvidado todos los beneficios de Dios, se volvieron lascivos, y se postraron ante inmundas idolatrías, y provocaron a Dios de todas maneras. Ahora el profeta lo prueba cuando dice: he aquí que, por estas abominaciones, el pueblo no se acordó de su juventud. ¿De dónde sucede que las mujeres impuras y lujuriosas desprecien así a sus maridos, sino por estar cegadas por su propia hermosura? Y como no reconocen su propia afrenta, se complacen en amores inmundos, como dice el profeta Oseas (Os 2:5). Tal era, pues, la confianza en sí mismos de los judíos que se agradaban con su hermosura y sus adornos: aunque la gloria y el resplandor de Dios brillaban en ellos, no percibían sin embargo la fuente de su dignidad; y de ahí que a la soberbia se añadiera la ingratitud. No te has acordado, dice, de los días de tu juventud, cuando estabas desnuda, y descubierta, y manchada en tu sangre. Sigue:

Ezequiel 16:23-25

23. Y sucedió que después de toda tu maldad (¡ay, ay de ti! dice el Señor DIOS),

23. Et fuit post omnem malitiam tuam, Vae vae tibi, dicit Dominator Iehovah.

24. Te edificaste un lugar eminente, y te hiciste un lugar alto en todas las plazas.

24. Et aedificasti tibi excelsum, et fecisti tibi excelsum in omni platea.

25. En toda cabeza de camino edificaste tu lugar alto, e hiciste abominable tu hermosura, y abriste tus piernas a cuantos pasaban, y multiplicaste tus fornicaciones.

25. Ad omne caput viae aedificasti excelsum tuum: et abominabilem fecisti tuam pulchritudinem: et divaricasti pedes tuos omni transeunti, et multiplicasti tuas scortationes.

Ezequiel 16:23-24

El primer versículo se explica de diversas maneras. Algunos leen la cláusula por separado, ויהי אחרי כל רעתך, vihi achri kel regnethek — fue después de toda tu maldad: y piensan que Dios amenaza aquí a los judíos como lo hizo en Oseas (Os 2:9, 10). Porque después de que Dios se había quejado allí de que su lana y su lino habían sido quitados y ofrecidos como regalos a los ídolos, añade después: Reclamaré de nuevo todas las cosas, y entonces toda tu hermosura te será quitada, y tu desnudez será puesta al descubierto, de modo que con razón te avergonzarás. Así, pues, explican estas palabras: que la condición de los judíos sería como lo fue antes; como si hubiera dicho en una palabra: Me vengaré de tal modo que, quieras o no, serás obligada a sentir la afrenta de tu desnudez, pues la manifestaré de nuevo. Pero este sentido parece forzado; por eso lo uno con el resto del versículo que le sigue. Así fluye, pues, el lenguaje del profeta: y fue, después de toda tu maldad, que te edificaste un lugar alto — te hiciste un lugar elevado en todas las plazas: son dos palabras diferentes, pero el sentido es el mismo: pusiste tus lugares altos en todos los caminos principales, y así, dice, tu hermosura se hizo abominable. Pero esto se inserta a modo de paréntesis: ¡Ay, ay de ti! Esta exclamación se interpone abruptamente. Pero, al mismo tiempo, no dudo de que todas estas cosas van unidas, pues los judíos añadían pecado a pecado, y nunca ponían fin a su pecar. Dice, por tanto, que después de haber sido pérfidos e ingratos con Dios, después de haber consagrado vilmente todo lo que tenían a un culto perverso, entonces se añadió este nuevo crimen: que habían erigido lugares altos en todas las plazas y en todos los caminos.

Si alguien objeta que este no era un crimen mayor que otros, la respuesta es fácil: Dios no habla de un solo lugar alto, ni de un solo altar, sino que comprende todas las señales de idolatría con que habían infectado la tierra; pues era el colmo de la impudencia erigir por todas partes el estandarte de sus supersticiones. Porque cada lugar alto y cada altar eran un testimonio de su apostasía; como si se hubieran jactado abiertamente de que no engrandecerían el culto de la ley, y se propusieran a propósito derribar todo lo que Dios había prescrito. Dios, por tanto, no sin causa se enciende en ira porque los judíos habían erigido lugares altos y altares por todas partes. Ahora, pues, entendemos el sentir del Espíritu Santo en cuanto a estas palabras. Se añade, después de toda tu maldad, dice; es decir, además de todos tus crímenes, se añade este pecado y esta impudencia: que has edificado no uno solo, sino innumerables lugares altos en cada plaza, más aún, en cada camino de importancia, es decir, en los lugares más célebres. Pues las cabezas de los caminos son los lugares más visibles, y todo lo que se hace allí está más expuesto a los ojos de todos.

Debemos notar ahora la exclamación que se interpone. ¡Ay, ay de ti!, dice el Señor Jehová. Puesto que los judíos, por su pereza, no prestaban ninguna atención a los reproches de los profetas, para despertarlos Dios pronuncia aquí su maldición dos veces. Es claro que no se conmovían por ella: pero esta vehemencia tendía a su condenación más severa, pues aunque estaban ahogados y sumidos en profundo sueño, podían sin embargo ser levantados por esta voz formidable. No hay duda de que se aplaudían a sí mismos por sus propias supersticiones; pero por eso mismo es provechoso estimar el peso de estas palabras de Dios. Pues de aquí colegimos que, cuando los idólatras se complacen en sus propias ficciones, y se creen enteramente libres de culpa, la palabra de Dios basta, con la que truena contra ellos diciendo: ¡ay, ay de ti! De este modo los hombres dejan de juzgar según sus propias ideas, y prestan más bien atención a la sentencia de Dios, y reconocen su maldición que cae sobre ellos cuando piensan que cumplen rectamente el deber de la piedad adorando a los ídolos.

Ezequiel 16:25

Añade ahora que hizo abominable su hermosura. No dudo de que el profeta alude a la inmundicia de las mujeres perdidas; e incluso los latinos las llamaban «gastadas», cuya inmundicia procede de entregarse por completo a toda maldad. El profeta dice, pues, que el pueblo no era solo como una mujer perdida que se entrega a amores impuros, sino que su conducta era grosera en extremo; pues aunque muchos satisfacen deseos ilícitos por lujuria intemperante, sin embargo rechazan con desdén a aquellas mujeres inmundas y desvergonzadas que son notorias por su depravación. El profeta quiere decir, pues, que el pueblo había llegado a tal grado de abominación, igual que las más perdidas de su sexo. Añade ahora: has abierto tus piernas a todo el que pasaba, y has multiplicado tus fornicaciones. Esto también está tomado de la conducta de las rameras, y confirma lo que ya hemos explicado: que los judíos se entregaban no a una sola clase de idolatría, sino que eran propensos a todas las abominaciones, como las mujeres que asedian los caminos, y se dirigen a todos los que encuentran, y no solo eso, sino que desvergonzadamente abren sus piernas por todas partes para atraer admiradores.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que quieres recibirnos no solo en confianza y dependencia, sino en la condición de hijos, que te adoremos con amor sagrado, y te reverenciemos durante toda nuestra vida como Padre; y que de tal modo nos sometamos a ti que sintamos firme y sagrado tu pacto con nosotros; y que experimentemos que nunca llamas en vano a los hombres, mientras te obedezcan y respondan a tus promesas; hasta que por fin disfrutemos de aquella bienaventuranza que está guardada para nosotros en el cielo, por Cristo nuestro Señor. Amén.

Lección cuarenta y cinco

Ezequiel 16:26

26. Fornicaste también con los hijos de Egipto, tus vecinos, de gruesas carnes; y aumentaste tus fornicaciones para irritarme.

26. Et scortata es cum fills AEgypti vicinis tuis magnis carne: et multiplicasti scortationes tuas ad irritandum me.

Ezequiel 16:26

Mencioné al comienzo del capítulo que el profeta reprocha a los judíos no una sola clase de fornicación, sino dos distintas. Los intérpretes no lo observan, sino que piensan que el profeta habla siempre de ídolos y supersticiones. Pero si ponderamos con prudencia todas las circunstancias, lo que he dicho no parecerá dudoso, a saber, que los judíos fueron condenados no solo por viciar el culto de Dios con sus perversas invenciones, sino por huir ahora hacia los egipcios, ahora hacia los asirios, y enredarse así en pactos ilícitos. Es un modo muy común en los profetas llamar fornicaciones a tales pactos: porque así como la esposa debe permanecer bajo la sombra de su marido, así Dios quería que los judíos se contentaran bajo su protección. Pero en cuanto algún peligro los asustaba, huían temblando ya a Egipto, ya a Asiria, ya a Caldea. Vemos, pues, que en cierto sentido habían renunciado a la ayuda de Dios, puesto que no podían descansar bajo su protección, sino que eran arrastrados de acá para allá por un impulso incierto. Después de haber reprendido el profeta sus supersticiones, aborda ahora otro crimen, a saber, que los judíos se implicaban en tratados prohibidos. Comienza con Egipto. Dios había prohibido claramente al pueblo elegido tener trato alguno con Egipto. Aunque Dios no hubiera dado a conocer la razón, aun así debían obedecer su mandato. Pero ya he explicado la razón por la cual Dios no quería que los israelitas hicieran pacto alguno con los egipcios: quería probar su fe y su paciencia, y ver si acudirían a su ayuda cuando algún peligro los apremiara, como suele decirse, como a un áncora sagrada. Había también otra razón, y es que, desde el tiempo en que Dios sacó de allí a su pueblo, quiso tenerlo separado de aquella nación que se había ensañado tan cruelmente con sus miserables huéspedes. En cuanto a los caldeos y los asirios, la primera razón valía hasta este punto: que no les era lícito desconfiar de la ayuda de Dios en sus peligros.

Entendemos ahora, pues, el sentido del profeta cuando dice que los judíos habían fornicado con los hijos de Egipto. Añade: eran de carnes gruesas. Quiere decir que eran sucios e impúdicos, y estaban inflamados de una lujuria vergonzosa. Usa enseguida una comparación más cruda, porque la perfidia de este pueblo detestable no podía ser condenada lo bastante. El profeta dice aquí en tono de reproche: has fornicado con los egipcios, como una mujer licenciosa que obra con la mayor bajeza. Añade: has multiplicado tus fornicaciones: habla al pueblo bajo la figura de una mujer, como hemos visto antes: para irritarme. Aquí el profeta quita a los impíos toda excusa de error. Dice, por tanto, que, puesto que andaban así errantes tras estos deseos impuros, no habían caído por ignorancia, pues sabían muy bien lo que Dios había mandado en su ley. Y no hay duda de que oscurecían su propia mente, pues los impíos siempre se cavan escondrijos y tienen pretextos especiosos con los que no solo ocultan su malicia ante los hombres, sino que también se engañan a sí mismos. De ahí que sea probable que los judíos no estuvieran libres de tales pretextos. Pero, por otra parte, debemos notar que habían sido instruidos abundantemente por la ley de Dios sobre lo que era lícito y recto. Puesto que, por descuido de la ley, eran tan voraces en deseos impíos, el profeta dice que habían entrado a propósito y deliberadamente en un combate con Dios. Porque si alguien plantea la cuestión de si es lícito hacer alianza con los impíos, la respuesta es fácil: debemos guardarnos de todas las alianzas que puedan unirnos bajo el mismo yugo; pues somos por naturaleza bastante inclinados a todos los vicios, y cuando inventamos nuevas ocasiones de pecar, tentamos a Dios. Y cuando alguien se une con excesiva familiaridad a los impíos, es exactamente como usar un abanico para atizar sus afectos corruptos, que, como he dicho, ya ardían bastante en su ánimo. Debemos cuidarnos, pues, en lo posible, de hacer pactos con los impíos. Pero si la necesidad nos obliga, esta conducta no puede considerarse mala en sí misma, pues vemos que Abraham hizo un pacto con sus vecinos, aunque su religión era diferente (Gn 21:27, 32). Pero como no podía obtener la paz de otro modo, aquello fue una especie de pacto con el que Abraham esperaba adquirir paz para sí (Gn 14:13; Is 51:2). Tampoco vaciló en servirse de la ayuda de aliados cuando socorrió a su sobrino. Pero si buscamos el principio y la causa que indujeron a Abraham a hacer un tratado con sus vecinos, hallaremos que su intención no era otra que vivir en su casa en paz y estar a salvo de toda injuria. Estaba solo, como lo llama Isaías: tenía, en verdad, una familia numerosa, pero ninguna descendencia; y por eso no podía evitar hacer tratados con sus vecinos. Pero cuando el Señor puso al pueblo en la tierra de Canaán con la condición de defenderlo allí, de protegerlo por todos lados y de oponerse a todos sus enemigos, los vemos como encerrados por su protección, de modo que todo tratado resultaba inútil; puesto que no podían tratar ni con los egipcios ni con los asirios sin apartarse al mismo tiempo de la ayuda de Dios.

En cuanto a nosotros, he dicho que tenemos más libertad, con tal que cuidemos de que las concupiscencias de la carne no nos atraigan a buscar alianzas que nos enreden en los pecados de otros; pues es difícil conservar el favor de aquellos con quienes nos asociamos, a menos que estemos enteramente de acuerdo con ellos. Si son impíos, nos arrastrarán al desprecio de Dios y a ritos adúlteros, y así sucederá que un mal nacerá de otro. Nada es mejor, pues, que cargar las velas, mirar solo a Dios, tener en él fijas nuestras mentes y no permitir ninguna clase de alianza, a menos que la necesidad nos obligue. Y aun así, debemos cuidar con prudencia que no se mezcle en ella condición alguna que nos aparte del culto puro y sincero de Dios, pues el diablo siempre maquina astutamente contra los hijos de Dios y los arrastra a lazos ocultos. Cuando, por tanto, vayamos a contraer una alianza, debemos cuidar siempre de que nuestra libertad no se vea mermada en grado alguno y de que no seamos desviados del culto sencillo de Dios por artes furtivas y encubiertas. Sigue ahora:

Ezequiel 16:27

27. He aquí, por tanto, que he extendido mi mano sobre ti, y he disminuido tu ración ordinaria, y te he entregado a la voluntad de las que te aborrecían, las hijas de los filisteos, que se avergüenzan de tu camino lascivo.

27. Et ecce, extendi manum meam super te, et diminui demensum tuum, et tradidi te desiderio earum quae te oderant filiarum Philistim, quae pudefactae sunt a viis tuis sceleris.

Ezequiel 16:27

Aquí Dios reprende la dureza de los judíos, porque la amonestación no los volvía sabios. El proverbio común dice con acierto: «los necios solo se hacen sabios con la vara»; y cuando su obstinación es tal que la vara no aprovecha, sus faltas son en verdad desesperadas. Por eso Dios se queja de que, habiendo castigado a los judíos, ni siquiera esto les aprovechó, pues eran tan perversos que no aplicaban su mente a reflexionar sobre sus pecados. Porque los golpes de Dios deben despertarnos, de modo que nuestras faltas, antes ocultas, salgan a la luz y al conocimiento; pero cuando mordemos el freno y no nos conmueven los golpes, entonces se hace manifiesta nuestra disposición abandonada. Ahora bien, el profeta condena esta obstinación en los judíos: He extendido, dice, mi mano sobre ti. Enumera ahora dos clases de castigo: primero, que Dios privó a los judíos de la abundancia de los bienes con que se habían enriquecido; y luego, que los sometió a la lujuria de sus enemigos. Quienes traducen «justificación», como hace Jerónimo, se apartan del sentido del profeta: חק, chek, significa, en efecto, estatuto y edicto, y él lo explica de la ley. Pero ¿cómo concordará esto con que el profeta conserve la comparación ya usada? Pues compara a Dios con un marido. Dios declara ahora que había quitado su porción señalada, cuando se vio convertido en objeto de burla por su esposa impura; es decir, lo que había destinado tanto para alimento como para vestido: pues los maridos gastan en sus esposas una suma fija en comida, vestido y adorno. Y Dios había contado antes, entre otras cosas, que lo que había otorgado a los judíos lo habían gastado en supersticiones. Por eso dice ahora: les he quitado su porción asignada, es decir, lo que yo les había señalado. Esta fue una parte del castigo: pues compara la fertilidad de la tierra y las demás ventajas con la porción que el marido asigna a la esposa.

Sigue ahora el otro castigo: el ser hostigados por sus enemigos; pues los judíos no solo se vieron cercados por los filisteos, sino que fueron entregados y atados a la esclavitud, como dice Moisés (Dt 32:30): ¿Cómo podría perseguir uno a mil, y dos hacer huir a diez mil, si no los hubiera entregado su Roca, y Jehová no los hubiera entregado? Muestra, por tanto, que nuestros enemigos nunca son superiores a nosotros a menos que Dios nos esclavice a ellos. Pero quienes no se someten con calma al mandato de Dios, sino que son rebeldes, son entregados en mano del enemigo, para que su contumacia sea domada por una dura tiranía. Entendemos ahora lo que el profeta quiere decir con este versículo: amplía la maldad del pueblo, que no se volvía a Dios aunque sentía por clara experiencia que estaba bajo maldición. Debían examinar su vida, gemir ante Dios, reconocer su culpa y rogar perdón; como no se despertó sentimiento alguno, el profeta concluye que su obstinación era desesperada. Este pasaje es digno de nuestra atención, para que estemos atentos a los castigos de Dios. Siempre que Dios levanta siquiera el dedo y nos amenaza, sepamos que está solícito por nuestra salvación: por tanto, despertémonos a nuestra vez e imploremos su compasión, y sobre todo arrepintámonos de los pecados por los cuales vemos que se ha encendido su ira (Jer 2:30). Pero si permanecemos perezosos, vemos que no nos queda excusa alguna, pues Dios se queja en otro lugar de que se burlan de él cuando ha castigado en vano a sus hijos. Aquí נפש, nepish, el alma, se usa por lujuria o deseo, como lo he explicado. Sigue:

Ezequiel 16:28

28. Has fornicado también con los asirios, porque eras insaciable; sí, has fornicado con ellos, y aun así no te has saciado.

