Comentarios bíblicos · Juan Calvino
Génesis 21: comentario de Juan Calvino
Génesis 21:1
1. Y visitó Jehová a Sara. En este capítulo no solo se relata el nacimiento de Isaac, sino que, porque en su mismo nacimiento Dios ha puesto ante nosotros un vivo retrato de su Iglesia, Moisés da también una relación particular de este asunto. Y primero dice que Dios visitó a Sara, como lo había prometido. Porque toda descendencia fluye de la bondad de Dios, como está en el salmo:
«Herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre» (Sal 127:3);
por eso se dice, no sin razón, que el Señor visita a aquellos a quienes da hijos. Pues aunque el feto parece producirse naturalmente, cada uno según su especie, no hay con todo fecundidad en los animales sino en cuanto el Señor despliega su propio poder para cumplir lo que ha dicho: Fructificad y multiplicaos. Pero en la propagación del género humano resplandece su especial bendición; y por eso el nacimiento de todo niño se tiene con razón por efecto de visitación divina. Pero Moisés, en este lugar, mira más alto, por cuanto Isaac nació fuera del curso acostumbrado de la naturaleza. Moisés recomienda, pues, aquí ese poder secreto e insólito de Dios, que es superior a la ley de la naturaleza; y no impropiamente, puesto que nos importa mucho saber que la bondad gratuita de Dios reinó, tanto en el origen como en el progreso de la Iglesia, y que los hijos de Dios no nacieron de otro modo que de su mera misericordia. Y esta es la razón por la que no hizo padre a Abraham hasta que su cuerpo estaba casi marchito. Hay que notar también que Moisés declara que la visitación que menciona se funda en la promesa: «Jehová visitó a Sara, como había prometido.» En estas palabras une el efecto a su causa, para que la gracia especial de Dios, de la cual se da un ejemplo en el nacimiento de Isaac, fuera más perceptible. Si hubiera dicho sin más que el Señor tuvo consideración de Sara cuando dio a luz un hijo, podría haberse buscado alguna otra causa. Sin embargo, nadie puede dudar de que la promesa por la cual Isaac había sido concedido a su padre Abraham era gratuita, puesto que el niño era el fruto de aquella adopción, que no puede atribuirse a otra cosa que a la mera gracia de Dios. Por tanto, quien quiera reflexionar recta y prudentemente sobre la obra de Dios en el nacimiento de Isaac, necesariamente debe empezar por la promesa. Hay también gran énfasis en la repetición: «E hizo Jehová con Sara como había hablado.» Pues así retiene a sus lectores, como poniendo la mano sobre ellos, para que se detengan a considerar un milagro tan grande. Entre tanto, Moisés recomienda la fidelidad de Dios; como si dijera que nunca alimenta a los hombres con promesas vacías, ni es menos veraz al conceder lo que ha prometido que liberal y dispuesto al hacer la promesa.
Génesis 21:2
2. Y dio a luz a Abraham un hijo. Esto se dice según la manera acostumbrada de hablar; porque la mujer no es la cabeza de la familia, ni da a luz propiamente para sí misma, sino para su marido. Pero lo que sigue es más digno de notarse: En su vejez, en el tiempo señalado, que Dios había predicho; pues la vejez de Abraham ilustra no poco la gloria del milagro. Y ahora Moisés, por tercera vez, nos remite a la palabra de Dios, para que la constancia de su verdad esté siempre presente en nuestras mentes. Y aunque el tiempo había sido predicho tanto a Abraham como a su mujer, esta honra se atribuye expresamente al santo varón, porque la promesa había sido dada especialmente por causa de él. Ambos, sin embargo, son mencionados con claridad en el contexto.
Génesis 21:3
3. Y llamó Abraham el nombre. Moisés no quiere decir que Abraham fuera el inventor del nombre, sino que se atuvo al nombre que antes había sido dado por el ángel. Este acto de obediencia, sin embargo, era digno de elogio, puesto que no solo ratificó la palabra de Dios, sino que cumplió también su oficio de ministro de Dios. Pues, como un heraldo, proclamó a todos lo que el ángel le había confiado.
Génesis 21:4
4. Y circuncidó Abraham a su hijo. Abraham siguió su tenor uniforme de obediencia al no perdonar a su propio hijo. Pues, aunque le sería doloroso herir el tierno cuerpo del niño, con todo, dejando a un lado todo afecto humano, obedece la palabra de Dios. Y Moisés registra que hizo como el Señor le había mandado, porque nada hay de mayor importancia que tomar la pura palabra de Dios por nuestra regla y no ser sabios más de lo que es lícito. Este espíritu sumiso se requiere especialmente en lo referente a los sacramentos, para que los hombres no inventen nada por sí mismos, ni trasladen a cualquier uso que les plazca las cosas que el Señor ha mandado. Vemos, ciertamente, cuán desordenadamente prevalecen aquí los humores de los hombres, por cuanto se han atrevido a idear innumerables sacramentos. Y para no ir más lejos en busca de ejemplo, mientras que Dios ha entregado a la Iglesia cristiana solo dos sacramentos, los papistas se jactan de tener siete. Como si de verdad estuviera en su poder forjar promesas de salvación que pudieran sancionar con signos imaginados por ellos mismos. Pero sería superfluo relatar con cuántas ficciones han sido contaminados los sacramentos por ellos. Esto ciertamente es manifiesto: que no hay nada de lo que menos se cuiden que de observar lo que el Señor ha mandado.
Génesis 21:5-6
5. Y era Abraham de cien años. Moisés registra de nuevo la edad de Abraham para excitar mejor las mentes de sus lectores a considerar el milagro. Y aunque solo se hace mención de Abraham, recordemos con todo que se nos presenta aquí no como un hombre de lujuria, sino como el marido de Sara, que ha obtenido por medio de ella una simiente legítima, en extrema vejez, cuando las fuerzas de ambos habían faltado. Pues el poder de Dios resplandeció principalmente en esto: que, habiendo sido su matrimonio infructuoso por más de sesenta años, de repente obtienen descendencia. Sara, por cierto, para compensar la duda a que había cedido, proclama ahora con regocijo la bondad de Dios, con alabanzas debidas. Y primero dice que Dios le había dado motivo de gozo; no de un gozo común, sino de tal que hiciera que todos los hombres la felicitaran. Segundo, con el fin de ampliar, toma el papel de quien pregunta asombrada: «¿Quién había de decir esto a Abraham?» Algunos explican la cláusula en cuestión, «se reirá de mí», como si Sara hubiera dicho, con vergüenza, que sería un proverbio para el vulgo. Pero el primer sentido es más adecuado: a saber, «Todo el que lo oiga se reirá conmigo»; es decir, para felicitarme.
