Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Gálatas 5: comentario de Juan Calvino
Gálatas 5:1
1. Estad, pues, firmes. Después de haberles dicho que son hijos de la libre, les recuerda ahora que no deben despreciar a la ligera una libertad tan preciosa. Y ciertamente es una bendición inestimable, en defensa de la cual es nuestro deber luchar hasta la muerte; pues no solo las más altas consideraciones temporales, sino también nuestros intereses eternos nos animan al combate. Muchas personas, que nunca han considerado el asunto bajo esta luz, nos acusan de excesivo celo cuando nos ven contender tan calurosa y ardientemente por la libertad de la fe en cuanto a las cosas externas, en oposición a la tiranía del Papa. Bajo este pretexto, nuestros adversarios levantan un prejuicio contra nosotros entre la gente ignorante, como si todo el objeto de nuestra búsqueda fuera el libertinaje, que es la relajación de toda disciplina. Pero las personas sabias y hábiles saben que esta es una de las doctrinas más importantes relacionadas con la salvación. No se trata de si comerás este o aquel alimento, de si observarás o descuidarás un día particular (que es la necia noción que muchos sostienen y la calumnia que algunos profieren), sino de cuál es tu deber positivo ante Dios, qué es necesario para la salvación y qué no puede omitirse sin pecado. En suma, la controversia se refiere a la libertad de conciencia cuando es puesta ante el tribunal de Dios.
La libertad de la que habla Pablo es la exención de las ceremonias de la ley, cuya observancia exigían los falsos apóstoles como necesaria. Pero recuerde el lector, al mismo tiempo, que tal libertad es solo una parte de la que Cristo nos ha conseguido: pues ¡qué pequeña cosa sería si nos hubiera librado solamente de las ceremonias! Esto es solo un arroyo, que debe rastrearse hasta una fuente más alta. Es porque
«Cristo fue hecho maldición, para redimirnos de la maldición de la ley» (Gá 3:13);
porque ha abrogado el poder de la ley en cuanto nos tenía sujetos al juicio de Dios bajo pena de muerte eterna; porque, en una palabra, nos ha rescatado de la tiranía del pecado, de Satanás y de la muerte. Así, bajo una parte se incluye toda la clase; pero sobre este tema hablaremos más plenamente en la Epístola a los Colosenses.
Esta libertad nos la consiguió Cristo en la cruz; el fruto y la posesión de ella se nos conceden por el evangelio. Bien hace, pues, Pablo en advertir a los gálatas que no estén otra vez sujetos al yugo de esclavitud; es decir, que no permitan que se tienda un lazo a sus conciencias. Pues si los hombres ponen sobre nuestros hombros una carga injusta, puede llevarse; pero si procuran sujetar nuestras conciencias a esclavitud, debemos resistir con valentía hasta la muerte. Si se permite a los hombres atar nuestras conciencias, seremos privados de una bendición inestimable y se hará, al mismo tiempo, un insulto a Cristo, el Autor de nuestra libertad. Pero ¿cuál es la fuerza de la palabra otra vez en la exhortación «y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud»? Pues los gálatas nunca habían vivido bajo la ley. Significa simplemente que no debían ser enredados, como si no hubieran sido redimidos por la gracia de Cristo. Aunque la ley fue dada a los judíos, no a los gentiles, sin embargo, aparte de Cristo, ni unos ni otros gozan de libertad alguna, sino de absoluta esclavitud.
Gálatas 5:2
2. He aquí, yo Pablo. No podía haber pronunciado una amenaza más severa que la de que los excluiría por completo de la gracia de Cristo. Pero ¿qué significa esto: que Cristo de nada aprovechará a todos los que se circuncidan? ¿Acaso Cristo de nada aprovechó a Abraham? Al contrario, fue para que Cristo le aprovechara que recibió la circuncisión. Si decimos que estuvo en vigor hasta la venida de Cristo, ¿qué responderemos en el caso de Timoteo? Debemos observar que el razonamiento de Pablo se dirige no tanto contra el rito o ceremonia externa como contra la perversa doctrina de los falsos apóstoles, que pretendían que era una parte necesaria del culto de Dios y, al mismo tiempo, la hacían fundamento de confianza como obra meritoria. Estas maquinaciones diabólicas hacían que Cristo de nada aprovechara; no porque los falsos apóstoles negaran a Cristo o quisieran que fuera enteramente dejado de lado, sino porque establecían tal división entre su gracia y las obras de la ley que dejaban a Cristo no más que la mitad de la salvación. El apóstol sostiene que Cristo no puede dividirse de este modo y que «de nada aprovecha» a menos que sea abrazado por entero.
¿Y qué otra cosa hacen nuestros papistas modernos sino imponernos, en lugar de la circuncisión, bagatelas de su propia invención? La tendencia de toda su doctrina es mezclar la gracia de Cristo con el mérito de las obras, lo cual es imposible. Quien quiere tener la mitad de Cristo, pierde el todo. Y sin embargo los papistas se creen sumamente agudos cuando nos dicen que no atribuyen nada a las obras sino por la influencia de la gracia de Cristo, como si este fuera un error distinto del que se imputaba a los gálatas. Estos no creían haberse apartado de Cristo ni haber renunciado a su gracia; y sin embargo perdieron a Cristo por completo cuando aquella importante parte de la doctrina evangélica fue corrompida.
La expresión He aquí, yo Pablo es muy enfática; pues se pone delante de ellos y da su nombre para quitar toda apariencia de vacilación. Y aunque su autoridad había comenzado a ser menos considerada entre los gálatas, afirma que es suficiente para acallar a todo adversario.
Gálatas 5:3
3. Y otra vez testifico. Lo que ahora presenta se prueba por la contradicción que implica la afirmación contraria. Quien está obligado a guardar toda la ley nunca escapará de la muerte, sino que seguirá siempre siendo tenido por culpable; pues nunca se hallará hombre alguno que satisfaga la ley. Siendo tal la obligación, el hombre tiene que ser inevitablemente condenado y Cristo no puede prestarle servicio alguno. Vemos, pues, la naturaleza contradictoria de las dos proposiciones: que somos partícipes de la gracia de Cristo y que, sin embargo, estamos obligados a cumplir toda la ley. Pero ¿no se seguirá entonces que ninguno de los padres se salvó? ¿No se seguirá también que Timoteo se perdió, puesto que Pablo hizo que fuera circuncidado? (Hch 16:3.) ¡Ay de nosotros, pues, hasta que hayamos sido emancipados de la ley, porque la sujeción es inseparable de la circuncisión!