28. Et scortara es cum fills Assur, quia, non esse satietatem tibi, scortata es inquam cum illis, et ne sic quidem fuisti satiata.

Ezequiel 16:28

Interpreto también este versículo del pacto en que los judíos se habían enredado cuando se unieron voluntariamente a los asirios; pues esto era una señal segura de desconfianza, cuando deseaban así una ayuda extranjera, como si hubieran sido privados de la protección de Dios. Y sería absurdo explicar este versículo de idolatrías, pues los profetas no acostumbraban hablar así, a saber, que el pueblo fornicaba con los asirios porque imitaba sus supersticiones y su culto perverso. Como, por tanto, vimos antes que los judíos se habían contaminado con ídolos y se habían prostituido a ceremonias impías, olvidados de la ley de Dios, así ahora el profeta los acusa de otra clase de contaminación, puesto que buscaban con avidez ayuda de todas partes, como si Dios no tuviera fuerza suficiente para protegerlos. Pues, por lo demás, no había razón religiosa alguna para que no hicieran paz con los asirios; pero cuando se vieron oprimidos por los reyes de Israel y de Siria, pensaron entonces en mandar llamar a los asirios; y esto era como arrojar a Dios de su lugar (2 R 16:7-9). Porque Dios quería defender la tierra con las alas extendidas y cobijar a los judíos como la gallina a sus polluelos, como dice Moisés (Dt 32:11). Ahora bien, al pensar que estaban expuestos a algún peligro, rechazaban en realidad la ayuda de Dios. No es de extrañar, pues, que el profeta diga que se habían contaminado con los asirios, porque no se saciaban. Prosigue la comparación en la que ya nos hemos detenido bastante; pues reprocha a los judíos su lujuria insaciable, como cuando una mujer no se contenta con un solo galán y, atrayendo a una multitud, se ofrece sin pudor ni delicadeza y se vende a la maldad. Tal era la licencia de los judíos, que juntaban muchas contaminaciones. Ya se habían apartado de la verdadera fe al hacer un tratado con los egipcios, y añadieron otra ocurrencia: que les era útil tener a los asirios por aliados; de ahí aquella lujuria desenfrenada que el profeta reprende metafóricamente. Sigue:

Ezequiel 16:29

29. Multiplicaste además tu fornicación en la tierra de Canaán hasta Caldea; y ni aun con esto te saciaste.

29. Et multiplicasti scortationes tuas super terram Chanaan in Chaldaea, et ne in hoc quidem fuisti satiata.

Ezequiel 16:29

Aquí el profeta enseña que los judíos eran inmoderados en sus deseos, como si una mujer, no satisfecha con dos o tres galanes, anhelara lascivamente muchos amantes: tal era, dice el profeta, la licencia de los judíos. En cuanto a que diga sobre la tierra de Canaán, en Caldea, algunos piensan que significa que amontonaron los ritos impuros de todas las naciones, y que no solo se contaminaron con las antiguas idolatrías de las naciones de Canaán, sino que imitaron a los caldeos en su impiedad. Otros dicen «en Caldea, que está junto a la tierra de Canaán»; pero este comentario, como el anterior, es demasiado forzado; otros toman אל, al, en sentido comparativo, por «a través de» la tierra de Canaán. Yo, en cambio, lo entiendo solo como una partícula que expresa semejanza: así, has multiplicado tus contaminaciones en Caldea como en la tierra de Canaán. No es de extrañar que se contaminaran con sus vecinos, como el profeta había dicho antes que lo hicieron con los egipcios; pero cuando corrían a una región remota del mundo, esto era en verdad muy notable. Este parece, pues, el sentido verdadero, y es el que mejor se lee: que aumentaron su contaminación en Caldea como en la tierra de Canaán. Porque si una mujer se encuentra con un extraño, puede pecar sin tanta deshonra; pero cuando corre a lo lejos en busca de galanes, esto prueba que es de lo más depravada. No dudo de que el profeta exagera aquí los crímenes del pueblo por comparación, puesto que llegaron hasta los caldeos para contaminarse entre ellos. Dice que los judíos no se saciaron ni siquiera con esto, usando la misma expresión que al tratar de los asirios. La suma de todo es que los judíos fueron presa de un impulso tan furioso que no mostraron moderación alguna en su maldad. Pues no se habían rebelado contra Dios una sola vez ni en una sola dirección, sino que dondequiera que se presentaba la ocasión, solían aprovecharla con demasiado ardor, de modo que mostraban así que no quedaba en su mente ni una gota de piedad. Aprendamos, pues, de este pasaje a poner a tiempo freno a nuestras concupiscencias: porque cuando el fuego se ha encendido, no se apaga con facilidad, y el diablo siempre está aportando leña o echando aceite al horno, como se dice. Prevengamos, pues, el mal que aquí se condena en los judíos, y refrenémonos, no sea que el diablo se apodere de nosotros con furia insensata. Sigue:

Ezequiel 16:30

30. ¡Cuán débil es tu corazón, dice Jehová el Señor, habiendo hecho todas estas cosas, obra de una mujer ramera imperiosa!

30. Quam molle est cor tuum! dicit Dominator Iehovah, cum facis hoc totum opus mulieris meretricis robustae.

Ezequiel 16:30

El profeta parece estar en desacuerdo consigo mismo cuando compara a los judíos con una mujer robusta o muy fuerte, y dice, sin embargo, que su corazón era disoluto. Pues quienes traducen «un corazón obstinado» carecen de razón para ello, ya que esto parece implicar cierta resistencia, como si fueran fuertes y audaces y, sin embargo, de corazón blando, débil o enfermizo. Pero en los despreciadores de Dios ambos males son censurables, cuando se derraman como agua y, no obstante, son duros como rocas. Se derraman, pues, cuando no hay en ellos fuerza ni constancia; pues son arrastrados de un lado a otro, como algunos lo explican, por un corazón distraído, pero siempre hemos de llegar a la idea de blandura. Todos los que se rebelan contra Dios son llevados por su propia ligereza, de modo que los ánimos de los impíos son cambiantes e inestables: pues el corazón se toma aquí por la sede del entendimiento, como en otros muchos lugares. Por eso el profeta acusa a los judíos de pereza, pero bajo el nombre de un corazón disoluto: como en francés decimos un coeur lasche, y el sentido del profeta se explica mejor con esa palabra francesa: pusilánime. Pero basta entender el sentido del profeta: que los judíos eran inestables, agitados y distraídos de acá para allá, puesto que no había en ellos nada firme ni sólido. Entretanto los compara con una mujer fuerte y abandonada, pues conocemos la audacia de los despreciadores de Dios para pecar contra él. Puesto que son disolutos, porque no tienen poder de atención y nada es estable en su mente, aun así son como rocas, se conducen con audacia y no vacilan en contender con Dios. Aunque estos dos estados de ánimo parezcan, pues, contrarios por naturaleza, siempre podemos verlos en los réprobos, aunque de maneras distintas. Así, con propiedad, llama a los judíos no solo mujer robusta o abandonada, sino «dama alta y poderosa», como mejor puede traducirse al francés: une maitresse putain ou painarde. Es forzado explicar la palabra «altiva» como si tomara licencia para sus deseos. No dudo en interpretarla del pueblo que es como las mujeres disolutas, que arrojan todo pudor, buscan amantes de todas partes y los acogen a todos. Este es el sentido del profeta. Sigue ahora:

Ezequiel 16:31

31. Edificando tu lugar eminente en la cabeza de todo camino, y haciendo tu altar en todas las calles; y no has sido como ramera, en que menospreciaste la paga;

31. Cum extulisti sublime tuum in capite omnis viae, et excelsum tuum fecisti in omni celebri loco: et non fuisti tanquam meretrix ad spernendum munus.

Ezequiel 16:31

Aquí el profeta reprende de nuevo las supersticiones a las que se habían entregado los judíos; pero habla todavía figuradamente, porque por lugares altos no entiende simplemente altares, sino tiendas con las que los judíos habían intentado atraer a sus vecinos: como si una mujer impúdica escogiera un lugar alto y levantara allí su lecho a la vista de todos para atraer a sus galanes. Aunque, pues, se lanza contra las supersticiones, el lenguaje no es sencillo, sino que conserva la misma comparación usada antes. Dice que los judíos eran tan propensos a la lujuria que se mostraban ostentosos y pensaban en galanes lejanos, y levantaban sus tiendas o lechos en lugares altos. Puesto que esto se ha tratado antes, lo paso ahora de largo. Pero podemos notar que una cosa que parece de poca importancia es aquí condenada gravemente por el profeta, de donde podemos aprender que el culto de Dios no ha de medirse por nuestra percepción natural. Pues ¿quién pensaría que fuera un crimen tan grande edificar un altar en un lugar alto en honor de Dios? Pero vemos que el profeta aborrece aquella superstición. Puesto que, por tanto, Dios no quiere que nada se cambie en su culto, como la parte principal de su culto es la obediencia, que él prefiere a todos los sacrificios (1 S 15:22), aprendamos que las cosas que nosotros podríamos tolerar deben ser detestadas por nosotros, porque Dios las condena con tanta severidad.

Puesto que has erigido y hecho para ti un lugar alto en la cabeza de todas las calles y sendas, es decir, en todo lugar concurrido. Aquí vemos con cuánto ardor estaban inflamados por la idolatría hasta provocar la ira de Dios, y esto les parecía indigno de ellos, como a los papistas hoy día, que están empeñados en la idolatría y, bajo el título de «devoción», piensan que cualquier vicio puede y debe ser excusado ante Dios. Pero, por otra parte, el Espíritu Santo dice que los idólatras pecan tanto más gravemente cuanto más ansiosos están de aquellos ritos impuros. Dice: no has sido como ramera, en que menospreciaste la paga. Algunos lo explican fríamente: que las rameras desprecian en su interior la necedad de quienes las recompensan; pero este comentario es incorrecto: la otra opinión es más probable, a saber, que los judíos no eran como la ramera que desprecia el soborno con que se la engaña: pues con esta astucia ganan el mayor ascenso cuando desprecian con desdén lo que se les ofrece y apenas se dignan tocarlo: lo hacen para que el desdichado amante no piense que ha sido suficientemente liberal, y así duplique su regalo y derroche todos sus bienes. Este pasaje puede significar, pues, que el pueblo no era como la ramera que desprecia su paga para que el desdichado amante se avergüence y aumente su oferta. Pero el sentido del profeta me parece distinto, aunque no rechazo del todo este. Lo interpreto así: los judíos no eran como una ramera, pues despreciaban toda recompensa por su pecado, y las rameras no: ellas hacen ganancia de sus lujurias, de ahí el nombre que llevan. Puesto que tales personas se venden por recompensa, el profeta dice que los judíos no eran como ellas: ¿por qué? Porque despreciaban la recompensa y, por el mero deseo de satisfacer sus apetitos, ni pedían ni esperaban paga alguna. Después sigue:

Ezequiel 16:32

32. ¡Sino como mujer adúltera, que en lugar de su marido toma a extraños!

32. Mulier adultera loco viri sui sumit extraneos.

Ezequiel 16:32

Algunos lo traducen «adúltera bajo el techo de su marido», y תחת, thecheth, significa «en lugar de»; y lo explican así: que las adúlteras no se divorcian de sus maridos cuando violan el vínculo matrimonial, sino que permanecen siempre en casa con el fin de admitir a extraños; y piensan que el crimen del pueblo se agrava con esta comparación, pues no solo obraban con engaño hacia Dios, sino que se rebelaban abiertamente contra él y abandonaban su casa; porque muchas mujeres descaradas permanecen en casa y ocultan sus crímenes cuanto pueden; pero cuando una mujer abandona a su marido y a sus hijos, su caso es entonces el más deplorable: piensan, por tanto, que el profeta exagera aquí el divorcio o la rebelión del pueblo contra Dios; pero el sentido parece mejor si simplemente se los compara con una adúltera que admite a extraños en lugar de su marido: tú eres, dice, una adúltera que ha llamado a amantes extraños en lugar de tu marido: pues la mujer casada con un marido generoso es tratada por él con honor; y si busca amantes por todas partes, no la induce la avaricia ni la codicia, sino sus propias lujurias. En fin, así como el profeta dijo poco antes que despreciaban toda ganancia por estar cegados por sus apetitos, así dice ahora que eran como una adúltera que rechaza a su marido; y no solo eso, sino que se arroja a la protección de otros, mientras tiene un hogar honroso y feliz.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que nos has tenido por dignos de tal honor, que estemos unidos a ti en tu unigénito Hijo por el vínculo de un matrimonio espiritual, que permanezcamos en aquella fidelidad que te prometimos, puesto que te hemos hallado fiel para con nosotros por tantas pruebas de tu parte, hasta que, habiendo pasado por esta vida presente, lleguemos al goce de aquella bienaventuranza que es el fruto de nuestra casta fidelidad, por Jesucristo nuestro Señor. — Amén.

Lección cuadragésima sexta.

Ezequiel 16:33

33. A todas las rameras dan dádivas; mas tú diste tus dádivas a todos tus amantes, y los sobornabas para que de todas partes vinieran a ti en tu fornicación.

33. Cunctis meretricibus dant munus, tu autem dedisti munera tua cunctis amatoribus tuis: et conduxisti eos ut ingrederentur ad te undique in scortationibus tuis.

Ezequiel 16:33

Aquí el profeta muestra la gran necedad de los judíos al derrochar sin vergüenza sus bienes; pues la ganancia impulsa a las rameras a su oficio: sienten su deshonra, pero la necesidad las empuja. Pero el profeta dice que, cuando los judíos cometían pecado, lo hacían con prodigalidad, puesto que no escatimaban gasto para atraer a sus amantes. Prosigue la comparación que hemos tenido antes; pues compara a la nación con una mujer pérfida que deja a su marido y se ofrece a los adúlteros. Entendemos ahora el sentido del profeta. Es claro que los judíos no obraban así a propósito, pues pensaban sacar provecho de sus tratados con los egipcios y los asirios; no estaban dispuestos a servir a sus ídolos de balde, pues esperaban recompensas muy amplias de este culto adúltero. Pero el Espíritu Santo no mira ni lo que querían ni lo que esperaban, sino que habla del asunto tal como era. Es claro, pues, que los judíos fueron muy pródigos en sus supersticiones, y esto lo vemos aun hoy en el papado. Los que regatean hasta un céntimo para el alivio de los pobres derrocharán monedas de oro cuando quieren componer cuentas por sus pecados; y no hay fin a su prodigalidad bajo esta locura. Esta misma rabia dominaba entre los judíos, y por ella los reprende ahora Ezequiel. Dice, pues, que ofrecían dádivas a sus amantes; porque, como he dicho, eran tan pródigos en el culto de los dioses falsos que, cuando deseaban un tratado con los egipcios o con los asirios, necesariamente los colmaban de valiosos presentes; y la historia da testimonio de que se agotaron por completo. Por último, el profeta muestra aquí que los judíos estaban tan ciegos que, al dejar a Dios y entregarse a los ídolos, no obtuvieron ventaja alguna. Luego, cuando se implicaron en tratados perversos e impíos, muestra que estaban tan completamente trastornados que se privaban de todos sus bienes y no recibían nada sino deshonra a cambio de su prodigalidad: a todas las rameras se dan dádivas, pero tú repartes las tuyas. Jerónimo toma el pronombre en sentido pasivo, refiriéndolo a las bendiciones que Dios había otorgado al pueblo: y este pasaje es semejante al de Oseas (Os 2:5-8), donde Dios se queja de que los judíos habían profanado las bendiciones que les había conferido, como si una esposa diera a los adúlteros lo que había recibido de su marido. ¡Esto es en verdad vil! Pues el marido pensaba que serían prendas de castidad cuando adornaba a su esposa con vestidos preciosos o la enriquecía con otros presentes y adornos; pero cuando la esposa, olvidada del pudor y la decencia, arroja a los pies de los adúlteros los dones de su marido, esto es en verdad indignante. Por eso este sentido no me desagrada, aunque sería más sencillo entender que los judíos habían malgastado todos sus bienes. Dice que habían sobornado a sus amantes para que vinieran de todas partes a cometer maldad. Repite de nuevo lo que vimos antes: que los judíos eran pecadores abandonados, pues algunas, aunque impuras, se contentan con un solo amante. Pero así como antes había dicho que los judíos abrían ampliamente sus pies, así añade ahora que sobornaban amantes de todas partes. Vergonzosa es tal conducta en cualquier mujer; sin embargo, Ezequiel reprende a los judíos por esta indelicadeza, y vimos la razón en la lección de ayer. Sigue:

Ezequiel 16:34

34. Y ha sucedido contigo en tu fornicación lo contrario de las otras mujeres: porque ninguno te ha solicitado para fornicar, y tú das la paga, y no se te da paga a ti; por eso has sido contraria.