Génesis 21:7
7. ¿Quién habría dicho a Abraham que Sara daría de mamar a hijos? Entiendo que el tiempo futuro está puesto aquí por el modo subjuntivo. Y el sentido es que tal cosa nunca habría entrado en la mente de nadie. De donde concluye que solo Dios fue su Autor; y ahora se condena a sí misma por ingratitud, porque había sido tan lenta en dar crédito al ángel que se lo había anunciado. Ahora bien, como habla de hijos en plural, los judíos, según su costumbre, inventan la fábula de que, habiéndose esparcido el rumor de que el niño era supuesto, los vecinos trajeron gran número de infantes para que Sara, amamantándolos, probara que era madre. Como si en verdad esto no pudiera saberse fácilmente, cuando veían a Isaac pendiente de su pecho, y como si no fuera una prueba más clara y distinta que la leche, exprimida con los dedos, fluyera ante sus ojos. Pero los judíos son doblemente necios y ofuscados, pues no perciben que esta forma de expresión tiene exactamente el mismo sentido que si Sara se hubiera llamado a sí misma nodriza. Entre tanto, ha de observarse que Sara une el oficio de nodriza al de madre; pues no en vano prepara el Señor alimento para los niños en el seno de sus madres, antes de que nazcan. Pero a aquellas a quienes confiere el honor de madres las constituye así nodrizas; y las que tienen por una dificultad criar a su propia descendencia rompen, en cuanto está de su parte, el vínculo sagrado de la naturaleza. Si la enfermedad, o algo semejante, es el impedimento, tienen una excusa justa; pero que las madres, voluntariamente y por su propio placer, eviten la molestia de amamantar, haciéndose así solo a medias madres, es una vergonzosa corrupción.
Génesis 21:8
8. Y creció el niño, y fue destetado. Moisés comienza ahora a relatar de qué manera Ismael fue rechazado de la familia de Abraham, para que solo Isaac ocupara el lugar de hijo legítimo y heredero. Parece, en efecto, a primera vista, algo frívolo que Sara, airada por una nadería, suscitara contienda en la familia. Pero Pablo enseña que aquí se nos propone un sublime misterio acerca del estado perpetuo de la Iglesia. (Gá 4:21.) Y, en verdad, si consideramos atentamente a las personas mencionadas, lo tendremos por asunto nada trivial que al padre de todos los fieles se le mande por Dios echar a su hijo primogénito; que Ismael, aunque partícipe de la misma circuncisión, se transforme de tal modo en una nación extraña que ya no sea contado entre la simiente bendita; que, en apariencia, el cuerpo de la Iglesia quede de tal modo desgarrado que solo permanezca la mitad de él; que Sara, al expulsar de la casa al hijo de su sierva, reclame para Isaac solo toda la herencia. Por tanto, si se presta la debida atención al leer esta historia, el mismo misterio de que trata Pablo se presenta espontáneamente.
E hizo Abraham gran banquete. Se pregunta por qué no lo hizo más bien el día del nacimiento de Isaac o de su circuncisión. El sutil razonamiento de Agustín, de que se celebró el día del destete de Isaac para que aprendamos, por su ejemplo, a no ser más niños en el entendimiento, es demasiado forzado. Lo que dicen otros no tiene mayor consistencia: que Abraham tomó un día que entonces no era de uso común, para no imitar las costumbres de los gentiles. En efecto, es muy posible que haya celebrado también con honra y alegría el día del nacimiento de su hijo. Pero se hace mención especial de este banquete por otra razón: a saber, que entonces se descubrió la burla de Ismael. Pues no asiento a la conjetura de los que piensan que aquí empieza una nueva historia, y que Sara luchaba cada día con esta molestia hasta que, por fin, limpió la casa expulsando al impío burlador. Es probable, ciertamente, que en otros días también Ismael se hubiera engreído con una petulancia semejante; sin embargo, no dudo de que Moisés declara expresamente que su desprecio se manifestó hacia Sara en aquella reunión solemne, y que desde entonces fue públicamente proclamado. Ahora bien, Moisés no habla con menosprecio de los placeres de aquel banquete, sino que más bien da por supuesta su licitud. Pues no es su propósito prohibir a los varones santos invitar a sus amigos a una participación común del goce, para que, dando juntos gracias a Dios, banqueteen con mayor alegría que de ordinario. La templanza y la sobriedad han de observarse siempre, ciertamente; y debe cuidarse tanto de que la provisión misma sea frugal como de que los convidados sean moderados. Solo diría que Dios no trata con nosotros tan austeramente como para no permitirnos, a veces, agasajar generosamente a nuestros amigos; como cuando han de celebrarse nupcias, o cuando nos nacen hijos. Abraham, pues, hizo un gran banquete, es decir, extraordinario; porque no acostumbraba surtir su mesa tan suntuosamente cada día; sin embargo, era una abundancia que de ningún modo degeneraba en lujo. Además, mientras era así liberal en agasajar a sus amigos según su posibilidad, tenía también lo suficiente para huéspedes desconocidos, como hemos visto antes.