Debe observarse que Pablo suele considerar la circuncisión desde dos aspectos diferentes, como fácilmente percibirá toda persona que haya dedicado un grado moderado de atención a sus escritos. En la Epístola a los Romanos (Ro 4:11) la llama «sello de la justicia de la fe»; y allí, bajo la circuncisión, incluye a Cristo y la promesa gratuita de salvación. Pero aquí la contrapone a Cristo, a la fe, al evangelio y a la gracia, considerándola simplemente como un pacto legal fundado en el mérito de las obras.
La consecuencia es, como ya hemos dicho, que no siempre habla de la circuncisión de la misma manera; pero debe tenerse en cuenta la razón de la diferencia. Cuando considera la circuncisión en su propia naturaleza, con propiedad la hace un símbolo de gracia, porque tal fue la institución de Dios. Pero cuando trata con los falsos apóstoles, que abusaban de la circuncisión haciendo de ella un instrumento para destruir el evangelio, no considera allí el propósito para el que fue instituida por el Señor, sino que ataca la corrupción que ha procedido de los hombres.
En este pasaje se da un ejemplo muy notable. Cuando Abraham había recibido una promesa acerca de Cristo, de la justificación por gracia gratuita y de la salvación eterna, se añadió la circuncisión para confirmar la promesa; y así llegó a ser, por institución de Dios, un sacramento que servía a la fe. Vienen después los falsos apóstoles, que pretenden que es una obra meritoria y recomiendan la observancia de la ley, haciendo que la profesión de obediencia a ella sea significada por la circuncisión como rito iniciático. Pablo no hace aquí referencia a la institución de Dios, sino que ataca las opiniones antibíblicas de los falsos apóstoles.
Se objetará que los abusos, sean cuales fueren, que cometen los malvados no menoscaban en absoluto las santas ordenanzas de Dios. Respondo que la institución divina de la circuncisión fue solo temporal. Después de la venida de Cristo cesó de ser una institución divina, porque el bautismo había venido a ocupar su lugar. ¿Por qué, entonces, fue circuncidado Timoteo? Ciertamente no por causa suya, sino por causa de los hermanos débiles, a quienes se cedió ese punto. Para mostrar más plenamente la concordancia entre la doctrina de los papistas y la que Pablo combate, debe observarse que los sacramentos, cuando participamos de ellos de manera sincera, no son obras de los hombres, sino de Dios. En el bautismo o en la cena del Señor no hacemos otra cosa que presentarnos a Dios para recibir su gracia. El bautismo, considerado con respecto a nosotros, es una obra pasiva: nada aportamos a él sino la fe; y todo lo que le pertenece está guardado en Cristo. Pero ¿cuáles son las opiniones de los papistas? Idean el opus operatum, por el cual los hombres merecen la gracia de Dios; y ¿qué es esto sino extinguir por completo la verdad del sacramento? El bautismo y la cena del Señor los conservamos nosotros, porque fue voluntad de Cristo que su uso fuera perpetuo; pero aquellas nociones perversas y necias las rechazamos con la fuerte aversión que merecen.
Gálatas 5:4
4. De Cristo os desligasteis. «Si buscáis alguna parte de justicia en las obras de la ley, Cristo no tiene que ver con vosotros, y de la gracia habéis caído.» No estaban tan groseramente equivocados como para creer que por la sola observancia de la ley eran justificados, sino que intentaban mezclar a Cristo con la ley. Desde cualquier otro punto de vista, las amenazas de Pablo habrían fracasado por completo en producir alarma. «¿Qué hacéis? Os privais de toda ventaja de Cristo y tratáis su gracia como si no tuviera valor alguno.» Vemos, pues, que la más mínima parte de la justificación no puede atribuirse a la ley sin renunciar a Cristo y a su gracia.
Gálatas 5:5
5. Pues nosotros, por el Espíritu. Ahora se anticipa a una objeción que fácilmente podría plantearse: «¿De nada servirá entonces la circuncisión?». En Jesucristo, responde, nada vale. La justicia, por tanto, depende de la fe y se obtiene por el Espíritu, sin ceremonias. Esperar la esperanza de la justicia es poner nuestra confianza en tal o cual cosa, o decidir de qué lado hemos de esperar la justicia; aunque las palabras probablemente contienen la exhortación: «Perseveremos firmes en la esperanza de la justicia que obtenemos por la fe». Cuando dice que obtenemos la justicia por la fe, esto se aplica igualmente a nosotros y a nuestros padres. Todos ellos, como testifica la Escritura (Hebreos 11:5), «agradaron a Dios»; pero su fe estaba oculta bajo el velo de las ceremonias, y por eso él nos distingue de ellos con la palabra Espíritu, que se contrapone a las sombras exteriores. Su sentido es, por tanto, que todo lo que ahora hace falta para obtener la justicia es una fe sencilla, que rehúsa la ayuda de ceremonias esplendorosas y se contenta con el culto espiritual a Dios.
Gálatas 5:6
6. Porque en Jesucristo. La razón por la cual los creyentes esperan ahora la esperanza de la justicia por el Espíritu es que en Cristo, es decir, en el reino de Cristo, o en la iglesia cristiana, la circuncisión con sus accesorios ha sido abolida; pues, por una figura del lenguaje en la que se toma la parte por el todo, la palabra Circuncisión se pone por las ceremonias. Al declarar que ya no tienen influencia alguna, no admite que siempre hayan sido inútiles; porque no sostiene que fueran derogadas sino después de la revelación de Cristo. Esto nos permite responder a otra pregunta: ¿por qué habla aquí con tanto desprecio de la circuncisión, como si no hubiera sido de ningún provecho? No se considera ahora el rango que la circuncisión tuvo una vez como sacramento. La cuestión no es cuál fue su valor antes de ser abolida. Pero bajo el reino de Cristo declara que está al mismo nivel que la incircuncisión, porque la venida de Cristo ha puesto fin a las ceremonias de la ley.