34. Et fuit in te inversio a mulieribus, in scortationibus tuis, et post tua postrema non erit scortatio: quia dedisti munus, et munus tibi non fuit datum: ita fuisti in contrarium.

Ezequiel 16:34

Pero el profeta no hace más que confirmar su enseñanza anterior: que los judíos estaban poseídos de tal lujuria, y de un modo tan inusitado, que solo podían satisfacer sus deseos con grave pérdida; y esta comparación no hace sino magnificar su crimen, puesto que eran peores que cualesquiera rameras; pues aunque estas se venden con bajeza, la esperanza de ganancia es una especie de pretexto y excusa, y una mujer hambrienta puede ser llevada a grandes excesos; pero mucho más vil y menos excusable es la conducta de la que compra a sus amantes. Sigue ahora:

Ezequiel 16:35-37

35. Por tanto, ramera, oye palabra de Jehová:

35. Propterea, meretrix, audi sermonem Iehovae.

36. Así ha dicho Jehová el Señor: Por cuanto han sido descubiertas tus desnudeces y manifestada tu vergüenza en tus fornicaciones con tus amantes, y con todos los ídolos de tus abominaciones, y en la sangre de tus hijos, que les diste;

36. Sic dicit Dominator Iehovah, quia effusum fuit infimum tuum, et detecta fuit turpitudo tua in scortationibus tuis erga amatores tuos, et erga omnia idola abominationum tuarum, et in sanguinibus filiorum tuorum quos dedisti illis.

37. He aquí, por tanto, que yo reuniré a todos tus amantes con los cuales te deleitaste, y a todos los que amaste, con todos los que aborreciste; los reuniré alrededor contra ti, y les descubriré tu desnudez, para que vean toda tu vergüenza.

37. Propterea ecce congregabo cunctos amatores tuos, quibus te oblectasti erga eos, et omnes quos dilexisti, et quos odisti: congregabo inquam, eos contra te a circuitu, et retegam pudenda tua coram ipsis, et videbunt totam turpitudinem tuam.

Ezequiel 16:35-37

Después de haberse lanzado Dios contra los pecados del pueblo y tratado a toda la nación como culpable, pronuncia ahora juicio sobre su maldad. Repite brevemente lo que había dicho, como un juez que explica la razón de su sentencia. Puesto que, dice, las partes inferiores de tu cuerpo y tu deshonra han sido descubiertas ante tus amantes. Esta es la razón del juicio, de donde se deduce que Dios es inducido a tratar con dureza a su pueblo por causas justas y necesarias. Sigue ahora: por tanto, dice, reuniré a todos tus amantes, también a aquellos a quienes aborreces, los reuniré, y descubriré tu vergüenza ante ellos. Podemos ver ahora con qué se amenaza a los judíos, a saber, con una destrucción ignominiosa, de modo que se conviertan en motivo común de burla sin que nadie los socorra; pues la expresión es metafórica cuando habla de amantes y de partes del cuerpo; porque por amantes entiende aquí a los egipcios, asirios y caldeos. De ahí queda refutada la opinión de quienes piensan que el profeta trata solo de supersticiones. Tampoco puede este lenguaje trasladarse a los ídolos, pues sabemos que los dioses falsos no eran espectadores del castigo que el profeta anuncia contra los judíos. De donde se sigue que este lenguaje solo conviene a aquellas personas en cuya protección confiaban los judíos, hasta tratar como inútil la ayuda de Dios. Siendo, pues, tal el sentido metafórico del pasaje, entendemos que la vergüenza significa despojo y matanza; más aún, la destrucción tanto del reino como de la ciudad, e incluso del templo. Así la nación fue motivo común de burla y, de este modo, semejante a una ramera sucia y vieja. Entendemos ahora la intención del profeta. En cuanto a que Jerónimo traduzca «riqueza», es del todo contrario al sentido del profeta; no hay duda de que se refiere a la parte inferior del cuerpo, y sigue en el mismo sentido: tu vergüenza fue descubierta. Pero al mismo tiempo Dios expresa por qué se hizo, a saber, por fornicación, como si una mujer abandonada obrara tan vergonzosamente. Dice ahora que se hizo hacia tus amantes, hacia los ídolos de tus abominaciones: על, gnel, se toma aquí por «hacia» o «contra». Distingue entre amantes e ídolos. Los que piensan que el profeta trata solo de supersticiones consideran superflua la conjunción; pero no hay duda de que el profeta se refiere, por una parte, a los asirios, egipcios y caldeos, y por otra, a los dioses falsos.

Y en sangres, dice. Añade aquí otro crimen, a saber, el de la crueldad bárbara, porque no perdonaban ni a sus propios hijos, como vimos antes: muchos ofrecían a sus hijos, y algunos se mostraron tan exaltados que los arrojaban al fuego: era en verdad un crimen monstruoso que no vacilaran en ensañarse contra su propia descendencia; pero eran tan arrebatados por un celo insensato que quemaban a sus hijos, cuando otros solo los hacían pasar por el fuego. Por eso el profeta los acusa de nuevo de crueldad por ofrecer sus hijos a los ídolos y derramar así sangre inocente. Sigue ahora el castigo: He aquí, dice, yo reúno a todos tus amantes. Dijimos que esto debe entenderse de los egipcios, asirios y caldeos, todos los cuales miraron la matanza de aquella nación perversa y pérfida, pero ninguno la ayudó. Dios pronuncia, pues, la destrucción del pueblo igual que la de una ramera abandonada por sus amantes, que perece de hambre, necesidad y otras miserias: pues muy a menudo sucede que una persona, bajo el impulso del amor, prefiere una ramera a su propia vida; pues arrojará todo respeto por su esposa, será irrespetuoso con su padre y con su madre, y romperá todo freno por gozar de su compañía: pero cuando tales personas envejecen y sus cabellos se vuelven blancos, lo cual representa el invierno de la vida, y las arrugas deforman el rostro, entonces son despreciadas, y sobre todo si sufren por enfermedad. Así también dice ahora el profeta que los judíos serían despreciados por todos, de modo que sus amantes se vieran obligados a contemplar aquel ejemplo; y entretanto apenas se dignan mirar la fea apariencia que antes les deleitaba tan dulcemente.

Luego avanza más, a saber, que sus enemigos contemplarían su ignominia: sabemos que los judíos estaban rodeados por todas partes de enemigos y que todos sus vecinos les eran hostiles. El profeta dice ahora que la deshonra de la nación sería expuesta ante sus amantes, es decir, los egipcios, los asirios, los caldeos, los filisteos, los edomitas y otras naciones. Este pasaje nos enseña que, aunque la razón de los juicios de Dios no siempre aparece claramente, nunca son demasiado severos; y cuando él se digna darnos una razón, nos concede una indulgencia gratuita. Pero cuando ejecuta en silencio sus juicios, aprendamos a conformarnos con su justicia y a no clamar si excede la moderación; porque, una vez que ha explicado que su severidad no es sino justicia, de ahí debemos sacar la regla general de que, siempre que parece tratar a su pueblo con demasiada severidad y dureza, tiene sin embargo razones justas para ello. Aprendamos también que los judíos sufrieron solo una justa retribución cuando Dios maldijo así todos sus consejos. Se creían muy previsores y circunspectos cuando entraban en alianzas con egipcios y asirios. Pero todos sus planes les salieron desdichadamente, puesto que consultaron su propia voluntad contra la de Dios. Aprendamos, pues, si queremos promover nuestra propia salvación y obtener un resultado próspero, a no hacer nada sin permiso de Dios, y a no emprender deliberación alguna sino las que Dios ha dictado y sugerido por su palabra y su Espíritu. Pues aquí se nos muestra todo suceso futuro como en un espejo cuando queremos ser más sabios de lo que deben y de lo que Dios permite. Sigue ahora:

Ezequiel 16:38

38. Y yo te juzgaré por las leyes de las adúlteras, y de las que derraman sangre; y te entregaré a sangre de ira y de celos.

38. Et judicabo te judiciis adulterarum, et fundentium sanguinem et ponam te sanguinem excandescentiae et zeli.

Ezequiel 16:38

Este versículo se añade solo para explicar. Dios ya había explicado breve y claramente cada suceso que habría de acontecer a los judíos: que perecerían en la mayor deshonra y quedarían desprovistos de toda ayuda, puesto que, por desconfianza en Dios, buscaron el favor de los hombres, como una mujer ávida de amantes. Pero confirma la misma enseñanza: que sufrirían un doble castigo, pues no solo se contaminaron tan vergonzosamente, sino también con matanzas impías, ya que quemaron a sus hijos en honor de dioses falsos. Esta sentencia puede explicarse de modo general: te juzgaré con los juicios de las mujeres que derraman sangre, pues sabemos que en Jerusalén no solo reinaba la idolatría, sino la rapiña y toda clase de crueldad; porque, habiéndose apartado de Dios y de su culto, violaban audazmente su ley. Por la segunda palabra podemos entender todos los crímenes con que habían provocado la ira de Dios por su crueldad. Pero como poco antes ha hablado de los hijos, retengo de buena gana ese sentido: que sufrirían como una adúltera y parricida que ha dado muerte a sus hijos. Pero ellos pensaban que obedecían: mas él no solo rechaza, sino que abomina tales pensamientos necios; pues nada es más vergonzoso que, bajo pretexto de piedad, matar y quemar a los propios hijos: esto, digo, era una profanación del nombre de Dios apenas tolerable. No es de extrañar, pues, que anuncie una doble venganza, ya que, cuando los judíos alegaban su celo, Dios les marcaba a fuego la señal de la maldad, aunque ellos lo creían obligado a favorecer sus intereses. Después sigue:

Ezequiel 16:39

39. Y te entregaré en manos de ellos; y destruirán tu lugar eminente, y derribarán tus altares; y te despojarán de tus vestidos, y tomarán tus hermosas alhajas, y te dejarán desnuda y descubierta.

39. Et dabo te in manum eorum: et sublime tuum diruent, et disrumpent excelsa tua; et spoliabunt te vestibus tuis, et sument vasa gloriae tuae, et dimittent te nudam et discoopertam.

Ezequiel 16:39

Aquí Ezequiel amplía el juicio de Dios cuando enseña que los judíos no solo estarían expuestos a toda deshonra, como si fueran sacados a un teatro noble y conspicuo, sino que sufrirían despojo y rapiña de parte de aquellos en quienes antes confiaban. Te entregaré, dice, en sus manos. Habla de amantes y de enemigos: en verdad, dice que todos se reunirán: tus antiguos aliados y amigos lo mismo que tus enemigos; y sabemos que fueron despojados, en un tiempo u otro, por los egipcios, los asirios y los caldeos. Pues en el tiempo en que Jerusalén fue tomada y destruida, los asirios habían sido reducidos bajo la monarquía de los caldeos. Babilonia había oprimido a Nínive, como es bien sabido, pero las fuerzas de ambos pueblos se habían unido. Así los judíos fueron despojados por ellos cuando pensaban haber provisto para sí con gran éxito mediante una alianza con los asirios contra los reyes de Israel y de Siria; y después, cuando habían hecho alianza con los caldeos, se creían fuera del alcance de todo peligro. Pero ahora el profeta se burla de su necia confianza y dice que serían despojados por todos sus amigos: así también dice que sus altares serían derribados. Quienes lo traducen «casa de pecado» no consideran lo bastante lo que observé ayer, que el profeta usa la figura de modo que designa una cosa simplemente por alguna de sus partes. El lenguaje del profeta es moderado o mixto, porque habla en parte de altares elevados y profanos, y al mismo tiempo sigue desarrollando su propia comparación. No hay duda, pues, de que por lugar alto y cosas elevadas entiende los mismos altares: aunque alude a esas casas pecaminosas, porque dijo en la lección de ayer que los judíos se colocaban en lo alto de las calles para atraer a cualesquiera extraños desconocidos que pasaran. Así como los caldeos tampoco perdonaron el templo, no hay duda de que destruyeron indistintamente todos los altares, y sin embargo los judíos habían querido complacerlos destruyendo una parte de ellos. Pero Dios muestra cuán necíamente se imaginan los hombres que tendrán éxito mientras combaten a propósito contra él: y la experiencia enseña que lo mismo sucede a todos los incrédulos. Pues cuando alguien ha abrazado sus propias supersticiones y desprecia lo que otros consideran sagrado y santo, entonces los vencedores destruyen templos e imágenes y desfiguran la región que quieren arruinada y desolada. Así también se dice ahora: destruirán tus altares y lugares altos. Añade ahora: y te despojarán de tus vestidos, y tomarán los vasos de tu hermosura. El profeta comprende en estas palabras todos los beneficios que Dios había conferido a los judíos; pues sabemos con cuánta liberalidad los había adornado con sus dones, y en especial al hacer la tierra maravillosamente fértil con su bendición. Significa en una palabra que los judíos, privados de todos sus adornos, serían deshonrados; como sigue: y te enviarán lejos desnuda y descubierta; es decir, te rechazarán, como el amante, una vez saciado, rechaza a la compañera de su iniquidad.

Ezequiel 16:40

40. Y harán subir contra ti una multitud, y te apedrearán con piedras, y te atravesarán con sus espadas.

40. Et ascendere facient contra te coetum, et lapidabunt te lapidibus, et perfodient te gladiis suis.

Ezequiel 16:40

Puesto que lo que Ezequiel ha expuesto hasta ahora era increíble, explica ahora el modo de su cumplimiento: que los caldeos y los asirios traerían un gran ejército y sepultarían toda Judea con piedras y la atravesarían con espadas. Con estas figuras quiere decir simplemente que habría tal matanza que toda la región quedaría desolada, como si el enemigo matara con piedras y espadas a todos los que encontrara. Algunos piensan que alude a las piedras que eran lanzadas por máquinas de guerra; pero dudo de que el profeta pensara en esto. Lo que he expuesto es más sencillo: que los judíos no tenían motivo para creerse libres de aquella matanza final de la que hablaba el profeta, puesto que vendrían ejércitos numerosos y poderosos y los abrumarían con piedras y los atravesarían con espadas. Sigue:

Ezequiel 16:41

41. Y quemarán tus casas a fuego, y harán en ti juicios en presencia de muchas mujeres; y yo haré que dejes de ser ramera, y que no des más paga.

41. Et exurent domes tuas igni, et facient in te judicia in oculis mulierum multarum, et cessare faciam te a scortando: atque etiam munus non offeres amplius.

Ezequiel 16:41

Después de haber hablado de la matanza de los hombres, añade la quema de sus moradas. Era ciertamente triste que toda la tierra quedara privada de habitantes; pero la deformidad de esta última matanza se les acumuló cuando las casas fueron quemadas; pues el país quedó asolado para el futuro y por largo tiempo. Porque cuando los hombres son muertos, otros pueden sucederles, si encuentran casas preparadas y campos no incultos. Pero cuando todo esto es consumido por el fuego y por otros medios de ruina, se quita toda esperanza para el futuro. El profeta quiere decir esto cuando dice que las casas fueron quemadas. Añade: harán juicio contra ti en presencia de muchas mujeres. Como había usado la comparación de una ramera para el pueblo judío, para que las partes de la sentencia correspondan entre sí, entiende a los pueblos vecinos bajo el nombre de mujeres. Confirma lo que vimos antes: que la pena que habría de exigirse a los judíos iría unida a la mayor deshonra. Pero esto es muy amargo: que no solo debamos perecer, sino que la crueldad de los enemigos deba saciarse mientras muchos nos miran; y sin duda era mucho más severo para los judíos soportar la burla de sus enemigos que perecer de una vez. Si hubieran perecido de una vez, la muerte no les habría sido un tormento como aquellas burlas con que los hostigaban sus enemigos. Pues dijimos que casi todos los odiaban; y en el Salmo 137 (Sal 137:7) se muestra que los edomitas, y otros como ellos, decían a modo de congratulación: ¡Ea, ea!, cuando Jerusalén fue destruida: Acuérdate, oh Jehová, contra los hijos de Edom del día de Jerusalén, quienes decían: Arrasad, arrasadla hasta los cimientos. El profeta anuncia, pues, esto: que el castigo que antes mencionó sería un ejemplo para todas las naciones. Habla impropiamente de los caldeos cuando dice que serían ejecutores de los juicios de Dios, pues no les había sido asignado ese deber; pero Dios a menudo transfiere al hombre, como instrumento de su ira, lo que le pertenece de manera peculiar solo a él. Y de este modo hiere más gravemente a los judíos al hacer de los caldeos sus jueces. Dios, propiamente hablando, era el único juez que vengaba la maldad del pueblo; pero entretanto pone a los caldeos en su lugar, para que el castigo fuera más ignominioso. Añade: y haré que cesen tus fornicaciones, y no ofrecerás más dádivas. Dios no quiere decir que los judíos serían mejores en el exilio, sino que simplemente les recuerda que les faltaría la ocasión de pecar, como cuando una persona impúdica se avergüenza por ser despreciada de todos, no por mejora alguna de su carácter, pues sus sentimientos licenciosos son los mismos que antes. Así también los judíos fueron siempre obstinados en su maldad, aunque privados de la ocasión de pecar. Sigue:

Ezequiel 16:42

42. Saciaré, pues, mi ira sobre ti, y se apartará de ti mi celo, y descansaré, y no me irritaré más.

42. Et quiescere faciam excandescentiam meam in te, et recedet aemulatio mea abs te: et quiescam, et non irascar amplius.