Génesis 21:9
9. Y vio Sara al hijo de Agar. Así como el verbo reír tiene entre los latinos una doble significación, así también los hebreos usan, tanto en buen sentido como en mal sentido, el verbo del cual se deriva el participio מצחק (metsachaik). Que no era una risa infantil e inocente se ve por la indignación de Sara. Fue, pues, una expresión maligna de desdén, con la cual el petulante joven manifestaba su desprecio por su hermano infante. Y ha de observarse que el epíteto que aquí se aplica a Ismael y el nombre Isaac se derivan ambos de la misma raíz. Isaac fue, para su padre y para otros, ocasión de una risa santa y lícita; de ahí que el nombre le fuera impuesto también por Dios. Ismael convierte en burla la bendición de Dios, de la cual fluía tanto gozo. Por tanto, como impío burlador, se opone a su hermano Isaac. Ambos son (por así decirlo) hijos de la risa, pero en un sentido muy diferente. Isaac trajo consigo la risa desde el seno de su madre, pues llevaba grabada en sí la señal cierta de la gracia de Dios. Por eso alegra de tal modo la casa de su padre que el gozo prorrumpe en acción de gracias; pero Ismael, con risa canina y profana, intenta destruir aquel santo gozo de la fe. Y no hay duda de que su manifiesta impiedad contra Dios se delataba bajo esta burla. Había llegado a una edad en que de ninguna manera podía ignorar el favor prometido, por el cual su padre Abraham estaba transportado de tan gran gozo; y sin embargo, orgullosamente confiado en sí mismo, insulta, en la persona de su hermano, tanto a Dios y a su palabra como a la fe de Abraham. Por tanto, no sin causa se airó Sara tan vehementemente contra él que mandó echarlo al destierro. Pues nada hay más penoso para un ánimo santo que ver la gracia de Dios expuesta a la burla. Y esta es la razón por la que Pablo llama persecución a su risa, diciendo:
«El que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu» (Gá 4:29).
¿Fue con espada o con violencia? No, sino con el escarnio de la lengua virulenta, que no daña el cuerpo, pero penetra hasta el alma misma. Moisés pudo, ciertamente, agravar su crimen con multiplicidad de palabras; pero pienso que habló a propósito tan concisamente para hacer más detestable la petulancia con que Ismael ridiculiza la palabra de Dios.
Génesis 21:10
10. Echa a esta sierva. Sara no solo está exasperada contra el transgresor, sino que parece obrar con más imperio hacia su marido de lo que convenía a una esposa modesta. Pedro muestra que cuando, en una ocasión anterior, ella llamó señor a Abraham, no lo hizo con fingimiento, pues la propone como ejemplo de sujeción voluntaria a las matronas piadosas y castas. (1 P 3:6.) Pero ahora no solo usurpa el gobierno de la casa, llamando al orden a su marido, sino que manda a aquel a quien debía reverenciar que obedezca a su voluntad. Aquí, aunque no niego que Sara, movida por sentimientos de mujer, excedió los límites de la moderación, no dudo con todo de que tanto su lengua como su mente estaban gobernadas por un impulso secreto del Espíritu, y de que todo este asunto fue dirigido por la providencia de Dios. Sin controversia, era ministra de un juicio grande y tremendo. Y Pablo aduce esta expresión no como un vano reproche que una mujer enfurecida hubiera derramado, sino como un oráculo celestial. Pero aunque sostiene un carácter más alto que el de una mujer particular, no quita a su marido su potestad, sino que lo hace director legítimo de la expulsión.
Génesis 21:11
11. Y este asunto pareció muy grave a Abraham. Aunque Abraham ya había sido asegurado, por muchos oráculos, de que la simiente bendita procedería solo de Isaac, con todo, bajo la influencia del afecto paterno, no podía soportar que Ismael fuera cortado para que la herencia permaneciera íntegra a aquel a quien Dios se la había concedido; y así, mezclando dos razas, procuraba, en cuanto podía, confundir la distinción que Dios había hecho. Puede parecer en verdad absurdo que el siervo de Dios fuera así arrebatado por un impulso ciego; pero Dios lo priva así del juicio, no solo para humillarlo, sino también para testificar a todas las edades que la dispensación de su gracia depende de su sola voluntad. Además, para que el santo varón soporte con mayor ecuanimidad la partida de su hijo, se le promete un doble consuelo. Porque, primero, Dios le trae a la memoria la promesa hecha acerca de Isaac; como si dijera que basta y sobra con que quede Isaac, en quien permanece íntegra la bendición espiritual. Luego promete que cuidará de Ismael, aunque desterrado de su hogar paterno, y que de él surgirá una posteridad que constituirá toda una nación. Pero he explicado arriba, en el capítulo diecisiete (Gn 17:1), cuál es el sentido de la expresión: «En Isaac te será llamada descendencia.» Y Pablo (Ro 9:8), a modo de interpretación, usa la palabra contados, o imputados. Y es cierto que por este método el otro hijo fue cortado de la familia de Abraham, de modo que ya no tuviera nombre entre su posteridad. Pues Dios, al separar a Ismael, muestra que toda la progenie de Abraham debía fluir de una sola cabeza. Promete también a Ismael que será una nación, pero ajena a la Iglesia; de modo que la condición de los hermanos sea, en esto, diferente: que a uno se le constituye padre de un pueblo espiritual, y al otro se le da una simiente carnal. De donde Pablo infiere con justicia que no todos los que son simiente de Abraham son hijos verdaderos y genuinos, sino solo los nacidos del Espíritu. Pues así como el mismo Isaac llegó a ser hijo legítimo por una promesa gratuita, así la misma gracia de Dios hace diferencia entre sus descendientes. Pero como hemos tratado suficientemente de los varios hijos de Abraham en el capítulo diecisiete, ahora se alude al tema con más parquedad.