Sino la fe que obra por el amor. El contraste que se introduce aquí, entre las ceremonias y el ejercicio del amor, tenía por fin impedir que los judíos se estimaran demasiado a sí mismos e imaginaran que tenían derecho a alguna superioridad; pues hacia el final de la Epístola, en lugar de esta cláusula, usa las palabras una nueva creación (Gálatas 6:15). Es como si dijera: Las ceremonias ya no son mandadas por autoridad divina; y si abundamos en el ejercicio del amor, todo está bien. Mientras tanto, esto no anula nuestros sacramentos, que son ayudas para la fe, sino que es simplemente un breve anuncio de lo que antes había enseñado acerca del culto espiritual a Dios.
No habría dificultad en este pasaje si no fuera por la manera deshonesta en que los papistas lo han torturado para sostener la justicia de las obras. Cuando intentan refutar nuestra doctrina de que somos justificados sólo por la fe, siguen esta línea de argumentación: si la fe que nos justifica es la que «obra por el amor», entonces no es la fe sola la que justifica. Respondo que no comprenden su propia necia charla, y menos aún comprenden lo que nosotros afirmamos. Nuestra doctrina no es que la fe que justifica esté sola; sostenemos que va siempre acompañada de buenas obras; sólo sostenemos que la fe sola basta para la justificación. Los mismos papistas acostumbran despedazar la fe de manera homicida, presentándola unas veces deformada por completo y sin el amor, y otras veces en su verdadero carácter. Nosotros, en cambio, nos negamos a admitir que, en ningún caso, la fe pueda separarse del Espíritu de regeneración; pero cuando se trata de saber de qué manera somos justificados, entonces dejamos de lado todas las obras.
Por lo que toca al presente pasaje, Pablo no entra en ninguna disputa sobre si el amor coopera con la fe en la justificación; sino que, para evitar la apariencia de presentar a los cristianos como ociosos y semejantes a trozos de madera, señala cuáles son los verdaderos ejercicios de los creyentes. Cuando estés ocupado en discutir la cuestión de la justificación, cuídate de permitir que se mencione el amor o las obras, y adhiérete resueltamente a la partícula exclusiva. Pablo no trata aquí de la justificación, ni atribuye al amor parte alguna de su gloria. Si lo hubiera hecho, el mismo argumento probaría que la circuncisión y las ceremonias, en una época anterior, tuvieron alguna parte en justificar al pecador. Así como en Cristo Jesús recomienda la fe acompañada de amor, así antes de la venida de Cristo se exigían las ceremonias. Pero esto nada tiene que ver con la obtención de la justicia, como los mismos papistas lo admiten; y tampoco debe suponerse que el amor tenga tal influencia.
Gálatas 5:7-12
7. «Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?»
7. Currebatis bene. Quis vos impedivit, ne obediretis veritati?
8. «Esta persuasión no procede de aquel que os llama.»
8. Persuasio non est ex eo qui vocavit vos.
9. «Un poco de levadura leuda toda la masa.»
9. Modicum fermentum totam massam fermentat.
10. «Confío respecto de vosotros en el Señor, que no pensaréis de otro modo; mas el que os perturba llevará la sentencia, quienquiera que sea.»
10. Ego persuasus sum de vobis in Domino, quod non aliud sitis sensuri: qui autem turbat vos, portabit judicium, quisquis sit.
11. «Y yo, hermanos, si aún predico la circuncisión, ¿por qué padezco persecución todavía? En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz.»
11. Ego autem, fratres, si circumcisionem adhuc praedicem, quid adhuc persequutionem patior? exinanitum est scandalum crucis.
12. «¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!»
12. Utinam etiam abscindantur, qui vos conturbant.
Gálatas 5:7
7. Vosotros corríais bien. La censura que el apóstol administra por su presente desviación de la verdad va mezclada con aprobación de su conducta anterior, con el propósito expreso de que, al ser llevados a sentir vergüenza, vuelvan más pronto al buen camino. El asombro que transmite la pregunta ¿quién os estorbó? tenía por objeto hacerlos ruborizarse. He preferido traducir la palabra griega πείθσθαι por obedecer y no por creer, porque, una vez que habían abrazado la pureza del evangelio, fueron apartados de un camino de obediencia.
Gálatas 5:8
8. Esta persuasión no procede. Después de haberlos combatido antes con argumentos, pronuncia por fin, con voz de autoridad, que su persuasión no venía de Dios. Una advertencia semejante no merecería mucha atención si no estuviera respaldada por la autoridad de quien la pronuncia. Pero Pablo, a quien los gálatas debían el anuncio de su llamamiento divino, tenía pleno derecho a dirigirse a ellos en este lenguaje seguro. Ésta es la razón por la que no dice directamente de Dios, sino que lo expresa con un circunloquio: aquel que os llama. Como si dijera: «Dios nunca se contradice a sí mismo, y es él quien por mi predicación os llamó a la salvación. Esta nueva persuasión, pues, ha venido de otra parte; y si queréis que se piense que vuestro llamamiento es de Dios, guardaos de prestar oído a los que os imponen sus nuevas invenciones». Aunque el participio griego καλοῦντος, lo reconozco, está en tiempo presente, he preferido traducir que os llamó, para eliminar la ambigüedad.
Gálatas 5:9
9. Un poco de levadura. Esto se refiere, pienso, a la doctrina, no a los hombres. Los protege contra las consecuencias perniciosas que surgen de la corrupción de la doctrina, y les advierte que no la consideren, como suele hacerse, un asunto que implica poco o ningún peligro. La estratagema de Satanás consiste en que no intenta una destrucción declarada de todo el evangelio, sino que mancha su pureza introduciendo opiniones falsas y corruptas. Muchas personas son llevadas así a pasar por alto la gravedad del daño causado, y por eso oponen una resistencia menos decidida. El apóstol proclama en alta voz que, una vez corrompida la verdad de Dios, ya no estamos seguros. Emplea la metáfora de la levadura, que, por pequeña que sea su cantidad, comunica su acidez a toda la masa. Debemos ejercer la mayor cautela para no permitir que se sustituya la pura doctrina del evangelio por ninguna falsificación.