Ezequiel 16:42

Aunque Dios parece prometer aquí cierta mitigación de su ira, no hay duda de que expresa lo que vimos antes, a saber, que tal sería la destrucción de la nación que no habría necesidad de volver a castigarla. Cuando, por tanto, dice: haré reposar mi indignación sobre ti, significa que se saciaría de venganza por todos sus crímenes: de modo que el consumirse el pueblo se llama aquí el reposo de la indignación de Dios, como si dijera: Cuando te haya reducido por completo a nada, entonces mi indignación contra ti reposará. De la misma manera añade después: y mi celo se apartará de ti. Pero hoy no puedo terminar.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que nos has sostenido hasta ahora, y puesto que somos dignos de ser destruidos del todo cien veces, — concédenos, digo, que nos arrepintamos por nosotros mismos y prevengamos aquel horrible juicio del cual nos pusiste delante una muestra en tu antiguo pueblo; y que nos consagremos de tal modo a ti en la verdadera castidad de la fe que experimentemos el curso de tu bondad hasta que gocemos de la herencia eterna que tu unigénito Hijo nos ha adquirido con su sangre. — Amén.

Lección cuadragésima séptima.

Ayer nos detuvimos en el pasaje donde Dios declara que su rivalidad se apartaría de los judíos. Algunos lo interpretan de celos, y este sentido no me desagrada; pues sabemos que Dios ha hablado hasta ahora en la persona de un marido. Pero cuando un marido venga la injuria que ha sufrido, se inflama de celos. De ahí que no tenga moderación en su ira; pero cuando empieza a despreciar a su esposa porque está mancillada y a juzgarla indigna de mayor atención, entonces su enojo e indignación se aplacan. Así, pues, algunos lo entienden: Mi celo se apartará de ti, es decir, ya no serás estimada como mi esposa, sino que te despreciaré como a una completamente extraña y desconocida para mí. Pero la palabra celo o rivalidad puede tomarse de otro modo; como dijo ayer: pondré sobre ti la sangre de indignación y de celos, es decir, no te trataré de manera más suave que los que arden de ira y no respiran sino matanzas; como cuando alguien se inflama contra sus enemigos, mata a todos los que encuentra. Como, por tanto, Dios apartó en la última lección la sangre de celos y de ira, así en este lugar la palabra puede tomarse como simple rivalidad; pues el קנאה, kenah, celo de Dios, o ardor en la venganza, se apartará de los judíos, porque faltará materia, como lo explicamos ayer: reposaré, dice, y no me irritaré más. Con estas palabras confirma lo mismo: que tal sería la destrucción de Jerusalén que Dios cesará en su ira, como si estuviera saciado. No promete aquí ninguna mitigación, como algunos piensan, sino que expresa su carácter formidable, puesto que consumiría y aboliría a todo el pueblo, de modo que la ira de Dios cesa, como se apaga un fuego por sí solo cuando no queda combustible. Este es el sentido completo. Sigue:

Ezequiel 16:43

43. Por cuanto no te acordaste de los días de tu juventud, y me provocaste a ira en todo esto, por eso, he aquí, yo también haré recaer tu camino sobre tu cabeza, dice Jehová el Señor; pues ni aun has pensado sobre todas tus abominaciones.

43. Quia non es recordata dierum adolescentiae tuae, et irritasti me in hoc toto etiam ego viam tuam in caput reddam, dicit Dominator Iehovah: et non fecisti cogitationem super cunctis abominationibus tuis.

Ezequiel 16:43

Primero reprocha a los judíos que no reflexionaran en la liberalidad con que habían sido tratados. Pero aquella ingratitud era demasiado vergonzosa, puesto que Dios no había omitido ninguna clase de beneficencia para su adorno. Pero como pensaban que Dios no los había adornado con suficiente esplendor y que era menos munífico de lo que debía, de aquí puede deducirse que eran indignos de beneficios tan grandes y notables. En fin, Dios muestra aquí que, por severamente que castigara a los judíos, lo merecían por su ingratitud al no considerarlo suficientemente liberal para con ellos: pues sus ánimos estaban completamente quebrantados. Si una esposa deja a su marido, o bien es obligada a ello por la conducta perversa de él, o bien muestra un carácter ruin si ha sido tratada con honor. Pero como los judíos estaban atados a Dios tan fuertemente de tantas maneras, su perfidia y rebelión eran tanto más detestables; pues Dios no soporta que sus bendiciones sean despreciadas por nosotros: puesto que siempre debemos notar la razón por la que no omite nada que pueda testificar su amor paternal hacia nosotros, a saber, para que celebremos su bondad. Pero cuando volvemos sus beneficios a la profanación de su nombre, eso es como mezclar el cielo y la tierra. Por eso debe notarse este pasaje contra la ingratitud.

Añade ahora: te has alborotado contra mí, o me has movido o irritado. רגן, regen, significa a veces asustar, pero aquí significa reñir, contender o enfurecerse contra alguien: pues la palabra puede, a mi juicio, tomarse en sentido activo o pasivo, y también como neutro. Si la tomamos en sentido neutro, significará que los judíos se alborotaron contra Dios, como si los hubiera poseído un espíritu turbulento, de modo que lo descuidaban y despreciaban y se entregaban a la maldad. Si prefieres el sentido activo, significa: me has irritado. Añade de nuevo: yo también haré recaer tu camino sobre tu cabeza; con estas palabras Dios afirma de nuevo que no lo indujo a castigar a los judíos ningún celo temerario ni inconsiderado, pues si alguien considerara sus crímenes, reconocerá que habían recibido una justa retribución. En fin, aquí se tapa la boca de los judíos, para que no supongan que Dios obra injustamente cuando solo cosechaban el fruto de sus obras. Añade enseguida: y no has hecho consideración. Ya he dado dos exposiciones en la nota, pero ninguna me agrada, pues parece del todo contrario al contexto del profeta tomarlo como si Dios fuera el que habla: además, no es necesario cambiar el tiempo del verbo y tomar el pasado por el futuro, cuando el sentido tiende en otra dirección. Concuerda mucho mejor que los judíos no recordaban sus propias abominaciones para desagradarse de ellas. Hacer consideración significa reflexionar. זמה, zemeh, se toma por lo general en buen sentido y significa simplemente consideración; y como este es el significado propio de la palabra, vemos que el profeta acusa aquí a los judíos de estupidez, porque no volvían su atención para reconsiderar sus abominaciones. Los que lo toman por lascivia tuercen el sentido. Todo el significado es que los judíos eran dignos de la horrible destrucción que pendía sobre ellos, porque no solo eran obstinados en su ingratitud, sino completamente estúpidos: pues sus abominaciones eran tan sucias ante las naciones, como hemos visto antes, que las hijas de los filisteos se avergonzaban de la maldad de la nación, pero ellos no aplicaban su mente a la consideración de estas cosas. Puesto que, por tanto, sus abominaciones eran tan groseras, era señal de la mayor indolencia no volver su atención a revisarlas. Sigue ahora:

Ezequiel 16:44-46

44. He aquí, todo el que usa de refranes te aplicará este refrán, diciendo: Cual la madre, tal su hija.

44. Ecce quisquis proverbiat super te proverbiabit dicendo, Sicut mater filia ejus.

45. Hija eres de tu madre, que desechó a su marido y a sus hijos; y hermana eres de tus hermanas, que desecharon a sus maridos y a sus hijos; vuestra madre fue hetea, y vuestro padre amorreo.

45. Filia matris tuae es quae abjecit maritum suum et filios suos: et soror sororis tuae quae repudiarunt maritos suos, et filios suos. Mater vestra Chitaea, et pater vester Amorrhaeus.

46. Y tu hermana mayor es Samaria, ella y sus hijas, que moran a tu mano izquierda; y tu hermana menor es Sodoma con sus hijas, la cual mora a tu mano derecha.

46. Et soror tua major Samaria est, et filiae ejus, quae habitant ad sinistram tuam: et soror tua minor prae te, quae habitat a dextris tuis, Sodoma et filiae, ejus.

Ezequiel 16:44-46

Aquí el profeta usa otra forma de hablar; pues dice que los judíos merecían estar sujetos a los refranes burlones de los que se deleitan en la maldad. El sentido es que eran dignos de extrema infamia, de modo que su deshonra andaba de boca en boca en dichos vulgares. Este es un punto: añade ahora que refranes de esta clase eran lo que los judíos merecían: la hija es como su madre y sus hermanas. Luego dice: su madre fue hetea, y sus hermanas Samaria y Sodoma. Debemos tratar brevemente estas cláusulas por orden. Cuando el profeta habla de refranes, sin duda quiere decir lo que he tocado, a saber, que los crímenes de la nación merecían que su infamia volara por las lenguas de todos; pues hay muchos pecados que quedan ocultos, ya porque se perdonan, ya porque no parece que se los note mucho. Si alguien supera a todos los demás en crueldad, avaricia, lujuria y otros vicios, su deshonra será notoria y será señalado con refranes vulgares. Por eso Ezequiel insiste en la maldad del pueblo, puesto que proporcionan materia para que todos los hombres se rían a su costa; pues alude a los bufones e ingeniosos, y a los que son hábiles en fabricar dichos vulgares.

El que hace refranes pronunciará este refrán contra ti: cual la madre, tal la hija. No hay duda de que usaban este dicho en aquel tiempo, y a menudo sucede que las faltas de las hijas se parecen a las de sus madres. Las hijas, en verdad, degeneran a menudo de las mejores madres, y se hallarán matronas que sobresalen en las virtudes de modestia, castidad, sobriedad y vigilancia, mientras sus hijas son temerarias y soberbias, lujuriosas, lascivas e intemperantes; pero lo habitual es que una madre tenga hijas malvadas como ella: esto sucede menos por naturaleza que por educación; pues una mujer de inclinación perversa pensará que recae una mancha sobre ella si su hija es mejor que ella, y así querrá formarla según sus propias costumbres; de ahí que se hallen pocas hijas modestas cuyas madres son inmodestas, pocas sobrias que han sido criadas por borrachas. Puesto que, por tanto, la experiencia enseñó siempre la semejanza entre madres e hijas, este refrán andaba en boca de todos. Los refranes, sin embargo, no siempre son verdaderos, sino solo en general; pero Dios extiende a veces su compasión hasta el punto de que la hija de una mujer malvada sea honorable y de buena conducta. Pero esto es muy raro: por eso no puede rechazarse este dicho proverbial: cual la madre, tal la hija. Sigue ahora: eres hija de tu madre; es decir, enteramente semejante a ella: y esta frase es igualmente común entre nosotros: «Eres hijo de tu padre», a saber, te pareces a él en tus pecados. Así el profeta quiere decir que la nación era como su madre, puesto que en nada se diferenciaba de los cananeos y los heteos. Añade también: hermana y sus hijas, como si quisiera reunir a toda la familia. Dice que Samaria es su hermana mayor, y Sodoma la menor. No sé si quienes piensan que Samaria es llamada mayor que Jerusalén porque se rebeló primero contra el culto de Dios tienen suficientes fundamentos para su interpretación: pues, a medida que avancemos, veremos que Samaria es comparada con Sodoma, y puesto que Sodoma es la peor, es muy natural compararla con ella. Pues Jerusalén será colocada después en el rango más alto, porque los había superado a todos en enormidad. Samaria, pues, es una de las hermanas, y lo mismo Sodoma; estas ciudades se llaman hijas, pues sabemos que Sodoma no fue la única destruida por fuego del cielo, ya que eran cinco ciudades (Gn 10:19 y Gn 19:25). Vemos, pues, por qué aquellas ciudades menores y cercanas se llamaban hijas de Sodoma, y en cuanto a Samaria, era la cabeza del reino de Israel: por eso todas las ciudades de las diez tribus se llamaban sus hijas.

Con relación al padre, el profeta dice aquí más de lo que se había atrevido a decir antes. Dice: su padre fue amorreo, como si los judíos hubieran brotado de naciones profanas y no derivaran su origen de un padre santo; y el profeta hace esta objeción muy a menudo, no porque fueran espurios o descendieran según la carne de gentiles incircuncisos, sino porque eran indignos de su padre Abraham, por ser degenerados. En fin, Dios significa aquí que los padres de los judíos eran no solo naciones profanas, sino totalmente réprobas, y aquellas que Dios, por razones muy justas, había ordenado destruir, puesto que habían contaminado la tierra con sus crímenes demasiado tiempo. Dice que los judíos eran como una hija nacida de padres de lo más abandonados. En cuanto a que diga que tanto la madre como las hermanas habían despreciado a sus maridos, esto puede parecer absurdo. Pero sabemos que en los refranes, parábolas, ejemplos y comparaciones no debe exigirse todo con la mayor exactitud. Cuando se dice que la venida de Cristo es furtiva (Mt 24:43, 44), si alguien aquí quiere ser sutil y pregunta en qué se parece Cristo a un ladrón, eso será absurdo. Y también en este lugar, cuando se dice: tu madre abandonó a su marido y a sus hijos, y tus hermanas han hecho lo mismo. Dios simplemente quiere decir que tanto la madre como las hermanas de Jerusalén eran mujeres impuras y pérfidas; y crueles también, pues no solo habían violado la promesa matrimonial y roto así toda castidad, sino que eran como fieras contra sus propios hijos (Lc 12:39, 40; 1 Ts 5:2). Reprende el crimen que ayer expusimos, el de los judíos que quemaban a sus propios hijos. En fin, quiere comparar a los judíos con los cananeos, los samaritanos y los sodomitas, tanto en perfidia como en crueldad. Por eso son condenados primero por arrojar todo pudor y fidelidad conyugal, y luego por olvidar toda humanidad. Sigue ahora:

Ezequiel 16:47

47. Y aun no anduviste en sus caminos, ni hiciste según sus abominaciones; antes, como si esto fuera poco y muy poco, te corrompiste más que ellas en todos tus caminos.

47. Et non in viis ipsarum ambulasti, et non secundum abominationes earum fecisti quasi parum et exiguum: et corrupt, es prae illis in cunctis viis tuis.

Ezequiel 16:47

Ahora el profeta, no contento con la comparación que había usado, dice que los judíos eran mucho peores que sus madres o sus hermanas. Sin embargo, no se contradice, pues Dios quería llevar poco a poco a los impíos a juicio. Si a la primera palabra hubiera dicho que eran peores que los sodomitas, habrían prestado menos atención a esta acusación. Pero cuando propuso una cosa increíble, a saber, que eran hijas de las naciones de Canaán y hermanas de Samaria y de Sodoma, y después avanzó más y declaró que superaban tanto a su madre como a sus hermanas, esto, como he dicho, agitaría sus ánimos con más vehemencia. Esta diferencia no contiene, pues, contradicción alguna, sino que tiende más bien a magnificar sus crímenes. Tú, dice, no has andado según sus caminos. No exime aquí a los judíos de participar en los pecados, como si fueran irreprochables por no imitar a los heteos, sodomitas o israelitas: sino que la palabra andar debe restringirse al sentido de igualdad, como si dijera: no eres igual. Pero es una especie de corrección cuando Dios dice que los judíos no eran iguales a los heteos ni a los sodomitas, queriendo decir que su impiedad era más detestable, puesto que se lanzaban a toda clase de maldad con mayor licencia. Entendemos ahora el sentido del profeta cuando dice que los judíos no habían andado en los caminos ni de Sodoma ni de Samaria ni de las naciones de Canaán, puesto que los habían precedido, y aun con mayor ardor de persecución; pues si simplemente hubieran imitado a los tres pueblos de que se ha hecho mención, habrían andado en sus caminos. Pero como eran arrastrados en su intemperancia hasta correr delante de ellos, no andaban en sus caminos solo por haberlos dejado atrás. Y esta comparación explicará suficientemente el pensamiento del profeta: que los judíos no siguieron ni a los sodomitas, ni a los israelitas, ni a los cananeos, sino que, por su violencia vil y precipitada, los dejaron muy atrás. Y dice: como si esto fuera poco, es decir, como si te importara poco ser semejante a tu madre y a tus hermanas. Pero te has corrompido, dice, antes que ellas. Explica ahora el caso más claramente, pues no habían andado en sus caminos por precipitarse con mayor licencia, como ya hemos dicho. Sigue:

Ezequiel 16:48

48. Vivo yo, dice Jehová el Señor, que Sodoma tu hermana y sus hijas no han hecho como hiciste tú y tus hijas.

48. Vivo ego, dicit Dominator Iehovah, si fecerit Sodoma, soror tua ipsa et filiae ejus quemadmodum fecisti tu, et filiae tuae.