Génesis 21:12-13
12. En todo lo que te dijere Sara. Acabo de decir que, aunque Dios usó el ministerio de Sara en tan gran asunto, era posible con todo que ella fallara en su manera de obrar. Ahora manda a Abraham que oiga a su mujer, no porque apruebe su disposición, sino porque quiere que se cumpla la obra de que él mismo es Autor. Y así muestra que sus designios no han de sujetarse a ninguna regla común, especialmente cuando se trata de la salvación de la Iglesia. Pues invierte a propósito el orden acostumbrado de la naturaleza, para probar que es el Autor y el Consumador de la vocación de Isaac. Pero porque ya he declarado antes que esta historia es considerada más profundamente por Pablo, hay que recoger aquí brevemente su suma. En primer lugar, dice que lo que aquí se lee fue escrito alegóricamente: no que quiera que todas las historias, indiscriminadamente, sean torturadas hasta un sentido alegórico, como hace Orígenes, quien, cazando por todas partes alegorías, corrompe toda la Escritura; y otros, emulando con demasiado afán su ejemplo, han sacado humo de la luz. Y no solo se ha viciado la sencillez de la Escritura, sino que la fe ha sido casi subvertida, y se ha abierto la puerta a muchos necios desvaríos. El designio de Pablo fue levantar las mentes de los piadosos a considerar la obra secreta de Dios en esta historia; como si hubiera dicho: Lo que Moisés relata acerca de la casa de Abraham pertenece al reino espiritual de Cristo, puesto que, ciertamente, aquella casa era una imagen viva de la Iglesia. Esta es, con todo, la semejanza alegórica que Pablo recomienda. Como a Abraham le nacieron dos hijos, uno de una sierva y otro de una libre, infiere que hay dos clases de personas nacidas en la Iglesia: los fieles, a quienes Dios dota del Espíritu de adopción para que gocen de la herencia, y los discípulos hipócritas, que fingen ser lo que no son y usurpan, por un tiempo, un nombre y un lugar entre los hijos de Dios. Enseña, pues, que hay algunos que son concebidos y nacen servilmente, pero otros como de una madre libre. Procede luego a decir que los hijos de Agar son los que son engendrados por la doctrina servil de la Ley, pero que los que, habiendo abrazado por la fe la adopción gratuita, nacen por la doctrina del Evangelio, son los hijos de la libre. Por fin desciende a otras semejanzas, en las cuales compara a Agar con el monte Sinaí, pero a Sara con la Jerusalén celestial. Y aunque aludo aquí en pocas palabras a lo que mis lectores hallarán copiosamente expuesto por mí en el capítulo cuarto a los Gálatas (Gá 4:1), con todo, en esta breve explicación queda perfectamente claro lo que Pablo se propone enseñar. Sabemos que los verdaderos hijos de Dios nacen de la simiente incorruptible de la palabra; pero cuando se quita el Espíritu, que da vida a la doctrina de la Ley y los Profetas, y solo queda la letra muerta, entonces esa simiente se corrompe de tal modo que solo nacen hijos adulterinos en estado de esclavitud; sin embargo, como aparentemente nacen de la palabra de Dios, aunque corrompida, son, en cierto sentido, hijos de Dios. Entre tanto, ninguno es heredero legítimo, salvo aquellos a quienes la Iglesia da a luz a la libertad, concebidos por la simiente incorruptible del evangelio. He dicho, sin embargo, que en estas dos personas se representa la condición perpetua de la Iglesia. Pues los hipócritas no solo se mezclan con los hijos de Dios en la Iglesia, sino que los desprecian y se apropian con orgullo todos los derechos y honores de la Iglesia. Y como Ismael, hinchado con el vano título de primogenitura, hostigaba a su hermano Isaac con sus burlas, así estos hombres, fiados en su propio esplendor, atacan con oprobio y ridiculizan la verdadera fe de los sencillos; porque, arrogándose todas las cosas, no dejan nada a la gracia de Dios. De aquí se nos advierte que nadie tiene una confianza bien fundada de salvación sino los que, llamados gratuitamente, consideran la misericordia de Dios como toda su dignidad. Además, el Espíritu provee a las conciencias de los piadosos de armas fuertes y eficaces contra la ferocidad de los que, con falso pretexto, se jactan de que son la Iglesia. Vemos que no es cosa nueva que personas que no son sino hipócritas ocupen el primer lugar en la Iglesia de Dios. Por tanto, aunque hoy los papistas se exulten con orgullo, no hay razón para que nos perturben sus vanas e hinchadas jactancias. En cuanto a que se glorían de su larga sucesión, significa tanto como si Ismael se proclamara el primogénito. Es, pues, necesario discernir entre la Iglesia verdadera y la hipócrita. Pablo describe una marca que ellos nunca pueden borrar con sus sofismas. Pues así como los odres grandes se rompen con un leve soplo, así con esta sola palabra se extingue toda su gloria: «el hijo de la sierva no será heredero» eterno. Entre tanto, ha de soportarse con paciencia su insolencia, mientras Dios afloje la rienda a su tiranía. Pues los apóstoles, en otro tiempo, fueron oprimidos por los hipócritas judíos de su época con los mismos oprobios que estos hombres arrojan ahora sobre nosotros. De la misma manera, Ismael triunfaba sobre Isaac, como si hubiera obtenido la victoria. Por tanto, no debemos extrañarnos de que también nuestra época tenga sus ismaelitas. Pero para que tal indignidad no quebrante nuestro ánimo, acuda perpetuamente a nosotros este consuelo: que los que tienen la preeminencia en la Iglesia no permanecerán siempre dentro de ella.
Génesis 21:14-16
14. Y Abraham se levantó muy de mañana. Cuán dolorosa fue la herida que la expulsión de su hijo primogénito infligió al ánimo del santo varón podemos colegirlo del doble consuelo con que Dios mitigó su dolor: envía a su hijo al destierro como si se arrancara sus propias entrañas. Pero acostumbrado a obedecer a Dios, somete el amor paterno, que no puede desechar del todo. Esta es la verdadera prueba de la fe y la piedad, cuando los fieles son obligados a negarse de tal modo a sí mismos que hasta renuncian, en favor de la voluntad de Dios, a los afectos mismos de su naturaleza original, que no son en sí ni malos ni viciosos. No hay duda de que, durante toda la noche, había sido agitado por diversos cuidados; que tuvo varios conflictos internos y soportó graves tormentos; sin embargo, se levantó de mañana para apresurar su separación de su hijo, pues sabía que era la voluntad de Dios.