Gálatas 5:10
10. Confío respecto de vosotros. Toda su vehemencia se dirige de nuevo contra los falsos apóstoles. A ellos se les atribuye el mal, y sobre ellos se amenaza el castigo. Se expresan buenas esperanzas respecto de los gálatas: que volverán pronto y de buen grado a una creencia sincera. Nos da ánimo saber que se tienen buenas esperanzas de nosotros; porque tenemos por vergonzoso defraudar a quienes sienten hacia nosotros afecto y amistad. Pero traer de nuevo a los gálatas a la pura doctrina de la fe, de la cual se habían desviado, era obra de Dios. El apóstol dice que confía en ellos, ἐν Κυρίῳ, en el Señor, con lo cual les recuerda que el arrepentimiento es un don celestial, y que deben pedirlo a Dios.
El que os perturba. La idea que acababa de expresar se confirma al imputar así indirectamente la mayor parte de la culpa a aquellos impostores por quienes los gálatas habían sido engañados. Del castigo denunciado contra ellos, los gálatas quedan casi exentos. Presten oído a esto todos los que introducen confusión en las iglesias, los que rompen la unidad de la fe, los que destruyen su armonía; y si tienen algún sentimiento recto, tiemblen ante esta palabra. Dios declara, por boca de Pablo, que ninguno de aquellos «por quien vienen» los tales «tropiezos» (Lc 17:1) quedará sin castigo. La frase quienquiera que sea es enfática; porque el lenguaje altisonante de los falsos apóstoles había aterrorizado a la multitud ignorante. Era necesario que Pablo defendiera su doctrina con un ardor y una energía correspondientes, y que no perdonara a nadie que se atreviera a levantar la voz contra ella, por eminente o distinguido que fuera.
Gálatas 5:11
11. Y yo, hermanos. Este argumento se toma de la causa final. «Estaría completamente en mi mano —dice— evitar el desagrado de los hombres, y toda clase de peligro y persecución, si tan sólo mezclara las ceremonias con Cristo. El empeño con que me opongo a ellas no es por mi propia cuenta ni para mi propio provecho.» ¿Pero se sigue de ello que su doctrina sea verdadera? Respondo que los sentimientos rectos y la conciencia pura, cuando un maestro los manifiesta, tienen no poca parte en granjearse confianza. Además, no puede creerse que hombre alguno fuera tan loco como para tomar medidas, por su propia voluntad, que le acarreen aflicción. Por último, echa sobre sus adversarios la sospecha de que, al predicar la circuncisión, estaban más dispuestos a mirar por su propia comodidad que a ser fieles en el servicio de Cristo. En suma, Pablo estaba en el extremo más alejado de la ambición, de la codicia o de la preocupación por el interés personal, puesto que despreciaba el favor y el aplauso, y se exponía a las persecuciones y al furor de la multitud antes que apartarse un cabello de la pureza del evangelio.
En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz. De buen grado Pablo, al hablar del evangelio, lo llama la cruz, o la predicación de la cruz, cuando quiere poner su estilo pobre y sencillo en contraste con las «palabras infladas y vanas» (Jud 1:16) de la sabiduría o la justicia humanas. Pues los judíos, hinchados con una confianza infundada en su justicia, y los griegos, con una necia creencia en su sabiduría, despreciaban la humildad del evangelio. Cuando dice, pues, que ahora, si se admitiera la predicación de la circuncisión, el tropiezo de la cruz ya no existiría, quiere decir que el evangelio no encontraría molestia alguna de parte de los judíos, sino que se enseñaría con su total acuerdo. ¿Y por qué? Porque ya no se escandalizarían de un evangelio fingido y espurio, recogido de Moisés y de Cristo, sino que mirarían con mayor indulgencia esa mezcla que los dejaría en posesión de su anterior superioridad.
Gálatas 5:12
12. ¡Ojalá se mutilasen. Su indignación va todavía más lejos, y ruega la destrucción de aquellos impostores por quienes los gálatas habían sido engañados. La expresión «cortados» parece emplearse en alusión a la circuncisión que ellos urgían: «Desgarran la iglesia por causa de la circuncisión: quisiera que fueran cortados por completo». Crisóstomo favorece esta opinión. Pero ¿cómo puede conciliarse tal imprecación con la mansedumbre de un apóstol, que debe desear que todos se salven y que ni una sola persona perezca? En lo que atañe a los hombres, admito la fuerza de este argumento; porque la voluntad de Dios es que busquemos la salvación de todos los hombres sin excepción, pues Cristo padeció por los pecados de todo el mundo. Pero los ánimos piadosos son llevados a veces más allá de la consideración de los hombres, y conducidos a fijar la mirada en la gloria de Dios y en el reino de Cristo. La gloria de Dios, que es en sí misma más excelente que la salvación de los hombres, debe recibir de nosotros un grado más alto de estima y consideración. Los creyentes, ardientemente deseosos de que la gloria de Dios sea promovida, se olvidan de los hombres y se olvidan del mundo, y preferirían que todo el mundo pereciera antes que ver quitada la menor porción de la gloria de Dios.
Recordemos, sin embargo, que una oración como ésta procede de dejar por completo a los hombres fuera de vista y de fijar nuestra atención sólo en Dios. No se puede acusar a Pablo de crueldad, como si se opusiera a la ley del amor. Además, si se pone en comparación a un solo hombre o a unas pocas personas, ¡cuánto más pesa la iglesia! Es una clase cruel de misericordia la que prefiere a un solo hombre a toda la iglesia. «Por un lado, veo en peligro el rebaño de Dios; por el otro, veo un lobo que anda «buscando», como Satanás, «a quién devorar» (1 P 5:8). ¿No debe mi cuidado por la iglesia absorber todos mis pensamientos y llevarme a desear que su salvación se compre con la destrucción del lobo? Y sin embargo no querría que un solo individuo pereciera de esta manera; pero mi amor por la iglesia y mi ansiedad por sus intereses me arrebatan a una especie de éxtasis, de modo que no puedo pensar en otra cosa.» Con un celo como éste arderá todo verdadero pastor de la iglesia. La palabra griega traducida «os perturban» significa remover de cierto rango o posición. Al usar la palabra καὶ, aun, expresa con más fuerza su deseo de que los impostores no sean meramente degradados, sino enteramente separados y cortados.
Gálatas 5:13-18
13. «Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.»
13. Vos enim in libertatem vocati estis, fratres; tantum ne libertatem in occasionem detis carni, sed per charitatem servite vobis invicem.
14. «Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»
14. Nam tota Lex in uno verbo completur, nempe hoc: Diliges proximum tuum sicut te ipsum.
15. «Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros.»