Ezequiel 16:48

Puesto que lo que hemos visto poco antes era difícil de creer, Dios interpone un juramento. Y no es de extrañar que los judíos despreciaran y arrojaran tan lejos la vergüenza, pues estaban acostumbrados a ella; y sabemos cuán hinchados estaban de orgullo, porque se jactaban siempre de su adopción y se gloriaban en el nombre de Dios. Además, sabemos que hoy día, si alguien acusa a una nación malvada, esta no es sin embargo tan detestable como Sodoma, y si usa esta expresión, inflama a todos contra sí y hace que rechacen sus palabras con indignación. Pues ¿quién soportará que se compare una ciudad o una nación con Sodoma? En cuanto a los judíos, hemos dicho que era intolerable en ellos ser melindrosos y soberbios. Había también otra razón para que se indignaran de ser declarados peores que los sodomitas: Dios no los había escogido en vano como su especial tesoro y los había señalado con títulos magníficos: vosotros me seréis un reino de sacerdotes, me seréis por heredad, y además, mi hijo, mi primogénito, Israel (Éx 19:6 y Éx 4:22). Vemos ahora cuán necesaria era la interposición del juramento para sancionar lo que el profeta había dicho. Dios jura, pues, aquí por sí mismo, porque nosotros lo llamamos como testigo y juez cuando juramos. Pero jura por sí mismo o por su vida, porque, como enseña el apóstol, no tiene otro mayor por quien jurar (He 6:13). Sea como sea, derriba aquí toda necia jactancia de que estaban hinchados los judíos cuando jura por sí mismo que eran peores que Sodoma y sus hijas. Y aquí llama igualmente a las ciudades menores hijas de Jerusalén. Esto era muy duro para los judíos, cuando el profeta dice y repite a menudo: tu hermana Sodoma. Pero hiere mucho más amargamente sus sentimientos al decir que Sodoma fue justa en comparación con Jerusalén: esto era en verdad intolerable, y sin embargo vemos que el Espíritu Santo no los trata aquí de ningún modo con indulgencia. Por eso no debemos mirar lo que los réprobos pueden soportar, sino que deben ser tratados según su propia disposición, y puesto que se alzan ferozmente contra Dios, así también han de ser sometidos y, según el proverbio común, «para un nudo duro hay que hacer una cuña dura». Sigue ahora:

Ezequiel 16:49

49. He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso.

49. Ecce haec fuit iniquitas Sodomae sororis tuae, superbia, satietas panis, et securitas oti fuit illi et filiabus ejus: et manum egeni et inopis non apprehendit.

Ezequiel 16:49

Aquí Dios comienza a mostrar la razón por la cual atenuó la maldad de Sodoma en comparación con la de su propio pueblo: pues si hubiera hablado en general, sin explicar el consejo de Dios, su lenguaje habría sido increíble y, por tanto, ineficaz. Pero ahora Dios muestra que no pronunció a la ligera lo que oímos antes, a saber, que los judíos eran peores que los sodomitas. ¿Cómo así? Porque esta fue la maldad de Sodoma tu hermana, dice, primero soberbia, luego saciedad de pan, y el lujo en que solían entregarse, y ahogarse en la comodidad para gozar de una larga paz; después, no tomaron de la mano al pobre. Añade ahora:

Ezequiel 16:50

50. Y se ensoberbecieron, e hicieron abominación delante de mí, y cuando lo vi las quité.

50. Et superbe se extulit, et fecit abominationem coram me, et abstuli ipsos quemadmodum vidi.

Ezequiel 16:50

Debemos atender con diligencia a este pasaje; pues Dios no excusa aquí la maldad de Sodoma, sino que, por abominable que fuera aquel pueblo, dice que los judíos eran todavía más depravados. Sabemos por qué Dios descargó su venganza de manera terrible contra los sodomitas y sus vecinos, pues fue un ejemplo espantoso; y Judas dice que fue una especie de espejo de la ira de Dios que aguarda a todos los impíos (Jud 1:7); y la Escritura nos remite a menudo a aquella prueba del juicio de Dios: pero debemos ver cómo se lanzó Sodoma a tal grado de licencia que ninguna enormidad la horrorizaba. Dios dice que empezaron por la soberbia, y ciertamente la soberbia es la madre de todo desprecio de Dios y de toda crueldad. Aprendamos, pues, que no podemos ser refrenados por el temor de Dios a menos que reinen dentro de nosotros la moderación y la humildad. La soberbia, sabemos, tiene dos cuernos, por así decir; uno es cuando los hombres olvidan su propia condición y reclaman para sí no solo más de lo debido, sino lo que Dios solo llama suyo. Este es, pues, un cuerno de la soberbia: cuando los hombres, confiando en su dignidad, excelencia, abundancia y riqueza, se embriagan con falsas imaginaciones hasta creerse iguales a Dios. Ahora bien, otro cuerno de la soberbia es cuando no reconocen sus vicios, desprecian a los demás en comparación con ellos mismos y se complacen en enormidades, como si estuvieran libres de toda cuenta futura. Puesto que, por tanto, la soberbia se contiene en estas dos cláusulas, cuando los hombres se arrogan demasiado y así están ciegos para sus propios vicios, cada una de ellas es sin duda condenada en los sodomitas, ya que primero se engrieron con una confianza temeraria, y luego se negaron a someterse a Dios y se rebelaron contra él como si pudieran sacudirse su yugo.

Añade después saciedad de pan. Pero el profeta parece condenar en los sodomitas lo que no era censurable en sí mismo: pues cuando Dios nos alimenta con abundancia, la saciedad no debe considerarse un crimen; pero la toma aquí por glotonería inmoderada; pues los que tienen abundancia suelen ser lujuriosos, y nada es más raro que el dominio de sí mismo cuando se nos proporciona materia de lujo. Por eso saciedad de pan se toma aquí por intemperancia, puesto que los sodomitas estaban tan entregados a la gula y a la embriaguez que satisfacían sus apetitos peor que los brutos, que sí conservan alguna moderación, pues se contentan con su propio alimento: pero la codicia de los hombres es del todo insaciable. Observemos, pues, que por saciedad de pan hemos de entender aquella intemperancia a que se entregan los hombres profanos cuando Dios los provee con abundancia de medios de vida; pues no consideran por qué abundan en vino, trigo y abundancia de todas las cosas, sino que se ahogan en lujos con un impulso ciego y brutal. Por eso se añade a la soberbia tal avidez, tan inflamatoria para los ánimos de los sodomitas, de arrogarse más de lo justo. Añade después: y reposo; תולש, sheloth: algunos traducen «abundancia», pero casi en todas partes significa paz; el sustantivo טקש, sheket, que se añade luego, significa propiamente reposo; de modo que será la paz del reposo o de la comodidad, y esto parece sin culpa: pues ¿por qué no se nos ha de permitir gozar de comodidad si nadie nos molesta ni perturba? Más aún, se cuenta entre las bendiciones de Dios: dormiréis, y no habrá quien os espante (Lv 26:6). Puesto que, por tanto, Dios quiere que se considere entre sus bendiciones que los fieles duerman profundamente, sin ansiedad ni turbación alguna, ¿por qué se condena a Sodoma por gozar así de comodidad y paz? Pero aquí se señala su exceso, no su uso verdadero, pues el uso de la paz es hacer tranquilos nuestros ánimos, para que demos gracias a Dios y vivamos con calma bajo su dominio. Pero ¿cómo obran los réprobos? Se embrutecen, por así decir, en su propia tranquilidad. Por eso en este pasaje se entiende por la tranquilidad del reposo la pereza, y Dios quiere decir que los sodomitas se embriagaban con sus lujos cuando gozaban de paz. Debemos dejar el resto.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que te has dignado injertarnos una vez en el cuerpo de tu unigénito Hijo, que tengamos presente nuestro origen, puesto que desde nuestro mismo nacimiento estábamos perdidos y malditos; y concédenos que tengamos presente aquella gracia con que nos has honrado, para que te adoremos como a Padre y conservemos inviolada nuestra confianza en ti: y que te obedezcamos de tal modo que tu imagen se renueve en nosotros más y más en toda justicia y santidad, hasta que tu gloria resplandezca perfectamente en nosotros en tu reino celestial, por el mismo Jesucristo nuestro Señor. — Amén.

Lección cuadragésima octava.

Comenzamos en la última lección a tratar aquel pasaje donde Dios declara que los judíos superaron en toda clase de maldad tanto a los sodomitas como a las diez tribus de Israel. Cuando quiso probarlo, dijo que la iniquidad de Sodoma fue soberbia, saciedad de pan, y luego comodidad, con pereza y crueldad: después puso otra clase de soberbia, puesto que el pueblo se embriagaba de confianza y se entregaba a una licencia desenfrenada y brutal, como dice después. Pues añade que las ciudades fueron destruidas y arrasadas porque habían perpetrado sucias abominaciones. En cuanto al exceso, dijimos que aquí no se condena sin más el vivir bien cuando alguien usa para la gloria de Dios la abundancia que se le ha concedido, sino el lujo y la intemperancia. Pues los ricos se jactan cuanto pueden, y no solo están ávidos de manjares y se atiborran hasta saciarse, sino que triunfan y se regodean en lo que ha de destruirlos con seguridad. El profeta censura esto, pues, en los sodomitas. Dijimos también, de la quietud y el reposo, que denotaban aquella pereza con que se enloquecen los profanos; pero esto se expresa más claramente enseguida con la vana jactancia. El profeta añade ahora que no habían tomado de la mano al pobre y al menesteroso. Debemos notar esto, pues la soberbia es casi siempre cruel; y en verdad nadie socorre de corazón a sus hermanos pobres si no se conmueve por sus necesidades. Pero los que se embriagan de falsa confianza y lo reclaman todo para sí, desprecian a sus hermanos y así permiten con descuido que sean totalmente oprimidos por la pobreza y la necesidad. El profeta no declara aquí nada acerca de Sodoma que no percibamos con demasiada frecuencia por la experiencia diaria. Añade ahora:

Ezequiel 16:50

50. Y se ensoberbecieron, e hicieron abominación delante de mí, y cuando lo vi las quité.

50. Et extulit se, et fecerunt abominationem coram facie mea, et abstuli eas quemadmodum volui.

Aquí Dios muestra que Sodoma no había caído al principio en aquellos crímenes sucios y groseros que fueron la causa de su destrucción final. Debemos notar esto con diligencia: pues cuando Satanás empieza a seducirnos, pensamos que seremos libres de volver atrás nuestros pasos cuando queramos; pero somos enredados, unos de una manera y otros de otra. Pero cuando somos enredados por los engaños de Satanás, no está en nuestro poder escapar de ellos; más aún, sentimos que estamos metidos en un laberinto completo. Puesto que, por tanto, los hombres avanzan gradualmente en provocar la ira de Dios, debemos notar este pasaje, en el que Dios nos informa de que los sodomitas no se entregaron de golpe a una lujuria enorme, sino que empezaron con pecados menores, y luego se volvieron lujuriosos por su abundancia y fueron embotados por la comodidad y la quietud; entretanto despreciaron al pobre y al menesteroso y no les tendieron la mano. Pues tomar de la mano significa lo mismo que tender la mano, cuando levantamos de nuevo a los caídos o sostenemos a los que resbalan. Por eso Dios muestra que los sodomitas fueron después tan corrompidos por los lujos que al fin añade que se ensoberbecieron, es decir, que a propósito y de su propia voluntad se eximieron de todo temor de castigo: pues este es el sentido de la expresión «se ensoberbecieron»; es decir, se engrieron, puesto que se prometían impunidad; y en esa falaz esperanza se atrevieron a perpetrar abominación delante de mi rostro. Por eso siempre debemos temer que Satanás nos enrede con sus halagos y al fin fascine y embote de tal modo nuestros sentidos que ya no podamos distinguir entre el bien y el mal, como los sodomitas excedieron a los brutos en sus abominaciones, que fueron la causa de su ruina.

Cuando Dios anuncia que quitó aquellas ciudades como le agradó, quiere infundir terror a los judíos, para que no supongan que ganarán algo volviendo la espalda; porque, quieran o no, los arrastrará al fin ante su tribunal. Dios pronuncia, pues, aquí la sentencia final, para que los judíos sientan que deben rendirle cuentas. Ahora bien, si alguien preguntara si estos crímenes que Ezequiel relata son peores que los de los judíos, la respuesta está a mano: que los sodomitas no estaban bajo la ley; y por tanto no es de extrañar que vagaran y tropezaran en tinieblas; pero cuando se mostró a los judíos el recto curso de vida, ellos buscaron expresamente su propia destrucción, rechazaron a sabiendas y a propósito el yugo de Dios y despreciaron con altivez a todos los profetas que a diario deseaban volverlos al camino del deber. Hay que notar también otras circunstancias: que los judíos no solo abusaron de los bienes que Dios les había otorgado con abundancia, sino que, como hemos visto, los derrocharon en un culto adúltero, y de allí trajeron toda clase de superstición y se volvieron peores que las bestias, como hemos visto en otro lugar. Mientras sabemos que la imitación del pueblo de Sodoma era muy común en Judea, cuando estaban contaminados con muchas corrupciones por el olvido de la ley. Si, por tanto, ponderamos estos puntos juntos, no será de extrañar que Dios declare que los judíos pecaron más gravemente que los sodomitas. Sigue ahora:

Ezequiel 16:51

51. Y Samaria no cometió ni la mitad de tus pecados; porque tú multiplicaste tus abominaciones más que ellas, y has justificado a tus hermanas con todas las abominaciones que hiciste.

51. Et Samaria secundum dimidium scelerum tuorum non scelerate egit: et multiplicasti abominationes tuas prae illis, et justificasti sorores tuas in omnibus abominationibus tuis quas patrasti.

Ezequiel 16:51

Dios pronuncia ahora lo mismo acerca de Samaria, a quien antes había llamado la hermana menor. Por Samaria, como dijimos, entiende a los israelitas, porque aquella ciudad era la cabeza del reino de Israel: las diez tribus habían sido ya llevadas al exilio; y dice que no eran ni la mitad de malas en comparación con los judíos. Esto, a primera vista, puede parecer absurdo; pues sabemos que el culto de Dios se mantuvo en Jerusalén cuando los israelitas rechazaron la ley y se volvieron vil y abiertamente a la idolatría. Puesto que, por tanto, cierta piedad sana florecía en Jerusalén cuando los israelitas se rebelaron malvadamente contra la ley de Dios, ¿qué puede significar que se censure a los judíos como peores que ellos? Debemos acudir siempre a la fuente que he señalado; pues la ingratitud tiene gran influencia en agravar los crímenes de los hombres. Pero hay que notar también otra razón. Los judíos habían visto con cuánta severidad había vengado Dios las supersticiones del reino de Israel: estaban tan lejos de arrepentirse que más bien cortejaban su alianza, como con el propósito mismo de provocar de nuevo a Dios. Si reflexionamos sobre estos dos puntos, se resolverá la cuestión en lo que se refiere al presente pasaje. Dios dice lo que nos resulta increíble: que los judíos eran peores que los israelitas; pero lo afirma porque la ingratitud los había hecho menos excusables; pues Dios los había retenido bajo su propio cuidado cuando sucedió aquella miserable dispersión y las diez tribus fueron casi absorbidas. La lámpara de Dios brilló siempre en Jerusalén, como se dice (Éx 27:20). Cuando, por tanto, Dios había conservado para sí aquel pequeño grupo como la flor misma del pueblo, sano y salvo, la rebelión de este pueblo era mucho más criminal que la de las diez tribus; pues estas tribus fueron apartadas del culto de Dios poco a poco, como es bien sabido. Porque Jeroboam se puso siempre delante un solo objeto definido: el culto de Dios como libertador del pueblo (1 R 12); pues los israelitas no se consideraban apóstatas, aunque habían degenerado de sus padres. Pero los judíos se entregaron a supersticiones groseras, de las que los israelitas al principio se avergonzaban; y luego fueron advertidos con muchas penas de que no imitaran a sus parientes: aun así, como vimos antes, el templo fue profanado con muchas contaminaciones; pues Ezequiel, en el capítulo 8, dice que vio allí muchas profanaciones. Puesto que, pues, los judíos aprovecharon tan mal, aunque Dios puso su venganza ante sus ojos, no es de extrañar que se diga que pecaron gravemente.

En conclusión, añade: has multiplicado tus abominaciones más que ellas; y has justificado a tus hermanas en todas las abominaciones que has perpetrado. Aquí la palabra «justificado» debe recibirse primero en sentido comparativo: no significa que la culpa de los demás se atenúe por la maldad de los judíos; sino que, si el pueblo quisiera presentar excusas, se le podría convencer fácilmente de que tanto Sodoma como el reino de Israel eran justos en comparación con los judíos. «Justificar» suele recibirse por absolver; y debemos observar esto cuando tratamos de la justificación, puesto que los papistas se aferran siempre a la cualidad, como si ser justificado fuera en realidad ser justo. De ahí que no puedan comprender una doctrina bastante familiar a la Escritura y bastante clara: que somos justificados por la fe; pues examinan al hombre para hallar allí la justicia y no suben más alto: pero ser justificado por la fe no significa sino ser absuelto, aunque no seamos justos en nosotros mismos; de ahí que deba buscarse una justificación por la fe fuera de nosotros, y de ahí deducimos que no es una cualidad. Así Jerusalén justificó a sus hermanas, aunque Sodoma y Samaria resultaron peores que ella. Sigue:

Ezequiel 16:52

52. Tú también, que juzgaste a tus hermanas, lleva tu vergüenza en tus pecados que cometiste más abominables que ellas; más justas son que tú; avergüénzate, pues, tú también, y lleva tu confusión, pues que has justificado a tus hermanas.