Y tomó pan y un odre de agua. Moisés da a entender que Abraham no solo encomendó su hijo al cuidado de su madre, sino que renunció a su propio derecho paterno sobre él; pues era necesario que este hijo fuera enajenado, para que no fuera después contado como simiente de Abraham. Pero ¡con qué escasa provisión dota a su mujer y a su hijo! Pone un odre de agua y pan sobre su hombro. ¿Por qué no carga, al menos, un asno con una moderada provisión de alimento? ¿Por qué no añade como compañero a uno de sus siervos, de los que su casa tenía en abundancia? En verdad, o Dios le cerró los ojos para que no le viniera a la mente lo que de buena gana habría hecho, o Abraham limitó su provisión para que ella no se alejara mucho de su casa. Pues sin duda preferiría tenerlos cerca de sí, para prestarles la ayuda que necesitaran. Entre tanto, Dios quiso que el destierro de Ismael fuera así severo y doloroso, para que, por su ejemplo, infundiera terror a los soberbios, que, embriagados con los dones presentes, pisotean en su altivez la gracia misma a que deben todas las cosas. Por eso llevó a la madre y al hijo a un desenlace angustioso. Pues después de que han vagado por el desierto, falta el agua; y la madre se aparta de su hijo, lo cual era señal de desesperación. Tal fue la recompensa de la soberbia con que habían sido vanamente hinchados. Era su deber abrazar humildemente la gracia de Dios ofrecida a todos los pueblos en la persona de Isaac; pero ellos rechazaron impíamente a aquel a quien Dios había exaltado al más alto honor. El conocimiento de los dones de Dios debía haber formado sus ánimos a la modestia. Y como nada les era más deseable que conservar algún rincón en la casa de Abraham, no debían haberse rehusado a ninguna clase de sujeción por un beneficio tan grande; Dios les exige ahora el castigo que habían merecido por su ingratitud.
Génesis 21:17
17. Y oyó Dios la voz del muchacho. Moisés había dicho antes que Agar lloraba: ¿cómo es, entonces, que Dios, sin hacer caso de sus lágrimas, oye solo la voz del muchacho? Si dijéramos que la madre no merecía recibir una respuesta favorable a sus oraciones, su hijo, ciertamente, no era en ningún grado más digno. Pues, en cuanto a la suposición de algunos de que ambos fueron llevados al arrepentimiento por este castigo, es solo una conjetura incierta. Dejo su arrepentimiento, del cual no veo señal alguna, al juicio de Dios. El clamor del muchacho fue oído, según lo entiendo, no porque hubiera orado con fe, sino porque Dios, acordándose de su propia promesa, se inclinó a tener compasión de ellos. Pues Moisés no dice que sus votos y suspiros se dirigieran al cielo; es más bien de creer que, al lamentar sus miserias, no recurrieron al auxilio divino. Pero Dios, al socorrerlos, tuvo en cuenta no lo que ellos le pedían, sino lo que había prometido a Abraham acerca de Ismael. En este sentido parece decir Moisés que fue oída la voz del muchacho: a saber, porque era hijo de Abraham.
¿Qué tienes, Agar? El ángel reprende la ingratitud de Agar; porque, reducida a las mayores estrecheces, no reflexiona en la bondad anterior de Dios para con ella en un peligro semejante, para que, como quien lo ha hallado libertador, se arrojara de nuevo sobre su fidelidad. No obstante, el ángel le asegura que hay un remedio preparado para sus dolores, con tal que lo busque. Por tanto, en la cláusula: ¿Qué tienes?, hay una reprensión por haberse atormentado en vano con una lamentación confusa. Cuando después dice: No temas, la invita y exhorta a esperar misericordia. Pero ¿qué significa, podemos preguntar, la expresión que añade: en donde está? Puede parecer que hay una antítesis callada entre el lugar donde ahora estaba y la casa de Abraham; para que Agar concluyera que, aunque andaba errante en el desierto, desterrada del santuario de Dios, no estaba, con todo, enteramente abandonada de Dios, pues lo tenía por Guía en su destierro. O bien la frase es enfática, dando a entender que, aunque el muchacho es arrojado a la soledad y contado como abandonado, tiene con todo a Dios cerca de sí. Y así el ángel, para aliviar la desesperación de la madre angustiada, le manda volver al lugar donde había dejado a su hijo. Pues (como suele suceder en circunstancias desesperadas) se había quedado estupefacta por el dolor, y habría yacido como sin vida si no hubiera sido despertada por la voz del ángel. Percibimos, además, en este ejemplo cuán verdadero es lo que se dice, que cuando mi padre y mi madre me dejen, Jehová me recogerá.
Génesis 21:18-19
18. Levántate, alza al muchacho. Para que tuviera más ánimo para criar a su hijo, Dios le confirma lo que antes había prometido muchas veces a Abraham. En verdad, la naturaleza misma prescribe a las madres lo que deben a sus hijos; pero, como he insinuado hace poco, todos los sentimientos naturales de Agar habrían quedado destruidos si Dios no la hubiera reanimado, inspirándole nueva confianza, para dirigirse con nuevo vigor al cumplimiento de su oficio materno. Con respecto a la fuente o «pozo», algunos piensan que brotó de repente. Pero como Moisés dice que se abrieron los ojos de Agar, y no que se abriera o cavara la tierra, me inclino más bien a la opinión de que, habiendo estado antes aturdida por el dolor, no discernía lo que estaba claramente ante sus ojos, pero ahora, por fin, después de que Dios le ha devuelto la vista, empieza a verlo. Y es digno de especial nota que cuando Dios nos deja destituidos de su superintendencia y nos quita su gracia, quedamos tan privados de todos los auxilios que están a la mano como si estuvieran alejados a la mayor distancia. Por tanto, debemos pedir no solo que nos otorgue las cosas que nos serán útiles, sino que nos imparta también la prudencia para poder usarlas; de otro modo, nos tocará desfallecer, con los ojos cerrados, en medio de las fuentes.