15. Quodsi alius alium vicissim mordetis et devoratis, videte, ne vicissim alius ab alio consumamini.
16. «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.»
16. Dico autem: Spiritu ambulate; et concupiscentiam carnis non perficietis.
17. «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.»
17. Nam caro concupiscit adversus Spiritum; Spiritus autem adversus carnem; haec mutuo inter se adversantur; ut non, quaecunque volueritis, eadem faciatis.
18. «Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.»
18. Quod si Spiritu ducimini, non estis sub Lege.
Gálatas 5:13
13. A libertad fuisteis llamados. Pasa ahora a mostrar de qué manera debe usarse la libertad. Al exponer la Primera Epístola a los Corintios, hemos señalado que una cosa es la libertad y otra cosa es el uso de ella. La libertad reside en la conciencia y mira a Dios; el uso de ella reside en las cosas exteriores, y trata no sólo con Dios, sino con los hombres. Habiendo exhortado a los gálatas a no sufrir ninguna disminución de su libertad, les ordena ahora ser moderados en el uso de ella, y establece como regla para el uso legítimo que no se convierta en pretexto u ocasión para el libertinaje. La libertad no se concede a la carne, que más bien debe ser mantenida cautiva bajo el yugo, sino que es un beneficio espiritual, del cual sólo los ánimos piadosos son capaces de gozar.
Sino servíos por amor. El método que aquí se explica para impedir que la libertad estalle en un abuso amplio y licencioso es que sea regulada por el amor. Recordemos siempre que la cuestión presente no es de qué manera somos libres delante de Dios, sino de qué manera podemos usar nuestra libertad en el trato con los hombres. Una buena conciencia no se somete a ninguna esclavitud; pero practicar una servidumbre exterior, o abstenerse del uso de la libertad, no entraña ningún peligro. En una palabra, si «por amor nos servimos los unos a los otros», siempre miraremos a la edificación, de modo que no nos desenfrenemos, sino que usemos la gracia de Dios para su honra y para la salvación de nuestros prójimos.
Gálatas 5:14
14. Porque toda la ley. Hay en este versículo un contraste, no declarado con claridad pero evidentemente sobreentendido, entre la exhortación de Pablo y la doctrina de los falsos apóstoles. Mientras ellos insistían sólo en las ceremonias, Pablo echa una mirada de paso a los deberes y ejercicios reales de los cristianos. La presente recomendación del amor tiene por fin informar a los gálatas de que el amor constituye la parte principal de la perfección cristiana. Pero debemos indagar la razón por la cual todos los preceptos de la ley quedan comprendidos bajo el amor. La ley consta de dos tablas, la primera de las cuales nos instruye acerca del culto a Dios y los deberes de la piedad, y la segunda nos instruye acerca del amor al prójimo; pues es ridículo hacer que una parte sea lo mismo que el todo. Algunos evitan esta dificultad recordándonos que la primera tabla no contiene otra cosa que amar a Dios con todo el corazón. Pero Pablo hace mención expresa del amor al prójimo, y por tanto debe buscarse una solución más satisfactoria.
Reconozco que la piedad hacia Dios ocupa un rango más alto que el amor a los hermanos; y por eso la observancia de la primera tabla es más valiosa a los ojos de Dios que la observancia de la segunda. Pero así como Dios mismo es invisible, así la piedad es cosa oculta a los ojos de los hombres; y aunque el propósito para el cual se instituyeron las ceremonias era manifestarla, éstas no son pruebas ciertas de su existencia. Con frecuencia ocurre que nadie es más celoso y regular en observar las ceremonias que los hipócritas. Dios, pues, elige poner a prueba nuestro amor hacia él mediante ese amor al hermano que nos manda cultivar. Ésta es la razón por la que, no sólo aquí, sino en la Epístola a los Romanos (Ro 8:8; 13:10), el amor es llamado «el cumplimiento de la ley»; no porque sobresalga, sino porque prueba que el culto a Dios es real. Dios, he dicho, es invisible; pero se representa ante nosotros en los hermanos, y en sus personas reclama lo que a él se le debe. El amor a los hombres brota únicamente del temor y del amor de Dios; y por tanto no hemos de extrañarnos si, por una figura del lenguaje en que se toma la parte por el todo, el efecto incluye bajo sí la causa de la cual es señal. Pero sería un error que alguien intentara separar nuestro amor a Dios de nuestro amor a los hombres.
Amarás a tu prójimo. El que ama dará a cada hombre lo que en derecho le corresponde, no hará injuria ni daño a nadie, hará bien, en cuanto esté en su poder, a todos; pues ¿qué otra cosa se comprende en toda la segunda tabla? Éste es también el argumento que emplea Pablo en su Epístola a los Romanos (Ro 13:10). La palabra prójimo incluye a todos los hombres vivos; porque estamos unidos entre nosotros por una naturaleza común, como nos lo recuerda Isaías: «Y no te escondas de tu hermano» (Is 58:7). La imagen de Dios debe ser considerada de modo particular como un vínculo sagrado de unión; pero, por esa misma razón, aquí no se hace distinción entre amigo y enemigo, ni puede la maldad de los hombres anular el derecho de la naturaleza.
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El amor que los hombres sienten naturalmente hacia sí mismos debe regular nuestro amor al prójimo. Todos los doctores de la Sorbona acostumbran argumentar que, como la regla es superior a lo que dirige, el amor a nosotros mismos debe ocupar siempre el primer rango. Esto no es interpretar, sino subvertir las palabras de nuestro Señor. Son unos asnos, y no tienen ni una chispa de amor a su prójimo; pues si el amor a nosotros mismos fuera la regla, se seguiría que es recto y santo, y objeto de la aprobación divina. Pero nunca amaremos sinceramente a nuestros prójimos, conforme a la intención de nuestro Señor, hasta que hayamos corregido el amor a nosotros mismos. Las dos afecciones son opuestas y contradictorias; porque el amor a nosotros mismos nos lleva a descuidar y despreciar a los demás, produce crueldad, codicia, violencia, engaño y todos los vicios afines, nos arrastra a la impaciencia y nos arma con el deseo de venganza. Nuestro Señor manda, por tanto, que se lo cambie en amor al prójimo.