52. Etiam tu porta probrum tuum quae judicasti sororem tuam in sceleribus tuis quibus impie egisti prae illis: justificatae sunt prae te. Atque etiam tu pudefias, et porta probrum tuum, quod justificaveris sorores tuas.

Ezequiel 16:52

Aquí, por fin, Dios anuncia que castigaría a los judíos según sus merecimientos. Hasta ahora ha referido sus crímenes, como acostumbran hacer los jueces, que al condenar a los criminales exponen las razones que los inducen a dictar sentencia: así Dios muestra brevemente cuán malvados eran los judíos. Añade ahora que los castigaría según la magnitud de sus crímenes. Pues habrían tragado fácilmente todos los reproches si no se les hubiera infundido el temor del castigo. Este segundo punto era, pues, necesario, para que no escaparan impunes, puesto que habían superado tanto a Sodoma como a Samaria. Lleva también tú tu deshonra, tú que has juzgado a tus hermanas. Aquí Ezequiel parece estar en desacuerdo consigo mismo, pues dijo hace un momento, y repetirá enseguida, que Jerusalén había justificado a sus hermanas; y esto es contrario a juzgar. Pero dice que Samaria fue condenada por los judíos; y la solución de esta discrepancia es fácil: pues los judíos justificaron tanto a los israelitas como a los sodomitas, no absolviéndolos en sentencia alguna pronunciada sobre ellos, sino porque eran dignos de doble condenación; como dice Cristo: En el día postrero será más tolerable el castigo para Sodoma y Gomorra que para los judíos (Mt 11:24). Pero lo que aquí se dice de la condenación tiene otro sentido: que los judíos insultaban a sus hermanos cuando veían destruido su reino y a los israelitas arrojados de su tierra. Puesto que hablaban con tanto orgullo de la matanza de las diez tribus, como si ellos mismos fueran inocentes, el profeta los reprende aquí como si las hubieran juzgado. Y esto es demasiado común en todos los hipócritas: lanzarse con dureza contra todos los demás y encenderse contra ellos, como si de este modo cubrieran sus propios crímenes. Y Pablo reprende este vicio en ellos, puesto que eran censores soberbios de los demás y al mismo tiempo cometían todo pecado. ¿Piensas esto, oh hombre, dice, tú que juzgas a los que hacen tales cosas, que tú escaparás del juicio de Dios? Pues ¿quién eres tú, oh hombre mortal? ¿Reclamas el oficio de juez? (Ro 2:1-3). Entretanto, ¿será Dios privado de sus derechos, de modo que no te pida cuentas de tus pecados? Entendemos ahora, pues, la intención del profeta: pues exagera los crímenes de los judíos cuando dicta desde lo alto sentencia contra las diez tribus. Verdaderamente Dios borró con justicia aquel reino: pues eran apóstatas; se habían rebelado contra la casa de David y habían violado aquella unidad sagrada con que Dios había ligado a sí toda la familia de Abraham. Tenían, en verdad, justa causa para hablar así al condenar a los israelitas; pero siendo peores que ellos, ¡qué arrogancia era hostigar a sus hermanos y estar ciegos para sus propios vicios, más aún, volverse del todo insensibles a ellos!

Tú, por tanto, has juzgado a tu hermana, es decir, has tomado sobre ti el oficio de Dios, y sin embargo eras peor que tu hermana. Algunos lo explican de otro modo: que los judíos juzgaban a las diez tribus mientras estas seguían siendo, en un grado moderado, adoradoras de Dios; pero no atienden al contexto. No hay duda de que el profeta reprende aquí el orgullo de que se hinchaban los judíos mientras juzgaban a otros con severidad y a sí mismos con indulgencia. Ellas fueron justificadas en comparación contigo, dice: tú, por tanto, repite, avergüénzate y lleva tu deshonra. Esta repetición no es superflua, aunque en las palabras anteriores no había nada oscuro, pues era difícil persuadir a los judíos de que sufrirían castigo, puesto que Dios los había soportado tanto tiempo. La bondad de Dios, que los invitaba al arrepentimiento, los había más bien endurecido y había ocasionado tanto entumecimiento que se creían libres de todo peligro. Esta es, pues, la razón por la que el profeta confirma su enseñanza anterior acerca de la cercanía de la venganza de Dios contra ellos. Dice: cuando las has justificado. Repite aquí la causa, y lo hace para refrenar todos los pretextos con que los judíos podían de algún modo protegerse. Pues con una palabra muestra que debían perecer, puesto que habían justificado a quienes habían sido tratadas con tanto rigor. Porque de ningún modo es verosímil que Dios cese en su oficio de juez en una dirección, habiendo sido tan severo contra los sodomitas, que eran de algún modo excusables por sus errores. Esta es, pues, la razón por la que el profeta afirma de nuevo que Sodoma y Samaria fueron justificadas por los judíos. Sigue:

Ezequiel 16:53

53. Yo, pues, haré volver sus cautivos, los cautivos de Sodoma y de sus hijas, y los cautivos de Samaria y de sus hijas, y haré volver los cautivos de tus cautiverios entre ellas;

53. Et convertam captivitatem earum, captivitatem Sodomae et filiarum ejus, et c.aptivitatem Samartiae et filiarum ejus, et captivitatem captivitatum tuarum in medio ipsarum.

Ezequiel 16:53

Aquí confirma de nuevo lo que vimos hace poco: que los judíos estaban condenados y destinados a la destrucción final, y que no les era posible escapar, como tampoco era posible que Sodoma volviera a levantarse y Samaria fuera restituida a su dignidad original. Los judíos corrompen neciamente este pasaje, pues piensan que se promete restauración a Israel y a Sodoma. Pero por sodomitas entienden a los moabitas y amonitas, descendientes de Lot que habitan en Sodoma; mas hasta un niño ve que esto es una frivolidad. No cabe duda de que el profeta priva aquí a los judíos de toda esperanza de salvación razonando sobre algo imposible, como si dijera: ustedes estarán a salvo cuando lo estén Sodoma y Samaria. Entendemos ya el sentido del profeta. Pero surge la pregunta: ¿cómo puede declarar que ninguno de los israelitas se salvará, cuando tantas veces se promete su regreso? Debemos tener presente lo que vimos en otro lugar, y que con frecuencia es necesario repetir, pues de otro modo muchos pasajes de los profetas darían lugar a escrúpulos. Por eso hemos dicho a veces que los profetas hablan del pueblo de dos maneras: unas veces consideran sin distinción a todo el cuerpo de la nación; pero los israelitas ya estaban alejados de Dios, y después también los judíos se apartaron de él. Como, pues, cada pueblo, considerado en conjunto y en masa, por decirlo toscamente, estaba desechado, no es de extrañar que los profetas usen este lenguaje, a saber, que no quedaba esperanza de misericordia, puesto que ellos mismos se habían excluido de la misericordia de Dios. Pero después cambian su discurso hacia el remanente, porque Dios conserva siempre una simiente oculta, para que la Iglesia no sea completamente extinguida; pues siempre debe haber una Iglesia en el mundo, aunque a veces se conserve miserablemente, como en un sepulcro, pues no aparece en ninguna parte. Dios, por tanto, cuando anuncia venganza final contra los judíos, mira al cuerpo del pueblo, pero luego promete que habrá una pequeña simiente que quiere que permanezca a salvo. De ahí que se diga en Isaías (Is 8:16): sella mi ley, ata mi testimonio entre mis discípulos; es decir, habla a mis discípulos como si leyeras en un rincón escondido algún escrito que no quisieras hacer público. Reúne, pues, a mis discípulos para entregarles mi ley y mi testimonio como una carta sellada. Pero ahora Dios cita ante su tribunal a aquellos judíos degenerados que nada tenían en común con Abraham, puesto que habían anulado y abolido por completo su pacto. Vemos, pues, cómo los judíos perecieron junto con Sodoma y Samaria, y nunca fueron restaurados, es decir, en cuanto a aquella inmundicia y heces totalmente indignas del honor del que se jactaban. Restauraré, pues, sus cautividades; a saber, la cautividad de Sodoma y de sus ciudades, y la cautividad de Samaria y de sus ciudades, y la cautividad de tus cautivos, es decir, la cautividad de toda tu tierra; os restauraré, dice, por completo; pero habla irónicamente, y, como he dicho, muestra que era imposible que Dios se compadeciera de los judíos. Sigue:

Ezequiel 16:54

54. Para que lleves tu propia vergüenza, y seas confundida en todo lo que has hecho, siendo tú un consuelo para ellas.

54. Ut portes probrum tuum, et pudefias ab omnibus quae fecisti, consolando ipsas.

Ezequiel 16:54

De aquí deducimos, por el versículo anterior, que Dios no daba a los judíos esperanza alguna de salvación, sino que más bien confirma su destrucción total, de modo que no había que esperar salvación futura. Pues dice: para que lleves tu oprobio y seas avergonzada, a saber, porque habían pecado gravemente, como he dicho antes, y no se habían arrepentido de su maldad. Añade: consolándolas. Habla al modo ordinario de los hombres, pues los desdichados sienten algún consuelo al verse perecer entre una gran multitud. Este es, pues, el consuelo del que habla el profeta; no que el dolor de Sodoma y de Samaria se aliviara al ver a los judíos unidos a ellas, sino que, como he dicho, Dios adopta el lenguaje común de los hombres. Sigue:

Ezequiel 16:55

55. Cuando tus hermanas, Sodoma y sus hijas, vuelvan a su antiguo estado, y Samaria y sus hijas vuelvan a su antiguo estado, entonces tú y tus hijas volveréis a vuestro antiguo estado.

55. Et sorores tuae Sodoma, et filiae ejus revertentur ad pristina sua, et Samaria et filiae, ejus revertentur ad antiquitatem suam, et tu et filiae tuae revertimini ad pristinum statum.

Ezequiel 16:55

Sigue ahora una explicación más clara de la doctrina anterior: que los judíos sentirían misericordioso a Dios cuando su misericordia alcanzara a Samaria y a Sodoma; pero eso nunca podría suceder, y por tanto los judíos quedaban reducidos a la desesperación; pues, como he dicho, el profeta argumenta a partir de lo imposible y casi absurdo. Así como escribe Virgilio:

«Cambiarán de morada los habitantes de los mares y de los cielos, y los peces irán a la orilla, y los ciervos vagarán por el aire» (Virgilio, Égloga 1, v. 60, trad. de Dryden)

lo cual nunca podrá suceder; de modo que implica la negación completa de lo que podría parecer dudoso. Este modo de hablar es proverbial, cuando Ezequiel dice que los sodomitas y los israelitas volverían a su antiguo estado o a su dignidad anterior; y eso nunca podía esperarse, como he dicho; de ahí se sigue que los judíos no podían estar a salvo cuando Dios los arrastra al mismo castigo. Además, el profeta habla como si la ciudad ya hubiera sido destruida y el templo derribado, puesto que a los judíos se les había amenazado a menudo con esto, y les había mostrado presente ante sus ojos la ira de Dios. Pero aunque ellos siempre habían tenido buenas esperanzas, él desprecia su orgullo, que los cegaba, y expresa abiertamente sus profecías como si Dios hubiera ejecutado ya todo cuanto había amenazado. Por eso dice: la cautividad de tus cautivos estará en medio de ellas. Pero podrían objetar que disfrutaban de su país, que aún cultivaban sus campos y tenían alimento suficiente para su sustento aunque estuvieran sitiados por sus enemigos. Mas el profeta lo miraba todo desde arriba, porque ante Dios la ciudad estaba como tomada y todos eran desterrados, pues Dios no los había amenazado en vano. La debilidad me obliga aquí a detenerme.

ORACIÓN

Concédenos, Dios omnipotente, ya que en tu inestimable misericordia te has dignado separarnos de las naciones profanas y adoptarnos en tu familia, que nos conduzcamos de tal modo que no nos trates como extraños; sino que, mientras nos reconoces como tus hijos, tu Espíritu nos gobierne hasta el fin, para que tu nombre sea glorificado en nosotros y al fin lleguemos a ser partícipes de aquella gloria que nos ha sido adquirida por Jesucristo nuestro Señor. — Amén.

Lección cuadragésima novena.

Ezequiel 16:56-57

56. Porque tu hermana Sodoma no fue mencionada por tu boca en el día de tu soberbia,

56. Et non fuit Sodoma soror tua in sermonem in ore tuo in die superbiarum tuarum,

57. Antes que tu maldad fuera descubierta, como en el tiempo del oprobio de las hijas de Siria, y de todas las que estaban alrededor de ella, las hijas de los filisteos, que te despreciaban por todos lados.

57. Priusquam detegeretur malitia tua secundum tempus probri filiarum Syriae, et omnium quae in circuitu ejus sunt filiarum Philistim, quae spreverunt te a circuitu.

Ezequiel 16:56-57

Dios reprocha aquí a los judíos que no prestaran atención a aquel notable juicio que había ejecutado contra los sodomitas; pues siempre tenían ante sus ojos lo que debía mantenerlos en el temor de Dios, porque aquel era un espectáculo formidable, como lo es hoy. Sabían que aquella región había sido como el paraíso de Dios, como la llama Moisés (Gn 13:10). Puesto que, pues, la fertilidad y amenidad del lugar eran tan grandes, ver allí el lago de azufre y betún era materia suficiente para instruirlos, a menos que fueran completamente torpes. Pero el profeta dice que no se hacía mención de Sodoma mientras los judíos vivían felices; y sabemos que era un gran crimen no considerar los juicios de Dios, como leemos en Isaías (Is 5:12). Entre otras cosas, dice que los judíos e israelitas estaban tan corrompidos que no miraban las obras de Dios; por tanto, así como considerar los juicios de Dios es un ejercicio provechoso, más aún, la principal prudencia de los fieles, así, por el contrario, quienes cierran los ojos a los juicios manifiestos de Dios son como las bestias. Y sin embargo esta es una falta muy común, sobre todo cuando se añade la circunstancia aquí expresada, a saber, que los hombres profanos no atienden a las obras de Dios por estar embriagados de prosperidad; pues en este pasaje hay dos maneras de explicar la palabra גאוניך, gaonik, que el profeta usa por soberbia o altivez. A veces la palabra גאון, gaon, se toma en mal sentido, así como por sublimidad o cualquier alto grado de honor. Por lo demás, el sentido del profeta es claro: mientras las cosas marchaban según los deseos de los judíos, no se preocupaban de rendir cuentas ante Dios; más aún, pasaban con los ojos cerrados junto a aquel memorable ejemplo que Dios había puesto para ellos en Sodoma y las ciudades vecinas. Debemos, pues, aprender de este pasaje que, cuando Dios nos consiente y nos trata con suavidad y delicadeza, siempre debemos traer a la memoria sus juicios, para que nos refrenemos de toda licencia, no sea que la prosperidad nos incite a la autocomplacencia; pues tal recuerdo es sumamente necesario. Porque sabemos que nada es más peligroso que exultar como caballos feroces cuando Dios nos alimenta en abundancia. Por tanto, hay que aplicar a tiempo el remedio, para que recibamos instrucción de los ejemplos de castigo que leemos en la Escritura, o en otras historias, o que vemos con nuestros propios ojos. Añade: antes que tu maldad fuera descubierta. Aquí Ezequiel dice que su maldad fue descubierta cuando se vio que Dios era hostil a sus pecados; porque aun entonces, cuando sus pecados podían señalarse con el dedo como notorios en toda Jerusalén, el pueblo se gloriaba en ellos; así como si una mujer inmodesta, de la que habla todo el pueblo, es saludada con honor por todos porque tiene muchos admiradores que la veneran y adoran, y así se coloca por encima de toda matrona casta; pero si todos la rechazan, y ella cae en la miseria y en úlceras inmundas y vergonzosas, entonces todas sus enormidades quedan a la vista. Este es el efecto del que habla el profeta: antes, dice, que fueran descubiertas tus enormidades. ¿Cómo así? Dios, ciertamente, las proclamaba de continuo por sus profetas, y la maldad del pueblo era bastante manifiesta; pero ellos permanecían también como sepultados, pues rechazaban con soberbia todas las advertencias proféticas, e incluso se rebelaban contra el mismo Dios; así yacían ocultos bajo sus propios escondrijos. Pero cuando se convirtieron en objeto de burla, fueron despojados por sus vecinos y sufrieron el extremo del oprobio, entonces se hizo patente que Dios los había desechado; pues sus crímenes fueron descubiertos por los castigos, ya que ni las reprensiones ni las amenazas les aprovechaban en nada.