Génesis 21:20-21
20. Y fue Dios con el muchacho. Son muchas las maneras en que se dice que Dios está presente con los hombres. Está presente con sus elegidos, a quienes gobierna con la gracia especial de su Espíritu; está presente también, a veces, en lo que respecta a la vida externa, no solo con sus elegidos, sino también con los extraños, concediéndoles alguna señalada bendición: como Moisés, en este lugar, recomienda la gracia extraordinaria por la cual el Señor declara que su promesa no es vana, puesto que sigue con favor a Ismael por ser hijo de Abraham. De aquí, sin embargo, se infiere esta doctrina general: que debe atribuirse enteramente a Dios que los hombres crezcan, que gocen de la luz y del aliento común del cielo, y que la tierra les suministre alimento. Solo hay que recordar que la prosperidad de Ismael fluyó de esta causa: que se le prometió una bendición terrenal por causa de su padre Abraham. Al decir que Agar tomó mujer para Ismael, Moisés tiene en cuenta el orden civil; pues como el matrimonio forma una parte principal de la vida humana, es justo que, al contraerlo, los hijos estén sujetos a sus padres y obedezcan su consejo. Este orden, que la naturaleza prescribe y dicta, fue observado, como vemos, por Ismael, hombre salvaje en la barbarie del desierto; pues estuvo sujeto a su madre al casarse. De aquí percibimos qué monstruo prodigioso fue el Papa cuando se atrevió a derribar este sagrado derecho de la naturaleza. A esto se añade también la desvergonzada jactancia de autorizar un impío menosprecio de los padres, en honor del santo matrimonio. Además, la mujer egipcia fue una especie de preludio de la futura disensión entre los israelitas y los ismaelitas.
Génesis 21:22
22. Y aconteció en aquel mismo tiempo. Moisés relata que este pacto se hizo entre Abraham y Abimelec para mostrar que, después de varias agitaciones, se concedió por fin algún reposo al santo varón. Había sido obligado, como errante y sin morada fija, a trasladar su tienda de lugar en lugar durante sesenta años. Pero aunque Dios quería que fuera peregrino hasta la muerte, le concedió, sin embargo, bajo el rey Abimelec, una habitación tranquila. Y el propósito de Moisés es mostrar cómo sucedió que ocupara un lugar más tiempo de lo acostumbrado. Ha de notarse la circunstancia de tiempo: a saber, poco después de haber despedido a su hijo. Pues parece que a su gran aflicción siguió inmediatamente este consuelo, no solo para que tuviera algún alivio de continuas incomodidades, sino para que estuviera más alegre y se ocupara con más tranquilidad en la educación de su pequeño hijo Isaac. Es cierto, sin embargo, que el pacto no fue, en todos los aspectos, motivo de gozo para él; pues percibía que era probado por vías indirectas, y que había en aquella región muchas personas a quienes era desagradable y odioso. El rey, en efecto, declaró abiertamente sus propias sospechas respecto de él; era, con todo, el mayor honor que el rey del lugar fuera, por su propia voluntad, a un extranjero para hacer pacto con él. Pero puede preguntarse si este pacto se hizo en condiciones justas e iguales, como es costumbre entre aliados. Ciertamente no dudo de que Abraham rindió libremente al rey el debido honor; ni es probable que el rey tuviera la intención de rebajar algo de su propia dignidad para conferirlo a Abraham. ¿Qué hizo, entonces? En verdad, aunque permitía a Abraham un lugar de morada libre, quería, con todo, tenerlo ligado a sí con juramento.
Dios está contigo en todo cuanto haces. Comienza en términos amistosos y suaves; no acusa a Abraham ni se queja de que hubiera descuidado algún deber para con él, sino que declara que desea con ardor su amistad; sin embargo, la conclusión es que quiere ponerse en guardia contra él. Puede entonces preguntarse: ¿De dónde le venía esta sospecha, o temor, primero hacia un extranjero y, segundo, hacia un hombre honrado y moderado? En primer lugar, sabemos que los paganos a menudo están ansiosos sin causa y se alarman aun en tiempos de quietud. Luego, Abraham era un hombre digno de reverencia; el número de siervos de su casa parecía una pequeña nación; y no hay duda de que sus virtudes le granjearían gran dignidad; de ahí que Abimelec sospechara de su poder. Pero mientras Abimelec tenía en este asunto una consideración particular por sí mismo, el Señor, que mejor sabe dirigir los sucesos, proveyó de este modo al reposo de su siervo. Podemos, no obstante, aprender del ejemplo de Abraham que, si alguna vez los dones de Dios excitan contra nosotros la enemistad de los hombres de este mundo, nos conduzcamos con tal moderación que no hallen nada reprensible en nosotros.
Génesis 21:23
23. Que no faltarás a mi palabra. Literalmente es: «Si mintieres»; porque entre los hebreos es común una forma de hablar defectiva al hacer juramentos, que ha de explicarse así: «Si quebrantaras la promesa que me has dado, invocamos a Dios para que se siente como Juez entre nosotros y se muestre vengador del perjurio.» Pero «mentir» lo toman aquí algunos por obrar injusta y fraudulentamente; otros, por faltar a las condiciones del pacto. Yo lo entiendo simplemente como si se dijera: «No harás nada pérfidamente contra mí ni contra mis descendientes.» Abimelec enumera también sus propios actos de bondad, para exhortar con más eficacia a Abraham a ejercer buena fe; pues, habiendo sido tratado humanamente, Abimelec declara que sería un acto de vil ingratitud si no procurara, a cambio, pagar los beneficios recibidos. La palabra hebrea חסד (chesed) significa tratar con suavidad o bondad a alguien. Pues Abimelec no vino a implorar compasión de Abraham, sino más bien a afirmar su propia autoridad real, como se verá por el contexto.
Génesis 21:24
24. Y respondió Abraham: Yo juraré. Aunque tenía el derecho más fuerte, no rehúsa con todo nada de lo que correspondía al deber de un hombre bueno y moderado. Y en verdad, puesto que conviene a los hijos de Dios estar dispuestos de buen grado a todo deber, nada hay más absurdo que parecer renuentes y huraños cuando se les exige lo que es justo. No rehusó jurar porque sabía que es lícito que los pactos se ratifiquen entre los hombres en el santo nombre de Dios. En suma, vemos a Abraham someterse de buen grado a las leyes de su vocación.