Gálatas 5:15
15. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros. Por la naturaleza del asunto, así como por el lenguaje empleado, podemos conjeturar que los gálatas tenían disputas entre sí; porque diferían acerca de la doctrina. El apóstol demuestra ahora, por el resultado, cuán destructivas deben resultar a la postre tales conductas en la iglesia. La falsa doctrina fue probablemente un juicio del cielo sobre su ambición, su orgullo y otras ofensas. Esto puede concluirse de lo que sucede con frecuencia en las dispensaciones divinas, así como de una declaración expresa por mano de Moisés:
«No darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma.» (Dt 13:3.)
Por morder y devorar entiende, pienso, las calumnias, acusaciones, reproches y toda otra clase de lenguaje ofensivo, así como los actos de injusticia que proceden del fraude o de la violencia. ¿Y cuál es el fin de ellos? Ser consumidos, mientras que la tendencia del amor fraternal es producir protección y bondad mutuas. Quisiera que pudiéramos recordar siempre, cuando el diablo nos tienta a las disputas, que el desacuerdo de los miembros dentro de la iglesia no puede conducir a otra cosa que a la ruina y consunción de todo el cuerpo. ¡Qué angustioso, qué insensato es que nosotros, que somos miembros de un mismo cuerpo, nos confabulemos de nuestra propia voluntad para destruirnos unos a otros!
Gálatas 5:16
16. Digo, pues. Sigue ahora el remedio. La ruina de la iglesia no es un mal ligero, y todo lo que la amenaza debe ser combatido con la más decidida resistencia. Pero ¿cómo se ha de lograr esto? No permitiendo que la carne reine en nosotros, y entregándonos a la dirección del Espíritu de Dios. Se les dice indirectamente a los gálatas que son carnales, destituidos del Espíritu de Dios, y que la vida que llevan es indigna de cristianos; pues ¿de dónde procedía su conducta violenta unos hacia otros, sino de ser guiados por el deseo de la carne? Esto, les dice, es una prueba de que no andan conforme al Espíritu.
No satisfagáis. Debemos notar la palabra satisfacer, con la cual quiere decir que, aunque los hijos de Dios, mientras gimen bajo la carga de la carne, están expuestos a cometer pecado, no son sus súbditos ni esclavos, sino que le hacen habitual oposición a su poder. El hombre espiritual puede ser asaltado con frecuencia por los deseos de la carne, pero no los satisface: no permite que reinen sobre él. Sobre este tema convendrá consultar el capítulo octavo de la Epístola a los Romanos.
Gálatas 5:17
17. Porque el deseo de la carne. La vida espiritual no se mantiene sin lucha. Aquí se nos informa de la naturaleza de la dificultad, que surge de que nuestras inclinaciones naturales se oponen al Espíritu. La palabra carne, como tuvimos ocasión de observar al exponer la Epístola a los Romanos, denota la naturaleza del hombre; pues la aplicación limitada que de ella hacen los sofistas a los sentidos inferiores, como los llaman, es refutada por diversos pasajes; y el contraste entre las dos palabras pone fin a toda duda. El Espíritu denota la naturaleza renovada, o la gracia de la regeneración; ¿y qué otra cosa significa la carne sino «el viejo hombre»? (Ro 6:6; Ef 4:22; Col 3:9.) La desobediencia y la rebelión contra el Espíritu de Dios impregnan toda la naturaleza del hombre. Si queremos obedecer al Espíritu, debemos trabajar, y luchar, y aplicar toda nuestra energía; y debemos comenzar por la abnegación. El cumplido que nuestro Señor hace a las inclinaciones naturales de los hombres equivale a esto: que no hay mayor acuerdo entre ellas y la justicia que entre el fuego y el agua. ¿Dónde hallaremos, entonces, una gota de bondad en el libre albedrío del hombre? A menos que declaremos buena aquella cosa que es contraria al Espíritu de Dios;
«por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden.» (Ro 8:7.)
Todos los pensamientos de la carne son actos de enemistad contra Dios.
Para que no hagáis lo que quisiereis. Esto se refiere, sin duda, a los regenerados. Los hombres carnales no libran batalla alguna contra los deseos depravados, ni tienen deseo propio de alcanzar la justicia de Dios. Pablo se dirige a creyentes. Lo que quisiereis debe significar, no nuestras inclinaciones naturales, sino los afectos santos que Dios nos concede por su gracia. Pablo declara, por tanto, que los creyentes, mientras estén en esta vida, por grande que sea el empeño de sus esfuerzos, no obtienen tal medida de éxito que sirvan a Dios de manera perfecta. El resultado más alto no corresponde a sus deseos y anhelos. Debo remitir de nuevo al lector, para una exposición más amplia de mis sentimientos sobre este tema, a la Exposición de la Epístola a los Romanos (véase Calvino sobre Ro 7:15).
Gálatas 5:18
18. Pero si sois guiados por el Espíritu. En el camino del Señor los creyentes tropiezan fácilmente. Pero que no se desalienten por no poder satisfacer las exigencias de la ley. Que escuchen la declaración consoladora del apóstol, que se halla también en otras partes de sus escritos (Ro 6:14): no estáis bajo la ley. De ahí se sigue que el cumplimiento de sus deberes no es rechazado a causa de sus defectos presentes, sino que es aceptado a la vista de Dios como si hubiera sido en todo respecto perfecto y completo. Pablo sigue todavía la controversia sobre la libertad. En otro lugar (Ro 8:15) él denomina al Espíritu «el Espíritu de adopción»; y cuando el Espíritu hace libres a los hombres, los emancipa del yugo de la ley. Como si dijera: «¿Deseáis poner fin al instante a las controversias en que ahora estáis metidos? Andad conforme al Espíritu. Entonces estaréis libres del dominio de la ley, que obrará sólo en calidad de consejera bondadosa, y ya no pondrá freno alguno a vuestras conciencias». Además, cuando se quita la condenación de la ley, la libertad respecto de las ceremonias sigue como consecuencia necesaria; porque las ceremonias señalan la condición de un esclavo.
Gálatas 5:19-21
19. «Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia,»
19. Manifesta vero sunt opera carnis, quae sunt adulterium, scortatio, immunditia, lascivia,
20. «idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías,»
20. Idololatria, veneficium, inimicitiae, contentio, aemulationes, irae, concertationes, seditiones, haereses,
21. «envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.»