Por lo demás, los intérpretes explican esto de la matanza que los judíos sufrieron en tiempo de Acaz (2 R 16). Pues entonces el rey de Siria asoló casi toda la región, y los ciudadanos de Jerusalén fueron gravemente multados. Los filisteos aprovecharon esta ocasión e hicieron una incursión; piensan, pues, que se señala el tiempo en que el rey de Siria hizo guerra a los israelitas y asaltó violentamente Judea. Pero no sé si el profeta mira al futuro, como dije ayer; pues habla de un castigo inminente, como si Dios estuviera cumpliendo lo que ya había determinado. Me inclino a pensar que el comienzo y el fin deben unirse. Así, Dios comienza a descubrir la maldad del pueblo desde el tiempo en que el incendio consumió a sus vecinos hasta que llegó a ellos mismos; pues la matanza de las tribus de Israel les acarreó muchas pérdidas, como sabemos bien. Pero Dios parece abarcar su destrucción final, que ya estaba cerca. Por eso dice que habían sido, y serían, objeto de burla para las hijas de Siria y las naciones de todo alrededor, y también para las hijas de los filisteos. Pero como fueron despojados por los filisteos, que tomaron sus ciudades, según nos informa la narración sagrada, es muy apropiado explicar así la palabra שאט, shat, despreciar, en este pasaje. Pero como significa despreciar, y el profeta había hablado de oprobio, puede repetir de los filisteos lo mismo que poco antes había dicho de los sirios. Sigue:

Ezequiel 16:58

58. Has llevado tu lascivia y tus abominaciones, dice Jehová.

58. Pravas cogitationes tuas, et abominationes tuas, tu portasti ea, dicit Iehovah.

Ezequiel 16:58

Aquí Dios repite lo que vimos antes: que los judíos quedaban privados de toda excusa. Sabemos cuán atrevidos eran en sus reclamos, y cómo siempre clamaban cuando Dios los trataba con severidad. Como, pues, de este pueblo orgulloso volaban siempre las quejas, aquí, como antes, Dios declara que merecían sus sufrimientos: llevas, dice, no algún rigor inmoderado del que falsamente me acusas, sino tus abominaciones y crímenes. זמה, zemeh, significa simplemente propósito, pero también abominación, de modo que es mejor traducirlo por maldad o bajeza. Entendemos, pues, ahora la intención del profeta: que los judíos sufrían, en efecto, el justo pago de su maldad; y las penas que les aguardaban no podían imputarse a Dios como demasiado severas, ya que, si pesaban sus enormidades, las hallarían más graves que el trato que Dios les daba. Además, este versículo abarca también la destrucción final de la ciudad y del templo; aunque Dios añade al mismo tiempo el castigo con que quería hacerlos volver al camino de la vida. Sigue:

Ezequiel 16:59

59. Porque así ha dicho Jehová el Señor: Haré contigo como tú hiciste, que menospreciaste el juramento para invalidar el pacto.

59. Quia sic dicit Dominator Iehovah, et faciam tibi quemadmodum fecisti, quae sprevisti jusjurandum ad dissipandum foedus.

Ezequiel 16:59

Aquí también Dios sale al paso de la falsa objeción con que los judíos podían disputar con él; pues fueran lo que fueran, Dios había entrado en pacto con ellos. Podían, por tanto, refugiarse en esto: que Dios se había obligado con ellos por pacto, puesto que había adoptado a Abraham con su descendencia. Aunque hubieran provocado la ira de Dios mil veces, quedaba esta excepción: que Dios debía atenerse a su acuerdo, y no mirar lo que ellos habían merecido por su ingratitud, sino ser coherente con sus promesas. Ahora, pues, vuelve a esta objeción capciosa y dice que es libre de romper el pacto, puesto que ellos lo han hecho primero. Haré, dice, contigo como tú hiciste. Vemos, pues, que aquí se rechaza la calumnia con que los judíos podían difamar a Dios de manera oblicua, como solían hacer, como si hubiera anulado su pacto. Dice, entonces, que en un acuerdo es costumbre que quien ha sido engañado ya no esté necesariamente obligado hacia quien perfidamente quebranta los acuerdos; pues el pactar exige fe mutua; pero los judíos habían violado su acuerdo y lo habían reducido a nada. Por tanto, por su perfidia y maldad, Dios había adquirido la libertad de desecharlos y de no contarlos ya entre su pueblo. Así, como en el versículo anterior dijo que los judíos pagaban una pena justa, ahora añade especialmente que no se le podía condenar por mala fe al apartarse de su acuerdo, porque trataba con traidores y violadores del pacto que habían invalidado su acuerdo; pues no hay pacto cuando una de las partes lo rehúsa. Haré, pues, contigo como tú hiciste, a saber, porque menospreciaste el juramento, hasta invalidar el pacto. Aquí Dios amplía el crimen de la rebelión, porque los judíos no solo habían disipado el pacto, sino que habían despreciado un juramento. אלה, aleh, significa tanto juramento como maldición (Dt 27); por eso algunos piensan que el profeta mira aquí a las maldiciones con que fue sancionada la ley, lo cual adopto de buena gana. Pero debemos notar lo que ya he dicho: que su criminalidad se agrava porque los judíos no solo habían obrado falsamente, sino que también habían tenido en nada aquel solemne juramento con que se habían obligado. Pues así como Dios prometió que sería su Dios, así Moisés estipuló en su nombre que el pueblo permanecería obediente a él, y todos respondieron: Amén (Lv 26). Se anunció un castigo, y tal que debía haberlos aterrado. Que los judíos, pues, descuidaran este pacto como una mera bagatela era propio de una estupidez brutal. De ahí vemos que su crimen se duplicaba cuando el profeta los acusa no solo de ser violadores de la tregua, sino también de burlarse temerariamente de Dios y de tratar su propio juramento solemne, con que se habían obligado, como una acción pueril. Sigue:

Ezequiel 16:60

60. Sin embargo, yo tendré memoria de mi pacto que concerté contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo un pacto sempiterno.

60. Et memor ero foederis mei tecum diebus adolescentiae tuae: et stabiliam tibi foedus perpetuum.

Ezequiel 16:60

Porque Dios promete aquí que sería propicio a los judíos, algunos traducen el versículo anterior como si se dijera: «¿Haré contigo como tú hiciste?», o bien: haría como tú hiciste, de no haber tenido memoria; pero eso es demasiado forzado, en mi opinión. No dudo de que el profeta se contiene, por así decirlo, y dirige su discurso de manera particular a los elegidos, de quienes hablamos ayer. Hasta aquí había mirado al cuerpo entero del pueblo, que estaba abandonado, y por eso no les ponía delante sino desesperación. Pero ahora se vuelve a la elección de gracia, de la que habla Pablo (Ro 11:5), y por eso les promete que Dios tendría memoria de su pacto, aunque no restauraría a todo el pueblo sin distinción. Pues el cuerpo en su conjunto debe perecer; solo se reservó una pequeña compañía. Sabemos, pues, que esta promesa no era común a todos los hijos de Abraham que eran su descendencia según la carne, sino peculiar de los elegidos solamente. Dios declara, por tanto, que tendría memoria de su pacto que había hecho con aquel pueblo en su juventud, con cuyas palabras da a entender que su compasión no procedería sino del pacto. Pues Dios siempre hace volver a los fieles, por así decirlo, a la fuente, para que no reclamen nada como un derecho suyo ni imaginen que esto o aquello es la causa de que Dios se reconcilie con ellos. Muestra, pues, que esta compasión no tiene otro fundamento que el pacto; y esta es la razón por la que dice que tendría memoria de su pacto. Añade ahora: y estableceré contigo un pacto perpetuo. Aquí Dios promete, sin oscuridad, un pacto mejor y más excelente que aquel antiguo, ya abolido por culpa del pueblo. Este pasaje, entonces, no puede entenderse sino del nuevo pacto que Dios ha establecido por mano de Cristo. Pero estas dos cláusulas están tan unidas entre sí que deben sopesarse con cuidado, a saber, que Dios da aquí la esperanza de un nuevo pacto, y sin embargo nos enseña que este se origina en el antiguo, ya abolido por culpa del pueblo. Así vemos que el Nuevo Testamento fluye de aquel pacto que Dios hizo con Abraham y que después sancionó por mano de Moisés. Lo que se nos promulga en el evangelio se llama Nuevo Pacto, no porque no hubiera tenido comienzo antes, sino porque fue renovado y se le añadieron mejores condiciones; pues sabemos que la ley fue abrogada por el Nuevo Pacto. Sea como fuere, la excelencia del Nuevo Testamento no se menoscaba, porque tiene su fuente y ocasión en el Antiguo Pacto y está fundado en él. Sigue:

Ezequiel 16:61

61. Entonces te acordarás de tus caminos, y te avergonzarás cuando recibas a tus hermanas, las mayores que tú y las menores que tú; y yo te las daré por hijas, mas no por tu pacto.

61. Et recordaberis viarum tuarum, et pudefies cum tu assumes sorores tuas majores prae te, et cum minoribus prae te: et dabo ipsas tibi in filias: et non a foedere tuo.

Ezequiel 16:61

Así como Dios muestra, pues, que no sería misericordioso con los judíos por ninguna otra razón que por tener memoria de su pacto, así ahora, a cambio, nos informa de lo que exige de ellos, a saber, que comiencen a reconocer cuán vilmente habían renegado de la fidelidad prometida, cuán indignamente habían despreciado su ley, cuán impíamente obstinados habían sido contra todos sus profetas, burlándose de sus amenazas y mostrándose insensibles ante castigos manifiestos. Pero este pasaje es digno de atención, pues de él deducimos que nadie es capaz de alcanzar la misericordia de Dios sino quienes están descontentos de sí mismos y, avergonzados y confundidos, se refugian en su misericordia. En fin, vemos que la gracia de Dios no aprovecha en absoluto a los obstinados: se ofrece a todos en común, pero nadie la recibe sino quienes se condenan a sí mismos y tienen presentes sus crímenes, de modo que sean olvidados delante de Dios. Si, pues, queremos que nuestros pecados queden sepultados delante de Dios, debemos recordarlos nosotros mismos; si queremos que nuestras iniquidades sean borradas delante de Dios y de los ángeles, debemos humillarnos; es decir, debemos sonrojarnos y avergonzarnos de nuestra bajeza siempre que transgredimos y provocamos la ira de Dios. Vemos aquí, por tanto, que todo el contenido del evangelio se resume brevemente; pues el evangelio no contiene otra cosa que arrepentimiento y fe, como es bien sabido. En cuanto a la fe, Ezequiel ha proclamado que Dios, teniendo memoria de su pacto, se reconciliará con los perdidos; pero ahora añade una exhortación a que reconozcan sus faltas; y sabemos que la vergüenza de la que habla el profeta es fruto o parte del arrepentimiento, como es evidente por la descripción que hace Pablo de la penitencia en el capítulo séptimo de su segunda epístola a los corintios (2 Co 7:9-11). Pero tendremos que hablar todavía de este asunto, así que me apresuro a seguir adelante, porque lo que he enseñado hasta aquí no puede entenderse hasta que lleguemos al final del versículo. Dice: cuando recibas a tus hermanas, tanto las mayores como las menores; pues no habla aquí solo de Sodoma y Samaria, sino de todas las naciones; porque todas las naciones pueden llamarse propiamente hermanas, ya que todo el mundo estaba corrompido. Puesto que, por tanto, todas eran iguales en los vicios, su unión era como la del parentesco. Por eso dice que, cuando los judíos vuelvan al favor, tendrán entonces consigo una gran multitud, que recibirán a sus propias hermanas; es decir, reunirán de todas partes una inmensa multitud, de modo que todos se congreguen en obediencia a Dios y participen del mismo pacto. Si alguien objeta que esto nunca se ha cumplido, la respuesta está a la mano: los profetas hablan del llamamiento de los gentiles de dos maneras. A veces lo proclaman para declarar que los judíos e israelitas son los guías de todos los demás, para conferirles el favor y el patrocinio de Dios. En aquellos días diez hombres de las naciones tomarán del manto a un judío, diciendo: Iremos con vosotros (Zac 8:23); y este era el orden legítimo, que los judíos, como primogénitos, unieran a otros en alianza consigo y así reunieran a todos en un solo cuerpo y una sola Iglesia; pero como los judíos fueron cortados por su ingratitud, los profetas hacen mención de otro llamamiento: que los gentiles ocuparan el lugar del pueblo ingrato, como dice Pablo que las ramas naturales fueron desgajadas y que nosotros, que pertenecíamos al árbol infructuoso, fuimos injertados (Ro 11:16-19). El profeta añade esta primera razón, que los judíos recibieran a sus hermanas, mayores y menores, puesto que reunirían la Iglesia de Dios de entre todas las naciones; y esto se ha cumplido en parte. Pues ¿de dónde vino el evangelio sino de esta fuente? como había sido predicho: De Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová (Is 2:3; Mi 4:2). Y de nuevo, en el Salmo 110 (Sal 110:1): Jehová enviará desde Sion la vara de tu poder; es decir, el reino de Cristo se propagará por todo el mundo. Por tanto, como la salvación fluyó de los judíos y de allí emanó el evangelio, lo que aquí se promete se cumplió en parte, a saber, que otros pueblos fueron recibidos por los judíos.

Añade ahora: te las daré por hijas; pues si los judíos no hubieran rechazado, por su ingratitud, el honor del que Dios los había juzgado dignos, siempre habrían sido los primogénitos en la Iglesia. Entonces los gentiles habrían estado, por así decirlo, bajo una madre, puesto que ellos eran «la Iglesia primitiva» (según el lenguaje de hoy), y así habrían obtenido el grado de madre entre todas las naciones. Por eso Dios aquí, con razón, declara que les daría todas las naciones por hijas, para ser añadidas a los judíos, cuando los gentiles fueron injertados en el mismo cuerpo de la Iglesia por la fe en el evangelio. Pero añade: no por tu pacto. Algunos refieren esto a las ceremonias, ya que, cuando los gentiles fueron adoptados, permanecieron libres de las ceremonias de la ley; pero eso es frío. Otros comparan este pasaje con Jeremías: Haré con vosotros un nuevo pacto, no como el pacto que hice con vuestros padres, el cual ellos invalidaron; sino este es el pacto que haré con vosotros, etc. (Jer 31:31-33). Como, pues, aquí se dice que el pacto no será conforme al pacto del pueblo, esto se dice con verdad, porque será un Nuevo Testamento. Pero tales expositores tienen en parte razón, mas no del todo; pues debe entenderse un contraste entre el pacto del pueblo y el de Dios. Había dicho poco antes: tendré memoria de mi pacto; ahora dice: no del tuyo. Así concilia lo que parecía contradictorio, a saber, que tendría memoria de su propio acuerdo y que, sin embargo, este había sido disipado, quebrantado y abolido. Muestra que estaba firme de su parte, como se dice, pero vano de parte del pueblo. Me reconciliaré, pues, pero no por tu pacto; porque ya no había pacto, como dice Oseas: No pueblo mío, no amada (Os 1:9). No toda la descendencia de Abraham era pueblo de Dios, ni todas sus hijas amadas; pero aunque el pacto era vano por la perfidia del pueblo, Dios venció su malicia, y así volvió a erigir su propio pacto hacia ellos. Y cuando dice: estableceré un pacto, podemos explicarlo así: lo levantaré de nuevo, o lo restauraré otra vez; pues dijimos que el Nuevo Testamento se distingue del Antiguo de tal modo que está fundado sobre él. Porque ¿qué se nos propone en Cristo sino lo que Dios había prometido en la ley? Y por eso Cristo es llamado el fin de la ley, y en otro lugar su espíritu; pues si la ley se separa de Cristo, es como una letra muerta: solo Cristo le da vida. Puesto que, por tanto, Dios no nos muestra hoy en su Hijo unigénito sino lo que antes había prometido en la ley, se sigue que su pacto se levanta de nuevo y así queda establecido perpetuamente; y sin embargo esto no es obra del hombre. ¿Por qué? Porque los hombres se habían apartado tanto de la fe que Dios era libre; más aún, el pacto mismo no tenía fuerza y perdió su efecto por la perfidia de ellos; pues es fácil reunir los puntos en que el Nuevo y el Antiguo Testamento se asemejan, y aquellos en que difieren. Tienen esta semejanza: que Dios nos confirma hoy lo que antes había prometido a Abraham, y en ningún otro sentido podría Abraham ser llamado el padre de los fieles.

Puesto que, por tanto, Abraham es en este tiempo el padre de todos los fieles, se sigue que nuestra salvación no debe pensarse de otro modo que en aquel pacto que Dios estableció con Abraham; pero después el mismo pacto fue ratificado por mano de Moisés. Debe notarse ahora brevemente una diferencia, a partir de un pasaje de Jeremías (Jer 31:32): como el antiguo pacto fue abolido por culpa del hombre, hubo necesidad de un remedio mejor, que allí se muestra doble, a saber, que Dios sepultara los pecados de los hombres e inscribiera su ley en sus corazones: eso también se hizo en tiempo de Abraham. Abraham creyó a Dios: la fe fue siempre don del Espíritu Santo; por eso Dios inscribió su pacto en el corazón de Abraham (Gn 15:6; Ro 4:3; Ef 2:8). Inscribió su ley en el corazón de Moisés y en el de los demás fieles. Esto es verdad; pero al principio aquella gracia interior era más oscura bajo la ley, y además era un beneficio añadido. No podía, pues, atribuirse a la ley que Dios regenerara a sus elegidos, porque el espíritu de regeneración procedía de Cristo, y por tanto del evangelio y del nuevo pacto. Pero hay que recordar lo que he dicho: que los fieles bajo el antiguo pacto estaban dotados y enriquecidos con un espíritu de regeneración. En cuanto a la remisión de los pecados, era todavía más oscura: pues se sacrificaban animales, que no podían adquirir la salvación para los hombres miserables ni borrar sus pecados. Por eso, si la ley se considera en sí misma, no se hallará en ella la promesa del nuevo pacto: No me acordaré de tus pecados; y sin embargo hoy Dios es propicio con nosotros, porque prometió a Abraham que todas las naciones serían bendecidas en su simiente (Jer 31:34; Gn 12:3 y Gn 18:18). Vemos, pues, que la diferencia que señala Jeremías era verdaderamente cierta; y sin embargo el nuevo pacto fluyó de tal modo del antiguo que era casi lo mismo en sustancia, aunque distinto en forma.