Génesis 21:25-26
25. Y Abraham reprendió a Abimelec. Esta queja parece injusta; porque, si había sido agraviado, ¿por qué no recurrió al remedio ordinario? Sabía que el rey era humano, que tenía alguna semilla de piedad y que lo había tratado con cortesía y honor; ¿por qué, pues, duda de que se mostrará defensor equitativo de su derecho? Si, en verdad, había preferido sofocar el agravio recibido antes que ser molesto al rey, ¿por qué le imputa ahora la culpa, como si fuera culpable? Posiblemente, sin embargo, Abraham podía saber que el agravio se había hecho por el excesivo miramiento del rey. Ciertamente podemos inferir, tanto de sus costumbres como de su disposición, que no reprendió sin causa; y de aquí es evidente la moderación del santo varón; porque, privado del uso del agua hallada por su propia industria y trabajo, no contiende como la magnitud del agravio lo habría justificado; pues esto era igual que si los habitantes del lugar hubieran atentado contra su vida. Pero aunque soportó con paciencia un agravio tan severo, cuando, contra toda expectativa, se le ofrece la ocasión de tomar seguridad, se guarda de futuras agresiones. Vemos también cuán severamente ejercitó el Señor a Abraham tan pronto como parecía estar algo más tranquilo y había obtenido un poco de alivio. Ciertamente no era una prueba ligera verse obligado a contender por agua; y no por agua que fuera propiedad pública, sino la de un pozo que él mismo había cavado.
Génesis 21:27
27. Y tomó Abraham ovejas. De aquí se ve que el pacto hecho no fue de los que suelen hacerse entre iguales: pues Abraham considera su propia posición y, en señal de sujeción, ofrece un presente de sus rebaños al rey de Gerar; porque lo que los latinos llaman pagar impuesto o tributo, y nosotros hacer homenaje, los hebreos lo llaman ofrecer dones. Y en verdad Abraham no espera que el rey le arranque algo por la fuerza y con autoridad, sino que, con un voluntario rendimiento de honor, se anticipa a aquel a quien sabe que tiene dominio sobre el lugar. Es harto sabido cuán grande deseo de ejercer autoridad prevalece entre los hombres. De ahí que sea tanto mayor la alabanza que se debe a la modestia de Abraham, quien no solo se abstiene de lo que pertenece a otro hombre, sino que ofrece aun sin que se le mande lo que, en su propio ánimo, considera debido a otro en virtud de su oficio. Surge, sin embargo, una cuestión ulterior: puesto que Abraham sabía que el dominio sobre la tierra le había sido confiado por Dios, ¿le era lícito profesar una sujeción por la cual reconocía a otro como señor? Pero la solución es fácil, porque aún no había llegado el tiempo de entrar en posesión; pues era señor solo en esperanza, mientras que, de hecho, era un peregrino. Por tanto, obró rectamente al comprar una habitación hasta que llegara el tiempo en que lo prometido se diera a su posteridad. Así, poco después, como veremos, pagó un precio por el sepulcro de su mujer. En suma, hasta que fuera puesto, por la mano de Dios, en legítima autoridad sobre la tierra, no tuvo escrúpulo en tratar con los habitantes del lugar, para morar entre ellos con permiso o mediante el pago de un precio.
Génesis 21:28-30
28. Y puso Abraham siete corderas del rebaño aparte. Moisés recita otro punto principal del pacto: a saber, que Abraham hizo expresa provisión para sí mismo respecto del pozo, para tener libre uso de su agua. Y puso en medio siete corderas, para que el rey, al recibir el presente honorífico, aprobara y ratificara la excavación del pozo. Pues los habitantes podían provocar una controversia, alegando que no era lícito a un hombre particular y extranjero cavar un pozo; pero ahora, interviniendo la autoridad pública del rey, se miró por la paz de Abraham, para que nadie lo perturbara. Muchos entienden aquí por corderas piezas de dinero acuñadas en forma de corderos, pero como antes se ha hecho mención de ovejas y vacas, y Moisés añade ahora inmediatamente que siete corderas se ponen aparte, es absurdo, en este contexto, hablar de dinero.
Génesis 21:31-32
31. Por esto llamó a aquel lugar Beerseba. Moisés ya una vez ha llamado al lugar con este nombre, pero por anticipación. Ahora, sin embargo, declara cuándo y por qué razón se dio el nombre: a saber, porque allí habían jurado él y Abimelec; por eso traduzco el término «el pozo del juramento». Otros lo traducen «el pozo de siete». Pero Moisés deriva claramente la palabra del juramento; ni importa que la pronunciación varíe levemente de la corrección gramatical, que en los nombres propios no se observa con mucho rigor. De hecho, Moisés no restringe la etimología al pozo, sino que abarca todo el pacto. No niego, sin embargo, que Moisés pudiera aludir al número siete
Génesis 21:33-34
33. Y plantó Abraham un bosque. De aquí se ve que, después de hecho el pacto, se le concedió a Abraham más reposo del que había tenido hasta entonces; pues ahora comienza a plantar árboles, lo cual es señal de una morada tranquila y estable; porque nunca antes leemos que plantara ni un arbusto. Por eso vemos cuánto había mejorado su condición, ya que se le permitió llevar (por así decirlo) una vida asentada. La afirmación de que invocó el nombre del Señor la interpreto así: instituyó de nuevo el culto solemne a Dios, para testimoniar su gratitud. Así pues, Dios, después de haber conducido a su siervo por caminos continuamente sinuosos, le dio algún descanso en su extrema vejez. Y a veces obra de tal modo con su pueblo fiel que, cuando ha sido sacudido por diversas tempestades, les permite por fin respirar con libertad. En cuanto a la invocación de Dios, sabemos que Abraham, dondequiera que fue, jamás descuidó este deber religioso. Ni lo apartaron los peligros de profesarse adorador del Dios verdadero, aunque por esta causa fuera aborrecido de sus vecinos. Pero a medida que aumentaban sus comodidades para habitar en la tierra, se hizo más valiente en profesar el culto de Dios. Y como ahora vivía con más seguridad bajo la protección del rey, quizá quiso dar testimonio público de que recibía incluso esto como de parte de Dios. Por la misma razón parece que se da el título de Dios eterno, como si Abraham quisiera decir que no había puesto su confianza en un rey terrenal, ni entraba en pacto alguno nuevo con el que se apartara del Dios eterno. La razón por la cual Moisés, mediante la figura llamada sinécdoque, da al culto de Dios el nombre de invocación, la he explicado en otro lugar. Por último, se dice aquí que Abraham peregrinó en aquella tierra en la cual, sin embargo, tenía una morada fija; de donde aprendemos que su ánimo no estaba tan puesto en este estado de reposo como para impedirle considerar lo que antes había oído de la boca de Dios: que él con su descendencia sería extranjero hasta el cumplimiento de cuatrocientos años.