21. Invidiae, homicidia, ebrietates, comissationes, et his similia; de quibus praedico vobis, quemadmodum et praedixi, quod qui talia agunt regnum Dei haereditate non possidebunt.
Gálatas 5:19-20
19. Y manifiestas son las obras de la carne. Obedecer al espíritu y oponerse a la carne son dos grandes objetivos que se han propuesto a los cristianos, y para cuya consecución se los ha instado a hacer los más denodados esfuerzos. De acuerdo con estas miras, traza ahora un cuadro tanto de la carne como del espíritu. Si los hombres se conocieran a sí mismos, no necesitarían esta declaración inspirada, pues no son sino carne; pero tal es la hipocresía propia de nuestro estado natural, que nunca percibimos nuestra depravación hasta que el árbol ha sido plenamente dado a conocer por sus frutos (Mt 7:16; Lc 6:44).
El apóstol nos señala, pues, ahora aquellos pecados contra los cuales debemos luchar, para no vivir conforme a la carne. No los enumera todos, como él mismo afirma al concluir la lista; pero por los que presenta puede averiguarse fácilmente el carácter de los restantes. Se colocan primero el adulterio y la fornicación, y sigue luego la inmundicia, que se extiende a toda especie de impureza. La lascivia parece ser un término subsidiario, pues la palabra griega ασέλγεια, así traducida, se aplica a quienes llevan una vida licenciosa y disoluta. Estos cuatro denotan pecados prohibidos por el séptimo mandamiento. El siguiente que se menciona es la idolatría, que aquí se emplea como término general para los servicios groseramente supersticiosos y abiertamente practicados.
Las siete clases que siguen inmediatamente están estrechamente emparentadas, y luego se añaden otras dos. La ira y el odio difieren principalmente en que la ira es breve y el odio es duradero. Los celos y las envidias son las ocasiones del odio; y Aristóteles establece entre ellos la siguiente distinción en su segundo libro de la Retórica: El que siente celos (emulación) se aflige de que otro lo supere, no porque la virtud o el mérito de esa persona, considerado en sí mismo, le cause inquietud, sino porque él quisiera ser superior. El envidioso no tiene deseo de sobresalir, sino que se aflige de la excelencia de los demás hombres. Nadie, por tanto, nos dice, sino las personas bajas y ruines se entregan a la envidia, mientras que la emulación habita en ánimos elevados y heroicos. Pablo declara que ambas son enfermedades de la carne. De la ira y del odio nacen los pleitos, las contiendas y las disensiones; e incluso sigue las consecuencias hasta el punto de mencionar los homicidios y las hechicerías. Por orgías entiende una vida disoluta y toda clase de intemperancia en la satisfacción del paladar. Merece notarse que las herejías se cuentan entre las obras de la carne; pues esto muestra claramente que la palabra carne no se limita, como imaginan los sofistas, a la sensualidad. ¿Qué produce las herejías sino la ambición, que no trata con los sentidos inferiores, sino con las facultades más altas del alma? Dice que estas obras son manifiestas, para que nadie piense que ganará algo esquivando la cuestión; pues ¿de qué sirve negar que la carne reina en nosotros, si el fruto delata la calidad del árbol?
Gálatas 5:21
21. Acerca de las cuales os amonesto. Con esta terrible amenaza no sólo quiso alarmar a los gálatas, sino también aludir de manera indirecta a los falsos apóstoles, que habían dejado a un lado la enseñanza mucho más valiosa y empleaban su tiempo en disputar sobre ceremonias. Nos instruye, con su ejemplo, a insistir en esas exhortaciones y amenazas, conforme a las palabras del profeta:
«Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión.» (Is 58:1.)
¿Qué puede concebirse más espantoso que el que los hombres anden conforme a la carne y se excluyan a sí mismos del reino de Dios? ¿Quién se atreverá a tratar a la ligera las «cosas abominables que yo aborrezco» (Jer 44:4)?
Pero de este modo, se nos dirá, todos quedan excluidos de la esperanza de salvación; pues ¿quién hay que no sea culpable de algunos de esos pecados? Respondo que Pablo no amenaza con que todos los que han pecado, sino todos los que permanecen impenitentes, serán excluidos del reino de Dios. Los mismos santos caen a menudo en pecados graves, pero vuelven al camino de la justicia, «lo que hago, no lo entiendo» (Ro 7:15), y por eso no están incluidos en este catálogo. Todas las amenazas de los juicios de Dios nos llaman al arrepentimiento. Van acompañadas de una promesa de que los que se arrepienten obtendrán perdón; pero si continuamos obstinados, permanecen como un testimonio del cielo contra nosotros.
Los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. La palabra κληρονομεῖν significa poseer por derecho hereditario; pues por ningún otro derecho sino el de la adopción, como hemos visto en otros pasajes, obtenemos la vida eterna.
Gálatas 5:22-26
22. «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,»
22. Fructus vero Spiritus est charitas, gaudium, pax, tolerantia, comitas, benignitas, fides,
23. «mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.»
23. Mansuetudo, temperantia: adversus ejusmodi non est Lex.
24. «Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.»
24. Qui autem Christi sunt carnem crucifixerunt cum affectibus et concupiscentiis.
25. «Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.»
25. Si vivimus Spiritu, etiam Spiritu ambulemus.
26. «No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.»
26. Ne simus inanis gloriae cupidi, invicem provocantes, invicem invidentes.
Gálatas 5:22
22. Mas el fruto del Espíritu. En la primera parte de la descripción condenó toda la naturaleza del hombre como si no produjera sino frutos malos y sin valor. Ahora nos informa de que todas las virtudes, todos los afectos rectos y bien ordenados, proceden del Espíritu, es decir, de la gracia de Dios y de la naturaleza renovada que recibimos de Cristo. Como si dijera: «Del hombre no viene sino lo malo; nada bueno viene sino del Espíritu Santo». Con frecuencia han aparecido en hombres no renovados ejemplos notables de mansedumbre, integridad, templanza y generosidad; pero es cierto que todos eran sólo disfraces engañosos. Curio y Fabricio se distinguieron por su valor, Catón por su templanza, Escipión por su bondad y generosidad, Fabio por su paciencia; pero sólo a los ojos de los hombres, y como miembros de la sociedad civil, se distinguieron así. A los ojos de Dios nada es puro sino lo que procede de la fuente de toda pureza.