ORACIÓN.

Concédenos, Dios omnipotente, ya que tu Hijo unigénito ha aparecido por nosotros y llenó toda la medida de tu gracia, que no seamos ingratos despreciando un don tan inestimable; sino que abracemos con fe verdadera y sincera lo que nos ofreces, a saber, la misericordia que siempre necesitamos, y también el espíritu de regeneración; para que nos consagremos a ti con toda una vida de obediencia, hasta que al fin lleguemos a aquella gloria que hoy brilla sobre nosotros como en un espejo, hasta que su pleno goce aparezca en el cielo, por el mismo Cristo nuestro Señor. — Amén.

Lección quincuagésima.

Ezequiel 16:62

62. Y estableceré yo mi pacto contigo, y sabrás que yo soy Jehová.

62. Et stabiliam ego foedus meum tecum, et cognosces quod ego Iehovah.

Ezequiel 16:62

El profeta confirma aquí su enseñanza anterior, a saber, que aunque los judíos hicieron vano el pacto de Dios en cuanto les fue posible, este quedaría firme y fijo. Pero debemos retener lo que he mencionado: que este discurso se limita especialmente a los elegidos, porque la salvación de todo el pueblo ya era desesperada. Dios muestra, pues, que el pacto que había hecho con Abraham no podía ser abolido por la perfidia del hombre. Y esto es lo que dice Pablo en el capítulo tercero de la epístola a los Romanos (Ro 3:4): Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso. Pero vemos que el pacto del que ahora enseñamos era nuevo, y sin embargo tenía su origen en el antiguo, porque estamos reconciliados con Dios por Cristo de tal manera que debemos ser injertados en el cuerpo de la antigua Iglesia y hechos hijos de Abraham, puesto que, como vimos antes, no en vano es llamado el padre de los fieles. Dios dice, pues, que su propio pacto sería firme con el pueblo, no con aquel pueblo ya abandonado por su perfidia, sino con los verdaderos y genuinos hijos de Abraham, que siguieron a su padre en la fe y la piedad, como se dice en el Salmo 102 (Sal 102:18): El pueblo que está por nacer alabará a Jehová. Pues el profeta muestra ahora que el pacto de Dios no podía constituirse de nuevo de otra manera sino formando una nueva Iglesia y creando Dios un mundo nuevo; porque este es el sentido de las palabras: el pueblo creado alabará a Dios. El Espíritu, por tanto, reprende de manera oblicua a los israelitas, como si dijera que las alabanzas de Dios habían sido abolidas entre ellos; pero cuando salga el nuevo pueblo, entonces Dios será glorificado. Añade: y sabrás que yo soy Jehová. Esta frase se repite a menudo, pero en sentido distinto. Pues cuando un profeta amenazaba al pueblo, siempre añadía esta partícula, y así debe entenderse un contraste entre la estupidez del pueblo y el buen sentido; porque el pueblo desatendía todas sus profecías. Los siervos de Dios alzaban ciertamente su voz y reprendían severamente a los impíos y malvados, pero sin efecto alguno. Como, pues, jugaban tan atrevidamente con los reproches y amenazas, se les decía a menudo: Comenzarán a sentirme como Dios cuando deje de hablarles y los instruya con azotes. Pero ahora el profeta, como vemos, predica acerca de la reconciliación gratuita del pueblo con Dios. Por eso realmente sintieron que era Dios, porque se mantuvo firme en sus promesas, aunque, por culpa del hombre, su pacto se había hecho pedazos y había quedado inválido. El profeta anuncia aquí que sentirían que Dios no es semejante a ellos, es decir, que no cambia sus consejos ni varía con la ligereza e inconstancia de los hombres; como también se dice en Isaías: Mis pensamientos no son vuestros pensamientos: como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos (Is 55:8, 9). Dios quiere decir aquí que los judíos obraban mal al estimar su compasión por su propio sentido común; pues dice que él difería mucho de ellos, ya que su compasión era insondable y su verdad incomprensible.

Entendemos, pues, ahora lo que quiere decir el profeta en este versículo. En la primera cláusula declara que el pacto que Dios haría con su pueblo nuevo y elegido sería firme; luego añade que los judíos sabrían que trataban con Dios, porque no podían quitar lo que Dios entonces prometía. Podemos entender ahora la razón por la que el pacto de Dios en Cristo era perpetuo: porque, como leemos en Jeremías, inscribió su ley en los corazones de los justos y perdonó sus iniquidades (Jer 31:33). Esta, pues, fue la causa de su perpetuidad. Además, aunque el profeta engrandece la gracia de Dios en la segunda cláusula, al mismo tiempo aparta a los judíos de toda imaginación perversa que pudiera sacudir por completo su confianza. Pues cuando se creían sumidos en un abismo, estaban dispuestos a concluir que no había ya remedio. Pero si Dios quería conservarlos, ¿por qué no les envió ayuda a tiempo? Mas cuando permitió que fueran llevados al destierro y sumidos en lo más profundo, no había esperanza de restauración. Por eso Ezequiel anuncia que los fieles no deben persistir en sus propios pensamientos, sino más bien elevar sus mentes al cielo y esperar lo que parecía enteramente fuera de lugar, ya que pensaban juzgar según la naturaleza de Dios y medir los efectos de sus promesas por la inmensidad de su poder más que por sus propias percepciones.

Ezequiel 16:63

63. Para que te acuerdes, y te avergüences, y nunca más abras la boca a causa de tu vergüenza, cuando yo esté apaciguado contigo de todo lo que hiciste, dice Jehová el Señor.

63. Ut recorderis, et pudefias, et non sit tibi amplius apertio oris propter probrum tuum cum propitius fuero tibi in omnibus quae fecisti, dicit Dominator Iehovah.

Ezequiel 16:63

Ezequiel exhorta de nuevo a los fieles al arrepentimiento y a la meditación constante. Hemos dicho que estos miembros no pueden separarse, a saber, el testimonio de la gracia y la doctrina del arrepentimiento; hemos dicho también que esta es la sustancia del evangelio: que Dios quiere que se arrepientan aquellos a quienes reconcilia por el perdón gratuito. Pues solo se apacigua con nosotros cuando nos hace nuevas criaturas en Cristo y nos regenera por su Espíritu; como se dice en Isaías: Dios será propicio al pueblo que se haya vuelto de su iniquidad (Is 59:20). Esa promesa se restringe a quienes no se complacen ni se regodean en el pecado, sino que se humillan delante de Dios y deciden que su salvación es imposible si no son jueces severos de su propia condenación. Por eso Ezequiel insiste en este punto cuando dice para que te acuerdes y te avergüences. He dicho que aquí no solo se recomienda la penitencia, sino el deseo continuo de ella. Y esto debe notarse, porque nos resulta molesto sacudirnos a menudo de nuestros pecados; y por eso huimos cuanto podemos de percibirlos: pues deseamos nuestro propio disfrute, y todos ponen de buena gana sus pecados fuera de su vista. Ciertamente, si los miramos, primero nos obligan a avergonzarnos, y luego nos hieren con grave dolor; la conciencia nos cita ante el tribunal de Dios; reconocemos entonces la formidable venganza que mata aun a los más audaces, a menos que los sostenga la seguridad del perdón. Puesto que, pues, el reconocimiento de los pecados nos trae vergüenza y dolor, procuramos alejarlo de nosotros por todos los medios. Pero no se nos abre otro camino de acceso para abrazar el favor de Dios que el del arrepentimiento de los pecados. Esta es, pues, la razón por la que Dios insiste tanto en este punto: no lo seguimos directamente; por eso no basta mostrarnos lo que debe hacerse, a menos que Dios nos punce vivamente y nos arrastre con violencia hacia sí. Este pasaje, entonces, debe notarse, donde el profeta manda a los fieles, después de haber obtenido el perdón, que recuerden sus pecados, pues aquí se distingue a los hipócritas de los verdaderos hijos de Dios. Los hipócritas se jactan con palabras hinchadas de que confían en la misericordia de Dios y hablan con gran fuerza de la gracia de Cristo, pero entretanto quieren que la memoria de sus pecados permanezca sepultada. Por otra parte, no podemos ser verdaderamente humildes ante Dios si no nos juzgamos a nosotros mismos, como he dicho. Si deseamos, por tanto, que nuestros pecados sean borrados delante de Dios y sepultados en lo profundo del mar, como dice otro profeta (Mi 7:19), debemos recordarlos a menudo y constantemente: pues cuando los tenemos ante los ojos, entonces huimos seriamente a Dios en busca de misericordia y quedamos debidamente preparados por la humildad y el temor.

El profeta añade también para que te avergüences: pues no basta simplemente recordar, a menos que añadamos la vergüenza de la que habla el profeta. Porque vemos que muchos recuerdan sus faltas y confiesan sus pecados, pero lo hacen a la ligera y por cumplir; más aún, los reconocen para permanecer en su integridad y, como dicen, para conservar su crédito. Pero el reconocimiento que aquí se exige va acompañado de vergüenza, como Pablo, dirigiéndose a los fieles, les pone delante su vida pasada así:

«¿Qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis?» (Ro 6:19-21).

Os sonrojáis ahora en verdad cuando se amontonan sobre vosotros tantos crímenes: entonces estabais ciegos y andabais en tinieblas; pero cuando Dios brilló sobre vosotros por el evangelio, reconocéis vuestra bajeza e inmundicia, de la cual nace la vergüenza. Añade ahora: y nunca más abras la boca. No es de extrañar que el profeta use muchas palabras para explicar una cosa que en sí no es oscura. Pero ya he mostrado por qué lo hace: porque con grandísima dificultad somos llevados a aquella vergüenza que el profeta menciona. Nos condenamos, sí, de palabra enseguida; pero apenas se hallará uno entre cien que se abata hasta el punto de sobrellevar de buena gana el oprobio que merece. Puesto que, pues, no se halla en el hombre la sumisión voluntaria, es necesario que seamos impulsados con más dureza y aspereza, como hace aquí el profeta. Cuando dice no habrá abrir de boca, quiere decir que no se exigirá una confesión parcial de los pecados con que los hombres dan testimonio y se reconocen sujetos al juicio de Dios, sino una confesión plena y entera, para que se los tenga por convictos por todos lados. Y esto debe notarse con diligencia. Pues vemos que el mundo siempre procura escapar de la sentencia de Dios apartándose de ella; y como no puede hacerlo por completo, inventa subterfugios para conservar alguna porción de su inocencia.

De ahí la ficción de los papistas de la justificación parcial; de ahí también sus satisfacciones; pues se ven obligados, quieran o no, a confesarse dignos de muerte; pero luego usan la excepción de que han merecido algo antes de Dios por sus buenas obras y no son del todo dignos de condenación; después descienden a las compensaciones y quieren negociar con Dios, como si pudieran apaciguarlo con lo que llaman obras de supererogación. Sea cual sea el sentido, apenas se hallan hombres que reconozcan sincera y honestamente que no existe en ellos sino materia de condenación. Confesamos, como he dicho, que somos culpables delante de Dios, pero solo por una o dos faltas. ¿Qué prescribe, pues, aquí el Espíritu Santo? Que no haya abrir de boca; como también dice Pablo, tomando su manera de hablar de este y de otros pasajes semejantes. Se dice a menudo en los profetas: Calle toda carne delante de Jehová (Zac 2:13); pero aquí el profeta habla especialmente de la vergüenza con que los hijos de Dios yacen tan confundidos que callan por completo. Pablo dice también: para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios (Ro 3:19). Muestra luego que tanto judíos como gentiles estaban envueltos en la misma condenación y que no quedaba esperanza de salvación sino por la misericordia de Dios; después añade que la justicia de Dios resplandece verdaderamente cuando se nos tapa la boca, es decir, cuando no nos desviamos ni ofrecemos excusas, como los hipócritas, que dividen el mérito entre Dios y ellos mismos. Confieso, sí, que he pecado; pero ¿por qué no han de entrar en la cuenta mis buenas obras? ¿Por qué se me ha de condenar por una sola falta? Como si quienes violan la ley no se apartaran de la justicia. Vemos, pues, que somos debidamente humillados cuando callamos y no reprochamos a Dios, cuando no hacemos sutilezas ni alegamos primero una cosa y luego otra para atenuar o excusar nuestra falta. Dios quiere ciertamente que nuestra boca esté abierta; como dice Pedro, que hemos sido llamados de las tinieblas a su luz admirable, para que anunciemos las virtudes de aquel que nos libró (1 P 2:9). Para esto, pues, Dios tuvo misericordia de nosotros: para que fuéramos pregoneros de su gracia. Y en este sentido también dice David: Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza; es decir, dándome materia para un cántico, como dice en otro lugar: Puso en mi boca cántico nuevo (Sal 51:15; Sal 40:3). Dios, pues, abre las bocas o los labios de los fieles siempre que es liberal o benéfico con ellos. Pero aquí trata de las excepciones de quienes de buena gana negociarían con Dios, como si no fueran del todo dignos de condenación. En fin, Ezequiel da a entender que este es el verdadero fruto de la penitencia: cuando no nos defendemos, sino que confesamos en silencio que estamos convictos. Podría objetarse un pasaje de Pablo, aparentemente contrario a este de nuestro profeta, en el que cuenta la defensa entre los efectos o frutos de la penitencia (2 Co 7:11); pero aquí defensa no se usa en nuestro sentido acostumbrado: pues se dice que se defiende quien afirma que ha obrado rectamente y, por tanto, sin culpa. Pero una defensa, en el sentido de Pablo, no es otra cosa que una súplica contra el castigo, cuando un pecador se presenta y, tras confesar su falta, pide a Dios que la perdone y, por así decirlo, se cubre con la misericordia, de modo que su condenación no aparece en ninguna parte. Vemos, pues, que el lenguaje de Pablo no se opone al del profeta.

Añade ahora: a causa de tu deshonra, literalmente de la faz de tu deshonra, cuando yo esté propicio contigo. Vemos de nuevo que estas cosas concuerdan bien entre sí: que Dios sepulte nuestros pecados y nosotros los traigamos a la memoria. Pues desviamos su juicio cuando de buena gana nos acusamos y condenamos a nosotros mismos. Porque cuando la conciencia duerme, alimenta un fuego oculto que al fin brota en llama y enciende la ira de Dios. Si, pues, deseamos que el fuego de la ira de Dios se apague, no hay otro remedio que sacudirnos de nuestros pecados y poner ante nuestros ojos la deshonra que merecemos, y la misericordia de Dios nos induce a ello. Pues debemos notar la conexión: cuando yo esté propicio contigo, callarás por tu deshonra. Y ciertamente, cuanto más ha gustado alguien de la gracia de Dios, más dispuesto está a condenarse a sí mismo; y como la incredulidad es soberbia, cuanto más avanza alguien en la fe de la gracia de Dios, tanto más se humilla ante él. Y eso queda mejor expresado en las palabras del profeta, pues enseña que el silencio es efecto de la gracia o de la reconciliación gratuita. Cuando, pues, dice: yo habré estado propicio contigo, entonces te sonrojarás para que estés muda, a saber, a causa de tu deshonra. Y vemos que el pueblo era así enseñado por las ceremonias de la ley a aprehender la misericordia de Dios y a ser tocado al mismo tiempo con el serio afecto del arrepentimiento; pues sin una víctima, Dios nunca se apaciguaba bajo la ley. Y ahora, aunque no se sacrifican animales, cuando consideramos que ningún otro precio bastaba para satisfacer a Dios, sino que su Hijo unigénito derramó su sangre en expiación, se nos pone delante materia para abrazar la gracia de Dios y, al mismo tiempo, somos tocados, como suele decirse, con el verdadero afecto del arrepentimiento. Además, Dios amplifica la magnitud de su gracia cuando dice לכל אשר עשית, lekel asher gnesith, a causa de todo lo que has hecho. Pues el pueblo pensaba no solo sentir misericordioso a Dios, sino examinar sus faltas, y entonces sentir cuán múltiple y notable era la misericordia de Dios para con ellos. Porque si el pueblo hubiera sido culpable de un solo género de pecado, habría estimado menos la gracia de Dios; pero cuando habían sido convictos de tantos crímenes, como hemos visto, la magnitud de su gracia se hizo más patente. Sigamos ahora.

CAPÍTULO 17

Ezequiel 17:1-2

1. Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

1. Et fuit sermo Iehovae ad me, dicendo,

2. Hijo de hombre, propón un enigma, y habla una parábola a la casa de Israel;

2. Fili hominis, aenigmatisa aenigma, et proverbia proverbium ad domum Israel.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.