CAPÍTULO 22.
Génesis 22:1-24
1. Aconteció después de estas cosas, que Dios probó a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí.
1. Et fuit, posthaec Deus tentavit Abraham, et dixit ad eum, Abraham: qui dixit, Ecce ego.
2. Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.
2. Et dixit, Tolle nunc filium tuum, unicum tuum, quem dilexisti Ishac, et vade ad terram Moriah, et offer eum ibi in holocaustum super unum e montibus, quem dixero tibi.
3. Y Abraham se levantó muy de mañana, y aparejó su asno, y tomó consigo dos de sus criados, y a Isaac su hijo; y partió la leña para el holocausto, y se levantó, y se fue al lugar que Dios le había dicho.
3. Et surrexit Abraham mane, et stravit asinum suum, et cepit duos pueros suos secum, et Ishac filium suum: et scidit ligna holocausti: et surrexit, perrexitque ad locum, quem dixerat ei Deus.
4. Al tercer día alzó Abraham sus ojos, y vio el lugar de lejos.
4. Die tertia levavit Abraham oculos suos, et vidit locum procul.
5. Entonces dijo Abraham a sus criados: Quedaos aquí con el asno; yo y el muchacho iremos hasta allá, y adoraremos, y volveremos a vosotros.
5. Et dixit Abraham ad pueros suos, Manete hic cum asino: et ego et puer pergemus usque illuc, et adorabimus, revertemurque ad vos.
6. Y tomó Abraham la leña del holocausto, y la puso sobre Isaac su hijo; y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo, y fueron ambos juntos.
6. Et accepit Abraham ligna holocausti, et posuit super Ishac filium suum, et accepit in manu sua ignem et gladium, et perrexerunt ambo pariter
7. Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, hijo mío. Y dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?
7. Dixit autem Ishac ad Abraham patrem suum, dixit, inquam, Pater mi. Et dixit, Ecce ego fili mi. Et dixit, Ecce ignis et ligna, et ubi pecus in holocaustum?
8. Y Abraham dijo: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos ambos.
8. Et dixit Abraham, Deus prospiciet sibi pecudem in holocaustum, fili mi. Itaque perrexerunt ambo pariter.
9. Y cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, Abraham edificó allí un altar, y ordenó la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña.
9. Et venerunt ad locum, quem dixerat ei Deus: et aedificavit ibi Abraham altare, et ordinavit ligna, et ligavit Ishac filium suum, et posuit eum super altare super ligna.
10. Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.
10. Et misit Abraham manum suam, et accepit gladium ut jugularet filium suum.
11. Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí.
11. Et clamavit ad eum angelus Jehovae de coelo, et dixit, Abraham, Abraham. Et dixit, Ecce ego.
12. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me has rehusado tu hijo, tu único.
12. Et dixit, Ne extendas manum tuam in puerum, et ne facias ei quicquam: quia nunc cognovi quod times Deum, nec prohibuisti filium tuum unicum a me.
13. Entonces alzó Abraham sus ojos, y miró, y he aquí un carnero detrás de él, trabado por sus cuernos en un zarzal; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
13. Tunc levavit Abraham oculos suos, et vidit, et ecce aries post eum detentus in perplexitate spinarum cornibus suis: et perrexit Abraham, et accepitarietem, obtulitque eum in holocaustum pro filio suo.
14. Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová-jireh: como se dice hasta hoy: En el monte de Jehová será provisto.
14. Et vocavit Abraham nomen loci ipsius, Jehova videbit: idcirco dicitur hodie, In monte Jehova videbit.
15. Y llamó el ángel de Jehová a Abraham por segunda vez desde el cielo,
15. Et clamavit angelus Jehovae ad Abraham secundo e coelo,
16. y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único;
16. Et dixit, Per me juravi, dixit Jehova, certe pro eo quod fecistirem hanc, et non prohibuisti filium tuum unicum tuum:
17. bendiciendo te bendeciré, y multiplicando multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos;
17. Quod benedicendo benedicam tibi, et multplicando multplicabo semen tuum sicut stellas coeli, et sicut arenam, quae est juxta litus maris: et haereditabit semen tuum portam inimicorum suorum.
18. y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz.
18. Et benedicentur in semine tuo omnes gentes terrae, eo quod obedivisti voci meae.
19. Y volvió Abraham a sus criados, y se levantaron y se fueron juntos a Beerseba; y habitó Abraham en Beerseba.
19. Postea reversus est Abraham ad pueros suos, et surrexerunt, perrexeruntque pariter in Beer-sebah, et habitavit Abraham in Beer-sebah.
20. Aconteció después de estas cosas, que fue dada noticia a Abraham, diciendo: He aquí que también Milca ha dado a luz hijos a Nacor tu hermano:
20. Et fuit, posthaec nuntiatum fuit ipsi Abraham, dicendo, Ecce, peperit Milchah etiam ipsa filios nachor fratri tuo.
21. Uz su primogénito, y Buz su hermano, y Kemuel padre de Aram,
21. Hus primogenitum suum, et Buz fratrem ejus, et Cemuel patrem Aram,
22. y Quesed, y Hazo, y Pildas, y Jidlaf, y Betuel.
22. Et Chesed, et Hazo, et Pildas, et Idlaph, et Bethuel:
23. Y Betuel engendró a Rebeca. Estos ocho dio a luz Milca a Nacor, hermano de Abraham.
23. Et Bethuel genuit Ribcah: octo istos peperit Milchah ipsi nachor fratri Abraham.
24. Y su concubina, que se llamaba Reúma, dio a luz también a Teba, a Gaham, a Tahas y a Maaca.
24. Et concubina ejus, cujus nomen Reumah, peperit etiam ipsa Tebah, et Gaham, et Thahas, et Mahachah.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.