El gozo no denota aquí, pienso, aquel «gozo en el Espíritu Santo» (Ro 14:17) del que habla en otro lugar, sino ese comportamiento alegre hacia nuestros semejantes que es lo opuesto a la aspereza. La fe significa veracidad, y se contrapone a la astucia, al engaño y a la falsedad, como la paz se contrapone a las riñas y contiendas. La paciencia es la benignidad de ánimo, que nos dispone a tomarlo todo a bien y a no ofendernos fácilmente. Los demás términos no requieren explicación, porque las disposiciones del ánimo deben conocerse por la conducta exterior.
Pero si los hombres espirituales se conocen por sus obras, ¿qué juicio, se preguntará, hemos de formar de los impíos y de los idólatras, que mostraron una ilustre semejanza con todas las virtudes? Porque es evidente por sus obras que eran espirituales. Respondo que, así como no todas las obras de la carne aparecen abiertamente en un hombre carnal, sino que su carnalidad se descubre por uno u otro vicio, así una sola virtud no nos autorizará a concluir que un hombre es espiritual. A veces se hará evidente, por otros vicios, que el pecado reina en él; y esta observación puede aplicarse fácilmente a todos los casos que he enumerado.
Gálatas 5:23
23. Contra tales cosas no hay ley. Algunos entienden estas palabras como si significaran simplemente que la ley no se dirige contra las buenas obras: «de las malas costumbres han nacido las buenas leyes». Pero el verdadero sentido de Pablo es más profundo y menos obvio; a saber, que donde reina el Espíritu, la ley ya no tiene dominio. Al moldear nuestros corazones conforme a su propia justicia, el Señor nos libra del rigor de la ley, de modo que nuestro trato con él no se regula por su pacto, ni nuestras conciencias quedan atadas por su sentencia de condenación. Con todo, la ley sigue enseñando y exhortando, y así cumple su propio oficio; pero nuestra sujeción a ella es retirada por el Espíritu de adopción. Así ridiculiza a los falsos apóstoles, quienes, mientras imponían la sujeción a la ley, no eran menos ansiosos por librarse ellos mismos de su yugo. La única manera, nos dice, en que esto se logra es cuando el Espíritu de Dios obtiene el dominio, de lo cual se nos lleva a concluir que ellos no tenían verdadera consideración por la justicia espiritual.
Gálatas 5:24
24. Pero los que son de Cristo. Añade esto para mostrar que todos los cristianos han renunciado a la carne y por eso gozan de libertad. Al hacer esta afirmación, el apóstol recuerda a los gálatas lo que es el verdadero cristianismo, en cuanto se refiere a la vida, y así los protege contra una falsa profesión de cristianismo. La palabra crucificado se emplea para señalar que la mortificación de la carne es el efecto de la cruz de Cristo. Esta obra no pertenece al hombre. Por la gracia de Cristo
«fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte» (Ro 6:5),
para que ya no vivamos para nosotros mismos. Si somos sepultados con Cristo, por la verdadera abnegación y por la destrucción del viejo hombre, gozaremos entonces del privilegio de los hijos de Dios. La carne no está todavía enteramente destruida; pero no tiene derecho a ejercer dominio, y debe ceder al Espíritu. La carne y sus deseos son una figura del lenguaje exactamente del mismo sentido que el árbol y sus frutos. La carne misma es la depravación de la naturaleza corrupta, de la cual proceden todas las acciones malas (Mt 15:19; Mr 7:21). De ahí se sigue que los miembros de Cristo tienen motivo para quejarse si todavía se los tiene por sometidos a la servidumbre de la ley, de la cual son librados todos los que han sido regenerados por su Espíritu.
Gálatas 5:25
25. Si vivimos por el Espíritu. Conforme a su costumbre habitual, el apóstol saca de la doctrina una exhortación práctica. La muerte de la carne es la vida del Espíritu. Si el Espíritu de Dios vive en nosotros, que gobierne nuestras acciones. Siempre habrá muchas personas lo bastante atrevidas para jactarse falsamente de vivir en el Espíritu, pero el apóstol las desafía a probar el hecho. Así como el alma no permanece ociosa en el cuerpo, sino que da movimiento y vigor a cada miembro y parte, así el Espíritu de Dios no puede habitar en nosotros sin manifestarse por efectos exteriores. Por la vida se entiende aquí el poder interior, y por el andar las acciones exteriores. El uso metafórico de la palabra andar, que aparece con frecuencia, describe las obras como pruebas de la vida espiritual.
Gálatas 5:26
26. No nos hagamos vanagloriosos. Las exhortaciones especiales que se dirigieron a los gálatas no les eran más necesarias a ellos de lo que se adaptan a nuestro propio tiempo. De muchos males que existen en la sociedad en general, y particularmente en la iglesia, la ambición es la madre. Pablo, por tanto, nos manda guardarnos de ella, pues la vanagloria (κενοδοξία) de que habla no es otra cosa que la ambición (filimia), o el deseo de honra, por el cual cada uno desea superar a todos los demás. Los filósofos paganos no condenan todo deseo de gloria; pero entre los cristianos, quien desea gloria se aparta de la verdadera gloria, y por eso se le acusa con justicia de ambición vana y necia. No nos es lícito gloriarnos sino en Dios solo. Toda otra clase de gloria es pura vanidad. Las provocaciones y las envidias mutuas son hijas de la ambición. El que aspira al más alto rango debe por fuerza envidiar a todos los demás, y el lenguaje irrespetuoso, mordaz y punzante es la consecuencia inevitable.
CAPÍTULO 6
Gálatas 6:1-5
1. «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.»
1. Fratres, etiamsi praeoccupatus fuerit homo in aliquo lapsu, vos, qui spirituales estis, instaurate ejusmodi hominem spiritu lenitatis; considerans te ipsum, ne tu quoque tenteris.
2. «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.»
2. Alii aliorum onera portate, et sic adimplete legem Christi.
3. «Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña.»
3. Nam si quis putat se esse aliquid, quum nihil sit, se ipsum decipit.
4. «Así que, cada uno someta a prueba su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse sólo respecto de sí mismo, y no en otro.»
4. Opus autem suum probet unusquisque; et tunc in se ipso solo gloriam habebit, non autem in alio.
5. «Porque cada uno llevará su propia carga.»
5. Quisque enim proprium onus portabit.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.